INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta público. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta público. Mostrar todas las entradas

Edward el Conquistador - Roald Dahl (Parte 1)

Louisa, sosteniendo un trapo de cocina, salió por la puerta trasera al frío sol de octubre.

—¡Edward! —gritó—. ¡Edward! ¡El almuerzo está listo!

Tras detenerse y escuchar un instante, se dirigió a paso lento hacia la superficie cubierta de césped, internóse en ella, seguida por la débil sombra que proyectaba su cuerpo, contorneó los rosales y, al cruzar frente a él, tocó con un dedo el reloj de sol. 

Su paso cadencioso y el suave balanceo de hombros y brazos le daban un porte bastante garboso para una mujer menuda y un poco metida en carnes. Pasó bajo la morera, ganó el caminillo enladrillado y lo siguió hasta el paraje desde donde podía dominar el declive que se formaba al fondo del vasto jardín.

—¡Edward! ¡El almuerzo!

Por fin lo había descubierto, a cosa de setenta metros de distancia, en el extremo del declive, donde empezaba el bosque. Espigado, pero de cuerpo estrecho, vestido con unos pantalones caqui y un suéter verde oscuro, dedicábase, plantado junto a una gran fogata, horca en mano, a amontonar zarzas sobre el fuego, que, voraz, levantaba llamas anaranjadas y enviaba hacia el jardín nubes de humo lechoso y un maravilloso aroma a hojas quemadas y a otoño.

Louisa descendió la pendiente al encuentro de su marido. De haberlo deseado, le habría sido fácil repetir la llamada y hacerse oír; pero las grandes hogueras tenían algo que la impulsaba hacia ellas, hacia su inmediata vecindad, donde pudiera percibir su crepitar y su calor.

—El almuerzo —repitió conforme se acercaba.

—Ah, hola. Sí, está bien. En seguida voy.

—¡Qué espléndido fuego!

—He decidido limpiar esto de zarzas —comentó su esposo—. Me tienen harto y aburrido.

Su alargado rostro estaba húmedo de sudor, cuyas gotillas le moteaban todo el bigote, como rocío, y dos pequeños regueros le corrían garganta abajo hasta donde comenzaba el cuello alto del suéter.

—Cuidado con excederte, Edward.

—De veras me gustaría, Louisa, que dejaras de tratarme como si fuera un octogenario. Un poco de ejercicio nunca ha perjudicado a nadie.

—Sí, cariño, lo sé. ¡Oh, Edward! ¡Mira! ¡Mira!

Se volvió el hombre y miró a Louisa, que señalaba hacia el otro extremo de la fogata.

—¡Míralo, Edward! ¡El gato!

Sentado en tierra, tan próximo al fuego que sus llamas parecían tocarlo a veces, un gatazo de color insólito por demás dedicábase, inmóvil por completo, la cabeza ladeada y la nariz al viento, a contemplar al matrimonio con sus ojos amarillos y apacibles.

—¡Se va a quemar! —exclamó Louisa.

Y, dejando caer el trapo, echó a correr hacia el animal, lo aferró con ambas manos y, levantándolo con viveza, volvió a dejarlo en la hierba, a prudente distancia de las llamas.

—¡Gato loco! —apostrofó mientras se sacudía el polvo de las manos—. ¿Qué te ocurre a ti?

—Los gatos saben lo que se hacen —observó su marido—. No verás a ninguno hacer algo que no le plazca. Los gatos, no.

—¿De quién es? ¿Lo habías visto antes?

—No, nunca. Tiene un color rarísimo.

El gato se había sentado en la hierba y les miraba de soslayo. Tenían sus ojos una velada expresión introspectiva, algo curiosamente sabio y reflexivo, y en torno a la nariz mostraba un delicadísimo gesto de desdén, como si aquellos dos seres de edad madura —el uno menudo, regordete y rosado; flaco y sudoroso en extremo el otro— fuesen motivo de cierta sorpresa pero escaso interés. Muy largo y sedoso, de un gris puramente plateado y sin el menor matiz de azul, el pelaje del animal era, desde luego, inusitado en un gato.

Louisa se inclinó y le acarició la cabeza.

—Tienes que irte a casa —le dijo—. Sé un gato bueno y vuélvete a tu casa, que es donde debes estar.

Marido y mujer acometieron despaciosos la cuesta en dirección a su vivienda. El gato, que se había levantado, los siguió, primero a cierta distancia y luego, conforme avanzaban, aproximándose más y más. Pronto estuvo a su lado y, rebasándoles, les precedió a través del césped camino de la casa con la cola enhiesta como un mástil, cual si fuera el dueño del lugar.

—Márchate a tu casa —dijo el hombre—. A casa. No te queremos.

Pero cuando alcanzaron ellos la suya les siguió al interior y Louisa le dio un poco de leche en la cocina. Durante el almuerzo saltó encima de la silla libre que quedaba entre ambos y, sentado allí, con la cabeza justo al ras de la mesa, asistió al resto de la comida observando su curso con aquellos ojos suyos, de un amarillo oscuro, que no dejaban de viajar despaciosos de la mujer al hombre y de este nuevamente a ella.

—No me gusta este gato —comentó Edward.

—Oh, yo lo encuentro precioso. Confío en que se quede un rato más.

—Escúchame bien, Louisa. Este bicho no puede quedarse aquí de ninguna manera. Se ha perdido, pero tiene dueño. Y, si por la tarde continúa merodeando por aquí, harás bien en llevarlo a la policía. Ellos se encargarán de que vuelva a su casa.

Terminado el almuerzo, Edward volvió a su trabajo de jardinería y Louisa se dirigió, como de costumbre, hacia el piano. Intérprete competente y melómana devota, casi todas las tardes pasaba cosa de una hora tocando para sí. El gato se había instalado ahora en el sofá; y como ella se detuviera al pasar y lo acariciara, abrió los ojos, la miró un instante y, cerrándolos de nuevo, se volvió a dormir.

—Eres un gato encantador —dijo—. Y de un color divino. Ojalá pudieras quedarte conmigo.

Recorrían sus dedos la piel de la cabeza cuando tropezaron con una hinchazón, una pequeña protuberancia situada justo encima del ojo derecho.

—Pobre gato —continuó—, tienes bultitos en esa cara tan linda. Te estarás haciendo viejo.

Siguió su camino y tomó asiento en la larga banqueta del piano, pero no se puso a tocar en seguida. Uno de sus pequeños placeres particulares estaba en elaborar cotidianamente una especie de concierto del día, con un programa elegido con esmero, que estudiaba punto por punto antes de empezar. 

Contraria desde siempre a interrumpir el gozo de la interpretación mientras discurría qué pieza atacar seguidamente, lo que buscaba era una breve pausa entre una y otra, en tanto el público, aplaudiendo enfervorizado, pedía más. Imaginar un auditorio embellecía el momento, y a veces, durante las interpretaciones —en los días afortunados, claro está—, la sala comenzaba a danzar, a desdibujarse y a oscurecerse hasta que ya no veía sino fila tras fila de butacas y todo un mar de blancos rostros vueltos hacia ella según escuchaban con arrobada y concentrada adoración.

Unas veces tocaba de memoria; otras, con partitura. Hoy quería hacerlo de memoria, que era lo que más se acomodaba a su ánimo. ¿Y en qué consistiría el programa? Sentada al piano con sus pequeñas manos enlazadas sobre el regazo, la estampa que ofrecía era la de una mujer menudita, regordeta, sonrosada, de cara redonda y todavía muy bonita y pelo recogido en pulido moño sobre la nuca. 

Desviando un poco la vista hacia la derecha alcanzaba a ver al gato, que dormía ovillado en el sofá, y el bello contraste que ofrecía su piel gris plateado sobre el púrpura del cojín. ¿Qué tal algo de Bach, para empezar? O, mejor todavía, de Vivaldi. La adaptación que Bach hizo, para órgano, de su Concerto Grosso en re menor. Sí: eso en primer término. Luego, algo de Schumann, quizá. ¿El Carnaval? Eso sería agradable. ¿Y a continuación? Bueno... un poquitín de Liszt, para amenizar. Uno de sus Sonetos de Petrarca; el segundo, en mi mayor, que era el más bonito. Después, más Schumann, otra de sus piezas alegres, las Kinderscenen. Y finalmente, para el encore, un vals de Brahms, o quizá dos, si se sentía predispuesta.

Vivaldi, Schumann, Liszt, Schumann, Brahms. Un programa muy bonito y que podía interpretar fácilmente prescindiendo de partituras. Se acercó un poco más al piano y aguardó unos instantes a la espera de que alguien de entre el público —algo le decía ya que este era uno de sus días afortunados— acabase de toser. Y entonces, con la pausada gracia que acompañaba la mayoría de sus movimientos, alzó las manos sobre el teclado y comenzó a tocar.

Aunque en ese momento concreto no estaba, ni mucho menos, pendiente del gato —a decir verdad había olvidado su presencia—, en cuanto los primeros acordes graves de Vivaldi sonaron suaves en la habitación, por el rabillo del ojo percibió, en el sofá, a su derecha, un súbito revuelo, un instantáneo movimiento.

Dejó de tocar en el acto.

—¿Qué tienes? —dijo vuelta hacia el gato—. ¿Qué te pasa?

El animal, que unos segundos antes dormía apacible, se había erguido en el diván y enhiesto, muy tenso, trémulo todo él, las orejas de punta, miraba de hito en hito el piano.

—¿Te he asustado? —indagó amable—. A lo mejor es que nunca habías oído música.

No, dijo para sí. No creo que se trate de eso. Bien pensado, la reacción del gato no le parecía de temor. No había percibido en él ni amilanamiento ni intención de retroceder, sino antes bien lo contrario: una voluntad de adelantarse, una especie de avidez. La cara, por otra parte... bueno, mostraba una expresión singular, una mezcla de sorpresa y de conmoción. 

Claro está que la cara de un gato es una cosa pequeña y bastante inexpresiva; pero, aun así, si observaba uno con atención el juego combinado de ojos y orejas, y en especial la zona situada por debajo de estas, donde la piel era tan móvil, a veces cabía captar el reflejo de emociones muy vivas. Muy atenta ahora a la cara del animal, y porque le intrigaba ver qué ocurriría esta segunda vez, Louisa avanzó las manos hacia el teclado y recomenzó la pieza de Vivaldi.

Debido a que ahora el gato lo esperaba, solo se produjo, por de pronto, una pequeña tensión adicional del cuerpo. Pero, según la música iba ganando rapidez y volumen camino de ese primer y emocionante movimiento que constituye la introducción de la fuga, una extraña expresión que frisaba casi en el éxtasis comenzó a invadir el rostro del animal. Las orejas, hasta ese momento enderezadas, fueron entrando poco a poco en reposo: cayeron los párpados; la cabeza se ladeó; y Louisa hubiera podido jurar que el animal comprendía y estimaba su trabajo.

Lo que vio (o creyó ver) era algo que había advertido muchas veces en el rostro de los que seguían con atento oído una pieza musical. Cuando el sonido se apodera por completo de un oyente y lo absorbe en sí, se hace patente en aquel una peculiar expresión, de intenso éxtasis, tan fácil de reconocer como pudiera serlo una sonrisa. Y, por lo que Louisa veía, era esa, casi exactamente, la expresión que ahora mostraba el gato.

Concluida la fuga, atacó la siciliana, todo ello sin perder de vista al animal que ocupaba el sofá. La prueba concluyente de que la escuchaba se produjo al final, cuando cesó la música: parpadeó el gato, se revolvió un poco, estiró una pata, buscó una postura más cómoda y, habiendo echado una rápida ojeada alrededor, volvió hacia ella, expectante, los ojos. 

Era aquella, punto por punto, la reacción del asiduo seguidor de conciertos ante la momentánea liberación de la pausa que en una sinfonía separa dos movimientos. Tan netamente humana resultó esa conducta, que sintió Louisa una extraña oleada de emoción en el pecho.

—¿Te ha gustado? —preguntó—. ¿Te gusta Vivaldi?

Apenas dicho esto, le invadió un sentimiento de ridículo, pero no tan vivo —y eso es lo que la sobrecogió un poco— como hubiera correspondido.

En fin, ya no quedaba sino continuar, como si tal cosa, con el programa, cuyo próximo punto era el Carnaval. Así que hubo empezado a tocar, el gato se atiesó de nuevo y enderezó su postura; luego, conforme la música iba penetrándole lenta y plácidamente, cayó de nuevo en aquel curioso estado de arrobo, en el que parecían mezclarse el ensueño y la sensación de ser engullido. 

Resultaba en verdad extravagante —y cómico también— ver a aquel gato plateado aposentarse allí en el sofá y entregarse a semejantes transportes. Y lo que llevaba la cosa al puro absurdo, concluyó Louisa, era el hecho de que aquella música, en la que tanto placer parecía hallar el animal, era a todas luces demasiado difícil, demasiado clásica para ser apreciada por la mayoría de los humanos.

Quizá no sea cierto que disfrute, pensó. A lo mejor se trata de una especie de reacción hipnótica, como se da en las serpientes. Bien mirado, si a ellas se las puede encantar mediante la música, ¿por qué no a un gato? Solo que se contaban por millones de ellos los que a diario oían la música de radios, gramófonos y pianos durante toda su vida, sin que hasta ahora, que ella supiera, se hubiese observado en ninguno semejante conducta. Y el que tenía delante se comportaba como si siguiese una a una las notas. Era ciertamente increíble.

¿Pero no resultaba, también, maravilloso? Desde luego que sí. A decir verdad, o mucho se equivocaba o era una especie de milagro, uno de esos milagros que se dan en los animales quizá una vez cada cien años.

—Ya he visto que esta te ha entusiasmado —dijo al terminar la pieza—. Si bien lamento no haberla interpretado hoy demasiado bien. ¿Cuál te ha complacido más, la de Vivaldi, o la de Schumann?

Como el gato no respondiera, Louisa, temerosa de perder la atención de su oyente, pasó sin demora al siguiente tema del programa: el segundo Soneto de Petrarca, de Liszt.

Y en ese punto ocurrió algo extraordinario: apenas interpretados los tres o cuatro primeros compases, los bigotes del animal comenzaron a agitarse de forma perceptible. Lentamente, tras enderezarse todavía un punto, inclinó la cabeza primero a un lado, luego al otro, y dejó flotar la mirada en el vacío con una especie de gesto de ceñuda concentración que parecía decir: «¿Qué es esto? No, no me lo digas. ¡Lo conozco tan bien...! Y, sin embargo, en este momento no acierto a identificarlo». Fascinada, con la boca entreabierta y una media sonrisa, Louisa continuó tocando mientras se preguntaba qué iría a ocurrir a continuación.

El gato se levantó, avanzó hacia un extremo del sofá, sentóse de nuevo y escuchó un rato más; y luego, inopinadamente, saltó al suelo, de ahí a la banqueta del piano, y allí se instaló, a su lado, atento al precioso soneto, ahora sin ensimismarse, sino muy tieso, sus ojazos amarillos fijos en los dedos de Louisa.

—¡Vaya! —exclamó conforme hacía sonar el último acorde—. Conque has venido a sentarte junto a mí, ¿no? ¿Prefieres esto al sofá? Está bien, te dejaré quedarte, a condición de que te estés quieto y no empieces a dar saltos. —Alargó una mano y, en tanto acariciaba el lomo del animal desde la cabeza a la cola, agregó—: Esto era de Liszt. No creas, a veces puede resultar de una vulgaridad espantosa; pero, en piezas como esta, es verdaderamente encantador.

Porque empezaba a encontrar placer en esa extravagante pantomima animal, atacó directamente el próximo tema del programa, las Kinderscenen de Schumann.

No llevaba más de un par de minutos de interpretación, cuando se dio cuenta de que el gato, de nuevo en movimiento, había vuelto a su antiguo acomodo del sofá. Estando pendiente solo de sus propias manos en aquel instante, sin duda se debía a eso el que ni siquiera hubiese advertido su marcha; aunque, con todo, el movimiento tenía que haber sido rápido y silencioso en extremo. 

Pero, por mucho que el animal siguiera mirándola, en apariencia pendiente todavía de la música, Louisa tuvo la impresión de que no mostraba ahora el embelesado entusiasmo de antes, el que provocara la pieza de Liszt. Por si eso fuera poco, el acto de abandonar la banqueta y volver al sofá se hubiera dicho un moderado pero positivo gesto de desencanto.

—¿Qué pasa? —indagó al terminar—. ¿Qué tiene Schumann de malo? ¿Y qué hay de tan maravilloso en Liszt?

El gato le devolvió la mirada de sus ojos ambarinos y de pupilas con pintas de un negro azabache.

Esto empieza a ponerse interesante, se dijo la mujer; y también, según se mire, un tanto inquietante... Pero el simple hecho de ver al animal tendido en el sofá, tan vivaz y atento, tan a las claras deseoso de más música, le devolvió la confianza.

—Está bien —dijo—. Te diré lo que voy a hacer. Voy a modificar, especialmente para ti, mi programa. Ya que Liszt parece gustarte tanto, te interpretaré otra de sus piezas.

Tras un momento de vacilación conforme buscaba en la memoria algo bueno de Liszt, inició lentamente una de las doce pequeñas composiciones de Der Weihnachtsbaum. Muy atenta ahora al gato, lo primero que advirtió fue que otra vez volvía a mover los bigotes. 

Saltó a la alfombra, se quedó allí un instante, con la cabeza inclinada y trémulo de excitación, y seguidamente, el paso lento y cadencioso, contorneó el piano, saltó a la banqueta y se acomodó junto a Louisa.

En eso estaban cuando apareció Edward procedente del jardín.

—¡Edward! —exclamó la mujer en tanto se levantaba de un brinco—. ¡Oh, Edward, tesoro! ¡Atiende! ¡Escucha lo que ha ocurrido!

—¿Qué pasa ahora? —replicó él—. Yo quisiera un poco de té.

Era el suyo uno de esos rostros de nariz afilada, angostos y levemente purpúreos, que el sudor hacía brillar ahora como si fuera un alargado y húmedo grano de uva.

—¡Es el gato! —continuó ella admirativa al tiempo que señalaba al animal plácidamente sentado en la banqueta—. ¡Cuando te enteres de lo que ha ocurrido...!

—Creí haberte dicho que lo llevaras a la policía.

—Pero escúchame, Edward. Esto es apasionante de verdad. Se trata de un gato melómano.

—Oh, ¿de veras?

—No solo le gusta la música sino que, además, la entiende.

—Vamos, Louisa, déjate ya de bobadas, y, por lo que más quieras, tomemos un poco de té. Estoy acalorado y rendido de tanto cortar zarzas y hacer fogatas.

Se acomodó en una butaca, tomó un pitillo de una caja que tenía al lado y lo encendió con el enorme encendedor acharolado que había junto a aquella.

—Lo que tú no comprendes —continuó Louisa— es que aquí, en nuestra casa, ha estado sucediendo en tu ausencia algo por demás apasionante, algo que incluso podría ser... bueno... trascendental.

—Seguro que sí.

—¡Edward, por favor...!

Estaba la mujer en pie junto al piano, su carita más sonrosada que nunca, y en las mejillas sendas rosetas de un encendido escarlata.

—Si te interesa —agregó—, te diré lo que pienso.

—Te escucho, cariño.

—Creo que en este momento podríamos encontrarnos en presencia de... —se interrumpió, como percatándose, súbitamente, de lo absurdo de la idea.

—Continúa...

—Quizá lo consideres una tontería, Edward; pero es lo que pienso en realidad...

—¿En presencia de quién, por amor de Dios?

—¡Del mismísimo Franz Liszt!

Su marido dio una larga y lenta chupada al pitillo y expulsó el humo en dirección al techo. Sus mejillas, hundidas, de piel atirantada, eran las de quien lleva largos años usando dentadura postiza; y, cuando succionaba un cigarrillo, aún se le sumían más y hacían que los pómulos descollasen como los de una calavera.

—No te sigo —respondió.

—Edward, atiende, por favor. A juzgar por lo que he visto esta tarde con mis propios ojos, da toda la impresión de tratarse de una especie de reencarnación.

—¿Te refieres a esa porquería de gato?

—Por favor, cariño, no hables así.

—No estarás enferma, ¿verdad, Louisa?

—Me encuentro perfectamente, muchas gracias. Si acaso, un poco confusa, lo reconozco; pero ¿quién no se sentiría así después de lo que acaba de ocurrir? Edward, te juro que...

—Pero ¿qué es lo que ha ocurrido, si puede saberse?

Se lo expuso. Él la escuchaba despatarrado en el sillón, dando chupadas al pitillo cuyo humo proyectaba hacia el techo con una tenue sonrisa cínica en los labios.

—Yo no veo nada extraordinario en todo eso —dijo cuando su esposa hubo concluido—. Se trata, simplemente, de un gato adiestrado. Se lo han enseñado a hacer; eso es todo.

—No digas tonterías, Edward. En cuanto me pongo a tocar algo de Liszt, se excita todo él y corre a sentarse en la banqueta, a mi lado. Pero solo reacciona así con Liszt. Y nadie puede enseñarle a un gato a distinguir a Liszt de Schumann. Como que ni siquiera tú notas la diferencia. Él, en cambio, ha acertado siempre. Y Liszt, por otra parte, no es nada conocido.

—Han sido dos veces —observó él—. Solo lo ha hecho dos veces.

—Con eso basta.

—Pues a ver, que lo repita. Vamos.

—No. Decididamente, no. Porque si este gato es Liszt, como yo así lo creo, o cuando menos el alma de Liszt, o el elemento, como quiera que se llame, que sobrevive, está claro que no es justo, ni tampoco demasiado amable, someterle a toda una serie de pruebas humillantes.

—Pero, ¡querida mía!, esto no es más que un gato, un gato gris y bastante estúpido que esta mañana en el jardín ha estado a punto de chamuscarse la piel junto a la hoguera. Y, por otra parte, ¿qué sabes tú de reencarnaciones?

—Si hay un alma en ese animal, para mí es bastante —replicó Louisa con firmeza—. Lo importante es el alma.

—Pues nada: veámosle actuar. Veámosle distinguir entre su propia obra y la de otro.

—No, Edward, ya te lo he dicho: me niego a hacerle pasar por nuevas y estúpidas pruebas circenses. Por hoy, basta y sobra. Pero te diré lo que voy a hacer. A eso sí estoy dispuesta. Voy a tocarle un poco de su propia música.

—Mucho vas a probar con eso.

—Tú obsérvale. Algo puedes dar por seguro: en cuanto la reconozca, se negará a moverse de la banqueta donde ahora lo ves.

Louisa se dirigió hacia el estante donde guardaba las partituras, tomó un libro con partituras de Liszt, lo hojeó con rapidez y eligió otra de sus más bellas composiciones: la Sonata en si menor. Aunque solo se proponía interpretar su primera parte, una vez estuvo en ello, y como advirtiese la forma en que escuchaba el animal, literalmente trémulo de placer y observando sus manos con aquel aire de concentración embelesada, le faltó valor para interrumpirse y la tocó completa. Terminada la pieza, volvió los ojos hacia su esposo y dijo sonriente:

—Ya lo has visto. No me negarás que le tenía encantado por completo.

—Le gusta ese ruido, no es más que eso.

—Estaba verdaderamente encantado. ¿No es cierto, precioso? —insistió, tomando en brazos al gato—. ¡Oh, si pudiera hablar...! ¿Te das cuenta? ¡En su juventud conoció a Beethoven! Y también a Schubert, a Mendelssohn, a Schumann; a Berlioz y a Grieg, a Delacroix y a Ingres, a Heine y a Balzac. Y aguarda un momento... ¡Cielo santo, si fue suegro de Wagner! ¡Tengo en los brazos al suegro de Wagner!

(CONTINUARÁ...)

La nueva temporada - Robert Bloch

 Harry Hoaker esperaba entre bastidores cuando las luces se apagaron.
La familiar melodía sonó en estéreo; a la izquierda del presentador se vio un anuncio que enmarcó en un halo dorado su alegre rostro de fuertes mandíbulas. El presentador era gordo, porque los gordos resultan graciosos.

–Hola Harry –saludó el presentador.
Alargó las sílabas finales de cada palabra, de manera que el saludo sonó más bien así: «¡Holaaa Harryyy!». Lo cual también resultó gracioso.
Siguió el estridente sonido de trompetas que se fundió con los aplausos. La luz del proyector se desvió a la derecha y apareció Harry, que avanzó hasta el centro del escenario mientras los aplausos aumentaban fragorosamente.
Aquélla solía resultarle la parte más difícil: esperar a que la oleada de sonidos se acallara hasta quedar allí en medio, de pie, en el expectante silencio. Aunque ya se había convertido en una cuestión de rutina, algo mecánico, automático.
Harry desechó ese pensamiento, y miró al frente. Los focos, en lo alto, iluminaban el estudio, pero le impedían ver al público.
–Sé que estáis ahí...; os oigo respirar.
Recordó haber utilizado aquella antigua frase cuando los chistes arreciaban como las bombas durante un ataque aéreo. Y vaya si arreciaban; en los viejos tiempos, aquello era como una repetición instantánea de Pearl Harbor.
Pero esta noche empezaba una nueva temporada, y mientras Harry agradecía los aplausos, hizo una repetición de cosecha propia. Para los telespectadores, ocuparía el centro del escenario en diez segundos; pero Harry conocía más detalles de la historia: llegar al centro del escenario le había costado veinte años.
Hacía veinte años... En aquella época, la espera sí que resultaba verdaderamente ardua: ahí de pie, con aquel sombrero cómico y los pantalones enormes que se ponía para el programa infantil.
Tres años tuvo que luchar con dientes y uñas hasta conseguir abandonar el gueto de los sábados por la mañana. Después, lo único que logró obtener fue un programa concurso de la tarde y ocupar una línea dentro del organigrama. Una labor penosa por demás: trabajó con amas de casa chillonas que se meaban en las bragas ante preguntas tan difíciles como «¿Qué soberana de Inglaterra fue conocida con el sobrenombre de la “Reina Virgen”? Le daré una pista... No se llamaba Elizabeth Taylor».
Pero Harry jugó bien sus cartas; por su cuenta, invitaba a un par de escritores que le proporcionaban material decente, y aquello dio resultado. Cuando este canal decidió hacerle la competencia a Johnny Carson con un programa nocturno de entrevistas, el agente de Harry le defendió a capa y espada para que él hiciese de presentador, y ganó la batalla.
Al principio, se había sentido aterrado, pero el agente le había dado su palabra.

–No te preocupes, muchacho, ahí fuera hay los suficientes noctámbulos e insomnes como para aumentar tus niveles de audiencia. Lo único que tienes que hacer es mantenerte fiel al sistema.
Su consejo funcionó, y también Harry, los primeros años. Sacaba partido de los guionistas, los exprimía hasta obtener todas las ideas al cabo de una o dos temporadas, y luego los reemplazaba por otros más frescos. Todos ellos le dejaron un legado de historias humorísticas y chistes que fueron adquiriendo un formato. 

Los telespectadores se lo tragaban todo y él se tragaba a sus invitados..., los masticaba y luego los escupía. Un plantel completo de astutos programadores le suministraba los personajes célebres de la época: todo aquel que tuviera un nuevo programa en la cadena y todo aquel bajo contrato que no contara con un programa, pero necesitaba promocionarse. 

La mezcla se endulzaba con estrellas negociables, que anunciaban los estrenos de sus películas; cantantes de la lista de éxitos que presentaban sus nuevas grabaciones; viejos mitos invitados a promocionar sus autobiografías; incluso unos cuantos escritores verdaderos, que le iban muy bien para rellenar huecos cuando necesitaba a alguien que no provocara la risa. Estaba claro que aquello era un sistema. Y funcionaba.

Ahora, el plantel de guionistas estaba formado por siete personas, y Harry ni siquiera tenía que perder tiempo con ellos en pensar los chistes o en revisar guiones: todo salía por la pantalla apuntadora y él debía limitarse a leer. Si un chiste no funcionaba, les cabía la posibilidad de borrarlo de la grabación antes de transmitir el programa esa noche.
Con el transcurso de los años. Harry se había ido facilitando aún más las cosas; pasó de cinco a tres programas semanales, y utilizó «invitados especiales» como relleno; gente buena, aunque no demasiado buena. Aquello le ayudó, al igual que los largos meses de verano de reposiciones programadas cada año. A veces, aquellas largas ausencias lo volvían inactivo; los críticos comentaban que se estaba convirtiendo en un presentador perezoso y temperamental; pero a Harry no le importaba con tal de que jamás adivinaran el verdadero motivo.
Ignoraban que estaba enfermo.
Durante mucho tiempo ni siquiera él lo había sabido, porque con la bebida y las píldoras lograba seguir adelante. Pero un buen día, un par de temporadas antes, no logró superar las pruebas físicas.
Le habían dicho que no era el SIDA, pero que podía tratarse de lo que los médicos denominaron una mutación del virus. En realidad, el nombre era lo que menos importaba; lo que contaba era que tenía la enfermedad y ésta lo tenía a él.
Le prescribieron un tratamiento a base de unas píldoras de reciente aparición, y logró seguir adelante hasta que comenzó a perder peso. Entonces, le recetaron radiaciones de cobalto, que le hicieron perder el cabello, pero se puso peluca y nadie lo notó. Sin embargo, llegó un momento en que el cobalto dejó de funcionar: y él también, justo antes de que comenzaran las reposiciones de verano de la temporada anterior, lo cual le dio un margen de tres meses para someterse a la primera operación de corazón y recuperarse.
Harry volvió a sentirse en forma hacia el otoño; pero en algún momento de aquella época, en enero o febrero, no estaba muy seguro de cuándo había ocurrido, las cosas comenzaron a desmoronarse y los médicos hablaron de transplante. El resto de la temporada era un recuerdo borroso: una semana estaba en pie y otra en la cama, tomaba nuevas píldoras, se sometía a nuevas pruebas, probaba nuevos tratamientos. Vivió de un programa al otro con el alma en vilo hasta el hiato estival.
Entonces se pusieron a trabajar. Los comentarios que había oído durante todos aquellos años y a los que no había prestado atención –injertos de piel, amputaciones, prótesis– se convirtieron en realidad; aunque no demasiado, porque lo mantenían atontado con inyecciones mientras experimentaban
técnicas radicales en él. No recordaba todo lo que le hicieron, pero ahora volvía a estar en forma.
Un milagro médico, lo llamaban los doctores; y además del fajo de billetes que les entregaba en pago de sus honorarios, tenía que darles otro fajo para comprar su silencio.
Los aplausos cesaron y Harry se enfrentó ahora al silencio. Esbozó una sonrisa forzada, y se colocó de cara a la pantalla apuntadora y acometió el monólogo de apertura sin tropiezos. Algunas de las frases ingeniosas no las entendió del todo porque eran típicas y tópicos, y él había perdido el contacto con el mundo exterior. A pesar de eso, como la pantalla apuntadora le indicaba incluso dónde hacer las pausas, cuando las hacía, se oían las risas.
Una nueva temporada, pero con el sistema de antes, aunque con más trucos: selección informatizada de material para asegurarse de que estuviera en la onda de la actualidad, profundos análisis demográficos para escoger como público a los candidatos adecuados. Los de producción sabían qué hacer y la forma de hacerlo: controlaban los niveles de audiencia y enganchaban a los telespectadores. Existía una gran diferencia con la época en la que Steve Allen como pionero de los programas con entrevistas en vivo, cuando no había la posibilidad de disimular los «gazapos».
Harry soltó otra frase ingeniosa, esperó las consabidas risas, se dio unos golpecitos en la chistera y aprovechó para sacarle partido a la doble toma. Sencillo.
Sólo que no era tan sencillo como parecía. La pantalla apuntadora seguía presentándole los textos, se oían las risas, pero algo fallaba.
Parpadeó a la luz que ocultaba al público pero lo revelaba a él y se preguntó cuánto vería aquella gente, cuánto sabría.
¿Cómo iban a saber nada? Hacía años que su estilo de vida protegía su intimidad. Nunca concedía entrevistas; tampoco leía las que sus publicistas se encargaban de hacer imprimir. Las reuniones de personal y las conferencias oficiales de empresa se realizaban por circuito cerrado de televisión. No le quedaba tiempo para perderlo con amigos o conocidos; no daba fiestas ni asistía a ellas.
Desde su último divorcio –cielos, de aquello hacía más de seis años ya–, no había tenido una mujer, ni siquiera una chica de compañía; tampoco le hacían falta. Una limusina lo conducía al estudio y luego de regreso a su automatizada casa; el personal de seguridad y de servicio cumplía con su obligación sin tropiezos. Si la bebida mataba sus días y las píldoras apaciguaban sus noches, nada de ello se filtraba a la prensa, de manera que... ¿cómo iba nadie a enterarse?
El problema residía en que aquello tenía el efecto de un bumerán: la gente no sabía nada de él, pero tampoco él sabía nada de la gente. Había perdido el contacto, y desde que su problema comenzara, se había desconectado por completo. Cuando cayó enfermo, dejó de leer los periódicos; toda aquella porquería sobre los nuevos problemas sanitarios era un rollo y no quería asustarse con las noticias de los telediarios. Lo único que veía en la televisión eran las películas antiguas, y las estrellas que habían actuado en ellas estaban muertas.

Estrellas muertas, ¡eso sí que tenía gracia! El público se reía de aquel mismo momento, pero ignoraba que el mismo Harry era prácticamente una estrella muerta, un cerebro dentro de un cuerpo mecanizado, un producto de la cirugía plástica, un montón de órganos artificiales sostenidos por impulsos eléctricos y sistemas informatizados.
Nadie lo sabía, y si dependía de él, aquello continuaría en secreto a lo largo de la nueva temporada. Era hora de olvidarse del pasado y prestar atención a lo que hacía. En aquel mismo instante, la pantalla apuntadora le indicaba que debía presentar al primer invitado.
Harry leyó la presentación y apareció un atleta que avanzó hacia él y le estrechó la mano antes de que ocuparan sus asientos en el centro del escenario. El atleta era grande, corpulento, barbudo: Harry se sorprendió al notar que la mano de aquél estaba muy fría, y que el apretón había sido bastante débil. Los nervios, claro; era extraño cómo aquellos simios atiborrados de esteroides tenían sudores fríos delante del público.
En fin, aquello era pan comido, sólo tenía que limitarse a leer la pantalla apuntadora. Harry le dio el pie y esperó la respuesta.
No la obtuvo.
Harry repitió el pie asegurándose de que el atleta lo escuchara. ¿O acaso no lo había oído? El pelmazo seguía ahí sin pestañear «¿Qué diablos pasa.... no me dirán que es analfabeto?»
Harry lo miró con curiosidad, y susurró por lo bajo:

–¡Estamos en el aire, desgraciado! Contéstame, di algo, por el amor de Dios...
Ni una sola palabra. El rostro del atleta permaneció inexpresivo, por completo.
En aquel momento, el de Harry también quedó carente de expresión, pero por dentro estaba que ardía. «Cielos, el tío se que ha quedado paralizado, está en Babia...»
El instinto acudió en su ayuda: se dirigió al público y se sacó de la manga un chiste antiguo. No es que fuera demasiado ingenioso, pero cualquier cosa era mejor a estar en el aire y con la boca cerrada.
El atleta no movió ni un solo músculo, sino que siguió sentado allí, completamente inmóvil.
Sólo cabía hacer una cosa: sacarle de allí, y de prisa. Harry hizo la señal, un gesto con la mano, y dos rubias pechugonas subieron al escenario contoneándose. «Las azafatas de Harry», así las llamaban, pero su verdadera misión era la de echarle una mano en emergencias como aquélla. Y mientras él comentaba jocosamente que al invitado debía de haberle dado un repentino ataque de pie de atleta, las sonrientes muchachas ayudaron al hombre a levantarse del asiento.
Maldición, eso de ayudarle era demasiado decir, porque fueron incapaces de moverlo, el tío seguía allí, duro como una piedra. Harry soltó otra ocurrencia para llamar la atención del público mientras las chicas, que habían dejado de sonreír, prácticamente levantaron en vilo al enorme simio y lo sacaron del escenario con los pies arrastrando.
«¿Y ahora qué?» Harry volvió a hacer una señal y el gordo presentador acudió a rescatarle; subió pesadamente al escenario y soltó un chiste que no tenía nada que ver con lo ocurrido. Harry levantó la mirada y comprobó que la pantalla apuntadora había avanzado a toda velocidad y le indicaba que debía anunciar una pausa para la publicidad.
Mientras pasaban los anuncios, apagó el micrófono y preguntó a toda prisa:
–¿Qué ocurre aquí?

–La computadora está abajo –respondió el presentador. Y se alejó con paso rígido, sin agregar una palabra más.

–Eh, vuelve aquí...
Harry levantó la voz, pero el otro se limitó a apresurar el paso, y sacudió las piernas al tropezar contra el telón de fondo en sus prisas por llegar a las bambalinas.
El miedo impulsó a Harry a pulsar los botones del extremo de la mesa que había junto a su silla: había alertado al director que ocupaba la cabina de control.
No recibió respuesta. Otro anuncio apareció en la pantalla del monitor, pero aquello no le dijo nada. Harry parpadeó cuando miró las luces hasta que logró fijar la vista en la cabina acristalada que se elevaba en la pared trasera del estudio.
La cabina estaba vacía.
No había director. Ni equipo de producción, ni siquiera un ingeniero de sonido.
Harry miró todo aquello con fijeza. «¿Qué ocurre aquí? No me digas que ahora lo tienen todo informatizado.... las cámaras, los niveles de sonido, los cambios de luces, los decorados...»
Desesperado, echó un vistazo hacia la zona de bambalinas, y al instante, deseó no haberlo hecho. Allí estaba el presentador, despatarrado boca abajo en el suelo, junto al inerte atleta. Mientras Harry los observaba, dos enfermeros se les acercaron, se arrodillaron junto a la gorda silueta del presentador y le quitaron la chaqueta y la camisa. A toda prisa comenzaron a pulsar los brillantes circuitos empotrados en su espalda desnuda y a manipular las conexiones.

«¡Conexiones!»
Harry se hizo algunas consideraciones de cosecha propia: «¡Cielo santo, ese tipo es como yo! Y el atleta también».
El anuncio desapareció de la pantalla del monitor y Harry volvió a estar en el aire. Sus ojos buscaron la pantalla apuntadora, pero no la encontraron. Lo único que le quedaba por hacer era volver a conectar el micrófono y ganar tiempo.
Pero el micrófono no funcionaba. Estaba tan muerto como el presentador y el atleta y...
Entonces cayó en la cuenta de todo lo ocurrido. Él no era el único. Algo se había estado cociendo mientras él permanecía aislado. Harry recordó los rumores acerca de una epidemia. Seguramente, aquello debía de haberse prolongado durante un largo período; pero todo había continuado bajo cuerda. Y en la cumbre, las personas como él abundaban cada vez más: cascarones vacíos con vida artificial.
¿Hasta dónde se habría extendido la epidemia? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que los presidentes estuvieran programados, hasta que los robots gobernaran el mundo? Llamarlo milagro médico no cambiaba las cosas: aquello era una conspiración. Alguien tendría que dar la alarma, decir la verdad, ¡y pronto!
En ese momento, Harry oyó un suave murmullo, supo que su micrófono volvía a estar conectado; un sistema automático de apoyo había corregido el desperfecto. Pero a él le correspondía corregir el otro desperfecto, el gran desperfecto.
Enfrentándose a las luces que lo separaban del público, la voz de Harry llenó el vacío de palabras. Debía advertirles en ese preciso instante, aunque fuera lo último que hiciese.

–¿Podéis oírme? Entonces, ¡huid de aquí! Tenéis que comprender que todo esto no es real. Que yo no soy real. Decídselo a vuestros amigos. ¡No permitáis que las computadoras os dominen, no permitáis que los órganos artificiales y los trasplantes electrónicos os conviertan en zombies! Es lo que me ha ocurrido a mí y puede que os pase a vosotros si no hacéis algo ahora mismo. Buscad una cura para esto... ¡Volved a la realidad antes de que sea demasiado tarde!

Harry hizo una pausa, y esperó la reacción.
Y la obtuvo: una explosión de sonido procedente de la banda sonora de las risas.
Era de suponer, claro. Siempre había una banda de sonido para las risas, y otra que suavizaba los aplausos.
Pero después de tantos años de experiencia. Harry había aprendido a distinguir la diferencia entre la risa prefabricada y la verdadera. Y aquella explosión de alegría era mecánica. Entre el público, nadie reía, nadie aplaudía, nadie reaccionaba porque nadie sabía cómo hacerlo, a menos que el apuntador les soplara. Aquél era un programa cómico, él era un hombre gracioso y el público no podía reaccionar por sí solo a una advertencia inesperada.
A lo largo de todos aquellos años en que la cirugía había ido robándole el cuerpo, alguien se había quedado con los cerebros de la gente. Las computadoras pensaban por ellos, los medios de comunicación les dictaban su estilo de vida. Hacer el amor, conducir coches o sacudir los puños en manifestación de protesta, todo eran cuestiones de pura mímica. Las máquinas confeccionaban los productos y las máquinas los promocionaban; eran máquinas las que compraban los productos y eran máquinas las que los utilizaban. La vida real no existía ya; sólo como su programa: invitados de mentira, improvisaciones de mentira y presentador de mentira.
La única realidad que Harry logró encontrar fue su propia desesperación. ¿De qué servirían las advertencias? Los telespectadores no iban a oír lo que él dijera, sería eliminado de la grabación.
Pero aún quedaba un modo. Mediante la comunicación verbal. En ella estaba la respuesta. Si lograra llegar al público del estudio, si lograra hacérselo creer, entonces, al salir, ellos se encargarían de propagar la verdad. Y tenía que convencerlos en ese mismo instante, porque aquélla era su última oportunidad.
Harry se enfrentó a las luces, luchó contra el cegador brillo, se obligó a establecer un contacto visual con las siluetas que permanecían sentadas, en silencio, entre las sombras de allá abajo. Se le nubló la vista, luego se le aclaró y logró ver la vacía amplitud del estudio.
No había público.
No había público..., nadie, sólo Harry y la pantalla apuntadora. Por la luz destellante del anotador eléctrico, supo que éste había vuelto a funcionar, que le indicaba su próxima frase.
Como un autómata. Harry comenzó a leer las palabras en voz alta. Al diablo con todo, una nueva temporada empezaba. El espectáculo debía continuar, y un chiste era un chiste.
Y si no había público, qué más daba. Siempre contaría con las risas de la banda de sonido.