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Los cuatro hombres justos - Edgar Wallace

La codicia de Billy Marks

—¡Maldito imbécil! ¡Idiota del infierno! —tronó el detective, asiendo a Billy por el cuello de la camisa y zarandeándolo como a una rata—. ¿Te atreves a decirme que tuviste a uno de los Cuatro Hombres Justos en tus manos y ni siquiera te tomaste la molestia de mirarlo?

—¡Déjeme en paz! —gritó en tono de desafío—. ¿Cómo podía saber que era uno de los Cuatro Hombres Justos, y cómo sabe usted que lo era? —añadió, con un mohín de astucia. Su mente estaba entrando rápidamente en acción. Veía en esta asombrosa declaración del detective una ocasión de hacer fortuna a costa de la situación que minutos antes considerara singularmente desdichada.

—Lo cierto es que los vi de refilón —murmuró—. Ellos…

—¿Los viste? ¿A ellos? —dijo al instante Falmouth—. ¿Cuántos eran?

—Eso no importa —dijo Billy poniendo cara larga. Sentía la fuerza de su posición.

—Billy —le amonestó el detective gravemente—. Hablo en serio. Si sabes algo tendrás que decírnoslo.

—¡Ajajá! —exclamó el prisionero en tono desafiante—. Conque ¿tendré que decirlo, eh? Bien, conozco la ley tan bien como usted… No puede obligar a hablar a un fulano si este no quiere… No puede…

Falmouth hizo señas a los otros policías para que se retirasen, y, cuando ni él ni Billy podían ser escuchados por aquellos, susurró:

—Harry Moss salió la semana pasada.

Billy enrojeció y bajó la mirada.

—No conozco a ningún Harry Moss —musitó cínicamente.

—Harry Moss salió la semana pasada —repitió Falmouth con sequedad—, después de cumplir tres años por robo con escalo…, tres años y diez azotes.

—No sé nada de eso —dijo Billy Marks, siguiendo en sus trece.

—Logró huir y la policía no dio con su pista —prosiguió el superintendente, sin apiadarse de su oyente—, y no hubieran podido echarle el guante a no ser…, a no ser por «una información recibida». Gracias a esto lo sacaron una noche de su cama, en Leman Street.

Billy se pasó la lengua por sus resecos labios, pero no habló.

—A Harry Moss le gustaría mucho saber a quién le debe esos tres años… y los diez latigazos. Los hombres que han probado el gato tienen una gran memoria, Billy.

—¡Esto no es jugar limpio, señor Falmouth! —exclamó el ratero con voz gruesa—. Yo…, yo estaba sin blanca…, y Harry Moss no era comparsa mío…, y la poli quería saber si…

—Y la poli también quiere saber cosas ahora —le cortó Falmouth.

Billy Marks tardó unos momentos en decidirse.

—Le diré todo lo que hay que decir —concedió al fin, y se aclaró la garganta. El superintendente lo detuvo con la mano.

—Aquí no —llamó al sargento de servicio—. Sargento, deje libre a Billy Marks, bajo mi responsabilidad.

El humorismo de la situación no se le escapó a Billy, que desplegó una amplia sonrisa ovejuna, recobrando sus ánimos.

—La primera vez que la poli responde por mí —observó.

El automóvil condujo al superintendente y a Billy a Scotland Yard, y ya en el despacho del primero, el ratero se dispuso a descargarse de culpas.

—Antes de empezar —dijo Falmouth—, quiero advertirte que debes ser lo más conciso posible. Cada minuto es precioso.

Billy contó su historia. A pesar de la advertencia, hubo florilegios, que el superintendente se vio obligado a escuchar pacientemente.

Al fin, el carterista llegó al punto álgido de la narración.

—Eran dos, uno alto y otro menos alto. Oí que uno decía: «Mi querido George…». Esto lo dijo el pequeño, el mismo a quien le quité el «tictac» y la libreta. —De repente preguntó—: ¿Había algo en la libreta?

—Continúa.

—Bien —siguió Billy—, los seguí hasta el final de la calle, y estaban esperando poder cruzar hacia Charing Cross Road cuando me hice con el reloj, ¿comprende?

—¿Qué hora era?

—Las diez y media…, aunque también podían ser las once.

—¿No les viste las caras?

El ladrón negó enfáticamente con la cabeza.

—Que no pueda nunca levantarme de esta silla si miento, señor Falmouth. No les vi la cara.

El superintendente se incorporó suspirando.

—Temo que no me has ayudado mucho, Billy —murmuró pesarosamente—. ¿Notaste si llevaban barba, o si estaban bien afeitados, o si…?

—Podría decirle una mentira fácilmente, señor Falmouth —interrumpió Billy con sinceridad—, y podría fabricar un cuento con el que usted picaría, pero me estoy portando como un caballero con usted.

El detective, reconociendo la sinceridad del otro, asintió.

—Has hecho lo que has podido, Billy —concedió—. Te diré lo que vas a hacer. Tú eres la única persona del mundo que ha visto a alguno de los Cuatro Hombres Justos… y vives para poder contarlo. Ahora bien, aunque no recuerdes su rostro, tal vez si volvieses a ver por la calle a tu víctima la reconocerías. Puede haber algún detalle en su andar, algún modo especial de llevar las manos…, algo, en fin, que no puedes recordar ahora, pero que reconocerías si volvieras a verlo. Por consiguiente, aceptaré la responsabilidad de dejarte en libertad hasta pasado mañana. Quiero que encuentres al hombre a quien robaste. Aquí tiene un soberano. Vete a casa, duerme un poco, sal a la calle cuanto antes y marcha hacia la zona céntrica, con los ojos muy abiertos —el superintendente se aproximó al escritorio y escribió unas palabras en una tarjeta—. Toma esto. Si ves al individuo o a su compañero, síguelos, muestra esta tarjeta al primer policía que veas, señálale el hombre y te acostarás mil libras más rico que cuando te levantaste.

Billy cogió la tarjeta.

—Si en algún momento me necesitas, aquí encontrarás a alguien que sabrá indicarte dónde estoy. Buenas noches —y Billy salió a la calle con la mente como un tiovivo y con una autorización policial escrita en una tarjeta de visita que guardaba en un bolsillo de su chaleco.

La mañana que iba a ser testigo de grandes acontecimientos amaneció clara y brillante sobre Londres. Manfred, que, en contra de su costumbre, había pasado la noche en el taller de Carnaby Street, contemplaba la aurora desde la azotea del edificio.

Yacía boca arriba, sobre una alfombra, con la cabeza recostada en sus manos. La aurora, con su luz blanca y despiadada, ponía al descubierto su enérgico rostro, arrugado y ojeroso. Las hebras blancas de su bien recortada barba quedaban acentuadas por aquella luz. Parecía fatigado y descorazonado, de un modo tan poco usual en él que González, que había subido por la trampilla unos minutos antes de salir el sol, estuvo tan próximo a alarmarse como su carácter flemático le permitía. Le tocó en un brazo y Manfred se sobresaltó.

—¿Qué sucede? —preguntó León suavemente.

La sonrisa y el movimiento de cabeza de Manfred no tranquilizaron a González.

—¿Es por Poiccart y el ladrón?

—Sí —asintió Manfred. Y añadió—: ¿Has sentido en alguno de nuestros casos anteriores la misma sensación que en este?

Hablaban en tono próximo al susurro. González tendió la mirada al frente, pensativamente.

—Sí —admitió—, una vez… En el caso de la mujer de Varsovia. Recuerda cuán fácil parecía todo, y cómo una circunstancia tras otra fue embrollando los hechos…, hasta que comencé a sentir la sensación, al igual que ahora, de que fracasaríamos.

—¡No, no, no! —exclamó Manfred ferozmente—. ¡No hay que hablar de fracaso, León, ni pensar en ello tampoco!

Se arrastró hacia la trampa y descendió al corredor, seguido de León.

—¿Y Terrí? —inquirió.

—Duerme.

Se disponían a entrar en el estudio, y Manfred tenía ya la mano en el pomo de la puerta, cuando sonaron unas pisadas en la planta baja.

—¿Quién hay ahí? —gritó Manfred, y un silbido suave les hizo bajar las escaleras como relámpagos.

—¡Poiccart! —exclamó Manfred.

En efecto, era Poiccart, sin afeitar, sucio y alicaído.

—¡Habla! —le urgió Manfred, con rudeza casi brutal.

—Vamos arriba —dijo Poiccart secamente.

Ascendieron la polvorienta escalera, y no pronunciaron ni una palabra hasta llegar a la salita de estar.

Entonces habló Poiccart.

—Hasta las estrellas en su curso luchan contra nosotros —comenzó, dejándose caer en el único asiento cómodo de la estancia y arrojando el sombrero a un rincón—. El tipo que me robó la libreta ha sido arrestado. Es un delincuente bastante conocido, un descuidero habitual, y por desgracia estaba anoche bajo vigilancia. Hallaron la libreta en su poder, y no hubiese ocurrido nada a no ser por un agente de policía de sagacidad poco acostumbrada, que asoció el contenido con nosotros.

»Cuando me separé de ti —miró a Manfred—, marché a casa, me cambié de ropa y me dirigí a Downing Street. Me mezclé entre los curiosos que se agrupaban ante la entrada de la residencia ministerial. Sabía que Falmouth estaba allí, de modo que tenía la seguridad de que si efectuaba algún descubrimiento lo comunicarían inmediatamente a Downing Street. Por otra parte, estaba prácticamente seguro de que mi ladrón era un carterista vulgar y que si teníamos algo que temer se debería solamente a su arresto. Mientras estaba allí, llegó un coche, del que se apeó un individuo con muestras de gran excitación. Era obviamente un policía. Apenas había tenido yo el tiempo justo para parar un coche de punto, cuando salieron a toda prisa Falmouth y el recién llegado. Los seguí en el coche lo más deprisa posible, aunque sin despertar la curiosidad del conductor. Naturalmente, permití que nos llevaran bastante delantera, pero su destino era tan claro como la luz. Despedí el coche en la esquina de la calle donde está la comisaría, y unos pasos más allá, tal como esperaba, el automóvil de Falmouth estaba aparcado frente a la entrada.

»Conseguí echar un fugaz vistazo a la sala de declaraciones, y a pesar de que temía que llevaran a cabo el interrogatorio en una celda, tuve la gran suerte de que hubieran elegido aquella sala. Vi a Falmouth, al policía y al prisionero. Este es un tipo de rostro depravado, mentón largo y mirada huidiza… No, no, León, no me preguntes por su fisonomía ahora… El vistazo que eché tuvo solamente propósitos fotográficos… Deseaba poder reconocerlo en cualquier otra ocasión.

»En aquella fracción de segundo capté la ira de Falmouth y la expresión retadora del ladrón, y comprendí que no podría reconocernos.

—Ah… —suspiró Manfred, aliviado, lo que marcó una pausa en el discurso de Poiccart.

—De todos modos, quise asegurarme —prosiguió aquel unos instantes después—. Retrocedí sobre mis pasos. De repente, oí a mis espaldas el zumbido del auto, que se adelantó. Distinguí a Falmouth y al ladrón, y supuse que se lo llevaban a Scotland Yard.

»Me pareció conveniente volver a mi vez a Scotland Yard; sentí curiosidad por saber qué intentaba hacer la policía con su nuevo recluta. Me aposté en un lugar desde donde podía divisar la entrada de la calle, y aguardé. Un rato después el ratero salió solo. Su andar era ligero y decidido. Un vistazo que capté de su semblante me reveló una extraña mezcla de perplejidad y júbilo. Torció por el Embankment y lo seguí de cerca.

—Corrías el peligro de que la policía le siguiese a él —observó González.

—En cuanto a eso, me sentía perfectamente tranquilo —replicó Poiccart—. Hice una inspección muy cuidadosa antes de actuar. Al parecer, la policía se contentó con dejarlo vagar libremente. Cuando llegó a la escalinata del Temple, se detuvo y miró con indecisión a derecha e izquierda, como si no estuviese muy seguro de lo que debía hacer. En aquel momento me aproximé, pasé por su lado y seguidamente di media vuelta, hurgándome los bolsillos.

»—¿Sería tan amable de darme fuego? —pedí.

»Fue muy afable. Sacó una caja de cerillas y me la ofreció.

»Saqué una, las rasqué y encendí mi cigarro, sosteniendo la cerilla en tal posición que él pudiera verme el rostro a la luz de la llama.

—Una medida prudente —comentó Manfred con gravedad.

—También yo pude ver su cara, y con el rabillo del ojo observé cómo examinaba mis facciones una a una. Sin embargo, no dio señal alguna de haberme reconocido y empecé a hablar con él. Permanecimos allí unos momentos y luego, como por mutuo acuerdo, echamos a andar en dirección a Blackfriars y atravesamos el puente, charlando de modo intrascendente sobre la pobreza general, el tiempo y las noticias de la prensa. Al otro lado del puente hay un tenderete donde sirven café. Decidí entonces dar mi siguiente paso. Le invité a un café, y cuando nos pusieron delante las tazas, puse un soberano sobre el mostrador. El dueño del negocio sacudió la cabeza y alegó que no tenía cambio.

»—¿No tendrá cambio su amigo? —preguntó.

»Fue entonces cuando la vanidad del ladronzuelo me reveló lo que yo quería saber. Sacó del bolsillo, con aire indiferente…, un soberano.

»—Es todo lo que llevo —dijo con voz cansina.

»Encontré en mis bolsillos unas monedas de cobre y pagué. Necesitaba pensar con rapidez. Aquel individuo había dicho algo a la policía, algo que valía un soberano… ¿Qué era? No podía ser una descripción de nosotros, puesto que me habría reconocido cuando encendí el cigarro, o, al menos, estando allí, bajo la luz de la improvisada cafetería. Y, de repente, un frío temor me asaltó. Quizá me había reconocido y, con su astucia de pícaro, me estaba entreteniendo hasta poder conseguir la ayuda de un agente.

Poiccart hizo una pausa momentánea y sacó del bolsillo una ampolla, que puso con cuidado sobre la mesa.

—Estuvo más cerca de la muerte que en ningún otro momento de su vida —prosiguió calmosamente—, pero en cierto modo mis sospechas se desvanecieron. Durante nuestro paseo habíamos pasado por delante de tres policías, y él no había aprovechado esta oportunidad.

»Se tomó el café y dijo:

»—Debo ir yendo ya para casa.

»—¿Tan pronto? —exclamé sonriendo; luego añadí—: En realidad, también yo debería estar de regreso para casa. Mañana me espera mucho trabajo.

»Me miró de reojo.

»—También a mí —afirmó sonriendo—, aunque no sé si podré hacerlo.

»Habíamos dejado el tenderete y en aquel momento estábamos parados bajo un farol, en la esquina de la calle.

»Sabía que sólo disponía de unos instantes para obtener la información que necesitaba… de manera que obré con osadía, yendo directamente al grano.

»—¿Qué le parecen esos Cuatro Hombres Justos? —le pregunté, en el preciso momento en que se disponía a marcharse. Dio media vuelta inmediatamente.

»—¿Y usted qué opina de ellos? —inquirió a su vez.

»A partir de aquí, poco a poco, fui entrelazando la conversación hasta llegar al tema de la identidad de los Cuatro. Él estaba ansioso por hablar de ellos y por saber lo que yo pensaba, pero lo que más le interesaba era la cuestión de la recompensa. Sí, esto le absorbía, y de repente se inclinó hacia mí, y, dándome unos golpecitos en el pecho con su sucio índice, empezó a establecer hipótesis.

Poiccart se echó a reír…, pero su carcajada terminó con un soñoliento bostezo.

—Ya conocéis esa clase de preguntas —agregó—, y sabéis cuán ingenuos son los iletrados cuando tratan de disimular su identidad por medio de elaboradas hipótesis. Bien, he aquí la historia. Él (se llama Billy Marks) cree que podría llegar a reconocer a uno de nosotros por un azar de la memoria. Para posibilitarle hacer esto lo han dejado en libertad provisional…, y hoy tendrá que explorar Londres, según dijo.

—Pues tendrá un día muy ajetreado —rió Manfred.

—Exacto —asintió Poiccart—, pero oíd el resto. Nos separamos y me encaminé hacia el oeste, completamente tranquilo por lo que a nuestra seguridad respecta. Fui hasta el mercado de Covent Garden, pues ya sabéis que ese es uno de los sitios de Londres donde puede ser uno visto a las cuatro de la mañana sin despertar sospechas.

»Estaba dando una vuelta por el mercado, observando ociosamente el bullicio que reina en él a aquellas horas, cuando, por alguna causa que no sé explicar, giré repentinamente sobre mis talones ¡y me hallé frente a frente con Billy Marks! Sonrió ovejunamente y me saludó con la cabeza. Sin esperar a que le preguntara las razones de su presencia allí, empezó a explicármelas.

»Acepté sus razones sin más, y por segunda vez le invité a café. Al principio vaciló, mas después aceptó. Cuando nos hubieron servido el café, apartó su taza de mí lo más lejos posible, y entonces comprendí que me había equivocado con el señor Marks, que había subestimado su inteligencia, que todo el tiempo que estuvo explayándose conmigo me estuvo reconociendo, y que había hecho todo lo posible para ahuyentar mis sospechas.

—¿Pero por qué…? —empezó Manfred.

—Eso es lo que me pregunté —le interrumpió Poiccart—. ¿Por qué no hizo que me arrestasen? —Se volvió hacia León, que escuchaba en silencio—. Dinos tú, León, ¿por qué?

—La explicación es simple —respondió González pausadamente—. ¿Por qué nos traicionó Terrí?… Codicia, la segunda fuerza más poderosa de la civilización. Duda algo de la recompensa. Tal vez no se fía de la palabra de la policía…, como es frecuente entre delincuentes. Quizá desee tener testigos —León se dirigió a la pared, donde estaba colgado su abrigo. Se lo abrochó pensativamente, se pasó una mano por la suave barbilla, y se metió en un bolsillo la ampolla que estaba sobre la mesa—. Supongo que le habrás dado esquinazo…

Poiccart asintió.

—¿Dónde vive?

—En el 700 de Red Cross Street, en el Borough. Es una pensión barata.

León cogió un lápiz de la mesa y esbozó rápidamente una cara sobre el margen de un periódico.

—¿Se le parece? —preguntó.

—Sí, mucho —asintió, sorprendido—. ¿Lo conoces?

—No —negó León con ligereza—; para tal hombre, tal rostro.

Se detuvo en el umbral.

—Creo que es necesario —en sus palabras había una nota interrogativa, dirigida principalmente a Manfred, que, cruzados los brazos y fruncido el ceño, miraba fijamente el suelo.

Por toda respuesta, Manfred extendió su apretado puño.

León vio el pulgar hacia abajo y salió de la habitación.

Billy Marks se hallaba en un dilema. Por medio del truco más ingenuo del mundo, su presa se le había escurrido de entre los dedos. Cuando Poiccart, deteniéndose ante las pulimentadas puertas del hotel más lujoso de Londres, hasta donde habían llegado, observó casualmente que tardaría sólo un segundo y desapareció por el vestíbulo, Billy se quedó anonadado. No estaba preparado para aquella contingencia. Había seguido al sospechoso desde Blackfriars; estaba casi seguro de que se trataba del individuo al que había desvalijado. Hubiera podido, de haberlo deseado, llamar al primer agente que vio para que arrestase a su presa; pero las sospechas del ladrón, el miedo a tener que compartir la recompensa con el agente que le ayudase, le hicieron contenerse. Y además, podría no tratarse del mismo individuo, decíase Billy para sus adentros, y no obstante…

Poiccart era un químico; un individuo que encontraba su gozo en precipitados malsanos; que mezclaba pestilentes compuestos; que destilaba, filtraba, carbonataba, oxidaba y hacía toda guisa de operaciones en aparatos de cristal, con los productos vegetales, animales y minerales de la Tierra.

Billy había salido de Scotland Yard en busca de un hombre que tenía una mano descolorida. Sí, de haber temido menos la traición de la policía, hubiese puesto en manos de esta una marca de identificación altamente valiosa.

Parece una excusa muy pobre alegar en favor de Billy que fue solo su codicia lo que le frenó cuando se halló frente a frente del hombre que buscaba. Y, sin embargo, así fue. Además, existía una operación de multiplicar muy sencilla. Si un Hombre Justo valía mil libras, ¿cuál era el valor comercial de cuatro? Billy era un ladrón con cabeza para los negocios. En su trabajo diario no producía desperdicios. No era un conservador que se conformase con un solo ramo de su profesión. Lo mismo pescaba un reloj, que limpiaba una caja registradora, o pasaba florines falsos.

Era una mariposa del crimen, revoloteando de una flor ilícita a otra, y no desdeñaba figurar como el «X» de alguna «información recibida».

Por eso, cuando Poiccart desapareció por detrás de las magníficas puertas del Royal Hotel, en Northumberland Avenue, Billy se quedó perplejo. Comprendió en un santiamén que su cautivo había entrado en un lugar adonde él no podía seguirlo sin poner sus cartas boca arriba, y que, si no ponía el remedio, existían muchas probabilidades de que su presa hubiese desaparecido para siempre.

Miró arriba y abajo de la calle. No había ningún policía a la vista. En el vestíbulo, un mozo en mangas de camisa estaba frotando los bronces. Era aún muy temprano; las calles estaban desiertas, y Billy, tras unos momentos de vacilación, dio un paso que jamás hubiese dado a una hora más convencional.

Empujó las puertas de vaivén y pasó al vestíbulo. El mozo lo miró, favoreciéndolo con un suspicaz fruncimiento.

—¿Qué quiere? —preguntó, desaprobando con la mirada el raído abrigo del visitante.

—Escucha, colega… —empezó Billy en su tono más conciliador.

Fue entonces cuando el musculoso brazo derecho del mozo lo asió por el cuello del abrigo, y Billy se vio dando trompicones en la calle.

—Fuera…, largo de aquí —ordenó el mozo con firmeza.

Fue necesario este desaire para engendrar en Billy la energía precisa. Se alisó el encarrujado abrigo, sacó del bolsillo la tarjeta firmada por Falmouth y volvió a la carga con dignidad.

—Soy policía —anunció, adoptando el aire que conocía tan bien—, y ¡mucho cuidado, joven, con interferirse en mi labor!

El mozo cogió la tarjeta y la examinó a conciencia.

—¿Qué desea? —preguntó en tono más cívico. Hubiera añadido «señor» si la palabra no se le hubiese atascado en la garganta. Si el recién llegado era un detective, pensó, el disfraz era perfecto.

—Necesito al caballero que entró antes de mí —dijo Billy.

El mozo se rascó la cabeza.

—¿Cuál es el número de su habitación?

—No importa el número de su habitación —gruñó Billy rápidamente—. ¿Hay alguna salida trasera en este hotel…, alguna salida que pueda utilizar un individuo? Sin contar la entrada principal.

—Una media docena.

Billy dejó oír un gemido ahogado.

—¿Puede mostrarme una?

El mozo le precedió fuera del vestíbulo. Una de las entradas de servicio daba a un callejón, y allí un barrendero dio a Billy la información temida. Cinco minutos antes, un hombre que respondía a la descripción dada por el ratero había salido, doblando hacia el Strand, y, luego de tomar un coche de punto, se había alejado en el mismo.

Chasqueado, y con la añadida amargura de saber que de haber actuado con más osadía se hubiera asegurado, al menos, una participación en las mil libras, caminó hasta el Embankment, maldiciendo el desatino que le había inducido a desaprovechar la fortuna que había estado a su alcance. Con las manos hundidas en los bolsillos, recorrió la agotadora longitud de los muelles del Támesis, repasando una y otra vez los incidentes de la noche, mascullando constantemente una espeluznante maldición de su error. Había transcurrido una hora desde que Poiccart le diera esquinazo, cuando se le ocurrió que todo no estaba perdido. Tenía su descripción, había examinado su cara, rasgo a rasgo, y esto ya era algo. Más aún, pensó que si detenían a aquel individuo gracias a su descripción, todavía podría reclamar la recompensa…, o parte de ella. No se atrevía a presentarse a Falmouth con la historia de que toda la noche había estado en compañía del hombre en cuestión sin haberlo hecho arrestar. Falmouth no se lo creería, y además resultaba excesivamente casual que hubiese llegado a conversar con él.

Esta última idea asaltaba por primera vez la mente de Billy. ¿Por qué extraña casualidad se había encontrado con aquel hombre? ¿Era posible, y este pensamiento aterró a Billy Marks, que el individuo al que había robado le hubiese reconocido a él y que deliberadamente lo hubiese buscado con la intención de matarlo?

Un frío sudor corrió por la estrecha frente del ladrón. Esos tipos eran asesinos, crueles y despiadados asesinos. ¿Y si…?

Abandonó la contemplación de unas posibilidades tan poco gratas para fijarse en un hombre que cruzaba la calzada en dirección hacia él. Lo contempló con expresión titubeante. El que se le acercaba era un individuo de apariencia joven, bien afeitado, con facciones afiladas e implacables ojos azules. Cuando estuvo más cerca, Billy se dio cuenta de que su primera impresión había sido engañosa; aquel hombre no era tan joven como parecía. Le calculó unos cuarenta años. Se le acercó haciéndole una seña para que se detuviese, pues Billy comenzaba a alejarse.

—¿Te llamas Marks? —preguntó el desconocido en tono autoritario.

—Sí, señor —admitió el ladrón.

—¿Has visto al señor Falmouth?

—No, desde anoche —contestó Billy, sorprendido.

—Entonces, tienes que ir a verlo en seguida.

—¿Dónde está?

—En la comisaría de Kensington. Han arrestado a un tipo y quiere que tú lo identifiques.

El corazón de Billy dio un salto.

—¿Me darán alguna recompensa? —quiso saber—. En caso de que lo reconozca, claro.

El otro asintió y Billy recobró sus esperanzas.

—Debes seguirme —añadió el desconocido—, pero a cierta distancia. El señor Falmouth no quiere que nos vean juntos. Saca un billete de primera clase para Kensington y entra en el compartimiento siguiente al mío… Vamos.

Se dio media vuelta y atravesó la calzada en dirección a Charing Cross. Billy lo siguió a distancia.

Encontró al desconocido paseando por el andén, y no dio muestras de reconocerlo. Llegó un tren y el ladrón siguió al otro por entre el enjambre de obreros que estaban apeándose. Su guía entró en un vagón de primera clase, vacío, y él, obedeciendo las instrucciones, penetró en el compartimiento contiguo al elegido por el otro.

Entre Charing Cross y Westminster, Billy tuvo tiempo de estudiar su situación. Entre Westminster y St. James Park, planeó las excusas que le daría al superintendente; entre el Park y Victoria, completó su justificación para reclamar una parte de la recompensa. Después, cuando el tren penetró en el túnel, iniciando el recorrido de cinco minutos hasta Sloane Square, Billy notó una corriente de aire, y al volver la cabeza vio al desconocido asomado a su compartimiento, cuya puerta mantenía semiabierta.

Billy se sobresaltó.

—Levanta el cristal de esa ventanilla —ordenó el hombre, y Billy, hipnotizado por el imperio de aquella voz, obedeció. En aquel instante oyó una rotura de cristales. Se volvió, emitiendo un colérico gruñido.

—¿Qué juego es este? —exigió.

Por toda respuesta, el desconocido giró retrocediendo de un salto y desapareció cerrando suavemente la puerta.

—¿Qué juego es este? —repitió Billy con voz adormilada.

Miró al suelo y vio una ampolla rota a sus pies. Junto a los cristales yacía un reluciente soberano. Lo contempló estúpidamente durante un instante, y después, justamente cuando el tranvía llegaba a la estación de Sloane Square, se agachó para recogerlo…


Ratas espaciales del CCC - Harry Harrison

Eso es, compadre, acerca un taburete, sí, ese mismo. Echa a Phrnnx en el suelo para que la duerma, hasta que se le pase. Ya sabes que los Krddls no aguantan la bebida, y mucho menos si beben flnnx, y encima fuman esa endemoniada hierba krmml. Bueno, deja que te sirva un trago de flnnx. Ay, siento haberte mojado la manga. Cuando se seque puedes rascarlo con un cuchillo. A tu salud y por que tus propulsores no te fallen cuando las hordas kpnnz te persigan.

No, lo siento, pero nunca había oído tu nombre hasta ahora. Demasiados hombres buenos vienen y se van, y los mejores son los que mueren antes, por desgracia. ¿Yo? No, nunca has oído hablar de mí, tampoco. Llámame sencillamente Viejo Sarge, es un nombre tan bueno como otro cualquiera. 

Hay hombres buenos, como te digo, y el mejor de todos ellos era... bueno, le llamaremos el Caballero Jax. También tenía otro nombre, pero hay una jovencita esperando en un planeta que podría nombrar, una jovencita que espera y contempla las estelas hirvientes de las astronaves, cuando llegan, porque está esperando a un hombre. 

Así que en honor a ella le llamaremos el Caballero Jax; a él también le gustaría este nombre, estoy seguro. Aunque la jovencita debe de estar ya canosa, o tal vez calva y medio artrítica de tanto esperar, allí sentada; pero esto es otra historia y no me corresponde a mí contarla. Por Orión que no me corresponde contarla. Bueno, sírvete tú mismo. Un buen trago, anda. Ya sé que es normal que los buenos flnnx exhalen humo verde, pero será mejor que cierres los ojos cuando bebas, si no quieres quedarte ciego en una semana, ja, ja, por el sagrado nombre del profeta Mrddll

Claro que sé lo que estás pensando. Lo que estás pensando es qué demonios hace una vieja rata como yo en un agujero como éste, aquí, al final de la galaxia, donde las estrellas marginales parpadean descoloridas y los fotones cansados viajan lentamente. Pues voy a decírtelo. Lo que estoy haciendo es emborracharme más, si cabe, que un planizzian pfrdffl, eso es lo que hago. Se dice que bebiendo se olvidan las cosas y por el Cisne que yo tengo un montón de cosas de las que no quiero acordarme. 

Estás mirando las cicatrices que tengo en las manos. Pues cada una de estas cicatrices es una historia completa, compadre, lo mismo que las que tengo en la espalda y en... bueno, ésa es una historia diferente. Voy a contarte algo; algo que es totalmente cierto, por el nombre sagrado de Mrddl, aunque tal vez cambie un nombre o dos, ya sabes, a causa de esa jovencita que espera.

¿Has oído alguna vez hablar del CCC? Ya veo, por como abres los ojos y por como palidece el bronceado espacial de tu piel, que sí que has oído hablar de ello. Pues para que lo sepas, tu seguro servidor aquí presente, el Viejo Sarge, fue una de las primeras ratas espaciales del CCC, y mi compadre entonces era el hombre al que llaman el Caballero Jax. Que el Gran Kramddl maldiga su nombre y borre la memoria de aquel primer día negro en que le vieron mis ojos...

 

- ¡Atención! ¡Firmes!

La voz del sargento restalló como un latigazo en los oídos expectantes de los cadetes matemáticamente alineados en filas sucesivas. Bajo el impacto de aquel latigazo acústico, clarín de la fatalidad, ciento tres pares de botas relucientes chocaron los talones con un solo golpe seco y los ochenta y siete cadetes quedaron en posición de firmes, tan rígidos como si fuesen de acero. (Habría que explicar ahora que algunos de ellos procedían de otros mundos y por eso tenían un número diferente de piernas y otras cosas.) 

No se oía respirar a nadie, ni se podía percibir el menor parpadeo mientras el coronel Von Thorax echó a andar por delante de las filas, examinándolos de arriba abajo, clavando en ellos su ojo de cristal desde detrás de su monóculo. Llevaba su pelo gris, duro como el alambre, cortado a cepillo, un uniforme negro, impecable, de tejido suave, y los dedos de acero de su brazo izquierdo ortopédico sostenían un cigarrillo de hierba krmml. 

La mano derecha, ortopédica como el brazo que la sostenía, se levantaba rítmicamente en rígido saludo hasta el borde de su gorra de visera con un movimiento perfecto, mientras de sus pulmones artificiales, que ronroneaban tenuemente, brotaba la energía necesaria para modular la voz estentóreo con que daba sus órdenes.

- ¡Descanso! Ahora escuchadme bien. Vosotros sois el grupo de hombres, y de cosas, naturalmente, que han sido escogidas entre los mundos civilizados de la galaxia. Para el primer año de entrenamiento fueron admitidos seis millones cuarenta y tres cadetes, la mayor parte de los cuales han ido causando baja de una forma u otra. Muy pocos alcanzaban el nivel exigido. Algunos fueron fusilados por maleantes, después que tuvimos que expulsarlos. Otros creían en toda esa demagogia liberaloide con que el comunismo se disfraza de tintes rosados para proclamar que la guerra y la matanza no son necesarios, y también hubo que expulsarlos y fusilarlos. 

A lo largo de los años se fue eliminando a todos los blandos y sólo quedó lo más duro del Cuerpo: ¡Vosotros! ¡Los militantes de la primera promoción de graduados del CCC! Listos y a punto para llevar los beneficios de la civilización a las estrellas. ¡Preparados para descubrir al fin lo que representan y defienden las iniciales CCC!

Un enorme clamor ascendió desde la masa de gargantas; un grito ronco de entusiasmo viril que retumbó en ecos sonoros contra las paredes del estadio. A una señal dada por Von Thorax se conectó un interruptor y una gran plancha de imperviomita se deslizó a modo de techumbre sobre el espacio abierto y lo dejó completamente sellado, protegido de toda mirada curiosa y de todo posible rayo de espionaje. 

El rauco clamor ascendió de tono con entusiasmo alucinante, y más de un tímpano se rompió aquel día. Sin embargo, a una señal del coronel, al levantar su mano, se hizo un silencio instantáneo.

- Vosotros, militantes del CCC, no estaréis solos cuando partáis para extender las fronteras de la civilización hacia las estrellas bárbaras. ¡Oh, no! Cada uno de vosotros llevará un compañero fiel a su lado. ¡El primer hombre de la primera fila, que dé un paso al frente para encontrar a su fiel compañero!

El hombre que había sido designado dio un paso rápido hacia delante y se detuvo con un fuerte taconazo que fue respondido por el «clang» metálico de una puerta al abrirse y, sin poder evitarlo, sin premeditación, todos los ojos se volvieron simultáneamente hacia aquel punto, hacia aquella oscura entrada de la que salió...

¿Cómo describirlo? ¿Cómo describir el torbellino que os envuelve, la tormenta que os azota, el vacío que os asfixia? Aquello que salió de allí era tan indescriptible como una fuerza natural desencadenada.

Era una criatura monstruosa que mediría unos tres metros hasta la cruz de los hombros y unos cuatro hasta la enorme y fea cabezota, cuya boca babeaba entrechocando los dientes. Semejante a un ciclón avanzó la bestia sobre sus cuatro patas como pistones, con grandes pezuñas anguladas que desgarraban a su paso la dura superficie del suelo del estadio, hecho de impervitio. Un verdadero monstruo nacido de una pesadilla, que se encabritó sobre sus patas traseras al negar frente a los militantes y dejó escapar un horrísono bramido que congelaba el alma.

- ¡Aquí lo tenéis! - tronó a su vez el coronel con voz estentóreo, echando saliva salpicada de sangre por entre sus labios -. Este es vuestro fiel compañero, el mutacamel, una mutación extraordinaria conseguida a partir de la noble bestia de la Antigua Tierra. 

El mutacamel, símbolo y orgullo del CCC. O lo que es lo mismo, del Cuerpo de Camellos de Combate. ¡Soldados, os presento a vuestro camello!

El militante que había sido seleccionado antes dio un paso al frente y levantó la mano para saludar a la noble bestia, que rápidamente le cortó el brazo de un mordisco. Su grito de dolor se mezcló al jadeo de sus otros compañeros, que observaban la escena sin demasiado interés, mientras los guardianes del camello, protegidos por vestimenta de cuero con hebiIlas metálicas, hacían retroceder a la bestia a golpes de porra y la conducían de nuevo a su chiquero.

Un médico le puso al hombre un torniquete en su muñón ensangrentado y se lo llevó a rastras, desvanecido.

- Esta es vuestra primera lección en camellos de combate - gritó el coronel con voz hosca -. Nunca le levantéis la mano. Vuestro compañero, con su nuevo brazo ortopédico, estoy seguro, ja, ja, de que no olvidará esta lección. ¡El siguiente, y su siguiente compañero!

De nuevo el remolino de la tempestad desencadenada y aquel horrible bramido espumeante del camello de combate al iniciar su carga, a toda carrera. Esta vez el soldado no levantó el brazo. Entonces lo que hizo el camello fue cortarle la cabeza de un bocado.

- No creo que se puedan poner cabezas ortopédicas - dijo el coronel mirando maliciosamente a su formación -. Guardemos un minuto de silencio por nuestro compañero que se ha ido al gran cohete de reposo en el cielo. Bien, ya basta. 

¡Atención! Luego vendréis al campo de entrenamiento de los camellos para aprender cómo tenéis que manejar a vuestros fieles compañeros. Sin olvidar nunca que todos ellos tienen una dentadura completa hecha de imperviumita, y uñas de la misma sustancia, tan afiladas corno cuchillas de afeitar. ¡Rompan filas!

Los cuarteles de los cadetes del CCC eran famosos por su carencia absoluta de coquetería, o más bien por su decorado glacial Y su falta de comodidades. Las camas eran unas simples losas de impervitium -nada de colchones blandos que pudieran reblandecer las vértebras- y las sábanas, de tejido de saco muy fino. Desde luego no había mantas; ¿qué falta hacían, con una sana temperatura constantemente mantenida a cuatro grados centígrados? 

El resto de la instalación correspondía al mismo criterio, de modo que fue una enorme sorpresa para los graduados encontrarse, al volver de la ceremonia y los entrenamientos, con algunas innovaciones inesperadas. Había una pantalla en cada una de las bombillas, antes desnudas, colocadas junto a las camas para leer. Y un buen almohadón suave de dos centímetros de grosor, además. Estaban recogiendo ahora los beneficios de todos aquellos años de trabajo.

Entre todos los alumnos el mejor era, con gran ventaja sobre el resto, uno llamado M. Hay ciertos secretos que no se pueden revelar, algunos nombres que son importantes para sus seres queridos y sus vecinos. Por lo tanto voy a dejar la capa del anónimo sobre la verdadera identidad de este hombre llamado M. 

Bastará con que le llamemos «Acero», puesto que ése era el sobrenombre que le puso alguien que le conocía muy bien. Acero tenía por aquel entonces un compañero de cuarto llamado L. Más tarde, mucho más tarde, sería conocido por algunos como «el Caballero Jax», de modo que así le nombraremos nosotros para el propósito de esta narración: Caballero Jax, o simplemente Jax.

Jax venía inmediatamente después de Acero en lo que se refiere a marcas escolares y deportivas, y los dos eran muy buenos amigos. Habían sido compañeros de cuarto durante todo el último año de instrucción y ahora estaban los dos allí, con los pies en alto, saboreando el inesperado confort del nuevo mobiliario, tomando a sorbos un tazón de café descafeinado, que se llamaba Kofe, y dando hondas chupadas a los cigarrillos desnicotinizados que fabricaba la misma escuela, y que se llamaban Denikcig, de acuerdo con el nombre que les había dado el fabricante. Los estudiantes del CCC, sin embargo, les llamaban «jadeadores» o «revientapulmones».

- Échame un reventador, ¿quieres, Jax? - dijo Acero, desde su cama, donde estaba tumbado con los brazos por detrás de la cabeza, soñando despierto en lo que le esperaba, ahora que ya tendría su propio camello muy pronto -. ¡Ouh! - exclamó al sentir que el paquete de cigarrillos arrojado por su amigo le daba en un ojo. 

Sacó uno de aquellos cilindros blancos y delgados, lo encendió, después de darle unos ligeros golpecitos contra la pared, y luego aspiró una profunda bocanada de humo refrescante - Aún no puedo creerlo - dijo echando humo mezclado con palabras.

- Pues es cierto, por Mrddl - dijo Jax sonriente -. Somos graduados. Ahora devuélveme el paquete de jadeadores para que yo también pueda echar unas bocanadas.

Acero le arrojó el paquete, pero lo hizo con tanto entusiasmo que fue a dar contra la pared e inmediatamente se encendieron todos los cigarrillos y el paquete estalló en llamas. Un vaso de agua acabó con la conflagración, pero, mientras aún humeaba, se iluminó la pantalla de comunicación con un tenue parpadeo rojo.

- Mensaje de alta prioridad - masculló Acero, mientras apretaba el botón de conexión. Los dos jóvenes saltaron de la cama y se quedaron en rígida posición de firmes al mismo tiempo que el rostro de hierro del coronel Von Thorax cubría la superficie entera de la pantalla.

- M, L, a mi despacho a toda velocidad - las palabras caían de sus labios como si fuesen goterones de plomo fundido.

¿Qué podía significar aquello?

- ¿Qué crees que pasa? - preguntó Jax mientras los dos amigos se dejaban caer por el conducto de descenso casi con rapidez de la gravedad.

- En seguida vamos a saberlo - contestó Acero mientras se dirigían a la puerta del «viejo» y pulsaban el botón anunciador.

Activada por algún mecanismo oculto, la puerta se abrió de par en par y ambos entraron en la estancia, no sin cierta inquietud. Pero... ¿qué era aquello? No era posible. El coronel los miraba sonriendo. Sonriendo. Una expresión que nunca hasta entonces habían visto en aquel rostro de granito.

- Poneos cómodos, muchachos - dijo, indicando con un gesto de la mano dos sillas muy confortables que brotaron del suelo al apretar él un botón -. Encontraréis cigarrillos en los brazos de esas servosillas, y también vino de Valumian o cerveza Snaggian.

- ¿No Kofe? - preguntó Jax con la boca abierta, y todos se echaron a reír.

- No creo que realmente queráis tomar Kofe - susurró el coronel a través de su laringe artificial -. Bebed, muchachos, ahora sois Ratas Espaciales del CCC. Vuestra juventud queda ya atrás. Y ahora, mirad esto.

Esto era una imagen tridimensional que se materializó en el aire delante de ellos cuando el coronel apretó un botón, la imagen de una nave espacial como nunca habían visto. Era tan esbelta como un pez espada, tan fina de alas como un pájaro, tan sólida como una ballena y tan armada como un caimán.

- ¡Kolon benditos! - exclamó Acero con la boca abierta de admiración -. ¡Eso es lo que yo llamo un pedazo de cohete!

- Algunos de nosotros preferimos llamarle el Invencible - dijo el coronel, no sin un cierto toque de humor.

- ¿Esto es la nave? Algo habíamos oído...

- Muy poco podéis haber oído, porque hemos tenido envuelto y bien envuelto este bebé desde sus comienzos. Tiene los motores más poderosos que se han fabricado hasta ahora, nuevos MacPherson perfeccionados, del último modelo, manipuladores de conducción Kelly perfeccionados también hasta tal punto que no los reconoceríais y también unos propulsores Fitzroy de doble fuerza que hacen que los antiguos parezcan juguetes para niños. Y aún me reservo lo mejor para el final...

- Nada puede ser mejor que lo que ya nos ha contado - interrumpió Acero.

- ¡Eso es lo que tú crees! - exclamó el coronel, echándose a reír, no sin cierta cordialidad, pero con un tono de voz como el de una lámina de acero al rasgarse -. La mejor noticia de todas es que tú, M, vas a ser el capitán de esta nueva superastronave, con el afortunado L como jefe de máquinas. - El afortunado L se sentiría mucho más feliz de ir como capitán, en lugar de como rey de las calderas - murmuró Jax, y los otros dos se echaron a reír ante lo que consideraban un buen chiste.

- Todo está completamente automatizado - prosiguió diciendo el coronel -, de modo que basta con una tripulación de dos. Pero debo advertimos que lleva una buena cantidad de aparatos a prueba, que hay que experimentar, de manera que los que vuelen con ella tienen que ser voluntarios...

- ¡Yo me presento voluntario! - gritó Acero.

- Yo tengo que ir a los lavabos un momento - dijo Jax levantándose de su asiento. Pero volvió a sentarse en el acto al ver cómo el desintegrador saltaba automáticamente de su funda a la mano del coronel -. ¡Ja, ja! Era sólo una broma. Claro que me presento voluntario.

- Ya sabía que podía contar con vosotros, muchachos. El CCC produce hombres. Camellos también, naturalmente. De modo que esto es lo que vais a hacer. Mañana, a las 0304 horas saldréis disparados por el éter con rumbo al Cisne. En dirección a un cierto planeta.

- Déjeme que intente adivinarlo - dijo Acero hoscamente y con los dientes apretados -. No estará pensando en enviarnos al mundo lleno de larshniks de Biru-2, ¿verdad?

- Pues sí. Esa es la primera base larshnik, el centro operacional de todo tráfico de drogas y de juego, el sitio donde descargan a los esclavos blancos, la sede de las destilerías de flnnx y el refugio de las hordas piratas.

- ¡El ideal para quien le guste la acción! - dijo Acero, con una mueca.

- No creas que es una broma eso que dices - convino el coronel -. Si yo fuese más joven y tuviese unas pocas piezas menos de repuesto en mi organismo, es la clase de oportunidad que me encantaría.

- Puede ir como jefe de máquinas - sugirió Jax.

- Silencio - dijo el coronel -. Caballeros, buena suerte, porque con vosotros va el honor del CCC.

- ¿Pero no los camellos? - preguntó Acero.

- Quizá la próxima vez. Existen, bueno... algunos problemas de ajuste. Hemos perdido cuatro graduados más mientras estamos sentados aquí. Es posible incluso que tengamos que cambiar de animales. Convertir el Cuerpo en el CPC.

- ¿Con perros de combate? - preguntó Jax.

- Perros o asnos. O tal vez recentales. Pero ése es mi problema, no el vuestro. Lo que os toca a vosotros es poneros en ruta y abrir en canal a Biru-2. Estoy seguro de que podéis hacerlo.

Si los aludidos no estaban tan seguros como el coronel se lo guardaron para sí, porque de este modo es como se hacen las cosas en el Cuerpo.

Así que, cumpliendo con su deber, a la mañana siguiente se metieron en el Invencible y a las 0304 horas precisas se lanzaron al espacio. Los trepidantes motores MacPherson transmitieron quintillones de ergios de energía a los reactores de propulsión, hasta que se encontraron al fin fuera del campo de gravedad de la madre Tierra.

Jax trabajaba en los motores, echando transvestita en la boca abierta del horno hambriento, hasta que Acero le indicó desde el puente que había llegado el momento del «cambio». A partir de entonces activaron los propulsores Kelly, devoradores de espacio. Acero apretó el botón que los ponía en marcha y la enorme aeronave dio un gran salto hacia las estrellas a siete veces la velocidad de la luz.

Como los propulsores eran totalmente automáticos, Jax fue a refrescarse un poco en el aseo, mientras su ropa era lavada automáticamente en la lavadora. Luego subió al puente.

- Bueno - exclamó Acero, levantando las cejas - no sabía que tuvieras esos gustos. Vaya con tus calzoncillos a lunares...

- Es lo único que tenía limpio. La lavadora ha disuelto el resto de mi ropa.

- No te preocupes. ¡Son los larshniks de Biru-2 los que tienen que preocuparse! Entraremos en su atmósfera justo dentro de diecisiete minutos, y he estado pensando todo el tiempo en lo que vamos a hacer a partir de ese momento.

- Bien, me alegro de que alguien haya estado pensando. Yo no he tenido tiempo de respirar siquiera, y menos aún de pensar.

- No te preocupes, amigo; estamos metidos en esto juntos. Tal como yo veo la cosa, tenemos dos opciones. Irrumpir directamente con los cañones disparando, o deslizarnos con sigilo.

- Ah, ¿realmente has estado pensando?

- No te lo tomaré en cuenta porque estás cansado. Nosotros vamos bien armados, pero creo que sus baterías de tierra son aún más potentes. De modo que sugiero la segunda solución: entrar con sigilo, sin que nos descubran.

- ¿No resulta eso un poco difícil yendo como vamos en esta nave de treinta millones de toneladas?

- Normalmente, sí. Pero ¿ves este botón que dice Invisibilidad? Mientras estabas cargando el combustible me explicaron cómo funciona. Es un nuevo invento, que no se ha utilizado hasta ahora, y que nos hará invisibles e indetectables por cualquiera de sus instrumentos.

- Así ya lo veo un poco más claro. Sólo nos quedan quince minutos. Debemos de estar ya bastante cerca. Conectemos el dispositivo de invisibilidad.

- ¡No hagas eso!

- Ya está hecho. ¿Qué es lo que pasa ahora?

- No mucho. Excepto que este aparato experimental de invisibilidad no dura más que trece minutos antes de consumirse por completo.

Y por desgracia, así fue. A una altura de cien kilómetros por encima de la yerma y agrietada superficie de Biru-2, el Invencible se materializó de nuevo.

En la mínima fracción de un milisegundo el poderoso sonar espacial y el superradar del planeta se habían cerrado en torno a la aeronave invasora y las subluces enviaban sus señales secretas, en espera de una respuesta correcta para asegurarse de que el intruso era uno de los suyos.

- Enviaré una señal, para entretenerlos un poco. Estos larshniks no son excesivamente inteligentes - dijo Acero, sonriendo. Apretó el botón del micrófono y lo conectó a la frecuencia de emergencia interestelar. Luego habló con voz sorda, carraspeante -: Agente X-9 a la primera base. 

Hemos cruzado fuego con la patrulla, me han quemado mis libros de código, pero me cargué a todos esos hijos de perra, ja, ja. Regreso a casa con un cargamento de ochocientas mil toneladas largas de la demoníaca hierba krmml.

La respuesta larshnik fue instantánea. Las bocas abiertas de miles de cañones desintegradores vomitaron rayos abrasadores de energía que desgarraban hasta la textura del espacio. Aquellos rayos corrosivos explotaron contra las pantallas defensivas de la nave espacial, penetraron a través de la coraza del viejo Invencible, que no estaba destinado a hacerse mucho más viejo, e incendiaron las planchas de su casco. 

La pura materia de que estaba hecho no era capaz de resistir la fuerza destructiva, consumidora, que nacía de las mismas entrañas del planeta y era vomitada por sus cañones contra el invasor. Así que las paredes impenetrables de la nave, hechas de imperialita, se vaporizaron instantáneamente y se convirtieron en gas muy fino, que a su vez se descompuso en los meros electrones y protones (y neutrones también) de que estaba compuesto.

La carne y la sangre no podían resistir tampoco tales fuerzas. Pero en los pocos segundos que tardó la nave en volatilizarse los dos valientes astronautas se habían lanzado ya al espacio dentro de sus corazas especiales. ¡Bien a tiempo! Los restos de lo que momentos antes había sido la poderosa astronave chocaron contra la atmósfera y segundos más tarde contra el suelo venenoso de Biru-2. 

Para un observador casual aquello era el fin. La poderosa astronave no volaría ya más, puesto que no quedaba de ella sino un montón confuso de restos humeantes, doscientas toneladas de chatarra retorcida, sin el menor signo de vida para los reptadores de superficie que salieron de una escotilla cercana, disimulada en la roca, y se arrastraron hasta los restos ardientes, detectando en todas direcciones con sus sensores activados al máximo.

«¡Informen!», transmitió la emisora de radio. «Sin señal de vida hasta quince decimales», respondió el maldiciente operador de los rastreadores, antes de indicarles que regresaran a su base. Sus patitas metálicas resonaron chirrientes contra la superficie desnuda del suelo y luego desaparecieron. Lo único que quedó allí fueron los restos aún humeantes de la astronave, siscando bajo la lluvia venenosa que caía como llanto sobre el metal caliente.

¿Habían muerto los dos amigos? Pensé que no ibas a preguntármelo nunca. Pues no, no habían muerto. Una milésima de segundo antes de que se estrellase la nave, dos armaduras espaciales casi indestructibles habían sido proyectadas en el vacío por el eyector con muelles de estilita, que los envió volando hacia el lejano horizonte, donde descendieron, sin ser detectados por los técnicos larshnik, tras un espolón de roca. 

Por pura casualidad este espolón de roca era el que disimulaba la escotilla por la que habían salido los rastreadores con sus aparatos de detección para su inútil búsqueda, y a la que habían vuelto siguiendo las órdenes de su maldiciente operador de radio, el cual, entontecido con la demoníaca hierba krmml, no percibió la ligerísima vibración de la aguja del detector cuando los rastreadores volvieron a su refugio bajo tierra, trayendo con ellos un nuevo cargamento que no llevaban cuando salieron.

 - ¡Lo hemos conseguidos! ¡Estamos dentro de sus defensas! - se regocijó Acero -. Y no gracias a ti precisamente, pulsando aquel maldito botón de invisibilidad...

- ¿Cómo iba yo a saber...? - protestó Jax -. De todas formas, ya no podemos contar con la astronave, pero podemos contar con el elemento sorpresa. Ellos no saben que nosotros estamos aquí, pero nosotros sí sabemos que están ellos.

- Muy bien pensado. Sssh... - dijo Acero -. No te muevas. Estamos llegando a algo.

Los rastreadores habían entrado en una inmensa cámara, tallada en la roca, y que estaba llena de poderosas máquinas de guerra.

Lo único humano allí, si es que podía llamársele humano, era el operador de radio, cuyos dedos sucios intentaron apretar el control de los cañones tan pronto como percibió la presencia de los intrusos. Pero no tuvo tiempo. Los rayos de dos desintegradores hicieron diana en su cuerpo, y en una milésima de segundo no era más que un montón de carne carbonizada sobre su asiento. La justicia del Cuerpo estaba por fin llegando a la guarida larshnik.

Justicia era, impersonal y abstracta, imparcial y destructora, porque en aquella guarida no había «inocentes». Los rayos implacables de la venganza civilizada iban barriendo todo lo que se les ponía por delante, mientras los dos compañeros avanzaban por los corredores de la infamia disparando sus mortíferos cañones.

- Este es el Número Uno - dijo Acero, con una mueca, cuando llegaron frente a una inmensa puerta de impervialita contrachapado de oro ante la que se apiñaba una escuadra suicida, que realmente cometió suicidio bajo el fuego implacable de los dos amigos. 

La última resistencia débil, que no fue mucha, quedó pronto aniquilada y reducida a humo entre el estruendo de aquella lluvia de fuego. Los dos hombres penetraron triunfantes en el último reducto, el reducto central, manejado ahora por una sola figura de pie ante el panel de controles. La figura de Superlátigo en persona, cabeza secreta de todo el imperio del delito interestelar.

- Ha llegado tu hora - dijo, torva, la voz de Acero, al tiempo que encajonaba con su arma aquella figura vestida con su túnica negra y su opaco casco espacial -. Quítate el casco o mueres en un segundo.

La única respuesta fue un rugido acongojado de rabia impotente, y durante unos instantes las manos de la figura temblaron sobre los mandos de los cañones. Luego alzó los brazos lentamente, llevó las manos al casco y empezó a darle vueltas para quitárselo, levantándolo despacio...

- ¡Por el sagrado nombre del profeta Mrddl! clamaron los dos amigos al unísono, sin poder contenerse al ver lo que estaban viendo.

- Sí, ahora ya lo sabéis - dijo Superlátigo entre sus dientes apretados -. Pero, ja, ja, estoy seguro de que nunca lo sospechasteis siquiera.

- ¡Usted! - exclamó Acero, rompiendo por fin el helado silencio que les había dejado mudos un instante -. ¡Usted! ¡Usted! ¡USTED!

- Sí, yo mismo, el coronel Von Thorax, comandante del CCC. Nunca sospechasteis de mí, y yo, ¡cómo me reía de vosotros mientras tanto!

- Pero... - exclamó Jax -. ¿Por qué?

- ¿Por qué? La respuesta es obvia para cualquiera que no sea un puerco democrático interestelar, como lo sois vosotros. Lo único que los larshniks podían temer era algo del tipo del CCC, una fuerza que no se inclinase nunca ante ningún soborno exterior ni ante ninguna sedición interna, una fuerza ennoblecida por su fe en la causa del deber. 

Tipos como vosotros podíais habernos dado muchos problemas. Por eso, precisamente, nosotros fundamos el CCC y durante largo tiempo yo he sido el jefe de ambas organizaciones. Nuestros reclutas nos aportan lo mejor que los planetas civilizados pueden ofrecer, y ya me ocupo yo de que sean brutalizados, moralmente destruidos, agotados físicamente y sus espíritus aplastados para que de allí en adelante no representen ningún peligro. 

Naturalmente, algunos llegan hasta el fin, a pesar de que yo me esfuerce en hacerlo repugnante. Cada generación tiene su porcentaje inevitable de supermasoquistas. Pero ya me ocupo yo de que sean eliminados rápidamente, por un sistema o por otro.

- ¿Como la de enviarles en misiones suicidas, por ejemplo? - preguntó Acero con ironía.

- Es una buena manera.

- Una misión como ésta a la que nos envió usted. ¡Pero no dio resultado! ¡Ahora ya puedes ir diciendo tus oraciones, cochino larshnik, porque estás a punto de ir a encontrarte con tu creador!

- Mi creador? ¿Oraciones? ¿Habéis perdido la cabeza? Todos los larshniks somos ateos hasta el fin...

Y así llegó el fin, entre una ardiente nube de vapor. La muerte con aquellas palabras heréticas todavía en sus labios. No merecía otra cosa.

- Y ahora, ¿qué? - preguntó Acero.

- Ahora, esto - respondió Jax, disparando el arma que llevaba al brazo y dejándole inmovilizado bajo los efectos del rayo paralizador -. Ya no va a ser el segundo puesto para mí, contigo en el puente y yo en la cámara de calderas. De ahora en adelante soy yo quien lleva la batuta.

- ¡Estás loco! - susurró apenas Acero.

- Al contrario, estoy muy cuerdo, por primera vez en mi vida. El Superlátigo ha muerto. Viva el nuevo Superlátigo. Es mía, la galaxia entera es mía.

- ¿Y qué ocurre conmigo?

- Debería matarte, pero sería demasiado fácil. Y además, compartiste tus barras de chocolate conmigo. Será a ti a quien culpen de toda esta catástrofe. De la muerte del coronel Von Thorax y de todo lo demás que ha ocurrido aquí en la primera base. Todos se volverán contra ti, y te verás convertido en un paría que tiene que escapar, para salvar la vida, a las más remotas avanzadillas de la galaxia, donde vivirás por siempre en el terror.

- ¡Acuérdate de las barras de chocolate!

- Ya me acuerdo. Las únicas que me tocaron eran las que estaban rancias. Ahora... ¡Vete!

¿Aún quieres saber mi nombre? El que te di, de Viejo Sarge, es suficiente. ¿Mi historia? Sería demasiado para tus tiernos oídos, muchachito. Llena los vasos otra vez, así, y brinda conmigo. Es lo menos que puedes hacer por un pobre viejo que ha visto ya mucho en su vida. Un brindis de mala suerte, que sería mejor decir: el Gran aniquilamiento,

Krammdl maldiga para siempre al hombre que algunos conocieron como el Caballero Jax. ¿Qué si tengo hambre? Yo no... ¡no! ¡Una barra de chocolate, no!