INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta criatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta criatura. Mostrar todas las entradas

El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 3)

 

El militar se levantó precipitadamente y corrió hacia la ventana, a través de la que vio a un individuo que le pareció reconocer como el que le habían descrito. 

El hombre en cuestión gesticulaba de una manera repugnante. Montague cogió su sombrero y su bastón y salió en tromba; deseaba acabar rápidamente con el que llamaba «el farsante». 

Una vez en la calle, fue inútil mirar en todas direcciones: ni rastro del hombre. Ya he dicho que era algo limitado, como todos los oficiales superiores o casi todos, y se empeñó; bajo la mirada divertida de los viandantes, corrió de una calle a otra sin encontrar al que buscaba. 

No obstante, acabó por darse cuenta de que la persecución carecía de sentido y que el individuo pudo perfectamente haber entrado en cualquiera de las casas. Se detuvo, se arregló y volvió a casa del capitán. Este temblaba de pies a cabeza y preguntó:

—¿Y bien?

—¿Y bien? Lo he visto, al fin he visto a este tipo... En cuanto a saber si es el vuestro... No obstante, corre como una liebre o posee un escondite cerca de aquí: no he podido cogerlo y no deseaba más que esto, ¡diablos! De todas formas, no tiene mucha importancia, otro día le cogeré y entonces, palabra de honor, le romperé mi bastón en sus costillas.

A pesar de las fanfarronadas del valiente general Montague y de sus promesas de ayuda, el capitán continuó sufriendo los mismos tormentos. 

La criatura que le perseguía no le daba un instante de reposo; tanto de día como de noche el pobre Barton estaba expuesto a sus persecuciones. A medida que pasaba el tiempo de esta espantosa manera, la salud del capitán, debilitada por tantas angustias, declinaba. 

Muy pronto su estado era tan alarmante que lady L... y su hermano, el general, lograron persuadir a Barton de que un breve viaje le sería muy conveniente. 

Los efectos de un cambio de aires le serían saludables y el más escéptico de sus amigos, enterado del asunto por Montague, llegaba a insinuar que, cambiando el medio de vida, no tendría ocasión de ocuparse de lo que denominaban con desprecio «las ilusiones nerviosas del loco de Barton».

En lo que le concernía, Montague sabía perfectamente que no eran ilusiones y que existía un personaje muy real inmensamente malévolo, y quizá con intenciones criminales hacia el pobre capitán. 

Esta hipótesis no era nada divertida, pero el general creía que un cambio de costumbres, suprimiendo la causa de los terrores de Barton, le demostraría que el ser que le perseguía no tenía nada de sobrenatural.

Entonces recuperaría la salud, se reiría de sus alarmas y, a su regreso, no tendría más que ocuparse en garantizar su seguridad económica.

El capitán se embarcó en compañía de su futuro suegro, primero hacia Inglaterra y luego a Calais. El general esperaba mucho de este viaje; en efecto, después de su partida, Barton parecía completamente normal, no sentía ninguno de los tormentos que le habían llevado a la desesperación y su alegría era absoluta. 

Debe considerarse que el excelente capitán había llegado a considerar sus sufrimientos como parte integrante de su vida y que el hecho de verlos esfumarse representaba un segundo nacimiento. 

Ahora se atrevía a hacer proyectos para el futuro y hablaba al general de lo que sería su nueva vida, una vez casado.

El día de su llegada a Calais hacía buen tiempo y mucha gente se había reunido para ver atracar al navío. Los dos hombres bajaron. Montague iba delante; alguien le tocó el brazo y le dijo:

—No corráis tanto, señor, si no vuestro compañero no os podrá seguir, pues parece muy enfermo el pobre.

El general dio media vuelta y se acercó a Barton que, en efecto, parecía encontrarse muy mal. Le interrogó con inquietud:

—¿Qué pasa, amigo?

—Era él, él..., lo he reconocido...

—¿Quién? Oh, queréis decir...

—Sí, él.

—¿El infame? ¿Por dónde ha pasado? ¿Por dónde ha huido?

—Sí, lo he visto, pero ha desaparecido.

—Ya lo he oído, por Júpiter, pero ¿por dónde se ha ido?

Barton hablaba como en sueños y sólo comprendía a medias las pesadas preguntas de su amigo:

—Estaba aquí, ha desaparecido...

El general se estaba poniendo nervioso:

—Ya lo he oído, ya lo he oído, pero decidme cómo iba vestido y por dónde huyó...

Blandía su bastón con unos movimientos agresivos; habría querido atrapar al malvado desconocido. Barton balbuceó:

—Le habéis visto, os ha dicho algo señalándome con el dedo... Que Dios me ayude...

Pero ya Montague se había lanzado en medio del gentío para intentar atrapar al individuo. 

No obstante, y a pesar del aspecto característico del que buscaba y de la benévola ayuda de una docena de personas que creían que el general perseguía a un ladrón, no encontró ni el rastro del hombrecillo y, sofocado, volvió al lado de su futuro yerno. 

Este murmuró, como si estuviera mortalmente herido:

—Todo esto no sirve para nada, más vale abandonar. Jamás escaparé de su persecución, me encontrará siempre y donde sea... ¡Oh, ya no puedo más!

El general se encogió de hombros; estaba más irritado que alarmado y encontraba muy poco viril la resignación de Barton:

—No digáis tonterías, amigo. No es más que un hombre, os la tiene jurada... De acuerdo, pero de una forma u otra lo atraparemos.

Estas viriles palabras fueron impotentes para tranquilizar al capitán, que desde entonces se hundió todavía más en un lúgubre abandono. Su salud no resistió este nuevo golpe; no deseaba más que una cosa: volver a su casa y morir cuanto antes.

El viaje de retorno a Irlanda fue tranquilo y Montague lo aprovechó para animar a su compañero a que tomara gusto por la vida. Todo fue inútil. 

De todos modos, aunque hubiera conseguido algo, no habría servido de nada, pues apenas llegó a Dublín, Barton vio a su perseguidor. 

Desde aquel momento, el capitán había perdido toda su energía y voluntad. Sus amigos se ocupaban de los más mínimos detalles de su vida y, pasivamente, él les dejaba hacer.

Lady L... y el general Montague decidieron arrancarle de la soledad de su casa y le instalaron en una propiedad de la vieja dama. 

Como el médico del capitán insistía en ver en su paciente un trastorno nervioso, se siguieron sus consejos y encerraron a Barton en unas habitaciones que daban a un patio cerrado por altos muros. 

De este modo creían preservarlo de la vista de cualquier extraño que su febril imaginación podría tomar, aunque se le pareciera levemente, por el perseguidor que había visto o había imaginado ver al principio. 

El general y lady L... admitieron el aparente acierto del punto de vista del médico y creían, como él, que la reclusión, si se prolongaba un mes o más, tendría como principal y feliz efecto suprimir las ilusiones de Barton, devolverle el sentido común que no hacía mucho poseía e impedirle asociar tormentos imaginados a la vista de un personaje real y a lo mejor completamente inofensivo.

El médico recomendó rodear al enfermo de afecto y alegría, no dejarle solo ni un instante y concluyó diciendo que esta terapéutica debía ser radical. 

Barton aceptó con indiferencia su nueva situación, aunque esperaba la disminución de sus torturas, ya que las precauciones que he explicado resultaban eficaces. 

En consecuencia mejoró; su salud física empezó a restablecerse, lentamente, es cierto, y de una manera que no permitía pensar que pudiera volver a ser el que había sido. 

No obstante, sus amigos estuvieron muy agradecidos al médico por este ligero principio de recuperación y, en especial, la joven miss Montague, que había sufrido mucho por la enfermedad de quien le ataba la tierna relación que ya conocemos.

Los días pasaban en calma. Pronto haría un mes que se había iniciado el tratamiento y no se había producido incidente alguno. Podía pensarse que la obsesión del capitán había desaparecido y ya podía constatarse en él un nuevo interés por el mundo exterior y por su propia persona. 

Pero ocurriría un nuevo acontecimiento que haría replantear de nuevo toda la situación: un día, lady L..., que se daba inyecciones como muchos viejos que tienen ciertos conocimientos médicos, envió a una de sus sirvientas a recoger un cierto número de plantas que crecían en el huerto. 

Quería hacer una tisana con ellas para combatir los reumatismos de su hermano. Pero fue imposible, pues la sirvienta volvió sin cumplir con su cometido y parecía muy asustada. Explicó a lady L... que apenas había llegado al huerto cuando una risa sardónica la había apartado de sus ocupaciones. 

Había levantado la cabeza y había visto a través del seto a un individuo de aspecto muy sospechoso. La miraba con unos ojos que la aterrorizaron; luego se puso a hablar. 

Ella le escuchaba sin poder desprenderse de una penosa sensación de miedo y asco. Le había encomendado transmitir un mensaje al capitán Barton: era necesario que este empezara a salir, a ver gente, a llevar una existencia normal; de lo contrario, recibiría una visita en su habitación que no le gustaría lo más mínimo. 

Y el individuo demostró, empezando a escalar la valla, que no le serían necesarios muchos esfuerzos para cumplir con su amenaza.

La pobre muchacha había huido, trastornada, y ahora acababa de contar la aventura a su dueña, que le ordenó, bajo la amenaza de despido, guardar silencio sobre este asunto. 

Enseguida, lady L... ordenó hacer una batida alrededor de su propiedad. No sirvió para nada, naturalmente, y la vieja dama se confesó a su hermano. El general la escuchó gravemente, movió la cabeza con aire comprensivo y dijo:

—Entiendo.

De hecho, no comprendía nada, pero tomó conciencia del peligro y dobló la vigilancia a la que Barton estaba sometido. Era gracias a rápidas decisiones de este tipo que Montague debía su escalada, que ni su fortuna (inexistente) ni su inteligencia (casi inexistente) habrían conseguido.

Durante este tiempo, el capitán, que se encontraba mejor y que se creía en perfecta seguridad, se paseaba a veces por el patio rodeado de altos muros del que ya he hablado. 

Respirar aire puro devolvía poco a poco los colores de la salud a las mejillas de Barton. Puede lógicamente decirse que sin la estupidez de un sirviente, el capitán habría gozado de paz por lo menos durante cierto tiempo; desgraciadamente, ocurrió que uno de los sirvientes encargados del cuidado de Barton dejó entreabierta la puerta del patio. 

Esta puerta, de madera maciza, estaba protegida por una reja de hierro y, en principio, debía estar siempre cerrada. No obstante, ese día no lo estaba y Barton, acercándose a la puerta para ver a qué calle daba, tuvo la desagradabilísima sorpresa de ver a su perseguidor, que le miraba terriblemente entre los barrotes de la reja, felizmente cerrada. 

El capitán se quedó helado; su respiración se hizo ronca y entrecortada, sus ojos se pusieron en blanco y cayó al suelo como una masa inerte.

Le encontraron algunos instantes más tarde, lo llevaron a su habitación, lo desnudaron y lo acostaron. Desde entonces, se dieron cuenta de que había cambiado mucho y muy de prisa: ya no estaba ni triste ni inquieto, sino que, por el contrario, manifestaba una calma inhumana; se diría que ya estaba muerto. 

El general, que ya no entendía nada (si es que alguna vez comprendió algo), pero que no por ello dejaba de ser una buena persona muy dada a los demás, pasaba la mayor parte de su tiempo en la cabecera de Barton, que un día le dijo en un tono de dulce resignación:

—Esto se acaba, mi querido general, y empiezo a recibir algún consuelo de este orden espiritual de cosas de donde proviene mi desgracia. Se acerca el fin de mis penas y al final conoceré la paz.

Montague le miró extrañado:

—¿Qué queréis decir?

—Que ya he sufrido bastante y que mi castigo se acaba. Es posible, no lo sé, que tenga que soportar el peso de mis remordimientos durante toda la eternidad, pero en muy poco tiempo dejarán de torturarme. Tengo la prueba, ¿cómo explicarlo?, revelada... si queréis y si esta palabra no os choca. Debo sufrir todavía, es cierto, pero lo haré con humildad y serenidad...

—¡Ah!, qué contento estoy, os curaréis —dijo Montague con una voz jovial que disimulaba muy mal la sincera emoción de este viejo soldado de tierno corazón—; os curaréis y podréis reemprender vuestra antigua vida.

Pero Barton le desengañó:

—No me entendéis; ya no tengo fuerzas para sobrellevar una vida que me pesa, voy a morir. Sí, voy a morir. Le veré otra vez todavía, una sola vez y luego...

Se encogió de hombros. El general preguntó:

—¿Cómo podéis afirmar una cosa así? ¿Es él, vuestro perseguidor, el que os lo ha dicho?

—No..., no ha sido él. Un ser de su especie no podría darme tan buenas noticias... No puedo explicaros con exactitud de qué manera esto me ha sido revelado: esto me obligaría a evocar a personas muertas desde hace ya mucho y no serviría para nada; incluso sería indecente...

Calladas lágrimas caían por sus mejillas. Montague creyó que su amigo lloraba lamentándose de su destino, como hacen a veces los niños o los viejos. 

Entonó su mejor voz de mando (en el ejército le habían puesto el sobrenombre de Stentor irlandés; en realidad debo decir que el autor de esta fina broma, un lugarteniente galo, murió poco tiempo después de haberla formulado. ¡Una meningitis se lo llevó!) y gritó:

—Nada de tonterías, Barton, no echéis la soga tras el caldero, no os dejéis llevar, sed un hombre. Dios mío...

—No blasfeméis, Montague.

—Esta sí que es buena; sois vos, un ateo, un filósofo, quien me prohíbe blasfemar. Sí, bueno, en fin... intentad razonar, amigo: sois víctima de alucinaciones o el juguete de un bribón que se burla de vos y os llevará donde le plazca debido a la influencia que ejerce sobre vuestro sistema nervioso. Si es así, este tipo es un cobarde y, si tiene algo contra vos, sería más noble dar la cara que...

—Sí, esto es, tiene algo contra mí. La expresión es exacta... Sólo que la Justicia del Cielo se ha mezclado en el asunto; ha permitido al demonio que empleara para atormentarme a la misma persona que podía haberse quejado de mí... Es el Infierno..., pero Dios se ha apiadado de mí, su misericordia es infinita. Y me sentiría muy feliz de morir si pudiera evitar por última vez la espantosa cara del diablo que me ha atormentado durante tantos meses. Pero sé que nos encontraremos cara a cara antes del fin; sólo de pensarlo me siento aterrorizado, una repugnancia, un miedo innombrable que una buena persona como vos no puede ni imaginar...

Y el capitán perdía poco a poco su calma, grandes gotas de sudor caían por su pálida frente, sus descarnadas manos se contraían espasmódicamente sobre las sábanas y, un poco asustado, Montague cambió de conversación para llevarla a un terreno menos crítico:

—Y el sueño del que me hablabais...

—No era realmente un sueño... Más bien la impresión de encontrarme fuera y de sentir de una manera distinta. No obstante, todo era tan real, tan tangible como lo que nos rodea en estos momentos. ¿Cómo podría haceros comprender que se trataba auténticamente de una realidad? Otra realidad distinta de la que nosotros conocemos, pero igualmente real...

Siempre dispuesto a concretar, el general preguntó:

—Explicadme qué han visto vuestros ojos, lo que vuestras orejas han oído.

Barton se mordió los labios, miró largo rato hacia un punto imaginario sobre su cama y luego habló:

—La visión de quien vos sabéis me hizo perder el sentido y muy lentamente volví en sí. Cuando emergía de la nebulosa de mi desmayo me encontré tendido en el suelo, a la orilla de un lago rodeado por una cadena de montañas. Una extraña luminosidad rosada iluminaba todas las cosas. El espectáculo de este país desconocido me llenaba de una dolorosa y triste felicidad. De repente me di cuenta de que mi cabeza se apoyaba en las rodillas de una muchacha que cantaba una extraña canción que me hacía pensar en mi vida, en la pasada y en la futura. Me acordé entonces de amores pasados y que creía completamente olvidados; lloraba, sí, lloraba al escuchar esta voz que conocía perfectamente. Estaba tan hechizado por su canto que no pude mirar el rostro de la muchacha. Quería hacerlo, pero me sentía impotente para arriesgar un solo movimiento. Y luego, poco a poco, la voz maravillosa calló, al mismo tiempo que desaparecía el paisaje. Os vi a vos y a vuestra hermana que os acercabais sobre mí y me sonreíais... Pero una inmensa paz se había amparado de mí porque sabía que al fin sería perdonado.

Barton lloraba, pero su rostro parecía rebosante de una felicidad inefable, aunque marcada de melancolía. Los días siguientes permaneció calmo y sereno la mayor parte del tiempo; los únicos momentos en que se excitaba era cuando pensaba en la última visita que debía recibir antes de encontrar la paz definitiva. 

En estos momentos se sumergía en unos ataques de tan espantoso terror que todos los habitantes de la casa sufrían las influencias, salvo Montague, cuyo espíritu estaba resueltamente cerrado ante todo lo que no entendía... 

E incluso los que se tenían por caracteres fuertes estaban poseídos por extraños presentimientos que, por otro lado, no hubieran confesado bajo ningún motivo.

Desde entonces, Barton permanecía herméticamente encerrado en su habitación con los postigos cerrados y las cortinas siempre corridas. Además, exigió que su criado durmiera en la misma habitación. 

Naturalmente habían accedido a todas sus peticiones y el sirviente había instalado su cama a los pies de la de su dueño. El criado era, dentro de su condición, una persona muy respetable y sentía gran estima por su dueño. 

Puede juzgarse por estos detalles con qué cuidado cumplía con sus obligaciones, y en particular con la de velar por la aplicación de las precauciones por medio de las cuales el capitán esperaba impedir la visita del QUE CAMINA POR LAS SOMBRAS. Así pues, el sirviente permanecía constantemente al lado de Barton, que cada día temía más la soledad.

Imagino superfluo decir que, dado el carácter particularísimo de la situación, no se hizo nada para adelantar la boda de miss Montague con el desgraciado capitán. Por otra parte, debo aclarar que la chica no estaba preocupada por el atraso sine die de sus proyectos matrimoniales. 

En realidad jamás había sentido por Barton más que una sincera amistad y su inclinación de prometida no tenía nada en común con una pasión loca y romántica. 

No obstante, pasaba la mayor parte de sus días cerca del capitán y se esforzaba en distraerlo de su hipocondría. Le leía novelas, le contaba los últimos chismes, pero nada de todo ello le importaba lo más mínimo.

Es sabido que a las jóvenes así como a las mujeres viejas les gusta rodearse de animales favoritos sobre los que vuelcan parte de la ternura que la sociedad no les permite dispensar a sus semejantes. Para algunas son ratoncillos blancos o tortugas; para otras, gatos o monos. 

Miss Montague se había encaprichado con una especie de viejo búho que un jardinero le había traído. Este rasgo pone en evidencia la extravagancia que preside estos afectos antinaturales si se considera que el pájaro preferido de la muchacha era de una raza universalmente detestada por ser un símbolo de desgracia, de miseria y de muerte. 

Esta historia del búho puede parecer fuera de mi relato pero, como se verá, está siniestramente atada al final del mismo. Barton, y esto prueba que no estaba tan loco como algunos insinuaban, empezó a odiar al detestable animal de una manera tan arrebatada que habría podido parecer cómica...

Hacia las dos de la mañana, en una noche de invierno, el sirviente de Barton fue despertado por su dueño que le dijo:

—No se ve muy claro aquí...

Una vela permanecía siempre encendida en la habitación.

—No se ve muy claro..., pero tengo la impresión de que este condenado búho se ha escapado de su dueña y se esconde en algún rincón. Buscadlo y sacadlo de aquí, por favor...

El criado obedeció y encendió otra vela. De repente, el grito del pájaro nocturno rompió el silencio. Esto hacía pensar que, efectivamente, el búho no estaba lejos; quizá no estaba en la habitación, pero seguramente en el corredor sobre el que daba. 

Smith, el sirviente, abrió la puerta que, como por los efectos de una corriente de aire, se cerró a su paso. No se inquietó por ello y continuó buscando. En este punto debo precisar que la pared de la habitación estaba agujereada por una especie de ventana que daba al corredor: Smith se podía dirigir por la luz que provenía de este tragaluz.

—Smith, Smith, por favor, ¿querríais poner la vela encima de la mesita de noche?

La voz del capitán salía de detrás del cortinaje que rodeaba su cama y Smith se disponía a entrar en la habitación para ejecutar lo que su dueño le había ordenado cuando la sorpresa y el miedo lo paralizaron en su sitio: una voz contestaba a Barton al mismo tiempo que la luz se desplazaba como si alguien cambiara la vela de lugar. 

Smith veía esto por el tragaluz que he mencionado. El pobre hombre dudaba entre la curiosidad y el miedo; no obstante, iba a empujar la puerta cuando oyó unos ruidos confusos, gemidos, y la voz de su dueño que balbucía:

—¡Señor..., oh..., Señor...!

Hubo un silencio. Smith temblaba de pies a cabeza; luego un grito horrible, un aullido demente que era como la expresión de un terror incoercible ante lo abyecto, ante lo innombrable... 

El criado, empujado por un terror que es fácil de adivinar, corrió hacia la puerta. No podía abrirla... O no giraba bien el pomo o estaba cerrada por el interior, es lo que nunca se supo; el hecho es que fue inútil forcejear, no pudo llegar a Barton. 

Completamente loco de terror, Smith se lanzó por el corredor y encontró al general que, despertado por el ruido, corría. El silencio se hizo de golpe más siniestro que los ruidos que lo habían precedido.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está el capitán? —gritó Montague.

—No lo sé, no sé nada. ¡Dios se apiade de nosotros! ¡Estoy seguro de que mi señor ha muerto, sí, sí, estoy seguro!

El general no le hizo más preguntas. De todas formas, el desgraciado sirviente era incapaz de dar la más mínima explicación y Montague corrió hacia la puerta, que se abrió sin dificultad; con un enorme ruido de alas, el búho salió de detrás de las cortinas del lecho y desapareció por el tragaluz abierto.

—¡Pájaro de la desgracia! —farfulló Montague, visiblemente emocionado.

—Alguien ha cambiado la vela de lugar, señor, ahora está cerca de la cama... —balbució Smith.

—Sí, pero no os quedéis ahí parado, imbécil, abrid las cortinas.

El sirviente no se movió. Furioso, Montague le puso la vela entre las manos y se acercó a la cama. La débil luz de la vela que se consumía sobre la mesita de noche permitió ver a los dos hombres atemorizados un cuerpo replegado sobre sí mismo; se diría que Barton había retrocedido al máximo ante..., ¿ante qué, de hecho?

—Barton, amigo, ¿qué os pasa? —gritó el general.

Un silencio irónico fue su respuesta. Acercó entonces la vela para iluminar el rostro de su amigo: en verdad era un espectáculo innoble. Los rasgos espantosamente crispados, el color demasiado pálido y los ojos en blanco del desgraciado Barton no permitían la menor duda sobre su estado.

—Está muerto —dijo Montague, y no hizo ningún otro comentario.

Los dos hombres permanecieron unos momentos en silencio; luego el general dijo:

—Ya está frío...

El sirviente de repente se sobresaltó, pareció salir de su estupor y dijo:

—Dios poderoso, mirad, señor, ¿veis lo que yo veo?

Con un dedo señalaba la cama en desorden: se veía la huella de un cuerpo muy pesado. Oyeron acercarse unos pasos; rápidamente Montague se esforzó en dar una apariencia normal de lecho mortuorio; luego los dos hombres salieron para acoger al resto de la familia y comunicarles la horrible noticia.

Naturalmente, jamás se llegó a poner en claro el enigma que rodeaba la muerte del capitán. No se supo más que esto que, a fin de cuentas, quizá no tenía ninguna relación con lo ocurrido: algunos años antes de retirarse, Barton se había enamorado de una joven de Plymouth que era la hija de uno de los marineros de su barco. 

La había hecho su amante; y el padre de la pequeña, cuando se enteró de su conducta, la castigó duramente. El capitán, loco de rabia, se había vengado utilizando al máximo los medios de coerción que su posición le permitía ejercer con un marino. El individuo, un tal Sylvestre Yolland, logró escapar. Murió poco después en un hospital de Nápoles...

Evidentemente, no osaré afirmar que estos hechos sean el origen de la persecución que costó la vida de Barton. Sé que él lo creía así, pues fue la única mala acción que jamás cometió. Sea lo que fuere, es de temer que esta historia jamás quede explicada satisfactoriamente.

La distorción que vino de espacio - Francis Flagg

El meteoro cayó aquella noche detrás de la Montaña del Oso. Jim Blake y yo lo vimos cruzar por el cielo. Era del tamaño de un pequeño globo y tenía una cola incandescente. Supimos que había caído a una distancia de pocos kilómetros de nuestro campamento, y luego vimos el opaco resplandor de un incendio que iluminaba el firmamento. 

En la ladera opuesta de la Montaña del Oso el bosque es ralo, y los pocos árboles que hay son achaparrados y crecen en manchones separados por vastos claros de suelo árido y rocoso. El incendio no se extendió, y se consumió pronto. Sentados junto al fuego de nuestro campamento hablábamos sobre los meteoritos, esos ocasionales visitantes del espacio exterior que por lo general son pequeños y se consumen por el calor al entrar en la atmósfera de la Tierra. 

Jim habló de uno enorme que había caído en el norte de Arizona antes de la llegada del hombre blanco; y de otro más reciente que cayó en Siberia.

—Por fortuna —dijo— los meteoritos causan escasos daños; pero si uno grande llegara a caer en un área densamente poblada, tiemblo al pensar en la destrucción de vidas y bienes que provocaría. Catástrofes de ese tipo pueden haber destruido antiguas ciudades. No creo que éste que acabamos de ver caiga en alguna parte próxima al rancho de Simpson.

—No —dijo—; cayó muy al norte. Si hubiera aterrizado en el valle no habríamos podido ver el reflejo del incendio que inició. Por suerte no cayó más próximo a nosotros.

A la mañana siguiente, llenos de curiosidad, trepamos hasta la cumbre de la montaña, a una distancia de unos tres kilómetros. La Montaña del Oso es en realidad una característica altiplanicie escarpada y de cierta altura, con picos montañosos más altos y más abruptos a su alrededor y más allá. No crecen árboles en la cima, la cual, a excepción de algunas matas de hierba del oso y de yuca, es pedregosa y pelada. 

Al mirar hacia el lado opuesto desde la altura a la que habíamos llegado, vimos que una parte de la ladera había volado, y todavía humeaba. Sin embargo, el meteorito había desaparecido al enterrarse bajo tierra y piedras y había dejado un profundo cráter de algunos metros de diámetro.

A unos cinco kilómetros de distancia, en el pequeño valle situado más abajo, se encontraba el rancho de Henry Simpson, aparentemente indemne. Henry era un guía autorizado, y cuando iba a las montañas en busca de ciervos, hacíamos de su puesto nuestro centro de operaciones. 

Mientras nos acercábamos, no alcanzábamos a ver ni a Henry ni a su esposa, y apresuramos la marcha con cierta inquietud al observar que una parte del techo de la casa —que era de adobe y de dos plantas, y tenía un techo levemente inclinado, hecho con vigas atravesadas cubiertas de chapas de hierro clavadas— se encontraba retorcida y arrancada.

— ¡Cielos! —dijo Jim—; espero que un fragmento de ese meteorito no haya causado allí ningún daño.

Dejando que los burros se las arreglaran solos, entramos precipitadamente en la casa. — ¡Eh Henry! —grité—. ¡Henry! ¡Henry!

Nunca olvidaré la visión de la cara de Henry Simpson cuando bajó tambaleándose por la ancha escalera. Aunque eran exactamente las ocho de la mañana, todavía tenía puesto el pijama. Sus cabellos grises estaban despeinados, y sus ojos muy abiertos.

— ¿Estoy loco, estoy soñando? —gritó roncamente.

Era un hombre corpulento, de por lo menos un metro ochenta de estatura; no era un montañés corriente, y a pesar de que tenía más de sesenta años de edad, disponía de gran fuerza física. Pero en aquel momento sus hombros estaban caídos, y temblaba como si tuviera parálisis.

Por Dios, ¿qué es lo que ocurre? —preguntó Jim—. ¿Dónde está tu mujer?

Henry Simpson se enderezó con esfuerzo. —Denme un trago.

Luego dijo de un extraña manera: —Estoy en mi sano juicio, claro que debo estar en mi sano juicio; pero, ¿cómo puede ser posible eso que está arriba?

—¿Qué cosa? ¿Qué quieres decir?

—No sé. Estaba profundamente dormido cuando la luz brillante me despertó. Eso fue anoche, hace muchas horas. Algo cayó dentro de la casa.

—Un fragmento del meteorito —dijo Jim, mirándome rápidamente.

—¿Meteorito?

—Cayó uno anoche en la Montaña del Oso. Lo vimos caer.

Henry Simpson alzó su rostro ceniciento. —Puede haber sido eso.

—¿Decías que te despertaste?

—Sí, dando un grito de terror. Pensé que en el lugar había caído un rayo. ¡Lydia!, grité pensando en mi mujer. Pero Lydia no me respondió. La luz brillante me había enceguecido. Al principio no podía ver nada. Luego mi vista se aclaró. Sin embargo, no podía ver nada ... a pesar de que la habitación no estaba a oscuras.

— ¡Cómo!

—Nada, les digo. Ni la habitación, ni las paredes, ni los muebles; hacia cualquier dirección en que miraba, solo el vacío. En los primeros instantes después de mi despertar había saltado de la cama, y no la pude volver a encontrar. Les digo que caminé y caminé, y corrí y corrí; pero la cama había desaparecido, la habitación había desaparecido. 

Era como una pesadilla. Traté de despertarme. Estaba arrastrándome sobre mis manos y mis rodillas, cuando alguien gritó mi nombre. Me arrastré hacia el sonido de esa voz, y de pronto estuve en el pasillo de arriba, fuera de la puerta de mi habitación. No me atreví a mirar hacia atrás. Tenía miedo, les digo, miedo. Bajé los escalones.

Se detuvo, vacilante. Lo sostuvimos y depositamos su cuerpo sobre un sofá.

—Por el amor de Dios —murmuró—, vayan a buscar a mi mujer.

Jim dijo con tono consolador:—Tranquilo, tranquilo, que tu esposa está bien—. Me hizo señas imperativamente con la mano: —Ve a nuestra cabaña, Bill, y tráeme mi bolso.

Hice lo que me ordenó. Jim era un médico en ejercicio, y nunca viajaba sin su caja de medicamentos. Disolvió una tableta de morfina, llenó una jeringa hipodérmica, y vació su contenido en el brazo de Simpson. A los pocos minutos, éste exhaló un suspiro, se relajó y cayó en un profundo sopor.

Mira —dijo Jim, señalando.

La planta de los pies de Simpson estaba magullada y sangrante, el pijama estaba hecho jirones en las rodillas, y las rodillas estaban lastimadas.

—No lo soñó —murmuró Jim por fin—. Ha estado caminando y arrastrándose, efectivamente.

Nos miramos uno al otro. —Pero, ¡por Dios! —exclamé.

Lo sé —dijo Jim. Se enderezó—. Aquí hay algo extraño. Voy a ir arriba. ¿Vienes?

Subimos juntos a la planta alta. No sabía qué era lo que esperábamos encontrar. Recuerdo haberme preguntado si Simpson no habría matado a su mujer y estaría fingiéndose demente. Entonces recordé que tanto Jim como yo habíamos observado el techo dañado. Algo había golpeado la casa. Tal vez esa cosa había matado a la señora Simpson. Esta era una mujer enérgica, unos pocos años menor que su esposo, y no precisamente de las que estarían acostadas y tranquilas a esa hora.

Llenos de dudas, llegamos al rellano del primer piso y miramos hacia el corredor. El corredor estaba bien iluminado por medio de una ancha ventana situada al fondo del, mismo. Dos habitaciones daban al corredor, una a cada lado. Las puertas de ambas estaban entornadas.

La primera habitación a la que echamos un vistazo era una especie de escritorio y biblioteca. Ya he dicho que Simpson no era un montañés común y corriente. Era en verdad un hombre que leía mucho y se mantenía al tanto de las mejores publicaciones de la literatura de actualidad.

La segunda habitación era el dormitorio. Su puerta ordinaria, hecha con tablones alisados, se abría hacia afuera.

Oscilaba en nuestra dirección, medio abierta, y en el estrecho corredor tuvimos que abrirla aún más para poder pasar. Entonces ...

¡Dios mío! —dijo Jim.

Los dos miramos, clavados al piso. Nunca olvidaré el total asombro de ese momento. Porque más allá de la puerta, donde tendría que haber estado un dormitorio, había ...

— ¡Oh, es imposible! —murmuré.

Aparté la vista. Efectivamente, estaba en un estrecho corredor, en una casa. Entonces volví a mirar y tuve la sensación de contemplar el vacío del espacio ilimitado. Mis dedos temblorosos aferraron el brazo de Jim. No me asusto fácilmente. La gente de mi profesión —la aviación— debe tener los nervios muy templados. Sin embargo, había algo tan extraño, tan fantástico, en lo que estaba viendo, que confieso haber sentido una oleada de terror. 

El espacio se extendía a la distancia en todas las direcciones más allá de aquella puerta, en la misma forma en que el espacio se extiende ante el que, acostado de espaldas en un día despejado, contempla el cielo. Pero este espacio no estaba brillantemente iluminado por la luz del sol. Era un espacio tenebroso, gris, que infundía miedo; un espacio en el que no se distinguían ni estrellas, ni la luna, ni el sol. Y era un espacio que tenía —aparte de su tenebrosidad— una propiedad de oblicuidad ...

—Jim —murmuré roncamente—. ¿También tú lo ves?

Sí, Bill, sí.

¿Qué es eso?

No sé. Quizás una ilusión óptica. Algo ha trastornado la perspectiva de esa habitación.

¿Trastornado?

Estoy tratando de pensar.

Caviló durante un momento. Aunque ejerce la medicina, Jim se interesa por la física y las matemáticas superiores. Sus artículos sobre la teoría de la relatividad han aparecido en muchas publicaciones científicas.

El espacio —dijo— no tiene una existencia independiente de la materia. Eso lo sabes. Ni tampoco independiente del tiempo.

Hizo rápidos gestos: —Está la noción de Einstein que considera a la materia como una caprichosa torsión del espacio, y al universo como algo a la vez finito e infinito. Es muy abstruso y difícil de entender —sacudió la cabeza—. Pero en el espacio exterior, mucho más allá del alcance de nuestros telescopios más potentes, puede que las cosas no funcionen exactamente como en la Tierra. Las leyes pueden cambiar, y pueden existir fenómenos exactamente contrarios a aquellos que nos son habituales. Dejó de hablar. Yo lo miré, fascinado.

— ¡Y ese meteorito venido de donde solo Dios sabe! —hizo una breve pausa—. Estoy convencido de que este fenómeno que presenciamos está relacionado con él. En ese meteorito ha venido algo que se ha introducido en esta habitación, algo que posee extrañas propiedades, que tiene el poder de distorsionar, torcer ... —su voz se apagó.

Miré con temor por la puerta abierta. —Cielos —dije—, ¿qué puede ser? ¿Qué es lo que tendría el poder de producir semejante ilusión?

—Si es que realmente es una ilusión —murmuró Jim—. Quizá no sea una ilusión en mayor medida que el ambiente en el que trascurre nuestra existencia, y que rara vez cuestionamos. No te olvides que Simpson anduvo perdido en él durante horas. Oh, parece fantástico, imposible, lo sé, y al principio creí que estaba delirando; pero ahora ... ahora ... —Se enderezó bruscamente—. La señora Simpson se encuentra en alguna parte de esa habitación, de ese increíble espacio, quizá vagando, perdida, asustada. Voy a entrar.

Le supliqué que , lo pensara bien. —Si tú vas, yo también iré —dije.

Se soltó de mi mano que lo aferraba. —No, tú debes permanecer junto a la puerta para guiarme con tu voz.

A pesar de mis nuevas protestas, atravesó el vano de la puerta. Al hacerlo, pareció como que iba a caer en la eternidad de la nada.

— ¡Jim! —llamé aterrorizado. Miró hacia atrás, pero no pude saber si había oído mi voz. Después dijo que no la había oído.

Era horripilante verlo caminar: una figura solitaria en medio del infinito. Les aseguro que era la visión más fantástica e increíble que jamás ¿a visto un ojo humano. Debo estar dormido, soñando, pensé, esto no puede ser real.

Tuve que apartar la vista para asegurarme, dando una mirada al corredor, de que estaba en verdad despierto. La habitación tenía como máximo apenas nueve metros desde la puerta hasta la pared; sin embargo Jim seguía y seguía, descendiendo por una eterna perspectiva de gris lejanía, hasta que su figura empezó a encogerse, a disminuir. 

Volví a gritar: — ¡Jim! ¡Jim! ¡Regresa, Jim!—. Pero en el preciso instante en que grité, su figura fluctuó, desapareció, y en toda la vasta y solitaria extensión de aquel tenebroso vacío, en ninguna parte se lo podía ver: ¡en ninguna parte! 

Me pregunto si alguien puede imaginar sólo una parte de las emociones que me asaltaron en aquel momento. Me agaché junto al vano de la puerta de aquella increíble habitación, presa de los más horribles temores y conjeturas. Inmediatamente grité: — ¡Jim! ¡Jim! —pero ninguna voz respondió, ninguna figura familiar se asomó a mi vista. 

El sol estaba alto en el cielo cuando bajé lentamente la escalera y salí al exterior. Simpson todavía estaba durmiendo en el sofá, con el sueño del agotamiento. Recordé que había dicho haber oído nuestras voces que lo llamaban mientras erraba por el espacio gris, y esto me vino a la memoria de un modo ominoso y como un presagio de algo desastroso, ya que, aparentemente, mi voz no había llegado en ningún momento a los oídos de Jim, y ningún sonido había llegado a mis propios oídos desde las fantásticas profundidades.

Tras largas horas de vigilancia en el estrecho corredor, con la vista clavada en el extraño espacio, bendije el día soleado con una inenarrable sensación de alivio, de haber escapado de algo horrible y anormal. Los burros estaban quietos a la sombra de una encina, con las cabezas bajas. Muy metódicamente, les retiré la carga; luego llené mi pipa y la encendí, haciendo todo lentamente, con cuidado, como si me hubiese dado cuenta de la necesidad de tranquilidad y de calma. 

La cordura de un hombre depende a menudo de pequeñeces como ésas. Y durante todo el tiempo miraba la casa, la parte superior de la misma, donde se encontraba la extraordinaria habitación. En sus paredes se veían algunas grietas y, sobre ellas, el techo se encontraba torcido y destrozado. Me pregunté cómo podía aquello ser posible. ¿Cómo era posible que dentro de los estrechos límites de una sola habitación, pudiera existir el fenómeno del espacio infinito? 

Einstein, Eddington, Jeans: yo había leído sus teorías, y Jim podía estar en lo cierto; pero ¡qué extraordinario era todo aquello, qué horrible! Tú estás loco, Bill, —me dije—, loco, ¡loco! Pero estaban los burros, estaba la casa. 

Una tanagra escarlata pasó volando, un gavilán daba vueltas en lo alto, una bandada de codornices de montaña, las del anillo en cuello, echó a correr por entre los matorrales enmarañados. No, yo no estaba loco, no podía estar soñando, y Jim ... ¡Jim estaba en alguna parte de aquella habitación maldita, de esa distorsión venida del espacio, perdido, vagando!

Fue lo más valeroso que hice en mi vida: volver a entrar en aquella casa, subir aquella escalera. Tuve que obligarme a hacerlo, ya que estaba desesperadamente aterrorizado y arrastraba los pies. Pero el rancho de Simpson sé encontraba en un lugar solitario, con la ciudad o el vecino más cercanos a millas de distancia. Ir a buscar socorro llevaría varias horas, y ¿de qué serviría cuando llegase? Además, Jim necesitaba ayuda, ahora mismo, inmediatamente. 

Aunque todos los nervios y fibras de mi cuerpo se rebelaban ante el pensamiento, até el extremo de una cuerda a un clavo fijo en el piso del corredor y atravesé el vano de la puerta. Inmediatamente fui tragado por el interminable espacio. 

Fue una sensación espantosa. Hasta donde llegaba mi vista, mis pies se apoyaban en la nada. Una lejanía interminable se encontraba tanto debajo como encima de mí. Enfermo y aturdido, me detuve y miré hacia atrás, pero el vano de la puerta había desaparecido.

Tan solo la cuerda arrollada en mis manos, y la pesada pistola que llevaba en la cintura, me libraban de caer en el pánico total.

Mientras avanzaba, iba aflojando lentamente la cuerda. Al principio, ésta se extendía por el infinito como una sinuosa serpiente. De pronto, repentinamente, toda ella desapareció a excepción de unos pocos metros. Tiré con temor del extremo que tenía en mis manos. Resistió el tirón. La cuerda aún estaba allí, aunque era invisible a mis ojos, totalmente desenrollada; a pesar de eso, yo no estaba más cerca de los límites de esa habitación. 

Allí quieto, rodeado por el vacío por arriba, alrededor, y debajo de mí, supe el significado de la completa desolación, del miedo y la soledad. Anduve a tientas por uno y otro lado, con el extremo de mi soga. Jim debía estar en alguna parte, buscando y tanteando él también.     — ¡Jim! —grité; y lo milagroso fue que pareció como si en mi propio oído la voz de Jim gritara: — ¡Bill! ¡Bill! ¿Eres tú, Bill?

Sí —casi sollocé—. ¿Dónde estás, Jim?

—No sé. Este lugar me desconcierta. He estado vagando por él durante horas. Escucha, Bill: todo aquí está desenfocado, la materia se tuerce, la luz se curva. ¿Puedes oírme, Bill?

Sí, sí. Yo también estoy aquí, aferrado al extremo de una cuerda que conduce a la puerta. Si pudieras seguir el sonido de mi voz ...

—Estoy tratando de hacerlo. Debemos estar muy cerca uno del otro. Bill... —su voz se debilitó, lejana.

¡Aquí! —grité—. ¡Aquí!

A lo lejos oí su voz que llamaba, mientras se alejaba.

—Por Dios, Jim, ¡por aquí! ¡Por aquí!

Súbitamente el pavoroso espacio pareció moverse, arremolinarse —no puedo describir de otro modo lo que ocurrió— y durante un instante, en la remota lejanía alcancé a ver la figura de Jim. 

Estaba trepando una interminable colina, muy lejos de mí; trepaba y trepaba; un punto negro contra la inmensidad de la nada. De pronto el punto fluctuó, se extinguió, y desapareció. 

Enfermo de un horror de pesadilla, caí de rodillas, e incluso, mientras lo hacía, mi corazón latió de tal modo que pareció que iba a salirse de mi pecho, al darme cuenta de otro desastre. ¡En mi excitación al tratar de llamar la atención de Jim, había dejado caer la cuerda!

El pánico me asaltó, y trató de dominarme, pero logré rechazarlo. Mantén la calma, me dije; no te muevas, no pierdas la cabeza; la cuerda tiene que estar a tus pies. Pero aunque busqué a tientas en todas las direcciones, no pude encontrarla. 

Traté de recordar si me había movido de mi posición originaria. Probablemente me había apartado de ella un paso o dos; pero ¿en qué dirección? Imposible responder a eso. En esa infernal distorsión del espacio y de la materia, no había nada con lo cual se pudiera determinar la dirección. Sin embargo no abandoné, no pude abandonar las esperanzas. La cuerda era lo único que podía guiarme al mundo exterior, al mundo de la vida y de los fenómenos normales.

Busqué por todos lados, desatinada y frenéticamente, pero en vano. Por fin me obligué a permanecer enteramente quieto, con los ojos cerrados para no ver el horripilante vacío. Mi cerebro funcionaba caóticamente. 

En una habitación de nueve metros estábamos perdidos Jim, una mujer, y yo, sin poder encontrarnos uno al otro: era algo imposible, increíble. Con los dedos temblorosos extraje mi pipa, puse tabaco en la tabaquera ennegrecida y acerqué un fósforo. ¡Doy gracias a Dios por la nicotina! 

Mis pensamientos fluyeron con mayor claridad. Por increíble que pareciera, estaba ahí, ni loco ni dormido. Algún capricho de las circunstancias había permitido que Simpson saliera tambaleándose de la trampa de aquella ilusión, pero ese capricho había sido evidentemente uno entre mil. Jim y yo podíamos seguir vagando en las extrañas profundidades hasta morir de hambre y agotamiento.

Abrí los ojos. La claridad grisácea del espacio —una claridad provista de una sutil oblicuidad— todavía me rodeaba. En alguna parte, a pocos metros de donde me encontraba —tal como se calcula la distancia de un mundo tridimensional—, debía estar Jim parado o caminando. Pero este espacio no era tridimensional. 

Era una fantástica dimensión procedente de más allá del sistema solar, y que la mente humana nunca podría tener la esperanza de conocer o entender. Y era terrorífico pensar que dentro de sus profundidades Jim y yo podíamos estar separados por miles de kilómetros, estando sin embargo uno junto al otro.

Seguí caminando. No podía permanecer quieto para siempre. Dios mío, pensé, tiene que haber alguna forma de salir de este horrible lugar, ¡tiene que existir una! Una y otra vez grité el nombre de Jim. Después de un rato eché un vistazo a mi reloj, pero había dejado de andar. 

Me empezaban a doler todos los músculos del cuerpo, y la sed estaba agregando sus torturas a las de la mente. — ¡Jim! —grité roncamente, una y otra vez; pero el silencio me oprimió hasta tal punto que sentí ganas de dar alaridos.

Traten de imaginarlo si pueden. Aunque caminaba sobre una materia lo suficientemente sólida como para soportar mis pies, el espacio se extendía aparentemente tanto por debajo como por arriba. Por momentos tenía la impresión de estar al revés, de caminar cabeza para abajo. 

Experimentaba la fantástica sensación de ser trasladado de un lugar a otro sin necesidad de que mediara ninguna acción. ¡Dios mío!, rogué para mis adentros, ¡Dios mío! Caí de rodillas, apretándome los ojos con las manos. Pero, ¿de qué me servía eso? ¿De qué me servía cualquier cosa? Vacilé sobre mis pies, luchando contra el terror mortal que me corroía el corazón, y me obligué a caminar lentamente, sin prisa, contando los pasos, uno, dos, tres,...

No sabría decir cuándo empecé a advertir la débil irradiación. Era como una irradiación de calor, solo que más sutil, como ondas de calor que salieran de un horno abierto. Me froté los ojos y miré, tenso. Efectivamente, desde alguna fuente invisible se estaban propagando ondas de energía. Las vi vibrar a lo lejos, en las ilimitadas profundidades del espacio; pero pronto advertí que estaba condenado —como un satélite fijo en su órbita— a viajar por un inmenso círculo del cual ellas eran el centro.

¡Y tal vez en aquella dirección se encontraba la puerta!

Lleno de desesperación, volví a caer de, rodillas, y arrodillado pensé tristemente: Este es el fin, no hay forma de salir de aquí, y con más calma de la que había tenido durante horas —existe una calma en la desesperación, un abandono fatalista de la lucha— alcé mi cabeza y miré apáticamente en torno.

Extraño, extraño; fantástico y extraño. ¿Podía esto ser real, lo era yo mismo? ¿Podía encontrarse la inmensidad de la nada en un radio de nueve metros, podía haber sido causada por algo venido del espacio, algo traído por el meteoro, algo que podía distorsionar, torcer?

¡Distorsionar, torcer!

Al ver que comenzaba a comprender, proferí un juramento mientras me ponía de pie y contemplaba la trémula radiación. ¿Por qué no podía acercarme a ella? ¿Qué fuerza extraña e invisible lo impedía? ¿Se debía a que la fuente de ese increíble espacio se encontraba escondida allí? Ah, les aseguro que estaba enloquecido, algo demente; pero, al mismo tiempo, conservaba cierta serenidad y claridad de pensamiento. 

Extraje la pesada pistola de su funda. Una frase dicha por Jim resonaba continuamente en mi cabeza: Vibración, vibración, todas las cosas son modos variables de vibración. Sin embargo tuve un momento de vacilación. Además de mí, en ese increíble espacio se encontraban perdidos otros dos, y ¿qué pasaría si llegaba a herir a alguno de ellos? Me dije que eso era preferible a perecer sin luchar.

Levanté la pistola. La trémula radiación era algo mortífero, hostil; las ondas de energía que se difundían eran repugnantes tentáculos que se estiraban para matar.

Murmuré una maldición, y apreté el gatillo.

De lo que siguió solo conservo un recuerdo caleidoscópico y caótico. El vacío grisáceo pareció contraerse y expandirse. Vi alternativamente el espacio y la habitación, la habitación y el espacio; a través de los intersticios de este desconcertante cambio me miraba algo indescriptiblemente repugnante, algo que acechaba desde el centro de un globo de cristal que mis tiros habían perforado. 

A través de los orificios dejados por las balas, de este cristal fluía lentamente un vapor, y mientras fluía, la criatura que se encontraba adentro del globo se agitaba y se retorcía; y mientras se agitaba yo tenía la sensación de ser levantado y bajado, levantado y bajado; de la habitación, al espacio vacío. 

Entonces, de repente, el globo de cristal se estremeció y se partió; oí cómo se rompió con un tintineo de vidrios rotos; el vapor luminoso escapó en un remolino, el vacío grisáceo desapareció, y me encontré, enfermo y aturdido, encerrado definitivamente entre las paredes de una habitación y a una distancia de un metro de la monstruosidad que se retorcía. 

Mientras yo permanecía con los pies clavados en el piso, demasiado aturdido como para moverme, la monstruosidad se elevó. La pude ver entonces en todo su horror. Era una cosa semejante a una araña, y sin embargo, no era una araña. Se elevó más y más, hasta una altura de dos metros en el aire, mirándome fijamente con sus ojos saltones, extendiendo sus patas peludas. 

Loco de terror, fui envuelto por el abrazo de la repugnante criatura. Entonces sucedió lo que nunca podré olvidar hasta el día de mi muerte, de tan extraño que fue, tan fantástico. La imaginación, ustedes dirán, las ideas fantásticas de una mente transitoriamente perturbada. 

Tal vez, tal vez; pero repentinamente me pareció que sabía —que sabía sin lugar a dudas— que ese visitante semejante a una araña era un ser inteligente y dotado de razón. Aquellos ojos parecían penetrar hasta los más recónditos lugares de mi cerebro; parecían establecer una especie de comunicación entre el ser que se encontraba detrás de ellos y yo.

No era una inteligencia maligna —me di cuenta de eso—; pero comparándolo conmigo era algo lejano, que tenía algo de divino. Y sin embargo, era una inteligencia mortal. Mis balas habían destrozado su envoltura protectora, habían alcanzado su cuerpo vulnerable, y, en lo que a él mismo respecta, se encontraba en la propia agonía de la muerte. 

Todo esto lo percibí, todo esto me lo dijo, no a través del habla, sino a través de algún sutil proceso de trasferencia de imágenes, que no tengo esperanzas de poder explicar. Me pareció ver un lugar fantástico y gris donde se hacían girar delicados diseños geométricos, y donde dibujos de plata rielaban y brillaban: la morada del extraño visitante del espacio exterior. Tal vez las células receptoras de mi cerebro no estaban lo suficientemente desarrolladas como para recibir todas las impresiones que trataba de comunicar.

Nada era claro, preciso, nada era definido. Tuve la penosa conciencia de que gran parte se estaba escapando de mi cerebro, sin haber sido puesto en correlación ni registrado. Pero un meteorito estaba volando por la oscuridad del espacio y lo vi caer a tierra. Vi cómo una parte se desprendía y daba vueltas, atravesaba el techo de la casa de Simpson y se introducía en el dormitorio. Y vi cómo el extraño visitante de más allá de nuestro universo utilizaba el increíble poder que poseía para distorsionar el espacio, alisar las porciones de materia que lo componían y disfrazar su persona con un velo de infinitud mientras estudiaba el ambiente extraño, para él, donde había caído.

Y luego todas sus agonizantes emociones parecieron precipitarse de golpe sobré mí y capté —sentí lo que estaba pensando. Había hecho un viaje desde un sistema estelar a otro, había aterrizado a salvo en la Tierra, a un billón, a un billón de años luz de distancia; pero jamás podría retornar a su remoto mundo para narrar su triunfo ... nunca ... ¡nunca jamás! 

Me pareció comprender todo eso, entenderlo, captar en algo así como una fracción de segundo, su soledad y su dolor, su tremenda nostalgia; entonces sus peludas extremidades aflojaron el abrazo; el horrible cuerpo se dobló sobre sí mismo; y mientras lo contemplaba tendido en el piso, cobré súbitamente conciencia de la señora Simpson, acurrucada, sana y salva, en un rincón de la habitación, y de Jim, que se encontraba de pie junto a mí, y me aferraba el brazo.

Bill —dijo roncamente—, ¿estás herido? Y luego con un susurro: —¿Qué es? ¿Qué es?

No sé —respondí con voz ahogada—. No sé. Pero sea lo que fuere, ya ha muerto ... la Distorsión que vino del Espacio.

Entonces, inexplicablemente, me cubrí el rostro con las manos y comencé a llorar.