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El ídolo perdido - Douglas Preston

38

Cuando el chófer del Buick se alejó, Pendergast, que sujetaba dos tubos largos de cartón bajo el brazo, subió por los peldaños que conducían a una entrada lateral del museo. Enseñó su identificación al guardia de seguridad.

Ya en el puesto de mando provisional, cerró la puerta de su despacho y extrajo de los tubos varios planos amarillentos que extendió sobre el escritorio.

Apenas se movió durante la siguiente hora, que dedicó a estudiar los planos, con la cabeza apoyada sobre las manos. De vez en cuando apuntaba algunas palabras en una libreta o consultaba las hojas mecanografiadas que había en una esquina de la mesa.

De repente se puso en pie. Echó un último vistazo a los planos y deslizó lentamente un dedo de un punto a otro al tiempo que se humedecía los labios. A continuación recogió casi todas las hojas, las devolvió a los tubos de cartón y los guardó en la taquilla. Dobló el resto y lo depositó en una bolsa de tela de dos asas que descansaba sobre el escritorio. Abrió un cajón para sacar un Colt 45 Anaconda, estrecho, largo y de aspecto siniestro, que encajó a la perfección en la pistolera sujeta bajo su brazo izquierdo. Introdujo un puñado de munición en el bolsillo. También sacó del cajón un objeto amarillo, grande y voluminoso, que guardó en la bolsa de tela. Por último se alisó el traje, enderezó su corbata, deslizó la libreta en el bolsillo interior de su chaqueta, recogió la bolsa de tela y salió del despacho.

Nueva York tenía poca memoria para la violencia, y ríos de visitantes inundaban de nuevo los inmensos espacios públicos del museo. Grupos de niños se congregaban alrededor de las vitrinas, pegaban la nariz al cristal, señalaban y reían. Los padres revoloteaban en las cercanías, pertrechados con planos y cámaras. Visitas guiadas desfilaban, recitando letanías.

Los guardias vigilaban en las puertas. Pendergast logró pasar desapercibido.

Entró con parsimonia en el Planetario. Palmeras plantadas en macetas flanqueaban la enorme sala, y un pequeño ejército de trabajadores se ocupaba de los últimos preparativos. Dos técnicos probaban el sonido en la plataforma del estrado, mientras se colocaban fetiches de imitación sobre un centenar de manteles blancos. El rumor de la actividad ascendía por las columnas corintias hasta la inmensa cúpula.

Pendergast consultó el reloj: las cuatro en punto. Todos los agentes estarían reunidos con Coffey para presentar sus informes. Cruzó a toda prisa la sala en dirección a la entrada precintada de «Supersticiones». Tras un breve intercambio de palabras, el agente uniformado de guardia abrió la puerta.

Varios minutos después, el agente del FBI abandonó la exposición. Se detuvo un momento, pensativo, y volvió a cruzar la sala en dirección a los pasillos exteriores. Se adentró en las silenciosas dependencias privadas del museo, alejadas de los espacios públicos. 

Se encontraba en las zonas de almacenamiento y laboratorios, prohibidas a los turistas. Los techos altos y las enormes galerías decorativas daban paso a monótonos corredores flanqueados de armarios. Las tuberías rugían y siseaban sobre su cabeza. 

Se detuvo en lo alto de una escalera metálica para mirar alrededor un momento, consultar la libreta y cargar el arma. Por último se internó en los intrincados laberintos del oscuro corazón del museo.

39

La puerta del laboratorio se abrió con violencia, rebotó contra la pared y se cerró lentamente. Margo alzó la mirada y vio que Frock impulsaba hacia el interior la silla de ruedas. La joven se apresuró a levantarse y le ayudó a desplazarse hasta la terminal. Observó que ya vestía de esmoquin. «Debió de ponérselo antes de venir a trabajar», supuso. El habitual pañuelo Gucci sobresalía del bolsillo superior de la chaqueta.

—No entiendo por qué estos laboratorios se hallan en sitios tan recónditos —gruñó—. Bien, ¿cuál es el gran misterio, Margo? ¿Por qué era tan urgente que bajara para conocerlo? Falta poco para la imbecilidad de hoy, y se requerirá mi presencia en el estrado. Es un honor vacío, por supuesto. Solo se debe a las ventas de mis libros, como Ian Cuthbert se encargó de aclararme esta mañana en mi despacho.

Habló con tono amargo, resignado.

Margo le explicó que había analizado las fibras de la caja. Le enseñó el disco con la escena de la cosecha. Describió los descubrimientos y contenidos del diario y la carta de Whittlesey y le refirió la conversación con Jörgensen. Explicó que la anciana histérica descrita en el diario de Whittlesey no podía aludir a la estatuilla cuando advirtió al científico sobre Mbwun.

Frock escuchaba al tiempo que hacía girar el disco en sus manos.

—Una historia interesante, pero ¿a qué vienen tantas prisas? Es muy posible que la muestra esté contaminada. Por lo que sabemos, la vieja estaba loca; o quizá los recuerdos de Whittlesey eran un poco confusos.

—Eso pensé al principio, pero mire esto.

Margo le tendió las hojas impresas. El hombre las examinó apresuradamente.

—Curioso —comentó—, pero no creo que esto… —Se interrumpió cuando sus dedos recorrieron la columna de proteínas—. Margo —dijo, alzando la vista—. Me he precipitado. Hay contaminación, pero no de un ser humano.

—¿Qué quiere decir? —preguntó ella.

—¿Ve esta proteína retrovírica amiloide hexagonal? Es la proteína de la cápside de un virus que infecta a animales y plantas. Está muy presente. Y hay retrotranscriptasa, una enzima que se encuentra casi siempre asociada con virus.

—No estoy segura de comprenderle.

El científico se volvió hacia ella, impaciente.

—Se trata de una planta infectada por un virus. El secuenciador de ADN los mezcló, codificó a ambos. Muchos vegetales son portadores de virus como este. Un poco de ADN o ARN en la cápside de una proteína infecta la planta, se apodera de algunas de sus células y luego introduce su material genético en los genes de la planta, los cuales empiezan a producir más virus, en lugar de lo que les correspondería. Los virus de la agalla producen esas bolas marrones que aparecen en las hojas de los robles; por lo demás son inofensivos. Los nudos de los arces y los pinos también están causados por virus. Son tan frecuentes en las plantas como en los animales.

—Lo sé, doctor Frock, pero…

—Hay algo que no comprendo —interrumpió el profesor, dejando sobre la mesa los papeles—. Por lo general, un virus comprende otros virus. ¿Por qué codifica un virus todas esas proteínas animales y humanas? Fíjese en estos. La mayoría son hormonas. ¿Qué hacen hormonas humanas en una planta?

—De eso quería hablarle. Consulté en un libro algunas hormonas. Al parecer, muchas proceden del hipotálamo humano.

Frock movió la cabeza como si lo hubieran abofeteado.

—¿El hipotálamo? —Sus ojos destellaron de repente.

—Exacto.

—Y el ser que anda suelto por el museo come los hipotálamos de sus víctimas. Probablemente necesita esas hormonas… Tal vez sea adicto a ellas. Piense; solo existen dos fuentes de donde obtenerlas: las plantas, que, gracias a ese virus único, estarán saturadas de hormonas, y el hipotálamo humano. ¡Cuando el ser no puede conseguir fibras, engulle cerebros!

—Jesús, qué horror —susurró Margo.

—Esto es asombroso. Explica el motivo de esos espantosos asesinatos. Gracias a su descubrimiento, todas las piezas del rompecabezas encajan. La criatura que merodea por el museo mata gente, abre los cráneos, extrae el cerebro y devora la región talámica, donde más se concentran las hormonas. —Miró fijamente a Margo, con manos temblorosas—. Cuthbert comentó que, al buscar las cajas para recuperar la estatuilla de Mbwun, había descubierto una abierta y con las fibras esparcidas.

»De hecho, ahora que lo pienso, una de las más grandes apenas contenía fibras. Por tanto, ese ser se habrá alimentado de ellas durante cierto tiempo. Es evidente que Maxwell también las utilizó para embalar las cajas. Es posible que la criatura no necesite comer mucho, pues la concentración hormonal de las plantas será muy alta, pero necesita comer con regularidad. —Frock se reclinó en la silla de ruedas—. 
 
»Hace diez días, las cajas fueron trasladadas a la zona de seguridad, y tres días más tarde los dos niños fueron asesinados. Un día después, murió un guardia. ¿Qué ocurrió? Muy sencillo; la bestia ya no puede conseguir más fibras, de manera que mata a un ser humano para devorar su hipotálamo y así satisfacer su apetito. 
 
»Sin embargo, el hipotálamo, que segrega cantidades ínfimas de esas hormonas, resulta un pobre sustituto de las fibras. Basándome en las concentraciones descritas en estas hojas, calculo que se precisaría de cincuenta cerebros humanos para igualar la concentración encontrada en doscientos gramos de esas plantas.

—Doctor Frock, creo que los kothoga cultivaban esas plantas. Whittlesey recogió algunos especímenes en la prensadora, y el dibujo grabado en el disco reproduce la recolección de una planta. Estoy segura de que esas fibras son los tallos triturados de los nenúfares que contenía la prensadora de Whittlesey, la planta representada en el disco. Ahora sabemos que la mujer se refería a estas fibras cuando chilló «Mbwun». Mbwun, hijo del diablo: ¡ese es el nombre de la planta!

Extrajo la extraña planta de la prensadora. Era de color marrón oscuro, con una red de nervios negros. La hoja era gruesa y correosa, y el tallo negro, tan duro como una raíz seca. Margo la acercó a su nariz con cautela; olía a almizcle.

Frock la observó con una mezcla de miedo y fascinación.

—Una deducción muy brillante, Margo —elogió—. Los kothoga debieron crear todo un ceremonial en torno a la cosecha y preparación de esta planta, seguramente para apaciguar a ese ser. La estatuilla representa a la bestia, sin duda. ¿Cómo llegó aquí? ¿Por qué?

—Creo que es fácil adivinarlo —contestó Margo—. El amigo que me ayudó a examinar las cajas me comentó que había leído un artículo sobre una serie de asesinatos cometidos en Nueva Orleans hace unos años. Tuvieron lugar en un carguero procedente de Belem. Mi amigo localizó los registros de embarque de las cajas del museo y descubrió que iban a bordo de ese barco.

—De modo que el ser siguió a las cajas.

—Por eso Pendergast, el hombre del FBI, vino desde Luisiana —concluyó Margo.

Frock se volvió, con ojos como carbones encendidos.

—Santo Dios. Hemos atraído a una bestia terrible hasta el museo, enclavado en el corazón de Nueva York. Es el Efecto Calisto, más una venganza; un depredador salvaje, empeñado esta vez en nuestra destrucción. Recemos para que solo haya uno.

—¿Qué clase de criatura podría ser? —preguntó Margo.

—Lo ignoro —reconoció el doctor—. Un ser que vivía en el tepui y se alimentaba de esas plantas; una especie extraña que quizá había sobrevivido desde la era de los dinosaurios en pequeño número. O tal vez el producto de un cambio extravagante de la evolución. El tepui constituye un ecosistema muy frágil, una isla biológica de especies raras rodeadas por una selva tropical. En lugares así, los animales y las plantas pueden desarrollar curiosas dependencias mutuas. Una comunidad de ADN compartido… ¡Piénselo! Y después… —Frock se interrumpió—. ¡Y después! —exclamó, dando una palmada sobre el brazo de la silla—. Después descubrieron oro y platino en el tepui. ¿No le explicó eso Jörgensen? Poco después de que la expedición se separara, prendieron fuego al tepui, construyeron una carretera, llevaron un equipo de minería pesado. Destruyeron todo el ecosistema del tepui y a la tribu kothoga con él. Contaminaron los ríos y los pantanos al verter mercurio y cianuro.

Margo asintió.

—Los fuegos ardieron durante semanas, incontrolados, y la planta de que se nutría el ser se extinguió.

—Y el ser emprendió un viaje en busca de las cajas y el alimento que con tanta desesperación necesitaba.

Frock enmudeció y apoyó la cabeza sobre el pecho.

—Doctor Frock —susurró Margo—, ¿cómo supo la criatura que las cajas habían ido a Belem?

El hombre la miró y parpadeó.

—Lo ignoro. Es muy raro, ¿verdad? —De pronto, el científico aferró los costados de la silla y se irguió, excitado—. ¡Margo! —exclamó—. Podemos averiguar con exactitud qué es ese ser. Contamos con los medios, aquí mismo. ¡El Extrapolador! Disponemos del ADN del ser. Lo introduciremos en el programa y conseguiremos una descripción.

Margo pestañeó.

—¿Se refiere a la garra?

—¡Exacto! —Frock impulsó la silla de ruedas hacia la terminal y sus dedos volaron sobre las teclas—. Almacené el informe que Pendergast nos dejó ver en el ordenador. Introduciré los datos en el programa de Gregory ahora mismo. ¿Quiere ayudarme?

Margo ocupó el lugar de Frock ante el teclado. Al cabo de un momento, un mensaje destelló: «Tiempo estimado de conclusión: 55,30 minutos.

»Eh, Margo, este trabajo parece muy importante. ¿Por qué no encargas una pizza? El mejor sitio de la ciudad es Antonio’s. Recomiendo la de chile verde y salchichas. ¿Quieres que envíe tu pedido por fax?».

Eran las cinco y cuarto.

40

En la Gran Rotonda del museo, D’Agosta contemplaba divertido cómo dos fornidos obreros desenrollaban una alfombra roja entre dos hileras de palmeras, la extendían por el umbral de la puerta y la colocaban sobre la escalinata delantera.

«Se mojará», pensó. Comenzaba a oscurecer, y nubarrones de tormenta se habían acumulado hacia el norte y el oeste, como montañas sobre los árboles que, azotados por el viento, bordeaban Riverside Drive. Un trueno lejano hizo vibrar la vidriera de la Rotonda, y algunas gotas cayeron sobre el cristal mate de las puertas de bronce; se anunciaba una fuerte tormenta. La fotografía del satélite que habían enseñado en el telediario de la mañana no dejaba lugar a dudas. Aquella alfombra roja tan elegante se empaparía, al igual que mucha gente fina.

El museo había cerrado las puertas al público a las cinco de la tarde. Los distinguidos invitados no se presentarían hasta las siete. La prensa ya había acudido; furgonetas de televisión, fotógrafos que hablaban entre sí a voz en grito, equipos por doquier…

D’Agosta dio órdenes a través de su radio. Había apostado a casi dos docenas de hombres en lugares estratégicos; alrededor del Planetario y otras zonas del interior y el exterior del edificio. Era una suerte, pensó, que hubiera logrado orientarse por el museo. Dos de sus hombres se habían extraviado y solo habían conseguido rescatarlos mediante mensajes por radio.

D’Agosta no estaba contento. En la reunión de las cuatro, había solicitado un rastreo final del recinto de la exposición. Coffey lo había vetado, así como las armas pesadas para los policías de paisano y uniformados que vigilarían la fiesta; podrían asustar a los invitados, había afirmado el subdirector. D’Agosta desvió la vista hacia los cuatro detectores de metales, equipados con correas transportadoras de rayos X. «Gracias a Dios, tenemos eso», pensó.

Se volvió y, una vez más, buscó con la mirada a Pendergast. No se había presentado a la reunión. De hecho, el teniente no lo había visto desde la entrevista que habían mantenido con Ippolito aquella mañana.

Su radio crepitó.

—¿Teniente? Soy Henley. Estoy delante de los elefantes disecados, pero no logro encontrar la Sala Marina. Creo que dijo…

D’Agosta le interrumpió:

—Henley, ¿ve esa puerta grande con colmillos? Bien, salga y gire dos veces a la izquierda. Llámeme cuando llegue a su puesto. Su compañero es Wilson.

—¿Wilson? Ya sabe que no me gusta tener por compañero a una mujer, señor…

—Otra cosa, Henley.

—¿Qué?

—Wilson llevará el fusil del doce.

—Espere un momento, teniente, está…

D’Agosta cortó.

Oyó un fuerte chirrido a su espalda, y una gruesa puerta de acero comenzó a descender desde el techo en el extremo norte de la Gran Rotonda; empezaban a cerrar el perímetro. Dos hombres del FBI se erguían en la oscuridad al otro lado de la puerta, con fusiles de cañón corto que no conseguían ocultar debajo de sus chaquetas. D’Agosta resopló.

Cuando la puerta de acero descansó sobre el suelo, se oyó un estruendo que resonó en el recinto. Antes de que el eco se desvaneciera, la puerta del extremo sur duplicó el ruido al descender. Solo quedaba levantada la puerta este, donde terminaba la alfombra roja. «Cojones —pensó D’Agosta—, no me gustaría que se declarara un incendio».

Al oír una voz procedente del fondo de la sala, se volvió y vio a Coffey, que impartía órdenes a sus hombres. El agente lo miró.

—¡Eh, D’Agosta! —exclamó, indicándole por señas que se acercara.

El teniente no obedeció. Coffey caminó hacia él contoneándose, con el rostro sudoroso. Artilugios y armas de que D'Agosta había oído hablar, pero nunca visto, colgaban del grueso cinturón del agente.

—¿Está sordo, D’Agosta? Quiero que dos de sus hombres vigilen esta puerta. Nadie debe entrar ni salir.

«Caramba —pensó el policía—. Hay cinco tíos del FBI tocándose los huevos en la Gran Rotonda».

—Todos mis hombres están ocupados, Coffey. Utilice a un par de sus Rambos. He observado que ha desplegado a casi todos sus hombres en la parte exterior del perímetro. He de apostar mis fuerzas en el interior para proteger a los invitados, por no mencionar a los que se encargan del tráfico en la calle. El resto del museo estará casi vacío, y la fiesta contará con escasa protección. No me gusta esto.

Coffey se subió el cinturón y le lanzó una mirada amenazadora.

—¿Sabe una cosa? Me importa una mierda que no le guste. Limítese a hacer su trabajo. Y mantenga un canal abierto para mí.

Se alejó a grandes zancadas.

Blasfemando en voz baja, el teniente consultó su reloj; sesenta minutos para el gran acontecimiento.

41

Otro mensaje apareció en el ordenador:

Concluido. ¿Quiere imprimir datos, ver datos, o ambos (I/V/A)?

Margo tecleó «A». Cuando los datos comenzaron a desfilar por la pantalla, Frock acercó la cara a ella. Su aliento empañó el cristal.

Especie: No identificada.

Género: No identificado.

Familia: 12% coincidencia con Pongidae; 16% coincidencia con Hominidae.

Orden: Posiblemente Primates; 66% carencia marcadores genéticos comunes; desviación de la norma importante.

Clase: 25% coincidencia con Mammalia, 5% coincidencia con Reptilia.

Filum: Chordata.

Reino: Animalia.

Características morfológicas: Muy robusto.

Capacidad cerebral: 900-1250 cc.

Cuadrúpedo, extremo dimorfismo posterior-anterior. Dimorfismo sexual potencialmente elevado.

Peso macho adulto: 240-260 kg.

Peso hembra adulta: 160 kg.

Período de gestación: De siete a nueve meses.

Agresividad: Extrema.

Período de celo en hembra: Intensificado.

Velocidad locomotriz: 60-70 km/h.

Cubierta epidérmica: Pellejo anterior con placas óseas posteriores.

Nocturno.

Frock examinaba la lista, siguiéndola con el dedo.

—¡Reptilia! —exclamó—. ¡Los genes de geco reaparecen! Al parecer ese ser combina genes de reptil y primate. Y tiene escamas posteriores. Debe de ser a causa de los genes de geco.

Margo leyó la lista de características, cada vez más abstrusas.

Alargamiento y fusión considerables de huesos metacarpianos en extremidad posterior.

Probable fusión atávica de dedos 3 y 4 en extremidad delantera.

Fusión de falanges proximal y media en extremidad delantera.

Extremo grosor de cráneo.

Probabilidad negativa en un 90% (?) de rotación de isquion.

Extremo grosor y sección transversal prismática de fémur.

Cavidad nasal ensanchada.

Tres (?) conchas muy envolventes.

Nervios olfativos y región olfativa del cerebelo muy aumentados.

Probables glándulas nasales mucoides externas.

Quiasma óptico y nervio óptico reducido.

Frock se retiró poco a poco del monitor.

—Margo, esto corresponde a la descripción de una máquina de matar de primer orden. Sin embargo, fíjese en cuántos «probables» y «posibles» hay. Se trata de una descripción hipotética, en el mejor de los casos.

—Aun así —replicó Margo—, recuerda de una manera horrible a la estatuilla de Mbwun exhibida en la exposición.

—Sin duda. Margo, observe usted el tamaño del cerebro.

—Entre novecientos y mil doscientos centímetros cúbicos. Muy alto, ¿no?

—¿Alto? Increíble. El límite superior se encuentra dentro de los umbrales humanos. Por lo visto, la bestia posee la fuerza de un oso, la velocidad de un galgo y la inteligencia de un ser humano. Y digo «por lo visto» porque gran parte de los datos son conjeturas del programa. Fíjese en estas características. —Señaló la lista con el dedo—. «Nocturno»; activo de noche. «Glándulas nasales mucoides externas»; significa que tiene una nariz «húmeda», propia de animales dotados de un olfato muy agudo. «Conchas muy envolventes»; otra característica de animales con órganos olfativos muy desarrollados. «Quiasma óptico reducido»; es la parte del cerebro que procesa la visión.

»Se trata, pues, de un ser con un sentido del olfato sobrenatural y una visión muy deficiente, que caza de noche. —El doctor reflexionó un momento y juntó las cejas—. Esto me asusta, Margo.

—Si estamos en lo cierto, es la idea global de este ser lo que me asusta. —Margo se estremeció al pensar que había estado trabajando con las fibras.

—No. Yo me refiero a este conjunto de características olfativas. A juzgar por la extrapolación del programa, el ser vive por el olfato, caza por el olfato, piensa por el olfato. He oído a menudo que, a través de ese sentido, un perro percibe todo un paisaje, igual que nosotros lo contemplamos con los ojos. Pero el sentido del olfato es más primitivo que el de la vista, y como resultado, tales animales reaccionan de una forma primitiva, por instinto. Eso me aterroriza.

—No estoy segura de comprenderle.

—Dentro de escasos minutos, miles de personas llegarán al museo. Se congregarán en un espacio cerrado. El ser captará el aroma hormonal de toda esa gente. Es muy posible que se irrite.

Se hizo el silencio en el laboratorio.

—Doctor Frock, usted dijo que transcurrieron dos días entre la apertura de las cajas y el primer asesinato. Después, otro más hasta el segundo asesinato. Han pasado tres días desde entonces.

—Continúe —dijo Frock.

—Se me ocurre que la criatura puede estar desesperada a estas alturas. Los efectos que las hormonas del tálamo obran en la bestia ya se habrán desvanecido. Al fin y al cabo, esas hormonas cerebrales son un pobre sustituto de la planta. Si usted tiene razón, el animal debe de ser casi como un drogadicto incapaz de conseguirse un chute. La actividad de la policía lo ha mantenido aplacado. La cuestión es ¿cuánto tiempo más podrá esperar?

—Dios mío —susurró Frock—. Son las siete. Hemos de avisarles para que suspendan la inauguración, Margo. De lo contrario, tal vez se avecine un espantoso desastre.

Se precipitó hacia la puerta e indicó a Margo que lo siguiera.