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El oso en el baile de los guardabosques - Peter Hacks

 Era invierno.

El oso iba resoplando por el bosque rumbo al baile de disfraces. Estaba con un humor excelente. Ya se había bebido un par de copas de coñac de osos, que está hecho con miel, vodka y muchas es­pecias bien picantes. El disfraz del oso era graciosí­simo: llevaba una chaqueta verde, un par de botas brillantes y una escopeta colgando del hombro: ya habrán adivinado ustedes que iba disfrazado de guar­dabosque.

Entonces llegó caminando por la nieve un hom­bre que se acercó a él. Ese hombre también usaba chaqueta verde y botas brillantes y llevaba una esco­peta colgando del hombro. Ustedes ya habrán adivi­nado que este hombre era el guardabosque.

El guardabosque dijo, con voz gruesa:

—Buenas noches, mi amigo. ¿Usted también va al Baile de los Guardabosques?

—¡Hrrmmm! —dijo el oso, con una voz tan pro­funda como la zanja que hay al borde del camino.

—¡Oh, discúlpeme! —dijo el guardabosque, apabullado—. No sabía que usted era el guardabos­que en jefe.

—Está bien, está bien —respondió el oso afa­blemente. Tomó al guardabosque por el brazo de manera de poder apoyarse firmemente en él, y am­bos entraron trastabillando a la taberna llamada "El Duodécimo Cuerno del Ciervo", donde se realizaba el Baile de los Guardabosques. Algunos de los guar­dabosques llevaban cuernos y andaban exhibiéndolos, y otros tenían cornetas y soplaban en ellas. Todos usaban largas barbas y bigotes enrulados, pero el oso era el que tenía más pelo en la cara.

—¡Yuuu-huuu! —gritaban los guardabosques y le propinaban al oso unas fuertes palmadas en la es­palda.

—¡A divertirse! —replicaba el oso y golpeaba él también a los guardabosques en la espalda, con la fuerza de una avalancha.

—¡Oh, perdón! —decían los guardabosques, asustados—. No sabíamos que usted era el guarda­bosque en jefe.

—Continúen —decía el oso. Y bailaron y bebie­ron y rieron, y cantaron canciones de cazadores y de bebedores.

No sé si ustedes habrán visto alguna vez el es­tado en que queda la gente que baila y bebe y ríe y canta demasiado. Los guardabosques estaban frené­ticos, y el oso igual que ellos; entonces el oso dijo:

—Ahora salgamos y vayamos a matar al oso.

Inmediatamente los guardabosques se pusieron sus guantes de piel, se ajustaron los cinturones de cuero alrededor de las panzas y salieron a la noche fría. Caminaron bajo la espesura disparando sus es­copetas al aire. Gritaban "Yuu-huu", y otra vez "Yuu-huu", que no quiere decir nada en absoluto, pero así hacen todos los cazadores. El oso arrancó un puñado de fresas de un arbusto y se las comió de un bocado. Los guardabosques dijeron:

—Miren al guardabosque en jefe, qué pillo —y ellos también comieron fresas y se agarraban las ba­rrigas a causa de la risa. Pero después de algún tiempo notaron que no podían hallar al oso.

—¿Por qué no lo encontramos? —dijo el oso—. Pues porque está metido en su guarida, cabezas de chorlos.

Y se dirigió a la guarida del oso seguido por los guardabosques. Sacó la llave del bolsillo de su chaqueta, abrió la puerta y se introdujo, seguido por los guardabosques.

—El oso ha salido —dijo el oso, husmeando-—, pero no hace mucho de ello porque hay un fuerte olor a oso en este lugar.

Y volvió rápidamente a la taberna, siempre se­guido por los guardabosques.

Después de todos los esfuerzos realizados, ne­cesitaron beber litros y litros pero lo que bebía el oso era como el torrente que se forma al derretirse la nieve y que es capaz de destruir un puente.

—Oh, discúlpenos —decían los guardabosques, perplejos—. Usted sí que es un guardabosque en jefe muy poderoso.

Y el oso dijo:

—El oso no está escondido en el bosque y tam­poco está escondido en su guarida. Sólo queda una posibilidad: se ha disfrazado de guardabosque y se esconde entre nosotros.

—Es verdad, por supuesto —exclamaron los guardabosques y empezaron a mirarse de reojo y con sospecha unos a otros.

Resulta que entre ellos había un guardabosque muy joven, que tenía una barba relativamente corta y que sólo lucía unos pocos cuernos. Además, era el más débil y el más tímido de todos ellos. De manera que decidieron que él era el oso. Se arrastraron con gran dificultad por los asientos y cepillaron las mesas con sus barbas y tantearon las paredes.

—¿Qué están buscando? —preguntó el joven guardabosque.

—Nuestras armas —dijeron—. Desgraciada­mente están colgadas de los percheros.

—¿Y para qué quieren sus armas? —exclamó el joven guardabosque.

—Para matarte a ti, desde luego —contesta­ron—. Puesto que tú eres el oso...

—Ustedes no entienden nada de osos —dijo el oso—. Primero tienen que ver si tiene cola y garras en las manos.

—No tiene —dijeron los guardabosques—, pero ¿qué tiene que ver? Después de todo, usted lleva cola y garras en las manos, guardabosque en jefe.

En eso entró la esposa del oso y estaba suma­mente enojada.

—Por el amor de Dios —gritó—, mira en qué compañía estás.

Le dio un mordiscón en el cuello al oso para que se le pasara la borrachera, y se lo llevó a casa.

—Qué lástima que hayas llegado tan temprano —le dijo el oso a su mujer cuando estaban en el bos­que—. Acabábamos de descubrir al oso. Bueno, no importa, será otro día.


El arpa Mágica - Cuento Ruso

Lejos, más allá de los mares azules, de los abismos de fuego, en las tierras de la ilusión, rodeada de hermosos prados, se levantaba una ciudad gobernada por el Zar Umnaya Golova (el sabio) con su Zarina. 

Indescriptible fue su alegría cuando les nació una hija, una encantadora Zarevna a quien pusieron por nombre Neotsienaya (la inapreciable) y aun más se alegraron cuando al cabo de un año tuvieron otra hija no menos encantadora a quien llamaron Zarevna Beztsienaya (la sin precio). 

En su alegría, el Zar Umnaya Golova quiso celebrar tan fausto acontecimiento con festines en que comió y bebió y se regocijó hasta que vio satisfecho su corazón. Hizo servir a sus generales y cortesanos trescientos cubos de aguamiel para que brindasen y durante tres días corrieron arroyos de cerveza por todo su reino. Todo el que quería beber podía hacerlo en abundancia.

Y cuando se acabaron los festines y regocijos, el Zar Umnaya Golova empezó a preocuparse, pensando en la mejor manera de criar y educar a sus queridas hijas para que llevasen con dignidad sus coronas de oro. 

Grandes fueron las precauciones que tomó el Zar con las princesas. Habían de comer con cucharas de oro, habían de dormir en edredones de pluma, se habían de tapar con cobertores de piel de marta y tres doncellas habían de turnarse para espantar las moscas mientras las Zarevnas dormían. 

El Zar ordenó a las doncellas que nunca entrase el sol con sus ardientes rayos en la habitación de sus hijas y que nunca cayese sobre ellas el rocío fresco de la mañana, ni el viento les soplase en una de sus travesuras. Para custodia y protección de sus hijas las rodeó de setenta y siete niñeras y setenta y siete guardianes siguiendo los consejos de cierto sabio.

El Zar Umnaya Golova y la Zarina y sus dos hijas vivían juntos y prosperaban. No sé cuantos años transcurrieron, el caso es que las Zarevnas crecieron y se llenaron de hermosura, y empezaron a acudir a la corte los pretendientes. 

Pero el Zar no tenía prisa en casar a sus hijas. Pensaba que a un pretendiente predestinado no se le puede evitar ni en un caballo veloz, pero al que no está predestinado no se le puede mantener alejado ni con triple cadena de hierro, y mientras así estaba pensando y ponderando el asunto, le sorprendió un alboroto que puso en conmoción todo el palacio. En el patio se produjo un ruido de gente que corría de un lado a otro. Las doncellas de fuera gritaban, las de dentro chillaban y los guardianes rugían con toda su alma.

El Zar Umnaya Golova salió corriendo a preguntar:

- ¿Qué ha sucedido?

Los setenta y siete guardianes y las setenta y siete damas de compañía cayeron a sus pies gritando:

- ¡Somos culpables! ¡He aquí que las Zarevnas Neotsienaya y Beztsienaya han sido arrebatadas por una ventolera!

Había sucedido una cosa extraña. Las Zarevnas bajaron al jardín imperial a coger unas flores y a comer unas manzanas. De pronto se vio sobre ellas una nube negra que nadie podría decir de dónde venía, sopló con fuerza en los ojos de las mujeres y de los hombres que acompañaban a las princesas y cuando acabaron de restregárselos, las princesas habían desaparecido y no quedaba nada que los ojos pudieran ver ni que los oídos pudieran oír. El Zar Umnaya Golova montó en cólera:

- ¡Os entregaré a todos a una muerte horrible! -gritó.- Moriréis de hambre en las mazmorras. Mandaré que os claven en las puertas. ¡Cómo! ¿Setenta y siete mujeres y setenta y siete hombres no habéis sido bastantes para cuidar de dos Zarevnas?

El Zar estaba triste y afligido, y no comía ni bebía ni dormía; todo le apenaba y era una carga para él; en la corte ya no se celebraban banquetes ni sonaban las notas del violín y de la flauta. Sólo la tristeza y el dolor reinaban en el palacio, acompañados de un silencio ominoso.

Pero pasó el tiempo y con él la melancolía. La vida del hombre es variada como un tapiz bordado de flores oscuras y encendidas. El tiempo siguió andando y a su tiempo nació otro hijo del Zar, pero no mujer, sino varón, y el Zar Umnaya Golova se regocijó grandemente. Llamó a su hijo, Iván y lo rodeó de criados, de maestros, de sabios y de valientes guerreros. 

Y el Zarevitz Iván crecía, crecía como crece la masa bien batida cuando se le pone buena levadura. Se le veía crecer de día en día y hasta de hora en hora, y llegó a ser pronto un mozo de extraordinaria belleza y apostura. Sólo una cosa oprimía el corazón de su padre el Zar. 

El Zarevitz Iván era bueno y hermoso, pero no tenía valor heroico ni demostraba aficiones belicosas. A sus compañeros ni les cortaba la cabeza ni les quebraba los brazos y piernas, no gustaba de jugar con lanzas ni con armas damasquinas ni espadas de templado acero; no pasaba revista a sus formidables batallones ni mantenía conversación con los generales. 

Bueno y hermoso era el Zarevitz. Admiraba a todo el mundo con su sabiduría y su ingenio, pero no más se complacía en tocar el arpa que no necesitaba arpista. Y de tal manera tocaba el Zarevitz Iván, que, al escucharlo, todo el mundo olvidaba todo lo demás. Apenas ponía los dedos en las cuerdas, sacaban éstas tales sonidos, que el auditorio quedaba como embelesado por la melodía y aun los cojos se echaban a bailar de gozo. Eran canciones maravillosas, pero no colmaban el tesoro del Zar ni defendían sus dominios ni destruían a sus enemigos.

Y un día el Zar Umnaya Golova mandó que el Zarevitz compareciese ante su trono y le habló de esta manera:

- Mi querido hijo, eres bueno y hermoso y estoy muy contento de ti. Pero una cosa me duele. No veo en ti el valor de un guerrero ni la destreza de un adalid. No te gusta el chocar de las lanzas ni te atraen las espadas de templado acero. Pero piensa que yo soy viejo y tenemos feroces enemigos que traen la guerra a nuestro país, matarán a nuestros boyardos y guerreros, y a mí y a la Zarina se nos llevará en cautiverio, si tú no sabes defendernos.

El Zarevitz Iván escuchó en silencio las palabras del Zar Umnaya Golova y luego contestó:

- ¡Querido Zar Emperador y Padre! No por la fuerza sino por la astucia se toman las ciudades, no rompiendo lanzas sino poniendo a prueba mi sagacidad saldré victorioso de mis enemigos. ¡Mira! Dicen que a mis dos hermanas se las llevó el viento sin dejar rastro, como si las hubiera cubierto de nieve. 

Llama a todos tus príncipes, tus héroes, tus fornidos generales, y ordénales que vayan en busca de mis hermanas, las Zarevnas. Que lleven sus espadas damasquinas, sus lanzas de hierro, sus veloces flechas y sus innumerables soldados, y si alguno de ellos te hace este servicio, dale mi imperio y ponme a sus órdenes como marmitón para limpiarle los platos y como bufón para divertirle. 

Pero si ninguno de ellos puede hacerte este servicio, confíamelo a mí y verás que mi inteligencia y mi ingenio son más agudos que una hoja damasquina y más fuertes que una lanza de acero.

Las palabras del Zarevitz agradaron al Zar. Llamó a sus boyardos, a sus generales y a sus fuertes y poderosos campeones y les dijo:

- ¿Hay alguno entre vosotros, mis boyardos, mis guerreros, mis fuertes y poderosos campeones, que se sienta lo bastante héroe para ir a buscar a mis hijas? Al que las traiga le permitiré elegir a la que más le guste para esposa, y con ella le daré la mitad de mi imperio.

Los boyardos, los generales, los campeones se miraron entre sí, escondiéndose el uno tras el otro, y ninguno de ellos osó contestar. Entonces, el Zarevitz Iván se inclinó ante su padre y dijo:

- ¡Mi querido padre y emperador! Si nadie se presta a hacerte tan pequeño servicio, dame tu bendición y partiré en busca de mis hermanas, sin que me prometas ningún galardón que me sirva de estimulo.

- ¡Perfectamente! -contestó el Zar Umnaya Golova.- Yo te bendigo. Llévate, además de mi bendición, plata, oro y piedras preciosas, y si necesitas soldados, toma cien mil jinetes y cien mil infantes.

- No me hace falta ni plato ni oro, ni jinetes ni infantes, ni el caballo del campeón ni su espada ni su lanza. Me llevaré la melodioso arpa que toca sola y nada más. Y tú, mi Zar soberano, espérame tres años, y si en el transcurso del cuarto no llego, elige mi sucesor.

Entonces, el Zarevitz Ivan recibió la bendición de su padre, oral y por escrito, se encomendó a Dios, se puso el arpa bajo el brazo y emprendió el camino en dirección adonde sus ojos lo guiaron. ¿Dónde había de ir en busca de sus hermanas? Fue cerca y fue lejos, para arriba y para abajo. La historia de sus andanzas pronto está contada, pero no tan pronto se hace como se dice. 

El Zarevitz Iván caminaba siempre hacia delante, anda que andarás, anda que andarás, y mientras viajaba tocaba el arpa. Apenas rompía el día se levantaba y reanudaba la marcha, adelante, siempre adelante; al caer la noche se acostaba en el césped bajo el inmenso techo del cielo brillante de estrellas. Y por fin llegó a una espesa selva.

El Zarevitz Iván oyó enormes crujidos en lo más espeso de esta selva, como si alguien aplastase los árboles: tan grande era el ruido que se oía.

- ¿Qué será? -pensó.- Sea lo que fuere, nadie puede morir dos veces.

Y sus ojos se abrieron de horror al ver a dos demonios de la selva que estaban peleándose. El uno descargaba sobre el otro una encina arrancada de cuajo, mientras éste se servía como de arma hiriente de un pino de diez metros de largo, y los dos se acometían con toda su diabólica fiereza. 

El Zarevitz Iván se les acercó con el arpa y empezó a tocar una danza. Los demonios dejaron la pelea al momento y se pusieron a ejecutar una danza diabólica que pronto se convirtió en un zapateado tan entusiasta y formidable, que hasta el firmamento se estremecía. Tanto y tanto bailaron, que al fin se les debilitaron las piernas y cayeron rodando por el suelo. Entonces, el Zarevitz les habló así:

- Vamos a ver: ¿por qué reñíais? Sois demonios de la selva y hacéis tonterías como si fueseis simples mortales. ¡Y eso, hijos míos, no está bien!

Entonces, uno de los demonios le dijo:

- ¿Cómo no hemos de reñir? ¡Atiende y juzga entre nosotros! Caminábamos juntos y hemos encontrado una cosa. Yo he dicho: "esto es mío", pero éste ha dicho "esto es mío". Hemos tratado de dividirlo y no hemos podido.

- ¿Y qué encontrasteis? -preguntó el Zarevitz Iván.

- Un pequeño mantel con pan y sal, unas botas que andan solas y un gorro invisible. ¿Quieres comer y beber? Pues extiende el mantel y doce jóvenes y doce doncellas te servirán aguamiel y todos los manjares que quieras. Y si alguien te persigue, no tienes más que ponerte las botas que andan solas y andarás siete verstas de un solo tranco. ¿Qué siete? más de catorce verstas puedes andar de un solo tranco, de modo que ni un pájaro puede volar más rápido ni el viento puede alcanzarte. Y si te amenaza algún peligro inevitable, te pones el gorro invisible y desapareces por completo, de modo que ni los perros pueden olerte.

- ¡No sé por qué habéis de reñir por tan poca cosa! ¿Queréis que yo sea juez en este pleito?

Los demonios de la selva accedieron y el Zarevitz Iván les dijo:

- ¡Bueno! Corred hasta el sendero que pasa junto al bosque y el primero que llegue se llevará el mantel, las botas y el gorro.

- ¡Caramba! -exclamaron los demonios.­ ¡Eso es hablar con sentido común! Tú guarda el tesoro y nosotros correremos.

Echaron a correr a cuál podía más, de modo que sólo se les veían los talones, hasta que desaparecieron entre los árboles. Pero el Zarevitz Iván no esperó su regreso. Se calzó las botas, se encasquetó el gorro, y con el mantel bajo el brazo se disipó como el humo. Los demonios de la selva volvieron corriendo y no pudieron hallar el lugar donde el Zarevitz había de esperarles. 

Entretanto, Iván el Zarevitz, a grandes zancadas salió del bosque y vio correr a los demonios por delante y por detrás de él, tratando inútilmente de descubrirlo por el olfato, hasta que empezaron a retorcerse las manos desesperadamente.

Iván el Zarevitz continuó su viaje a grandes trancos hasta que salió a campo llano. Ante él se abrían tres caminos y en la encrucijada se movía una choza dando vueltas sobre su pata de gallina.

- ¡Izbuchka! ¡Izbuchka! -le dijo el Zarevitz.­ ¡Vuélvete de espalda al bosque y de cara a mí!

Entonces el Zarevitz penetró en la choza y dentro estaba Baba Yaga(*) pata de hueso.

- ¡Uf! ¡uf! ¡uf! -dijo Baba Yaga.- Hasta hoy, un ruso era algo que mis ojos no habían visto y que mis oídos no habían oído, y ahora se aparece uno ante mis propios ojos! ¿A qué has venido, buen joven?

- ¡Oh, abuela despiadada! -le dijo el Zarevitz Iván.- Lo primero que habrías de hacer es alimentarme bien; después pregunta lo que quieras.

Baba Yoga se levantó en un abrir y cerrar de ojos, encendió su pequeña estufa, alimentó bien a Iván el Zarevitz y luego le preguntó:

- ¿Adónde vas, buen joven, y cuál es tu camino?

- Voy en busca de mis hermanas, la Zarevna Neotsienaya y la Zarevna Beztsienaya. Y ahora, querida abuelita, dime, si lo sabes, qué camino he de tomar y dónde las encontraré.

- ¡Sé dónde vive la Zarevna Neotsienaya! -dijo Baba Yaga.- Has de tomar el camino de en medio, si quieres llegar hasta ella; pero vive en el palacio de piedra blanca de su marido, el Monstruo de la Selva. El camino es tan largo como malo y aunque llegaras al palacio de nada te valdría, pues el Monstruo de la Selva te devorará.

- Bien, abuelita, tal vez se quede con las ganas. ¡Un ruso es un mal hueso y Dios no querrá dárselo a comer a un cerdo como ése! ¡Hasta la vista y gracias por tu pan y por tu sal!

El Zarevitz se alejó de la choza y he aquí que en medio de la llanura se destacó blanco y deslumbrante el palacio de piedra del Monstruo de la Selva. Iván se acercó y se encaminó a la puerta, y en la puerta halló un diablillo que le dijo:

- ¡No se puede pasar!

- ¡Abre amigo -replicó Iván el Zarevitz,- y te daré un trago de vodka!

El diablillo se bebió la vodka, mas no por eso abrió la puerta. Entonces Iván el Zarevitz dio la vuelta al palacio y resolvió subir por la pared.

Empezó a trepar, bien ajeno a la trampa en que iba a caer, pues en lo alto de las paredes habían extendido unos alambres, y apenas tocó el Zarevitz con el pie uno de estos alambres, todas las campanillas se pusieron a tocar. Iván el Zarevitz miró a ver si venía alguien y, en efecto, su hermana la Zarevna Neotsienaya salió a la galería y dijo, sorprendida:

- ¿Pero eres tú, mi querido hermano, Iván el Zarevitz?

Y los dos hermanos se abrazaron cariñosamente.

- ¿Dónde te esconderé para que el Monstruo de la Selva no te vea? -dijo la Zarevna.- Porque sin duda se presentará enseguida.

- No sé dónde, pues no soy un alfiler,

Y aun estaban hablando, cuando se produjo un ruido como de tempestad que hizo retemblar el palacio, y apareció el Monstruo de la Selva; pero Iván el Zarevitz se puso el gorro mágico y se hizo invisible. Y el Monstruo de la Selva dijo:

- ¿Quién te ha venido a ver trepando por el muro?

- No me ha venido a ver nadie -contestó la Zarevna Neotsienaya,- pero tal vez los gorriones han pasado volando y habrán tocado los alambres con las alas.

- ¡Buenos gorriones! ¡Me parece que huelo carne de ruso!

- ¡Qué antojos te dan! ¡No haces más que correr por el mundo oliendo carne humana y aun querrías olerla en tu palacio!

- No te disgustes, Zarevna Neotsienaya, no quiero turbar tu felicidad; pero tengo hambre y me gustaría comerme a este desconocido -dijo el Monstruo de la Selva. Pero Iván el Zarevitz se quitó el gorro invisible e inclinándose ante el hambriento, dijo:

- ¿Para qué me quieres comer? ¿No ves que soy un hueso duro que se te indigestaría? Será preferible que me permitas obsequiarte con un almuerzo como nunca en tu vida lo has comido. ¡Sólo has de ir con cuidado de no tragarte la lengua!

Y esto dicho, extendió el mantel y al momento aparecieron los doce mancebos y las doce damiselas que sirvieron al Monstruo de la Selva todos los manjares que apetecía. El Monstruo lo devoraba todo sin descanso. Luego bebió y volvió a tragar hasta que se hartó tanto, que no pudo moverse del puesto y allí mismo se quedó dormido.

- Hasta la vista, mi querida hermana -dijo entonces el Zarevitz Iván;- pero antes dime: ¿sabes dónde vive nuestra hermana la Zarevna Beztsienaya?

- Lo sé -contestó la Zarevna Neotsienaya. ­Para llegar a ella has de atravesar el gran Océano, pues vive en el vórtice con su esposo el Monstruo del Mar; el camino es muy penoso. ¡Has de nadar mucho, muchísimo, y si llegas, de nada te servirá, porque te devorará el monstruo!

- Bueno -dijo el Zarevitz Iván,- tal vez trate de hincarme el diente, pero se convencerá de que soy un bocado muy difícil de tragar. ¡Hasta la vista, hermana!

Iván el Zarevitz se alejó a grandes zancadas y llegó al gran Océano. En la orilla había una embarcación como las que usan los rusos para pescar, los obenques y aparejos eran de recio esparto y las velas de un fino tejido de fibras; las mismas maderas de la nave no estaban unidas con clavos sino sujetas con corteza de abedul. En esta embarcación, los marineros se apercibían a darse a la mar con rumbo a la isla de Roca Salada.

- ¿Queréis llevarme con vosotros? -les pidió el Zarevitz Iván.- No os pagaré el pasaje, pero os contaré tales cuentos, que no notaréis las fatigas del viaje.

La tripulación accedió y partieron, navegando más allá de la isla Roca Salada. El Zarevitz contaba cuentos y la navegación transcurría del modo más agradable para los marineros. De pronto, cuando menos lo esperaban, se levantó una tempestad, retumbó el trueno y la nave empezó a zozobrar.

- ¡Ay! exclamó la tripulación.- ¡En mala hora escuchamos a este excelente narrador! ¡Ya no volveremos a ver a nuestras queridas familias, sino que descenderemos al fondo voraginoso del Océano! No nos queda otro remedio que pagar tributo al Monstruo del Mar. ¡Echemos suertes y así descubriremos al culpable!

Echaron suertes y le tocó al Zarevitz Iván.

- ¡Me resigno a la suerte que me ha tocado, hermanos! -dijo el Zarevitz Iván.- Os agradezco el pan y la sal que me habéis dado. ¡Adiós, y no volváis a pensar más en mí!

Entonces cogió las botas que andaban solas, el mantel prodigioso, el gorro invisible, y el arpa que tocaba por sí misma, y los marineros levantaron al joven y lo arrojaron a los torbellinos de la vorágine. Enseguida se calmó el mar, la nave siguió su curso y el Zarevitz Iván descendió como una llave al fondo, y se encontró en los mismos salones del magnífico palacio del Monstruo del Mar. Este ocupaba el trono al lado de la Zarevna Beztsienaya, y el Monstruo del Mar dijo:

- ¡Hace mucho tiempo que no como carne cruda y mira por dónde se viene a las manos! ¡Salud, amigo! Acércate y veré si empiezo por los pies o por la cabeza.

Entonces el Zarevitz Iván dijo que era el hermano de la Zarevna Beztsienaya, y que entre la buena gente no existía la mala costumbre de comerse unos a otros.

- ¡Eso es demasiada insolencia! -chilló el Monstruo del Mar.- ¿Cómo se atreve a obligarnos a que aceptemos las costumbres de otra gente?

Iván el Zarevitz vio que el asunto presentaba mal cariz, y cogiendo el arpa prodigiosa empezó a tocar un aire tan melancólico, que el Monstruo del Mar puso una cara amarga y empezó a lanzar suspiros que parecían martillazos sobre un yunque, y lloró y se quejó como si se hubiera tragado una aguja, y cuando el Zarevitz Iván entonó la canción que empieza: "Que dé vuelta a la mesa la copa de la alegría", hasta las salas pusieron los brazos en jarras y se echaron a bailar. 

El Monstruo del Mar daba tales vueltas, que no tenía espacio suficiente, taconeaba, castañeteaba con los dedos, hacía tales visajes, girando los ojos, que todos los peces se agruparon para verlo y por poco se mueren de risa. El Monstruo del Mar se divirtió a más no poder y por fin dijo.

- Hubiera sido un pecado devorar a este joven. Quédate aquí, serás nuestro huésped y vivirás con nosotros. ¿Quieres? ¡Tenemos toda clase de arenques, esturiones, besugos y percas! ¡Siéntate a la mesa, come, bebe y alégrate, mi querido huésped!

El Zarevitz Iván se sentó pues, con su hermana y el Monstruo del Mar y los tres comieron, bebieron y se alegraron. Una ballena ejecutó una danza alemana, los arenques cantaron dulces melodías y las carpas tocaron varios instrumentos. Después de la comida, el Monstruo del Mar se fue a dormir y la Zarevna Beztsienaya dijo:

- Querido hermano, ¡qué contenta estoy de tenerte por huésped! ¡Pero ay! ¡que no durará mucho mi alegría! Cuando se despierte el Monstruo del Mar te devorará si está de mal humor.

- Dime, hermanita: ¿cómo puedo salvar a mi hermana Neotsienaya del Monstruo de la Selva y a ti del Monstruo del Mar?

- Si quieres, puedes probarlo; pero te prevengo que es algo muy difícil. Al otro lado del gran Océano hay un imperio donde reina, no un Zar, sino una Zaresa llamada Zardoncella. Si puedes llegar hasta allí y entrar en su jardín cercado, la Zardoncella te tomaría por consorte, y sólo ella puede librarnos y devolvernos a nuestros padres. Pero lo malo es que tiene una guardia muy severa y que no permite a nadie cruzar la orilla, una guardia muy pertrechada de cañones y lanzas, y de cada lanza cuelga una cabeza perteneciente a cada uno de los pretendientes que fueron a cortejar a la Zardoncella. Zares, zarevitches, reyes, príncipes, guerreros poderosos fueron con sus ejércitos y con sus naves y no pudieron cumplir sus propósitos; todos dejaron la cabeza en la punta de una lanza.

- No importa -dijo el Zarevitz Iván.- ¿Por qué temer? Los designios de la Providencia son terribles, y la misericordia de Dios es infinita. Dime cómo se llega a los dominios de la Zardoncella.

- Es una temeridad emprender ese viaje. No obstante voy a darte mi apreciado esturión. Él te llevará sobre sus lomos y mi pez espada, con su nariz larga, correrá ante vosotros mostrándoos el camino.

Los hermanos se despidieron y el Zarevitz Iván a caballo sobre el esturión, emprendió el viaje siguiendo al veloz pez espada. Llegaron a un paraje poblado de cangrejos que saludaron al Zarevitz Iván con sus bigotes y tocaron los tambores con sus pinzas para que los pececillos se apartasen del paso. Pero el mar no es lo mismo que la tierra enjuta. Allí no había ni hierbas ni arbustos donde agarrarse, el camino era resbaladizo, tan resbaladizo como la grasa, y el Zarevitz Iván se iba deslizando, deslizando. Entonces se puso el gorro invisible y vio que los guardianes de la Zardoncella abrían unos ojos desmesurados y miraban lejos, sin ver lo que sucedía ante sus mismos narices, y siguieron afilando sus espadas y aguzando sus lanzas. Llegó a la orilla sin contratiempo, el esturión lo dejó en el muelle, y despidiéndose de él con una reverencia, se volvió al agua. El Zarevitz Iván atravesó por entre la guardia con paso firme y penetró en el jardín prohibido corno si fuera el amo y señor, se paseó por los senderos que serpenteaban entre frutales y comió de las manzanas sabrosísimas y transparentes que allí se criaban.

El Zarevitz parecía encantado y como perdido en aquel jardín delicioso, hasta que vio veinte palomas blancas que volaban en dirección a un estanque. Apenas se posaron en tierra se transformaron en otras tantas doncellas hermosas como los estrellas del cielo y de tez tan fina y blanca como la leche, y entre ellas se paseaba la Zardoncella como un pavo real, diciendo:

- ¡Qué calor hace, amigas! ¡El sol arde como un horno! Tomemos un baño, que aquí nadie puede vernos. Es tan numerosa la guardia que vigila la costa, que ni una mosca podría pasar sin ser observada.

- ¿Que no puede pasar una mosca? Ved qué mosca tan grande ha pasado inadvertida para tu guardia -dijo el Zarevitz Iván, quitándose el gorro invisible e inclinándose ante la Zardoncella.

La Zardoncella y sus compañeras, como hacen las muchachas sorprendidas en la intimidad, se pusieron a chillar y hubieran emprendido veloz carrera; pero estaban tan aturdidas, que no acertaron más que a mirar al joven como quien no quiere, con el disimulo que les permitía su confusión.

- Zardoncella y amables damiselas -dijo el Zarevitz Iván,- ¿qué teméis de mí? No soy un oso que venga a morderos, y a ninguna de vosotros arrebataré el corazón contra su voluntad; pero si está aquí la novia que el cielo me tiene destinada, ha de saber que yo soy su prometido.

La Zardoncella, encarnada como una amapola, alargó su blanca mano al Zarevitz Iván y dijo:

- ¡Salud, bondadoso joven! Ignoro si eres zar, zarevitz, rey o príncipe; pero ya que te presentas de tan cortés manera, te consideraremos nuestro huésped y te trataremos como a un buen amigo. Muchos pretendientes han venido con el propósito de arrebatar mi corazón con violencia, cosa imposible desde que el mundo es mundo. ¡Ven a mis salones de piedra blanca y a mis aposentos de cristal!

Toda la nación se enteró al momento de que su Zarevna, la Zardoncella, había tomado un novio de su propia voluntad y acudieron en bandadas los jóvenes y los ancianos o celebrar el acontecimiento con gran regocijo. La Zardoncella ordenó que se abriesen sus reales bodegas a todos los concurrentes y que se les permitiera tocar tambores, guitarras y violines, y al día siguiente se celebraron grandes fiestas y conciertos durante el banquete de la boda. Tres días duraron los festines y tres semanas las fiestas y regocijos, y entonces el Zarevitz Iván habló a su consorte de librar a sus hermanas del poder del Monstruo de la Selva y del Monstruo del Mar.

- Mi querido esposo, Iván el Zarevitz -le dijo ella,- ¿qué no haría yo por ti? Manda a buscar a mi magistrado el erizo y a mi escribano el gorrión y que envíen ucases al Monstruo de la Selva y al Monstruo del Mar ordenándoles que dejen en libertad a las hermanas del Zarevitz Iván, si no quieren que los haga prender y los condene a una muerte horrible.

El magistrado erizo y el escribano gorrión redactaron los ucases y los mandaron por mensajeros. El Monstruo de la Selva y el Monstruo del Mar no pudieron oponerse y dejaron en libertad a la Zarevna Neotsienaya y a la Zarevna Beztsienaya. Y el Zarevitz Iván escribió a su padre el Zar Umnaya Golova, la siguiente carta:

"Ya ves, oh, Soberano Zar, que no sólo con la fuerza y el valor sino con astucia e ingenio pueden vencerse todas las dificultades, y el arpa mágica es a veces más útil que una hoja damasquina, aunque de nada serviría si quisiera uno hacerla tocar a latigazos. Ven a verme, querido padre, y sé mi huésped, y viviré contigo y con mi esposa y mis hermanas. Ya tengo preparado un gran banquete para celebrar tu llegada, y deseo que vivas muchos años".

Y el Zarevitz Iván pasó una vida feliz, rica y próspera. Vivió muchos años y su reinado fue glorioso. En cierta ocasión yo fui su huésped y me trató a cuerpo de rey.

Alejarse de todos - Ann Walsh

Las ratas vinieron la primera noche. 

Ella había visto sus huellas en la cabaña al abrir la puerta con llave y, en un intento por ocultar su propia repugnancia, había persuadido a las niñas a que recogieran los excrementos y las matas de algodón arrancadas del sofá tapizado. 

Antes de que, de acuerdo con las instrucciones de la señora de la inmobiliaria, hubiera activado las bombonas de butano, llenado el depósito que proveía de agua corriente con la bomba y tirado los dos platos llenos de veneno para ratas, las niñas habían concluido con su intento por barrer. 

Estaba bastante limpia por el momento, pensó. Mañana barrería de nuevo, y limpiaría el suelo con una solución de blanqueadora fuerte. Extenuada por el largo viaje y la búsqueda de la cabaña retirada que había alquilado para el verano, arropó a las niñas con firmeza dentro de sus sacos de dormir en un dormitorio, se instaló en el otro, y cayó en un sopor profundo, sin sueños.

Tendría que haberse dado cuenta, se dijo a la mañana siguiente, tendría que haberse dado cuenta de que las ratas regresarían. Los comestibles que había dejado apilados sobre la mesa de la cocina estaban diseminados por el suelo; macarrones sueltos que se mezclaban con el arroz, el azúcar y los copos de maíz. 

Cada caja, cada bolsa, cada artículo que había embalado con tanto cuidado se había dañado. Hasta los artículos menos comestibles —el jabón, la pimienta, las toallas de papel— habían sido atacados, y por todas partes yacían excrementos negros y frescos, como una nevada satánica.

Limpió todo y, antes de que las niñas despertaran, la cocina no mostraba señal alguna de la invasión. Todo estaba guardado en el horno, la nevera, o en botes sellados que había encontrado en un armario, y también había descubierto una caja grande de veneno para ratas con el que llenó nuevamente los platos.

La cabaña había estado abandonada varios años, razón por la cual el alquiler se encontraba al alcance de su presupuesto de madre soltera. Afuera un descolorido cartel de «En venta» colgaba torcido de un árbol, reclamando en silencio nuevos dueños. Aunque no estaba lejos de una ciudad pequeña, la carretera de acceso, once millas de camino traicionero con muchos baches, probablemente habría desalentado a los compradores.

Alrededor de la cabaña la maleza llegaba hasta la cintura, y ella tuvo que llevar en brazos a la de cuatro años mientras luchaban por llegar a la playa. Un pedazo de tierra abrasada señalaba el hoyo para la lumbre, y cerca de éste había una mesa para comidas campestres, casi oculta por una mata densa de chamico.

—¿Mami? —la voz de Jenny, por lo general estridente con la efusión del primer grado, era suave, tímida—. ¿Debemos quedarnos en este lugar? No creo que me guste estar aquí.

—Tonterías, Jen. Es sólo que las hierbas han cubierto todo y nadie ha frecuentado este lugar. Nadie ha cuidado de él durante largo tiempo. Lo despejaremos un poco para hacer un lindo sendero hacia la playa —ves, hay un sendero debajo de la maleza—, entonces te será más fácil caminar. 

Podemos hacer una hoguera de campamento esta noche y comer perritos calientes y bombones de pastilla de altea. ¡Será divertido! —le sonrió a la niña, mientras se preguntaba por qué su propia voz había sonado tan fuerte y áspera.

La playa era hermosa; un largo trecho arenoso y poco profundo protegido por una ensenada pequeña que mantenía el agua calma y cálida. Mientras las niñas chapoteaban y buscaban ranas, ella comenzó a despejar el sendero con una guadaña oxidada, pero que aún era útil, encontrada cerca de la mesa para excursiones campestres.

Una vez, al detener su tarea para enjugar el sudor de sus ojos y controlar a las niñas, alzó la vista hacia la ladera detrás de ella y vio, prácticamente oculto entre los cedros altos, el bulto oscuro de otra cabaña más grande.

Curiosa, pues nadie había mencionado una segunda cabaña cerca, gritó a las niñas que permanecieran fuera del agua hasta que ella regresara, y subió por la ladera, abriéndose camino entre la maleza, hasta llegar a la cabaña escondida.

Era grande, construida con troncos descoloridos por la exposición a la intemperie, y la rodeaba un portal de madera con una barandilla baja. A medida que se acercaba, advirtió que evidentemente estaba desierta desde hacía mucho tiempo. 

Las ventanas estaban entabladas con madera contrachapada, unos arbolitos que empujaban los cimientos ladeaban los escalones que conducían al portal de delante, y sobre la puerta había clavadas dos tablas sólidas en forma de cruz. Con una extraña decepción, se volvió, y comenzó a descender. Mientras caminaba, comprendió por qué la cabaña grande se había construido tan lejos del agua. La vista era espectacular. 

Divisaba a lo lejos, al otro lado del lago, un recodo de una montaña solitaria, con la cima todavía nevada en julio, que se erguía lejana a través de la colina. Debajo de ella el lago despedía trozos de luz solar, y podía ver a sus hijas cavando atentamente en la arena. De su propia cabaña, vislumbró solamente el techo y la ventana de su dormitorio entre los árboles.

Cuando caía la noche, tostadas por el sol y exhaustas, las niñas se arrastraron a la cama temprano. Se preparó una taza de té y con ella caminó por el sendero ahora despejado hacia la playa, admirando su obra. Permaneció allí hasta que el sol comenzó a ocultarse, observando los rayos coloridos inclinarse desde el agua, y luego, cansada, regresó por el sendero.

Cuando llegó a la cabaña, ambas niñas lloraban. Corrió a su dormitorio, se detuvo de pronto, al tiempo que una rata grande y gris, sentada entre las dos camas, se volvió lentamente, la miró fijamente durante un instante con ojos de basalto, y luego se escabulló entre sus piernas y desapareció por la puerta.

Tranquilizó a las niñas, colocó otro plato de veneno, y se fue a la cama. Aquella noche soñó que oía música.

Poco a poco, la cabaña se convirtió en su hogar. Las ratas quedaron fuera, a pesar de que no parecían haber tocado el cebo envenenado. La guadaña y un viejo cortacésped manual descubrieron un césped diminuto, y la aparición de pensamientos le alertaron sobre la presencia de un macizo de flores ribeteado con rocas pintadas de blanco. 

Quitó las malezas de varios años y descubrió otras plantas perennes: claveles, azucenas y una mata de amapolas en flor. Alguna vez alguien pasó mucho tiempo en este lugar, pensó. La cocina a butano, la nevera y el calentador, el cuarto de baño en perfecto estado y el suministro de agua ingenioso, los macizos de flores y los muebles sólidos, agradables, todo indicaba que se trataba de un «hogar» y no de una mera cabaña de verano. 

Un hogar que alguien había amado y, sin embargo, abandonado. «¿Por qué?» se preguntó, pero rápidamente apartó aquel pensamiento de su cabeza. Ahora era su hogar; al menos por un tiempo. Las niñas estaban contentas; sus cuerpos se tostaban al sol y su cabello se decoloraba. Los tesoros del lago y los bosques, nuevos para los niños de la ciudad: pececillos de agua dulce, ranas, ardillas listadas y la pequeña canoa de esquimal que habían encontrado, las mantenían alegremente ocupadas. Se dio cuenta de que ella también estaba feliz. Contenta. En paz.

No obstante, antes de que finalizara la primera semana en la cabaña ya no dormía bien. La música que había oído en sus sueños se hizo más fuerte, más persistente. Había también sonidos de fiesta: el tintineo de vasos, carcajadas lejanas, trozos repentinos de conversaciones que no lograba comprender del todo. 

Sus sueños eran siempre los mismos; ella estaba recostada en la hamaca angosta de la cabaña y escuchaba encolerizada los sonidos de una fiesta a la que no estaba invitada.

Luego, una noche comprendió que no estaba dormida, ¡no estaba soñando! Se incorporó, completamente despierta, y escuchó. La música aún sonaba, las voces casi imperceptibles reían. Fue hasta la ventana del dormitorio, corrió la cortina y contempló la oscuridad. La gran cabaña sobre la montaña resplandecía. La luz corría a través de la grandes ventanas del frente, sobre el portal, coloreando los cedros. Unas sombras se movían contra las ventanas, y la música parecía más fuerte.

Perpleja, dejó caer la cortina en su lugar y entró a la cocina. Prendió las lámparas, preparó té e intentó reírse de sí misma y de su temor momentáneo. Los dueños de la cabaña grande habían regresado y ella, tan atareada con las niñas, el lago y las flores, no había notado su llegada, eso era todo. 

No obstante, ¿no hubieran oído ella o sus niñas un automóvil? ¿Varios automóviles en realidad? Y no había ningún camino que subiera por la montaña hasta la gran cabaña. Bueno, quizás había otro camino, uno que ella no había notado. Podrían haber venido por allí, probablemente.

Sin embargo... habían quitado la madera contrachapada de las ventanas, la puerta del frente estaba abierta, desatrancada. Desde luego habría oído martillazos, gritos, los ruidos de una casa que se abre después de mucho tiempo.

Se quedó allí en la cocina brillante hasta el amanecer, escuchando los sonidos que se desvanecían con la luz cada vez mayor. Cuando el sol hizo palidecer las luces de butano y alcanzó a tientas el otro lado de la habitación, se puso de pie y salió. Desasosegada, pero con una sensación de previsión cada vez mayor, se abrió camino por entre las sombras largas de la madrugada, trepó por la montaña, hacia la cabaña grande, ahora silenciosa.

Nada había cambiado desde la última vez que la había visto. Las puertas y ventanas entabladas, los arbolitos y la maleza que empujaba contra el portal y las escaleras, y la maraña densa, imperturbada en todos los costados, estaban exactamente igual que la primera vez que las había visto.

Después de eso, no intentó dormir, sino que pasó todas sus noches en la cocina, volviendo las páginas de un libro, tomando té, intentando escuchar las voces que sabía no podía estar oyendo. La duodécima noche oyó que pronunciaban su nombre.

Los turistas eran gente de edad, americanos y amables. Apearon su gran automóvil a la vera del camino campestre y hablaron con dos niñas desaliñadas que se encontraban allí, tomadas de la mano e intentando no llorar.

—Mami se fue —dijo la más grande, frotándose los ojos con una mano tostada por el sol y rasguñada—. Durante dos días enteros. Nos asustamos, de modo que caminamos hasta la carretera.

—Nos perdimos —dijo la más pequeña—. Y mirad, una rata grande en la cabaña me mordió. Pero no lloré.

Extendió su brazo, orgullosa. Los turistas se miraron, un pensamiento inexpresable cruzó sus ojos grandes, luego metieron a las niñas sin ceremonia en el automóvil, se volvieron, y se fueron de prisa al pueblo que acababan de pasar.

Pues en el brazo de la niña estaba la impresión perfecta de una mordida viciosa: dos semicírculos profundos, aquella marca inconfundible que sólo dejan dientes humanos.