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Bob el vergonzoso y la desdichada Dorinda - Margaret Atwood

Bob fue abandonado de bebé ante una boutique de belleza. Su avispada madre era morena, pero se había vuelto rubia en la boutique, y estuvo tan embobada por su vibrante brillantez que borró a Bob de la cabeza. Cuando le volvió a la memoria publicó un boletín de aviso («Se busca bebé. Avise si lo ve»), pero en balde: nadie lo había visto.

Bob lloró hasta volverse verde de arriba abajo, pero no vino nadie a buscarlo.

Al lado de la boutique de belleza había un descampado vacío y abandonado lleno de arbustos, violetas y bancos. En él vivían muchos perros, que jugaban a rebotar balones y escarbaban en el barro. Un bóxer, un beagle y un borzoi oyeron los berridos de Bob.

—¿Es un caballo? —aventuró el bóxer, que no paraba de hablar.

—No, es un bípedo —bromeó el beagle—. Será un búho.

—¡No es un búho, es un bebé! ¡No está bien abandonarlos! —balbució el borzoi—. ¡Seamos benevolentes!

El bóxer, el beagle y el borzoi rebuscaron víveres y viandas en la basura. Llevaron al bebé biberones, botellas, baberos, botitas y ropa de abrigo. Y así vivieron, y Bob fue evolucionando, mientras seguían sirviéndole bananas, uvas, garbanzos de bote y verduras y brócoli (con el brócoli a Bob le venían ganas de vomitar).

Bob y los perros abandonados se volvieron buenos amigos. En las plantas bajas de las viviendas buscaron balones, bolas de bádminton, pantalones vaqueros y libros, y también bollos, bananas y verdes berenjenas. Bombardeado por tan abundantes botines, Bob creció sin barreras.

Pero Bob también era muy vergonzoso. No se creía bebé sino un verdadero perro. Ladraba y ladraba cuando lo importunaban. No podía ver a barberos, vendedores o vinateros mientras buscaba bocadillos bajo los arbustos; les daba violentos bocados al verlos venir.

—Bob es un bebé —abogó el borzoi—. No debe vivir aquí.

—Vigilaremos que no vuelva —vaticinó el bóxer.

—Pues bueno —vociferó el beagle.

Pero los tres canes vacilaron. En verdad no sabían cómo bregar con el bebé.

Cerca de Bob vivía la desdichada Dorinda. Sus dos padres habían desaparecido en un deleznable desastre cuando ella tenía dos meses y doce días, y la dieron a familiares distantes.

Dorinda era adorable, dicharachera y con una gracia desbordante. Pero, aunque sus familiares distantes nadaban en dinero y divisas y derrochaban en diamantes, eran sin duda despreciables. No dedicaban ni un duro a Dorinda.

—Dorinda es idiota —declararon—. Es distraída y descontrolada y no tiene nada en el tejado. ¡Desdichada Dorinda!

De vestir le daban prendas descartadas. Dormía al descubierto con un edredón, rodeada de desechos que daban diferentes enfermedades como la difteria. Durante todo el día le daba al mocho, desinfectaba sin descanso, y después debía dispensar daiquiris en una destartalada discoteca. Comía dónuts deformes, desagradables dados de dorada pasados, dátiles deplorables y mandarinas descartadas, deficientes en vitamina D. Era un desastre.

Dorinda estaba deprimida.

—¡Malditos deberes! —desesperaba—. ¡Detesto a mis familiares distantes! ¡No me cuidan adecuadamente! ¡Debo disponer de una educación decente!

Un desolado día de diciembre, Dorinda lo dejó todo. Guardó dos dónuts deplorables, doce mandarinas descartadas y diversos desinfectantes en un fardo descolorido.

—¡Desafío a la duda! —declaró—. ¡El destino, por dramático que sea, no me derrotará! ¡Desprecio la desesperación!

Dorinda la Desdichada andaba bajo el diluvio con su fardo descolorido, y al dar con el descampado de Bob el Vergonzoso oyó un berrido y vio que dos brillantes ojos la observaban bajo un arbusto. No se trataba de un perro; más bien era un bebé.

—Estoy desahuciada —le dijo Dorinda—. ¿Me dejas dormir en tu domicilio? —No estaba del todo decidida: un bebé que berrea podía darle un bocado… pero estaba empapada y no le importó nada.

Bob berreó de nuevo.

Dorinda decidió dedicarse a educar a Bob y darle lecciones de dicción y declamación. El bóxer, el beagle y el borzoi, de acuerdo, dieron su bendición. Volvieron a la librería y birlaron un diccionario para Dorinda y Bob. Los dos le dedicaron días y días. A veces Bob quedaba descorazonado, pero pronto pasó de menos a más difícil: de «dar» y «dado» y «bar» y «ver» a «dirigible» y «balístico». —¡Cómo avanza Bob! —bramó el bóxer.

Bob estaba embelesado.

En el jardín botánico de al lado había un búfalo, colocado por un burócrata bobalicón que abusaba de sus privilegios.

Un día el búfalo destrozó una barrera en el jardín botánico de al lado y visitó el descampado.

—¡Vaya, vaya, un visitante! ¿Será un búfalo o un bisonte? —se maravillaron los barberos, los vendedores y los vinateros que vinieron a toda velocidad a verlo.

El búfalo levantó volutas de polvo, destrozó dalias y centros de día entre los bocinazos de los vehículos y los abucheos de los vecinos.

—¡Bob! ¡Bob! ¡Debemos decir algo! —alegó Dorinda.

—Los búfalos no me van —observó Bob—. Son violentos y desbocados. Y si lo ven, los barberos, vendedores y vinateros me verán a mí también. Soy vergonzoso y prefiero vivir al abrigo de los arbustos sin ser observado.

—¡Basta de vergüenza! —declaró Dorinda—. ¡Démonos al deber!

Dorinda distrajo al búfalo con sus danzas y sus desinfectantes. También Bob fue valiente: se abalanzó sobre el búfalo y le berreó hasta que este bramó: «¡Basta!».

—Abrevia las bravatas, búfalo, y no desconfíes; no te dejaremos de lado ni te decepcionaremos —le dijeron al búfalo el bóxer, el beagle y el borzoi—. Sabemos que tu dolor se debe a un burócrata bobalicón que abusó de sus privilegios.

El búfalo, bilingüe, vio que las bestias venían con buena intención y se volvió benigno y bonachón. Tras devorar unos dátiles duros y dos dónuts deplorables, se despidió y se dirigió a Dallas, de donde había venido.

—Ya no eres Bob el Vergonzoso —declaró Dorinda—. ¡Desde ahora eres Bob el Valiente!

—Y tú ya no eres Dorinda la Desdichada sino Dorinda la Decidida —dijo Bob.

—Veremos nuestros bustos en la televisión —vaticinó el bóxer, atrevido.

Y, bueno, así sucedió.

Después, los padres desaparecidos de Dorinda, de vuelta del dichoso desastre que los distrajo durante docenas de días, la vieron en los diarios digitales y la distinguieron por su desbordante gracia.

Los desmanes de los deplorables familiares distantes de Dorinda quedaron al descubierto. Huyeron disfrazados y dedicaron sus días a desplazarse de uno a otro lado con identidades inventadas.

Y la avispada madre de Bob, que abandonó el cabello rubio y lamentaba sus veleidades en la boutique de belleza, vio la biografía de su hijo en un vídeo viral.

—¡Tiene que ser Bob, mi bebé! —balbució avergonzada, y pidió a Bob que la absolviera de haberlo abandonado. El padre de Bob se quedó también aliviado después del disgusto de su desaparición.

Juntos, los cuatro padres compraron un bungaló lleno de balcones, una sala de estar donde se dedicaban a descubrir delicias, y un verdadero jardín trasero donde darse al descanso y al baloncesto, y donde Bob podía volver al abrigo de los arbustos cuando de vez en cuando le daba la vergüenza.

Y así, tanto Bob el Valiente y Dorinda la Decidida, como sus padres y sus benefactores el bóxer, el beagle y el borzoi, vivieron en el bungaló, delirantes de dicha.