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Ricitos de Oro - James Finn Garner

En las profundidades de la espesura, más allá del río, en el mismo corazón del bosque, habitaba una familia de osos compuesta por Papá Oso, Mamá Osa y el Pequeño Osito.

Vivían todos una existencia antropomórfica diseñada como familia nuclear y enmarcada en el espacio de una diminuta cabaña. Ni que decir tiene que todos lamentaban profundamente esta circunstancia, ya que, tradicionalmente, la familia establecida en torno a un núcleo no ha servido para otra cosa que para esclavizar a las mujeres, inculcar una moral farisaica en sus miembros e infundir en las generaciones subsiguientes rígidas nociones en lo que se refiere a los respectivos papeles heterosexuales de sus miembros. 

Así y todo, intentaban vivir felices y procuraban adoptar las medidas necesarias para evitar tales peligros (entre otras, habían optado por dirigirse a su retoño como «criatura», en tanto que denominación desprovista de género específico).

Una mañana, se sentaron todos a desayunar en su pequeña cabaña antropomórfica. Papá Oso había preparado grandes cuencos de gachas naturales y desprovistas de ingredientes artificiales. Las gachas, sin embargo, acababan de ser retiradas del fogón y aún se encontraban demasiado sobrecargadas desde el punto de vista térmico como para poder consumirse. Así pues, decidieron aguardar a que sus cuencos se enfriaran y salieron a dar un paseo y a visitar a sus vecinos del reino animal.

Apenas hubieron partido, surgió de entre los arbustos una joven mujer cutáneamente empobrecida en melanina que se deslizó hasta el interior de la cabaña. Se llamaba Ricitos de Oro y llevaba varios días observando a los osos. Se trataba, dicho sea de paso, de una bióloga especializada en el estudio de osos antropomórficos. 

En otro tiempo, había ejercido como profesora, pero su agresiva y masculina actitud frente a la ciencia (era aficionada a desgarrar los tenues velos de la Naturaleza, exponiendo sus secretos, invadiendo su esencia y empleándola en beneficio de sus propios y egocéntricos propósitos para luego alardear de tales violaciones a través de colaboraciones en diversas revistas) la había llevado a su cese.

La vil bióloga en cuestión llevaba ya algún tiempo observando la cabaña. Su intención era implantar radiotransmisores en los osos y controlar posteriormente sus desplazamientos migratorios y vitales con total desprecio de su intimidad personal (o, mejor dicho, animal). 

Guiada únicamente por sus propósitos de espionaje científico, Ricitos de Oro allanó la cabaña de los osos. Tras penetrar en la cocina, aderezó sus cuencos de gachas con un sedante. A continuación, irrumpió en el dormitorio y dispuso trampas en las camas. 

Su plan consistía en drogar a los osos y aprovechar el momento en que se dispusieran a tenderse en sus respectivos lechos para atenazar lazos radiotransmisores en torno a sus cuellos tan pronto como depositaran la cabeza sobre la almohada.

Ricitos de Oro se rió entre dientes y pensó: «¡Estos osos han de ser mi pasaporte hacia la fama! ¡Ya les enseñaré yo a esos mentecatos de la universidad los arrestos que hacen falta para realizar una investigación como Dios manda!». A continuación, se agazapó en una esquina del dormitorio y esperó. Y siguió esperando, y esperó aún un rato más. Pero los osos tardaban tanto en regresar de su paseo que se quedó dormida.

Cuando los osos regresaron por fin, se sentaron dispuestos a consumir su desayuno, pero inmediatamente se detuvieron.

—¿No te da la sensación de que estas gachas están algo pasadas, Mamá? —preguntó Papá Oso.

—Sí —repuso Mamá Osa—, así es. ¿Y las tuyas, Criatura? ¿Te huelen como si estuvieran pasadas?

—Sí, es cierto —dijo el Pequeño Osito—. Huelen a producto químico.

Recelosos, se levantaron de la mesa y acudieron a la sala de estar. Papá Oso olfateó el aire y preguntó:

—¿Hueles algo, Mamá?

—Sí —afirmó Mamá Osa—. Sí huelo. ¿Hueles tú algo, Criatura?

—Sí —dijo el Pequeño Osito—. Sí huelo. Huelo un aroma acre, sudoroso y en absoluto limpio.

Cada vez más alarmados, se dirigieron al dormitorio, y Papá Oso preguntó:

—¿No es un lazo y un collar radiotransmisor lo que distingo bajo mi almohada, Mamá?

—En efecto —repuso Mamá Osa—. ¿Hay un lazo y un collar radiotransmisor bajo la mía, Criatura?

—¡Sí que los hay! —exclamó el Pequeño Osito—. ¡Y, además, puedo ver al ser humano que los ha puesto ahí!

Diciendo esto, el Pequeño Osito señaló el rincón en el que dormía Ricitos de Oro. Los tres comenzaron a gruñir y Ricitos de Oro se despertó sobresaltada. Poniéndose en pie de un brinco, trató de escapar, pero Papá Oso obstaculizó su huida de un zarpazo y Mamá Osa hizo lo propio. 

Reducida así Ricitos de Oro a una situación de incapacidad motora, Papá y Mamá Oso se abalanzaron sobre ella con uñas y dientes. Inmediatamente la engulleron y, al cabo de unos instantes, no quedaban de la rebelde bióloga otros vestigios que un mechón de cabellos rubios y su cuaderno de apuntes.

El Pequeño Osito contempló la escena estupefacto y, cuando todo hubo concluido, preguntó:

—Mamá, Papá, ¿qué habéis hecho? Pensaba que éramos todos vegetarianos.

—Y lo somos —eructó Papá Oso—, pero siempre estamos dispuestos a probar cosas nuevas. La flexibilidad no es sino una más de las muchas ventajas que encierra todo sistema de vida pluricultural.

El oso en el baile de los guardabosques - Peter Hacks

 Era invierno.

El oso iba resoplando por el bosque rumbo al baile de disfraces. Estaba con un humor excelente. Ya se había bebido un par de copas de coñac de osos, que está hecho con miel, vodka y muchas es­pecias bien picantes. El disfraz del oso era graciosí­simo: llevaba una chaqueta verde, un par de botas brillantes y una escopeta colgando del hombro: ya habrán adivinado ustedes que iba disfrazado de guar­dabosque.

Entonces llegó caminando por la nieve un hom­bre que se acercó a él. Ese hombre también usaba chaqueta verde y botas brillantes y llevaba una esco­peta colgando del hombro. Ustedes ya habrán adivi­nado que este hombre era el guardabosque.

El guardabosque dijo, con voz gruesa:

—Buenas noches, mi amigo. ¿Usted también va al Baile de los Guardabosques?

—¡Hrrmmm! —dijo el oso, con una voz tan pro­funda como la zanja que hay al borde del camino.

—¡Oh, discúlpeme! —dijo el guardabosque, apabullado—. No sabía que usted era el guardabos­que en jefe.

—Está bien, está bien —respondió el oso afa­blemente. Tomó al guardabosque por el brazo de manera de poder apoyarse firmemente en él, y am­bos entraron trastabillando a la taberna llamada "El Duodécimo Cuerno del Ciervo", donde se realizaba el Baile de los Guardabosques. Algunos de los guar­dabosques llevaban cuernos y andaban exhibiéndolos, y otros tenían cornetas y soplaban en ellas. Todos usaban largas barbas y bigotes enrulados, pero el oso era el que tenía más pelo en la cara.

—¡Yuuu-huuu! —gritaban los guardabosques y le propinaban al oso unas fuertes palmadas en la es­palda.

—¡A divertirse! —replicaba el oso y golpeaba él también a los guardabosques en la espalda, con la fuerza de una avalancha.

—¡Oh, perdón! —decían los guardabosques, asustados—. No sabíamos que usted era el guarda­bosque en jefe.

—Continúen —decía el oso. Y bailaron y bebie­ron y rieron, y cantaron canciones de cazadores y de bebedores.

No sé si ustedes habrán visto alguna vez el es­tado en que queda la gente que baila y bebe y ríe y canta demasiado. Los guardabosques estaban frené­ticos, y el oso igual que ellos; entonces el oso dijo:

—Ahora salgamos y vayamos a matar al oso.

Inmediatamente los guardabosques se pusieron sus guantes de piel, se ajustaron los cinturones de cuero alrededor de las panzas y salieron a la noche fría. Caminaron bajo la espesura disparando sus es­copetas al aire. Gritaban "Yuu-huu", y otra vez "Yuu-huu", que no quiere decir nada en absoluto, pero así hacen todos los cazadores. El oso arrancó un puñado de fresas de un arbusto y se las comió de un bocado. Los guardabosques dijeron:

—Miren al guardabosque en jefe, qué pillo —y ellos también comieron fresas y se agarraban las ba­rrigas a causa de la risa. Pero después de algún tiempo notaron que no podían hallar al oso.

—¿Por qué no lo encontramos? —dijo el oso—. Pues porque está metido en su guarida, cabezas de chorlos.

Y se dirigió a la guarida del oso seguido por los guardabosques. Sacó la llave del bolsillo de su chaqueta, abrió la puerta y se introdujo, seguido por los guardabosques.

—El oso ha salido —dijo el oso, husmeando-—, pero no hace mucho de ello porque hay un fuerte olor a oso en este lugar.

Y volvió rápidamente a la taberna, siempre se­guido por los guardabosques.

Después de todos los esfuerzos realizados, ne­cesitaron beber litros y litros pero lo que bebía el oso era como el torrente que se forma al derretirse la nieve y que es capaz de destruir un puente.

—Oh, discúlpenos —decían los guardabosques, perplejos—. Usted sí que es un guardabosque en jefe muy poderoso.

Y el oso dijo:

—El oso no está escondido en el bosque y tam­poco está escondido en su guarida. Sólo queda una posibilidad: se ha disfrazado de guardabosque y se esconde entre nosotros.

—Es verdad, por supuesto —exclamaron los guardabosques y empezaron a mirarse de reojo y con sospecha unos a otros.

Resulta que entre ellos había un guardabosque muy joven, que tenía una barba relativamente corta y que sólo lucía unos pocos cuernos. Además, era el más débil y el más tímido de todos ellos. De manera que decidieron que él era el oso. Se arrastraron con gran dificultad por los asientos y cepillaron las mesas con sus barbas y tantearon las paredes.

—¿Qué están buscando? —preguntó el joven guardabosque.

—Nuestras armas —dijeron—. Desgraciada­mente están colgadas de los percheros.

—¿Y para qué quieren sus armas? —exclamó el joven guardabosque.

—Para matarte a ti, desde luego —contesta­ron—. Puesto que tú eres el oso...

—Ustedes no entienden nada de osos —dijo el oso—. Primero tienen que ver si tiene cola y garras en las manos.

—No tiene —dijeron los guardabosques—, pero ¿qué tiene que ver? Después de todo, usted lleva cola y garras en las manos, guardabosque en jefe.

En eso entró la esposa del oso y estaba suma­mente enojada.

—Por el amor de Dios —gritó—, mira en qué compañía estás.

Le dio un mordiscón en el cuello al oso para que se le pasara la borrachera, y se lo llevó a casa.

—Qué lástima que hayas llegado tan temprano —le dijo el oso a su mujer cuando estaban en el bos­que—. Acabábamos de descubrir al oso. Bueno, no importa, será otro día.