INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta mecanismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mecanismo. Mostrar todas las entradas

El sarcófago sellado - R. Lionel Fanthorpe

El profesor Clive Duncan se limpió la frente con un enorme pañuelo de lunares rojos de proporciones verdaderamente nada académicas. Volvió a ajustarse el casco y sonrió con bondad en dirección a su hija Maureen, quien se hallaba en la proa de un bote de quilla plana que los conducía a los tres –Duncan, su hija Maureen y Abdul, el factótum– desde Ombos a Syene, hacia la primera catarata existente. El profesor consultó su mapa.

–Dentro de poco –murmuró para sí–, la isla de Elefantina estará a la vista.

Quizá la alcanzarían si remaban de firme durante un día.

Maureen miró por sobre su hombro a través de las hendiduras del toldo de papiro; la brisa parecía hacer poco o nada para suavizar aquel calor bochornoso y sofocante. Se preguntó qué estaba haciendo allí, en Egipto, y llegó a la conclusión de que la respuesta podía condensarse en una sola palabra: curiosidad.

Quería conocer el pasado de Egipto, de Siria, de Babilonia tal como fuera en los días de mayor esplendor de su historia. «Estremecimiento» quizá fuese una palabra demasiado fuerte, pensó para sí; no buscaba una emoción intensa, sino que sentía un inmenso deseo de hallar algo nuevo, algo que nadie pudiera pensar que existiese. 

La arqueología era una de esas ciencias en las que uno siempre puede estar a punto de descubrir algo realmente maravilloso e insospechado. La tragedia de la arqueología parecía ser que la especialización había aplastado los intentos de los más brillantes exponentes para absorber y abarcar este vasto campo de la investigación científico-arqueológica.

El calor y el movimiento cadencioso del toldo de papiro acabó por adormecerla, lo que habría sido un gran alivio de no ser por las moscas pegajosas y molestas. Maureen se vio obligada a sacar aquel curioso abanico de papel comprado en cierta ocasión a un artesano de Tebas y darse aire con él. 

Gracias a ello, pudo espantar las dichosas moscas y refrescar su rostro con aquella brisa artificial. Se puso a pensar otra vez en su inmenso deseo de descubrir algo nuevo, desconocido, en el maravilloso campo de la arqueología, y se adormeció. Mientras Maureen dormía, los remeros egipcios hacían avanzar el bote, Nilo arriba, en dirección a Ombos y a los misterios y secretos que detrás de él se escondían.

El profesor Duncan volvió a secarse la frente. Luego se quitó el casco y alisó sus cabellos, aquellos cabellos de indeterminado color, quemados por el sol de muchos años de estancia en el Oriente Medio. Dejó el mapa que había estado examinando y cogió un antiguo papiro. Este trataba de la historia de las religiones de las dinastías antiguas. Se puso a estudiarlo lenta y cuidadosamente. Los símbolos jeroglíficos eran tan fáciles de leer para él como lo sería un alfabeto corriente para la mayoría de los hombres.

Aquel histórico documento se refería a las principales divinidades egipcias. Hablaba de Nun, en cierta época conocido bajo el nombre de Nu, una especie de mar en el que habían sido sembradas antes de la Creación las semillas de todas las cosas existentes en este mundo. El antiguo papiro que el profesor Duncan estaba estudiando aludía a Nun como Padre de los dioses. El profesor lo estudiaba desde un punto de vista estrictamente intelectual, pues según sus conocimientos en esta materia, Nun no tenía ni templos ni adoradores. 

Luego estaba Atum, a quien se le consagró el toro. Fue una especie de cosa preexistente, algo así como un Logos creativo, pues fue lo primero que nació y el creador de todos los dioses. Más adelante, en manuscritos posteriores, su nombre se transformó en Atum-Ra. Este dios fue adorado en la mayoría de los templos sagrados durante las últimas dinastías.

El sol parecía calentar más aún, y el profesor Duncan se quedó dormido mientras el papiro caía de sus manos al suelo de la embarcación. Al tambalearse su cabeza, Abdul, que estaba situado detrás de él, se apresuró en coger una almohada y colocó sobre ella la cabeza del profesor. Sonrió inescrutablemente, cogió el papiro del suelo y lo enrolló con cuidado. 

A continuación miró a través de las hendiduras del toldo, y se puso a escuchar, con esos oídos que solo tienen aquellos hombres privilegiados que pueden percibir los sonidos maravillosos de la madre Naturaleza, descubriendo el suave murmullo de las aguas del Nilo y el dulce chocar de las ondas contra los costados de la embarcación. 

Poco a poco, el calor bochornoso y sofocante empezó a disminuir, y aunque tanto el profesor como su hija dormían, sus mentes no estaban lejos de la Leyenda de la Tumba Perdida de Ombos que los había traído a aquellas tórridas orillas altas del Nilo.

Pronto se divisó el embarcadero. La barca enfiló suave y lentamente hacia él. Los remeros dejaron de bogar, y el bote, obediente a la mano del timonel, atracó al embarcadero. Los hombres de tierra lanzaron unos cabos, y la embarcación quedó sujeta y firme. Entonces, Abdul tocó con suavidad el hombro del profesor Duncan para avisarle de que ya habían llegado. Este abrió los ojos y le miró.

–Ya hemos llegado, profesor –dijo el árabe, con voz profunda y potente, tan enigmática como el gran desierto libio que se extendía más allá.

Maureen se desperezó y abrió los ojos. El profesor Clive Duncan la ayudó a desembarcar. Abdul cogió los paquetes sin hacer ningún esfuerzo, pues se trataba de un árabe de poderosa musculatura. No había fardo, por pesado que fuese, que se le resistiera.

Las pensiones de Ombos no eran tan excelentes como para ser inscritas en una guía internacional de hostelería, pero Abdul se encargó de hallar un lugar en el pueblo donde se podía dormir y comer más o menos bien.

Al llegar a la puerta de esta «pensión», por así llamarla, se encontraron con un joven de boca sonriente y ojos tan negros como las noches en el desierto, aunque daban la impresión de mirar a todas partes, pues no permanecían fijos un solo segundo.

Había algo en aquel muchacho árabe que hizo recordar al profesor Clive Duncan la luz del sol sobre las aguas del Nilo: siempre en constante movimiento, nunca inmóvil, limitándose a moverse continuamente, con una cadencia que parecía aumentar aún más el calor. 

Al día siguiente por la mañana alquilaron tres camellos y se dirigieron a la orilla oriental del Nilo, penetrando en el desierto arábigo. Delante de ellos, a cien millas de distancia, las aguas del mar Rojo les esperaban, igual que esperaron a los israelitas unos milenios antes.

Habían recorrido unas diez o doce millas cuando Duncan volvió a consultar su mapa.

–Profesor –dijo Abdul, rompiendo aquel silencio pegajoso y sofocante que emanaba de las ardientes arenas–, ¿qué piensa de esas rocas de arena petrificada? ¿No están en el mapa secreto?

–¿Crees que pueden ser las mismas? ¿Piensas que por pura casualidad hemos acertado donde los demás, antes que nosotros, han fracasado? ¿Consideras que un descubrimiento de esta categoría e importancia puede llevarse a cabo en tan poco tiempo?

Abdul se encogió de hombros, algo decepcionado por la respuesta del profesor, y contestó:

–Solo trataba de exponerle una idea, profesor. Es usted quien decide.

–Bueno, vamos a echarles un vistazo –aprobó Duncan.

Desmontaron de los camellos y se cobijaron bajo la sombra de un gran montículo de arena. Entonces el profesor se puso a estudiar aquel mapa misterioso que había llegado a sus manos por medios asimismo extraños pocos meses antes.

–Sí, puede ser –dijo Duncan–. Examinemos ese camellón más de cerca.

Con una extraña sensación no exenta de misterio, el profesor, su hija Maureen y Abdul se dirigieron hacia la roca arenisca. Esta daba la impresión de haber sido esculpida por las manos de dioses celosos de que profanasen aquel lugar. Había grabados en ella unos signos que prohibían acercarse. Abdul rodeó la roca y luego se aproximó a Duncan y estudió nuevamente el mapa misterioso.

–Profesor, si me permite que suba –dijo Abdul–, quizá pueda ver el otro lado de las dos cumbreras y comprobar si también están grabadas.

–¿Serías capaz de ello?

Abdul se limitó a sonreír.

–Profesor, puedo subir igual que un mono a la palmera más alta de un oasis.

Maureen y su padre vieron cómo Abdul, compañero suyo en esta y muchas otras expediciones, subía con una agilidad atlética por aquella roca arenisca de cortantes filos y peligrosa inclinación. Trepó a lo alto de la misma con igual facilidad con que Duncan y Maureen hubiesen podido subirse a una silla. Para ello antes había asegurado el extremo de una cuerda en uno de los picos de la roca arenisca, mediante un lazo corredizo.

Abdul permaneció de pie al llegar a la cima como un personaje de las historias de Kipling dispuesto a tocar la trompeta y avisar al resto de la columna de caballería de que le habían tendido una emboscada, aun a riesgo de su propia vida.

La excitación que demostraba mientras movía rápidamente los brazos y hacía extraños gestos demostraba que había descubierto algo importante. Bajó de la roca y se acercó a ellos, falto de respiración, jadeante, nervioso, con los ojos brillantes como las estrellas del desierto. Luego dijo, con voz dominada por el entusiasmo:

–Profesor, las dos cumbreras del lado norte pueden ser las que indica el mapa.

Para otro hombre que no fuese Duncan, las palabras de Abdul hubieran debido ser comprobadas, pero el profesor siempre había confiado plenamente en su excelente guía y compañero de tantas expediciones arqueológicas. El profesor no era uno de esos pedantes que juzgan el nivel cultural de una persona por el color de su piel o la raza a la que pertenece. 

Clive Duncan era ya muy viejo y había viajado mucho; sabía que era auténtico aquel adagio que aseguraba que en todas las razas hay hombres buenos, malos, inteligentes e ignorantes. Abdul, para el profesor Clive Duncan, era una joya preciosa en sus investigaciones arqueológicas. Reunía dos cualidades esenciales en esta clase de expediciones: la astucia del ánade migratorio y la rapidez y la perspicacia del águila dorada.

–Sería importante y necesario que usted tratase de encontrar la entrada de esta roca arenisca, pues forzosamente debe haber una –dijo Abdul.

Duncan asintió con la cabeza.

–Resulta extraño –dijo el profesor– que el muerto haya conservado su secreto, y que ahora, después de haber investigado tantos meses en otro lado, nos encontremos frente a la solución del problema. Bueno, digamos que todo ha sido pura coincidencia.

Acto seguido se puso a meditar en silencio. Maureen se echó a reír; pero su risa era más bien un sonido raro, nada jocoso ni divertido.

–Papá –dijo Maureen–, tengo la impresión de que llevamos tantos años efectuando expediciones arqueológicas que al final has acabado por creer en todos los misterios de las religiones egipcias y ahora todos aceptamos las fuerzas y poderes sobrenaturales.

–Pues yo opino simplemente –respondió el profesor– que este es el lugar indicado en el mapa, que debemos considerarnos afortunados y que todo esto no constituye ningún misterio de fuerzas o poderes sobrenaturales, sino solo suerte, pura suerte.

–Admito –respondió su hija Maureen– que algunos de los más grandes descubrimientos han sido llevados a cabo por pura suerte y nada más que por suerte, como ocurrió con los papiros del mar Muerto.

–Exactamente –respondió su padre–. Los papiros del mar Muerto son una prueba de ello. Muchos de los grandes descubrimientos se deben al azar. Pero dime, hija mía, ¿quién podría asegurar la diferencia existente entre la suerte y «otra cosa»?

–¿Acaso quieres insinuar, querido papá, que esos descubrimientos no se deben realmente a la «suerte»? ¿Crees que existen poderes sobrenaturales que empujan y conducen a los hombres a descubrir cosas, y que luego parece que todo ha sido pura suerte?

Duncan sonrió. El profesor parecía muy viejo y sabio cuando sonreía. Su rostro se llenaba de líneas risueñas. Si su barba hubiera sido un poquito más larga, se le habría tomado fácilmente por un Papá Noel oriental, o quizá por un San Nicolás árabe.

–Bueno, dejemos de filosofar y vayamos a ver qué hay de realidad en todo esto.

Maureen y Abdul le siguieron hasta la cara norte de la cumbrera de roca arenisca.

–Estoy pensando –intervino Abdul– que los hombres que construyeron una tumba en este sitio no subieron a la cumbrera para luego descender por la hondonada. Me parece algo imposible.

–Pues pudieron hacerlo, querido Abdul –respondió el profesor Clive Duncan–, si la obra que pensaban llevar a cabo era de suma importancia. Y tú sabes perfectamente que este es nuestro caso.

Al llegar a este punto, el profesor adoptó la postura de un sabio catedrático de arqueología enseñando en un aula universitaria algo que resultaría misterioso para sus alumnos. Luego, prosiguió:

–Existían tres métodos para evitar que el contenido de una tumba sagrada fuese profanado por los ladrones del desierto. El método más corriente consistía en sellar las puertas mediante grandes masas de arena contenidas por gigantescas y pesadas rocas. Este era un método excelente, pero siempre contando con que los ladrones dispusieran de poco tiempo, ya que las tumbas importantes eran inspeccionadas con frecuencia por funcionarios faraónicos, y los ladrones corrían un gran riesgo. Luego existía el método de los laberintos, mediante el cual se construían pasajes interiores combinados de tal forma que era difícil tanto encontrar la cámara mortuoria como salir de ella una vez dentro.

–¿Y cuál era el tercer método? –preguntó Maureen, con una sonrisa en los labios, pues ella lo sabía, y su padre estaba al corriente de ello.

El profesor Duncan sonrió y repuso:

–El tercer método consistía en la defensa mecánica o física: la trampa, a simple vista inofensiva, en la cual quedaba aprisionado el profanador de la tumba. Generalmente se combinaban los tres métodos, pero el más eficaz, al menos desde el punto de vista arqueológico, era el simple encubrimiento. En efecto, un laberinto puede solucionarse tarde o temprano; recuerden ustedes a Ariadna y su ovillo de lana; las trampas pueden ser evitadas o desconectadas. Además, dicha trampa solo funcionaba una sola vez, por lo que, cuando había atrapado a su primera víctima, los demás podían entrar con impunidad en la tumba. Mas siempre existía el temor de que, una vez atrapada la primera víctima, pudiese volver a funcionar, y como los ladrones de tumbas son, por lo general, vulgares truhanes, tenían miedo, a pesar de todo. Pero el método del encubrimiento era el más seguro. Consistía en lo siguiente: se escogía un lugar apartado y solitario, y una vez que los trabajadores habían terminado de construir la tumba sagrada, se les cortaba la lengua cruelmente o, lo más corriente, se les asesinaba. Luego se borraban todos los vestigios y huellas y se tapaba y encubría la entrada. ¿Qué mejor defensa podía existir? Solo la suerte o la casualidad podían desbaratar este astuto encubrimiento; o ese poder extraño, del que antes hablábamos, sobrenatural y misterioso, que conduce a la persona afortunada directamente hasta el lugar donde se encuentra la tumba.

El profesor Duncan calló unos instantes, miró a sus compañeros, y prosiguió:

–Pero a pesar de que este último método es perfecto, siempre existía la posibilidad de que a alguien se le escapase una palabra, un simple detalle, que llegara a oídos extraños. Entonces se rompía la cadena de eslabones de estos misterios, y todas aquellas precauciones resultaban estériles. El plan de construcción de una tumba sagrada requería un plano, un mapa, trazado por la mano de un arquitecto que luego sería asesinado. Dicho mapa era escondido en un lugar inaccesible durante años, siglos o milenios. Pero un día podía llegar a las manos de algún científico, ya sea un arqueólogo, un egiptólogo, un lingüista o un historiador. Pues bien, tenemos el mapa; por eso estamos aquí. Prescindamos ahora de los medios misteriosos gracias a los cuales llegó a nuestras manos.

–Excelente conjetura –dijo Maureen.

–La conjetura es la mano derecha del científico y del investigador; la conjetura es la base, los cimientos sobre los cuales elabora su plan de trabajo, y sin la cual no se conseguiría nada en ese largo camino que conduce al progreso tecnológico e histórico.

–Ya veo que te encuentras muy filósofo en estos momentos, papá –dijo Maureen–. ¿No te queda ningún otro aforismo para nosotros?

–Ya veo que mis perlas no han sido apreciadas en su justo valor –dijo el profesor Clive Duncan, sonriendo, mientras ponía la mano sobre el hombro de su hija.

–Profesor, ¿qué es esto? –inquirió Abdul.

El guía árabe indicaba en ese instante un agujero tan pequeño como el de la guarida de una rata del desierto.

–¿Podría ser la parte superior de una gruta bloqueada con arena? –preguntó Abdul.

–Puede ser, mi querido Abdul, puede ser –respondió el profesor Duncan.

A continuación se puso a apartar la arena que cubría aquella especie de hendidura. Al cabo de unos instantes se dirigió al árabe y dijo:

–Es algo muy diferente a la entrada de la madriguera de un zorro del desierto.

–Cogeré una pala y apartaré toda esta arena, y así veremos lo que hay realmente debajo.

Abdul comenzó a sacar arena con la pala arqueológica, llevado por una especie de furia rítmica, arrojándola al aire que la arrastraba en torbellino. Continuó excavando durante más de veinte minutos. Solo había espacio suficiente en aquel boquete para un hombre, pero al cabo de cierto tiempo ya cabían dos, por lo que el profesor cogió otra pala, se introdujo en el pozo y se puso también a excavar. 

Era obvio que ambos estaban convencidos de que estaban limpiando de arena la entrada de una caverna o algo parecido. A la mente de Duncan acudió la idea de los papiros del mar Muerto, mientras trabajaba con la pala. Mas no eran pergaminos, ni ninguna otra clase de papeles o documentos lo que el profesor esperaba encontrar debajo de la tierra arenisca.

Media hora más tarde ya había sitio suficiente para que Maureen también bajara a excavar. Como ya eran tres los que trabajaban, la arena salía con más rapidez, y dos horas antes del crepúsculo, el hoyo tenía una profundidad de unos diez pies. Con inagotable energía, Abdul hundió la pala en la arena y se oyó un ruido metálico.

Abdul se sorprendió y, suponiendo que había logrado dar con la entrada de la caverna, prosiguió hincando la pala con más fuerza y entusiasmo que nunca. De inmediato el profesor y Maureen se unieron a él, y formaron una «cadena» de excavadores. Mientras Abdul sacaba la arena, el profesor la retiraba hacia atrás, y Maureen la expulsaba fuera del hondón. Minutos después quedaba al descubierto la entrada de la caverna.

Maureen se acordó entonces de las defensas establecidas por Robinson Crusoe, tan gráficamente descritas por la pluma inmortal de Daniel Defoe.

La luz era muy tenue dentro de la caverna, pues se habían distanciado algo de la entrada. Los rayos crepusculares del sol iluminaban el lado opuesto de la cumbrera. El profesor ordenó a su hija que se acercara a los camellos y buscase las lámparas eléctricas que llevaban en su carga. 

A la muchacha le costó trabajo alcanzar el lomo de la bestia, pero al fin pudo lograrlo, y regresó al lado de su padre y Abdul con dos poderosas linternas. El profesor encendió una de ellas y la sostuvo por encima de su cabeza. 

En principio, la pala de Abdul había puesto al descubierto lo que parecía ser el fondo de una caverna de roca arenisca; pero los ojos observadores de Duncan descubrieron algo más. Quizá solo fuese una mera coincidencia, pero detrás del hombro izquierdo de Abdul había unas marcas grabadas en la pared de la gruta.

–Un momento, amigos míos –dijo el profesor–; aquí hay algo muy interesante.

Se acercó a la pared de la caverna y examinó aquellas marcas. Luego se volvió hacia Abdul con una sonrisa en los labios.

–No creo que mi razonamiento deductivo sea tan grande como el de Sherlock Holmes –dijo Duncan–, pero dada la posición en que te encontrabas, y la dirección de tu paleta al remover la tierra, no creo que estas marcas en el muro las hayas hecho tú.

–No, no lo creo –respondió Abdul–. No recuerdo haber golpeado algo detrás de mí.

–Exactamente –dijo Duncan–, esa marca fue hecha por un pico primitivo egipcio. Creo que el último hombre fue enterrado en esta caverna hace unos cuatro milenios.

–Mucho tiempo, profesor –comentó Abdul–. Es mucho tiempo ese, en verdad...

Maureen se acercó sosteniendo una lámpara eléctrica. Entonces ella y su padre se aproximaron al muro y examinaron las marcas.

–Aquí hay otra –dijo Maureen–; aquí, un poco más abajo.

–Maravilloso –respondió su padre–. Esto corrobora que Abdul no las hizo.

–¿Cree usted, profesor, que esta roca es un bloque para ocultar la entrada? –preguntó Abdul.

–Lo creo –respondió Duncan.

–Entonces tendremos que removerla.

–Hay un pico en el camello –dijo Maureen.

–Excelente idea –contestó su padre.

Se trataba de un pico de acero bien templado, y en las manos musculosas e infatigables de Abdul empezó a horadar la pétrea pared. Diez minutos después se pudo remover un gran trozo de piedra, y quedó al descubierto el espacio suficiente para dejar pasar el tórax de un hombre. Abdul apartó la piedra. Maureen y su padre se subieron a ella y con sus linternas eléctricas observaron a través de aquel boquete.

–¡Una puerta! –exclamó el profesor.

Penetró por el boquete y se puso a examinar una puerta finamente esculpida según los métodos utilizados en la antigüedad en Egipto. La decoración era soberbia, tan fresca como el primer día en que el pintor la dibujara aplicando sus pigmentos a las aristas y cavidades de la roca.

–¿Puede usted interpretar lo que quieren decir estos dibujos, profesor? –preguntó Abdul.

–Algunos de ellos, sí; otros, no –respondió Duncan–. Maureen, acércate con la linterna eléctrica, y tú también, Abdul.

Ambos obedecieron.

–¿Qué significan estos dibujos? –insistió el guía árabe, que no podía contener su curiosidad.

–Está en dos escritos –respondió el profesor con calma–. El primero de ellos está en jeroglífico egipcio antiguo, y creo que es el más reciente de los dos. El segundo escrito es al parecer una traducción de otro jeroglífico de una lengua mucho más antigua.

–Nunca hasta ahora había visto unos símbolos como estos –dijo Maureen–, y sin embargo, la longitud de los dos escritos y el parecido entre ambos parece indicar una simple traducción el uno del otro.

–¿Quiere usted decir –preguntó Abdul– que esta tumba fue construida en parte por unos egipcios antiguos y... alguien más..., otra raza, otra tribu?

–Sí, y por muy raro que parezca, me estoy preguntando si este no es un escrito antiguo perteneciente a alguna tribu perdida, que pudo haber vivido en el desierto del Sáhara en los días del período neolítico. –Al llegar a este extremo, el profesor sonrió y añadió–: Ya saben ustedes que mis teorías son poco ortodoxas en este punto.

–Pero ¿qué quieren decir estos jeroglíficos? –volvió a insistir Abdul, no pudiendo reprimir más su curiosidad.

–Me temo –respondió Duncan– que se trata de la clásica advertencia que nos previene de algún peligro. Literalmente, reza lo siguiente: «Muerte para todos aquellos que profanen y violen esta tumba».

Abdul sonrió, pero su rostro ya no reflejaba la osadía de que siempre había hecho gala.

–He visto en muchas ocasiones ese tipo de advertencias –respondió Abdul–, y aunque parece una tontería, es peligroso seguir adelante.

El profesor Clive Duncan asintió con la cabeza, pero luego, ante el asombro de sus dos acompañantes, dijo:

–Sin embargo, yo intentaré entrar.

El profesor Duncan estudió las ilustraciones de la puerta con ojos de un experto en arte y de un historiador.

–Este parece ser el dios Geb –dijo suavemente, mientras deslizaba sus dedos por un dibujo indeterminado que representaba una figura semihumana–. Y esta de aquí solo puede ser la diosa Nut. El que la sostiene debe ser Shu; pero estas otras son mucho más difíciles de interpretar, pues son muy complejas.

–Pues yo he visto ilustraciones muy parecidas a estas antes –dijo Abdul.

–Sí, lo que tú has visto son unas pinturas iguales a estas en una tumba de Butehamon, existente en el museo de Turín –dijo el profesor Duncan.

Mientras tanto, Maureen observaba otros grabados y jeroglíficos.

–Este debe ser Atum –dijo ella–, sosteniendo a Pschent.

–Sí, es extraño, muy extraño –comentó su padre–. La manufactura casi parece de diferente época. Atum, en ese tipo de representación, es simbólico del Nuevo Reino, que abarca desde el año 1580 hasta aproximadamente el año 1090 antes de Jesucristo.

–¿Está usted seguro, profesor, de que no es una pintura de Khepri? –preguntó Abdul.

–Tienes muchísima razón, Abdul. Y esto complica más aún las cosas.

–Parecen ser pinturas en relieve –dijo el árabe indicando algo a la izquierda, al pie de la puerta.

–Es una copia de la cama de Osiris –informó el profesor con un tono de voz en el que se reflejaba una gran excitación–. Ustedes ya conocen el original, que fue hallado en Abidos. Muchos expertos la consideran como la verdadera tumba del dios. Nadie ha sido capaz de fijar la fecha con exactitud.

–Pues cualquier escultor que haya hecho esto conocía el original –intervino Maureen.

Su padre la miró.

–También puede que sea al revés, Maureen –respondió Duncan–, es decir, que el artista que esculpió la antigua estatua en Abidos haya visto antes esta.

–¿Quieres decir, papá, que este lugar puede servir para establecer que fue anterior a Abidos?

–No puedo asegurarlo con absoluta certeza, pero tampoco es imposible –contestó su padre–. De ser así, ello revolucionaría nuestros conceptos sobre la cronología egipcia. A decir verdad, existe una auténtica confusión de fechas entre todos estos grabados.

–¿Entramos? –preguntó Abdul.

–Sí, no veo razón para no hacerlo.

–Pero, papá, incluso en el exterior ya está oscuro, casi de noche.

–Supongo, mi querida pequeña, que no te dará miedo la oscuridad. Ya hace mucho tiempo que me acompañas en mis expediciones arqueológicas, y no creo que a estas alturas temas entrar en una cueva oscura.

–No, pero preferiría esperar la luz del día para entrar ahí –respondió su hija.

Abdul miró al uno y a la otra. Permaneció impasible. Sus labios árabes permanecieron sellados, como esperando que padre e hija llegaran a un acuerdo. Aunque también parecía hacer gala de esa astucia tan típica entre los de su raza, considerando que si se callaba y luego las cosas no salían tal como se esperaban, no se le podría culpar de nada.

–Pues yo digo que entraremos –respondió el profesor a su hija, con tono autoritario.

Duncan se mostraba a veces irascible e irritable, y en esos instantes nada ni nadie podía impedirle hacer lo que se proponía. Algunas reminiscencias de la edad escolar permanecían en la mente madura de su padre, pensó Maureen para sí.

Maureen y Abdul vieron cómo el profesor pasaba sus afilados dedos por la línea que marcaba la unión de las dos hojas de la puerta. Se oyó el clásico ruido de piedra y madera, materiales de los que estaba construida.

–Creo que estoy a punto de encontrar el mecanismo que abre la puerta –dijo el profesor, excitado–. Veo que es mucho más sencillo que el de las tumbas de Tebas; aquellas que investigamos no hace mucho tiempo, ¿no se acuerdan ya de aquella expedición arqueológica?

Clive Duncan hablaba por encima de su hombro, como si fuera consigo mismo, no esperando ninguna respuesta de sus dos acompañantes.

–Creo que aquí tenemos un pequeño problema, pero estoy seguro de que al final lo resolveré –prosiguió esta vez, sin duda alguna hablando consigo mismo–. Vamos, condenada puerta, ábrete ya de una vez. –En ese instante, la puerta pareció moverse casi una pulgada hacia dentro, pero fueron estériles los esfuerzos de Duncan para abrirla del todo.

–Déjeme intentarlo, profesor –dijo Abdul.

Solo había espacio suficiente para una sola persona, por lo que el profesor se retiró hacia atrás, dejando su sitio a Abdul.

–Ten mucho cuidado, Abdul –dijo Duncan–. Acuérdate de lo que nos ocurrió en Tebas.

–¿Es que el peso puede matar? Pero no se preocupe, tendré mucho cuidado.

La fuerza hercúlea de Abdul hizo mover la puerta, poco a poco. Cuando estuvo abierta del todo, el árabe, con suma cautela, exploró la oscuridad que se presentó ante sus ojos, al igual que uno de esos soldados del cuerpo de zapadores que avanza por un campo de minas con el detector en la mano, para localizar los posibles mortíferos aparatos antes de que la infantería avance.

Instantes después se oyó un ruido espantoso: el de una piedra al caer al suelo.

–Tenía yo razón –dijo el profesor–. Es la misma trampa que la de Tebas.

–Pues yo pensé que esta trampa sería más antigua, no tan perfeccionada como aquella.

–Lo es –respondió riendo Clive Duncan–; este sería el modelo en el que se inspiró el constructor de la tumba de Tebas. No creo que la Oficina de Registro de Patentes fuese muy exigente en aquella época.

–Pues yo creía que la originalidad era la clave para resolver los problemas que presentan los mecanismos de defensa de las tumbas –dijo Maureen.

Tras la puerta no se veía casi nada del interior. Una nube de polvo se había levantado, cual un genio hambriento, al caer la enorme piedra.

Esperaron durante unos instantes con el fin de que el aire exterior pudiera entrar y purificar el hediondo, seco y extraño olor de la tumba escondida. Cuando la atmósfera quedó lo suficientemente respirable, Abdul penetró llevando una lámpara eléctrica en la mano. El polvo se había sedimentado, pero a medida que Abdul avanzaba sus sandalias volvían a levantarlo.

Maureen y su padre se hallaban a unos pasos detrás de Abdul, uno a cada lado. Más allá de la puerta, la cámara mortuoria se alargaba en un estrecho pasadizo. Nada en sus paredes indicaba que este pasillo conducía a una cámara mortuoria. Solo unas pequeñas e insignificantes señales estaban grabadas en los muros, y, en un nicho a su izquierda, respecto a la posición en que se hallaban, había una esfinge pequeña, de mirada inescrutable.

–Parece ser una representación de Harmakhis –dijo Maureen, mientras aproximaba su lámpara a una de las figuras grabadas frente a la esfinge.

–En efecto, lo es –respondió su padre–; y esto contribuye a complicar más el enigma. Harmakhis está asociado por lo general, como ustedes ya saben, con Tutmosis IV, y el grabado se parece a la estela del sueño.

–¿A qué período corresponde eso, profesor? –preguntó intrigado el guía árabe.

–Alrededor del año 1500 antes de Jesucristo.

–Siento una sensación muy extraña –dijo Abdul–. Algo así como si ya hubiera estado aquí en otra ocasión.

–Me parece que vamos a tener mucho trabajo para solucionar este embrollo –dijo el profesor, como si no hubiese oído el comentario de Abdul.

De repente se oyó un extraño ruido detrás de ellos.

Maureen se volvió con rapidez, y enfocó su lámpara hacia allí.

–¡Papá, la puerta! ¡Rápido, la puerta!

Los tres echaron a correr hacia el lugar por donde habían entrado, el cual distaba unas veinte yardas del sitio en que se encontraban en aquel momento.

–¿Quién la cerró?

–Desde dentro no la podremos abrir –dijo el profesor–. A menos que empleemos una buena carga de dinamita, o tratemos de buscar otra salida.

Maureen se echó a reír, presa de un ataque de histeria.

–La dinamita está en los camellos, la dinamita está en los camellos –repitió como loca, con voz cada vez más nerviosa y trémula.

–Vamos, hija mía, tranquilízate, ya conseguiremos abrir de nuevo esta puerta –trató de calmarla su padre.

–No podemos salir para recoger los explosivos –insistió enloquecida, sin darse cuenta de la incongruencia de sus palabras.

El profesor le dio unas bofetadas para que volviera a recuperar el control de sus nervios.

–¡Basta, Maureen! –le gritó su padre.

Luego la abrazó y le dijo en tono cariñoso:

–Vamos, hija, tranquilízate, ya encontraremos otra salida.

–Profesor –dijo Abdul–, ¿desea usted que haga presión contra la puerta? 

–Sí, inténtalo –respondió Duncan–; a lo mejor tenemos la misma suerte que la primera vez. Aunque, bien pensado, lo lógico sería que empujáramos todos al mismo tiempo.

–Tiene razón, profesor, pero no lo veo normal; prefiero intentarlo yo solo.

–Espera un momento –le interrumpió Duncan–. Antes de gastar todas nuestras energías empujando esa pesada puerta de piedra, deberíamos tratar de localizar algún mecanismo que pueda abrirla.

–¿Cómo cree que se ha cerrado?

–Oh, no hay nada de sobrenatural en todo ello, si es eso lo que estás pensando –respondió Clive Duncan–. El mecanismo de cierre funciona a base de arena y pesas en equilibrio. Probablemente, el mero hecho de haber forzado la puerta lo ha puesto en funcionamiento.

–Entonces somos los primeros en haber sido atrapados en esta tumba –dijo Maureen.

–Ya veo lo que quieres darme a entender. No..., no creo que la tumba haya sido violada, ya que el mecanismo de cierre estaba intacto.

–¿No puede haber sido a causa de la caída de una roca?

–Oh, lo dudo mucho –respondió el profesor–. Pensar eso sería confiar demasiado en la casualidad, ¿no te parece, hija?

–Sí, probablemente es así –dijo Maureen, mientras fijaba la vista en la puerta que se había cerrado tras ellos. Solo pudo contener la terrorífica claustrofobia que se desarrolló en ella gracias al tremendo esfuerzo de voluntad que hizo.

–Debemos avanzar con sumo cuidado –dijo Duncan.

–Sí, señor –respondió obedientemente Abdul.

–Estoy pensando –dijo el profesor– que el artífice que llevó a cabo este mecanismo de cierre tan perfecto se preocupó de ello con suma astucia. Deduzco que los peligros que se nos presentarán al intentar penetrar en la cámara mortuoria serán mucho más catastróficos, por no decir mortales. Es probable que ese astuto artífice haya colocado unos mecanismos mucho más perfeccionados y efectivos, para evitar que la profanen y violen.

–Pues creo –dijo Abdul– que estamos muy cerca de ella.

La luz de las lámparas eléctricas reveló que habían llegado al final del pasadizo. A partir de aquí, el camino les conducía a una alta y embovedada cámara, a través de un pasaje cuyas paredes eran de piedras pesadas y macizas, recubiertas de extraños jeroglíficos y pinturas.

Abdul trató de penetrar en la cámara mortuoria. Apenas dio un paso y su pie se apoyó en la primera baldosa, el suelo cedió y el árabe se hundió, desapareciendo, mientras daba un horrible y escalofriante grito.

Delante del profesor y de su hija había ahora un boquete, cual si fuera la boca de una piedra carnívora.

–Abdul, Abdul –gritó el profesor–, ¿dónde estás?

No hubo ninguna respuesta. Clive Duncan sujetó a su hija para que no se moviera lo más mínimo. Luego se acercó al borde de aquel negro pozo y alumbró su interior con la linterna. Tuvo que cerrar los ojos al ver el espantoso cuadro que se ofreció a sus ojos, al comprobar el estado en que había quedado su amigo y sirviente Abdul.

–¿Qué ha sucedido? –preguntó Maureen, con la voz dominada por el espanto.

–Abdul ha muerto –dijo su padre.

Las lágrimas cubrieron el rostro de la muchacha.

–¿Cómo ha muerto?

–Prefiero no decírtelo.

–¿Me dejas que me asome y...?

–No –dijo bruscamente su padre, interrumpiéndola–. No quiero que mirada ahí abajo, hija mía. Lo hago por tu bien.

El profesor se sentó en el suelo, la espalda apoyada contra el muro y sosteniendo la cabeza entre las manos, como si tratara de borrar de su mente la espantosa escena que acababa de ver. Luego se levantó y, bordeando con sumo cuidado el pozo mortal, penetró en la primera cámara mortuoria. El suelo era sólido y firme. Después cogió la mano de su hija y la condujo hacia donde él estaba. 

Observó los jeroglíficos que cubrían las paredes de la cámara, mientras su hija permanecía junto a él. Su mente se pobló de negras sombras de desesperación al pensar que estaban encima del cuerpo muerto de Abdul y que la puerta por donde habían entrado estaba cerrada. Habría dado la mitad de su vida por verse al aire libre, bajo las estrellas del desierto. Hizo un esfuerzo tremendo y, al final, pudo controlar sus nervios y su creciente espanto.

–Este lugar está lleno de siniestras advertencias –dijo Duncan–. Nunca había visto nada semejante en toda mi vida de arqueólogo.

El profesor parecía oprimido bajo el peso del denso aire mortuorio de la tumba. En efecto, aquel lugar olía a muerte. Duncan empezó a rodear la cámara, pegado a la pared, tanteando el suelo antes de dar un paso, llevando de la mano a su hija. Llegaron al final de la primera cámara. Empujaron otra puerta y penetraron en la segunda.

–No, no se trata de la cámara mortuoria principal, sino de su antesala –dijo Duncan–. Fíjate, hija, en el mobiliario. No, no es la cámara principal.

Cuando el profesor intentó dar un paso más, se oyó algo así como el sonido de la cuerda de una lira al ser pulsada por su base; un dardo negro y ligero como una pluma agitó el aire y fue a clavarse en la espalda del profesor. Aquel dardo tenía un aspecto repugnante. 

Las rodillas de Duncan empezaron a doblarse, y Maureen tuvo que sostenerle para evitar que cayera desmayado sobre el pétreo suelo. Durante unos instantes el profesor permaneció callado, sin poder articular una sola palabra, inmóvil.

–Maureen, hija mía –dijo al fin, con la mirada extraviada en el vacío–, perdóname, lo siento mucho, la culpa ha sido mía. Perdóname.

Maureen se agachó y depositó el cuerpo de su padre sobre el suelo de la cámara mortuoria. Durante unos minutos, un terror espantoso se apoderó de ella. Luego trató de serenarse y se puso a buscar por las paredes el lugar donde podía estar escondido el mecanismo que había disparado el dardo ponzoñoso que había provocado la muerte de su padre. Al fin lo encontró, localizado en una pequeña abertura frente a ella. 

Era un mecanismo primitivo y poco ingenioso, pero horrible y mortífero dentro de su sencillez. Golpeó furiosamente con la pala aquel maldito artefacto, mientras sus gritos de desesperación y angustia resonaban como el eco contra las paredes de la antecámara. Pero, acto seguido por una extraña reacción psicológica, su desesperación, furia y angustia se transformaron en valor y coraje, en un deseo ardiente de lograr lo que ni su padre ni Abdul habían podido llevar a cabo. 

Sí, debía hacerlo como represalia: ella sola descubriría la cámara mortuoria. Sí, ella sola lo haría, para vengarse de este modo de la muerte de su padre y la del fiel sirviente Abdul. 

Lentamente, pero con decisión, avanzó por la antecámara en dirección a la cámara mortuoria. Tenía la impresión de que era empujada hacia allí por unas manos invisibles; fuerzas puramente psíquicas o fruto de su mente. Se detuvo un momento y se puso a escuchar, pero no se oía absolutamente nada. 

Otra puerta se le presentó en su camino, pero esta vez Maureen comprendió que era la última barrera, el último obstáculo entre ella y la cámara mortuoria. Respiró profundamente y contempló las pinturas de los muros. Barcos reales y tronos, dioses con cabeza de animal, y otras muchas escenas mitológicas llenaban las paredes del recinto que acababa de atravesar.

Se había despertado algo de intrepidez en ella; se había enfrentado al miedo y lo había vencido. A partir de ese momento el temor ya no parecía ejercer ninguna influencia sobre ella. La desesperación había dado paso a una firme y tenaz decisión de seguir adelante al precio que fuera, costara lo que costara; una nueva sangre parecía haber llenado su cerebro y sus venas, transformándola en otra mujer. 

Se asemejaba a ese oro que los artífices depuran una y otra vez hasta conseguir una pureza tan extraordinaria que parece ya otro metal. Sí, a partir de ahora nada podía asustarla, no tenía miedo de nada ni de nadie. 

Decididamente se dirigió hacia la puerta de entrada a la cámara mortuoria, empujó, oyó un extraño ruido producido por el moho acumulado durante siglos en los mecanismos metálicos, e instantes después estaba dentro. 

Había un olor a especias y a carne putrefacta, y en la atmósfera parecía flotar la muerte. En el centro de una gran mesa de mármol negro, decorada con piedras preciosas y objetos de arte en oro labrado, se hallaba un sarcófago sellado. Había tanta delicadeza y finura en los grabados del mismo, que, instintivamente, Maureen pensó que contenía el cuerpo de una mujer. 

Se dirigió con paso lento hacia él, mientras contemplaba, a la luz de su linterna, los jeroglíficos de las paredes. Entonces, de repente, todo el valor, todo el coraje que hasta entonces la había ayudado a penetrar con resolución en la cámara mortuoria la abandonó; mejor dicho, se transformó, igual que una muñeca al rompérsele los muelles y resortes, igual que una marioneta al cambiar la posición de las manos que mueven los hilos. 

Dirigió su mirada hacia otro sarcófago, mucho más grande que el anterior, el mayor que había visto en toda su carrera de arqueóloga investigando tumbas egipcias. Era muy ancho, pero tenía un aire de sencillez muy patente; tan simple que se parecía a aquellas cajas mortuorias pertenecientes a los jefes de las tribus preegipcias. 

Este sarcófago sellado se hallaba inclinado verticalmente contra una de las paredes de la cámara, como si fuera el guardián eterno y celoso del otro sarcófago existente en el centro y que contenía el cuerpo de una mujer –probablemente su esposa–. En efecto, a la altura de la cara, el sarcófago tenía una hendidura por la que los ojos del faraón embalsamado podían «ver» que nadie hiciera ningún daño al cuerpo de su bienamada. 

Aquella misma fuerza psíquica que había impulsado a Maureen a penetrar en la cámara mortuoria principal, también la ayudó a acercarse al sarcófago sellado. Puso la lámpara eléctrica en el suelo de forma que iluminara el sarcófago, y estudió los caracteres grabados en la madera. 

Primero observó el clásico círculo, símbolo de la eternidad; debajo del mismo se hallaba grabado un león de terroríficas mandíbulas, en un estilo escultórico que pertenecía al arte asirio-babilónico o egipcio.

No había ninguna dificultad en interpretar aquellos símbolos: «Aquí yace el eterno guardián; cuidado, gran peligro». Pero Maureen, haciendo caso omiso de esta terrible advertencia, arrancó de un golpe la tapa del sarcófago. Inmediatamente dio unos pasos hacia atrás, como impulsada por una inercia psíquica que se había sobrepuesto a su acto volitivo. 

Mas a continuación volvió a acercarse al ya descubierto sarcófago para observar el cuerpo embalsamado y cubierto de vendas desde los pies a la cabeza. Solo los ojos eran visibles. Unos ojos que brillaban con maléfico y terrorífico fuego.

¡Estaba vivo!

Algo, alguna cosa, las artes secretas del antiguo Egipto, la magia, los encantos y los poderes sobrenaturales inherentes a los mismos habían hecho que permaneciese con vida un cuerpo muerto hacía ya muchos milenios. 

De repente, sus brazos empezaron a moverse con lentitud, poco a poco, hasta llegar a la altura de sus hombros. Pero aquellos ojos de mirada ardiente y terrorífica no dejaban de mirarla ni un solo instante, mientras tanto. Súbitamente, con un gesto brusco, la momia sacó fuera uno de sus vendados brazos. 

Maureen dio un grito espantoso y echó a correr. Corrió como nunca lo había hecho en toda su vida, sin preocuparse de que podía pisar una trampa mortal. Atravesó pasadizos y más pasadizos, derribando en su loca carrera todos los objetos sagrados que encontraba a su paso. Quería huir; a cualquier sitio, adonde fuera. Todo antes que permanecer en aquella cámara mortuoria ante una momia viviente.

Pero lo verdaderamente espantoso era que, mientras ella corría enloquecida por aquellos pasajes secretos, oía a sus espaldas el caminar de unos pasos, de unos pies vendados, de alguien que la perseguía lenta pero inexorablemente. La momia, el guardián eterno, quería vengarse de aquella mujer que había violado y profanado su cámara mortuoria. 

Cuando ya creía haberse librado de su persecución, pues ya no oía aquellos pasos, se encontró ante un muro de piedra; aquel pasadizo no tenía salida, estaba atrapada, no se salvaría de la momia viviente. Esta caminaba con lentitud por el único pasaje por donde Maureen hubiera podido escapar. 

La momia parecía haberse dado cuenta de la espantosa situación de su perseguida, y no se apresuraba: avanzaba paso a paso, cada vez más cerca. La hija del profesor Duncan comprobó que había logrado arrancar las vendas que envolvían sus manos. Entonces, enloquecida, se arrojó contra la momia y empezó a golpearla con todas sus fuerzas, pero esta parecía ser tan dura como la roca arenisca de que estaba construida la tumba sagrada.

–Déjeme marchar, déjeme marchar –sollozó Maureen, pero aparentemente, sus súplicas no produjeron ningún efecto en la momia viviente. Esta la cogió en sus brazos como si fuera una pluma y se dirigió hacia la cámara mortuoria. Una vez dentro, cerró la puerta tras de sí, asegurándola con un pesado y gigantesco cerrojo. Pero ahora Maureen tenía la impresión de que en los ojos de la momia ya no se reflejaba aquella maldad y fiereza que antes viera, al arrancar la tapa de su sarcófago.

La cogió por las muñecas con aquellos dedos que parecían de madera, y la condujo solemne y pomposamente hacia el sarcófago sellado situado en el centro de la cámara mortuoria, sobre aquella mesa de mármol negro. Luego, con reverencia, al igual que un sacerdote ante el altar de una diosa, levantó la tapa del sarcófago, después de haber roto con un brusco movimiento los sellos. 

El interior de dicho sarcófago estaba adornado con bellos dibujos, y la decoración de la tapa era de esmerada calidad artística. Pero las figuras, observó Maureen, no habían sido pintadas de acuerdo con el arte tradicional utilizado en el antiguo Egipto. Daban la impresión de haber sido copiadas de la cubierta de una revista moderna de arte. Había una belleza viva en ellas. 

De repente, la momia viviente empezó a golpear aquellos dibujos, y la ira desapareció de sus ojos, dando paso a una mirada triste y decaída. Apoyó su cabeza sobre el sarcófago y empezó a emitir una especie de sonidos que parecían auténticos sollozos humanos.

Maureen se hallaba presa de una intensa emoción; no sabía qué hacer ni qué decir. Comprendió lo que eran aquellos sonidos: la momia viviente lloraba desesperadamente. Eran los sollozos de un corazón enamorado, destrozado por la muerte de su bienamada... 

Se volvió hacia Maureen y la contempló unos instantes, para luego volver a mirar el rostro dibujado en la parte interior del sarcófago. De repente, Maureen se dio cuenta de dónde había visto anteriormente aquellas facciones: las había visto reflejadas en un espejo.

La momia había dejado de sujetarla por las muñecas. Se dirigió a una mesita de madera de sándalo que seguramente había pertenecido, hacía ya muchos siglos, a su bienamada, sobre la cual había un espejo de cobre pulido. 

Maureen lo cogió, lo contempló, se miró en él y luego volvió a depositarlo cuidadosa y reverentemente, con una sensación de infinita tristeza. ¿Acaso su imaginación le estaba jugando una mala pasada, o realmente aquel espejo lo había visto antes, le era familiar?

Maureen cogió otra vez el espejo y, a la luz de la linterna eléctrica, volvió a contemplarse en él. Al estudiar con cuidado su reflejo, ya no le quedó la menor duda sobre su parecido. Empezó a sentir algo extraño dentro de sí misma. Presa de asombro, vio cómo sus cabellos cambiaban de color, dándole a su joven rostro el aspecto de una dama de la época de Cleopatra; incluso vio reflejado en su semblante el maquillaje que se utilizaba en aquella remota época. 

Entonces lo comprendió todo: su rostro, reflejado en aquel espejo de cobre, era exactamente igual al de la momia femenina encerrada en el sarcófago sellado. Sonrió, y el rostro de la muerta también lo hizo en el espejo. Luego este se empañó, Maureen ya no pudo ver nada. Lo volvió a colocar sobre la mesita de sándalo, y cuando se miró otra vez en él, unos instantes después, solo vio reflejado su rostro. 

Maureen se acercó al sarcófago y miró dentro del mismo, contemplando la momia que allí había. Después dirigió su vista hacia la momia viviente, que lloraba apoyada sobre el borde. Esta se incorporó, cogió a Maureen con sus fibrosas y fuertes manos, y la contempló con una mirada en la que se reflejaba la más profunda tristeza. 

Luego condujo a Maureen fuera de la cámara mortuoria, la hizo pasar por la antecámara donde yacía el cuerpo inerte de su padre envenenado por el dardo ponzoñoso, y, finalmente, al lugar donde estaba la trampa donde Abdul se había hundido, pereciendo en aquella horrible y negra profundidad. La condujo hacia la puerta de piedra por la que había entrado con su padre y Abdul, la que abrió de un golpe con su musculoso brazo vendado.

El sol mañanero acababa de salir, y bañaba con sus rayos la planicie del desierto oriental. Uno de estos rayos, cual una flecha de oro, iluminó la entrada de la cueva de roca arenisca. El aire puro y fresco llegó hasta ellos, y entonces, articulando un terrible grito, el guardián eterno de la tumba se desintegró en la luz de la mañana. Un montón de polvo y pingajos se estremeció al ser azotado por la brisa temprana.

Maureen pasó a través del agujero en aquella roca arenisca que servía de barrera ante la tumba sagrada. Salió huyendo de aquella espantosa caverna. A corta distancia de allí, tres camellos atados esperaban.