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Un excelente comienzo - Mercedes Abad

El azar es uno de los más poderosos agentes con que cuenta el desorden para mantenerse en el candelero, por mucho que algunas almas románticas se obstinen en ver en ciertas cadenas particularmente perversas de coincidencias la señal de un orden, de un destino, de un principio rector. 

En cuanto a mí, debo confesar que el azar me ha brindado siempre mis mejores respuestas y las más ingeniosas salidas a situaciones de crisis que no tenían escapatoria. Sin el azar, por ejemplo, mi sempiterna torpeza me habría constreñido sin duda alguna a estropear mi primera cita con Raymond Star.

De Raymond Star yo sabía que le gustaban las mujeres decididas y fuertes, capaces de no arredrarse ante la adversidad y de emprenderla a dentelladas con la vida a fin de conseguir sus propósitos. 

También me habían contado que, como gran gourmet que era, establecía una sólida relación entre aquello que comemos y los aspectos más profundos de nuestra personalidad, y que su perspicacia a este respecto podía ser abrumadora. 

Por último, sabía que desde que lo había conocido mis neuronas se negaban a trabajar en cuestiones que no guardasen una estrecha relación con el extraordinario atractivo de Raymond Star.

Sobre mí misma sé bastantes más cosas que sobre Raymond Star, hecho que, lejos de reconfortarme, apunta casi siempre a una premonición bastante fiable de desastre. Sé, por ejemplo, que de vez en cuando puedo parecer decidida y fuerte y que incluso soy capaz de serlo un par de veces al año, en momentos culminantes a los que, por su extrema rareza, tengo en gran aprecio. 

Ahora bien, ignoro por completo cuáles son las circunstancias externas que propician en mí tales arrebatos de fortaleza y determinación —si es que hay circunstancias externas que los propicien, como el paso de algún cometa por la órbita de la Tierra, alguna inusual configuración de los astros en ese momento o cualquier fenómeno atmosférico perturbador—, y por lo tanto, provocarlos de forma deliberada es algo que escapa por completo a mis facultades.

Sea como fuere, Raymond Star me había invitado a comer en un restaurante que él mismo había elegido. El lugar era una antigua mansión señorial situada en el campo, aunque no muy lejos de la costa, donde Raymond me había dicho que podían comerse deliciosos platos de marisco y pescado. 

Sin embargo, cuando llegamos al caserón, rodeado de un frondoso bosque con letreros que revelaban la existencia de un coto privado de caza, lo primero que vi fue un corral donde se criaban espléndidos ejemplares de faisanes, ocas, pulardas y pintadas. Un letrero que, junto a la puerta de entrada, glosaba las especialidades de la casa (carne de caza y aves) acabó de sembrar en mí la confusión. 

Huelga decir que, con ánimo de mostrarme como una mujer desenvuelta y difícil de desconcertar, oculté como pude mi perplejidad. Estaba dispuesta a todo con tal de parecerme como una gota de agua a la mujer ideal de Raymond Star, aunque, como ya he dicho, mi perfil no encajaba del todo con las informaciones que mi prójimo me había suministrado, hecho que hacía indispensable darle unos cuantos retoques al material de base.

Tras deshacerme en elogios acerca del encanto del lugar elegido por Raymond para nuestra primera cita, pasamos a la mesa donde segundos después un camarero ceremonioso me enfrentó a una carta terrible. ¡Qué carta, Dios mío! Había por lo menos veinte entrantes y una larguísima lista de platos de resistencia donde los pescados y los mariscos competían en pie de igualdad con las carnes de ave y de caza. 

Bajo el influjo de mi absoluta desesperación, mis ojos erraban a trompicones por aquella inextricable maraña de platos sin saber a qué aferrarse ni a qué patrón de los indecisos encomendarse. Imaginé el tropel de cosas horrendas acerca de mi psique profunda que Raymond podía deducir si yo hacía una elección poco acertada y noté cómo el corazón se me encabritaba con estruendo. Hacía años que no me sentía tan incómoda, torpe e indecisa.

Para empeorar mi ya dramático forcejeo con la carta, Raymond me preguntó de pronto: «¿Te gusta la carne?». Acompañó su pregunta con una mirada intensa y llena de significado, la clase de mirada que, desde hacía años, yo solo había visto en versión celuloide. Tal vez no fuera una mirada significativa. Es incluso probable que no lo fuera. Pero en aquellos momentos mi percepción de la realidad estaba tan alterada que me pareció una mirada llena de significado. 

Mantuve mis ojos fijos en los suyos mientras hacía un vano intento de recomponerme interiormente y de no dejar traslucir el espléndido caos que alborotaba mis células. Me pregunté también si Raymond no sería uno de esos vegetarianos fundamentalistas, aunque, lamentablemente, el tono con que había hablado no permitía deducciones en un sentido u otro. 

A mí me encanta la carne, pero abandonaría sin vacilar un instante mis relaciones con el cerdo, el cordero, el buey, la ternera y las aves por un hombre como Raymond Star. Su mirada seguía pareciéndome pavorosamente significativa, pero que me aspen si sabía de qué.

Fue entonces cuando el azar, agente ciego y sordo (aunque a veces parezca gozar de una vista y un oído muy finos), tomó el mando de la situación. El suelo empezó a moverse bajo nuestros pies y la mesa se tambaleó visiblemente, así como los restantes muebles de la sala. Había una especie de rugido de fondo al que muy pronto se sumó el tintineo de vasos y copas, el estallido de unos cuantos jarrones de cristal al estrellarse contra el suelo, el ruido de platos rotos y los gritos de desconcierto y pánico. Supongo que no fue un terremoto de los que marcan altas cotas en la escala de Richter. 

Desde luego, no fue ni la mitad de intenso que el tumulto que había rugido en mi interior apenas unos segundos antes, de forma que yo me sentía casi cómoda en medio de aquel alboroto; como mínimo, tenía tiempo para pensar una respuesta adecuada a la pregunta de Raymond Star.

Sin embargo, el seísmo causó una gran conmoción en aquel apacible restaurante rural aun después de cesar por completo. Por lo pronto, el comedor quedó súbitamente invadido por un puñado de aves que se las habían ingeniado para huir del corral y que corrían enloquecidas en todas las direcciones, golpeándose con los muebles, embistiendo a los comensales y cubriéndolo todo de plumas. 

De pronto, Raymond exhaló un alarido; vi que una oca le estaba dando violentos picotazos en la pierna. Raymond debió de darle un manotazo en defensa propia; no puedo decir con absoluta precisión lo que ocurrió; en cualquier caso, dos segundos después la oca se abalanzó sobre mí con malas intenciones. 

En un movimiento puramente instintivo, adelanté la mano derecha, que acertó a rodear el cuello del infeliz animal. En cuanto me percaté de ello, aumenté la presión de mis dedos sobre el pescuezo del bicho. Era obvio que la oca se ahogaba. Apreté aún más y me levanté, oca en ristre, para que Raymond no se perdiera un solo detalle de tan heroica gesta, rezando al mismo tiempo para mis adentros por que no fuera miembro de alguna sociedad protectora de animales. 

Y mientras sostenía el bicho en lo alto, consciente de que aunque viviera cien años no volvería a ofrecer jamás tal imagen de fortaleza y decisión, le dirigí a Raymond Star una mirada significativa que duró tanto tiempo como tardó la oca en morirse. Cuando el animal pasó a mejor vida, deposité su cuerpo en el plato de Raymond al tiempo que le decía, resuelto al fin el dilema:

—Comeremos oca. Espero que no tengas nada contra estos bichos una vez muertos y convertidos en confit.

Raymond Star asintió, todavía sin aliento, con la sorpresa y la admiración significativamente reflejadas en sus hermosos ojos y la imagen de una diosa cazadora impresa de forma indeleble en su retina, en su memoria y probablemente también en su código genético. Por indecisa, torpe y débil que me mostrara en lo sucesivo, acababa de acumular un crédito considerable para afrontar el futuro con cierta dosis de razonable confianza.


La maldición del rubí - Philip Pullman

 

La tarde siguiente, Frederick acompañó a Sally al East End.

El año anterior había ayudado a su tío en un proyecto, y juntos habían fotografiado escenas de la vida londinense con una lámpara de magnesio experimental. La ilumina­ción no había funcionado tan bien como esperaban, pero Frederick había hecho numerosas amistades durante el proyecto, entre las que estaba la propietaria de un fumadero de opio, en Limehouse: una mujer llamada Madame Chang.

–La mayoría de estos lugares son deplorables –dijo Fre­derick mientras se sentaban en el autobús–. Una tabla para tumbarse, una manta mugrienta y una pipa, y nada más. Aunque Madame Chang cuida a sus clientes y mantiene el lugar limpio. Creo que es porque ella no se droga.

–¿Siempre son chinos? ¿Por qué el Gobierno no los de­tiene?

–Porque el Gobierno también está implicado en la pro­ducción de opio; lo vende y saca pingües beneficios.

–¡No puede ser!

~¿No sabes nada de historia?

–Pues... no.

–Luchamos en una guerra contra el opio hace treinta años. Los chinos se negaban a que los comerciantes ingle­ses pasaran opio de contrabando a su país e intentaron prohibirlo; por esta razón fuimos a la guerra y los forzamos a aceptarlo. Ahora lo plantan en la India bajo supervisión gubernamental.

–¡Pero es horrible! ¿Y nuestro Gobierno aún hace eso? No me lo puedo creer.

–Pues mejor que se lo preguntes a Madame Chang. Ba­jamos en la próxima; iremos andando hasta allí.

El autobús paró en la estación Muelle de las Indias Oc­cidentales. Más allá de la entrada que daba acceso al mue­lle, se extendía una hilera de almacenes a lo largo de casi un kilómetro, a la izquierda; por encima de sus tejados, los mástiles de los barcos y los brazos de las grúas apuntaban hacia el cielo gris, como si fueran auténticos dedos esque­léticos.

Giraron a la derecha, hacia el río. Pasaron por la gran plaza en la que estaban las oficinas del puerto; la chica pen­só que su padre debía de haber ido allí muchas veces por trabajo. Luego se encaminaron hacia abajo por un calle­jón, en medio de un laberinto de patios y callejuelas. Al­gunas de ellas ni siquiera tenían nombre, pero Frederick conocía perfectamente el camino y no dudó en ningún momento. Niños descalzos, andrajosos y mugrientos juga­ban entre la basura y los densos riachuelos de agua pestilente que corrían por encima de los adoquines. Las mujeres que estaban en los portales se quedaban en silencio cuando pasaban por delante de ellas y los miraban fijamente con expresión hostil, cruzadas de brazos, hasta que se habían ido. Parecían muy viejas, pensó Sally; incluso los niños tenían cara de viejos, con la frente arrugada y los labios muy apretados.

Al cabo de un rato, vieron a un grupo de hombres en la entrada de un patio estrecho. Algunos estaban apoyados en la pared y otros estaban sentados en los escalones de las casas. Sus ropas estaban agujereadas y mugrientas; sus ojos, llenos de odio. Uno de ellos se levantó y otros dos se separaron del muro cuando Frederick y Sally se aproximaron, como si no quisieran dejarlos pasar. Frederick no aceleró el paso. Siguió andando sin detenerse hasta llegar a la entrada, y los hombres se apartaron en el último instante, mirando hacia otra parte.

–No tienen trabajo, pobre gente –dijo Frederick cuando habían doblado la esquina–. O se quedan en las esquinas, o van al asilo de pobres, y ¿quién escogería el asilo?

–Pero debe de haber trabajo en los barcos, o en el muelle o en alguna parte. La gente necesita trabajadores, ¿verdad?

–No, no los necesitan. ¿Sabes, Sally?, hay cosas en Lon­dres que hacen que el opio parezca casi tan inofensivo como el té.

Sally supuso que se refería a la pobreza, y viendo lo que los rodeaba se dio cuenta de que tenía razón.

Entraron por una puerta baja, situada en una pared de un sucio callejón. Había un cartel al lado de la puerta, con algunos caracteres chinos de color negro sobre un fondo rojo. Frederick tiró de la campanilla y, tras un minuto, un anciano chino les abrió la puerta. Llevaba un vestido hol­gado de seda negra, un solideo y una trenza. Les hizo una reverencia y se apartó mientras entraban.

Sally miró a su alrededor. Estaban en un recibidor ta­pizado con un papel delicadamente pintado; la madera es­taba lacada con un color rojo intenso y lustroso, y del te­cho colgaba un farol adornado. En el aire flotaba un olor dulzón y penetrante.

El sirviente se retiró y volvió luego con una señora chi­na de mediana edad vestida con un atuendo exquisitamen­te bordado. Llevaba el pelo bien recogido hacia atrás, pan­talones de seda negra bajo la bata y zapatillas rojas en sus diminutos pies. Se inclinó para saludarlos y les indicó que pasaran hacia una habitación.

–Les ruego que accedan a entrar en mi humilde lugar de trabajo –dijo ella.

Hablaba con una voz baja y musical, y casi sin acento.

–Ya lo he reconocido, usted es el señor Frederick Gar­land, el artista fotográfico, pero no he tenido aún el honor de conocer a su encantadora amiga.

Entraron en la habitación. Mientras Frederick le expli­caba quién era Sally y lo que querían, la muchacha miraba a su alrededor con sorpresa. La iluminación era escasa; sólo provenía de dos o tres faroles chinos, en aquella obscuridad llena de humo. Todo lo que estaba pintado o lacado en la habitación era del mismo color rojo intenso, y los marcos de las puertas y las vigas del techo estaban grabadas con dragones enfurecidos y retorcidos, destacados en oro. A Sally le pareció de una ostentosidad opresiva: era como si la habitación hubiera tomado la forma de los sueños colec­tivos de todos aquellos que habían ido alguna vez allí en busca de olvido.

A intervalos, en las paredes –era una habitación grande y alargada– había divanes a ras de suelo y en cada uno de ellos estaba tumbada una persona, aparentemente dormi­da, ¡pero que en realidad no lo estaba!

Había una mujer, no mucho mayor que Sally; y allí otra, de mediana edad; también vestida de forma elegante. Y en­tonces uno de los durmientes se agitó y el viejo sirviente se acercó con una larga pipa y se arrodilló en el suelo para prepararla.

Frederick y Madame Chang hablaban en voz baja detrás de ella. Sally buscó un lugar para sentarse; se sentía mareada. El humo de la pipa que se acababa de encender flotaba ha­cia ella, dulce, tentador y curioso. Inhaló una vez y en­tonces otra y...

Todo se volvió negro de golpe. Un calor sofocante.

Estaba en la Pesadilla.

Se quedó quieta, con los ojos bien abiertos, buscando en la obscuridad. Un indescriptible temor convulsivo le opri­mía el corazón. Intentaba moverse, pero no pudo... y a pe­sar de ello no sentía que estuviera atada; simplemente sus extremidades estaban demasiado débiles para moverse. Y sabía que, tan sólo hacía un momento, estaba despierta...

Estaba tan asustada... El miedo fue creciendo más y más. Era peor que nunca esta vez, porque lo veía todo con mucha más claridad. Sabía que en cualquier momento, junto a ella en la obscuridad, un hombre comenzaría a gritar. Sally chilló absolutamente aterrorizada. Y entonces empezó.

El grito rasgó la obscuridad como una espada afilada. Pensó que moriría de miedo. ¡Pero se oían voces! Eso era nuevo... No hablaban en inglés, y a pesar de ello las pudo entender.

–¿Dónde está?

–¡No está conmigo! Se lo ruego... Por el amor de Dios, lo tiene un amigo...

–¡Que vienen! ¡Deprisa!

Y entonces un ruido horrible, el ruido de un objeto afi­lado hundiéndose en la carne..., una especie de sonido des­garrador, seguido de un grito sofocado y un gemido como si al hombre le hubieran sacado de golpe todo el aire de sus pulmones; y entonces el chorro de un líquido derramándo­se, que pronto se convirtió en un goteo.

Luz. Había una pequeña chispa de luz en alguna parte. (Oh, ¡pero ella estaba despierta, en el fumadero de opio! No podía ser....)

Y no pudo escapar del sueño. Todo sucedía sin parar y te­nía que vivirlo. Sabía lo que venía a continuación: una vela parpadeante, una voz de hombre...

–¡Mira! ¡Mírale! Dios mío...

¡Era la voz del comandante Marchbanks!

Siempre se había despertado justo ahí..., pero esta vez pasó algo más. La luz se acercó; alguien la sostenía. Vio la cara de un hombre joven, mirándola: altivo, con bigote obscuro, ojos brillantes y un hilo de sangre sobre su mejilla.

Se sintió presa del pánico. Se estaba volviendo loca. Pensó: «Voy a morir... Nadie puede estar tan asustado sin acabar muriendo o volviéndose loco...».

Notó a continuación un golpe seco en la mejilla. Oyó su sonido un segundo después; estaba completamente deso­rientada y todo se volvió obscuro de nuevo. Tuvo la sensa­ción de encontrarse perdida...

Y entonces se despertó, de rodillas, con la cara bañada en lágrimas. Frederick estaba arrodillado a su lado, y sin pensárselo dos veces, Sally le abrazó fuertemente y empezó a sollozar. El muchacho hizo lo mismo y no dijo nada. Es­taban en el vestíbulo. ¿Cuándo se había desplazado hacia allí? Madame Chang estaba de pie un poquito más allá, mi­rando atentamente.

Cuando vio que Sally había vuelto en sí de nuevo, la se­ñora dio un paso hacia delante y se inclinó.

–Por favor siéntese en el diván, señorita Lockhart. Li Ching le traerá algún refresco.

Le dio unas palmaditas. Frederick la ayudó a sentarse en el diván de seda y el anciano le ofreció una taza de porce­lana que contenía alguna bebida aromática bien caliente.

Sorbió la bebida y sintió que su cabeza se despejaba.

–¿Qué ha sucedido? ¿Cuánto tiempo he estado...?

–Estabas bajo los efectos del opio –dijo Frederick–. Has debido de inhalar más de la cuenta. Pero caer bajo sus efectos tan rápido... no es muy normal, ¿verdad, Madame Chang?

–No es la primera vez que prueba el opio –dijo la dama.

–¡Nunca en mi vida he fumado opio! –dijo Sally.

–Siento contradecirla, señorita Lockhart, pero usted ya ha inhalado opio antes. He visto miles de personas que lo han hecho y lo sé. ¿Qué vio en su delirio?

–Una escena que... ya había visto muchas otras veces. Una pesadilla. Están matando a un hombre y... y dos hom­bres más vienen y... ¿Qué puede ser, Madame Chang? ¿Me estoy volviendo loca?

La dama negó con la cabeza.

–El poder del opio es ilimitado. Oculta perfectamente los secretos del pasado... Ni unos ojos de lince podrían en­contrarlos a plena luz del día; y luego los revela todos como si fueran un tesoro enterrado, cuando ya han sido olvida­dos. Lo que ha visto es un recuerdo, señorita Lockhart, no un sueño.

–¿Cómo puede estar segura de que no es una fantasía? –preguntó Frederick–. ¿Realmente quiere decir que Sally ha estado bajo la influencia del opio antes, y que su pesadilla es un recuerdo del momento en que sucedió? ¿No es posi­ble que sea tan sólo un sueño?

–Es posible, señor Garland, pero no es lo que ha suce­dido. Puedo ver claramente lo que para usted es invisible, como un médico puede ver claramente la enfermedad de su paciente. Cientos de señales nos ayudan a interpretar esas cosas, pero si no se saben leer, no se ve absolutamente nada.

Su apacible figura hablaba desde la penumbra como la sacerdotisa de algún culto ancestral, llena de autoridad y de sabiduría. Sally sintió unas ganas terribles de volver a llorar.

Se levantó.

–Gracias por sus explicaciones, Madame Chang –dijo ella–. ¿Estoy... estoy en peligro por culpa de la droga? Aho­ra que la he inhalado una vez, ¿me creará adicción?

–La ha probado dos veces, señorita Lockhart –dijo la mujer–. Si está en peligro, no es por la droga, aunque aho­ra tenga el opio en su cuerpo. Le ha desvelado algo que no sabía; quizá deseará otra vez el opio, pero no será por su adicción, sino por lo que le puede mostrar.

Madame Chang hizo una reverencia para despedirse y Frederick se levantó y le tendió un brazo a la chica, mien­tras empezaba a dirigirse hacia la puerta. Sally, que aún es­taba mareada, se agarró a él y, después de despedirse, se fueron.

En el exterior ya casi era de noche. El aire fresco le sen­tó muy bien a Sally, que respiraba profundamente sintien­do verdadero alivio, y pronto notó que el dolor de cabeza se desvanecía ligeramente.

Antes de que se dieran cuenta ya estaban en Commer­cial Road, en medio del bullicio... El tráfico, las farolas de gas, los escaparates iluminados hicieron que el fumadero de opio pareciese un sueño.

Pero ella aún temblaba y su cuerpo estaba completamente empapado de sudor.

–Cuéntamelo –dijo Frederick.

Desde que habían salido del fumadero, Garland había permanecido en silencio; parecía que supiese que ella lo necesitaba. «Puedo confiar en él», pensó Sally. Y por esa razón se lo contó todo.

–Pero Frederick, lo peor de todo fue... –dijo vacilante.

–Tranquila. Ahora estás a salvo. Pero ¿qué fue lo peor de todo?

–El hombre que hablaba. Había oído su voz en mis sue­ños muchas veces, pero hoy la he reconocido. Era el co­mandante Marchbanks; y el hombre que me miraba, Fre­derick, ¡era mi padre! ¡No lo entiendo! ¿Qué significa?