El sábado y el
domingo eran, naturalmente, los días de mayor afluencia en el Museo Colfax. A
Samuel Baxter todos los días solían antojársele iguales, por lo que no le
molestaba en lo más mínimo el hecho de que sus jornadas de ocio cayeran en
medio de la semana. En realidad, le gustaba levantarse tarde y vagar por el
piso mientras los otros debían madrugar y trabajar duro...
Pero a la
señora Baxter, aquello la molestaba tremendamente. Pues nada disgusta tanto a
una mujer como el tener que estar metida en la cocina fregando la vajilla
mientras su marido está cómodamente instalado ante el televisor con una buena
caña de cerveza. Quizá no le hubiera importado que Sam descansara cuando los
demás también lo hacían. Pero estar sentado sin hacer nada en un lunes o un
martes, ¡eso era intolerable!
Así, no era
pura casualidad el que la señora Emily Baxter sintiera la necesidad de limpiar
el polvo en la sala de estar, cuando el partido de béisbol estaba en su punto
culminante o cuando acababa de sonar el gong anunciando el primer round del
combate de boxeo... En honor a la verdad, hay que decir que Sam no era ningún
santo, y bastante hacía su esposa con soportarle...
Así que cierta
mañana —martes para ser concretos— cuando Emily insistió para que su marido le
ayudara a dar la vuelta al colchón de la cama, el choque resultó inevitable.
—El colchón
está muy bien como está —dijo Sam—; déjalo.
—No lo voy a
dejar, hemos de volverlo —replicó Emily.
—Mira, mujer,
no te pongas pesada y deja estar el colchón, que yo te digo que está bien.
—Hay que darle
la vuelta...
—¡Y dale! Nunca
me entrará en la cabeza que, en un piso tan pequeño como el nuestro, tengas que
estar removiéndolo todo constantemente de ese modo infernal.
—Si no te gusta
ayudarme en casa, ¿por qué no te ocupas en algo de provecho fuera de ella?
—¡Dime qué
puedo hacer, anda!
—Buscar un
empleo mejor que el que tienes, pues ya llevas dieciséis años metido en esa
«casa de la muerte»...
La señora
Baxter acababa de tocar uno de los puntos más enojosos de sus discusiones. Sam
se bebió de un solo golpe su taza de café.
—Emily, ya
sabes que no soy ningún talento ni tengo estudios. Ya lo sabías cuando nos
casamos.
—Lo cierto es
que no has mejorado en nada desde que hace cinco años te ascendieron y te
destinaron a la sección de los dinosaurios y demás reptiles...
—¿Acaso te
figuras que me gusta pasar todo el día guardando cocodrilos disecados?
—exclamó—. ¿Crees que no estoy hasta la coronilla de tener que contestar
continuamente las mismas preguntas estúpidas, y trabajar año tras año por el
mismo maldito y mísero salario?
—Entonces, ¿qué
esperas para buscar un trabajo más decente?
—Pero, Emily,
tú sabes muy bien que a los cincuenta años eso es imposible.
—¿Cómo lo
sabes? ¡Nunca lo has intentado! Sam no contestó. Se levantó, tomó el periódico
y lo metió en el bolsillo de la americana, mientras su esposa le miraba con
recelo.
—¿Sales ahora?
¿Adonde vas?
—Voy a buscar
otro trabajo.
—Será mejor que
te lleves el paraguas; está empezando a llover.
—¡Al infierno
con la lluvia!
Ella observó
sus preparativos con una sonrisa condescendiente. Cuando su esposo iba a salir,
dijo:
—Puesto que vas
a buscar trabajo, puedes aprovechar para ver también si encuentras otro piso.
—¿Que mire si
encuentro otro pi...?
Si su mujer le
hubiera pedido que le trajera el farol que se alzaba sobre la torre del
Ayuntamiento, no se habría sentido más asombrado.
Salió dando un
portazo.
Los Baxter
ocupaban un pequeño apartamento, con baño y cocina, en el vigésimo piso de un
edificio de apartamentos económicos situado relativamente cerca del Museo
Colfax. Llevaban viviendo en él dieciséis años, y al comienzo se consideraban
muy felices al vivir tan cerca del lugar de trabajo de Sam.
Por supuesto,
no era su intención permanecer mucho tiempo en un piso tan reducido; sólo hasta
que se situaran. Pero lo malo es que nunca lograron reunir dinero suficiente
para mudarse de piso, por lo que ya llevaban en él dieciséis años. Cuando
llegaron, las ventanas daban a las alegres montañas que se extendían al norte,
mientras que ahora estaban totalmente cercados por unos edificios tan altos que
en la mayoría de los meses del año debían tener las luces encendidas todo el
día.
Sam entró en
una cafetería cercana, para poder examinar detenidamente las columnas de
anuncios del diario reservadas a las demandas de trabajo. Comoquiera que desde
hacía ya bastante tiempo todos los parques públicos se habían convertido en
edificios comerciales, no faltaban los empleos. Desgraciadamente, no había
ninguno por el que Samuel Baxter sintiera el menor interés. No le preocupaba ni
interesaba en absoluto el hecho de que la Foley Tool Works necesitara un buen
operario para manejar una máquina afiladora. Ni tampoco le tentaba la
posibilidad de ganar cincuenta mil dólares al año como ejecutivo en la Indoor Swimming
Pool. Había numerosos empleos enormemente remunerativos a disposición de
jóvenes dinámicos, que sólo tenían que vender artículos evidentemente
fabulosos. Pero, como su café se había enfriado y cada vez llovía con más
fuerza, sintióse completamente defraudado. Estaba a punto de pagar su
consumición y marcharse sin rumbo fijo, cuando sus ojos se fijaron en la
pequeña sección de «Trabajos para ambos sexos»:
Para trabajo de
índole especial, precisamos hombre o mujer. No necesita experiencia. Sin limitación
de edad. No se trata de venta de artículos. Se requiere examen físico. Buen
sueldo si está capacitado. Entrevistarse personalmente con el doctor Sherwood. Rm. 515 Hartford. 3.855 E. Willow Wood, Glendora.
¡3.855 E. Willow Wood... 3.855 E. Willow Wood...! Estaba seguro
de conocer aquella dirección. ¡Por supuesto! Era la Universidad del Estado. Lo
de «Hartford» debía referirse, a buen seguro, al edificio del hospital, situado
en el campus de la Universidad.
¡Cuántas veces
había visto aquella dirección mientras clasificaba la correspondencia en el
museo!
Pues el Museo
Colfax mantenía una activa correspondencia con los profesores del Estado. Ahora
bien, ¿por qué demonios la Universidad ponía un anuncio semejante? Lo mejor
sería coger un autobús y marchar allí para enterarse bien del asunto.
La Universidad
de Glendora cubría un área aproximadamente de la misma extensión que la del
Principado de Mónaco. Sus fundadores habían elegido un hermoso lugar, situado
entre onduladas colinas, en cuyas vertientes habían construido lujosas
residencias. En el campus, los edificios habían sido levantados, en un
principio, dejando entre los mismos extensos espacios para los bancos y
balaustradas en donde poder estudiar o conversar entre clase y clase. Sin
embargo, todo aquello ya no existía ni tan sólo en el recuerdo de la actual
generación de estudiantes. Pues el Estado, en su afán de aprovechar cada
milímetro cuadrado, había levantado nuevos edificios de enseñanza, ahora
separados por simples pasillos, y más tarde construyó locales subterráneos, un
complejo de laboratorios y nuevas aulas bajo el nivel de la calle.
Todo aquello
obligó a la Universidad a sustituir también la antigua numeración de las salas
por un nuevo sistema de localización mediante coordenadas ideado por la
Facultad de Matemáticas, gracias al cual Sam fue capaz de localizar la sala 515
del Hartford Hospital Building con sólo veinte minutos de búsqueda. Durante su
¿recorrido, tuvo que atravesar salas tan estrechas que, a menudo, resultaba
dificultoso abrirse paso entre las las filas de pacientes apretujados en los
bancos instalados a lo largo de las paredes. En todo caso, la visión de aquellas
gentes enfermas, con los rostros pálidos y angustiados, no dejaba de ser
estimulante para Sam, puesto que él se sentía físicamente sano.
La sala 515
estaba en la zona menos congestionada del hospital. No había letreros que
indicaran, como era de prever, «Departamento de tal o cual cosa», ni siquiera
las consabidas flechas indicadoras. En aquel pasillo no había pacientes de
ninguna clase, solamente una puerta, que ostentaba en gruesos caracteres el
anuncio «Medicina Experimental», con la invitación debajo y en letras pequeñas:
«Pasen». Sam entró en la habitación.
Al proyectar
aquella sala, un hábil arquitecto le había dado forma triangular, consiguiendo
montar una oficina en un espacio en donde nadie lo hubiera imaginado.
Una joven negra
se hallaba en aquella habitación, ocupada en buscar y extraer carpetas de un
archivo. Contrariamente a los demás empleados con los cuales se había
tropezado, no parecía darse demasiada prisa en atenderle.
—Vengo por lo
del anuncio aparecido en el Times de esta mañana —dijo Sam.
La muchacha
sonrió agradablemente:
—Siéntese, por
favor. El doctor Sherwood le recibirá dentro de un momento.
Sam miraba a su
alrededor, como si esperara encontrar algún detalle que le indicara la
verdadera naturaleza de aquella oficina. En la pared opuesta, había un mapa de
la tabla periódica de los elementos, junto a una descolorida vista fotográfica
de la playa de Wai-kiki con Diamond Head al fondo. Detrás, un tablero en el que
aparecían los retratos de los poetas americanos de la escuela Waterfall
Whisker: Bryant, Longfellow, Lowell, etc. Longfellow. Parecía fijar su mirada
en la esbelta joven que aparecía en un calendario de la conocida marca de
detergentes Superba. La puerta que estaba junto al archivo, debía conducir
seguramente al despacho del doctor.
Sam sabía por
amarga experiencia que, generalmente, lo de «un momento»" significaba algo
así como media hora. Sin embargo, la puerta no tardó en abrirse para dejar paso
a un fornido joven seguido de un hombre de mediana edad y de apariencia jovial,
con una bata blanca: evidentemente se trataba del doctor.
—Bien, de todas
maneras, gracias por su visita —dijo el doctor mientras estrechaba la mano de
su acompañante.
El joven saludó
con una ligera inclinación de cabeza, y abandonó la oficina.
Durante unos
segundos, el doctor y su secretaria cambiaron una mirada de inteligencia.
—Doctor, hay un
caballero que desea verle —dijo la secretaria indicando a Sam Baxter. El doctor
le miró sombríamente.
—Venga —dijo
suspirando.
Una vez se
hubieron presentado mutuamente, el doctor se apoyó en su sillón giratorio, con
las manos entrelazadas detrás de su cabeza y la mirada fija en el techo.
Sam trataba de
aparecer lo más natural posible a los ojos del doctor, ni muy indiferente ni
demasiado ansioso. Sabía que si aquel empleo tenía algún valor, trataría de
conseguirlo, pero sabía asimismo que no había cosa peor para lograr un nuevo empleo
que el hecho de necesitarlo a todo trance. De modo que no debía, mostrarse ni
demasiado atrevido ni tampoco demasiado resignado.
—Supongo que
usted viene con motivo de nuestro anuncio —dijo finalmente el doctor Sherwood.
—Así es
—respondió Sam.
El doctor
sonrió nostálgicamente y dijo:
—Recuerdo que
cuando yo era todavía muchacho y andaba buscando mi primer trabajo, mi padre me
aconsejó: «Nunca hagas caso a los anuncios que no estén claros».
—Es un buen
consejo —admitió Sam.
—¿Le importa
decirme por qué ha hecho caso al nuestro?
Sam se movió en
su silla y afirmó:
—Francamente,
creí que era el único anuncio que me convenía. Además, reconocí la dirección de
la Universidad del Estado, y sabía que la Universidad no puede ofrecer nada
desatinado.
—Bueno, no esté
tan seguro —dijo el doctor Sherwood, dando un tono muy grave a su voz—. Ellos
son capaces de cometer ciertas diabluras. —Y añadió—: ¿Cuál es su actual
situación, señor Baxter?
Sam resumió en
pocas palabras su situación en el Museo Colfax, diciendo que no le gustaba ya
lo que hacía allí y las dificultades con que tropezaba para encontrar, a una
edad como la suya, un empleo mejor.
El doctor le
escuchó sin intervenir, y luego dijo:
—Bien, señor
Baxter, su caso es muy normal. Pero, sinceramente, no puedo decirle si podremos
ayudarle. Es muy posible que no. Ya ve que no ofrecemos un empleo fijo.
Necesitamos encontrar un hombre, o una mujer, apropiado para una especie de
prueba. Ahora bien, lo que ya no puedo asegurarle es si dicha prueba le
convendrá.
—¿Puede saberse
qué clase de prueba es?
—Lo siento,
pero no puedo decírselo —contestó el doctor Sherwood—. Mis labios están
sellados... ¡Al diablo esos líos y todo ese secreto! La verdad es que nada
puedo decirle en concreto; solamente me toca aceptar las cosas, pero nada puedo
hacer. De modo que si quiere seguir adelante, señor Baxter, mucho me temo que
deberá avanzar a tientas —concluyó enigmáticamente.
—En el supuesto
de que yo reuniera las condiciones exigidas, ¿cuál sería mi sueldo?
Sam estaba
dispuesto a pedir un diez por ciento más de lo que cobraba en el museo. Así,
cuando el doctor le dijo que ganaría una cantidad que doblaba su actual
salario, casi no lo creía.
—La cantidad ha
sido fijada por el Gobierno —aclaró el doctor Sherwood—, pero opino que el trabajo
merece mucho más.
—Yo diría que
el sueldo me parece muy generoso, sobre todo para alguien que, como yo, carece
de experiencia en la materia.
—Quizá no
piense lo mismo cuando sepa algo más respecto a su trabajo. Si sigue dispuesto
a aceptar, éste es el paso inicial. En primerísimo lugar, debe rellenar un
largo cuestionario. ¿Hijos? ¿Estado? ¿Nombre de su abuela?... Todo ello nos
tiene sin cuidado y no nos importa en absoluto, pero, naturalmente, hemos de
empezar con esos datos. Luego le haremos un examen físico preliminar; sólo para
asegurarnos de que su corazón late normalmente, sus intestinos funcionan bien y
sus reflejos reaccionan ante los estímulos relacionados con su nuevo empleo.
También habrá de contestar a ciertas preguntas sobre su vida privada... Si
usted sale airoso de esas pruebas rutinarias, entonces hablaremos de su
trabajo.
—Pero..., ¿ese
examen no tomará un tiempo excesivo?
—Precisamente,
de eso le iba a hablar —prosiguió el doctor Sherwood—. Por cada hora que usted
pase en nuestra clínica, recibirá tres dólares. El examen médico corre
naturalmente a nuestra cuenta. He de decirle que solamente en exámenes médicos
vamos a gastar en usted unos mil dólares. Si realmente dispone de tiempo, señor
Baxter, ésta es una oportunidad que no debe desaprovechar. Piénselo.
Samuel Baxter
solamente empleó unos segundos en pensarlo. ¡Cualquiera rechazaba semejante
oportunidad!
—Conforme
—dijo.
—¡Magnífico!
—exclamó el doctor Sherwood, al tiempo que se levantaba de la silla—. ¿Qué día
le viene bien empezar?
—Hoy mismo.
El doctor
consultó su reloj:
—Bueno, falta
poco para las doce. Haré que la señorita Christie le reciba a primera hora de
esta tarde. Puede almorzar en nuestra cafetería; y luego vaya a visitarla.
—De acuerdo.
Sam se disponía
ya a retirarse, pero el doctor aún quería preguntarle algo:
—Señor Baxter,
¿no será usted acrófobo?
—¿Acrófobo?
—Sí; así se
dice de los individuos que temen anormalmente a la altura.
—No; supongo
que no.
—¿Ni siquiera
estando aislado en un lugar muy alto?
Sam trató de
recordar.
—En cierta
ocasión, subí en un globo. Fue en la feria de Pomona, si mal no recuerdo...
—¿Y qué
sensación experimentó?
—Una especie de
mareo.
—Es natural
—dijo el doctor Sherwood sonriendo; y añadió, mientras abría la puerta—: No se
olvide de ver a la señorita Christie después del almuerzo, ¿de acuerdo?
—Descuide,
doctor. No me olvidaré.
Sam no tuvo
dificultad en conseguir las horas libres que necesitaba para sus numerosas
visitas al hospital. En el museo sus superiores le estimaban mucho y no hubo
problemas al respecto: obtuvo todo el tiempo que pidió. No quería dejar escapar
los tres dólares -que le daban por hora, y en aquellos dos meses se tomó muchas
más horas libres que las que tomara durante los diez últimos años de su
servicio en el Museo Colfax.
Samuel Baxter
no tardó en convertirse en una figura muy popular en el hospital Hartford; a
diario podían verle en la sección de radiología, en los sótanos del edificio;
en la de respiración pulmonar, situada en el último piso, o en las secciones de
cardiología, urología, neuropatología y otología. No hubo sección de
reconocimiento por donde no pasara. Sin embargo, donde más tiempo pasó fue en
otología, ya que por algún motivo que Sam desconocía, su aparato auditivo
despertaba un interés muy especial entre los facultativos de aquella sección.
Pero, por muy molesto que fuera lo que le ordenaran hacer, Sam solía obedecer
de buena gana y a todo sabía poner buena cara. Si una enfermera, después de
obligarle a quitarse los pantalones, le decía que era un buen paciente, le daba
las gracias, se ponía de nuevo sus pantalones y se disponía a pasar el
siguiente examen. Y nunca se quejaba porque le hicieran esperar demasiado:
mientras, corría el reloj, y los tres dólares se convertían en seis... o en
nueve o incluso en muchos más.
Pero todo tiene
un fin en esta vida... Llegó el día en que todos los exámenes y tests
concluyeron; todos los resultados figuraban inscritos en las respectivas
fichas, que formaban ya un buen montón. Con tal motivo, la señorita Christie
telefoneó a su casa para pedirle si a la mañana siguiente no tendría
inconveniente en entrevistarse, a las diez en punto, con el doctor Sherwood El
señor Baxter le aseguró que lo haría. Mejor dicho, fue la señora Baxter la que
contestó, pues afortunadamente, ella misma había tomado el teléfono al recibir
la llamada.
Aquello fue
para ella fuente de una gran satisfacción, por cuanto ahora ya tenía la primera
pista que podía llevarla a descubrir qué clase de andanzas llevaba su marido;
desde aquella lluviosa mañana de hacía dos meses, el comportamiento de Sam era
de lo más misterioso. Al comienzo, consideraba sus ausencias de casa y del
museo como algo puramente inofensivo, como un nuevo ardid de su esposo para
hacerla rabiar. Pero ahora las cosas parecían tomar un cariz muy distinto;
cualquier otra mujer habría imaginado que Sam andaba con alguna chica de
ésas..., pero en su caso no cabía pensar en semejante ridiculez.
A todas las
preguntas que su mujer le hacía, Sam oponía el mutismo más absoluto. En
cualquier caso, había descubierto el poder peculiar que brinda el cerrar la
boca.
—A su debido
tiempo te contestaré —decía Sam, y ello le valió el despecho de su esposa, pero
asimismo el respeto por su parte.
Sam se presentó
en el despacho del doctor Sherwood unos minutos antes de las diez, siendo
recibido inmediatamente. El doctor le dio un cordial apretón de manos:
—Señor Baxter,
en primerísimo lugar, déjeme felicitarle. ¡Es usted un magnífico ejemplar de la
raza humana! ¡Único entre diez mil!
—Gracias
—murmuró Sam al tiempo que iba pensando lo afectuoso que se mostraba el doctor
comparado con la primera entrevista.
—Conozco muy
bien estas cosas —dijo el doctor— y he de confesarle que tras todos esos
exámenes, esos análisis y esas pruebas, con toda esa cantidad de instrumentos
de tortura, usted no nos ha defraudado. Lo lógico es que le hubieran encontrado
alguna cosa anormal en su anatomía, pues lo corriente es eso. Pero, ¡no, señor!
En su caso el cuerpo médico se afanó en vano, y tengo la gran satisfacción de
decírselo. ¡Está usted más sano que un semental!
Sam agradeció
aquel homenaje al estado impecable de sus órganos internos con una leve
inclinación de cabeza.
—Naturalmente,
se habrá preguntado el porqué de tanto reconocimiento médico.
—He de confesar
que estoy algo intrigado —admitió Sam.
—Bueno. Ahora
puedo decírselo. —El doctor Sherwood vaciló unos segundos y prosiguió, como
coordinando sus palabras—: Cualquier persona que hoy en día viva en una capital
sabe muy bien el grave problema que plantea la falta de espacio. Pagamos
cantidades exorbitantes por un cuchitril en el que nuestros abuelos no se
habrían atrevido a meter ni tan siquiera a un perro... Cada centímetro cuadrado
está ocupado. Para conseguir más espacio no nos queda otro remedio que edificar
en altura, cada vez más alto. Así hemos llegado a tener rascacielos de cien
pisos..., luego doscientos..., y ahora, hemos comenzado a meternos en el
subsuelo. Pero hay un límite en ambas direcciones, y me temo que ya estemos
alcanzando ese límite.
El doctor cogió
un lápiz y empezó a trazar líneas y cifras en su cuaderno de notas:
—Digamos que
existe la apremiante necesidad de levantar un edificio con un total de unos
treinta y cinco millones de metros cúbicos. Pero para ello disponemos solamente
de una superficie de diecisiete mil metros cuadrados aproximadamente. Además,
la reglamentación actualmente en vigor nos limita la dimensión vertical, la
cual no puede rebasar los trescientos treinta metros. Sobre un área semejante,
un edificio de esa altura nos daría más o menos unos diecisiete millones y
medio de metros cúbicos, o sea sólo la mitad del volumen que necesitamos. ¿Qué
podemos hacer, señor Baxter?
—Disponer de
más terreno —sugirió Sam.
—Lo siento,
pero es todo el que hay.
—Entonces,
hacer caso omiso de la reglamentación...
—Ello es
totalmente imposible; no podemos.
—En tal caso,
no sé cómo se las ingeniarán para edificar ese edificio —dijo Sam.
—Podríamos
levantar nuestro edificio con sólo una condición: la de extenderlo en cualquier
otra dimensión.
—¿Pretende
extenderlo en una cuarta dimensión? —preguntó Sam asombrado.
—Llámele
cuarta, quinta, o como le plazca.
Sam se atrevió
a sugerir:
—Si usted me da
las dimensiones que le pida, le puedo construir un edificio con todas las
dimensiones que se le antojen.
—Teóricamente,
sí —asintió el doctor Sherwood—, pero en la práctica no resulta tan fácil. Le
diré que hace ya cinco años que los especialistas de la Facultad de Física
comenzaron a sentar las bases de un programa dimensional. Aquello me pareció
una verdadera locura y me opuse al mismo. Pero nadie me hizo caso. Los físicos
siguieron en sus trece, pidieron gran cantidad de dinero, y lo obtuvieron. Se
acabó el dinero, y no habían demostrado absolutamente nada. Tal como yo había
previsto —subrayó el doctor Sherwood con gran satisfacción—. Como suele ocurrir
en la ciencia, la clave del problema llegó de una fuente totalmente inesperada.
No de aquel grupo de ineptos, sino de la observación de ciertas desviaciones en
las órbitas de Mercurio y de Icaro en relación con el cuádruple momento del
Sol. Tan pronto como conseguimos el dato esencial, el resto fue facilísimo. Al
cabo de más de un año sabemos no solamente cómo transportar a un hombre a otra
dimensión, sino también cómo hacerle regresar.
El doctor
Sherwood extrajo de un sobre dos grandes placas fotográficas, y las proyectó en
la pantalla de su despacho.
—Observe bien
esto —dijo apagando la luz—. Por supuesto, son negativos, pero para el caso da
igual. Esta es una fotografía tomada normalmente; reconocerá el lugar: es la parada
en donde suele usted tomar el autobús. Se trata de una foto normal, y tomada
como de costumbre. La segunda foto, muestra exactamente la misma-escena, pero
esta vez tomada en multidimensión. ¿La reconocería?
—De ninguna
manera.
—Tratando de
interpretar esa evidencia multidimensional, no estamos tan seguros de haber
obtenido una simple extradimensión. Y eso es lo que más nos viene preocupando
desde hace tiempo. Nosotros tratamos principalmente de conseguir la cuarta
dimensión. Pero, mire ese mosaico de puntos y líneas que aparece en esa
esquina, ¿lo ve? Pues procede de la quinta dimensión. Y ahora, ¿ve esas
sombras? Pues se trata de las intrusiones no ya de la quinta, sino de la sexta
dimensión... Y hace unos días, vienen proclamando que ya encontraron las
huellas de la séptima. Un verdadero enredo...
—Desde luego,
lo es —admitió Sam.
—Trasladarse
por dentro de esa maraña dimensional y salir de ella sano y salvo sería mucho
más difícil que hacer que un hombre llegara a Marte y regresara. Sin embargo,
esos problemas de transferencia, ya los tenemos casi superados. Ahora podemos
comenzar la construcción de nuestro edificio en cualquier momento. Pero aún nos
retiene una cosa...
—¡Ah! ¿De qué
se trata?
—El temor; un
temor paralizante.
—Lo siento,
pero no le entiendo —dijo Sam.
—Señor Baxter,
no es lo que usted se imagina. No se trata de nada relacionado con lo que ya
hemos experimentado, sino de algo muy diferente.
El doctor
permaneció unos segundos en silencio, mientras estudiaba las fotografías.
—Nosotros —continuó—
creemos ser criaturas cuyo entorno natural es el espacio tridimensional. Sin
embargo, eso no es cierto en su totalidad, sino el ochenta y cinco por ciento
de la verdad. En realidad, somos criaturas cuyo entorno natural es el espacio
bidimensional: el suelo que pisamos. Nadie vacilaría en pasar sobre una tabla
situada en esta habitación a escasos centímetros del suelo. Pero si colocamos
esa misma tabla entre dos edificios a trescientos cincuenta metros de altura,
¿cuántas personas se atreverán a ir por ella? Aunque le pinche una espada no lo
conseguirá...
—Bueno, es
posible que alguno...
—Algunas
personas, sí —admitió el doctor Sherwood—. Es cierto que hay gente que no se
espanta en absoluto ante la tercera dimensión. Lo de andar sobre una tabla
colocada a gran altura sería fácil para ellos.
«Cuando al
principio descubrimos el secreto, todos estaban ansiosos por ver cómo se verían
las cosas en la multidimensión. Ello me recordaba a los niños tratando de mirar
por un agujero de la lona para ver lo que pasa en el circo. Bueno, el caso es
que una docena hicieron el viaje multidimensional.
El doctor
Sherwood tuvo una sarcástica sonrisa.
—Ninguno de
ellos tardó mucho tiempo, pese a existir considerables variaciones, según las
personas. El viaje solía durar de dos a veinte segundos. Nunca vi personas tan
aterradas. Entre ellos, hubo un profesor de humanidades que tuvo que pasar una
semana en la clínica, tomando sedantes.
»Todo parecía
indicar —continuó el doctor— que tras aquellas malogradas experiencias, el programa
multidimensional quedaría totalmente arrinconado. Sin embargo, a alguien se le
ocurrió una idea feliz: quizá existieran gentes que, al igual que los
paracaidistas o los trabajadores de la construcción, no temieran a las grandes
alturas; alguien, en suma, que no se espantara ni sintiera absolutamente este
infierno.
—¿Infierno, ha
dicho?
—Perdone, es
nuestra palabra vulgar para referirnos a ese temor que sienten los que lo
experimentan. Cuando nos encontramos con el hecho de que nuestras fotografías
presentaban varias dimensiones —explicó el doctor Sherwood—, dejamos de hablar
del espacio de cuatro dimensiones, de cinco, de seis, etc., para denominarlas
con el término de espacio «N». Así, comenzamos a referirnos al terrible temor
al espacio «N» con la palabra inglesa «N-fear»( ). Sin duda sabe usted —siguió
diciendo el doctor Sherwood— que la pronunciación de ese término se parece
mucho a la de de «enfer», o sea infierno en francés.
El doctor
sonrió:
—Habíamos
llamado a un gran matemático belga para que colaborara en nuestras
investigaciones. Hablaba bastante mal el inglés, y cuando nos oyó hablar del
«N-fear» se imaginó que nos referíamos al «enfer», al infierno. Así, cuando se
marchó, decidimos conservar esa denominación, pues realmente se trata del
infierno...
El doctor sacó
su pañuelo y se puso a limpiar los cristales de sus gafas. Sin ellas puestas,
sus ojos parecían viejos y cansados.
—Bien —siguió
explicando—, le diré que incluso esos locos endemoniados que son capaces de
saltar docenas de veces en paracaídas cada semana tampoco demostraron una gran
resistencia. Algunos se sumieron en el infierno durante unos doce minutos, pero
a todos ellos hubo que hospitalizarles después del experimento. Y claro está, a
ninguno le entusiasmaba el hacer carrera en el infierno ése. De modo que
también tuvimos que renunciar a esos individuos.
«Como le estaba
diciendo —continuó el doctor Sherwood—, nos hemos encontrado con el hecho de
que las personas reaccionaban de muy distinta manera ante el llamado infierno, puesto
que así hemos dado en calificarlo. De manera que todos nos preguntamos cómo
podríamos elegir a un buen candidato. Le confesaré que hasta la fecha no
tuvimos ningún éxito.
Volvió a
ponerse las gafas y miró insistentemente a su interlocutor:
—Bueno, señor
Baxter, ya sabe todo cuanto tenía que saber. ¿Alguna pregunta?
—Pues,
realmente, no se me ocurre ninguna.
—¿He de
interpretarlo como que usted desea seguir adelante?
—Desde luego
—afirmó Sam.
—Quizá, querría
usted ir a su casa y descansar primero un poco, antes de comenzar.
—No, no; no
hace falta.
—Permítame
felicitarle nuevamente y llamar asimismo su atención sobre la grave decisión
que acaba de tomar. En el «infierno», quedará expuesto no solamente a ciertas
lesiones físicas, sino también probablemente a un grave trauma psíquico. ¿Me ha
entendido bien?
—Entendí
perfectamente.
—Créame, señor
Baxter; me he entrevistado ya con hombres y mujeres mucho mejor preparados y
adiestrados para el «infierno» que usted. Los he visto antes del experimento
rebosantes de entusiasmo y de confianza en sí mismos. También los he visto,
después de su viaje al «infierno» con los nervios totalmente deshechos. —El
doctor Sherwood vaciló unos segundos—: Y me queda algo más que decirle...
—¡Ah, sí! ¿Qué
cosa?
—En uno de los
casos, el candidato no regresó nunca del «infierno»...
Un silencio
sepulcral reinó en la habitación. Durante unos segundos sólo se oía el zumbido
del aparates acondicionador de aire.
—¿Sigue usted
tan decidido como siempre? —preguntó el doctor Sherwood.
—Absolutamente
—dijo Sam con voz recia.. De repente, los modales del doctor Sherwood se
transformaron; de consejero médico se convirtió en un administrador de
negocios:
—Aún nos quedan
algunas pequeñas formalidades por cumplir. Debe firmarme este documento. Luego
tendrá que entrevistarse con el doctor Cameron en su despacho de la planta
baja. Le formulará algunas preguntas.
El doctor
Sherwood entreabrió la puerta de su despacho y llamó a su secretaria:
—Señorita
Christie, haga el favor de preguntarle al doctor Cameron si puede recibir al
señor Baxter ahora mismo.
Abandonó su
silla, sin dejar de mirar a Sam Baxter con una expresión irónica:
—¿Está usted
totalmente seguro de salir airoso, señor Baxter?
—Nadie podría
detenerme.
La secretaria
llamó a la puerta y entró en el despacho anunciando:
—El doctor
Cameron dice que baje inmediatamente a verle.
—Vale más que
vaya a verlo en el acto —aconsejó el doctor Sherwood—. Cuanto antes mejor
—agregó, y salió junto con Sam Baxter.
El doctor
Cameron era un hombre delgado y encorvado, cuyo cuerpo parecía flotar dentro de
su vestímenta, la cual parecía haber sido confeccionada para una persona de
veinte kilos más. Sus pálidos ojos azules eran casi inexpresivos. El doctor
Sherwood abrevió lo más posible la presentación del nuevo candidato y volvió a
marcharse, diciendo:
—Le volveré a
ver dentro de media hora, ¿de acuerdo?
El doctor
Cameron asintió distraídamente sin dejar de mirar una serie de fichas que
estaba seleccionando. Hasta que no las tuvo todas colocadas en su respectivo
lugar, no se dignó reparar en la presencia de Sam.
—¿Es usted
Samuel Baxter, el nuevo candidato para el «infierno»? —preguntó, sin dejar de
consultar una de sus tarjetas.
—Para servirle
—replicó Sam al tiempo que se dejaba caer en una silla.
Sam se sentía
como un muchacho travieso reñido por el profesor debido a cualquier travesura.
—Supongo que el
doctor Sherwood le habrá explicado, aunque sea muy brevemente, los peligros del
«infierno».
—Sí, me lo ha
explicado todo.
—¿Y usted no
siente ningún temor?
—En absoluto.
El doctor
Cameron se puso a remover el montón de tarjetas y, barajándolas en sus manos,
las fue colocando sobre su mesa como si estuviera jugando a los naipes.
—Bien, señor
Baxter, tengo que hacerle unas preguntas. Desde luego, puede no contestarlas,
si así le conviene. Esto no es ningún tribunal y no está usted bajo juramento.
—Empiece
—contestó Sam—. Pregúnteme cuanto desee, pues tendré el mayor placer en
contestarle.
—Gracias —dijo
el doctor Cameron, poniendo otra ficha boca abajo sobre la mesa—. Apreciamos
sumamente su cooperación en este difícil asunto.
El doctor
Cameron parecía no estar muy seguro de cómo proceder. Sam se sentía más bien
molesto por él.
—Dígame, señor
Baxter, ¿acaso se ha encontrado alguna vez en una situación que usted consideraba
especialmente peligrosa?
Sam estuvo
pensando un momento; luego explicó:
—Bueno, sí; una
vez me vi perseguido por un oso en el parque de Yellowstone.
El doctor
Cameron tuvo que hacer un esfuerzo para no perder la impasibilidad de su
rostro:
—¿Y qué
sucedió?
—Salí huyendo
de la fiera. Entonces era muy joven y podía correr...
—¿No le parece
que esa situación tiene más de humorística que de peligrosa?
—En este
momento, al recordar aquella aventura, me parece bastante cómica; pero yo le
aseguro que cuando me sucedió no tenía ninguna gracia...
—Comprendo
—murmuró el doctor Cameron al tiempo que escribía en una de las fichas—. ¿No
recuerda ningún otro caso en el que se enfrentara con un serio peligro, aparte
lo del oso?
—Pues, no; no
recuerdo ningún otro caso.
—Cuando estaba
en el colegio, ¿consiguió destacar en alguna asignatura o recibió algún premio?
—Nada. No
obtuve ninguna copa ni me impusieron ninguna medalla de honor...
—¿No hubo casos
en los que los demás alumnos obtuvieran unas distinciones que usted considerase
haber merecido?
—No; realmente,
no.
—Señor Baxter,
según mis anotaciones, está usted empleado como guía en el Museo Colfax, y
lleva trabajando dieciséis años en dicho museo...
—Sí.
—Y durante todo
ese tiempo, ¿ha servido usted fielmente al museo?
—Sí; y con
plena dedicación, poniendo al servicio de los visitantes toda mi capacidad.
—Señor Baxter,
¿cuando cobró usted su último aumento de sueldo?
Sam vaciló unos
segundos, y dijo:
—No recuerdo
exactamente. Hace unos años; más o menos... Lo siento, pero no sabría decir
cuándo fue.
—¿Acaso en
estos últimos seis meses? —preguntó el doctor Cameron.
—No, hace mucho
más.
—¿El año
pasado?
—Tampoco.
—¿Hace dos o
más años?
—Ahora me
parece recordar: fue el primero de julio; hace cinco años. Sí, fue entonces
cuando me aumentaron el sueldo.
El doctor
Cameron anotó el dato en una de sus fichas:
—¿A cuánto
ascendía el aumento?
—Hace tanto
tiempo que ya no me acuerdo...
—Vamos, vamos,
señor Baxter —dijo el doctor Cameron algo impaciente—, si hay algo que una persona
recuerda siempre, es precisamente la cuantía de su sueldo.
—Si mal no
recuerdo, me pagaban cincuenta dólares mensuales.
El doctor
Cameron consultó nuevamente sus fichas, y declaró:
—Según la
nómina de pago del Museo Colfax, el aumento ascendía exactamente a cuarenta y
cinco dólares al mes. Tomando en consideración el alza del coste de la vida y
los sueldos que suelen cobrar los demás empleados de su categoría, ¿le pareció
justo o injusto el aumento que entonces le asignaron?
—Bueno... si
tenemos en cuenta...
—Sin rodeos;
¿era justo?
—No.
—¿Presentó
alguna queja ante su superior por los sueldos inadecuados percibidos por los
empleados del museo?
—Quizá haya
hablado de ello un par de veces...
—¿Lo comentó
con su esposa?
—Sí, pero más
hubiese valido que no le hablara de eso.
—¿Cuál fue la
reacción de la señora Baxter?
—Cuando le
comuniqué que había recibido un aumento de sueldo se puso contenta, claro...
—¿Y no dijo
nada más?
—Bueno, sí; le
parecía que me podían haber dado bastante más...
El doctor
Cameron lo miró fijamente:
—Señor Baxter,
¿no es verdad que su esposa se puso como una furia cuando le comunicó la
cuantía de su aumento?
—Sí; se enfadó
bastante.
—¿No le amenazó
con abandonarle si usted no iba al día siguiente al despacho del director de su
departamento a pedirle más aumento?
—Creo que,
efectivamente, me objetó esas cosas...
—Bien, ¿y usted
qué hizo?
Sam no
contestó, hundiéndose en su silla con la mirada vuelta hacia otro lado.
—Bien, ¿qué me
dice, señor Baxter? —insistió el doctor Cameron.
Sam, mirando al
suelo con aire compungido, replicó:
—Perdone,
doctor, ¿qué me estaba preguntando?
—Al día
siguiente —prosiguió el doctor Cameron sin alzar el tono pero destacando las
sílabas—, ¿fue usted a visitar al director de su departamento para pedirle un mayor
aumento de sueldo?
—No; no fui.
—¿Por qué?
—Bueno, verá
usted, doctor... No recuerdo muy bien. El caso es que el director de mi
departamento estaba aún de vacaciones.
—Pero, cuando
regresó, ¿fue a verle?
—Pues, no fui
tampoco.
El doctor
Cameron guardó silencio unos segundos. Parecía un boxeador estudiando a su
adversario antes de asestarle un golpe fulminante. Volvió al ataque.
—¿Y durante los
cinco últimos años no habló usted ni una sola vez con su director acerca del
aumento de su sueldo?
—No; nunca.
—Supongo que
estaría tan atareado, que usted no tuvo la oportunidad de presentar su
reclamación, ¿no es así? —preguntó el doctor Cameron con simpatía.
—No, mi
director nunca está muy atareado.
—Entonces, ¿por
qué no fue a verle?
Sam no
contestó.
—Conteste,
señor Baxter, ¿por qué no fue a pedirle aumento?
—Porque sentía
miedo —gritó Sam con voz ronca—. Toda mi vida he sentido miedo; tanto miedo que
he dejado que la gente me pisoteara..., me escarneciera y se aprovechara de
mí... Nunca supe imponerme, hacerme respetar. Por eso nunca ascendí en mi
trabajo.
Escondió el
rostro entre sus manos, y dijo sordamente:
—Esta era mi
última oportunidad. Estaba dispuesto a salir adelante, y, si fracasaba..., a
quitarme la vida...
El doctor
Cameron seguía sentado, impertérrito, sin expresión alguna en sus pálidos ojos
azules. Alguien llamó a la puerta del despacho.
—¡Pasen! —dijo
el doctor.
El rostro del
doctor Sherwood asomó por la puerta:
—¿Todo marcha
bien? —preguntó.
El doctor
Cameron hizo un ademán, señalando a Sam hundido en su silla, completamente
anonadado. El doctor Sherwood lo miró con una expresión de desagrado:
—No parece que
sea un buen candidato para el «infierno».
El doctor
Cameron sonrió débilmente y afirmó:
—Puedo
asegurarle que es un excelente candidato. Uno de los mejores que hemos tenido
nunca.
El pequeño
hospital de medicina experimental de Silurian Lake era uno de los mejores
equipados de Estados Unidos, tanto desde el punto de vista técnico como de su
plantilla. A juicio de los médicos que allí estaban, un candidato para el
experimento del tubo de transferencia multidimensional —el llamado «infierno»—
debía ser preparado como un paciente llamado a sufrir una complicada
intervención quirúrgica.
Samuel Baxter
fue instalado en una blanca habitación, dotada de las máximas comodidades. Al
cabo de unos instantes, una hermosa enfermera vino a ponerle una inyección,
después de lo cual le sugirió muy amablemente que descansara. Sam estaba
deseando precisamente eso, pero la risa, que le había entrado y relajado sus
nervios después de la entrevista con el doctor Cameron, se había transformado
ahora en una sensación de pánico. Si en este momento hubiese tenido la
oportunidad de escapar de allí, lo habría hecho...
Pensó que, al
fin y al cabo, no le resultaría tan difícil volverse a vestir y salir de la
habitación sin que nadie lo viera. No estaba enfermo; por el contrario, se
sentía fuerte. Una vez fuera del hospital, el único problema era que tenía que
atravesar el desierto de Mohave. Pero si encontraba un coche, la cosa no sería
tan difícil. Ya se presentaría alguna oportunidad; alguien lo llevaría, sin
duda... Volvió a recostarse sobre la almohada, aliviado al pensar que el
problema estaba tan fácilmente resuelto.
Un médico y dos
jóvenes estaban junto a su cama, y lo estaban mirando, sonrientes. ¿De dónde
habían salido? —se preguntaba Sam.
Ahora el doctor
le estaba inyectando algo en una de las venas del brazo. Durante unos segundos,
vio cómo el tubo iba bajando, bajando... Y se sumió en él; ya no sentía nada...
A lo mejor se trataba de una equivocación...
Samuel Baxter
estuvo en el «infierno» durante tres horas y veinte minutos, sin contar el
tiempo pasado en el tubo de transferencia multidimensional y el regreso a su
habitación, con lo cual superó ampliamente la marca establecida por un acróbata
muy famoso de Hollywood. Fue detenido por una patrulla a un par de millas del
punto de transferencia, y pese a sus protestas lo hicieron volver por el mismo
camino al hospital, donde lo tuvieron totalmente aislado durante treinta y seis
horas sometiéndole a un montón de preguntas y tests.
El rumor del
éxito alcanzado por Samuel Baxter se extendió como la pólvora por Silurian
Lake, y de la noche a la mañana, la población de la pequeña localidad se
duplicó. Anteriormente, el proyecto «Infierno» se había convertido en una
triste tentativa, y podía pensarse que estaban tratando de hundirlo en los
sótanos de Fort Knox... Pero, ahora lo habían conseguido: no solamente habían
mandado a un hombre a la cuarta dimensión, sino que lo habían traído desde allí
sano y salvo.
—Señor Baxter,
haga el favor de acercarse un poco más para que nuestros telespectadores le
vean mejor... Muy bien, así está mejor... Y ahora, ¿puede decirnos cómo lo pasó
en su viaje a través de esa cuarta dimensión?
—Me divertí y
lo pasé muy bien.
—¿Sintió miedo
en cualquier momento de su expedición?
—En absoluto.
Por el contrario, fue para mí una magnífica y apasionante aventura.
—¿Puede
describirnos cómo se ve nuestro mundo desde la cuarta dimensión espacial?
—No, señor. Lo
siento mucho, pero no puedo. Ello sería tanto como describir los colores del
arco iris a un hombre ciego de nacimiento. Lo único que puedo decir es que
aquello era maravilloso..., realmente maravilloso. Siento no ser un poeta. Es
posible que entonces pudiera describir cuanto vi.
—Señor Baxter,
¿acaso esa penetración en la cuarta dimensión puede acabar con el déficit
espacial en la construcción?
—Exactamente.
—¿Y qué le
parecería un pequeño viaje por la quinta dimensión?
—La quinta, la
sexta, la séptima... y las que usted quiera.
—Muchísimas
gracias, señor Baxter —dijo el entrevistador de la cadena de televisión,
mientras Sam saludaba a los invisibles telespectadores.
A Samuel Baxter
le ofrecieron una cantidad fabulosa por su relato sobre el «infierno», pero,
por desgracia, insistió en escribir él mismo aquel libro. Y como nunca había
escrito nada, pronto se dio cuenta de que el poner las palabras sobre el papel
era mucho más difícil de lo que imaginara. Apenas si llevaba escritas las
primeras páginas cuando anunciaron que los experimentos multidimensionales se
suspendían por falta de fondos. El Congreso se negaba a sufragar los costes de
un proyecto en el que solamente un hombre entre mil podía conseguir el éxito.
El resultado fue que Sam nunca acabó su libro y todos sus planes se vinieron
abajo, puesto que los lectores potenciales se enteraron de que el informe
oficial sobre aquel experimento acababa de aparecer en los Anales de los
experimentos médicos, vol. 37, pág. 313.
De modo que
Samuel Baxter regresó a su antiguo empleo en el Museo Colfax, donde hoy ostenta
el cargo de jefe de Información y Correspondencia en la sección de «Monos
antropoides y el hombre primitivo». Sus amigos afirman que el «infierno» le
sirvió para algo. El caso es que, pese a su viaje por la cuarta dimensión,
Baxter es hoy un hombre feliz y junto con su esposa Emily lo pasan bien. Ahora
ella no deja de mirar por él, pues su marido se ha distinguido entre todos los
demás hombres de la Tierra al conquistar el récord del mayor tiempo pasado en
el «infierno».
Sam afirma que,
pese a como quieran considerarlo los demás, nuestro mundo es realmente hermoso
y maravilloso; vivimos en medio de sus hermosuras y basta con querer
disfrutarlas, a condición de que no seamos estúpidos.
Si tiene la oportunidad de pasar alguna vez por el
Museo Colfax, no deje de preguntar, amigo lector, por Samuel Baxter