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Rincón de la poesía: La novia de Corinto - Johann Wolfgang Von Goethe

Procedente de Atenas, a Corinto
llegó un joven que nadie conocía.
Y a ver a un ciudadano dirigióse,
amigo de su padre, y dizque habían
ambos viejos la boda concertado,
tiempos atrás, del joven con la hija
que el cielo al de Corinto concediera.
 
Pero es sabido que debemos caro
pagar toda merced que nos otorguen.
Cristianos son la novia y su familia;
cual sus padres, pagano es nuestro joven.
Y toda creencia nueva, cuando surge,
cual planta venenosa, extirpar suele
aquel amor que había en los corazones.
 
Rato hacía ya que todos en la casa,
menos la madre, diéranse al reposo.
Solícita recibe aquélla al huésped
y lo lleva al salón más fastuoso.
Sin que él lo pida bríndale rumbosa
vino y manjares, exquisito todo,
y con un "buenas noches" se retira.
 
No obstante ser selecto el refrigerio,
apenas si lo prueba el invitado;
que el cansancio nos quita toda gana,
y vestido en el lecho se ha tumbado.
Ya se durmió... Pero un extraño huésped,
por la entornada puerta deslizándose,
a despertarlo de improvisto viene.
 
Abre los ojos, y al fulgor escaso
de la lámpara mira una doncella
que cauta avanza, envuelta en blancos velos;
ciñen su frente cintas aurinegras.
Al ver que la han visto
levanta asustada
una blanca mano la sierva de Cristo.
 
—¿Cómo —exclama—, acaso una extraña soy
en mi hogar, que nada del huésped me dicen?
¡Y hacen que de pronto me acometa ahora
sonrojo terrible!
Sigue reposando
en ese mi lecho,
que yo a toda prisa el campo despejo.
 
—¡Oh, no te vayas, linda joven! —ruega
el joven, que del lecho salta aprisa—.
Gusté de Baco y Ceres las ofrendas,
pero tú el amor traes, bella corintia.
¡Pálida estás del susto!
¡Ven junto a mí, y veremos
cuán benignos los dioses son y justos!
 
—¡No te acerques a mí, joven! ¡Detente!
¡Vedada tengo yo toda alegría!
Que estando enferma hizo mi madre un voto
que cumple con severa disciplina.
Naturaleza y juventud —tal dijo—,
al cielo en adelante
habrán de estarle siempre sometidas.
 
Y de los dioses el tropel confuso
de nuestro hogar al punto fue proscrito.
Sólo un Dios invisible hay en el cielo,
el que en la cruz nos redimiera, Cristo.
Sacrificios le hacemos,
mas no bueyes ni toros son las víctimas,
sino lo más preciado y más querido.
 
Pregunta el joven, ella le contesta,
y él cada frase en su interior medita
—¿Pero es posible tenga aquí delante;
solos los dos, mi bella prometida?
¡Entrégate a mis brazos sin recelo!
¡Nuestra unión, que juraron nuestros padres,
juzgar puedes por Dios ya bendecida!
 
—¡No me toques, que a Cristo por esposa
destinada me tienen! Dos hermanas
me quedan..., tuyas sean...; yo soy del claustro;
sólo te pido de esta desdichada
alguna vez te acuerdes en sus brazos,
que yo en ti pensaré mientras la tierra
tarde —no será mucho— en darme amparo!
 
—¡No! ¡A la luz de esta antorcha juraremos
cumplir de nuestros padres la promesa!
No dejaré te pierdas para el goce,
no dejaré que para mí te pierdas.
¡A la casa paterna he de llevarte!
¡Ahora mismo la fecha convengamos
en que ha nuestro himeneo de celebrarse!
 
Truecan muy luego prendas de amor fiel;
rica cadena de oro ella le entrega;
rica copa de plata de un trabajo
sin par él brinda a la sin par doncella
—Tu cadenilla no me vale;
dame mejor, amada,
un rizo de tu pelo incomparable.
 
De los fantasmas en aquel momento
suena la hora, en tanto que dichosos
ellos se sienten, y el oscuro vino
se brindan mutuamente, y con sus pálidos
labios sorbe la novia el vino rojo.
Pero el pan que con amor le ofrecen,
abstiénese —y es raro—
de probar tan siquiera un parvo trozo.
 
En cambio, al joven bríndale la copa,
que él ansioso y alegre luego apura.
¡Oh qué feliz se siente en aquel ágape!
¡De amor hambriento estaba y de ternura!
Mas, sorda a sus ruegos,
ella se resiste
hasta que él, llorando, se echa sobre el lecho.
 
Acércase ella entonces; se arrodilla.
—¡Cuánto verte sufrir me da congoja!
Pero toca mi cuerpo, y con espanto
advertirás lo que calló mi boca.
¡Cual la nieve blanca,
cual la nieve fría,
es la que elegiste por tu esposa amada!
 
Con juvenil, con amoroso fuego,
estréchala él entonces en sus brazos.
—Yo te daré calor —dice—, aunque vengas
del sepulcro que hiela con su abrazo
¡Aliento y beso cambiemos
en amorosa expansión!
¡Un volcán es ya tu pecho!
 
Préndelos el amor en firme lazo.
Lágrimas mezclan a su goce ardiente.
De un amado en la boca fuego sorbe
ella, y los dos a nada más atienden.
Con su fuego el joven
la sangre le incendia;
¡mas ningún corazón palpita en ella!
 
Por el largo pasillo, a todo esto,
la dueña de la casa se desliza;
detiénese a escuchar junto a la puerta,
y aquel raro rumor la maravilla.
Quejas y suspiros
de placer percibe;
¡los locos extremos de amor compartido!
 
Inmóvil junto al quicio permanece
la sorprendida vieja, y a su oído
llega el eco de ardientes juramentos
que su senil pudor hieren de fijo.
—¡Quieto, que el gallo cantó!
—¡Pero mañana, a la noche!...
—¡Vendré, no tengas temor!
 
No puede ya la vieja contenerse;
la harto sabida cerradura abre.
—¿Quién es la zorra —grita— en esta casa
que al extranjero así se atreve a darse?
¡Fuera de aquí, en seguida!
Mas, ¡oh, cielos!, al punto reconoce
al fulgor de la lámpara a su hija.
 
De encubrir trata el asustado joven
a su adorada con su propio velo,
o con aquel tapiz que a mano halla;
pero ella misma saca, altiva, el cuerpo.
Y con psíquica fuerza,
con un valor que asombra,
larga y lenta en el lecho se incorpora.
 
—¡Oh madre! ¡Madre! —exclama—, ¿de este modo
esta noche tan bella me amargáis?
De este mi tibio nido, mi refugios
sin pizca de piedad ¿a echarme vais?
¿Os parece poco llevarme al sepulcro
al lograr apenas la flor de mis años?
 
Mas del sepulcro mal cerrado un íntimo
impulso liberóme; que los cantos
y preces de los curas, que acatáis,
para allí retenerme fueron vanos.
Contra la juventud, ¡agua bendita
de nada sirve, madre!
¡No enfría la tierra un cuerpo en que amor arde!
 
Mi prometido fuera ya este joven
cuando aún de Venus los alegres templos
erguíanse victoriosos. ¡La palabra
rompisteis por un voto absurdo, tétrico!
Mas los dioses no escuchan
cuando frustrar la dicha de su hija
una madre cruel y loca jura.
 
Por vindicar la dicha arrebatada
la tumba abandoné, de hallar ansiosa
a ese novio perdido y la caliente
sangre del corazón sorberle toda.
Luego buscaré otro corazón juvenil,
y así todos mi sed han de extinguir.
 
—¡No vivirás, hermoso adolescente!
¡Aquí consumirás tus energías!
¡Mi cadena te di; conmigo llevo
un rizo de tu pelo en garantía!
¡Míralo bien! ¡Mañana tu cabeza
blanca estará,
y tu cara, al contrario, estará negra!
 
Ahora, mi postrer ruego, ¡oh, madre! escucha:
¡Una hoguera prepara, en ella arroja
en sus llamas descanso al que ama, ofrece!
Cuando salte la chispa y el escoldo caldee,
a los antiguos dioses tornaremos solícitas.

El pabellón del descanso - Amparo Dávila

Por más que lo intentaba no podía dejar de pensar que todo había comenzado, o se había desencadenado, con la visita de la Nena y de Billy. Angelina se había esforzado demasiado en tener la casa impecable, y todo correctamente organizado para impresionar bien al cuñado norteamericano y que él tuviera la mejor opinión de la familia de su mujer y de su casa. 

Cosas como estas son muy importantes al principio del matrimonio, y más si se toma en cuenta que Billy pertenecía, según la Nena le había platicado en sus cartas, a una familia muy distinguida, conservadora y en extremo escrupulosa, que había puesto varias objeciones al matrimonio de Billy y de la Nena, por no saber — ¡claro está!— de qué origen era la Nena, pero que finalmente había tenido que dar su consentimiento. 

Ni Angelina ni su tía pudieron asistir a la boda por encontrarse la señora muy delicada de salud en esos días, y ella no se había hecho el ánimo de dejarla enferma y sola. 

La Nena se había casado a fines del año anterior y siempre mencionaba en sus cartas lo feliz que era, la suerte que había tenido de casarse con Billy y lo orgullosa que estaba de su familia política, tan refinada y distinguida. 

Cuando anunció la Nena que vendrían Billy y ella para las vacaciones del verano tan sólo con un mes de anticipación, Angelina ya no tuvo paz. Se dedicó en cuerpo y alma al arreglo y limpieza de aquella vieja casa porfiriana que, a decir verdad, estaba muy descuidada, porque su tía hacía tiempo que ya no podía o no quería hacer nada, Julia la nana, vieja también, sólo se dedicaba a la cocina y a atender los caprichos de la señora, y Angelina, que trabajaba hasta las cinco o seis de la tarde, solamente disponía de unas horas para hacer mil cosas y entretener un poco a su tía, quien siempre se estaba lamentando de su triste vida de mujer enferma y sola. 

Comenzó bajando de los estantes todos los libros de la biblioteca y sacudiéndolos uno por uno. Quitó las cortinas de todas las habitaciones y las lavó y planchó ella misma, por temor de que si las enviaba a la lavandería a lo mejor las maltrataban o rompían, puesto que ya eran algo viejas y había que tratarlas con mucho cuidado. 

Enceró y lustró todos los pisos así como los muebles de madera. Tuvo que almidonar manteles y colchas, limpiar y pulir la plata, desempolvar los marcos de los cuadros, los muebles y las alfombras, alistó la vajilla, lavó los candiles y los espejos, y revisó tantos y tantos pequeños detalles que no se deben descuidar si uno quiere quedar bien y producir una buena impresión.

Cuando Billy y la Nena llegaron, la casa estaba reluciente. Y Angelina se sentía contenta y satisfecha. A la Nena le había sentado el matrimonio, no cabía duda; se veía tranquila y reposada. También su manera de vestir había cambiado: usaba ropa sencilla de corte clásico y de colores neutros o tonos suaves; se maquillaba con mucha discreción y había olvidado por completo las pestañas postizas, las pelucas y los trajes extravagantes que antes usaba. 

Consultaba a Billy para todo y no lo molestaba en nada. Qué gusto daba ver a la Nena convertida en una verdadera señora. Esto lo comentaron muchas veces Angelina y su tía, quien no podía creer que esa recién casada tan discreta y moderada fuera aquella muchacha tan llamativa y exagerada, que un día se fuera a trabajar a los Estados Unidos. "No cabe duda de que Billy sí ha sabido manejar a la Nena", decía la tía a cada momento; "pero ¿te fijas con qué tacto se comporta la Nena?"; "¡quién lo hubiera creído!"; "yo no me esperaba este cambio tan radical..."

Si los preparativos para la visita fueron agotadores, los días en que estuvieron Billy y la Nena resultaron exhaustivos. Billy era todo un caballero, sumamente educado, muy fino y en extremo metódico: acostumbraba desayunar a las ocho de la mañana, comer a la una en punto y cenar entre siete y media y ocho de la noche. 

Para que ese horario pudiera llevarse a cabo sin ningún tropiezo, la pobre Angelina tenía que levantarse a las seis de la mañana y dejar preparada la comida antes de irse a su trabajo. Porque la vieja Julia, muy claro había dicho que ella no se comprometía a darles de comer a esa hora y, cuando decía una cosa, así era.

A la salida del trabajo, Angelina corría al Supermercado a hacer las compras para el día siguiente y luego, a toda prisa, se ponía a preparar la cena. Después de cenar salían al cine o al teatro, visitaban a algunos amigos de la Nena o de la familia, iban a tomar una copa o, simplemente daban una suelta por la ciudad, cosa que a Billy le agradaba mucho. 

Angelina se excusaba algunas veces de no salir en la noche pero, como notara que esto molestaba a Billy, no volvió a negarse. Si se quedaban en la casa la velada transcurría platicando con la tía Carlota o viendo la televisión y así daban las doce o la una de la mañana igual que cuando salían. 

Y ella, que se levantaba tan temprano, a esa hora se encontraba totalmente rendida, muerta de sueño y de cansancio, soñando con la tibieza de su cama. Cuando por fin se acostaba, la fatiga y la tensión nerviosa le impedían conciliar el sueño, y sólo lograba dormirse casi a la hora de levantarse. 

Al sonar el despertador a las cinco y media, Angelina sentía que no tenía fuerzas para levantarse, que su cuerpo no podía más con aquel enorme esfuerzo que estaba haciendo día tras día, y sólo era su voluntad la que la hacía ponerse en pie y seguir adelante, otro día más, otro más... Así transcurrieron las tres semanas que duró la visita de la Nena y de Billy.

Cuando por fin se marcharon (y conste que Angelina adoraba a la Nena, a quien había querido siempre no como hermana menor, sino como hija, porque cuando la Nena nació y murió su madre, Angelina y la tía Carlota cuidaron a la niña que fue una muñeca de carne y hueso para Angelina quién entonces dejó de jugar con las de pasta y de celuloide. 

Angelina ya no tenía ropa que ponerse, todo le quedaba tristemente flojo, como si no fuera de ella. Había perdido peso y estaba demacrada, y aunque no le gustaba tuvo que empezar a usar un poco de rubor para disimular aquella tremenda palidez.  "Si vieras qué cansada me siento,  como si tuviera un fuerte agotamiento", le dijo varias veces a la tía Carlota. "Te aseguro que no tanto como yo", contestaba invariablemente la tía, quien no podía admitir que otra persona estuviera más enferma que ella.

"Yo, a tu edad, nunca sentí fatiga, era incansable, me movía de la mañana a la noche y como si nada; en cambio, ahora, los años, las enfermedades tan serias que he tenido, y que tengo, más bien dicho, porque lo que yo tengo sí son cosas serias y delicadas, y ya ves cómo las he soportado..." Y Angelina entonces hablaba de otra cosa, porque su tía nunca tomaría en cuenta otra enfermedad que no fuera la suya propia.

Una mañana Angelina se desmayó en la oficina al estar tomando un dictado de su jefe. Inmediatamente se la envió con el médico de la compañía, quien ordenó una serie de análisis, como es la costumbre.

—Esto es más serio de lo que yo pensaba —dijo el médico cuando Angelina le llevó los resultados del laboratorio—. ¿Qué familiares cercanos tiene usted, señorita Ruiz?, pues me gustaría hablar con alguno de ellos.

—Realmente estoy sola. Mi hermana y su esposo radican en los Estados Unidos, y la tía con quien vivo es una mujer vieja y enferma y... —estuvo a punto de decir: demasiado egoísta para preocuparse por alguien.

—Bueno, en ese caso...

—¿Qué enfermedad tengo, doctor?

—Leucemia, señorita Ruiz, lamento mucho tener que decírselo a usted.

—¿Leucemia? He oído que es una enfermedad mortal, ¿no es así, doctor?

—Bueno, sí, en general así es, pero siempre hay algo que hacer, algo que intentar y, en este caso, en que el mal no está aún en su completo desarrollo haremos todo lo que esté a nuestro alcance para detenerlo. Hablaré hoy mismo con el señor de la Garza y le haré ver la necesidad de internarla de inmediato en un sanatorio donde reciba usted toda la atención que estos casos requieren.

Angelina escuchaba lo que proponía el doctor sin decir nada, como si estuviera refiriéndose a otra persona y no a ella. Se había quedado anonadada, consternada. Así de pronto, sin preámbulos, sentenciada a muerte, a una muerte tal vez inminente. Y uno nunca está preparado para morir, menos así, cuando no se espera, y que se lo digan sin rodeos, fríamente. Salió del consultorio caminando lenta y pesadamente, agobiada por aquella fatal sentencia.

El señor de la Garza se portó maravillosamente cuando supo por el médico la gravedad del caso. Ordenó que Angelina se internara en el sanatorio Inglés a donde sólo iban los altos empleados de la compañía, y que no se escatimaran gastos en la atención de su secretaria, a quien profesaba gran afecto, porque era la secretaria más educada y eficiente que había tenido.

Cuando la tía Carlota supo que Angelina se iba a internar en el sanatorio Inglés para someterse a un tratamiento, ya que tenía una fuerte anemia, no pudo menos de comentar con su sirvienta que eso eran puras exageraciones de Angelina. "Tener anemia no es nada del otro mundo. Si Angelina tuviera todo lo que yo tengo no sé qué haría y, sin embargo, yo aquí sufriendo en silencio." Estos y otros muchos comentarios hacía a cada momento.

Angelina quedó encamada en el cuarto 253, un sábado 20 de julio. El cuarto era agradable, tenía buena temperatura, bastante luz y vista al jardín. Ella llevó solamente su radio portátil y unos cuantos libros. Y qué maravilloso fue poder permanecer todo el día en una cama tibia, amable, sin tener que hacer aquellos tremendos esfuerzos para levantarse diariamente, ir al trabajo, al supermercado, correr de un lado a otro y atender a todos los caprichos y necedades de la tía Carlota. 

Poder estar en silencio, pensando, sin oír gritos ni lamentaciones: "es tan triste la vida cuando se está vieja y enferma, todo el mundo se cansa de uno, nadie se preocupa por mí, soy un estorbo, ya no sirvo para nada..." Poder contemplar el cielo desde su cama, los árboles del jardín, ver pasar las nubes, los pájaros; oír los programas de radio Universidad, aquella música celestial que llenaba su espíritu de una paz infinita. Qué cierto era de que no hay mal que por bien no venga. Qué dulce bienestar la invadía, una tranquilidad nunca soñada.

Por la mañana, cuando hacía buen tiempo, ya que a veces llovía todo el día o estaba nublado y frío, la enfermera la sacaba a pasear al jardín. Como no le permitían caminar sino lo indispensable para que no se debilitara más, la enfermera Esperanza la llevaba en un carrito de ruedas con una manta sobre las piernas, y así recorrían los senderos de grava de ese grande y bien cuidado jardín que tanto le gustaba. 

Se detenían a saludar a otros enfermos, platicaban con ellos y, después, Esperanza situaba el carrito bajo alguna sombra y ahí permanecían hasta que llegaba la hora de la comida. A veces platicaban. Otras veces Angelina no tenía ganas de hacerlo y entrecerraba los ojos y se perdía en sus pensamientos y en sus recuerdos. Entonces la enfermera sacaba su fotonovela y se ponía a leer.

Casi al fondo del jardín había un pabellón más pequeño y separado de los demás, en donde no se advertía ningún movimiento y a donde nadie entraba ni salía. Esto atrajo la atención, más bien la curiosidad de Angelina, y cuantas veces pasaba por allí o estaba cerca, sentada en su carrito, se dedicaba a observar atentamente algún indicio de vida. Un día le preguntó a la enfermera porqué estaba tan solo ese pabellón.

—Es el Pabellón  del Descanso —contestó Esperanza.

—¿El Pabellón del Descanso? Y ¿qué es eso?

—Es a donde traen a los que se mueren. Inmediatamente que ocurre una defunción se los traen a toda prisa, antes de que los demás enfermos se den cuenta y se pongan nerviosos. Y ahí los tienen hasta que llega la familia y ordena a qué agencia funeraria se les envía. Cuando los difuntos no son de la capital y han venido a curarse de algún lugar de la República, permanecen en el Descanso, a veces varios días, mientras llegan los familiares o alguien que los reclame. Claro que en esos casos los preparan debidamente para que aguanten la espera y no se descompongan.

—;Y cuando nadie se muere?

—Pues entonces el Descanso está vacío, así como ahora.

— (Está vacío, así como ahora, está vacío, así como ahora, así como ahora, está vacío, está vacío, así como ahora...) —Angelina repetía dentro de sí las palabras de la enfermera. Esas dos frases la habían conmovido y perturbado. Sin duda removieron algo tan hondo y escondido como un manantial subterráneo.

Desde ese día Angelina le pedía siempre a la enfermera Esperanza que colocara el carrito enfrente o a un lado del Pabellón, como si éste fuera el modelo que ella iba a pintar en un lienzo. Pero el dibujo era interior. Y ella observaba con gran detenimiento e interés aquel edificio un poco diferente de los otros pabellones: más sobrio, más sencillo, pintado de blanco. 

Era tan agradable, que debería estar siempre lleno de gente, de ruido, de movimiento, y no así sumido en el más completo abandono, rodeado de silencio, como situado en el silencio mismo y en la soledad. "Qué injusto y qué triste", pensaba Angelina.

Algunos días no la querían sacar a pasear, bien porque el día estaba frío o porque Angelina tenía algo de fiebre y podía pescar un resfriado o alguna otra cosa más seria. Ella insistía y volvía a insistir en que le permitieran salir al jardín a dar una vueltecita solamente. A veces el permiso era negado y ella pasaba todo el día sumida en la depresión y en la angustia por no saber si el Pabellón seguía solo o si estaba ocupado. Esos días Angelina perdía el apetito y la fiebre aumentaba. Con mucho tacto preguntaba por los enfermos más graves: ¿cómo seguían?, ¿estaban igual o se habían empeorado?, ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿qué decían los médicos?

Una vez por semana llegaba carta de la Nena, y Billy con sus mejores deseos porque Angelina saliera adelante con su enfermedad. Cartas muy cariñosas siempre, llenas de aliento y optimismo, invitándola a ir a pasar con ellos una buena temporada tan pronto los médicos la autorizaran. Julia, la sirvienta, hablaba dos o tres veces por semana, de parte de la tía Carlota, para preguntar cómo seguía. 

También de la oficina se informaban de su salud, y los domingos, día de visita, iba alguien enviado por el señor de la Garza a saludarla y saber si estaba bien atendida y si necesitaba alguna cosa. El señor de la Garza fue a verla en dos ocasiones;  fueron unas visitas muy  breves,  pero que ella  agradeció enormemente pues, conociéndolo tanto, sabía muy bien lo que detestaba ir a los hospitales y visitar enfermos. 

Al principio de su internamiento Angelina esperaba el domingo con impaciencia. Le hacía una gran ilusión platicar con alguien de la oficina, conocer las novedades, todo lo que ocurría durante su ausencia. Su  trabajo, la oficina, su jefe y sus compañeros eran todo su mundo. Después, poco a poco, empezó a desear que no fuera nadie a visitarla; ya no quería tener visitas, porque le impedían ir hasta el Pabellón, sentarse frente a él, esperando con gran ansiedad que estuviera ocupado o compartiendo su soledad.

Una mañana, como a los dos meses de estar internada, los médicos que la atendían le dieron la noticia:

—Si todo sigue marchando bien, así como hasta ahora, pronto le permitiremos irse para su casa, señorita Ruiz. —La sorpresa la hizo abrir mucho los ojos, sin dar crédito a lo que oía.

—¿A mi casa?

—Tal como usted lo oye. Su enfermedad ha evolucionado favorablemente que podrá dejar el sanatorio en poco tiempo y continuar, en su casa, con el tratamiento.

Los médicos salieron del cuarto y dejaron a Angelina en total desconcierto y turbación. Sus pensamientos eran potros desbocados: "dejar el sanatorio cuando menos lo pensaba, irse para su casa, abandonar el Pabellón, dejar el sanatorio en poco tiempo, dentro de unos días, irse para su casa dejando el Pabellón más solo aún, porque ahora él había encontrado quién lo compadeciera, quién lo entendiera, quién se preocupara por su soledad, por su abandono, eso no contaba en sus planes, irse de allí cuando menos lo esperaba, tener que irse y dejarlo, más solo ahora, más solo y más triste, no podía ser, ella no lo podía aceptar, no podía..."

Señorita Ruiz, su pastilla, señorita Ruiz... esta usted muy pensativa, ¿le preocupa algo?

— No, Esperanza, nada. Estaba distraída, eso  todo.

Esa noche Angelina no durmió agobiada por aquel torbellino de pensamientos que se agolpaban en su mente sin lograr encontrar una solución satisfactoria. Cuando la enfermera del turno de la noche llegó, a las seis de la mañana, a tomar la temperatura y los signos vitales, encontró a Angelina despierta y muy decaída por la noche de insomnio, bastante pálida y ojerosa.

—Pero... ¿qué le pasa señorita Angelina? ¿Se siente mal? ¿Le duele algo? Está usted muy pálida y demacrada.

—No, Carmelita, estoy bien —contestó Angelina con voz apagada—; lo que sucede es que no pude dormir en toda la noche, eso es todo.

— ¡Pero qué mala suerte!, ¡tan bien que estaba usted!, ¡tan buena cara que tenía ayer!, parecía que ya no estaba enferma. Ya ve qué contentos se fueron los doctores...

Angelina desayunó con desgano y lentamente, abatida, abismada. Tenía que encontrar una solución cuanto antes pero, ¿cómo?, ¿cuál?, la que fuera, pero ella no podía irse y dejar el Pabellón, sería tan cruel, tan despiadado, sería una traición, sí, eso era justamente, una traición, y ella nunca había...

—Me imagino que hoy no tendrá ganas de salir al jardín a dar su paseo —preguntó Esperanza, sacándola de su ensimismamiento.

—¿Cómo dice? ¡Claro que sí quiero salir! Sabe usted que ese rato que paso en el jardín me hace mucho bien, me gusta tanto ver las flores, el pasto verde, los árboles, los pájaros, respirar hondo aire puro, sentir la tibieza del sol, contemplar el cielo, las nubes, todo, pero ¿para qué perder el tiempo hablando? mejor nos vamos al jardín.

Allí, frente al Descanso, bajo la amable sombra de un fresno, Angelina se sintió reconfortada. Todo cambiaba con sólo poder mirar el Pabellón, su Pabellón, sí, bien podía decirlo, era su Pabellón, le pertenecía porque ella había descubierto su  soledad, la había entendido y compartido, ella había compadecido esa larga espera, su silencio profundo, ella había descubierto la gran tristeza de estar siempre solo, siempre vacío, tan pocas veces ocupado y por tan breve tiempo, unas horas, un día o dos y, después, otra vez la espera, la espera, la espera.  

—Ya es la una —decía la voz de Esperanza como llegando de muy lejos— hay que regresar o encontraremos la comida fría.

Esa noche tampoco durmió Angelina, pasó la noche entera cavilando. Tenía que encontrar algo, algo que evitara su partida, no podía irse y dejar el Pabellón abandonado, ella no era capaz de una cosa así, no, ella no conocía la traición ni el engaño, sería tan cruel, tan despiadado hacer una cosa así, no podía, no podía, no quería irse, se quedaría allí porque ése era su deseo, pero, ¿qué hacer?, ¿qué objetar? 

Y así daba vueltas y vueltas en la cama y el sueño ni se asomaba, además ella no quería dormir, quería encontrar la solución que necesitaba y que tenía que hallar pronto, antes de que la enviaran a su casa y la arrancaran para siempre de su Pabellón, ella se iría con una infinita tristeza y un inmenso dolor y él se quedaría más solo aún, sin nadie que se sentara enfrente a contemplarlo y a compadecerlo, a espiar si alguien llegaba, si llevaban a algún muerto, hacía muchos días que no se moría nadie, ¡era el colmo!, con tantos enfermos tan graves como había, y pasaban un día y otro y otro y no se morían; y ella preguntando con gran disimulo, dominando su ansiedad, ¿cómo sigue la señora Escobar?, "pues ay está todavía sufriendo la pobre, es increíble la resistencia que tienen algunas personas, la semana pasada le dieron la Extrema Unción y ay sigue...", ¿y el señor del 305?, "¿don Severo?, pues también en el mismo estado, a veces ya parece que se va y al otro día se reanima, la familia ya está desesperada y también cansada y muy gastada...", ¿y la señora española?, "ay, esa pobre mujer ya más parece muerta que viva, pero todavía respira, cómo ha sufrido la pobre...", eso le decían, y ella que tenía la secreta esperanza de que alguno hubiera muerto y estuviera ahí en su Pabellón, haciéndole compañía, aunque fuera un rato solamente, pero nadie se moría y el pobre Pabellón condenado a la más terrible e injusta soledad, a la más angustiosa de las esperas, eso era su vida, esperar, esperar, esperar siempre, pero, ¿por qué ese terrible destino?, los otros pabellones llenos de gente, sin un solo cuarto vacío y el pobrecito solo... —Otra vez despierta, qué mal está eso, no les va a gustar nada a los doctores —dijo la enfermera de noche.

Desde ese día los médicos acordaron que Angelina tomara un mogadón a la hora de merendar para que durmiera bien. Y así fue. Esa noche Angelina durmió como duermen los niños, con un sueño profundo y reparador. Dados los buenos resultados obtenidos con la medicina, la prescribieron diariamente. Pero Angelina había encontrado de pronto la solución que tanto anhelaba y la cual buscaba desesperadamente a través del insomnio. Esa noche cuando después de merendar le dieron su pastilla, ella fingió que se la tomaba, pero la escondió con todo cuidado. Y así día tras día.

Angelina estaba ahora tranquila, aguardaba pacientemente y contaba sus pastillas como el avaro que con ojos desbordados de codicia cuenta su tesoro diariamente. A pesar de que no tomaba la pastilla dormía bien. Muy quedo, para no molestar a los demás enfermos, escuchaba su música clásica que tanto le gustaba hasta que terminaban los programas a la media noche. 

Después cerraba los ojos y comenzaba a soñar despierta cómo sería estar ahí, por fin ahí en el Pabellón, sumidos en su mutuo silencio y la perfecta paz en la misma soledad en la larga y dolorosa espera a través de la vida a través del opaco y gris peregrinar sin eco sin resonancia sin sentido en el largo vacío sin comunicación identificados plenamente confundidos y completos realizados... "sí, es perfecto" —se dijo Angelina aquella noche y decidió no retardar más ese sueño tantas veces soñado.

La piedra de las estrellas - Valentina Zuravleva

    Hace cinco siglos, un meteorito cayó cerca de la ciudad de Ensisheim, en el Alto Rin. Para que el cielo no volviera a llevárselo lo ataron con cadenas al muro de la iglesia. Un hábil artesano grabó en él estas palabras: «a propósito de esta piedra, son numerosos los que saben mucho, todos saben algo, pero nadie sabe lo suficiente».

Cuando pienso en el meteorito de Pamir, acuden involuntariamente a mi recuerdo aquellas palabras. A propósito de él, yo sé mucho; sin duda más que cualquier otra persona. Pero estoy lejos de saberlo todo. Sin embargo, me acuerdo perfectamente de lo esencial. Tan perfectamente como si datara de ayer.

Hace seis meses, los periódicos anunciaron la caída de un meteorito en el Pamir. Aquella breve información, apenas media docena de líneas, retuvo inmediatamente mi atención.
Tal vez penséis: ¿qué podía haber de interesante en un meteorito para un bioquímico? 

Debo aclarar que los bioquímicos siguen con mucha atención todo lo que concierne a los meteoritos. En los fragmentos de esas «piedras celestes» buscamos el secreto de la aparición de la vida sobre la Tierra. Para ser menos romántico y más concreto, digamos que estudiamos los hidrocarburos contenidos en los meteoritos.

Un poco más tarde, el meteorito del Pamir fue objeto de una segunda información. Una expedición lo había descubierto a cuatro mil metros de altitud, y un helicóptero pudo descolgarlo de aquella percha. Se trataba, se decía, de un bloque de piedra de casi tres metros de longitud que pesaba más de cuatro toneladas.

Al leerlo, pensé que al día siguiente tendría que llamar por teléfono a Nikonov. En aquel preciso instante –a veces se producen esas coincidencias– resonó el timbre del teléfono. Empuñé el receptor. Era Nikonov.

Debo decir ante todo que, desde su época de escolar, Nikonov se ha distinguido siempre por su sangre fría y su placidez. Nunca –y hace casi medio siglo que nos conocemos– le había visto emocionado o alterado. Pero en aquella ocasión, por su voz entrecortada y febril, por sus palabras deshilvanadas, comprendí que sucedía algo extraordinario.

De aquel torrente de palabras retuve una cosa: tenía que dirigirme inmediatamente, con la mayor rapidez posible, al Instituto de Astrofísica.

Tomé un taxi.

El vehículo rodó por las calles desiertas, en cuyo espejo de asfalto se reflejaban los anuncios luminosos. Llovía. Pensé en los que no duermen a aquella hora tardía. En los que, inclinados sobre sus microscopios, sobre el frágil cristal de sus probetas, sobre sus páginas cubiertas de fórmulas, buscan lo nuevo. Pensé en el asombroso destino de los descubrimientos: desconocidos hoy de todos, mañana irrumpen en la vida, la cambian, la modifican.

Las ventanas del Instituto aparecían iluminadas. Sin saber por qué, pensé inmediatamente que la causa era el meteorito del Pamir. Pero, ¿qué podía tener de particular, de extraordinario, aquel meteorito?

El Instituto parecía una colmena excitada. Los colaboradores corrían de un lado a otro, atareados y preocupados; por las puertas entreabiertas surgía el sonido de voces excitadas.

Nikonov me esperaba en su despacho. He de admitir que entonces no había concedido una importancia especial a lo que ocurría. Los científicos nos inclinamos a veces a exagerar nuestros éxitos y nuestros sinsabores. Cuando, después de prolongados experimentos, consigo una reacción, siento también deseos de despertar a todo Moscú.

Pero, Nikonov... Había que conocerle para comprender hasta qué punto estaba excitado.
Sin contestar a mi saludo, me apretó fuertemente la mano.
Y aquel apretón de manos rápido, nervioso, me comunicó su emoción.
–¿Se trata del meteorito del Pamir? –pregunté, adivinando ya la respuesta.
–Sí –respondió.

Nikonov cogió un paquete de fotografías y las desplegó en abanico delante de mí. Eran fotografías del meteorito. Las examiné, esperando ver... Naturalmente no sabía lo que iba a ver. Pero estaba convencido de que se trataba de algo sensacional.

Quedé asombrado, pues, al comprobar que el meteorito era semejante a las docenas de ellos que había podido ver al natural o en fotografía. Un bloque de piedra en forma de cohete, de superficie porosa, y nada más.

Devolví las fotografías a Nikonov, el cual sacudió la cabeza y dijo, con voz ronca que no era la suya:
–No es un meteorito. Bajo el caparazón de piedra hay un cilindro metálico... con un ser vivo en su interior.
 
Ahora, cuando rememoro los acontecimientos de aquella noche, me parece raro que, durante un largo instante, fuera incapaz de comprender a Nikonov. Sin embargo, todo era muy simple. Pero precisamente por esto el asunto producía una impresión de inverosimilitud, de irrealidad, impidiéndome comprender inmediatamente a Nikonov.

El meteorito era una nave cósmica. La envoltura de piedra, que tenía unos siete centímetros de espesor, recubría un cilindro de metal obscuro, muy denso. Nikonov opinaba (y su opinión quedó confirmada más tarde) que la envoltura en cuestión estaba destinada a proteger al cilindro de los meteoritos y de un peligroso recalentamiento. El aspecto poroso de su superficie procedía de los choques con los micrometeoritos. Sus huellas, muy numerosas, demostraban que el ingenio había estado volando por espacio de muchos años.

–Si el cilindro fuera macizo –dijo Nikonov–, pesaría al menos veinte toneladas. Pero, sin la envoltura de piedra, su peso es ligeramente superior a las dos toneladas. En tres lugares, unos hilos muy finos salen del cilindro. Están rotos.

Evidentemente, en el momento de la caída se desprendieron unos aparatos que se encontraban en la parte exterior del cilindro. El galvanómetro, conectado a esos hilos, ha revelado unos leves impulsos eléctricos...

–Pero, ¿por qué tiene que tratarse necesariamente de un ser vivo? –repliqué–. En el interior del cilindro puede haber unos aparatos automáticos.
–Descartado –respondió Nikonov–. Da golpes.
No lo entendí.
–¿Qué es lo que da golpes?
–El que está dentro del cilindro –la voz de Nikonov tembló–. Cuando alguien se acerca, empieza a dar golpes. Puede ver. Ignoro cómo, pero puede ver.
Resonó el timbre del teléfono. Nikonov cogió el receptor y observé que una sombra cruzaba por su rostro.
–Han sondeado el cilindro –me dijo, soltando el receptor–. Su pared no alcanza los veinte milímetros de espesor. En el interior no hay metal.

En aquel momento se me ocurrió la objeción más lógica. El cilindro no era tan grande. ¿Cómo podían caber en él unos seres vivos? No sólo necesitaban espacio, sino también víveres, agua, dispositivos para el mantenimiento de una temperatura constante, para renovar el aire. ¿Cómo introducir todo aquello en un cilindro de menos de tres metros de longitud y unos sesenta centímetros de diámetro?

Nikonov me escuchó y dijo:
–Dentro de un cuarto de hora iremos a verlo. Espero a alguien. De momento, están colocando el cilindro en una cámara hermética.
–De todos modos, tienes que admitir que esa versión del ser vivo no es realista. No puede haber hombres en el cilindro.
–¿Hombres? ¿Qué entiendes tú por eso?
–Bueno, seres pensantes.
–¿Con unos brazos y unas piernas?
Por primera vez aquella noche, Nikonov sonrió.
–Sin duda –contesté.
–No los hay en la nave –dijo Nikonov–. Contiene seres pensantes, pero resulta difícil saber cómo son.

Yo no podía estar de acuerdo con él. Bastaba recordar cómo imaginaban los europeos, antes de los grandes descubrimientos geográficos, a los habitantes de los países desconocidos: hombres de seis brazos o con la cabeza de perro, enanos y gigantes... Y luego se comprobó que en Australia, en América y en Nueva Zelanda, los hombres eran semejantes a los de Europa.

–Las condiciones de vida idénticas, las leyes generales de la evolución, desembocan en los mismos resultados.
–¿Las leyes generales de la evolución? –inquirió Nikonov–. Pueden admitirse hasta cierto punto. Pero, ¿de dónde sacas las condiciones de vida idénticas?

Me expliqué: la existencia y el desarrollo de las formas superiores de las proteínas sólo son concebibles dentro de unos límites bastante restringidos de temperatura, de presión, de irradiación. De lo cual puede inferirse que el mundo orgánico evoluciona siguiendo unos caminos parecidos.

–Querido amigo –dijo Nikonov–, eres académico y un bioquímico eminente, la mayor autoridad en materia de síntesis bioquímica. Cuando hablas de las síntesis de las proteínas, estoy completamente de acuerdo contigo. Pero el que sabe fabricar ladrillos no es necesariamente experto en arquitectura. Y no lo tomes a mal.

¿Cómo podía tomarlo a mal? A decir verdad, nunca había reflexionado seriamente en la evolución del mundo orgánico en los otros planetas. No era mi especialidad.

–Las ideas que en la Edad Media proliferaban acerca de los hombres con cabeza de perro eran absurdas, efectivamente –continuó Nikonov–. Pero en la Tierra, si se exceptúa el clima, las condiciones de vida son muy parecidas. Por otra parte, cuando cambian las condiciones, cambia el hombre. En América del Sur, en los Andes peruanos, hay una tribu india que vive a 3.500 metros de altitud. Sus miembros son de baja estatura, y su peso medio es de cincuenta kilogramos, pero el volumen de su caja torácica y de sus pulmones es superior en un 50% al de los europeos.

»Como puedes ver, su organismo está adaptado a las condiciones de vida en una atmósfera enrarecida, a costa de una notable modificación del aspecto exterior. Ahora, reflexiona un poco en las considerables diferencias que pueden existir entre las condiciones de vida en la Tierra y en los otros planetas. Tomemos la gravedad, por ejemplo. No sé por qué la has olvidado. 

En Mercurio, la gravedad es cuatro veces menor que en la Tierra. Si ese planeta estuviera habitado, es poco probable que sus habitantes necesitaran unos miembros inferiores tan desarrollados como los nuestros. En cambio, en Júpiter la gravedad es mucho mayor que en nuestro planeta. En tales condiciones, es muy probable que la evolución de los vertebrados no haya desembocado en la postura vertical...

Había una brecha en el razonamiento de Nikonov, y me dispuse a explotarla.
–Querido amigo –dije–, eres profesor, eres un astrofísico eminente, la mayor autoridad en el campo del análisis espectral de la atmósfera de las estrellas. Cuando hablas de los planetas, estoy completamente de acuerdo contigo. Pero, el que sabe fabricar ladrillos... Resumiendo, olvidas que las manos tienen que estar libres. Sin ello, el trabajo que ha formado al hombre resultaría imposible. Y, con la postura horizontal, los cuatro miembros sirven como puntos de apoyo.

–Desde luego. Pero, ¿por qué cuatro? ¿Acaso existe un límite?
–Entonces, ¿volvemos a los hombres de seis brazos?
–En los planetas donde la gravedad es muy intensa, ese es sin duda el camino que seguiría la evolución de los vertebrados. Pero, además de la gravedad, existen otros factores. 

El estado de la superficie del planeta, por ejemplo, tiene una enorme importancia. Si la Tierra estuviera cubierta de un modo permanente y total por el océano, la evolución del mundo animal hubiese sido muy distinta.
–¡Seríamos sirenas! –ironicé.

–Tal vez –replicó Nikonov, imperturbable–. La vida en el océano evoluciona sin cesar, aunque más lentamente que en tierra firme. Lo que debe ser común a todos los seres dotados de razón, habiten donde habiten, es un cerebro desarrollado, un sistema nervioso complejo, unos órganos para trabajar y para desplazarse que estén adaptados al medio ambiente.


–Sin embargo –dije, sin querer darme por vencido–, no está descartado que en planetas semejantes a la Tierra vivan unos seres racionales semejantes a los hombres.
–No, no está descartado –convino Nikonov–, pero es poco verosímil. Has omitido otro factor importante: el tiempo. El aspecto del hombre no es algo constante. 

Hace diez millones de años, nuestros antepasados tenían una cola y una facies alargada. ¿Y qué aspecto tendremos dentro de diez millones de años? Es absurdo pensar que siempre seremos como ahora. Tú hablas de los planetas de la misma naturaleza. Existen, indiscutiblemente. Pero es muy poco probable que la evolución de los seres pensantes coincida en ellos en el tiempo. 

En una palabra, amigo mío, Shakespeare tenía mucha razón cuando puso en boca de Hamlet aquellas famosas palabras: «Hay más cosas en el cielo y en la Tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía».

Me resulta difícil, al cabo de tanto tiempo, recordar con exactitud los términos de aquella conversación con Nikonov. Tanto más por cuanto nos interrumpían continuamente: resonaban los timbres de los teléfonos, los colaboradores entraban y salían del despacho, el propio Nikonov consultaba su reloj cada diez minutos... Pero la conversación en sí me parece memorable. Nuestras hipótesis eran atrevidas, pero la realidad resultó serlo mucho más.

Ahora, todo me parece sencillo. Si la nave, procedente de otro sistema planetario, había podido cruzar las inmensidades del Cosmos, era porque en su planeta de origen el Saber estaba más adelantado de lo que podíamos imaginar. Esta sola circunstancia debió estimularnos a no extraer conclusiones precipitadas...

Nuestra conversación fue interrumpida definitivamente por la llegada del académico Ashtakov, especialista en medicina astronáutica.
Con gran asombro por mi parte, lo primero que preguntó Ashtakov fue:
–¿Qué clase de motor utilizan?
Me reproché inmediatamente no haber pensado en el motor. La respuesta hubiese permitido aclarar numerosos extremos: el nivel de evolución de los recién llegados, la duración de su viaje por el Cosmos, la distancia recorrida, la aceleración que podían soportar...
–No hay ningún motor –respondió Nikonov–. Debajo del caparazón de piedra hay un cilindro metálico completamente liso.
–¡Ah! –exclamó Astakhov; Meditó unos instantes, mientras su rostro reflejaba el mayor de los asombros–. Entonces... eso significa que poseen un motor antigravitacional. Han dominado la gravitación.
–Probablemente –asintió Nikonov–. Esa es también mi opinión.
–¿Cómo? –inquirí–. ¿Es posible controlarla?
–En principio, sí, indiscutiblemente –respondió Nikonov–. No existe en la naturaleza una fuerza que el hombre no pueda dominar, tarde o temprano. Es una cuestión de tiempo. Pero hay que reconocer que, de momento, sabemos muy poco acerca de la gravitación. 

Conocemos la ley de Newton: dos cuerpos cualesquiera se atraen mutuamente en razón directa de sus masas y en razón inversa del cuadrado de sus distancias. Sabemos, aunque de un modo puramente teórico, que la fuerza de atracción se difunde a la velocidad de la luz. Pero ignoramos de dónde procede esa fuerza y cuál es su naturaleza.

Volvió a sonar el timbre del teléfono; Nikonov cogió el receptor y, tras escuchar unos segundos, dijo:
–En seguida vamos para allá.
Luego añadió, dirigiéndose a nosotros:
–Nos esperan.
Salimos al pasillo.
–Algunos físicos opinan –continuó Nikonov– que todos los cuerpos contienen unas partículas de gravitación: los gravitones. Yo no estoy muy convencido de que esa hipótesis sea cierta. Pero, si lo fuera, las dimensiones de los gravitones tendrían que ser tan reducidas en relación con los de los núcleos atómicos, como las de estos últimos lo son comparados con los cuerpos ordinarios. Y la concentración de la energía tendría que ser en ellos incomparablemente más elevada que en el núcleo del átomo.

Descendimos por una escalera de caracol, muy empinada, que conducía al sótano del Instituto. Al final de un angosto pasillo, un grupo de colaboradores nos esperaba delante de una puerta de acero. Alguien puso un motor en marcha y la puerta se abrió lentamente.

Vi por primera vez la nave cósmica. 

Reposaba horizontalmente sobre dos puntos de apoyo. Era un cilindro de metal obscuro y de superficie muy lisa. La envoltura de piedra, que se había agrietado por diversos lugares en el momento de la caída, había sido desprendida del cilindro, de uno de cuyos extremos colgaban tres cables muy finos.

Nikonov, que se encontraba más cerca, avanzó un par de pasos: inmediatamente percibimos unos golpes. En el interior del cilindro alguien emitía unos raros sonidos que no recordaban en nada el ritmo de una máquina. Se me ocurrió la idea de que la nave no contenía necesariamente unos hombres: nosotros situamos en nuestros cohetes experimentales monos, perros, conejos...

Nikonov se alejó en dirección a la puerta y los golpes cesaron. En medio del silencio que se había establecido, se oía claramente la penosa respiración de uno de los presentes, sin duda acatarrado.

No sé lo que pensaban los demás, pero en lo que a mí respecta ni siquiera se me ocurrió la idea de que acababa de abrirse una nueva era para la ciencia. Lo comprendí más tarde, y la escena que acabo de evocar se fijó entonces para siempre en mi memoria: una pequeña estancia de techo bajo inundada de luz; en el centro, el obscuro cilindro, liso y brillante; cerca de la puerta, un grupo de hombres profundamente emocionados, con los rostros contraídos por la tensión...

Pusimos manos a la obra. Los ingenieros tenían que determinar lo que había dentro del cilindro. Astakhov y yo estábamos encargados de asegurar una doble protección biológica: la de los pasajeros de la nave cósmica contra las bacterias terrestres, y la del personal contra las bacterias que podía contener el cilindro.

Me resultaría difícil explicar cómo realizaban su tarea los ingenieros. Me faltó tiempo para fijarme en su trabajo. Sólo recuerdo que sondearon el cilindro con ultrasonidos y con rayos gamma. Tras prolongadas discusiones (no era fácil ponerse de acuerdo con Astakhov, a causa de su sordera), convinimos en proceder a abrir el cilindro con la ayuda de «brazos mecánicos» teledirigidos. 

Antes, la cámara hermética en la que se encontraba el cilindro tenía que ser desinfectada con potentes rayos ultravioleta.

Nos apresuramos. A dos pasos de nosotros un ser viviente moría y teníamos que acudir en su ayuda.
Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance.

Armados de un pico termonuclear, los «brazos mecánicos cortaron el metal con mil precauciones, abriendo el acceso a los aparatos de la nave cósmica. A través de las angostas rendijas encristaladas, practicadas en el muro de hormigón, observamos los gestos impecablemente precisos de aquellos enormes «brazos mecánicos». Lentamente, centímetro a centímetro, el chorro de fuego mordía el metal desconocido. Luego, los «brazos mecánicos» asieron la base del cilindro, que se despegó.

La nave cósmica no contenía ningún ser vivo. Pero había en él materia viviente. Un gigantesco cerebro palpitante, situado en el centro del cilindro.

Cuando digo «cerebro» hablo en términos convencionales. En el primer momento, lo que vi me pareció la réplica exacta, aunque considerablemente aumentada, de un cerebro humano. Pero, al mirarlo con más atención, comprendí mi error. Era únicamente un fragmento de cerebro. Más tarde descubrimos que estaba desprovisto de todos los centros que gobiernan los sentimientos y los instintos. Además, sólo incluía algunos de los centros «pensantes» de un cerebro normal, aumentados decenas de veces.

Para dar una definición exacta, habría que decir que era una «neuro-calculadora», o sea, una máquina de calcular en la cual los diodos y los triodos estaban reemplazados por células vivas de materia cerebral. Y –hecho fundamental– de materia cerebral sintética. Lo adiviné inmediatamente por múltiples detalles. Más tarde, aquella hipótesis se confirmó.

En alguna parte, sobre un planeta desconocido, la ciencia está mucho más desarrollada que en la Tierra. En tanto que nosotros apenas llegamos a sintetizar parcelas de las moléculas más simples de albúmina, allí saben sintetizar ya las formas superiores de la materia orgánica. Este es también el objetivo de nuestra bioquímica, pero, ¡cuán lejos estamos de él!

He de reconocer que lo que descubrimos en la nave cósmica fue para todos nosotros una gran sorpresa. El único que no dio la menor muestra de asombro fue Astakhov. Fue también el primero en hablar.

–¡Ah! –exclamó–. ¡Lo que yo había predicho! Recuerden lo que escribí hace un par de años... Las distancias entre las galaxias son infranqueables para el hombre. Ese viaje sólo puede ser realizado por una nave de mando automático. ¡Au-to-má-ti-co! Pero, ¿de qué tipo? ¿Máquinas electrónicas? ¡No, y no! Es demasiado difícil, casi imposible de realizar. ¡No! Es necesario el sistema más perfeccionado: un cerebro... Escribí eso hace dos años. Y algunos bioquímicos lo tildaron de fantástico. Escribí: para los viajes entre las galaxias se necesitan bio-autómatas, capaces de regenerar sus células...

Lo que decía Astakhov era verdad. Dos años antes había publicado un artículo exponiendo aquellas ideas. Y yo fui uno de los que las consideraron demasiado fantásticas. Sin embargo, los hechos le daban la razón. Había predicho, con notable anticipación, la síntesis de la materia cerebral, aquella forma superior de la materia.

Por regla general, los especialistas no prevén demasiado bien el futuro. Se acostumbran a las cosas en las cuales trabajan hoy. Piensan: hoy hay automóviles, por lo tanto, dentro de cien años habrá también automóviles, con la diferencia de que serán más rápidos. Hay aviones, por lo tanto habrá aviones, pero volarán más aprisa. Por desgracia, todas esas previsiones no sirven de mucho...

A veces, lo nuevo parece increíble, inverosímil, imposible. Y, sin embargo, nace. Heinrich Hertz, que fue el primero en estudiar las oscilaciones electromagnéticas, negaba en su época la posibilidad de desarrollar la telegrafía sin hilos. Y unos años más tarde, Popov inventó la radio.

No, yo no había creído en lo que escribió Astakhov. Para crear bio-autómatas, hay que resolver unos problemas sumamente complejos: sintetizar las formas superiores de la materia biológica; aprender a controlar los procesos bio-electrónicos; obligar a la materia viviente y a la materia inerte a trabajar conjuntamente... Todo eso me parecía demasiado fantástico. 

Pero lo nuevo, aunque creado por los hombres de otro planeta, hacía irrupción en nuestra vida, confirmando aquella gran verdad de que no pueden existir límites para el progreso de la ciencia. Nosotros no conocíamos la composición de la atmósfera en el interior del cilindro. Ignorábamos también cómo repercutiría en el cerebro artificial el paso a la atmósfera terrestre.

Cada uno de nosotros estaba clavado a su puesto, junto a los compresores, a los aparatos, a los balones de gas. Todo estaba preparado para modificar lo más rápidamente posible la composición de la atmósfera en la cámara hermética. 

Pero, apenas se abrió el cilindro, los aparatos señalaron que la atmósfera en el interior de la nave cósmica estaba compuesta de una quinta parte de oxígeno y de cuatro quintas partes de helio, en tanto que la presión era superior en una décima parte a la de la Tierra. El cerebro seguía palpitando; un poco más aprisa, quizás.

Los compresores aullaron, elevando la presión en la cámara. La primera fase de trabajo había sido completada con éxito.
Subí al despacho de Nikonov, arrastré un sillón hasta la ventana y levanté un visillo. Fuera, las luces de la ciudad iban encendiéndose, expulsando las tinieblas. Era la segunda noche, pero me parecía que sólo hacía unas horas que había llegado al Instituto.

De modo que la atmósfera del ingenio cósmico contenía un veinte por ciento de oxígeno, lo mismo que la atmósfera terrestre. ¿Era una casualidad? No. Con esa concentración, precisamente, la hemoglobina de la sangre se satura completamente de oxígeno. Por lo tanto, la nave cósmica tenía que incluir un sistema circulatorio. La muerte de una parte del cerebro acarrearía fatalmente la muerte del conjunto.

Me precipité hacia el sótano.

Al rememorar ahora nuestras tentativas para salvar el cerebro artificial, vuelvo a experimentar el sentimiento de impotencia y de amargura que nos invadió entonces.
¿Qué podíamos hacer?

Aquel cerebro creado por los hombres de otro planeta, estaba muriendo. Su parte inferior aparecía reseca y ennegrecida. Sólo en la parte superior quedaba un poco de materia palpitante. Cuando alguien se acercaba, las pulsaciones se hacían febriles, como si el cerebro pidiera ayuda.

Habíamos descubierto rápidamente cómo funcionaba el sistema que proporcionaba el oxígeno. Tal como había supuesto, aquella respiración se producía por medio del hema, una combinación química semejante a la hemoglobina. 

También habíamos comprendido fácilmente cómo funcionaban los otros dispositivos que alimentaban al cerebro y absorbían el gas carbónico.

Pero no podíamos evitar la muerte de las células del cerebro. En alguna parte, sobre un planeta desconocido, unos seres racionales habían sintetizado la materia cerebral, la más perfectamente organizada. Habían sabido enviar su cerebro artificial a las profundidades del Cosmos. Sin duda alguna, las células de aquel cerebro habían registrado múltiples secretos del Universo. Pero nosotros no podíamos enterarnos de ellos. El cerebro moría.

Utilizamos todos los medios de que disponíamos, desde los antibióticos hasta la intervención quirúrgica. Inútilmente.
En mi calidad de presidente del comité especial de la Academia de Ciencias, pregunté una vez más a mis colegas si habíamos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance.
Nos encontrábamos en la pequeña sala de conferencias del Instituto. Estaba amaneciendo. Los sabios se habían sentado y permanecían silenciosos, rendidos de fatiga.

Nikonov se pasó la mano por el rostro y respondió con voz ronca:
–Todo.
Los otros asintieron.

Durante seis días, mientras vivieron las últimas células del cerebro, nos relevamos junto a él, sin interrumpir por un solo instante las observaciones. Resulta difícil enumerar todo lo que aprendimos. Pero lo más interesante fue el descubrimiento de la substancia utilizada para proteger los tejidos vivientes contra las radiaciones.

La nave cósmica tenía un casco relativamente delgado que los rayos cósmicos traspasaban con facilidad. Esta circunstancia nos impulsó, desde el primer momento, a buscar en las células del bio-autómata una substancia protectora. Y la encontramos. Una concentración ínfima de esa substancia sensibiliza al organismo contra las dosis más elevadas de radiaciones. 

En adelante, podríamos simplificar considerablemente la construcción de las naves cósmicas. Ya no sería necesario colocar los reactores atómicos detrás de pesadas pantallas protectoras, lo cual nos acercaba extraordinariamente a la era de las naves estelares atómicas.

El sistema de regeneración del oxígeno resultó también muy interesante. Durante años enteros, una colonia de algas desconocidas en la Tierra y que pesaban menos de un kilogramo habían absorbido regularmente el gas carbónico y desprendido el oxígeno que el cerebro necesitaba.
Hablo de los descubrimientos biológicos. Pero los realizados por los ingenieros serán todavía más importantes, sin duda. 

Tal como creía Astakhov, la nave cósmica llevaba un motor antigravitacional. No estoy en condiciones de entrar en detalles técnicos acerca de su construcción, pero puedo afirmar una cosa: los físicos tendrán que revisar a fondo sus conceptos sobre la naturaleza de la gravitación. La era de la técnica atómica dejará paso, probablemente, a la era de la técnica antigravitacional. Gracias a ella, los hombres controlarán energías y velocidades actualmente inconcebibles.

Los análisis nos revelaron que el casco de la nave estaba construido con una aleación de titanio y de berilio. Pero, a diferencia de las aleaciones ordinarias, estaba constituida por un solo cristal. Nuestros metales son, por así decirlo, una mezcla de cristales. Cada uno de los cristales, por separado, es sólido. Pero están unidos muy débilmente entre ellos. El metal del futuro estará formado por un solo cristal, muy sólido. Al modificar la red cristálica, será posible modificar sus propiedades ópticas, su resistencia, su conductibilidad.

Y, sin embargo, el descubrimiento más importante –hasta ahora no ha sido aún descifrado– se refiere al cerebro artificial de la nave cósmica. Los tres cables que colgaban del cilindro estaban conectados efectivamente con él por medio de un sistema bastante complicado. Gracias a ellos, durante seis días unos oscilógrafos muy sensibles pudieron registrar las corrientes del bio-autómata. 

No se parecían en nada a las biocorrientes del cerebro humano. Y pusieron de relieve toda la diferencia existente entre el cerebro artificial y un verdadero cerebro. En efecto, el cerebro de la nave cósmica no era más que una instalación cibernética en la cual unas células vivas desempeñaban el papel de lámparas. A pesar de toda su complejidad, era incomparablemente más simple, más especializado, por así decirlo, que el cerebro humano.

En seis días, se registraron millares de metros de oscilogramas. ¿Conseguiremos descifrarlos? ¿Qué nos revelarán? Tal vez la historia del viaje a través del Cosmos.
De momento, a propósito de esa piedra caída de las estrellas, son numerosos los que saben mucho, todos saben algo, pero nadie sabe lo suficiente. Sin embargo, llegará el día en que queden desvelados sus últimos secretos.

Y entonces, unos mensajeros terrestres, unas naves provistas de un motor antigravitacional, remontarán el vuelo hacia las inmensidades sin límites del Universo.
No serán conducidas por hombres. La vida humana es corta y el Universo infinito.

Serán conducidas por unos bio-autómatas. Las naves del futuro, después de millares de años de viaje, después de haber penetrado en las lejanas galaxias, regresarán a la Tierra, portadoras de la llama inextinguible del Saber.