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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 1)

El negro animal con forma de caballo se detuvo en la helada senda. Con la cabeza vuelta hacia la izquierda y hacia arriba, contempló el castillo en lo alto de la fulgurante montaña, igual que su jinete.

—No —dijo por fin el hombre.

La negra bestia siguió cabalgando, y el hielo crujió bajo sus hendidos cascos metálicos y la nieve flotó alrededor de ellos.

—Empiezo a sospechar que no hay camino —anunció el animal al cabo de un rato—. Casi hemos dado media vuelta.

—Lo sé —replicó el embozado jinete de las botas verdes—. Yo podría escalar esto, pero eso significaría dejarte aquí.

—Arriesgado —contestó su montura—. Conoces mi valor en determinadas situaciones... en especial la situación a que vas a exponerte.

—Cierto. Pero si no hay otro remedio...

Siguieron avanzando un rato, haciendo periódicas pausas para examinar la prominencia.

—Dilvish, la pendiente tenía una parte más suave... más atrás, a cierta distancia —anunció el animal—. Con un buen impulso, puedo dejarte bastante arriba. No en la cumbre, pero cerca.

—Si no hay otro remedio, Black, iremos por allí —replicó el jinete. El aliento que humeaba ante él fue arrastrado por el viento—. Pero podríamos seguir buscando antes. ¡Vaya! ¿Qué es...?

Una oscura silueta se precipitaba montaña abajo. Cuando parecía estar a punto de chocar con el hielo delante de Black, extendió unas alas verde claro, similares a las de un murciélago, y se elevó. Dio rápidas vueltas, cobró altura, se precipitó hacia ellos.

De inmediato la espada estuvo en la mano de Dilvish, sostenida verticalmente ante él. Se echó hacia atrás, con los ojos fijos en la criatura que se aproximaba. Al ver el arma, el atacante se desvió, para volver inmediatamente. Dilvish atacó y falló el golpe. La criatura se alejó velozmente otra vez.

—Es obvio que nuestra presencia ha dejado de ser un secreto —comentó Black, volviéndose para quedar frente a la criatura voladora.

El atacante descendió de nuevo y Dilvish asestó otro golpe. La criatura se desvió en el último instante, siendo alcanzada por el filo de la espada. Cayó, revoloteó, se elevó, dio varias vueltas, ascendió a más altura, se alejó. Comenzó a remontar la ladera de la Torre de Hielo.

—Sí, parece que hemos perdido la ventaja de la sorpresa —observó Dilvish—. En realidad, pensaba que él nos habría visto antes.

Envainó la espada.

—Vamos a buscar ese camino... si es que hay alguno.

Prosiguieron su marcha alrededor de la base de la montaña. 

Igual que un cadáver, el rostro verde y blanco miraba desde el espejo. Nadie había de pie ante el cristal para proyectar esa imagen. El alto salón de piedra se reflejaba detrás del rostro, con los raídos tapices de sus paredes, varias estrechas ventanas, la pesada y larga mesa con un candelabro flameando en el extremo más alejado. El viento emitía gemidos en una chimenea cercana, aplanando y alargando las llamas alternativamente en el amplio hogar.

El rostro parecía estar contemplando a los comensales: un hombre joven, delgado, moreno y de ojos oscuros, ataviado con una casaca negra de verdes bordes, que jugueteaba con la comida y cuyos nerviosos gestos ponían sus dedos en contacto continuo con un grueso anillo de negro metal que tenía una piedra de color rosa y colgaba de una cadena alrededor del cuello; y una joven, de cabello y ojos iguales que los del hombre, cuyos generosos labios se curvaban de vez en cuando formando raras y breves sonrisas mientras comía con mejor apetito. La joven llevaba sobre los hombros una capa marrón y roja, con las puntas plegadas en su regazo. Sus ojos no eran tan hundidos como los del hombre y no se agitaban tanto.

La criatura del espejo movió sus pálidos labios.

—Se acerca la hora —anunció con voz grave e inexpresiva.

El joven se inclinó y cortó un trozo de carne. La mujer alzó su vaso de vino. Algo pareció agitarse un momento en una de las ventanas. En alguna parte del alargado pasillo situado a la derecha de la joven, una voz agónica gritó:

—¡Soltadme! ¡Oh, por favor, no hagáis esto! ¡Por favor! ¡Me hace mucho daño!

La joven sorbió el vino.

—Se acerca la hora —repitió el ser del espejo.

—Ridley, ¿me pasas el pan? —pidió la mujer.

—Ten.

—Gracias.

La joven cortó un trozo y lo mojó en la salsa. El hombre la observó mientras comía, como si ese acto le fascinara.

—Se acerca la hora —repitió la criatura.

De pronto Ridley golpeó la mesa. Los cubiertos resonaron. Gotas de vino cayeron en su plato.

—Reena, ¿no puedes hacer callar a ese maldito? —preguntó Ridley.

—Pero si tú lo llamaste —dijo dulcemente ella—. ¿No puedes agitar tu varita o chasquear tus dedos y decirle las palabras adecuadas?

El joven golpeó de nuevo la mesa, medio levantado de su silla.

—¡No se burlará de mí! —exclamó—. ¡Hazlo callar!

Reena meneó lentamente la cabeza.

—No es mi estilo de magia —replicó, con menos dulzura—. Yo no bromeo con cosas como esa...

Del pasillo llegaron más gritos.

—¡Qué daño! ¡Oh, por favor! ¡Duele tanto!

—... O como esa —dijo Reena con más seriedad—. Además, entonces me explicaste que tenía una finalidad útil.

Ridley se dejó caer en la silla.

—No era... yo mismo —replicó en voz baja. Cogió el vaso y lo apuró.

Un individuo con cara de momia y delantal oscuro salió corriendo del sombrío rincón próximo al hogar para llenar de nuevo el vaso. Muy tenue, y a gran distancia, se produjo un matraqueo, como de cadenas. Una oscura silueta chocó con otra ventana. Ridley manoseó la cadena que llevaba al cuello y siguió bebiendo.

—Se acerca la hora —anunció el cadavérico rostro del espejo.

Ridley le lanzó el vaso. Este se rompió, pero el espejo permaneció intacto. Quizás una levísima sonrisa asomó en las comisuras de los espectrales labios. El criado se apresuró a traer otro vaso.

Hubo más gritos en el corredor. 

—Esto va mal —afirmó Dilvish—. Hemos dado más de una vuelta. No veo ningún camino fácil para subir.

—Ya sabes cómo son los magos. En especial este.

—Cierto.

—Tendrías que haber preguntado al hombre lobo que encontraste hace poco.

—Demasiado tarde. Si seguimos, pronto llegaremos a esa pendiente que has mencionado, ¿no es cierto?

—Por fuerza —replicó Black, sin dejar de andar—. Me vendría bien un cubo de jarabe infernal. Incluso me conformaría con vino.

—Ojalá tuviera vino para mí. No he vuelto a ver a esa criatura voladora.

Dilvish observó el cielo cada vez más oscuro y el lugar donde el castillo, cubierto de nieve y hielo, se alzaba con una ventana iluminada en lo alto.

—A menos que la haya visto volando hacia allí —dijo—. Difícil asegurarlo, con la nieve y las sombras.

—Qué extraño que él no enviara algo más mortífero.

—He pensado en eso.

Continuaron largo rato. La pendiente de la ladera se suavizó conforme avanzaban y el muro de hielo adoptó una inclinación ligeramente menor. Dilvish reconoció la zona que habían cruzado antes, aunque las huellas de los cascos de Black estaban completamente borradas.

—Estás bastante escaso de provisiones, ¿verdad? —preguntó Black.

—Sí.

—Entonces creo que sería mejor hacer algo... pronto.

Dilvish examinó la pendiente mientras avanzaban por el pie de la montaña.

—Es un poco mejor, delante —observó Black. Y añadió—: Ese mago que conocimos, Strodd, tuvo una buena idea.

—¿A qué te refieres?

—Se dirigió hacia el sur. Odio este frío.

—No pensaba que te molestara a ti también.

—Hace mucho más calor donde yo nací.

—¿Preferirías estar allí?

—Ya que lo mencionas, no.

Varios minutos después bordearon una masa de hielo. Black se detuvo y volvió la cabeza.

—Esa es la ruta que yo elegiría... allí. Desde aquí puedes examinarla mejor.

Dilvish recorrió la pendiente con sus ojos. Tres cuartas partes de la distancia al castillo. Más arriba la pared ascendía abrupta y empinada.

—¿Hasta dónde crees que podrás llevarme? —preguntó Dilvish.

—Tendré que pararme cuando la montaña sea vertical. ¿Podrás escalar el resto?

Dilvish se protegió los ojos con la mano y observó:

—No lo sé. Tiene mal aspecto. Pero lo mismo pasa con el declive. ¿Estás seguro de poder llegar tan lejos?

Black guardó silencio unos instantes.

—No, no lo estoy —dijo—. Pero hemos dado una vuelta completa y este es el único lugar donde creo que tenemos una posibilidad.

Dilvish bajó los ojos.

—¿Qué opinas?

—Intentémoslo. 

—¡No entiendo cómo puedes estar tan tranquila comiendo así! —observó Ridley mientras dejaba bruscamente el cuchillo—. ¡Esto es desagradable!

—Hay que conservar la fuerza cuando llegan las calamidades —replicó Reena. Dio otro bocado—. Además, la comida es excepcionalmente buena esta noche. ¿Cuál de ellos la preparó?

—No lo sé. No sé diferenciarlos. Solo les doy órdenes.

—Se acerca la hora —afirmó el espejo.

Algo chocó de nuevo con la ventana y se detuvo, un oscuro perfil suspendido allí. Reena suspiró, dejó los cubiertos, se levantó. Dio la vuelta a la mesa y se acercó a la ventana.

—¡No pienso abrir la ventana con un tiempo como este! —gritó—. ¡Ya te lo había dicho! ¡Si quieres entrar, baja por una chimenea! ¡O no entres, como más te guste!

Escuchó un momento el rápido parloteo al otro lado del vidrio.

—¡No, ni una vez más! —dijo después—. ¡Te lo advertí antes de que salieras!

Dio media vuelta y caminó airosamente hasta la silla. Su sombra danzó en un tapiz con el flameo de las velas.

—¡Oh, no!... ¡Por favor, no!... ¡Oh! —llegaron los gritos del pasillo.

Reena se acomodó en la silla una vez más, dio un último bocado, sorbió más vino.

—Tenemos que hacer algo —dijo Ridley mientras acariciaba el anillo de la cadena—. No podemos continuar sentados.

—Yo estoy bastante cómoda —respondió la joven.

—Estás metida en esto tanto como yo.

—Ni mucho menos.

—Él no lo considerará así.

—Yo no estaría tan seguro.

Ridley resopló desdeñosamente.

—Tus encantos no te salvarán del arreglo de cuentas.

El labio inferior de Reena sobresalió formando un fingido puchero.

—Por si fuera poco, insultas a mi feminidad.

—¡Estás irritándome, Reena!

—Ya sabes lo que debes hacer, ¿no?

—¡No! —Ridley golpeó la mesa con el puño—. ¡No lo haré!

—Se acerca la hora —dijo el espejo.

El joven se tapó la cara con las manos y bajó la cabeza.

—Tengo... tengo miedo... —dijo en voz baja.

Al verle así, un gesto de preocupación arrugó la frente y entrecerró los ojos de Reena.

—Tengo miedo de... del otro —dijo él.

—¿Puedes imaginar otra salida?

—¡Haz algo! ¡Tienes poderes!

—No a ese nivel —dijo ella—. El otro es el único que puede tener una oportunidad, no sé de nadie más.

—¡Pero él no es digno de confianza! ¡Ya no puedo prever sus actos!

—Pero él es cada vez más fuerte. Pronto tendrá la fuerza suficiente.

—N-no lo sé...

—¿Quién nos metió en este lío?

—¡Eso no es justo!

Ridley bajó las manos y levantó la cabeza mientras se producía un estrépito en el interior de la chimenea. Partículas de hollín y argamasa cayeron sobre las llamas.

—¡Oh, lo que faltaba!

—Ese murciélago loco... —empezó a decir Ridley, volviendo la cabeza.

—Mira, eso tampoco está bien —afirmó Reena—. Al fin y al cabo...

Se esparcieron cenizas cuando un pequeño cuerpo chocó con los llameantes leños, rebotó, saltó en el suelo agitando sus largas alas membranosas y verdes para sacudirse las chispas del pelaje. Tenía el tamaño de un monito, con una cara arrugada, casi humana. Chilló mientras saltaba, y alguno de los sonidos era extraño, como si se tratara de maldiciones humanas. Finalmente se quedó totalmente quieto, encorvado, levantó la cabeza y volvió sus encendidos ojos hacia la pareja.

—¡Habéis intentado quemarme! —dijo con agudos chirridos.

—¡Vamos! ¡Nadie ha intentado quemarte! —dijo Reena.

—¡Has dicho «chimenea»! —gritó la criatura.

—Hay muchas chimeneas ahí arriba —contestó Reena—. Es bastante estúpido elegir una con humo.

—¡No es estúpido!

—¿Qué otra cosa puede decirse?

La criatura olisqueó varias veces.

—Lo siento —dijo Reena—. Pero podías haber tenido más cuidado.

—Se acerca la hora —dijo el espejo.

La criatura volvió su menuda cabeza, sacó la lengua.

—Mucho sabes tú —dijo—. Él... ¡Él me ha pegado!

—¿Quién? ¿Quién te ha pegado? —preguntó Ridley.

—El Vengador. —Hizo un amplio gesto hacia abajo con su ala derecha—. Él está ahí abajo.

—¡Oh, no! —Ridley palideció—. ¿Estás seguro?

—Él me ha golpeado —repitió la criatura. Después fue dando botes por el suelo, batió el aire con sus alas y voló hasta el centro de la mesa.

En algún lugar, tenuemente, resonó una cadena.

—¿Cómo sabes que es el Vengador? —preguntó Ridley.

La criatura saltó en la mesa, agarró el pan con sus garras, se metió un trozo en la boca y masticó ruidosamente.

—Mis pequeñas, mis preciosas —cantó al cabo de unos instantes mientras observaba el salón.

—¡Basta! —dijo Reena—. ¡Responde a su pregunta! ¿Cómo sabes que es él?

El extraño ser alzó las alas hasta sus orejas.

—¡No grites! ¡No grites! —chilló—. ¡Lo he visto! ¡Lo sé! Él golpeó... ¡mi pobre costado!... ¡con una espada! —Hizo una pausa para abrazarse con sus alas—. Yo solo quería verlo de cerca. Mis ojos no son tan buenos... ¡Cabalga en una bestia demoníaca! Da vueltas, da vueltas... ¡a la montaña! Viene, viene... ¡hacia aquí!

Ridley lanzó una mirada a Reena. La joven apretó los labios, después agitó la cabeza.

—A menos que vuele, jamás llegará a la torre —dijo—. No era un animal alado, ¿verdad?

—No. Un caballo —replicó la criatura, y agarró de nuevo el pan.

—Había una cuesta en la faz del sur —dijo Ridley—. Pero no. Ni aun así. Ni con un caballo...

—Un caballo demoníaco.

—¡Ni con un caballo demoníaco!

—¡El dolor! ¡El dolor! ¡No puedo soportarlo! —sonó un estridente grito.

Reena alzó su vaso, vio que estaba vacío, lo dejó en la mesa. El hombre con cara de momia salió corriendo de las sombras para llenarlo. Durante unos instantes la pareja observó cómo comía la criatura.

—No me gusta esto —dijo por fin Reena—. Ya sabes lo tortuoso que puede ser él.

—Lo sé.

—Y botas verdes —chirrió la criatura—. Botas Elfas. Siempre cae de pie. Vosotros me quemasteis, él me pegó... ¡Pobre Meg! ¡Pobre Meg! Él también os cogerá...

Saltó y se deslizó por el suelo.

—¡Mis pequeñas, mis preciosas! —gritó.

—¡Aquí no! ¡Sal de aquí! —chilló Ridley—. ¡Cambia o vete! ¡Que no se acerquen aquí!

—¡Pequeñas! ¡Preciosas! —sonó la menguante voz mientras Meg salía por el pasillo en dirección a los gritos.

Reena vertió vino en el vaso, bebió un poco, se lamió los labios.

—La hora ha llegado —anunció de repente el espejo.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Reena.

—No me siento bien —dijo Ridley. 

Al llegar al pie de la pendiente, Black se detuvo y permaneció quieto como una estatua largo rato, examinando el lugar. La nieve seguía cayendo. El viento arrastraba los copos.

Al cabo de varios minutos, Black avanzó y comprobó el declive; trepó varios pasos, se paró apoyando todo su peso, pateó y escarbó con sus cascos, con la cabeza baja. Finalmente retrocedió ladera abajo y dio media vuelta.

—¿Cuál es el veredicto? —inquirió Dilvish.

—Quiero intentarlo pese a todo. Mi estimación de las posibilidades no ha variado. ¿Tienes alguna idea de lo que vas a hacer si... o mejor dicho, cuando llegues a la cima?

—Buscar problemas —dijo Dilvish—. Defenderme siempre. Golpear al instante si veo al enemigo.

Black se alejó poco a poco de la montaña.

—Casi todos tus hechizos son de tipo ofensivo —afirmó Black—. Y usarlos es terrible, excepto en casos extremos. Deberías tomarte tiempo para aprender otros inferiores e intermedios, ¿sabes?

—Lo sé. Esta es una buena ocasión para una conferencia sobre la situación del arte.

—Lo que trato de decir es que si te atrapan arriba, sabes cómo acabar con todo el lugar y contigo al mismo tiempo. Pero no sabes ningún hechizo para abrir la cerradura de una puerta...

—¡Ese hechizo no es sencillo!

—Nadie ha dicho que lo fuera. Solo estoy apuntando tus deficiencias.

—Es un poco tarde para eso, ¿no te parece?

—Temo que sí —replicó Black—. Pues bien, hay tres buenos encantamientos generales de protección contra ataque mágico. Sabes igual que yo que tu enemigo puede superar cualquiera de los tres. Pero los más potentes podrían frenarlo el tiempo suficiente para que tú hicieras algo. No puedo dejarte marchar sin la protección de uno de ellos.

—En ese caso, ejecuta el más potente conmigo.

—Cuesta un día entero hacerlo.

Dilvish meneó la cabeza.

—¿Con este frío? Demasiado tiempo. ¿Qué me dices de los otros?

—El primero podemos rechazarlo como insuficiente contra cualquier buen practicante del arte. El segundo precisa casi una hora para ejecutarlo. Te ofrecerá excelente protección para cerca de medio día.

Dilvish guardó silencio un momento.

—Manos a la obra —dijo por fin.

—De acuerdo. Pero a pesar de todo, habrá criados para ocuparse del lugar. Probablemente te encontrarás superado en número.

Dilvish se encogió de hombros.

—Esa servidumbre puede ser poco importante —dijo—, y no hay necesidad de tener gran protección en un lugar tan inaccesible como este. Correré el riesgo.

Black llegó al lugar que consideró suficientemente alejado de la pendiente. Dio media vuelta y miró la torre.

—Descansa ahora —dijo— mientras preparo tu protección. Probablemente será la última que tengas durante algún tiempo.

Dilvish suspiró y se inclinó. Black habló con extraña voz. Sus palabras parecieron crepitar en el helado aire.


(CONTINUARÁ...) 

No tires nada por la ventanilla - Michael Avallone

El Impala descansaba rojo y reluciente en la loma del sendero para autos. Bobby corrió hacia él, con los ojos brillantes y batiendo palmas. ¡Él y papá darían una vuelta! Se detuvo intrigado, mientras su padre levantaba el capot e inspeccionaba el motor con cuidado, mirando atentamente los cables de la batería para cerciorarse de que no había ninguna conexión extraña que pudiera significar una bomba.

Jamison no había sido tan cuidadoso, pero Jamison había muerto asesinado.

Bobby, por supuesto, no tenía manera de saber por qué su padre se comportaba de esa forma y tampoco pensó en eso mucho tiempo. Todo lo que sabía era que él y su padre darían una vuelta. Y papá se había colocado incluso el revólver. Debajo del saco, en la cartuchera de cuero oscuro.

El hombre corpulento cerró el capot, satisfecho con la inspección, y le sonrió al niño.

—Recuerda —estaba diciendo—, nunca tires nada por la ventanilla. ¿Entendido? No está bien. Sobre todo cuando papá está manejando rápido por la autopista. No está bien, Bobby. Podrías pegarle a otro papá en el ojo y causar un accidente. ¿Entiendes?

Bobby asintió, tirando de la puerta del Impala.

—¡Qué bien se porta este nene! Sabía que entenderías una vez que supieras la razón. Mamá va a estar orgullosa de ti cuando se lo cuente.

Bobby sonrió. Las palabras le corrían por la cabeza como cachorros contentos. Mamá Orgullosa. ¡Qué bien se porta este nene! Cuando uno tiene cinco años, esas palabras son faros luminosos de progreso y amor que iluminan la existencia.

Pero sobre todo, de progreso. El largo viaje hacia el misterioso país de los adultos.

—¿A dónde vamos hoy, papá? ¿Otra vez a la Policía? —Cuando papá se colocaba el revólver por lo general significaba que iban a la Policía.

—Papá tiene que ir a Elmira —dijo Robert Black padre, con un destello extraño en los ojos—. Es parte del trabajo, también. Tengo que ir a lo del fiscal del distrito para entregar unos papeles. Ya sabes. Te lo conté. Nos encontraremos con mamá ahí y después puede que vayamos al cine. ¿Te gustaría eso?

Hizo una pausa y prendió un cigarrillo con el encendedor del tablero. Bobby lo miraba, rebosante de entusiasmo y de orgullo por el paseo. Le gustaban las manos grandes y el perfil agudo de su padre. Agudo como el canto de una moneda. Papá le había dicho eso una vez y él se acordaba.

—¿Mamá está en el centro? —preguntó Bobby con insaciable curiosidad de niño.

—Sí. Haciendo compras. Tomó el ómnibus. Tú estabas durmiendo aún.

—Extraño a mamá.

—Yo también. Pero la veremos enseguida.

Papá tocó algunas cosas en el tablero y el motor empezó a rugir. A Bobby le gustaba ese ruido. Siempre quería decir que iban a algún lado a hacer cosas. Aunque eso no ocurría demasiado seguido con papá. Papá siempre estaba fuera de casa, o haciendo valijas o hablando por teléfono desde lugares lejanos como Washington D.C. y casi nunca tenía tiempo de jugar o de ir a caminar por el bosque. 

Bobby no sabía muy bien de qué trabajaba su papá. No iba a trabajar como los padres de sus amigos, no se iba de la casa a la mañana ni volvía a la hora de la cena, para jugar un rato a la pelota con él; no, no hacía nada de eso.

Bobby sólo sabía que el trabajo del hombre grande tenía algo que ver con el distintivo brillante que había visto en el interior de la billetera negra que su papá dejaba a veces encima del escritorio del dormitorio. Y también ese revólver feo que a veces veía cuando su papá se lo guardaba en el saco. 

Una vez trató de tomarlo, pero su padre se enojó mucho con él. Bobby sabía que no debía volver a hacer eso nunca más en su vida.

Robert Black padre le dio unas palmaditas cariñosas en la mejilla y soltó el freno de mano. Bobby sabía lo que estaba haciendo. El freno siempre hacía un ruido molesto cuando papá lo movía con la mano.

—Bueno, Bobby, ¿qué es eso que no debes olvidar?

—No tirar nada por la ventanilla.

—Muy bien. Entonces, si compramos caramelos o chicles, vas a doblar los papelitos con cuidado y me los vas a dar a mí y yo los voy a guardar en el cenicero. ¿Entendido?

—Entendido.

—La última vez, cuando tiraste la bolsa de papel por la ventanilla, voló hasta el parabrisas del auto que venía detrás de nosotros. El hombre no podía ver por dónde iba ni qué estaba haciendo, pudo haberse lastimado. Y a ti no te gustaría que pasara eso, ¿no?

     —No, papá.

—Así me gusta. Bueno, en marcha.

Papá hizo marcha atrás con el Impala por el sendero de grava. ¡La fila de árboles se veía tan linda al sol! El hombre grande hizo girar el auto dirigiéndose hacia la autopista; tenía las gruesas muñecas relajadas, las manos grandes apenas asidas al volante. Bobby reconoció el enorme edificio de la escuela, con la bandera norteamericana flameando en lo alto. El año siguiente iría allí como los otros nenes.

Se hundió alegremente en el asiento blando y cruzó los brazos. Era lindo ir a algún sitio con papá, para variar, en lugar de con mamá. Las mamás eran buenas y divertidas cuando iban a los negocios y a otros lugares, pero los papás eran mejores.

Y los papás nunca lloraban; en cambio, las mamás sí lloraban. Como la anoche anterior.

—Papá, ¿quién era ese hombre que llamó por teléfono anoche? ¿El que le dijo algo a mamá que la hizo llorar? ¿Era el hombre al que le pegué con la bolsa de papel? ¿Quería que me dieras una paliza?

Robert Black padre sonrió pero era una sonrisa seca, una sonrisa fría.

—No, hijo. Era un hombre malo. Era un hombre que creía que podía apartarme de mi trabajo con amenazas. —Robert Black padre calló repentinamente—. Sólo era un hombre malo, hijo. Olvídate del asunto. ¿Quieres hacerme el favor?

—¿Por qué lloró mamá?

—Te dije que lo olvidaras, Bobby. El hombre no era bueno. Como el lobo malo de Caperucita Roja.

—¿O como el de los Tres Chanchitos?

—Sí. No te preocupes. No va a llamar otra vez. No después que entregue estos papeles en Elmira.

La atención de Robert Black padre estaba en el camino y en el tráfico. Robert Black hijo estaba pensando en todas las cosas que le iba a contar a su mamá que habían pasado esa mañana después que ella se fue. 

Hablaría del diente de adelante flojo, del gatito rayado que encontró paseando por el patio de atrás, del nido de gorriones que piaban en el cobertizo del auto y del desayuno espléndido con tostadas y miel que le había preparado papá. Los papás sabían cocinar tan bien como las mamás.

—¿Papá?

—¿Sí, hijo?

—¿Qué quiere decir FBI?

     Robert Black padre rió entre dientes.

—¿Quién te dijo eso?

—Estaba mirando televisión con otros dos chicos y me dijeron que eras uno del FBI. ¿Es cierto, papá?

—Billy y Gary, supongo. Los espías del barrio. Necesitaríamos unos ocho tipos como ellos en el Departamento. Bueno, te estaban diciendo la verdad, Bobby. Soy del FBI.

—¿Qué es eso? ¿Una especie de policía?

—Sí. Ese es mi trabajo. Sabías que era una especie de policía, ¿no?

—Supongo.

El Impala avanzó como una bala, pasando a un veloz auto grande azul. Papá manejaba como un corredor de autos. Bobby sonreía orgulloso.

—¿A mamá le gusta que seas del FBI?

Robert Black padre hizo un gesto negativo con la cabeza, divertido.

—A veces me lo pregunto, hijo.

—¿Le da miedo? ¿Como anoche?

—A veces. Las mujeres son así, hijo. Pero es un trabajo de hombres. Y alguien tiene que hacerlo.

Bobby asintió con la cabeza como si comprendiera todo.

—A mí no me daría miedo. Estoy orgulloso de que seas del FBI. De veras, papá.

—Gracias, Bobby.

Robert Black hijo se sonrojó y miró de reojo a su padre. Se sorprendió de que la sonrisa en la cara angulosa se transformara repentinamente en un gesto de reprobación. Trató de buscar la razón del evidente desagrado.

—¿Qué pasa, papá? No tiré nada por la ventanilla.

Su padre se concentró en la ruta, sin poder contener una sonrisa.

No, pero hiciste algo casi igual de malo. Olvidaste ponerte el cinturón de seguridad. Siempre dijiste que eras lo suficientemente grande...

—¡Soy lo suficientemente grande! —La voz de Bobby sonó decidida.

Tiró de la hebilla que estaba entre su padre y él y después buscó entre el asiento y la puerta la lengüeta retráctil que se enroscaba en su estuche cuando no se usaba, como esa tortuga que tenía Gary que escondía la cabeza siempre que la tocaban. Sus dedos encontraron el extremo del cinturón de seguridad y tiraron de él. Parecía que estaba trabado. Tiró con más fuerza pero sin éxito; entonces, se inclinó hacia el costado, escudriñando el espacio entre la puerta y el asiento.

Vio un extraño objeto en forma de huevo, donde nunca había nada, aparentemente salido de debajo del asiento mientras tiraba y encajado con firmeza contra el asiento.

Bobby se inclinó más, lo desencajó y se lo puso en la falda junto con el extremo del cinturón, al que estaba sujeto. Miró el objeto con asombro y fascinación.

Robert Black padre conducía el auto por la autopista a cien kilómetros por hora, concentrado en el tránsito. Su perfil era exactamente igual al de esos policías que aparecían en la televisión. Bobby suspiró y volvió su atención a esa cosa en forma de huevo sobre su falda. Nunca antes había visto algo semejante.

Era pesada y de metal y tenía cuadraditos extraños en toda la superficie y un gancho redondo raro en la parte de arriba, sujeto al extremo del cinturón por un cable fino. Estaba seguro de que a su papá le interesaría, pero primero tenía que obedecer sus instrucciones. Tiró del huevo; se desprendió de la lengüeta del cinturón y se separó también del ganchito que quedó colgando graciosamente. Bobby se colocó el huevo en la falda y se prendió el cinturón.

—Papá.

—¿Sí, hijo? —Robert Black padre dio vuelta la cabeza hacia su hijo. Se puso blanco.

Bobby jamás había visto los ojos de su papá tan abiertos y asustados. Tenía la cara contraída, como si le doliera una muela.

El rugido del motor ahogó algo que su papá estaba gritando. Había muchos autos que pasaban a toda velocidad, con un ruido atronador, por la autopista. Bobby lloriqueó. También él estaba asustado.

Su padre hizo un movimiento brusco con el brazo derecho. Bobby se echó atrás, pensando por un horrible segundo que su papá le iba a pegar.

Se abrazó a la cosa en forma de huevo, la apretó contra su pecho y se encogió contra la puerta del auto para hacerse más pequeño.

Los autos pasaban como rayos, zumbando, en una loca carrera por alcanzar el sol en el horizonte. Un auto tocó la bocina y Bobby se asustó más aún.

—¡Bobby! —aulló Robert Black padre—. ¡Tira esa cosa por la ventanilla!

Los fugaces árboles, la faja de asfalto de la ruta, los motores que tronaban... Cuatro segundos vitales habían pasado.

—¡Bobby!

—¡Pero, papá! —protestó Robert Black hijo, su pequeña cara hecha una mueca de confusión—, dijiste que nunca...