En la madrugada del día 3 de mayo, una vaca marrón camina por el puente del río Coroado, en el kilómetro 53, en dirección a Río de Janeiro.
Un autobús de pasajeros de la empresa Única Auto Ómnibus, placas RF 80-07-83 y JR 81-12-27, circula por el puente del río Coroado en dirección a São Paulo.
Cuando ve a la vaca, el conductor Plínio Sergio intenta desviarse. Golpea a la vaca, golpea en el muro del puente, el autobús se precipita al río.
Encima del puente la vaca está muerta.
Debajo del puente están muertos: una mujer vestida con un pantalón largo y blusa amarilla, de veinte años presumiblemente y que nunca será identificada; Ovídia Monteiro, de treinta y cuatro años; Manuel dos Santos Pinhal, portugués, de treinta y cinco años, que usaba una cartera de socio del Sindicato de Empleados de las Fábricas de Bebidas; el niño Reinaldo de un año, hijo de Manuel; Eduardo Varela, casado, cuarenta y tres años.
El desastre fue presenciado por Elías Gentil dos Santos y su mujer Lucília, vecinos del lugar.
Elías manda a su mujer por un cuchillo a la casa. ¿Un cuchillo?, pregunta Lucília. Un cuchillo, rápido, idiota, dice Elías. Está preocupado. ¡Ah!, se da cuenta Lucília. Lucília corre.
Aparece Marcílio da Conceição. Elías lo mira con odio. Aparece también Ivonildo de Moura Júnior.
¡Y aquella bestia que no trae el cuchillo!, piensa Elías. Siente rabia contra todo el mundo, sus manos tiemblan. Elías escupe en el suelo varias veces, con fuerza, hasta que su boca se seca.
Buenos días, don Elías, dice Marcílio. Buenos días, dice Elías entre dientes, mirando a los lados, ¡este mulato!, piensa Elías.
Qué cosa, dice Ivonildo, después de asomarse por el muro del puente y ver a los bomberos y a los policías abajo. Sobre el puente, además del conductor de un carro de la Policía de Caminos, están sólo Elías, Marcílio e Ivonildo.
La situación no está bien, dice Elías mirando a la vaca. No logra apartar los ojos de la vaca.
Es cierto, dice Marcílio.
Los tres miran a la vaca.
A lo lejos se ve el bulto de Lucília, corriendo.
Elías volvió a escupir. Si pudiera, yo también sería rico, dice Elías. Marcílio e Ivonildo balancean la cabeza, miran la vaca y a Lucília, que se acerca corriendo. A Lucília tampoco le gusta ver a los dos hombres. Buenos días doña Lucília, dice Marcílio. Lucília responde moviendo la cabeza.
¿Tardé mucho?, pregunta, sin aliento, al marido.
Elías asegura el cuchillo en la mano, como si fuera un puñal; mira con odio a Marcílio e Ivonildo.
Escupe en el suelo. Corre hacia la vaca.
En el lomo es donde está el filete, dice Lucília. Elías corta la vaca.
Marcílio se acerca. ¿Me presta usted después su cuchillo, don Elías?, pregunta Marcílio. No, responde Elías.
Marcílio se aleja, caminando de prisa. Ivonildo corre a gran velocidad.
Van por cuchillos, dice Elías con rabia, ese mulato, ese cornudo. Sus manos, su camisa y su pantalón están llenos de sangre. Debiste haber traído una bolsa, un saco, dos sacos, imbécil. Ve a buscar dos sacos, ordena Elías.
Lucília corre.
Elías ya cortó dos pedazos grandes de carne cuando aparecen, corriendo, Marcílio y su mujer, Dalva, Ivonildo y su suegra, Aurelia, y Erandir Medrado con su hermano Valfrido Medrado.
Todos traen cuchillos y machetes. Se echan encima de la vaca.
Lucília llega corriendo. Apenas y puede hablar. Está embarazada de ocho meses, sufre de helmintiasis y su casa está en lo alto de una loma. Lucília trajo un segundo cuchillo. Lucília corta en la vaca.
Alguien présteme un cuchillo o los arresto a todos, dice el conductor del carro de la policía. Los hermanos Medrado, que trajeron varios cuchillos, prestan uno al conductor.
Con una sierra, un cuchillo y una hachuela aparece João Leitão, el carnicero, acompañado por dos ayudantes.
Usted no puede, grita Elías.
João Leitão se arrodilla junto a la vaca.
No puede, dice Elías dando un empujón a João. João cae sentado.
No puede, gritan los hermanos Medrado.
No puede, gritan todos, con excepción del policía.
João se aparta; a diez metros de distancia, se detiene; con sus ayudantes, permanece observando.
La vaca está semidescarnada. No fue fácil cortar el rabo. La cabeza y las patas nadie logró cortarlas. Nadie quiso las tripas.
Elías llenó los dos sacos. Los otros hombres usan las camisas como si fueran sacos.
El primero que se retira es Elías con su mujer. Hazme un bistec, le dice sonriendo a Lucília. Voy a pedirle unas papas a doña Dalva, te haré también unas papas fritas, responde Lucília.
Los despojos de la vaca están extendidos en un charco de sangre. João llama con un silbido a sus auxiliares. Uno de ellos trae un carrito de mano. Los restos de la vaca son colocados en el carro. Sobre el puente sólo queda una poca de sangre.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Teoría de Dulcinea - Juan José Arreola
En un lugar solitario cuyo nombre no viene al caso hubo un hombre que se pasó la vida eludiendo a la mujer concreta. Prefirió el goce manual de la lectura, y se congratulaba eficazmente cada vez que un caballero andante embestía a fondo uno de esos vagos fantasmas femeninos, hechos de virtudes y faldas superpuestas, que aguardan al héroe después de cuatrocientas páginas de hazañas, embustes y despropósitos.
En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un fuerte aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada por el sol.
El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que tenía enfrente, se echó en pos a través de páginas y páginas, de un pomposo engendro de fantasía. Caminó muchas leguas, alanceó corderos y molinos, desbarbó unas cuantas encinas y dio tres o cuatro zapatetas en el aire.
Al volver de la búsqueda infructuosa, la muerte le aguardaba en la puerta de su casa. Sólo tuvo tiempo para dictar un testamento cavernoso, desde el fondo de su alma reseca. Pero un rostro polvoriento de pastora se lavó con lágrimas verdaderas, y tuvo un destello inútil ante la tumba del caballero demente.
En el umbral de la vejez, una mujer de carne y hueso puso sitio al anacoreta en su cueva. Con cualquier pretexto entraba al aposento y lo invadía con un fuerte aroma de sudor y de lana, de joven mujer campesina recalentada por el sol.
El caballero perdió la cabeza, pero lejos de atrapar a la que tenía enfrente, se echó en pos a través de páginas y páginas, de un pomposo engendro de fantasía. Caminó muchas leguas, alanceó corderos y molinos, desbarbó unas cuantas encinas y dio tres o cuatro zapatetas en el aire.
Al volver de la búsqueda infructuosa, la muerte le aguardaba en la puerta de su casa. Sólo tuvo tiempo para dictar un testamento cavernoso, desde el fondo de su alma reseca. Pero un rostro polvoriento de pastora se lavó con lágrimas verdaderas, y tuvo un destello inútil ante la tumba del caballero demente.
El suicida - Enrique Anderson Imbert
Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno. ¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa?
Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo.
Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó la cuchilla de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando navajazos. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como el agua, y las carnes recobraban su lasitud como el agua después que pescan al pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón, y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno. ¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa?
Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo.
Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó la cuchilla de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando navajazos. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como el agua, y las carnes recobraban su lasitud como el agua después que pescan al pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón, y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.
El tutú - Paul Fournel
Josette Baconnier nunca tuvo edad de bailar. Había nacido en una familia de temperamento y de gustos rústicos, en la que cada día le prometían que bailaría al día siguiente. Cuando el día siguiente llegó y pudo ir a su primer baile, conoció al hombre de su vida, que se casó con ella tras haber bailado juntos un único tango. Le reclamó otros más, pero su esposo, que era el mejor hombre del mundo, respondía a todos sus pedidos con un lacónico: «Ya no es propio de nuestra edad».
Josette se acostumbró a la idea de que era muy vieja para bailar... Aunque eso no hizo, que el deseo desapareciera.
Pensó que la maternidad la curaría definitivamente y lo cierto es que en los últimos meses de su primer embarazo no soñó más con cabriolas, pero, no bien hubo nacido su hijo, se vio forzada a admitir que el deseo había regresado. Y después del nacimiento del tercero, este era más fuerte aún.
Tuvo, pues, que vivir con él.
Decidió bailar a escondidas.
Hizo el cálculo de los momentos de soledad disponibles en el día, y pensó en aprovecharlos. Podía trabajar, a grandes rasgos, dos medias horas por día.
Cada mañana bajaba antes que los demás para preparar el desayuno en la cocina. Era el mejor momento. Mientras miraba hervir la leche, hacía ejercicios de barra empleando el borde de la mesa. Los hacía tan intensamente como su robustez se lo permitía, y lo más suavemente posible para no despertar a toda la casa. Su único pesar era que debía hacerlos en pantuflas; las zapatillas de satén, asomando de su bata de nylon guatineado, no habrían dejado de llamar la atención. Para atenuar su decepción, tenía la costumbre, antes de empezar, de fingir que anudaba en torno a sus pantorrillas los lazos rosas de sus zapatillas imaginarias. Era el gesto mágico que le permitía entrar en la realidad de su sueño.
Los ejercicios matutinos eran muy rigurosos. Se imponía a sí misma una serie de ejercicios de estiramiento, luego algunas series de fouettés y de entre-chats. La fantasía y la improvisación estaban excluidas.
Al bajar por la escalera, unos veinte minutos más tarde, sus hijos y su marido la encontraban sentada a la mesa, tranquila, la tez rozagante y el apetito abierto.
En su jornada había un segundo momento de relativa calma al regresar del trabajo, al final de la tarde, antes de que su esposo volviese y mientras sus hijos hacían los deberes en la primera planta. Entonces daba rienda suelta a su pasión, pero nunca sobrepasaba los límites de la alfombra que sofocaba el ruido de sus saltos.
Al principio, no se sentía muy segura de su técnica y no se atrevía a comprar libros que hubiesen traicionado su secreto. Se las arregló por lo tanto como pudo hasta el bendito día en que su única hija, Micheline, cumplió los seis años.
Con la excusa de que una niña debe saber bailar y que no debe aprender en cualquier lugar, fue a la ciudad y visitó todos los cursos de danza que encontró. No era sectaria: le gustaba la danza en general y se dirigió tanto a las salas de danza clásica como a las de danza moderna, popular o jazz.
Fue como un cuento de hadas.
La pesquisa duró dos sábados que para Josette Baconnier fueron días inolvidables. Con su hija aterrorizada, aferrada a su falda, vio desfilar unas legiones de ratitas en tutú corto, unas oleadas de bailarinas, delgadas como juncos y con casacas de color. En la roja penumbra de un curso de tango, vio ondular vestidos con volantes, vio combarse unas espaldas de toreros, vio brillar unos ojos achinados.
Por todas partes oía una música atronadora, esa música esencial de la que se hallaba privada. Ya que estaba fuera de toda cuestión que ella pusiera un disco durante sus sesiones de trabajo, excluido incluso canturrear una melodía o contar en voz alta los compases.
Aprovechó su pesquisa para archivar la mayor cantidad de imágenes posibles, para almacenar una provisión de movimientos inéditos que a continuación repetía delante del horno.
Escogió para su hija un curso de danza clásica y la acompañó a su primera lección. Muy pronto tuvo que rendirse ante las pruebas: Micheline era pata dura y nada en ella dejaba prever una futura estrella de la Ópera de París.
A la pequeña, de hecho, le gustaba muy poco el ejercicio, se aburría mortalmente y no entendía qué interés podía haber en estirar de esa forma los músculos de los muslos.
Pero era una buena niña y se esforzó.
Josette aprendió mucho.
Observaba tanto, tanto, y participaba con tal ardor interior que acababa las lecciones más molida que su hija.
Pronto se convirtió en una especialista en ballet clásico. Mientras Micheline se duchaba y repeinaba, ella asistía a los cursos de las mayores que preparaban una gran fiesta de fin de año.
La televisión también era para Josette una fuente de valiosas informaciones. Sin embargo debía utilizarla con más precaución. Cada vez que unas bailarinas aparecían en la tele, su marido decía:
-¡Mira cómo gesticulan las imbéciles!
Frase que sus hijos repetían, por supuesto, para imitar a papá.
Ella, por norma, solía ubicarse de pie, detrás del sofá en el que todos se hallaban apoltronados, para que no pudieran ver brillar sus ojos, y no se perdía ni una migaja del espectáculo. Así fue como descubrió a Bejart, Carolyn Carlson, las estrellas del Bolshoi, Jorge Donn, Maia Plisetskaia y Les Clodettes.
Una noche, una bailarina ejecutó un movimiento tan perfecto y tan curioso que no pudo resistirse a la tentación de intentarlo en el acto. Se lanzó, lo más discretamente que pudo, y cayó redonda detrás del sofá. Había calculado mal su impulso.
Afortunadamente para ella, la familia pensó en una descompostura, la tendieron sobre el sofá, le pusieron en la frente unas compresas de agua fría.
Desafortunadamente para ella, apagaron también el televisor.
Su hija cumplió quince años. Su figura se afinó, sus piernas se alargaron y encontró un lugar entre las «grandes». Llegado el momento, preparó una gala.
Josette se fue agotando. Ensayaba mentalmente de la mañana a la noche cada encadenamiento, le angustiaba la idea de un público, tenía miedo de que las compañeritas no estuvieran a la altura...
A cuatro meses del acontecimiento, decidió no perder ni un minuto más y confeccionar ella el tutú romántico. Trabajó sin tregua. Y, como su hija no estaba allí, se lo probó ella misma.
La gala iría tal vez a convertir a su marido. A lo mejor, viendo bailar a su hija, se dejaría llevar y cambiaría de parecer; a lo mejor pronto tendría un hogar lleno de música, en el cual todos podrían bailar a su antojo...
Cuando Micheline llegó en el ómnibus del sábado, Josette se abalanzó sobre ella, la arrastró a su habitación y, radiante, le entregó el tutú.
La jovencita no mostró entusiasmo alguno.
La decepción de Josette fue terrible. Pero recibió otro golpe aún más terrible: Micheline le anunció con calma su irrevocable decisión de no participar en la gala y de no bailar más.
Fue un duro impacto.
Josette envolvió cuidadosamente el tutú en un papel suave, lo guardó en el armario del espejo y no habló nunca más del tema. Durante todo el fin de semana, apretó en su bolsillo un pañuelo hecho una bola y refunfuñó bastante.
No estaba enfadada con ella, pero le parecía una pena haber llegado tan lejos y abandonar sólo a pocas semanas de la gala...
Debió pasar algún tiempo para que se recobrara de la decepción.
Ya no tenía ningún motivo para asistir a los cursos y, sin pasión, se puso a bailar en sus recuerdos.
Josette, volvió a tener coraje el día en que el menor de sus hijos partió también a la ciudad. Entonces pudo darse el lujo de correr el sofá y de poner música. Tuvo la sensación de estar haciendo serios progresos. Josette estaba de visita en casa de una amiga cuando su marido murió por culpa de un pequeño mal paso en un andamio. La vinieron a buscar y corrió a toda prisa hasta la obra, sin ponerse ni siquiera el impermeable.
Sintió una pena espeluznante.
No había pensado que la muerte fuese así. Se habría quedado con gusto a solas con su esposo por algunas horas, pero no tuvo ni un segundo libre.
Debió arreglar los detalles del entierro, hacerle firmar los papeles al doctor, lavar el cuerpo, vestirlo, ordenar la casa, encargarse de las flores, conseguir la capilla ardiente, avisar a la familia y sobre todo soportar las condolencias de todas y de todos, detenerse mil veces para escucharse decir que era una desgracia, que los mejores son quienes parten primero...
Se refregaba los ojos, respiraba hondo y partía rumbo a sus obligaciones.
Durante todo el día, una idea la persiguió: se odiaba por no haber sido más perfecta con su esposo. Se odiaba en especial por no haberle dicho todo y por haber guardado en secreto una parte tan importante. Cien veces había tenido la intención de confesarle todo, y cien veces la había pospuesto. Ya sentía instalarse un nudo de remordimientos, con el cual tendría que convivir en adelante.
La jornada pasó como un remolino.
Micheline y los varones llegarían al día siguiente.
Hubo tanto y tanto que hacer que Josette sólo tuvo unrespiro después de medianoche.
El pueblo estaba dormido. La capilla ardiente ponía una mancha de luz anaranjada en la casa silenciosa y negra.
Josette permaneció largo rato en el umbral de la pieza, a solas por primera vez. Gruesas lágrimas silenciosas corrían por sus mejillas. No sentía más el cansancio, de tan cansada que estaba, y los remordimientos, allá en la penumbra, resurgían para torturarla.
Después de un largo momento mirando el cadáver, se dirigió al armario apoyando apenas las puntas de sus pantuflas. Se desvistió frente al espejo, conservando tan sólo sus bragas y su camiseta de tricota. Abrió la puerta y extrajo del papel el preciado tutú.
Lo ató a su cintura, tiró hacia atrás los cabellos que sujetó con ayuda de una peineta y le ofreció a su esposo muerto su primera gala.
Le mostró todo cuanto había aprendido, todo cuanto sabía, bailó mejor que en un sueño, mejor que con un disco...
Su tutú, al girar, hacía mecer las llamas de los cirios, alargando su sombra en las paredes.
Mantuvo los ojos cerrados, la cabeza gacha, los bazos arqueados. Los fouettés borraron toda fatiga, las puntas alejaron sus temores.
Tenía en su cabeza toda la vida y toda la música posibles, todos los violines de Viena, todas las orquestas de todas las óperas, e iba llenando la habitación silenciosa con el terrible crujido de sus rodillas.
Josette se acostumbró a la idea de que era muy vieja para bailar... Aunque eso no hizo, que el deseo desapareciera.
Pensó que la maternidad la curaría definitivamente y lo cierto es que en los últimos meses de su primer embarazo no soñó más con cabriolas, pero, no bien hubo nacido su hijo, se vio forzada a admitir que el deseo había regresado. Y después del nacimiento del tercero, este era más fuerte aún.
Tuvo, pues, que vivir con él.
Decidió bailar a escondidas.
Hizo el cálculo de los momentos de soledad disponibles en el día, y pensó en aprovecharlos. Podía trabajar, a grandes rasgos, dos medias horas por día.
Cada mañana bajaba antes que los demás para preparar el desayuno en la cocina. Era el mejor momento. Mientras miraba hervir la leche, hacía ejercicios de barra empleando el borde de la mesa. Los hacía tan intensamente como su robustez se lo permitía, y lo más suavemente posible para no despertar a toda la casa. Su único pesar era que debía hacerlos en pantuflas; las zapatillas de satén, asomando de su bata de nylon guatineado, no habrían dejado de llamar la atención. Para atenuar su decepción, tenía la costumbre, antes de empezar, de fingir que anudaba en torno a sus pantorrillas los lazos rosas de sus zapatillas imaginarias. Era el gesto mágico que le permitía entrar en la realidad de su sueño.
Los ejercicios matutinos eran muy rigurosos. Se imponía a sí misma una serie de ejercicios de estiramiento, luego algunas series de fouettés y de entre-chats. La fantasía y la improvisación estaban excluidas.
Al bajar por la escalera, unos veinte minutos más tarde, sus hijos y su marido la encontraban sentada a la mesa, tranquila, la tez rozagante y el apetito abierto.
En su jornada había un segundo momento de relativa calma al regresar del trabajo, al final de la tarde, antes de que su esposo volviese y mientras sus hijos hacían los deberes en la primera planta. Entonces daba rienda suelta a su pasión, pero nunca sobrepasaba los límites de la alfombra que sofocaba el ruido de sus saltos.
Al principio, no se sentía muy segura de su técnica y no se atrevía a comprar libros que hubiesen traicionado su secreto. Se las arregló por lo tanto como pudo hasta el bendito día en que su única hija, Micheline, cumplió los seis años.
Con la excusa de que una niña debe saber bailar y que no debe aprender en cualquier lugar, fue a la ciudad y visitó todos los cursos de danza que encontró. No era sectaria: le gustaba la danza en general y se dirigió tanto a las salas de danza clásica como a las de danza moderna, popular o jazz.
Fue como un cuento de hadas.
La pesquisa duró dos sábados que para Josette Baconnier fueron días inolvidables. Con su hija aterrorizada, aferrada a su falda, vio desfilar unas legiones de ratitas en tutú corto, unas oleadas de bailarinas, delgadas como juncos y con casacas de color. En la roja penumbra de un curso de tango, vio ondular vestidos con volantes, vio combarse unas espaldas de toreros, vio brillar unos ojos achinados.
Por todas partes oía una música atronadora, esa música esencial de la que se hallaba privada. Ya que estaba fuera de toda cuestión que ella pusiera un disco durante sus sesiones de trabajo, excluido incluso canturrear una melodía o contar en voz alta los compases.
Aprovechó su pesquisa para archivar la mayor cantidad de imágenes posibles, para almacenar una provisión de movimientos inéditos que a continuación repetía delante del horno.
Escogió para su hija un curso de danza clásica y la acompañó a su primera lección. Muy pronto tuvo que rendirse ante las pruebas: Micheline era pata dura y nada en ella dejaba prever una futura estrella de la Ópera de París.
A la pequeña, de hecho, le gustaba muy poco el ejercicio, se aburría mortalmente y no entendía qué interés podía haber en estirar de esa forma los músculos de los muslos.
Pero era una buena niña y se esforzó.
Josette aprendió mucho.
Observaba tanto, tanto, y participaba con tal ardor interior que acababa las lecciones más molida que su hija.
Pronto se convirtió en una especialista en ballet clásico. Mientras Micheline se duchaba y repeinaba, ella asistía a los cursos de las mayores que preparaban una gran fiesta de fin de año.
La televisión también era para Josette una fuente de valiosas informaciones. Sin embargo debía utilizarla con más precaución. Cada vez que unas bailarinas aparecían en la tele, su marido decía:
-¡Mira cómo gesticulan las imbéciles!
Frase que sus hijos repetían, por supuesto, para imitar a papá.
Ella, por norma, solía ubicarse de pie, detrás del sofá en el que todos se hallaban apoltronados, para que no pudieran ver brillar sus ojos, y no se perdía ni una migaja del espectáculo. Así fue como descubrió a Bejart, Carolyn Carlson, las estrellas del Bolshoi, Jorge Donn, Maia Plisetskaia y Les Clodettes.
Una noche, una bailarina ejecutó un movimiento tan perfecto y tan curioso que no pudo resistirse a la tentación de intentarlo en el acto. Se lanzó, lo más discretamente que pudo, y cayó redonda detrás del sofá. Había calculado mal su impulso.
Afortunadamente para ella, la familia pensó en una descompostura, la tendieron sobre el sofá, le pusieron en la frente unas compresas de agua fría.
Desafortunadamente para ella, apagaron también el televisor.
Su hija cumplió quince años. Su figura se afinó, sus piernas se alargaron y encontró un lugar entre las «grandes». Llegado el momento, preparó una gala.
Josette se fue agotando. Ensayaba mentalmente de la mañana a la noche cada encadenamiento, le angustiaba la idea de un público, tenía miedo de que las compañeritas no estuvieran a la altura...
A cuatro meses del acontecimiento, decidió no perder ni un minuto más y confeccionar ella el tutú romántico. Trabajó sin tregua. Y, como su hija no estaba allí, se lo probó ella misma.
La gala iría tal vez a convertir a su marido. A lo mejor, viendo bailar a su hija, se dejaría llevar y cambiaría de parecer; a lo mejor pronto tendría un hogar lleno de música, en el cual todos podrían bailar a su antojo...
Cuando Micheline llegó en el ómnibus del sábado, Josette se abalanzó sobre ella, la arrastró a su habitación y, radiante, le entregó el tutú.
La jovencita no mostró entusiasmo alguno.
La decepción de Josette fue terrible. Pero recibió otro golpe aún más terrible: Micheline le anunció con calma su irrevocable decisión de no participar en la gala y de no bailar más.
Fue un duro impacto.
Josette envolvió cuidadosamente el tutú en un papel suave, lo guardó en el armario del espejo y no habló nunca más del tema. Durante todo el fin de semana, apretó en su bolsillo un pañuelo hecho una bola y refunfuñó bastante.
No estaba enfadada con ella, pero le parecía una pena haber llegado tan lejos y abandonar sólo a pocas semanas de la gala...
Debió pasar algún tiempo para que se recobrara de la decepción.
Ya no tenía ningún motivo para asistir a los cursos y, sin pasión, se puso a bailar en sus recuerdos.
Josette, volvió a tener coraje el día en que el menor de sus hijos partió también a la ciudad. Entonces pudo darse el lujo de correr el sofá y de poner música. Tuvo la sensación de estar haciendo serios progresos. Josette estaba de visita en casa de una amiga cuando su marido murió por culpa de un pequeño mal paso en un andamio. La vinieron a buscar y corrió a toda prisa hasta la obra, sin ponerse ni siquiera el impermeable.
Sintió una pena espeluznante.
No había pensado que la muerte fuese así. Se habría quedado con gusto a solas con su esposo por algunas horas, pero no tuvo ni un segundo libre.
Debió arreglar los detalles del entierro, hacerle firmar los papeles al doctor, lavar el cuerpo, vestirlo, ordenar la casa, encargarse de las flores, conseguir la capilla ardiente, avisar a la familia y sobre todo soportar las condolencias de todas y de todos, detenerse mil veces para escucharse decir que era una desgracia, que los mejores son quienes parten primero...
Se refregaba los ojos, respiraba hondo y partía rumbo a sus obligaciones.
Durante todo el día, una idea la persiguió: se odiaba por no haber sido más perfecta con su esposo. Se odiaba en especial por no haberle dicho todo y por haber guardado en secreto una parte tan importante. Cien veces había tenido la intención de confesarle todo, y cien veces la había pospuesto. Ya sentía instalarse un nudo de remordimientos, con el cual tendría que convivir en adelante.
La jornada pasó como un remolino.
Micheline y los varones llegarían al día siguiente.
Hubo tanto y tanto que hacer que Josette sólo tuvo unrespiro después de medianoche.
El pueblo estaba dormido. La capilla ardiente ponía una mancha de luz anaranjada en la casa silenciosa y negra.
Josette permaneció largo rato en el umbral de la pieza, a solas por primera vez. Gruesas lágrimas silenciosas corrían por sus mejillas. No sentía más el cansancio, de tan cansada que estaba, y los remordimientos, allá en la penumbra, resurgían para torturarla.
Después de un largo momento mirando el cadáver, se dirigió al armario apoyando apenas las puntas de sus pantuflas. Se desvistió frente al espejo, conservando tan sólo sus bragas y su camiseta de tricota. Abrió la puerta y extrajo del papel el preciado tutú.
Lo ató a su cintura, tiró hacia atrás los cabellos que sujetó con ayuda de una peineta y le ofreció a su esposo muerto su primera gala.
Le mostró todo cuanto había aprendido, todo cuanto sabía, bailó mejor que en un sueño, mejor que con un disco...
Su tutú, al girar, hacía mecer las llamas de los cirios, alargando su sombra en las paredes.
Mantuvo los ojos cerrados, la cabeza gacha, los bazos arqueados. Los fouettés borraron toda fatiga, las puntas alejaron sus temores.
Tenía en su cabeza toda la vida y toda la música posibles, todos los violines de Viena, todas las orquestas de todas las óperas, e iba llenando la habitación silenciosa con el terrible crujido de sus rodillas.
El enviado - Jesús Abascal
Corrió hacia la boca del pozo como un desesperado. De las profundas aguas de su interior, a más de un centenar de pies de la superficie, los quejidos se hacían más prolongados y estremecedores. Moisés se inclinó sobre el brocal de piedras y asomó la sudorosa cabeza por el oscuro círculo. Abajo, alguien se ahogaba. Con sólo echar una soga el infeliz podría salvarse.
Moisés tenía en sus manos la vida de aquel hombre. Afirmándose con cuidado en las piedras, Moisés gritó con decisión: "¡Hermano, no te angusties más, que tu agonía ha terminado!". Al escuchar este mensaje redentor el desdichado inmerso columbró un luminoso rayo de esperanza. Y con la voz ronca y entrecortada sollozó con inmensa gratitud: "¡Gracias, Dios mío, por oír mis plegarias!". Entonces Moisés, instrumento del Altísimo, cumplió la promesa que había hecho y tomando entre sus recios brazos una pesada rueda de hierro que había cerca, la dejó caer dentro del pozo.
Como no volviera a escuchar ningún otro lamento, Moisés se retiró discretamente para continuar sus labores.
Moisés tenía en sus manos la vida de aquel hombre. Afirmándose con cuidado en las piedras, Moisés gritó con decisión: "¡Hermano, no te angusties más, que tu agonía ha terminado!". Al escuchar este mensaje redentor el desdichado inmerso columbró un luminoso rayo de esperanza. Y con la voz ronca y entrecortada sollozó con inmensa gratitud: "¡Gracias, Dios mío, por oír mis plegarias!". Entonces Moisés, instrumento del Altísimo, cumplió la promesa que había hecho y tomando entre sus recios brazos una pesada rueda de hierro que había cerca, la dejó caer dentro del pozo.
Como no volviera a escuchar ningún otro lamento, Moisés se retiró discretamente para continuar sus labores.
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