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Memento Mori - Francisco Ayala

¿Que cómo sigue hoy? Pues ¿qué quieres que te diga?... Igual que ayer, y que anteayer, y que mañana. Ni para atrás ni para adelante. No vamos, ni para atrás, ni tampoco... Esto es ya algo que...

—¡Pobre señor!

—Sí, querida. Pobre él, y pobres todos. Yo te aseguro que, como esto continúe así, va a llevarnos a los demás por delante. A veces te juro que es que ya no puedo más, y —¡Dios me perdone!— pienso: «Pues si la cosa no tiene cura, si no hay remedio, si el final es el que tiene que ser, y mientras ese final llega él está sufriendo, y esto ya no es vida ni para él ni para nadie, ¿por qué, entonces...? ¡Que Dios me perdone!».

—Te comprendo, hija, te comprendo; pero ¿qué se le va a hacer? ¡Paciencia!

—¿Y te parece poca la que estoy teniendo? Yo ya —puedes creerme— es que, sencillamente, no aguanto más. Al comienzo, todo el mundo se interesaba, todo el mundo se compadecía, todo el mundo estaba dispuesto a echar una mano. Por otro lado, alguna esperanza quedaba de que a lo mejor pudiera la cosa no ser mortal. Pero ¿ahora? Y es muy natural, me hago bien cargo: la gente se cansa. Solo yo tengo que ser incansable, por lo visto.

—Vamos, mujer, no llores, no te desesperes.

—Si es que es horrible; te digo que es horrible. A veces llego a sentirme como pudriéndome por dentro, mala entraña, con unas intenciones que más vale no...

—Lo que pasa, querida, es que tienes los nervios rotos. Y se comprende, con la carga que llevas encima. Yo bien quisiera poder venir de vez en cuando a ayudarte un poco, si no fuese porque una tiene también su marido, y sus hijos, que son exigentes, y —ya lo sabes— con ellos no hay sino estar siempre al pie del cañón. Pero ¡cuántas veces no hemos comentado entre nosotros, en casa: «¡Esa pobre Mariana es una verdadera santa, y una mártir! ¡Qué abnegación la suya, tan admirable!»; y te hemos compadecido!

—Admiración, no lo sé; pero en cuanto a compasión, ¡vaya si la merezco! Nadie sabe bien lo que esto es. Nada basta, nada se agradece. El pobre, como que se encuentra perdido, y con esos dolores que no lo dejan descansar más que a ratitos, se pone de penoso como un niño chico, y no es capaz de figurarse lo que su enfermedad supone para los demás. ¡Igual que un niño chico, con los mismos caprichos y todo el egoísmo y toda la desconsideración de los niños! Cuando estaba en el hospital, él, ¡pobrecito mío!, sabía demasiado bien que allí el chinchorreo de nada podía valerle, porque allí no hacen caso a las chinchorrerías de los enfermos: inyecciones, píldoras, temperaturas, análisis, y todo lo que haga falta, muy bien; pero lo que es fastidiar por puras ganas de fastidiar, ¡ah, eso sí que no! Y tienen razón, qué caramba: ¿por qué habían de soportar ellos pejigueras? Los enfermos —si lo sabré yo— se ponen insoportables, enseguida quieren abusar. Tampoco me dejaban a mí que me estuviera allí sino en las horas de visita, pues la gente de la familia en esos casos solo sirve de estorbo; de modo que, quieras que no, yo era para él como una visita, y el infeliz me miraba desde su cama con unos ojos que se me partía el corazón de verlo. Así, cuando por fin lo mandaron para casa yo me alegré, te lo aseguro. Ya se sabía que la cosa no tiene remedio, y me lo dijeron sin ambages: «Señora, su marido lo mismo puede durar quince días que seis meses», me dijeron. Y siendo así, es claro que no podían tenerlo ocupando una cama del hospital hasta tanto que buenamente quisiera Dios acordarse de él. Total, que me lo traje para acá, dispuesta a que, por lo menos, sus últimos días de vida los pasara envuelto en nuestros cuidados. Pero sí, sí: ¡qué quince días, ni qué...! Ya lo estás viendo. Al principio, todos —su hermana, la sobrina, hasta el cuñado—, todos se desvivían por atenderlo tan cariñosamente. (Tú sabes cómo ha sido él siempre para los suyos: ¿quién no lo querrá, a ese pedazo de pan?) Pero, hija, conforme iba pasando el tiempo, cada cual, unos con un pretexto y otros con otro, empezaron a sacar el hombro, que pretextos y aun motivos verdaderos nunca faltan, y aquí me tienes a mí bregando yo solita con la situación... Te digo, querida, que es horrible, que ya es que no puedo más. Porque él, el pobre, no se da cuenta, ni en el estado en que está puede pedírsele que tenga demasiados miramientos, y el hecho es que, es que... ¿Ves? ¿Lo oyes? ¡Ya me está llamando! Enseguida, no falla. ¡Voy! ¡Que ahora mismo voy, hombre! ¿No puedes aguardar un momento?