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Los cuatro hombres justos - Edgar Wallace

La codicia de Billy Marks

—¡Maldito imbécil! ¡Idiota del infierno! —tronó el detective, asiendo a Billy por el cuello de la camisa y zarandeándolo como a una rata—. ¿Te atreves a decirme que tuviste a uno de los Cuatro Hombres Justos en tus manos y ni siquiera te tomaste la molestia de mirarlo?

—¡Déjeme en paz! —gritó en tono de desafío—. ¿Cómo podía saber que era uno de los Cuatro Hombres Justos, y cómo sabe usted que lo era? —añadió, con un mohín de astucia. Su mente estaba entrando rápidamente en acción. Veía en esta asombrosa declaración del detective una ocasión de hacer fortuna a costa de la situación que minutos antes considerara singularmente desdichada.

—Lo cierto es que los vi de refilón —murmuró—. Ellos…

—¿Los viste? ¿A ellos? —dijo al instante Falmouth—. ¿Cuántos eran?

—Eso no importa —dijo Billy poniendo cara larga. Sentía la fuerza de su posición.

—Billy —le amonestó el detective gravemente—. Hablo en serio. Si sabes algo tendrás que decírnoslo.

—¡Ajajá! —exclamó el prisionero en tono desafiante—. Conque ¿tendré que decirlo, eh? Bien, conozco la ley tan bien como usted… No puede obligar a hablar a un fulano si este no quiere… No puede…

Falmouth hizo señas a los otros policías para que se retirasen, y, cuando ni él ni Billy podían ser escuchados por aquellos, susurró:

—Harry Moss salió la semana pasada.

Billy enrojeció y bajó la mirada.

—No conozco a ningún Harry Moss —musitó cínicamente.

—Harry Moss salió la semana pasada —repitió Falmouth con sequedad—, después de cumplir tres años por robo con escalo…, tres años y diez azotes.

—No sé nada de eso —dijo Billy Marks, siguiendo en sus trece.

—Logró huir y la policía no dio con su pista —prosiguió el superintendente, sin apiadarse de su oyente—, y no hubieran podido echarle el guante a no ser…, a no ser por «una información recibida». Gracias a esto lo sacaron una noche de su cama, en Leman Street.

Billy se pasó la lengua por sus resecos labios, pero no habló.

—A Harry Moss le gustaría mucho saber a quién le debe esos tres años… y los diez latigazos. Los hombres que han probado el gato tienen una gran memoria, Billy.

—¡Esto no es jugar limpio, señor Falmouth! —exclamó el ratero con voz gruesa—. Yo…, yo estaba sin blanca…, y Harry Moss no era comparsa mío…, y la poli quería saber si…

—Y la poli también quiere saber cosas ahora —le cortó Falmouth.

Billy Marks tardó unos momentos en decidirse.

—Le diré todo lo que hay que decir —concedió al fin, y se aclaró la garganta. El superintendente lo detuvo con la mano.

—Aquí no —llamó al sargento de servicio—. Sargento, deje libre a Billy Marks, bajo mi responsabilidad.

El humorismo de la situación no se le escapó a Billy, que desplegó una amplia sonrisa ovejuna, recobrando sus ánimos.

—La primera vez que la poli responde por mí —observó.

El automóvil condujo al superintendente y a Billy a Scotland Yard, y ya en el despacho del primero, el ratero se dispuso a descargarse de culpas.

—Antes de empezar —dijo Falmouth—, quiero advertirte que debes ser lo más conciso posible. Cada minuto es precioso.

Billy contó su historia. A pesar de la advertencia, hubo florilegios, que el superintendente se vio obligado a escuchar pacientemente.

Al fin, el carterista llegó al punto álgido de la narración.

—Eran dos, uno alto y otro menos alto. Oí que uno decía: «Mi querido George…». Esto lo dijo el pequeño, el mismo a quien le quité el «tictac» y la libreta. —De repente preguntó—: ¿Había algo en la libreta?

—Continúa.

—Bien —siguió Billy—, los seguí hasta el final de la calle, y estaban esperando poder cruzar hacia Charing Cross Road cuando me hice con el reloj, ¿comprende?

—¿Qué hora era?

—Las diez y media…, aunque también podían ser las once.

—¿No les viste las caras?

El ladrón negó enfáticamente con la cabeza.

—Que no pueda nunca levantarme de esta silla si miento, señor Falmouth. No les vi la cara.

El superintendente se incorporó suspirando.

—Temo que no me has ayudado mucho, Billy —murmuró pesarosamente—. ¿Notaste si llevaban barba, o si estaban bien afeitados, o si…?

—Podría decirle una mentira fácilmente, señor Falmouth —interrumpió Billy con sinceridad—, y podría fabricar un cuento con el que usted picaría, pero me estoy portando como un caballero con usted.

El detective, reconociendo la sinceridad del otro, asintió.

—Has hecho lo que has podido, Billy —concedió—. Te diré lo que vas a hacer. Tú eres la única persona del mundo que ha visto a alguno de los Cuatro Hombres Justos… y vives para poder contarlo. Ahora bien, aunque no recuerdes su rostro, tal vez si volvieses a ver por la calle a tu víctima la reconocerías. Puede haber algún detalle en su andar, algún modo especial de llevar las manos…, algo, en fin, que no puedes recordar ahora, pero que reconocerías si volvieras a verlo. Por consiguiente, aceptaré la responsabilidad de dejarte en libertad hasta pasado mañana. Quiero que encuentres al hombre a quien robaste. Aquí tiene un soberano. Vete a casa, duerme un poco, sal a la calle cuanto antes y marcha hacia la zona céntrica, con los ojos muy abiertos —el superintendente se aproximó al escritorio y escribió unas palabras en una tarjeta—. Toma esto. Si ves al individuo o a su compañero, síguelos, muestra esta tarjeta al primer policía que veas, señálale el hombre y te acostarás mil libras más rico que cuando te levantaste.

Billy cogió la tarjeta.

—Si en algún momento me necesitas, aquí encontrarás a alguien que sabrá indicarte dónde estoy. Buenas noches —y Billy salió a la calle con la mente como un tiovivo y con una autorización policial escrita en una tarjeta de visita que guardaba en un bolsillo de su chaleco.

La mañana que iba a ser testigo de grandes acontecimientos amaneció clara y brillante sobre Londres. Manfred, que, en contra de su costumbre, había pasado la noche en el taller de Carnaby Street, contemplaba la aurora desde la azotea del edificio.

Yacía boca arriba, sobre una alfombra, con la cabeza recostada en sus manos. La aurora, con su luz blanca y despiadada, ponía al descubierto su enérgico rostro, arrugado y ojeroso. Las hebras blancas de su bien recortada barba quedaban acentuadas por aquella luz. Parecía fatigado y descorazonado, de un modo tan poco usual en él que González, que había subido por la trampilla unos minutos antes de salir el sol, estuvo tan próximo a alarmarse como su carácter flemático le permitía. Le tocó en un brazo y Manfred se sobresaltó.

—¿Qué sucede? —preguntó León suavemente.

La sonrisa y el movimiento de cabeza de Manfred no tranquilizaron a González.

—¿Es por Poiccart y el ladrón?

—Sí —asintió Manfred. Y añadió—: ¿Has sentido en alguno de nuestros casos anteriores la misma sensación que en este?

Hablaban en tono próximo al susurro. González tendió la mirada al frente, pensativamente.

—Sí —admitió—, una vez… En el caso de la mujer de Varsovia. Recuerda cuán fácil parecía todo, y cómo una circunstancia tras otra fue embrollando los hechos…, hasta que comencé a sentir la sensación, al igual que ahora, de que fracasaríamos.

—¡No, no, no! —exclamó Manfred ferozmente—. ¡No hay que hablar de fracaso, León, ni pensar en ello tampoco!

Se arrastró hacia la trampa y descendió al corredor, seguido de León.

—¿Y Terrí? —inquirió.

—Duerme.

Se disponían a entrar en el estudio, y Manfred tenía ya la mano en el pomo de la puerta, cuando sonaron unas pisadas en la planta baja.

—¿Quién hay ahí? —gritó Manfred, y un silbido suave les hizo bajar las escaleras como relámpagos.

—¡Poiccart! —exclamó Manfred.

En efecto, era Poiccart, sin afeitar, sucio y alicaído.

—¡Habla! —le urgió Manfred, con rudeza casi brutal.

—Vamos arriba —dijo Poiccart secamente.

Ascendieron la polvorienta escalera, y no pronunciaron ni una palabra hasta llegar a la salita de estar.

Entonces habló Poiccart.

—Hasta las estrellas en su curso luchan contra nosotros —comenzó, dejándose caer en el único asiento cómodo de la estancia y arrojando el sombrero a un rincón—. El tipo que me robó la libreta ha sido arrestado. Es un delincuente bastante conocido, un descuidero habitual, y por desgracia estaba anoche bajo vigilancia. Hallaron la libreta en su poder, y no hubiese ocurrido nada a no ser por un agente de policía de sagacidad poco acostumbrada, que asoció el contenido con nosotros.

»Cuando me separé de ti —miró a Manfred—, marché a casa, me cambié de ropa y me dirigí a Downing Street. Me mezclé entre los curiosos que se agrupaban ante la entrada de la residencia ministerial. Sabía que Falmouth estaba allí, de modo que tenía la seguridad de que si efectuaba algún descubrimiento lo comunicarían inmediatamente a Downing Street. Por otra parte, estaba prácticamente seguro de que mi ladrón era un carterista vulgar y que si teníamos algo que temer se debería solamente a su arresto. Mientras estaba allí, llegó un coche, del que se apeó un individuo con muestras de gran excitación. Era obviamente un policía. Apenas había tenido yo el tiempo justo para parar un coche de punto, cuando salieron a toda prisa Falmouth y el recién llegado. Los seguí en el coche lo más deprisa posible, aunque sin despertar la curiosidad del conductor. Naturalmente, permití que nos llevaran bastante delantera, pero su destino era tan claro como la luz. Despedí el coche en la esquina de la calle donde está la comisaría, y unos pasos más allá, tal como esperaba, el automóvil de Falmouth estaba aparcado frente a la entrada.

»Conseguí echar un fugaz vistazo a la sala de declaraciones, y a pesar de que temía que llevaran a cabo el interrogatorio en una celda, tuve la gran suerte de que hubieran elegido aquella sala. Vi a Falmouth, al policía y al prisionero. Este es un tipo de rostro depravado, mentón largo y mirada huidiza… No, no, León, no me preguntes por su fisonomía ahora… El vistazo que eché tuvo solamente propósitos fotográficos… Deseaba poder reconocerlo en cualquier otra ocasión.

»En aquella fracción de segundo capté la ira de Falmouth y la expresión retadora del ladrón, y comprendí que no podría reconocernos.

—Ah… —suspiró Manfred, aliviado, lo que marcó una pausa en el discurso de Poiccart.

—De todos modos, quise asegurarme —prosiguió aquel unos instantes después—. Retrocedí sobre mis pasos. De repente, oí a mis espaldas el zumbido del auto, que se adelantó. Distinguí a Falmouth y al ladrón, y supuse que se lo llevaban a Scotland Yard.

»Me pareció conveniente volver a mi vez a Scotland Yard; sentí curiosidad por saber qué intentaba hacer la policía con su nuevo recluta. Me aposté en un lugar desde donde podía divisar la entrada de la calle, y aguardé. Un rato después el ratero salió solo. Su andar era ligero y decidido. Un vistazo que capté de su semblante me reveló una extraña mezcla de perplejidad y júbilo. Torció por el Embankment y lo seguí de cerca.

—Corrías el peligro de que la policía le siguiese a él —observó González.

—En cuanto a eso, me sentía perfectamente tranquilo —replicó Poiccart—. Hice una inspección muy cuidadosa antes de actuar. Al parecer, la policía se contentó con dejarlo vagar libremente. Cuando llegó a la escalinata del Temple, se detuvo y miró con indecisión a derecha e izquierda, como si no estuviese muy seguro de lo que debía hacer. En aquel momento me aproximé, pasé por su lado y seguidamente di media vuelta, hurgándome los bolsillos.

»—¿Sería tan amable de darme fuego? —pedí.

»Fue muy afable. Sacó una caja de cerillas y me la ofreció.

»Saqué una, las rasqué y encendí mi cigarro, sosteniendo la cerilla en tal posición que él pudiera verme el rostro a la luz de la llama.

—Una medida prudente —comentó Manfred con gravedad.

—También yo pude ver su cara, y con el rabillo del ojo observé cómo examinaba mis facciones una a una. Sin embargo, no dio señal alguna de haberme reconocido y empecé a hablar con él. Permanecimos allí unos momentos y luego, como por mutuo acuerdo, echamos a andar en dirección a Blackfriars y atravesamos el puente, charlando de modo intrascendente sobre la pobreza general, el tiempo y las noticias de la prensa. Al otro lado del puente hay un tenderete donde sirven café. Decidí entonces dar mi siguiente paso. Le invité a un café, y cuando nos pusieron delante las tazas, puse un soberano sobre el mostrador. El dueño del negocio sacudió la cabeza y alegó que no tenía cambio.

»—¿No tendrá cambio su amigo? —preguntó.

»Fue entonces cuando la vanidad del ladronzuelo me reveló lo que yo quería saber. Sacó del bolsillo, con aire indiferente…, un soberano.

»—Es todo lo que llevo —dijo con voz cansina.

»Encontré en mis bolsillos unas monedas de cobre y pagué. Necesitaba pensar con rapidez. Aquel individuo había dicho algo a la policía, algo que valía un soberano… ¿Qué era? No podía ser una descripción de nosotros, puesto que me habría reconocido cuando encendí el cigarro, o, al menos, estando allí, bajo la luz de la improvisada cafetería. Y, de repente, un frío temor me asaltó. Quizá me había reconocido y, con su astucia de pícaro, me estaba entreteniendo hasta poder conseguir la ayuda de un agente.

Poiccart hizo una pausa momentánea y sacó del bolsillo una ampolla, que puso con cuidado sobre la mesa.

—Estuvo más cerca de la muerte que en ningún otro momento de su vida —prosiguió calmosamente—, pero en cierto modo mis sospechas se desvanecieron. Durante nuestro paseo habíamos pasado por delante de tres policías, y él no había aprovechado esta oportunidad.

»Se tomó el café y dijo:

»—Debo ir yendo ya para casa.

»—¿Tan pronto? —exclamé sonriendo; luego añadí—: En realidad, también yo debería estar de regreso para casa. Mañana me espera mucho trabajo.

»Me miró de reojo.

»—También a mí —afirmó sonriendo—, aunque no sé si podré hacerlo.

»Habíamos dejado el tenderete y en aquel momento estábamos parados bajo un farol, en la esquina de la calle.

»Sabía que sólo disponía de unos instantes para obtener la información que necesitaba… de manera que obré con osadía, yendo directamente al grano.

»—¿Qué le parecen esos Cuatro Hombres Justos? —le pregunté, en el preciso momento en que se disponía a marcharse. Dio media vuelta inmediatamente.

»—¿Y usted qué opina de ellos? —inquirió a su vez.

»A partir de aquí, poco a poco, fui entrelazando la conversación hasta llegar al tema de la identidad de los Cuatro. Él estaba ansioso por hablar de ellos y por saber lo que yo pensaba, pero lo que más le interesaba era la cuestión de la recompensa. Sí, esto le absorbía, y de repente se inclinó hacia mí, y, dándome unos golpecitos en el pecho con su sucio índice, empezó a establecer hipótesis.

Poiccart se echó a reír…, pero su carcajada terminó con un soñoliento bostezo.

—Ya conocéis esa clase de preguntas —agregó—, y sabéis cuán ingenuos son los iletrados cuando tratan de disimular su identidad por medio de elaboradas hipótesis. Bien, he aquí la historia. Él (se llama Billy Marks) cree que podría llegar a reconocer a uno de nosotros por un azar de la memoria. Para posibilitarle hacer esto lo han dejado en libertad provisional…, y hoy tendrá que explorar Londres, según dijo.

—Pues tendrá un día muy ajetreado —rió Manfred.

—Exacto —asintió Poiccart—, pero oíd el resto. Nos separamos y me encaminé hacia el oeste, completamente tranquilo por lo que a nuestra seguridad respecta. Fui hasta el mercado de Covent Garden, pues ya sabéis que ese es uno de los sitios de Londres donde puede ser uno visto a las cuatro de la mañana sin despertar sospechas.

»Estaba dando una vuelta por el mercado, observando ociosamente el bullicio que reina en él a aquellas horas, cuando, por alguna causa que no sé explicar, giré repentinamente sobre mis talones ¡y me hallé frente a frente con Billy Marks! Sonrió ovejunamente y me saludó con la cabeza. Sin esperar a que le preguntara las razones de su presencia allí, empezó a explicármelas.

»Acepté sus razones sin más, y por segunda vez le invité a café. Al principio vaciló, mas después aceptó. Cuando nos hubieron servido el café, apartó su taza de mí lo más lejos posible, y entonces comprendí que me había equivocado con el señor Marks, que había subestimado su inteligencia, que todo el tiempo que estuvo explayándose conmigo me estuvo reconociendo, y que había hecho todo lo posible para ahuyentar mis sospechas.

—¿Pero por qué…? —empezó Manfred.

—Eso es lo que me pregunté —le interrumpió Poiccart—. ¿Por qué no hizo que me arrestasen? —Se volvió hacia León, que escuchaba en silencio—. Dinos tú, León, ¿por qué?

—La explicación es simple —respondió González pausadamente—. ¿Por qué nos traicionó Terrí?… Codicia, la segunda fuerza más poderosa de la civilización. Duda algo de la recompensa. Tal vez no se fía de la palabra de la policía…, como es frecuente entre delincuentes. Quizá desee tener testigos —León se dirigió a la pared, donde estaba colgado su abrigo. Se lo abrochó pensativamente, se pasó una mano por la suave barbilla, y se metió en un bolsillo la ampolla que estaba sobre la mesa—. Supongo que le habrás dado esquinazo…

Poiccart asintió.

—¿Dónde vive?

—En el 700 de Red Cross Street, en el Borough. Es una pensión barata.

León cogió un lápiz de la mesa y esbozó rápidamente una cara sobre el margen de un periódico.

—¿Se le parece? —preguntó.

—Sí, mucho —asintió, sorprendido—. ¿Lo conoces?

—No —negó León con ligereza—; para tal hombre, tal rostro.

Se detuvo en el umbral.

—Creo que es necesario —en sus palabras había una nota interrogativa, dirigida principalmente a Manfred, que, cruzados los brazos y fruncido el ceño, miraba fijamente el suelo.

Por toda respuesta, Manfred extendió su apretado puño.

León vio el pulgar hacia abajo y salió de la habitación.

Billy Marks se hallaba en un dilema. Por medio del truco más ingenuo del mundo, su presa se le había escurrido de entre los dedos. Cuando Poiccart, deteniéndose ante las pulimentadas puertas del hotel más lujoso de Londres, hasta donde habían llegado, observó casualmente que tardaría sólo un segundo y desapareció por el vestíbulo, Billy se quedó anonadado. No estaba preparado para aquella contingencia. Había seguido al sospechoso desde Blackfriars; estaba casi seguro de que se trataba del individuo al que había desvalijado. Hubiera podido, de haberlo deseado, llamar al primer agente que vio para que arrestase a su presa; pero las sospechas del ladrón, el miedo a tener que compartir la recompensa con el agente que le ayudase, le hicieron contenerse. Y además, podría no tratarse del mismo individuo, decíase Billy para sus adentros, y no obstante…

Poiccart era un químico; un individuo que encontraba su gozo en precipitados malsanos; que mezclaba pestilentes compuestos; que destilaba, filtraba, carbonataba, oxidaba y hacía toda guisa de operaciones en aparatos de cristal, con los productos vegetales, animales y minerales de la Tierra.

Billy había salido de Scotland Yard en busca de un hombre que tenía una mano descolorida. Sí, de haber temido menos la traición de la policía, hubiese puesto en manos de esta una marca de identificación altamente valiosa.

Parece una excusa muy pobre alegar en favor de Billy que fue solo su codicia lo que le frenó cuando se halló frente a frente del hombre que buscaba. Y, sin embargo, así fue. Además, existía una operación de multiplicar muy sencilla. Si un Hombre Justo valía mil libras, ¿cuál era el valor comercial de cuatro? Billy era un ladrón con cabeza para los negocios. En su trabajo diario no producía desperdicios. No era un conservador que se conformase con un solo ramo de su profesión. Lo mismo pescaba un reloj, que limpiaba una caja registradora, o pasaba florines falsos.

Era una mariposa del crimen, revoloteando de una flor ilícita a otra, y no desdeñaba figurar como el «X» de alguna «información recibida».

Por eso, cuando Poiccart desapareció por detrás de las magníficas puertas del Royal Hotel, en Northumberland Avenue, Billy se quedó perplejo. Comprendió en un santiamén que su cautivo había entrado en un lugar adonde él no podía seguirlo sin poner sus cartas boca arriba, y que, si no ponía el remedio, existían muchas probabilidades de que su presa hubiese desaparecido para siempre.

Miró arriba y abajo de la calle. No había ningún policía a la vista. En el vestíbulo, un mozo en mangas de camisa estaba frotando los bronces. Era aún muy temprano; las calles estaban desiertas, y Billy, tras unos momentos de vacilación, dio un paso que jamás hubiese dado a una hora más convencional.

Empujó las puertas de vaivén y pasó al vestíbulo. El mozo lo miró, favoreciéndolo con un suspicaz fruncimiento.

—¿Qué quiere? —preguntó, desaprobando con la mirada el raído abrigo del visitante.

—Escucha, colega… —empezó Billy en su tono más conciliador.

Fue entonces cuando el musculoso brazo derecho del mozo lo asió por el cuello del abrigo, y Billy se vio dando trompicones en la calle.

—Fuera…, largo de aquí —ordenó el mozo con firmeza.

Fue necesario este desaire para engendrar en Billy la energía precisa. Se alisó el encarrujado abrigo, sacó del bolsillo la tarjeta firmada por Falmouth y volvió a la carga con dignidad.

—Soy policía —anunció, adoptando el aire que conocía tan bien—, y ¡mucho cuidado, joven, con interferirse en mi labor!

El mozo cogió la tarjeta y la examinó a conciencia.

—¿Qué desea? —preguntó en tono más cívico. Hubiera añadido «señor» si la palabra no se le hubiese atascado en la garganta. Si el recién llegado era un detective, pensó, el disfraz era perfecto.

—Necesito al caballero que entró antes de mí —dijo Billy.

El mozo se rascó la cabeza.

—¿Cuál es el número de su habitación?

—No importa el número de su habitación —gruñó Billy rápidamente—. ¿Hay alguna salida trasera en este hotel…, alguna salida que pueda utilizar un individuo? Sin contar la entrada principal.

—Una media docena.

Billy dejó oír un gemido ahogado.

—¿Puede mostrarme una?

El mozo le precedió fuera del vestíbulo. Una de las entradas de servicio daba a un callejón, y allí un barrendero dio a Billy la información temida. Cinco minutos antes, un hombre que respondía a la descripción dada por el ratero había salido, doblando hacia el Strand, y, luego de tomar un coche de punto, se había alejado en el mismo.

Chasqueado, y con la añadida amargura de saber que de haber actuado con más osadía se hubiera asegurado, al menos, una participación en las mil libras, caminó hasta el Embankment, maldiciendo el desatino que le había inducido a desaprovechar la fortuna que había estado a su alcance. Con las manos hundidas en los bolsillos, recorrió la agotadora longitud de los muelles del Támesis, repasando una y otra vez los incidentes de la noche, mascullando constantemente una espeluznante maldición de su error. Había transcurrido una hora desde que Poiccart le diera esquinazo, cuando se le ocurrió que todo no estaba perdido. Tenía su descripción, había examinado su cara, rasgo a rasgo, y esto ya era algo. Más aún, pensó que si detenían a aquel individuo gracias a su descripción, todavía podría reclamar la recompensa…, o parte de ella. No se atrevía a presentarse a Falmouth con la historia de que toda la noche había estado en compañía del hombre en cuestión sin haberlo hecho arrestar. Falmouth no se lo creería, y además resultaba excesivamente casual que hubiese llegado a conversar con él.

Esta última idea asaltaba por primera vez la mente de Billy. ¿Por qué extraña casualidad se había encontrado con aquel hombre? ¿Era posible, y este pensamiento aterró a Billy Marks, que el individuo al que había robado le hubiese reconocido a él y que deliberadamente lo hubiese buscado con la intención de matarlo?

Un frío sudor corrió por la estrecha frente del ladrón. Esos tipos eran asesinos, crueles y despiadados asesinos. ¿Y si…?

Abandonó la contemplación de unas posibilidades tan poco gratas para fijarse en un hombre que cruzaba la calzada en dirección hacia él. Lo contempló con expresión titubeante. El que se le acercaba era un individuo de apariencia joven, bien afeitado, con facciones afiladas e implacables ojos azules. Cuando estuvo más cerca, Billy se dio cuenta de que su primera impresión había sido engañosa; aquel hombre no era tan joven como parecía. Le calculó unos cuarenta años. Se le acercó haciéndole una seña para que se detuviese, pues Billy comenzaba a alejarse.

—¿Te llamas Marks? —preguntó el desconocido en tono autoritario.

—Sí, señor —admitió el ladrón.

—¿Has visto al señor Falmouth?

—No, desde anoche —contestó Billy, sorprendido.

—Entonces, tienes que ir a verlo en seguida.

—¿Dónde está?

—En la comisaría de Kensington. Han arrestado a un tipo y quiere que tú lo identifiques.

El corazón de Billy dio un salto.

—¿Me darán alguna recompensa? —quiso saber—. En caso de que lo reconozca, claro.

El otro asintió y Billy recobró sus esperanzas.

—Debes seguirme —añadió el desconocido—, pero a cierta distancia. El señor Falmouth no quiere que nos vean juntos. Saca un billete de primera clase para Kensington y entra en el compartimiento siguiente al mío… Vamos.

Se dio media vuelta y atravesó la calzada en dirección a Charing Cross. Billy lo siguió a distancia.

Encontró al desconocido paseando por el andén, y no dio muestras de reconocerlo. Llegó un tren y el ladrón siguió al otro por entre el enjambre de obreros que estaban apeándose. Su guía entró en un vagón de primera clase, vacío, y él, obedeciendo las instrucciones, penetró en el compartimiento contiguo al elegido por el otro.

Entre Charing Cross y Westminster, Billy tuvo tiempo de estudiar su situación. Entre Westminster y St. James Park, planeó las excusas que le daría al superintendente; entre el Park y Victoria, completó su justificación para reclamar una parte de la recompensa. Después, cuando el tren penetró en el túnel, iniciando el recorrido de cinco minutos hasta Sloane Square, Billy notó una corriente de aire, y al volver la cabeza vio al desconocido asomado a su compartimiento, cuya puerta mantenía semiabierta.

Billy se sobresaltó.

—Levanta el cristal de esa ventanilla —ordenó el hombre, y Billy, hipnotizado por el imperio de aquella voz, obedeció. En aquel instante oyó una rotura de cristales. Se volvió, emitiendo un colérico gruñido.

—¿Qué juego es este? —exigió.

Por toda respuesta, el desconocido giró retrocediendo de un salto y desapareció cerrando suavemente la puerta.

—¿Qué juego es este? —repitió Billy con voz adormilada.

Miró al suelo y vio una ampolla rota a sus pies. Junto a los cristales yacía un reluciente soberano. Lo contempló estúpidamente durante un instante, y después, justamente cuando el tranvía llegaba a la estación de Sloane Square, se agachó para recogerlo…


Los hombres regresan - Jack Vance

El remanente descendió furtivo la escarpada cuesta. Era una criatura flaca y vacilante, de ojos torturados. Se movía en una serie de rápidos desplazamientos, ocultándose tras paneles de aire negro. Corría cada vez que una sombra pasaba, y a veces se arrastraba a cuatro patas con la cabeza junto al suelo. Al llegar a las últimas rocas, contempló la llanura.

Se elevaban a lo lejos unas sierras bajas que se confundían con el cielo, pálido y lechoso como vidrio opalino. La llanura se des­plegaba como pana raída, arrugada y verdinegra, salpicada de ocre y herrumbre. Un surtidor de roca líquida se elevaba a gran altura, abriéndose arriba en ramificaciones de coral negro. A cierta dis­tancia, una familia de objetos grises evolucionaba con la ilusión de una finalidad prevista; las esferas se fundían en pirámides, se con­vertían en domos, en manojos de espirales blancas, en agujas que pinchaban el cielo y, como tour de force final, en complejos mo­saicos.

Al remanente nada de eso le importaba. Necesitaba alimento y en la llanura había plantas. A falta de algo mejor, eso sería sufi­ciente. Crecían en el suelo, o a veces en los bloques de agua suspen­didos o en el corazón del duro gas negro. Había macizos de indómi­tos espinos, bulbos verde pálido, plantas de hojas pegajosas y oscu­ras, tallos con flores retorcidas. No había especies definidas, y el remanente no tenía forma de saber si las hojas y vástagos que había comido el día anterior no serían hoy venenosos.

Probó con el pie el suelo de la llanura. La superficie cristalina, aunque asimismo parecía hecha de pirámides rojas y gris verdoso, sostuvo su peso, y luego de pronto absorbió su pie. Luchó frenética­mente por liberarse, saltó hacia atrás y permaneció agazapado en la roca, sólida por el momento.

El hambre le irritaba el estómago. Debía comer. Contempló la llanura; no muy lejos, un par de organismos jugueteaban. Se desli­zaban, se zambullían, danzaban, adoptaban asombrosas poses ex­travagantes. Si se acercaban trataría de matar a uno. Se parecían a los hombres; debían constituir por lo tanto un buen alimento.

Esperó. ¿Largo tiempo? ¿Poco tiempo? La duración no tenía realidad cuantitativa ni cualitativa. El sol había desaparecido; no había un ciclo recurrente regular. «Tiempo» era una palabra vacía de sentido.

Las cosas no habían sido siempre así. El remanente conservaba algunos jirones de memoria de los antiguos tiempos, antes que la lógica y la sistematización se hicieran obsoletas. El hombre había dominado la Tierra en virtud de un supuesto esencial: que un efecto se debía a una causa, la cual era a su vez efecto de una causa an­terior.

La manipulación de esa ley básica había dado abundantes re­sultados, y no parecía necesaria ninguna otra herramienta o instru­mento. El hombre se felicitaba por su estructura de amplias posibi­lidades. Podía vivir en desiertos, llanuras o entre el hielo, en bos­ques o ciudades; la naturaleza no lo había conformado para un am­biente determinado. No tenía conciencia de cuán vulnerable era. La lógica era ese ambiente determinado; el cerebro, su herra­mienta específica.

Y entonces llegó la hora terrible en que la Tierra entró en un período de no-causalidad, y todas las ordenadas relaciones de causa y efecto se disolvieron. El instrumento específico resultaba ahora inútil; no podía asir la realidad. De los miles de millones de hom­bres, sólo unos pocos sobrevivieron: los dementes. Eran ahora los organismos, los señores de la época. Sus incoherencias eran tan exactamente equivalentes a los caprichos del mundo que constituían una peculiar sabiduría salvaje. O quizá la desorganizada materia del mundo, liberada de las viejas exigencias, se había vuelto sensible a la psicoquinesis.

Otro puñado de seres —los remanentes— habían logrado subsis­tir, aunque sólo gracias a un crítico conjunto de circunstancias. Eran los mejor dotados del viejo dinamismo causal, y habían con­servado el suficiente para controlar el metabolismo de sus cuerpos, y sólo eso. Se extinguían con rapidez, porque la cordura no ofrecía la menor posibilidad de manipular el entorno. A veces sus propias mentes farfullaban y erraban, y se lanzaban en pleno delirio a correr por la llanura.

Los organismos observaban sin sorpresa ni curiosidad. ¿Qué sentido tenía la sorpresa? Los locos remanentes podían situarse junto a un organismo y tratar de duplicar la existencia de la criatura. El organismo comía un trozo de planta; lo mismo hacía el rema­nente. El organismo se frotaba el pie con agua triturada, y el rema­nente le imitaba. Luego el remanente moría envenenado, o con las entrañas deshechas o de lesiones en la piel, mientras el organismo se tendía a descansar en la hierba negra y húmeda. O bien el orga­nismo podía intentar devorar al remanente, y éste corría aterrori­zado, incapaz de hallar un refugio en parte alguna, saltando y empu­jando con el pecho el denso aire hasta caer al fin en un lago de hierro, o en una bolsa de vacío, donde se debatía como una mosca en una botella.

En la actualidad, los remanentes eran muy pocos. Finn, el que contemplaba la llanura agazapado en la roca, vivía con otros cuatro. Dos eran hombres ancianos y pronto morirían. Y Finn también mo­riría si no encontraba alimento.

En la llanura, Alfa, uno de los organismos, se sentó, recogió un puñado de aire, una bola de líquido azul, una roca, los amasó, estiró la mezcla como una melcocha y le dio un vigoroso impulso con una mano; se extendió como una cuerda.

El remanente se agachó más. No había forma de saber qué diabólica idea se le había ocurrido a la criatura; era impredecible, él y todos los suyos. A Finn le agradaba comer su carne, pero también ellos podían devorarle, si tenían una buena oportunidad. Y él se hallaba en gran desventaja. 

Sus actos azarosos le desconcertaban. Trató de escapar, corrió, y empezó el pánico. La dirección que se proponía seguir era rara vez la que le permitía la variable resistencia ofrecida por el suelo. El organismo se encontraba detrás, tan versátil y desinteresado como el ambiente. Las dos series de caprichos unas veces se anulaban entre sí, otras se sumaban. En el primer caso, Alfa podía apoderarse de él. Era algo inexplicable. Pero, ¿qué no lo era? La palabra «explicación» carecía de sentido.

Se movían hacía él. ¿Le habrían visto? Se aplastó contra la adusta roca amarilla. Los organismos se detuvieron no muy lejos. Podía oír los sonidos que emitían. Se quedó pegado al suelo, aque­jado por sus dos ansiedades en conflicto: el miedo y el hambre.

Alfa se arrodilló y a continuación se tendió sobre la espalda, con los brazos y las piernas abiertos. Dirigió al cielo una serie de gritos musicales sibilantes y de gemidos guturales. Se trataba de un lenguaje personal que acababa de improvisar, pero Beta lo com­prendía.

—Una visión —exclamó Alfa—. Veo más allá del cielo, círculos que giran, nudos. Se aprietan con fuerza, nunca será posible des­hacerlos.

Beta se encaramó sobre una pirámide y miró por encima de su hombro el cielo manchado.

—Una intuición —canturreó Alfa—, un cuadro de otro tiempo. Es duro, despiadado, inflexible.

Beta se irguió sobre la pirámide, planeó por la superficie crista­lina, nadó por debajo de Alfa, emergió y se tendió a su lado.

—Observa al remanente al pie de la colina —dijo Alfa—. En su sangre se conserva toda la vieja raza: los hombres de mentes estre­chas como hendiduras. Él ha exudado la intuición. Ese torpe ser desatina.

—Todos ellos han muerto —respondió Beta—, aunque tres o cuatro subsistan.

(Cuando pasado, presente y futuro son sólo ideas de otro tiem­po, como botes en un lago seco, no es posible definir el término de un proceso.)

Alfa dijo:

—Ésta es la visión: veo a los remanentes invadiendo la Tierra. Luego nos expulsan hacia ninguna parte, nos dispersan como mos­quitos en el viento. Eso es lo que nos aguarda.

Ambos permanecieron quietos, considerando la visión. Una roca, o quizás un meteoro, cayó del cielo y golpeó contra la superfi­cie de la laguna. Dejó un agujero redondo, que lentamente se cerró. De otro punto de la laguna saltó al aire una gota de fluido, que se alejó flotando.

Alfa habló:

—Otra vez. La intuición es más clara. Habrá luces en el cielo.

La fiebre murió en él. Enganchó un dedo en el aire y se izó hasta ponerse en pie.

Beta no se movía. Caracoles, hormigas, moscas, escarabajos trepaban sobre él, molestaban y se reproducían. Alfa sabía que Beta podía levantarse, alejar a los insectos, marcharse. Pero Beta prefería, aparentemente, la pasividad. Eso estaba bien. Podía pro­ducir, si lo deseaba, otro Beta, o incluso una docena. 

A veces el mundo quedaba atestado de organismos de todas clases y colores, altos como campanarios, bajos y rechonchos como floreros. A veces se ocultaban tranquilamente en profundas cavernas, y en ocasiones la variable sustancia de la tierra se desplazaba y uno, o treinta, quedaban encerrados en un capullo subterráneo. Todos se queda­ban sentados con gravedad, aguardando hasta que el suelo se abría y volvían a ver la luz, haciendo guiños, pálidos.

—Siento una carencia —dijo Alfa—. Me comeré al remanente.

Se movió y la pura casualidad le llevó junto a la roca amarilla. Finn se puso en pie, aterrado.

Alfa intentó comunicarse para que Finn se quedara quieto mien­tras él comía; pero Finn no podía captar las diversas tonalidades de la voz de Alfa. Recogió una piedra y se la arrojó. La piedra se pulve­rizó y regresó hacia la cara del remanente.

Alfa se acercó y extendió sus largos brazos. El remanente in­tentó darle un puntapié, pero perdió el equilibrio y se deslizó por la llanura. Alfa, complaciente, le siguió. Finn se arrastró, tratando de alejarse. Alfa se movió hacia la derecha; una dirección era tan buena como cualquier otra. Chocó con Beta y empezó a devorar a Beta y no a Finn. Éste vaciló, luego se acercó y empezó a meterse en la boca trozos de carne rosada.

Alfa le dijo al remanente:

—Estaba a punto de comunicarle una intuición al que nos esta­mos comiendo. Me comunicaré contigo.

Finn no podía comprender el lenguaje personal de Alfa. Comían tan de prisa como les era posible. Alfa continuó:

—Habrá luces en el cielo. Grandes luces.

Finn se puso de pie, y mirando cauteloso a Alfa, recogió las piernas de Beta y empezó a arrastrarlo hacia la colina. Alfa le miraba con desinterés.

Era una dura tarea para el escuálido Finn. A veces Beta flotaba en el aire, a veces se adhería al terreno, y por fin se sumergió en una veta de granito que se congeló alrededor del cuerpo. Finn trató de liberar a Beta, y de extraerlo haciendo palanca con un palo, pero sin éxito.

Corría de un lado a otro en una agonía de indecisión. Beta empezó a marchitarse, a desvanecerse como una medusa en la arena caliente. El remanente lo abandonó. ¡Demasiado tarde, demasiado tarde! Comida que se perdía. ¡El mundo era un lugar terriblemente frustrante!

Por el momento, tenía el estómago lleno. Volvió a lo alto del risco, al campamento donde los otros cuatro remanentes aguarda­ban, dos ancianos y dos hembras. Éstas, Gisa y Reak, habían salido a buscar alimentos, como Finn. Gisa había traído una losa de li­quen; Reak un trozo de carroña indefinible.

Los viejos, Boad y Tagart, estaban tranquilamente sentados, esperando la comida o la muerte. Las mujeres recibieron a Finn con hosquedad.

—¿Dónde está la comida que fuiste a buscar?

—Tenía un cuerpo entero. No lo he podido traer.

Boad había arrebatado con astucia la losa de liquen y se la había llevado a la boca. Pero de pronto el liquen volvió a la vida; se estremecía y exudaba un licor rojo. Era venenoso, y el anciano murió.

—Ahora tenemos comida —dijo Finn—. Comamos.

Pero el tóxico produjo putrefacción, el cadáver se cubrió de espuma azul y se alejó flotando. Las mujeres se volvieron hacia el otro anciano, que dijo con voz temblorosa:

—Pueden comerme si es preciso, pero, ¿por qué no eligen a Reak, que es más joven?

Reak, la más joven de las mujeres, mordisqueaba su trozo de carroña y no respondió. Finn dijo con voz hueca:

—¿Para qué nos preocupamos? La comida es cada vez más difí­cil de encontrar, y somos los últimos hombres.

—No, no —repuso Reak—. Hemos visto a otros junto al pro­montorio verde.

—Eso fue hace mucho —dijo Gisa—. Seguramente ya se habrán muerto.

—Quizás hayan encontrado alimento —sugirió Reak.

Finn se puso de pie y miró hacia la llanura.

—¿Quién sabe? Tal vez haya mejores tierras más allá del hori­zonte.

—No hay nada en ninguna parte sino desolación y criaturas ma­lignas —repuso Gisa.

—¿Qué puede ser peor que esto? —rebatió Finn.

Nadie encontró motivos para disentir.

—Esto es lo que yo propongo —comenzó Finn—. ¿Ven esa cumbre alta? Miren las capas de aire duro; golpean contra la mon­taña, rebotan, flotan y desaparecen al otro lado. Subamos, y cuando pase un gran bloque de aire, saltaremos sobre él para que nos lleve a las hermosas regiones que quizá se encuentran donde no alcanza la vista.

Hubo una discusión. El viejo Tagart alegó su debilidad; las mujeres se burlaron de las hermosas regiones que Finn imaginaba. Pero por fin, protestando, iniciaron el ascenso.

Les llevó largo tiempo. La obsidiana era blanda como jalea, y Tagart dijo repetidas veces que estaba en el límite de su resisten­cia. Pero continuaron y finalmente llegaron a la cúspide, donde apenas había lugar para todos. Miraron en todas direcciones: la mirada se perdía en el acuoso gris.

Las mujeres reñían y señalaban en distintas direcciones; pero había escasos vestigios de mejores territorios. En una dirección había sierras de color verde azulado que se estremecían como veji­gas llenas de aceite. En otra se veía una corriente negra: una hondo­nada, o un lago de arcilla. En otra aparecieron unas sierras de color verde azulado. Eran las mismas que habían visto al principio, sólo que había habido un desplazamiento. Debajo se hallaba la llanura, brillando como un coleóptero iridiscente, salpicada de puntos oscu­ros y aterciopelados que indicaban una dudosa vegetación.

Vieron organismos. Una docena de formas haraganeando entre las lagunas, masticando vainas vegetales, piedras pequeñas o insec­tos. Apareció Alfa. Se movía con lentitud, todavía asombrado por su visión, e ignoraba a los demás organismos, que continuaron con sus entretenimientos hasta que quedaron inmóviles, compartiendo su opresión.

En la cumbre de obsidiana, Finn se apoderó de un filamento de aire que pasaba, y lo sostuvo.

—Vamos —dijo—. Navegaremos hacia la tierra de la abundancia.

—No —protestó Gisa—. No hay sitio suficiente, y, ¿quién sabe si nos llevará en la dirección correcta?

—¿Cuál es la dirección correcta? —preguntó Finn—. ¿Alguien lo sabe?

Nadie lo sabía, pero las mujeres se negaban a subir al filamento. Finn se volvió hacia Tagart.

—Enséñales cómo se hace, anciano. Sube.

—No, no —repuso éste—. Me da miedo el aire, esto no es para mí.

—Sube, anciano, y te seguiremos.

Jadeante y temeroso, Tagart se aferró en la masa esponjosa hundiendo profundamente las manos, y se sentó con las flacas pier­nas colgando sobre la nada.

—¿Quién le sigue? —dijo Finn.

Las mujeres todavía se negaban.

—Ve tú mismo —exclamó Gisa.

—¿Y dejar aquí mi última garantía contra el hambre? ¡Arriba!

—No, el aire es demasiado pequeño. Deja que se vaya el an­ciano y le seguiremos en otro más grande.

—Está bien.

Finn soltó el filamento, que flotó sobre la llanura. Tagart, a horca­jadas, se sostenía con firmeza, luchando por su vida.

Le miraron con curiosidad.

—Miren —observó Finn—, qué fácil y rápidamente se mueve el aire, sobre los organismos, el lodo y la incertidumbre.

Pero el aire mismo era incierto. La balsa del anciano se disol­vió. Aferrando los mechones que se deshilachaban, Tagart intentó retener en parte su almohadón. Pero éste se desintegró y el hom­bre cayó.

Desde la cumbre los otros tres miraban la delgada forma que ale­teaba y se retorcía en su caída hacia el lejano suelo.

—Ahora ni siquiera nos queda carne —dijo Reak, furiosa.

—No —reconoció Gisa—. Excepto la de Finn el visionario.

Le examinaron. Entre ambas podían dominarle con facilidad.

—Tengan cuidado —exclamó Finn—. Soy el último hombre. Ustedes son mis mujeres y deben cumplir mis órdenes.

Ellas lo ignoraron, hablando en voz baja, mirándole de lado.

—¡No! —dijo Finn—. ¡Las despeñaré!

—Eso es lo que planeamos hacer contigo —repuso Gisa.

Ambas avanzaron con cautela.

—¡Basta! ¡Soy el último hombre!

—Estaremos mejor solas.

—¡Un momento! ¡Miren a los organismos!

Las mujeres miraron; los organismos se hallaban muy juntos, mirando al cielo.

—¡Miren el cielo!

Así lo hicieron; el cristal helado se resquebrajaba, se partía, caía en jirones a los lados.

—¡El azul! ¡El cielo azul de los viejos tiempos! Una luz terriblemente brillante hirió sus ojos. Los rayos calenta­ron sus desnudas espaldas.

—El sol —dijeron con voz atemorizada—. El sol ha vuelto a la Tierra.

El cielo lechoso había desaparecido. El sol flotaba orgulloso y brillante en un océano azul. El suelo se movía, se rompía, bullía, se solidificaba. Sintieron cómo la obsidiana se endurecía bajo sus pies; su color pasó al negro brillante. La Tierra, el Sol, la galaxia, aban­donaban la región de la libertad. Retornaba el tiempo anterior, con su lógica y sus restricciones.

—Ésta es la vieja Tierra —gritó Finn—. Somos los hombres de la vieja Tierra. ¡De nuevo el mundo es nuestro!

—¿Y qué será de los organismos?

—Si ésta es la antigua Tierra, será mejor que se cuiden...

Los organismos se hallaban en una pequeña elevación, junto a un arroyo que con gran rapidez se convertía en un río en medio de la llanura.

Alfa exclamó:

—¡Aquí está mi intuición! Es exactamente lo que vi. Se ha ido la libertad, vuelven la dureza y las exigencias.

—¿Cómo lucharemos contra ellas? —preguntó otro organismo.

—No es difícil —respondió un tercero—. Cada uno debe llevar a cabo una parte de la batalla. Yo me propongo lanzarme hacia el Sol y borrarlo de la existencia.

Se agachó y saltó; pero cayó de espaldas y se rompió el cuello.

—La culpa es del aire —dijo Alfa—, porque el aire rodea todas las cosas.

Seis organismos corrieron en busca del aire, cayeron al río y se ahogaron.

—De cualquier modo —continuó Alfa—, tengo hambre.

Buscó un alimento apropiado, y atrapó un insecto que le clavó su aguijón.

—Mi hambre no se ha aplacado —añadió.

Vio que Finn y las dos mujeres descendían de los riscos.

—Me comeré a uno de los remanentes —dijo—. Vengan, y coma­mos todos.

Tres de ellos avanzaron, como de costumbre, al azar. Por casua­lidad, Alfa se encontró frente a frente con Finn. Se preparó para comer, pero Finn alzó una piedra que siguió siendo una piedra, dura, aguda, pesada, y la dejó caer, complaciéndose con la acción de la inercia. Alfa murió con el cráneo roto. Otro de los organismos intentó saltar una profunda brecha de seis metros y desapareció en el abismo; los otros se sentaron y comieron piedras para saciar su hambre y empezaron a sufrir convulsiones.

Finn señaló distintos puntos de la nueva y fresca tierra.

—Allí estará la ciudad; será como las de las leyendas. Allí los campos y el ganado.

—No tenemos nada —protestó Gisa.

—No —respondió Finn—. Ahora no. Pero el sol sale y se pone otra vez; otra vez las piedras pesan y el aire es ligero; otra vez cae la lluvia y el agua fluye hacia el mar.

Pisó los organismos caídos.

—Hagamos planes.