INICIO

Jugadores a Cero-G - Algis Budrys

Lo ocurrido era increíble. Un sonido que iba en disminución, como el gemido de un banshi moribundo, vibraba aún en el aire y hacía que a Nathaniel Wollard le doliesen las muelas. Apartó con amargura varios la­drillos, la cubierta de plástico de un gabinete de control, varios cristales, un conjunto de cubiertas de plástico de los mandos, una sección del núcleo de una calcula­dora electrónica y varias ramas pequeñas de un roble. Después, se sentó.

Las gafas de Wollard se habían roto por el puente y las dos lentes le colgaban de las orejeras. Se las colocó otra vez ante los ojos y miró a su alrededor con incre­dulidad. Todos los edificios estaban arrasados. No había ni un solo grano de polvo en la franja de servicio de lo que habla sido el único cobertizo utilizable de la vieja pista perteneciente al Aerospacio McNeil. 

El cobertizo estaba totalmente destruido. Sus pedazos y los de las estructuras que antes lo rodeaban, todavía iban cayendo a su alrededor. Wollard cuadró los hombros y cruzó las manos por encima de su cabeza, y las gafas se partieron definitivamente. Vio sectores de techumbres y remolinos de planchas volando hacia el nordeste por encima de las copas de los árboles.

Nathaniel Wollard, ganador del premio Enrico Fermi, de la Medalla de Oro del Departamento de Comercio de Estados Unidos, el Premio Morris N. Liebman, el Premio Benjamín Apthorp Gould, el Premio Irving Langmuir y la Medalla de Inventos Científicos Excepcionales... continuó sentado allí, preguntándose qué habría sucedido. Después se acordó de los otros.

Se puso en pie y empezó a escudriñar por las ruinas más próximas.

–¡Joe! –llamó–. ¡Frank! ¿Dónde estáis?

A unos ocho metros de distancia, en lo que quedaba del centro de control que habían establecido en un rin­cón del cobertizo, dos montones de cascotes se movie­ron. Wollard saltó hacia el más cercano y apartó una pieza de techo Celotex, varios fragmentos de una silla plegable, un clip cuyas pinzas sólo apresaban un extre­mo desgarrado de lo que había sido un bloc amarillo, una taza de café Styrofoam, con un clip para papeles empotrado en su superficie, varios cristales y una espe­sa capa de polvo. Luego, arrastró a Joseph Barnett has­ta sus pies. Barnett, ganador de la Medalla Rutherford, el Premio con Medalla Guthrie, la Medalla Nacional de Ciencia, el Premio de Servicios Civiles Excepcionales, la Medalla Trent Crede, el Premio David Sarnoff y el Pre­mio para la Difracción Física Eugene Warren.

–¿Qué ha sucedido? –inquirió Barnett.

–No lo sé –repuso Wollard–. Teníamos ya el ve­hículo a unos palmos del suelo, por lo que la coraza de gravedad funcionaba perfectamente. Luego...

–Exacto –recordó Barnett–. Llevábamos con la fuerza de arrastre desde hacía treinta segundos, y ni siquiera tuve ocasión de cerrarla. Todo ocurrió tremen­damente de prisa, y de pronto... explotó. ¿Qué fue aquel maldito estruendo?

–¿Y el viento?

Wollard contempló la plataforma de despegue que formaba la coraza de gravedad. El viejo «Buick» aún estaba allí, aunque parecía un racimo de uvas macha­cado.

–Debimos meditar mejor todo esto –gimió Wollard finalmente–. Debimos meditar más antes de embarcar­nos en un experimento sólo porque alguien podía ade­lantársenos. Le dije a Frank que... –de repente se dio cuenta de que sólo estaban en pie ellos dos y volvió a mirar frenéticamente en torno suyo–. ¡Frank!

El otro montón de chatarra volvió a moverse. Una destrozada tabla de madera cayó a un lado y una figura muy sucia luchó por incorporarse, desplazando un sec­tor de valla blanca, un mando de circuitos, un impreso Oralid, la cubierta de un transformador, varios pedazos de cristal y una vieja zapatilla de tenis.

Wollard y Barnett terminaron de levantar a McNeil. Le habían desaparecido la chaqueta y la camisa, y su corbata de punto colgaba flojamente de su cuello. Miró a su alrededor con incredulidad, deteniendo sus ojos en los postes de energía caídos, la furgoneta que descan­saba sobre un costado con las piezas del conducto de aluminio que sobresalían a través de los paneles infe­riores.

–Es un milagro que no hayamos muerto –murmuró.

–¿Tienes alguna idea de lo ocurrido, Frank? –se in­teresó Barnett.

Frank McNeil, poseedor de la Medalla de Oro Inter­nacional Niels Bohr, el Premio George Washington, el Premio de Estado Sólido de Física Oliver E. Buckley, el Premio Nobel de Física, el Premio Memorial Oppenheimer y el Premio Memorial E. O. Lawrence, se rascó la nuca y acabó por negar con la cabeza.

–No. Aunque el aspecto del auto parece indicar que el campo de fuerzas se invirtió y sufrió el impacto de quinientos G en vez de cero. Lo cual –añadió apresu­radamente– no sólo es imposible teóricamente, sino que no explicaría el resto de la destrucción.

–Bien –agregó Barnett–, echémosle otro vistazo. Vinimos los tres aquí para cazar un poco. Hace tres noches, tras tomarnos unas cervezas, tuvimos la idea de construir un aparato que anulase la gravedad. Nos pareció tan sencillo que empleamos un coche viejo para ver qué pasaba. Y ahora... ha ocurrido esto –hizo una pausa y contempló nuevamente los restos del destruido aerospacio–. Nos costó unos condenados mil ochocien­tos dólares construir la coraza contra la gravedad y ved qué ha pasado.

–Lo que quiero saber –exclamó Wollard con impa­ciencia– es qué ha ocurrido. Aunque el campo antigravitatorio haya funcionado mal, no debió provocar esto. Su radio efectivo es sólo de veinte metros.

–Quizá explotó el depósito de gasolina del coche.

–En cuyo caso –arguyó Wollard, sacudiendo la ca­beza–, lo sabríamos con sólo mirarlo. Y todavía está entero. Jamás debimos intentar adelantarnos a Charles Garnett. Debimos reflexionar más y construir menos en los últimos tres días.

–Pero sobre el papel, –protestó Barnett.

–¡Tampoco podíamos permitir que Charles Garnett nos apabullase! –gritó McNeil–. Habría quitado toda, la salsa del concepto.

–Parte de la crema –replicó Wollard dolorosamente, indicando con el gesto el derruido «Buick»–. Bien, reconstruyamos. Cuando pusimos en marcha el campo antigravitatorio, el coche pasó a cero-G. Y de repente, nos cayó encima el cielo. Tuvo que deberse a una fuerza externa.

McNeil se chupó tristemente un nudillo despellejado y después señaló una nube de polvo que se acercaba.

–¡Eh, por lo visto vamos a tener compañía!

Los tres se volvieron para mirar la camioneta desven­cijada que avanzaba por el campo hacia ellos, con los guardabarros agitándose visiblemente y una ligera nube de plumas de gallina flotando desde la caja de carga.

–Es nuestro terrateniente –gruñó McNeil–. ¿Qué os apostáis a que afirmará que este sitio era un aero­puerto comercial antes de que nosotros lo arrasásemos?

Un instante después, el camión chirrió hasta dete­nerse con cierta vacilación al lado de los tres jóvenes, y se abrió la portezuela del conductor.

–¿Estáis bien, muchachos? –era Silas Whitemountáin con su sempiterno sombrero de paja–. Por la for­ma en que volaban las cosas, me imaginé que estaríais ya camino de Kansas como todo lo demás.

McNeil estudió al hombre de cabellos blancos, con mono de trabajo, cuya granja se hallaba contigua a la abandonada pista.

–Supongo que hemos tenido suerte –asintió. Des­pués, tras reflexionar rápidamente, añadió–: Bien, tal como ha ocurrido, le hemos ayudado a despejar este te­rreno. Ahora está mucho más cerca de convertirse en un sembrado de alfalfa que ayer a esta misma hora. Le hemos ahorrado a usted un buena cantidad de gastos.

–Una bonita destrucción, ¿eh? –refunfuñó el viejo, echando una ojeada por el devastado campo–. Eran unos edificios valiosos, muy valiosos. Con la inflación y demás, calculo que la reconstrucción costaría unos buenos doscientos mil dólares. Sin contar su valor his­tórico. Fue el primer aeropuerto del condado de Sugwash. Lindbergh aterrizó aquí cuando efectuó su gran gira al regreso de París.

–Debió de perder el rumbo –observó NcNeil.

–Pues, en realidad, eso le ocurrió, sí. Y aun así, siempre pensé en poner un marcador y el precio de en­trada. Las cifras son intangibles cuando uno colecciona seguros contra tornados.

–¿Seguros? –repitió Wollard. El, McNeil y Barnett miraron al viejo granjero como hipnotizados–. ¡Oh! –prosiguió el primero–. ¿Qué clase de seguro?

–Contra tornados. Lo último que esperaba. No vi formarse ninguno esta temporada, y eso que llevo vi­viendo aquí, pendiente del hombre del tiempo, hace casi ochenta años. Lo vi con la máxima claridad desde mi casa. Fíjense –señaló con la mano–. Todavía pueden ver la cola del tomado.

Por primera vez, el terceto de físicos levantó la vista al cielo... Desapareciendo por el nordeste se veía como la cola de una nube blanca, inofensiva al parecer.

–Ya se aleja –continuó el granjero, bajando el an­tebrazo lleno de arrugas–. Seguro que no duró mucho, pero fue como el infierno. Destrozó todos sus aparatos, muchachos. Y tampoco parece haber favorecido mucho a su avión. Por primera vez, he tenido la oportunidad de verlo.

Se aproximó a los restos del «Buick», apartando a pa­tadas algunos restos, sin dejar de menear la cabeza»

McNeil intercambió miradas con Wollard y Barnett.

–Creo que estamos libres de indemnizaciones –su­surró–. El viejo cree realmente que fue un tornado.

Wollard abrió más los ojos y en los mismos se aso­mó una expresión de entendimiento.

–Y lo fue. Claro que lo fue. Nosotros formamos el tomado.

–¿Nosotros? –se enojó McNeil– ¿De qué modo? ¿Te das cuenta de las fuerzas involucradas? Nosotros nos limitamos a dejar que la masa aérea levantase un peso de dos toneladas a tres metros del suelo.

Barnett sacudió la cabeza, que tenía levantada para contemplar aún la nubecita que iba reduciéndose a nada.

–El aire no podía sostener la masa de dos toneladas sin peso. Porque el aire tampoco pesaba. No pensamos que...

Ahora le tocó a McNeil el turno de comprender to­das las implicaciones. Se puso tan pálido como Wollard.

–Nosotros interpusimos una coraza entre la grave­dad de la Tierra y una columna de aire de treinta metros de diámetro y la altura de la atmósfera. La grave­dad se propaga a la velocidad de la luz. Debió ser el aire entrante el que hizo volcar el coche y formó el tornado.

–De acuerdo –asintió Barnett vigorosamente–. Nos­otros produjimos la columna de aire sin peso, que huyó al espacio. El aire contiguo penetró en el hueco formado, quedó a su vez sin peso, siguió al aire original a lo alto, y el aire que había detrás acudió velozmente. La acele­ración de Coriolis se encargó del resto. Fue una suerte que la energía quedase cortada, de lo contrario habría­mos muerto con toda seguridad, destruyéndose además el resto del mundo. ¡Dios mío! –calló y se apretó la cabeza con las manos–. Si la coraza contra la gravedad hubiese durado más tiempo, habríamos enviado toda la atmósfera terrestre al espacio exterior.

Wollard abrió la boca y empezó a tocar los mandos de su calculadora SR-11.

–¡Chiuuu! –silbó–. Bueno, llevaría unos trece mi­llones de años el que la atmósfera de la Tierra escapase por completo al espacio de esta manera, suponiendo una presión constante.

–Sí –asintió Barnett–, pero mucho antes habría acabado la vida en el planeta. Faltaría aire, ¿entendéis?

De pronto, en el rostro de Wollard apareció una nue­va expresión de desmayo y volvió a tocar los mandos de su SR-11.

–¿Qué pasa ahora, Nat? –quiso saber McNeil.

–Disparamos un impulso cilíndrico de antigravedad de treinta segundos al espacio. ¿Y si choca contra el sol? Cuando iniciamos la prueba, se hallaba casi directa­mente sobre nuestras cabezas.

Boquiabiertos, todos levantaron la cabeza. Barnett consultó su reloj y luego, protegiéndose los ojos, miró hacia el sol.

–Ahora tendremos la evidencia empírica. Quinientos segundos para llegar allí, quinientos segundos para que veamos el efecto causado, si hay alguno. Dieciséis minu­tos y medio. Debería ocurrir ahora.

Contuvieron la respiración. Gradualmente fueron transcurriendo los minutos. Pasó el límite fijado y un margen de seguridad. Barnett se encogió de hombros y se volvió hacia los otros dos.

–¿Lo veis? Nada.

–No ha dado en el blanco, eso es todo –replicó Wollard–. Aún está en marcha.

McNeil asintió antes de preguntar:

–¿Y qué ocurrirá cuando choque con otra estrella? O con un planeta poblado –calló y sacudió la cabeza–. ¿Serían capaces esos individuos inteligentes de seguir su rastro hasta aquí? ¿Podrían descubrirnos? –miró a sus compañeros–. ¿Lo considerarían un arma apun­tada hacia ellos?

–Será mejor –observó Wollard– que lo comunique­mos a los astrónomos para que vigilen si se interpone algo en el camino de ese rayo. ¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho?

Silas Whitemountain y su sombrero de paja se les acercó.

–Se mueve de forma misteriosa... Oh, sí. Ese torna­do retorció tanto las alas de su avión que ahora parece un coche.

Los tres le contemplaron un momento con tristeza, y, de pronto, McNeil irguió la cabeza y cuadró los hom­bros.

–¡Alas! –exclamó–. Claro... Podríamos poner la co­raza contra la gravedad en el fondo de un avión o un cohete, aplicarle unas alas, enviarlo a volar a través de casi toda la atmósfera haciendo funcionar la coraza. Esto eliminaría el tornado y la atmósfera ya no tendría problemas.

–¡Bravo! –aplaudió Barnett–. Y nuestro seguro ayu­daría a pagar esta destrucción.

Con el gesto indicó los montones de chatarra.

–Sí –asintió Wollard suavemente–. Y esto nos deja con un solo problema.

Levantó la vista en la dirección por la que había desaparecido el rayo. Los otros dos le imitaron, absortos en sus pesimistas pensamientos.

Los tres centavos marcados - Mary Elizabeth Counselman

Todos estuvieron de acuerdo, después que pasó, en que todo el asunto era la idea de una mente retorcida, un ajedrez jugado por un loco, en el que las piezas, en vez de trozos de marfil o de ébano tallados, eran seres humanos.

Lo extraño es que nadie dudara de la autenticidad del "concurso". El público no parece haberlo considerado en ningún momento como la jugarreta de un activo bromista, ni siquiera como una maniobra publicitaria. Jeff Haverty, director del News, propuso la teoría de que el asunto pretendía ser un inteligente, aunque bastante bien planeado experimento psicológico, el cual terminaría con la revela­ción de la identidad de su inventor y una gran carcajada de todo el mundo.

Tal vez lo que dio al hecho tan amplia trascendencia fue el impactante modo de anunciar. Branton, la ciudad sureña de unos 30.000 habitantes donde aconteció el suceso, des­pertó una mañana de abril con todos sus árboles, postes de teléfono, costados de las casas y frentes de las tiendas cubiertos con un extraño cartel. Había veintenas de ellos escritos en papel copia amarillo en una máquina de escribir común. El cartel decía:

"En el curso de este día, 15 de abril, tres monedas de un centavo se deslizarán en los bolsillos de esta ciudad. En cada centavo habrá una marca bien definida. Una es un cuadrado; una es un círculo; y una es una cruz. Estos centavos cambiarán de mano muchas veces, como todas las monedas, y el séptimo día después de este anuncio (el 21 de abril) el poseedor de cada centavo marcado recibirá un regalo.

"El primero: 100.000 dólares en efectivo.

"El segundo: un viaje alrededor del mundo.

"El tercero: la muerte.

"La respuesta a este acertijo se encuentra en las marcas de las tres monedas: círculo, cuadrado y cruz. ¿Cuál de éstas simboliza riqueza? ¿Cuál, el viaje? ¿Cuál, la muerte? La respuesta no es tan obvia.

"Al que encuentre y obtenga el primer centavo, se le enviarán 100.000 dólares sin demora. Al que tenga el segundo centavo, se le dará un pasaje de primera clase en el primer buque de vapor que salga a dar la vuelta al mundo. Pero al poseedor de la tercera moneda marcada se le dará ... muerte. Si teméis que vuestro centavo sea el tercero, deshaceos de él... ¡pero puede que sea el primero o el segundo!

"Mostrad vuestro centavo marcado al director del New el 21 de abril, dando su nombre y dirección. El no sabrá nada sobre este concurso hasta que no lea uno de estos carteles. Se le solicita que publique los nombres de los tres poseedo­res de las monedas el 21 de abril, con la marca de la moneda que cada uno tenga.

"Será inútil marcar una moneda uno mismo, ya que las fechas de las verdaderas monedas serán enviadas al editor Haverty".

Al mediodía todo el mundo había leído la noticia, y la ciudad hervía de agitación. Los cajeros empezaron a revisar el contenido de los cajones de las cajas registradoras. Las manos revolvieron los bolsillos y los monederos. Las tiendas y los bancos se llenaron de clientes que querían cambiar monedas de plata por centavos.

Jeff Haverty fue el blanco de una andanada de pregun­tas, y su edición vespertina apareció con un largo editorial que informaba todo lo que él sabía sobre el misterio, o sea exactamente nada. Esa mañana había llegado una nota con el resto de su correspondencia, una nota sin firma, y escrita a máquina en el mismo papel amarillo, dentro de un simple sobre cuyas estampillas llevaban el sello de esa ciudad. Decía simplemente: "Círculo, 1920. Cuadrado, 1909. Cruz, 1928. Sírvase no revelar estas fechas hasta después del 21 de abril".

Haverty obró de acuerdo con la solicitud, y trató de sacar todo el provecho posible a la historia.

El primer centavo fue encontrado en la calle por un niño pequeño, quien lo llevó de inmediato a su padre. Su padre, a su vez, se deshizo de él rápidamente dándoselo a su peluquero, quien lo pasó en el vuelto a un cliente antes de advertir la profunda cruz grabada en la superficie de la moneda.

El cliente la llevó a su mujer, quien inmediatamente pagó-con ella al almacenero. —¡Es demasiado riesgo, querido! — dijo ella, silenciando las protestas de su cónyuge—. No me gusta la idea de esa amenaza de muerte en el aviso ... y éste debe ser seguramente el tercer centavo. ¿Qué otra cosa podría significar esa pequeña cruz? Cruces sobre tumbas, ¿no ves el significado?

Y al difundirse esta explicación, el centavo marcado con la cruz empezó a cambiar de dueño con creciente rapidez.

Los otros dos centavos aparecieron inesperadamente antes del anochecer, uno marcado con un pequeño cuadra­do perfecto, el otro con un claro círculo.

El centavo marcado con el cuadrado fue descubierto en una máquina automática por el propietario del café La Abe­ja Laboriosa. No había forma de que pudiera haber llegado allí, informó desconcertado, y un poco asustado. Solo cuatro personas, todas ellas viejos clientes, habían estado en el café ese día. Y ninguno de ellos había estado cerca de la máquina automática, ubicada como estaba en el fondo del local, y llena de chicles viejos que, con solo verlos, no merecían un centavo de nadie. Además, el propietario había examinado la máquina por si hubiera alguna moneda la noche anterior y la había dejado vacía cuando la cerró; sin embargo, el centavo marcado con el cuadrado estaba alojado dentro de la máquina automática a la hora de cierre del 15 de abril.

Había mirado fijamente la moneda durante un largo rato antes de darla en el vuelto a una solterona de edad avanzada.

-No vale la pena -murmuró para sí-. Poseo un restau­rante que me da para vivir, y no tengo apuro por hacerme matar, en vista de la remota posibilidad de obtener esos cien mil, o en su lugar ese viaje. ¡No, señor!

La solterona echó una ojeada al centavo marcado, pro­firió un corto chillido ratonil, y lo arrojó al arroyo de la calle como si hubiese sido una tarántula.

— ¡Por Dios! —tembló—. ¡No quiero tener eso en mi cartera!

Pero esa noche soñó con puertos extranjeros, con coolies que chapurreaban una incomprensible lengua, con aletas de barracuda que cortaban la superficie de profundas aguas azules, y con ruinas de antiguas ciudades.

Un trabajador negro levantó el centavo y confió en él durante todo el día, soñando con Harlem, antes de sucum­bir finalmente al temor que lo corroía. Y el centavo marca­do con el cuadrado cambió de dueño una vez más.

El centavo marcado con el círculo fue advertido por primera vez en una pila de monedas por un pagador del Crédito Agrario.

—Recibimos monedas marcadas de vez en cuando -di­jo—. No reparé en ésta en forma especial; puede que haya estado aquí desde hace días.

La introdujo contento en su bolsillo; pero a la mañana siguiente descubrió, con profundo desaliento, que se la había dado a alguien sin darse cuenta.

—¡Yo quería conservarla! —suspiró—. ¡Para bien o para mal!

Miró ceñudamente las pilas de monedas de algún otro que estaban frente a él, y se preguntó furtivamente cuántos pagadores escaparon realmente alguna vez con efectos robados.

Un vendedor de fruta había recibido el centavo. Clavó la mirada en él con duda. —Tal vez me traigas ese dinero, ¿eh?— Lo mostró a su gorda y pringosa esposa, quien hizo el signo de los cuernos contra el "mal de ojo".

—¡Arrójalo! —ordenó ella con voz chillona—. ¡Trae mala suerte!

Su esposo se encogió de hombros y tiró la moneda marcada con el círculo a la calle. Un niño harapiento se abalan­zó sobre ella y salió corriendo a comprar un pan de regaliz. Y el centavo marcado con el círculo cambió de dueño una vez más, agarrado por dedos codiciosos, mirado fijamente por ojos hartos de escándalos familiares, cedido una vez más por la fuerza del miedo.

Los que entraban en la breve posesión de alguna de las tres monedas eran irritados por el freno y el estímulo dados por consejos antagónicos.

—¡Guárdalo!— recomendaban algunos—. ¡Piensa! ¡Puede significar un viaje alrededor del mundo! ¡París! ¡China! ¡Londres! Oh, ¿por qué no lo habré conseguido yo?

—¡Deshazte de ella! —advertían otros—. Tal vez sea el tercer centavo; no se puede adivinar. ¡Quizá los símbolos no significan lo que parecen, y el del cuadrado es el centavo de la muerte! ¡Yo, en tu lugar, lo tiraría!

—¡No! ¡No! —gritaban otros aún—. ¡Quédate con él! ¡Puede darte 100.000 dólares! ¡Cien mil dólares! ¡En esta época! ¡Pero, amigo, si serías lo mismo que un millonario!

El significado de los tres símbolos estaba en boca de todos, y ninguno coincidía con su vecino en la solución del acertijo.

—Es tan simple como engañar a una criatura ... —decla­raba un hombre—. El círculo representa el globo. El centavo del viaje, ¿lo ves?

—No, no. La cruz tiene ese significado. "Cruzar" los mares, ¿comprendes? Una especie de juego de palabras. El círculo significa dinero, la forma de una moneda, ¿entiendes?

—¿Y el cuadrado?

—Una tumba. La fosa cuadrada para un ataúd, ¿lo ves? La muerte. Es muy simple. ¡Ojalá pudiera apoderarme del centavo con el círculo!

—¡Estás loco! El de la cruz es el de la muerte; todos lo dicen. Y, créeme, ¡todos se están deshaciendo de él apenas lo reciben! Puede ser algún tipo de broma ... sin ningún peligro ... ¡pero yo no quisiera ser el poseedor de ese cen­tavo marcado con la cruz cuando, el 21 de abril, la lista esté por todos lados!

—Yo lo guardaría y esperaría, hasta que los otros dos hubieran recibido lo propio. Entonces, ¡si el mío resultara ser el malo, lo tiraría! —decía engreídamente un hombre.

—Pero él no pagará completamente hasta que no se le haya dado cuenta de los tres centavos, no lo creo —le res­pondía otro—. Y quizá la promesa no se mantenga después del 21 de abril: ¡y tú estarías perdiendo cien mil dólares o un viaje por el mundo sólo porque te asusta enterarte de ello!

—Es un gran riesgo, amigo —murmuraba el otro—.Pero, francamente, no me gustaría probar suerte. ¡El podría darme su tercer regalo!

"El" era la forma en que todos designaban al descono­cido inventor del concurso; aunque, por supuesto, no había ningún indicio ni de su sexo ni de su identidad.

—Debe ser rico —decían algunos— para ofrecer premios tan caros.

—¡Y loco!- fulminaban otros, al amenazar con matar al tercero. ¡Nunca se saldrá con la suya!

—Pero inteligente —admitían otros empero— para idear todo este asunto. Sea quien fuere, conoce la naturaleza hu­mana. Me siento inclinado a coincidir con Haverty: es solo una especie de experimento psicológico. El trata de saber si el deseo de viajar o la codicia del dinero son más fuertes que el miedo a la muerte.

—¿Crees que tenga la intención de pagar todo?

—¡Eso está por verse!

Al sexto día, Branton había alcanzado un grado de excitación casi próximo a la histeria. Nadie podía trabajar sin preguntarse sobre el resultado de la fantástica prueba al día siguiente.

Se sabía que un repartidor de almacén tenía la moneda marcada con el cuadrado, porque había estado jactándose de su indiferencia respecto de si el cuadrado representaba o no una sepultura abierta. Exhibía el centavo sin reserva, haciendo bromas sobre lo que tenía intención de hacer con sus cien mil dólares; pero en la mañana del último día per­dió el valor. Al ver a una mendiga ciega acurrucada en su esquina predilecta entre dos comercios, pasó cerca de ella y dejó caer subrepticiamente la moneda de un centavo en su caja de lápices.

—¡Yo lo tenía! —se lamentó a un amigo después de llegar al almacén—. Lo tenía aquí mismo en mi bolsillo ano­che, ¡y ahora no está! Mira, tengo un agujero en el maldito bolsillo; ¡el centavo debe haberse caído!

También se sabía quién tenía el centavo marcado con el círculo. Un joven dependiente de una fuente de soda, que tenía la clase de sonrisa fácil que gustan ver los clientes del otro lado del mostrador de mármol, había descubierto la moneda y la había sacado del cajón de la caja, alegrándose de su buena fortuna.

—Bud Skinner tiene el centavo con el círculo —se decían unos a otros, entre ansiosos y alegres—. Espero que el mu­chacho gane el viaje por el mundo: ¡le agradaría tanto! Parece hallar tanto placer en vivir; ¡es un pecado que tenga que vivir siempre en este oscuro pueblo!

Finalmente se encontró al que tenía el centavo marcado con la cruz. —¡Garitón ... pobre diablo! -murmuraba la gente en voz baja-. La muerte sería una suerte para él. Me asombra que no se haya pegado un tiro ante esto. Creo que simplemente le falta valor para hacerlo.

El dueño del centavo marcado con la cruz sonreía amargamente: - ¡Espero que este pequeño símbolo maldito signifique lo que todos creen que significa! -confiaba a un amigo.

Por fin llegó el día tan ansiosamente esperado. Una multitud se agolpó en la calle frente a las oficinas del diario para ver cuando los poseedores de las tres monedas marcadas mostraran a Haverty sus centavos y le dieran sus nom­bres para que los publicara. Para provecho de los curiosos, el director fue al encuentro del trío en la vereda del edifi­cio, a fin de que todos pudieran verlos.

La edición vespertina difundió las fotografías de las tres personas, con el nombre, la dirección, y la marca del centavo de cada uno debajo de cada fotografía. Branton leyó ... y contuvo la respiración.

En la mañana del 22 de abril, la vieja mendiga ciega se sentó en el lugar de costumbre, meditando sobre la agita­ción del día anterior, cuando varias personas la habían llevado —lo sabía por el olor a pescado del mercado situado al otro lado de la calle— a las oficinas del diario: Allí alguien había preguntado su nombre y muchas otras cosas enigmá­ticas que la habían aturdido hasta el punto que casi rompió a llorar.

— ¡Déjenme sola! —había murmurado—. Solo pido comi­da suficiente para no morir de hambre, y un lugar para dormir. ¿Por qué me llevan a empujones de ese modo y me gritan? ¡Déjenme volver a mi esquina! No me gusta toda esta confusión y rareza que no puedo ver; ¡me da miedo!

Entonces le habían dicho algo acerca de un centavo marcado que habían encontrado en el plato que tenía para la limosna, y otras cosas sobre una gran cantidad de dinero y algún peligro inminente que la amenazaba. Estaba contenta cuando la llevaron de vuelta a su sitio entre dos comercios.

Ahora, cuando estaba sentada en su lugar acostumbrado, dormitando cómodamente y susurrando un poco bajo su respiración, un papel cayó revoloteando en su falda. Palpó el rígido rectángulo, se dio cuenta de que era un sobre, y llamó a su lado a un transeúnte. *

-¿Puede abrirme esto, por favor? —le pidió-. ¿Es una carta? Léamela.

El hombre desgarró el sobre y frunció el ceño: —Es una nota -le dijo-. Escrita a máquina, y sin firma. Solo dice: ¿qué demonios? Solo dice: "Los cuatro rincones del mun­do son exactamente los mismos". Y ... ¡eh! ¡Mire esto! ... Oh, lo siento; olvidé que usted es ... ¡Es un pasaje en un buque de vapor para un viaje alrededor del mundo! Dígame, ¿no tenía usted uno de los centavos marcados?

La ciega hizo, soñolienta, una seña afirmativa con la cabeza. —Sí, el del cuadrado, decían —suspiró débilmente-. Esperaba poder ganar el dinero o ... lo otro, para no tener que mendigar nunca más.

-Bueno, aquí está su pasaje.

El hombre se lo extendió con vacilación: —¿No lo quie­re? -le preguntó al ver que ella no hacía ademán de tomarlo.

—No —dijo ásperamente la ciega-. ¿De qué me serviría?

Tomó el pasaje con súbita rabia, y lo hizo pedazos.

Casi a la misma hora, Kenneth Carlton recibía del carte­ro un abultado sobre de papel manila. Frunció el ceño al mirar de soslayo el sello local sobre las estampillas. Su amigo Evans se encontraba junto a él, aún más pálido que Carlton.

-¡Ábrelo!  ¡Ábrelo! —le pidió con ahínco-. Léelo ... ¡No, no lo abras, Ken, tengo miedo! Después de todo ... es una terrible manera de morirse. Sin saber de dónde va a venir el golpe, y ...

Carlton soltó una macabra risita, al desgarrar el pesado sobre. —Es la mejor ocasión que he tenido en años, Jim. ¡Estoy contento! Contento, Jim, ¿me oyes? Será rápido, espero ... e indoloro. Me pregunto qué es esto. ¿Un trata­do sobre cómo volarse la tapa de los sesos? —hizo caer el contenido de la carta sobre la mesa y luego, después de un instante, comenzó a reír .... tristemente ... horriblemente.

Su amigo clavó la vista en el pequeño montón de frágiles billetes, todos de una denominación mayor que todos los que él había visto en su vida. —¡El dinero! ¡Ganaste los cien mil, Ken! No puedo creer ..., —se interrumpió abrup­tamente para arrebatar un trozo de papel amarillo de entre los billetes: —"La riqueza es la cruz más grande que un hombre puede llevar" —leyó en voz alta las palabras escritas a máquina—. No tiene sentido ... ¿la riqueza? Enton­ces ... ¿la marca de la cruz significaba riqueza? No entiendo.

Estalló la risa de Carlton: —Tiene sagacidad, ese tipo ... ¡quienquiera que sea! Hay una sutil ironía en eso, Jim ... por ser la riqueza una carga en vez de la bendición que la mayor parte de la gente cree. Supongo que en eso tiene razón. Pero me pregunto, ¿sabrá qué papel realmente iróni­co juega este acto de su pequeña obra? Cien mil dólares para un hombre con ... cáncer. Bien, Jim, tengo un mes o menos para gastarlo en ... ¡un condenado mes más para sufrir antes de que todo haya terminado!

Su terrible risa estalló nuevamente, hasta que su amigo tuvo que taparse los oídos con las manos, para no oírlo.

Pero la parte más extraña de todo el asunto fue la muerte de Bud Skinner. Un momento antes de la hora de mayor afluencia, a mediodía, había encontrado un pequeño paquete, dirigido a él, en un mostrador del fondo del local. Desgarró ansiosamente el papel de envolver marrón, con una docena de amigos, poco más o menos, apiñados a su alrededor.

Lo que encontró fue una caja de plata curiosamente labrada. Oprimió el botón con dedos temblorosos y levantó la tapa hacia atrás. Un instante después su rostro adoptó una extraña expresión ... y se deslizó sin hacer ruido hasta el piso embaldosado del local.

La subsiguiente investigación policial no reveló absolutamente nada, excepto que el joven Skinner había sido enve­nenado con crotalina —veneno de serpiente— administrada por medio del pinchazo de un alfiler en el dedo pulgar cuando oprimió la trampa del botón de la cajita de plata. Esto, y la nota dactilografiada que había en la caja, por lo demás vacía: "La vida termina donde empezó ... en ninguna parte", fue todo lo que encontraron como explica­ción de la muerte del dependiente. Tampoco se reveló nunca más algo acerca del misterioso concurso de los tres centavos marcados, que probablemente estén todavía en circulación en algún lugar de los Estados Unidos.