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La nueva temporada - Robert Bloch

 Harry Hoaker esperaba entre bastidores cuando las luces se apagaron.
La familiar melodía sonó en estéreo; a la izquierda del presentador se vio un anuncio que enmarcó en un halo dorado su alegre rostro de fuertes mandíbulas. El presentador era gordo, porque los gordos resultan graciosos.

–Hola Harry –saludó el presentador.
Alargó las sílabas finales de cada palabra, de manera que el saludo sonó más bien así: «¡Holaaa Harryyy!». Lo cual también resultó gracioso.
Siguió el estridente sonido de trompetas que se fundió con los aplausos. La luz del proyector se desvió a la derecha y apareció Harry, que avanzó hasta el centro del escenario mientras los aplausos aumentaban fragorosamente.
Aquélla solía resultarle la parte más difícil: esperar a que la oleada de sonidos se acallara hasta quedar allí en medio, de pie, en el expectante silencio. Aunque ya se había convertido en una cuestión de rutina, algo mecánico, automático.
Harry desechó ese pensamiento, y miró al frente. Los focos, en lo alto, iluminaban el estudio, pero le impedían ver al público.
–Sé que estáis ahí...; os oigo respirar.
Recordó haber utilizado aquella antigua frase cuando los chistes arreciaban como las bombas durante un ataque aéreo. Y vaya si arreciaban; en los viejos tiempos, aquello era como una repetición instantánea de Pearl Harbor.
Pero esta noche empezaba una nueva temporada, y mientras Harry agradecía los aplausos, hizo una repetición de cosecha propia. Para los telespectadores, ocuparía el centro del escenario en diez segundos; pero Harry conocía más detalles de la historia: llegar al centro del escenario le había costado veinte años.
Hacía veinte años... En aquella época, la espera sí que resultaba verdaderamente ardua: ahí de pie, con aquel sombrero cómico y los pantalones enormes que se ponía para el programa infantil.
Tres años tuvo que luchar con dientes y uñas hasta conseguir abandonar el gueto de los sábados por la mañana. Después, lo único que logró obtener fue un programa concurso de la tarde y ocupar una línea dentro del organigrama. Una labor penosa por demás: trabajó con amas de casa chillonas que se meaban en las bragas ante preguntas tan difíciles como «¿Qué soberana de Inglaterra fue conocida con el sobrenombre de la “Reina Virgen”? Le daré una pista... No se llamaba Elizabeth Taylor».
Pero Harry jugó bien sus cartas; por su cuenta, invitaba a un par de escritores que le proporcionaban material decente, y aquello dio resultado. Cuando este canal decidió hacerle la competencia a Johnny Carson con un programa nocturno de entrevistas, el agente de Harry le defendió a capa y espada para que él hiciese de presentador, y ganó la batalla.
Al principio, se había sentido aterrado, pero el agente le había dado su palabra.

–No te preocupes, muchacho, ahí fuera hay los suficientes noctámbulos e insomnes como para aumentar tus niveles de audiencia. Lo único que tienes que hacer es mantenerte fiel al sistema.
Su consejo funcionó, y también Harry, los primeros años. Sacaba partido de los guionistas, los exprimía hasta obtener todas las ideas al cabo de una o dos temporadas, y luego los reemplazaba por otros más frescos. Todos ellos le dejaron un legado de historias humorísticas y chistes que fueron adquiriendo un formato. 

Los telespectadores se lo tragaban todo y él se tragaba a sus invitados..., los masticaba y luego los escupía. Un plantel completo de astutos programadores le suministraba los personajes célebres de la época: todo aquel que tuviera un nuevo programa en la cadena y todo aquel bajo contrato que no contara con un programa, pero necesitaba promocionarse. 

La mezcla se endulzaba con estrellas negociables, que anunciaban los estrenos de sus películas; cantantes de la lista de éxitos que presentaban sus nuevas grabaciones; viejos mitos invitados a promocionar sus autobiografías; incluso unos cuantos escritores verdaderos, que le iban muy bien para rellenar huecos cuando necesitaba a alguien que no provocara la risa. Estaba claro que aquello era un sistema. Y funcionaba.

Ahora, el plantel de guionistas estaba formado por siete personas, y Harry ni siquiera tenía que perder tiempo con ellos en pensar los chistes o en revisar guiones: todo salía por la pantalla apuntadora y él debía limitarse a leer. Si un chiste no funcionaba, les cabía la posibilidad de borrarlo de la grabación antes de transmitir el programa esa noche.
Con el transcurso de los años. Harry se había ido facilitando aún más las cosas; pasó de cinco a tres programas semanales, y utilizó «invitados especiales» como relleno; gente buena, aunque no demasiado buena. Aquello le ayudó, al igual que los largos meses de verano de reposiciones programadas cada año. A veces, aquellas largas ausencias lo volvían inactivo; los críticos comentaban que se estaba convirtiendo en un presentador perezoso y temperamental; pero a Harry no le importaba con tal de que jamás adivinaran el verdadero motivo.
Ignoraban que estaba enfermo.
Durante mucho tiempo ni siquiera él lo había sabido, porque con la bebida y las píldoras lograba seguir adelante. Pero un buen día, un par de temporadas antes, no logró superar las pruebas físicas.
Le habían dicho que no era el SIDA, pero que podía tratarse de lo que los médicos denominaron una mutación del virus. En realidad, el nombre era lo que menos importaba; lo que contaba era que tenía la enfermedad y ésta lo tenía a él.
Le prescribieron un tratamiento a base de unas píldoras de reciente aparición, y logró seguir adelante hasta que comenzó a perder peso. Entonces, le recetaron radiaciones de cobalto, que le hicieron perder el cabello, pero se puso peluca y nadie lo notó. Sin embargo, llegó un momento en que el cobalto dejó de funcionar: y él también, justo antes de que comenzaran las reposiciones de verano de la temporada anterior, lo cual le dio un margen de tres meses para someterse a la primera operación de corazón y recuperarse.
Harry volvió a sentirse en forma hacia el otoño; pero en algún momento de aquella época, en enero o febrero, no estaba muy seguro de cuándo había ocurrido, las cosas comenzaron a desmoronarse y los médicos hablaron de transplante. El resto de la temporada era un recuerdo borroso: una semana estaba en pie y otra en la cama, tomaba nuevas píldoras, se sometía a nuevas pruebas, probaba nuevos tratamientos. Vivió de un programa al otro con el alma en vilo hasta el hiato estival.
Entonces se pusieron a trabajar. Los comentarios que había oído durante todos aquellos años y a los que no había prestado atención –injertos de piel, amputaciones, prótesis– se convirtieron en realidad; aunque no demasiado, porque lo mantenían atontado con inyecciones mientras experimentaban
técnicas radicales en él. No recordaba todo lo que le hicieron, pero ahora volvía a estar en forma.
Un milagro médico, lo llamaban los doctores; y además del fajo de billetes que les entregaba en pago de sus honorarios, tenía que darles otro fajo para comprar su silencio.
Los aplausos cesaron y Harry se enfrentó ahora al silencio. Esbozó una sonrisa forzada, y se colocó de cara a la pantalla apuntadora y acometió el monólogo de apertura sin tropiezos. Algunas de las frases ingeniosas no las entendió del todo porque eran típicas y tópicos, y él había perdido el contacto con el mundo exterior. A pesar de eso, como la pantalla apuntadora le indicaba incluso dónde hacer las pausas, cuando las hacía, se oían las risas.
Una nueva temporada, pero con el sistema de antes, aunque con más trucos: selección informatizada de material para asegurarse de que estuviera en la onda de la actualidad, profundos análisis demográficos para escoger como público a los candidatos adecuados. Los de producción sabían qué hacer y la forma de hacerlo: controlaban los niveles de audiencia y enganchaban a los telespectadores. Existía una gran diferencia con la época en la que Steve Allen como pionero de los programas con entrevistas en vivo, cuando no había la posibilidad de disimular los «gazapos».
Harry soltó otra frase ingeniosa, esperó las consabidas risas, se dio unos golpecitos en la chistera y aprovechó para sacarle partido a la doble toma. Sencillo.
Sólo que no era tan sencillo como parecía. La pantalla apuntadora seguía presentándole los textos, se oían las risas, pero algo fallaba.
Parpadeó a la luz que ocultaba al público pero lo revelaba a él y se preguntó cuánto vería aquella gente, cuánto sabría.
¿Cómo iban a saber nada? Hacía años que su estilo de vida protegía su intimidad. Nunca concedía entrevistas; tampoco leía las que sus publicistas se encargaban de hacer imprimir. Las reuniones de personal y las conferencias oficiales de empresa se realizaban por circuito cerrado de televisión. No le quedaba tiempo para perderlo con amigos o conocidos; no daba fiestas ni asistía a ellas.
Desde su último divorcio –cielos, de aquello hacía más de seis años ya–, no había tenido una mujer, ni siquiera una chica de compañía; tampoco le hacían falta. Una limusina lo conducía al estudio y luego de regreso a su automatizada casa; el personal de seguridad y de servicio cumplía con su obligación sin tropiezos. Si la bebida mataba sus días y las píldoras apaciguaban sus noches, nada de ello se filtraba a la prensa, de manera que... ¿cómo iba nadie a enterarse?
El problema residía en que aquello tenía el efecto de un bumerán: la gente no sabía nada de él, pero tampoco él sabía nada de la gente. Había perdido el contacto, y desde que su problema comenzara, se había desconectado por completo. Cuando cayó enfermo, dejó de leer los periódicos; toda aquella porquería sobre los nuevos problemas sanitarios era un rollo y no quería asustarse con las noticias de los telediarios. Lo único que veía en la televisión eran las películas antiguas, y las estrellas que habían actuado en ellas estaban muertas.

Estrellas muertas, ¡eso sí que tenía gracia! El público se reía de aquel mismo momento, pero ignoraba que el mismo Harry era prácticamente una estrella muerta, un cerebro dentro de un cuerpo mecanizado, un producto de la cirugía plástica, un montón de órganos artificiales sostenidos por impulsos eléctricos y sistemas informatizados.
Nadie lo sabía, y si dependía de él, aquello continuaría en secreto a lo largo de la nueva temporada. Era hora de olvidarse del pasado y prestar atención a lo que hacía. En aquel mismo instante, la pantalla apuntadora le indicaba que debía presentar al primer invitado.
Harry leyó la presentación y apareció un atleta que avanzó hacia él y le estrechó la mano antes de que ocuparan sus asientos en el centro del escenario. El atleta era grande, corpulento, barbudo: Harry se sorprendió al notar que la mano de aquél estaba muy fría, y que el apretón había sido bastante débil. Los nervios, claro; era extraño cómo aquellos simios atiborrados de esteroides tenían sudores fríos delante del público.
En fin, aquello era pan comido, sólo tenía que limitarse a leer la pantalla apuntadora. Harry le dio el pie y esperó la respuesta.
No la obtuvo.
Harry repitió el pie asegurándose de que el atleta lo escuchara. ¿O acaso no lo había oído? El pelmazo seguía ahí sin pestañear «¿Qué diablos pasa.... no me dirán que es analfabeto?»
Harry lo miró con curiosidad, y susurró por lo bajo:

–¡Estamos en el aire, desgraciado! Contéstame, di algo, por el amor de Dios...
Ni una sola palabra. El rostro del atleta permaneció inexpresivo, por completo.
En aquel momento, el de Harry también quedó carente de expresión, pero por dentro estaba que ardía. «Cielos, el tío se que ha quedado paralizado, está en Babia...»
El instinto acudió en su ayuda: se dirigió al público y se sacó de la manga un chiste antiguo. No es que fuera demasiado ingenioso, pero cualquier cosa era mejor a estar en el aire y con la boca cerrada.
El atleta no movió ni un solo músculo, sino que siguió sentado allí, completamente inmóvil.
Sólo cabía hacer una cosa: sacarle de allí, y de prisa. Harry hizo la señal, un gesto con la mano, y dos rubias pechugonas subieron al escenario contoneándose. «Las azafatas de Harry», así las llamaban, pero su verdadera misión era la de echarle una mano en emergencias como aquélla. Y mientras él comentaba jocosamente que al invitado debía de haberle dado un repentino ataque de pie de atleta, las sonrientes muchachas ayudaron al hombre a levantarse del asiento.
Maldición, eso de ayudarle era demasiado decir, porque fueron incapaces de moverlo, el tío seguía allí, duro como una piedra. Harry soltó otra ocurrencia para llamar la atención del público mientras las chicas, que habían dejado de sonreír, prácticamente levantaron en vilo al enorme simio y lo sacaron del escenario con los pies arrastrando.
«¿Y ahora qué?» Harry volvió a hacer una señal y el gordo presentador acudió a rescatarle; subió pesadamente al escenario y soltó un chiste que no tenía nada que ver con lo ocurrido. Harry levantó la mirada y comprobó que la pantalla apuntadora había avanzado a toda velocidad y le indicaba que debía anunciar una pausa para la publicidad.
Mientras pasaban los anuncios, apagó el micrófono y preguntó a toda prisa:
–¿Qué ocurre aquí?

–La computadora está abajo –respondió el presentador. Y se alejó con paso rígido, sin agregar una palabra más.

–Eh, vuelve aquí...
Harry levantó la voz, pero el otro se limitó a apresurar el paso, y sacudió las piernas al tropezar contra el telón de fondo en sus prisas por llegar a las bambalinas.
El miedo impulsó a Harry a pulsar los botones del extremo de la mesa que había junto a su silla: había alertado al director que ocupaba la cabina de control.
No recibió respuesta. Otro anuncio apareció en la pantalla del monitor, pero aquello no le dijo nada. Harry parpadeó cuando miró las luces hasta que logró fijar la vista en la cabina acristalada que se elevaba en la pared trasera del estudio.
La cabina estaba vacía.
No había director. Ni equipo de producción, ni siquiera un ingeniero de sonido.
Harry miró todo aquello con fijeza. «¿Qué ocurre aquí? No me digas que ahora lo tienen todo informatizado.... las cámaras, los niveles de sonido, los cambios de luces, los decorados...»
Desesperado, echó un vistazo hacia la zona de bambalinas, y al instante, deseó no haberlo hecho. Allí estaba el presentador, despatarrado boca abajo en el suelo, junto al inerte atleta. Mientras Harry los observaba, dos enfermeros se les acercaron, se arrodillaron junto a la gorda silueta del presentador y le quitaron la chaqueta y la camisa. A toda prisa comenzaron a pulsar los brillantes circuitos empotrados en su espalda desnuda y a manipular las conexiones.

«¡Conexiones!»
Harry se hizo algunas consideraciones de cosecha propia: «¡Cielo santo, ese tipo es como yo! Y el atleta también».
El anuncio desapareció de la pantalla del monitor y Harry volvió a estar en el aire. Sus ojos buscaron la pantalla apuntadora, pero no la encontraron. Lo único que le quedaba por hacer era volver a conectar el micrófono y ganar tiempo.
Pero el micrófono no funcionaba. Estaba tan muerto como el presentador y el atleta y...
Entonces cayó en la cuenta de todo lo ocurrido. Él no era el único. Algo se había estado cociendo mientras él permanecía aislado. Harry recordó los rumores acerca de una epidemia. Seguramente, aquello debía de haberse prolongado durante un largo período; pero todo había continuado bajo cuerda. Y en la cumbre, las personas como él abundaban cada vez más: cascarones vacíos con vida artificial.
¿Hasta dónde se habría extendido la epidemia? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que los presidentes estuvieran programados, hasta que los robots gobernaran el mundo? Llamarlo milagro médico no cambiaba las cosas: aquello era una conspiración. Alguien tendría que dar la alarma, decir la verdad, ¡y pronto!
En ese momento, Harry oyó un suave murmullo, supo que su micrófono volvía a estar conectado; un sistema automático de apoyo había corregido el desperfecto. Pero a él le correspondía corregir el otro desperfecto, el gran desperfecto.
Enfrentándose a las luces que lo separaban del público, la voz de Harry llenó el vacío de palabras. Debía advertirles en ese preciso instante, aunque fuera lo último que hiciese.

–¿Podéis oírme? Entonces, ¡huid de aquí! Tenéis que comprender que todo esto no es real. Que yo no soy real. Decídselo a vuestros amigos. ¡No permitáis que las computadoras os dominen, no permitáis que los órganos artificiales y los trasplantes electrónicos os conviertan en zombies! Es lo que me ha ocurrido a mí y puede que os pase a vosotros si no hacéis algo ahora mismo. Buscad una cura para esto... ¡Volved a la realidad antes de que sea demasiado tarde!

Harry hizo una pausa, y esperó la reacción.
Y la obtuvo: una explosión de sonido procedente de la banda sonora de las risas.
Era de suponer, claro. Siempre había una banda de sonido para las risas, y otra que suavizaba los aplausos.
Pero después de tantos años de experiencia. Harry había aprendido a distinguir la diferencia entre la risa prefabricada y la verdadera. Y aquella explosión de alegría era mecánica. Entre el público, nadie reía, nadie aplaudía, nadie reaccionaba porque nadie sabía cómo hacerlo, a menos que el apuntador les soplara. Aquél era un programa cómico, él era un hombre gracioso y el público no podía reaccionar por sí solo a una advertencia inesperada.
A lo largo de todos aquellos años en que la cirugía había ido robándole el cuerpo, alguien se había quedado con los cerebros de la gente. Las computadoras pensaban por ellos, los medios de comunicación les dictaban su estilo de vida. Hacer el amor, conducir coches o sacudir los puños en manifestación de protesta, todo eran cuestiones de pura mímica. Las máquinas confeccionaban los productos y las máquinas los promocionaban; eran máquinas las que compraban los productos y eran máquinas las que los utilizaban. La vida real no existía ya; sólo como su programa: invitados de mentira, improvisaciones de mentira y presentador de mentira.
La única realidad que Harry logró encontrar fue su propia desesperación. ¿De qué servirían las advertencias? Los telespectadores no iban a oír lo que él dijera, sería eliminado de la grabación.
Pero aún quedaba un modo. Mediante la comunicación verbal. En ella estaba la respuesta. Si lograra llegar al público del estudio, si lograra hacérselo creer, entonces, al salir, ellos se encargarían de propagar la verdad. Y tenía que convencerlos en ese mismo instante, porque aquélla era su última oportunidad.
Harry se enfrentó a las luces, luchó contra el cegador brillo, se obligó a establecer un contacto visual con las siluetas que permanecían sentadas, en silencio, entre las sombras de allá abajo. Se le nubló la vista, luego se le aclaró y logró ver la vacía amplitud del estudio.
No había público.
No había público..., nadie, sólo Harry y la pantalla apuntadora. Por la luz destellante del anotador eléctrico, supo que éste había vuelto a funcionar, que le indicaba su próxima frase.
Como un autómata. Harry comenzó a leer las palabras en voz alta. Al diablo con todo, una nueva temporada empezaba. El espectáculo debía continuar, y un chiste era un chiste.
Y si no había público, qué más daba. Siempre contaría con las risas de la banda de sonido.

Déposito de chatarra - William F. Nolan

    Se encontraba en las afueras del pueblo, un poco más allá de las vías abandonadas del tren de carga. Solía pasar por allí de camino al colegio, en las mañanas espejadas de Missouri y de nuevo, por las tardes de largas sombras, al volver a casa con los libros apretados contra el pecho, sin querer mirarlo.
El depósito de chatarra.
    A nosotros, los niños, siempre nos atemorizaba, incluso de día. Era viejo: llevaba en Riverton desde tiempo inmemorial. Abarcaba una manzana entera. Una desvencijada cerca de madera (¿había estado pintada alguna vez?) lo circundaba por completo. Los listones estaban podridos, y entre muchos de ellos había enormes grietas por las que se podían ver todos los coches destrozados y los camiones apilados obscenamente, cuerpo a cuerpo, en un abrazo de herrumbre. Había motores despanzurrados con los manguitos de agua rotos como vísceras revueltas, remolques de camiones dislocados, partidos e hinchados por el sol y la lluvia, y parabrisas hechos añicos cubiertos de una capa de mugre marrón oscura.

– Son los sesos de las personas que se estrellaron la cabeza contra el cristal –decía Billy-Joe Gibson.
    A nadie le cabía la menor duda de que decía la verdad.
    El ancho portón de metal negro que había al frente estaba cerrado con candado casi siempre, pero a veces, por las noches, «siempre» por las noches, solía abrirse con un chirrido, como si de una enorme boca de hierro se tratara, y el anciano señor Latting entraba su destartalado remolque, con el tubo de escape humeante, sin guardabarros delantero y el capó abollado, arrastrando el cadáver de un coche cual un insecto metálico aplastado.
    Nosotros, los niños, jamás supimos con exactitud de dónde sacaba los coches, aunque en la Interestatal se producían muchos accidentes graves, sobre todo en otoño, cuando de los bosques de Riverton se levantaba la niebla y envolvía la autopista con un palpitante manto blanco como la tiza.

    Los forasteros que desconocían la zona avanzaban por la autopista a ciento treinta por hora, o más, para internarse a ciegas en el banco de niebla. Entonces podía oírse el violento chirrido de unos frenos. Y el bloqueo de las ruedas. Seguía el estallido del metal destrozado y los cristales rotos al chocar contra el riel metálico de seguridad. Y luego un prolongado silencio. Más tarde, a veces mucho más tarde, se oía el ulular fúnebre de la sirena del Chevy de Joe Thompson, el sheriff, rumbo al lugar del accidente. En fin, que nosotros, los niños, nos imaginábamos que algunos de aquellos coches accidentados iban a parar al depósito de chatarra.
    Por las noches, al pasar por delante del depósito, de los metálicos cadáveres apilados se veía elevarse un verdoso y enfermizo fulgor que provenía del enorme arco voltaico que el señor Latting mantenía siempre encendido. Al caer el sol, aquella enorme luz se encendía y hasta el amanecer no se apagaba.
    Cuando a la escuela de Riverton llegaba un niño nuevo, sabíamos que, con el tiempo, acabaría preguntando por el depósito de chatarra.

–¿Habéis entrado alguna vez? –preguntaba el nuevo vecino.
    Nosotros le contestábamos que sí, que un montón de veces.     Pero era mentira. Ninguno de los niños que yo conocía había entrado nunca en el depósito.
    Y había una buena razón para ello. El señor Latting tenía allí dentro un enorme perro gris. No sé de qué raza. Una especie de mastín. Era feo como pecar en domingo. Sólo tenía bien un ojo; el otro lo llevaba cubierto por una especie de membrana surcada de venitas. A lo mejor le habían dado un zarpazo en alguna pelea. El ojo bueno era negro como un pedazo de carbón pulido. Debajo de aquel cráneo, deforme y cubierto de pelo corto, el perro tenía un cuello fuerte y musculoso, y su apelmazada pelambrera gris estaba cubierta de manchas de aceite y retazos de sarna. Tenía el rabo mocho;
quizá se lo habrían arrancado de un mordisco.
    Aquel perro jamás nos ladraba, nunca hacía ruido; pero si cualquiera de nosotros se acercaba demasiado al depósito, alzaba el labio superior en silenciosa señal de ira y nos enseñaba los amarillentos colmillos. Y si alguno de nosotros se atrevía a tocar la cerca que rodeaba el depósito, aquel bicho era capaz de abalanzar su corpachón contra la madera, y lanzarnos dentelladas a través de las separaciones de los listones.
    A veces, en otoño, la estación de las nieblas, justo al caer el sol, veíamos como el perro gris salía, igual que un fantasma, por el portón del depósito, se internaba en los bosques, justo por detrás de la tienda de Sutter, y desaparecía.
    En cierta ocasión, en un acto de bravura, lo seguí y vi que abandonaba los árboles, al otro extremo del bosque, y subía pesadamente la loma que conducía a la autopista interestatal, Y allí se quedó, sentado al borde de la cinta de asfalto, mirando los coches, que pasaban como una exhalación.                 Parecía disfrutar de aquello.
   Cuando volvió la enorme cabezota para lanzarme una mirada colérica, salí por pies y me perdí en el bosque. Estaba aterrado. No deseaba que aquel diablo gris saliera corriendo tras de mí. Recuerdo que no me detuve hasta llegar a mi casa.
    En cierta ocasión le pregunté a mi padre qué sabía sobre el señor Latting. Repuso que no tenía información acerca de aquel hombre. Sólo sabía que siempre había sido propietario del depósito. Y del perro. Y del remolque. Y que siempre, incluso en verano, llevaba un largo abrigo negro con el cuello gastado vuelto hacia arriba. Y que siempre se tocaba con un enorme sombrero raído, con el ala como mordisqueada por las ratas que dejaba en sombra su enjuto rostro, picado de viruelas, y sus brillantes ojos.
    El señor Latting jamás hablaba. Nadie le había oído pronunciar ni una palabra. Y como no hacía las compras en el pueblo, no teníamos ni idea de dónde conseguía la comida.        Tampoco daba la impresión de que vendiera algo. Quiero decir que nadie iba al depósito a comprar recambios para sus
coches o camiones. De modo que el señor Latting cumplía todos los requisitos para convertirse en el excéntrico del pueblo. En todos los pueblos hay uno. Inofensivos, supongo.
     Pero, de todos modos, dan miedo.
    Y así eran las cosas, en Riverton, donde me crié (siempre consideré que Riverton era un nombre cómico para un pueblo en el que no había ni un río en cien kilómetros a la redonda).      Yo tenía dieciocho años cuando me marché para matricularme en la universidad e iniciar una nueva vida. Me licencié en ingeniería. Igual que mi padre; pero él nunca hizo nada con su título. A los treinta años, contaba ya con mi propia empresa cuando regresé a enterrar a mi padre.
    Mamá se había divorciado de él diez años antes, contrajo nuevas nupcias, y residía en Cleveland. No quiso volver para el funeral. Mi única hermana se encontraba en California; no tenía dinero para el viaje, y no éramos más hermanos. De manera que me tocó a mí.
    Era otoño y el entierro en el cementerio de Oakwood resultó lúgubre y deprimente. Asistió muy poca gente: algunos viejos compinches de papá, que también estaban con un pie en la tumba, y un puñado de mis compañeros del instituto, que se mostraron nerviosos e incómodos, igual que yo.
    Dispuestos para ofrecerme sus condolencias. No había relación alguna entre nosotros; no quedaba nada.
    Cuando todo hubo acabado, decidí regresar en coche a Chicago esa misma noche. Riverton no ejercía la mínima atracción nostálgica en mí. Se trataba de enterrar a mi padre y largarme de allí.
    Ése había sido mi plan desde el principio.
    Al volver del cementerio, pasé por el depósito de chatarra.
    No vi a nadie dentro cuando pasé lentamente por delante en mi coche, dejando atrás el portón cerrado con candado. Ni señales de vida o movimiento.
    Claro que habían transcurrido doce largos años. El viejo Latting estaría muerto, sin duda, lo mismo que su perro. ¿Quién sería el propietario ahora? A mi juicio, era un lugar de lo más espantoso.
    Un sinfín de oscuros recuerdos acudió en tropel a mi mente. Aquel depósito siempre había tenido algo de indecente..., algo «malo». Aspecto que no había cambiado. Un frío repentino en el aire me estremeció. Subí un punto más la calefacción del coche.
    Y enfilé hacia la autopista interestatal.
    Diez minutos después vi al perro. Se hallaba sentado junto al riel metálico de la autopista, sobre el arcén de grava, en el mismo sitio hasta el cual yo lo había seguido tantos años antes. A medida que mi coche se acercaba a él, el enorme animal gris levantó la cabeza y fijó su ojo de carbón en mí.
    El mismo perro. El mismo ojo ciego, abultado y blanquecino en el lado derecho de su cráneo deforme, la misma pelambrera plagada de manchas de sarna, el mismo cuello musculoso y el mismo rabo mocho.
    El mismo perro... o su fantasma.
    De pronto, me interné en una vorágine de niebla opaca que oscureció la autopista. Iba a demasiada velocidad. Aquella aparición surgida de los bosques me había hecho perder la concentración.
    Pisé a fondo el pedal del freno. Las ruedas se bloquearon y perdieron agarre en el firme humedecido por la niebla. El coche empezó a derrapar hacia el riel de seguridad. Una banda de acero inflexible, blanca como la leche, «apareció» ante mí. Y me estrellé contra ella. De frente.
    Siguió el estallido de metal contra metal. Aparecieron en el parabrisas millares de finas estrías. 

    El volante se me clavó con fuerza en el pecho. Un ruido seco de huesos al fracturarse. Carne despedazada. Sangre. Dolor. Negrura.
    Silencio.
    Luego..., un despertar. Otra vez la consciencia. Parpadeé en un intento de fijar la mirada. Tenía el rostro entumecido; no podía mover ni los brazos ni las piernas. El dolor habitaba en mi cuerpo como un fuego ardiente. Entonces advertí que el coche estaba con las ruedas al aire, y que el techo me envolvía como una mortaja metálica.
    Una oleada de terror me cubrió con su agitación. Estaba atrapado, encogido en el interior de aquella ruina volcada.        Luché contra el miedo diciéndome que las cosas habrían podido resultar peor. Mucho peor. Hubiera podido salir despedido por el parabrisas (que se había cuarteado totalmente, pero seguía intacto) o incendiarse el coche o haberme desnucado. Al menos había sobrevivido al accidente.     Alguien me encontraría. Alguien.
    Entonces oí el ruido del remolque. Lo vi por el parabrisas; a través de la telaraña de cristal cuarteado, se acercaba a mí en la niebla; el «mismo» remolque que había visto de niño, sin guardabarros delantero, con el capó abollado y el parachoques sujeto con alambre... El rugido de su viejo y asmático motor me resultó horrendamente familiar.
    Se detuvo. Una portezuela se abrió con un chirrido y el conductor se apeó de la cabina. Se acercó a mi coche, se acuclilló y escudriñó en el interior.
    El señor Latting.
    Y me habló. Por primera vez oí su voz: era como de metal oxidado. Como de ultratumba.
    –Parece que se ha estrellado usted.
    Al sonreír, exhibió una fila de dientes cariados. Sus ojos me miraban, brillantes, bajo el ala ancha del raído sombrero. No me resultó fácil contestarle.

    –Estoy... mal... malherido. Necesito... necesito un médico. Tenía la boca ensangrentada. Lancé un quejido; las cuchillas afiladas del dolor me atravesaron todo el cuerpo.

    –No hay ninguna prisa –me dijo–. Cuidaremos de usted.        –Lanzó una seca risita–. Descanse tranquilo. Déjelo todo en nuestras manos.
    Me sentía muy mareado. Para respirar, tenía que hacer un gran esfuerzo. La vista se me nubló: luché por permanecer consciente. Oí el ruido de cadenas al ser enganchadas, sentí que el coche se elevaba, una sensación de movimiento, el sonido acompasado de un motor... Una nueva oleada de dolor me sumió en la oscuridad.
    Desperté en el depósito de chatarra.
    «Imposible –me dije–. “Aquí” no. No puede haberme traído aquí. Necesito atención médica. Un hospital. Podría morirme...»
¡Morirme!
    La palabra me golpeó con la fuerza de un martillazo. Me estaba muriendo, y él, como si nada.
    No había movido un dedo por socorrerme; seguía atrapado entre los hierros retorcidos del coche.
    ¿Dónde estaba la policía? ¿Y los mecánicos con sopletes para liberarme? ¿Y la ambulancia?
    Entrecerré los párpados. El pálido fulgor verde del enorme arco voltaico que se alzaba en mitad del depósito lanzaba unas sombras retorcidas sobre las pilas de chatarra.
    Oí que cerraban el portón de golpe y que echaban el candado. Luego, el ruido producido por las pesadas botas de Latting al avanzar por la crujiente grava y acercarse a mí. El coche seguía con las ruedas hacia arriba.
    Intenté inclinar el cuerpo y darme la vuelta para llegar hasta el tirador de la puerta del conductor. Quizá lograra abrirla. Pero un relámpago de dolor me indicó que me resultaba imposible moverme.
    El rostro esquelético de Latting apareció ante el parabrisas y miró hacia dentro, a través del cristal cuarteado. Una sonrisa le alargó la comisura de los labios como si fuese una cicatriz.

–¿Se encuentra bien ahí dentro?

–¡Diablos, no! –exclamé con un hilo de voz–. Necesito un... un médico. Por el amor de Dios..., consígame... una ambulancia. Negó con la cabeza.

– Aquí, en el depósito, no hay teléfono para poder pedir una –repuso con voz ronca–. Además, usted no necesita médicos, hijo. Nos tiene a «nosotros».

–¿Ustedes?
–Sí, a mi perro y a mí.
    La cabeza, roma y deforme, del asqueroso animal gris apareció en la ventanilla junto a la de Latting. La roja lengua le colgaba, húmeda, y su ojo negro me miraba fijamente sin pestañear.

–Pero... ¡me estoy desangrando! –Levanté el brazo derecho; la sangre me manaba profusamente–. Y... creo que..., creo que tengo... lesiones internas.

–Seguro que las tiene –afirmó Latting con una risita–. Sufre graves lesiones internas. –Me lanzó una socarrona mirada de soslayo–, Además, tiene la cabeza llena de cortes. Y parece que tiene fracturadas ambas piernas... y el pecho hundido. Seguro que se le han roto un montón de costillas.
Y volvió a reírse, esta vez a carcajadas.

–¡Es usted un pobre loco! –le espeté–. Haré que..., que el sheriff lo arreste. –Luché contra el dolor para seguir con mi invectiva–: ¡Se pudrirá en la cárcel por esto!

–¡Vamos, no se ponga de esa forma! El sheriff no entrará aquí. Nadie entra en el depósito. A estas alturas, usted debería saberlo ya. Nadie. Excepto los que están igual que usted.
–¿Qué quiere decir con eso de..., de «los que están igual que usted»?

–Los moribundos –respondió el anciano con voz ronca–. Los que tienen casi todos los huesos rotos, los que se desangran por completo. Los de la autopista interestatal, vamos.

–¿Quiere decir que... ésta no es la primera vez?

–Claro que no. Han sido muchas veces. ¿Cómo cree usted que hemos sobrevivido todos estos años mi perro y yo? Lo que ocurre en esa autopista es lo que nos mantiene vivos...; los que hay dentro de los coches destrozados, de los camiones volcados. Necesitamos lo de dentro. –Acarició con fuerza el cogote sarnoso del perro y le preguntó–: ¿No es así, amigo?
Como respuesta, el enorme animal levantó el baboseante morro y enseñó los dientes; luego, volvió a fijar en mí su ojo de obsidiana.

–Este perro que ve usted aquí es algo fuera de lo común –comentó Latting–. Lo digo porque parece saber con toda exactitud a quién debe elegir para echarle el mal de ojo. A la gente especial. A las personas como usted, a quienes nadie echará de menos y por las que nadie preguntará. No puedo permitirme el lujo de que vengan a fisgonear y hacer preguntas por el depósito. Los que él elige se internan en la niebla y desaparecen. Yo los remolco hasta aquí y se acabó la historia.
    Obnubilado, a través de la bruma roja del dolor, recordé la fiera intensidad con la que aquel único ojo negro me había mirado cuando pasé junto al riel metálico de la autopista. Me hipnotizó, e hizo que perdiese el control del coche y me estrellara contra el protector metálico. El mal de ojo.

– Bueno, ya va siendo hora de que deje de charlar con usted y me ponga a mi trabajo –anunció Latting, levantándose–. Vamos, perrito.
    Y se alejó del coche junto con el animal.
    Inspiré hondo y me estremecí; con desesperación, me dije que alguien tenía que haber oído el estrépito del choque y habría informado a las autoridades; me dije que el sheriff llegaría de un momento a otro, que me meterían en una cama con sábanas limpias y frescas, que me limpiarían suavemente la sangre, y me curarían las heridas...
    «¡Vamos, daos prisa, maldita sea! Me estoy muriendo. ¡Me estoy muriendo!»
    De pronto, oí un sonido seco, estremecedor, que se repitió una y otra vez. La curva de cristal cuarteado que tenía delante de mí cedió hasta dentro bajo el impacto de la serie de golpes en rápida sucesión que Latting asestó al parabrisas con una almádena.

–Cada día los hacen más reforzados –gruñó de mal humor, y prosiguió con su ataque–. ¡Ah..., por fin..., ahora sí que cede!
El parabrisas se partió de repente y se fragmentó en mil pedazos; sus trozos afilados cayeron sobre mi cabeza y los hombros, cortándome la carne.

–Así está mejor, ¿no? –dijo el anciano con aquella cicatriz que tenía por sonrisa–. Ahora podrá llegar hasta usted sin problemas.
¿Llegar hasta mí?
    El perro. Se refería al perro, aquel animal pestilente y horrendo. Parpadeé en un intento de quitarme la sangre de los ojos y traté de retroceder, de alejarme de aquella abertura afilada. Pero fue inútil. El dolor era demasiado atroz. Me desplomé débilmente contra los metales retorcidos del techo, al tiempo que rehusaba creer lo que me ocurría.
   La criatura gris se acercó y embistió con su ancho corpachón contra la abertura.
    El fétido aliento de aquella bestia infernal me llenó la nariz; su boca entreabierta se aferró a mis carnes y me hincó los dientes; su erizada pelambrera maloliente me rozó la piel.
    Un husmeo horripilante, unos lametones... y sentí que me sorbía la sangre. Me... vaciaba..., me sorbía por entero... para meterme en su asqueroso cuerpo...
    Sentí la necesidad de moverme. De abandonar el depósito de chatarra. Con el aire frío me llegó la promesa de una helada. En lo alto, el cielo tenía una tonalidad gris acerada.
    Era una delicia volver a moverse. Correr. Abandonar el pueblo y dejar atrás los bosques.
    Todo estaba muy tranquilo. Gocé con el penetrante aroma a tierra, a hormigón y metal que me rodeaba. Volvía a estar vivo. Y fuerte. Era estupendo estar vivo.
    Esperé. De vez en cuando, alguna silueta veloz pasaba ante mí. Yo no hacía caso. Otra. Y luego otra. Y entonces, al fin, «la silueta indicada». La felicidad me invadió. Allí estaba quien nos proporcionaría a mí y a mi amo la vida y la fuerza.
    Alcé la cabeza. Entonces él me vio, el conductor del camión.     Clavé mi ojo en él cuando pasó veloz ante mí, con aquel sonido metálico. Y desapareció en la niebla.
    Me quedé allí, sentado, tranquilo, en espera del impacto.

Doble Vista - Ramsey Campbell

Key esperaba a Hester la primera vez que su piso comenzó a tener aquel aire hogareño. La pareja que vivía en el de arriba había salido un rato, y se habían acordado de apagar la televisión. Él recorrió las habitaciones de su casa en medio de aquel placentero silencio, haciendo sonar bajo sus pies los listones del suelo de madera, y cuando la puerta de la cocina se cerró tras él, reconoció el sonido. 

Por primera vez, el piso le pareció cálido de verdad, y no sólo debido a la calefacción central. Se encontraba en plena tarea de preparar café cuando se preguntó a qué hogar se parecía su piso.

El timbre sonó con suavidad; él había amortiguado el tono de la caja de resonancia. Retrocedió, cruzó la sala dejando atrás la estantería de libros y discos y tras recorrer el breve vestíbulo, le abrió la puerta a Hester. Ésta le rozó la mejilla con sus carnosos labios; sus largas pestañas le tocaron el
párpado como la promesa de otro beso.

–Lamento llegar tarde. Tuve que grabar al alcalde –murmuró ella–. ¿Listo para empezar?

–Acabo de preparar café –repuso queriendo decir que sí.

–Traeré la bandeja.

–Puedo hacerlo yo solo –protestó, aunque lamentó en el acto su petulancia.

O sea, que el hecho de envejecer traía consigo volverse así de quisquilloso. Se sintió azorado y divertido a la vez por haber contestado a Hester de mal modo, después que ella se hubiera tomado el trabajo de ir hasta allí para grabarle.

–No me hagas caso, soy un viejo gruñón –masculló. Pero se vio recompensado por una caricia en los labios de aquellos dedos largos y frescos.

Se sentó a la luz del sol de marzo que, entre nube y nube, penetraba por la ventana, y repasó los discos que había escuchado ese mes; despotricó contra la acústica de las grabaciones de Brahms, elogió la claridad de Tallis. Una vez en la emisora de aquella radio, Hester ilustraría las críticas de Key con fragmentos de aquellas composiciones musicales.

–Otro monólogo impecable y sin guión –comentó ella–. ¿Iremos al cine esta semana?

–Si quieres... Desde luego, no faltaría más. Perdóname por no mostrarme más sociable –se disculpó–. Será que me ha asaltado la segunda infancia.

–Con tal que te mantenga joven...

Key se echó a reír ante ese comentario y le dio unas palmaditas en la mano; sin embargo, de repente, la ansiedad de que se marchara, para poder pensar, lo asaltó. ¿No habría dicho la verdad, acaso sin pretender hacerlo? Sin duda, aquello debería alegrarle: había tenido una infancia feliz, no hacía falta que pensara en las consecuencias negativas de aquella casa. 

En cuanto el coche de Hester se hubo alejado, se apresuró a volver a la cocina y cerró la puerta, una y otra vez, mientras escuchaba con atención. Cada segundo que pasaba le hacía sentirse menos seguro de cuánto se parecía el ruido producido por la puerta al de otra que había en la casa donde transcurrió su niñez.

Cruzó la cocina, que había fregado a fondo aquella mañana, y se dirigió hacia la puerta trasera. Al quitarle el cerrojo, creyó oír los arañazos de un perro en ella; pero afuera no encontró ningún animal. Pasado el breve jardín, el viento soplaba sobre los campos enfangados, a través de los árboles rechinantes, y le llevó aromas de la incipiente primavera y una ráfaga de lluvia que le empapó el rostro. 

Desde la puerta trasera de la casa de su infancia se alcanzaba a ver el cementerio, pero aquello no le había molestado en aquel entonces: incluso llegó a inventar historias para asustar a sus amigos. Sin embargo, en ese momento, los campos abiertos le infundieron valor. El olor a madera húmeda que penetró en la cocina sería producto del tiempo. Cerró la puerta con llave y, durante un rato, se dedicó a leer las aventuras de Sherlock Holmes, hasta que las manos comenzaron a temblarle. «El cansancio», se dijo.

La pareja del piso de arriba no tardó en regresar. Key les oyó dejar las bolsas de las compras en el suelo de la cocina, y después, sus pasos apresurados hasta el televisor. Al cabo de un momento, comenzaron a charlar, a voz en cuello, sobre el trasfondo de un tiroteo en Abilene o Dodge City o algún corral, como si no se hubiesen enterado de que los espectadores debían mantenerse silenciosos o al menos, no levantar demasiado la voz. 

A la hora de la cena, en el piso de arriba, los vecinos se sentaron a la mesa casi al mismo tiempo que Key, y la doble imagen del sonido de cubiertos le hizo sentir como si se encontrara en la cocina de arriba y en la suya propia al mismo tiempo. Aunque tal vez la de ellos no despediría aquel leve olor a madera húmeda debajo del linóleo.

Después de la cena, se colocó los auriculares y puso una sinfonía de Bruckner en el compact disc. En la oscuridad, la música se elevó con sus montañosas formas. Cuando la sintonía concluyó, estaba más que dispuesto a irse a la cama, pero, una vez acostado, no pudo conciliar el sueño. 

De repente, el ruido producido por la puerta de su habitación le había sonado mucho más familiar que de costumbre. ¿Y qué había de malo si le recordaba la puerta de su antiguo dormitorio? Envejecer consistía en revivir antiguos recuerdos. Pero sus ojos se abrieron de mala gana y miraron fijamente en la oscuridad, porque había descubierto que la disposición de las habitaciones era la misma que la de la planta baja de la casa de su infancia.

Hubiera sido mucho más extraño si la disposición fuese diferente. No había por qué asombrarse: de joven se había pasado años sintiéndose vulnerable después de haber estado tan cerca de la muerte. De todos modos, descubrió que aguzaba el oído para ver si le llegaban sonidos que prefería no sentir, de manera que cuando por fin se durmió, soñó con el día en que la guerra apareció en su vida.

Ocurrió al comienzo de uno de aquellos ataques aéreos que a punto estuvieron de lograr que aquel pueblo pasara al olvido. Él se sentía impaciente de tanto ocultarse debajo de la escalera cada vez que las sirenas aullaban, de esperar a que sus papeles de reclutamiento llegaran para poder ir a combatir contra los nazis. 

Aquel día había salido del refugio en cuanto la señal de «ha pasado el peligro» empezó a sonar. Se había dirigido hacia la parte trasera de la casa y mirando fijamente el cielo, azul y transparente; aquella pacífica claridad consiguió ensimismarle. Entonces, un bombardero extraviado sobrevoló el lugar y dejó caer una bomba que debía de estar destinada al astillero del río.

Hasta que la sirena no aulló, ya tarde, fue incapaz de moverse. En el último instante, se había arrojado al suelo, aplastando el parterre de flores de su padre, y lo lamentó mucho, a pesar del pánico. La bomba cayó en el cementerio. Key vio cómo las tumbas saltaban por los aires y, a su espalda, oyó hacerse añicos la ventana de la cocina. Una onda expansiva que arrastraba tierra, lápidas, fragmentos de un ataúd y todo aquello que la explosión había levantado cayó sobre él y ennegreció el cielo, la luz brillante. 

Tuvo que luchar durante largo rato para despertarse en su piso, y mucho más para convencerse de que no seguía sumergido en el sueño.

Se pasó el día haciendo su valoración de algunos discos y esperando a Hester. No dejaba de creer que oía arañazos en la puerta trasera, pero quizá fueran las descargas de estática del televisor de los vecinos, que aquel día sonaba mucho más lejano. Hester le dijo que no había visto animales cerca de los apartamentos, pero olfateó con fuerza cuando Key se puso el abrigo.

–Tendré que hablar con el propietario de tu casa sobre esto de la humedad.

En el cine, un almacén situado cerca del astillero y convertido en sala cinematográfica, proyectaban Ciudadano Kane. La habían filmado el mismo año de la bomba, y en aquel entonces había esperado verla ansiosamente. Ahora, por primera vez en su vida, sintió que las películas tenían demasiado diálogo. No cesaba de recordar el levantamiento del cementerio, que pareció deseoso de tragárselo.

Y entonces siguieron las desastrosas consecuencias. Mientras sus padres lo llevaban al hospital, un vecino había cubierto con madera la ventana destrozada. Al regresar a casa, Key había oído a sus padres discutir por lo de la ventana. Tumbado, casi indefenso, en la cama, se había dado cuenta de que sus padres no estaban seguros de dónde había salido la madera que estaba clavada de un extremo al otro del marco.

El vecino había jurado que era madera que le había sobrado de unas obras que hiciera en su casa. Y la madera tenía aspecto de estar bastante nueva: el ligero olor podía emanar del cementerio.

De todos modos, Key había dado un recital de piano, en cuanto se encontró bien, para poder reponer el cristal. Pero incluso después de que lo cambiaran, la ventana había conservado aquel asqueroso olor a madera podrida.

Quizá estuviera relacionado con el levantamiento del cementerio, aunque, para entonces, ya lo habían limpiado todo, pero ¿acaso no eran demasiados? La locuacidad de Ciudadano Kane cedió por fin paso a la música. Key estuvo bebiendo con Hester en el bar hasta la hora de cerrar, y fue entonces cuando advirtió que no deseaba quedarse solo con sus crecientes recuerdos. 

Al invitar a Hester a su piso para tomar café no hizo más que posponer esos recuerdos, pero, a su edad, era lo único que podía esperar de la chica.

Cuídate –recomendó ella al despedirse en la puerta, mientras le sujetaba el rostro entre sus frescas manos y lo miraba con fijeza.

Cuando Hester se alejó en su coche, aún le quedaba el sabor de los juveniles labios. No le apetecía irse a la cama hasta no sentirse más tranquilo. Se sirvió una generosa copa de escocés.

Los preludios de Debussy pudieron haberle calmado, pero los auriculares no lograron cubrir el ruido que le llegaba de arriba. Los aviones pasaban en vuelo rasante, las armas disparaban de manera acompasada... y, entonces, alguien lanzó una bomba. La explosión estremeció a Key. Se quitó los auriculares, apartó de un empellón el pequeño piano y se disponía a subir la escalera como una tromba para quejarse cuando oyó otro sonido. La puerta de la cocina se abrió.

«Quizá el impacto de la bomba la ha entreabierto», pensó distraído. Se dirigió veloz hacia la puerta. Se disponía a aferrar el pomo cuando el olor a madera podrida le dio de lleno, ¡y vio la cocina! La cocina de sus padres, el cristal viejo sobre el antiguo fregadero de piedra, la puerta trasera cuarteada en la que creyó oír unos arañazos. 

Cerró de un portazo. Aquel sonido le resultó ineludiblemente familiar; se dejó caer sobre la cama, su único refugio posible. Permaneció tumbado e intentó que tanto él como su sentido de la realidad dejaran de estremecerse. Ahora que la televisión podía haberle ayudado a convencerse del lugar en que se encontraba, alguien de arriba la había apagado. 

Se dijo que no podía haber visto lo que creyó ver. Tal vez el olor y los arañazos fueran ciertos, pero ¿qué significaba eso? ¿Iba a dejarse arrastrar de nuevo por las sensaciones que experimentara después de salir del hospital, por el miedo de aventurarse en las habitaciones de su propia casa, por el terror de no saber qué podía estar esperándolo allí? 

No era preciso que se levantara para probarse a sí mismo que eso no iba a ocurrir, siempre y cuando tuviera la certeza de que podría levantarse. Nada le ocurriría mientras siguiera tumbado. Y fue esa creciente convicción la que, a la larga, le permitió quedarse dormido.

El sonido de los arañazos lo despertó. Medio adormilado, recordó que no había cerrado la puerta del dormitorio, y seguramente, la puerta de la cocina habría vuelto a abrirse, de lo contrario, hubiera sido imposible que oyese los impacientes zarpazos. 

Se sentó en la cama con un gesto de rabia, como si esa rabia lograra impulsarle a cerrar las dos puertas antes de tener la ocasión de sentirse incómodo. En ese momento, sus párpados se abrieron, pegajosos, y se quedó helado; el aliento se le cortó en la garganta. Se encontraba en su dormitorio, en el dormitorio que llevaba sin ver desde hacía casi cincuenta años.

Lo miró con los párpados entornados: miró el techo, bajo e inclinado; las floreadas cortinas, de desiguales medidas; el rincón en el que el nuevo papel pintado no tapaba del todo el antiguo... 

Todo lo vio con una especie de pavor paralizante, como si temiera que su solo aliento lo hiciese desaparecer. El jadeante silencio fue roto por los arañazos cada vez más fuertes, más urgentes. De sólo pensar que tenía que buscar la causa de aquel sonido, el pánico lo invadió, y tendió la mano hacia el teléfono que había junto a su cama. Si alguien lo acompañaba. Hester, por ejemplo, seguramente desaparecería el panorama de aquel cuarto que no era. Pero en el dormitorio de su infancia no había teléfono, y en ese momento, allí, tampoco.

Se acurrucó contra la almohada, aterrorizado: después, se levantó. En aquella otra ocasión, tantos años atrás, se había negado a dejarse intimidar y juró por Dios que tampoco se dejaría asustar en ese momento. Cruzó la habitación a grandes zancadas y se dirigió hacia el cuarto principal.

Seguía en la casa de sus padres. Unas sillas desvencijadas se acurrucaban alrededor del hogar. Los rescoldos crepitantes ardían con fuerza y, de reojo, vio su reflejo en el espejo que había encima de la chimenea. Nunca se había visto tan envejecido.

–Al viejo todavía le queda vida –gruñó.

Abrió la puerta de la cocina de par en par y avanzó a paso largo, dejando atrás el hornillo ennegrecido y el fregadero de piedra para enfrentarse a los arañazos. La llave que siempre había estado en la puerta trasera le quemó la palma de la mano con su frialdad. La hizo girar en la cerradura y entonces, los dedos se le agarrotaron, el miedo los volvió torpes. 

El pavor le había borrado la memoria, pero ahora recordaba lo que había tenido que olvidar hasta que él y sus padres se mudaron después de la guerra. Los arañazos no provenían de la puerta..., se producían a su espalda, debajo del suelo.

Giró la llave con tal violencia que la partió. Estaba atrapado. En aquella otra ocasión, tantos años atrás, sólo había oído los arañazos, pero ahora vería de qué se trataba. Los urgentes zarpazos cedieron para dar paso al sonido de madera astillada. Se obligó a volverse con piernas temblorosas, para que, al menos, no lo cogieran por la espalda.

El gastado linóleo se había partido como una fruta podrida; la abertura tendría su misma altura, y por ella asomaban los listones partidos. El hedor a tierra y a podredumbre se elevó hacia él; y hacia él también se irguió una forma borrosa.... una mano, o una parte suficiente de una mano como para hacerle una seña temblorosa.

–Ven con nosotros –susurró una voz desde una boca que parecía taponada de barro–. Te esperábamos.

Key avanzó, tambaleante, atrapado en el trance que lo tenía prisionero desde que despertara. Luego se echó a un lado para apartarse del profundo abismo. Si tenía que morir, no sería así. A la carrera cruzó el cuarto principal, y estuvo a punto de caer cuando tropezó con una novela en Braille.

Corrió hacia la puerta principal y se lanzó a la calle, al aire nocturno, que se estrelló contra su rostro como si fuera hielo fino. Un sonido agudo le llenó los oídos y avanzó hacia él a toda velocidad.

Creyó que se trataba de la sirena, de la señal indicadora de que el bombardeo había pasado. Pero estaba ciego, como lo había estado desde que la bomba cayera. No comprendió que era un camión hasta que se encontró en su camino. Poco antes de que el vehículo lo embistiera, deseó haber podido ver, una vez al menos, el rostro de Hester en el fugaz instante en que recuperó la vista.

El Duende-Beso - Juan Valera

 
I
     Notabilísimo huésped había llegado al convento de Capuchinos de la villa, allá por los años de 1672. Famoso era el huésped en todas partes por la agudeza de su ingenio, por el profundo saber que había adquirido y por las obras científicas en que le divulgaba. Baste decir, y está todo dicho, que el huésped era el reverendísimo padre fray Antonio de Fuente la Peña, ex provincial de la Orden.
     Después de comer con excelente apetito y de dormir una buena siesta, para reposar de las fatigas del viaje, fray Antonio recibió en su celda al padre guardián, fray Domingo, y habló a solas con él sobre el importante asunto que le había impulsado a ir a aquella santa casa.
     -Sé por fama -le dijo- el extraño caso de mi señora doña Eulalia, hija única del ilustre caballero don César del Robledal. Y considerado bien y ponderado todo, me atrevo a sostener que la joven no está posesa ni obsesa.
     -Vuestra reverencia me ha de perdonar si le contradigo. No veo prueba en contra de la posesión o de la obsesión de la joven. Aunque me esté mal el decirlo, sabido es que, a Dios gracias, ejerzo bastante imperio sobre los espíritus malignos, y que he expulsado a no pocos de los cuerpos que atormentaban. Si los que atormentan a la joven doña Eulalia no me obedecen, no es porque no estén en ella o en torno de ella, sino porque son muy ladinos y marrajos. Si están en ella, se esconden, se recatan y se parapetan de tal suerte, que se hacen sordos a mis conjuros; y si la cercan, para atormentarla, andan sobrado listos para escapar cuando yo llego, y no volver a las andadas sino después que me voy. Los síntomas del mal son, sin embargo, evidentes. Sobre lo único que estoy indeciso y no disputo, es sobre si el mal es posesión u obsesión.
     -Pues bien -replicó fray Antonio-, mi conclusión es enteramente contraria, y mientras más lo reflexiono más me afirmo en ella. Doña Eulalia no habla nunca en latín ni en ningún otro idioma que no sea nuestro castellano puro y castizo; sus pies se apoyan siempre en el suelo cuando no está sentada o tendida; en vez de estar desmedrada, pálida y ojerosa, sé que está muy guapa y de tan buen color que parece una rosa de mayo; y el que ella repugne casarse con ninguno de los novios que su señor padre le ha buscado, y el que ande melancólica y retraída, y el que tenga por las noches y a solas, en su retirada estancia, coloquios misteriosos con seres invisibles, no prueba que esté endemoniada ni mucho menos. Los demonios jamás son tan benignos y apacibles con una criatura. Ser, por consiguiente, de menos perversa y dañina condición que los ángeles precitos, es quien tiene trato y coloquios con mi señora doña Eulalia. Ergo, no es demonio, sino duende quien la visita y habla con ella. Y conocedor yo de este suceso, y empleándome como me empleo en el estudio de los duendes, según lo testifica mi ya celebérrimo libro El ente dilucidado, he venido por aquí a ver si me pongo en relación con el duende que visita a doña Eulalia y logro arrojarle de su lado, valiéndome de los medios que me suministra la ciencia.
     -Extraño es -dijo fray Domingo- que afirme todo eso vuestra reverencia por meras conjeturas.
     -No son meras conjeturas -repuso fray Antonio-. Aunque por mis pecados nunca he sido digno de tener revelaciones sobrenaturales, lo que es naturales las tengo con frecuencia, y tal es el caso de ahora. Aquí estamos solos y puedo hablar con libertad, confiando en el indispensable sigilo.
     Fray Domingo hizo señal de que no descubriría lo que se le dijese y fray Antonio continuó en voz misteriosa y baja:
     -El duende que visita a doña Eulalia se ha franqueado conmigo y me lo ha explicado todo. Harto se comprende que sea yo estimado, querido y familiar entre los duendes, a quienes he defendido de las injurias y calumnias que propala contra ellos el vulgo ignorante. Yo he demostrado que no son diablos, ni almas en pena, sino criaturas sutilísimas e invisibles, casi siempre traviesas y alegres, que se engendran en lo más delgado del aire. Agradecidos los duendes, ¿qué tiene de particular que acudan a conversar conmigo? Además, que mis estudios y meditaciones sobre todos los secretos de la madre Naturaleza y mi asidua investigación acerca de los seres más menudos y casi incorpóreos, han aguzado de tal suerte mis sentidos, que veo, toco y oigo lo que por ingénita y grosera dureza del sentir no notan ni descubren los otros mortales. Perdóneseme la jactancia; yo descubro, al tender mi penetrante mirada por el universo, cien veces más vida y más inteligencia que la que ve la inmensa mayoría de los hombres. En suma, y contrayéndonos al presente singular caso, el duende, hará cerca de diez años, desde que doña Eulalia cumplió quince, hasta dentro de tres días, que cumplirá veinticinco, se entiende con ella, la aparta de la convivencia de la gente y la hace arisca y zahareña; pero me ha predicho que desaparecerá dentro de los indicados tres días, y hasta que antes se dejará ver bajo la figura de un gallardo mancebo. Doña Eulalia quedará libre entonces de toda molestia, y aunque siempre recatada, honestísima y decorosa, depondrá sus desdenes, dejará de ser huraña y se hará para todo el mundo conversable y mansa.
     Con acento irónico, aunque templado o velado por el respeto, exclamó entonces fray Domingo:
     -Sin duda que a fin de que la revelación no haya sido a medias, el duende habrá pronosticado a vuestra reverencia el punto y la hora de su desaparición y de la aparición del mancebo.
     -Sí que me lo ha pronosticado -respondió fray Antonio-. Ello ha de ser a media noche, en la propia habitación de doña Eulalia, a donde hemos de acudir, recatadamente y sin que doña Eulalia ni nadie se entere, el padre de ella, desarmado para evitar un funesto rapto de ira, vuestra reverencia con sus exorcismos y yo pertrechado de mi ciencia duendina. Tengo la más perfecta seguridad de que todo tendrá allí desenlace dichoso.
 
II
     En la noche y hora prefijadas, de concierto ya don César con los dos reverendos, acudieron en misterioso silencio y de puntillas a la puerta de la habitación de doña Eulalia, armado fray Domingo del libro de los exorcismos y de un hisopo; armado fray Antonio de un turibulo donde quemaba hierbas mágicas, esparciendo el humo; y armado don César de paciencia, después de haberse comprometido solemnemente a no perderla y, a no enfurecerse, ocurriera lo que ocurriera.
     Celebrados ya sus ritos y evocaciones, fray Antonio y fray Domingo prescribieron a don César que llamase con brío a la puerta de la habitación de doña Eulalia, cerrada con llave, y que ordenase que se abriera de par en par, inmediatamente, sin excusa ni pretexto alguno.
     No hubo modo de evitarlo ni de retardarlo, y la puerta se abrió de par en par y de súbito. En medio de ella, como magnífico retrato de Claudio Coello, encerrado en su marco, apareció un galán muy bizarro y apuesto, con traje e insignias de capitán, larga espada al cinto, airosas plumas en el sombrero que llevaba en la diestra, rica cadena de oro y veneras que en su pecho brillaban y espuelas, de oro también, asidas a sus amplias botas de camino.
     Don César, que era muy violento y celoso de su honra, no hubiera sabido contenerse y hubiera caído sobre el forastero, si ambos frailes, cada uno de un lado, no le contienen.
     El galán, con voz reposada y serena dijo entonces:
     -Sosiéguese mi señor don César y no tome a mal que me presente tan a deshora. Yo soy el capitán don Pedro González de la Rivera, de cuya renta y condiciones ha escrito a su señoría mi amigo el banquero genovés Jusepe Salvago, y de cuyos altos hechos de armas en Portugal, en Flandes, en Italia y en el remoto Oriente le han dado noticias otras varias personas muy respetables. Aspiro a la mano de doña Eulalia; ella me ha dado prueba de que me quiere para esposo; y sólo nos falta el consentimiento paterno y después la bendición del reverendo padre fray Antonio, que está presente y que espero no ha de negarse a bendecirnos.
     -Todo eso estaría bien -respondió don César con mal reprimida cólera- si vuestra merced no lo pidiese, después de ofender mis canas, hollar mi casa y atropellar todo respeto.
     -Yo, señor don César -replicó el capitán sonriendo-, tenía que vengar con esta aparente injuria otra nada aparente que vuestra merced me hizo hace diez años, cuando me sorprendió en este mismo sitio en dulces coloquios con mi señora doña Eulalia, que aun no había cumplido quince años. Yo era entonces un rapazuelo de dieciséis, y vuestra merced me arrojó de aquí a empellones nada paternales. Por amor de doña Eulalia, lo sufrí todo y mayor afrenta hubiera sufrido a ser posible mayor afrenta. Harto he demostrado después mi valor. Acrisolada está mi honra. La fortuna además me ha favorecido. La satisfacción que espero y pido para los pasados agravios es que vuestra merced me acepte como yerno.
     En este punto apareció doña Eulalia al lado del galán. Estaba linda en extremo, muy elegante y ricamente engalanada con magníficas joyas, y manifestando en el rostro juvenil y ruboroso gran satisfacción y contento. ¿Qué había de hacer don César? Consintió en todo y abrazó cariñosamente a sus hijos, no sin exclamar, mirando al capitán detenidamente:
     -Válgame Dios, muchacho, ¡y cómo has crecido y embarnecido en este decenio! ¿Quién al pronto había de reconocer en ti al rubio y travieso monaguillo de Capuchinos que repicaba tan bien las campanas?



III
     No bastó la respetuosa consideración que fray Antonio inspiraba al padre guardián, para que éste se callase y no dijese claro que, si no había habido demonio, tampoco había habido duende, y que todo había sido farsa.
     Fray Antonio quiso entonces justificarse, y antes de volver a Madrid, donde habitualmente residía, habló al padre guardián como sigue:
     -No sólo ha habido duende, sino uno de los duendes más poéticos que en este mundo sublunar puede darse. Era ella tan pura, tan cándida y tan ignorante de lo malo, que a los quince años parecía ángel y no mujer. Él era bueno y sencillo como ella. Ambos se amaban con la más ardiente efusión de las almas, sin la menor malicia, sin que la dormida sensualidad en ellos despertase. Anhelaban unirse en estrecho y santo lazo; vivir unidos hasta la muerte, como en unión castísima habían vivido desde la infancia. A esto se oponía el desnivel de posición social. Menester era que Periquito ganase posición, nombre, gloria y bienes de fortuna. Al separarse para irse él a dar cima a su empresa, sin estímulo vicioso, con inocencia de niños y con fervoroso amor del cielo, se unieron sus bocas en un beso prolongadísimo. Sin duda se interpuso entre labios y labios una levísima chispa de éter, átomo indivisible, germen de inteligencia y de vida. El fuego abrasador de ambas almas enamoradas penetró en el átomo, le dio brillantez y tersura, y cuanto hay de hermoso y de noble en el mundo, vino a reflejarse en él como en espejo encantado que lo purifica y lo sublima todo. Los santos anhelos de amor de él y de ella, se fundieron en uno; y sin desprenderse enteramente de ambas almas, tuvieron en la misteriosa unión ser singular y substancial suyo y algo a modo de vaga, indecisa y propia conciencia. Se separaron los amantes. Él fue muy lejos; peregrinó y combatió. Durante diez años, no supieron ella de él, ni él de ella, por los medios ordinarios y vulgares. Pero el unificado deseo de ambos, el duende que nació del beso, con pintadas alas de mariposa y con la rapidez del rayo, volaba de un extremo a otro de la tierra; y ya se posaba en ella, ya en él, y hacía que se estrechasen como presentes, y renovaba el casto beso de que había nacido, no como recuerdo vano, sino como si nuevamente y con la misma o con mayor vehemencia ellos se besaran. No dude, pues vuestra reverencia de que el tal duende existe o ha existido. ¿Cómo explicar sin él la tenaz persistencia, durante diez años, de los mismos amores? El deseo no era sólo de ella. El deseo no era sólo de él. En ambos estaba, pero, al unirse, se separó de ambos, creando la unión un ser distinto. Este ser no tiene ya razón de ser; desaparece, pero no muere. No debe decirse que ha muerto o que va a morir la chispa inteligente, enriquecida con la viva representación de toda la hermosura, de la tierra y del cielo, cuando, cumplida la misión para que fue creada, se diluye en el inmenso mar de la inteligencia y del sentimiento, que presta vigor armónico y crea la luz y hace palpitar la vida en la indefinida multitud de mundos que llenan la amplitud del éter.
     Fray Domingo oyó con atención todo esto y mucho más que dijo fray Antonio, y acabó por convencerse de que había duendes, unos prosaicos, otros poéticos, como el de don Pedro y doña Eulalia, sin que la teoría de fray Antonio pugnase en manera alguna con la verdad católica, pues redundaba en mayor gloria de Dios, hasta donde alcanza a concebirla el limitado entendimiento humano.