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La soledad del escorpión - Jorge Velasco Mackenzie

Detrás del mar estaba el muelle y la colina; digo bien, porque el mar era lo que abandonábamos, junto a El Escorpión, anclado allí, entregado a los cargadores que entre risas y gritos subían grandes bultos a bordo. 

Habíamos navegado durante tres meses para llegar a esta isla. Situada en la mitad del golfo donde desembocaba un río, en cuyas riberas serpenteaban los manglares —más que manglares parecían tentáculos, ramas, retorciéndose, enredándose—, como la cabellera de una inmensa Medusa que sacaba la cabeza sobre las aguas oscuras.

El Cojo Marcial ya antes había estado aquí, fue él quien propuso venir. «Es burdel y despensa a la vez, la dueña cobra por igual libras de manteca y los puntos que hacen las muchachas, buen negocio, ¿no?», decía sonriendo, mostrando aquel fulgor horrendo de un diente de oro. 

Bajamos a tierra despacio; cuando uno navega por mucho tiempo pierde la prisa, todas las horas son lentas y los días se van sin apuro, estás como encerrado en una cárcel, sólo que en vez de rejas te encuentras rodeado de agua; lo digo yo, que he vivido esos dos encierros muchas veces.  

El Escorpión es un barco viejo que navega siempre por las mismas rutas: Panamá, Cartagena, a veces, si hay contrabando, la isla de San Andrés, Buenaventura y Guayaquil; es igual a esos insectos de los que tomó su nombre, nunca se aleja demasiado de su escondite, si lo hace es para matarse o matar. 

Puedo asegurar esto porque la única vez que avanzamos hasta Valparaíso, nos atacaron fuertes vientos terrales que estuvieron a punto de hacernos zozobrar, se desató una peste de viruela que diezmó a la tripulación, incluido el jefe de máquinas; por último, fuimos acusados de transportar armas para una guerrilla en no sé dónde y nos detuvieron cuarenta días en la cárcel del puerto. «Nunca de los nuncas», prometió el capitán y marcó en la carta de navegación, con tinta roja, esos únicos cinco puertos que El Escorpión tocaría.

Pronto empezamos a subir la colina; al hacerlo se me ocurrió voltearme para ver el mar desde lo alto: lucía ancho, como un mantón azul extendido hasta el horizonte. Hacia el frente aparecía marcada la línea del macizo andino de este país que sólo conocía en los mapas. 

Matías, como un práctico que conoce los accidentes del canal, iba delante de la tripulación; el capitán se había quedado en el muelle vigilando la carga. Al bajar vimos la tienda, primero el techo de zinc, después las grandes puertas abiertas por donde entraban mujeres y niños, todos descalzos. 

Al descubrirnos corrieron hacia nosotros, como si fuéramos los primeros seres vivos que vieran en mucho tiempo; caminaban saltando, felices junto a nosotros. Uno de los chicos se acercó a la trastienda y gritó hacia adentro: «¡El Escorpión, señora Tenia, llegó El Escorpión!».

¿Tenia? ¿Tentáculos? ¿Medusas? Todo parecía ir tomando sentido. Me quedé rezagado, tal vez deseando no haber venido. Una mujer alta y delgada apareció; no era mayor, pero tenía una sonrisa vieja dibujada en la cara. Matías se acercó y ella dijo para todos: «Mi nombre es Tania, pero ellos no pueden decirlo bien»; enseguida añadió dirigiéndose al chico: «Tania, ya te lo he dicho cien veces: Tania. Anda, ve a llamar a las muchachas». 

El chico salió corriendo, pero lo detuvo con un grito, casi imposible de creer que salía de ese cuerpo delgado: «¡Oye, no olvides llevar la sal!»; después, volviendo a hablarnos, dijo: «Vamos, señores, pasen, pasen, no hay escorpiones».

En alta mar, cuando no había nada que hacer, me ponía a pensar en la soledad de los escorpiones, en su temor a ser vistos, incluso por las madres a las que devoran al nacer. Pensaba que al salir del istmo de Panamá, rumbo a Cartagena de Indias, éramos uno de ellos abandonando la piedra debajo de la cual viven para avanzar por una pared mojada. 

El barco tenía el casco pintado de negro y en los amaneceres yo imaginaba que al dueño de la embarcación se le ocurrió llamarlo así para que todos le temieran, lo odiaran, porque nunca perdonan a nadie al inyectar su veneno, por vivir ocultos en el fondo de una vieja botella, en un rincón olvidado del mundo, o en el colchón gastado de un hotel de marineros.

El piso del burdel era de tierra, una tierra apisonada y húmeda que no levantaba polvo. Hacia un lado había algo así como un escenario de tablas bordeado de grandes caracoles. Las mesas de madera, igual que las sillas, estaban colocadas frente a ese lugar. Nos sentamos con cuidado para no caer y Tania se acercó; había cambiado su traje y lucía una especie de batón floreado con escote abierto, el pelo suspendido en un moño, también estaba descalza.

«A ver, mis hombres de mar, qué van a beber», dijo inclinándose para limpiar la mesa; el escote se abrió y pude ver sus senos casi planos, los pezones abiertos en una mancha oscura que ella no se preocupó en cubrir. 

«¡Bielas!», gritó Matías, «no se preocupe, tenemos completo el dinero de tres meses», explicó. Alamiro, el más joven de nosotros, dijo algo entre dientes y la mujer contestó: «No hay cuidado, ya vienen, es que tienen que dejar cocinado y barrer la casa, después vestirse y arreglarse, ya vienen, tranquilo...». 

«¿Cuáles casas?», debí haber preguntado yo, pero esta mujer que parecía adivinarlo todo indicó: «El poblado queda más abajo, detrás de la empalizada, no tardan». Se alejó caminando rápidamente. Siguiéndola con la mirada, pude ver el golpe de la luz del congelador iluminando su cara.

Con Alamiro ha venido Bribón, que es negro y no habla español, y el Tieso; le decimos así por su caminar muy erguido, como echado hacia atrás. El Tieso, alguna vez, en un bar de San Andrés, esperando que cesara un torrencial aguacero, me contó que se había embarcado porque en su tierra natal había matado a un hombre; ese hombre era su hermano. 

Empecé a preguntarme si los escorpiones machos se matan entre sí; mientras servían las botellas me dije que no, porque no los conocen, al nacer huyen; lo que ellos no soportan es ver esa figura horrenda donde se reflejan como en un espejo, por eso viven solos y mueren en solitario.

Soportando las bromas de Matías, la impaciencia de Alamiro, el silencio del Tieso y de Bribón, esperamos a las mujeres; la mesa se fue humedeciendo, marcada por los círculos de las botellas que bebíamos sin parar. 

Cuando llegaron me sorprendí: ninguna tenía facha de puta, eran simplemente unas dóciles madres de familia que pasaron de largo, rumbo a un cuarto posterior donde Tania las esperaba, y fueron entrando sin hablar; salían de allí transformadas, mostrando escotes profundos, como tajaduras de un pez espada, faldas cortas y deshilachadas, con los costados abiertos. 

Una de ellas, la más robusta, lucía un vestido rojo que tenía una randa transparente en el lugar del sexo y los pezones. Los labios ardían en bermellones sangrantes, los cabellos fueron reemplazados con viejas pelucas rubias; la única parte de sus cuerpos que no había sido tocada eran los pies, iban descalzas, como si jamás quisieran dejar de sentir la corteza dura de la tierra donde vivían. 

Cada una recibía sus instrucciones: «Oye, Ramira, ten más cuidado con el vestido, la otra vez lo quemaste», «Carmela, el que tiene que acabar es el cliente, no tú», «Fernanda, no chupes mucho, después te quedas dormida», «y tú, Algarrobo, debes moverte más en el baile, eso ayuda a excitarlos, a vender». 

Con las cabezas bajas se sentaron frente a nosotros las tres primeras, menos esa a la que llamó Algarrobo; ella caminó a la trastienda a encender el picó, la voz de Daniel Santos inundó el ambiente: «réntame un cuartito / en el hotel de tu alma / quiero estar cerquita / de tu corazoncito». Algarrobo era flaca, tal vez por eso le decían Algarrobo; rápidamente traspuso los caracoles y se ubicó en el centro de la pista, allí comenzó a bailar.

Bribón tenía los ojos muy abiertos y la miraba fijamente; las manos grandes, con las palmas arrugadas y amarillas, se apretaban con fuerza, como si temiera despertar de un sueño o alguna pesadilla. 

El negro era de algún lugar de la Martinica y lo recogimos en la zona del Canal, vagaba perdido sin tener voz para nadie, otro escorpión que ni siquiera sabía decir su nombre; le pusimos Bribón porque en una pelea repetía esa palabra cada vez que tiraba al suelo a algún contrincante, nunca supe qué quería decir y nadie quiso llamarlo de otra forma; le temíamos cuando se enojaba, como a los escorpiones reales, queríamos acabar con él antes de saber sus intenciones, lo inmovilizábamos entre todos y, después de amarrarlo, lo encerrábamos en la bodega para que no se matara o nos matara a todos.

Algarrobo enseguida dejó caer la blusa de gasa oscura sobre el entablado y se quedó en un sostén con lentejuelas y un calzón brilloso; sus movimientos eran torpes, alejados del baile. Imaginé a una condenada que no quiere avanzar por el pasillo que la llevará a su ejecución. 

Mis amigos seguían bebiendo y gritando. En un momento ella caminó hasta el filo de la pista donde estaban los caracoles, se volvió de  espaldas y pude ver, sobre uno de sus omóplatos, el dibujo de un escorpión: el insecto estaba allí inmóvil, ausente a todo, a los gritos de los tres marineros, a mis silencios; Algarrobo no lo sentía ni parecía importarle demasiado, una picadura podía dejarla en cama varios días, con fiebres altas y delirios. 

Quise levantarme para liberarla de él, algo me mantuvo aferrado a la silla; más que un baile provocador me pareció que ella se retorcía, con señas le pedí que se volteara pero no me entendió; cuando se quitó el sostén y los senos pequeños aparecieron, pensé que el escorpión había caído junto a la prenda, me equivocaba: el animal seguía en su espalda, inmóvil pese a que ella había aumentado sus movimientos yéndose hacia atrás, después hacia delante. «Mujer vil», pensé, «torturas a ese pobre insecto que morirá cuando clave en ti sus tenazas». 

Me arrepentí de hacerlo, quise creer que todas convivían con un escorpión, eran esas hembras escorpionas que ellos no reconocen como sus madres y se reproducen en alguna parte de sus cuerpos. «Ramira, Carmela o Fernanda llevan un escorpión», dije en voz baja. La tripulación no me escuchó, seguía bebiendo cerveza; sólo Alamiro se acercó a una de ellas, le dijo algo, pero regresó cabizbajo.

La canción de Daniel Santos me pareció interminable, igual que el mar, no se acababa nunca, o era Tania o Tenia que volvía a poner el disco. De pronto, como un hecho fugaz, un relámpago, Algarrobo se soltó el calzón; allí, a un palmo de nuestros ojos y manos, apareció su pubis de vellos escasos o perdidos tal vez de tanto uso, nada podía ser más desolador que eso. 

Bribón estiró el brazo pero ella se apartó, fijándose un poco en mí, en la mirada que yo posaba sobre ella sin compasión. Tenía mucho rato sin beber, levanté una botella y pasé un trago largo; al bajarla vi aquella pared de cañas, desde adentro, a contraluz, pude observar algunos brillos de ojos, todos apuntando hacia donde nos encontrábamos, en posiciones diferentes, unos más altos que otros, pero todos con un brillo infeliz y un rumor de voces cortadas. 

Cuando Tania regresó con un nuevo pedido, le pregunté: «¿Qué es eso?»; ella ni siquiera miró hacia allá: «No se preocupe, son los hijos que vienen a verlas, están contentos, hoy también comerán». La pared de cañas era como un tapiz en movimiento, una alfombra mágica de luces y oscuridades; golpeé la mesa furioso, asustando a Bribón que seguía obsesionado mirando el baile de Algarrobo y su desnudez.

Algarrobo se estremeció, y yo me pregunté si en ese momento ya le había picado el escorpión; el insecto ya iniciaba su muerte y ella su dolor, pero en el rostro de la mujer no había ninguna mueca de sufrimiento, sólo un gesto extraño que era un gesto de soledad y vergüenza. 

Hubiera deseado saber en esos momentos si los escorpiones conocen cuando la piel de la víctima está desnuda; imaginé que era así, ellos avanzan sintiendo que sus cuerpos brillantes se deslizan suavemente, buscando el mejor espacio, el más sensible, para hundir sus tenazas, sin los contratiempos de sortear los pliegues de tela del vestido o el abrigo, el veneno llegará más rápido y la herida será más bella.

En nuestra mesa fue creciendo un marcado silencio. Alamiro, desde que fue rechazado por la mujer, bebía cabizbajo; con el dedo humedecido dibujaba algo sobre la mesa. Matías se despreocupó de ellas y llenaba los vasos con aplicación, pedía nuevas rondas y llevaba las cuentas de cada uno. 

De pronto, el Tieso se puso de pie, echó hacia atrás su pesado cuerpo y avanzó hasta donde ellas estaban, se detuvo por un instante y, estirando el brazo, sin decir una sola palabra, agarró a Ramira por la muñeca y la levantó causándole dolor; el escote del vestido de la mujer se abrió más, dejando al descubierto sus senos y sus hombros. 

Con pasos largos se la llevó al cuarto de atrás; desde la pared se oyeron otras voces entrecortadas, los puntos brillantes se movieron como luciérnagas en la oscuridad.

Tania o Tenia, recostada en el mostrador, lo observaba todo con una mirada de triunfo complacido; yo continuaba observando el escorpión sobre el omóplato de Algarrobo cuando la sirena del barco sonó con fuerza: era el primer aviso de regreso a bordo, siempre eran tres, espaciados en media hora cada uno. 

Bribón, al escucharlo, frunció el ceño y apretó más las manos mirando el cuerpo desnudo de la mujer, bailando siempre dentro del espacio bordeado de caracoles. Alamiro había desaparecido con su secreto, Matías siguió bebiendo y era el más complacido de los tres; yo comprendí que ya no me quedaba demasiado tiempo para salvar a Algarrobo, ahuyentar el escorpión de su espalda, pero me asustaba Bribón, que también quería ir con ella al cuarto de atrás.

Me pregunto ahora, cuando termino de contar esta historia lejos del mar, si yo odiaba o admiraba a los escorpiones, por qué me perseguían y tuvo que tocarme viajar en un barco que tenía ese nombre. De niño, salía al patio de mi casa para buscarlos; cuando hallaba alguno, lo rodeaba con papeles encendidos, esperando el momento supremo de su suicidio. 

He leído que de todas las especies vivas, después del hombre, el escorpión es el único que decide qué hacer con su vida: se clava una de las tenazas entre los ojos y muere para evitar otro aniquilamiento más doloroso; como siempre están solos, ellos son como los muertos sin deudos, no son llorados, igual a tantos hombres de mar que yo conocí, fallecidos sin patria, sin hijos, sin mujeres.

Me pareció que Algarrobo había entrado en un trance porque bailaba sin música, desnuda para dos pares de ojos, los míos y los de Bribón. Matías no la miraba, bebía las últimas botellas y contaba el dinero sobre la mesa para entregárselo a Tania antes de que sonara un nuevo llamado del barco. 

Cuando sucedió, nos levantamos los dos al mismo tiempo, traspusimos los caracoles y nos acercamos a ella adelantando las manos: las palmas gruesas y amarillas del negro, las mías blancas, pero cruzadas por viejas cicatrices de sogas y arpones. 

Recordé aquellos bailes públicos en mi pueblo lejano, cuando la chica más bella de la noche es invitada a bailar por varios hombres a la vez, quienes le extienden sus manos esperando ser elegidos. 

Algarrobo no levantó la vista ni detuvo su baile, solamente se dejó caer contra mi pecho como si buscara protección. Yo esperé el golpe y la furia de Bribón que no llegaron; se apartó y levantó en vilo a la mujer del traje rojo para llevarla a la trastienda.

Como pude llevé a Algarrobo al cuarto de atrás. El Tieso ya lo había abandonado, alcancé a verlo correr rumbo al muelle, asustado de que el barco partiera sin él. Al cerrar la puerta, la mujer resbalaba entre mis brazos, tenía la piel húmeda y fría; encendí la luz para quitarle el escorpión de la espalda y al mostrármela me di cuenta de que era un tatuaje, una marca perfecta de color verde oscuro que parecía moverse con su respiración. 

Aturdido le pregunté quién se lo había hecho. Después de un silencio prolongado, con una voz debilitada, respondió: «Nadie, un marinero que me pagó bien por dejármelo hacer». Le pedí que se fuera. Sentado en ese catre sucio, oculto y solo como los escorpiones, escuché la sirena, el último llamado.