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Edward el Conquistador - Roald Dahl (Parte 2)

—¡Louisa! —intervino incisivo su esposo según se enderezaba en el asiento—. ¡Reacciona!

Lo había dicho en tono más alto, de pronto cortante. Ella alzó vivamente la mirada.

—¡Tú estás celoso, Edward!

—¿De un miserable gato gris?

—Entonces, ¿a qué esa aspereza, ese cinismo? Si es así como piensas comportarte, mejor será que vuelvas a tu trabajo en el jardín y nos dejes en paz, el uno con el otro. ¿Verdad que sí, tesoro? —añadió dirigiéndose al gato en tanto le acariciaba la cabeza—, ¿verdad que será lo mejor para todos? Y luego, esta noche, los dos, tú y yo, volveremos a disfrutar tu música. Oh, sí —prosiguió mientras besaba repetidamente al animal en el cuello—, y también podríamos obsequiarnos un poco de Chopin. Sí, no hace falta que me lo digas: sé bien que te entusiasmaba Chopin. Fuisteis grandes amigos, ¿verdad, encanto? Lo cierto es que en casa de Chopin fue donde conociste al gran amor de tu vida, Madame No Sé Cuántos. Tuviste con ella tres hijos naturales, ¿no es verdad? Claro que sí, tunante, no intentes negarlo. De manera que —lo besó de nuevo— te ofreceré un poco de Chopin, y eso te hará evocar toda suerte de bellos recuerdos, ¿a que sí?

—¡Louisa, basta ya de esto!

—Oh, no seas pesado, Edward.

—Te estás comportando como una perfecta idiota. Y, eso aparte, olvidas que esta noche vamos a jugar a la canasta a casa de Bill y Betty.

—Oh, ahora me sería de todo punto imposible salir. Ni hablar de eso.

Edward se puso en pie lentamente, se inclinó para apagar la colilla en el cenicero y, en tono apacible, dijo:

—Una cosa: todas estas monsergas de que estás hablando no te las tomarás en serio, ¿verdad?

—Pues claro que sí. Creo que ya no puede haber duda al respecto. Y lo que es más: considero que esto nos carga con una enorme responsabilidad... a los dos. A ti también, Edward.

—¿Sabes qué pienso? Pienso que habrías de consultar con un médico. Y lo antes posible, por cierto.

Dicho esto, dio media vuelta y salió a trancos de la habitación por la puerta encristalada, camino del jardín. Después de esperar a que hubiese cruzado la superficie plantada de césped, al reencuentro de sus zarzas y sus fogatas, y cuando por fin se hubo perdido de vista, Louisa se volvió y, con el gato todavía en brazos, corrió hacia la puerta principal. Momentos más tarde conducía el coche en dirección a la ciudad.

Estacionó frente a la biblioteca pública, dejó el gato en el coche, cerró con llave, subió presurosa la escalinata que daba acceso al edificio y encaminóse derecho hacia la sala de información, donde se puso a consultar las fichas referentes a dos temas: LISZT y REENCARNACIÓN.

En el apartado REENCARNACIÓN halló algo escrito por un tal F. Milton Willis y publicado en 1921 con el título de Repetición de las vidas terrenales: cómo y por qué. Sobre Liszt encontró dos biografías. Tomó en préstamo los tres volúmenes, volvió al coche y emprendió el regreso.

Llegada a la casa, puso al gato en el sofá y sentóse a su lado con los tres libros, dispuesta para un rato de lectura seria. Decidió empezar por la obra de F. Milton Willis. El libro, aunque delgado y un tanto manido, tenía peso y resultaba agradable al tacto, y el nombre del autor sonaba en cierto modo a autoridad.

La doctrina de la reencarnación, leyó, sostiene que las almas pasan por formas animales cada vez más perfectas. «Así, por ejemplo, al igual que un adulto no puede volver a la niñez, tampoco puede un hombre renacer convertido en animal». Releyó la frase. Pero ¿cómo sabría eso el autor? ¿Cómo podía estar tan seguro? Era ilógico. Nadie podía estar cierto sobre una cosa semejante. Su afirmación, al mismo tiempo, la desalentó en gran medida.

«En torno a nuestro centro consciente, en todos nosotros existen, además del cuerpo denso exterior, otros cuatro cuerpos, invisibles para el ojo de la carne, pero perfectamente observables para aquellos en quienes las facultades de percepción de lo superfísico han experimentado el necesario desarrollo...».

Esto no lo entendió en absoluto, pero siguió leyendo, y así alcanzó, poco más adelante, un interesante pasaje donde se señalaba el tiempo que por lo regular un alma permanecía ausente de la tierra antes de regresar a otro cuerpo. Los plazos variaban según el tipo de individuo, y el señor Willis ofrecía el siguiente detalle sobre el particular:

Borrachos e incapaces de empleo: 40/50 años.

Obreros no especializados: 60/100 años.

Obreros especializados: 100/200 años.

La burguesía: 200/300 años.

Clase media alta: 500 años.

Terratenientes de máxima categoría: 600/1.000 años.

Introducidos en la Senda de la Iniciación: 1.500/2.000 años.

Consultó de prisa uno de los dos libros restantes para averiguar cuánto tiempo llevaba muerto Liszt. La biografía lo declaraba fallecido en Bayreuth, en 1886. Hacía de ello sesenta años. Así pues, y según el señor Willis, para volver tan pronto tenía que haber sido un obrero no especializado, cosa que no parecía hacer en absoluto al caso. 

Los métodos de clasificación del autor no le merecían, por otra parte, una opinión demasiado favorable. Según él, los «terratenientes de máxima categoría» eran poco menos que los seres supremos de la tierra. Chaquetas rojas, brindis de monteros y sádico asesinato de zorros... No, resolvió, no me parece correcto. Y encontró placer en ese principio de duda al respecto del señor Willis.

En un punto posterior, tropezó con una lista de las reencarnaciones más famosas. Epicteto, se le informó, había vuelto a la tierra en la persona de Ralph Waldo Emerson; Cicerón, en la de Gladstone; Alfredo el Grande, en la de la reina Victoria; y Guillermo el Conquistador, en la de Lord Kitchener. Ashoka Vardhana, rey de la India en 272 a. C., había regresado en la persona del coronel Henry Steel Olcott, prestigioso abogado americano. Pitágoras se reencarnó en el Maestro Koot Hoomi, fundador de la Sociedad Teosófica junto con Madame Blavatsky y el coronel H. S. Olcott (el prestigioso abogado americano, alias Ashoka Vardhana, rey de la India). 

No se mencionaba quién fue Madame Blavatsky. Se decía, en cambio, que «Theodore Roosevelt ha desempeñado, a través de numerosas reencarnaciones, el papel de conductor de hombres... De él descendía la estirpe real de la antigua Caldea, de cuyo territorio fue nombrado gobernador, en los alrededores del año 30.000 a. C., por la Entidad que conocemos como César, y que en aquel entonces era rector de Persia. Roosevelt y César, repetidamente reunidos en el poder administrativo y militar, habían sido en un tiempo, muchos milenios atrás, marido y mujer...».

Louisa no necesitó leer más. El señor F. Milton Willis no era, bien a las claras, sino un conjeturador. Sus dogmáticas aseveraciones no la habían impresionado. Aunque el buen hombre andaba probablemente por buen camino, sus declaraciones eran extravagantes, sobre todo la que formulaba en el mismo principio del libro, relativa a los animales. 

Confiaba ella que en breve estaría en condiciones de poner en un aprieto a toda la Sociedad Teosófica, con su demostración de que un ser humano podía, en efecto, renacer en forma de animal inferior. Y también que, para reaparecer en un plazo inferior a los cien años, no era preciso haber sido obrero no especializado.

Seguidamente pasó a una de las biografías, que hojeaba sin demasiada atención cuando volvió su marido, procedente del jardín.

—¿Qué haces? —quiso saber.

—Oh... nada importante: unas pequeñas comprobaciones aquí y allá. Dime, cariño, ¿sabías que Theodore Roosevelt fue en un tiempo la mujer de César?

—Mira, Louisa, ¿por qué no acabamos con estas majaderías? No me gusta verte hacer el ridículo de esta manera. Dame de una vez ese condenado gato y yo mismo lo llevaré a la comisaría.

Louisa no pareció oírle. Boquiabierta, tenía la vista clavada en un retrato que de Liszt ofrecía el libro visible en su regazo.

—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Edward, mira!

—¿Qué?

—¡Esto! ¡Las verrugas que tiene en la cara! ¡Ya las había olvidado! Sus grandes verrugas, que llegaron a hacerse famosas. Sus mismos discípulos, ansiosos de parecerse a él, se dejaban en la cara, justo donde él las tenía, pequeños grupos de pelos.

—Y eso ¿qué tiene que ver con el asunto?

—¿Lo de los estudiantes? Nada. Pero lo de las verrugas, sí.

—Oh, Dios. Oh, santo Dios todopoderoso.

—¡También el gato las tiene! Fíjate, te lo voy a demostrar.

Se acomodó al animal en la falda y se puso a examinarle la cara.

—¡Aquí! ¡Aquí hay una! ¡Y aquí, otra! ¡Un momento! ¡Estoy segura de que las tiene en el mismo sitio! ¿Dónde está ese retrato?

Tratábase de un famoso retrato que representaba al músico en su vejez, con su rostro de espléndidos y poderosos trazos enmarcado por una espesa cabellera gris que le cubría las orejas y la mitad de la nuca. Las grandes verrugas del rostro, cinco en total, habían sido reproducidas fielmente.

—Veamos, el retrato muestra una encima de la ceja derecha. —Examinó la cabeza del animal en esa zona—. ¡Sí! ¡Aquí está! ¡Exactamente en el mismo sitio! Luego, otra, a la izquierda, en la parte alta de la nariz. ¡Pues también está aquí! Y otra, un poco más abajo, ya en la mejilla. Y, las dos últimas, bastante juntas, bajo el lado derecho del mentón. ¡Edward! ¡Edward! ¡Ven a ver esto! ¡Corresponden exactamente!

—Eso no demuestra nada.

Alzó la mirada y la fijó en su esposo, quien, plantado en pie en mitad de la sala, todavía con el suéter verde y los pantalones caqui, seguía sudando en abundancia.

—Tienes miedo, ¿verdad, Edward? Miedo de perder tu preciosa dignidad y de que la gente, por una vez en la vida, piense que estás haciendo el ridículo.

—Lo que ocurre, sencillamente, es que me niego a abandonarme a la histeria.

Louisa volvió a su libro y leyó un poco más.

—Esto es interesante —dijo—. Dice aquí que Liszt adoraba toda la obra de Chopin, con una excepción: el Scherzo en si bemol. Esa pieza, al parecer, la aborrecía. La llamaba el «Scherzo de la institutriz», y aseguraba que debía reservarse a las mujeres que practicasen esa profesión, y solo para ellas.

—¿Y qué?

—Escúchame, Edward. En vista de que insistes en esa horrenda actitud sobre todo esto, te diré lo que voy a hacer. Voy a interpretar ahora mismo ese scherzo, y tú te quedas aquí y observas lo que ocurra.

—Tras lo cual te dignarás, a lo mejor, a preparar un poco de cena.

Louisa se puso en pie y tomó del estante un gran volumen encuadernado en verde, que contenía todas las obras de Chopin.

—Aquí está. Oh, sí, lo recuerdo. Desde luego, es bastante feo. Y ahora, escucha, o, mejor dicho, observa. Observa qué hace el gato.

Colocó la partitura en el piano y tomó asiento. Su marido se quedó en pie. Tenía las manos en los bolsillos y un cigarrillo entre los labios y, bien que a pesar suyo, vigilaba al gato ahora adormecido en el sofá. 

El primer efecto, en cuanto Louisa inició su interpretación, fue tan espectacular como en las anteriores ocasiones. El animal se enderezó de un brinco, como aguijoneado, y por espacio de al menos un minuto se mantuvo inmóvil, con las orejas de punta y todo el cuerpo trémulo. 

Luego, inquieto, comenzó a recorrer el sofá arriba y abajo en toda su longitud. Por último saltó al suelo y, con la nariz y la cola en alto, abandonó lenta, majestuosamente la habitación.

—¡Ahí tienes! —exclamó Louisa al tiempo que se levantaba de un salto y corría detrás del gato—. ¿Qué quieres más? ¡Esto lo demuestra!

Volvió cargada con él y lo dejó en el sofá. La cara de la mujer irradiaba entusiasmo toda ella; los puños, de puro comprimidos, los tenía blancos; y el pequeño moño que le coronaba la nuca empezaba a aflojársele, cayéndole a un lado.

—¿Qué me dices ahora, Edward? ¿Qué opinas? —indagó riendo nerviosa.

—Debo reconocer que ha resultado muy divertido.

—¡Divertido! Mi querido Edward, esto es lo más maravilloso que haya ocurrido jamás. ¡Oh, válgame Dios! ¿No es fantástico pensar que tenemos a Franz Liszt viviendo en casa?

—Vamos, Louisa, no nos pongamos histéricos.

—No puedo evitarlo, no puedo. ¡Y pensar que se va a quedar con nosotros para siempre...!

—¿Cómo has dicho?

—¡Oh, Edward! Oh, Edward, estoy tan emocionada que apenas acierto a hablar. ¿Y sabes lo que voy a hacer? Como todos los músicos del mundo querrán conocerle, porque eso es seguro, y preguntarle acerca de la gente que conoció... Beethoven, Chopin, Schubert...

—No sabe hablar —observó su marido.

—Bueno... de acuerdo. Pero eso no impedirá que quieran conocerle, siquiera por verlo, tocarlo, interpretar para él sus composiciones, cosas modernas que jamás había escuchado...

—Tampoco fue tan eminente. Si hablásemos de Bach, o de Beethoven...

—Por favor, Edward, no me interrumpas. Total que lo que voy a hacer es notificarlo a todos los compositores importantes del mundo entero. Es mi deber. Les diré que Franz Liszt está aquí y les invitaré a visitarle. ¿Y qué ocurrirá? Que vendrán a verlo desde todos los rincones de la tierra, en avión.

—¿A ver un gato gris?

—Eso, vida mía, no importa. Se trata de él. Su aspecto nos tiene a todos sin cuidado. ¡Oh, Edward, será la cosa más emocionante que haya ocurrido jamás!

—Pensarán que estás loca.

—Ya lo veremos.

Tenía al gato en brazos y le acariciaba con ternura, sin por ello perder de vista a su marido, que había avanzado hasta la puerta encristalada y desde allí contemplaba el jardín. Con el principio de la anochecida, el césped viraba lentamente del verde al negro, y allá lejos se elevaba en blanca columna el humo de su fogata.

—No —dijo él sin volverse—, no me avengo a eso. No lo verá esta casa. Pasaríamos por dos perfectos imbéciles.

—Edward, ¿qué quieres decir?

—Ni más ni menos lo que he dicho. Me niego en redondo a que rodees de publicidad una tontada como esta. ¿Que has ido a topar con un gato adiestrado? Perfecto, magnífico. Quédatelo, si eso te complace. No tengo nada en contra. Pero de ahí no quiero que pases. ¿Me has entendido, Louisa?

—¿De dónde no debo pasar?

—No quiero oír más majaderías de estas. Te comportas como una chiflada.

Lentamente, Louisa dejó al gato en el sofá. Luego, con la misma lentitud, se puso en pie, tan alta como lo permitía su corta estatura, y avanzó un paso.

—¡Que el diablo te lleve, Edward! —gritó al tiempo que descargaba una patada en el suelo—. ¡Por una vez que algo emocionante ocurre en nuestras vidas, te mueres de miedo de comprometerte, no sea que fueran a reírse de ti! Es eso, ¿no es cierto? No irás a negarlo, ¿verdad?

—Louisa, ya basta. Vuelve en ti y acaba de una vez con esto.

Cruzó la sala, tomó un cigarrillo de la caja que estaba sobre la mesa y lo encendió con el descomunal encendedor acharolado. A su esposa, que se había quedado mirándole, comenzó a manarle el llanto por los lagrimales en dos arroyuelos que surcaron sus empolvadas mejillas.

—Estas escenas vienen repitiéndose demasiado a menudo en los últimos tiempos, Louisa —estaba diciendo el hombre—. No, no me interrumpas. Escúchame. Me hago perfectamente cargo de que esta puede ser una difícil época de tu vida y de que...

—¡Oh, Dios santo! ¡Si serás idiota! ¡Si serás fatuo e idiota! ¿Acaso no te das cuenta de que esto es distinto, de que esto es... de que esto es un milagro?

En ese punto, atravesando la habitación, él la asió con firmeza por los hombros. Tenía en la boca el cigarrillo recién encendido, y allí donde la copiosa transpiración habíase secado en cercos resaltaba, en pálidas manchas, la textura de su cutis.

—Me vas a escuchar —replicó el hombre—. Tengo hambre, he renunciado al golf y me he pasado el día entero trabajando en el jardín; estoy extenuado y hambriento y necesito cenar un poco. Y tú también. De manera que andando a la cocina y a ver si me preparas algo apetitoso.

Louisa retrocedió un paso y llevóse ambas manos a la boca.

—¡Cielos! —exclamó—. Lo había olvidado por completo. Tiene que estar lo que se dice famélico. Aparte un poco de leche, no le he dado nada de comer desde que llegó.

—¿A quién?

—¿A quién va a ser? A él, claro está. Es preciso que me ponga a prepararle en seguida algo verdaderamente especial. Ojalá supiese cuáles eran sus platos favoritos. ¿Qué crees tú que podría gustarle, Edward?

—¡Louisa... maldita sea...!

—Vamos, Edward, por favor; siquiera por una vez, quiero hacer las cosas a mi manera. Y tú —añadió mientras se agachaba para acariciar al gato suavemente con los dedos—, quédate aquí; no tardaré.

Entró en la cocina y se detuvo un instante a pensar qué cosa especial podría prepararle. ¿Y si le hiciera un soufflé, un buen soufflé de queso? Sí, eso resultaría bastante refinado. Claro que a Edward los soufflés no le complacían demasiado, pero, en fin, la cosa no tenía arreglo.

Cocinera solo mediana, no siempre estaba segura de acertar los soufflés; pero en esta ocasión se esmeró y tuvo cuidado en esperar a que el horno alcanzase la temperatura indicada. Mientras aguardaba a que se cociera el soufflé, y mientras revolvía en busca de algo con que acompañarlo, se le ocurrió que a buen seguro Liszt no había probado jamás ni los aguacates ni los pomelos y resolvió darle a conocer ambas cosas, mezcladas en ensalada. Sería interesante ver su reacción. Desde luego que sí.

Cuando todo estuvo listo, lo puso en una bandeja y lo llevó a la sala de estar. En el preciso instante en que entraba en el cuarto vio a su marido, que, procedente del jardín, trasponía la puerta de cristales.

—Aquí tiene su cena —anunció Louisa en tanto la depositaba en la mesa y se volvía hacia el sofá—. ¿Dónde está?

Su marido cerró con llave la puerta de acceso al jardín y cruzó la estancia para procurarse un cigarrillo.

—Edward, ¿ dónde está?

—¿Quién?

—Ya lo sabes.

—Ah, sí. Sí, sí, claro. Pues, verás...

Atento a encender el pitillo, tenía adelantada la cabeza y las manos en torno al enorme encendedor acharolado. Al levantar la mirada vio que su mujer tenía la vista fija en él: en sus zapatos, en los bajos de sus pantalones caqui, húmedos de caminar por la hierba alta.

—He salido un momento, a ver qué tal seguía la hoguera... —continuó.

La mirada de ella fue ascendiendo lenta, hasta detenerse en las manos.

—Todavía sigue ardiendo —prosiguió—. Creo que durará toda la noche.

Pero la forma en que ella le miraba le tenía violento.

—¿Qué ocurre? —preguntó al apartar el encendedor. Y como bajara la vista, advirtió por primera vez el largo, delgado arañazo que le cruzaba la mano de nudillo a muñeca.

—¡Edward!

—Sí, ya lo sé —respondió—. Esas zarzas son terribles. Le destrozan a uno. Pero bueno, Louisa, espera... ¿Qué te ocurre?

—¡Edward!

—Oh, por amor de Dios, mujer, siéntate y no pierdas la calma. No hay motivo para ponerse así. ¡Louisa! ¡Louisa, siéntate!

Náufrago de sí mismo - Sergio Gaut vel Hartman

Había vivido en ese cuerpo durante más de sesenta años, por lo que me resultaba muy difícil aceptar el nuevo estado: el de un envase vacío, inútil, que se descarta después de usado.

—¿Qué van a hacer con... él? —No sabía cómo nombrarlo; habíamos sido uno tanto tiempo...

El biotécnico se encogió de hombros; seguramente contestaba a la misma pregunta varias veces por día.

—Los metemos en el depósito de usados. Eventualmente se utiliza algún órgano, aunque no creo que este sea el caso. ¿Cómo andaba del hígado? ¿Fumaba?

—¿Quiere decir que los congelan? —No solo no contesté a las preguntas directas (de hecho, me resultaban ofensivas): mi ignorancia acerca del tema encendía una luz roja. Temía saber. Las imágenes de freezers con forma de ataúd, apilados en naves sin luz, me acribillaban sin piedad desde el día posterior a la transferencia.

—¿Congelarlos? —El hombre me miró, desconcertado—. ¿Para qué nos tomaríamos ese trabajo? Los conectamos a los tubos y los dejamos ahí hasta que se les termina la cuerda.

«¡Se les termina la cuerda!», una metáfora bella y despiadada.

—Siguen viviendo —suspiré.

La idea de que mi viejo cuerpo se pudría en un depósito maloliente mientras yo iniciaba una nueva vida tenía algo de insano. «¿En qué clase de monstruo me estoy convirtiendo?», pensé.

—Viviendo, lo que se dice viviendo... Es aventurado. En principio no, pero las funciones vegetativas no se extinguen con la transferencia; quedan chispazos de memoria y los recuerdos juveniles no terminan de borrarse. Están bastante vivos, supongo, aunque como usted sabe ya no son personas, oficialmente.

—Bastante vivos —repetí—. Como «un poco embarazada». ¿Lo suficiente como para merecer respeto, apoyo, consuelo y cariño?

—¡Usted está completamente loco! —exclamó el biotécnico—. En vez de disfrutar el nuevo cuerpo se dedica a lamentar la suerte del viejo. ¿Se apega así a cada botella de Coca-Cola que vacía? Le aclaro que por ese camino se va al carajo.

Inspiré profundamente y apreté los puños:

—Eso mismo pensaba yo hasta hace un momento, antes de enterarme de que mi viejo cuerpo sigue viviendo.

—¿Hubiera preferido que lo matáramos? Porque hasta donde yo sé, los cuerpos no mueren sin la ayuda de un cáncer, o un paro cardíaco, o un edema, o un...

Dejé al tipo hablando solo y me perdí en el dédalo de pasillos de Korps. Caminé así durante horas, reflexionando acerca de la segunda transformación crucial de mi vida. Había necesitado varios días para aceptar mi nuevo cuerpo y de repente, cuando empezaba a parecerme natural tener treinta años, alguien que podría ser mi abuelo emergía de la nada para reclamar el pago de una factura. ¿Factura en pago de qué? ¿Qué había roto? «No tiene derecho a exigir nada», reflexioné, «vivió lo que se suele vivir. Y yo viviré hasta que tenga ganas de morir».

Entré al depósito inadvertidamente y no descubrí la magnitud de mi error hasta que fue tarde para corregirlo. Lo que en un primer momento tomé por una habitación para guardar instrumental en desuso y muebles estropeados resultó ser el lugar de los cuerpos descartados. Todos ellos, la mayoría pertenecientes a viejos decrépitos, carcomidos por enfermedades visibles, yacían en reposeras de lona, de cara a la puerta. Había cien, mil reposeras apenas distinguibles en la penumbra del depósito, dispuestas con displicencia, preparadas para un infinitamente demorado salto al vacío. Los rostros, agostados por la espera infructuosa, apenas agitados por temblores, delataban el fluir de la sangre. Había caído en medio de una pesadilla ajena.

Contemplé con repugnancia los tubos de plástico conectados a las tráqueas y las cánulas hundidas en las venas de los antebrazos. Esos despojos parecían estar haciendo fuerza para liberarse de sus ataduras, aunque no debía existir una buena razón para hacerlo. Aun en aquellos en los que las razones de la transferencia no se dibujaban en manchas y arrugas, se advertía la resignación, una apática mansedumbre ante el mundo perdido.

Vencido el primer impulso de fuga, y dispuesto a aceptar mi rol en el proceso de cambio de cuerpo al que me había sometido, busqué con la mirada al que había sido yo. Me resultaba imposible pensar en él como otro, alguien separado, diferente, ajeno. Tal vez por esa misma razón demoré una eternidad en identificarlo; mis ojos habían pasado de largo, ciegos a la silueta inerte, indistinguible de las otras que poblaban el depósito.

Me acerqué lentamente, temiendo que un movimiento brusco pudiera desencadenar una marea de protestas, pero lo cierto fue que los cuerpos me ignoraron y solo unos pocos expresaron un sordo fastidio ante la intrusión, moviendo las manos con torpeza y enredándolas en las sondas. Por fin, cuando logré sortear todos los obstáculos que me separaban del cuerpo y pude mirarlo cara a cara, mi mente quedó en blanco.

Intenté sin éxito decirle que lo sentía, elaborar unas frases de disculpa. La rigidez del cuerpo, su impasible serenidad, me inhibían de tal modo que, para mi desconcierto, tuvo que ser él quien quebrara el silencio.

—Te esperaba —dijo mi excuerpo con voz débil.

—¿A mí? —No lograba imaginarme esperando sin fe ni sueños, en el ocaso, al responsable del sufrimiento gratuito al que se me estaba sometiendo. También me sentí culpable porque mi presencia allí era pura casualidad.

—No viniste por casualidad —dijo él, como si fuera capaz de leer mis pensamientos—, y no leo tus pensamientos; de alguna manera seguimos siendo la misma persona.

Las palabras quedaron colgadas, tintineando. Estaba claro que se sentía más yo que yo mismo; era memoria, pero también cuerpo, el cuerpo original que me había contenido, condenado al descarte por efectos de un gambito siniestro, de una jugada que él, y no yo, había urdido. Pero cuando traté de objetar ese razonamiento las palabras se negaron obstinadamente a ser pronunciadas. Sabía lo que él estaba pensando; había esperado, paciente e imperturbable, para demostrar que controlaba mi destino, que lo seguía controlando. La escena se parecía peligrosamente a otra, vivida años antes, cuando mis padres decidieron que debía despedirme de un abuelo moribundo y desconocido. En aquella oportunidad, el viejo me hizo sentir que yo era responsable de su muerte, que mi ofensiva juventud operaba, de algún modo, como disparador de su partida.

El grito lúgubre de otro cuerpo, reptando a ras del suelo, vino providencialmente en mi auxilio. «Es así como se van», pensé, «con un gemido que se estira y adelgaza mientras descubren que esa vez no serán rescatados».

Me iré con un sonido así —dijo mi primer cuerpo—. Todos lo hacemos. Es como la sirena de un barco que parte.

Tampoco esta vez fui capaz de replicar. ¿Quién es el náufrago? ¿Acaso el barco pasó frente a la isla sin advertir las señales?

Contemplé los tubos de alimentación que unían el cuerpo con los tanques y reprimí el deseo de arrancárselos. Es preferible ahogarse que aguardar el rescate sin esperanzas. Mi excuerpo, una vez más, desnudó mis pensamientos.

—Tal vez el náufrago no sea yo —dijo.

—Tengo toda la vida por delante —alegué—. Empiezo de nuevo, ¿no? —La endeble convicción de mis palabras se reflejó en un gesto torpe e incompleto de mi mano, como una caricia que aborta en un ramalazo de bronca.

Él, indiferente, se encogió de hombros y abarcó con la mirada a los otros cuerpos que morían a nuestro alrededor.

—Empezar de nuevo —dijo—, pero no desde cero. Los que vienen a despedirse de su cuerpo descartado cargan para siempre con las imágenes que pueblan este depósito.

—¿Es un reproche? —Me invadió un repentino asco por la actitud de mi viejo cuerpo. ¿En qué trataba de enredarme? Estaba condenado: es cuestión de días, semanas a lo sumo, dijeron los médicos. No había otra salida que la transferencia. Me había puesto a la defensiva; una red invisible entorpecía mis razonamientos, me inmovilizaba.

—No estabas obligado a venir —dijo el cuerpo—. ¿Por qué no disfrutar directamente de la libertad, del cuerpo sano por primera vez en mucho tiempo? Hubiera sido lo más lógico. Pero no. Sentiste el impulso de pagar la deuda para no tener que recriminarte en el futuro. Me parece bien. Yo hubiera hecho lo mismo.

Las últimas palabras pusieron al descubierto una mordacidad de la que siempre me enorgullecí. ¿Sería capaz de conservarla en mi relación con los amigos de toda la vida? Como en un juego: comenzaban a plantearse demasiadas opciones y no estaba nada claro el sistema que utilizaría para manejarlas. Dejar mis ámbitos, conocer gente nueva, abandonar el planeta...

—Vine por casualidad —repetí desanimadamente.

—Sí —consintió mi cuerpo. Había perdido el interés en la conversación. O el dolor que soportaba sin gestos había reaparecido. Yo sabía mucho acerca de ese dolor. Sonó otro quejido. La agonía circulaba como corriente eléctrica entre los cuerpos. Esta vez el sonido fue gris, chato, y se esfumó sin fuerzas en la atmósfera pesada del depósito.

No había nada más. Nada más que decir. Nada más que hacer. Nada más que pensar. Nada más que sentir. Era hora de salir de ese lugar.

Pero no lo hice. El cuerpo había aceptado mi irresponsabilidad con una palabra hueca, adecuada para desarticular cualquier argumentación futura. Fue tal la tensión creada por ese «sí» de compromiso que solo pude romper el equilibrio cuando extendí la mano y toqué la mejilla seca con la punta de los dedos. Mi antiguo cuerpo se estremeció, como si una descarga hubiera emanado de las yemas.

—¿Qué hiciste? —dijo apartando el rostro, aprensivo.

—Nada. Trataba de ser amable, creo.

—Tenés miedo, mucho miedo.

La acusación era severa, trascendía el mero diagnóstico. Pero se oyeron dos lamentos: uno bajo, siniestro, el otro agudo como el trino de un ave. Hay muchas formas de morir.

—¿Miedo? ¿De qué?

—Hay infinitas formas de morir —replicó mi excuerpo usando las mismas palabras de un modo oblicuo. Pasé por alto la observación. De todos modos, yo ya no sabía a qué aludíamos en nuestro diálogo; había perdido el hilo, y tal vez hasta el interés. Me descubrí hipnotizado por los colores de los tubos de plástico: rojo, azul, verde.

—No soy yo el que está conectado a los tubos —dije.

—Son falsos —dijo el cuerpo—, una ficción para impresionar a los visitantes. Sin una adecuada puesta en escena el efecto sobre la psique del transferido sería débil, pobre.

—¿Falsos? Pensé que los alimentaban a través de los tubos.

—Eso hacen —replicó—. Son falsos porque da lo mismo que nos alimenten o nos dejen morir de hambre. No volveremos a salir de aquí; han dejado de suministrarnos la medicación y solo entran al depósito a recoger los cadáveres tres veces por día.

Era una crueldad, pero no había otra forma de hacerlo. Se lo dije.

—No es posible esperar la muerte del primer cuerpo; en ese caso la transferencia no podría llevarse a cabo.

—Claro, claro —dijo el cuerpo con un tono que no distinguía entre la pena y la rabia.

—Ahora somos como especies diferentes. —Buscaba febrilmente una excusa para seguir hablando, y cada palabra provocaba el efecto contrario al propuesto.

—Es el precio del progreso. Antes la gente se moría y listo. Ahora se violan las leyes de la naturaleza, se juega con fuego.

—¡Nunca fui creyente! —exclamé—. ¿La vecindad de la muerte te hace desear la vida eterna?

—La inminencia de la muerte me forzó a transferirme, nada más —replicó con actitud—. O te forzó... o nos forzó. Como ves, eso ya no importa.

Un coro de ayes se desplazó por el contorno de las últimas palabras de mi excuerpo y terminó por ahogarlas. Las puertas del depósito se abrieron, los auxiliares entraron, desconectaron los tubos de una docena de cadáveres, los cargaron en un ridículo carro eléctrico con economizados movimientos, y salieron dejando el lugar impregnado con su desinterés, una dramática falta de emociones. Minutos después regresaron con una docena de cuerpos descartados en transferencias recientes y repitieron sus movimientos en sentido inverso. Por docenas, como huevos.

—No me vieron —atiné a decir.

—No les interesás.

—Podría ser un ladrón, un maníaco.

—Nuestros órganos no les sirven ni a los perros. Los experimentos biológicos se hacen con carne fresca, cultivada en tanques; los cuerpos enfermos no sirven para nada. —Se agitó en la reposera, incómodo. Tuve miedo de que se muriera en ese mismo momento. Él lo advirtió—. Quedate tranquilo —dijo, anticipándose una vez más—. Todavía falta.

—¿Cuánto? —La pregunta, inesperada hasta para mí, lo conmovió.

—¿Cuánto? No sé. Horas, dos días, una semana, seis meses. ¿Quién puede predecir con cuánta ferocidad se aferra un cuerpo a la vida, aun un cuerpo despojado de su alma?

Yo no me sentía el alma de nadie, menos de ese cuerpo obstinado, aunque debía reconocer que hablaba con buen criterio. Los médicos habían sido terminantes en todo lo que se refería a mi sobrevida en el cuerpo viejo. Pero los médicos no tienen un compromiso fatal con los pronósticos. ¿Alguien conoce a un médico castigado por errarle a una predicción? La puerta del depósito, cerrada tras la partida de los auxiliares con su macabro cargamento, me devolvió al mundo real. Mi primer cuerpo observaba sin demasiado interés el marco de luz y las partículas de polvo en suspensión. El depósito se sumía en las tinieblas. Me resultaba imposible determinar cuánto tiempo hacía que estaba en este lugar.

—Debo irme —dije.

—Es cierto —dijo él.

—Antes de que sea demasiado tarde.

—La puerta no está cerrada con llave.

—Puedo regresar.

—Depende de vos. Si te interesa hacerlo...

—Quiero decir: tiene sentido si vas a estar aquí cuando vuelva.

Se encogió de hombros, casi despectivo.

—Sí o no. ¿Quién sabe? ¿Soy Dios para conocer el instante exacto? Si bien mis razones para seguir vivo se han extinguido, no tengo coraje para terminar por mi mano lo que empecé con la cabeza cuando decidí transferirme. Tal vez me aferro a la vida porque los cuerpos son entidades independientes, que obran por su cuenta.

—Los cuerpos obran por su cuenta —repetí tontamente—. Podrías aprovechar tus últimas horas escribiendo un tratado: Teoría de la Razón Vegetativa.

—Los cuerpos obran por su cuenta —repitió una vez más—. Tu cuerpo lo está haciendo en este mismo momento. ¿Por qué no te vas de una buena vez? —Escupió las palabras con irritación, desafiándome.

—No soy una bestia; puedo esperar hasta que te calmes.

—¡Excusas, pretextos! —dijo él—. Tus razones para permanecer en este lugar, junto a mí, esperando mi muerte, no tienen ningún valor. Te transferiste para liberarte de mí, no para cargar conmigo. No soy tu padre inválido. ¿Ves a otros haciendo eso? Los cuerpos mueren solos; está bien que sea así.

La voz de mi excuerpo se había ido haciendo más y más aguda a medida que la pasión del discurso lo embargaba. Eso hizo que el contraste con el último suspiro de uno que se iba a pocos pasos de donde estábamos fuera muy marcado.

—No conozco otra forma de proceder —dije sin convicción—. Puedo esperar unos minutos. He comprendido que somos parte de un todo indivisible, y que mi deber será llorarte, sentir dolor.

—¡Qué cursi! Pero aprecio tu gesto, aunque los dos sabemos que no sirve para nada.

Bajé la cabeza. El suelo del depósito estaba sucio de polvo y excrementos por todas partes, excepto donde los cuerpos descartados movían impacientes los pies. Allí el piso estaba lustroso y la oscuridad luchaba tratando de ganar la batalla contra los brillos furtivos que se descolgaban desde fuentes invisibles. Empecé a esperar, ansioso, la siguiente ronda de los auxiliares. Hice un cálculo mental de los muertos y traté de establecer reglas de frecuencias basándome en los gemidos, pero abandoné enseguida, desanimado, pesimista. Cada vez me era más difícil determinar los motivos de mi permanencia en el lugar, de mi incapacidad para salir, simplemente salir. Estaba en una trampa que yo mismo había construido y cebado. El cuerpo captó mi estado de ánimo y trató de ser constructivo.

—Creo que no voy a morir hoy.

—Podría volver mañana —dije estúpidamente.

—Es una buena idea. Pero tampoco sé si mañana...

El marco de luz se extinguía, por lo que el depósito ya estaba sumido en un mar de oscuridad. Los puntos de referencia habían desaparecido y lo mismo podía hallarme en el depósito de cuerpos descartados que en el corazón de una pesadilla. Me alenté con la idea de que es posible despertar de la peor pesadilla, pero la voz quebrada de mi primer cuerpo me devolvió a la realidad.

—...caminando hacia donde apunta ahora tu nariz...

Era ahora o nunca. Me puse en marcha y, antes de dar el tercer paso, la ira de un cuerpo demostró que no sería una tarea sencilla.

—¡Qué imbécil! ¡Fíjese por dónde camina y respete a los que se están muriendo!

—Perdón. Quiero salir de este lugar.

—¿Salir? —dijo el cuerpo y se rio ofensivamente—. De aquí solo se sale muerto.

Era la confirmación de lo que había empezado a sospechar: la trampa, funcionando con eficacia, me dejaba del lado incorrecto.

—Soy un recién transferido —dije—. Vine a despedirme. —Busqué aferrar con las manos al moribundo, pero este me eludió, burlón. Cuando volvió a hablar supe que no era el mismo, que otro ocupaba su lugar. El juego empezaba a despertar el interés de los condenados.

—Mi transferido no vino a despedirse. Desgraciado. Me deja solo en estas circunstancias tan dolorosas...

—El mío firmó una autorización para que me inyectaran algo para acelerar el asunto —dijo otro.

Un grito destemplado cortó una nueva protesta. Los quejidos y lamentos brotaban ahora de todos los rincones del depósito; los viejos cuerpos morían a mi alrededor, o simulaban hacerlo para mortificarme.

—¿De qué sirve? —aulló una voz femenina—. ¿Nos hace diferentes, nos mejora en algún sentido? Si la muy puta viniera a despedirme...

—¡Se arrepentiría! —completó un coro destemplado.

Los cuerpos descartados se mecían en sus reposeras de lona produciendo sonidos de textura rugosa, mínimos estertores de madera y polvo; el silencio roto se había esparcido por todo el volumen del depósito reflejando imágenes ciegas de la muerte, la muerte verdadera, la muerte cierta y absoluta, la que no podemos eludir con artificiosos saltimbanquis cambiando la cáscara.

—¿Por dónde? —rogué—. No veo la salida.

—Hacia adelante, con energía —insistió mi primer cuerpo—, atropellando sin asco; vamos a morir de todos modos.

Arremetí con furia, ciegamente, pero la reacción de los cuerpos no se hizo esperar. Probablemente en un ilógico arrebato, se habían levantado de las reposeras y me rodeaban, cerrándome el paso. Llegué a sentir la presión de algo duro, metálico, que buscaba mi carne y la ferocidad de una dentadura incompleta mordiéndome el brazo mientras, perdida toda moderación, yo golpeaba con los puños apretados en todas direcciones. Era inútil: la ruta hacia la salida, en la oscuridad y cercado por cuerpos sin futuro, se había clausurado para mí.

Sigue un lapso de recuerdos confusos. Tal vez caí, fui pisoteado por los cuerpos enfurecidos, recibí un golpe en la cabeza. Quizá no. Es imposible reconstruir los hechos que conducen a mi situación actual. Solo tengo la certeza de un despertar en la oscuridad y el silencio del depósito, de los tubos de plástico que me conectan a sustancias nutritivas, de los centenares de cuerpos descartados que me rodean.

—Era la única salida —dijo una voz familiar desde muy cerca, en un repliegue de las sombras—. Estaba en garantía. Si bien ninguna herida fue mortal...

—No quiero que me compadezcas —lo interrumpí—, y andate antes de que sea tarde.

—Necesito que aclaremos algunas cosas —dijo.

—No hay nada que aclarar —repliqué—. Es peligroso. —Pude verlo por primera vez: éramos idénticos, por supuesto, el mismo modelo de cuerpo—. Solo una pregunta: ¿el primer cuerpo... murió?

—Estoy aquí —respondió el primer cuerpo con la voz llena de grietas, desde algún lugar próximo, a la derecha de donde yo estaba.

—La casa está en orden, entonces.

—Me incorporé para que el nuevo cuerpo supiera que me dirigía a él—. Ahora voy a contar hasta diez, y cuando termine estaré afuera de este lugar de mierda, viviendo.

Movió la cabeza con obstinación. Comprendí que la trampa volvía a estar cebada y quién sabe cuántos caeríamos en ella antes de aprender el truco que permitía burlarla.

—Parece —dijo el cuerpo original alzando la voz en la atmósfera cargada de podredumbre— que el que escribió nuestro final se resiste a modificar una sola línea.

—Quizá sea un griego —repliqué, con ironía—, un aficionado a imaginar el Destino con mayúscula.

—¿De qué están hablando? —dijo el cuerpo nuevo, desconcertado—, ¿se burlan de mí? ¿Así pagan mi simpatía? De cualquier manera voy a quedarme hasta obtener algunas respuestas. No tengo necesidad de explicarles...

Dejé de escuchar sus palabras, aunque las oía mezcladas con el zumbido de las máquinas y el latir de los corazones de los cuerpos. Me costaba imaginar qué heridas habían obligado a realizar una segunda transferencia en tan poco tiempo, por lo que empecé a inspeccionar el cuerpo con cuidado, minuciosamente. Una fea costura me cruzaba el pecho y, al presionar, descubrí un dolor agudo en el costado izquierdo. ¿Tanto me habían dañado los casi muertos? Korps, en defensa de su reputación, había actuado de oficio y el nuevo cuerpo avaló el procedimiento al despertar. Cerraba perfectamente.

Se abrió la puerta y entraron los auxiliares. Curiosamente no había cuerpos sin vida, por lo que permanecieron perplejos unos segundos, vacilando entre dos mundos, pero no tardaron en retomar sus rutinas, trayendo cuerpos recién descartados a los que ubicaron en reposeras de lona, conectando los tubos de plástico a las venas de los pobres desgraciados.

—¡Llévenselo! —grité a voz en cuello—. No tiene nada que hacer aquí.

El dolor se intensificó, perdí fuerzas; mis gritos sonaban apagados, incapaces de alcanzar su objetivo.

—No registran a los descartados —dijo mi primer cuerpo.

—Ahorren fuerzas —dijo el cuerpo nuevo—. Los voy a sacar de esta pocilga. Mis cuerpos no son basura.

—Somos basura —dijo el primer cuerpo.

—Te suplico: ándate de este lugar antes de que sea tarde —sonó melodramático, pero no se me ocurría otra forma de hacerlo reaccionar—. Vas a quedar atrapado, prisionero, como nosotros...

El cuerpo nuevo se sobresaltó. Los auxiliares habían cerrado la puerta y el depósito quedó en penumbras una vez más. En la oscuridad creciente los gemidos de todos nosotros, los cuerpos descartados, y las protestas del recién transferido se mezclaron hasta hacerse indistinguibles.