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Los cuatro hombres justos - Edgar Wallace

La codicia de Billy Marks

—¡Maldito imbécil! ¡Idiota del infierno! —tronó el detective, asiendo a Billy por el cuello de la camisa y zarandeándolo como a una rata—. ¿Te atreves a decirme que tuviste a uno de los Cuatro Hombres Justos en tus manos y ni siquiera te tomaste la molestia de mirarlo?

—¡Déjeme en paz! —gritó en tono de desafío—. ¿Cómo podía saber que era uno de los Cuatro Hombres Justos, y cómo sabe usted que lo era? —añadió, con un mohín de astucia. Su mente estaba entrando rápidamente en acción. Veía en esta asombrosa declaración del detective una ocasión de hacer fortuna a costa de la situación que minutos antes considerara singularmente desdichada.

—Lo cierto es que los vi de refilón —murmuró—. Ellos…

—¿Los viste? ¿A ellos? —dijo al instante Falmouth—. ¿Cuántos eran?

—Eso no importa —dijo Billy poniendo cara larga. Sentía la fuerza de su posición.

—Billy —le amonestó el detective gravemente—. Hablo en serio. Si sabes algo tendrás que decírnoslo.

—¡Ajajá! —exclamó el prisionero en tono desafiante—. Conque ¿tendré que decirlo, eh? Bien, conozco la ley tan bien como usted… No puede obligar a hablar a un fulano si este no quiere… No puede…

Falmouth hizo señas a los otros policías para que se retirasen, y, cuando ni él ni Billy podían ser escuchados por aquellos, susurró:

—Harry Moss salió la semana pasada.

Billy enrojeció y bajó la mirada.

—No conozco a ningún Harry Moss —musitó cínicamente.

—Harry Moss salió la semana pasada —repitió Falmouth con sequedad—, después de cumplir tres años por robo con escalo…, tres años y diez azotes.

—No sé nada de eso —dijo Billy Marks, siguiendo en sus trece.

—Logró huir y la policía no dio con su pista —prosiguió el superintendente, sin apiadarse de su oyente—, y no hubieran podido echarle el guante a no ser…, a no ser por «una información recibida». Gracias a esto lo sacaron una noche de su cama, en Leman Street.

Billy se pasó la lengua por sus resecos labios, pero no habló.

—A Harry Moss le gustaría mucho saber a quién le debe esos tres años… y los diez latigazos. Los hombres que han probado el gato tienen una gran memoria, Billy.

—¡Esto no es jugar limpio, señor Falmouth! —exclamó el ratero con voz gruesa—. Yo…, yo estaba sin blanca…, y Harry Moss no era comparsa mío…, y la poli quería saber si…

—Y la poli también quiere saber cosas ahora —le cortó Falmouth.

Billy Marks tardó unos momentos en decidirse.

—Le diré todo lo que hay que decir —concedió al fin, y se aclaró la garganta. El superintendente lo detuvo con la mano.

—Aquí no —llamó al sargento de servicio—. Sargento, deje libre a Billy Marks, bajo mi responsabilidad.

El humorismo de la situación no se le escapó a Billy, que desplegó una amplia sonrisa ovejuna, recobrando sus ánimos.

—La primera vez que la poli responde por mí —observó.

El automóvil condujo al superintendente y a Billy a Scotland Yard, y ya en el despacho del primero, el ratero se dispuso a descargarse de culpas.

—Antes de empezar —dijo Falmouth—, quiero advertirte que debes ser lo más conciso posible. Cada minuto es precioso.

Billy contó su historia. A pesar de la advertencia, hubo florilegios, que el superintendente se vio obligado a escuchar pacientemente.

Al fin, el carterista llegó al punto álgido de la narración.

—Eran dos, uno alto y otro menos alto. Oí que uno decía: «Mi querido George…». Esto lo dijo el pequeño, el mismo a quien le quité el «tictac» y la libreta. —De repente preguntó—: ¿Había algo en la libreta?

—Continúa.

—Bien —siguió Billy—, los seguí hasta el final de la calle, y estaban esperando poder cruzar hacia Charing Cross Road cuando me hice con el reloj, ¿comprende?

—¿Qué hora era?

—Las diez y media…, aunque también podían ser las once.

—¿No les viste las caras?

El ladrón negó enfáticamente con la cabeza.

—Que no pueda nunca levantarme de esta silla si miento, señor Falmouth. No les vi la cara.

El superintendente se incorporó suspirando.

—Temo que no me has ayudado mucho, Billy —murmuró pesarosamente—. ¿Notaste si llevaban barba, o si estaban bien afeitados, o si…?

—Podría decirle una mentira fácilmente, señor Falmouth —interrumpió Billy con sinceridad—, y podría fabricar un cuento con el que usted picaría, pero me estoy portando como un caballero con usted.

El detective, reconociendo la sinceridad del otro, asintió.

—Has hecho lo que has podido, Billy —concedió—. Te diré lo que vas a hacer. Tú eres la única persona del mundo que ha visto a alguno de los Cuatro Hombres Justos… y vives para poder contarlo. Ahora bien, aunque no recuerdes su rostro, tal vez si volvieses a ver por la calle a tu víctima la reconocerías. Puede haber algún detalle en su andar, algún modo especial de llevar las manos…, algo, en fin, que no puedes recordar ahora, pero que reconocerías si volvieras a verlo. Por consiguiente, aceptaré la responsabilidad de dejarte en libertad hasta pasado mañana. Quiero que encuentres al hombre a quien robaste. Aquí tiene un soberano. Vete a casa, duerme un poco, sal a la calle cuanto antes y marcha hacia la zona céntrica, con los ojos muy abiertos —el superintendente se aproximó al escritorio y escribió unas palabras en una tarjeta—. Toma esto. Si ves al individuo o a su compañero, síguelos, muestra esta tarjeta al primer policía que veas, señálale el hombre y te acostarás mil libras más rico que cuando te levantaste.

Billy cogió la tarjeta.

—Si en algún momento me necesitas, aquí encontrarás a alguien que sabrá indicarte dónde estoy. Buenas noches —y Billy salió a la calle con la mente como un tiovivo y con una autorización policial escrita en una tarjeta de visita que guardaba en un bolsillo de su chaleco.

La mañana que iba a ser testigo de grandes acontecimientos amaneció clara y brillante sobre Londres. Manfred, que, en contra de su costumbre, había pasado la noche en el taller de Carnaby Street, contemplaba la aurora desde la azotea del edificio.

Yacía boca arriba, sobre una alfombra, con la cabeza recostada en sus manos. La aurora, con su luz blanca y despiadada, ponía al descubierto su enérgico rostro, arrugado y ojeroso. Las hebras blancas de su bien recortada barba quedaban acentuadas por aquella luz. Parecía fatigado y descorazonado, de un modo tan poco usual en él que González, que había subido por la trampilla unos minutos antes de salir el sol, estuvo tan próximo a alarmarse como su carácter flemático le permitía. Le tocó en un brazo y Manfred se sobresaltó.

—¿Qué sucede? —preguntó León suavemente.

La sonrisa y el movimiento de cabeza de Manfred no tranquilizaron a González.

—¿Es por Poiccart y el ladrón?

—Sí —asintió Manfred. Y añadió—: ¿Has sentido en alguno de nuestros casos anteriores la misma sensación que en este?

Hablaban en tono próximo al susurro. González tendió la mirada al frente, pensativamente.

—Sí —admitió—, una vez… En el caso de la mujer de Varsovia. Recuerda cuán fácil parecía todo, y cómo una circunstancia tras otra fue embrollando los hechos…, hasta que comencé a sentir la sensación, al igual que ahora, de que fracasaríamos.

—¡No, no, no! —exclamó Manfred ferozmente—. ¡No hay que hablar de fracaso, León, ni pensar en ello tampoco!

Se arrastró hacia la trampa y descendió al corredor, seguido de León.

—¿Y Terrí? —inquirió.

—Duerme.

Se disponían a entrar en el estudio, y Manfred tenía ya la mano en el pomo de la puerta, cuando sonaron unas pisadas en la planta baja.

—¿Quién hay ahí? —gritó Manfred, y un silbido suave les hizo bajar las escaleras como relámpagos.

—¡Poiccart! —exclamó Manfred.

En efecto, era Poiccart, sin afeitar, sucio y alicaído.

—¡Habla! —le urgió Manfred, con rudeza casi brutal.

—Vamos arriba —dijo Poiccart secamente.

Ascendieron la polvorienta escalera, y no pronunciaron ni una palabra hasta llegar a la salita de estar.

Entonces habló Poiccart.

—Hasta las estrellas en su curso luchan contra nosotros —comenzó, dejándose caer en el único asiento cómodo de la estancia y arrojando el sombrero a un rincón—. El tipo que me robó la libreta ha sido arrestado. Es un delincuente bastante conocido, un descuidero habitual, y por desgracia estaba anoche bajo vigilancia. Hallaron la libreta en su poder, y no hubiese ocurrido nada a no ser por un agente de policía de sagacidad poco acostumbrada, que asoció el contenido con nosotros.

»Cuando me separé de ti —miró a Manfred—, marché a casa, me cambié de ropa y me dirigí a Downing Street. Me mezclé entre los curiosos que se agrupaban ante la entrada de la residencia ministerial. Sabía que Falmouth estaba allí, de modo que tenía la seguridad de que si efectuaba algún descubrimiento lo comunicarían inmediatamente a Downing Street. Por otra parte, estaba prácticamente seguro de que mi ladrón era un carterista vulgar y que si teníamos algo que temer se debería solamente a su arresto. Mientras estaba allí, llegó un coche, del que se apeó un individuo con muestras de gran excitación. Era obviamente un policía. Apenas había tenido yo el tiempo justo para parar un coche de punto, cuando salieron a toda prisa Falmouth y el recién llegado. Los seguí en el coche lo más deprisa posible, aunque sin despertar la curiosidad del conductor. Naturalmente, permití que nos llevaran bastante delantera, pero su destino era tan claro como la luz. Despedí el coche en la esquina de la calle donde está la comisaría, y unos pasos más allá, tal como esperaba, el automóvil de Falmouth estaba aparcado frente a la entrada.

»Conseguí echar un fugaz vistazo a la sala de declaraciones, y a pesar de que temía que llevaran a cabo el interrogatorio en una celda, tuve la gran suerte de que hubieran elegido aquella sala. Vi a Falmouth, al policía y al prisionero. Este es un tipo de rostro depravado, mentón largo y mirada huidiza… No, no, León, no me preguntes por su fisonomía ahora… El vistazo que eché tuvo solamente propósitos fotográficos… Deseaba poder reconocerlo en cualquier otra ocasión.

»En aquella fracción de segundo capté la ira de Falmouth y la expresión retadora del ladrón, y comprendí que no podría reconocernos.

—Ah… —suspiró Manfred, aliviado, lo que marcó una pausa en el discurso de Poiccart.

—De todos modos, quise asegurarme —prosiguió aquel unos instantes después—. Retrocedí sobre mis pasos. De repente, oí a mis espaldas el zumbido del auto, que se adelantó. Distinguí a Falmouth y al ladrón, y supuse que se lo llevaban a Scotland Yard.

»Me pareció conveniente volver a mi vez a Scotland Yard; sentí curiosidad por saber qué intentaba hacer la policía con su nuevo recluta. Me aposté en un lugar desde donde podía divisar la entrada de la calle, y aguardé. Un rato después el ratero salió solo. Su andar era ligero y decidido. Un vistazo que capté de su semblante me reveló una extraña mezcla de perplejidad y júbilo. Torció por el Embankment y lo seguí de cerca.

—Corrías el peligro de que la policía le siguiese a él —observó González.

—En cuanto a eso, me sentía perfectamente tranquilo —replicó Poiccart—. Hice una inspección muy cuidadosa antes de actuar. Al parecer, la policía se contentó con dejarlo vagar libremente. Cuando llegó a la escalinata del Temple, se detuvo y miró con indecisión a derecha e izquierda, como si no estuviese muy seguro de lo que debía hacer. En aquel momento me aproximé, pasé por su lado y seguidamente di media vuelta, hurgándome los bolsillos.

»—¿Sería tan amable de darme fuego? —pedí.

»Fue muy afable. Sacó una caja de cerillas y me la ofreció.

»Saqué una, las rasqué y encendí mi cigarro, sosteniendo la cerilla en tal posición que él pudiera verme el rostro a la luz de la llama.

—Una medida prudente —comentó Manfred con gravedad.

—También yo pude ver su cara, y con el rabillo del ojo observé cómo examinaba mis facciones una a una. Sin embargo, no dio señal alguna de haberme reconocido y empecé a hablar con él. Permanecimos allí unos momentos y luego, como por mutuo acuerdo, echamos a andar en dirección a Blackfriars y atravesamos el puente, charlando de modo intrascendente sobre la pobreza general, el tiempo y las noticias de la prensa. Al otro lado del puente hay un tenderete donde sirven café. Decidí entonces dar mi siguiente paso. Le invité a un café, y cuando nos pusieron delante las tazas, puse un soberano sobre el mostrador. El dueño del negocio sacudió la cabeza y alegó que no tenía cambio.

»—¿No tendrá cambio su amigo? —preguntó.

»Fue entonces cuando la vanidad del ladronzuelo me reveló lo que yo quería saber. Sacó del bolsillo, con aire indiferente…, un soberano.

»—Es todo lo que llevo —dijo con voz cansina.

»Encontré en mis bolsillos unas monedas de cobre y pagué. Necesitaba pensar con rapidez. Aquel individuo había dicho algo a la policía, algo que valía un soberano… ¿Qué era? No podía ser una descripción de nosotros, puesto que me habría reconocido cuando encendí el cigarro, o, al menos, estando allí, bajo la luz de la improvisada cafetería. Y, de repente, un frío temor me asaltó. Quizá me había reconocido y, con su astucia de pícaro, me estaba entreteniendo hasta poder conseguir la ayuda de un agente.

Poiccart hizo una pausa momentánea y sacó del bolsillo una ampolla, que puso con cuidado sobre la mesa.

—Estuvo más cerca de la muerte que en ningún otro momento de su vida —prosiguió calmosamente—, pero en cierto modo mis sospechas se desvanecieron. Durante nuestro paseo habíamos pasado por delante de tres policías, y él no había aprovechado esta oportunidad.

»Se tomó el café y dijo:

»—Debo ir yendo ya para casa.

»—¿Tan pronto? —exclamé sonriendo; luego añadí—: En realidad, también yo debería estar de regreso para casa. Mañana me espera mucho trabajo.

»Me miró de reojo.

»—También a mí —afirmó sonriendo—, aunque no sé si podré hacerlo.

»Habíamos dejado el tenderete y en aquel momento estábamos parados bajo un farol, en la esquina de la calle.

»Sabía que sólo disponía de unos instantes para obtener la información que necesitaba… de manera que obré con osadía, yendo directamente al grano.

»—¿Qué le parecen esos Cuatro Hombres Justos? —le pregunté, en el preciso momento en que se disponía a marcharse. Dio media vuelta inmediatamente.

»—¿Y usted qué opina de ellos? —inquirió a su vez.

»A partir de aquí, poco a poco, fui entrelazando la conversación hasta llegar al tema de la identidad de los Cuatro. Él estaba ansioso por hablar de ellos y por saber lo que yo pensaba, pero lo que más le interesaba era la cuestión de la recompensa. Sí, esto le absorbía, y de repente se inclinó hacia mí, y, dándome unos golpecitos en el pecho con su sucio índice, empezó a establecer hipótesis.

Poiccart se echó a reír…, pero su carcajada terminó con un soñoliento bostezo.

—Ya conocéis esa clase de preguntas —agregó—, y sabéis cuán ingenuos son los iletrados cuando tratan de disimular su identidad por medio de elaboradas hipótesis. Bien, he aquí la historia. Él (se llama Billy Marks) cree que podría llegar a reconocer a uno de nosotros por un azar de la memoria. Para posibilitarle hacer esto lo han dejado en libertad provisional…, y hoy tendrá que explorar Londres, según dijo.

—Pues tendrá un día muy ajetreado —rió Manfred.

—Exacto —asintió Poiccart—, pero oíd el resto. Nos separamos y me encaminé hacia el oeste, completamente tranquilo por lo que a nuestra seguridad respecta. Fui hasta el mercado de Covent Garden, pues ya sabéis que ese es uno de los sitios de Londres donde puede ser uno visto a las cuatro de la mañana sin despertar sospechas.

»Estaba dando una vuelta por el mercado, observando ociosamente el bullicio que reina en él a aquellas horas, cuando, por alguna causa que no sé explicar, giré repentinamente sobre mis talones ¡y me hallé frente a frente con Billy Marks! Sonrió ovejunamente y me saludó con la cabeza. Sin esperar a que le preguntara las razones de su presencia allí, empezó a explicármelas.

»Acepté sus razones sin más, y por segunda vez le invité a café. Al principio vaciló, mas después aceptó. Cuando nos hubieron servido el café, apartó su taza de mí lo más lejos posible, y entonces comprendí que me había equivocado con el señor Marks, que había subestimado su inteligencia, que todo el tiempo que estuvo explayándose conmigo me estuvo reconociendo, y que había hecho todo lo posible para ahuyentar mis sospechas.

—¿Pero por qué…? —empezó Manfred.

—Eso es lo que me pregunté —le interrumpió Poiccart—. ¿Por qué no hizo que me arrestasen? —Se volvió hacia León, que escuchaba en silencio—. Dinos tú, León, ¿por qué?

—La explicación es simple —respondió González pausadamente—. ¿Por qué nos traicionó Terrí?… Codicia, la segunda fuerza más poderosa de la civilización. Duda algo de la recompensa. Tal vez no se fía de la palabra de la policía…, como es frecuente entre delincuentes. Quizá desee tener testigos —León se dirigió a la pared, donde estaba colgado su abrigo. Se lo abrochó pensativamente, se pasó una mano por la suave barbilla, y se metió en un bolsillo la ampolla que estaba sobre la mesa—. Supongo que le habrás dado esquinazo…

Poiccart asintió.

—¿Dónde vive?

—En el 700 de Red Cross Street, en el Borough. Es una pensión barata.

León cogió un lápiz de la mesa y esbozó rápidamente una cara sobre el margen de un periódico.

—¿Se le parece? —preguntó.

—Sí, mucho —asintió, sorprendido—. ¿Lo conoces?

—No —negó León con ligereza—; para tal hombre, tal rostro.

Se detuvo en el umbral.

—Creo que es necesario —en sus palabras había una nota interrogativa, dirigida principalmente a Manfred, que, cruzados los brazos y fruncido el ceño, miraba fijamente el suelo.

Por toda respuesta, Manfred extendió su apretado puño.

León vio el pulgar hacia abajo y salió de la habitación.

Billy Marks se hallaba en un dilema. Por medio del truco más ingenuo del mundo, su presa se le había escurrido de entre los dedos. Cuando Poiccart, deteniéndose ante las pulimentadas puertas del hotel más lujoso de Londres, hasta donde habían llegado, observó casualmente que tardaría sólo un segundo y desapareció por el vestíbulo, Billy se quedó anonadado. No estaba preparado para aquella contingencia. Había seguido al sospechoso desde Blackfriars; estaba casi seguro de que se trataba del individuo al que había desvalijado. Hubiera podido, de haberlo deseado, llamar al primer agente que vio para que arrestase a su presa; pero las sospechas del ladrón, el miedo a tener que compartir la recompensa con el agente que le ayudase, le hicieron contenerse. Y además, podría no tratarse del mismo individuo, decíase Billy para sus adentros, y no obstante…

Poiccart era un químico; un individuo que encontraba su gozo en precipitados malsanos; que mezclaba pestilentes compuestos; que destilaba, filtraba, carbonataba, oxidaba y hacía toda guisa de operaciones en aparatos de cristal, con los productos vegetales, animales y minerales de la Tierra.

Billy había salido de Scotland Yard en busca de un hombre que tenía una mano descolorida. Sí, de haber temido menos la traición de la policía, hubiese puesto en manos de esta una marca de identificación altamente valiosa.

Parece una excusa muy pobre alegar en favor de Billy que fue solo su codicia lo que le frenó cuando se halló frente a frente del hombre que buscaba. Y, sin embargo, así fue. Además, existía una operación de multiplicar muy sencilla. Si un Hombre Justo valía mil libras, ¿cuál era el valor comercial de cuatro? Billy era un ladrón con cabeza para los negocios. En su trabajo diario no producía desperdicios. No era un conservador que se conformase con un solo ramo de su profesión. Lo mismo pescaba un reloj, que limpiaba una caja registradora, o pasaba florines falsos.

Era una mariposa del crimen, revoloteando de una flor ilícita a otra, y no desdeñaba figurar como el «X» de alguna «información recibida».

Por eso, cuando Poiccart desapareció por detrás de las magníficas puertas del Royal Hotel, en Northumberland Avenue, Billy se quedó perplejo. Comprendió en un santiamén que su cautivo había entrado en un lugar adonde él no podía seguirlo sin poner sus cartas boca arriba, y que, si no ponía el remedio, existían muchas probabilidades de que su presa hubiese desaparecido para siempre.

Miró arriba y abajo de la calle. No había ningún policía a la vista. En el vestíbulo, un mozo en mangas de camisa estaba frotando los bronces. Era aún muy temprano; las calles estaban desiertas, y Billy, tras unos momentos de vacilación, dio un paso que jamás hubiese dado a una hora más convencional.

Empujó las puertas de vaivén y pasó al vestíbulo. El mozo lo miró, favoreciéndolo con un suspicaz fruncimiento.

—¿Qué quiere? —preguntó, desaprobando con la mirada el raído abrigo del visitante.

—Escucha, colega… —empezó Billy en su tono más conciliador.

Fue entonces cuando el musculoso brazo derecho del mozo lo asió por el cuello del abrigo, y Billy se vio dando trompicones en la calle.

—Fuera…, largo de aquí —ordenó el mozo con firmeza.

Fue necesario este desaire para engendrar en Billy la energía precisa. Se alisó el encarrujado abrigo, sacó del bolsillo la tarjeta firmada por Falmouth y volvió a la carga con dignidad.

—Soy policía —anunció, adoptando el aire que conocía tan bien—, y ¡mucho cuidado, joven, con interferirse en mi labor!

El mozo cogió la tarjeta y la examinó a conciencia.

—¿Qué desea? —preguntó en tono más cívico. Hubiera añadido «señor» si la palabra no se le hubiese atascado en la garganta. Si el recién llegado era un detective, pensó, el disfraz era perfecto.

—Necesito al caballero que entró antes de mí —dijo Billy.

El mozo se rascó la cabeza.

—¿Cuál es el número de su habitación?

—No importa el número de su habitación —gruñó Billy rápidamente—. ¿Hay alguna salida trasera en este hotel…, alguna salida que pueda utilizar un individuo? Sin contar la entrada principal.

—Una media docena.

Billy dejó oír un gemido ahogado.

—¿Puede mostrarme una?

El mozo le precedió fuera del vestíbulo. Una de las entradas de servicio daba a un callejón, y allí un barrendero dio a Billy la información temida. Cinco minutos antes, un hombre que respondía a la descripción dada por el ratero había salido, doblando hacia el Strand, y, luego de tomar un coche de punto, se había alejado en el mismo.

Chasqueado, y con la añadida amargura de saber que de haber actuado con más osadía se hubiera asegurado, al menos, una participación en las mil libras, caminó hasta el Embankment, maldiciendo el desatino que le había inducido a desaprovechar la fortuna que había estado a su alcance. Con las manos hundidas en los bolsillos, recorrió la agotadora longitud de los muelles del Támesis, repasando una y otra vez los incidentes de la noche, mascullando constantemente una espeluznante maldición de su error. Había transcurrido una hora desde que Poiccart le diera esquinazo, cuando se le ocurrió que todo no estaba perdido. Tenía su descripción, había examinado su cara, rasgo a rasgo, y esto ya era algo. Más aún, pensó que si detenían a aquel individuo gracias a su descripción, todavía podría reclamar la recompensa…, o parte de ella. No se atrevía a presentarse a Falmouth con la historia de que toda la noche había estado en compañía del hombre en cuestión sin haberlo hecho arrestar. Falmouth no se lo creería, y además resultaba excesivamente casual que hubiese llegado a conversar con él.

Esta última idea asaltaba por primera vez la mente de Billy. ¿Por qué extraña casualidad se había encontrado con aquel hombre? ¿Era posible, y este pensamiento aterró a Billy Marks, que el individuo al que había robado le hubiese reconocido a él y que deliberadamente lo hubiese buscado con la intención de matarlo?

Un frío sudor corrió por la estrecha frente del ladrón. Esos tipos eran asesinos, crueles y despiadados asesinos. ¿Y si…?

Abandonó la contemplación de unas posibilidades tan poco gratas para fijarse en un hombre que cruzaba la calzada en dirección hacia él. Lo contempló con expresión titubeante. El que se le acercaba era un individuo de apariencia joven, bien afeitado, con facciones afiladas e implacables ojos azules. Cuando estuvo más cerca, Billy se dio cuenta de que su primera impresión había sido engañosa; aquel hombre no era tan joven como parecía. Le calculó unos cuarenta años. Se le acercó haciéndole una seña para que se detuviese, pues Billy comenzaba a alejarse.

—¿Te llamas Marks? —preguntó el desconocido en tono autoritario.

—Sí, señor —admitió el ladrón.

—¿Has visto al señor Falmouth?

—No, desde anoche —contestó Billy, sorprendido.

—Entonces, tienes que ir a verlo en seguida.

—¿Dónde está?

—En la comisaría de Kensington. Han arrestado a un tipo y quiere que tú lo identifiques.

El corazón de Billy dio un salto.

—¿Me darán alguna recompensa? —quiso saber—. En caso de que lo reconozca, claro.

El otro asintió y Billy recobró sus esperanzas.

—Debes seguirme —añadió el desconocido—, pero a cierta distancia. El señor Falmouth no quiere que nos vean juntos. Saca un billete de primera clase para Kensington y entra en el compartimiento siguiente al mío… Vamos.

Se dio media vuelta y atravesó la calzada en dirección a Charing Cross. Billy lo siguió a distancia.

Encontró al desconocido paseando por el andén, y no dio muestras de reconocerlo. Llegó un tren y el ladrón siguió al otro por entre el enjambre de obreros que estaban apeándose. Su guía entró en un vagón de primera clase, vacío, y él, obedeciendo las instrucciones, penetró en el compartimiento contiguo al elegido por el otro.

Entre Charing Cross y Westminster, Billy tuvo tiempo de estudiar su situación. Entre Westminster y St. James Park, planeó las excusas que le daría al superintendente; entre el Park y Victoria, completó su justificación para reclamar una parte de la recompensa. Después, cuando el tren penetró en el túnel, iniciando el recorrido de cinco minutos hasta Sloane Square, Billy notó una corriente de aire, y al volver la cabeza vio al desconocido asomado a su compartimiento, cuya puerta mantenía semiabierta.

Billy se sobresaltó.

—Levanta el cristal de esa ventanilla —ordenó el hombre, y Billy, hipnotizado por el imperio de aquella voz, obedeció. En aquel instante oyó una rotura de cristales. Se volvió, emitiendo un colérico gruñido.

—¿Qué juego es este? —exigió.

Por toda respuesta, el desconocido giró retrocediendo de un salto y desapareció cerrando suavemente la puerta.

—¿Qué juego es este? —repitió Billy con voz adormilada.

Miró al suelo y vio una ampolla rota a sus pies. Junto a los cristales yacía un reluciente soberano. Lo contempló estúpidamente durante un instante, y después, justamente cuando el tranvía llegaba a la estación de Sloane Square, se agachó para recogerlo…


Asesino en la autopista - William P. McGivern (Parte 3)

 III

 

 Trabajó con rapidez para desatar el nudo que sujetaba su delantal alrededor de su cintura. Cuando lo hubo hecho, se levantó cuidadosamente, apoyándose sobre un codo, y miró hacia la ventanilla, llevando precaución para mantener la cabeza por debajo del asiento delantero. Se dio cuenta con desesperación de que no era posible. El gran hombro y brazo del hombre cerraban por completo la zona situada entre el respaldo del asiento y la ventanilla abierta. Si ella trataba de pasar el delantal a presión, él se daría cuenta de su mano y de que se estaba moviendo a sus espaldas.

—Vamos un poco retrasados —dijo Bogan en aquellos momentos—. Tendré que ir al máximo. Pero no te preocupes. No me cogerán por exceso de velocidad.

El coche se introdujo en el carril de la izquierda y ella vio cómo su cabeza y sus hombros se inclinaban hacia adelante, perdiéndose un poco de vista, mientras lo hacía. Cuando pasaba a otro vehículo, se acercaba más al parabrisas para ver con mayor claridad. Ahora, el balanceo del vehículo le daba a entender que habían vuelto al carril central, viendo entonces cómo su cabeza y sus hombros emergían sobre ella, volviendo a su acostumbrada posición.

Rezó en voz baja. Cuando se movió hacia adelante, la ventanilla abierta había quedado libre, sin que su cuerpo la obstruyera. Y si pasaban a otro coche, él también volvería a inclinarse hacia adelante.

Con su mano derecha, arrugó el delantal hasta convertirlo en una bola, y la fue levantando poco a poco. Cuando pasara a otro coche, ella no podría mirar para ver si él se había movido hacia adelante. En tal caso, se encontraría cerca del espejo retrovisor, siendo capaz de notar cualquier movimiento que se pudiera producir detrás de él. Ella tendría que arriesgarse, levantando el delantal, sacándolo por la ventanilla y dejándolo caer, sin mirar y rezando para que su mano no rozara el hombro.

Avanzaron durante varios minutos por el carril del centro.

—Ya está bien de aire —dijo, con un chasquido de su voz—. En cuanto pasemos a ese camión, subiré la ventanilla y la dejaré así. ¿Para qué me voy a preocupar por tu comodidad? ¿Sientes alguna simpatía por mí? ¿Acaso yo te preocupo algo?

El coche se desvió hacia la izquierda y adquirió velocidad, haciendo que las ruedas chirriaran sobre el pavimento húmedo. Contó lentamente hasta tres, tratando de controlar el temor paralizante que se apoderaba de su cuerpo. «Ahora», pensó, pero no consiguió mover la mano. El coche estaba volviendo casi al carril central y ella se mordió furiosamente su tembloroso labio y dijo: «¡Ahora!», en un desesperado y pequeño murmullo.

Empujó la mano hacia la ventanilla, temiendo un contacto con el cuerpo del hombre, pero no sintió nada, excepto el viento húmedo como hielo contra sus nudillos. Un pliegue de la prenda hizo un ruido de desgarramiento al entrar en contacto con la corriente de aire. Mantuvo el delantal cogido entre el pulgar y el índice, sintiendo cómo se estiraba y se llenaba de viento, y entonces lo soltó. Cuando deslizó la mano, apartándola de la ventanilla, Bogan se reclinó en el asiento, y sus dedos produjeron un ligero roce sobre el tejido de su chaqueta.

Pero él no pareció darse cuenta de nada.

—Si quieres ahogarte —dijo él—, adelante —y subió la ventanilla hasta dejarla ajustada—. ¿Por qué me voy a preocupar? —Había en su voz un tono amenazador y vengativo—. No me importa si tu rostro se pone negro y tus pulmones estallan.

Bogan encendió entonces la radio del coche.

Ella se quedó completamente quieta, agotada por el temor y la tensión. Se llevó el dorso de una mano a la boca, apretándola contra sus labios, para reprimir un sollozo.

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El vendedor llamado Harry Mills juró enojadamente e hizo girar el coche hacia la cuneta llena de grava que flanqueaba la autopista. Su esposa, Muriel, tenía los ojos llenos de lágrimas; su voz temblaba cuando dijo:

—Podíamos habernos matado, Harry. Casi perdiste el control.

—Claro —dijo Harry Mills furiosamente—. No pude ver la carretera durante unos cinco segundos. Esa maldita cosa se pegó justo encima de los limpiaparabrisas. Voy a informar de esto —salió del coche, con el rostro encendido y una expresión de agresividad, y dio la vuelta hasta colocarse junto a su esposa—. No tardará en pasar por aquí algún policía —dijo, y se subió la solapa de su abrigo para protegerse de la lluvia—. Estamos vivitos y coleando, querida. Supongo que hemos tenido mucha suerte.

—¿Qué era eso? —preguntó ella, con el mismo tono de voz, elevado y temeroso—. ¿Qué tiraron esos tontos por la ventanilla?

—Bueno, todavía está agarrado al limpiaparabrisas —dijo él, y empezó a extraer la empapada pieza de tela que había salido volando del coche que iba inmediatamente delante del suyo hasta caer sobre su parabrisas; lo extendió sobre el capó—. Bien, ¿qué te parece esto? —preguntó, y se levantó el sombrero sobre la frente.

La luz roja giratoria de un coche patrulla ya se estaba acercando, moviéndose expertamente a través de los carriles casi abarrotados por el tráfico. Eran las nueve treinta y cinco.

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En el cuartel general, el capitán Royce, acompañado por el sargento Tonelli y por el teniente Trask, estaba de pie, estudiando el largo mapa de la autopista que había en la pared de su despacho. Durante los últimos cuarenta y cinco minutos no habían encontrado ningún rastro del asesino. El capitán Royce sabía que había abandonado el Howard Johnson número 1, acompañado por la chica, aproximadamente a las ocho cincuenta. 

Cuarenta y cinco minutos significaban unos setenta y cinco kilómetros; y en esos setenta y cinco kilómetros el asesino había tenido la posibilidad de abandonar la autopista en cualquier salida situada entre la 12 y la 5. Todas aquellas salidas estaban vigiladas, claro. Resultaba imposible investigar un coche tras otro, pero se estaba prestando una gran atención a los coches tipo sedán de marca «Ford», «Chevrolet» y «Plymouth», especialmente a los que eran conducidos por hombres corpulentos que llevaran gafas. Puede que el asesino hubiera conseguido atravesar la barrera, pero Royce se sentía razonablemente seguro de que aún se encontraba en la autopista.

Miró el gran reloj que había en la pared opuesta y el sargento Tonelli consultó su reloj de pulsera.

Dentro de otros dos minutos más, el convoy presidencial entraría en la autopista por la entrada 5.

Tonelli aclaró su garganta.

—Esos reporteros todavía están ahí afuera, capitán —dijo.

—Un buen sitio para estar —observó Royce.

Durante la última hora habían estado llegando al cuartel general periodistas y reporteros de radio y televisión. Podían causar un gran dolor de cabeza a Royce, y poner en dificultades el tráfico en la autopista, si no les informaba brevemente de lo que estaba sucediendo y de los planes que se estaban realizando para atrapar al asesino; pero Royce estaba preparado para, aceptar esta eventualidad. 

Ahora, todos los patrulleros libres de servicio ya se encontraban trabajando en la autopista, que se había convertido en una trampa de ciento sesenta kilómetros vigilada por todos los coches patrulla, señalizados o no, que estaban en disposición de servicio. Por la autopista rodaban tres vehículos con escuadrones especiales antidisturbios, a intervalos de poco más de treinta kilómetros, listos para converger inmediatamente hacia cualquier lugar donde se diera la alarma, dotados de gases lacrimógenos y balas de goma. 

El teniente Biersby, en el centro de comunicaciones, había alertado a toda la policía situada en un radio de ciento sesenta kilómetros alrededor de la autopista, y esta red se estaba ampliando a cada minuto que pasaba. Los cobradores del peaje, que no eran policías, sino civiles desarmados, habían sido sustituidos por policía estatal vestida de paisano, transferida directamente bajo el mando de Royce.

Si esta información era transmitida por un reportero a una emisora de radio o de televisión, estaría en el aire en cuestión de minutos. Y eso sonaría muy bien, pensó Royce. La gente que escuchara la medida, la aprobaría porque, después de todo, la policía estaba cumpliendo una tarea. 

Pudiera ser incluso que aquello disminuyera un poco su indignación la próxima vez que fueran multados por exceso de velocidad. Pero en contra de las ventajas de una buena prensa, Royce tuvo en cuenta un hecho muy importante: el asesino podría disponer de radio en su coche y, sin duda alguna, estaría interesado en conocer los detalles de los planes que se habían hecho para atraparle.

Un timbre sonó en la mesa del radiofonista y escucharon el crujido de la radio, con una voz distante que informaba. El radiofonista se volvió rápidamente y miró al capitán Royce, que se había adelantado hasta la puerta de su despacho.

—Salida cinco informando, señor —dijo—. El presidente está en la autopista. Es un convoy de ocho coches, con nuestras patrullas al frente y detrás. Viajando por el carril de la derecha a setenta y cinco aproximadamente.

—¿Han informado de su posición todas las demás patrullas? —preguntó Royce.

—Sí, señor.

Royce asintió y se pasó una mano por su frente sudorosa. Después, regresó ante el mapa. Podía visualizar el progreso del convoy y conocía la densidad del tráfico que le rodeaba y las condiciones del tiempo en aquel trozo de autopista. Ninguno de estos elementos era favorable: la autopista estaba resbaladiza por la lluvia y el tráfico se movía con lentitud y pesadez.

—¡Capitán Royce! —llamó con un grito el radiofonista—. ¿Quiere venir un momento, señor?

Royce, con Tonelli y Trask siguiéndole, llegó junto al radiofonista de varias largas zancadas.

—El coche dieciséis acaba de informar, señor —dijo rápidamente el radiofonista—. Termina de investigar a un coche detenido. El conductor aparcó en la cuneta porque desde el coche que iba delante alguien lanzó un delantal de Howard Johnson que se pegó a su parabrisas. El delantal procedió de la ventanilla del conductor de un «Ford» del cincuenta y dos, con matrícula de Nueva York. La esposa consiguió ver los tres últimos números de la matrícula: seis, cuatro, dos.

—¿Dónde ocurrió eso?

—La patrulla dieciséis se detuvo en el poste kilométrico ochenta y seis, en... —el radiofonista consultó sus referencias—. Recibí su solicitud de cerrar la autopista hace dos minutos.

Royce hizo un rápido cálculo: el «Ford» del 52 llevaba esos dos minutos de ventaja, además del tiempo que el conductor hubiera tardado en detener a un coche patrulla. Un total de unos cinco minutos; lo que situaría al asesino cerca del poste kilométrico ochenta, en la salida 5.

—¿Quién está cerca del ochenta? —preguntó ásperamente.

—O'Leary. Patrulla veintiuno. Va detrás del presidente, a unos doscientos metros de distancia —y añadió sin necesidad—: Manteniendo el tráfico detrás del lento convoy.

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Cuando O'Leary recibió sus órdenes del radiofonista del cuartel general, se encontraba en el carril central del tráfico que se dirigía hacia el sur, cerca del poste kilométrico setenta y seis. El convoy presidencial se encontraba unos pocos cientos de metros por delante de él, rodando suavemente por el carril de la derecha; podía ver la luz roja giratoria del coche patrulla de cola, brillando en la oscuridad.

O'Leary estaba sentado recto, con sus grandes manos apretadas sobre el volante. Repitió los tres números que le había dado el radiofonista y dijo:

—¡Recibido! —después, colgó el receptor.

Su corazón latía lleno de esperanza y excitación. Había estado acortando lentamente la distancia que le separaba del convoy durante los últimos cinco minutos y estaba completamente seguro de que no había pasado a ningún sedán «Ford» del 52. 

Aquello significaba que el asesino estaba delante de él, en alguno de los carriles llenos de tráfico que se movía entre él y el convoy. Después de mirar por su espejo retrovisor, O'Leary se situó en el carril de la izquierda, controlando el suave y poderoso vehículo como si fuera una extensión de su propio cuerpo. Pasó junto a tres coches más lentos y tras comprobar sus matrículas, volvió al carril del centro. 

Permaneció allí el tiempo suficiente para comprobar las matrículas de los coches que tenía ante él y a su derecha; después, volvió al carril de adelantamiento y sobrepasó a los coches que había eliminado. La lluvia dificultaba su trabajo, pero realizaba todos sus movimientos con una precisión deliberada, saliendo y volviendo a entrar en el tráfico con una habilidad que no le costaba ningún esfuerzo.

Estableció contacto en el poste kilométrico sesenta y nueve; el «Ford» viajaba en el carril central, a unos cincuenta metros por detrás del convoy presidencial, pero ganando distancia con lentitud.

O'Leary extendió discretamente la mano y cogió el receptor del soporte situado junto al volante.

—O'Leary, veintiuno —informó al sargento Tonelli—. Lo tengo. Poste kilométrico sesenta y nueve, dirección sur, carril central.

—¡Espere un momento! Aquí el capitán —dijo el capitán Royce ásperamente—. O'Leary, ¿ha conseguido ver al conductor?

—No, señor. Estoy detrás de él, a tres o cuatro coches de distancia.

—¿Alguna señal de la mujer?

—No, señor.

—¡Adelántele! A partir de ahora le cubriremos con coches no identificados.

—¡Recibido!

O'Leary se disponía a situarse en el carril de la izquierda cuando vio cómo, de repente, el «Ford» cobraba velocidad y se dirigía hacia el convoy presidencial. El convoy de ocho vehículos avanzaba ahora a unos noventa kilómetros por hora, con intervalos de aproximadamente cincuenta metros entre cada coche.

—¡Dios mío! —murmuró O'Leary entre dientes.

El «Ford» se estaba moviendo hacia el extremo derecho del carril central, doblando lentamente hacia la derecha, para situarse en uno de los espacios que separaban los coches del convoy. Cogió el micrófono-receptor y gritó duramente:

—¡Tonelli! Está tratando de situarse en el convoy. ¡Eso es lo que ha estado esperando todo el tiempo!

Era un plan salvaje y desesperado, pero no dejaba de haber cierta brillantez en él. Si el «Ford» se introducía en el convoy, situándose delante de un coche lleno de agentes del Servicio Secreto, sería detectado instantáneamente. Pero si se colocaba en el espacio entre periodistas o ayudantes presidenciales, podría pasar desapercibido. 

Y una vez dentro del convoy, el asesino tenía asegurada una salida libre de la autopista porque el presidente no sería detenido en ninguna caseta de cobro de peaje..., todo el convoy pasaría, siendo saludado con deferencia.

El capitán Royce ya estaba dando órdenes que restallaban como disparos en el receptor de O'Leary. Informó de la situación y número de matrícula del «Ford» a las patrullas no identificadas 30 y 40, y les ordenó interceptarlo, reducir su marcha y apartarlo del convoy. A O'Leary le ordenó:

—¡Colóquese a su lado! No intentará nada estando usted ahí. Cuando las patrullas treinta y cuarenta estén en posición, adelántele unos pocos cientos de metros. Y por el amor de Dios, lleve mucho cuidado. No podemos tener ningún accidente, ni provocar ningún tiroteo.

—¡Recibido! —dijo O'Leary.

Se introdujo en el carril de la izquierda. Cuando se situó al lado del «Ford», pudo ver al conductor inclinado un poco sobre el volante, pero la lluvia le impedía captar los detalles de sus rasgos; tuvo la impresión de que era un hombre corpulento, y observó el brillo de unas gafas, pero nada más. 

O'Leary disminuyó la marcha para adaptarse a la del «Ford», que aún seguía basculando hacia la parte derecha del carril central. En el carril de la derecha, el convoy presidencial rodaba suavemente por la autopista, con una velocidad constante y decorosa, y con coches patrulla situados a la cabeza y a la cola de la columna. 

O'Leary se dio cuenta de que el «Ford» regresaba gradualmente al centro de su carril. Sin duda alguna, el conductor le había visto y había decidido retrasar su movimiento. En su espejo retrovisor, O'Leary vio un par de faros que se le acercaban rápidamente a través de la lluvia que caía con fuerza en la oscuridad.

Debía ser el primero de los coches patrulla no identificados. O'Leary se adelantó un poco al «Ford», después otro poco más, dejando espacio al patrullero que venía tras él para que se colocara en el carril central y situara su coche frente al del asesino.

O'Leary pensó que Sheila debía estar echada en el suelo del «Ford», y aquel pensamiento le resultó exasperante; odiaba tener que abandonar ahora su puesto, pero allí no cabía realizar ningún tipo de heroicidad, y menos cuando se trataba de patrullar la autopista. Por otra parte, sus años de entrenamiento y disciplina eran lo bastante fuertes como para contrapesar cualquier tentación de llevar a cabo una acción individual. 

Si ella estaba en el coche, sus mejores posibilidades de seguridad se encontraban en el trabajo en equipo de la policía. Si ella estaba en el coche... este pensamiento le hizo sentirse enfermo. Pero sabía que el asesino podría haberla dejado inconsciente, o haberla matado, arrojando su cuerpo en los campos que había a lo largo de la autopista.

Detenerse para desembarazarse de su cuerpo sólo le habría costado unos pocos segundos, y en ese breve espacio de tiempo habría corrido muy poco riesgo de ser detectado por un coche patrulla.

O'Leary apretó el acelerador y se dirigió hacia la cabeza del convoy; en su espejo retrovisor vio cómo un convertible negro se situaba lentamente por delante del «Ford».

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Harry Bogan maldijo su suerte, maldijo la cortina de lluvia que caía en delgadas columnas plateadas por delante de las luces de los faros. Se inclinó hacia adelante y limpió con la palma de la mano la pequeña capa de vapor que se había fijado en la parte interior del parabrisas.

Unos pocos minutos antes estuvo riéndose con un turbulento buen humor. El plan iba a salir bien; estaba convencido de ello. Los espacios que separaban a los vehículos del convoy eran grandes, y la lluvia resultaba una cobertura excelente para el movimiento que había planeado realizar. 

Había leído en los periódicos algo sobre el viaje del presidente, que acudía a una ceremonia en un hospital de veteranos de Plankton, cerca de la salida 5 y que planeaba regresar a Washington aquella misma noche.

Y entonces, cuando Bogan se aproximaba a la salida 5, escuchó en una emisora local de Plankton un informe por el que pudo comprobar que sus planes para interceptar el convoy del presidente se desarrollaban con toda exactitud. 

El alcalde estaba siendo entrevistado; habló del honor que representaba para el pueblo la visita del presidente, del inspirador mensaje que el presidente había enviado no sólo al pueblo, sino a toda la nación, dirigido a los hombres libres de todo el mundo. 

Bogan había escuchado atentamente, irritado por las palabras grandilocuentes, por la voz de estilo oratorio que llenó el coche. Y entonces, el alcalde dijo: «Aunque sólo hace unos pocos momentos que se ha marchado, le echamos profundamente de menos, y nuestros corazones le desean un buen viaje de regreso.»

Aquello era precisamente lo que quería saber Bogan: el momento de la partida del presidente de Plankton. Hasta entonces, todo lo que había hecho eran suposiciones; ahora estaba seguro.

Pero de repente, cuando estaba preparado para ejecutar el paso final, un coche de la policía se situó junto a él, permaneciendo allí con una inquietante persistencia. Y cuando finalmente se decidió a pasarle, alejándose, un tonto que conducía un convertible negro se situó delante de él, obligándole a reducir su marcha a sesenta y cinco kilómetros por hora, ignorando arrogantemente el furioso sonar de su claxon.

El convoy se alejó de él, con las luces rojas de los coches patrulla perdiéndose en la oscuridad, y fue entonces cuando el convertible negro giró lentamente hacia el carril de la derecha dejando el paso libre a Bogan. Pero entonces, otro tonto se le adelantó, un hombre que conducía una camioneta y que parecía ser un borracho o un suicida; osciló erráticamente frente a él, frustrando todos sus intentos de pasarle.

Bogan ya no se sintió inflado por la orgullosa sensación de dominio. Todo empezó a resultar confuso e insensato, como sucedió cuando rompió con su hermano y durante los largos años de amargas desilusiones sin sentido; no había ninguna conexión ni relación con lo que le estaba sucediendo ahora, sólo permanecía la sensación de haber sido burlado de algún modo y la necesidad de devolver el golpe a quienes le atormentaban. Pero el curso de sus fragmentados pensamientos llegaron a un final sostenido: todas las manos se habían elevado para destruirle. Pero no lo encontrarían tan fácilmente.

Habló con aspereza a la mujer que estaba en el suelo de la parte de atrás:

—Crees que te vas a casar con ese enorme y elegante patrullero, ¿verdad? Crees que te devolveré a él sana y salva, ¿eh? Bonita y dulce para que te pueda manosear con sus manazas. ¿Es eso lo que estás esperando?

Sheila se había colocado sobre un costado. En esa posición le era posible trabajar con la hebilla que aseguraba el cinturón alrededor de sus tobillos.

—¿Adonde me lleva? —preguntó.

No tenía ningún sentido preguntarle aquello. Sólo confiaba en poder distraerle de aquella terrible preocupación sobre ella y Dan. No podía soportar la amenaza de obscena excitación que percibía en su voz, el frenesí de sus insinuaciones.

—Lo sabrás cuando hayamos llegado —contestó él.

Ya había abandonado la esperanza de que alguien hubiera encontrado su delantal. Se lo imaginaba húmedo y arrugado sobre la autopista, convertido en una masa irreconocible después de que miles de ruedas hubieran pasado sobre él. Ahora, la única oportunidad que le quedaba la encontraría cuando él se detuviera en la salida para pagar el peaje; si fuera posible, si no descubriera hasta entonces que se había librado las manos, abriría la puerta y se arrojaría del coche. 

El dispararía contra ella, claro; sabía por lo que había estado diciendo y por el sonido de su voz que tenía la intención de matarla de una forma u otra. Pero ella elegiría la forma; y sabía muy bien que una bala sería infinitamente preferible a quedarse sola con él en la anónima oscuridad que se extendía al otro lado de la autopista.

De repente, Bogan se echó a reír. La camioneta se había apartado de su camino. Sólo había perdido unos pocos minutos. El convoy presidencial estaba viajando por debajo del límite de velocidad, y probablemente sólo estaba a dos o tres kilómetros por delante de él. Aún tenía tiempo para alcanzarle. Apretó el pie sobre el acelerador.

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En el cuartel general se estaban trazando planes de actuación. El sargento Tonelli había marcado en el mapa la posición del asesino con una chincheta roja, mientras que una docena de chinchetas verdes indicaban los coches patrulla que le rodeaban. 

El capitán Royce chupó su pipa apagada y consideró el problema que tenía que resolver; cogerían al asesino, desde luego, pero la tarea consistía en cogerle sin que nadie más sufriera el menor daño. Ahora, el convoy presidencial se había alejado y estaba fuera de peligro. 

Después de alejarse del coche bloqueado del asesino, el convoy osciló hacia el carril de la izquierda y aumentó su velocidad hasta alcanzar los ciento quince kilómetros por hora, con un coche patrulla delante, dejando libre el camino con el sonido de su sirena. Ahora, el convoy se estaba acercando a la última salida y lo más probable era que el asesino ya no pudiera alcanzarle; y aun cuando su coche fuera lo bastante rápido, disponía de suficientes coches patrulla para cortarle el paso.

—Podemos atraparle en la misma autopista —sugirió Tonelli—. Se le puede encajonar y hacerle salir de la carretera. Tendrá varias armas frente a su cabeza antes de que sepa lo que ha ocurrido.

Royce miró el mapa con el ceño fruncido, considerando el tráfico y las condiciones atmosféricas en la zona donde se hallaba el asesino. No le gustó la idea de Tonelli; encajonar a un coche a alta velocidad nunca era una misión fácil de realizar, pero esta noche sería especialmente difícil. 

Confiaba en sus hombres y sentía un gran orgullo por su habilidad y buen juicio, pero no tenía la intención de exponerles a los caprichos de un loco, al menos bajo aquellas circunstancias. También tenía que considerar a los conductores civiles; si se producía un tiroteo, o si el asesino intentaba evadir a los coches patrulla, podría producirse un pánico que podría tener como resultado un sangriento accidente.

—Le permitiremos salir de la autopista —dijo Royce—. Sólo le quedan otras tres oportunidades, en las salidas tres, dos y una. Le cogeremos cuando no exista riesgo de que alguien más se vea envuelto.

—¿Y qué pasa con la chica?

Royce se apartó del mapa y se quedó mirando por las ventanas; en el exterior, el tiempo había empeorado y la lluvia caía en grandes oleadas por las grandes hojas de cristal. Podía ver las luces del tráfico moviéndose lentamente a través de la tormenta.

—Trataremos de mantenerle tan ocupado que no tenga tiempo para preocuparse por ella —dijo con lentitud—. Es todo lo que podemos hacer. Y no es mucho. Ahora mismo, es un hombre peligroso. Ha perdido el contacto con el convoy y si no está completamente loco se habrá dado cuenta de que ya no puede alcanzarle. 

Sus planes han salido mal y esperará algún tipo de problemas —se frotó la frente con la mano—. Si pudiéramos calmarle un poco, hacerle sentirse confiado. Entonces podríamos... —Royce se detuvo; seguía mirando por las ventanas; una ceñuda sonrisa se extendió por sus rasgos duros y curtidos—. ¿Está buscando el convoy, verdad, sargento? Supongamos que organizamos uno para él.

—¿Qué quiere decir?

—Escuche, y después actúe de prisa. Comunique a la salida dos y al sargento Brannon, en la subemisora sur. Vamos a situar un convoy en la autopista, delante del asesino. Será nuestro convoy. Con patrullas de escolta delante y detrás. Le dejaremos que se meta en él. Después apretaremos la trampa.

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Los ocho coches negros fueron enviados por las administraciones municipales de las ciudades situadas en el extremo sur de la autopista. Fueron conjuntados en columna de convoy quince minutos después de que la orden de Royce fuera transmitida al sargento Brannon, y un minuto después de las diez rodaban suavemente por la entrada 2 y se introducían en el tráfico de la autopista que avanzaba en dirección sur. 

El convoy marchaba por el carril de la derecha, con las patrullas de escolta abriendo camino con sus sirenas. A la cabeza de la columna iba el patrullero Frank Sulkowski, un curtido veterano que mantuvo la velocidad del convoy a ochenta kilómetros por hora. Al final se encontraba Dan O'Leary. 

Miraba continuamente su espejo retrovisor para comprobar si veía acercarse el «Ford» del asesino. Los ocho sedanes que tenía ante él iban conducidos por patrulleros y detectives vestidos con ropas de paisano, y los conductores dejaban a propósito un invitador espacio entre cada vehículo. El convoy era una trampa móvil, con siete huecos creados para atraer al asesino.

O'Leary levantó el receptor y se comunicó con Sulkowski.

—Creo que vamos demasiado rápidos, Frank. Reduzcamos un poco.

—Recibido.

Sus intercomunicaciones estaban dirigidas por el radiofonista del cuartel general, quien las comunicaba al capitán Royce.

—El convoy está en el carril tres, poste kilométrico veintiocho. Reduciendo velocidad por debajo de los ochenta.

Royce asintió y comprobó la posición del coche del asesino sobre el mapa. Detrás de él estaba, de pie, el mayor Townsend, comandante en jefe de la policía estatal. Había llegado hacía unos minutos —era un hombre delgado, pero fuerte, cercano a los sesenta años—, para recibir un informe personal de Royce sobre la situación.

—Poste kilométrico veintiocho —dijo Townsend—. ¿Y dónde está el «Ford»?

—Medio kilómetro detrás. Lo tenemos bajo vigilancia. Se está acercando continuamente.

—¿Y si pica? ¿Qué se hará entonces?

—El convoy irá cerrando huecos y pasará al carril central. Coches no identificados se situarán en los carriles uno y tres, colocándose a ambos lados de él. Se encontrará entonces encajonado entre cuatro coches.

—Suponga que no pica. ¿Hay algo en el aspecto de nuestro convoy que pueda hacerle sospechar?

—No lo creo, mayor. A menos que sea capaz de leer nuestros pensamientos. En nuestro convoy no hay nada que lo distinga del convoy presidencial, sobre todo en una noche oscura y lluviosa como ésta. Su velocidad es constante y ahora se está moviendo por el carril de la derecha, donde el asesino espera encontrarlo... por el carril de la derecha, con el mismo número y tipo de coches que los que acompañan al presidente, con patrullas delante y detrás, con las luces rojas giratorias encendidas.

—Está bien —dijo el mayor—. Supongo que meterá la cabeza en el agujero. ¿Dónde se propone arrestarlo?

Royce se acercó más al mapa y señaló la salida 1, la última de la autopista.

—Justo aquí, señor.

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O'Leary no identificó el «Ford» hasta que éste le pasó por el carril central; hasta aquel preciso momento sólo había sido un contorno impreciso de luces que se aproximaban en su espejo retrovisor. Ahora, pudo ver la corpulenta silueta del conductor y, cuando el vehículo le adelantó, comprobó su número de matrícula. Descolgó el receptor y habló con Sulkowski:

—Acaba de pasarme, Frank.

Otras voces sonaron en el radio-receptor de O'Leary... el radiofonista en el cuartel general, y después los patrulleros que habían seguido al «Ford» en sus coches no identificados.

O'Leary observó cómo el coche del asesino avanzaba lentamente al lado del convoy, con sus luces rojas de posición brillando en la lluviosa oscuridad. Entonces, el coche aumentó su velocidad de repente y giró a la derecha; las luces de posición desaparecieron de golpe. El asesino se había introducido entre el tercer y el cuarto coche del convoy.

—¡Está dentro, Frank! —informó O'Leary secamente.

—¡Recibido! —dijo Sulkowski—. Ahora, cierren huecos y manténgase así.

Los conductores del tercer y cuarto coche del convoy fueron acortando hábilmente las distancias entre ellos y el «Ford», y después, cuando el vehículo de Sulkowski cambió ágilmente al carril del centro, toda la columna de coches le siguió. Los coches patrulla no identificados se situaron suavemente en los carriles uno y tres, a ambos lados del coche del asesino. La misión, tan cuidadosamente cronometrada, había sido terminada; ahora el asesino estaba encajonado por todos los lados, cogido en una trampa móvil que se dirigía, junto con él, hacia la última salida de la autopista.

Los planes del capitán Royce para capturar al asesino se basaban sobre todo en la simplicidad y la sorpresa; el convoy de la policía sería escoltado hasta la caseta de peaje situada en el extremo derecho de la salida, siendo mantenido parte del tráfico normal de la autopista. Después de la salida, la autopista se extendía por poco más de un kilómetro hacia el puente sobre la bahía de Washington, y toda esa zona estaba bloqueada; todo el resto del tráfico estaba siendo desviado por carreteras secundarias.

En el cuartel general, Royce explicó los últimos detalles al mayor Townsend.

—Detendremos el convoy justo aquí —dijo, volviéndose hacia el mapa y señalando la cabina de peaje de la derecha, en la salida 1—. A unas cincuenta yardas a esta parte de la cabina hemos situado luces rojas intermitentes de tráfico, que son normales. Cuando el convoy se detenga, un patrullero saludará al primer coche, y señalará hacia esas luces, indicando que el conductor debe permanecer a la derecha de ellas. Después, saludará de nuevo y permitirá al coche pasar la cabina de peaje. Repetirá lo mismo con los dos coches siguientes. 

El coche del asesino es el que viene después. Naturalmente, el asesino estará observando, pero todo lo que verá será a un respetuoso patrullero introduciendo el convoy presidencial en el carril adecuado, facilitando su salida de la autopista —Royce recorrió la superficie del mapa con su dedo—. Mientras tanto, otros patrulleros se acercarán al coche por detrás, con las armas preparadas. 

Dan O'Leary, que es la escolta de la cola, abandonará su coche y se moverá hacia la derecha. Patrulleros y detectives del convoy se le unirán, cubriendo al asesino desde ambos lados. Lo cogerán por detrás, y le matarán si se resiste —Royce se quedó mirando al mayor Townsend y preguntó—: ¿Ve algún impedimento en todo esto?

—No, parece correcto. No me gusta exponer a los patrulleros situándolos frente al asesino. Y tampoco me gusta el hecho de que la mujer esté en el coche. Pero si las cosas fueran tan simples como a mí me gustaría que fuesen, podríamos irnos a pescar y dejar que un puñado de chicas exploradoras hicieran el arresto.

—Lo sé —dijo Royce, volviendo a pasarse la mano por la frente; en las líneas que mostraba alrededor de su boca y de sus ojos se podía ver la tensión sostenida durante las tres últimas horas—. Necesitamos buena suerte.

El radiofonista abandonó su emisora y corrió a la oficina de Royce.

—Capitán, un camionero ha descubierto el cuerpo de un joven en el Howard Johnson número 1. En una zanja cerca del aparcamiento reservado a los camiones. Está inconsciente, pero creen que se encuentra en buenas condiciones. Sus documentos demuestran que es el propietario del «Ford» que conduce el asesino.

—¿Ya va una ambulancia hacia allí?

—Sí, señor.

—Y ese joven, ¿tiene alguna oportunidad?

—Parece que sí, señor. Ha perdido algo de sangre y tiene una horrible hinchazón en la cabeza, pero está respirando bastante bien.

—Eso es al menos una buena noticia —dijo Royce—. Quizá tengamos ahora otra racha de buena suerte —se volvió y se quedó mirando el mapa—. Lo sabremos dentro de unos pocos minutos.

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Introducido ya en el convoy, Bogan se estaba riendo suavemente, aliviado y excitado a la vez. Se sentía abrigado y confiado entre la columna rodante de coches oficiales; frente a él y tras él, tranquilizadoramente cerca, se encontraban los privilegiados coches negros del convoy presidencial, y a ambos lados suyos, como una feliz coincidencia, había otros dos coches que parecían viajar exactamente a la misma velocidad que el convoy. Ahora, nadie podría alcanzarle; dentro de aquella caja de acero rodante se sentía seguro de todos, dirigiéndose hacia la libertad detrás de un invencible escudo protector lleno de poder y autoridad.

Una vez más, se sintió astuto y triunfante, y todas sus emociones se elevaron hasta alcanzar un apasionante extremo de excitación. Llamó a la chica y dijo:

—No tardaremos en dejar la autopista. Cortesía de la policía —se echó a reír suavemente, sintiendo cómo una cálida confianza recorría todo su cuerpo—. Somos gente muy importante, ¿te das cuenta de eso? Estamos viajando en compañía del presidente. La policía nos saludará y se inclinará cuando pasemos ante ella. Es una lástima que no puedas estar sentada aquí, a mi lado, para verlo.

Para entonces, Sheila se las había arreglado para desatar el cinturón que tenía alrededor de los tobillos, pero las palabras de Bogan destruyeron todas sus esperanzas. Si no se detenían ante la cabina de peaje, ¿qué había conseguido liberándose las piernas?

—Está cometiendo un error al llevarme con usted —dijo, desesperadamente—. La policía me estará buscando. Si me deja marchar, le prometo que no... —se detuvo, sabiendo la inutilidad de su súplica, y despreciando el sonido de temor animal y de súplica que había en su voz.

—No dirás nada sobre mí, ¿es eso lo que ibas a decir? Estoy seguro de que no lo harás —comentó, con un pesado sarcasmo—. Pero la policía no nos encontrará. No te preocupes por eso. Al menos, no antes de que hayamos conversado un poco tú y yo. Iremos a algún sitio bonito y tranquilo. Y compraré algo de café y pastas dulces. Conozco un tipo de pastas que te gustarán mucho. Están todas cubiertas de azúcar, y en su interior hay una gruesa capa de mermelada. Te desataré y estarás cómoda.

Bogan frunció el ceño y se llevó la mano a la frente, sintiendo allí un dolor extraño y confuso. ¿Qué era lo que quería explicarle a la mujer? Tenía algo que ver con el enorme patrullero con quien deseaba casarse. Sí. Tenía que decirle que aquello no estaba bien. 

Y estaba lo otro sobre su familia, su padre y su hermano y la joven pareja de Nueva York, la mujer con las piernas delgadas y desnudas que exhibía tan cruelmente. Recordaba que no se habían portado amablemente con él, y pensó que también habría sido interesante hablar con los dos. Pero ahora ya no podía hacerlo. De algún modo, se habían alejado de él.

Con un instinto de salvación, Bogan sabía que no debía estar pensando ahora en aquellas cosas; le confundirían y le enojarían y ahora necesitaba de toda su astucia y fortaleza para luchar contra las fuerzas que se le oponían.

—Cállate —dijo con petulancia y de mal humor—. Tú me has metido en todo este problema. Eso es lo que voy a hablar contigo más tarde. Espera y verás.

—Por favor —dijo ella, y por primera vez su voz se quebró; sabía que él deseaba matarla—. Por favor, no...

—¡Cállate! —gritó él con una voz baja y dura, inclinándose después hacia adelante, y estrechando sus ojos, llenos de tensión.

El convoy estaba reduciendo su velocidad. Delante de él vio las luces arqueadas de la salida 1, brillando en la oscuridad. La corriente de tráfico de la autopista se iba extendiendo a medida que penetraba en la ancha zona de aproximación a la última salida. 

El convoy pasó junto a una línea de patrulleros, que saludaron, y giró hacia las luces intermitentes y la cabina de peaje situada en el extremo derecho de la salida. Se estaban deteniendo, y el corazón de Bogan empezó a latir con temor; todo aquello era un error, nadie podía detener el convoy del presidente..., a menos que estuvieran buscando algo. 

El pensamiento produjo un luminoso destello de terror en su mente. Sacó el revólver de su bolsillo y bajó la ventanilla, dejándola a media altura. Una rociada de lluvia fría le dio en el rostro. Unas gotas húmedas se acumularon sobre sus gafas, y las luces giratorias de los coches de la policía se fragmentaron sobre ellas, como lanzas amenazadoras. En el silencio, pudo escuchar la rápida respiración de la mujer.

—No te muevas ni hagas ningún ruido —le dijo, tranquilamente—. Si lo haces, serás responsable de los hombres que tendré que matar.

Bogan se limpió las gafas con la punta de su dedo índice, abriendo un pequeño túnel de visibilidad a través de la lluvia, las luces y las sombras. Cuando vio a un patrullero aproximarse al primer vehículo del convoy, Bogan elevó su revólver hasta la altura del cristal semibajado. Pero el patrullero se detuvo a unos dos metros del primer coche, se puso firmes y saludó perfectamente.

 Señaló hacia la línea de luces intermitentes, dirigiendo sin duda alguna al conductor hacia la derecha; después, volvió a saludar y el coche comenzó a moverse lentamente. El mismo procedimiento fue repetido con el segundo coche y Bogan se dio cuenta de que era un simple procedimiento rutinario; un policía respetuoso dirigiendo el convoy hacia el carril privilegiado que se le señalaba. 

Apartó el revólver de la ventanilla y fue tranquilizando su respiración. Todo estaba bien; la sensación de alivio fue tan intensa, que casi se echó a reír en voz alta. Ahora, el coche situado delante de él empezaba a moverse, y el patrullero se dirigía hacia el suyo con pasos largos y ondulantes; era una alta figura negra bajo la lluvia.

Bogan oyó moverse a la chica detrás de él y escuchó el click metálico de la puerta de atrás, al soltarse; después, una pequeña ráfaga de aire frío le dio en la nuca. Se revolvió desesperadamente, sintiendo cómo el temor se apoderaba de él, en oleadas repentinas y horribles. 

Vio que la mujer se había liberado; el cinturón había desaparecido de sus tobillos y tenía agarrado con las manos el abridor de la portezuela, parcialmente abierta ya. No sintió nada, excepto un desesperado dolor por la traición; ella era mucho peor que todos los demás, engañándole en silencio, conspirando astutamente para frustrar todos sus planes.

Y entonces, a través del espejo retrovisor. Bogan vio la figura de un hombre uniformado corriendo agachado hacia su coche. Maldijo furiosamente y soltó el pedal del embrague al mismo tiempo que se volvía y disparaba contra el patrullero que se aproximaba al coche de frente. 

El empuje del coche, puesto a toda velocidad, hizo que la puerta de atrás se cerrara de un golpe, y Bogan oyó a la mujer gritar de dolor.  «Sus dedos», pensó, haciendo girar el coche hacia un lado para evitar al patrullero, que se había arrojado al suelo, esquivando el disparo de Bogan. 

 Dedos blancos y delgados, tan suaves al acariciar como el terciopelo. Bogan giró salvajemente el volante, librándose del patrullero y avanzando después directamente hacia el paso de salida. Era importante escapar y no quedarse allí, haciendo el tonto, bajo la lluvia. Más tarde me encargaré de él, más tarde me encargaré de todos.

O'Leary se encontraba a dos metros por detrás del «Ford» cuando Bogan disparó contra el patrullero. Se lanzó hacia adelante, cubriendo la distancia de una zancada, pero el coche ya empezaba a alejarse de él, girando fuertemente a la izquierda; pero después giró de nuevo locamente hacia la derecha, enfilando el paso de salida y O'Leary pudo agarrarse a la puerta de atrás, cogiendo el manillar con las dos manos. 

La velocidad del coche le levantó del suelo, haciendo oscilar su cuerpo en forma de arco, pero se mantuvo agarrado por un precioso segundo y finalmente se las arregló para soltarse y abrir la portezuela.

El «Ford» se movió espasmódicamente cuando Bogan cambió la marcha, y durante esa pérdida momentánea de velocidad O'Leary arrojó la parte superior de su cuerpo sobre el asiento trasero. 

Agarró a Sheila por las rodillas y después dejó caer todo su peso y cuando el coche volvió a adquirir velocidad sus piernas se arrastraron por el suelo y después se sintió libre golpeando dolorosamente contra el hormigón húmedo, pero con el ligero peso de Sheila desesperadamente agarrado entre sus brazos.

O'Leary se puso de rodillas y la sostuvo contra sí por un instante, protegiéndola contra el bramido de los coches y el destello de los disparos. Ella estaba gritando histéricamente, repitiendo su nombre una y otra vez, pero no mostraba señas de haberle reconocido, ni en sus ojos ni en la expresión de su rostro. El terror no la abandonaría en un tiempo, pero ahora estaba abrazada a alguien que estaría con ella hasta que pasara.

O'Leary la dejó con los detectives que habían bajado de los coches del convoy y corrió hacia su propio coche patrulla. El «Ford» había pasado rápidamente por la línea de salida y ahora avanzaba a toda velocidad por la autopista de casi un kilómetro que conducía al puente sobre la bahía. 

Pero ahora ya no tenía escape posible. Tres coches patrulla le seguían a toda velocidad, maniobrando con despiadada precisión para situarse en buena posición. No había ningún otro coche en la carretera. Bogan pasó por un túnel desierto, con los coches patrulla cercándole por tres lados.

O'Leary traspasó la línea de salida poco después que los coches perseguidores de la policía, llevándose el micrófono a los labios.

—Está solo —dijo—. La chica ha salido del coche y está a salvo.

Su informe sonó en los coches patrulla que le precedían y en el cuartel general de Riverhead.

—No se descuiden ahora —dijo el capitán Royce—. No corran ningún riesgo. Por ahí no va a ninguna parte.

Y dio una orden a la policía del puente para que lo elevaran.

Las barreras del puente se cerraron automáticamente y los poderosos cables que sujetaban las cuatro esquinas del puente empezaron a girar en sus tambores, elevando lentamente en el aire la calzada del puente.

—Cogedle cuando se detenga —ordenó Royce.

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 Bogan vio la lluvia centelleando ante él, extendiéndose como un prado tranquilo y espacioso al atardecer, con un viento suave que doblaba ligeramente las hojas de hierba, de modo que relucían bajo los últimos rayos del atardecer. Era muy hermoso. Todo estaba tranquilo y en paz. Pero él no podía dejar de llorar. Las lágrimas surgían de sus ojos pacíficos y bajaban fríamente por sus mejillas. Necesitaba a alguien que le consolara; alguien de quien no tuviera miedo.

Los coches patrulla le estaban dando caza desde atrás. Los veía... acechándole como enormes y peligrosos animales.

Unas brillantes luces rojas produjeron destellos en sus ojos y vio una barrera, y tras ella una pesada cadena que se balanceaba de parte a parte de la autopista. Y detrás de aquello sólo quedaba el espacioso y pacífico prado que parecía agua en la curiosa confusión de luces nocturnas y sombras. Escuchó el choque de su coche contra la barrera y después el sonido de la sacudida contra la cadena, que cedió, y finalmente se vio libre, elevándose hacia el oscuro y suave prado, tan fácilmente como un pájaro, o como el avión de papel de un niño.

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 Dan O'Leary detuvo su coche y apagó la sirena y la luz roja giratoria. Se quedó allí sentado por un momento, con los brazos cruzados sobre el volante y la frente descansando sobre el dorso de las manos. Todo había pasado; el «Ford» se había abalanzado contra la bahía de Washington y tras el ruido del choque y un surtidor de espuma blanca no quedó nada, excepto los cada vez más extensos círculos sobre la superficie del agua negra y silenciosa.

O'Leary rezó una oración por el hecho de que Sheila estuviera a salvo. Después, volvió a poner el coche en marcha para dirigirse a la entrada 1, donde ella le estaba esperando. Condujo a menos de la velocidad máxima permitida, de un modo constante y preciso, con sus grandes manos firmemente agarradas al volante, y los ojos mirando alertas la carretera que tenía ante él. Ahora ya no había necesidad de correr por este último kilómetro que le separaba de la entrada 1, pensó, sintiéndose agradecido. Lo más importante de él mismo ya estaba allí.

(CONTINUARA...)