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El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 1)

La historia que voy a contar es verdadera. Yo respondo personalmente de ello: conocí a todos sus actores y mi relato será lo más fiel posible al sucesivo desarrollo de los acontecimientos que perturbaron y enlutaron a una honorable familia de Dublín. 

A finales del siglo pasado, es decir, a finales de 1790, un tal capitán Barton se instaló en nuestra ciudad, de la que su familia era oriunda. Había servido muy honorablemente en los rangos de la marina real, y durante la guerra de América comandó una fragata. 

Cuando se retiró tenía poco más de cuarenta años y los que le conocían bien estaban de acuerdo en afirmar que era de trato agradable, aunque sujeto a veces a ciertos cambios de humor.

Sea lo que fuere, tenía la reputación de un perfecto gentleman y ni su tono ni sus modales recordaban su historia de marino. Por el contrario, iba siempre elegantemente vestido y se expresaba como un hombre de mundo. Físicamente, era buen mozo, sólido, con un rostro grave, serio, reflexivo, una amplia frente que denotaba una gran inteligencia. De este modo, la perfecta honorabilidad de su nombre, su excelente reputación, así como su fortuna, le daban acceso a los medios más aristocráticos de Dublín.

A pesar de la importancia de sus ingresos, el capitán Barton vivía con sencillez: moraba al sur de la ciudad, en un barrio elegante. El servicio de su casa estaba compuesto por un caballo y un solo sirviente. Se sabía que era ateo, pero su existencia estaba muy lejos de la de un libertino: no practicaba ninguno de los vicios de moda, bebía moderadamente, jamás tocaba las cartas y pasaba la mayor parte de su tiempo en casa, leyendo o soñando. No se le conocían compañeros favoritos como tampoco amigos íntimos, y cuando aceptaba una invitación, se le veía pasear por los salones observando a la gente como un filósofo. Raramente participaba en las conversaciones.

Tenía, pues, la reputación de una persona honesta, ordenada, nada malversadora, poco inclinada a los placeres de la sociedad. Se decía que, dada su prudente conducta, lograría desbaratar las trampas que le tendían las madres con hijas casaderas. Añadían que, por lo que a esto respecta, llegaría a viejo, moriría muy rico y dejaría sus bienes a una obra de caridad.

Pongamos en claro que todos los que se dedicaban a predecir el futuro se equivocaban fundamentalmente en cuanto a las intenciones del excelente capitán Barton. Tuvieron la prueba de ello cuando miss Montague, muchacha cabal y de la mejor sociedad, hizo su entrada en el gran mundo. Esto ocurrió, recuerdo, en casa de la vieja lady L..., tía de miss Montague.

La muchacha era encantadora, y, además, poseía una inteligencia poco común en las jóvenes de su condición. La mimaron, pero su popularidad no pasaba de ahí y, si bien esto halagaba agradablemente su vanidad, no acababa de solucionar sus problemas, y ya empezaba a preguntarse si se convertiría en una solterona. 

En efecto, no poseía nada aparte de sus atractivos personales y ningún pretendiente se le declaraba. Así estaba la situación cuando el capitán Barton le pidió la mano. Es fácil adivinar la sorpresa que esta novedad causó, tanto debido a la pobreza de miss Montague como a la famosa misoginia del antiguo marino.

Naturalmente, lady L... admitió a Barton y extendió por todas partes la noticia de los esponsales: su sobrina aceptó con la sola condición de que el general Montague, su padre, consintiera en ello. El general era aguardado de una semana a otra, de regreso de las Indias. No era equivocado suponer la poca importancia de esta demora, pues el viejo Montague, se decía, sería muy feliz de casar a su hija sin dote, y Barton era muy aceptable como futuro esposo. Así se llegó a considerar al capitán y a la muchacha decididamente prometidos.

En consecuencia, lady L..., que respetaba el viejo código de la costumbre, sacó a su sobrina del torbellino de la vida mundana; es sabido, en efecto, que está muy bien visto enseñar por todas partes a las muchachas casaderas, llevarlas de baile en baile y de fiesta en fiesta hasta que un joven, o un hombre no tan joven, gentleman, se propone desposarlas. A partir de este momento se encierra a la muchacha hasta el día de su boda. 

Sin ser adivino, podemos suponer lo que opinan las damiselas de este trato. Es muy posible que miss Montague no fuera la excepción de la regla y que en el fondo de su corazón maldijera a su tía por alejarla de placeres a los que, a fe mía, empezaba a estimar. Pero como era una chica bien educada, lo aceptó sin protestar. Y desde entonces, Barton tomaba a menudo el camino de la mansión de lady L... A veces almorzaba allí y se le atendía con todos los cuidados con que se trata a un novio... por el miedo a que no cambie de opinión.

Lady L... vivía en una bonita casa situada en el norte de la ciudad, en el lado opuesto al lugar en que vivía el capitán. La distancia que separaba las dos casas era considerable, pero el capitán la recorría, por placer, a pie. Y en particular cuando regresaba a su casa al atardecer. Se marchaba solo, en el calmo anochecer, y tomaba el camino más corto, lo que le obligaba a pasar por una calle nueva, larga y desierta, cuyas casas estaban en su mayoría por terminar.

Una noche, pocos días después de ser admitido oficialmente como novio de miss Montague, el capitán Barton permaneció más tiempo de lo acostumbrado en casa de lady L... Más tarde supe que la discusión había versado sobre cuestiones religiosas y, en especial, sobre las pruebas de la existencia de Dios. Por lo que a esto respecta, Barton mantenía las opiniones de los filósofos franceses ateos y las dos damas no estaban lejos de seguirlo; si bien no compartían totalmente su falta de religión, no veían en ello un motivo suficiente para romper los proyectos matrimoniales. Y, de todas formas, lady L... estaba demasiado empeñada en casar a su sobrina para detenerse ante problemas tan secundarios como entonces le parecían los problemas metafísicos.

La conversación se había desviado hacia lo fantástico y lo sobrenatural. Ante estos temas, Barton había aplicado el mismo escepticismo distinguido que a los precedentes. En este punto debo decir que el capitán era completamente sincero, que su ateísmo y su incredulidad eran para él como una fe negativa y que, en suma, lo menos curioso de la curiosa aventura que he empezado a relatar, no es realmente el hecho de que le ocurriera precisamente a Barton, que negaba cualquier influencia sobrenatural.

El capitán se retiró bastante más tarde de las doce y se fue solo en la noche. Al fin llegó a la nueva calle de la que he hablado. La atmósfera estaba impregnada de una niebla que la luna hacía lechosa; todo era calma y silencio. Barton sentía una punzante sensación de aventura y hacía sonar sus tacones fuerte y claro sobre el pavimento. Quizá hacía cinco minutos que andaba por la calle desierta cuando oyó un ruido de pasos tras de sí.

Barton era un hombre valiente, muchas veces lo había demostrado, pero es muy incómodo sentirse seguido cuando uno camina, por la noche, en un lugar apartado. Se volvió para ver quién le seguía. Ya lo he dicho, había luna llena y se podían distinguir sin dificultades los objetos en esa pálida luz. Pero Barton no alcanzó a distinguir nada, ni hombre, ni animal, y ni siquiera una forma indefinida.

Por un momento pensó que debía ser el eco de sus propios pasos; quiso experimentarlo y martilló el suelo con el tacón, pataleó. Inútil. El aire de la noche no le devolvía ruido alguno. Podía inquietarse, pero no lo hizo e imaginó simplemente, como persona de carácter que era, que había creído oír algo que en realidad no había oído. No era muy propio de él, pero a falta de mejor explicación, aceptó esta como la más racional y reemprendió el camino. Y volvió a empezar, tap-tap-tap, el ruido de pasos volvía a oírse tras de sí.

El capitán Barton, como era persona bien educada, no renegó y se contentó con aguzar más el oído. Los pasos aumentaban o disminuían según un ritmo muy distinto de la marcha del capitán. Comprendió que no podía tratarse del eco, y furioso a la vez que desconcertado, Barton se volvió de nuevo, pero como la primera vez, la calle estaba totalmente desierta. 

Entonces volvió sobre sus pasos, escrutando cada zona de sombras con la esperanza de descubrir al bromista de mal gusto que se burlaba de esta manera de él y de hacerle sentir el peso del bastón en sus espaldas. Pero fue inútil dar vueltas, girar, buscar; no descubrió nada, absolutamente nada.

Por más racional y librepensador que fuera, el excelente Barton sintió que un ligero terror supersticioso le empezaba a dominar. Esto le desagradaba profundamente, pero nada podía contra la angustia misteriosa e incómoda que ahora le atrapaba por el cuello. Dio media vuelta y reemprendió el camino hacia su casa. El silencio le acompañó hasta que llegó al mismo lugar donde se había detenido anteriormente. Desde allí, los pasos volvieron a oírse. El invisible perseguidor parecía correr como si deseara alcanzar al capitán, que cada vez entendía menos lo que pasaba y se inquietaba más por ello.

Volvió a inmovilizarse, se sentía demasiado incómodo y cedió a las absurdas ganas que tenía de gritar:

—¡Dejaos ver, por todos los diablos! —gritó.

El silencio fue la única respuesta y Barton empezó a dudar seriamente de sus sentidos. Se puso nervioso y tuvo que hacer un violento esfuerzo para no ponerse a correr y continuar caminando al mismo paso. Para mayor alivio, su misterioso seguidor le abandonó al final de la calle, y pudo, sin más problemas, volver a su casa.

Una vez sentado tranquilamente en un buen sillón al lado de la chimenea, en la que quemaba un buen fuego, se puso a reflexionar sobre aquella aventura. Progresivamente recuperaba su equilibrio y determinó que había sido el juguete de una alucinación. Por otra parte, estaba demasiado orgulloso de su incredulidad para aceptar la hipótesis de una intervención sobrenatural.

El capitán se levantó bastante tarde a la mañana siguiente y, saboreando su desayuno, pensaba en su aventura con la indiferencia divertida que a veces sentimos, durante el día, cuando evocamos nuestros temores nocturnos. Su sirviente entró sin hacer ruido —tenía órdenes muy severas a este respecto—, puso cerca de su plato una carta y se retiró tan silenciosamente como había entrado.

Barton observó el sobre unos minutos; no tenía nada de particular, la escritura no le recordaba a nadie, aunque parecía expresamente disfrazada. El capitán dudó unos momentos y luego abrió el sobre y leyó la carta que decía lo siguiente:

«Queremos prevenir al capitán Barton, antiguo comandante del Dolphin, que un gran peligro le amenaza. Si es prudente renunciará a pasar por la calle nueva; de no ser así se arriesga a caer en una trampa. Es importante que el señor Barton haga caso seriamente de esta carta, pues puede temerse cualquier cosa del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS.»

Barton hizo una mueca de incomprensión, se encogió de hombros, volvió a leer la carta y la observó detenidamente. Su examen no le descubrió nada nuevo y el sello que había cerrado el sobre no le reveló ningún indicio; sólo era un trozo de cera con la huella de un pulgar.

El capitán, incitado por este desagradable misterio, elaboró mil suposiciones. Realmente no se imaginaba quién podía haber escrito esta incoherente misiva, cuyo autor, al mismo tiempo que le ponía en guardia, le daba a entender que era a él, el firmante, a quien debía temer. Por otra parte, el hecho de que el mensaje le recordara su penosa aventura nocturna acababa por inquietar al excelente Barton. No obstante, no dijo nada de ello a nadie, ni siquiera a su prometida. Podemos suponer con toda lógica que era su orgullo de librepensador el que le hacía callar. 

El capitán Barton podía suponer que, después de sus profesiones de fe de ateísmo, de racionalismo y de librepensamiento, miss Montague tendría fundamento para burlarse de sus terrores nocturnos y del miedo supersticioso que se amparaba de él cuando pensaba en la carta del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS. Y no quería ser el objeto de las burlas de la muchacha, primero porque tenía fama de criticona y luego porque ello habría disminuido, sin duda, el prestigio del futuro esposo.

Con el transcurso del tiempo, acabó por considerar todo aquello como una broma de mal gusto, aunque, no obstante, no podía volver a encontrar la tranquilidad de espíritu que, no hacía mucho, le era propia. Por otra parte, durante muchos días, evitó la nueva calle... Una semana más tarde, aconteció un nuevo incidente que despertó en Barton las desagradables sensaciones que había sufrido.

Aquella noche volvía del teatro, había acompañado a lady L... y a su sobrina al coche y caminaba en compañía de algunas personas conocidas. Se despidió de ellas cerca de los austeros edificios de la Universidad y continuó solo el camino. Quizá era la una de la madrugada; todo estaba quieto y desierto alrededor de Barton, que andaba de prisa. 

Ya antes de despedirse de sus compañeros había tenido la impresión de que le seguían. Furtivamente había mirado hacia atrás, más o menos consciente de que aquello volvía a empezar, que volvería a ser perseguido sin saber por quién. Esperaba ver algo, lo que le habría tranquilizado, pero no había visto nada.

Y ahora que estaba solo, se sentía cada vez más nervioso, cada vez más aterrorizado. Dado que el ruido de pasos era cada vez más fuerte, más insistente. Durante todo el rato que siguió a los muros que rodean el parque de la Universidad, los pasos le siguieron. Muchas veces se volvió sin ver tras de sí nada más que el creciente de luna que parecía provocarle.

Barton estaba bajo una tensión nerviosa tan intolerable que incluso cuando llegó a su casa no pudo calmarse y permaneció en pie toda la noche, recorriendo su mesa de trabajo de arriba abajo. 

Hasta el amanecer no se acostó; durmió muy mal, con un pesado sueño entrecortado por horribles pesadillas, y fue despertado por su sirviente, que le traía el correo. Una de las cartas llamó su atención; conocía demasiado bien la escritura del sobre. La abrió temblando:

«Os será tan difícil huir de mí como de vuestra sombra. Os veré tantas veces como me plazca, cuando y allí donde yo quiera, y no podréis hacer nada para evitarlo. Y también usted, capitán Barton, me verá: no me escondo como parece que creéis. De todas formas, esto no debe impediros dormir, ya que si tenéis la conciencia tranquila, ¿por qué habríais de tener miedo del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS?»

Me parece completamente inútil insistir sobre lo que debería pensar en estos momentos el excelente Barton. Durante los siguientes días, la gente se dio cuenta de que el capitán parecía terriblemente sombrío y preocupado, y ello se atribuyó a su futura boda y a la angustia que podría sentir por pensar en su casi difunta tranquilidad de soltero. Naturalmente se equivocaban, y era desconocer por completo a Barton atribuirle estas absurdas ideas, pero la explicación pareció suficiente y no se habló más de ello.

En cuanto a la causa de estas suposiciones gratuitas, estaba terriblemente preocupado, pues se decía si era posible hacer el ruido de pasos gracias a una ilusión cualquiera de los sentidos debida, por ejemplo, a un abuso de té verde; de todos modos, tenía que ser una mano tan real como malévola la que escribió las dos cartas. 

Y, por otra parte, el hecho de que las cartas en cuestión llegaran inmediatamente después del ruido de pasos parecía algo más complicado que una pura y simple coincidencia. Cuando pensaba en ello, Barton se acordaba confusamente de ciertos episodios de su vida pasada que asociaba, a pesar de todo, a la inexplicable serie de acontecimientos que se cernían sobre él.

Felizmente (¿es exacta la palabra?) para el pobre hombre, un importante asunto llegó en el momento adecuado para distraerle, junto con la idea de su próximo matrimonio, de una preocupación que amenazaba con convertirse en idea fija. Se trataba de un asunto inmobiliario que se demoraba desde hacía tiempo y que, de repente, parecía que iba a resolverse muy de prisa. De este modo, Barton se encontró sumergido en un torbellino de visitas, de gestiones, de reivindicaciones que lo alejó de sus problemas. Su mal humor cedió el puesto a su acostumbrada ecuanimidad.

No obstante, durante este feliz período, volvió a escuchar los pasos que no hacía mucho le habían trastornado, pero como sólo se oían débilmente y no recibió ninguna carta, se rió de sus antiguos terrores y se ocupó únicamente de las cosas serias.

No conozco mucho a Barton, pero teníamos un amigo común que era diputado, y una noche nos dirigimos los tres al Parlamento. Esta fue una de las raras veces que tuve ocasión de encontrarme con el capitán. Parecía preocupado y contestaba al margen las preguntas que le hacía el diputado respecto a su asunto. Lanzaba furtivas miradas hacia atrás y mantenía una hosca expresión. Mucho más tarde, me enteré de que había oído los misteriosos pasos que le siguieron a lo largo de nuestro camino. También supe que en aquella ocasión, por última vez, fue la desgraciada víctima de aquella persecución.

Pero esto lo supe el mismo día, y no comprendí en absoluto de qué podía tratarse. Llegábamos a los alrededores de la Universidad cuando un individuo, al que recuerdo muy mal, se acercó a nosotros murmurando algo sin cesar. Me acuerdo de que era bajo, de que parecía extranjero y de que llevaba un gorro de marino de piel y de que lo tomé por un loco al ver la extrema agitación que parecía poseerle. El hombre se dirigió a Barton, se detuvo ante él, lo miró malévolamente y luego se marchó a paso rápido. 

Lo que me sorprendió de esta escena no fue tanto el físico vulgar del individuo ni su insolencia ante el capitán, sino la especie de impresión malhechora y peligrosa que se desprendía de su persona. Pero, e insisto en este punto para que se me entienda bien, todo esto me afectó muy poco... como si esta maledicencia y peligro no me concernieran lo más mínimo. Sólo me quedaba la impresión de haberme encontrado con un enfermo mental.

Por ello me quedé muy sorprendido del efecto que este encuentro había producido en el bueno de Barton, del que conocía su reputación de valiente y de persona con sangre fría. Se puso a temblar de arriba abajo, me cogió del brazo y dio un paso atrás cuando el otro se detuvo ante él. Los dedos del capitán se hundían en mi carne; me hacía un daño espantoso. El desconocido se marchó, Barton me soló, se lanzó tras de él, pareció cambiar de idea y se sentó en un banco. Una espantosa expresión de horror dominaba sus rasgos.

Nuestro amigo, el diputado, se precipitó hacia él:

—Por todos los diablos, amigo mío, ¿qué os sucede? ¿No os encontráis bien?

Barton pareció no oírle, y murmuró:

—¿Qué decía? ¿Qué decía? No le pude oír...

El miembro del Parlamento se encogió de hombros:

—Me pregunto qué pueden importarnos las palabras de este individuo; está completamente loco, es evidente, y usted, Barton, no está bien. Voy a llamar un coche...

El capitán hacía visiblemente grandes esfuerzos para recuperar su equilibrio y, cuando habló, fue con una voz casi anormal:

—Ya ha pasado, amigos míos, estoy mucho mejor... ¡Demasiado trabajo por culpa de este asunto de propiedades! No sé lo que me ha pasado. Los nervios, sin duda. Continuemos el camino.

El diputado se negó e invitó a Barton a volver a su casa para descansar. Nosotros lo podíamos acompañar, si lo deseaba. Insistí en este sentido, ya que, además, el capitán parecía dispuesto a dejarse convencer. No obstante, rehusó nuestra proposición de acompañarlo hasta la puerta de su casa y se marchó solo, todavía con pasos inseguros.

Como quizá se ha adivinado leyendo mi relato, mis relaciones con el miembro del Parlamento no eran tan familiares como para hablar de la curiosa aventura de la que acabábamos de ser testigos, pero me di cuenta, por el aire que tenía, que estaba tan intrigado como yo y que las torpes justificaciones del capitán no le habían convencido más que a mí. Por lo que a mí respecta, la cosa no me parecía nada clara.

Por educación, al día siguiente visité a Barton para preguntar por su salud. Cuando interrogué a su sirviente, me dijo que estaba todavía en cama, pero que consideraba que iba a curarse muy pronto. El mismo día, el capitán hizo llamar a un célebre médico, el doctor Rowlands. Más tarde me explicaron que la consulta fue bastante curiosa.

(CONTINUARÁ...)

Adiós, Mr. Bliss - Joseph Payne Brennan

    

El 30 de junio, un día antes de que la Biblioteca Lockridge cerrara sus puertas durante los meses de verano, Mr. Bliss, bibliotecario jefe, hizo acudir a su despacho a Miss Quinby para informarla de que sus servicios no serían ya necesarios al terminar el año.

Miss Quinby se sentó en silencio, con los fatigados ojos llenos de lágrimas. Había servido fielmente a la Biblioteca Lockridge por espacio de treinta y cinco años. Al cabo de otros cinco años hubiera podido jubilarse con una pensión.

Mr. Bliss jugueteó con su pisapapeles.

—No hay por qué tomárselo así, Miss Quinby. Tiene usted seis meses para encontrar otro empleo. Con su experiencia, estoy convencido de que no será problema.

Miss Quinby no dijo nada.

Mr. Bliss carraspeó. Su voz sonó ligeramente irritada.

—En realidad, creo que me estoy portando de un modo muy generoso con usted. Tendrá sus dos meses de vacaciones pagadas, y luego otros cuatro meses para buscar empleo. Seguramente…

—Preferiría quedarme aquí —dijo Miss Quinby.

Mr. Bliss sacudió la cabeza con cierta vehemencia.

—La cosa está decidida, Miss Quinby. Como ya le he dicho, carece usted de los conocimientos indispensables en estos días. No tiene usted ningún título universitario…, ni siquiera académico. Sus servicios han sido siempre muy… limitados. La Biblioteca Lockridge va a experimentar una profunda transformación. Contrataremos únicamente personal especializado. Su trabajo será realizado mucho más eficazmente por una joven bibliotecaria profesional, con los indispensables estudios.

«Una joven bibliotecaria profesional —pensó Miss Quinby amargamente— con las indispensables curvas».

Las sonrosadas mejillas de Mr. Bliss se tiñeron de rojo, como si hubiera leído los pensamientos de Miss Quinby.

—Creo que esto es todo —dijo.

—Si escribo al Comité de la Biblioteca —insistió Miss Quinby—, tal vez…

—Será inútil —la interrumpió Mr. Bliss—. El Comité no es más que un organismo asesor. Ni siquiera les he informado de esta decisión, pero si usted quiere hacerlo le aseguro que perderá el tiempo.

Miss Quinby sabía que era cierto. Desde su llegada, hacía poco más de un año, Mr. Bliss había manejado a su antojo al Comité. Ni uno solo de sus miembros se atrevió a enfrentarse con él.

Aunque sabía que no había ninguna esperanza, Miss Quinby continuó sentada, tratando desesperadamente de encontrar algo más que decir. Era todo tan injusto, tan cruel…, tan innecesario… A su edad no le sería fácil encontrar otro empleo, ni siquiera con su experiencia. Y si lo encontraba, se vería obligada a aceptar un sueldo mucho más bajo. Y echaría de menos a sus amigos, a sus…

Mr. Bliss se puso en pie, con el ceño fruncido.

—Desde luego —advirtió en tono severo—, si trata usted de complicar las cosas la pondré de patitas en la calle inmediatamente.

Miss Quinby se apresuró a levantarse. Sabía que Mr. Bliss cumpliría su amenaza. La aborrecía. Le había amargado la vida desde su llegada. Miss Quinby había hecho lo imposible por cumplir sus más caprichosas e irrazonables órdenes. Pero no le sirvió de nada. Y ahora no se atrevía a discutir con él. Necesitaría los seis meses.

Se dirigió hacia la puerta.

—Gracias —dijo, e inmediatamente se odió a sí misma por haberlo dicho.

Mr. Bliss inclinó la cabeza de un modo casi imperceptible.

De regreso en su oficina, Miss Quinby se sentó ante su escritorio y se quitó las empañadas gafas. Estaba demasiado aturdida para llorar. La entrevista con Mr. Bliss tenía un aire de irrealidad. Una pequeña parte de su mente trataba de convencerla de que no había sucedido nada, en realidad, de que todo el asunto era una especie de error que podía ser enmendado.

Las empleadas más jóvenes se marchaban temprano, como era costumbre el día anterior al comienzo de las vacaciones, y Miss Quinby pudo oír su alegre cháchara mientras sus tacones repiqueteaban en el pasillo.

Pasaron junto al despacho de Mr. Bliss.

«¡Adiós, Mr. Bliss!». «¡Feliz verano, Mr. Bliss!». «¡Felices vacaciones, Mr. Bliss!». «¡Adiós, Mr. Bliss!». «Adiós…».

Miss Quinby se puso bruscamente en pie y cerró la puerta de su oficina. Maquinalmente, empezó a arreglar los papeles esparcidos sobre su mesa. Trabajaba siempre hasta las cinco, incluso el día anterior al comienzo de las vacaciones. Hoy no sería una excepción. A pesar de lo que había sucedido, no podía inducirse a sí misma a marcharse más temprano.

Unos instantes después recordó que tenía que arreglar su taquilla. Siempre lo había hecho antes de marcharse de vacaciones. Abriendo la puerta, salió al pasillo y se dirigió a los vestuarios.

Al pasar por delante del despacho de Mr. Bliss le oyó hablar. Al parecer, estaba conversando por teléfono.

«Exacto —estaba diciendo—. He planeado unas verdaderas vacaciones. No le he dicho absolutamente a nadie adonde voy a ir. No voy a darle la dirección a nadie. Ni siquiera he hecho ninguna reserva. Emprenderé el viaje esta misma tarde, a las cinco, cuando salga de aquí, y no regresaré hasta septiembre».

Mientras ordenaba su taquilla, Miss Quinby consultó su reloj. Eran las cuatro.

Cuando regresó a su oficina, todo el edificio parecía silencioso y desierto. Mr. Bliss estaba aún en su despacho; permanecería en él hasta las cinco en punto. Aparte de ellos dos, en el edificio sólo había otra persona: Jacobson, el encargado de la limpieza.

Miss Quinby se sentó, apoyó la barbilla entre sus manos y se sumió en profundos pensamientos. Durante más de diez minutos permaneció inmóvil. Con su almidonada blusa blanca de cuello alto, su severa falda negra y sus zapatos de tacones bajos, podía haber sido un maniquí de cera vestido para responder al tradicional concepto de «bibliotecaria» en la mente del público vulgar.

Finalmente, Miss Quinby se puso en pie con una expresión cautelosa y decidida al mismo tiempo. Después de sacar una llave de un cajón de su escritorio que siempre estaba cerrado, salió al pasillo. La luz del despacho de Mr. Bliss continuaba encendida. Dirigiéndose hacia el lado opuesto, Miss Quinby descendió la escalera que conducía al sótano. Jacobson, el encargado de la limpieza, no se veía por ninguna parte.

Una vez en el sótano, Miss Quinby recorrió un largo pasillo, cruzó una especie de arco, se adentró en otro pasillo, más corto, y se detuvo ante una maciza puerta de acero.

Al otro lado de aquella puerta se encontraba el departamento de seguridad de la Biblioteca, una pequeña habitación subterránea donde se guardaban los incunables y otros libros raros y valiosos que no circulaban entre el público ordinario.

Abriendo la puerta de acero con la llave que había sacado del cajón de su escritorio, Miss Quinby pulsó el interruptor de la luz y miró hacia el interior. Las estanterías estaban llenas de libros encuadernados en pergamino.

Vaciló unos instantes, consultando su reloj. Eran las cuatro y media. Volviéndose rápidamente, se dirigió al pasillo principal y entró en el lavabo del sótano. Un momento después volvió a salir llevando un vaso de papel lleno de agua.

Entró en el departamento de seguridad, dejó caer el agua en un rincón, arrugó el vaso de papel, se lo metió en un bolsillo de su falda y salió apresuradamente.

En el pasillo, en una abertura practicada en la pared, había un teléfono interior.

Miss Quinby lo descolgó y marcó el número del despacho de Mr. Bliss.

—Aquí Mr. Bliss, de la Biblioteca Lockridge —dijo la voz del bibliotecario jefe.

—Soy Miss Quinby, Mr. Bliss. Estoy en el sótano. He bajado a guardar un ejemplar en el departamento de seguridad. —Tomó aliento—. En el departamento de seguridad hay agua, Mr. Bliss. En el suelo. Una filtración, seguramente. Alguna cañería, o…

Mr. Bliss gruñó con desesperación.

—¡Precisamente ahora! Bajo en seguida. Trate de localizar a Jacobson.

Un par de minutos después Mr. Bliss se encontraba en el sótano. Estaba furioso.

—¿Dónde está el agua? —preguntó en tono desabrido—. ¿Ha localizado ya a Jacobson?

Miss Quinby señaló el rincón donde había dejado caer el agua.

—Allí. En el suelo.

Cuando vio el pequeño charco, Mr. Bliss frunció el ceño.

—¡Vaya un fastidio! —exclamó, inclinándose para examinarlo más de cerca.

Miss Quinby se agarró con las dos manos al pomo de la puerta de acero y tiró hacia sí. La puerta se cerró con un enorme estrépito. Se oyó el chasquido de la cerradura automática.

Durante unos segundos hubo un silencio absoluto. Luego, Miss Quinby oyó la voz de Mr. Bliss, ahogada y lejana.

—¡Miss Quinby! ¡Abra inmediatamente la puerta!

Miss Quinby esperó. Era posible que Mr. Bliss se hubiera traído la otra llave del departamento de seguridad. Pero la guardaba en un cajón de su escritorio que siempre estaba cerrado y lo más probable era que no se hubiese entretenido en sacarla. Debió pensar que si Miss Quinby había abierto la puerta, forzosamente debía de tener una llave.

Al cabo de unos instantes, Miss Quinby se convenció de que sus previsiones habían sido correctas. Si Mr. Bliss tuviera la llave, ya la hubiera utilizado. En vez de eso, empezó a aporrear la puerta.

—¡Miss Quinby! ¡Miss Quinby! ¡Abra inmediatamente la puerta! ¡Inmediatamente! ¿Se ha vuelto loca?

En su voz había ya un acento de pánico.

Dejando la llave en la cerradura, Miss Quinby recorrió el pasillo interior. Al llegar al arco, se detuvo a escuchar.

Incluso a aquella corta distancia, la voz de Mr. Bliss era apenas audible. Miss Quinby no pudo oír lo que estaba gritando. No estaba segura de que dijera nada. Parecía como si se limitara a gritar.

Miss Quinby subió apresuradamente la escalera, entró en el despacho de Mr. Bliss, encendió la lámpara del escritorio y cerró la puerta.

Cuando apareció Jacobson, Miss Quinby estaba en su propia oficina.

Jacobson asomó la cabeza.

—¿Se ha marchado ya Mr. Bliss, Miss Quinby?

Miss Quinby levantó la cabeza.

—Supongo que sí. ¿Va usted a cerrar pronto?

Jacobson consultó su reloj.

—Dentro de diez minutos, Miss Quinby, si ha terminado usted su trabajo.

Miss Quinby permaneció en su oficina hasta las cinco en punto. Lo más probable era que Jacobson hubiera terminado ya su ronda final por todo el edificio. Pero quería estar segura.

En cuanto Jacobson y ella se hubieran marchado, la Biblioteca permanecería cerrada hasta después de la Fiesta del Trabajo. Dado que Mr. Bliss, soltero, había planeado unas vacaciones «íntimas», sin dejar la dirección a nadie, sin hacer ninguna reserva, nadie se preocuparía por su desaparición hasta que la Biblioteca volviera a abrir sus puertas.

Desde luego, podía ocurrírsele escribir una nota contando lo que había sucedido. Bueno, ya se ocuparía de eso. Resultaría muy desagradable, pero arreglaría las cosas de modo que fuera ella la primera persona que bajara al sótano. Entraría en el departamento de seguridad para comprobar que no había nada que pudiera comprometerla.

Nadie podría demostrar que Mr. Bliss no había quedado encerrado por puro accidente. Supondrían que, después de cerrar su despacho, Mr. Bliss había bajado al sótano para efectuar una inspección de última hora, o quizá para guardar algún libro valioso. Había dejado la llave en la cerradura y, Dios sabe cómo, la puerta se había cerrado…

Nadie, aparte de Mr. Bliss, sabía que Miss Quinby tenía un duplicado de la llave del departamento de seguridad. De acuerdo con las normas de la Biblioteca, la llave tenía que guardarse, encerrada, en el despacho del bibliotecario jefe. Mr. Bliss había permitido que Miss Quinby tuviera un duplicado para evitarse molestias.

Jacobson asomó de nuevo su cabeza.

—¿Ha terminado usted, miss Quinby?

—Sí, Jacobson. Voy a salir con usted.

Se detuvo en la gran escalinata de mármol, mientras Jacobson cerraba la puerta principal.

—Y ahora, hasta que pase la Fiesta del Trabajo —comentó Jacobson, sonriendo.

Miss Quinby sonrió. La Fiesta del Trabajo. El final de las vacaciones. Entonces regresaría a su oficina, pero no para cuatro meses, sino para otros cinco años. Desaparecido Mister Bliss, estaría a salvo. Al Comité de la Biblioteca no se le ocurriría nunca despedirla.

Mientras avanzaba con Jacobson por el enarenado sendero, se volvió a mirar por encima de su hombro.

Con sus grandes persianas echadas y todas las luces apagadas, la Biblioteca Lockridge tenía un aspecto oscuro, frío y repulsivo.

Parecía un mausoleo.

Desaparición - Joseph Payne Brennan


    En la época de la desaparición de Dan Mellmer se daba el caso de que me habían nombrado comisario, y el sheriff Kellington me pidió que le acompañara cuando se dirigió a la casa de los Mellmer para investigar.

Los dos pensábamos que lo más probable era que se tratara de un asesinato. Los dos hermanos Mellmer, Dan y Russell, se habían peleado continuamente durante muchos años. No era un secreto para nadie que se odiaban mutuamente. Permanecían juntos en la gran hacienda porque la habían heredado conjuntamente y porque cada uno de ellos era demasiado testarudo para vender su parte al otro y marcharse. Dan amenazó con irse en más de una ocasión —después de haber quemado todos los edificios de la hacienda—, pero nadie creía que se hubiera decidido a hacerlo.

Pero quizá se había marchado sin cumplir su amenaza de prenderle fuego a todo. O esto, o Russell le había asesinado.

Por el camino, el sheriff Kellington admitió que más de una vez había pensado que la situación en la hacienda de los Mellmer era potencialmente explosiva. Los dos hermanos eran de mediana edad, introvertidos y excéntricos. Cada uno de ellos acusaba al otro de vago y de descuidar los asuntos de la hacienda capaces de producir un beneficio común. Viviendo bajo el mismo techo, mes tras mes y año tras año, con los nervios siempre en tensión, podía haber sucedido cualquier cosa.

Aquella mañana, Russell Mellmer había telefoneado al sheriff para informarle de la desaparición de su hermano. Su voz tenía un tono normal y despreocupado, según el sheriff, y había subrayado que no informaba de la desaparición porque estuviera preocupado o por solicitud fraternal, sino únicamente para librarse de cualquier posible sospecha.

El hecho ocurrió a finales de diciembre y el frío era muy intenso. No había nevado mucho, pero el suelo estaba helado y tenía la dureza del granito. Las rodadas en el sucio camino que conducía a la hacienda de los Mellmer parecían labradas en hierro.

Cabalgando a través de unos campos desolados que ni siquiera los cuervos visitaban, no tardamos en llegar a la casa de labor de los Mellmer. La proximidad de un lugar habitado no contribuía a animar el paisaje. La casa sin pintar, con sus tablas sueltas y el descuidado patio, lleno de hierbajos, empeoraban si cabe la atmósfera de desolación.

Russell Mellmer nos recibió en la puerta. Era un hombre alto, huesudo y anguloso, y su rostro alargado tenía una expresión burlona, casi sardónica. Si hubiera cambiado sus zahones y su chaqueta de pana por un traje de alpaca, podría haber pasado por un maestro de escuela rural o por el encargado de la estafeta de correos del pueblo.

Pasamos al interior de la casa y nos sentamos. Russell Mellmer nos contó su historia. La noche anterior, su hermano Dan se había acostado a eso de las diez, como de costumbre. Aquella mañana había desaparecido. No dejó ninguna nota, ni se había llevado nada.

Cuando Russell Mellmer terminó su breve y conciso relato, se puso en pie, abrió la enorme estufa, que estaba ya al rojo, y la cargó de leña.

El sheriff Kellington enarcó las cejas.

—Pero ¿por qué iba a marcharse con un tiempo como éste…, en plena noche, y adonde hubiera ido?

Mellmer se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? En estos últimos tiempos he pensado a menudo que su cerebro no funcionaba demasiado bien. Con frecuencia amenazaba con marcharse. Todo el mundo lo sabe. Supongo que se le ocurrió la idea de repente, y la puso en práctica.

El sheriff Kellington no estaba satisfecho, ni yo tampoco. Previa la autorización que Mellmer nos concedió de buena gana, al parecer, registramos cuidadosamente la casa y los graneros y cobertizos contiguos; sin embargo, no encontramos nada.

El sheriff golpeó distraídamente con el pie la rueda de un carro mientras salíamos del granero.

—Tal vez Dan se haya marchado, pero me sentiré mejor cuando tengamos alguna prueba de ello.

Nos quedamos en pie contemplando los campos que se extendían más allá de la casa de labor de los Mellmer. La parte trasera de la casa daba a un terreno de pastos, pasado el cual veíanse los restos helados de un maizal. Un solitario espantapájaros se agitaba inútilmente al viento en el extremo más apartado del campo.

Nos adentramos en el terreno de pastos pisando la hierba que la escarcha había convertido en una alfombra sólida de color parduzco. Un arroyuelo que discurría por el centro del terreno estaba completamente helado. Dimos una vuelta por el maizal, mientras el viento susurraba y gemía entre los resecos tallos.

El sheriff Kellington golpeó el duro suelo con la punta de su bota.

—Aquí no pueden haber enterrado a nadie, desde luego —dijo—. Se necesitaría una carga de dinamita para cavar una tumba.

Era cierto. La tierra era como piedra. Un hombre tardaría varios días en abrir una zanja. Ni siquiera con dinamita sería una tarea fácil. Y no descubrimos ningún lugar donde la tierra mostrara señales de haber sido arañada.

Dimos por terminada la visita y regresamos al pueblo. El sheriff presentó su informe oficial y se inició una investigación en regla.

Transcurrieron varios días sin que se tuviera ninguna noticia de Dan Mellmer. Nadie le había visto, nadie conocía su paradero. Russell Mellmer se limitó a repetir lo que ya nos había dicho, sin añadir ningún detalle.

El sheriff Kellington me confió su preocupación por el caso. Los Mellmer eran muy conocidos en toda la comarca, y parecía increíble que Dan pudiera haberse marchado sin que nadie le viera.

Finalmente, el sheriff Kellington, cuatro comisarios provisionales y yo nos dirigimos a la hacienda de los Mellmer para realizar otra inspección.

Esta vez lo revisamos todo a conciencia. Registramos la casa desde el tejado hasta la bodega. Incluso sacamos parte del heno almacenado en el granero. Uno de los comisarios recorrió todos los campos de punta a punta. No encontramos absolutamente nada.

Russell Mellmer nos miraba hacer en silencio, y su expresión era más sardónica que nunca.

Regresamos al pueblo decepcionados y medio entumecidos por el frío. Cuando llegamos a la oficina del sheriff, éste admitió que, por su parte, daba por terminada la investigación. A menos que surgiera algún hecho inesperado, podía suponerse sin menoscabo de la justicia que Dan Mellmer había decidido marcharse voluntariamente a un lugar desconocido.

Pero yo me di cuenta de que aquella conclusión no le satisfacía. Producía la impresión de un hombre que trata de apartar de su mente un problema que se consideraba incapaz de resolver.

Durante varios meses, la desaparición de Dan Mellmer fue el principal tema de conversación en el pueblo. Se hicieron conjeturas de todas clases. Las opiniones estaban divididas: algunos creían que Russell había tenido una intervención decisiva en la desaparición de su hermano; otros, recordando las frecuentes amenazas de Dan, se negaban a admitirlo.

Con el paso del tiempo, el asunto quedó olvidado. Otros temas acapararon el interés general. La casa de Jed Heller se incendió; Frank Massing perdió un ojo en un accidente de caza; Miss Brett, la cuarentona maestra de escuela, se fugó con un marinero veinte años más joven que ella. Y así por el estilo.

Mis relaciones con los hermanos Mellmer habían sido bastante amistosas antes de la desaparición de Dan, y aunque rara vez les visitaba a causa de la atmósfera explosiva generada por su mutuo antagonismo, solía detenerme en su casa un par de veces al año para charlar un rato con ellos. De modo que un día del mes de octubre, diez meses después de que Dan hubiera desaparecido, decidí hacerle una visita a Russell Mellmer.

No tenía la menor idea de cómo me recibiría, ya que apenas bajaba al pueblo y yo no le había visto más que en un par de ocasiones, y a distancia, desde que acompañé al sheriff Kellington a la hacienda. Pero no quería que creyera que albergaba alguna duda en lo que a él respecta. Después de todo, no existía el menor indicio de que hubiera molestado físicamente a su hermano Dan. Y yo deseaba que supiera que le consideraba inocente.

Russell Mellmer no pudo disimular su sorpresa al verme. Sus ojos se entrecerraron ligeramente y capté una nota de recelo en su voz.

—¿Negocios? —inquirió.

Sacudí la cabeza.

—No. Pasaba por aquí por casualidad —mentí— y decidí pararme unos momentos. Si está usted ocupado…

—Nada de eso. Pase, pase. Hace un tiempo espléndido, ¿verdad?

Entramos en la casa, nos sentamos y seguimos hablando del tiempo, de las cosechas del verano anterior y de la clase de invierno que podíamos esperar. Russell se mostró cortés, e incluso amistoso, y sin embargo noté que en la habitación había una especie de tensión. Lo que no pude definir fue si procedía de Russell Mellmer o de mí mismo.

Russell parecía más viejo y más delgado que la última vez que le vi. De cuando en cuando creía captar una extraña expresión de cautela en su rostro, a pesar de que no dejó de sonreír con su habitual socarronería y en un par de ocasiones soltó la carcajada, francamente divertido.

Cuando llevaba unos diez minutos en la casa, Mellmer sugirió que podíamos tomar un whisky, y aunque en aquel momento no me apetecía, acepté su invitación para no desairarle.

Apuró el contenido de su vaso con cierta avidez e inmediatamente volvió a llenarlo. Yo no había terminado aún el mío.

A pesar del whisky, nuestra conversación fue languideciendo y empecé a sentirme incómodo. Quizá por contraste con el fresco aire otoñal del exterior, la atmósfera de la habitación me resultaba cada vez más opresiva.

Desde el lugar donde estaba sentado podía tender la vista hacia el terreno de pastos y el maizal. Una bandada de cuervos voló en diagonal sobre este último, rompió filas y varias manchas negras tiñeron el suelo. Uno de los pajarracos se posó sobre el brazo extendido del espantapájaros, que continuaba agitándose al viento en el extremo más apartado del campo.

Era una típica escena otoñal que no podía impresionarme, acostumbrado como estaba a ellas, pero por algún motivo ignorado me invadió un sentimiento de profunda desolación. No se trataba de la suave melancolía que traen consigo las tardes de octubre. Era una sensación de tristeza, de soledad.

Me puse en pie, temo que con cierta precipitación, y por un instante creí observar una expresión de alarma en el rostro de mi anfitrión.

Tal vez fue pura imaginación. Me despidió cordialmente, y es posible que el alivio que me pareció demostrar ante mi marcha no fuera más que el reflejo de mi propio alivio al abandonar aquel lugar.

No volví a visitar a Russell Mellmer. Fueron transcurriendo los años, y tengo que admitir que en más de una ocasión me reproché a mí mismo el haber interrumpido mis relaciones con él de un modo que parecía definitivo. Pero el desagradable recuerdo de mi última visita permanecía vivido en mi mente. Y, de todos modos, estaba convencido de que a Russell Mellmer le tenía sin cuidado que le visitara o no.

Con el paso de los años, Russell se encerró más y más dentro de su corteza de insociabilidad. Vivía como un eremita, y rara vez bajaba al pueblo. Se hizo más taciturno que nunca. Rehuía el trabar una conversación, aunque no se negaba a desempeñar el papel de oyente pasivo. Durante sus infrecuentes viajes al pueblo, se sentaba a veces un rato en la tienda-almacén a escuchar la charla de los otros ociosos. De cuando en cuando, una frase graciosa devolvía a su rostro aquella extraña sonrisa sardónica.

En cierta ocasión disparó una andanada de perdigones contra unos chiquillos, diciendo que les había visto robar mazorcas en su maizal. El sheriff Kellington le advirtió seriamente que no volviera a hacerlo, pero los chiquillos no se acercaron más a la hacienda de los Mellmer y el asunto quedó zanjado.

De Dan Mellmer no se supo ni palabra. Russell no mencionaba nunca a su hermano, y su recuerdo fue borrándose de las gentes del pueblo.

Diez años y diez meses después de la desaparición de Dan, Russell Mellmer telefoneó al pueblo pidiendo que fuera un médico a su casa, pero antes de que llegara a ella el doctor Luder, Russell había muerto de un ataque cardíaco.

Las ceremonias finales fueron breves y sencillas. La mayoría de los habitantes del pueblo asistieron al entierro, y el tema de la desaparición de Dan volvió a cobrar una pasajera actualidad. Alguien sugirió que Russell podía haber dejado algún mensaje explicando la extraña ausencia de su hermano desde hacía casi once años.

Pero no se encontró ningún mensaje escrito. En realidad, Russell ni siquiera se había molestado en redactar un testamento. Se publicaron los correspondientes edictos por si existía algún pariente lejano con derecho a heredar la hacienda, aunque todo el mundo opinaba que era una pérdida de tiempo.

Una tarde de principios de noviembre, casi dos meses después del entierro, el sheriff Kellington se presentó en mi casa.

Su visita me sorprendió un poco, ya que, apremiado por otras tareas, había renunciado al cargo de comisario hacía unos años. Aunque el sheriff y yo manteníamos cordiales relaciones, su visita constituía un acontecimiento inesperado.

Se mostró muy amable, pero noté que tenía un aspecto preocupado. Permaneció unos instantes de pie junto a la puerta, dándole vueltas al sombrero entre sus manos.

—Sólo he venido a preguntarle —dijo finalmente— si no está demasiado ocupado para acompañarme a dar un pequeño paseo a caballo… No se trata de nada oficial, desde luego —se apresuró a añadir.

Ignoraba lo que el sheriff Kellington se proponía, pero accedí inmediatamente, sin hacer ninguna pregunta, y poco después cabalgábamos hacia las afueras del pueblo.

La mayor parte de las hojas habían caído ya, y la tierra estaba adquiriendo rápidamente el desolado aspecto invernal. Soplaba un viento frío y el cielo tenía un color plomizo.

Al cabo de un rato, el sheriff Kellington se volvió hacia mí.

—El nuestro puede resultar un paseo inútil —dijo—. En cierto sentido, es un paseo inútil.

—¿Adonde vamos? —pregunté.

—A la hacienda de los Mellmer. —Me dirigió una mirada enigmática—. Usted me acompañó allí cuando desapareció Dan, hace más de diez años…, y por eso he querido que me acompañara también hoy.

—Entonces, ¿dejó Russell Mellmer alguna prueba?

El sheriff se encogió de hombros.

—No lo sé todavía. Ha ocurrido lo siguiente: desde que Russell murió, los chiquillos del pueblo han estado merodeando por la hacienda. En vida de Russell no se atrevían a acercarse por allí, recordando el recibimiento que les hizo en cierta ocasión. Pero, desde que él falta, han tomado el lugar por asalto. Ya sabe cómo son los chiquillos. Pues bien, esta mañana, un par de muchachos se han presentado en el pueblo mortalmente asustados…

—¿Habrán visto un fantasma por casualidad? —pregunté, sonriendo.

Pero el sheriff Kellington no sonrió.

—Algo peor, quizá —dijo.

No añadió nada más, y al cabo de unos instantes nos encontrábamos delante del que fue hogar de los Mellmer. A la tristona luz de la tarde otoñal, parecía una casa encantada. Varias de las ventanas estaban rotas y, a juzgar por el sonido, la mitad de las tablas del tejado se movían al viento.

Nos apeamos de nuestros caballos y el sheriff Kellington echó a andar hacia la parte trasera del edificio.

—Lo que asustó a los muchachos —dijo— se encuentra en el antiguo maizal.

Le seguí a través del terreno de pastos y nos adentramos en lo que había sido maizal y que ahora era un campo literalmente inundado por las malas hierbas y la maleza. Cuando llegamos al extremo del campo, estaba empezando a perder el aliento.

El sheriff se detuvo y vi que estaba mirando fijamente la andrajosa forma de un espantapájaros que se erguía delante de nosotros, a unos metros de distancia.

Miré al espantapájaros y luego al sheriff.

—¿Eso es lo que asustó a los chiquillos?

Asintió.

—Vamos a echarle un vistazo.

Nos acercamos al espantapájaros. Parecía completamente inofensivo: un montón de andrajos cubriendo una armazón, con un gran sombrero hundido en lo que ocupaba el lugar de la cabeza. El sombrero estaba ligeramente ladeado, como si alguien lo hubiese tocado recientemente.

El sheriff Kellington alargó el brazo y, tras una breve vacilación, levantó el sombrero.

Debajo no había ninguna escoba, sino un inconfundible cráneo humano, maltratado por el tiempo.

—Dan Mellmer —dijo el sheriff.

No sé cuánto tiempo permanecimos allí mirándolo. Creo que en aquellos momentos los dos recordábamos el día que habíamos estado allí, hacía más de diez años, en busca de alguna señal de Dan. En aquel mismo lugar había un espantapájaros.

El sheriff fue el primero en romper el silencio.

—Ha estado aquí todo el tiempo. Estaba aquí la primera vez que vinimos. Estaba aquí el día que volvimos con los cuatro comisarios. Y ha continuado aquí durante más de diez años.

Recordé mi visita a Russell Mellmer un año después de la desaparición de Dan, y me estremecí.

Una minuciosa inspección del macabro espantapájaros nos permitió descubrir un esqueleto humano, oculto bajo montones de harapos y atado con alambre a una armazón de madera en forma de cruz. Algunos de los huesos habían sido asegurados también con alambre, y el trabajo fue tan cuidadoso que no se había desprendido ni siquiera la falange de un dedo. Era evidente que las ataduras fueron repasadas y reforzadas año tras año.

Cuando todo el esqueleto quedó al descubierto retrocedimos unos pasos y lo contemplamos de nuevo. Creo que los dos estábamos igualmente horrorizados.

—Supongo —dijo el sheriff— que podríamos darle el nombre de crimen perfecto: tan evidente que no pudimos verlo.

Yo deseaba apartar la mirada, pero el espantoso objeto parecía fascinarme.

—Pero ¿por qué no lo enterró cuando se dio por terminada la investigación?

El sheriff se encogió de hombros.

—Tal vez le gustaba sentarse junto a la ventana de su cuarto y contemplarlo.

—Quizá —sugerí— Dan murió de muerte natural, y…

El sheriff sacudió la cabeza.

—Mire esto…

Poniéndose de puntillas, señaló la parte posterior del cráneo.

Una parte del hueso, de más de tres pulgadas de diámetro, había sido aplastada con tanta fuerza que dejó un agujero en el cráneo.

—Aseguraría que utilizó un hacha —dijo el sheriff Kellington—. O quizás un mazo. Supongo que no lo sabremos nunca.

Nos alejamos en silencio de aquel desolado campo donde los fríos vientos otoñales susurraban entre los tallos de las malas hierbas de que estaba cubierto.