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Agueda Agata - Paloma Díaz Mas

Para quienes lo hayan hecho alguna vez. 

Era cinco de febrero y aquel día le daba la oportunidad de nombrarla muchas veces. Exhibiendo, por ejemplo, su erudición de aficionado al folklore que recuerda cómo, ese día, las mujeres se erigen en alcaldesas y toman el mando y el imperio de muchos pueblos y queman bausanes de paja que representan al hombre opresor y traidor como un judas. 

Y cómo las madres lactantes se postran ante los altarcitos de la virgen de los senos cortados para ponerle una candela de rizada cera y pedirle buena leche. Y cómo los jóvenes varones, reunidos en círculo, fecundan la tierra con el golpe rítmico de sus recios báculos, mientras cantan en vieja lengua la historia de la muchacha martirizada. 

Otras veces había sido la pequeña y sólida capilla de la plaza del Rey la que le había dado la oportunidad de nombrar el nombre de Agueda, latinizado en una construcción gótica por cada una de cuyas gráciles arquivoltas trepaban las sílabas del amado nombre, a cada uno de cuyos pilares surcados de nervaduras se adosaba la adorada palabra: Agata. La capilla de Santa Agata. 

Hacía ya dos años que Agueda -en una noche amarga e inolvidable de frustrado amor- había apartado los labios de los suyos e, incapaz de explicar el porqué, había balbucido simplemente que no, un no tenue pero helador que él jamás pudo desentrañar ni con ruegos, ni con súplicas, ni con preguntas, ni con la feroz aunque infructuosa persecución a que la sometió todavía durante otro año. 

Dos años después de aquel no que era como un terremoto en voz baja, como un cataclismo susurrado, descubrió que le aliviaba el dolor del amor nombrarla en voz alta, especialmente si alguien podía oírle. 

Fue un título de novela dicho casi al azar (Agata ojo de gato) lo que le dio la oportunidad de ver brotar de sus propios labios, de la manera más impensada, el nombre de Agueda-Agata. 

Y sintió que el adorado nombre hallado por casualidad en una frase trivial no sólo no le acrecentaba la punzada como de quemadura que le venía acompañando desde hacía tiempo, sino que, muy al contrario, el nombre así dicho le valía como anestesia para su siempre abierta -aunque oculta- herida, y que era como si poseyendo su nombre y la posibilidad de nombrarla, y de que otros le oyeran, la poseyera un poco a ella y se le disolviera algo, en aquel momento de posesión, aquel no tan inexplicado como inexplicable. 

No pasó un día sin que la nombrase, pretextando el título de un libro, una mártir de pechos ensangrentados que se descogaba del calendario para hacer un milagro particular, una piedra semipreciosa de mil irisadas y fulgentes variedades. 

Al fin, temiendo ser descubierto, rastreó los diccionarios en busca de nuevos pretextos para nombrarla. En verdad, quitando las piedras preciosas, la novela a la que daban título, la mártir patrona de mujeres y la capilla a ella dedicada, pocas eran las oportunidades de repetir el nombre sagrado sin remitirse a mundos exóticos e imposibles, ausentes por lo común de la conversación cotidiana: sólo con grandes esfuerzos logró enquistar en el discurso una alusión a los marroquíes aguedales, que imaginaba como laberintos de jazmines y pintados pabellones; más difícil aún le resultó aludir, sin despertar sospechas, a las propiedades medicinales de la amarga corteza de la aguedita, que combate la fiebre (y, tal vez, la fiebre de amor). 

Y alguna sorpresa causó un día entre sus conocidos y amigos oírle una disertación sobre el pino kauri, nombrándolo por su nombre botánico: agathis australis. 

Su discurso se pobló de Aguedas-Agatas que se deslizaban insidiosamente en la conversación metamorfoseadas bajo la forma de piedras de colores, de árboles frondosos, de irisados cantos que duermen en el fondo de los claros ríos, de concéntricos círculos de variadas tinturas, de exóticos jardines y figuras de imaginero. 

Y, tras cada nombre que brotaba como una flor efímera que se marchita en un instante, escrutaba los rostros de los interlocutores: rostros planos e inexpresivos que no acusaban ninguna emoción al oír la palabra que se había estado guardando quizás durante horas, para soltarla al descuido y que volase como vuela un globo escapado de la mano de un niño; elevándose por encima de las cabezas más altas que, inadvertidas, ni siquiera se levantan para contemplar el vuelo majestuoso del objeto libre y sin rumbo: simplemente, ni siquiera se dan cuenta de que algo insólito -el inicio de la aventura del globo solitario- acaba de ocurrir; sólo el niño de cuya mano se deslizó (tal vez adrede) el delicado cordel sabe que el globo vuela, y alza la vista para ver cómo se aleja, cómo se convierte en un puntito, cómo se pierde ya. 

Habían pasado cinco años desde que surgiera, en dichosa casualidad, la primera Agata de sus labios. El día había estado vacío de posibilidades de nombrar a Agueda, pese a que él había espiado concienzudamente cualquier oportunidad, había oteado meticulosamente el horizonte de las frases triviales para deslizar entre ellas el sésamo ábrete de aquel nombre ya mágico, cada vez más independiente de la realidad a la que se refería.

Pero nada, ni una posibilidad de jugar de nuevo a esconder entre el torrente de las palabras del día la única que de verdad le interesaba pronunciar. 

Se acostó tarde, y ni aun con la deliberada demora el cansancio logró hacerle dormir. La alcoba parecía sumida en una angustia de silencio opresor -sin tictac siquiera de relojes- en el que de nada valía repetir en voz baja el deseado nombre: inútil nombrar si no hay quien nos escuche, aunque no sea capaz de captar la presencia de lo nombrado. 

Al fin, se levantó descalzo, guiándose en el suelo por la rayada luz irreal -escala mágica de rayos, o haz de relámpagos yacentes- de la farola urbana filtrada por entre las tablillas de la persiana. Marcó, tembloroso, empapado en sudor y tiritando casi, un número de teléfono. Preguntó por Agueda. Una voz soñolienta y malhumorada le hizo saber que Agueda no vivía allí. 

Colgó el auricular aliviado, satisfecho por no haber roto ni un solo día su hábito -hábito ya imposible de desnudar, pegado ya a su piel- de nombrar a Agueda al menos una vez. Se durmió con la paz de saber que alguien había escuchado, en un número de teléfono marcado al azar, el nombre de Agueda y que incluso -suprema felicidad- había sido capaz de repetirlo para él.

La alondra cantarina y saltarina - Hermanos Grimm

 

Erase una vez un hombre que tenía proyec­tado un gran viaje, y al despedirse les pre­guntó a sus tres hijas qué querían que les trajera.

La mayor quiso perlas, la segunda diamantes, pero la tercera dijo:

-Querido padre, yo quiero una alondra cantarina y saltarina.

-Sí, si la puedo conseguir la tendrás -dijo el padre, y besó a las tres y se marchó.

Cuando le llegó el momento de regresar de nuevo a casa tenía las perlas y los diamantes para las dos mayo­res, pero la alondra cantarina y saltarina para la más pequeña la había buscado en vano por todas partes, y eso le daba mucha pena, pues en realidad era su hija favorita.

Su camino le llevó entonces por un bosque, y en mi­tad de él había un magnífico palacio, y cerca del palacio había un árbol, y arriba del todo, en la copa del árbol, vio una alondra que cantaba y saltaba.

-¡Vaya, me vienes que ni pintada! -exclamó.

Se puso muy contento y llamó a su criado y le mandó que se subiera al árbol y atrapara al animalito. Pero en cuanto éste se acercó al árbol saltó de él un león y se sa­cudió y pegó tal rugido que temblaron todas las hojas de los árboles.

-¡Al que pretenda robarme mi alondra cantarina y saltarina me lo como!

Entonces dijo el hombre:

-No sabía que el pájaro te pertenecía. ¿No me lo po­drías vender?

-¡No! -dijo el león-. No hay nada que te pueda salvar, a no ser que me prometas darme lo primero que te encuentres al llegar a casa. Si lo haces, te perdonaré la vida y además te daré el pájaro para tu hija.

El hombre, sin embargo, no quería y dijo:

-Podría ser mi hija pequeña, que es la que más me quiere y siempre sale corriendo a mi encuentro cuando vuelvo a casa.

Pero al criado le entró miedo y dijo:

-¡También podría ser un gato o un perro!

El hombre entonces se dejó convencer, cogió con el corazón muy triste la alondra cantarina y saltarina y le prometió al león que le daría lo primero con lo que se encontrara en casa.

Y cuando entró en su casa lo primero que se encon­tró no fue sino a su hija menor y más querida, que vino corriendo y le besó y le abrazó, y cuando vio que había traído una alondra cantarina y saltarina se alegró toda­vía más.

El padre, sin embargo, no pudo alegrarse, sino que se echó a llorar y dijo:

-¡Ay, qué dolor, mi querida niña! ¡El pequeño pája­ro bien caro lo he comprado, pues por él he tenido que prometer que te daría a un león salvaje, y cuando te ten­ga te hará pedazos y te comerá!

Y entonces le contó todo lo que había ocurrido y le suplicó que no fuera, pasara lo que pasara. Pero ella le consoló y le dijo:

-Queridísimo padre, si lo habéis prometido tenéis que cumplir vuestra palabra; iré y ya apaciguaré yo al león para poder volver sana y salva a casa con vos.

A la mañana siguiente hizo que le indicaran el ca­mino y se internó confiada en el bosque. El león, sin embargo, era un príncipe encantado y durante el día era un león y con él toda su gente se convertía en león, pero por la noche todos recuperaban su figura ha­bitual.

Cuando ella llegó la trató con muchísima amabilidad y se celebró la boda, y por la noche él era un hombre muy guapo, y a partir de entonces velaron por la noche y durmieron durante el día y vivieron felices juntos du­rante una larga temporada.

Una vez llegó él y dijo:

-Mañana hay una fiesta en casa de tu padre porque se casa tu hermana la mayor; si te apetece ir te llevarán mis leones.

Ella dijo que sí, que le gustaría volver a ver a su padre, y se fue allí y los leones la acompañaron.

Cuando llegó hubo una gran alegría, pues todos creían que había muerto hacía ya mucho tiempo despedazada por el león.

Ella, sin embargo, les contó lo bien que le iba y se quedó con ellos mientras duró la boda; luego regresó de nuevo al bosque.

Cuando la segunda hija se casó y a ella la invitaron de nuevo a la boda le dijo al león:

-Esta vez no quiero estar sola; tienes que venirte conmigo.

El león, sin embargo, no quiso y le dijo que eso era demasiado peligroso para él, pues si le daba allí el rayo de alguna luz se transformaría en una paloma y tendría que volar durante siete años con las palomas. Pero ella no le dejó en paz y le dijo que ya cuidaría de él y le pro­tegería de cualquier luz.

Así que se fueron los dos juntos y se llevaron también a su pequeño hijo. Ella, sin embargo, hizo que levanta­ran allí, alrededor de un salón, un muro tan fuerte y tan grueso que no penetrara ningún rayo, y allí tendría que quedarse él cuando encendieran las luces de la boda. Pero la puerta estaba hecha de madera fresca y saltó y se abrió en ella una pequeña grieta de la que nadie se dio cuenta.

Entonces se celebró la boda con gran boato, pero cuando la comitiva salió de la iglesia y pasó con muchí­simas antorchas y velas al lado del salón un rayo muy, muy fino cayó sobre el príncipe, y en el mismo momen­to en que le rozó se transformó, y cuando ella entró a buscarle no le vio; allí lo único que había era una palo­ma que le dijo:

-Siete años tengo que volar ahora por el mundo, pero cada siete pasos dejaré caer una roja gota de san­gre y una pluma blanca que te señalarán el camino, y si me sigues podrás salvarme.

La paloma entonces salió volando por la puerta y ella la siguió, y cada siete pasos caía una gotita de sangre roja y una plumita blanca y le señalaban el camino. Así, andu­vo por el ancho mundo sin parar y sin mirar atrás y sin descansar, y ya casi habían pasado los siete años; enton­ces se alegró mucho y pensó que ya estaban salvados, pero aún le faltaba mucho para eso.

Una vez, según iba andando, ya no cayó ninguna plu­mita ni ninguna gotita roja de sangre, y cuando abrió bien los ojos la paloma había desaparecido. Y como pen­só que ahí los hombres no podían ayudarla, se subió al sol y le dijo:

-Tú brillas sobre todas las cumbres y todas las que­bradas, ¿no has visto volar una blanca palomita?

-No -le contestó el sol-, no he visto ninguna, pero te regalo una cajita; ábrela cuando estés en un gran apuro.

Le dio las gracias al sol y siguió adelante hasta que se hizo de noche y salió la luna; entonces le preguntó:

-Tú brillas toda la noche sobre todos los campos y bosques, ¿no has visto volar ninguna paloma blanca?

-No -dijo la luna-, no he visto ninguna, pero te regalo un huevo; cáscalo cuando estés en un gran apuro.

Le dio las gracias a la luna y siguió adelante hasta que sopló el viento nocturno, y entonces le preguntó:

-Tú soplas por todos los árboles y por debajo de todas las hojitas, ¿no has visto volar ninguna paloma blanca?

-No -dijo el viento nocturno-, no he visto ningu­na, pero les preguntaré a los otros tres vientos, quizás ellos la hayan visto.

El viento del este y el viento del oeste vinieron y dije­ron que ellos no habían visto nada, pero el viento del sur dijo:

-La blanca paloma la he visto yo. Se ha ido volando al mar Rojo y allí se ha convertido de nuevo en un león, pues ya han pasado los siete años, y allí está luchando contra un dragón, pero el dragón es una princesa en­cantada.

Entonces el viento nocturno le dijo a ella:

-Te voy a dar un consejo: vete al mar Rojo; en la ori­lla derecha hay grandes cañas, cuéntalas y córtate para ti la undécima y golpea con ella al dragón; así el león podrá vencerlo y ambos recuperarán también su figura humana. 

Luego mira a tu alrededor y verás en la orilla del mar Rojo al pájaro grifo; móntate en su lomo con tu amado y el pájaro os cruzará el mar y os llevará hasta casa. 

Aquí tienes también una nuez; cuando estés en mitad del mar déjala caer e inmediatamente se abrirá y crecerá sobre las aguas un gran nogal en el que el grifo descansará; si no pudiera descansar no sería lo suficien­temente fuerte para llevarlos al otro lado y si se te olvida dejar caer la nuez os arrojará al mar.

Ella entonces fue y se lo encontró todo tal como el viento nocturno había dicho, y cortó la undécima caña y golpeó con ella al dragón e inmediatamente el león le venció y ambos recuperaron su cuerpo humano. 

Y cuando la princesa, que antes era un dragón, se vio li­bre el hombre la cogió en brazos, se montó en el pájaro grifo y se la llevó de allí con él. Así que la pobre, que ha­bía andado tanto, se quedó allí abandonada de nuevo, pero dijo:

-Seguiré andando mientras el viento sople y el gallo cante hasta que le encuentre.

Y siguió andando y recorrió largos, largos caminos, hasta que finalmente llegó al palacio en el que ambos vivían juntos; allí oyó que pronto se iba a celebrar una fiesta en la que los dos iban a casarse. Pero ella dijo:

-¡Dios me ayudará aún!

Y cogió la cajita que le había dado el sol y dentro ha­bía un vestido tan reluciente como el propio sol. Lo sacó y se lo puso, y subió al palacio y todos se la queda­ron mirando, hasta la propia novia; y le gustó tanto el vestido que pensó que podría ser su traje de novia y le preguntó si no se lo podría vender.

-No lo vendo ni por dinero ni por bienes -contes­tó-, pero sí por carne y por sangre.

La novia le preguntó qué quería decir con eso y ella entonces contestó:

-Dejadme pasar una noche en la cámara donde duerme el novio.

La novia no quería, pero al mismo tiempo deseaba tener el vestido, así que finalmente accedió, pero el ayu­da de cámara tuvo que darle de beber al príncipe un somnífero.

Cuando era ya de noche y el príncipe estaba dur­miendo la condujeron a la cámara y entonces se sentó junto a la cama y dijo:

-Te he estado siguiendo siete años, he estado con el sol, la luna y los vientos preguntando por ti y te he ayu­dado a vencer al dragón, ¿es que vas a olvidarte de mí por completo?

Pero el príncipe estaba tan profundamente dormido que solamente le pareció como si el viento zumbara fuera entre los abetos.

Cuando amaneció la volvieron a sacar de allí y tuvo que entregar el vestido dorado; y como eso tampoco le había servido de nada, se puso muy triste, salió a un pra­do, se sentó y se echó a llorar.

Y mientras estaba allí sentada se acordó del huevo que le había dado la luna y lo cascó. ¡Oh! ¡De él salió una gallina clueca con doce pollitos enteramente de oro que se pusieron a corretear a su alrededor piando y luego se metieron de nuevo bajo las alas de su madre, que no se podía ver cosa más hermosa en el mundo en­tero! Ella entonces se puso de pie y los hizo corretear por el prado delante de ella hasta que la novia miró por la ventana y al ver a los animalitos le gustaron tanto que bajó inmediatamente y le preguntó si no se los podría vender.

-No los vendo ni por dinero ni por bienes, pero sí por carne y por sangre. Dejadme dormir otra noche en la cámara donde duerme el novio.

La novia dijo que sí y quiso engañarla como la noche anterior, pero cuando el príncipe se fue a la cama le preguntó a su ayuda de cámara qué habían sido los murmullos y los susurros de la noche anterior.

Entonces el ayuda de cámara se lo contó todo: que le había tenido que dar de beber un somnífero porque una pobre muchacha había dormido en secreto en la cámara y que esa noche le tenía que dar a beber otro. El príncipe dijo:

-Vierte la bebida al lado de la cama.

Y por la noche la llevaron otra vez dentro y cuando empezó a contar de nuevo su aciago destino él recono­ció enseguida por su voz que era su querida esposa, y saltó de la cama y dijo:

-Ahora sí que estoy salvado de verdad. Estaba como en un sueño, pues la princesa extranjera me había he­chizado para que te olvidara, pero Dios me ha ayudado en el momento oportuno.

Entonces los dos salieron a escondidas del palacio en mitad de la noche, pues temían al padre de la princesa, que era un mago.

Y se montaron en el pájaro grifo y éste los llevó sobre el mar Rojo, y cuando estaban en medio de él ella dejó caer la nuez. Inmediatamente creció un gran nogal y el pájaro descansó en él, y luego los llevó hasta su casa, donde encontraron a su hijo, que se había hecho gran­de y hermoso, y a partir de entonces vivieron felices has­ta el fin de sus días.