Érase una vez una joven princesa de la que cuentan que, cada vez que se cansaba de partirse la cabeza contra la estructura masculina de poder reinante en su castillo, solía relajarse paseando por los bosques y sentándose junto a un pequeño estanque.
Allí, se entretenía lanzando al aire su pelota dorada preferida y cavilando acerca del papel de las luchadoras ecofeministas en su época.
Un día, mientras se recreaba imaginando la utopía en que podría convertirse su reino de ocupar las mujeres los círculos de poder, dejó caer la pelota, y ésta rodó hasta el estanque.
El estanque era tan profundo y lóbrego que la princesa no lograba ver dónde había ido a parar. Ni qué decir tiene que no lloró, si bien sí anotó mentalmente que debería tener más cuidado en el futuro.
Súbitamente, oyó una voz que le decía: —Princesa, yo podría devolveros vuestra pelota.
Miró a su alrededor y vio la cabeza de una rana que asomaba sobre la superficie del estanque. —No, no —dijo—, jamás esclavizaría a un miembro de otra especie animal obligándolo a trabajar en beneficio de mis egoístas intereses. —Bien, ¿qué os parece entonces si llegamos a un acuerdo basado en estas circunstancias concretas? Recuperaré vuestra pelota si a cambio me hacéis un favor.
La princesa accedió de buen grado a tan cabal propuesta. La rana se sumergió bajo el agua y, a los pocos instantes, emergió portando en la boca la pelota dorada. Tras escupirla sobre la orilla, dijo: —Y ahora que yo os he hecho un favor, querría sondear vuestra opinión acerca de la atracción física entre especies distintas.
La princesa no lograba imaginar de qué podía estar hablando la rana, pero ésta continuó: —Veréis... lo cierto es que no soy ni mucho menos una rana. En realidad, soy un hombre, al que un malvado brujo hizo víctima de un hechizo. Por más que mi forma anfibia no sea ni mejor ni peor que mi forma humana —sino únicamente diferente—, me encantaría rodearme de nuevo de la compañía de las personas. Y lo único que puede romper este hechizo es el beso de una princesa.
La princesa reflexionó un momento acerca de las posibilidades de acoso sexual entre especies distintas, pero los argumentos de la rana habían ablandado su corazón. Se inclinó y depositó un beso sobre la frente de la rana.
Y allí mismo, sobre el mismo estanque en el que había descubierto al animal, apareció ante sus ojos un hombre ataviado con una camisa de golf y unos pantalones a cuadros francamente chillones: se trataba de un individuo de mediana edad, verticalmente limitado y ligeramente escaso de cabello en su zona superior.
La princesa se quedó estupefacta. —Lamento mucho si lo que voy a decir suena algo clasista —tartamudeó—, pero... en fin, quiero decir que... tenía entendido que los brujos solían aplicar sus hechizos a príncipes. —Por lo general, sí —dijo él—, pero esta vez la víctima resultó ser un hombre de negocios normal y corriente. El caso es que trabajo en una compañía de promoción inmobiliaria, y el brujo pensó que pretendía engañarle en un litigio de lindes. Sea como fuere, me invitó a jugar al golf y, justamente cuando me disponía a dar el primer golpe, me transformó. Sin embargo, no quisiera que pensara que he perdido el tiempo durante el período que he pasado convertido en rana. He tenido ocasión de conocer cada centímetro cuadrado de estos bosques y pienso que se trata de una zona ideal para construir un complejo de oficinas, urbanizaciones y apartamentos en multipropiedad. ¡Está magníficamente situado, y las cifras encajan a la perfección! El banco no hubiera aprobado ningún préstamo tratándose su cliente de una rana, pero ahora que he recuperado mi forma humana, vendrán a comerme de la mano. ¿Os imagináis? ¡Qué maravilla! Y, os lo aseguro: hablo de un proyecto ambicioso. Basta con desecar el estanque, talar el ochenta por ciento de los árboles y contratar mano de obra para...
El promotor-rana vio interrumpido su discurso: la princesa le había embutido la pelota dorada entre los dientes. A continuación, la joven volvió a sumergirle bajo el agua y le sujetó allí con fuerza hasta que dejó de debatirse.
Mientras regresaba caminando hacia el castillo, no pudo por menos de asombrarse ante el número de buenas acciones que puede llevar a cabo una persona en una sola mañana. Y, aunque pudo haber quien echara de menos a la rana, nadie volvió a acordarse jamás del promotor inmobiliario.