INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta Alfred. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alfred. Mostrar todas las entradas

Del tiempo y la Tercera Avenida - Alfred Bester

 Lo que a Macy molestó del hombre fue el hecho de que rechinara. Macy no supo si eran los zapatos, pero supuso que eran las ropas. En el reservado de su bar, bajo el póster que preguntaba: ¿QUIÉN TEME HABLAR DE LA BATALLA DEL BOYNE?, Macy inspeccionó al extraño. Era alto, delgado y muy elegante. A pesar de su juventud, era casi calvo. Había pelusa en lo alto de su cabeza y sobre las cejas. Entonces el hombre buscó el billetero en su chaqueta, y Macy lo comprendió. Eran sus ropas las que rechinaban.

—Vale, señor Macy —dijo el extraño, con tono silábico—. Muy bien. Por alquilar su reservado, con utilización exclusiva durante un crono...

—¿Un qué? —preguntó Macy, nervioso.

—Crono. ¿Palabra incorrecta? Oh, sí. Perdóneme. Una hora.

—Usted es extranjero —dijo Macy—. ¿Cuál es su nombre? Apuesto a que es ruso.

No. Extranjero no —respondió el extraño, y sus ojos temerosos se pasearon por el reservado—. Llámeme Boyne.

—¡Boyne! —repitió Macy, incrédulo.

—Sí, Boyne.

El señor Boyne abrió un billetero que parecía un acordeón, hizo correr sus dedos por distintos billetes de colores y monedas, y luego sacó un billete de cien dólares. Lo extendió a Macy y dijo:

—La tarifa de alquiler por una hora. Como acordamos. Cien dólares. Cójalos y váyase.

Empujado por la fuerza de la mirada de Boyne, Macy cogió el billete y retrocedió bamboleante hacia la barra. Por encima del hombro, gorjeó:

—¿Qué quiere beber?

—¿Beber? ¿Alcohol? ¡Puf! —respondió Boyne.

Dio media vuelta y se precipitó hacia la cabina telefónica, buscó bajo la caja del teléfono y localizó el cable conductor. De un bolsillo lateral sacó una pequeña caja brillante y la enganchó en el cable, ocultándola a la vista. Luego levantó el receptor.

—Coordenadas 73-58-15 oeste —dijo con rapidez—. 40-45-20 norte. Dispersión sigma. Parecéis espectros... —Después de una pausa, continuó—: ¡Ya! ¡Ya! Transmisión clara. Quiero una atracción de Knight. Oliver Wilson Knight. Probabilidad de cuatro cifras significativas. ¿Tenéis las coordenadas? ¿99,9807? Vale. Sostened...

Boyne sacó la cabeza de la cabina y espió hacia la puerta del bar. Esperó con acerada concentración hasta que un joven y una hermosa muchacha entraron. Luego se volvió hacia el teléfono.

—Probabilidad cumplida. Oliver Wilson Knight en contacto. Vale. Suerte.

Colgó el receptor, y cuando la pareja se dirigió hacia el reservado, él ya estaba sentado bajo el póster.

El joven tenía unos veintiséis años, de estatura mediana, y tendencia a la obesidad. Su traje estaba arrugado, su engomado cabello castaño estaba arrugado, y su rostro amistoso estaba surcado de arrugas naturales. La chica tenía cabello negro, suaves ojos azules y una diminuta sonrisa reservada. Caminaban muy juntos, y les gustaba rozarse suavemente cuando pensaban que nadie les miraba. En ese momento se rozaron con el señor Macy.

—Lo siento, señor Knight —dijo Macy—. Usted y la joven no podrán sentarse allí esta tarde. El reservado ha sido alquilado.

Sus rostros se desmoronaron.

—Está bien, señor Macy —exclamó Boyne—. Todo correcto. Feliz de que el señor Knight y su amiga sean mis invitados.

Knight y la chica se volvieron. Boyne sonrió y palmeó la silla junto a él.

—Sentaos —dijo—. Estoy encantado, os lo aseguro.

—Lamentamos parecer unos intrusos —dijo la joven—, pero éste es el único lugar de la ciudad donde podemos encontrar una auténtica gaseosa de jengibre Stone.

—Comprendo la situación, señorita Clinton. —Y volviéndose hacia Macy dijo—: Traiga las gaseosas y váyase. No hay más invitados. Estos son todos los que esperaba.

Knight y la joven miraron a Boyne con sorpresa mientras se sentaban con lentitud. Knight colocó un paquete de libros envueltos en papel sobre la mesa.

—¿Me conoce usted, señor...? —dijo la chica, tomando aliento.

—Boyne. Como en Boyne, batalla del. Sí, claro. Usted es la señorita Clinton. Él es el señor Oliver Wilson Knight. Alquilé este reservado para verles esta tarde.

—Supongo que está bromeando, ¿verdad? —preguntó Knight, y un débil rubor apareció en sus mejillas.

—Gaseosa de jengibre —dijo Boyne amablemente cuando llegó Macy, depositó las botellas y los vasos, y partió con rapidez.

—Usted no podía saber que íbamos a venir aquí —dijo Jane—. Nosotros mismos no lo sabíamos..., hasta hace unos minutos.

—Siento contradecirla, señorita Clinton. —Boyne sonrió—. La probabilidad de su llegada a la longitud 73-58-15, latitud 40-45-20 era del 99,9807 por ciento. Nadie puede escapar a cuatro cifras significativas.

—Oiga —comenzó Knight con enojo—, si ésta es su idea de... —Por favor, beba su refresco y escuche mi idea, señor Knight. —Boyne se inclinó sobre la mesa con galvánica intensidad—. Esta hora ha sido dispuesta con gran dificultad y mucho costo. ¿Por quién? No importa. Usted nos ha colocado en una posición extremadamente peligrosa. Me han enviado para encontrar una solución. —¿Solución para qué? Jane trató de incorporarse. —Yo..., creo que es mejor irse...

Boyne le indicó que se sentara, y ella obedeció como si fuera una niña. Entonces se dirigió a Knight:

—Este mediodía entró usted en el establecimiento de J. D. Craig Co., vendedor de libros. Usted adquirió, por medio de transferencia de moneda, cuatro libros. Tres carecen de importancia, pero el cuarto... —Palmeó enfáticamente el paquete—. Este es el quid de este encuentro.

—¿De qué demonios está hablando? —exclamó Knight. —Un volumen encuadernado consistente en una colección de hechos y estadísticas.

—¿El almanaque?

—El almanaque.

—¿Qué pasa con él?

—Usted intentó adquirir un almanaque de 1950.

—He comprado un almanaque de 1950.

—¡No lo hizo! —proclamó Boyne—. Usted compró un almanaque de 1990.

—¿Qué?

—El Almanaque Mundial de 1990 está en este paquete —dijo Boyne con claridad—. No me pregunte cómo. Hubo un descuido que ya ha sido castigado. Ahora el error debe ser corregido. Por eso estoy yo aquí. Por eso se dispuso este encuentro. ¿Entiende?

Knight se echó a reír y se estiró hacia el paquete. Boyne se inclinó sobre la mesa y le cogió la muñeca.

—No lo debe abrir, señor Knight.

—De acuerdo. —Knight se recostó en su silla, hizo una mueca risueña a Jane y sorbió su gaseosa—. ¿Cuál es el motivo de esta farsa?

—Debo tener el libro, señor Knight. Me gustaría salir de este bar con el almanaque bajo el brazo.

Le gustaría, ¿eh?

—Me gustaría.

—¿El almanaque de 1990?

—Sí.

—Si existe algo parecido a un almanaque de 1990 —dijo Knight—, y si está en este paquete, ni todos los diablos juntos podrían quitármelo.

—¿Por qué, señor Knight?

—No sea idiota. ¿Una mirada al futuro? Las noticias del mercado de valores..., las carreras de caballos..., la política. Es dinero en efectivo. Seré rico.

—Sí, en efecto —asintió Boyne—. Más que rico. Omnipotente. Una mente pequeña utilizaría el Almanaque del Futuro sólo para cosas pequeñas. Apostar a los resultados en el deporte y en las elecciones. Y en otras cosas. Pero un intelecto de dimensiones..., su intelecto..., no se detendría ahí.

—Si usted lo dice —sonrió Knight.

—Deducción. Inducción. Conclusión. —Boyne remarcó los puntos con los dedos—. Cada hecho le explicaría una historia completa. La inversión estatal real, por ejemplo... Qué tierras comprar y vender. Los informes de los cambios de población y los censos se lo dirían. Los transportes. La lista de desastres marítimos y descarrilamientos de trenes le indicarían hasta qué punto el transporte a reacción ha reemplazado al tren y al barco.

—¿Lo ha hecho? —rió Knight entre dientes.

—Los informes de los vuelos le indicarían qué mercancías debería comprar. Las listas de tráfico postal le indicarían las ciudades del futuro. Los ganadores del premio Nóbel le dirían qué científicos y qué nuevas invenciones vigilar. Los presupuestos armamentísticos le indicarían qué fábricas y qué industrias controlar. Los informes del costo de vida le dirían cómo proteger sus bienes contra la inflación o la deflación. La cotización de las divisas extranjeras, las quiebras bancarias y el índice de las compañías de seguros le suministrarían la clave para protegerse contra cualquier desastre.

—Ésa es la idea —dijo Knight—. Eso me interesa.

—¿Realmente lo cree así?

—Sé que es así. Dinero en mi bolsillo. El mundo en mi bolsillo.

—Perdone —dijo Boyne vivamente—, pero usted se limita a repetir los sueños de la niñez. Quiere una fortuna. Sí. Pero sólo con esfuerzo..., con su propio esfuerzo. No hay felicidad en un regalo que no se ha ganado. No da más que culpa y desdicha. Usted ya es consciente de eso ahora.

—No estoy de acuerdo —dijo Knight.

—¿No lo está? ¿Entonces por qué trabaja? ¿Por qué no roba? ¿Estafa? ¿Por qué no quita a los otros su dinero para llenar sus propios bolsillos?

—Pero yo... —comenzó Knight, y luego se detuvo.

—El punto ha sido bien planteado, ¿eh? —Boyne hizo un gesto impaciente con la mano—. No, señor Knight. Busque un argumento maduro. Usted es demasiado ambicioso y sano para conseguir el éxito mediante el robo.

—En tal caso, me gustaría saber si voy a tener éxito.

—Sí. Correcto. Usted desea hojear las páginas para buscar su nombre. Quiere tener un seguro. ¿Por qué? ¿No confía en sí mismo? Es un prometedor abogado. Sí, lo sé. Forma parte de mi información. ¿No tiene la señorita Clinton confianza en usted?

—Sí —dijo Jane en voz alta—. El no necesita la confianza que un libro pueda darle.

—¿Qué más, señor Knight?

Knight vaciló, serenándose ante la abrumadora intensidad del rostro de Boyne. Luego dijo:

—Seguridad.

—Eso no existe. La vida es peligro. Sólo podrá encontrar seguridad en la muerte.

—Usted ya sabe qué quiero decir —musitó Knight—. El conocimiento de la vida hace posible una planificación. Está la bomba atómica.

Boyne asintió con rapidez.

—Es cierto. Hay una crisis. Pero yo estoy aquí. El mundo continuará. Yo soy la garantía.

—Si le creo...

—Y si no, ¿qué? —estalló Boyne—. Usted no necesita seguridad. Usted necesita valor. —Y deslumbre a la pareja con una desdeñosa mirada—. Este es un país con una leyenda de padres pioneros, de quienes se supone que usted adquirió el valor para afrontar las dificultades. D. Boone, E. Alien, S. Houston, A. Lincoln, G. Washington y otros. ¿Correcto?

—Supongo que sí —murmuró Knight—. Eso es lo que nos decimos a nosotros mismos.

—¿Y dónde está ese valor en usted? ¡Puff! Es sólo cháchara. Lo desconocido le asusta. El peligro no le impulsa a luchar, como ocurría con D. Crockett; sólo hace que gimotee y busque la solución en este libro. ¿Correcto?

—Pero la bomba atómica...

—Es un peligro. Sí. Uno de tantos. ¿Y qué? ¿Usted hace trampas al solamario?

—¿Solamario?

—Perdón. —Boyne reconsideró, haciendo chasquear los dedos con impaciencia ante la interrupción de sus argumentos—. Es un juego con un solo participante, con cambios en el reagrupamiento de las cartas. Olvidé cómo...

—¡Oh! —La cara de Jane se iluminó—. El solitario.

—Vale. Solitario. Gracias, señorita Clinton. —Boyne giró la mirada hacia Knight—. ¿Usted hace trampas al solitario?

—Ocasionalmente.

—¿Le apetece ganar haciendo trampas?

—No como regla.

—Es tiste, ¿no? Aburrido. Tedioso. Cansado. Le es indiferente. Usted desea ganar honestamente.

—Supongo que sí.

—Y supone que lo hará una vez haya echado un vistazo al libro. Toda su vida desearía haber jugado honestamente el juego de la vida. Se avergonzaría de haber mirado. Se arrepentiría. Recordaría completamente las declaraciones de nuestro profeta-filósofo Trynbyll, quien resumió todo en una iluminada y escasa línea. «El futuro es Tekon», dijo Trynbyll. Señor Knight, no haga trampas. Deje que le implore que me entregue el almanaque.

—¿Por qué no me lo quita?

—Debe ser un obsequio. No podemos robar nada. No podemos darle nada.

—Eso es mentira. Usted ha pagado a Macy para alquilar el reservado.

—Se ha pagado a Macy, pero no le doy nada. Él pensará que ha sido estafado, pero usted no dejará que sea así. Todo se ajustará sin dislocamientos.

—Oiga...

—Todo ha sido cuidadosamente planificado. He apostado por usted, señor Knight. Ahora depende de su buen sentido. Entrégueme el almanaque. Me disolveré... reorientado..., y nunca volverá a verme de nuevo. ¡Sinvergüenza! Será una bonita historia de bar para narrar a los amigos. ¡Deme ese almanaque!

—¡Corte el rollo! —dijo Knight—. Esto es una farsa, ¿no se acuerda? Yo...

—¿Lo es? —interrumpió Boyne—. ¿Lo es? Míreme.

Durante casi un minuto, la joven pareja contempló la pálida cara blanca con sus ojos espectrales. La semisonrisa abandonó los labios de Knight, y Jane se estremeció involuntariamente. Hubo un escalofrío y desaliento en el reservado.

—¡Dios mío! —Knight miró con desamparo a Jane—. Esto no puede estar sucediendo. Me lo está haciendo creer. ¿Tú?

Jane asintió con brusquedad.

—¿Qué podemos hacer? Si todo lo que dice es verdad, podemos rehusar y ser felices para siempre.

—No —dijo Jane, con voz entrecortada—. En ese libro puede haber dinero y éxito, pero también separación y muerte. Dale el almanaque.

—Cójalo —dijo Knight débilmente.

Boyne se incorporó en seguida. Cogió el paquete y se dirigió a la cabina telefónica. Cuando salió tenía tres libros en una mano y un pequeño envoltorio hecho con el papel del paquete en la otra. Colocó los libros sobre la mesa y se detuvo por un momento, sosteniendo el envoltorio y sonriendo.

—Mi gratitud —dijo—. Ustedes han mitigado una situación precaria. Sería agradable que recibieran algo a cambio. Tenemos prohibido transferir algo que pueda desviar las corrientes de los fenómenos existentes, pero al menos les daré un recuerdo del futuro.

Retrocedió, se inclinó exageradamente y dijo:

—A vuestro servicio.

Luego se volvió y empezó a salir del bar.

—¡Eh! —llamó Knight—. ¿Y el recuerdo?

—Macy lo tiene —respondió Boyne, y desapareció.

La pareja se quedó algunos instantes en blanco, como durmientes que se despiertan lentamente. Luego, mientras la realidad empezaba a retornar, se contemplaron uno al otro y estallaron en risas.

—Realmente me ha asustado —dijo Jane.

—Y luego hablan de los personajes de la Tercera Avenida. ¡Qué actuación! Pero ¿qué ha ganado con todo esto?

—Bien..., tiene tu almanaque.

—Pero eso no tiene sentido. —Knight comenzó a reír otra vez—. Todo ese asunto de pagar a Macy sin darle nada. Y se supone que yo procuraré que no le estafen. Y el misterio del recuerdo del futuro...

La puerta del bar se abrió con brusquedad y Macy cruzó el salón hacia el reservado.

—¿Dónde está ése? —vociferó Macy—. ¿Dónde está el ladrón? Boyne, se llama. Aunque debería llamarse Dillinger.

—¿Por qué, señor Macy? —exclamó Jane—. ¿Qué ocurre?

—¿Dónde está ése? —Macy aporreó la puerta del lavabo de hombres—. ¡Sal de ahí, cuentista!

—Se ha ido —dijo Knight—. Salió justo antes de que usted entrara.

—¡Y usted, señor Knight! —Macy apuntó con un dedo tembloroso al joven abogado—. Usted, ponerse junto a ladrones y estafadores. ¡Debería darle vergüenza!

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Knight.

—Me dio un billete de cien dólares para alquilar este reservado. —Macy dio un gemido de angustia—. Cien dólares. Llevé el billete a Bernie, el prestamista, por precaución, y me ha dicho que es falso. Es una falsificación.

—Oh, no —Jane rió—. Es demasiado. ¿Una falsificación?

—Mirad —gritó Macy, arrojando el billete sobre la mesa.

Knight lo inspeccionó cuidadosamente. De pronto, palideció y la sonrisa se desvaneció en su rostro. Buscó en sus bolsillos, extrajo un talonario y comenzó a escribir con dedos temblorosos.

—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó Jane.

—Asegurarme de que no se estafe al señor Macy —dijo Knight—. Tendrá sus cien dólares, señor Macy.

—¡Oliver! ¿Estás loco? Desprenderte de cien dólares...

—Yo tampoco perderé nada —respondió Knight—. ¡Todo se ajustará sin dislocamientos! Son diabólicos. ¡Diabólicos!

—No comprendo.

—Mira ese billete —dijo Knight, con voz temblorosa—. Míralo con detalle.

Estaba bellamente impreso y, en apariencia, era auténtico. Los bondadosos rasgos de Benjamín Franklin les contemplaban reales y apacibles; pero en la parte inferior de la esquina derecha habían impreso: Serie 1980 D. Y abajo estaba firmado: Oliver Wilson Knight, ministro de Hacienda.

Proceso - Alfred E. Van Vogt

Bajo la brillante luz de aquel lejano sol, el bosque respiraba y estaba vivo. Era consciente de la nave que acababa de aparecer, tras atravesar las ligeras brumas de la alta atmósfera. Pero su automática hostilidad hacia cualquier cosa alienígena no iba acompañada inmediatamente por la alarma.
Por decenas de miles de kilómetros cuadrados, sus raíces se entrelazaban bajo el suelo, y sus millones de copas se balanceaban indolentemente bajo miles de brisas. Y más allá, extendiéndose a lo ancho de las colinas y las montañas, y más allá aún, hasta el borde de un mar casi interminable, se extendían otros bosques, tan fuertes y poderosos como él mismo.
Desde un tiempo inmemorial el bosque había guardado el suelo de un peligro cuya comprensión se había perdido. Pero ahora empezaba a recordar algo de este peligro. Provenía de naves como aquella que descendía ahora del cielo. El bosque no llegaba a determinar exactamente cómo se había defendido a sí mismo en el pasado, pero sí recordaba claramente que aquella defensa había sido necesaria.
A medida que iba siendo más y más consciente de la aproximación de la nave a través del cielo gris-rojo que había sobre él, sus hojas susurraron un eterno relato de batallas libradas y ganadas. Los pensamientos recorrían su lento camino a lo largo de canales de vibraciones, y las ramas madres de cientos de árboles temblaron casi imperceptiblemente.
Lo vasto de tal temblor, afectando poco a poco a todos los árboles, creó gradualmente un sonido y una tensión. Al principio fue casi impalpable, como una suave brisa soplan¬do a través de un verdeante valle. Pero aumentó de intensidad.
Adquirió sustancia. El sonido llegó a envolverlo todo. Y la totalidad del bosque aguardó, vibrando su hostilidad, esperando la cosa que se le acercaba a través del cielo.
No tuvo que esperar mucho.


La nave aumentó de tamaño mientras seguía la curva de su trayectoria. Su velocidad, ahora que estaba más cerca del suelo, era mayor de lo que había parecido al principio. Planeó amenazadora, por encima de los árboles más cercanos, y descendió aún más, sin preocuparse de las copas. Algunas ramas se rompieron, algunos vástagos se incendiaron, y árboles enteros fueron barridos como si se tratara de seres insignificantes, sin peso ni fuerza.
La nave prosiguió su descenso, abriéndose camino a través del bosque que gritaba y gemía a su paso. Se posó, abriendo un profundo surco en el suelo, tres kilómetros después de tocar el primer árbol. Tras ella, la senda de árboles tronchados se estremecía y palpitaba bajo la luz del sol, un recto sendero de destrucción que —recordó repentinamente el bosque— era idéntico al que se había producido en el pasado.
Empezó amputando los sectores alcanzados. Hizo refluir su savia, y cesó su vibración en el área afectada. Más tarde enviaría nuevos brotes a reemplazar a aquellos que habían sido destruidos, pero ahora aceptó aquella muerte parcial y sufrió por ella. Conoció el miedo.
Era un miedo teñido por la rabia. Sentía la nave yaciendo sobre los troncos partidos, en una parte de sí mismo que aún no estaba muerta. Sentía la frialdad y la dureza de aquellas paredes de acero, y el miedo y la rabia aumentaron.
Un susurrar de pensamientos pulsó a lo largo de los canales vibratorios. Espera, decían, hay un recuerdo en mí. Un recuerdo de un lejano tiempo en el que vinieron otras naves parecidas a ésta.
El recuerdo se negó a precisarse. Tenso pero vacilante, el bosque se preparó a lanzar su primer ataque. Empezó a crecer alrededor de la nave.
Mucho tiempo atrás había descubierto el poder de crecimiento que poseía. Había sido en un tiempo en el que ocupaba una extensión mucho más limitada que la que cubría ahora. Y entonces, un día, se dio cuenta que estaba muy cerca de otro bosque como él mismo.
Las dos masas de árboles en crecimiento, los dos colosos de entremezcladas raíces, se acercaron mutuamente lenta, prudentemente, en una creciente pero cautelosa sorpresa y maravilla manifestando que otra forma de vida similar a la suya hubiera podido existir todo aquel tiempo. Se acercaron, se tocaron..., y lucharon durante años.
Durante aquella prolongada lucha casi nada creció en las regiones centrales, que se detuvieron. Los árboles dejaron de desarrollar nuevas ramas. Las hojas, por necesidad, se robustecieron y afirmaron sus funciones para períodos mucho más largos. Las raíces se desarrollaron lentamente. Toda la energía utilizable del bosque fue concentrada en los procesos de defensa y ataque.
Auténticas murallas de árboles se levantaban en una noche. Enormes raíces cavaban túneles en las profundidades del suelo penetrando kilómetros y kilómetros, abriéndose paso entre rocas y metales, edificando una barrera de madera viva contra el invasor crecimiento del bosque extranjero. En la superficie, las barreras se cerraron en una línea de un kilómetro o más de árboles situados tronco contra tronco. Y, bajo estas bases, la gran batalla se detuvo finalmente. El bosque aceptó el obstáculo creado por su enemigo.
Más tarde, luchó con las mismas armas contra un segundo bosque que lo atacaba desde otra dirección.
Los límites de estas demarcaciones empezaron a ser tan naturales como el gran mar salado del sur, o las heladas cúspides de las montañas que se cubrían de nieve una vez cada año.
Y como había hecho en su batalla contra los otros dos bosques, el bosque concentró toda su fuerza contra la nave invasora. Los árboles crecieron a un ritmo de treinta centímetros cada pocos minutos. Las plantas trepadoras escalaron los árboles, se proyectaron por encima de la nave. Los incontables filamentos reptaron por encima del metal, y se anudaron por sí mismos alrededor de los árboles del otro lado. Las raíces de aquellos árboles se enterraron profunda¬mente en el suelo, y se anclaron en un estrato rocoso más resistente que ninguna nave jamás construida. Los troncos se ensancharon, y las lianas engrosaron hasta convertirse en enormes cables.
Cuando la luz de aquel primer día dejó paso al gris del atardecer, la nave estaba enterrada bajo cientos de toneladas de madera, y oculta bajo un follaje tan denso que ninguna parte de ella era visible.
Había llegado el momento de pasar a la acción para la destrucción final.
Poco después de oscurecer, pequeñas raíces comenzaron a tantear por debajo de la nave. Eran infinitésimamente pequeñas; tan pequeñas que en su etapa inicial no tenían más que unas pocas docenas de átomos de diámetro; tan pequeñas que el aparentemente sólido metal parecía casi vacío para ellas; tan increíblemente pequeñas que penetraron sin ningún esfuerzo en el duro acero.
Fue en aquel momento, como si hubiera estado aguardando a que llegara aquella etapa, que la nave reaccionó, pasando a la acción. El metal empezó a calentarse, luego quemó, después se puso al rojo vivo. Era todo lo que necesitaba. Las minúsculas raíces se contrajeron y murieron. Las raíces más grandes cerca del metal ardieron lentamente a medida que el creciente calor las alcanzaba.
En la superficie se inició otro tipo de violencia. Chorros de llamas surgieron de un centenar de orificios en la superficie de la nave. Primero las lianas, luego los árboles, empezaron a arder. No era el estallido de un incontrolable fuego, ni el feroz incendio saltando de árbol en árbol en una furia irresistible. Desde hacía mucho tiempo, el bosque había aprendido a controlar los fuegos iniciados por los rayos o por la combustión espontánea. Se trataba únicamente de enviar grandes cantidades de savia al área afectada. Cuanto más verde era el árbol, cuanta más savia lo permeaba, más intenso tenía que ser el fuego para mantenerse.
El bosque no pudo recordar inmediatamente haberse hallado nunca frente a un fuego que pudiera arrasar al mismo tiempo toda una hilera de árboles dejando que cada uno de ellos derramase un líquido viscoso por cada una de las resquebrajaduras de su corteza.
Pero este fuego sí podía. Era distinto. No tan sólo poseía llama, sino que era también energía. No se alimentaba tan sólo de madera, sino que vivía con una energía contenida en sí mismo.
Finalmente, este hecho despertó los recuerdos asociativos del bosque. Era un recuerdo agudo e inconfundible de lo que había hecho hacía mucho tiempo para librar, a él y a su planeta, de una nave como aquella.
Comenzó por retirarse de las inmediaciones de la nave. Abandonó su intento de aprisionar aquella estructura alienígena con un andamiaje de madera y hojas. A medida que la preciosa savia se retiraba a los árboles que ahora debían formar la segunda línea de defensa, las llamas adquirieron amplitud, y el fuego se hizo tan brillante que toda la escena adquirió una tonalidad irreal.
Pasó cierto tiempo antes que el bosque se diera cuenta que hacía rato que los rayos de fuego ya no surgían de la nave, y que toda la incandescencia y el humo que aún quedaban eran producidos por la madera ardiendo.
Esto también coincidía con sus recuerdos de lo que había ocurrido en la anterior ocasión.
Frenéticamente pero con reluctancia, el bosque inició lo que ahora se daba cuenta que era el único medio de librarse del intruso. Frenéticamente porque se sentía terriblemente convencido que la llama emitida por la nave podía destruir bosques enteros. Y reluctantemente porque el método de defensa traía consigo el sufrir quemaduras de energía apenas menos violentas que las que pudiera producirle la máquina.
Decenas de miles de raíces crecieron hacia las profundidades en busca de formaciones que habían evitado cuidadosamente desde que había llegado la última nave. A pesar de la necesidad de apresurarse, el proceso en sí mismo era lento. Pequeñísimas raíces, estremeciéndose ante lo que tenían que hacer, se obligaron a sí mismas a abrirse camino hacia las profundidades, se enterraron en determinados estratos minerales, y a través de un intrincado proceso de ósmosis arrancaron granos de metal puro de las capas naturales de metal impuro. Los granos eran casi tan pequeños como las raíces que habían penetrado en las paredes de acero de la nave, tan pequeños como para poder ser transportados hacia la superficie, suspendidos en la savia, a través del laberinto de gruesas raíces.
Muy pronto hubo miles de granos moviéndose a lo largo de los canales, luego millones. Y, aunque cada uno de ellos era en sí mismo pequeñísimo, el suelo donde fueron depositados brilló muy pronto a la luz del agonizante fuego. Cuando el sol de aquel mundo ascendió por sobre el horizonte, el plateado reflejo formaba un círculo a treinta metros alrededor de la nave.
Fue poco después del mediodía cuando la máquina alienígena dio señales de comprender lo que estaba ocurriendo. Una docena de escotillas se abrieron, y algunos objetos flotaron fuera de ellas. Se posaron en el suelo, y comenzaron a absorber aquella mancha plateada con cosas terminadas en una boquilla que chupaban el polvo finísimo en forma continua. Trabajaban con grandes precauciones; pero una hora después de oscurecer habían recogido más de doce toneladas del finamente disperso uranio 235.
A la caída de la noche, todas las cosas provistas de dos patas desaparecieron en el interior de la nave. Las escotillas se cerraron. La larga nave en forma de torpedo se elevó suavemente del suelo y se dirigió hacia el cielo, donde el sol brillaba aún débilmente.
La primera conciencia de la nueva situación le llegó al bosque cuando las raíces debajo de la nave informaron de un súbito descenso de la presión. Pasaron varias horas antes que llegara a la conclusión que la nave enemiga había sido echada. Y varias horas más antes que se diera cuenta que el uranio que permanecía aún en el suelo debía ser retirado. Sus radiaciones se estaban extendiendo peligrosamente.
El accidente se produjo por una razón muy simple. El bosque había tomado aquella sustancia radiactiva de las rocas. Para librarse de ella, necesitaba tan solo introducirla de nuevo en las más cercanas capas rocosas, particularmente las del tipo de roca que absorbía la radiactividad. Para el bosque, la situación era tan obvia como esto.
Una hora después que iniciara la realización de su plan, la explosión lanzó su hongo hacia el espacio abierto.
Era algo que estaba mucho más allá de la capacidad de comprensión del bosque. Ni vio ni escuchó aquella colosal silueta portadora de muerte. Lo que experimentó fue sin embargo suficiente. Un huracán arrasó kilómetros cuadrados de bosque. Las ondas de calor y de radiación provocaron incendios que requirieron horas para ser extinguidos.
El miedo se apagó lentamente cuando recordó que también había ocurrido lo mismo la otra vez. Pero más aguda que este recuerdo fue la visión de las posibilidades que abría lo ocurrido..., la naturaleza de tal oportunidad.
Poco después del amanecer del día siguiente, lanzó su ataque. Su víctima era el bosque que —según su desfalleciente memoria— había invadido originalmente su territorio.
A lo largo de todo el frente que separaba a los dos colosos, entraron en erupción pequeñas explosiones atómicas. La sólida barrera de árboles que formaban las defensas exteriores del otro bosque se derrumbó ante los sucesivos ataques de tan irresistible energía.
El enemigo, reaccionando normalmente, puso en marcha sus reservas de savia. Cuando estaba plenamente dedicado a la gigantesca tarea de edificar una nueva barrera, las bombas empezaron de nuevo a actuar. Las explosiones resultantes destruyeron completamente las reservas de savia. Y el enemigo, no pudiendo comprender lo que estaba ocurriendo, estuvo perdido desde aquel momento.
En la tierra de nadie donde habían actuado las bombas, el bosque atacante lanzó una oleada de raíces. Cada vez que se manifestaba una resistencia, estallaba una nueva bomba atómica. Poco después del siguiente mediodía una titánica explosión destruyó el centro sensitivo de árboles del otro bosque..., y la batalla finalizó.
Se necesitaron meses para que el bosque creciera en el territorio de su derrotado enemigo, arrancando sus agonizantes raíces, arrasando en su empuje los indefensos árboles que habían quedado, y tomando posesión plena e indiscutida de su nuevo territorio.
Una vez terminada la tarea, se volvió como una furia contra el bosque que lo flanqueaba por el otro lado. Una vez más, atacó con el trueno atómico, e intentó abrumar a su adversario con una lluvia de fuego.
Fue respondido con igual fuerza. ¡Explosiones atómicas!
Su conocimiento se había difundido a través de la barrera de entrelazadas raíces que formaba la separación entre los dos bosques.
Los dos monstruos se destruyeron mutuamente casi por completo. Cada uno de ellos se convirtió en un vestigio, que tuvo que iniciar de nuevo el doloroso proceso de su crecimiento. A medida que pasaban los años, el recuerdo de lo que había ocurrido se fue desvaneciendo. Pero tampoco tenía importancia. Actualmente, las naves venían muy a menudo. Y de todos modos, aunque el bosque hubiera recordado, sus bombas atómicas no podían estallar en presencia de una nave.
La única forma que había de echar a las naves consistía en rodear cada nave alienígena con un círculo de fino polvo radioactivo. Entonces, la nave absorbía el material y se retiraba apresuradamente.
La victoria del bosque fue desde entonces tan simple como eso.