Mostrando entradas con la etiqueta piloto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta piloto. Mostrar todas las entradas

Transbordador a la luna - Kurt Mahr

 —¡Eh, Dick! Tienes aún veinte minutos —dijo la seca voz del amplificador.

—Entendido —repuso Dick sin interés.

«Los últimos veinte minutos son siempre los peo­res», pensó luego. Miró a través del grueso vidrio de la ventana y vio las extremidades de la estación es­pacial, semejantes a patas de araña y de un blanco cegador a la luz del Sol, en contraste con la oscuridad del vacío. Escondido entre la maraña de metálica filigrana se hallaba el vehículo que debería ocupar veinte minutos más tarde.

Richard McHenry, jefe de los pilotos de pruebas de United Aerospace Industries, nacido el 24 de ju­nio de 1963 en Spokane, estado de Washington, de treinta y seis años de edad y poseedor de diversas condecoraciones y diplomas por su valor civil y por sus esfuerzos en favor del progreso, así como de una serie de marcas de velocidad en diferentes apa­ratos de la navegación aérea y espacial, el hombre al que nada podía asustar, como creían sus colabora­dores, tenía miedo.

Y ese miedo no era nada nuevo para él. Lo sen­tía cada vez que le esperaba un despegue difícil. Te­nía entonces la impresión que unas mariposas revoloteaban en su estómago, según la frase emplea­da con frecuencia por los de su profesión. Era algo así como fiebre de candilejas. Hoy, más fuerte que nunca. Richard McHenry trató de vencer el nerviosismo revisando una vez más todo el equipo. 

El tra­je espacial, compuesto de varias capas entre las que había aceite, era perfecto. Funcionaba el acondicio­namiento de aire. El sudor y la humedad producida por el aliento eran eliminados sistemáticamente. Las conexiones con el dispositivo de radio, que trans­mitían datos como presión arterial, temperatura del cuerpo, pulso y demás, se encontraban firmes en sus cajas. Sólo necesitaba establecer el contacto y ponerse el casco, con lo que estaría a punto.

El cronómetro indicó que todavía le quedaban doce minutos. Flotó a través de la pequeña estancia que durante las últimas horas le había servido de cabina de adaptación y se sentó frente al escritorio en el que se hallaban sujetos los papeles que conte­nían los principales datos referentes al vuelo de prueba. McHenry repasó de nuevo los números, que prácticamente sabía de memoria, e intentó imagi­narse la importancia y envergadura de la empresa.

El nuevo transbordador, pequeño vehículo muy comercial, debía dar renovado impulso a la selenología, que por falta de dinero, había estado parali­zada durante más de dos decenios. El transborda­dor a la Luna, una veloz nave para la que la dis­tancia entre la estación y el satélite era sólo una excursión insignificante, un producto de la más mo­derna tecnología, provisto de un propulsor nuclear que, bajo una carga normal, hacía posibles acele­raciones continuas de hasta 10 g... 

Ingenio que, desde luego, podía emplearse una y otra vez, que dispo­nía de un mecanismo de dirección totalmente automático, accionado por una computadora; con vuelo ininterrumpido a la Luna, sin pérdida de tiempo a causa de las molestas órbitas lunares, etcétera, et­cétera... Era un aparato que aquel día proporciona­ría a Richard McHenry una nueva marca: la marca de velocidad absoluta. 

En el punto de conmutación —allí donde el vector del mecanismo impulsor gi­raba ciento ochenta grados y el vehículo empezaba a frenar— la velocidad alcanzaría más de ciento no­venta kilómetros por segundo, unas ocho veces más de lo conseguido en vuelo por el hombre mas rá­pido del mundo, que era el propio Richard Mc­Henry.

Naturalmente, a Dick le entusiasmaban estas co­sas. Además, conocía el transbordador de memoria, tanto por dentro como por fuera. Al fin y al cabo, los hombres de UAI no ponían en manos de cual­quiera una astronave nueva y le decían: «Anda, aquí tienes esto. ¡A ver qué sacas del aparato!»

No, él había efectuado muchas pruebas con el transbordador; salidas por los alrededores de la es­tación interplanetaria, alcanzando en ellas veloci­dades de hasta veinte kilómetros por segundo.

Pero nada más. El gran día era hoy. El día en que se iba a demostrar a la Humanidad que, en caso ne­cesario —y por un precio económico—, podía lle­garse en setenta minutos desde la base hasta la Luna.

«Dos minutos todavía, Dick —dijo la voz del am­plificador—. Creo que ya debieras ponerte en ca­mino.»

El vuelo de prueba era una empresa de la indus­tria privada. En consecuencia, no había comité de despedida, cámaras de televisión ni aglomeraciones. Sólo habían acudido al lugar del despegue varios miembros de la casa, compañeros de profesión que lo hacían por amistad. Éstos pasaron flotando jun­to a Dick por el largo túnel flexible que unía la es­tación interplanetaria con el transbordador. El tú­nel carecía de ventanas, y Dick ya no volvió a ver su vehículo por fuera.

El interior del transbordador estaba lleno de aceite, igual que los espacios entre las diversas ca­pas de su traje. Era ése el nuevo sistema. Todo —el piloto, los instrumentos, el lastre y la carga útil— iba envuelto en aceite. Con ello se pretendía reducir el tremendo efecto de la presión que se ori­ginaba en aceleraciones de hasta 10 g. 

El prin­cipio funcionaba bien. Había sido probado con su­ficiente frecuencia en centrífugas y también a bordo del aparato. Tanto la carga orgánica como la inor­gánica soportaba más fácilmente una presión de 10 g, gracias al aceite, que una tercera parte de ese valor en la atmósfera artificial de la nave espacial corriente.

El casco de Dick fue cerrado cuidadosamente, y el piloto penetró en la esclusa. La mampara se cerró tras él. Pronto empezó a fluir el aceite y a subir a su alrededor. En cuanto estuvo llena la esclusa, la escotilla interior se abrió de manera automática. Dick fue avanzando en medio de aquella masa vis­cosa y densa. Tenía ya alguna práctica en ello y sa­bía cómo actuar. Llegó por fin al asiento y se sujetó. En el cuadro de mandos se encendieron, como de costumbre, las luces de control. Todo estaba a pun­to. Los instrumentos, listos para su puesta en mar­cha, y el aceite del transbordador no formaba ni una sola burbuja.

—Todo en orden —dijo Richard McHenry a tra­vés del micrófono instalado en su casco,

—Todo menos tú —repuso una voz amable, la del médico Bob Phillips—. ¿Qué te ocurre? ¿Estás nervioso? ¡Tienes ciento treinta pulsaciones!

Dick soltó una risa forzada.

—¿Viajaste alguna vez con un cubo de fuego de­bajo del trasero? —bromeó.

—Bueno, muchacho, no te pongas agresivo. Si tú te encuentras bien, no tenemos por qué preocu­parnos.

—¡Claro que estoy bien! —confirmó Dick.

—En tal caso, ¡adelante!

Entonces se oyó otra voz. La de Karl Wetzstein, el jefe de vuelos. Hablaba éste un inglés duro, con acento alemán.

—¡Treinta segundos!

Dick comprobó la movilidad de sus brazos y mu­ñecas. El transbordador iba dirigido de forma com­pletamente automática. Sólo era necesaria la inter­vención del piloto si uno de los componentes fallaba. McHenry llevaba unos extraños guantes cuyos dedos eran tan anchos como media mano. También los in­terruptores y botones del tablero de mandos eran de tamaño muy superior al normal. Si Dick apretaba los dedos unos contra otros y movía la mano hacia delante como un palanca, ofreciendo así al pegajoso aceite un mínimo radio de acción, podía valerse bas­tante bien.

—¡Faltan quince! —dijo Wetzstein.

Dick levantó la vista. Encima de él flotaba una gran pantalla en el aceite, y en ella apareció en el acto el revestimiento exterior de la estación con sus numerosos miembros. El aceite estaba perfectamen­te limpio de residuos y formaba un líquido cristali­no y transparente. Dick vio la pantalla con tanta claridad como si estuviera sentado delante del tele­visor en su propia casa.

Wetzstein contó los segundos que pasaban. Cuan­do llegó al número cero se produjo una fuerte sa­cudida. El piloto se sintió apretado contra el res­paldo de su sillón, igualmente relleno de aceite. La imagen de la estación interplanetaria desapareció como si la hubiesen borrado, y la pantalla mostró el fondo negro del vacío, salpicado de estrellas.

—Buen despegue —comentó la voz de Karl Wetzs­tein, cuya serena objetividad resultaba tranquilizan­te por dar la sensación que no había nada de par­ticular en el vuelo.

—Aceleración y vectores, todo normal. ¡Magní­fica salida, Dick!

—Bien —contestó Richard McHenry, sin dejar de observar el acelerómetro.

De momento, los motores luchaban todavía con­tra casi 1 g de aumento de la aceleración de la gra­vedad. Sin embargo, a medida que el transbordador se alejaba de la estación en dirección a la Luna, se aflojaba la garra con que la Tierra intentaba su­jetar el vehículo. La aceleración que Dick vio marcada en el instrumento de medición era un valor manipulado: aceleración según rendimiento del me­canismo propulsor, menos la aceleración de la gra­vedad. Es decir: el verdadero aumento de su veloci­dad con respecto a la Luna.

—Más treinta segundos —se hizo oír Wetzstein de nuevo—. R apenas llega a cuarenta y dos mil. R punto está en nueve-dos-ocho-cero. ¡Formidable, mu­chacho!

El nudo que parecía haberse formado en el estó­mago de Richard McHenry empezó a aflojarse. Todo marchaba a las mil maravillas. Ya no tenía por qué preocuparse. La máquina calculadora pilotaba la pe­queña nave espacial con fantástica seguridad. Dick se permitió descansar. En algo menos de una hora, el transbordador se posaría sobre la superficie lunar con la suavidad de una hoja de árbol.

Pasaban los segundos —tictac, tictac— y eran como cadenitas que constituían un minuto y otro... McHenry, acostumbrado ya a la presión, no sentía molestia. Su velocidad aumentaba en cien metros por segundo, aproximadamente. Era el hombre más rápido en el espacio. Echó una mirada a la pantalla. Por la derecha comenzaba a penetrar en el área vi­sual el perfecto disco de la Luna. ¡Ya era hora! Ten­dría que ocupar aproximadamente el centro de la pantalla y sobresalir por los bordes cuando él se dis­pusiera a alunizar.

Richard McHenry se entretuvo con cosas rutina­rias, aunque sabía que carecían de importancia. De haberse producido una desviación digna de tener en cuenta, Wetzstein o Phillips se lo hubieran comuni­cado. Los hombres de la estación interplanetaria se preocupaban mucho más que él de su propio bien­estar. Temperatura interior del traje: 23 grados. Pre­sión interior del equipo: 3,8 atmósferas. Humedad relativa: 57 por ciento. Todo conforme. El traje pro­tector funcionaba como debía. 

Un cuarto de hora después del despegue, el transbordador avanzaba hacia la Luna a una velocidad de casi noventa kiló­metros por segundo, y ahora, transcurridos treinta minutos, había doblado sobradamente la marca. En el interior del vehículo todo seguía en orden. Richard esperaba el aviso del jefe de vuelo. Sólo unos se­gundos podían faltar para el punto de contacto. En­tre las fases de aceleración y freno se intercalaban algunos instantes de vuelo por inercia. 

Ese período de tiempo era necesario para que el asiento del pi­loto pudiera girar ciento ochenta grados. Porque el transbordador llevaba motopropulsores de eyección en ambos extremos. Con ello se evitaba la compli­cada vuelta del fuselaje, que fuera tradición de la navegación espacial desde un principio. La fase de inercia tenía una duración exacta de 14,35 segundos. Así de minuciosos eran todos los cálculos efectuados para el vuelo a la Luna del transbordador, ya que la tremenda velocidad exigía que cada maniobra se efectuara en el momento previsto, con una tolerancia de no más de algunas centésimas de segundo. Cualquier error podía provocar una catástrofe.

—Punto de conmutación menos treinta segundos, Dick —anunció Karl Wetzstein—. ¿Cómo te encuen­tras?

—Mareado por la velocidad —intentó bromear Mc­Henry.

—Así me gusta —rió el director de vuelo—. Fal­tan quince segundos.

Exactamente quince segundos después cesó la presión. Callaron los motores. El sillón empezó a girar y, en nueve segundos y medio, describió una rotación de 180 grados. La consola y el tablero de mandos iban sujetos al asiento y dieron también la vuelta.

—..., tres..., dos..., uno... —contó Karl Wetzstein.

Y, de pronto, una voz ahogada. Un grito. Richard McHenry supo en seguida lo que había ocurrido: fallaba el sistema de freno. El transbordador seguía volando por inercia. En el receptor hubo crujidos y zumbidos. Dick se imaginó a los hombres de la es­tación espacial. Wetzstein habría desconectado el micrófono para que no llegaran hasta él las excla­maciones de angustia y le preocuparan todavía más. ¡Pobre Karl! Siempre pensaba en todo.

Entonces, como si le arrancaran un velo de los ojos, McHenry se dio cuenta del peligro que corría. El vehículo se acercaba a la Luna a una velocidad de más de 190 kilómetros por segundo. La redondez del satélite parecía hincharse y crecer continuamente en la pantalla, como si fuera a arrojarse sobre el pe­queño e indefenso transbordador. De sobra sabía el piloto que, si no sucedía algo inmediatamente, en poco más de un cuarto de hora se estrellaría contra la superficie lunar.

El receptor cobró nueva vida con un crujido.

—Dick, tenemos un problema —explicó la voz serena de Wetzstein—, pero no hay motivo de te­mor. El diagnóstico indica que hay un conmutador defec­tuoso en la computadora de a bordo —prosiguió Wetzstein—. El conmutador puede ser sustituido mediante una interrupción manual. Ahora te leeré una lista de posibilidades. Cada vez que...

—No creo que tengamos tanto tiempo —le cortó Richard—. ¿Qué te parece si activo las toberas de mando y paso de largo junto a la Luna?

—Eso significaría un fallo de la empresa —con­testó Wetzstein en seguida—. Te digo que no es tan crítica la situación.

—Entendido —confirmó McHenry, si bien en el fondo de su conciencia surgió la duda respecto a que el jefe de vuelo diera más importancia al riesgo de fracaso que a la seguridad del piloto.

—Así pues, conexión uno —dijo Wetzstein—. Acu­mulador nuclear, segundo sector, ¡fuera!

—Acumulador nuclear, segundo sector, ¡fuera! —repitió McHenry tras efectuar la maniobra.

—Posible la conexión manual. ¡Ahora!

—Posible la conexión manual. ¡Ahora!

Richard McHenry realizó seis operaciones en to­tal. Entonces agregó Wetzstein:

—Recuéstate y descansa, chico. El resto lo hare­mos nosotros desde aquí. La presión resultará un poco más pesada de soportar. Para disminuir la en­demoniada marcha que llevas, debemos subir pro­visionalmente hasta los veinte grados.

McHenry tensó los músculos en espera de los efectos de freno. Pasaron unos segundos. Como un relámpago surcó la mente del piloto una sospecha. ¿Y si no era el conmutador lo que fallaba...?

Voces agitadas en el receptor. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde las manipulaciones? ¿Cuán­tos minutos había perdido inútilmente? ¿A qué dis­tancia se hallaba aún de la Luna? La gigantesca bola grisácea parecía mirarle burlona desde la pantalla. Alguien gritó:

—¡Eso no puede continuar, porque se va a...!

El resto fue un murmullo. Una mano debió tapar la boca al imprudente. Inmediatamente se oyó la voz de Karl Wetzstein:

—Activamos las toberas de mando, Dick. Verás que la nave pasa de largo junto a la Luna. Desde donde tú estás, a la derecha... Luego volveremos a hablar.

Ni una palabra sobre el conmutador defectuoso que, apaentemente, había sido superado con ayuda de las seis operaciones a mano. Ni una palabra, tampoco, sobre el hecho que la maniobra de desviación llegaba demasiado tarde. El transbordador no estaba preparado para efectuar rápidos cambios de ruta. 

Sus especialidades eran la aceleración y el freno, pe­ro nadie había hablado jamás de cambios de rumbo. Esta capacidad no necesitaba estar muy desarro­llada mientras el aparato volara de acuerdo a un plan. Además, existía un proyecto para vender el transbordador a instituciones oficiales y científicas, y en semejante caso se hablaba de las ventajas del ingenio; no de sus posibles puntos débiles.

El miedo se apoderó de Richard McHenry. Con los ojos clavados en la pantalla, intentó captar el movimiento que debía hacerse visible en cuanto co­menzaran a trabajar las toberas de mando. La Luna ya no era un disco. Ahora llenaba por completo la pantalla y se había convertido en un infernal paisaje de roca gris, blanca luz y negras sombras. 

La mirada del piloto se posó en un prominente cráter y creyó comprobar que el vehículo se movía hacia un lado. Pero lo hacía demasiado despacio. La circunferencia de la enorme boca aumentaba con mayor rapidez que aquella con la que se producía su cambio de posi­ción.

Las ideas se confundieron en la mente de Richard McHenry. Con frecuencia se había visto cerca de la muerte, pero nunca de modo tan irremediable. El conocimiento le fallaba. El miedo a morir parecía hacer un nudo en su cerebro. El hombre no supo ya qué veía, y perdió la noción del paso del tiempo. La desgarrada superficie lunar se le antojó una ho­rrible mueca de la parca. 

Su interior se rebelaba contra la despiadada suerte que le condenaba a es­trellarse contra aquel cuerpo celeste sin vida..., y a la máxima velocidad alcanzada jamás por una as­tronave tripulada. McHenry empezó a gritar. Chilla­ba con tanta fuerza, que los oídos le retumbaban en la estrechez del casco. 

Vio cómo se desparramaban los detalles del suelo de la Luna, escurriéndose hacia todos lados como si tuvieran prisa en abandonar el lugar del choque. El piloto se mordió la lengua y notó el sabor salado de la sangre...

En aquel instante de supremo terror saltó una chispa en alguna parte del martirizado cerebro de McHenry. Acababa de romperse un puente sobre el que hasta entonces se habían movido ordenadamente sus pensamientos e impresiones...

Y de súbito se produjo en la existencia de Richard McHenry una drástica transformación.

Estaba apoyado en el mostrador de un pequeño bar. No conocía el establecimiento ni a la gente que había en él. Tenía un vaso delante. Lo tomó asom­brado y bebió un trago. Whisky de centeno con jen­gibre, como siempre. Estaba tan atónito que fue incapaz de formular pensamiento alguno durante unos instantes. Simplemente permaneció sentado, con la mirada fija que no veía nada.

Se había estrellado contra la Luna, ¿no? El trans­bordador no había podido ser frenado. Vehículo y cadáver se encontrarían en cualquier parte entre Lassell y Guericke, al nordeste del Mare Nubium. ¿Era aquello el reino de los muertos? ¿El bar y su dueño, un hombre en mangas de camisa? ¿Con el te­levisor al fondo? ¿Y con todos los demás clientes?

¿O había sido sólo un sueño? Quizá todavía es­taba soñando... ¿Pudo ser producto de su calentu­rienta fantasía ese vuelo de prueba en el transborda­dor? O tal vez se había realizado un milagro. Una fuerza desconocida le había arrancado del aparato en el último momento, trasladándole al bar... Que justamente fuera esta idea la que le pareció más admisible, demuestra cuál era el estado mental de Richard McHenry. 

Sí, el destino le había hecho un regalo. La vida. Pero no debía hablar sobre ello. Ni siquiera pensar en semejante misterio. De otro mo­do, el destino se cansaría de él y le arrebataría lo que con tan imponente generosidad le había concedido. Era como el niño del cuento, al que un hada regaló una jarra de leche que nunca se vaciaría, mientras no contara cómo se había convertido en dueño de tan maravillosa vasija. 

El pequeño resis­tió la tentación durante un par de días, pero luego fue incapaz de negar la respuesta a las curiosas preguntas. Explicó la historia y, cuando de nuevo quiso servirse leche de la jarra, la halló vacía.

Tenía que procurar pasar inadvertido. Y sobre todo averiguar dónde había ido a parar. Una rá­pida mirada al calendario colgado junto al televisor le causó el primer susto. El 13 de septiembre de 1999. El día en que debía tener lugar el vuelo de prueba a la Luna. El reloj de su muñeca marcaba la una y cuarenta y cuatro. Pero no debía funcionar bien, ya que el de la pared señalaba las nueve y quince. 

McHenry dedicó su atención al televisor. Nada le aclaró el documental que proyectaban. Sólo un cuar­to de hora más tarde hubo una interrupción del programa. Apareció en la pantalla el multicolor pavo real de la National Broadcasting Corporation, y la voz de un locutor invisible anunció:

«Aquí canal cinco, WFLC, Florence, Carolina del Sur. Son las veintiuna treinta.»

A continuación dio comienzo un nuevo programa, que no interesó a Richard McHenry. Éste vació su vaso y pagó. El hombre del bar dijo:

—¡Buen viaje, señor! ¿Está seguro que podrá llegar esta misma noche a Florida?

Sin pensarlo apenas, Richard McHenry hizo un gesto con la mano.

—¡Claro que sí! —repuso con voz firme—. Sólo hay unos centenares de millas, y además estoy per­fectamente sereno.

El camarero esbozó una risita. McHenry saludó y salió al exterior. Un aire húmedo y caliente le dio en la cara. De pronto, el piloto comprendió que la pregunta del hombre era más significativa de lo que de momento había creído. Sabía que él se diri­gía a Florida. ¿Quién se lo había dicho? 

Hasta la hora de pagar, Richard no había cruzado palabra alguna con él. Además, ni él mismo sabía cuál era su destino. Recordó los primeros segundos de su... —¿cómo decirlo...?—, de su aparición, cuando se en­contró de repente en un taburete de bar, en vez de continuar en la cabina llena de aceite del transborda­dor. Nadie se había extrañado de verle allí. 

Al menos no recordaba que nadie hubiese mostrado sorpresa ¿Qué explicación tenía eso? Sólo una: que durante todo el rato hubo seguramente un segundo Richard McHenry a su lado o, mejor dicho, en su lugar. Un segundo Richard que en algún momento había en­trado en el bar como un cliente completamente nor­mal, sentándose ante el mostrador.

Y ese hombre, el doble de McHenry, debió hablar con el encargado o propietario del local, y a lo largo de la conversación le habría dicho que aquella mis­ma noche pensaba llegar a Florida. Hasta ese punto la cosa era bastante lógica. Pero había una dificultad. ¿Qué había sido del doble al presentarse el ver­dadero Richard McHenry?

Delante del bar se extendía un estacionamiento. Ri­chard buscó en el bolsillo derecho de su pantalón y halló las llaves que allí solía llevar. Ford Motor Company, Lincoln. Continuó adelante y, ya desde le­jos, descubrió su «Mark 8» de color azul turquesa, modelo descapotable; el mismo automóvil que con­dujera hasta el momento de volar a la estación in­terplanetaria para entrenarse de cara al vuelo de prueba en el transbordador. Incluso el número de matrícula era exacto: 19 WW-23146, Florida, Sunshine State, 1999 a 2000.

McHenry entró en el coche. Las llaves encajaban. El motor se puso en marcha con un zumbido. Ri­chard accionó la palanca que hacía subir la capota. Con cuidado abandonó el lugar de estacionamiento y enfiló la carretera. Minutos después vio un indicador: «Interstate 95, South». Siguió aquel camino y llegó a la autopista. Graduó el cruisomatic a 75 millas por hora y, en adelante, sólo tuvo que ocuparse del volante. Conectó la radio y dejó que una suave música ligera, interrumpida por anuncios, in­vadiera el vehículo. Tenía mucho en que pensar.

Los razonamientos que se hacía se acercaban de manera asombrosa, en muchos puntos, a las leyes naturales que, siglos más tarde, había de establecer e interpretar la cronosofía. Parte de estas reflexiones pasó a la posterioridad en forma de correspondencia mantenida meses después entre Richard McHenry y su más íntimo amigo, y constituyen hoy lectura obligada para todo estudiante de cronosofía.

El piloto pensó que no podía haber un solo nivel de existencia, sino varios. En sus cartas empleaba esta misma expresión. La cronosofía usa, por el contrario, el concepto de condiciones universales o, simplemente, universos. McHenry llegó a la conclu­sión que, por lo general, la vida de una persona se desarrolla en una única esfera de existencia. No así en su caso. 

La tremenda presión psíquica de los momentos anteriores al choque del transbordador contra la superficie lunar le había arrancado, por lo visto, del nivel acostumbrado para lanzarle a otro muy distinto: aquel en que Richard, en vez de pre­pararse para el peligroso vuelo en la estación espa­cial, permanecía sentado en un bar de Florence, localidad de Carolina del Sur, con el propósito de trasladarse aquella misma noche a Florida.

Pero la hipótesis de los diversos niveles de exis­tencia no explicaba la presencia de otro McHenry, del doble que estuvo en el bar antes que el auténtico y conversó con el dueño. Más lógico era pensar (que el doble debía ser trasladado a su vez a otra esfera, al presentarse el verdadero McHenry. Eso demostraría la existencia de una reacción en cadena según la cual, en cada nivel, un McHenry ya apare­cido era, irremisiblemente, expulsado por otro. Y uno tenía que ser, por fin, el condenado a pilotar el transbordador y estrellarse contra la Luna...

Esta idea produjo remordimientos de conciencia a Richard McHenry. Si su teoría era cierta, él era responsable —voluntaria o involuntariamente— del hecho que otro McHenry hubiese perdido la vida. Desde luego, Richard no se habría hecho semejantes reproches si hubiera conocido las leyes de la cronosofía. Porque su hipótesis era equivocada en ese punto. No existía ninguna reacción en cadena en cu­yo transcurso los McHenry se arrojaran mutuamen­te de las esferas existenciales. 

Sólo tenemos un sin­número de posibles condiciones universales, en cuya totalidad se hallan realizados los acontecimientos y las circunstancias imaginables. Hay, entonces, un gran número de universos en los que un McHenry se es­trella en su transbordador contra la Luna. Y exis­te casi el mismo número de circunstancias en las que un Richard McHenry se encuentra de pronto sentado en un bar desconocido y recuerda que, se­gundos antes, estaba a punto de aplastarse contra la superficie del satélite. 

Según las leyes de la cronosofía, no debe preguntarse por el «antes». Para el hom­bre sólo resultan esenciales las condiciones univer­sales que su razón le permite comprender. La inves­tigación de otras circunstancias escapa incluso a la lógica más desarrollada.

Poco después de las once, la emisora que Richard McHenry había tenido puesta hasta entonces inte­rrumpió su programa para dar paso a una voz mas­culina evidentemente impresionada:

«Estimados radioescuchas: Trasmitimos un bo­letín que acabamos de recibir. Como quizá ya sepan, se proyectaba probar en estos días, de manera ya definitiva, el nuevo transbordador lunar construido por el consorcio United Aerospace Industries. La estación espacial nos comunica que el primer vuelo de prueba ha dado comienzo hace media hora, apro­ximadamente. La nave lleva sólo un piloto a bordo y todo parece indicar que este hombre lucha con serias dificultades. Establecemos conexión con la estación interplanetaria.»

Hubo una breve pausa. Desconcertado, McHenry observó que era exactamente la misma hora en que, después de la vuelta dada por el asiento del piloto, había esperado que los frenos empezaran a funcionar. Lo había olvidado. Las reflexiones sobre los niveles de existencia le distrajeron.

A través de la radio surgió ahora, envuelta en factores perturbadores, la voz de un técnico de la estación espacial:

«Habla Jeff Cooper en nombre de UAL. El trans­bordador despegó hoy, a las veintidós horas treinta y ocho minutos según el horario Este de verano, en dirección a la Luna en su primer vuelo de prueba. La distancia de aproximadamente ciento noventa mil kilómetros que separa la estación del punto de conmutación, es decir, del punto en que hay que pasar de la aceleración positiva a la negativa, fue cubierta en treinta y dos minutos. 

Un fallo impidió que se pusiera en marcha el dispositivo de freno y, en es­tos momentos, el vehículo avanza a gran velocidad, por inercia, contra nuestro satélite. El equipo diri­gido por Karl Wetzstein, director de vuelo, trabaja febrilmente para descubrir el fallo y hacer posible el alunizaje seguro de la nave. Dentro de escasos minutos... ¡Un momento, señores, recibo más infor­mación!»

Se oyeron unos murmullos. Al cabo de pocos se­gundos volvió a oírse la voz del locutor, ahora francamente dominada por la angustia.

«Acaban de comunicarme que el fallo no se debe a un conmutador defectuoso situado en la computadora de a bordo. Dicho conmutador ha sido sustituido manualmente, pero los frenos siguen sin responder. Por desgracia, el tiempo perdido con los desesperados intentos es demasiado, por lo que, dada la velocidad del vehícu­lo, existen pocas esperanzas de salvación para la nave. Hay que contar, entonces, con que el transborda­dor se estrelle con su piloto Rich... ¡Un instante, señores, vuelven a interrumpirme!»

Y, apartando el micrófono: «¿Qué hay ahora?»

Un silencio, murmullos ahogados y luego, durante varios segundos, nada. Por último volvió la voz del locutor, solemne y patética:

«Señoras y caballeros, debo tristemente informarles que la nave se ha estrellado hace unos momentos contra la superficie de la Luna. Les habla Jeff Cooper. Me despido de ustedes y devuelvo la conexión a la emisora.»

El hombre de la radio había esperado que le dieran la entrada. Estaba preparado. Los oyentes no debían tener ocasión de reflexionar sobre el accidente. Era imprescindible que antes conocieran la opinión de los técnicos.

«Aquí radio WBOR, Riceboro, Georgia. Estimados radioescuchas: la catástrofe que acaba de producirse en la Luna nos ha conmovido profundamente a todos. Intentamos imaginar lo sucedido, pero temo que ustedes, como yo, no posean conocimientos técnicos suficientes para explicarse la desgracia. Por lo tanto paso el micrófono a nuestro experto en vuelos espaciales, el doctor Milton Kuhn, quien...

Richard McHenry desconectó el aparato. Las palabras del locutor seguían sonando en sus oídos y confirmaban la sospecha que ya le había asaltado a bordo del transbordador: que a los hombres encargados de preparar el viaje les importaba más el éxito de su cometido que la seguridad del piloto de pruebas.

Jeff Cooper había hablado de las pocas esperanzas de salvación para la nave. ¡No para el piloto sino para la nave! También había dicho que era de temer que el transbordador se estrellara con su piloto. ¡No que se estrellara el piloto con el transbordador! Y luego la noticia del choque del vehículo contra la superficie lunar. Ni una palabra más sobre el piloto de pruebas que forzosamente había perdido la vida...

El solitario automovilista sintió una ira incontenible. ¡Al diablo merecía ser enviada toda aquella camarilla maldita, que sólo pensaba en el triunfo de la técnica y no daba valor alguno a la vida del hombre a quien, a fin de cuentas, debían su éxito! Recordó perfectamente el miedo experimentado cuando intentaba suplir el conmutador estropeado, cuando transcurría minuto tras minuto y la Luna estaba cada vez más cerca.

La cólera pudo más que él y, bajo la carga emo­cional, volvió a producirse una chispa en su cerebro. Un nuevo puente se hundió en su conciencia...

Se hallaba atado a su sillón de la nave. La pre­sión producida por la aceleración le comprimía du­ramente contra los almohadones rellenos de aceite. Con toda su energía trataba de vencer el pánico que se iba apoderando de él, porque el recuerdo del viaje nocturno por la autopista de Georgia estaba todavía fresco en su mente. La misma inexplicable fuerza que ya una vez le arrojara de un nivel de existencia a otro, acababa de jugar de nuevo con él.

A través del receptor instalado en el casco le llegó la voz de Karl Wetzstein con su acento alemán:

—Punto de conmutación menos treinta segundos, Dick —dijo tan tranquila—. ¿Cómo te encuentras?

—Mareado por la velocidad —respondió McHenry.

Era increíble: en otra ocasión había pronunciado ya las mismas palabras, y ahora acababa de repetir­las sin saber lo que decía. Wetzstein rió.

—Eso me gusta. ¡Faltan quince segundos!

Y de súbito, a los quince segundos, cesó la pre­sión. Calló el grupo motopropulsor. El sillón em­pezó a girar. En nueve segundos y medio describió una rotación de ciento ochenta grados. También se movían la consola y el cuadro de mandos. Richard McHenry dominó el impulso de arrojarse sobre la consola y separar el acoplamiento que unía el grupo motopropulsor de la máquina computadora. Pero to­davía no era prudente. No sabía si la historia se repetiría.

—..., tres..., dos..., uno... —contó Wetzstein.

Una exclamación ahogada y un grito brotaron del receptor. Richard McHenry, ahora sin peso y sólo impedido en sus movimientos por el viscoso aceite, se levantó para inclinarse sobre la consola. El recep­tor llevaba un rato desconectado. Cuando volvió a cobrar vida, Karl Wetzstein dijo:

—Tenemos un problema, Dick. Pero no hay moti­vo de alarma.

—¡Sí que lo hay! —gritó McHenry, antes que el científico pudiera continuar—. Y yo mismo estoy tratando de solucionarlo.

Pulsó un botón tras otro. En primer lugar, una tecla que decía: «Manual Override». Con ello tenía el vehículo en su poder. Los de la estación espacial ya no podían actuar sobre el aparato.

—¡Dick, escucha, hombre! —suplicó Wetzstein—. Sólo es un conmutador defectuoso, que desde aquí...

—¡Al diantre con tu conmutador! —bramó Richard Mc­Henry, furioso—. No quiero estrellarme contra la Luna. ¡Además no es el conmutador lo que falla!

—¡Dick! —La voz de Karl Wetzstein adquirió de pronto un tono cortante e imperioso—. Reaccionas de manera irresponsable. Te ordeno que...

—¡Cállate!

El técnico quedó un instante sin saber qué de­cir. Cuando habló de nuevo, lo hizo de otro modo. Evidentemente había llegado a la conclusión que el piloto estaba a punto de perder el juicio y que sólo se le podría volver a la razón con palabras sen­satas y reposadas.

—Dick, te ruego que desconectes el «Manual Ove­rride».

—¡Un cuerno! —jadeó McHenry—. He puesto en marcha las toberas de mando e intento pasar por el borde de la Luna.

—¡Repito que la situación no es tan crítica! —in­sistió Karl Wetzstein—. Sólo hace falta salvar el conmutador y frenar luego con algo más de fuerza.

—¡No es el conmutador! —repuso de nuevo McHenry.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé de sobra, y además voy a decirte una cosa: Ustedes, los de abajo, piensan únicamente en el transbordador. Sólo les importa el resultado del vuelo. Mi seguridad no preocupa a nadie. ¡Allá ustedes con vuestra conciencia! Pero entérate del hecho que a mí sí que me interesa mi vida, ¿oyes? Si tengo suer­te, pasaré con el vehículo por encima de la Luna. En otra ocasión podemos intentar el vuelo nueva­mente, pero ahora..., ¡ahora déjenme en paz!

Wetzstein se tomó muy a pecho las palabras de McHenry. El contacto con el transbordador se man­tuvo, pero no se cruzaron más palabras. A los pocos minutos se demostró el éxito de las operaciones rea­lizadas por el piloto. Las toberas de mando habían entrado en acción y, poco a poco, la nave fue em­pujada hacia arriba. «Arriba» significaba en este ca­so, dada la falta de peso de McHenry, la dirección en que se hallaba la pantalla. 

Paulatinamente, la Luna empezó a deslizarse hacia abajo. Muy pronto quedó confirmado que la maniobra no podía haber­se retrasado ni en un segundo más. El transbordador pasó junto a la Luna sin sufrir daño alguno, pero en el punto de la distancia mínima la separaban del satélite veinte kilómetros escasos.

Richard McHenry volvió a ponerse en comunica­ción con el jefe de vuelo. El vehículo continuaba des­lizándose por el espacio a la misma velocidad. Wetzstein y el piloto acordaron que McHenry debía accionar a mano el giroscopio que permitía al trans­bordador girar alrededor de su reducido eje. 

El proceso requirió más de media hora. Ése era el mo­tivo por el cual Richard ya no había considerado an­tes tal posibilidad. Sólo después de haber dado la vuelta la nave pudo ser puesto nuevamente en fun­cionamiento el grupo motopropulsor de proa y uti­lizado para frenar el aparato. Mientras tanto en la estación interplanetaria habían preparado un plan de vuelo que permitiría a McHenry regresar a la base sin hacer escala en la Luna. 

En la media hora de vuelo sin impulsión hasta más allá de nuestro sa­télite, el vehículo había recorrido casi trescientos sesenta mil kilómetros. El retorno le llevaría a Mc­Henry día y medio. La enorme capacidad del grupo motopropulsor de la nave podía aprovecharse úni­camente en una décima parte, dado que su mecanis­mo de dirección era accionado principalmente a mano, aunque siguiendo las órdenes de la estación interplanetaria. Poco antes del término del viaje, Richard McHenry tendría que volver a girar el trans­bordador para poder frenar la marcha.

Si hasta entonces el pueblo apenas se había inte­resado por los ensayos de una empresa privada, las noticias transmitidas después del espectacular sal­vamento de McHenry cuando estaba a punto de es­trellarse contra la Luna se refirieron a un solo tema: el nuevo transbordador. 

El piloto regresó a la base en condiciones bastante buenas, aunque un poco ham­briento. De haber funcionado todo del modo pre­visto, tras el alunizaje hubiera ocupado durante un día la solitaria estación lunar automática, que con­taba con suficientes provisiones.

Richard fue trasladado sin demora a la Tierra, donde la UAI le mantuvo alejado de toda publicidad durante un par de días. La importante agrupación industrial no había olvidado aún el informe del jefe de vuelo, según el cual McHenry, pese a ser un pres­tigioso piloto de pruebas, había fallado en el mo­mento decisivo, negándose a obedecer las órdenes. Y eso no se podía tolerar, sobre todo por prevalecer la opinión que el problema técnico de a bordo era causado simplemente por el defecto de un conmutador, cosa que habría podido superarse.

Pero luego se comprobó la sensacional realidad, si bien ésta no llegó nunca a oídos del gran público. El conmutador resultó ser inocente. Lo que había fallado era un elemento de control del sistema propulsor de proa. Y para complicarlo todo aún más, el programa diagnóstico de la potente máquina computadora de la estación espacial había dado una indicación equivo­cada, por culpa de un error de programación, echan­do la culpa de todo al conmutador. 

En consecuencia, Richard McHenry se habría estrellado efectivamente contra la Luna si hubiera hecho caso a su jefe. Sólo su terquedad le había salvado de una muerte segura, evitando asimismo la destrucción del costoso proto­tipo de transbordador.

Los de la UAI se preguntaban cómo pudo averi­guar Richard McHenry que no era el conmutador lo que fa­llaba, pese al diagnóstico de la computadora. Nadie lo entendía y el piloto se negó a dar explicaciones, por lo que oficialmente se atribuyó la salvación, con palabras más o menos ampulosas, al «instinto del experto astronauta».

Pero había otra cuestión para la que McHenry hallaba tan poca respuesta como los hombres de United Aerospace Industries a su problema. ¿Dónde quedaba el mundo en que el otro McHenry se ha­bía estrellado realmente contra la Luna? ¿Dónde se hallaba el otro nivel de existencia en el que, de noche, un «Mark 8» volaba por la autopista de Geor­gia, y qué había ocurrido después que la fuerza del destino arrancara de un segundo a otro a McHenry de su asiento al volante del coche para devolverlo al transbordador lunar?

¡Pobre Richard McHenry! Unos siglos más tarde, las leyes de la cronosofía hubieran podido aclarar sus dudas, pero así tuvo que arrastrarlas consigo. Sabemos, a través de su testamento, que ese miste­rio ocupó su mente hasta el final de sus días.

La mujer del bosque - Abraham Merritt


Mac Kay permanecía sentado en el balcón del pequeño albergue, un edificio agazapado como un gnomo bajo los abetos, en la orilla oriental del lago.
Era un pequeño y solitario lago cerca de una de las cumbres de los Vosgos, aunque solitario no es la palabra exacta; era más bien retirado, distante. Las montañas lo rodeaban por todos lados, formando como un amplio cuenco bordeado de árboles, y parecía estar lleno, o al menos esa había sido la impresión que había tenido Mac Kay al verlo por primera vez, con el tranquilo vino de la paz.
Mac Kay había sido un as de la Gran Guerra, primero volando con los franceses, luego con las fuerzas de su propio país. Y, como un pájaro, amaba a los árboles. Para él un árbol no era solamente un tronco, unas raíces, unas ramas y unas hojas, sino también una personalidad. Tenía una profunda consciencia de las características que los diferenciaban, incluso dentro de los de una misma especie: este abeto era amable y benevolente, ese otro austero y taciturno, aquel se erguía arrogante, aquel de más allá era un sabio sumergido en una verde meditación. Los abedules eran las ninfas, esa de aquí loca y libertina, aquella otra virginal y soñadora.
La guerra lo había golpeado duramente, minando su cuerpo, su mente, su alma. Hacía años de aquello, pero su herida aún no se había cerrado. Sin embargo, cuando penetró en aquel gran cuenco verde al volante de su coche, notó que el espíritu del lugar le tendía los brazos, lo acogía y lo acariciaba, le prometía la curación. Tuvo la impresión de que era atraído como una hoja seca en medio del bosque, de que era acunado tiernamente por las suaves manos de los árboles.
Se detuvo en aquel pequeño albergue y decidió quedarse, primero unos días, luego unas semanas.
Los árboles lo habían curado; el suave murmullo de las hojas, el ligero canturrear de las agujas de los pinos, habían ahogado primero, luego arrojado de su mente, el estruendo de la guerra y el recuerdo de los sufrimientos. La herida de su alma se había cerrado lentamente y había cicatrizado, e incluso la cicatriz había desaparecido, como las cicatrices de la Tierra desaparecen bajo las doradas hojas del otoño. Los árboles habían impuesto sus ligeros dedos verdes sobre sus ojos para borrar las visiones de la guerra. Había absorbido la savia de las boscosas montañas, y de ella había extraído nuevas fuerzas.
Sin embargo, mientras su cuerpo y su alma iban sanando, Mac Kay había empezado a notar, poco a poco, que aquel lugar estaba inquieto; que la paz ya no era perfecta, que en ella anidaba un fermento de miedo.
Era como si los árboles hubieran esperado a que curara por completo para hacerle saber su propia agitación. Ahora estaban intentando decirle algo; había en el murmullo de las hojas, en el cantar de las agujas de los pinos, algo estridente, una especie de aprensión y de cólera.
Y era aquello lo que había persuadido a Mac Kay a quedarse en el albergue, la impresión de que algo lo estaba llamando, la impresión de que algo no iba bien y pedían su ayuda. Tendía el oído para sorprender algunas palabras entre el rumor de las ramas, unas palabras que vacilaban en el umbral de su comprensión humana.
Pero esas palabras nunca eran formuladas.
Se había ido orientando gradualmente, había enfocado su mente hacia el lugar de donde surgía la desazón del valle, o al menos de donde él creía que surgía.
A orillas del lago tan solo había dos edificaciones. La primera era el pequeño albergue, y a todo su alrededor los árboles se apretujaban como para protegerlo gentilmente, afectuosamente. Como si no solo aceptaran su presencia, sino que hicieran de él una parte más del bosque.
No ocurría lo mismo con la otra casa. Antiguamente había sido el pabellón de caza de unos señores muertos hacía mucho tiempo, ahora era una pura ruina. Estaba situada al otro extremo del lago, exactamente frente al albergue y sobre un altozano, a unos ochocientos metros de la orilla. Antes había estado rodeada de campos fértiles y de un hermoso huerto.
Ahora el bosque los había invadido. Los baldíos campos estaban ocupados por álamos y abetos, como soldados guardando un puesto de avanzada; los pelotones de jóvenes retoños avanzaban como exploradores entre los viejos y resecos árboles frutales. Pero el bosque había tropezado con una fuerte resistencia: renegridos tocones testimoniaban que los que vivían en el pabellón habían derribado a los invasores, el calcinado suelo revelaba que habían incendiado el bosque.
Allí estaba el núcleo del conflicto que adivinaba. Allí, el verde pueblo del bosque era a la vez amenazador y amenazado, estaba en pie de guerra. El pabellón era una fortaleza sitiada por los árboles, una fortaleza cuya guarnición efectuaba escaramuzas, blandiendo el hacha y la antorcha para vencer a los asaltantes.
Pese a todo, Mac Kay sentía la inexorable ofensiva del bosque; lo imaginaba como un ejército verde cubriendo incansablemente las brechas ocasionadas entre sus filas, extendiendo sus raíces por las zonas devastadas, enviando su savia para sostener a los jóvenes retoños, con una paciencia aplastante, una paciencia y una fuerza extraídas del propio seno de las eternas colinas.
Tenía la impresión de una incesante vigilancia, como si día y noche el bosque tuviera fijos sus miríadas de ojos en el pabellón, sin que nada pudiera desviarlos de allí. Había hablado de esa impresión al dueño del albergue y a su mujer, que se lo habían quedado mirando con curiosidad.
–Al viejo Polleau no le gustan los árboles, eso es cierto –había dicho el hombre–. Ni a él ni a sus dos hijos. No les gustan los árboles, y me atrevería a decir que a los árboles tampoco les gustan ellos.

Entre el pabellón y el lago, en la ladera del ribazo, había un precioso bosquecillo de abedules y de abetos, ocupando no más de una hectárea. No fue tan solo la belleza de aquellos árboles, sino su curiosa disposición, lo que despertó la curiosidad de Mac Kay. A cada extremo del bosque había diez o quince abetos de relucientes agujas, no agrupados sino desplegados como en orden de combate; a lo largo de los otros dos lados había también algunos abetos, situados a intervalos muy regulares. Los abedules, esbeltos y delicados, crecían en el interior de aquel perímetro, protegidos por los otros árboles más sólidos, pero lo suficientemente espaciados como para no molestar.
Para Mac Kay, aquel bosquecillo evocaba una procesión de alegres damiselas paseando bajo la protección de valerosos caballeros. Con una especie de sexto sentido, veía a los abedules con los rasgos de mujeres adorables, risueñas y vaporosas, y los abetos eran sus amantes, quizá trovadores o guerreros revestidos de brillantes armaduras verdes. Y cuando el viento soplaba y curvaba la copa de los árboles, era como si las damiselas de ligeros pies se sujetaran sus largas ropas de follaje, inclinaran sus tocadas cabezas y bailaran, rodeadas por los abetos caballeros, que las tomaban del brazo y danzaban con ellas bajo los poderosos acordes del viento. En aquellos momentos creía casi oír la suave risa de los abedules y los alegres gritos de los abetos.
 
Luego, un día, Mac Kay vio a Polleau y sus dos hijos. Había dejado transcurrir la tarde en su ensoñación, en mitad del bosquecillo, y al anochecer lo abandonó a disgusto para tomar de nuevo la barca y atravesar el lago en dirección al albergue. Estaba a un centenar de metros de la orilla cuando surgieron tres hombres de entre los árboles y se le quedaron mirando fijamente; tres hombres de expresión sombría, más grandes y más fuertes que la mayoría de los campesinos franceses.
Los saludó amistosamente, pero no le respondieron; permanecieron inmóviles allí, mirándole torvamente. Y, mientras Mac Kay se inclinaba de nuevo sobre los remos, uno de los hijos levantó su hacha y la dejó caer salvajemente contra el tronco de un estremecido abedul que tenía a su lado. Mac Kay creyó oír al árbol lanzar un gemido de dolor, y a todo el bosquecillo suspirar. Tuvo la impresión de que la afilada hoja se hundía en su propia carne.
–¡Pare! –gritó–. ¡No haga eso, por el amor de Dios!
Por toda respuesta, el muchacho dio un nuevo hachazo, y Mac Kay pudo ver en su rostro un odio chirriante, de una intensidad como jamás había visto. Maldiciendo por lo bajo, hizo girar la barca, sintiendo su corazón inundado de rabia, y forzó los remos para regresar a la orilla. Oyó de nuevo el sordo choque del hacha, y luego otra vez, y otra, y mientras se acercaba a tierra firme oyó un crujido y, de nuevo, el grito de dolor. Se giró.
El abedul se inclinaba, estaba empezando a caer, y en aquel mismo momento Mac Kay vio algo que lo dejó alucinado. Junto al abedul se hallaba uno de los grandes abetos, y el otro árbol se abatió hacia él, como una joven desvaneciéndose en brazos de su enamorado. Y mientras sujetaba al estremecido abedul, una de las enormes ramas del abeto que el otro árbol había doblado en su caída recuperó su anterior posición con tal violencia que el hombre que manejaba el hacha recibió el golpe en pleno rostro y cayó hacia atrás.
Por supuesto, no se trataba más que de una casualidad, la rama curvada por la caída del arbolillo había recuperado por su propia inercia su posición anterior. Pero la impresión de un gesto consciente era tal, la sensación de una cólera y de una venganza tan vívida, que Mac Kay sintió que su cabello se erizaba y su corazón daba un salto.
Durante un instante Polleau y su otro hijo contemplaron el robusto abeto y el plateado abedul yaciendo reclinado contra su verde seno, enlazado y protegido por las grandes ramas umbrías como una joven herida en los tiernos brazos de su amante. Durante un momento interminable padre e hijo se los quedaron mirando.
Luego, sin pronunciar palabra, pero con la misma expresión de odio, ambos se inclinaron hacia el otro muchacho y lo ayudaron a levantarse, llevándoselo consigo sosteniéndolo entre los dos.

Y aquella mañana, sentado en el balcón del albergue, Mac Kay recordaba aquella otra escena; cuanto más pensaba en ella, más viva era la impresión de humanidad del abedul abatido reclinándose en las ramas del abeto protector, y de la deliberada voluntad del golpe dado al hombre. Habían pasado dos días desde aquello, durante los cuales había sentido aumentar la inquietud de los árboles y sus cuchicheantes llamadas le parecían más apremiantes que nunca.
¿Qué intentaban decirle? ¿Qué querían que hiciera?
Turbado, contempló el lago, buscando horadar las brumas que se arrastraban por su superficie ocultando la otra orilla. Y de pronto tuvo la sensación de que el bosquecillo le llamaba, sintió que su atención era atraída del mismo modo que el polo atrae y retiene la aguja imantada de la brújula.
El bosquecillo le llamaba, le suplicaba que acudiera a su encuentro.
Mac Kay obedeció instantáneamente; se levantó y descendió al pequeño embarcadero; saltó a la barca, y empezó a remar a través del lago. Apenas sus remos penetraron en el agua, su inquietud de disipó y fue reemplazada por una sensación de paz y una curiosa exaltación.
La bruma era espesa sobre el lago. No había el menor soplo de viento, y sin embargo la neblina torbellineaba en volutas, derivando y adoptando caprichosas formas, como empujada por unas manos aéreas e impalpables.
Aquella bruma estaba viva; se definía en fantásticas formas de palacios de opalescentes fachadas, ante los cuales la barca pasaba rápidamente; formaba colinas y valles y llanuras cuyo suelo era un estremecimiento de sedas. Minúsculos arcoiris aparecían, fugaces, y sobre el agua brillaban reflejos de luz destellando como ópalos. Tuvo la ilusión de distancias inconmensurables... las colinas de bruma eran auténticas montañas, los valles ya no eran ilusorios. El mismo era un coloso atravesando un bosque encantado.
Una trucha saltó fuera del agua, y fue como un leviatán surgiendo de los abismos insondables.
Todo era silencio. Mac Kay se inclinó hacia adelante y se dejó llevar a la deriva, manteniendo los remos inmóviles. Ante él, alrededor de él, tenía la impresión de que en el silencio se abrían las puertas de un mundo desconocido.
De pronto oyó voces, numerosas voces; tenues al principio, un simple murmullo; luego más fuertes. Suaves voces de mujeres, cantarinas, mezcladas con otras más graves de hombres. Voces que se elevaban y descendían y se hinchaban para cantar una melopea salvaje y alegre que tenía, sin embargo, acentos de tristeza y de rabia, como si unos dedos encantados tejieran en la seda de los rayos del Sol hilos obscuros teñidos en las tinieblas de la tumba e hilos enrojecidos empapados en puestas de Sol.
Derivó, sin apenas atreverse a respirar, temeroso de que el menor hálito rompiera aquel misterioso canto. La música estaba cada vez más próxima. Más próxima y nítida; y sintió de pronto que su barca avanzaba más rápidamente, que ya no iba a la deriva; como si las pequeñas olas de su estela la empujaran con manos suaves y silenciosas. La embarcación embarrancó, su fondo rozó los pequeños guijarros de la playa, y el canto se interrumpió.
Mac Kay se irguió y miró ante él. La bruma era más densa todavía, pero de todos modos podía distinguir los contornos del bosquecillo. Tenía la impresión de estar atravesando con la mirada numerosos velos de fina gasa; los árboles parecían moverse, irreales, etéreos. Y, deslizándose entre los árboles, unas siluetas danzaban como las sombras de las tupidas ramas agitadas por una ligera brisa.
Saltó a tierra y ascendió lentamente hacia los árboles. Emergió así de la bruma que, tras él, disimulaba ahora el lago.
Las girantes siluetas desaparecieron, ya no había más movimiento, ya no había ningún sonido entre los árboles, y sin embargo sentía aún que el bosquecillo vivía y le observaba intensamente. Quiso hablar, pero tenía un nudo en la garganta, como si un encantamiento lo redujera al silencio.
–Me habéis llamado. He venido a escucharos, a ayudaros si puedo.
Las palabras se formaban en su mente, pero era incapaz de expresarlas con la voz. Lo intentó desesperadamente, se esforzó; las palabras parecían morir en sus labios antes de que consiguiera darles vida.
Una columna de bruma avanzó como un torbellino y se inmovilizó, vacilante, exactamente delante de él. De pronto, un rostro femenino surgió de ella, sus ojos a la altura de los de Mac Kay.
Un rostro de mujer, sí; pero contemplando aquellos extraños ojos fijos en los suyos, Mac Kay comprendió que pese a las apariencias aquel no podía ser el rostro de una criatura humana. Los ojos no poseían pupilas, los iris eran de un verde tan obscuro como el de un jaral, y en ellos danzaban minúsculas estrellas, parecidas a polvo en un rayo de Luna. Aquellos ojos de corza eran inmensos, muy separados, bajo una frente amplia coronada con trenzas color oro pálido, trenzas hechas de seda tejida entre polvo de oro. La nariz era pequeña y recta, la boca escarlata y exquisita. El rostro era ovalado, rematado con un mentón pequeño y delicadamente puntiagudo.
Era un rostro admirable, pero su belleza era extraña, mágica. Durante un largo momento sus extraños ojos se sumergieron en los de Mac Kay. Y luego dos delgados brazos blancos surgieron de la bruma, rematados en unas manos diáfanas de estilizados dedos. Los dedos rozaron sus oídos.
–Oirá –murmuraron los labios escarlatas.
Inmediatamente un grito se elevó a todo su alrededor; contenía murmullos y crujir de hojas acariciadas por la brisa, el canto de las arpas eólicas en las ramas, la risa de ocultos riachuelos, los gritos alegres de los torrentes cayendo en secretos estanques... todas las voces del bosque.
–¡Oirá! –gritaban.
Los largos y blancos dedos acariciaron los labios de Mac Kay, frescos como la corteza de un abedul contra la mejilla tras una larga y agotadora carrera por el bosque, frescos y sutilmente suaves.
–Hablará –susurraron los labios rojos.
–¡Hablará! –respondieron las mil voces del bosque, como en una letanía.
–Verá –murmuró la mujer, y los frescos dedos se posaron sobre sus ojos.
–¡Verá! –repitió todo el bosquecillo.
La bruma que había ocultado al bosquecillo se levantó, se disipó y desapareció. Fue reemplazada por una atmósfera límpida, translúcida, un éter pálido vagamente luminoso, y Mac Kay tuvo la impresión de hallarse sumergido en el corazón de una diáfana esmeralda. Sus pies hollaban un musgo dorado tachonado de minúsculas estrellas azuladas. La mujer de extraños ojos y mágica belleza estaba de pie ante él. Pudo admirar sus esbeltos hombros, sus firmes senos, la esbeltez de sauce de su cuerpo. Una túnica la recubría del cuello hasta las rodillas, sedosa y delicada y como tejida con tela de araña, a través de la cual su cuerpo relucía como el brillo de una luna joven de primavera con fuego corriendo por sus venas.
Tras ella, sobre el dorado musgo, vio a otras jóvenes parecidas, muchas de ellas, mirándole con los mismos ojos verde obscuro donde danzaba un polvo de brillantes estrellas; como ella, las otras coronaban sus cabezas con trenzas de oro pálido; como ella, tenían rostros ovalados con un mentón puntiagudo; como ella, poseían una belleza mágica y frágil. Pero si bien la primera le miraba gravemente, como sopesándolo, las otras, sus hermanas, parecían burlonas; algunas parecían querer seducirle, ojos brillantes y boca ávida, mientras otras lo estudiaban con curiosidad, y otras incluso parecían querer suplicarle.
En aquella atmósfera transparente de verdosa luminosidad, Mac Kay tuvo consciencia bruscamente de que los árboles del bosquecillo seguían estando allí; pero ahora eran realmente fantasmagóricos, como pálidas sombras proyectadas sobre una pantalla glauca; sus troncos y sus ramas y sus hojas se erguían a su alrededor, como grabados en el aire por algún artista espectral, estilizados y sin substancia, fantasmas de árboles enraizados en otra dimensión.
Y de pronto se dio cuenta de que había hombres entre aquellas mujeres; hombres cuyos ojos eran también separados, extraños y sin pupilas, pero cuyos iris eran marrones o azules; hombres de mentón puntiagudo y rostro ovalado, de hombros poderosos y vestidos con mallas color verde obscuro; hombres curtidos, fuertes y musculosos, pero tan gráciles como las mujeres, y poseyendo como ellas una belleza mágica.
Mac Kay oyó un gemido. Giró la cabeza. Cerca de él, uno de los sombríos hombres vestidos de verde apretaba entre sus brazos a una muchacha. Ella estaba reclinada contra su pecho. Los ojos del hombre expresaban una terrible rabia, y los de la muchacha, semicerrados, sufrimiento. Mac Kay creyó estar viendo de nuevo el abedul que el hijo del viejo Polleau había abatido y que había caído contra el gran abeto. Creyó distinguir la silueta de los dos árboles alrededor del hombre y de la muchacha. Durante un instante, la muchacha y el hombre, el abedul y el abeto, se confundieron. La mujer de labios escarlata le rozó el hombro, y la visión se disipó.
–Se está muriendo –susurró ella en un suspiro, y Mac Kay creyó reconocer en su voz un rumor de hojas afligidas–. ¿No es algo atroz que se esté muriendo así, nuestra hermana, tan joven, tan esbelta, tan hermosa?
Mac Kay miró de nuevo a la joven. Su piel, tan blanca, parecía gris; la irradiación color de Luna que relucía en los cuerpos de las demás era en ella pálida y deslucida; sus estilizados brazos colgaban blandamente; su cuerpo era fláccido. Su boca parecía apergaminada, sus grandes ojos verdes estaban velados. El oro pálido de sus cabellos había perdido su lustre, se habían vuelto secos y quebradizos. Estaba asistiendo a una muerte lenta, a un marchitamiento.
–¡Que el brazo que la ha golpeado se seque y caiga! –gritó el hombre verde que la sostenía, y en su voz Mac Kay oyó un fragor salvaje, como el de negras ramas entrechocando bajo una borrasca invernal–. ¡Que su corazón se seque y que el Sol lo consuma!
–¡Que la lluvia lo ahogue, que el viento lo arrastre!
–Tengo sed –susurró la joven.
Las demás se agitaron vagamente. Una de ellas se le acercó, sosteniendo un cáliz que parecía hecho con delgadas hojas transformadas en cristal verde. Se dirigió hacia uno de los árboles inmateriales, levantó un brazo y bajó una rama. Una esbelta muchacha, con la mirada entre furiosa y asustada, avanzó por un lado y se echó contra el árbol, abrazándolo con los dos brazos. La mujer del cáliz bajó la rama e hizo un profundo corte con un arma parecida a una punta de flecha de jade. De la herida brotó un líquido opalescente que llenó lentamente la copa. Cuando estuvo llena, la mujer que estaba cerca de Mac Kay avanzó y apretó sus largas manos sobre la herida de la rama. Cuando se apartó, Mac Kay vio que el líquido ya no brotaba. Apoyó una mano sobre el hombro de la temblorosa muchacha y apartó sus brazos del árbol.
–Está curado –le murmuró suavemente–. No te preocupes, hermanita mía. La herida está cicatrizada. Muy pronto ya no pensarás más en ella.
La joven que llevaba el cáliz apoyó una rodilla en el suelo y llevó la copa a los resecos labios de aquella que se... marchitaba.
Los velados ojos brillaron, lanzaron destellos; aquellos labios tan secos y pálidos se volvieron rojos; el blanco cuerpo relució como si su fuego interno hubiera sido reanimado.
–¡Cantad, hermanas! –gritó–. ¡Danzad por mí, hermanas!
El canto prosiguió, el mismo que Mac Kay había oído mientras derivaba en la bruma del lago. Tal como antes, aunque escuchaba atentamente no podía distinguir ninguna palabra, pero comprendía claramente lo que expresaba... la alegría del nacimiento de la primavera, el renacimiento, el rebrotar, la verde savia de la vida ascendiendo y cantando en todas las ramas, hinchando las yemas y haciendo estallar las tiernas hojas nuevas; la danza de los árboles en la perfumada brisa de la primavera; los tambores de la lluvia repiqueteando sobre los capullos a punto de abrirse; la pasión del Sol veraniego derramando sus dorados rayos sobre los árboles; el lento y majestuoso pasear de la Luna mientras las manos verdes se tendían hacia ella para extraer de su seno la leche del fuego plateado; la loca zarabanda de los alegres vientos cantando y silbando en el bosque; el suave entrechocar de las ramas, los besos de las amorosas hojas... todo aquello y mucho más aún, cosas que rebasaban el entendimiento de Mac Kay ya que aquellas voces hablaban de cosas ocultas, de misteriosos secretos, para los cuales el hombre no tiene palabras... todo aquello estaba contenido en el canto.
Todo aquello y mucho más aún estaba contenido en la cadencia y el ritmo de aquellas muchachas de extraños ojos verdes, de aquellos hombres de piel curtida; algo increíblemente antiguo, pese a ser tan joven como el instante que huye, algo secular que había existido antes que el hombre y que seguiría viviendo después de él.
Mac Kay escuchaba, Mac Kay observaba, maravillado; su propio Universo estaba casi olvidado; su mente se dejaba arrastrar, por aquellos verdes encantamientos.
La mujer que estaba a su lado le rozó el brazo. Le señaló a la joven.
–Se muere... se marchita. Y ni siquiera nuestra vida, que hemos derramado entre sus labios, puede salvarla.
Mac Kay miró: vio que el color de los labios de la joven se desvanecía, que la luminosidad de la vida se apagaba; los ojos que por un momento habían destellado se velaban de nuevo.
Sintió de pronto una inmensa piedad y una sorda cólera. Se arrodilló a sus pies, tomó una de sus manos entre las de él. Pero ella gimió:
–¡Apártelas! ¡Retire sus manos! ¡Me queman!
–Intenta ayudarte –murmuró el hombre vestido de verde con voz tierna, pero pese a todo se inclinó y apartó las manos de Mac Kay.
–No es así como la ayudará –dijo la mujer.
–¿Qué puedo hacer entonces? –preguntó Mac Kay, poniéndose en pie–. ¿Qué puedo hacer por ella?
El canto se interrumpió, las danzas cesaron. Reinó un gran silencio, y Mac Kay sintió todas las miradas clavadas en él. Todos aquellos seres estaban tensos, ansiosos, atentos. La mujer tomó sus manos. Las de ella eran frescas, y sintió correr en sus venas una extraña suavidad.
–Hay tres hombres allá abajo –dijo ella–. Nos odian. Muy pronto todos nosotros seremos como ella, moriremos y nos marchitaremos. Lo han jurado, y serán fieles a su juramento. A menos que...
Se interrumpió. Mac Kay sintió que una extraña desazón lo invadía. El polvo de estrellas se había convertido en rojas brasas en los ojos de la mujer. Y aquello lo aterraba, sin que pudiera comprender el porqué.
–¿Tres hombres? –murmuró, y en su confusa mente aparecieron vagamente Polleau y sus hijos–. ¿Tres hombres? ¿Pero qué pueden hacer tres hombres contra todos vosotros, que sois tan numerosos? ¿Qué pueden hacer tres hombres contra vuestros valerosos guerreros?
–No... no hay nada que nosotros... que nuestros hombres puedan hacer para defendernos. No podemos hacer nada. Antes éramos alegres, cantábamos felices, día y noche. Pero ahora, día y noche, vivimos en el temor. Quieren destruirnos. Los nuestros nos han advertido. Y no pueden ayudarnos. Esos tres son los dueños de la hoja y de la llama. Somos impotentes contra la hoja y la llama.
–¡La hoja y la llama! –repitieron como un eco los que les rodeaban–. Somos impotentes contra la hoja y la llama.
–Nos van a destruir –murmuró la mujer–. Vamos a morir todos. Como ella... Nos marchitaremos o arderemos... a menos que...
Repentinamente, enlazó con sus blancos brazos el cuello de Mac Kay. Apretó su esbelto cuerpo contra el de él. Su boca escarlata buscó los labios del hombre y se aplastó contra ellos. Una corriente de deseo, un fuego verde corrió por las venas de Mac Kay. Abrazó a la mujer, la apretó contra sí.
–¡No morirás! –gritó–. ¡No, ninguno de vosotros morirá!
Ella echó la cabeza hacia atrás y le miró a lo más profundo de sus ojos.
–Han jurado destruirnos. Pronto. Nos destruirán con el hacha y el fuego. Esos tres. A menos que...
–¿A menos qué? –preguntó él, fieramente.
–¡A menos que tú los mates! –gritó ella.
Mac Kay se estremeció, algo helado apagó el suave fuego verde del deseo. Sus brazos cayeron; apartó a la mujer. Durante un instante ella permaneció temblorosa ante él.
–¡Mátalos! –susurró ella, y luego desapareció.
Los fantasmagóricos árboles oscilaron; su silueta se precisó y se concretó. La verde luminiscencia se obscureció. Durante un breve instante, Mac Kay tuvo la impresión de oscilar entre dos mundos, y sintió que el vértigo lo invadía. Cerró los ojos. El vértigo se disipó. Volvió a abrir los ojos, y miró a su alrededor.
Estaba en el lindero del bosquecillo, en la parte del lago. Ninguna sombra danzaba, no quedaba el menor rastro de las jóvenes blancas y de los hombres curtidos vestidos de verde. Sus pies hollaban el verde musgo; la suave alfombra dorada salpicada de destellos azulados había desaparecido. Estaba rodeado de abetos y de abedules. A su izquierda, uno de los abetos más grandes sostenía entre sus ramas un abedul cuyas hojas empezaban ya a amarillear. Era aquel que el hijo de Polleau había derribado tan salvajemente. Durante un breve instante, Mac Kay vio, en sobreimpresión sobre las siluetas de los dos árboles, el inmaterial contorno de un hombre vestido de verde y una joven delgada agonizando.
Durante aquel instante fugaz, el hombre y el abeto, la mujer y el abedul, se confundieron. Mac Kay retrocedió, y sus manos tocaron la lisa y fresca corteza de otro abedul cercano.
El contacto de aquella corteza le recordó... ¿se estaba volviendo loco ?... le recordó curiosamente el de las largas y delicadas manos de la mujer de labios escarlata. Pero no le transmitió aquel deseo desconocido, aquella brusca fiebre verde que sus manos le habían provocado. De todos modos, el contacto de la corteza le permitió recuperarse. Las siluetas del hombre y la mujer habían desaparecido. Delante suyo estaban tan solo un recio abeto contra el que se apoyaba un abedul derribado.
Mac Kay permaneció inmóvil, confundido, como alguien que acaba de despertarse bruscamente tras haber soñado. Y de pronto una ligera brisa agitó las hojas del abedul contra el cual estaba apoyado. Las hojas se agitaron como suspirando. La brisa aumentó y el murmullo se hizo más perceptible.
–¡Mátalos! –decían las hojas–. ¡Mátalos! ¡Ayúdanos! ¡Mata!
Y el murmullo era el de la mujer de labios escarlata. ¡Era la misma voz!
Una repentina cólera, violenta, irracional, se apoderó de Mac Kay. Echó a correr a través del bosquecillo, hacia el pabellón de caza donde vivían Polleau y sus hijos. Y mientras corría, el viento se hizo más furioso y los gritos de los árboles más violentos.
–¡Mata! –cuchicheaban–. ¡Mátalos! ¡Sálvanos! ¡Mata!
–¡Los mataré! –prometió Mac Kay–. ¡Os salvaré!

Jadeaba, y la sangre pulsaba en sus sienes. No sentía más que un solo deseo, agarrar entre sus dos manos el cuello de Polleau, los de sus hijos, y estrangularlos a los tres. Y verlos morir, verlos marchitarse ante sus ojos; morir como la esbelta ninfa en brazos del hombre vestido de verde.
Gritando sin darse cuenta de ello, alcanzó el lindero del bosquecillo y penetró en un campo inundado por un resplandeciente Sol. Siguió corriendo unos instantes antes de darse cuenta de que las órdenes cuchicheadas habían cesado, de que ya no percibía el exacerbado murmullo de las encolerizadas hojas. Tuvo la impresión de verse libre de un encantamiento, como si hubiera conseguido escapar de las garras de un brujo. Se detuvo, se dejó caer al suelo, y hundió su rostro en la hierba del campo.
Tendido allí, se esforzó en poner un poco de orden en sus pensamientos, en volver a hallar su cordura. ¿Qué era lo que iba a hacer? ¿Echarse como un loco sobre los habitantes del viejo pabellón para... para matarlos? ¿Y por qué? ¿Porque aquella especie de hada de labios escarlata cuyo beso sentía aún sobre su boca se lo había pedido? ¿Porque el murmullo del viento en los árboles del bosquecillo lo había vuelto loco cuchicheándole la misma orden?
¡Y por todo ello estaba dispuesto a matar a tres hombres!
¿Quienes eran esa mujer y sus hermanas y sus galanes de verdes armaduras? ¿Una ilusión, los fantasmas surgidos de la hipnosis de las danzantes brumas que había atravesado en el lago y lo habían rodeado?
¿Había conseguido la moviente bruma posar sobre su mente sus hipnóticos dedos... y su amor a los árboles? ¿Habrían influenciado su subconsciente la llamada que durante largo tiempo había creído oír y el recuerdo de la insensata muerte del joven abedul, pintando en su mente las fantásticas escenas que creía haber visto?
Ahora, bajo la luz del Sol, el encantamiento se disipaba y su consciencia se despertaba de nuevo.
Mac Kay se levantó, sintiendo sus piernas aún temblorosas. Se giró hacia el bosquecillo. El viento había cesado, las hojas permanecían inmóviles, silenciosas. Tuvo de nuevo la impresión de ver un desfile de gentiles damiselas acompañadas de caballeros y trovadores. Pero la alegría había desaparecido. Las palabras de la mujer de labios escarlata volvieron a su memoria: la alegría se había desvanecido y había sido reemplazada por el miedo. Fuera el fantasma de un sueño, una ninfa o una dríada, tenía una parte de razón.
Un plan empezaba a tomar forma en su mente. Por mucho que intentara racionalizar lo sucedido, algo en el fondo de su corazón le afirmaba obstinadamente la realidad de su aventura. Fuera como fuese, se dijo, el bosquecillo era demasiado hermoso como para ser destruido. Seguro que debía haber soñado, pero estaba dispuesto a salvarlo aunque tan solo fuera por la belleza que contenía bajo sus verdes copas.

El viejo pabellón estaba muy cerca, a menos de cuatrocientos metros. Un sendero conducía hasta él, serpenteando entre los campos. Mac Kay lo siguió, subió los peldaños de carcomida madera y escuchó. Oyó voces. Llamó con los nudillos. La puerta se abrió, y el viejo Polleau apareció con aspecto ceñudo, mirándole desconfiado. Uno de sus hijos estaba tras él. Ninguno de los dos parecía excesivamente amistoso.
Mac Kay creyó oír al bosquecillo gemir desesperadamente a sus espaldas. Y pareció como si los dos hombres que estaban en el umbral lo hubieran oído también, ya que sus ojos se desviaron de él para contemplar los árboles, y vio una expresión de odio en sus sombríos rostros.
–¿Qué desea? –preguntó secamente Polleau padre.
–Soy uno de sus vecinos –dijo cortésmente Mac Kay–. Estoy alojado en el albergue.
–Sé quien es usted –gruñó el otro–. ¿Qué es lo que quiere?
–El aire de esta región me va muy bien –dijo Mac Kay, dominando su cólera–. Estoy pensando en quedarme aquí uno o dos años, el tiempo suficiente para rehacer mi salud. Me gustaría comprar una parte de sus tierras y construir allí una casa.
–¿Ah, sí? –dijo el viejo, con un deje de acidez–. ¿Puedo preguntarle por qué simplemente no se queda en el albergue? Allí estará bien cuidado; parece que se come muy bien.
–Necesito estar solo. No me gusta verme rodeado de gente. Quiero vivir en mis propias tierras, bajo mi propio techo.
–¿Y por qué se dirige a mí? –preguntó Polleau–. Hay muchos terrenos que podría adquirir al otro lado del lago. Allá el paisaje es más alegre que aquí. Además, ¿qué parte de mis tierras es la que le interesa?
–Aquel bosquecillo de allá abajo –dijo Mac Kay, girándose.
–Oh. Me lo imaginaba –murmuró Polleau, y cruzó con su hijo una mirada de complicidad–. Ese bosque no está en venta, señor.
–Puedo pagárselo bien. No tiene más que decir una cifra.
–No está en venta –insistió Polleau–. A ningún precio.
–Vamos –dijo Mac Kay, esforzándose en reír, aunque la firmeza de aquella negativa le estrujaba el corazón–. Tiene usted muchas hectáreas de terreno. No me diga que les tiene apego a unos cuantos árboles. Puedo pagarme mis fantasías. Le ofrezco lo que vale toda su propiedad.
–Como usted dice, por unos pocos árboles, ¿eh? –gruñó Polleau, y tras él su hijo soltó una risita cruel–. Es mucho más que esto, señor. Muchísimo más. Y usted lo sabe. Si no, ¿por qué está dispuesto a pagar un precio tan alto? Sí, usted lo sabe, puesto que sabe también que vamos a destruirlo, y usted quiere salvarlo. ¿Pero quién se lo ha contado, señor?
Había tanta maldad en la figura bruscamente inclinada hacia adelante, en la cruel sonrisa de sus lobunos dientes, que Mac Kay tuvo un movimiento instintivo de retroceso.
–¡Unos pocos árboles! –gruñó Polleau–. ¿Quién ha podido decirle lo que vamos a hacer, eh, Pierre?
Su hijo respondió con una nueva carcajada. Y aquella risa reavivó en el corazón de Mae Kay el ciego odio que había sentido mientras huía a través del murmurante bosque. Se dominó y se dispuso a irse, ya que por el momento no podía hacer nada. Pero Polleau lo retuvo.
–Espere, señor. Venga, entre. Tengo algo que decirle, y también algo que mostrarle. Y al mismo tiempo quiero preguntarle algo.
Se apartó e hizo una ruda inclinación. Mac Kay penetró en el pabellón. Polleau y su hijo le siguieron. Se encontró en el interior de una enorme sala obscura cuyo techo era sostenido por masivas vigas de renegrida madera, de las que colgaban ristras de ajos y de cebollas y jamones ahumados. Había una enorme chimenea con una gran campana al fondo, y ante ella estaba sentado el otro hijo de Polleau. Giró la cabeza cuando entraron, y Mac Kay vio que una venda cubría todo un lado de su rostro, ocultando su ojo izquierdo. Reconoció sin embargo al que había derribado a hachazos el tembloroso abedul. Observó, con una cierta satisfacción, que el abeto no había golpeado en vano.
El viejo Polleau se acercó al joven.
–Mire, señor –murmuró, levantando el vendaje.
Mac Kay no pudo reprimir un estremecimiento de horror al ver la órbita vacía, obscura y sanguinolenta.
–¡Dios de los cielos, Polleau! –exclamó–. ¡Este muchacho necesita atención médica! Entiendo algo de medicina, permítame ir a buscar mi maletín al albergue. Me ocuparé de él.
El viejo Polleau agitó la cabeza, pero por un breve instante sus rasgos se ablandaron un poco. Volvió a colocar la venda en su lugar.
–Se curará. Nosotros también entendemos de estas cosas. Usted vio quién le hizo esto. Usted estaba mirando, desde su barca, cuando aquel maldito árbol le golpeó. Le reventó el ojo, y cuando volvimos aquí le colgaba por su mejilla. Yo mismo se lo acabé de arrancar. Ahora la herida se está curando. No necesitamos sus servicios, señor.
–No tenía que haber derribado aquel abedul –murmuró Mac Kay en voz baja, casi para sí mismo.
–¿Por qué no? –dijo Polleau padre–. ¡Aquel árbol lo odiaba!
Mac Kay lo miró fijamente, preguntándose lo que podía saber aquel viejo campesino. Las palabras que acababa de oír le convencieron aún más de que lo que había visto y oído en el bosquecillo no había sido un sueño. Y lo que añadió Polleau no hizo más que reforzar aquella convicción.
–Señor –dijo–, usted viene aquí como embajador. El bosque le ha hablado. Bien, yo también voy a hablarle. Durante cuatrocientos años los míos han vivido aquí. La Tierra es nuestra desde hace un siglo. Y durante todo ese tiempo los árboles nos han detestado, señor, tanto como nosotros los detestamos a ellos. Durante siglos, la guerra y el odio han hecho estragos entre nosotros y el bosque. Mi padre, señor, fue aplastado por un árbol; mi hermano mayor se vio convertido en un inválido a causa de otro. Mi abuelo, pese a ser leñador, se perdió en los bosques y regresó con la mente extraviada, delirando y hablando de extrañas mujeres que lo habían hechizado y lo habían atraído a los barrancos y a los estanques y a las espesuras y lo habían atormentado. Los árboles nos han combatido de generación en generación, hiriendo y matando a nuestros hombres y a nuestras mujeres.
–¡Accidentes! –exclamó Mac Kay–. ¡Esto es ridículo, Polleau! ¡No puede usted culpar a los árboles!
–En lo más profundo de su corazón usted no cree en lo que está diciendo. Es una lucha ancestral, señor. Comenzó hace siglos, cuando nosotros éramos siervos, los esclavos de los nobles. Para cocinar, para calentarnos en invierno, teníamos derecho a recoger las ramas caídas y la hojarasca para encender nuestros fuegos. Pero si derribábamos un árbol para tener algo con lo que calentarnos nosotros y nuestras mujeres y nuestros hijos, si alguna vez nos atrevíamos a partir una rama, entonces nos colgaban, o nos arrojaban a las mazmorras para que nos pudriéramos allí, o nos azotaban hasta que nuestra espalda no era más que un amasijo de surcos sanguinolentos. Los árboles nos han sitiado –gritó el viejo, con un odio fanático–. Nos han robado nuestros campos, han retirado el pan de la boca de nuestros hijos; nos han dejado su madera muerta como una limosna; nos han tentado prometiéndonos su calor cuando nos sentíamos helados hasta los huesos. ¡Sí, señor, nos hemos muerto de frío para que ellos vivieran! ¡Nuestros hijos han muerto de hambre a fin de que sus jóvenes brotes pudieran plantar sus raíces! ¡Los árboles nos han despreciado siempre! ¡Hemos muerto para permitir que vivieran, y nosotros somos hombres, señor!
»Y luego hubo la revolución, la libertad. Oh, señor, cómo nos vengamos. Enormes hogueras crepitaban en nuestras chimeneas, ya no nos veíamos obligados a apretarnos los unos contra los otros ante un exiguo fuego de hojarasca. Allí donde había reinado el bosque había ahora campos cultivados, y nuestros hijos podían comer hasta hartarse. Los árboles se habían convertido en los esclavos, ¡y nosotros éramos los dueños! Y ellos lo sabían, los árboles lo sabían, y nos odiaban. Y nosotros les hemos devuelto su odio, hemos respondido golpe a golpe, por cada uno de nuestros muertos hemos derribado a cien de ellos. Hemos combatido con el hacha y la antorcha...
Polleau empezó a gritar, los ojos desorbitados, llameantes de rabia, el rostro en una contorsionada mueca, la baba resbalando por la comisura de sus labios, las manos crispadas sobre sus cabellos grises.
–¡Los árboles! ¡Los malditos árboles! ¡Ejércitos de árboles que nos invadían, nos asediaban, nos aplastaban! ¡Que robaban nuestros campos como antes! ¡Que edificaban a nuestro alrededor su fortaleza como antes se construían las torres de piedra! ¡Avanzando solapadamente, siempre más cerca! ¡Legiones de árboles! ¡De malditos árboles! Ejércitos malditos...
Mac Kay escuchaba, completamente aterrado. Veía ante sí un corazón devorado por el odio. Aquello era una locura. Pero no podía imaginar qué era lo que la había provocado. ¿Dónde estaban las raíces del mal? ¿Un instinto profundo, heredado de remotos antepasados que habían odiado al bosque ya que representaba el símbolo de sus dueños, antepasados cuyo odio desatado había abismado la verdeante vida sobre la que reinaban los nobles, protegiéndola, como un niño despreciado odia al favorito que goza del amor y las atenciones de sus padres? En unas mentes tan extraviadas, la caída de un árbol, el golpe brutal de una rama, pueden ser asimilados a actos deliberados; el crecimiento natural de un bosque evocar el implacable avance de un enemigo.
Y sin embargo... ¡el golpe dado por el abeto cuando cayó el abedul había sido realmente deliberado! Y además, estaban las jóvenes del bosque...
–Ten paciencia –murmuró el hijo indemne a su padre, apoyando una mano en el hombro del viejo–. Muy pronto golpearemos nosotros.
Polleau pareció calmarse un poco.
–Podremos derribar cien, mil –jadeó–. Pero volverán, a miles. Pero si uno de nosotros es derribado... ¡no regresa nunca! Ellos poseen el número, nosotros... nosotros poseemos el tiempo. No somos más que tres, pero tenemos tiempo. Nos observan cuando atravesamos el bosque, nos acechan para hacernos tropezar, para golpearnos, para aplastarnos. Pero como dice Pierre, señor, devolvemos golpe por golpe. Atacamos al bosquecillo porque allá late el corazón de todo el resto del bosque. Allí palpita su vida secreta. Nosotros lo sabemos, y usted también. Lo destruiremos. ¡Arrancaremos el corazón del bosque, que tendrá que reconocernos como sus dueños!
–¡Las mujeres! –gritó de pronto el hijo que estaba de pie–. ¡He visto a las mujeres del bosque! Hermosas jóvenes de piel luminosa que invitan, que se burlan y que desaparecen antes de que uno pueda cogerlas.
–Las hermosas jóvenes que nos espían por la noche tras las ventanas, y que se burlan de nosotros –murmuró el hijo que había perdido su ojo.
–¡Ya no se burlarán más! –gritó Polleau–. ¡Muy pronto morirán, todas ellas! ¡Todos los árboles morirán! ¡Todos!
Sujetó a Mac Kay por los hombros y lo sacudió violentamente.
–¡Vaya a decírselo! ¡Vaya a decirles que los destruiremos hoy mismo! ¡Dígales que seremos nosotros quienes reiremos y quienes nos burlaremos cuando llegue el invierno y contemplemos sus cuerpos arder en nuestra chimenea, calentándonos! ¡Vaya... vaya a decírselo!
Hizo girar a Mac Kay, lo empujó hacia la puerta, la abrió, y lo proyectó con todas sus fuerzas por los escalones. Mac Kay cayó.
Tras él oyó al mayor de los hijos echarse a reír y la puerta resonar al cerrarse. Se levantó y subió de nuevo los escalones, golpeando la puerta con los dos puños. El hijo rió de nuevo. Mac Kay aporreó la madera violentamente, maldiciendo. Los tres hombres no respondieron. Finalmente, la desesperación acabó por atenuar su cólera. Los árboles, pensó. ¿Podrían ayudarle, aconsejarle quizá?
Volvió a bajar los escalones y atravesó lentamente el campo, en dirección al bosquecillo.

Su paso se hacía más pesado, más lento, a medida que se acercaba. Había fracasado. No era más que un mensajero trayendo una sentencia de muerte. Los abedules permanecían inmóviles, sus hojas parecían colgar sin vida. Como si supieran ya que había fracasado. Se detuvo en el lindero del bosque. Miró su reloj, se sorprendió un poco al comprobar que era ya pasado el mediodía, suspiró. Al bosquecillo no le quedaban ya más que unas pocas horas de vida. Muy pronto se iniciaría la obra de destrucción.
Mac Kay cuadró los hombros y penetró entre los árboles. Un silencio singular reinaba en el bosquecillo. Y una profunda tristeza.
Sentía a su alrededor la aflicción de una vida replegada sobre sí misma para llorar. Avanzó por entre el bosque silencioso y triste hasta el lugar donde el esbelto árbol de plateada corteza permanecía cerca del abeto que sostenía entre sus ramas al derribado abedul. Apoyó sus manos sobre la fresca corteza.
–Dejadme veros de nuevo –murmuró–. Dejadme oír. Habladme.
Nadie le respondió. Insistió, suplicó. El bosquecillo guardaba silencio. Paseó al azar por entre los árboles, murmurando, rogando. Los esbeltos abedules permanecían impasibles, mustios, dejando colgar sus hojas y sus ramas como los brazos y las manos de cautivos aguardando resignadamente ser entregados a sus vencedores. Los abetos parecían curvados como hombres desesperados sujetándose la cabeza con las manos. Su corazón gimió; compartía el dolor del bosquecillo, la inmensa tristeza de los árboles.
¿Cuándo iba a atacar Polleau?, se preguntó. Miró nuevamente su reloj. Había transcurrido una hora. ¿Cuánto tiempo iba a esperar aún Polleau? Se dejó caer sobre el musgo, la espalda adosada a un liso tronco.
En aquel mismo instante, como una respuesta, sintió estremecerse el tronco contra el cual estaba apoyado. Todo el bosquecillo parecía estremecerse; todas las hojas temblaban.
Aterrado, Mac Kay se levantó de un salto. Su razón le afirmaba que no se trataba más que del viento, y sin embargo... ¡no había viento!
Y mientras permanecía allí, petrificado, un inmenso suspiro lo rodeó, como si una brisa enlutada soplara sobre los árboles, y sin embargo... ¡no había viento!
El suspiro creció, acompañado ahora de débiles gemidos.
–¡Están llegando! ¡Están llegando! ¡Adiós, hermanas! ¡Adiós...! –Mac Kay podía oír claramente las palabras ahora.
Echó a correr hacia el viejo pabellón de caza. Y mientras avanzaba el bosque se ensombrecía, como si impalpables sombras se reunieran en él, como si inmensas alas invisibles lo recubrieran.
El temblor del bosquecillo se acentuó; las ramas se buscaron entre sí, se entrelazaron, se aferraron, y el lúgubre lamento fue haciéndose más y más fuerte:
–¡Adiós, hermanas! ¡Adiós!
Mac Kay desembocó bruscamente en el campo. Vio a Polleau y sus dos hijos acercarse. Ellos también le vieron, y se echaron a reír, blandiendo irónicamente sus relucientes hachas. Retrocedió, se agazapó para esperarles, todas sus razonables hipótesis olvidadas, sintiendo que crecía en él aquella misma rabia que, algunas horas antes, lo había empujado a matar.
Agazapado así, oyó brotar de todas las copas, no ya del bosquecillo sino también del gran bosque, un furioso clamor. Le llegaba de todos lados: rabioso, amenazador, como las voces de legiones de inmensos árboles rugiendo entre los aullidos de la tormenta.
El clamor abrumó a Mac Kay, atizó su cólera y la hizo surgir en llamas.
Si los tres hombres lo oyeron no parecieron prestarle atención.
Avanzaban tranquilamente, burlándose de Mac Kay, agitando sus hachas. Se precipitó a su encuentro.
–¡Retrocedan! –gritó–. ¡Retrocedan! ¡Váyanse, Polleau! ¡Se lo advierto!
–¡Nos lo advierte! –se burló Polleau padre–. Pierre, Jean, ¿lo oís? ¡Nos lo advierte!
El brazo del viejo campesino saltó hacia adelante, y su mano se cerró sobre el hombro de Mac Kay, apretándolo como un cepo.
De un brutal empujón, lo arrojó contra su hijo inválido, que lo recibió y lo sujetó, haciéndolo girar y lanzándolo al suelo violentamente.
Mac Kay cayó de cabeza contra unos matorrales a la orilla del bosque. Se levantó precipitadamente, aullando como un lobo. El clamor del bosque se hacía más estridente.
–¡Mátalo! ¡Mátalo! –rugía.
El robusto muchacho había levantado su hacha. La dejó caer sobre el tronco de un abedul, partiéndolo casi de un solo golpe.
Mac Kay oyó un gemido atroz que surgía de todo el bosque. Antes de que el hacha fuera retirada del tronco, saltó hacia el leñador y le lanzó un puñetazo en pleno rostro. El hijo de Polleau maldijo, trastabilló, pero antes de que Mac Kay pudiera golpearle de nuevo lo sujetó con un abrazo de oso y apretó. Mac Kay aflojó sus músculos, como desvanecido, y el muchacho soltó su presa. Inmediatamente Mac Kay se apartó unos pasos y golpeó de nuevo, mientras daba un salto de costado para eludir aquellos fornidos brazos. Pero Polleau hijo fue más rápido y consiguió hacer presa de nuevo. Mientras apretaba otra vez, se oyó un gran crujido de madera y el abedul herido por el hacha se derrumbó. Cayó justo detrás de los dos hombres, y sus ramas parecieron tenderse para sujetar los tobillos del hijo de Polleau.
Este vaciló y cayó hacia atrás, arrastrando a Mac Kay en su caída. Golpeó tan violentamente contra el suelo que soltó su presa, y Mac Kay pudo liberarse de nuevo. Estuvo inmediatamente en pie, pero el muchacho, tan rápido como él, se lanzó otra vez al ataque. Por dos veces los puños de Mac Kay le golpearon en el corazón antes de que los largos brazos lo atraparan de nuevo.
Pero ya no eran tan fuertes como antes; Mac Kay tenía ahora la certeza de que estaban en igualdad de condiciones.
Lucharon enlazados, y cayeron, y rodaron sobre sí mismos, brazos y piernas enlazados, intentando ambos desesperadamente liberar una mano para sujetar la garganta de su adversario. Polleau padre y su otro hijo, el tuerto, corrían en torno a ellos, gritando sus ánimos a Pierre, pero sin atreverse a golpear a Mac Kay por temor a alcanzar al muchacho.
Y durante todo aquel tiempo Mac Kay oía aullar a todo el bosque. El dolor había desaparecido, la triste resignación se había esfumado. Ahora el bosque vivía y rabiaba. Vio los árboles agitarse e inclinarse como si los torciera un huracán. Vagamente, se dio cuenta de que los tres hombres no habían visto ni oído nada; vagamente también, se preguntó el porqué.
–¡Mátalo! –gritaba el bosquecillo, sin poder cubrir el inmenso rugido del gran bosque más allá.
–¡Mátalo, mátalo! –clamaba el gran bosque.
Sintió más que vio dos siluetas indistintas, las sombras de unos hombres curtidos revestidos con mallas verdes, que se inclinaban sobre él mientras rodaba y se debatía.
–¡Mátalo! –susurraron–. ¡Haz brotar su sangre! ¡Mátalo! ¡Haz brotar su sangre!
 Consiguió arrancar una de sus manos de la presa del hijo de Polleau. Inmediatamente sintió en su palma la empuñadura de un cuchillo.
–¡Mátalo! –susurraron los hombres obscuros.
–¡Mátalo! –gimió el bosquecillo.
–¡Mátalo! –retumbó el gran bosque.
El brazo libre de Mac Kay se elevó y cayó, hundiendo la hoja en la garganta del hijo de Polleau. Captó un gemido ahogado, oyó a Polleau gritar, notó en su rostro y en su mano un chorro de sangre caliente, sintió su olor acre y salado. Los brazos que lo sujetaban cayeron; se levantó.
Como si la sangre hubiera desencadenado algún encantamiento, los hombres obscuros surgieron de la inmaterialidad y cobraron substancia. Uno de ellos se arrojó sobre el hombre al que Mac Kay había degollado, el otro se echó sobre Polleau padre. El hijo tuerto giró sobre sus talones y huyó aullando de terror. Una joven blanca surgió de las sombras y se abatió a sus pies, sujetó sus tobillos y le hizo caer. Otra muchacha apareció, y luego otra, y todas se arrojaron sobre él. Sus gritos de terror se convirtieron en aullidos de dolor, y luego cesaron bruscamente.
Ahora Mac Kay ya no podía ver a ninguno de los tres hombres, ni a Polleau ni a sus dos hijos, ya que los hombres verdes y las mujeres blancas los cubrían por completo.
Petrificado, contempló sus enrojecidas manos. El rugir del gran bosque se había convertido en un canto triunfal. El bosquecillo estaba loco de alegría. Los árboles se convertían en ligeros fantasmas apenas perceptibles en la atmósfera opalina, al igual que antes, cuando Mac Kay se había visto envuelto por primera vez en aquella verde magia. Y a su alrededor giraban y danzaban las esbeltas mujeres del bosque, con su resplandeciente blancura.
Lo rodearon, cantando con sus suaves voces de pájaro. Percibió, más allá del alegre coro, a la mujer de la columna de bruma cuyos besos habían hecho correr un fuego verde por sus venas.
Le tendió los brazos, con sus separados ojos reflejando éxtasis, su lechoso cuerpo reluciendo como un claro de Luna, sus entreabiertos labios rojos sonriéndole, como un cáliz escarlata lleno con la promesa de inefables dichas. El coro se rompió, las danzarinas se apartaron para dejarla pasar.
Bruscamente, un sentimiento de horror invadió a Mac Kay.
Pero no era aquella esplendorosa mujer ni sus hermanas quienes lo aterraban, sino él mismo.
¡Había matado! Y la herida que la guerra había abierto en su alma, la herida que creía ya curada, acababa de abrirse de nuevo.
Se precipitó contra el círculo roto, apartó a la deslumbrante mujer con sus manos ensangrentadas, y corrió sollozando hacia el lago. Los cantos cesaron. Oyó algunos gritos tiernos, suplicantes, casi lamentos; voces suaves que intentaban retenerlo. Oyó el sonido de precipitados pasos tras él, pasos ligeros como las hojas de otoño cayendo sobre el musgo.
Mac Kay corrió desesperadamente. Los árboles se espaciaron, la orilla estaba ante él. Oyó a la más hermosa de las jóvenes llamarle, sintió su mano sobre su hombro. Intentó ignorarla. Atravesó la estrecha playa en dos saltos, empujó la barca al agua y se arrojó de bruces en su interior.
Durante un momento interminable permaneció tendido en ella, agitado por los sollozos; luego se sentó y tomó los remos. Se giró hacia la orilla, de la que se había separado una docena de metros.
La mujer permanecía en el lindero del bosquecillo, contemplándole con sus grandes ojos sabios llenos de piedad. Tras ella se apretujaban los rostros blancos de sus hermanas, las sombrías, figuras de los hombres vestidos de verde.
–¡Vuelve! –murmuró la mujer, tendiendo sus delicados brazos.
Mac Kay vaciló. Su horror se desvanecía ante aquella suave mirada compasiva. Inició una media vuelta. Su mirada se posó entonces en sus manos ensangrentadas, y el pánico volvió. No tenía más que una idea, huir de allí. Huir de aquel lugar donde yacía el hijo de Polleau, con la garganta abierta, poner el lago entre aquel cadáver y él.
Con la cabeza inclinada, Mac Kay se curvó sobre los remos y remó con todas sus fuerzas. Cuando volvió a levantar la vista, una cortina de bruma le ocultaba la otra orilla, le ocultaba el bosquecillo, de donde ya no llegaba ningún ruido. Miró hacia atrás, hacia el albergue. La bruma flotaba también por aquel lado, ocultándolo.
Mac Kay se sintió aliviado de verse oculto así de los vivos y de los muertos por aquellos velos vaporosos. Agotado, se dejó caer al fondo de la barca. Al cabo de un momento se inclinó sobre la borda y, temblando, se lavó la sangre de las manos. Frotó la mancha de los remos, allá donde sus manos habían dejado una huella roja. Arrancó el cuello de su chaqueta, lo mojó en el lago y se lavó el rostro. Luego ató sólidamente la manchada chaqueta con el cuello alrededor de la piedra que hacía las veces de ancla y lo arrojó todo al fondo del lago. Había también un poco de sangre en su camisa, pero no podía quitársela.
Durante un momento remó al azar, hallando en aquel ejercicio un consuelo a la enfermedad de su alma. Su abotagada mente empezó a funcionar de nuevo; analizó su situación, buscó un medio de afrontar el futuro, de salvarse.
¿Qué era lo que debía hacer? ¿Confesar que había matado a Polleau hijo? ¿Qué móvil podía invocar? ¿Qué razón podía dar a su acto sino que el hombre iba a derribar unos cuantos árboles, unos árboles que pertenecían a su padre y con los que tenía derecho a hacer lo que quisiera?
Si hablaba de la mujer del bosque, de las muchachas del bosque, de las sombras de sus verdes caballeros ayudándole... ¿quién iba a creerle?
Le tomarían por loco. Le considerarían completamente loco, como empezaba a pensar él mismo.
No, nadie le creería. ¡Nadie! Y además, su confesión tampoco devolvería la vida al hombre al que había matado. No, no confesaría nada.
Pero... Otro pensamiento acudió a su mente. ¿Y si era... acusado? ¿Qué les había ocurrido exactamente al viejo Polleau y a su otro hijo? Mac Kay había supuesto de la forma más natural del mundo que estaban muertos, muertos bajo el montón de aquellos cuerpos blancos y obscuros. Pero, ¿habían muerto realmente?
Mientras se había sentido hechizado por aquella magia verde no lo había dudado, ya que... ¿por qué otro motivo hubiera estallado de alegría el bosquecillo, por qué el gran bosque hubiera lanzado su canto triunfal?
¿Estaban realmente muertos, Polleau y su hijo tuerto? Recordó claramente que ellos no habían oído como él, visto como él.
Para ellos, Mac Kay y su adversario no habían sido más que dos hombres luchando en el interior de un bosque; solo esto... hasta el final. ¿El final? ¿Tampoco habían visto nada entonces?
No, el único hecho real era que había degollado a uno de los hijos de Polleau. Aquella era la única verdad incuestionable. Acababa de lavar de sus manos y de su rostro la sangre de aquel hombre.
Todo lo demás no era indudablemente más que un espejismo, pero una cosa era cierta: ¡él había matado a aquel muchacho!
¿Remordimientos? Había creído sentirlos. Ahora sabía que no lamentaba nada; en él no había ni la sombra de un remordimiento.
Era el pánico lo que le había electrizado, el pánico lo que le había hecho huir, la reacción tras la batalla, los ecos de la guerra. Lo que había hecho, aquella... ejecución, era justificada. ¿Con qué derecho pretendían aquellos hombres destruir el bosquecillo, exterminar su belleza?
Ningún remordimiento. ¡Se sentía feliz de haber matado!
En aquel momento, Mac Kay no hubiera dudado en hacer girar su barca y forzar los remos para ir a beber el cáliz carmesí de los labios de la mujer del bosque. Pero la bruma se espesaba. Se dio cuenta de que estaba muy cerca del embarcadero del albergue.
No había nadie a la vista. Era el momento de borrar de su camisa aquellas manchas acusadoras. Luego...
Rápidamente abordó el muelle, amarró la barca, y subió a su habitación sin ser visto. Se encerró en ella y empezó a desvestirse.
Pero el sueño le invadió golpeándole como una ola y, casi inconsciente, se arrojó a la cama.

Lo despertó un golpe en la puerta. La voz del dueño del albergue le anunció que la cena estaba servida. Murmuró una respuesta y, mientras los pasos del viejo se alejaban, se levantó. Su mirada se posó en su camisa, y en las manchas, ahora de un color rojo óxido. Perplejo, las examinó durante unos instantes hasta que los recuerdos volvieron a él.
Fue a la ventana. La tarde declinaba. Hacía viento y los árboles cantaban, con todas sus hojas danzando; el bosque murmuraba su regocijo. El miedo había desaparecido, las secretas preocupaciones se habían ido. El bosque estaba tranquilo, feliz.
Buscó el bosquecillo en el crepúsculo. Sus damiselas danzaban suavemente en la brisa, inclinando sus tocados de hojas, levantando el borde de sus vestidos de hojas. A su lado danzaban sus verdes caballeros, agitando despreocupadamente sus brazos de obscuras agujas. El bosquecillo estaba alegre también, tan alegre como el día en que su belleza lo había atraído por primera vez.
Mac Kay se desvistió, ocultó la manchada camisa en su maleta, se lavó y se vistió con ropas limpias, y bajó a cenar. Comió con buen apetito. De tanto en tanto, se sorprendía vagamente de no sentir ningún pesar, ninguna pena por el hombre al que había matado. Estaba cerca de pensar que lo había soñado todo, tal era su indiferencia al respecto. Incluso había dejado de preocuparse por la posibilidad de ser descubierto y acusado.
Su alma estaba tranquila; oía al bosque cantarle que no tenía nada que temer; y cuando fue a sentarse un momento en su balcón, aquella noche, se sintió invadido por una gran paz. El murmullo del bosque lo acunó, y durmió con un sueño sin pesadillas.
A la mañana siguiente, Mac Kay no salió del albergue. El bosquecillo danzaba alegremente y le hacía señales, pero resistió a sus llamadas. Algo le susurraba que aguardara, que dejara que la extensión del lago quedara entre el bosque y él hasta que no supiera lo que yacía exactamente allí. Y la sensación de paz no le abandonaba.
Sólo el dueño del albergue pareció preocupado, al transcurrir el día. Bajó varias veces al embarcadero, intentando ver la otra orilla.
–Es extraño –le dijo finalmente a Mac Kay, cuando el Sol se ocultaba ya tras las montañas–. Polleau debía venir a verme hoy. Siempre ha sido un hombre de palabra. Y si no hubiera podido venir me habría enviado a alguno de sus hijos.
Mac Kay se mostró indiferente.
–Y hay otra cosa que no acabo de comprender –prosiguió el viejo–. No he visto humo surgir del pabellón durante todo el día. Es como si se hubieran ido.
–¿Dónde pueden haber ido? –preguntó Mac Kay con voz indiferente.
–No lo sé. Y eso me inquieta, señor. El viejo Polleau no es muy simpático, es cierto, pero es mi vecino. Quizá hayan sufrido un accidente...
–Supongo que, si les hubiera ocurrido algo, se lo hubieran hecho saber.
–Quizá, pero... Si no vienen mañana y no veo humo, iré a ver qué pasa.
Mac Kay sintió que algo estrujaba ligeramente su corazón...
A la mañana siguiente sabría con certeza lo que había ocurrido realmente en el bosquecillo.
–Creo que es lo más prudente –dijo–. No hay que esperar mucho. Al fin y al cabo... pueden ocurrir muchos accidentes.
–¿Vendrá conmigo, señor? –preguntó el dueño del albergue.
¡No!, susurró una vocecita en el interior de Mac Kay. ¡No, no vayas!
–Lo siento –dijo–, pero tengo trabajo. De todos modos, si me necesita para algo, no dude en enviar a por mí.
Aquella noche también durmió sin pesadillas, blandamente acunado por los tiernos murmullos del bosque.
La mañana siguiente transcurrió sin que pudiera ver ningún signo de vida en la orilla opuesta. A la una de la tarde, Mac Kay vio al viejo dueño del albergue y su criado subir a la barca para atravesar el lago. Sus temores regresaron repentinamente, su serenidad se vio destruida. Febrilmente, tomó sus prismáticos y los enfocó en la barca, siguiendo a los dos hombres hasta que llegaron a tierra y ascendieron hacia el bosquecillo. Su corazón latía dolorosamente, sentía sus manos húmedas y sus labios secos. Examinó la orilla, preguntándose lo que podían estar haciendo entre los árboles. ¡Debían llevar ya al menos una hora allí! ¿Qué era lo que habían hallado? Miró su reloj y reprimió un sobresalto. Apenas había transcurrido un cuarto de hora.
Los segundos fueron pasando lentamente. Fue casi una hora más tarde cuando los vio salir del bosquecillo y empujar la barca al agua. Con la garganta seca y las sienes pulsando, se esforzó en tranquilizarse y descendió lentamente hacia el embarcadero.
–¿Alguna novedad? –preguntó cuando la barca se acercó.
Los dos hombres no respondieron, pero cuando la embarcación entró en contacto con el embarcadero levantaron la vista hacia él y Mac Kay pudo ver en sus ojos una expresión a la vez perpleja y horrorizada.
–Están muertos, señor –murmuró finalmente el dueño del albergue–. Polleau y sus dos hijos. ¡Los tres muertos!
Mac Kay sintió que su cuerpo se envaraba de una forma terrible y el vértigo lo invadía.
–¡Muertos! –murmuró. –¿Qué les ha ocurrido?
–Los árboles –dijo el viejo, y Mac Kay tuvo la impresión de que le miraba de una forma extraña–. Los árboles, por supuesto. Ellos los han matado, señor. Hemos subido por el pequeño sendero que conduce hasta el bosquecillo, y al otro extremo hemos visto que estaba bloqueado por unos árboles derribados. Había moscas zumbando en torno a esos árboles, señor, así que hemos mirado debajo. Allí estaban los tres, Polleau y sus dos hijos. Un abeto había caído sobre Polleau y le había hundido el pecho. Hallamos a uno de sus hijos debajo de varios abedules y un abeto. Los árboles le habían partido la espina dorsal y arrancado un ojo, pero eso, el ojo, parecía una herida más antigua...
–Debe haber sido un golpe de viento –aventuró el criado–. Aunque aquí nunca hemos tenido ningún viento capaz de arrancar los árboles de esa manera. Y no había ningún otro árbol derribado, aparte los que estaban caídos sobre ellos tres. ¡Y le juro, señor, parecía como si hubieran saltado del suelo! Como si les hubieran saltado encima. O como si unos gigantes los hubieran arrancado de raíz para utilizarlos como mazas. No estaban rotos: podían verse todas sus raíces...
–Pero... ¿y el otro hijo? Polleau tenía dos hijos –dijo Mac Kay, sin conseguir dominar el temblor en su voz.
–Pierre –dijo el dueño del albergue, y Mac Kay tuvo de nuevo la impresión de que el hombre le miraba de una forma extraña–. Estaba tendido bajo un enorme abeto. Había sido degollado.
–¡Degollado! –murmuró Mac Kay.
¡Su cuchillo! ¡El cuchillo que habían deslizado en su mano aquellas formas indistintas!
–Su garganta estaba destrozada –dijo el dueño del albergue–. Y en la herida todavía había un trozo de la rama rota que la había producido. Una rama rota, señor, puntiaguda, afilada como un cuchillo. Debió golpear a Pierre en el momento en que el abeto se derrumbaba, y clavarse en su cuello... rompiéndose.
Aturdido por el estupor, con los pensamientos girando locamente en su cabeza, Mac Kay murmuró con voz pálida:
–¿Dice usted... una rama rota?
–Exactamente, señor –asintió el dueño del albergue, mirándole directamente a los ojos–, Queda muy claro lo que debió pasar... Jacques –dijo, dirigiéndose a su criado–, sube a la casa. Ya no te necesito por ahora.
Siguió con la vista al hombre que se alejaba; luego, bajando la voz, le murmuró a Mac Kay:
–No es tan sencillo como parece, señor. Ya que en la mano de Pierre he encontrado... esto.
Se metió una mano en el bolsillo y extrajo un botón del que colgaba un pedazo de tela. El botón y el tejido habían pertenecido a la chaqueta ensangrentada que Mac Kay había arrojado al fondo del lago; ¡debían haber sido arrancados en el transcurso de la lucha por el hijo de Polleau!
Mac Kay quiso hablar, pero el viejo levantó la mano y la giró, con la palma hacia abajo. El botón y el trozo de tela cayeron al agua, y una pequeña ola se los llevó. Los dos hombres contemplaron flotar al botón, sin decir una palabra, hasta que finalmente desapareció.
–No me diga nada, señor –murmuró el dueño del albergue–. Polleau era un hombre duro, y sus chicos también lo eran. Los árboles les odiaban. Los árboles los han matado, Y ahora los árboles son felices. Eso es todo. En cuanto a... al recuerdo, ha desaparecido, He olvidado que lo encontré. Lo único que creo es que usted también debería desaparecer.

Aquella noche, Mac Kay hizo las maletas. Cuando amaneció estaba en su ventana, contemplando el bosquecillo. Se estaba despertando allá al otro lado del lago, parecía desperezarse con la gracia de las jóvenes doncellas aún medio dormidas. Saboreó su belleza por última vez, y le dirigió un ademán de adiós.
Desayunó con apetito. Se instaló al volante de su automóvil, puso el motor en marcha. El viejo dueño del albergue y su mujer acudieron a desearle buen viaje. Estaban llenos de afectuosa solicitud, pero en la mirada del viejo había algo parecido a la perplejidad, y un cierto respetuoso temor.
La carretera atravesaba el umbrío y denso gran bosque. Muy pronto el albergue y el lago desaparecieron, lejos a sus espaldas.
Mac Kay conducía canturreando, acompañado por el suave rumor de las hojas y por el ligero canto de las estremecidas agujas de pino, la voz del bosque, tierna, amistosa, acariciante; el bosque, en un regalo de despedida, le hacía donación de su paz, de su felicidad, de su fuerza.