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Míster George - Stephen Grendon

Ahora que los rayos del sol de última hora de la tarde caían oblicuamente sobre el prado, Priscilla cogió las flores que había reunido y ató el ramillete con una cinta azul. Unió al mismo el billete que había escrito, se arrimó el ramillete al cuerpo y anduvo de puntillas hasta la puerta de su cuarto. La abrió. De abajo subían unas voces. Pero ellos estaban fuera, en la parte de atrás, y no la oirían salir de casa. Que luego la vieran regresar, no importaba. Cerró la puerta detrás de sí y dirigió su robusta persona de cinco añitos hacia la alfombrada escalera, que bajó, y hacia la puerta, y fuera de la casa.

El cobrador del tranvía la reconoció. Inclinando el mostachudo rostro sobre ella, le preguntó:

—¿Solita, miss Priscilla?

—Sí, señor.

—Oh, y está oscureciendo casi. ¿Va muy lejos?

—Oh, no. Voy a ver a míster George. El hombre parecía angustiado. Tenía una sonrisa pálida, delgada. Y no dijo nada más.

El tranvía seguía su camino con un ruido metálico. Priscilla sabía que el cobrador le indicaría dónde tenía que apearse; y, no obstante, iba contando las manzanas de casas: la segunda que encontraría era aquélla donde vivía Renshaws; la siguiente, que era la de Burton; la de los solares sin edificar; y, por fin, después de tres manzanas en las que no vivía ningún conocido suyo —siete manzanas en total— el cobrador le dijo que había llegado a su parada.

—Sí, señor. Lo sé. Gracias —respondió ella. La niña sonrió al empleado y bajó. El hombre la siguió con la mirada, atormentado, y meneó la cabeza.

—¿Qué será de ella con tantos buitres como la rodean? —le preguntó al aire, poblado de motitas de polvo.

Durante el camino, Priscilla había sentido cierta inquietud al pensar en la gran puerta de reja de hierro; pero, como todavía no eran las seis, estaba abierta. La cruzó, pues, y se fue directamente al lugar donde se hallaba míster George. No había nada donde poner las flores; de modo que las dejó allí, donde míster George las tuviera que ver forzosamente. No estaba demasiado segura acerca de míster George. 

Últimamente había muchas cosas que la desconcertaban. No entendía el comportamiento de míster George, ni por qué se había marchado y la había dejado sola con los primos de su madre, los cuales, comprendía ella con el instinto infalible de los niños, no la amaban como la había amado míster George, ni como, más anteriormente todavía, la amó su madre, que también se había marchado.

Priscilla sacó el billete y lo colocó de modo que él hubiera de verlo, necesariamente. Al marcharse, miró atrás varias veces para ver si míster George había llegado ya; pero las flores continuaban allí, intactas, y entre ellas resaltaba la blancura del papel de notas. El ramillete lo formaban julianas de olor, nomeolvides y rosas, flores a la moda antigua, de las que gustaban a míster George. 

Pero míster George no vino; no se le veía cuando la niña llegó a la puerta. Con una última, lánguida mirada, Priscilla salió a la calle y anduvo hasta la esquina para esperar el tranvía, empezando a preguntarse ya si ellos habrían notado su ausencia.

Pero no; no la habían notado. Continuaban hablando cuando entró sigilosamente en la casa; aunque ahora uno de ellos estaba en el comedor, y todos levantaban un poco la voz..., aunque no lo suficiente para que se les pudiera oír más allá del vestíbulo de entrada. 

La niña se había quedado inmóvil, completamente silenciosa, escuchando. Aunque las dos mujeres y el hombre —hermanos los tres— eran primos de su madre, Priscilla los consideraba tíos suyos. Las mujeres estaban en la cocina, y tío Laban en el comedor. Tío Laban iba diciendo:

—Lo que tienes de malo, tú, Virginia, es que careces de sentido del refinamiento, careces de tacto. Sólo piensas en el dinero; lo quieres, y no te importa la manera de conseguirlo.

—Ella es lo único que se interpone entre el dinero y nosotros. Y tú lo sabes tan bien como yo.

—Ahora que George ya no está —puntualizó Laban.

—Sí —admitió Virginia.

Adelaide soltó una risita nerviosa.

—A veces me pregunto qué relación habría entre ellos —reanudó Virginia—. ¿Eran amantes?

—No importa.

—Claro que importa —adujo Addie—. Quizá si pudiéramos demostrar que ella es hija de George...

Laban chasqueó la lengua con aire impaciente.

—No tiene nada que ver con el caso, y no importa. El testamento de Cissie está clarísimo, y no importa si Priscilla es o no es de George, o de Henry, ni importaría siquiera que no fuese de Cissie. El testamento disponía que George podía continuar aquí, en casa de Cissie, hasta que quisiera irse...

—O falleciese —interrumpió Virginia.

—No seas desagradable —cortó secamente Laban—. Y la casa, los terrenos y todo el dinero...

—¡Trescientos mil dólares! —suspiró Adelaide.

—...Pertenecen a Priscilla.

—Te dejas la parte más importante —señaló Virginia—. Detrás de Priscilla, venimos nosotros.

—Di, más bien, estamos aquí.

—Ah, sí —comentó Adelaide con amargura—, tal como hemos estado siempre. A costa siempre de la generosidad de otros.

—¿Y qué te importa eso? —inquirió Laban, enojadizo—. Tenemos en nuestras manos el gobierno de la casa, y casi, casi, el de su cuenta bancaria.

—Yo lo quiero abiertamente, sin restricciones —dijo Virginia.

—Bah, estás representando una comedia —dijo Laban—. Pero comprendo que tramas algo. Eso de dejar que los criados se vayan unos tras otros...

—Eran criados de Cissie, no míos.

—Pero no has colocado a otros en sus puestos.

—No. Ya lo pensaré. ¿Has puesto la mesa?

—Sí.

—Ve a llamar a la niña.

Priscilla huyó sin ruido escaleras arriba, a fin de estar preparada cuando tío Laban la llamase.

Cuando el ocaso era más bien noche, Canby, que hacía su recorrido habitual, vio algo blanco que revoloteaba al otro lado de la reja de la puerta. Cumpliendo rutinariamente con su deber, entró a ver qué era aquello. Sacó el billetito, echó sobre el mismo el chorro de luz de la linterna para enterarse de los detalles más necesarios y a su debido tiempo entregó el billete en el cuartelillo del barrio.

El capitán lo leyó:

«Querido míster George: Tenga la bondad de regresar. Queremos que viva otra vez con nosotros. Tenemos espacio de sobra. Simplemente, suba al tranvía y coja la dirección este. La casa está tal como usted la dejó; sólo que ahora ya no florecen los rosales.»

—¿No había ninguna firma?

—Ninguna. Estaba allí, simplemente, sobre la tumba, con unas flores. Las flores las he dejado. Era la tumba de un tal George Newell. Murió hace cosa de un mes. Tenía cincuenta y un años.

—Parece letra de niña. Dáselo a Orlo Ward... Es la clase de material que le conviene para The New Yorker.

El viejo reloj del vestíbulo, que había pertenecido al abuelo Dedman, estuvo hablando toda la noche. Míster George decía que la madre de Priscilla se acordaba de su modo de hablar. El reloj solía decir: «Cis-sie, Cis-sie, Cis-sie, ¡Duér-me-te ya, Cis-sie!» una y otra y otra vez, hasta que se dormía. A Priscilla se le antojaba que ahora el reloj le hablaba a ella en los mismos términos. Pero no tenía sueño. 

Tendida en la cama, escuchaba todos los sonidos que producía la antigua casa. Lamentaba su suerte, ahora que habían despedido a la cocinera —la última persona que le era simpática— y que todos los demás de la casa le tenían antipatía. Lo notaba por su manera de mirarla, por su manera de hablarle, y sobre todo, lo percibía intuitivamente. ¡Si al menos regresase míster George! 

Desde el día que míster George se quejó de que no se sentía bien, ya nada volvió a ser como era después de la muerte de su madre. Aquel día, al cabo de un rato de no sentirse bien, míster George la llamó, y cuando la tuvo a la vera de la cama le dijo:

—Ahora sé buena, Priscilla. Y, acuérdate, si te pasa algo, acude a Laura. —(Laura tenía algo que ver con míster George, como lo había tenido con su madre. Aunque no era, como los Leckett, una pariente directa de ambos.)

El murmullo de voces discurría por el vestíbulo. Virginia Leckett se estaba peinando el cabello en el cuarto de su hermano. Laban se había acostado ya.

—Y si a ella le ocurriese algo, ¿verdad que no habría ningún problema para que entrásemos nosotros en posesión de la herencia? —preguntaba.

—Cuando menos me lo has preguntado diez veces, lo juraría —respondió el hombre.

—¿Lo habría? —insistió la mujer.

—¿Cómo podría haberlo? No tiene ningún otro pariente.

—Es lo que yo pensaba.

—Sin embargo, está más sana que una ternera.

—Oh, siempre puede ocurrir algo.

—¿Qué puede ocurrir?

—Nunca se sabe, Laban.

—Me pones los nervios de punta, Virginia.

—Mira cómo se fue George.

—Bueno, no esperarás que Priscilla contraiga una enfermedad cardíaca.

—Eso es lo que dijo el doctor.

—Y lo que creía, además.

—Pero se podía provocar. Hay cosas que producen ataques cardíacos.

—Sería mejor que no dijeras esas cosas, Virginia.

—¿Sí?

—¡Sí!

—De todas formas —continuó ella, hablando más aprisa—, si le sucediera algo a Priscilla..., ¡piénsalo un momento, nada más, ¡trescientos mil dólares! ¡Laban..., piensa en lo que harías con tu parte! ¡Y yo! Mira, podría irme a Europa.

—Pero no irás. ¿Por qué no dejas de atormentarte con ese dinero? Está fuera de tu alcance.

—¿De veras?

—Será mejor que te vayas a tu cuarto.

Las pisadas de Virginia vinieron por el vestíbulo, parándose ante la puerta de Priscilla. «No la dejes entrar. Dios mío», pidió la niña con confianza suprema. Virginia siguió por el vestíbulo, y ahora el murmullo de voces salía, distante, de la habitación de Adelaide. Así sucedía y volvía a suceder multitud de noches, desde que míster George se marchara. 

A veces, Priscilla pensaba que tía Virginia era la persona a quien odiaba más; pero luego se acordaba de que mamá solía decirle que no odiase a nadie porque el odio perjudica más al que lo concibe que al odiado... y una cosa así. Sea como fuere, Priscilla no se fiaba de tía Virginia. Tampoco se fiaba de tía Adelaide, ni de tío Laban; pero la mayor desconfianza se la inspiraba tía Virginia. No comprendía lo que quería decir mamá cuando le explicaba a míster George:

—Los compadezco. ¡Son tan mezquinos, tan provincianos! Cuando tenían dinero habrían podido ir a París, a Viena... Pero no, tuvieron que invertirlo en acciones poco seguras a fin de ganar más dinero, y lo perdieron todo. ¡Pobrecillos!

El reloj decía:

—Pris-sie, Pris-sie, Pris-sie. Duér-me-te ya, Pris-sie.

—No tengo sueño —respondió Priscilla en la oscuridad.

La casa se acostaba, gimiendo y crujiendo. En alguna parte goteaba una espita, y empujada por el viento, fuera, una rama del cedro de la esquina noroeste de la casa llamaba de vez en cuando a la pared. El reloj seguía hablando con su ruidoso tictac, tictac, tictac. Fuera, los tranvías seguían circulando, traqueteantes, aunque cada vez en menor número, a medida que avanzaba la noche. 

Priscilla continuaba pensando, casi soñando, en mamá y en míster George, y en cómo vivían hacía menos de un año, cuando se encontraban allá donde estaba el océano y ella jugaba todo el día en la arena, mientras la tos de mamá empeoraba día tras día, y míster George se volvía triste y callado, y el viento parecía soplar cada vez más frío hasta que los despidió para aquí, a esta casa de la calle Elm, donde había nacido mamá. 

Parecía haber pasado tiempo, mucho, muchísimo tiempo. El tiempo parecía extenderse hasta enormes lejanías a ambos lados de ella, y se sentía perdida, extraviada lejos de mamá y míster George; y la playa arenosa y los trenes —¡tantos trenes!—, y los extraños y pequeños carruajes de aquellos lugares del otro lado del océano, y los barcos, y...

Pero ahora le venía el sueño, y alguien entró por la puerta y se inclinó sobre ella y le susurró:

—Duérmete ya, Priscilla.

—Está bien, míster George —respondió ella.

Por la mañana, Priscilla, que se levantaba con el sol, cogió a Celine, la mayor, en edad, de sus muñecas, que era su favorita porque vino de Arles, donde la compraron mamá y míster George, que habían abandonado París para pasar unas deliciosas vacaciones en dicha ciudad, y se fue a jugar en el pabellón del té del extremo del jardín, y se sentó a la sombra fresca de las hayas que se inclinaban sobre aquel refugio. 

Mucho antes de que ninguna otra persona de la casa hubiera abandonado el lecho, Priscilla había llegado a puerto con Celine. Tenía la costumbre de sostener largas conversaciones con Celine, una muñeca descarada y curiosa a la vez, con un aire exótico y raro, y, en momentos delicados, no demasiado locuaz, diciendo siempre lo más justo y acertado.

Esta mañana Celine estaba sentada en su sitio habitual, enfrente de Priscilla, quien iba disponiendo lo necesario para el té mientras iba hablando. ¿Había pasado una buena noche Celine, o acaso volvía a tener las piernas cruzadas bajo el cuerpo? ¿Preferiría Celine azúcar o limón en el té, o ambas cosas a la vez, o acaso le gustara más beberlo, como se debe, sin nada en absoluto? 

Los pájaros cantaban, porque el jardín rodeado de árboles era como un oasis en el centro de la ciudad, y siete manzanas de casas significaban ya un largo vuelo hasta los árboles del cementerio; de manera que iban y venían todo el día entero, y emitían unos ruidos íntimos en los matorrales que rodeaban el pabelloncito del té.

Celine le respondía con mucho tino.

Pero esta mañana se le notaba algo raro a la muñeca, y al poco rato Priscilla empezó a mirarla como con unos ojos nuevos. Se le antojaba que Celine hacía un gran esfuerzo por decirle algo, una cosa suya propia, que no había salido primero de ella misma, de Priscilla.

—Ten cuidado —parecía decirle—. Vigila.

Tan real parecía la voz de Celine, que Priscilla miró a su alrededor, momentáneamente alarmada. Pero no había nadie.

—¿De quién he de tener cuidado? —preguntó en un susurro.

—¡De ellos! —respondió Celine. «¡Pero qué voz tan rara para una muñeca!», pensó Priscilla.

Luego miró muy disimuladamente a todo su entorno, hacia todos los costados de la casita del té. ¡Conocía aquella voz! Sí, la conocía, ciertamente. Era la de míster George... y entraba muy en su modo de ser el fingir que se trataba de la voz de Celine.

La niña se puso a palmear y gritó alegremente:

—¡Salga, salga de donde sea que esté, míster George!

No salió nadie.

—Por favor, míster George.

Una paloma de luto arrullaba.

—No me atormente.

Nadie respondió.

La niña miró a Celine; pero la muñeca seguía tan tranquila como siempre. Priscilla volvió la cabeza para mirar a lo lejos.

—Vigila —repitió Celine, con la voz de míster George.

La niña dio media vuelta, mirando hacia todas partes.

—Le encontraré —gritó—. ¡Sí, sí, le encontraré! —Y se lanzó hacia las matas, atisbando en esta dirección y en la otra, con tal violencia que los pájaros se quedaban mudos, salvo por un arrendajo azul que lanzaba gritos de advertencia contra aquella niña que invadía todos los rincones del jardín.

—¿Qué diablos hace aquella niña? —inquirió Adelaide desde la ventana.

—¿Qué? —preguntó Virginia, embutiéndose dentro del anticuado vestido, delante del espejo.

—Pues, que no para de correr y correr alrededor de la casita del té. Parece como si buscara algo. O a alguien.

—Las niñas tienen, a veces, compañeras de juego imaginarias.

—Es una idea loca, Ginny. ¡Pero se me ha ocurrido!

Virginia la miró. A veces aquella cabeza excesivamente grande sobre aquel cuerpo bajo y delgado producía una idea meritoria, a juicio de Virginia.

—¿De qué se trata ahora, Addie?

Adelaide la miró entornando los ojos.

—¿Supones que sería posible... hacerla declarar..., pues, no exactamente loca, sino...?

—Oh, no; no serviría. Hay muchísimos otros medios. Un veneno lento, por ejemplo.

—No seas grosera, Virginia —dijo Laban desde el umbral—. Por amor de Dios, ¿no vamos a desayunar? Si os empeñáis en despedir a la cocinera, ha de haber alguien en esta casa dispuesto a encargarse de las tareas ordinarias.

—Ya vamos —respondió Virginia—. ¿Ves lo que está haciendo Priscilla?

Laban fue hacia la ventana y miró al exterior. Al cabo de un rato, dijo:

—Parece estar conversando.

—Ah, sí, con la muñeca. Ya me fijé —dijo Virginia.

—No, no es con la muñeca.

—¿No? ¿Está sola?

—Sí. Está de espaldas a la muñeca, ni siquiera la mira.

—Adelaide, ¿quieres ir a llamarla para el desayuno? —dijo Virginia, volviéndose. Y cuando Adelaide estuvo fuera, reprendió a Laban—: No me gusta que me llamen «grosera», Laban.

El hombre se encogió de hombros. Había estado pensando en lo que podía heredar si le ocurría algo a Priscilla; Virginia había sembrado en terreno fértil.

—Pues, no lo seas —replicó—. ¿Qué crees que pensaría la gente si la niña muriese así? Al fin y al cabo, las cláusulas del testamento de Cissie no son un secreto hermético. La gente se formularía preguntas. Finalmente, el veneno se puede detectar... hasta el más desconocido. Del cual tú no dispondrías, a fin de cuentas.

—Si eres capaz de idear algo mejor, ¿por qué no lo imaginas?

—Tendría que sufrir algún accidente, o algo que lo pareciese, al menos. Hace unos días leí algo en el Sun acerca de un accidente que les costó la vida a dos niños. Jugaban en el ático, y se encerraron ellos mismos dentro de un baúl. Murieron asfixiados. Es una cosa que podría ocurrir fácilmente, ya sabes. ¿Quién podría demostrar lo contrario? En cambio, el veneno implica ciertos factores químicos y fisiológicos a los que no se puede hacer contar una versión distinta de los hechos verdaderos.

Adelaide regresó con la respiración bastante alterada.

—Compañeros de juego imaginarios, ¿no? La niña dice que George está ahí fuera, en alguna parte, escondiéndose de ella. Dice que ha hablado con ella.

Virginia sonrió.

—Eso equivale a plasmar su deseo más íntimo en una fantasía que pueda vivir. Es el colmo de la imaginación. ¿Qué le ha dicho George?

—No me lo ha contado.

—¿Está Priscilla aquí ya?

—Ahora viene.

—Veremos.

Priscilla entró y se sentó a la mesa. Todavía no estaba puesta. La niña aguardó, fijándose en aquellas tres personas: tío Laban, gordo, con aire jovial, excepto por la boca, blanda y carnosa, y los ojos, pequeños y negros; tía Adelaide, con su grotesca cabezota, tan pesada que siempre se le balanceaba un poco; tía Virginia con la delgada línea de la boca y los duros ojos azules. 

Todos vestían de negro: Adelaide con tela de tafetán; Virginia, de brocado, y Laban, de paño fino. En este momento los tres estaban ocupados, cada uno a su manera: Laban con el periódico de la mañana, Adelaide correteando para poner la mesa, Virginia preparando el desayuno.

A Priscilla le resultaba difícil permanecer quieta en la silla, porque estaba convencida de que míster George se había deslizado dentro de la casa junto con ella y en aquellos mismos instantes estaba escondido en algún punto de la habitación. 

Los ojos de la niña saltaban inquisitivamente para este lado y para el otro; Priscilla esperaba que, en cualquier momento, míster George saldría de su escondite. Pero no sucedió nada, y entretanto Adelaide había traído todos los platos y al final vinieron ella y Virginia trayendo huevos, tocino y tostadas, y un vaso de leche para Priscilla. Todos se sentaron, y Laban dejó el periódico.

—¿Con quién hablabas en el pabellón del té, Priscilla? —preguntó Virginia.

—Con Celine —contestó Priscilla, sin apartar los labios del vaso de leche, que había empezado a beberse.

—¿Con quién más? —preguntó Laban. No hubo respuesta.

—¿Con quién más?, te he preguntado.

Priscilla movió la cabeza negativamente.

—A mí me lo has dicho —recordó Adelaide.

—Con míster George —dijo Priscilla.

—¡Vaya! ¿Andrés qué te ha dicho? —preguntó Virginia.

Priscilla volvió a menear la cabeza.

—Contéstame.

La niña continuó en silencio. Virginia se dirigió a los otros:

—Ya veis, es imaginación.

—Regresó anoche. Yo se lo pedí —explicó la niña.

Adelaide soltó una risita, Virginia le dirigió una mirada rápida, enojada. Laban carraspeó y fijó la atención en el tocino y los huevos.

Nadie preguntó nada más. Cada uno se absorbía en sus propios pensamientos. Priscilla continuaba esperando, secretamente, que míster George apareciese de pronto y los dejase sorprendidos a todos. Adelaide pensaba en la habilidad que tienen los niños para jugar solos. Virginia contemplaba el cuadro de ellos tres solos en la casa —su casa— sin Priscilla. 

Laban pensaba que no convenía retrasar las cosas; los accidentes no aguardaban el momento oportuno. Además, la idea de poder disponer de cien mil dólares completamente suyos para hacer con ellos lo que mejor le pareciera había crecido desmesuradamente y ahora se levantaba delante de los ojos de su imaginación como una montaña inmensa de libertad condensada, abriéndole el mundo como nunca lo hubiera tenido abierto. Mientras se terminaba el desayuno, miraba a Priscilla, que también había terminado ya, y le sonreía.

—¿Adónde se ha ido George? —preguntó.

La niña quedó desarmada.

—Creo que está escondido.

—Apuesto a que sé dónde se esconde —continuó Laban—. ¿Quieres que vayamos a verlo?

—Oh, sí, quiero.

Laban apartó la silla y se levantó.

—Ven, pues.

—Dispénsenme —dijo Priscilla a las dos mujeres.

Salieron al vestíbulo, Priscilla cogida de la mano del hombre.

—Sé exactamente dónde ha de estar —decía Laban, conduciéndola hacia las escaleras.

—¿Arriba?

—En el ático. Aquello está oscuro.

Para Laban, las tinieblas del ático se resolvían en una especie de embudo en la salida del cual se levantaba el baúl de marinero, medio vacío, no lejos de la cima de las escaleras. Tío Laban empezó a recorrer el borde exterior del embudo, moviendo objetos y mirando detrás de ellos. Priscilla corría de acá para allá; pero a cada pocos segundos se paraba y le preguntaba insistentemente a la enmohecida media luz:

—¿Míster George?

—Le encontraremos —contestaba cada vez Laban, con nerviosa cordialidad. Tenía las manos pegajosas, un sudor frío le cubría la frente cada vez más a medida que se iban acercando al baúl.

El baúl era grande y muy pesado; una vez dentro, a Priscilla le sería completamente imposible levantar la tapa, aun en el caso de que el broche no quedara cerrado. Toda la oscuridad del ático, que era grande y llegaba hasta las mansardas de la vieja casa, parecía converger sobre el baúl. Dos veces Priscilla se detuvo casi a su vera.

—No está aquí —dijo al final.

—Apuesto a que sí —aseguró Laban—. Hay un sitio más, bastante grande para esconderle. Ahí mismo.

Laban se inclinó y levantó la pesada tapa. El baúl era tan profundo que Priscilla casi habría cabido dentro, de pie, si bien las cosas que contenía disminuían un poco esta profundidad. El hombre miraba a la niña por el rabillo del ojo. Priscilla parecía como hipnotizada, puesta casi de puntillas para contemplar la oscura barriga de aquel mueble.

—Eso está demasiado oscuro para que yo pueda verle, aunque estuviera aquí —dijo Laban—. Acaso se haya escondido debajo de la ropa. Métete dentro y búscale.

La niña dio dos pasos adelante; pero oyó que alguien le decía:

—No, Priscilla.

—¡Oh! —exclamó palmeteando—. ¡Es míster George!

—¿Qué? —Laban preguntó, sobresaltado.

—Está aquí, por alguna parte. Le he oído.

Laban la miraba, pasmado y maravillado por la singular imaginación de la niña. Luego dijo:

—Apuesto a que está escondido debajo de esas ropas. Métete dentro y sorpréndele, Pris.

La niña meneó la cabeza negativamente.

—Míster George me dice que no me meta.

Una especie de exasperación se apoderaba del tío Laban, que se arrodilló al lado del baúl.

—Mira —dijo—, yo levantaré la tapa. —Y empujó un grueso libro, verticalmente, entre la tapa y el baúl—. Yo estaré aquí, por si sale.

Priscilla meneó la cabeza.

—Mire usted —dijo.

Laban cavilaba febrilmente. Si lograba persuadir a la niña de que se colocara a su lado, le sería muy fácil hacerla caer dentro del baúl, sin necesidad de forcejeos que luego pudieran mostrar una magulladura en la delicada carne.

—Ven y ayúdame —dijo, inclinándose para atisbar en la oscuridad.

Priscilla se acercó.

Pero cuando ya casi estaba junto a él, algo la detuvo, una cosa que parecía una mano invisible que la sujetara por la espalda. Una cosa alta y negra tomó forma —una forma oscura— al lado del hombre que esperaba, arrodillado, a la niña; una cosa que se inclinó y sacó el libro que sostenía la tapa del baúl; una cosa que empujó la tapa para abajo con poderoso impacto, sobre el cuello de Laban Leckett.

El sujeto cogido en la trampa emitió un grito ahogado, se encorvó horriblemente y quedó inerte, después de patalear un poco.

—Vete, Priscilla. Vete abajo, ahora.

—Sí, míster George.

Priscilla salió, obedientemente, del ático, bajó las escaleras y volvió a la casita del té, donde se sentó y se lo contó todo, muy animada, a Celine.

Virginia estaba junto a la ventana, mirando al exterior con los ojos entornados y una sonrisa de mofa en la cara.

—Lo sabía —comentó volviendo un poco la cabeza hacia Adelaide—. Laban nunca ha sido un hombre de verdad. Le ha faltado valor.

Al día siguiente del entierro, Laura Craig vino de visita. Lo mismo que las hermanas Leckett, Laura Craig tenía unos cincuenta años y pico; pero parecía muchísimo más joven. Vestía bien, pues tenía dinero y sabía gastarlo, bien enterada de que el dinero es un medio y no un fin en sí mismo. Había sido una auténtica belleza, y seguía siendo guapa de verdad; en aspecto y figura había una diferencia como de la noche al día entre ella y sus anfitrionas; porque Laura era una fiesta de color y de joyas, contrastando con la vulgaridad casi ofensiva de las otras.

—He quedado muy sorprendida al leer lo de Laban —dijo sin preámbulos—. Lo he leído esta misma mañana. Estuve en Connecticut y lamento no haber podido asistir a los funerales. Pero ¿cómo pudo suceder una cosa así?

—La tapa del baúl pesaba mucho —dijo Virginia, apresurándose a dar la explicación antes de que Adelaide pudiera despegar los labios—. Supongo que Laban fue descuidado.

—¡Qué espantoso! —exclamó Laura—. Pero ¿qué estaba buscando?

Virginia encogió los hombros y enarcó las cejas.

—Algo de nuestro padre, pensamos —dijo Adelaide—. Era el baúl de nuestro padre, ¿sabes? La última vez que prestó servicio fue cuando nuestro padre visitó la Exposición de St. Louis.

—Encontramos al pobre Laban por pura casualidad —añadió Virginia—. Por fin notamos su ausencia, y nos pusimos a buscarle. Hacía mucho rato que había fallecido. Daba horror..., la tapa del baúl había caído con tanta fuerza que casi le cortó la cabeza. Hemos destruido el baúl, naturalmente.

—Me lo figuro —dijo Laura.

La conversación derivó muy cortésmente hacia Priscilla, y al poco rato la propia Priscilla bajaba hasta la puerta de reja con Laura Craig, a la cual también llamaba «tía». Las hermanas Leckett permanecían detrás de las cortinas de las ventanas para asegurarse de que Priscilla no se entretuviera demasiado rato con aquella mujer, que, sabían ellas, había venido primordialmente a comprobar si la niña estaba bien.

—Confiemos que no le contará nada de sus absurdas fantasías —dijo Virginia con tono acerbo.

—Tú le prohibiste que las mencionara nunca más.

—Oh, sí, ya lo sé... Pero los niños no hacen caso de las prohibiciones. ¿Olvidará algún día a George Newell? Me gustaría saberlo.

—Poco importa que lo olvide, o que no —dijo Adelaide, riendo entre dientes.

—Silencio, Adelaide. —Virginia suspiró—. ¿Qué pudo suceder allá arriba? ¡Laban nunca fue descuidado!

—Ya sabes qué dijo la niña.

—¡Bah, Addie! ¡Un fárrago de sombras y George y tonterías! ¿Crees de veras que George ronda por la casa? ¡Vaya cuento ridículo!

Adelaide resopló un poco y se apartó de la ventana.

—De todos modos, no puede negarse que la muerte de Laban aumenta en cincuenta mil dólares la fortuna de cada una de nosotras... Después de Priscilla, claro está.

—¿Cómo puedes decir una cosa así, Addie? —reprendió vivamente Virginia.

Adelaide se volvió.

—¿Que cómo puedo decir qué?

—Lo que acabas de decir sobre la muerte de Laban.

—Yo no he dicho nada sobre la muerte de Laban.

Virginia se volvió, irritada.

—¡Vaya, Addie! Lo he oído yo. No quieras negarlo.

—¿Has perdido el seso, Ginny? No he despegado los labios. ¿Qué has imaginado que oías ahora?

—Has dicho que la muerte de Laban aumenta en cincuenta mil dólares la fortuna de cada una de nosotras.

—¡Jamás dije nada semejante!

—¡Que sí!

—¡Que no! En todo caso, esa idea se te habría ocurrido a ti mucho antes de que yo la hubiera soñado siquiera. —Con aire meditativo, añadió—: Sin embargo, es cierto, ¿verdad que sí?

Virginia no dijo nada. Algo le roía continuamente la conciencia, y era el saber que si le pasaba algo a Adelaide antes de fallecer Priscilla, ella, Virginia, heredaría los trescientos mil dólares, sin necesidad de repartírselos con nadie. Un poco trastornada, se olvidó de Priscilla y Laura Craig, que recibían el sol de la tarde junto a la puerta de entrada y se apartó de la ventana. Estaba prendida en una red de codicia y deseos contrapuestos.

La rama del cedro golpeaba la pared de la casa una vez por cada cinco tictacs del viejo reloj del vestíbulo. Priscilla contaba en la oscuridad y comunicaba sus hallazgos a Celine, a quien había permitido, aquella noche, que compartiese su cama. A continuación se puso a contar las veces que el grifo dejaba caer una gota. Aunque descubrió que le resultaba casi imposible, porque el ruido de las gotas al caer nunca era demasiado claro ni seguro. 

Además, se oían otros sonidos vivos en las tinieblas de la antigua casona. El postigo del ático había quedado suelto; crujía y daba golpes, empujado por el viento. Algo se escabulló por el vestíbulo. Priscilla comprendió que era, nuevamente, tía Adelaide; al cabo de unos momentos las voces de las dos hermanas formaban un murmullo que se sumaba a las otras voces de la noche.

En el cuarto de su hermana, Adelaide se acercaba con paso nervioso al lecho.

—Es inútil que me digas que me ha engañado la imaginación, Virginia. Sé que he visto algo. Esta ha sido la tercera vez, y nunca oí decir que las alucinaciones vinieran de tres en tres.

—¿Y qué ha sido esta vez? Prueba de expresarte de un modo coherente, Addie.

—Una sombra en el vestíbulo, en la cima de las escaleras.

—Si no estuvieras tan pagada de tus ojos, creo que un oculista y unas gafas eliminarían la sombra.

—Yo estaba quieta. La sombra se movía. Era un hombre. —Ahora las palabras le salían más aprisa—. ¿Piensas que yo quería verle? ¿Lo piensas? ¡Porque si lo piensas, estás loca! Quiero marcharme de esta casa. ¡La odio! La he odiado toda la vida..., desde que tuvimos que venir a vivir en ella como «invitadas» de Cissie.

—También la odio yo. Ten paciencia, nada más, Addie. Se necesita tiempo.

—¡Sí, siempre esperando! —Se volvió y se inclinó sobre Virginia, y bajó la voz instintivamente—. Se me ha ocurrido una cosa. Ya sabes lo que decía Laban de los accidentes. Me he fijado en cómo se columpia. Es un columpio terriblemente pesado, y cuando George se lo construyó reforzó el asiento de roble con hierro. Si ella saltara demasiado pronto y no se apartase con bastante presteza... y si el columpio le diera un golpe... Yo creo que podría suceder.

—O se podría hacer de modo que sucediera —añadió en voz baja Virginia—. Piensa en esto ahora, Addie, y no en absurdas alucinaciones. Y, por amor de Dios, no digas a nadie que te parece ver hombres en las escaleras... ¡Ya sabes lo que pensaría la gente!

El reloj del abuelo Dedman decía:

—Pris-sie, Pris-sie, Pris-sie. Duér-me-te ya, Pris-sie. —Esta vez la rama de cedro llamó en la palabra «duerme».

Priscilla se metió más adentro de las sábanas y se volvió hacia Celine.

—¿Tienes sueño, Celine? —le preguntó.

Celine, siempre complaciente, hizo un signo negativo.

Tía Adelaide volvía a cruzar sigilosamente el vestíbulo, de regreso a su habitación. Priscilla sabía que sus tías tenían que explicarse cosas que no querían que ella oyera. A veces se preguntaba de qué podrían estar hablando; pero no le importaba que la ignorasen. Tampoco le importaba que escucharan las conversaciones que sostenía con Celine. O con míster George.

La niña se incorporó sobre los codos y fijó la mirada en la oscuridad del cuarto. Del exterior entraba muy poca luz; los espesos árboles cerraban el paso a todos los rayos de la farola de la calle, excepto a dos, pequeñitos. Uno de estos dos daba sobre la pared de enfrente, cerca de la puerta; el otro hería el espejo, donde se reflejaba como una confusa abertura hacia otro mundo remoto donde reinaba el día.

—Míster George, ¿está aquí? —susurróle a la oscuridad.

—Sí, Priscilla.

La respuesta venía, al parecer, de todo su alrededor y de dentro de ella misma a la vez. La niña no la ponía en duda.

—Por favor, venga a un sitio donde pueda verle.

Una parte de las tinieblas de junto a la puerta se separó y se deslizó hacia la cama; aquella sombra cruzó la luz, pero no cerró su paso hacia el espejo ni hacia la puerta; no proyectaba sombra alguna porque ella era, precisamente, una sombra. Luego se detuvo sobre la cama, se condensó sobre un costado de la misma y se sentó allí. Priscilla no veía nada raro en ello. Se sentía reconfortada.

—Dale las buenas noches a míster George, Celine —pidió.

Envuelta en su bata, Laura Craig escribía al hermano de George Newell, que vivía en Londres, a hora muy avanzada y estando todo en silencio, excepto por el zumbido de vida de la ciudad, el vasto rugido subterráneo, sofocado por la noche, el susurro de millones de criaturas caminando inexorablemente del nacimiento hacia la muerte, como el sonido del girar de la Tierra. Escribía aprisa. Las palabras le salían con facilidad, porque las llevaba encerradas dentro desde hacía tiempo...

«...Creo que no cabe la menor duda y que Priscilla es hija de George. Tiene su misma expresión en los ojos; un detalle que no se notaba hace poco tiempo, pero que ahora se va acentuando. Y piensa continua, obsesionadamente en él. No sé si eso es bueno. Me figuro que George pensaría que no, si siguiera con vida. Aunque le tenía una devoción total a la niña, como tú sabes, muchos creíamos que era por Cissie y su lenta agonía. Lo que realmente importa, creo yo, es que hay que hallar la manera de separar a Priscilla de los Leckett. 

Pertenecen, indiscutiblemente, al siglo diecinueve, y llevan esa clase de vida represiva que resulta en verdad más perversa y peor que el desenfreno descarado. Quiero decir que, en realidad, siempre les irritó la compasión que inspiraban a Cissie, así como sus bondades, que nunca merecieron. Su compañía no le conviene a Priscilla, aunque encontré a la niña notablemente segura de sí misma, lo cual se deberá probablemente a que la dejan sola a su antojo continuamente. Lo cual tampoco es bueno, y creo que a ti tampoco te lo parecerá. 

La niña ha tenido tiempo para forjarse las más extrañas fantasías. Por ejemplo, está convencida de que George se encuentra todavía en la casa. Dice que George empujó la tapa del baúl sobre el cuello de Laban. Eso es absurdo, por supuesto, es la fantasía más loca de todas las fantasías..., aunque por lo que yo sé dicha tapa causó más destrozos en el cuello de Laban de los que hubiera debido causar si hubiese caído por su propio peso. 

Hay algo muy raro en todo esto, y no te sorprenderá nada el saber que he empezado a plantearme algunas preguntas sobre la defunción de George, además. Al fin y al cabo no tenía el corazón tan mal. Yo le vi tres días antes de su muerte, y me dijo que su estado parecía haber mejorado bastante con la vida sedentaria. Debo confesar que los Leckett me causan la peor impresión que puedas imaginarte: los considero egoístas, avaros, perezosos y malos; en fin, una gente que detrás de su respetabilidad, a la antigua usanza, son capaces de cualquier cosa, de todo...»

El verano iba transcurriendo, y como se hacía cada vez más bochornoso, Priscilla pasaba más tiempo en el patio. Por la mañana, su rutina continuaba inalterable. Bajaba a la casa del té antes del desayuno y volvía a ella después de desayunar. A veces recibía billetitos y regalos de Laura Craig, y a continuación tía Virginia y tía Adelaide la fastidiaban a preguntas. 

La niña no podía saber que las dos mujeres estaban ansiosas por enterarse de si le había contado algo a Laura Craig, y como no entendía el verdadero blanco al que apuntaban las preguntas, no las contestaba bien. Inconscientemente, desplegaba un juego de esgrima con ellas, las esquivaba. Aunque no lo comprendiese, tenía conciencia de la aversión que inspiraba a las dos hermanas; pero esto no la inquietaba, con tal de que no le infligieran otro castigo que la mala fe de sus palabras o su comportamiento con ella.

Por las tardes trabajaba en el jardincito particular que las mujeres le habían permitido conservar en un rincón. Más tarde se retiraba a la parte umbría del prado cerrado donde el columpio colgaba de una rama de una encina añosa. Era capaz de pasarse horas enteras columpiándose. 

Desde la cima del arco que describía, podía contemplar la calle y, de vez en cuando, veía pasar el tranvía. El columpiarse le daba una sensación de libertad salvaje, le hacía creer que se había escapado, lejos de aquella casa y aquellas mujeres, que había regresado a un mundo de árboles verdes, sol y pájaros, similar al tiempo dichoso que había pasado en París y en Sorrento, y en las playas de Florida, cuando todavía estaban juntos los tres: mamá, míster George y ella. 

Nunca se cansaba de darse impulso con las regordetas piernas hasta que alcanzaba la altura necesaria para mirar, y le alegraba que nadie le dijera nunca que ya había bastante. Incluso, de vez en cuando, tía Adelaide venía a empujarla, y así todavía resultaba mejor.

Aquella tarde de agosto tía Adelaide volvió a salir.

—Hoy saltaré de más alto aún —dijo Priscilla.

Incitada por tía Adelaide, había aprendido lo divertido que era saltar del columpio en marcha, para volar por el aire, podríamos decir, bajo su propio impulso.

Tía Adelaide sonreía.

Era un día nublado; la lluvia parecía inminente. Los pájaros permanecían quietos, callados, y Celine continuaba sentada a sus anchas, y olvidada, en la casita del té. No hacía viento, y las hojas de la encina descendían, cargadas de un olor penetrante sobre aquel rincón del prado, escondiendo la mayor parte del cielo y protegiéndolas de los ojos curiosos de los vecinos.

—Saltaré desde allá arriba —decía Priscilla.

—No, es demasiado alto.

—Puedo hacerlo, tía Adelaide.

—No, Priscilla, es demasiado alto. Podrías romperte una pierna u otra cosa. Piensa, son casi dos metros de altura.

Priscilla insistía:

—Sí, sí, puedo saltar desde tan alto.

—No —dijo tía Adelaide secamente—. Sólo puedes saltar de una altura así.

—Pues la última vez salté desde allá arriba.

—Es igual, con lo que yo te digo hay bastante.

Adelaide lo había calculado detenidamente. Priscilla saltaba como agachándose; luego se erguía, se volvía y echaba a correr para subir de nuevo al columpio. Si en esta carrera de regreso se la detenía en el punto preciso y se la distraía, llamándole la atención sobre otra cosa, el columpio le daría un golpe mortal en la nuca. 

Precisamente porque la niña le recordaba a Cissie, a quien de pequeña había envidiado siempre por su hermosura, tan en contraste con la cabezota demasiado grande que ella tenía, Adelaide odiaba a Priscilla, y le parecía que lo más importante del mundo era desfigurar aquella cabecita adorable, porque así, en cierto modo, sería como si desfigurase la cabeza, más bonita aún, que tenía Cissie. Oscuramente, lograría una especie de compensación por la anormalidad de la suya propia. Para ella esto importaba mucho más que el dinero, en el que tanto soñaba Virginia.

—Al menos para empezar, ya es bastante alto —corrigió tía Adelaide.

—Saltaré más tarde, pues.

—Veremos. Vamos, sube.

Priscilla subió al columpio y Adelaide se puso a empujarla lenta, pero continuamente. El arco del columpio aumentaba. Ahora Priscilla podía ver ya lo más alto de la pared; ahora ya podía mirar por encima; ahora se hallaba arriba, en medio del aire de agosto, casi rozando las hojas, inhalando profundamente el aroma del árbol cada vez que llegaba bajo sus hojas. 

Y el tranvía iba viniendo, clanc-clanc por la esquina y se acercaba a la casa, y Priscilla podía verlo desde los dos extremos del arco. Siempre tenía la esperanza de que el cobrador la vería a ella, para poder saludarlo con la mano; pero nunca la vio. Había demasiado espesor de ramas y hojas, y el hombre no solía levantar la vista de los raíles. Adelaide dejó de empujarla y retrocedió un par de pasos.

—Ahora quédate sentada —dijo.

—Ya lo estoy —respondió Priscilla.

El columpio empezó a perder fuerza; el arco disminuía. Priscilla bajaba de aquel cielo de follaje, bajaba del paraíso un poco más cada vez. Priscilla se alejaba de un pájaro, un cardenal, que cantaba arriba en la encina, de regreso hacia tía Adelaide, que esperaba para coger el columpio apenas hubiera saltado.

—Voy a saltar ahora.

—Todavía no.

Esperó un momento.

—Ahora, pues.

—Todavía no.

La niña aguardó un poco más y el columpio trazó otro pequeño arco descendente.

—Ahora —dijo Priscilla, y saltó, levantando los brazos como un pájaro y volando hacia el suelo como un pajarillo blanco. Aterrizó con las piernas elásticamente dobladas y se enderezó de un salto.

—¡Oh, qué divertido! —gritó, volviéndose para correr hacia tía Adelaide, que continuaba quieta, sosteniendo el columpio con la mano muy por encima de la cabeza.

—¡Oh, mira..., un cardenal! —gritó tía Adelaide, señalando en dirección a la pared.

Priscilla se paró y se volvió prestamente.

Tía Adelaide tiró del pesado columpio con toda su fuerza. La curva salía matemática; el columpio golpearía a la niña en el occipucio inmediatamente después de haber llegado al punto más bajo del arco, y aplastaría y destrozaría para siempre aquella hermosa cabecita tan parecida a la de Cissie, aquella cabeza tan bella comparada con la suya propia. La mujer dio dos pasos al frente, con el fingido grito de horror iniciándose ya en su garganta... y tartamudeó.

El columpio se detuvo a un centímetro de la cabeza de la niña.

Cogido en una oscura, oscilante sombra que parecía pender del árbol, el columpio se levantó rápidamente y desapareció en la copa de la encina. Luego volvió a salir, descendiendo con fuerza y rapidez increíbles, apartado de Priscilla, derechamente hacia Adelaide, la cual se quedó paralizada por el miedo en plena trayectoria de aquella especie de proyectil. La pesada tabla reforzada con hierro chocó contra la sien de la mujer, la cual cayó al suelo sin despegar los labios, mientras la niña seguía buscando al pájaro en vano con la mirada.

Priscilla dio media vuelta y vio a la mujer caída allí.

—¡Tía Adelaide! —gritó.

Tía Virginia salió de la casa y vino gritando:

—¡Addie! ¡Addie!

—Vete a tu cuarto, Priscilla. —La voz que daba esta orden venía en un susurro de las hojas de la encina, movidas por el viento que se estaba levantando; manaba del umbrío corazón del árbol y descendía alrededor de Priscilla como una capa, para esconder de su vista la destrozada cabeza y la sangre del suelo, así como la figura de tía Virginia, arrodillándose como loca junto al cadáver de Adelaide.

—Está bien, míster George —contestó Priscilla.

Cuando la niña estaba acostada ya, tía Virginia entró en la habitación. Se acercó y se sentó en el borde de la cama, a su lado. El empresario de pompas fúnebres había venido y se había marchado hacía largo rato, y unos periodistas habían venido y se habían marchado también.

—Cuéntame cómo ha sido, Priscilla.

—No lo sé.

—¿Por qué eres tan terca?

—No lo sé. Ella me ha dicho que mirase el cardenal. Yo he probado de verle; pero no he podido. Cuando me he vuelto, ya estaba en el suelo.

—¿Y qué más?

—Nada, excepto que míster George me ha dicho que me fuese a mi cuarto.

—¿George?

—Sí.

—¿Le has visto?

—No.

—¿No qué?

—No, tía Virginia.

—¿Cómo sabes que era George?

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Le he oído. —Hablaba en tono resentido, sin comprender por qué tía Virginia insistía de aquella manera—. Además, míster George me habla todas las noches, antes de dormirme.

Tía Virginia estaba pálida y sombría. Una comisura de los labios se le contraía nerviosamente; los ojos se le entornaban. Las manos, cerradas, reposaban sobre las rodillas. En lo más profundo de su ser albergaba un miedo que la hacía temblar, una certidumbre insistente que ella rechazaba con feroz decisión.

—Eres una niña mala —exclamó—. ¿Qué te dice?

Priscilla, ofendida, movió la cabeza negativamente.

—Respóndeme.

Priscilla no dijo nada.

—¡Priscilla!

Ninguna respuesta.

Desconcertada y colérica, Virginia se levantó y salió de la habitación. Al llegar a la puerta hizo girar el interruptor de la luz.

Priscilla esperó hasta estar segura de que tía Virginia se había marchado; luego se levantó en la oscuridad y buscó la muñeca. Se acercó de nuevo a la cama con ella y la abrigó bien. Después fue de puntillas hasta la puerta y la abrió un poquitín. 

Tía Virginia había bajado al piso inferior; al oído de Priscilla llegaba una especie de arañazo continuo. Tía Virginia estaba escribiendo algo; naturalmente, estaría anotando lo que le había pasado a Adelaide. Priscilla cerró la puerta sin ruido y volvió de puntillas a la cama, se acostó y se arrimó bien a Celine.

Todos los sonidos íntimos de la vieja casona penetraban a hurtadillas en la habitación, trayéndole sosiego. El columpiarse la cansaba siempre y, aunque aquella tarde no se hubiera columpiado tanto como de costumbre, estaba cansada igualmente. Se adormiló, pero no se durmió del todo. Aguardaba confiadamente la llegada de míster George.

Terminada la carta, Virginia Leckett apagó la lámpara y se quedó parada un momento para habituarse a la oscuridad. Luego subió las escaleras, sin luz alguna. Ante la puerta de Priscilla, se detuvo.

¿Qué era lo que se oía dentro? ¿Voces, o una sola voz?

Escuchó.

—¿Por qué no se pone nunca en un sitio donde pueda verlo mejor, míster George?

Virginia no oyó ninguna respuesta.

—¿Duerme usted ahí, junto a la puerta, míster George?

No se oyó nada.

—Está bien, míster George.

A continuación, el silencio.

Sin hacer ruido, Virginia abrió la puerta y miró adentro de la habitación. La cama era una figura espectral allá, cerca de la ventana, y la niña, un bulto oscuro en ella. En el cuarto no había sino oscuridad... y más oscuridad. ¿Era una ilusión de los sentidos aquella sombra, grande, pesada, que le parecía divisar junto a la cama? ¿Sí? ¿O no? Virginia miraba intensamente. La misma fijeza de la mirada la engañaba; los rayos de luz que venían de la calle parecían danzar; brillaban a través de la sombra apostada al costado de la cama. Virginia cerró los ojos y apretó bien los párpados; luego los abrió de pronto. Nada había cambiado.

Virginia se retiró, cerrando la puerta y apoyando la espalda contra ella.

Al cabo de un momento se dio cuenta, viva, amedrentadoramente, de una amenaza apostada al otro lado de aquella puerta, de un peligro terrible que la acechaba. Era un peligro intangible; pero tanto más espantoso a causa de esta misma intangibilidad. Virginia se apartó de la puerta y se quedó plantada en medio del vestíbulo. Virginia se dominó, con aire sombrío. Se encontraba demasiado cerca de la meta para dejarse asustar por la imaginación. Volvió junto a la puerta una vez más y la empujó con toda la longitud de su cuerpo. Al otro lado había algo, una cosa que acechaba, que esperaba. La mujer cerró los puños en un gesto de desafío y se fue a su cuarto.

Allí estuvo, sentada, largo rato, tratando de colegir qué había sido lo que se apoderó tan vivamente de su imaginación, tratando de unir, de combinar los sucesos del mundo de Priscilla, y acordándose en todo momento del hecho destacado de que ahora, muerta Adelaide, ella sería la heredera única de los trescientos mil dólares tan pronto como Priscilla falleciese. Eso significaba tener el mundo al alcance de la mano, significaba independencia, seguridad, libertad para toda la vida.

Era tarde cuando volvieron del entierro. Virginia había tenido el buen sentido económico de contratar un coche para que las llevara al cementerio; pero no para el regreso. Regresaron en tranvía. La presencia de Laura Craig en la ceremonia había irritado a Virginia, la cual ahora se mostraba desacostumbradamente seca con Priscilla. 

Reconocía que a Laura le habría gustado tener el gobierno de la niña; sabía que Laura quería de veras a la pequeña, y esto la irritaba, no por un sentimento de posesión contrariado, sino, sencillamente, porque si a Priscilla le ocurría algo, Laura Craig se encargaría de que hubiera quien empezase a formular preguntas. Era raro que no lo hubiera hecho ya en el caso de George Newell.

Cuando entró en el vestíbulo, a más de media tarde, Virginia creyó ver una persona de pie junto al comienzo de las escaleras; pero en aquel momento Priscilla echó a correr dando un leve grito, y ella la siguió con los ojos mientras la niña se dirigía hacia las escaleras y las subía. Cuando volvió a mirar al punto de antes, ya no había nada. No obstante, la atormentaba la frecuencia cada vez mayor de aquello que sólo podía ser ilusiones de los sentidos.

Fue a guardar el abrigo y el sombrero, de excelente calidad, y entró en la cocina a preparar algo para la cena. La rutinaria tarea de preparar una comida le hizo olvidar las ilusiones citadas, y sólo pensaba en cuánto debería esperar para desembarazarse de Priscilla y entrar en el mundo nuevo tanto tiempo soñado.

Priscilla entró, despojada del vestido bueno y sencillamente ataviada con uno estampado.

—¿No le ha visto, tía Virginia?

—¿A quién había de ver?

—A míster George. Cuando hemos entrado, estaba plantado ahí, realmente, de veras.

Virginia se dominó a tiempo, cuando iba a dar un cachete a la pequeña. La estuvo mirando fríamente largo rato, antes de ser capaz de tomar la palabra.

—No quiero oír ese nombre nunca más, ¿entiendes?

—Sí, tía Virginia. No es preciso que grite.

—¡Yo no grito!

Su propia voz volvía a sus oídos después de rebotar en las paredes, estridente, ronca, desagradable, hasta que el sonido disminuyó y se disolvió en el silencio de la cocina; un silencio que se levantaba como una montaña entre la niña de ojos brillantes, curiosos, y la mujer enojada y amedrentada.

Pasó el verano y vino el otoño, con las lluvias.

En octubre, Virginia Leckett ya no pudo dominarse más. Se le estaba acabando la paciencia. Hasta la necesidad de demostrar un poco de interés superficial por la niña se le antojaba cada vez más difícil, especialmente cuando se acordaba de que sólo aquella criatura se interponía entre ella y la fortuna que, por estas fechas, consideraba ya, sin el menor reparo, hubiera debido pertenecerle desde el primer momento.

Había elaborado un plan para provocar lo que había de ser un accidente fatal que sufriría Priscilla. No era un plan original. Virginia había observado que la pequeña tenía la costumbre de cruzar corriendo el vestíbulo superior y continuar corriendo por las escaleras, a pesar de ser bastante empinadas. Había de resultar tarea sencilla el colocar un alambre delgado, a unos quince centímetros del suelo, poco más o menos, en la cima de las escaleras. Y Priscilla habría de tropezar con él, forzosamente. La caída escaleras abajo quizá no la matase; pero había buenas posibilidades de que sí.

Una noche, Virginia esperó hasta que Priscilla se hubo retirado a su cuarto. Luego subió prestamente hasta la cima de las escaleras y ató el alambre a los pilares que se levantaban allí. En seguida, pasando sucesivamente los pies por encima de la trampa, bajó a toda prisa hasta el comienzo de las escaleras.

—¡Priscilla! —llamó—. ¡Baja en seguida... corriendo!

Desde donde estaba, distinguía el delgado alambre, porque se reflejaba en él un poco de luz que subía de abajo. Para Priscilla sería completamente invisible.

La puerta de la habitación de la niña se abrió.

—¿Me llamaba, tía Virginia?

—Sí. ¡Baja, rápido!

La niña echó a correr por el vestíbulo.

Virginia esperaba, boquiabierta, mirando, agitándose en su interior una especie de vehemencia animal.

Pero al llegar a la cima de las escaleras, Priscilla se detuvo. Una especie de escalofrío de horror paralizaba el cuerpo de Virginia, que veía una sombra oscura, conocida, reteniendo a la niña con un brazo tenue, mientras con el otro desataba el alambre de los pilares. Sólo cuando el alambre estuvo fuera del camino de la niña, permitió la sombra que Priscilla reanudase la marcha.

La pequeña bajó.

—¿Qué pasa, tía Virginia?

A esta se le trababa la lengua.

—Yo te he dicho... que bajaras... aprisa. ¿Qué te retuvo?

—Ha sido él.

—¿Quién?

—Usted ya sabe quién. Usted me dijo que no volviera a pronunciar nunca más su nombre.

Un áspero chorro de carcajadas brotó de los secos labios de Virginia, que se inclinó y cogió a la niña de la mano.

—Ven —dijo—. Vamos a verlo.

La mujer subía las escaleras, forzándose, empujándose a sí misma en cada peldaño, de modo que Priscilla iba siempre un poco más adelante. Fueron directamente a la habitación de la pequeña. Virginia se paró en el umbral.

—Aquí no hay nadie más que nosotras —dijo—. ¿No lo ves?

Priscilla miró hacia todas partes.

—Él sabe esconderse en cualquier sitio —aseguró.

Virginia la zarandeó.

—¿Me oyes? Aquí no hay nadie más que nosotras. Repítelo tal como lo digo yo.

—Usted me hace daño.

—¡Repítelo! —insistió Virginia con voz furiosa.

—Aquí no hay nadie más que nosotras —repitió Priscilla, asustada ya.

—En esta casa no hay nadie sino nosotras —continuó Virginia, levantando la voz—. Dilo. Vamos..., dilo.

—En esta casa no hay nadie sino nosotras —dijo Priscilla. Después de inspirar profundamente, tuvo el coraje de añadir—: Y míster George.

En un acceso de rabia y frustración, Virginia pegó a Priscilla sin misericordia, hasta que la niña se le escapó y corrió a esconderse debajo de la cama. Respirando fatigosamente, Virginia salió de la habitación, cuya puerta cerró ruidosamente, y se recostó contra ella para escuchar. A las tinieblas del vestíbulo sólo llegaban los sollozos de la niña.

—¿Estás preparada, Virginia?

La mujer se volvió prestamente.

Allí, tan cerca que casi habría podido tocarla, se elevaba una cosa oscura que le hablaba con la voz de George Newell, una horrible oscuridad con poder de percepción y sin sustancia, que exudaba una aversión bastante grande como para acelerarle el pulso en un galope de terror. La maligna sombra levantó un brazo para cogerla.

Virginia chilló y se dio a la fuga.

Corría más velozmente todavía que antes hacia las escaleras.

Entonces vio, aunque demasiado tarde, que el alambre volvía a estar en su puesto. Tropezó con él y salió despedida escaleras abajo como una muñeca de trapo, mientras la sombra se paraba a desatar nuevamente el alambre.

Después de unos momentos de incertidumbre, Priscilla fue hasta la abierta puerta del cuarto y se detuvo en el umbral.

—¿Tía Virginia? —preguntó, dirigiéndose a las tinieblas.

—Priscilla.

—Diga, míster George.

—Priscilla, vete a casa de Laura. Dile que tía Virginia ha caído por las escaleras y se ha desnucado. Ahora vivirás con Laura.

—Sí, míster George. ¿Vendrá usted también?

—No. Me marcho lejos, y esta vez para siempre. A menos que me necesites.

—¡Oh, no se vaya, míster George!

—Recoge tus cosas y vete a casa de Laura, Priscilla.

Obedientemente, la niña se volvió a su cuarto y sacó a Celine de la cama. Le puso el sombrero a la muñeca; luego se puso el suyo propio. El reloj del abuelo Dedman decía:

—Pris-sie, Pris-sie, Pris-sie. Duér-me-te ya, Pris-sie. —Y a continuación dio diez sombríos aldabonazos que se propagaron por la casa como un toque de rebato.

Priscilla salió de la habitación, bajó las escaleras y rodeó con cuidado a tía Virginia, temiendo que en cualquier instante aquella horrible masa inerte pudiera ponerse en pie bruscamente y le volviera a pegar. Al llegar a la puerta de la calle se volvió un instante y fijó una mirada valiente en la oscuridad.

—Adiós, míster George —dijo.

Creyó escuchar una respuesta; pero no estaba segura. Quizá fuera el reloj del abuelo Dedman con un último:

—Pris-sie —cargado de reproches.

La niña subió al tranvía en la esquina.

—¿Va sola, miss Priscilla? —preguntó el cobrador—. ¿A estas horas de la noche?

—Sí, señor.

—¿Se ha escapado?

—Oh, no. Tengo que trasladarme a otra parte. —Con aire grave, le dio la dirección.

—¡Caramba, eso cae por la otra parte de la ciudad! ¿En qué estará pensando aquella mujer para dejarla ir sola?

Enfadado, tocó la campanilla para detener a un taxi que pasaba, bajó del tranvía con la niña, la subió al taxi y dio instrucciones claras y concretas al taxista.

Pálido el semblante, Laura Craig escuchó el relato de Priscilla y, acto seguido, fue a descolgar el teléfono y marcó el número de la casa de los Leckett. Priscilla escuchó largo rato las llamadas del timbre. Pero, naturalmente, nadie respondía. Con lo cual comprendió que míster George también se había marchado ya, como todos los demás.