En una tranquila mañana de verano, me paseaba al azar, tenía la convicción de que buscaba algo. Era una mañana de agosto, pura y soleada. Un viernes, según creo recordar, tal como intentaban sugerirme los ondulantes brezos.
Caminaba por un sendero de hojas muertas, en dirección al cementerio del pueblo. Sorbía con indolencia el ambiente, contemplando la lejana cima de los árboles y la cúpula que formaban en un abrazo impuesto por el viento. Una naturaleza viva.
Por un segundo, una naturaleza revoltosa y cómplice de un romanticismo indomable; poco después, una ternura alegre procedente de un misterio de cambiantes luminosidades. Alegría de vivir, que hace vivir. Fantasma en busca de reposo. Ir y venir. El ensueño de una mujer sensual.
Vacilé un momento a la entrada del cementerio. Salía un anciano conduciendo su bicicleta con la mano derecha mientras que, en la otra mano, llevaba fuertemente asida una pala. Cambiamos un saludo con la cabeza. Con rostro melancólico, pasó ante mí.
Entré en el cementerio. Ahora me encontraba solo en medio de toda clase de multitudes. Multitud de muertos. Multitud de huesos. Multitud de recuerdos. Multitud de presencias. Multitud de almas...
El silencio se me adhería a la piel. Algunos pájaros temerarios revoloteaban entre los pinos infinitos y los cipreses perdidos. Estilizadas ramas de árbol eran agitadas por el viento apático. Respiraba el olor a tierra mojada, con su humedad aún no perdida del alba. Vivía conscientemente esta paz.
Súbitamente, me hizo volver a la realidad el rodar de un automóvil sobre la grava. El ruido del motor y el escape de gases malolientes diluyó mi descanso.
Corto intermedio. El automóvil pronto desapareció y disfruté, de nuevo, intensamente de la soledad, de la luz y del silencio que me tomaba por confidente.
Una avispa se posó en mi mano, después en mi cabeza. Otra avispa revoloteaba a mi alrededor. ¿Acaso esperaba el permiso para aterrizar? Las cacé a ambas.
Una de las tumbas atrajo de un modo especial mi atención. Se trataba de una losa de piedra totalmente recubierta por una hiedra dominante, insistente. No había en esta losa fúnebre nada más que una mano tallada con indiferencia quién sabe cuándo. Las verdes garras se habían apoderado de este rincón en el que dormía un muerto desconocido. ¿Una mujer? ¿Un niño? ¿Un anciano, quizá?
Una tumba anónima. La exuberante vegetación que la rodeaba por completo ya se extendía hacia la tumba contigua, una pequeña tumba de granito gris. Todavía era legible su inscripción:
J. M. – MUERTO POR LA PATRIA
Otra tumba contigua ofrecía una inscripción parecida:
L. P. – MUERTO POR LA PATRIA
También ésta se hallaba abandonada, olvidada. Pero en ella, no obstante, no había hiedra. Tan sólo malas hierbas.
Observé nuevamente la tumba anónima. Mi mente se torturaba. ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Por qué no? ¿Desde cuánto tiempo?
Vi cómo la hiedra, hinchada de mágica savia, crecía desafiando al cielo. Los tallos más altos ya no tenían soporte. De todos modos no parecían necesitarlo: se encaramaban desafiando todas las leyes naturales, hasta llegar a proteger totalmente las tumbas. Un cielo verde. ¿Qué había ocurrido?
El silencio me tomó por confidente. Un soplo. Un soplo celestial esparcido por el viento.
10 de mayo de 1940. Llamado a filas, como tantos otros belgas. Había cumplido los veinte años el 4 de abril. Jamás llegué a ver el campo de batalla. Tampoco mis dos compañeros lo habían visto. Ninguno de los tres tuvimos ocasión de disparar un fusil.
Una tonta historia, en una mañana de mayo del 40, en el patio interior del cuartel. Los alemanes habían invadido nuestro país. Se comentaba el acontecimiento mientras esperábamos la orden de marcha. Y entonces aparecieron aviones en el cielo. Volaban alrededor del cuartel. Primero creímos que eran belgas pero, súbitamente, se precipitaron contra nosotros como avispas. Ruido seco e implacable de ametralladoras. Los tres fallecimos en el patio interior.
Bruscamente, las palabras del silencio, demasiado ligeras, levantaron el vuelo sin que yo llegara a comprenderlas. Algunos segundos después regresó la voz:
¿POR QUÉ DURA TODAVÍA ESTA GUERRA? Nuevamente, el viento se impuso al silencio.
Esperé algunos segundos a que la voz volviera a hablarme. En vano. Me incliné hacia la tumba anónima.
Una vez más tuve que cazar algunas avispas. Terrible. Se diría que intentaban distraer mi meditación. ¿O quizá tenían intención de cazarme ellas a mí? Tuve dificultad en mantenerlas alejadas.
Entonces, y sólo entonces, percibí un grueso tronco de árbol en medio de la tumba. ¿Cómo era posible que no lo hubiera observado antes? No tuve tiempo de concentrarme sobre este problema. El campanario del pueblo dio las once. Once sonoros y agudos golpes. Cuando el último ya agonizaba, me sentí súbitamente arrancado de mi contemplación.
Allí donde, instantes antes, acababa de ver un tronco de árbol, había una masa negra, zumbando sonoramente. El zumbido que me sacara de mi ensimismamiento torturaba ahora mis sienes. Por encima, alrededor de la tumba, volaban algunos centenares de pequeños insectos negros y amarillos. Obedeciendo alguna orden imperceptible, se precipitaron como una escuadrilla perfectamente formada. El avispero se había elevado en su totalidad.
Respiré profundamente y miré a mi alrededor. Estaba solo en el cementerio. Con los nervios alterados, encendí un cigarrillo. Pasó todo tan rápidamente que no tuve ocasión de sentir temor alguno. Ahora la reacción me paralizaba. Y después, a continuación, la respuesta.
Esta ya se encontraba en la última frase que me había traído el indiscreto cierzo. Esta planta. Esta guerra que persistía, sin tener fin. Ahora ya lo sabía. Supe que incluso las cosas inanimadas tienen una segunda existencia, una metempsicosis insospechada. Sin este postulado, no podía explicarme nada: ¿acaso estas avispas fueron «Stukas», años atrás? Todavía ahora volvían a atacar a sus víctimas en medio de su reposo.
Pensé de nuevo en el tronco de árbol. Por más que fijaba mi atención, no lograba percibir nada que se pareciese, ni aun remotamente, a un tronco de árbol sobre la tumba desconocida. De paso, observé una vez más las otras dos tumbas: «J. M. y L. P., muertos por la Patria». Me parecieron inmutables.
Incluso en condiciones normales, las avispas me ponen enfermo. Era imposible, por lo tanto, pedir ahora a mi mente que razonara los hechos. Abandoné el cementerio.
El anciano volvía a mi encuentro, llevando su bicicleta con una mano y sosteniendo la pala con la otra. Detuve el paso. Él se paró cerca de la entrada y me observó nuevamente con atención. Y su mirada parecía contener toda la angustia de aquellas losas. Nos saludamos al igual que cómplices que mantienen un espantoso secreto.
Percibí que aún estaba allí, mirándome. Ya no me dejé llevar por el ensueño de los árboles y por su poesía. Ya no pensaba más que en esta mirada que me buscaba. Tras recorrer una distancia de veinte metros, encendí un cigarrillo y aproveché mis movimientos para volverme, del modo más natural posible, hacia el misterioso anciano.
Ya no estaba allí.
No obstante, percibía aún su mirada fija en mi espalda. Me fui de prisa, más solo que nunca.
Por un segundo, una naturaleza revoltosa y cómplice de un romanticismo indomable; poco después, una ternura alegre procedente de un misterio de cambiantes luminosidades. Alegría de vivir, que hace vivir. Fantasma en busca de reposo. Ir y venir. El ensueño de una mujer sensual.
Vacilé un momento a la entrada del cementerio. Salía un anciano conduciendo su bicicleta con la mano derecha mientras que, en la otra mano, llevaba fuertemente asida una pala. Cambiamos un saludo con la cabeza. Con rostro melancólico, pasó ante mí.
Entré en el cementerio. Ahora me encontraba solo en medio de toda clase de multitudes. Multitud de muertos. Multitud de huesos. Multitud de recuerdos. Multitud de presencias. Multitud de almas...
El silencio se me adhería a la piel. Algunos pájaros temerarios revoloteaban entre los pinos infinitos y los cipreses perdidos. Estilizadas ramas de árbol eran agitadas por el viento apático. Respiraba el olor a tierra mojada, con su humedad aún no perdida del alba. Vivía conscientemente esta paz.
Súbitamente, me hizo volver a la realidad el rodar de un automóvil sobre la grava. El ruido del motor y el escape de gases malolientes diluyó mi descanso.
Corto intermedio. El automóvil pronto desapareció y disfruté, de nuevo, intensamente de la soledad, de la luz y del silencio que me tomaba por confidente.
Una avispa se posó en mi mano, después en mi cabeza. Otra avispa revoloteaba a mi alrededor. ¿Acaso esperaba el permiso para aterrizar? Las cacé a ambas.
Una de las tumbas atrajo de un modo especial mi atención. Se trataba de una losa de piedra totalmente recubierta por una hiedra dominante, insistente. No había en esta losa fúnebre nada más que una mano tallada con indiferencia quién sabe cuándo. Las verdes garras se habían apoderado de este rincón en el que dormía un muerto desconocido. ¿Una mujer? ¿Un niño? ¿Un anciano, quizá?
Una tumba anónima. La exuberante vegetación que la rodeaba por completo ya se extendía hacia la tumba contigua, una pequeña tumba de granito gris. Todavía era legible su inscripción:
J. M. – MUERTO POR LA PATRIA
Otra tumba contigua ofrecía una inscripción parecida:
L. P. – MUERTO POR LA PATRIA
También ésta se hallaba abandonada, olvidada. Pero en ella, no obstante, no había hiedra. Tan sólo malas hierbas.
Observé nuevamente la tumba anónima. Mi mente se torturaba. ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Por qué no? ¿Desde cuánto tiempo?
Vi cómo la hiedra, hinchada de mágica savia, crecía desafiando al cielo. Los tallos más altos ya no tenían soporte. De todos modos no parecían necesitarlo: se encaramaban desafiando todas las leyes naturales, hasta llegar a proteger totalmente las tumbas. Un cielo verde. ¿Qué había ocurrido?
El silencio me tomó por confidente. Un soplo. Un soplo celestial esparcido por el viento.
10 de mayo de 1940. Llamado a filas, como tantos otros belgas. Había cumplido los veinte años el 4 de abril. Jamás llegué a ver el campo de batalla. Tampoco mis dos compañeros lo habían visto. Ninguno de los tres tuvimos ocasión de disparar un fusil.
Una tonta historia, en una mañana de mayo del 40, en el patio interior del cuartel. Los alemanes habían invadido nuestro país. Se comentaba el acontecimiento mientras esperábamos la orden de marcha. Y entonces aparecieron aviones en el cielo. Volaban alrededor del cuartel. Primero creímos que eran belgas pero, súbitamente, se precipitaron contra nosotros como avispas. Ruido seco e implacable de ametralladoras. Los tres fallecimos en el patio interior.
Bruscamente, las palabras del silencio, demasiado ligeras, levantaron el vuelo sin que yo llegara a comprenderlas. Algunos segundos después regresó la voz:
¿POR QUÉ DURA TODAVÍA ESTA GUERRA? Nuevamente, el viento se impuso al silencio.
Esperé algunos segundos a que la voz volviera a hablarme. En vano. Me incliné hacia la tumba anónima.
Una vez más tuve que cazar algunas avispas. Terrible. Se diría que intentaban distraer mi meditación. ¿O quizá tenían intención de cazarme ellas a mí? Tuve dificultad en mantenerlas alejadas.
Entonces, y sólo entonces, percibí un grueso tronco de árbol en medio de la tumba. ¿Cómo era posible que no lo hubiera observado antes? No tuve tiempo de concentrarme sobre este problema. El campanario del pueblo dio las once. Once sonoros y agudos golpes. Cuando el último ya agonizaba, me sentí súbitamente arrancado de mi contemplación.
Allí donde, instantes antes, acababa de ver un tronco de árbol, había una masa negra, zumbando sonoramente. El zumbido que me sacara de mi ensimismamiento torturaba ahora mis sienes. Por encima, alrededor de la tumba, volaban algunos centenares de pequeños insectos negros y amarillos. Obedeciendo alguna orden imperceptible, se precipitaron como una escuadrilla perfectamente formada. El avispero se había elevado en su totalidad.
Respiré profundamente y miré a mi alrededor. Estaba solo en el cementerio. Con los nervios alterados, encendí un cigarrillo. Pasó todo tan rápidamente que no tuve ocasión de sentir temor alguno. Ahora la reacción me paralizaba. Y después, a continuación, la respuesta.
Esta ya se encontraba en la última frase que me había traído el indiscreto cierzo. Esta planta. Esta guerra que persistía, sin tener fin. Ahora ya lo sabía. Supe que incluso las cosas inanimadas tienen una segunda existencia, una metempsicosis insospechada. Sin este postulado, no podía explicarme nada: ¿acaso estas avispas fueron «Stukas», años atrás? Todavía ahora volvían a atacar a sus víctimas en medio de su reposo.
Pensé de nuevo en el tronco de árbol. Por más que fijaba mi atención, no lograba percibir nada que se pareciese, ni aun remotamente, a un tronco de árbol sobre la tumba desconocida. De paso, observé una vez más las otras dos tumbas: «J. M. y L. P., muertos por la Patria». Me parecieron inmutables.
Incluso en condiciones normales, las avispas me ponen enfermo. Era imposible, por lo tanto, pedir ahora a mi mente que razonara los hechos. Abandoné el cementerio.
El anciano volvía a mi encuentro, llevando su bicicleta con una mano y sosteniendo la pala con la otra. Detuve el paso. Él se paró cerca de la entrada y me observó nuevamente con atención. Y su mirada parecía contener toda la angustia de aquellas losas. Nos saludamos al igual que cómplices que mantienen un espantoso secreto.
Percibí que aún estaba allí, mirándome. Ya no me dejé llevar por el ensueño de los árboles y por su poesía. Ya no pensaba más que en esta mirada que me buscaba. Tras recorrer una distancia de veinte metros, encendí un cigarrillo y aproveché mis movimientos para volverme, del modo más natural posible, hacia el misterioso anciano.
Ya no estaba allí.
No obstante, percibía aún su mirada fija en mi espalda. Me fui de prisa, más solo que nunca.