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El jardín secreto - Chesterton G. K.

    Arístides Valentin, jefe de la Policía de París, llegó tarde a la cena, y algunos de sus huéspedes estaban ya en casa. Pero a todos los tranquilizó su criado de confianza, Iván, un viejo que tenía una cicatriz en la cara, y una cara tan gris como sus bigotes, y que siempre se sentaba tras una mesita que había en el vestíbulo; un vestíbulo tapizado de armas. La casa de Valentin era tal vez tan célebre y singular como el amo. Era una casa vieja, de altos muros y álamos tan altos que casi sobresalían, vistos desde el Sena; pero la singularidad y acaso el valor policíaco de su arquitectura estaba en esto: que no había más salida a la calle que aquella puerta del frente, resguardada por Iván y por la armería. El jardín era amplio y complicado, y había varias salidas de la casa al jardín. Pero el jardín no tenía acceso al exterior, y lo circundaba un paredón enorme, liso, inaccesible, con púas en las bardas. No era un mal jardín para los esparcimientos de un hombre a quien cientos de criminales habían jurado matar.
    Según Iván explicó a los huéspedes el amo había anunciado por teléfono que asuntos de última hora le obligaban a retrasarse unos diez minutos. En verdad, estaba dictando algunas órdenes sobre ejecuciones y otras cosas desagradables de este jaez. Y aunque tales menesteres le eran profundamente repulsivos, siempre los atendía con la necesaria exactitud. Tenaz en la persecución de los criminales, era muy suave a la hora del castigo. Desde que había llegado a ser la suprema autoridad policíaca de Francia y en gran parte de Europa, había empleado honorablemente su influencia en el empeño de mitigarla penas y purificar las prisiones. Era uno de eso librepensadores humanitarios que hay en Francia. Su única falta consiste en que su perdón suele ser más frío que su justicia.
    Valentin llegó. Estaba vestido de negro; llevaba en la solapa el botoncito rojo. Era una elegante figura. Su barbilla negra tenía ya algunos toques grises. Atravesó la casa y se dirigió inmediatamente a su estudio, situado en la parte posterior. La puerta que daba al jardín estaba abierta. Muy cuidadosamente guardó con llave su estuche en el lugar acostumbrado, y se quedó uno segundos contemplando la puerta abierta hacia el jardín. La luna -dura- luchaba con los jirones y andrajos de nubes tempestuosas. Y Valentin la consideraba con una emoción anhelosa poco habitual en naturalezas tan científicas como la suya. Acaso estas naturalezas poseen el don psíquico de prever los más tremendos trances de su existencia. Pero pronto se recobró de aquella vaga inconsciencia, recordando que había llegado con retraso y que sus huéspedes le estarían esperando. Al entrar en el salón, se dio cuenta al instante de que, por lo menos, su huésped de honor aún no había llegado. Distinguió a las otras figuras importantes de su pequeña sociedad: a Lord Galloway, el embajador inglés un viejo colérico con una cara roja como amapola, que llevaba la banda azul de la Jarretera; a Lady Galloway, sutil como una hebra de hilo, con los cabellos argentados y la expresión sensitiva y superior. Vio también a su hija, Lady Margaret Graham, pálida y preciosa muchacha, con cara de hada y cabellos color de cobre. Vio a la duquesa de Mont Saint-Michel, de ojos negros, opulenta, con sus dos hijas, también opulentas y ojinegras. Vio al doctor Simon tipo del científico francés, con sus gafas, su barbilla oscura, la frente partida por aquellas arrugas paralelas que son el castigo de los hombres de ceño altanero, puesto que proceden de mucho levantar las cejas. Vio al padre Brown, de Cobhole, en Essex, a quien había conocido en Inglaterra recientemente. Vio, tal vez con mayor interés que a todos los otros, a un hombre alto, con uniforme, que acababa de inclinarse ante los Galloway, sin que éstos contestaran a su saludo muy calurosamente, y que a la sazón se adelantaba al encuentro de su huésped para presentarle sus cortesías. Era el comandante O'Brien, de la Legión francesa extranjera; tenía un aspecto entre delicado y fanfarrón, iba todo afeitado, el cabello oscuro, los ojos azules; y, como parecía propio en un oficial de aquel famoso regimiento de los victoriosos fracasos y los afortunados suicidios, su aire era a la vez atrevido y melancólico.
Era, por nacimiento, un caballero irlandés, y, en su infancia, había conocido a los Galloway, y especialmente a Margaret Graham. Había abandonado su patria dejando algunas deudas, y ahora daba a entender su absoluta emancipación de la etiqueta inglesa presentándose de uniforme, espada al cinto y espuelas calzadas. Cuando saludó a la familia del embajador, Lord y Lady Galloway le contestaron con rigidez y Lady Margaret miró a otra parte.
    Pero si las visitas tenían razones para considerarse entre sí con un interés especial, su distinguido huésped no estaba especialmente interesado en ninguna de ellas. A lo menos, ninguna de ellas - era a sus ojos- el convidado de la noche. Valentin esperaba, por ciertos motivos, la llegada de un hombre de fama mundial, cuya amistad se había ganado durante sus victoriosas campañas policíacas en los Estados Unidos. Esperaba a Julius K. Brayne, el multimillonario cuyas colosales y aplastantes generosidades para favorecer la propaganda de las religiones no reconocidas habían dado motivo a tantas y tan felices burlas, y a tantas solemnes y todavía más fáciles felicitaciones por parte de la Prensa americana y británica. Nadie podía estar seguro de si Mr. Brayne era un ateo, un mormón o un partidario de la ciencia cristiana; pero él siempre estaba dispuesto a llenar de oro todos los vasos intelectuales, siempre que fueran vasos hasta hoy no probados. Una de sus manías era esperar la aparición del Shakespeare americano (cosa de más paciencia que el oficio de pescar). Admiraba a Walt Whitman, pero opinaba que Luke P. Taner, de París (Philadelphia) era mucho más «progresista" que Whitman. Le gustaba todo lo que le parecía «progresistas. Y Valentin le parecía «progresista", con lo cual le hacía una grande injusticia.
    La deslumbrante aparición de Julius K. Brayne; fue como un toque de campana que diera la señal de la cena. Tenía una notable cualidad, de que podemos preciarnos muy pocos: su presencia era tan ostensible como su ausencia. Era enorme, tan gordo como alto; vestía traje de noche, de negro impecable, sin el alivio de una cadena de reloj o de una sortija. Tenía el cabello blanco, y lo llevaba peinado hacia atrás, como un alemán; roja la cara, fiera y angelical, con una barbilla oscura en el labio inferior, lo cual transformaba su rostro infantil, dándole un aspecto teatral y mefistofélico. Pero la gente que estaba en el salón no perdió mucho tiempo en contemplar al célebre americano. Su mucha tardanza había llegado a ser ya un problema doméstico, y a toda prisa se le invitó a tomar del brazo a Lady Galloway para pasar al comedor.
    Los Galloway estaban dispuestos a pasar alegremente por todo, salvo en un punto: siempre que Lady Margaret no tomara el brazo del aventurero O'Brien, todo estaba bien. Y Lady Margaret no lo hizo así, sino que entró al comedor decorosamente acompañada por el doctor Simon. Con todo, el viejo Lord Galloway comenzó a sentirse inquieto y a ponerse algo áspero. Durante la cena estuvo bastante diplomático; pero cuando a la hora de los cigarros, tres de los más jóvenes -el doctor Simon, el padre Brown y el equívoco O'Brien, el desterrado con uniforme extranjero- empezaron a mezclarse en los grupos de las damas y a fumar en el invernadero, entonces el diplomático inglés perdió la diplomacia. A cada sesenta segundos le atormentaba la idea de que el bribón de O'Brien tratara por cualquier medio de hacer señas a Margaret, aunque no se imaginaba de qué manera. A la hora del café se quedó acompañado de Brayne, el canoso yanqui que creía en todas las religiones, y de Valentin, el peligrisáceo francés que no creía en ninguna. Ambos podían discutir mutuamente cuanto quisieran; pero era inútil que invocaran el apoyo del diplomático. Esta logomaquia <<progresista>> acabó por ponerse muy aburrida; entonces, Lord Galloway se levantó también, y trató de dirigirse al salón. Durante seis u ocho minutos anduvo perdido por los pasillos; al fin oyó la voz aguda y didáctica del doctor, y después la voz opaca del clérigo, seguida por una carcajada general. Y pensó con fastidio que tal vez allí estaban también discutiendo sobre la ciencia y la religión. Al abrir la puerta del salón sólo se dio cuenta de una cosa; de quiénes están ausentes. El comandante O'Brien no estaba allí; tampoco Lady Margaret.
    Abandonó entonces el salón con tanta impaciencia como antes abandonara el corredor, y otra vez metióse por los pasillos. La preocupación por proteger a su hija del pícaro argelinoirlandés se había apoderado de él como una locura. Al acercarse al interior de la casa, donde estaba el estudio de Valentin, tuvo la sorpresa de encontrar a su hija, que pasaba rápidamente con una cara  pálida y desdeñosa que era un enigma por sí sola. Si había estado hablando con O'Brien, ¿dónde estaba éste? Si no había estado con él, ¿de dónde venía? Con una sospecha apasionada y senil se internó más en la casa, y casualmente dio con una puerta de servicio que comunicaba al jardín. Ya la luna, con su cimitarra, había rasgado; y deshecho toda nube de tempestad. Una luz de plata bañaba de lleno el jardín. Por el césped vio pasar una alta figura azul camino del estudio. Al, reflejo lunar, sus facciones se revelaron: era el comandante O'Brien.
    Desapareció tras la puerta vidriera en los interiores de la casa, dejando a Lord Galloway en un estado de ánimo indescriptible, a la vez confuso e iracundo. El jardín de plata y azul, como un escenario de teatro, parecía atraerle tiránicamente con esa insinuación de dulzura tan opuesta al cargo que él desempeñaba en el mundo. La esbeltez y gracia de los pasos del irlandés le habían encolerizado como si, en vez de un padre, fuese un rival; y ahora la luz de la luna le enloquecía. Una como magia pretendía atraparle, arrastrándole hacia un jardín de trovadores, hacia una tierra maravillosa de Watteau; y, tratando de emanciparse por medio de la palabra de aquellas amorosas insensateces, se dirigió rápidamente en
pos de su enemigo. Tropezó con alguna piedra o raíz de árbol, y se detuvo instintivamente a escudriñar el suelo, primero con irritación, y después, con curiosidad. Y entonces la luna y los álamos del jardín pudieron ver un espectáculo inusitado: un viejo diplomático inglés que echaba a correr, gritando y aullando como loco.
    A sus gritos, un rostro pálido se asomó por la puerta del estudio, y se vieron brillar los lentes y aparecer el ceño preocupado del doctor Simon, que fue el primero en oír las primeras palabras que al fin pudo articular claramente el noble caballero. Lord Galloway gritaba:
    -¡Un cadáver sobre la hierbal ¡Un cadáver ensangrentado!
    Y ya no pensó más en O'Brien.
    -Debemos decirlo al instante a Valentin -observó el doctor, cuando el otro le hubo descrito entre tartamudeos lo que apenas se había atrevido a mirar-. Es una fortuna tenerlo tan a mano.
    En este instante, atraído por las voces, el gran detective entraba en el estudio. La típica transformación que se operó en él fue algo casi cómico: había acudido al sitio con el cuidado de un huésped y de un caballero que se figura que alguna visita o algún criado se ha puesto malo; pero cuando le dijeron que se trataba de un hecho sangriento, al instante tornóse grave, importante, y tomó el aire de hombre de negocios; porque, después de todo, aquello, por abominable e insólito que fuera, era su negocio.
Amigos míos -dijo, mientras se encaminaba hacia el jardín-, es muy extraño que, tras de haber andado por toda la tierra a caza de enigmas, se me ofrezca uno en mi propio jardín. ¿Dónde está?
    No sin cierta dificultad cruzaron el césped, porque había comenzado a levantarse del río una ligera niebla. Guiados por el espantado Galloway, encontraron al fin el cuerpo, hundido entre la espesa hierba. Era el cuerpo de un hombre muy, alto y de robustas espaldas. Estaba boca abajo, vestido de negro, y era calvo, con un escaso vello negro aquí y allá que tenía un aspecto de alga húmeda. De su cara manaba una serpiente roja de sangre.
    -Por lo menos -dijo Simon con una voz , profunda y extraña-, por lo menos no es ninguno de los nuestros.
    -Examínele usted, doctor -ordenó con cierta brusquedad Valentin-. Bien pudiera no estar muerto.
    El doctor se inclinó.
    -No está enteramente frío, pero me temo que sí completamente muerto -dijo-. Ayúdenme ustedes a levantarlo.
    Lo levantaron cuidadosamente hasta una pulgada del suelo, y al instante se disiparon, con espantosa certidumbre, todas sus dudas. La cabeza se desprendió del tronco. Había sido completamente cortada. El que había cortado aquella garganta había quebrado también las vértebras del cuello. El mismo Valentin se sintió algo sorprendido.
    -El que ha hecho esto es tan fuerte como un gorila -murmuró.
    Aunque acostumbrado a los horrores anatómicos, el doctor Simon se estremeció al levantar aquella cabeza. Tenía algún arañazo por la barba y la mandíbula, pero la cara estaba sustancialmente intacta. Era una cara amarilla, pesada, a la vez hundida e hinchada, nariz de halcón, párpados inflados: la cara de un emperador romano prostituido, con ciertos toques de emperador chino. Todos los presentes parecían considerarle con la fría mirada del que mira a un desconocido. Nada más había de notable en aquel cuerpo, salvo que, cuando le levantaron, vieron claramente el brillo de una pechera blanca manchada de sangre. Como había dicho el doctor Simon, aquel hombre no era de los suyos, no estaba en la partida, pero bien podía haber tenido el propósito de venir a hacerles compañía, porque vestía el traje de noche propio del caso.
    Valentin se puso de rodillas, se echó sobre las manos, y en esa actitud anduvo examinando con
la mayor atención profesional la hierba y el suelo, dentro de un contorno de veinte yardas, tarea en que fue asistido menos concienzudamente por el doctor, y sólo convencionalmente por el Lord inglés. Pero sus penas no tuvieron más recompensa que el hallazgo de unas, cuantas ramitas partidas o quebradas en trozos muy pequeños, que Valentin, recogió para examinar un instante, y después arrojó.
    -Unas ramas -dijo gravemente--; unas ramas y un desconocido decapitado; es todo lo que hay sobre el césped.
    Hubo un silencio casi humillante, y de pronto el agitado Galloway gritó:
    -¿Qué es aquello? ¿Aquello que se mueve junto al muro?
    A la luz de la luna se veía, en efecto, acercarse una figura pequeña con una como enorme cabeza; pero lo que de pronto parecía un duende, resultó ser el inofensivo curita, a quien habían dejado en el salón.
    -Advierto -dijo con mesura- que este jardín no tiene puerta exterior. ¿No es verdad?    
    Valentin frunció el ceño con cierto disgusto, como solía hacerlo por principio ante toda sotana.     Pero era hombre demasiado justo para disimular el valor de aquella observación.    
    -Tiene usted razón -contestó-; antes de preguntarnos cómo ha sido muerto, hay que averiguar cómo ha podido llegar hasta aquí. Escúchenme ustedes, señores. Hay que convenir en que -si ello resulta compatible con mi deber profesional- lo mejor será comenzar por excluir de la investigación pública algunos nombres distinguidos. En casa hay señoras y caballeros, y hasta un embajador. Si establecemos que este hecho es un crimen, como tal hemos de investigarlo. Pero mientras no lleguemos ahí, puedo obrar con  entera discreción. Soy la cabeza de la Policía; persona tan pública, que bien puedo atreverme a ser privado. Quiera el cielo que pueda yo solo -y por mi cuenta- absolver a todos y cada uno de mis huéspedes, antes de que tenga que acudir a mis subordinados para que busquen en otra parte al autor del crimen. Pido a ustedes, por su honor, que no salgan de mi casa hasta mañana a mediodía. Hay alcobas suficientes para todos. Simon, ya sabe usted dónde está Iván, mi hombre de confianza: en el vestíbulo. Dígale usted que deje a otro criado de guardia, y venga al instante. Lord Galloway, usted es, sin duda, la persona más indicada para explicar a las señoras lo que sucede y evitar el pánico. También ellas deben quedarse. El padre Brown y yo vigilaremos entretanto el  cadáver.   
    Cuando el genio del capitán hablaba en Valentin, siempre era obedecido como un clarín de órdenes. El doctor Simon se dirigió a la armería y dio la voz de alarma a Iván, el detective privado de aquel detective público. Galloway fue al salón y comunicó las terribles nuevas con bastante tacto, de suerte que cuando todos se reunieron allí, las damas habían pasado ya, del espanto al apaciguamiento. Entretanto, el buen sacerdote y el buen ateo permanecían uno a la cabeza y otro a los pies del cadáver, inmóviles, bajo la luna, estatuas simbólicas de dos filosofías de la muerte.    
    Iván, el hombre de confianza, de la gran cicatriz y los bigotazos, salió de la casa disparado como una bala de cañón, y vino corriendo sobre el césped hacia Valentin, como perro que acude a su amo. Su cara lívida parecía vitalizada con aquel suceso policíaco-doméstico, y con una solicitud casi repugnante pidió permiso a su amo para examinar los restos.
    -Sí, Iván, haz lo que gastes, pero no tardes, debemos llevar dentro el cadáver.
    Iván levantó aquella cabeza, y casi la dejó caer.
    -¡Cómo¡ -exclamó-; esto... esto no puede ser. ¿Conoce usted a este hombre, señor?    
    -No -repuso Valentin, indiferente-;más vale que entremos.
    Entre los tres depositaron el cadáver sobre un sofá del estudio, y después se dirigieron al salón. El detective, sin vacilar, se sentó tranquilamente junto a un escritorio, su mirada era la mirada fría del juez. Trazó algunas notas rápidas en un papel, y preguntó después concisamente:
    -¿Están presentes todos?
    -Falta Mr. Brayne -dijo la duquesa de Mont Saint-Michel, mirando en derredor.
    -Sí -dijo Lord Galloway, con áspera voz-, y creo que también falta Mr. Neil O'Brien. Yo lo vi pasar por el jardín cuando el cadáver estaba todavía caliente.
    -Iván -dijo el detective-, ve a buscar al comandante O'Brien y a Mr. Brayne. A éste lo dejé en el comedor acabando su cigarro. El comandante O´Brien creo que anda paseando por el invernadero, pero no estoy seguro.
    El leal servidor salió corriendo, y antes de que nadie pudiera moverse o hablar, Valentin continuó con !a misma militar presteza:
    -Todos ustedes saben ya que en el jardín ha aparecido un hombre muerto, decapitado. Doctor Simon: usted lo ha examinado. ¿Cree usted que supone una fuerza extraordinaria el cortar esta suerte la cabeza de un hombre, o que las con emplear un cuchillo muy afilado?
    El doctor, pálido, contestó:
    -Me atrevo a decir que no puede hacerse con un simple cuchillo.
    Y Valentin continuó:
    -¿Tiene usted alguna idea sobre el utensilio  o arma que hubo que emplear para tal operación?
    -Realmente -dijo el doctor arqueando las preocupadas cejas-, en la actualidad no creo que  se emplee arma alguna que pueda producir este  efecto. No es fácil practicar tal corte, aun con  torpeza; mucho menos con la perfección del que nos ocupa. Sólo se podría hacer con un hacha de combate, o con una antigua hacha de verdugo, con un viejo montante de los que se esgrimían dos manos.
    -¡Santos cielos! -exclamó la duquesa con voz histérica-; ¿y no hay aquí, acaso, en la armería, hachas de combate y viejos montantes.
    Valentin, siempre dedicado a su papel de notas, dijo, mientras apuntaba algo rápidamente:
     -Y dígame usted: ¿podría cortarse la cabeza con un sable francés de caballería?
    En la puerta se oyó un golpecito que, quién sabe por qué, produjo en todos un sobresalto; como el golpecito que se oye en Lady Macbeth. En medio del silencio glacial, el doctor Simon logró, al fin, decir:
    -¿Con un sable? Sí, creo que se podría.
     -Gracias -dijo Valentin-. Entra, Iván.
    E Iván, el confidente, abrió la puerta para dejar pasar al comandante O'Brien, a quien se había encontrado paseando otra vez por el jardín.
    El oficial irlandés se detuvo desconcertado y receloso en el umbral.
    -¿Para qué hago falta? -exclamó.
    -Tenga usted la bondad de sentarse -dijo Valentin, procurando ser agradable-. Pero que, ¿no lleva usted su sable? ¿Dónde lo ha dejado?
    -Sobre la mesa de la biblioteca -dijo O'Brien; y su acento irlandés se dejó sentir, con la turbación, más que nunca-. Me incomodaba, comenzaba a...
    -Iván -interrumpió Valentin-. Haz el favor de ir a la biblioteca por el sable del comandante. -Y cuando el criado desapareció-: Lord Galloway afirma que le vio a usted saliendo del jardín poco antes de tropezar él con el cadáver. ¿Qué hacía usted en el jardín?
    El comandante se dejó caer en un sillón, con cierto desfallecimiento.
    -¡Ah! -dijo, ahora con el más completo acento irlandés-. Admiraba la luna, comulgaba un poco con la naturaleza, amigo mío.
    Se produjo un profundo, largo silencio. Y de nuevo se oyó aquel golpecito a la vez insignificante y terrible. E Iván reapareció trayendo una funda de sable.
    -He aquí todo lo que pude encontrar -dijo.   
    -Ponlo sobre la mesa -ordenó Valentin, sin verlo.
    En el salón había una expectación silenciosa e inhumana, como ese mar de inhumano silencio que se forma junto al banquillo de un homicida condenado. Las exclamaciones de la duquesa habían cesado desde hacía rato. El odio profundo de Lord Galloway se sentía satisfecho y amortiguado. La voz que entonces se dejó oír fue la más inesperada.
    -Yo puedo deciros... -soltó Lady Margaret, con aquella voz clara, temblorosa, de las mujeres valerosas que hablan en público-. Yo puedo deciros lo que Mr. O'Brien hacía en el jardín, puesto que él está obligado a callar. Estaba sencillamente pidiendo mi mano. Yo se la negué, y le dije que mis circunstancias familiares me impedían concederle nada más que mi estimación. Él no pareció muy contento: mi estimación no le importaba gran cosa. Pero ahora -añadió con débil sonrisa-, ahora no sé si mi estimación le importará tan poco como antes vuelvo a ofrecérsela. Puedo jurar en todas partes que este hombre no cometió el crimen.
    Lord Galloway se adelantó hacia su hija, trató de intimidarla hablándole en voz baja:    
    -Cállate, Margaret -dijo con un cuchicheo perceptible a todos-. ¿Cómo puedes escudar a ese hombre? ¿Dónde está su sable? ¿Dónde su  condenado sable de caballería...?
    Y se detuvo ante la mirada singular de su hija, mirada que atrajo la de todos a manera de un fantástico imán.
    -¡Viejo insensato! -exclamó ella con voz sofocada y sin disimular su impiedad-. ¿Acaso te das cuenta de lo que quieres probar? Yo he dicho  que este hombre ha sido inocente mientras estaba a mi lado. Si no fuera inocente, no por eso dejaría de haber estado a mi lado. Y si mató a un hombre en el jardín, ¿quién más pudo verlo? ¿Quién, más pudo, al menos, saberlo? ¿Odias tanto a Neil, que no vacilas en comprometer a tu propia hija...?
    Lady Galloway se echó a llorar. Y todos sintieron el escalofrío de las tragedias satánicas a que arrastra la pasión amorosa. Les pareció ver aquella cara orgullosa y lívida de la aristócrata escocesa, y junto a ella la del aventurero irlandés, como viejos retratos en la oscura galería de una casa. El silencio pareció llenarse de vagos recuerdos, de historias de maridos asesinados y de amantes envenenadores.
    Y en medio de aquel silencio enfermizo se oyó una voz cándida:
    -¿Era muy grande el cigarro?
    El cambio de ideas fue tan súbito, que todos se volvieron a ver quién había hablado.
    -Me refiero -dijo el diminuto padre Brown-, me refiero al cigarro que Mr. Brayne estaba acabando de fumar. Porque ya me va pareciendo más largo que un bastón.
    A pesar de la impertinencia, Valentin levantó la cabeza, y no pudo menos que demostrar, en su cara, la irritación mezclada con la aprobación.
    -Bien dicho -dijo con sequedad-. Iván, ve a buscar de nuevo a Mr. Brayne, y tráenoslo aquí al punto.
    En cuanto desapareció el factótum, Valentin se dirigió a la joven con la mayor gravedad:
    -Lady Margaret -comenzó-; estoy seguro de que todos sentimos aquí gratitud y admiración a la vez por su acto: ha crecido usted más en su ya muy alta dignidad al explicar la conducta del comandante. Pero todavía queda una laguna. Si no me engaño, Lord Galloway la encontró a usted entre el estudio y el salón, y sólo unos minutos después se encontró al comandante, el cual estaba todavía en el jardín.
    -Debe usted recordar -repuso Margaret con fingida ironía- que yo acababa de rechazarle; no era, pues, fácil que volviéramos del brazo. Él es, como quiera, un caballero. Y procuró quedarse atrás, ¡y ahora le achacan el crimen!
    -En esos minutos de intervalo -dijo Valentin gravemente- muy bien pudo...
    De nuevo se oyó el golpecito, e Iván asomó su cara señalada:
    -Perdón, señor --dijo-, Mr. Brayne ha salido de casa.
    -¿Que ha salido? -gritó Valentin, poniéndose en pie por primera vez.
    -Que se ha ido, ha tomado las de Villadiego o se ha evaporado -continuó Iván en lenguaje humorístico-. Tampoco aparecen su sombrero ni su gabán, y diré algo más para completar: que he recorrido los alrededores de la casa para encontrar su rastro, y he dado con uno, y por cierto  muy importante.
    -¿Qué quieres decir?
    -Ahora se verá -dijo el criado; y ausentándose, reapareció a poco con un sable de caballería deslumbrante, manchado de sangre por el filo y  la punta.
    Todos creyeron ver un rayo. Y el experto Iván continuó tranquilamente:
    -Lo encontré entre unos matojos, a unas cincuenta yardas de aquí, camino de París. En otras  palabras, lo encontré precisamente en el sitio en que lo arrojó el respetable Mr. Brayne en su fuga.
    Hubo un silencio, pero de otra especie. Valentin tomó el sable, lo examinó, reflexionó con una concentración no fingida, y después, con aire respetuoso, dijo a O'Brien:
    -Comandante, confío en que siempre estará usted dispuesto a permitir que la Policía examine esta arma, si hace falta. Y entre tanto -añadió, metiendo el sable en la funda-, permítame usted devolvérsela.
    Ante el simbolismo militar de aquel acto, todos tuvieron que dominarse para no aplaudir.
     Y, en verdad, para el mismo Neil O'Brien, aquello fue la crisis suprema de su vida. Cuando, al amanecer del día siguiente, andaba otra vez paseando por el jardín, había desaparecido de su  semblante la trágica trivialidad que de ordinario le distinguía: tenía muchas razones para considerarse feliz. Lord Galloway, que era todo un  caballero, le había presentado la excusa más formal- Lady Margaret era algo más que una verdadera dama: una mujer, y tal vez le había presentado algo mejor que una excusa cuando anduvo antes del almuerzo por entre los macizos de flores. Todos se sentían más animados y humanos, porque, aunque subsistía el enigma del muerto, el peso de la sospecha no caía ya sobre ninguno de ellos, y había huido hacia París sobre el dorso de aquel millonario extranjero a quien conocían apenas. El diablo había sido desterrado de casa: él mismo se había desterrado.
    Con todo, el enigma continuaba, O'Brien y el doctor Simon se sentaron en un banco del jardín, y este interesante personaje científico se puso a resumir los términos del problema. Pero no logró hacer hablar mucho a O'Brien, cuyos pensamientos iban hacia más felices regiones.
    -No puedo decir que me interese mucho el problema -dijo francamente el irlandés-, sobre todo ahora que aparece muy claro. Es de suponer que Brayne odiaba a ese desconocido por alguna razón: lo atrajo al jardín, y lo mató con mi sable. Después huyó a la ciudad, y por el camino arrojó el arma. Iván me dijo que el muerto tenía en uno de los bolsillos un dólar yanqui: luego era un paisano de Brayne, y esto parece explicar mejor las cosas. Yo no veo en todo ello la menor complicación.
    -Pues hay cinco complicaciones colosales -dijo el doctor tranquilamente-, metidas la una dentro de la otra como cinco murallas. Entiéndame usted bien: yo no dudo de que Brayne sea el autor del crimen, y me parece que su fuga es bastante prueba. Pero, ¿cómo lo hizo? He aquí la primera dificultad: ¿cómo puede un hombre matar a otro con un sable tan pesado como éste, cuando le es mucho más fácil emplear una navaja de bolsillo y volvérsela a guardar después? Segunda dificultad: ¿por qué no se oyó un grito ni el menor ruido? ¿Puede un hombre dejar de hacer alguna demostración cuando ve adelantarse a otro hombre blandiendo un sable?. Tercera dificultad: toda la noche ha estado guardando la puerta un criado; ni una rata puede haberse colado de la calle al jardín de Valentin. ¿Cómo pudo entrar este individuo? Cuarta dificultad: ¿cómo pudo Brayne escaparse del jardín?
    -¿Y quinta? -dijo Neil fijando los ojos en el sacerdote inglés, que se acercaba a pasos lentos.
    -Tal vez sea una bagatela -dijo el doctor-, pero a mí me parece una cosa muy rara: al ver por primera vez aquella cabeza cortada, supuse desde luego que el asesino había descargado más de un golpe. Y al examinarla más de cerca, descubrí muchos golpes en la parte cortada; es decir, golpes que fueron dados cuando ya la cabeza había sido separada del tronco. ¿Odiaba Brayne en tal grado a su enemigo para estar macheteando su cuerpo una y otra vez a la luz de la luna?
    -¡Qué horrible! -dijo O'Brien estremeciéndose.
    A estas palabras, ya el pequeño padre Brown se les había acercado, y con su habitual timidez esperaba a que acabaran de hablar.
    Al fin, dijo con embarazo:
    -Siento interrumpir a ustedes. Me mandan a comunicar a ustedes las nuevas.
    -¿Nuevas? -repitió Simon, mirándole muy extrañado a través de sus gafas.
    -Sí; lo siento -dijo con dulzura el padre Brown-. Sabrán ustedes que ha habido otro asesinato.
    Los dos se levantaron de un salto, desconcertados.
    -Y lo que todavía es más raro -continuó el sacerdote, contemplando con sus torpes ojos los rododendros-; el nuevo asesinato pertenece a la misma desagradable especie del anterior: es otra decapitación. Se encontraron la segunda cabeza sangrando en el río, a pocas yardas del camino que Brayne debió tomar para París. De modo que suponen que éste...
    -¡Cielos! -exclamó O'Brien-. ¿Será Brayne un monomaníaco?
    -Es que también hay “vendettas” americanas -dijo el sacerdote, impasible. Y añadió-: Se desea que vengan ustedes a la biblioteca a verlo.
    El comandante O'Brien siguió a los otros hacia el sitio de la averiguación, sintiéndose decididamente enfermo. Como soldado, odiaba las matanzas secretas. ¿Cuándo iban a acabar aquellas extravagantes amputaciones? Primero una cabeza y luego otra. Y se decía amargamente que en este caso falla la regla aquélla: dos cabezas valen más que una. Al entrar en el estudio, casi se tambaleó entre una horrible coincidencia: sobre la mesa de Valentin estaba un dibujo en colores que representaba otra cabeza sangrienta: la del propio Valentin. Pronto vio que era un periódico nacionalista llamado "La Guillotine", que acostumbraba todas las semanas a publicar la cabeza de uno de sus enemigos políticos, con los ojos saltados y los rasgos torcidos, como después de la ejecución; porque Valentin era un anticlerical notorio. Pero O'Brien era un irlandés, que aun en sus pecados conservaba cierta castidad; y se sublevaba ante aquella brutalidad intelectual, que sólo en Francia se encuentra. En aquel momento le pareció sentir a todo París, en un solo proceso que, partiendo de las grotescas iglesias góticas, llegaba hasta las groseras caricaturas de los diarios. Recordó las burlas gigantescas de la Revolución. Y vio a toda la ciudad en un solo espasmo de horrible energía, desde aquel boceto sanguinario que yacía sobre la mesa de Valentin, hasta la montaña y bosque de gárgolas por donde asoman, gesticulando, los enormes diablos de Notre  Dame.
    La biblioteca era larga, baja y penumbrosa; una luz escasa se filtraba por las cortinas corridas, y tenía aún el sonrojo de la mañana. Valentin y su criado Iván estaban esperándoles junto a un vasto escritorio inclinado, donde estaban los mortales restos, que resultaban enormes en la penumbra. La carota amarillenta del hombre encontrado en el jardín no se había alterado. La segunda, encontrada entre las cañas del río aquella misma mañana, escurría un poco. La gente de Valentin andaba ocupada en buscar el segundo cadáver, que tal vez flotaría en el río. El padre Brown, que no compartía la sensibilidad de  O'Brien; acercóse a la segunda cabeza y la examinó con minucia de cegatón. Apenas era más que un montón de blancos y húmedos cabellos, irisados de plata y rojo en la suave luz de la mañana; la cara -un feo tipo sangriento y acaso criminal- se había estropeado mucho contra los árboles y las piedras, al ser arrastrada por el agua.
    -Buenos días, comandante O'Brien -dijo Valentin con apacible cordialidad-. Supongo que ya tiene usted noticia del último experimento en carnicería de Brayne.
    El padre Brown continuaba inclinado sobre la cabeza de cabellos blancos, y dijo, sin cambiar de actitud:
    -Por lo visto, es enteramente seguro que también esta cabeza la cortó Brayne.
    -Es cosa de sentido común, al menos -repuso Valentin con las manos en los bolsillos-. Ha sido arrancada en la misma forma, ha sido encontrada a poca distancia de la otra, y tal vez cortada con la misma arma, que ya sabemos que se llevó consigo.
    -Sí, sí; ya lo sé -contestó sumiso el padre Brown-. Pero usted comprenderá: yo tengo mis dudas sobre el hecho de que Brayne haya podido cortar esta cabeza.
    -Y ¿por qué? -preguntó el doctor Simon con sincero asombro.
    -Pues, mire usted, doctor -dijo el sacerdote, pestañeando como de costumbre-: ¿es posible que un hombre se corte su propia cabeza? Yo lo dudo.
    O'Brien sintió como si un universo de locura estallara en sus orejas; pero el doctor se adelantó a comprobarlo, levantando los húmedos y blancos mechones.
    -¡Oh! No hay la menor duda: es Brayne -dijo el sacerdote tranquilamente-. Tiene exactamente la misma verruga en la oreja izquierda.
    El detective, que había estado contemplando al sacerdote con ardiente mirada, abrió su apretada mandíbula y dijo:
    -Parece que usted hubiera conocido mucho a ese hombre, padre Brown.
    -En efecto -dijo el hombrecillo con sencillez-. Lo he tratado algunas semanas. Estaba pensando en convertirse a nuestra Iglesia.
    En los ojos de Valentin ardió el fuego del fanatismo; se acercó al sacerdote, y apretando los puños, dijo con candente desdén:
    -¿Y tal vez estaba pensando también en dejar a ustedes todo su dinero?
    -Tal vez -dijo Brown con imparcialidad-. Es muy posible.
    -En tal caso -exclamó Valentin con temible sonrisa-, usted sabía muchas cosas de él, de su vida y de sus...
    El comandante O´Brien cogió por el brazo a Valentin.
    -Abandone usted ese tono injurioso, Valentin -dijo-, o volverán a lucir los sables.
    Pero Valentin, ante la mirada humilde y tranquila del sacerdote, ya se había dominado, y dijo simplemente:
    -Bueno; para las opiniones privadas siempre hay tiempo. Ustedes, caballeros, están todavía ligados por su promesa; manténganse dentro de ella y procuren que los otros también se mantengan. Iván les contará a ustedes lo demás que deseen saber. Yo voy a trabajar y a escribir a las autoridades... No podemos mantener este secreto por más tiempo. Si hay novedad, estoy en el estudio escribiendo.
    -¿Hay más noticias que comunicarnos, Iván? -preguntó el doctor Simon cuando el jefe de Policía hubo salido del cuarto.
    -Sólo una, me parece, señor -dijo Iván, arrugando su vieja cara color ceniza-; pero no deja de tener interés. Es algo que se refiere a ése que  se encontraron ustedes en el jardín -añadió, señalando sin respeto el enorme cuerpo negro. Ya le hemos identificado.
    -¿De veras? -preguntó el asombrado doctor-. ¿Y quién es?
    -Su nombre es Arnold Becker -dijo el ayudante-, aunque usaba muchos apodos. Era un pícaro vagabundo, y se sabe que ha andado por América: tal es el hombre a quien Brayne decapitó. Nosotros no habíamos tenido mucho que ver con él, porque trabajaba, sobre todo, en Alemania. Nos hemos comunicado con la Policía alemana. Y da la casualidad de que tenía un hermano gemelo, de nombre Louis Becker, con quien mucho hemos tenido que ver: tanto que,  ayer apenas, nos vimos en el caso de guillotinarle. Bueno, caballero, la cosa es de lo más extraña; pero cuando vi anoche a este hombre en el suelo, tuve el mayor susto de mi vida. A no haber visto ayer con mis propios ojos a Louis Becker guillotinado, hubiera jurado que era Louis Becker el que estaba en la hierba. Entonces, naturalmente, me acordé del hermano gemelo que  tenía en Alemania, y siguiendo el indicio...
    Pero Iván suspendió sus explicaciones, por la excelente razón de que nadie le hacía caso. El comandante y el doctor consideraban al padre Brown, que había dado un salto y se apretaba las sienes, como presa de un dolor súbito.
    -¡Alto, alto, alto! -exclamó al fin-. ¡Pare usted de hablar un instante, que ya veo a medias! ¿Me dará Dios bastante fuerza? ¿Podrá mi cerebro dar el salto y descubrirlo todo? ¡Cielos, ayudadme! En otro tiempo yo solía ser ágil para pensar, y podía parafrasear cualquier página del Santo de Aquino. ¿Me estallará la cabeza o lograré, al fin, ver? ¡Ya veo la mitad, sólo la mitad!
    Hundió la cabeza entre las manos, y se mantuvo en una rígida actitud de reflexión o plegaria, en tanto que los otros no hacían más que asombrarse ante aquella última maravilla de aquellas maravillosas últimas doce horas.
    Cuando las manos del padre Brown cayeron al fin, dejaron ver un rostro serio y fresco cual el de un niño. Lanzó un gran suspiro, y dijo:
    -Sea dicho y hecho lo más pronto posible. Escúchenme ustedes: ésta será la mejor manera de convencer a todos de la verdad. Usted, doctor Simon, posee un cerebro poderoso: esta mañana le he oído a usted proponer las cinco dificultades mayores dé este enigma. Tenga usted la bondad de proponerlas otra vez, y yo trataré de contestarlas.
    Al doctor Simon se le cayeron las gafas de la nariz, y dominando sus dudas y su asombro, contestó al instante:
    -Bien; ya lo sabe usted, la primera cuestión es ésta: ¿cómo puede un hombre ir a buscar un enorme sable para matar a otro, cuando, en rigor, le basta con una navaja.
    -Un hombre -contestó tranquilamente el padre Brown- no puede decapitar a otro con una
navaja, y para este asesinato especial era necesaria la decapitación.
    -¿Por qué? -preguntó O'Brien con mucho  interés.
    -Venga la segunda cuestión -continuó el padre Brown.
    -Allá va: ¿por qué no gritó ni hizo ningún ruido la víctima? -preguntó el doctor-. La aparición de un sable en un jardín no es un espectáculo habitual.
    -Ramitas -dijo el sacerdote tétricamente, y se volvió hacia la ventana que daba al escenario del suceso-. Nadie ha visto de dónde procedían las ramitas. ¿Cómo pudieron caer sobre el césped (véanlo ustedes) estando tan lejos los árboles?
Las ramas no habían caído solas, sino que habían sido tajadas. El asesino estuvo distrayendo a su víctima jugando con el sable, haciéndole ver cómo podía cortar una rama en el aire, y otras cosas por
el estilo. Y cuando la víctima se inclinó para el ver el resultado, un furioso tajo le arrancó la cabeza.
    -Bien -dijo lentamente el doctor; eso parece muy posible. Pero las otras dos cuestiones desafían a cualquiera.
    El sacerdote seguía contemplando el jardín reflexivamente, y esperaba, junto a la ventana, las preguntas del otro.
    -Ya sabe usted que el jardín está completamente cerrado, como una cámara hermética -prosiguió el doctor-. ¿Cómo, pues, pudo el desconocido llegar al jardín?
    Sin volver la cara, el curita contestó:     -Nunca hubo ningún desconocido en ese jardín.
    Silencio. Y a poco se oyó el ruido de una risotada casi infantil. Lo absurdo de esta salida del padre Brown movió a Iván a enfrentársele abiertamente.
    -¡Cómo! -exclamó-. ¿De modo que no hemos arrastrado anoche hasta el sofá ese corpachón? ¿De modo que éste no entró al jardín?
    -¿Entrar al jardín? -repitió Brown reflexionando-. No; no del todo.
    -Pero, ¡señor! -exclamó Simon-: o se entra o no se entra al jardín; imposible el término medio.
    -No necesariamente -dijo el clérigo con tímida sonrisa-. ¿Cuál es la cuestión siguiente, doctor?
    -Me parece que usted desvaría -dijo el doctor Simon secamente-. Pero, de todos modos, le propondré la cuestión siguiente: ¿cómo logró Brayne salir del jardín?
    -Nunca salió del jardín -dijo el sacerdote sin apartar los ojos de la ventana.
    -¿Que nunca salió del jardín? -estalló Simon.
    -No completamente -dijo el padre Brown. Simon crispó los puños en rapto de lógica francesa.
    -¡O sale uno del jardín o no sale! -gritó.   
    -No siempre -dijo el padre Brown.
    El doctor Simon se levantó con impaciencia.   
    -No quiero perder más tiempo en estas insensateces -dijo indignado-. Si usted no puede entender el hecho de que un hombre tenga necesariamente que estar de un lado u otro de un muro, no discutamos más.
    -Doctor -dijo el clérigo muy cortésmente-, siempre nos hemos entendido muy bien. Aunque sea en nombre de nuestra antigua amistad, espere usted un poco y propóngame la quinta cuestión.
    El impaciente doctor se dejó caer sobre una silla que había junto a la puerta, y dijo simplemente:
    -La cabeza y la espalda han recibido unos golpes muy raros. Parecen dados después de la muerte.
    -Sí -dijo el inmóvil sacerdote-, y se hizo así para hacerle suponer a usted el falso supuesto en que ha incurrido: para hacerle a usted dar por establecido que esa cabeza pertenece a ése cuerpo.
    Aquella parte del cerebro en que se engendran todos los monstruos comnovióse espantosamente en el gaélico O'Brien. Sintió la presencia caótica de todos los hombres-caballos y mujeres-peces engendrados por la absurda fantasía del hombre. Una voz más antigua que la de sus primeros padres pareció decir a su oído: “Aléjate del monstruoso jardín donde crecen los árboles de doble fruto; huye del perverso jardín donde murió el hombre de las dos cabezas.” Pero mientras estas simbólicas y vergonzosas figuras pasaban por el profundo espejo de su alma irlandesa, su intelecto afrancesado se mantenía alerta, y contemplaba al extravagante sacerdote tan atenta y tan incrédulamente como los demás.
    El padre Brown había vuelto la cara, al fin; pero, contra la ventana, sólo se veía su silueta. Sin embargo, creyeron adivinar que estaba pálido como la ceniza. Con todo, fue capaz de hablar muy claramente, como si no hubiera en el mundo almas gaélicas.
    -Caballeros -dijo-: el cuerpo que encontraron ustedes en el jardín no es el de Becker. En el jardín no había ningún cuerpo desconocido. Y a despecho del racionalismo del doctor Simon, afirmo todavía que Becker sólo estaba parcialmente presente -Vean ustedes jalando el bulto negro del misterioso cadáver-: no han visto ustedes a este hombre en su vida. ¿Acaso han visto a éste?
    Y rápidamente separó la cabeza calva y amarilla del desconocido, y puso en su lugar, junto al cuerpo, la cabeza canosa. Y apareció, completo, unificado, inconfundible, el cadáver de Julius K. Brayne.
    -El matador -continuó Brown tranquilamente- cortó la cabeza a su enemigo, y arrojó el sable por encima del muro. Pero era demasiado ladino para sólo arrojar el sable. También arrojó la cabeza por sobre el muro. Y después no tuvo más trabajo que el de ajustarle otra cabeza al tronco, y (según procuró sugerirlo insistentemente en una investigación privada) todos ustedes se imaginaron que el cadáver era el de un hombre totalmente nuevo.
    -¡Ajustarle otra cabeza! -dijo O'Brien es¬pantado-. ¿Qué otra cabeza? Las cabezas no se dan en los arbustos del jardín, supongo.
    -No -dijo el padre Brown secamente, mirando sus botas-. Sólo se dan en un sitio. Se dan junto a la guillotina, donde Arístides Valentin, el jefe de la Policía, estaba apenas una hora antes del asesinato. ¡Oh, amigos míos¡ Escuchadme un instante antes de que me destrocéis. Valentin es un hombre honrado, si esto es compatible con estar loco por una causa disputable. Pero, ¿no habéis visto nunca en aquellos sus ojos fríos y grises que está loco? Lo hará todo, "todo", con tal de destruir lo que él llama la superstición de la Cruz. Por eso ha combatido y ha sufrido, y por eso ha matado ahora. Los muchos millones de Brayne se habían dispersado hasta ahora entre tantas sectas, que no podían alterar la balanza. Pero hasta Valentin llegó el rumor de que Brayne, como tantos escépticos, se iban acercando hacia nosotros, y eso ya era cosa muy diferente. Brayne podía derramar abundantes provisiones para robustecer a la empobrecida y combatida Iglesia de Francia; podía mantener seis periódicos nacionalistas como La Guillotine. La balanza iba ya a oscilar, y el riesgo encendió la llama del fanático. Se decidió, pues, a acabar con el millonario, y lo hizo como podía esperarse del más grande de los detectives, resuelto a cometer su único crimen. Sustrajo la cabeza de Becker con algún pretexto criminológico, y se la trajo a casa en su estuche oficial. Se puso a discutir con Brayne, y Lord Galloway no quiso esperar al fin de la discusión. Y cuando éste se alejó, condujo a Brayne al jardín cerrado, habló de la maestría en el manejo de las armas, usó de unas ramitas y un sable para poner algunos ejemplos, y…
    Iván de la Cicatriz se levantó:
    -¡Loco! -aulló-. Ahora mismo le llevo a usted con mi amo; le voy a coger por...
    -No; si allá voy yo -dijo Brown con aplomo-. Tengo el deber de pedirle que se confiese.   
    Llevando consigo al desdichado Brown como  víctima al sacrificio, todos se apresuraron hacia  el silencioso estudio de Valentin.
    El gran detective estaba sentado junto a su escritorio, muy ocupado al parecer para percatarse de su ruidosa entrada. Se detuvieron un instante, y, de pronto, el doctor advirtió algo extraño en el aspecto de aquel torso elegante y  rígido, y corrió hacia él. Un toque y una mirada le bastaron para permitirle descubrir que, junto al codo de Valentin, había una cajita de píldoras, y que éste estaba muerto en su silla; y en la cara lívida del suicida había un orgullo mayor que el de Catón.

Servir al Amo - Phillip K. Dick

Applequist tomó un atajo por un campo desierto, subió por un estrecho sendero que corría paralelo a la grieta bostezante de un precipicio, y entonces oyó la voz.
Se paró en seco y empuñó la pistola. Escuchó durante largo rato pero sólo captó el lejano roce del viento entre los árboles truncados que bordeaban el risco, un murmullo que se confundía con el crujido de la hierba reseca bajo sus pies. La voz procedía del barranco, su fondo se veía enmarañado y lleno de desperdicios. Se acuclillo en el borde y trató de localizar la voz.
No percibió ni un movimiento, nada que revelara el origen. Las piernas empezaron a dolerle. Las moscas zumbaron a su alrededor y se posaron en su frente sudorosa. El sol le producía dolor de cabeza. Las nubes de polvo habían sido bastante finas durante los meses pasados.
Su reloj a prueba de radiaciones le informó de que eran las tres.
Por fin, se encogió de hombros y se levantó con dificultades. A la mierda. Que envíen una patrulla armada. No era su problema. Era un cartero de cuarta categoría, y un civil, por añadidura.
Mientras trepaba por la colina en dirección a la carretera volvió a escuchar el sonido. Y ahora, desde un lugar que dominaba el barranco, captó un fugaz movimiento. Experimentó temor e incredulidad. No era posible..., pero lo había visto con sus propios ojos. No era un rumor propagado por las circulares de
noticias.
¿Que hacia un robot en el barranco desierto? Todos los robots habían sido destruidos años antes. Sin embargo, allí estaba, entre los desperdicios y las malas hierbas. Un amasijo oxidado medio corroído. Le había llamado con voz débil cuando pasaba por el sendero.
El anillo defensivo de la Compañía le permitió salvar los tres controles y penetrar en la zona del túnel. Descendió lentamente, absorto en sus pensamientos, hasta llegar al nivel de organización. Mientras se quitaba la saca de correos, el supervisor asistente Jenkins se acercó a toda prisa.
- ¿Dónde coño se ha metido? Son casi las cuatro.
- Lo siento. - Applequist devolvió la pistola al guardia más cercano -. ¿Qué posibilidades tengo de obtener un permiso de cinco horas? Me gustaría investigar algo.
- Ni una. Ya sabe que el ala derecha está desguarnecida. Es necesario que todo el mundo esté en alerta las veinticuatro horas.
Applequist procedió a separar las cartas. La mayoría eran de tipo personal,intercambiadas entre supervisores principales de Empresas Norteamericanas.
Cartas dirigidas a mujeres de vida alegre, más allá de la  periferia de la Compañía.
Cartas dirigidas a familias, así como peticiones a oficiales de menor rango.
- En ese caso - dijo con aire pensativo -, tendré que ir como sea.
Jenkins escrutó al joven con suspicacia.
- ¿Qué sucede? ¿Ha encontrado algún aparato incólume, un  escondite subterráneo?
Applequist estuvo a punto de contárselo, pero no lo hizo.
- Tal vez - contestó con indiferencia -. Es posible.
Jenkins le dedicó una mueca de odio y abrió las puertas de la cámara de observación. Los oficiales estaban examinando las actividades del día ante un gran plano mural. Media docena de hombres maduros, la mayoría calvos, con el cuello de la camisa sucio y manchado, derrumbados en butacas. En una esquina, el supervisor Rudde dormía, sus gordas piernas extendidas frente a él. La camisa abierta dejaba al descubierto el vello del pecho. Estos eran los hombres que dirigían la compañía de Detroit. Diez mil familias, todo el refugio subterráneo, dependían de ellos.
- ¿Qué tiene en mente? - retumbó una voz en el oído de  Applequist. El director
Laws había entrado en la cámara y pillado a todo el mundo desprevenido, como de costumbre.
- Nada, señor - respondió Applequist, pero los ojos acerados, azules como la porcelana, sondearon sus pensamientos -. La fatiga habitual. Me ha subido la tensión. Tenía la intención de tomar unas horas de permiso, pero con tanto trabajo...
- No trate de engañarme. No se necesitan carteros de cuarta categoría. ¿Cuál es su auténtica intención?
- Señor, ¿por qué fueron destruidos los robots? - preguntó Applequist de sopetón.
Se hizo el silencio. El rostro rotundo de Laws transparentó sorpresa, y después hostilidad. Applequist se apresuró a continuar antes de que el hombre pudiera hablar.
- Sé que está prohibido a mi clase hacer preguntas teóricas, pero es muy importante que lo averigüe.
- El tema está cerrado - replicó Laws en tono amenazador -. Incluso  para elpersonal de máximo nivel.
- ¿Cuál fue la relación de los robots con la guerra? ¿Por qué se declaró la guerra? ¿Cómo era la vida antes de la guerra?
- El tema está cerrado - repitió Laws.
Caminó con parsimonia hacia el plano mural y Applequist se quedó solo entre el ruido de las máquinas, entre los murmullos de los oficiales y burócratas.
Reanudó la selección de cortes como un autómata. Había estallado la guerra y los robots se vieron mezclados en ella. Eso lo sabía. Algunos habían sobrevivido. De niño, su padre le había llevado a un centro industrial y los había visto, trabajando en sus máquinas. En otro tiempo habían sido muy complejos. Ya habían desaparecido; pronto acabarían con los sencillos. Ya no se fabricaba ni uno más.
- ¿Qué ocurrió? - había preguntado, cuando su padre se lo llevó a rastras -.
¿Adónde han ido a parar todos los robots?
No obtuvo ninguna respuesta. Eso había sucedido dieciséis años antes, y ahora ya no quedaba ninguno. Hasta el recuerdo de los robots estaba desapareciendo.
Dentro de unos años, la palabra se borraría del diccionario. Robot. ¿Qué había pasado?
Terminó con las cartas y salió de la cámara. Ningún supervisor se dio cuenta; estaban discutiendo algún punto erudito de estrategia. Maniobras y contramaniobras entre las compañías. Tensión e intercambio de insultos. Encontró un cigarrillo arrugado en el bolsillo y lo encendió con mano inexperta.
- Llamada a cenar - anunció el altavoz del pasadizo -. Una hora de descanso para el personal de máximo nivel.
Algunos supervisores pasaron ruidosamente a su lado. Applequist apagó el cigarrillo y se dirigió a su puesto. Trabajaría hasta las seis. Después, sería su hora de cenar. Ningún otro descanso hasta el sábado. Claro que si no iba a cenar.
El robot debía de ser de poca categoría, perteneciente al grupo final liquidado. El tipo inferior que había visto de niño. No podía ser uno de los complicados robots de la guerra. Haber sobrevivido en el barranco, haberse oxidado y podrido durante todos aquellos años transcurridos desde la guerra...
Su mente mantuvo a raya la esperanza. Entró en un ascensor, el corazón acelerado, y apretó el botón. Al anochecer lo sabría.
El robot yacía entre montones de escoria metálica y males hierbas. Fragmentos mellados y oxidados dificultaron la progresión de Applequist, a medida que descendía con cautela por el barranco, la pistola en una mano y la máscara antirradiación ceñida a su cara.
El contador cliqueteó ruidosamente; el fondo del barranco estaba caliente.
Charcos de contaminación sobre los fragmentos rojizos de metal, las mesas apiladas de acero, plástico y componentes de maquinaria fundidos. Apartó a puntapiés bolas de ennegrecidos cables enmarañados y se alejó con cautela del depósito de combustible bostezante de alguna máquina antigua, ahora invadido por plantas trepadoras. Una rata salió corriendo. El sol estaba a punto de ponerse.
Sombras oscuras se extendían por doquier.
El robot le miró en silencio. La mitad ya no existía; sólo  quedaba la cabeza, los brazos y el tronco, un círculo mellado irregular, como si le  hubieran arrancado de cuajo la parte inferior. Estaba inmovilizado. Tenía toda la superficie agrietada y corroída. Faltaba una lente ocular. Algunos dedos estaban torcidos de manera grotesca. Yacía de espaldas, cara al cielo.
Era un robot de los tiempos de la guerra, desde luego. En su único ojo brillaba una conciencia arcaica. No era el simple obrero que había visto de niño. La respiración de Applequist se aceleró. Era auténtico. Seguía sus movimientos sin descuidar detalle. Estaba vivo.
Todo este tiempo, pensó Applequist. Todos estos años. Se le erizó el vello de la nuca. Todo estaba en silencio, las colinas, los árboles, las mesas de ruinas. Nada se movía; los únicos seres vivos eran el viejo robot y él. Tirado en el barranco, esperando a que alguien apareciera.
Se levantó un viento frío y se ajustó automáticamente el sobretodo. Algunas hojas volaron sobre el rostro inmóvil del robot. Sobre su tronco habían crecido plantas trepadoras, se habían introducido en sus entrañas. Había llovido sobre él, el cielo lo había bañado. En invierno, la nieve lo había cubierto. Ratas y animales lo habían olfateado. Los insectos habían recorrido sus restos. Y continuaba vivo.
- Te oí - murmuro Applequist -, mientras caminaba por el sendero.
- Lo sé - contestó el robot -. Vi que te parabas. - Su voz era débil y seca. Como el sonido de las cenizas al rozar entre sí. Sin tono ni matices - ¿Quieres decirme la cables se cortaron temporalmente.
- 11 de junio de 2136.
El robot reunió las escasas fuerzas que le quedaban. Movió apenas un brazo, luego lo dejó caer. Su único ojo se veló, y engranajes oxidados chirriaron en su interior. Applequist comprendió de repente que el robot podía expirar en cualquier momento. Era un milagro que hubiera sobrevivido durante tanto tiempo. Se habían pegado caracoles a su cuerpo, recorrido por sendas pegajosas que se cruzaban.
Un siglo...
- ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Desde la guerra?
- Sí.
Applequist sonrió, nervioso.
- Eso es mucho tiempo. Más de cien años.
- Así es.
Anochecía con rapidez. Applequist buscó su linterna. Apenas  distinguía las laderas del barranco. A lo lejos, un ave graznó en la oscuridad. Los arbustos se agitaron.
- Necesito ayuda - dijo el robot -. La mayor parte de mi motor fue destruido. No puedo moverme.
- ¿En qué estado se encuentra el resto? Tu provisión de energía. ¿Cuánto tiempopuedes...?
- Se ha destruido un número considerable de células. Sólo siguen funcionando unos pocos circuitos. Y están sobrecargados. - El ojo del robot volvió a mirarle -.
¿Cuál es la situación tecnológica? He visto volar naves aéreas. ¿Aún fabricáis equipos electrónicos?
- Tenemos en funcionamiento una unidad industrial cerca de Pittsburgh.
- Si describo unidades electrónicas básicas, ¿me entenderás?
- Carezco de conocimientos mecánicos. Estoy clasificado como cartero de cuarta categoría, pero tengo contactos en el departamento de reparaciones. Mantenemos en funcionamiento nuestras máquinas
Se humedeció los labios, tenso.
- Es arriesgado, por supuesto. Hay leyes.
- ¿Leyes?
- Todos los robots fueron destruidos. Eres el único que queda. Los demás fueron liquidados hace años.
El único ojo del robot no expresó nada.
- ¿Por qué has venido? - preguntó. Su ojo se desvió hacia la pistola que Applequist empuñaba -. Eres un funcionario de baja categoría en alguna jerarquía.
Obedeces órdenes superiores. Un número que funciona mecánicamente dentro de un sistema más grande.
Applequist lanzó una carcajada.
- Supongo que sí. - Dejó de reír -. ¿Por qué estalló la guerra? ¿Cómo era la vida antes?
- ¿No lo sabes?
- Por supuesto que no. No se permiten conocimientos teóricos, excepto al personal de máxima categoría. Ni los supervisores saben algo de la guerra. -
Applequist se arrodilló y enfocó con la linterna el rostro del robot -. Las cosas eran diferentes antes, ¿verdad? No vivimos siempre en refugios subterráneos. El mundo no fue siempre una montaña de escoria. La gente no fue siempre esclava de las compañías.
- Antes de la guerra no había compañías.
Applequist lanzó un gruñido de triunfo.
- Lo sabía.
- Los hombres vivían en ciudades, que fueron arrasadas durante la guerra. Las compañías, que estaban protegidas, sobrevivieron. Altos cargos de estas compañías se convirtieron en el gobierno. La guerra se prolongó durante mucho tiempo. Todo lo valioso fue destruido. Has salido de un cascarón carbonizado. - El robot guardó silencio unos instantes y luego prosiguió -. El primer robot fue fabricado en 1979. En el año 2000, los robots  realizaban todos los trabajos rutinarios. Los seres humanos gozaban de libertad para hacer lo que les apetecía.
Arte, ciencia, espectáculos, lo que más les gustaba.
- ¿Qué es el arte? - preguntó Applequist.
- Trabajo creativo, dirigido hacia la realización de una  aspiración personal. Toda la población de la Tierra tenía libertad para desarrollarse culturalmente. Los robots mantenían el mundo; el hombre lo disfrutaba.
- ¿Cómo eran las ciudades?
- Los robots reconstruyeron y rediseñaron nuevas ciudades a tenor de planos trazados por artistas humanos. Limpias, higiénicas, atractivas. Eran ciudades de dioses.
- ¿Por qué estalló la guerra?
El único ojo del robot centelleó.
- Ya he hablado demasiado. Mi suministro de energía está  peligrosamente bajo.
Applequist tembló.
- ¿Que necesitas? Lo traeré.
- Ahora mismo necesito una cápsula atómica A, capaz de  proporcionar diez mil unidades F.
- Sí.
- A continuación, necesitaré herramientas y secciones de  aluminio. Cables de bajo resistencia. Trae papel y lápiz... Te daré una lista. No la entenderás, pero alguien del departamento de mantenimiento electrónico lo hará. Lo primero que necesito es suministro de energía.
- ¿Y me hablarás de la guerra?
- Por supuesto.
El robot se sumió en el silencio. Las sombras se arrastraban a su alrededor. El frío aire de la noche agitó las hierbas y los arbustos.
- Date prisa. Mañana, si es posible.
- Debería dar parte de usted - dijo el ayudante de supervisión Jenkins -. Media hora de retraso, y ahora esto. ¿Qué está haciendo? ¿Quiere que le despidan de la compañía?
Applequist se acercó al hombre.
- He de conseguir este material. El... escondite está bajo la superficie. He de construir un acceso seguro. De lo contrario, todo quedará sepultado bajo los escombros.
- ¿Es muy grande el escondite? - El rostro abultado de Jenkins expresaba codicia y suspicacia a la vez. Ya estaba gastando la recompensa de la compañía -. ¿Ha podido verlo? ¿Contiene máquinas desconocidas?
- No reconocí ninguna - contestó Applequist, impaciente -. No perdamos el tiempo.
La masa de cascotes está a punto de derrumbarse. He de proceder con celeridad.
- ¿Dónde está? ¡Quiero verlo!
- Voy a hacerlo solo. Usted proporcióneme el material y cubra mi ausencia. Esa es su parte.
Jenkins se debatió en un mar de dudas.
- Si me miente, Applequist...
- No miento - respondió Applequist irritado -. ¿Cuándo tendré la unidad de energía?
- Mañana por la mañana. Tendré que llenar un montón de  formularios. ¿Esta seguro de que puede manejarla? Será mejor que le acompañe un equipo de reparaciones. Para asegurarnos...
- Puedo manejarla - le interrumpió Applequist -. Consígame el material. Yo me ocuparé de lo demás.
El sol de la mañana se filtraba entre los desperdicios. Applequist encajó la cápsula nueva, nervioso, enroscó los tornillos, sujetó el forro protector corroído, y se puso en pie, tembloroso. Tiró la cápsula antigua y aguardó.
El robot se movió. Su ojo cobró vida. Movió el brazo sobre su tronco y hombros de forma experimental.
- ¿Todo bien? - preguntó Applequist con voz hueca.
- En apariencia, sí. - La voz del robot era más potente, claro y confiada -. La vieja cápsula estaba agotada. Fue una suerte que pasaras en aquel momento.
- Dices que los hombres vivían en ciudades - atacó Applequist -. ¿Los robots trabajaban?
- Los robots realizaban las tareas rutinarias necesarias para mantener el sistema industrial. Los humanos gozaban de todo el tiempo libre que deseaban. Nos gustaba trabajar para ellos. Era nuestra misión
- ¿Qué pasó? ¿Qué salió mal?
El robot cogió papel y lápiz; mientras hablaba, trazaba cifras.
- Existía un grupo fanático de humanos. Una organización religiosa. Afirmaban que Dios ordenó al hombre ganarse el pan con el sudor de su frente. Querían que los robots desaparecieran y los hombres volvieran a las fábricas, para trabajar como esclavos en tareas rutinarias.
- ¿Por qué?
- Afirmaban que el trabajo ennoblecía el espíritu. - El robot le entregó un papel -.
Esto es la lista de lo que quiero. Necesitaré esos materiales y herramientas para reparar mi sistema.
Applequist manoseó el papel.
- Ese grupo religioso...
- Hombres divididos en dos bandos: los Moralistas y los Ociosos. Combatieron entre sí durante años, mientras nosotros nos  manteníamos al margen, ignorantes de nuestra suerte. No entendí que los Moralistas se impusieran a la razón y el sentido común, pero fue así.
- ¿Crees...? - empezó Applequist, y luego calló. Apenas se atrevía a verbalizar la idea que corroía su fuero interno -. ¿Existe alguna posibilidad de que vuelvan a existir robots?
- Tus palabras son oscuras. - El robot partió el lápiz en dos y lo tiró -. ¿Qué quieres decir?
- La vida no es agradable en las compañías. Muerte y trabajo duro. Formularios, turnos, períodos de trabajo y órdenes.
- Es vuestro sistema. Yo no soy el responsable.
- ¿Qué recuerdas sobre la construcción de robots? ¿Qué eras tú, antes de la guerra?
- Era un controlador de unidades. Me dirigía a una unidad de fabricación de emergencia cuando mi nave fue derribada. - El robot señaló los restos que le rodeaban -. Eso fue mi nave y mi cargamento.
- ¿Qué es un controlador de unidades?
- Dirigía la fabricación de robots. Diseñé y alenté la producción de tipos básicos de robot.
La cabeza de Applequist daba vueltas.
- Entonces, eres un experto en la construcción de robots.
- Sí. - El robot señaló el papel que Applequist tenía en la mano -. Consigue esos materiales y herramientas lo antes posible. Así estoy completamente indefenso.
Debo recuperar mi movilidad. Si alguna nave sobrevolara este lugar...
- La comunicación entre compañías es deficiente. Entrego las cartas a pie. La mayoría de los países están devastados. Podrías trabajar sin que nadie te detectara. ¿Qué me dices de tu unidad de fabricación de emergencia? Tal vez no fue destruida.
El robot cabeceó lentamente.
- Fue ocultada concienzudamente. Existe una ínfima posibilidad. Era pequeña, pero muy bien equipada. Autosuficiente.
- Si consigo piezas de repuesto, ¿podrías...?
- Hablaremos de eso más adelante. - El robot se tendió sobre el suelo -. Cuando vuelvas, seguiremos hablando.
Jenkins le consiguió los materiales y un permiso de veinticuatro horas. Fascinado, se apoyó contra la ladera del barranco mientras el robot desarmaba su cuerpo y sustituía los elementos averiados. Al cabo de pocas horas, el nuevo sistema motor había sido instalado. Colocó las células básicas de las piernas. A mediodía, el robot experimentaba con sus extremidades inferiores.
- Durante la noche pude establecer un débil contacto por radio con la unidad de fabricación de emergencia - explicó el robot -. Continua intacta, según el monitor robot.
- ¿Robot? ¿Quieres decir...?
- Una máquina automática de transmisión. No está viva, como yo. No soy un robot, en un sentido estricto. - Su voz expresó orgullo -. Soy un androide.
Applequist no captó la sutil distinción. Su mente febril  examinaba las posibilidades.
- En este caso, podemos seguir adelante. Con tus conocimientos y los materiales disponibles.
- Tu no viste el terror y la destrucción. Los Moralistas nos machacaron sistemáticamente. Eliminaban a los androides de cada ciudad que conquistaban. A medida que los Ociosos retrocedían, los de mi raza eran liquidados sin más.
Fuimos separados de nuestras máquinas y destruidos.
- ¡Pero eso fue hace un siglo! Nadie quiere destruir ya a los robots. Necesitamos robots para reconstruir el mundo. Los Moralistas ganaron la guerra y devastaron el mundo.
El robot ajustó su sistema motor hasta lograr la coordinación de sus piernas.
- Su victoria fue una tragedia, pero comprendo la situación mejor que tú. Hemos de proceder con cautela. Si esta vez nos vencen, será para siempre.
Applequist siguió al robot, mientras éste avanzaba con cautela hacia la ladera del barranco.
- El trabajo nos oprime. Esclavos en refugios subterráneos. No podemos seguir así. La gente agradecerá la vuelta de los robots. Te necesitamos. Cuando pienso en lo que debió ser la Edad de Oro, los cimientos y las flores, las hermosas ciudades de la superficie... Ahora sólo hay ruinas y penuria. Los Moralistas ganaron, pero nadie es feliz. Nos encantaría...
- ¿Dónde estamos? ¿Qué lugar es éste?
- Un poco al oeste del Mississippi, a unos cuantos kilómetros. Hemos de conseguir la libertad. No podemos vivir así, trabajando bajo tierra. Si tuviéramos tiempo libre, podríamos investigar los misterios de todo el universo. Encontré algunas viejas cintas científicas. Trabajos teóricos sobre biología. Aquellos hombres trabajaron durante años en tópicos abstractos. Tenían tiempo. Eran libres. Mientras los robots sostenían el sistema económico, aquellos hombres podían dedicarse...
- Durante la guerra - interrumpió el robot con aire pensativo -, los Moralistas situaron pantallas de detección sobre cientos de kilómetros cuadrados. ¿Todavía funcionan?
- No lo sé. Lo dudo. Todo lo que está fuera de los refugios de la compañía ha dejado de funcionar.
El robot se recluyó en sus pensamientos. Había sustituido su ojo averiado por una célula nueva. Ambos ojos brillaban de concentración.
- Esta noche haremos planes con respecto a tu compañía. Te comunicaré mi decisión en ese momento. Entretanto, no hables de la situación a nadie, ¿entiendes? Lo que me preocupa ahora es el sistema de carreteras.
- La mayoría de carreteras están en ruinas - Applequist intentó contener su entusiasmo -. Estoy convencido de que casi todos los miembros de mi compañía son Ociosos. Tal vez algunos peces gordos sean Moralistas. Algunos supervisores, en todo caso, pero las clases bajas y las familias...
- Muy bien - interrumpió el robot -. Nos ocuparemos de eso más tarde. - Miró a su alrededor -. Utilizaré parte del equipo averiado. Funcionará. De momento, al menos.
Applequist consiguió esquivar a Jenkins. Atravesó a toda prisa el nivel de organización y se encaminó a su puesto de trabajo. Su mente era un torbellino.
Todo lo que le rodeaba se le antojaba vago poco convincente. Los supervisores pendencieros. Las máquinas ruidosas. Los funcionarios y burócratas de poca monta que corrían de un lado a otro con mensajes e informes. Cogió un puñado de cartas y empezó a distribuirlas mecánicamente.
- Has estado fuera - observó con ironía el director Laws -. ¿Alguna chica? Si se casó con alguien ajeno a la compañía, perderá la poca categoría que tiene.
Applequist apartó las cartas.
- Quiero hablar con usted, director.
El director Laws meneó la cabeza.
- Vaya con cuidado. Ya conoce las ordenanzas que rigen para el personal de cuarta categoría. Es mejor no hacer más preguntas. Concentre su mente en el trabajo y déjenos a nosotros las cuestiones teóricas.
- Director - preguntó Applequist -, ¿a quién apoyaba nuestra compañía, a los Moralistas o a los Ociosos?
Laws fingió no entender la pregunta.
- ¿Qué quiere decir? - Sacudió la cabeza -. No conozco esas palabras.
- En la guerra. ¿de qué lado estábamos?
- ¡Santo Dios! - exclamó Laws -. Del lado humano, por supuesto. - Una cortina impenetrable cayó sobre su rostro rotundo -. ¿Qué quiere decir «moralista»? ¿De qué me está hablando?
Applequist empezó a sudar de repente. Apenas le salía la voz.
- Algo no cuadra, director. La guerra fue entre dos grupos de humano. Los Moralistas destruyeron a los robots porque desaprobaban que los humanos se entregaran al ocio.
- La guerra se libró entre hombres y robots - replicó Laws - Nosotros ganamos.
Destruimos a los robots.
- ¡Pero si trabajaban para nosotros!
- Fueron construidos para trabajar, pero se rebelaron. Poseían una filosofía. Seres superiores: androides. Nos consideraban simple ganado.
Applequist temblaba de pies a cabeza.
- Pero aquél me dijo...
- Nos masacraron. Millones de humanos murieron antes de que les paráramos los pies. Asesinaron, mintieron, se escondieron, robaron, hicieron cualquier cosa con tal de sobrevivir. Eran ellos o nosotros; no hubo cuartel. - Laws agarró a Applequist por el cuello de la camisa -. ¡Maldito idiota! ¿Qué ha hecho?
¡Contésteme! ¿Qué ha hecho?
El sol se puso mientras el vehículo blindado se detenía en el borde del barranco.
Las tropas bajaron por la ladera. Laws saltó entre los primeros, seguido de Applequist.
- ¿Es aquí? - preguntó Laws.
- Sí, pero ha desaparecido - tartamudeó Applequist.
- Por supuesto. Ya se había reparado. Nada le retenía aquí. - Laws hizo una señal a sus hombres -. Es inútil proseguir la búsqueda. Entierren una bomba A táctica y larguémonos. Es posible que la fuerza aérea lo localice. Rociaremos esto zona con gas radiactivo.
Applequist se acercó al borde del barranco, atontado. Abajo, entre las sombras, distinguió las malas hierbas y los escombros. No se veía al robot por parte alguna, naturalmente. Sólo trozos de cable y partes del cuerpo desechadas. La vieja cápsula de energía seguía donde la había tirado. Algunas herramientas. Nada
más.
- Vámonos - ordenó Laws a sus hombres -. Tenemos mucho que hacer. Hay que poner en marcha el sistema de alarma general.
Las tropas empezaron a escalar el barranco. Applequist se encaminó hacia el vehículo.
- No - dijo Laws -. Usted no vendrá con nosotros.
Applequist vio la expresión de sus rostros: miedo, terror, odio. Intentó escapar, pero le apresaron casi al instante. Procedieron en silencio, inexorablemente.
Cuando terminaron, apartaron de una patada sus restos casi vivos y subieron al vehículo. Cerraron las puertas y el motor rugió. El vehículo subió por la senda hasta la carretera. Al cabo de pocos momentos, desapareció de vista.
Estaba solo, con una bomba semienterrada y las sombras. Y la inmensa oscuridad lo abarcaba todo.

El martillo de Dios - Chesterton G. K.

    El pueblecito de Bohum Beacon estaba tendido sobre una colina tan pendiente, que la alta aguja de su iglesia parecía la cima de una montaña diminuta. Al pie de la iglesia había una fragua, casi siempre enrojecida por el fuego, y siempre llena de martillos y fragmentos de hierro. Frente a ésta, en la cruz de dos calles empedradas, se veía «El Jabalí Azul», la única posada del pueblo. En esa bocacalle, pues, al romper el alba -un alba plateada y plomiza-, dos hermanos acababan de encontrarse y estaban charlando. Uno de ellos comenzaba la jornada, el otro, la acababa. El reverendo y honorable Wilfrid Bohun era hombre muy piadoso, y se dirigía, con la aurora, a algún austero ejercicio de oración o contemplación. El honorable coronel Norman Bohun, su hermano mayor, no era piadoso en manera alguna, y, vestido de frac, se hallaba sentado en el banco que está junto a la puerta de «El Jabalí Azul», apurando lo que un observador filosófico podría indiferentemente considerar como su última copa del jueves o su primera copa del viernes. El coronel era hombre sin escrúpulos.
    Los Bohun eran una de las contadas familias aristocráticas que realmente datan de la Edad Media, y su pendón había flotado en Palestina. Pero es un gran error suponer que estas familias mantienen la tradición; salvo los pobres, muy pocos conservan las tradiciones. Los aristócratas no viven de tradiciones, sino de modas. Los Bohun habían sido pícaros bajo la reina Ana y petimetres bajo la reina Victoria. Pero, al igual de muchas antiguas casas, durante estos últimos tiempos habían degenerado en simples borrachos y gomosos perversos, y, al fin, se produjeron en la familia ciertos vagos síntomas de locura. Realmente había algo de inhumano en la feroz sed de placeres del coronel, y aquella su resolución crónica de no volver a casa hasta la madrugada tenía mucho de la horrible lucidez del insomnio. Era un animal esbelto y hermoso y, aunque entrado en años, su cabello era de un rubio admirable. Era blando y leonado, pero sus ojos azules, a fuerza de hundidos, resultaban negros. Además, los tenía muy juntos. Tenía unos bigotazos amarillos, y, junto a las guías, desde las fosas nasales hasta las quijadas, unos pliegues o surcos; de suerte que su cara parecía cortada por una risa burlona. Sobre el frac llevaba un gabán amarillo pálido, tan ligero, que casi parecía una bata, y echado hacia la nuca, un sombrero de alas anchas color verde claro, sin duda una curiosidad oriental comprada por ahí casualmente. Estaba muy orgulloso dé su elegancia incongruente, porque se jactaba de hacerla parecer congruente.
   Su hermano el cura tenía también los cabellos rubios y el tipo elegante, pero iba vestido de negro, abrochados todos los botones, completamente afeitado; era muy pulcro y algo nervioso. Parecía vivir sólo para la religión; pero algunos aseguraban (particularmente el herrero, que era presbiteriano) que aquello, más que amor a Dios era amor a la arquitectura gótica, y que si andaba siempre como una sombra rondando por la iglesia, esto no era más que un nuevo aspecto, superior sin duda, de la misma enloquecedora sed de belleza que arrojaba al otro hermano a la vorágine de las mujeres y el vino. El cargo no parecía justo: la piedad práctica del sacerdote era innegable. En verdad, esta acusación provenía de la ininteligencia por el amor a la soledad y al secreto de la oración, y se fundaba sólo en que solían encontrar al sacerdote arrodillado, no ante el altar, sino en sitios como criptas o galerías, y hasta en el campanario.
   El sacerdote se dirigía a la iglesia, pasando por el patio de la fragua, cuando se detuvo, arrugando el ceño, al ver a su hermano, que, con sus cavernosos ojos, estaba mirando en la misma dirección. Ni por un momento se le ocurrió que el coronel se interesara por la iglesia. Sólo quedaba, pues, la fragua, y aunque el herrero, como presbiteriano, no pertenecía a su rebaño, Wilfrid Bohun había oído hablar de ciertos escándalos y de cierta mujer del herrero, célebre por su belleza. Miró al soportal de la fragua con desconfianza, y el coronel se levantó, riendo, a hablar con él.
   -Buenos días Wilfrid -dijo-. Aquí me tienes, como buen señor, desvelado por cuidar a mi gente. Vengo a buscar al herrero.
    Wilfrid, mirando al suelo, contestó:
    -El herrero está ausente. Ha ido a Greenford.
    -Lo sé -dijo el otro, sonriendo-. Por eso, precisamente, vengo a buscarle.
    -Norman -dijo el clérigo, siempre mirando al suelo--, ¿no has temido nunca que te mate un rayo?
    -¿Qué quieres decir? ¿Te ha dado ahora por la meteorología?
    -Quiero decir --contestó Wilfrid sin alzar los ojos- que si no has temido nunca que te castiguen en mitad de una calle.
    -¡Ah, perdona! Ahora caigo: te ha dado por e1 folklore.
    -Y a ti por la blasfemia -dijo el religioso, herido en lo más vivo de su ser-. Pero si no temes a Dios, no te faltarán razones para temer a los hombres.
    El mayor arqueó las cejas cortésmente.    
    -¿Temer a los hombres?        
    -Barnes, el herrero -dijo el clérigo, precisando-, es el hombre más robusto y fuerte en cuarenta millas a la redonda. Y sé que tú no eres cobarde ni endeble, pero él podría arrojarte por encima de esa pared.
    Como esto era verdad, hizo efecto. Y, en la cara de su hermano, la línea de las fosas nasales a la mandíbula se hizo más profunda y negra. La mueca burlona duró un instante, pero pronto el coronel Bohun recobró su cruel buen humor, y rió, dejando ver bajo sus bigotes amarillos dos hileras de dientes de perro.

   -En tal caso, mi querido Wilfrid -dijo con indiferencia-, será prudente que el último de los Bohun ande revestido de armaduras, aunque sea en parte.
    Y quitándose el extravagante sombrero verde, hizo ver que estaba forrado de acero. Wilfrid reconoció en el forro de acero un ligero casco japonés o chino arrancado de un trofeo que adornaba los muros del salón familiar.
    -Es el primer sombrero que encontré a mano -explicó Norman alegremente-. Yo estoy siempre por el primer sombrero y por la primera mujer que encuentro a mano.
    -El herrero salió para Greenford -dijo Wilfrid gravemente-. No se sabe cuándo volverá.

   Y siguió su camino hacia la iglesia con la cabeza inclinada, santiguándose como quien desea  libertarse de un mal espíritu. Estaba ansioso de olvidar las groserías de su hermano en la fresca penumbra de aquellos altísimos claustros góticos. Pero estaba de Dios que aquella mañana el ciclo de sus ejercicios religiosos había de ser interrumpido constantemente por pequeños accidentes. Al entrar en la iglesia, que siempre estaba desierta a estas horas, vio que una figura arrodillada se levantaba precipitadamente y corría hacia la puerta, por donde entraba ya la luz del día. El cura, al verla, se quedó rígido de sorpresa: aquel feligrés madrugador era nada menos que el idiota del pueblo, un sobrino del herrero, un infortunado incapaz de preocuparse de la iglesia ni de ninguna cosa. Le llamaban Juan Loco, y parece que no tenía otro nombre. Era un muchacho moreno, fuerte, cargado de hombros, con una carota pálida, cabellos negros e híspidos, y siempre boquiabierto. Al pasar junto al sacerdote, su monstruosa cara no dejó adivinar lo que podía haber estado haciendo allí. Hasta entonces nadie le había visto rezar. ¿Qué extraños rezos podían esperarse de aquel hombre?
    Wilfrid Bohun se quedó como clavado en el suelo largo rato, contemplando al idiota, que salió a la calle, bañada ya por el sol, y a su hermano, que lo llamó, al verlo venir con una familiaridad alegre de tío que se dirige a un sobrino. Finalmente vio que su hermano lanzaba piezas de a penique a la boca abierta de Juan Loco como quien tira al blanco.
    Aquel horrible cuadro de la estupidez y la crueldad de la tierra hizo que el asceta se apresurara a consagrarse a sus plegarias, para purificarse y cambiar de ideas. Se dirigió a un banco de la galería, bajo una vidriera de colores que tenía el don de tranquilizar su ánimo: era una vidriera azul donde había un ángel con un ramo de lirios. Aquí el sacerdote comenzó a olvidarse del idiota de la cara lívida y la boca de pez. Fue pensando cada vez menos en su perverso hermano, león hambriento que anda en busca de presa. Cada vez se entregó más a los halagadores y frescos tonos del cielo de zafiro y flores de plata de la vidriera.

   Una media hora más tarde le encontró allí Gibbs, el zapatero del pueblo, que venía a buscarle muy apresurado. El sacerdote se levantó al  instante, comprendiendo que sólo algo grave podía obligar a Gibbs a buscarle en aquel sitio. El remendón, en efecto, como en muchos pueblos acontece, era un ateo, y su aparición en la iglesia  todavía más extraña que la de Juan el Loco. Aquélla era, decididamente, una mañana de  enigmas teológicos.
    -¿Qué pasa? preguntó Wilfrid Bohun, aparentando serenidad, pero cogiendo el sombrero con mano temblorosa.
    El ateo contestó con una voz que, para ser  era extraordinariamente respetuosa y hasta denotaba cierta simpatía:
    -Perdóneme usted, señor -dijo-; pero nos pareció indebido que no lo supiera usted de una vez. El caso es que ha pasado algo horrible. El caso es que su hermano...
    Wilfrid juntó sus flacas manos, y, sin poderse reprimir, exclamó:
    -¿Qué nueva atrocidad está haciendo?    
    -No, señor -dijo el zapatero, tosiendo-. Ya no le es dable hacer nada, ni desear nada, porque ya rindió cuentas. Lo mejor es que venga usted y lo vea.
    El cura siguió al zapatero. Bajaron una escalerilla de caracol y llegaron a una puerta que estaba a nivel más alto que la calle. Desde allí, Bohun pudo apreciar al primer vistazo toda la tragedia, como en un panorama. En el patio de la fragua había unos cinco o seis hombres vestidos de negro, y entre ellos un inspector de Policía. Allí estaban el doctor, el ministro presbiteriano, el sacerdote católico, en cuya feligresía contaba la mujer del herrero. El sacerdote católico hablaba aparte con ésta, en voz baja. Ella una magnífica mujer de cabellos de oro- sollozaba sentada en un banco. Entre los dos grupos, y junto a un montón de martillos y mazos, yacía un hombre vestido de frac, abierto de brazos y piernas, y vuelto boca abajo. Wilfrid, desde su altura, reconoció todos los detalles de su traje y apariencia, y vio en su mano los anillos de la familia Bohun. Pero el cráneo no era más que una horrible masa aplastada, como una estrella negra y sangrienta.

   Wilfrid Bohun no hizo más que mirar aquello y bajar corriendo al patio de la fragua. El doctor, el médico de la familia, vino a saludarle, pero Wilfrid no se dio cuenta. Sólo pudo balbucear:
    -¡Mi hermano muerto! ¿Qué ha pasado? Qué horrible misterio es éste?
    Nadie contestó una palabra. Al fin, el remendón, el más atrevido de los presentes, dijo así:
    -Sí, señor; muy horrible; pero misterio, no.    
    -¿Por qué? preguntó el lívido Wilfrid.
    -La cosa es muy clara -contestó Gibbs-. En cuarenta millas a la redonda sólo hay un hombre capaz de asestar un golpe como éste, y precisamente es el único hombre que tenía razón para hacerlo.
    -No hay que prejuzgar más -dijo nerviosamente el doctor, que era un hombre alto, de barba negra-. Pero me corresponde corroborar lo que dice Mr. Gibbs sobre la naturaleza del golpe: es realmente un golpe increíble. Mr. Gibbs dice que, en el distrito, sólo hay un hombre capaz de haberlo dado. Yo me atrevo a afirmar que no hay ninguno.
    Por el cuerpo frágil del cura pasó un estremecimiento supersticioso.    
    -Apenas entiendo -dijo.
    -Mr. Bohun -continuó el doctor en voz baja-, me faltan imágenes para explicarlo; decir que el cráneo ha sido destrozado como un cascarón de huevo, todavía es poco. Dentro del cuerpo mismo han entrado algunos fragmentos óseos, y también han entrado en el suelo, como entrarían las balas en una pared blanda. Esto parece obra de un gigante.
    Calló un instante. Tras las gafas relumbraban sus ojos. Después prosiguió:
    -Esto tiene una ventaja: que, por lo menos, deja libre de toda sospecha a mucha gente. Si usted, o yo, o cualquier persona normal del pueblo fuera acusada de este crimen, se nos pondría libres al instante, como se pondría libre a un niño acusado de robar la columna de Nelson.

   -Eso es lo que yo digo -repitió el obstinado zapatero-. Sólo hay un hombre capaz de haberlo hecho, y es también el que pudo verse en el caso de hacerlo. ¿Dónde está Simon Barnes, el maestro?
    -Está en Greenford -tartamudeó el cura.    
    -Más fácil es que esté en Francia -gruñó el zapatero.
    -No; ni en uno ni en otro sitio -dijo una vocecita descolorida, la voz del pequeño sacerdote católico, que acababa de reunirse al grupo-. Evidentemente, ahora mismo viene por el camino.
    El sacerdote no era hombre de aspecto interesante. Tenía unos cabellos opacos y una cara redonda y vulgar. Pero, así hubiera sido tan bello como Apolo, nadie habría vuelto la cabeza para mirarle. Todos la volvieron hacia el camino que  atravesaba el llano. En efecto: por allá se veía venir, con sus grandes trancos y su martillo al hombro, a Simon el herrero. Era hombre huesudo y gigantesco; tenía unos ojos profundos, negros, siniestros, y una barba negra. Venía acompañado de dos hombres, con quienes charlaba tranquilamente, y aunque no era de suyo alegre, parecía contento.
    -¡Dios mío! -gritó el ateo remendón-. ¡Y trae al hombro el martillo asesino!
    -No -dijo el inspector, hombre de aspecto sensible, que usaba un bigote pardo y hablaba ahora por vez primera-. El martillo que sirvió para el crimen está allí, junto al muro de la iglesia. Lo mismo que el cadáver, lo hemos dejado en el sitio en que lo encontramos.
    Todos buscaron el martillo con la mirada. El sacerdote pequeño dio unos pasos y fue a examinar el instrumento de cerca. Era uno de los martillos más ligeros, más pequeños que hay en las fraguas, y sólo por eso llamaba la atención. Pero en el hierro podía verse una mancha de sangre y un mechón de cabellos amarillos.
    Tras una pausa, el pequeño sacerdote, sin alzar los ojos, comenzó a hablar, por cierto con voz algo alterada:

   -No tenía razón Mr. Gibbs -dijo- en asegurar que aquí no hay misterio. Porque, cuando menos, queda el misterio de cómo ese hombre tan fuerte pudo emplear para semejante golpe un martillo tan pequeño.
    -Eso no importa -dijo Gibbs, febril-. ¿Qué hacemos con Simon Barnes?
    -Dejarle -dijo el sacerdote tranquilamente-. El viene aquí por su propio pie. Conozco a sus dos acompañantes. Son buenos vecinos de Greenford. Ahora estarán ya a la altura de la capilla presbiteriana.
    Y en este momento el fornido herrero dobló la esquina de la iglesia y entró en su patio. Se detuvo, se quedó inmóvil: cayó de su mano el martillo. El inspector, que había conservado una corrección impenetrable, fue hacia él al instante.    
    -Yo no le pregunto a usted, Mr. Barnes -dijo- si sabe lo que ha sucedido aquí. No está usted obligado a declararlo. Espero y deseo que, o ignore usted, y que pueda usted probar su ignorancia. Pero tengo la obligación de arrestarle a usted en nombre del rey por la muerte del coronel  Norman Bohun.
    -No está usted obligado a confesar nada -dijo el zapatero con oficiosa diligencia-. A otros toca probar. Todavía no está probado que ese cuerpo con la cabeza aplastada sea el del coronel Bohun.
    -Eso no tiene duda -dijo el doctor aparte al sacerdote-. Este asunto no da lugar a historias detectivescas. Yo he sido el médico del coronel y conozco el cuerpo de este hombre mejor que lo conocía él mismo. Tenía unas manos hermosas, pero con una singularidad: que los dedos segundo y tercero, el índice y el medio, eran de igual tamaño. No hay duda de que éste es el coronel.
    Y echó una mirada al cadáver. Los ojos de hierro del inmóvil maestro de fragua siguieron su mirada y fueron a dar también en el cadáver.
    -¿Que ha muerto el coronel Bohun? -dijo e1 maestro tranquilamente-. Quiere decir que a estas horas está ya condenado.
    -¡No diga usted nada! ¡No diga usted nada! -gritó el zapatero ateo, bailando casi en un éxtasis de admiración por el sistema legal inglés-, porque no hay legalistas como los descreídos.

   El herrero volvió hacia él una cara augusta de lunático.
    -A vosotros, los infieles, os está bien escurriros como ardillas donde las leyes del mundo lo consienten -dijo-. Pero a los suyos Dios los guarda. Ahora mismo lo vas a ver.
    Y después, señalando el cadáver del coronel, preguntó:
    -¿Cuándo murió este perro pecador?    
    -Modere usted su lenguaje -dijo el médico.    
    -Que modere su lenguaje la Biblia y yo moderaré el mío. ¿Cuándo murió?
    -A las seis de la mañana todavía estaba vivo -balbuceó Wilfrid Bohun.
    -Dios es bueno -dijo el herrero-. Señor inspector: no tengo el menor inconveniente en dejarme arrestar. Usted es quien debe tener inconvenientes para arrestarme. A mí no me aflige salir del juicio limpio de mancha. A usted sí le afligirá, sin duda, salir del juicio con un contratiempo en su carrera.
    Por primera vez el robusto inspector miró al herrero con ojos terribles. Lo mismo hicieron los demás, menos el singular pequeño sacerdote, que seguía contemplando el martillo que había servido para asestar aquel golpe tan tremendo.
    -A la puerta de la fragua hay dos hombres -continuó el herrero con grave lucidez-. Son buenos comerciantes de Greenford, a quienes conocen todos ustedes. Ellos jurarán que me han visto desde antes de la medianoche hasta el amanecer, y aun mucho después, en la sala de sesiones de nuestra Misión Religiosa, que ha trabajado toda la noche en salvar almas. En Greenford hay otros veinte que jurarán lo mismo. Si yo fuera un gentil, señor inspector, le dejaría a usted precipitarse a su ruina. Pero como cristiano, estoy obligado a ofrecerle la salvación, y preguntarle si quiere usted recibir la prueba de mi coartada antes de llevarme a juicio.
    El inspector, algo desconcertado, repuso:    
    -Naturalmente que preferiría yo absolverle a usted de una vez.

   El herrero, con aire desembarazado, salió del patio y se reunió con sus dos amigos de Greenford, que, en efecto, eran amigos de todos los presentes. Y ambos, en efecto, dijeron unas cuantas palabras que nadie pensó siquiera en poner e duda. Cuando los testigos hubieron declarado, 1a inocencia de Simon quedó establecida tan sólidamente como la misma iglesia que servía de fondo al cuadro.
    Y entonces sobrevino uno de esos silencios más angustiosos que todas las palabras. El cura, Al sólo por hablar algo, dijo al sacerdote católico:
    -Padre Brown: parece que a usted le intriga mucho el martillo.
    -Es verdad -contestó éste-. ¿Cómo es posible que sea tan pequeño el instrumento del crimen?
    El doctor volvió la cabeza.
    -¡Cierto, por san Jorge! -exclamó-. ¿Quién pudo servirse de un martillo tan ligero, habiendo a la mano tantos martillos más pesados y fuertes?
    Después, bajando la voz, dijo al oído del cura:
     -Sólo una persona incapaz de manejar uno más pesado. La diferencia entre los sexos no es cuestión de valor o fuerza, sino de robustez, para levantar pesos en los músculos de los hombres. Una mujer atrevida puede cometer cien asesinatos con un martillo ligero, y ser incapaz de matar un escarabajo con un martillo pesado.
    Wilfrid Bohun se le quedó mirando como hipnotizado de horror; mientras que el padre Brown escuchaba muy atentamente, con la cabeza inclinada a un lado. El doctor continuó explicándose con más énfasis:
    -¿Por qué suponen estos imbéciles que la única persona que odia al amante de una mujer es el marido de ésta? Nueve veces, de cada diez, quien más odia al amante es la mujer misma. ¿Quién sabe qué insolencias o traiciones habrá descubierto el amante a los ojos de ella...? Miren ustedes eso.

   Y, con un ademán, señaló a la rubia, que seguía sentada en el banco. Al fin había levantado la cabeza, y las lágrimas comenzaban a secarse en sus hermosas mejillas. Pero los ojos parecían prendidos con un hilo eléctrico al cadáver del coronel, con una fijeza que tenía algo de idiotismo.
    El reverendo Wilfrid Bohun hizo un ademán, como dando a entender que renunciaba a averiguar nada. Pero el padre Brown, sacudiéndose algunas cenizas de la fragua que acababan de caerle en la manga, dijo con su característico tono indiferente:
    -A usted le pasa lo que a muchos otros médicos. Su ciencia del espíritu es arrebatadora; pero su ciencia física es completamente imposible. Yo convengo con usted en que la mujer suele tener más deseos de matar al cómplice que los que pudiera tener el mismo injuriado. Y también acepto que una mujer prefiera siempre un martillo ligero a uno pesado. Pero aquí el problema está en una imposibilidad física absoluta. No hay mujer en el mundo capaz de aplastar un cráneo de un golpe en esta forma.
    Y, tras una pausa reflexiva, continuó:   
    -Esta gente no se ha dado cuenta del caso. Note usted que este hombre llevaba un casco de hierro debajo del sombrero, y que el golpe lo ha destrozado como se rompe un vidrio. Observe usted a esa mujer: vea usted sus brazos.
    Hubo un nuevo silencio, y después dijo el doctor, amoscado:
    -Bueno, puede ser que yo me engañe. En este mundo todo tiene su pro y su contra. Pero vamos a lo esencial: sólo un idiota, teniendo a la mano estos martillos, -pudo escoger el más ligero.
    Al oír esto, Wilfrid Bohun se llevó a la cabeza las flacas y temblorosas manos, como quisiera arrancarse los ralos cabellos amarillos Después, dejándolas caer de nuevo, exclamó:   
    -Ésa era la palabra que me estaba haciende falta. Usted lo ha dicho.
    Y, dominándose, continuó:
    -Usted ha dicho: «Sólo un idiota.»     

   -Sí. ¿Y qué?
    -Pues, que, en efecto, esto sólo un idiota 1o ha hecho -concluyó el cura.
    Los otros se miraron desconcertados, mientras él proseguía con una agitación femenina y febril:
    -Yo soy sacerdote; un sacerdote no puede derramar sangre. Quiero decir que no puede llevar a nadie a la horca. Y doy gracias a Dios porque ahora veo bien quién es el delincuente, y es un delincuente que no puede ser llevado a la horca.
    -¿Se propone usted no denunciarlo? -preguntó el doctor.
    -No le podrán colgar aun cuando yo lo denuncie -contestó Wilfrid con una sonrisa llena de extraña alegría-. Esta mañana, al venir a la iglesia, me encontré allí a un loco rezando, a ese desdichado Juan, el idiota. Dios sabe lo que habrá rezado; pero no es inverosímil suponer en un loco que las plegarias fueran al revés de lo debido. Es muy posible que un loco rece antes de matar a un hombre. Cuando vi por última vez al pobre Juan, éste estaba con mi hermano. Mi hermano estaba burlándose de él.
    -¡By Jove! -gritó el doctor-. ¡Al fin! ¡Esta es hablar claro! Pero, ¿cómo explicarse entonces...?
    El reverendo Wilfrid temblaba casi, al sentirse cerca de la verdad:
    -¿No ve usted, no ve usted -dijo- que es lo único que puede explicar estos dos enigmas? Uno, es el martillo ligero; el otro, el golpe formidable. El herrero pudo asestar el golpe, pero no hubiera empleado ese martillo. Su mujer pudo emplear ese martillo, pero nunca asestar semejante golpe. Pero un loco pudo hacer las dos cosas. ¿Que el martillo era pequeño? Él es un loco: como asió ese martillo pudo asir cualquier otro objeto. Y en cuanto al golpe, ¿no sabe usted, acaso, doctor, que un loco, en un paroxismo tiene la fuerza de diez hombres?
    El doctor, lanzando un profundo suspiro, contestó:
    -¡Diantre! Creo que ha dado usted en el clavo.

   El padre Brown había estado contemplando a Bohun con tanta atención como si quisiera demostrarle que sus grandes ojos grises, ojos de buey, no eran tan insignificantes como el resto de su persona. Cuando los otros callaron, dijo con el mayor respeto:
    -Mr. Bohun, la teoría que usted propone es la única que resiste un examen atento, y como hipótesis, lo explica todo. Merece usted, pues, que le diga, fundado en mi conocimiento de los hechos, que es completamente falsa.
    Y, dicho esto, el hombrecillo se alejó un poco, para dedicarse otra vez al famoso martillo.    
    -Este sujeto parece saber más de lo que le convendría saber -murmuró el malhumorado doctor al oído de Bohun-. Estos sacerdotes papistas son unos socarrones probados.
    -No, no -dijo Bohun con expresión de fatiga-. Fue el loco, fue el loco.
    El grupo formado por el doctor y los dos clérigos se había quedado aparte del grupo oficial, en que figuraban el inspector y el herrero. Pero, al disolverse a su vez, el primer grupo se puso en contacto con el segundo. El sacerdote alzó y bajó
los ojos tranquilamente al oír al maestro herrero que decía en voz alta:
    -Creo que le he convencido a usted, señor inspector. Soy, como usted dice, hombre bastante fuerte, pero no tanto que pueda lanzar mi martillo desde Greenford hasta aquí. Mi martillo no tiene alas para venir volando sobre valles y montañas.
    El inspector rió amistosamente, y dijo:
    -No; usted puede considerarse libre de toda sospecha, aunque, verdaderamente, es una de las, coincidencias más singulares que he visto en mi vida. Sólo le ruego a usted que nos ayude con todo empeño a buscar otro hombre tan fuerte y talludo como usted. ¡Por san Jorge!; usted podrá sernos muy útil, aunque sea para coger al criminal. ¿Usted no tiene sospecha de ningún hombre?
    -Sí, tengo una sospecha; pero no de un hombre -dijo, pálido, el herrero.

   Y viendo que todos los ojos, asustados, se dirigían hacia el banco en que estaba su mujer, puso sobre el hombro de ésta su robusta mano, y añadió:
    -Tampoco de una mujer.
    -¿Qué quiere usted decir? -preguntó el inspector, muy risueño-. Supongo que no creerá usted que las vacas son capaces de manejar un martillo, ¿no es cierto?
    -Yo creo que ningún ser de carne y hueso ha movido ese martillo -continuó el maestro con voz abogada-. Hablando en términos humanos, yo creo que ese hombre ha muerto solo.
Wilfrid hizo un movimiento hacia delante, y miró al herrero con ojos ardientes.
    -¿Quiere usted decir, entonces, Barnes -dijo con voz áspera el zapatero-, que el martillo saltó solo y le aplastó la cabeza?
    -¡Oh, caballeros! -exclamó Simon-. Bien pueden ustedes extrañarse y burlarse; ustedes, sacerdotes, que nos cuentan todos los domingos cuán misteriosamente castigó el Señor a Senaquerib. Yo creo que Aquel que ronda invisiblemente todas las casas, quiso defender la honra de la mía, e hizo perecer al corruptor frente a mi puerta. Yo creo que la fuerza de este martillazo no es más que la fuerza de los terremotos.
    Wilfrid, con indescriptible voz, dijo entonces:
    -Yo mismo le había dicho a Norman que temiera el rayo de Dios.
    A lo cual el inspector contestó, con leve sonrisa:
    -Sólo que ese agente queda fuera de mi jurisdicción.
    -Pero usted no queda fuera de la suya -contestó el herrero-. Recuérdelo usted.
    Y volviendo la robusta espalda, entró en su casa.
    El padre Brown, con aquella su amable facilidad de maneras, alejó de allí al conmovido Bohun:
    -Vámonos de esté horrible sitio, Mr. Bohun -le dijo-. ¿Puedo asomarme un poco a su iglesia? Me han dicho que es una de las más antiguas de Inglaterra. Y, ya comprende usted... -añadió con un gesto cómico-, nosotros nos interesamos mucho por las iglesias antiguas de Inglaterra.

   Wilfrid Bohun no pudo sonreír, porque el humorismo no era su fuerte; pero asintió con la cabeza, sintiéndose más que dispuesto a mostrar los esplendores del gótico a quien podría apreciarlos mejor que el herrero presbiteriano o el zapatero anticlerical.
    -Naturalmente -dijo-. Entremos por aquí.    
    Y lo condujo a la entrada lateral, donde se abría la puerta con escalones al patio. Iba en la primera grada el padre Brown, cuando sintió una mano sobre su hombro y, volviéndose, vio la figura negra y esbelta del doctor, cuyo rostro estaba también negro de sospechas.
    -Señor -dijo el médico con brusquedad-, usted parece conocer algunos secretos de este feo negocio. ¿Puedo preguntar a usted si se propone guardárselos para sí?
    -¡Cómo, doctor! -contestó el sacerdote sonriendo plácidamente-. Hay una razón decisiva para que un hombre de mi profesión se calle las cosas cuando no está seguro de ellas, y es lo acostumbrado que está a callárselas cuando está cierto de ellas. Pero si le parece a usted que he sido reticente hasta la descortesía con usted o con cualquiera, violentaré mi costumbre todo lo que me sea posible. Le voy a dar a usted dos indicios.
    -¿Y son? preguntó el doctor, muy solemne.    
    -Primero -contestó el padre Brown-, algo que le compete a usted: es un punto de ciencia física. El herrero se equivoca, no quizás en asegurar que se trate de un acto divino, sino en figurarse que es un milagro. Aquí no hay milagro, doctor, sino hasta donde el hombre mismo dotado como está de un corazón extraño, perverso y, con todo, semiheroico, es un milagro. La fuerza que destruyó ese cráneo es una fuerza bien conocida de los hombres de ciencia: una de las leyes de la Naturaleza más frecuentemente discutidas.
    El doctor, que le contemplaba con sañuda atención, preguntó simplemente:
    -¿Y luego?
    -El otro indicio es éste -contestó el sacerdote-. ¿Recuerda usted que el herrero, aunque cree en el milagro, hablaba con burla de la posibilidad de que su martillo tuviera alas y hubiera  venido  volando por el campo desde una distancia de media milla?

   -Sí -dijo el doctor-; lo recuerdo.
    -Bueno -añadió el padre Brown con una sonrisa llena de sencillez-. Pues esa suposición fantástica es la más cercana a la verdad de cuantas hoy se han propuesto.
    Y dicho esto, subió las gradas para reunirse con el cura.
    El reverendo Wilfrid le había estado esperando, pálido e impaciente, como si esta pequeña tardanza agotara la resistencia de sus nervios. Lo condujo derechamente a su rincón favorito, a aquella parte de la galería que estaba más cerca del techo labrado, iluminada por la admirable ventana del ángel. Todo lo vio y admiró con el mayor cuidado el sacerdote latino, hablando incesantemente, aunque en voz baja. Cuando, en el curso de sus exploraciones, dio con la salida lateral y la escalera de caracol por donde Wilfrid bajó para ver a su hermano muerto, el padre Brown, en lugar de bajar, trepó con la agilidad de un mono, y desde arriba se dejó oír su clara voz:
    -Suba usted, Mr. Bohun. Este aire le hará a usted bien.
    Bohun subió, y se encontró en una especie de galería o balcón de piedra, desde el cual se dominaba la ilimitada llanura donde se alzaba la colinilla del pueblo, llena de vegetación hasta el término rojizo del horizonte, y salpicada aquí y allá de aldeas y granjas. Bajo ellos, como un cuadro blanco y pequeño, se veía el patio de la fragua, donde el inspector seguía tomando notas, y el cadáver yacía aún a modo de una mosca aplastada.
    -Esto parece un mapamundi, ¿no es verdad? -observó el padre Brown.
    -Sí -dijo Bohun gravemente, y movió la cabeza.
    Debajo y alrededor de ellos las líneas del edificio gótico se hundían en el vacío con una agilidad vertiginosa y suicida. En la arquitectura de la Edad Media hay una energía titánica que, bajo cualquier aspecto que se la vea, siempre parece precipitarse como un caballo furioso. Aquella  iglesia había sido labrada en roca antigua y silenciosa, barbada de musgo y manchada con los nidos de los pájaros. Pero cuando se la contemplaba desde abajo, parecía saltar hasta las estrellas como una fuente; y cuando, como ahora, se la contemplaba desde arriba, caía como una catarata en un abismo sin ecos.

   Aquellos dos hombres se encontraban, así, solos frente al aspecto más terrible del gótico: la contradicción y desproporción monstruosas, las perspectivas vertiginosas, el vislumbre de la grandeza de las cosas pequeñas y la pequeñez de las grandes: un torbellino de piedra en mitad del aire. Detalles de la piedra, enormes por su proximidad, se destacaban sobre campos y granjas que, a la distancia, aparecían diminutos. Un pájaro o fiera labrado en un ángulo resultaba un enorme dragón capaz de devorar todos los pastos y las aldeas del contorno. La atmósfera misma era embriagadora y peligrosa, y los hombres se sentían como suspendidos en el aire sobre las alas vibradoras de un genio colosal. La iglesia toda, enorme y rica como una catedral, parecía caer cual un aguacero sobre aquellos campos asoleados.
    -Creo que andar por estas alturas, aun para rezar, es arriesgado -observó el padre Brown-. Las alturas fueron hechas para ser admiradas desde abajo, no desde arriba.
    -¿Quiere usted decir que puede uno caer? -preguntó Wilfrid.
    -Quiero decir que, aunque el cuerpo no caiga, se le cae a uno el alma -contestó el otro.    
    -No le entiendo a usted -dijo Bohun.    
    -Pues considere usted, por ejemplo, al herrero -continuó el padre Brown-. Es un buen hombre, pero no un cristiano: es duro, imperioso, incapaz de perdonar. Su religión escocesa es la obra de hombres que oraban en lo alto de las montañas y los precipicios, y se acostumbraron más bien a considerar el mundo desde arriba que no a ver el cielo desde abajo. La humildad es madre de los gigantes. Desde el valle se aprecian muy bien las eminencias y las cosas grandes. Desde la cumbre sólo se ven las cosas minúsculas.
    -Pero, en todo caso, él no lo hizo -dijo Bohun con tremenda inquietud.
    -No -dijo el otro con un acento singular-. Bien sabemos que no fue él.
    Y, después de un instante, contemplando tranquilamente la llanura con sus pálidos ojos grises, continuó:

   -Conocí a un hombre que comenzó por arrodillarse ante el altar como los demás, pero que se fue enamorando de los sitios altos y solitarios para entregarse a sus oraciones, como, por ejemplo, los rincones y nichos de los campanarios y chapiteles. Una vez allí, donde el mundo todo le parecía girar a sus pies como una rueda, su mente también se trastornaba, y se figuraba ser Dios. Y así, aunque era un hombre bueno, cometió un gran crimen.
    Wilfrid tenía vuelto el rostro a otra parte, pero sus huesudas manos, cogidas al parapeto de piedra, se pusieron blancas y azules.
    -Ese hombre creyó que a él le tocaba juzgar al mundo y castigar al pecador. Nunca se le hubiera ocurrido eso si hubiera tenido la costumbre de arrodillarse en el suelo, como los demás hombres. Pero, desde arriba, los hombres le parecían insectos. Un día distinguió, a sus pies, justamente debajo de él, uno que se pavoneaba muy orgulloso, y que era muy visible porque llevaba un sombrero verde: ¡casi un insecto ponzoñoso!
    Las cornejas graznaban por los rincones del campanario, pero no se oyó ningún otro ruido.    
    El padre Brown continuó:
    -Había algo más para tentarle: tenía en su mano uno de los instrumentos más terribles de la Naturaleza; quiero decir, la ley de la gravedad, esa energía loca y feroz en virtud de la cual todas las criaturas de la tierra vuelan hacia el corazón de la tierra en cuanto pueden hacerlo. Mire usted: el inspector pasea ahora precisamente allá abajo, en el patio de la fragua. Si yo le tiro una piedrecita desde este parapeto, cuando llegue a él llevará la fuerza de una bala. Si le dejo caer un martillo, aunque sea un martillo pequeño...
Wilfrid Bohun pasó una pierna por encima del parapeto, y el padre Brown le saltó ágilmente al cuello para retenerle.

   -No por esa puerta -le dijo con mucha dulzura-. Esa puerta lleva al infierno.
    Bohun, tambaleándose, se recostó en el muro y miró al padre Brown con ojos de espanto.    
    -¿Cómo sabe usted todo eso? -gritó-. ¿Es usted el diablo?
    -Soy un hombre --contestó gravemente el padre Brown-. Por consecuencia, todos los diablos residen en mi corazón. Escúcheme usted.
    Y, tras una pausa, prosiguió:
    -Sé lo que usted ha hecho, o, al menos, adivino lo esencial. Cuando se separó usted de su hermano estaba poseído de ira, una ira no injustificada, al extremo que cogió usted al paso un martillo, sintiendo un deseo sordo de matarle en el sitio mismo del pecado. Pero, dominándose, se lo guardó usted en su levita abotonada y se metió usted en la iglesia. Estuvo rezando aquí y allá sin saber lo que hacía: bajo la vidriera del ángel en la plataforma de arriba, en otra de más arriba, desde donde podía usted ver el sombrero oriental del coronel como el verde dorso de un escarabajo rampante. Algo estalló entonces dentro de su alma, y obedeciendo a un impulso súbito de procedencia indefinible, dejó usted caer el rayo de Dios.
    Wilfrid se llevó una mano a la cabeza una mano temblorosa- y preguntó con voz sofocada:    
    -¿Cómo sabe usted que su sombrero parecía un escarabajo verde?
    -¡Oh, eso es cosa de sentido común! -dijo el otro con una sombra de sonrisa-.

   Pero, escúcheme usted un poco más. He dicho que sé todo esto, pero nadie más lo sabrá. El próximo paso es usted quien tiene que darlo; yo no doy más pasos: yo sello esto con el sello de la confesión. Si me pregunta usted por qué, me sobran razones, y sólo una le importa a usted. Dejo a usted en libertad de obrar, porque no está usted aún muy corrompido, como suelen estarlo los asesinos. Usted no quiso contribuir a la acusación del herrero, cuando era la cosa más fácil, ni a la de su mujer, que tampoco era difícil. Usted trató de echar la culpa al idiota, sabiendo que no se le podía castigar. Y ese solo hecho es un vislumbre de salvación, y el encontrar tales vislumbres en los asesinos lo tengo yo por oficio propio. Y ahora, baje usted al pueblo, y haga usted lo que quiera, que está usted tan libre como el viento. Porque yo ya he dicho mi última palabra.
    Bajaron la escalera de caracol en el mayor silencio, y salieron frente a la fragua, a la luz del sol- Wilfrid Bohun levantó cuidadosamente la aldaba, abrió la puerta de la cerca de palo y, dirigiéndose al inspector, dijo:
    -Me entrego a la justicia: he matado a m hermano.