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La tela ensangrentada - Ueda Akinari

Desde que el emperador Heizei, quincuagésimo primer soberano desde la fundación del país, ocupara el trono, no había ni inundación ni sequía. El pueblo expresaba con cantos y danzas su alegría por las buenas cosechas, los pájaros construían sus nidos en cualquier árbol y eran muchos los eruditos que servían al emperador con su sabiduría. 
 
Uno de ellos, un gran conocedor de la Historia, propuso el nombre de Daido, o Gran Continuidad, para denominar con un término de buen augurio la nueva era que se iniciaba con el reinado de dicho emperador. Poco después de su ascenso al trono, Su Majestad nombró como príncipe heredero a su hermano menor, el príncipe Kamino, el cual había gozado del favor del difunto emperador Kanmu, y luego mandó edificar para él un nuevo palacio. 

El príncipe Kamino tenía una mente brillante y una sagacidad sin precedentes. Era un maestro en los clásicos chinos y japoneses, y sus caligrafías eran tan admiradas por los enviados chinos de la corte, que se decía que querían llevárselas consigo de vuelta a su país. 

En aquella época, el emperador Xian Zong, de la dinastía Tang, reinaba en China, y la virtud del emperador Heizei influenciaba positivamente las relaciones con el país vecino. También el rey Ae Chang, del reino coreano de Silla, siguiendo las antiguas costumbres, había vuelto a enviar decenas de navíos cargados de tributos a nuestra nación.

El emperador Heizei era de carácter gentil y bondadoso y, como deseaba ceder cuanto antes el trono a su hermano Kamino, consultó en privado al respecto con sus consejeros, los cuales le pidieron que no se apresurara a tomar semejante decisión. Una noche, el emperador tuvo un sueño en el que el difunto soberano Kanmu se le aparecía y le recitaba los siguientes versos:

Como el bramido
de los ciervos del monte
a la alborada,
que tu voz no me deje
por larga que sea la noche.

Tratando esforzadamente de descifrar su significado, el emperador finalmente concluyó que el bramido del ciervo se refería a la cesión del trono. A la noche siguiente, en otro sueño, un enviado del difunto emperador Kanmu le comunicó este mensaje:

«El espíritu del difunto príncipe Sawara ha acudido al mausoleo imperial a pedirle perdón. Se lamenta de que, acabado su linaje, no se haya celebrado ninguna ceremonia por el descanso de su alma».

Dicho esto, se marchó.

El emperador, aunque atribuía sus sueños a su propia debilidad de espíritu, decidió otorgar al príncipe Sawara el título póstumo de «emperador Sudó». Los bonzos y los sacerdotes sintoístas acudieron a los altares para recitar plegarias y realizar una ceremonia de purificación.

Un cortesano llamado Fujiwara no Nakanari y su hermana menor Kusuriko se dirigieron al emperador con estas palabras:

—Los adivinos dicen que hay seis tipos de sueños. ¿Será que la suerte de una persona depende del buen o del mal augurio de un sueño? Vuestra Majestad debe de haber sido endemoniado por algún espíritu malvado.

A continuación, ordenaron que Izumo no Hironari elaborase una medicina y se la ofreciera al emperador.

Los consejeros imperiales se reunieron y acordaron enviar mensajeros a los santuarios y a los templos. Convocaron también a un ermitaño llamado Genpin, que vivía retirado en la provincia de Hoki, para que oficiara rituales. 

A Genpin le había sido otorgado el puesto de
sozu, uno de los cargos más altos de la jerarquía budista, pero se había retirado a la montaña a causa de la maldad del bonzo Yuge no Dokyo, de su mismo clan, y en su retiro espiritual se dedicaba al ascetismo. 

El ermitaño pasó siete días en la corte, durante los cuales exorcizó a los demonios, y cuan
do consideró que su labor había finalizado, pidió permiso para irse. A pesar de que el emperador lo instó a quedarse más tiempo, pues su presencia le era grata, Genpin regresó a su provincia lejana quién sabe por qué oscuro motivo.

Siguiendo con su plan, Nakanari hizo todo lo posible por alejar de la corte a los demás nobles y, junto con su hermana Kusuriko, se dedicó a distraer la mente del emperador, quien con sonrisa ingenua prestaba atención a sus malévolas palabras. Noche tras noche se celebraban suntuosos banquetes y Su Majestad se divertía uniéndose al círculo de danza utagaki, y los participantes cantaban el poema que había compuesto el mismo emperador:

Todas las noches
brama el ciervo por su amada.
Igual que yo que,
mientras el rocío en hielo no cambie,
joven me siento.

El emperador alzó su copita de sake. Entonces Kusuriko tomó el abanico y se puso a bailar haciendo ondear la manga de su quimono mientras recitaba el siguiente poema para festejar el reinado de Su Majestad:

El dios que habita
en el santuario de Miwa
la puerta ha abierto.
¡Que de par en par se abra!
¡Larga vida, larga vida! 

De esta manera, el ánimo del soberano se mostraba sereno y pasaba las mañanas cumpliendo con los asuntos de Estado.

Algunos cortesanos envidiosos difamaban secretamente al hermano del emperador, a quien aborrecían por su sobresaliente inteligencia. Cuando las calumnias llegaron a oídos del soberano, este se dijo: «Desde nuestro ancestro imperial Jinmu, quien lanza en mano se abrió camino hacia el gobierno del país, y logró expulsar con arco y flecha a los enemigos, hasta el reinado del emperador Sujin, décimo en el trono, ¿acaso no ha sucedido nada digno de ser puesto por escrito? En las crónicas de Nihon shoki no se encuentra nada llamativo. Si bien es cierto que la introducción del confucianismo pareció ayudar a rectificar las malas conductas, lo que realmente hizo fue desfigurar la verdad y hacer uso de argucias, y conforme su influencia aumentó con el transcurso del tiempo, más se degradó el espíritu del pueblo. Pero yo, que desconozco los clásicos chinos, solo puedo intentar gobernar aferrándome a la rectitud y a la honestidad».

Un día en que el cielo estaba despejado y no soplaba ni una brisa que meciera las ramas de los árboles, se escuchó súbitamente un estruendo en las alturas. Kukai, un bonzo de alto rango que casualmente se encontraba en el palacio, pronunció en voz alta palabras mágicas con el rosario budista en la mano y, de repente, un objeto se estrelló en la tierra. 

Sorprendentemente, se trataba de un ser salvaje y negro sentado
en un carro que fue capturado de inmediato y confinado en un cofre; luego, fue hundido en el canal de Naniwa. 

Inbe no Hamanari, ministro de Asuntos Religiosos, ordenó ca
var un hoyo de unos tres shaku en el punto exacto donde había caído el ser monstruoso y pronunció en voz alta fórmulas mágicas para espantar al mal espíritu.

El hermano del emperador, el príncipe Kamino, visitó el augusto mausoleo de su padre, el anterior soberano, en Kashiwara para formular una petición en secreto. Con razón nadie sabía de qué se trataba.

Unos días después, Su Majestad en persona visitó el mismo lugar acompañado por un extenso séquito de oficiales y ministros que abrían y cerraban la comitiva. Rodeando el palanquín del emperador, los generales mayores y medios de la Izquierda y de la Derecha empuñaban flechas y arco, y se ceñían la espada a la cintura. 

Frente al augusto mausoleo, sobre una gran mesa, se dispusieron las of
rendas y las ramas de sakaki adornadas con tiras votivas de papel de diversos colores, una visión que hacía recordar a la Edad de los Dioses. 

Los maestros del Ministerio de Música Imperial, puestos en fila, tocaron tres flautas y tres tamboriles; y fue tan excelsa su interpretación que hasta los
sirvientes más rudos la escucharon encantados. 

Entonces, inexplicablemente, unas sombría
s nubes surgieron por detrás de las montañas y en un instante el cielo se tiñó de negro; no caía ni una gota de lluvia, pero el cielo lucía oscuro como el de la última noche del año. Con presteza rodearon el palanquín imperial no solo los sirvientes sino todo el séquito, y los generales mayores y medios de la Izquierda y de la Derecha, rompiendo la fila, se dispusieron para proteger al soberano.

Nada más anunciarse el regreso de Su Majestad a palacio, los hombres del clan de Otomo se apresuraron a abrir la puerta. «¡Su Majestad está enfermo!», exclamaron todos. Los médicos, muy preocupados, acudieron de inmediato al Palacio Imperial para prepararle una medicina al soberano. 

Pero Su Majestad no compartía la preocupación de los doctores; más bien estaba convencido de que el prodig
io que había presenciado era una señal a favor de su abdicación, idea que rondaba su mente desde hacía tiempo. Su Majestad pidió de beber. Le sirvieron una copita de sake acompañada de trucha pescada en el río de Kurusuno, helecho arborescente recogido en Narabi no Oka, namasu y otras viandas. El emperador quedó satisfecho y, cuando se iba a retirar a sus aposentos y la luna asomaba por el cielo, escuchó cantar un cuclillo.

Al día siguiente, por la mañana temprano, cuando Kukai visitó al emperador, este le dijo:

—Los Emperadores Legendarios de la China son del pasado lejano. Háblame, más bien, de sus sucesores.

Kukai le respondió:

—¿Acaso algún país puede ser gobernado únicamente sobre la base de la teoría? El emperador Tang, de la dinastía Yin, dijo una vez: «Abrid los tres lados de la red de caza y que venga a mí», lo cual representa la primera manifestación de la codicia entre los dominadores. Ya que Su Majestad es un hombre de corazón puro y sincero, pienso que debe obrar según le indique su espíritu. Levantarse al amanecer e ir a la cama al anochecer; comer cuando se tiene hambre y beber cuando se tiene sed. El pueblo no desea más de lo necesario.

El emperador asintió con la cabeza, diciendo:

—Bien, muy bien.

A continuación, acudió su hermano, el príncipe heredero Kamino. Después de charlar un rato los dos hermanos, el emperador le preguntó:

—La dinastía Chou duró ochocientos años y la de los Han, cuatrocientos. ¿Cuál fue la clave para que perduraran tan largo tiempo?

El príncipe heredero, perspicaz, habiendo comprendido la intención de la pregunta, contestó:

—Aunque a primera vista parece un largo periodo de tiempo, se ha de tener en cuenta que la dinastía Chou empezó su declive transcurridos setenta años desde el inicio de su reinado. La dinastía Han, de igual modo, poco después del fallecimiento de su fundador, padeció la rebelión de Lu, pero de esto tuvo la culpa el soberano.

—Entonces, ¿todo esto se debe a la voluntad del Cielo? —preguntó de nuevo Su Majestad—. Tengo entendido que el Cielo se refiere a Takamagahara, donde mora nuestra diosa ancestral Amaterasu, que con su luz ilumina la faz de la tierra día tras día. Al preguntarles a los sabios confucianos si eso que llamamos Cielo significa «firmamento», suelen contestar: «No; es la fortuna que al nacer tenemos cada uno de nosotros». O, a veces, dicen que es un lugar en el que se mueven el Sol y la Luna. Cada uno tiene su propia interpretación. Los bonzos dicen: «El emperador del Cielo mismo escuchó, con la cabeza inclinada, las instrucciones de Buda». ¡Qué complicado es todo esto!

El príncipe heredero Kamino se marchó sin dar respuesta.

Al día siguiente, un decreto imperial anunció la abdicación. El emperador Heizei, a partir de ahora emperador retirado, se trasladó a Nara, la antigua capital, que había sido la sede de siete generaciones de soberanos, desde la emperatriz Genmei hasta su augusto padre el emperador Kanmu. Su Majestad Heizei había elegido esta ciudad al recordar unos versos en los que se describía el Palacio Imperial allí ubicado:

Su gran belleza
refulge como brotes
recién florecidos.

El día en que los augurios fueron propicios, el emperador retirado abandonó la capital en dirección a Nara. Al llegar a Uji, ordenó detener el palanquín y, observando la corriente del río, compuso este poema:

¡Ah, mis guerreros,
firmes como las tablas
de este puente!
En mi camino servidme
diez mil generaciones.

Y los oficiales del Ministerio de Música Imperial que acompañaban al soberano recitaron el poema siete veces. Después, su majestad el emperador retirado comentó:

—Aunque hoy no se vean las ondas producidas por las redes de pesca, hemos encontrado una bandada de chorlitos que cantan chiyo chiyo en el banco de arena.

Y pidió otra copita de sake. La dama Kusuriko se la sirvió como de costumbre. El emperador dijo:

—Componed una poesía sobre el río Uji.

Kusuriko fue la primera en recitar:

Un sol radiante
de luz bañaba el monte Asahi.
Eso fue ayer.
Hoy, mis manos en las mangas,
gélidas aguas del Uji.

—Pero, mira, el viento que sopla sobre el río es fresco, no helado —replicó el soberano sonriendo.

A continuación, el capitán medio de la Guardia de la Izquierda, Fujiwara no Tadanari, recitó su poema:

Su Majestad
el río Uji cruzará
esta mañana.
Mas yo no cejaré de serviros
por más que le pese al mundo.

Le llegó el turno al viceministro de Guerra, Tachibana no Mitsugi:

Alguien cantó
a una flor semejante
pensando en su amada.
¡Ah, si yo ver pudiera
una yamabuki en la orilla!

El emperador Heizei replicó:

—¿No estarás pensando en la flor yamabuki del promontorio de Kojimazaki, en Asuka, capital antigua, donde se encuentra el palacio del príncipe Kusakabe?

Aquel día se compusieron otros poemas, pero no se dejaron por escrito.

La comitiva se detuvo en Narazaka para la cena. Su Majestad preguntó entonces:

—¿Dónde estarán las hojas de tuya de las que tanto he oído hablar?

Uno de los vasallos se apresuró a responder:

—Las hojas, al parecer, tienen ambas caras idénticas. Se dice que simbolizan a quienes sirven a dos señores, y por ello se evita mencionar su nombre. Aquellos que estamos a vuestro servicio somos todos fieles. ¡Cómo puede haber alguien que os traicione!

—Tienes razón —asintió el emperador retirado.

El cortejo prosiguió su camino y llegó por la noche al Palacio Imperial de la antigua capital.

Al día siguiente por la mañana, Su Majestad ordenó retirar los toldos de bambú para disfrutar de la vista panorámica. Los montes Kasuga, Takamado y Miwa, al este; el Takamuchi, al sur; el Kazuragi y el Takama, al oeste, junto con los montes Ikoma y Futagami, formaban una muralla verde. «Con razón —se dijo Su Majestad— el Palacio Imperial tiene su sede en este lugar. Me pregunto por qué motivo el emperador Kanmu, mi padre, trasladó la capital al norte, a Kioto».

Uno de sus acompañantes comentó:

—Al norte se encuentran las tumbas de las emperatrices Genmei y Gensho y del emperador Shomu.

Entonces el emperador Heizei se postró y se puso a rezar en esa dirección. Altos eran los tejados de los grandes templos y numerosas las pagodas de la ciudad de Nara. Muchos edificios aún no habían sido trasladados a la nueva capital, Kioto, por lo que Nara no presentaba el aspecto de una antigua capital abandonada.

Su Majestad partió para el templo Todaiji a fin de ver la gran estatua de Buda. Una vez allí, levantando los ojos hacia el Buda, exclamó:

—¡Es mucho más magnífica de lo que imaginaba! Nacido en un lejano país al este de Japón, aumenta su esplendor con las flores áureas de Michinoku. ¡Qué cosa tan extraordinaria!

Un monje se acercó al emperador y explicó:

—La estatua reproduce la sacra imagen tal y como está descrita en el Sutra de la Guirnalda. Se dice que a través de sus avatares el Buda Nyorai ocupa el espacio entero en el Cielo y, sin embargo, también puede caber en el interior de la semilla de una adormidera. Una imagen suya se trajo a Japón. En la planta del pie de la estatua está inscrito el año en que fue consagrada. Esta es la tercera copia del original y supera por poco los cinco shaku de altura.

Su Majestad permaneció en silencio, escuchando, sin hacer objeción alguna, las palabras del monje. Admirable era, pues, el carácter del emperador retirado quien, cuando Kusuriko o Nakanari trataban de incitarlo a cometer malas acciones, se limitaba a inclinar la cabeza, cubierta con el gorro cortesano eboshi, y adoptaba la expresión del que se niega a conspirar. Era una imagen lamentable.

Al poco, le fue servida la comida. Satisfecho con ella, Su Majestad preguntó:

—Tengo entendido que los pescadores de Naniwa nos han ofrecido esta comida. ¿Está Naniwa cerca de aquí?

—Fue el emperador Nintoku quien estableció la capital en Naniwa —respondió Kusuriko—. Como su padre, el emperador Ojin, había nombrado a su hermano menor, el príncipe Uji, como heredero, el príncipe Nintoku estaba decidido a servir a su hermano Uji tras el fallecimiento de su progenitor. Sin embargo, el príncipe Uji, pensando que subir al trono imperial antes que su hermano mayor iría contra las leyes de Confucio, le cedió el trono a Nintoku. Pero este, por su parte, insistió: «No lo acepto. Recuerda que nuestro padre el emperador te designó a ti como príncipe heredero». De este modo, haciéndose concesiones mutuas, transcurrieron tres años sin que ninguno de los dos hermanos se decidiera a ocupar el trono. Finalmente, el príncipe Uji, desesperado, puso fin a su propia vida con la espada. Se dice que durante los tres años de vacilaciones sobre la sucesión imperial, los pescadores de Naniwa que querían obsequiar con sus pescados al soberano iban y venían de un hermano a otro, y sus presentes acababan descomponiéndose por el camino. Hay un dicho nacido de esta historia que reza: «Los pescadores lloraron llevando sus propios pescados». Por fin, el príncipe Nintoku aceptó subir al trono. Todo el mundo lo elogió como emperador sabio y su prestigio viene transmitiéndose de generación en generación.

»Vuestra Majestad ha abdicado en tan solo cuatro años. Se dice que tanto los nobles como el pueblo, habiendo perdido la esperanza, se lamentan. Vuestro hermano el nuevo emperador ha leído muchos clásicos chinos y, a imitación de los malos hábitos de China, ha usurpado el trono.

—¡Ya basta! —exclamó el emperador retirado interrumpiendo a Kusuriko.

Pero Kusuriko replicó:

—Escuchad, Alteza. Vuestros súbditos aquí presentes deseamos que volváis a subir al trono en Kioto.

En el séquito había algunos traidores que eran leales al nuevo emperador. Al oír por accidente las palabras de Kusuriko, sus sospechas se desataron: «Están tramando algo», murmuraban entre sí.

—Vuestra Majestad podría decir que ha abdicado de manera temporal debido a un mal pasajero y así poder recuperar el trono —dijo Nakanari retomando el discurso de su hermana—. En caso de que vuestro hermano el emperador se oponga, yo, capitán de la Guardia, desplegaré mis tropas hasta la colina de Narayama y el río de Izumi para mostrarle vuestra autoridad.

Muy pronto el pueblo comenzó a cantar:

En florecer
los cerezos del sur
son los primeros.
Mas la nieve de las ventanas del norte,
¡qué frío el corazón tiene!

Cuando el poema llegó a oídos de la corte en Kioto, el nuevo emperador convocó a los súbditos del emperador retirado en Nara para un interrogatorio. Esto fue lo que le respondieron:

—La conspiración ha sido maquinada por Kusuriko, Nakanari y sus partidarios. En el primer día del Nuevo Año, en la ceremonia en que el emperador retirado debía beber las tres medicinas rituales, solo le ofrecieron dos, toso y byakusan, pero no la tercera, toshosan. Entonces Su Majestad preguntó: «¿Y el toshosan?». A lo que respondieron: «No deseamos que crucéis el escarpado paso de la montaña, señor. Aunque la cuesta de Nara es una leve pendiente, más allá de las montañas de la provincia de Yamato, que se alzan como una muralla verde, hay montañas con escabrosos caminos. Aún más acá de las colinas de Nara, vuestros súbditos ya no os ofrecerán más tributos. ¡Qué tristeza!». Y lloraron tanto que las mangas de sus quimonos se empaparon. Esto es todo lo que tenemos por seguro, pues estábamos presentes cuando conversaban de tal modo. Mas, viviendo en tiempos dichosos, ¿quién se atrevería a provocar una guerra?

—Comprendo —dijo el nuevo emperador al escuchar las explicaciones.

A continuación, dio orden inmediata de detener a Nakanari y ejecutarlo. Su cabeza decapitada acabó expuesta en la cuesta de Nara. En cuanto a la dama Kusuriko, fue llevada de vuelta a su provincia, donde fue confinada.

El nuevo soberano, ahora llamado emperador Saga, había tenido en cuenta los sentimientos de su hermano mayor, el emperador retirado Heizei, y por ello había nombrado al hijo de este, el príncipe Takaoka, como su heredero. Pero, debido a este incidente, Saga anuló la designación y ordenó a su sobrino que se hiciera bonzo. 

Takaoka se tonsuró y cambió su nombre por el de Shinnyo. Bajo la supervisió
n de Dosen, estudió la doctrina de Sanron y fue iniciado por Kukai en los principios secretos de la escuela Shingon. Con el deseo de explorar más a fondo los misterios del budismo, al tercer año de la Era Jogan, partió rumbo a China. 

Luego, atravesando la altiplanicie de Pamir, llegó a Laos, donde realizó estudios religiosos hasta alcanzar la plena sabiduría. Por fin, regresó a Japón. Se cuenta que tanto los dignatarios de rango superior como el pueblo llano se decían en secreto unos a otros: «¡Ojalá el príncipe Takaoka fuera nuestro emperador!».

Kusuriko, por su parte, nunca se arrepintió de sus malos actos y, consumida por el fuego del resentimiento, acabó matándose con la espada. Su sangre empapó la tela de fina seda de la cortina que, una vez mojada de sangre, nunca volvió a secarse. Se dice que, cuando los jóvenes valientes disparaban flechas hacia ella, no se mecía siquiera; y cuando intentaban rasgarla con la espada, el filo se mellaba. Tales fueron los prodigios de esta tela, siendo natural el gran pavor que produjo.

Pese a que el mismo emperador retirado jamás formó parte de la intriga, se reprendió a sí mismo diciendo: «La culpa es mía», y decidió hacerse bonzo. Los historiadores registraron en sus crónicas que falleció a los cincuenta y dos años de edad.

El pescadorcito Urashima - Juan Valera

      Vivía muchísimo tiempo hace, en la costa del mar del Japón, un pescadorcito llamado Urashima, amable muchacho, y muy listo con la caña y el anzuelo.

     Cierto día salió a pescar en su barca; pero en vez de coger un pez, ¿qué piensas que cogió? Pues bien, cogió una grande tortuga con una concha muy recia y una cara vieja, arrugada y fea, y un rabillo muy raro. Bueno será que sepas una cosa, que sin duda no sabes, y es que las tortugas viven mil años; al menos las japonesas los viven.

     Urashima, que no lo ignoraba, dijo para sí:

     -Un pez me sabrá tan bien para la comida y quizá mejor que la tortuga. ¿Para qué he de matar a este pobrecito animal y privarle de que viva aún novecientos noventa y nueve años? No, no quiero ser tan cruel. Seguro estoy de que mi madre aprobará lo que hago.

     Y en efecto, echó la tortuga de nuevo en la mar.

     Poco después aconteció que Urashima se quedó dormido en su barca. Era tiempo muy caluroso de verano, cuando casi nadie se resiste al mediodía a echar una siesta.

     Apenas se durmió, salió del seno de las olas una hermosa dama que entró en la barca y dijo:

     -Yo soy la hija del dios del mar y vivo con mi padre en el Palacio del Dragón, allende los mares. No fue tortuga la que pescaste poco ha y tan generosamente pusiste de nuevo en el agua en vez de matarla. Era yo misma, enviada por mi padre, el dios del mar, para ver si tú eras bueno o malo. 

    Ahora, como ya sabemos que eres bueno, un excelente muchacho, que repugna toda crueldad, he venido para llevarte conmigo. Si quieres, nos casaremos y viviremos felizmente juntos, más de mil años, en el Palacio del Dragón, allende los mares azules.

     Tomó entonces Urashima un remo y la princesa marina otro; y remaron, remaron, hasta arribar por último al Palacio del Dragón, donde el dios de la mar vivía o imperaba, como rey, sobre todos los dragones, tortugas y peces. ¡Oh, qué sitio tan ameno era aquel! Los muros del Palacio eran de coral; los árboles tenían esmeraldas por hojas, y rubíes por fruta las escamas de los peces eran plata, y las colas de los dragones, oro. 

    Piensa en todo lo más bonito, primoroso y luciente que viste en tu vida, pónlo junto, y tal vez concebirás entonces lo que el palacio parecía. Y todo ello pertenecía a Urashima. Y ¿cómo no, si era el yerno del dios de la mar y el marido de la adorable princesa?

     Allí vivieron dichosos más de tres años, paseando todos los días por entre aquellos árboles con hojas de esmeraldas y frutas de rubíes.

     Pero una mañana dijo Urashima a su mujer:

     -Muy contento y satisfecho estoy aquí. Necesito, no obstante, volver a mi casa y ver a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas, Déjame ir por poco tiempo y pronto volveré.

     -No gusto de que te vayas -contestó ella-. Mucho temo que te suceda algo terrible; pero vete, pues así lo deseas y no se puede evitar. Toma, con todo, esta caja, y cuida mucho de no abrirla. Si la abres, no lograrás nunca volver a verme.

     Prometió Urashima tener mucho cuidado con la caja y no abrirla por nada del mundo. Luego entró en su barca, navegó mucho, y al fin desembarcó en la costa de su país natal.

     Pero ¿qué había ocurrido durante su ausencia? ¿Dónde estaba la choza de su padre? ¿Qué había sido de la aldea en que solía vivir? Las montañas, por cierto, estaban allí como antes; pero los árboles habían sido cortados. El arroyuelo, que corría junto a la choza de su padre, seguía corriendo; pero ya no iban allí mujeres a lavar la ropa como antes. Portentoso era que todo hubiese cambiado de tal suerte en sólo tres años.

     Acertó entonces a pasar un hombre por allí cerca y Urashima le preguntó:

     -¿Puedes decirme, te ruego, dónde está la choza de Urashima, que se hallaba aquí antes?

     El hombre contestó:

     -¿Urashima? ¿Cómo preguntas por él, si hace cuatrocientos años que desapareció pescando? Su padre, su madre, sus hermanos, los nietos de sus hermanos, ha siglos que murieron. Esa es una historia muy antigua. Loco debes de estar cuando buscas aún la tal choza. Hace centenares de años que era escombros.

     De súbito acudió a la mente de Urashima la idea de que el Palacio del Dragón, allende los mares, con sus muros de coral y su fruta de rubíes, y sus dragones con colas de oro, había de ser parte del país de las hadas, donde un día es más largo que un año en este mundo, y que sus tres años en compañía de la princesa, habían sido cuatrocientos. 

    De nada le valía, pues, permanecer ya en su tierra, donde todos sus parientes y amigos habían muerto, y donde hasta su propia aldea había desaparecido.

     Con gran precipitación y atolondramiento pensó entonces Urashima en volverse con su mujer, allende los mares. Pero ¿cuál era el rumbo que debía seguir? ¿Quién se le marcaría?

     -Tal vez -caviló él- si abro la caja que ella me dio, descubra el secreto y el camino que busco.

     Así desobedeció las órdenes que le había dado la princesa, o bien no las recordó en aquel momento, por lo trastornado que estaba.

     Como quiera que fuese, Urashima abrió la caja. Y ¿qué piensas que salió de allí? Salió una nube blanca que se fue flotando sobre la mar. Gritaba él en balde a la nube que se parase. Entonces recordó con tristeza lo que su mujer le había dicho de que después de haber abierto la caja, no habría ya medio de que volviese él al palacio del dios de la mar.

     Pronto ya no pudo Urashima ni gritar, ni correr hacia la playa en pos de la nube.

     De repente, sus cabellos se pusieron blancos como la nieve, su rostro se cubrió de arrugas, y sus espaldas se encorvaron como las de un hombre decrépito. Después le faltó el aliento. Y al fin cayó muerto en la playa.

     ¡Pobre Urashima! Murió por atolondrado y desobediente. Si hubiera hecho lo que le mandó la princesa, hubiese vivido aún más de mil años.

     Dime: ¿no te agradaría ir a ver el Palacio del Dragón, allende los mares, donde el dios vive y reina como soberano sobre dragones, tortugas y peces, donde los árboles tienen esmeraldas por hojas y rubíes por fruta, y donde las escamas son plata y las colas oro?