Vivía en otros tiempos un comerciante con su mujer; un día ésta se murió, dejándole una hija. Al poco tiempo el viudo se casó con otra mujer, que, envidiosa de su hijastra, la maltrataba y buscaba el modo de librarse de ella.
Aprovechando la ocasión de que el padre tuvo que hacer un viaje, la madrastra dijo a la muchacha:
-Ve a ver a mi hermana y pídele que te dé una aguja y un poco de hilo para que te cosas una camisa.
La hermana de la madrastra era una bruja, y como la muchacha era lista, decidió ir primero a pedir consejo a otra tía suya, hermana de su padre.
-Buenos días, tiíta.
-Muy buenos, sobrina querida. ¿A qué vienes?
-Mi madrastra me ha dicho que vaya a pedir a su hermana una aguja e hilo, para que me cosa una camisa.
-Acuérdate bien -le dijo entonces la tía- de que un álamo blanco querrá arañarte la cara: tú átale las ramas con una cinta. Las puertas de una cancela rechinarán y se cerrarán con estrépito para no dejarte pasar; tú úntale los goznes con aceite. Los perros te querrán despedazar; tírales un poco de pan. Un gato feroz estará encargado de arañarte y sacarte los ojos; dale un pedazo de jamón.
La chica se despidió, cogió un poco de pan, aceite y jamón y una cinta, se puso a andar en busca de la bruja y finalmente llegó.
Entró en la cabaña, en la cual estaba sentada la bruja Baba-Yaga sobre sus piernas huesosas, ocupada en tejer.
-Buenos días, tía.
-¿A qué vienes, sobrina?
-Mi madre me ha mandado que venga a pedirte una aguja e hilo para coserme una camisa.
-Está bien. En tanto que lo busco, siéntate y ponte a tejer.
Mientras la sobrina estaba tejiendo, la bruja salió de la habitación, llamó a su criada y le dijo:
-Date prisa, calienta el baño y lava bien a mi sobrina, porque me la voy a comer.
La pobre muchacha se quedó medio muerta de miedo, y cuando la bruja se marchó, dijo a la criada:
-No quemes mucha leña, querida; mejor es que eches agua al fuego y lleves el agua al baño con un colador.
Y diciéndole esto, le regaló un pañuelo.
Baba-Yaga, impaciente, se acercó a la ventana donde trabajaba la chica y le preguntó a ésta:
-¿Estás tejiendo, sobrinita?
-Sí, tiíta, estoy trabajando.
La bruja se alejó de la cabaña, y la muchacha, aprovechando aquel momento, le dio al gato un pedazo de jamón y le preguntó cómo podría escaparse de allí. El gato le dijo:
-Sobre la mesa hay una toalla y un peine: cógelos y echa a correr lo más de prisa que puedas, porque la bruja Baba-Yaga correrá tras de ti para cogerte; de cuando en cuando échate al suelo y arrima a él tu oreja; cuando oigas que está ya cerca, tira al suelo la toalla, que se transformará en un río muy ancho. Si la bruja se tira al agua y lo pasa a nado, tú habrás ganado delantera. Cuando oigas en el suelo que no está lejos de ti, tira el peine, que se transformará en un espeso bosque, a través del cual la bruja no podrá pasar.
La muchacha cogió la toalla y el peine y se puso a correr. Los perros quisieron despedazarla, pero les tiró un trozo de pan; las puertas de una cancela rechinaron y se cerraron de golpe, pero la muchacha untó los goznes con aceite, y las puertas se abrieron de par en par. Más allá, un álamo blanco quiso arañarle la cara; entonces ató las ramas con una cinta y pudo pasar.
El gato se sentó al telar y quiso tejer; pero no hacía más que enredar los hilos. La bruja, acercándose a la ventana, preguntó:
-¿Estás tejiendo, sobrinita? ¿Estás tejiendo, querida?
-Sí, tía, estoy tejiendo -respondió con voz ronca el gato.
Baba-Yaga entró en la cabaña, y viendo que la chica no estaba y que el gato la había engañado, se puso a pegarle, diciéndole:
-¡Ah viejo goloso! ¿Por qué has dejado escapar a mi sobrina? ¡Tu obligación era quitarle los ojos y arañarle la cara!
-Llevo mucho tiempo a tu servicio -dijo el gato- y todavía no me has dado ni siquiera un huesecito, y ella me ha dado un pedazo de jamón.
Baba-Yaga se enfadó con los perros, con la cancela, con el álamo y con la criada y se puso a pegar a todos.
Los perros le dijeron:
-Te hemos servido muchos años, sin que tú nos hayas dado ni siquiera una corteza dura de pan quemado, y ella nos ha regalado con pan fresco.
La cancela dijo:
-Te he servido mucho tiempo, sin que a pesar de mis chirridos me hayas engrasado con sebo, y ella me ha untado los goznes con aceite.
El álamo dijo:
-Te he servido mucho tiempo, sin que me hayas regalado ni siquiera un hilo, y ella me ha engalanado con una cinta.
La criada exclamó:
-Te he servido mucho tiempo, sin que me hayas dado ni siquiera un trapo, y ella me ha regalado un pañuelo.
Baba-Yaga se apresuró a sentarse en el mortero; arreándole con el mazo y barriendo con la escoba sus huellas, salió en persecución de la muchacha. Ésta arrimó su oído al suelo para escuchar y oyó acercarse a la bruja. Entonces tiró al suelo la toalla, y al instante se formó un río muy ancho.
Baba-Yaga llegó a la orilla, y viendo el obstáculo que se le interponía en su camino, rechinó los dientes de rabia, volvió a su cabaña, reunió a todos sus bueyes y los llevó al río: los animales bebieron toda el agua y la bruja continuó la persecución de la muchacha.
Ésta arrimó otra vez su oído al suelo y oyó que Baba-Yaga estaba ya muy cerca: tiró al suelo el peine y se transformó en un bosque espesísimo y frondoso.
La bruja se puso a roer los troncos de los árboles para abrirse paso; pero a pesar de todos sus esfuerzos no lo consiguió, y tuvo que volverse furiosa a su cabaña.
Entretanto, el comerciante volvió a casa y preguntó a su mujer.
-¿Dónde está mi hijita querida?
-Ha ido a ver a su tía -contestó la madrastra.
Al poco rato, con gran sorpresa de la madrastra, regresó la niña.
-¿Dónde has estado? -le preguntó el padre.
-¡Oh padre mío! Mi madre me ha mandado a casa de su hermana a pedirle una aguja con hilo para coserme una camisa, y resulta que la tía es la mismísima bruja Baba-Yaga, que quiso comerme.
-¿Cómo has podido escapar de ella, hijita?
Entonces la niña le contó todo lo sucedido.
Cuando el comerciante se enteró de la maldad de su mujer, la echó de su casa y se quedó con su hija.
Los dos vivieron en paz muchos años felices.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Traidor - José María Aroca
Le cogieron en París.
Los seres misteriosos habían desaparecido. Pero unas cuantas chozas de brillante metal en la tundra siberiana daban mudo testimonio de que no había sido una pesadilla.
En realidad, podía haber sido una pesadilla. Una pesadilla durante la cual la Tierra había permanecido indefensa, incapaz de resistir o de huir, mientras las extrañas formas aleteaban sobre sus verdes campos y sus hermosas ciudades. Y el despertar no había aportado la convicción de que todo había sido un mal sueño.
No, había sido una espantosa realidad. Y los terrestres no habían sido capaces de resistir a los seres misteriosos, del mismo modo que un chiquillo no es capaz de matar al ogro de su cuento favorito.
Un curioso parangón, porque lo que finalmente había salvado a la Tierra había sido un cuento infantil. Una fábula.
La antigua fábula del león y el ratón. Cuando el león hubo agotado su orgullosa ciencia contra los invencibles e inmortales
invasores de la Tierra, el ratón atacó y los venció.
El ratón, en este caso, fueron los microbios, una de las formas de vida más diminutas: como en el cuento de Wells, los seres misteriosos no estaban inmunizados contra las infecciones bacterianas. Sus monstruosos cuerpos fueron fácil presa de las enfermedades que sus poderosas inteligencias desconocían, y los pocos que sobrevivieron emprendieron una precipitada fuga en su ingenio espacial y desaparecieron definitivamente.
Si el traidor hubiera sabido el efecto que las bacterias iban a tener sobre ellos, les hubiera advertido, desde luego. Les habría informado de todo lo demás, cuando le recogieron en una calle de una gran ciudad como ejemplar de ser humano destinado a la experimentación. Una medida imprescindible antes de efectuar la gran invasión.
Habían escogido bien. A cambio de la recompensa que le ofrecieron, el traidor estaba dispuesto a vender a toda la raza humana. No era un hombre culto, pero era inteligente. Y les dijo todo lo que querían saber acerca de la probable reacción de la humanidad ante una situación con la cual no se había enfrentado nunca. Les dijo todo lo que sabía, sin que tuvieran que presionarle lo más mínimo. Por la recompensa que le habían ofrecido, hubiera sido capaz de cualquier traición.
Le cogieron en París. La multitud lo arrancó de manos de la policía, que no puso demasiado entusiasmo en impedirlo: su traición era del dominio público.
Cuando la multitud hubo saciado un poco su furor y el traidor había perdido la mayor parte de sus vestidos y el dedo pulgar de la mano derecha, le arrojaron al Sena y le mantuvieron debajo de las aguas grises con unas largas pértigas, como si fuera un venenoso reptil.
El traidor se tumbó tranquilamente sobre el lecho del río y sonrió con malignidad mientras un centenar de miles de personas se retorcían en la agonía de la muerte.
Luego, el traidor ascendió a la superficie y echó a andar por las desiertas calles de París hasta que llegó al edificio de las Naciones Unidas. Allí se dio a conocer a un teniente de los servicios de vigilancia, diciéndole que había ido a entregarse voluntariamente y que estaba dispuesto a someterse a juicio en cualquier lugar del mundo que desearan.
Sonreía, convencido de su superioridad, de la eficacia de los poderes ultraterrenos que le habían conferido los seres misteriosos. El aparato de seguridad de las Naciones Unidas se hizo cargo de él.
El juicio fue una farsa legal. El acusado se reconoció culpable de haber traicionado al género humano, pero no permitió que le interrogaran. Cuando un abogado insistió, ante sus amables negativas, cayó repentinamente al suelo como herido por un rayo, muerto.
A continuación, el traidor se dirigió al Presidente del Tribunal y le dijo que estaba dispuesto a aceptar cualquier condena que le impusieran, excepto la de muerte.
No podían matarle, explicó. Aquello era una parte de la recompensa que los seres misteriosos le habían concedido. La otra parte era que él podía matar o inmovilizar a cualquier persona desde cualquier distancia.
Cuando terminó de hablar y volvió a sentarse, era evidente que el traidor se sentía muy satisfecho de sí mismo.
Uno de los abogados se puso en pie y se encaró con él.
Si lo que acababa de decir era cierto, preguntó, ¿por qué no habían utilizado aquel poder los seres misteriosos? ¿Por qué no habían matado a todos los habitantes de la Tierra para ocupar después el planeta vacío?
El traidor contempló sus dedos y se encogió de hombros. El dedo pulgar que le había sido arrancado por la furiosa multitud unos días antes empezaba a crecer de nuevo.
- Necesitaban esclavos - respondió.
- ¿Y al final, cuando algunos de ellos estaban todavía sanos?
El traidor miró fijamente al abogado, el cual se sentó bruscamente, dando por terminado su interrogatorio. Pero el hombre que había traicionado a su propia raza sonrió y le permitió seguir viviendo.
Incluso terminó la pregunta por él, y la contestó.
- ¿Por qué no mataron entonces? Tenían otra cosa en el cerebro: ¡bacterias!
Y el traidor rió estruendosamente su macabro chiste.
Los azules ojos del abogado se clavaron en su rostro y el traidor dejó de reír. Casi afablemente, dijo:
- Es una verdadera lástima que yo no sea uno de aquellos seres misteriosos. ¡Las bacterias me hubieran destruido!
Y se echó a reír de nuevo, hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas.
El Presidente del Tribunal aplazó entonces la sesión, y el traidor fue conducido de nuevo a su confortable prisión, por un grupo de aterrorizados policías.
Aquella noche, el abogado no durmió. Permaneció horas enteras sentado en una butaca, contemplando las blancas paredes de su despacho. Se alegraba de que los seres misteriosos no le hubieran concedido también al traidor el don de la telepatía.
Había descubierto su talón de Aquiles.
Las parálisis, las muertes a distancia, eran actos de una voluntad consciente. El mismo había admitido que si su cerebro era destruido, sus poderes quedarían también destruidos. Los seres misteriosos no habían pensado en vengarse, porque sus mentes estaban enteramente ocupadas en la tarea de salvarse a sí mismos.
Pero el abogado se daba cuenta de lo inútil de su descubrimiento. No había medio de atacar el cerebro del traidor sin que él lo supiera.
Posiblemente podían anular su conciencia drogándole, o propinándole un fuerte golpe en la cabeza, pero el intentarlo equivaldría a un suicidio colectivo. Al traidor le bastaría una fracción de segundo para matar a todos los seres humanos. No
iba a permitir que le operasen el cerebro, convirtiéndole en un idiota para el resto de su vida. Para siempre, rectificó inmediatamente. Pero luego pensó en aquel pulgar que volvía a crecer después de haber sido arrancado... No, extirparle el cerebro no serviría de nada, puesto que volvería a crecerle.
Era inútil seguir pensando en el asunto. No podían hacer absolutamente nada contra su invencibilidad. Aunque...
El abogado consultó su reloj. Eran las cuatro de la mañana. Se puso en pie y se dirigió a la cocina; salió casi inmediatamente, y a continuación se encaminó, a través de las calles silenciosas, hacia el hotel donde se hospedaba el traidor en calidad de prisionero. Al llegar allí, tomó el ascensor hasta el sexto piso.
Dos soñolientos policías se pusieron en pie de un salto al verle llegar. El abogado se llevó un dedo a los labios, recomendándoles silencio, y empujó la puerta de la habitación, que no estaba cerrada. Entró de puntillas, y se acercó a la cama donde reposaba el hombre que era invencible e inmortal... y humano. Humano, y sujeto a la involuntario inconsciencia que la naturaleza exige a todos los hombres.
El traidor estaba durmiendo.
El abogado sacó de su bolsillo una larga aguja de acero, que utilizaba normalmente para pinchar la carne en la cocina de su casa. Sin que le temblara el pulso, la hundió en uno de los cerrados ojos del traidor y la hizo girar una y otra vez, hasta que el cerebro del durmiente quedó convertido en una informe pulpa.
El juicio continuó celebrándose normalmente. El acusado había perdido su aire insolente. Ahora miraba enfrente de él con una expresión vacua, y todos sus movimientos tenían que ser dirigidos. Pero estaba vivo, y su dedo pulgar había vuelto a adquirir su tamaño normal.
El abogado tuvo en cuenta el detalle y no dejó de señalarlo al Tribunal. El dedo pulgar se había regenerado por completo en el período de seis semanas: tenían que partir de la base de que su cerebro se regeneraría en un plazo de seis semanas.
Los jueces deliberaron por espacio de cuatro días. El problema era muy peliagudo, ya que la inmortalidad al servicio del mal estaba más allá de toda posible solución humana. No se trataba de imponer una pena justa a un delincuente: se trataba de proteger a la raza humana de un aniquilamiento repentino. Un problema insoluble... pero que tenía que ser resuelto. El hecho de que el juicio se celebrara en Francia facilitó la solución.
El traidor fue condenado a prisión perpetua - nunca mejor aplicado el término -, pero la sentencia contenía una cláusula especial.
Mientras viviera, el condenado sería guillotinado una vez al mes.
Los seres misteriosos habían desaparecido. Pero unas cuantas chozas de brillante metal en la tundra siberiana daban mudo testimonio de que no había sido una pesadilla.
En realidad, podía haber sido una pesadilla. Una pesadilla durante la cual la Tierra había permanecido indefensa, incapaz de resistir o de huir, mientras las extrañas formas aleteaban sobre sus verdes campos y sus hermosas ciudades. Y el despertar no había aportado la convicción de que todo había sido un mal sueño.
No, había sido una espantosa realidad. Y los terrestres no habían sido capaces de resistir a los seres misteriosos, del mismo modo que un chiquillo no es capaz de matar al ogro de su cuento favorito.
Un curioso parangón, porque lo que finalmente había salvado a la Tierra había sido un cuento infantil. Una fábula.
La antigua fábula del león y el ratón. Cuando el león hubo agotado su orgullosa ciencia contra los invencibles e inmortales
invasores de la Tierra, el ratón atacó y los venció.
El ratón, en este caso, fueron los microbios, una de las formas de vida más diminutas: como en el cuento de Wells, los seres misteriosos no estaban inmunizados contra las infecciones bacterianas. Sus monstruosos cuerpos fueron fácil presa de las enfermedades que sus poderosas inteligencias desconocían, y los pocos que sobrevivieron emprendieron una precipitada fuga en su ingenio espacial y desaparecieron definitivamente.
Si el traidor hubiera sabido el efecto que las bacterias iban a tener sobre ellos, les hubiera advertido, desde luego. Les habría informado de todo lo demás, cuando le recogieron en una calle de una gran ciudad como ejemplar de ser humano destinado a la experimentación. Una medida imprescindible antes de efectuar la gran invasión.
Habían escogido bien. A cambio de la recompensa que le ofrecieron, el traidor estaba dispuesto a vender a toda la raza humana. No era un hombre culto, pero era inteligente. Y les dijo todo lo que querían saber acerca de la probable reacción de la humanidad ante una situación con la cual no se había enfrentado nunca. Les dijo todo lo que sabía, sin que tuvieran que presionarle lo más mínimo. Por la recompensa que le habían ofrecido, hubiera sido capaz de cualquier traición.
Le cogieron en París. La multitud lo arrancó de manos de la policía, que no puso demasiado entusiasmo en impedirlo: su traición era del dominio público.
Cuando la multitud hubo saciado un poco su furor y el traidor había perdido la mayor parte de sus vestidos y el dedo pulgar de la mano derecha, le arrojaron al Sena y le mantuvieron debajo de las aguas grises con unas largas pértigas, como si fuera un venenoso reptil.
El traidor se tumbó tranquilamente sobre el lecho del río y sonrió con malignidad mientras un centenar de miles de personas se retorcían en la agonía de la muerte.
Luego, el traidor ascendió a la superficie y echó a andar por las desiertas calles de París hasta que llegó al edificio de las Naciones Unidas. Allí se dio a conocer a un teniente de los servicios de vigilancia, diciéndole que había ido a entregarse voluntariamente y que estaba dispuesto a someterse a juicio en cualquier lugar del mundo que desearan.
Sonreía, convencido de su superioridad, de la eficacia de los poderes ultraterrenos que le habían conferido los seres misteriosos. El aparato de seguridad de las Naciones Unidas se hizo cargo de él.
El juicio fue una farsa legal. El acusado se reconoció culpable de haber traicionado al género humano, pero no permitió que le interrogaran. Cuando un abogado insistió, ante sus amables negativas, cayó repentinamente al suelo como herido por un rayo, muerto.
A continuación, el traidor se dirigió al Presidente del Tribunal y le dijo que estaba dispuesto a aceptar cualquier condena que le impusieran, excepto la de muerte.
No podían matarle, explicó. Aquello era una parte de la recompensa que los seres misteriosos le habían concedido. La otra parte era que él podía matar o inmovilizar a cualquier persona desde cualquier distancia.
Cuando terminó de hablar y volvió a sentarse, era evidente que el traidor se sentía muy satisfecho de sí mismo.
Uno de los abogados se puso en pie y se encaró con él.
Si lo que acababa de decir era cierto, preguntó, ¿por qué no habían utilizado aquel poder los seres misteriosos? ¿Por qué no habían matado a todos los habitantes de la Tierra para ocupar después el planeta vacío?
El traidor contempló sus dedos y se encogió de hombros. El dedo pulgar que le había sido arrancado por la furiosa multitud unos días antes empezaba a crecer de nuevo.
- Necesitaban esclavos - respondió.
- ¿Y al final, cuando algunos de ellos estaban todavía sanos?
El traidor miró fijamente al abogado, el cual se sentó bruscamente, dando por terminado su interrogatorio. Pero el hombre que había traicionado a su propia raza sonrió y le permitió seguir viviendo.
Incluso terminó la pregunta por él, y la contestó.
- ¿Por qué no mataron entonces? Tenían otra cosa en el cerebro: ¡bacterias!
Y el traidor rió estruendosamente su macabro chiste.
Los azules ojos del abogado se clavaron en su rostro y el traidor dejó de reír. Casi afablemente, dijo:
- Es una verdadera lástima que yo no sea uno de aquellos seres misteriosos. ¡Las bacterias me hubieran destruido!
Y se echó a reír de nuevo, hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas.
El Presidente del Tribunal aplazó entonces la sesión, y el traidor fue conducido de nuevo a su confortable prisión, por un grupo de aterrorizados policías.
Aquella noche, el abogado no durmió. Permaneció horas enteras sentado en una butaca, contemplando las blancas paredes de su despacho. Se alegraba de que los seres misteriosos no le hubieran concedido también al traidor el don de la telepatía.
Había descubierto su talón de Aquiles.
Las parálisis, las muertes a distancia, eran actos de una voluntad consciente. El mismo había admitido que si su cerebro era destruido, sus poderes quedarían también destruidos. Los seres misteriosos no habían pensado en vengarse, porque sus mentes estaban enteramente ocupadas en la tarea de salvarse a sí mismos.
Pero el abogado se daba cuenta de lo inútil de su descubrimiento. No había medio de atacar el cerebro del traidor sin que él lo supiera.
Posiblemente podían anular su conciencia drogándole, o propinándole un fuerte golpe en la cabeza, pero el intentarlo equivaldría a un suicidio colectivo. Al traidor le bastaría una fracción de segundo para matar a todos los seres humanos. No
iba a permitir que le operasen el cerebro, convirtiéndole en un idiota para el resto de su vida. Para siempre, rectificó inmediatamente. Pero luego pensó en aquel pulgar que volvía a crecer después de haber sido arrancado... No, extirparle el cerebro no serviría de nada, puesto que volvería a crecerle.
Era inútil seguir pensando en el asunto. No podían hacer absolutamente nada contra su invencibilidad. Aunque...
El abogado consultó su reloj. Eran las cuatro de la mañana. Se puso en pie y se dirigió a la cocina; salió casi inmediatamente, y a continuación se encaminó, a través de las calles silenciosas, hacia el hotel donde se hospedaba el traidor en calidad de prisionero. Al llegar allí, tomó el ascensor hasta el sexto piso.
Dos soñolientos policías se pusieron en pie de un salto al verle llegar. El abogado se llevó un dedo a los labios, recomendándoles silencio, y empujó la puerta de la habitación, que no estaba cerrada. Entró de puntillas, y se acercó a la cama donde reposaba el hombre que era invencible e inmortal... y humano. Humano, y sujeto a la involuntario inconsciencia que la naturaleza exige a todos los hombres.
El traidor estaba durmiendo.
El abogado sacó de su bolsillo una larga aguja de acero, que utilizaba normalmente para pinchar la carne en la cocina de su casa. Sin que le temblara el pulso, la hundió en uno de los cerrados ojos del traidor y la hizo girar una y otra vez, hasta que el cerebro del durmiente quedó convertido en una informe pulpa.
El juicio continuó celebrándose normalmente. El acusado había perdido su aire insolente. Ahora miraba enfrente de él con una expresión vacua, y todos sus movimientos tenían que ser dirigidos. Pero estaba vivo, y su dedo pulgar había vuelto a adquirir su tamaño normal.
El abogado tuvo en cuenta el detalle y no dejó de señalarlo al Tribunal. El dedo pulgar se había regenerado por completo en el período de seis semanas: tenían que partir de la base de que su cerebro se regeneraría en un plazo de seis semanas.
Los jueces deliberaron por espacio de cuatro días. El problema era muy peliagudo, ya que la inmortalidad al servicio del mal estaba más allá de toda posible solución humana. No se trataba de imponer una pena justa a un delincuente: se trataba de proteger a la raza humana de un aniquilamiento repentino. Un problema insoluble... pero que tenía que ser resuelto. El hecho de que el juicio se celebrara en Francia facilitó la solución.
El traidor fue condenado a prisión perpetua - nunca mejor aplicado el término -, pero la sentencia contenía una cláusula especial.
Mientras viviera, el condenado sería guillotinado una vez al mes.
Punto de Vista - Enrique Agudo
Las luces del paseo se encendieron creando alguna tenue sombra en la arena de la playa.
Un niño con la cabeza rapada pasó en bicicleta delante de Jeremías.
Cuando se alejaba, giró la cabeza y le mostró la lengua.
Jeremías sintió el irrefrenable impulso de lanzarse hacia él, agarrarlo y tirarle de la bicicleta, pero tras tensarse eligió seguir su camino.
Las baldosas ascendieron en rampa hasta el paseo del puerto, donde las gaviotas habían ido desapareciendo a medida que los pescadores regresaban a sus hogares.
Se apoyó en una barandilla y así permaneció, mirando el horizonte. Abajo, en la orilla, un hombre chapoteaba con el agua hasta los tobillos mientras encendía un cigarro.
Tuvo ganas de saltar abajo y hacerle tragar el maldito cigarro.
Pero prefirió contemplar la caída de la tarde por encima del apacible mar.
El individuo del cigarro se acercó a una bolsa de deporte y de ella extrajo una escopeta con mira telescópica.
Jeremías se agarró con fuerza a la barra que le sujetaba y vio que el individuo tiraba la colilla sobre la arena y la pisaba con la planta de su desnudo pie.
Entonces se giró y apuntó al mar, como si supiera desde un principio hacia donde debía dirigir la mira.
Era un tipo mayor, de unos cincuenta años. Estaba embutido en un bañador violeta, medio calvo y cargado de kilos hasta en las cejas.
Jeremías olvidó la discusión con su mujer y volvió a sacar la petaca del bolsillo. Al diablo, pensó.
Bebió un par de tragos y decidió bajar a curiosear cerca de aquel extraño individuo.
Se acercó a él sigilosamente y miró a través de su escopeta en la dirección del cañón, donde sólo se movían las olas.
En la mochila entreabierta había un par de cargadores y un paquete de cigarrillos Poor air.
—Disculpe.
El gordo se dio la vuelta con la escopeta alzada, como si supiera que la policía estuviera detrás de él y quisiera tirar el arma.
—No voy a hacer daño a nadie, estoy calibrando la mira. El rifle está descargado, puede comprobarlo.
El hombre estaba sudando, aunque era difícil saber cuando había empezado.
—No, no se preocupe. Solo sentía curiosidad, le dejo solo, tranquilo.
Jeremías caminó de nuevo hacia la escalera, pero el hombre, con un tono más calmado, volvió a hablar.
—¿Quiere verlo de cerca? Es un buen rifle.
El tipo se lo extendió y él lo tomó y sopesó sin rechistar.
Le enseñó a llevarlo al hombro y en una de las ocasiones pudo sentir su aliento cerca. Olía a dientes podridos, un olor dulzón, como si llevara la vida alimentándose a base de almendras garrapiñadas.
—Apunte allí, al faro.
Tardó unos instantes en enfocar el faro, y cuando lo hizo, pudo ver al operario en lo alto de la construcción,limpiando los cristales. Vestía un mono azul y llevaba una edición del Herald, enrollada en el bolsillo de atrás.
—Esta mira es magnífica.
—Apunte al mar, verá algo más interesante.
—¿Hacia dónde?
El hombre dirigió el rifle que apuntaba Jeremías.
Al principio se veía sólo el agua. Estuvo a punto de apartar el arma y descansar el hombro cuando vio algo que le dejó congelado.
El horizonte, las olas, habían desaparecido, y en su lugar había una lámpara vista desde el suelo. La lámpara de techo era verde con una pantalla blanca. Era la lámpara de su cuarto de baño.
Intentó apartar el rifle, pero el tipo le sujetó un momento la cabeza con ambas manos.
—Espere. Siga mirando. Apriete cuando lo vea oportuno. Es un juego.
Aquello debía ser un sueño o el alcohol se le estaba subiendo a pasos agigantados. De repente una sombra apareció debajo de la lámpara y lo tapó todo. Pudo oír el girar de un grifo y el agua chapotear cerca de él. El ojo que veía el mar, el que no estaba en la mira, no daba crédito a nada de lo que estaba pasando. Su ojo izquierdo parecía estar dentro del agujero del lavabo de su casa, mirando a través de él.
—¿Ve la sombra? Su mujer se está lavando la cara.
Al escuchar aquello volvió a sentir esa rabia repentina que había intentado olvidar tras salir del apartamento.
—Dispare. No se preocupe, el arma está descargada.
Jeremías apretó el gatillo para dar por terminada la pesadilla. El estruendo y la sacudida le obligaron a retirar el ojo de la mira. El tipo obeso le sonrió.
—Bueno, le dije que estaba descargada, pero ya sabe, las carga el diablo.
—¿Qué es lo que he visto?
—¿El qué?
—El lavabo de mi casa; ¿cómo podía estar viéndolo?
—Deme el rifle, por favor. No sé de qué me habla.
Jeremías volvió a observar por la mirilla. Esperó un minuto, dos, pero sólo vio el horizonte. Rendido, le tendió la escopeta a su dueño.
—Usted me ha dicho que disparara, hace un momento. Y también dijo que era mi esposa, o su sombra, quiero decir, sabía que yo estaba contemplando mi cuarto de baño. —Pero a él mismo sus palabras le parecían débiles y le sonaban vacías e incoherentes.
—Váyase, creo que me equivoque al dejarle el arma. Está completamente borracho.
Pero él apenas escuchó esto último. Avanzó hasta el paseo y zigzagueando volvió derecho a su casa.
Mientras la mirilla regresó al infinito y ancho mar. Donde el atardecer descargaba sus tonalidades y las estrellas esperaban su turno.
El tipo obeso, no obstante, no estaba pendiente de la hermosa puesta de sol.
Porque aunque apuntase al mar, su ojo izquierdo veía otra cosa.
Desde el cuenta kilómetros de una bicicleta, veía un rostro azotado por el viento.
Era el rostro de un niño.
Un niño con la cabeza rapada pasó en bicicleta delante de Jeremías.
Cuando se alejaba, giró la cabeza y le mostró la lengua.
Jeremías sintió el irrefrenable impulso de lanzarse hacia él, agarrarlo y tirarle de la bicicleta, pero tras tensarse eligió seguir su camino.
Las baldosas ascendieron en rampa hasta el paseo del puerto, donde las gaviotas habían ido desapareciendo a medida que los pescadores regresaban a sus hogares.
Se apoyó en una barandilla y así permaneció, mirando el horizonte. Abajo, en la orilla, un hombre chapoteaba con el agua hasta los tobillos mientras encendía un cigarro.
Tuvo ganas de saltar abajo y hacerle tragar el maldito cigarro.
Pero prefirió contemplar la caída de la tarde por encima del apacible mar.
El individuo del cigarro se acercó a una bolsa de deporte y de ella extrajo una escopeta con mira telescópica.
Jeremías se agarró con fuerza a la barra que le sujetaba y vio que el individuo tiraba la colilla sobre la arena y la pisaba con la planta de su desnudo pie.
Entonces se giró y apuntó al mar, como si supiera desde un principio hacia donde debía dirigir la mira.
Era un tipo mayor, de unos cincuenta años. Estaba embutido en un bañador violeta, medio calvo y cargado de kilos hasta en las cejas.
Jeremías olvidó la discusión con su mujer y volvió a sacar la petaca del bolsillo. Al diablo, pensó.
Bebió un par de tragos y decidió bajar a curiosear cerca de aquel extraño individuo.
Se acercó a él sigilosamente y miró a través de su escopeta en la dirección del cañón, donde sólo se movían las olas.
En la mochila entreabierta había un par de cargadores y un paquete de cigarrillos Poor air.
—Disculpe.
El gordo se dio la vuelta con la escopeta alzada, como si supiera que la policía estuviera detrás de él y quisiera tirar el arma.
—No voy a hacer daño a nadie, estoy calibrando la mira. El rifle está descargado, puede comprobarlo.
El hombre estaba sudando, aunque era difícil saber cuando había empezado.
—No, no se preocupe. Solo sentía curiosidad, le dejo solo, tranquilo.
Jeremías caminó de nuevo hacia la escalera, pero el hombre, con un tono más calmado, volvió a hablar.
—¿Quiere verlo de cerca? Es un buen rifle.
El tipo se lo extendió y él lo tomó y sopesó sin rechistar.
Le enseñó a llevarlo al hombro y en una de las ocasiones pudo sentir su aliento cerca. Olía a dientes podridos, un olor dulzón, como si llevara la vida alimentándose a base de almendras garrapiñadas.
—Apunte allí, al faro.
Tardó unos instantes en enfocar el faro, y cuando lo hizo, pudo ver al operario en lo alto de la construcción,limpiando los cristales. Vestía un mono azul y llevaba una edición del Herald, enrollada en el bolsillo de atrás.
—Esta mira es magnífica.
—Apunte al mar, verá algo más interesante.
—¿Hacia dónde?
El hombre dirigió el rifle que apuntaba Jeremías.
Al principio se veía sólo el agua. Estuvo a punto de apartar el arma y descansar el hombro cuando vio algo que le dejó congelado.
El horizonte, las olas, habían desaparecido, y en su lugar había una lámpara vista desde el suelo. La lámpara de techo era verde con una pantalla blanca. Era la lámpara de su cuarto de baño.
Intentó apartar el rifle, pero el tipo le sujetó un momento la cabeza con ambas manos.
—Espere. Siga mirando. Apriete cuando lo vea oportuno. Es un juego.
Aquello debía ser un sueño o el alcohol se le estaba subiendo a pasos agigantados. De repente una sombra apareció debajo de la lámpara y lo tapó todo. Pudo oír el girar de un grifo y el agua chapotear cerca de él. El ojo que veía el mar, el que no estaba en la mira, no daba crédito a nada de lo que estaba pasando. Su ojo izquierdo parecía estar dentro del agujero del lavabo de su casa, mirando a través de él.
—¿Ve la sombra? Su mujer se está lavando la cara.
Al escuchar aquello volvió a sentir esa rabia repentina que había intentado olvidar tras salir del apartamento.
—Dispare. No se preocupe, el arma está descargada.
Jeremías apretó el gatillo para dar por terminada la pesadilla. El estruendo y la sacudida le obligaron a retirar el ojo de la mira. El tipo obeso le sonrió.
—Bueno, le dije que estaba descargada, pero ya sabe, las carga el diablo.
—¿Qué es lo que he visto?
—¿El qué?
—El lavabo de mi casa; ¿cómo podía estar viéndolo?
—Deme el rifle, por favor. No sé de qué me habla.
Jeremías volvió a observar por la mirilla. Esperó un minuto, dos, pero sólo vio el horizonte. Rendido, le tendió la escopeta a su dueño.
—Usted me ha dicho que disparara, hace un momento. Y también dijo que era mi esposa, o su sombra, quiero decir, sabía que yo estaba contemplando mi cuarto de baño. —Pero a él mismo sus palabras le parecían débiles y le sonaban vacías e incoherentes.
—Váyase, creo que me equivoque al dejarle el arma. Está completamente borracho.
Pero él apenas escuchó esto último. Avanzó hasta el paseo y zigzagueando volvió derecho a su casa.
Mientras la mirilla regresó al infinito y ancho mar. Donde el atardecer descargaba sus tonalidades y las estrellas esperaban su turno.
El tipo obeso, no obstante, no estaba pendiente de la hermosa puesta de sol.
Porque aunque apuntase al mar, su ojo izquierdo veía otra cosa.
Desde el cuenta kilómetros de una bicicleta, veía un rostro azotado por el viento.
Era el rostro de un niño.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)