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Los crímenes de la calle Morgue - Edgar Allan Poe (Parte 2)

Poco tiempo después de este episodio, leíamos una edición nocturna de la Gazette des Tribunaux cuando los siguientes párrafos atrajeron nuestra atención:

«EXTRAÑOS ASESINATOS.—Esta mañana, hacia las tres, los habitantes del quartier Saint-Roch fueron arrancados de su sueño por los espantosos alaridos procedentes del cuarto piso de una casa situada en la rue Morgue, ocupada por madame L’Espanaye y su hija, mademoiselle Camille L’Espanaye. Como fuera imposible lograr el acceso a la casa, después de perder algún tiempo, se forzó finalmente la puerta con una ganzúa y ocho o diez vecinos penetraron en compañía de dos gendarmes. 

»Por ese entonces los gritos habían cesado, pero cuando el grupo remontaba el primer tramo de la escalera se oyeron dos o más voces que discutían violentamente y que parecían proceder de la parte superior de la casa. Al llegar al segundo piso, las voces callaron a su vez, reinando una profunda calma. Los vecinos se separaron y empezaron a recorrer las habitaciones una por una. Al llegar a una gran cámara situada en la parte posterior del cuarto piso (cuya puerta, cerrada por dentro con llave, debió ser forzada), se vieron en presencia de un espectáculo que les produjo tanto horror como estupefacción.

»El aposento se hallaba en el mayor desorden: los muebles, rotos, habían sido lanzados en todas direcciones. El colchón del único lecho aparecía tirado en mitad del piso. Sobre una silla había una navaja manchada de sangre. Sobre la chimenea aparecían dos o tres largos y espesos mechones de cabello humano igualmente empapados en sangre y que daban la impresión de haber sido arrancados de raíz. 

»Se encontraron en el piso cuatro napoleones, un aro de topacio, tres cucharas grandes de plata, tres más pequeñas de métal d’Alger, y dos sacos que contenían casi cuatro mil francos en oro. Los cajones de una cómoda situada en un ángulo habían sido abiertos y aparentemente saqueados, aunque quedaban en ellos numerosas prendas. Descubrióse una pequeña caja fuerte de hierro debajo de la cama (y no del colchón). Estaba abierta y con la llave en la cerradura. No contenía nada, aparte de unas viejas cartas y papeles igualmente sin importancia.

»No se veía huella alguna de madame L’Espanaye, pero al notarse la presencia de una insólita cantidad de hollín al pie de la chimenea se procedió a registrarla, encontrándose (¡cosa horrible de describir!) el cadáver de su hija, cabeza abajo, el cual había sido metido a la fuerza en la estrecha abertura y considerablemente empujado hacia arriba. 

»El cuerpo estaba aún caliente. Al examinarlo se advirtieron en él numerosas excoriaciones, producidas, sin duda, por la violencia con que fuera introducido y por la que requirió arrancarlo de allí. Veíanse profundos arañazos en el rostro, y en la garganta aparecían contusiones negruzcas y profundas huellas de uñas, como si la víctima hubiera sido estrangulada.

»Luego de una cuidadosa búsqueda en cada porción de la casa, sin que apareciera nada nuevo, los vecinos se introdujeron en un pequeño patio pavimentado de la parte posterior del edificio y encontraron el cadáver de la anciana señora, la cual había sido degollada tan salvajemente que, al tratar de levantar el cuerpo, la cabeza se desprendió del tronco. Horribles mutilaciones aparecían en la cabeza y en el cuerpo, y este último apenas presentaba forma humana.

»Hasta el momento no se ha encontrado la menor clave que permita solucionar tan horrible misterio.»

La edición del día siguiente contenía los siguientes detalles adicionales:

«La tragedia de la rue Morgue.—Diversas personas han sido interrogadas con relación a este terrible y extraordinario suceso, pero nada ha trascendido que pueda arrojar alguna luz sobre él. Damos a continuación las declaraciones obtenidas:

»Pauline Dubourg, lavandera, manifiesta que conocía desde hacía tres años a las dos víctimas, de cuya ropa se ocupaba. La anciana y su hija parecían hallarse en buenos términos y se mostraban sumamente cariñosas entre sí. Pagaban muy bien. No sabía nada sobre su modo de vida y sus medios de subsistencia. Creía que madame L. decía la buenaventura. Pasaba por tener dinero guardado. Nunca encontró a otras personas en la casa cuando iba a buscar la ropa o la devolvía. Estaba segura de que no tenían ningún criado o criada. Opinaba que en la casa no había ningún mueble, salvo en el cuarto piso.

»Pierre Moreau, vendedor de tabaco, declara que desde hace cuatro años vendía regularmente pequeñas cantidades de tabaco y de rapé a madame L’Espanaye. Nació en la vecindad y ha residido siempre en ella. La extinta y su hija ocupaban desde hacía más de seis años la casa donde se encontraron los cadáveres. Anteriormente vivía en ella un joyero, que alquilaba las habitaciones superiores a diversas personas. La casa era de propiedad de madame L., quien se sintió disgustada por los abusos que cometía su inquilino y ocupó personalmente la casa, negándose a alquilar parte alguna. 

»La anciana señora daba señales de senilidad. El testigo vio a su hija unas cinco o seis veces durante esos seis años. Ambas llevaban una vida muy retirada y pasaban por tener dinero. Había oído decir a los vecinos que madame L. decía la buenaventura, pero no lo creía. Nunca vio entrar a nadie, salvo a la anciana y su hija, a un mozo de servicio que estuvo allí una o dos veces, y a un médico que hizo ocho o diez visitas.

»Muchos otros vecinos han proporcionado testimonios coincidentes. No se ha hablado de nadie que frecuentara la casa. Se ignora si madame L. y su hija tenían parientes vivos. Pocas veces se abrían las persianas de las ventanas delanteras. Las de la parte posterior estaban siempre cerradas, salvo las de la gran habitación en la parte trasera del cuarto piso. La casa se hallaba en excelente estado y no era muy antigua.

»Isidore Muset, gendarme, declara que fue llamado hacia las tres de la mañana y que, al llegar a la casa, encontró a unas veinte o treinta personas reunidas que se esforzaban por entrar. Violentó finalmente la entrada (con una bayoneta y no con una ganzúa). No le costó mucho abrirla, pues se trataba de una puerta de dos batientes que no tenía pasadores ni arriba ni abajo. 

»Los alaridos continuaron hasta que se abrió la puerta, cesando luego de golpe. Parecían gritos de persona (o personas) que sufrieran los más agudos dolores; eran gritos agudos y prolongados, no breves y precipitados. El testigo trepó el primero las escaleras. Al llegar al primer descanso oyó dos voces que discutían con fuerza y agriamente; una de ellas era ruda y la otra mucho más aguda y muy extraña. 

»Pudo entender algunas palabras provenientes de la primera voz, que correspondía a un francés. Estaba seguro de que no se trataba de una voz de mujer. Pudo distinguir las palabras sacré y diable. La voz más aguda era de un extranjero. No podría asegurar si se trataba de un hombre o una mujer. No entendió lo que decía, pero tenía la impresión de que hablaba en español. El estado de la habitación y de los cadáveres fue descrito por el testigo en la misma forma que lo hicimos ayer.

»Henri Duval, vecino, de profesión platero, declara que formaba parte del primer grupo que entró en la casa. Corrobora en general la declaración de Muset. Tan pronto forzaron la puerta, volvieron a cerrarla para mantener alejada a la muchedumbre, que, pese a lo avanzado de la hora, se estaba reuniendo rápidamente. 

»El testigo piensa que la voz más aguda pertenecía a un italiano. Está seguro de que no se trataba de un francés. No puede asegurar que se tratara de una voz masculina. Pudo ser la de una mujer. No está familiarizado con la lengua italiana. No alcanzó a distinguir las palabras, pero por la entonación está convencido de que quien hablaba era italiano. Conocía a madame L. y a su hija. Había conversado frecuentemente con ellas. Estaba seguro de que la voz aguda no pertenecía a ninguna de las difuntas.

»Odenheimer, restaurateur. Este testigo se ofreció voluntariamente a declarar. Como no habla francés, testimonió mediante un intérprete. Es originario de Ámsterdam. Pasaba frente a la casa cuando se oyeron los gritos. Duraron varios minutos, probablemente diez. Eran prolongados y agudos, tan horribles como penosos de oír. El testigo fue uno de los que entraron en el edificio. 

»Corroboró las declaraciones anteriores en todos sus detalles, salvo uno. Estaba seguro de que la voz más aguda pertenecía a un hombre y que se trataba de un francés. No pudo distinguir las palabras pronunciadas. Eran fuertes y precipitadas, desiguales y pronunciadas aparentemente con tanto miedo como cólera. La voz era áspera; no tanto aguda como áspera. El testigo no la calificaría de aguda. La voz más gruesa dijo varias veces: sacré, diable, y una vez Mon Dieu!

»Jules Mignaud, banquero, de la firma Mignaud e hijos, en la calle Deloraine. Es el mayor de los Mignaud. Madame L’Espanaye poseía algunos bienes. Había abierto una cuenta en su banco durante la primavera del año 18... (ocho años antes). Hacía frecuentes depósitos de pequeñas sumas. No había retirado nada hasta tres días antes de su muerte, en que personalmente extrajo la suma de 4000 francos. La suma le fue pagada en oro y un empleado la llevó a su domicilio.

»Adolphe Lebon, empleado de Mignaud e hijos, declara que el día en cuestión acompañó hasta su residencia a madame L’Espanaye, llevando los 4000 francos en dos sacos. Una vez abierta la puerta, mademoiselle L. vino a tomar uno de los sacos, mientras la anciana señora se encargaba del otro. Por su parte, el testigo saludó y se retiró. No vio a persona alguna en la calle en ese momento. Se trata de una calle poco importante, muy solitaria.

»William Bird, sastre, declara que formaba parte del grupo que entró en la casa. Es de nacionalidad inglesa. Lleva dos años de residencia en París. Fue uno de los primeros en subir las escaleras. Oyó voces que disputaban. La más ruda era la de un francés. Pudo distinguir varias palabras, pero ya no las recuerda todas. Oyó claramente: sacré y mon Dieu. 

»En ese momento se oía un ruido como si varias personas estuvieran luchando, era un sonido de forcejeo, como si algo fuese arrastrado. La voz aguda era muy fuerte, mucho más que la voz ruda. Está seguro de que no se trataba de la voz de un inglés. Parecía la de un alemán. Podía ser una voz de mujer. El testigo no comprende el alemán.

»Cuatro de los testigos nombrados más arriba fueron nuevamente interrogados, declarando que la puerta del aposento donde se encontró el cadáver de mademoiselle L. estaba cerrada por dentro cuando llegaron hasta ella. Reinaba un profundo silencio; no se escuchaban quejidos ni rumores de ninguna especie. No se vio a nadie en el momento de forzar la puerta. Las ventanas, tanto de la habitación del frente como de la trasera, estaban cerradas y firmemente aseguradas por dentro. 

»Entre ambas habitaciones había una puerta cerrada, pero la llave no estaba echada. La puerta que comunicaba la habitación del frente con el corredor había sido cerrada con llave por dentro. Un cuarto pequeño situado en el frente del cuarto piso, al comienzo del corredor, apareció abierto, con la puerta entornada. La habitación estaba llena de camas viejas, cajones y objetos por el estilo. Se procedió a revisarlos uno por uno, no se dejó sin examinar una sola pulgada de la casa. Se enviaron deshollinadores para que exploraran las chimeneas. 

»La casa tiene cuatro pisos, con mansardas. Una trampa que da al techo estaba firmemente asegurada con clavos y no parece haber sido abierta durante años. Los testigos no están de acuerdo sobre el tiempo transcurrido entre el momento en que escucharon las voces que disputaban y la apertura de la puerta de la habitación. Algunos sostienen que transcurrieron tres minutos; otros calculan cinco. Costó mucho violentar la puerta.

»Alfonso García, empresario de pompas fúnebres, habita en la rue Morgue. Es de nacionalidad española. Formaba parte del grupo que entró en la casa. No subió las escaleras. Tiene los nervios delicados y teme las consecuencias de toda agitación. Oyó las voces que disputaban. La más ruda pertenecía a un francés. No pudo comprender lo que decía. La voz aguda era la de un inglés; está seguro de esto. No comprende el inglés, pero juzga basándose en la entonación.

»Alberto Montani, confitero, declara que fue de los primeros en subir las escaleras. Oyó las voces en cuestión. La voz ruda era la de un francés. Pudo distinguir varias palabras. El que hablaba parecía reprochar alguna cosa. No pudo comprender las palabras dichas por la voz más aguda, que hablaba rápida y desigualmente. Piensa que se trata de un ruso. Corrobora los testimonios restantes. Es de nacionalidad italiana. Nunca habló con un nativo de Rusia.

»Nuevamente interrogados, varios testigos certificaron que las chimeneas de todas las habitaciones eran demasiado angostas para admitir el paso de un ser humano. Se pasaron “deshollinadores” —cepillos cilíndricos como los que usan los que limpian chimeneas— por todos los tubos existentes en la casa. 

»No existe ningún pasaje en los fondos por el cual alguien hubiera podido descender mientras el grupo subía las escaleras. El cuerpo de mademoiselle L’Espanaye estaba tan firmemente encajado en la chimenea, que no pudo ser extraído hasta que cuatro o cinco personas unieron sus esfuerzos.

»Paul Dumas, médico, declara que fue llamado al amanecer para examinar los cadáveres de las víctimas. Los mismos habían sido colocados sobre el colchón del lecho correspondiente a la habitación donde se encontró a mademoiselle L. El cuerpo de la joven aparecía lleno de contusiones y excoriaciones. El hecho de que hubiese sido metido en la chimenea bastaba para explicar tales marcas. La garganta estaba enormemente excoriada. 

»Varios profundos arañazos aparecían debajo del mentón, conjuntamente con una serie de manchas lívidas resultantes, con toda evidencia, de la presión de unos dedos. El rostro estaba horriblemente pálido y los ojos se salían de las órbitas. La lengua aparecía a medias cortada. En la región del estómago se descubrió una gran contusión, producida, aparentemente, por la presión de una rodilla. Según opinión del doctor Dumas, mademoiselle L’Espanaye había sido estrangulada por una o varias personas.

»El cuerpo de la madre estaba horriblemente mutilado. Todos los huesos de la pierna y el brazo derechos se hallaban fracturados en mayor o menor grado. La tibia izquierda había quedado reducida a astillas, así como todas las costillas del lado izquierdo. El cuerpo aparecía cubierto de contusiones y estaba descolorido. 
 

»Resultaba imposible precisar el arma con que se habían inferido tales heridas. Un pesado garrote de mano, o una ancha barra de hierro, quizá una silla, cualquier arma grande, pesada y contundente, en manos de un hombre sumamente robusto, podía haber producido esos resultados.  

»Imposible que una mujer pudiera infligir tales heridas con cualquier arma que fuese. La cabeza de la difunta aparecía separada del cuerpo y, al igual que el resto, terriblemente contusa. Era evidente que la garganta había sido seccionada con un instrumento muy afilado, probablemente una navaja.

»Alexandre Etienne, cirujano, fue llamado al mismo tiempo que el doctor Dumas para examinar los cuerpos. Confirmó el testimonio y las opiniones de este último.

»No se ha obtenido ningún otro dato de importancia, a pesar de haberse interrogado a varias otras personas. Jamás se ha cometido en París un asesinato tan misterioso y tan enigmático en sus detalles... si es que en realidad se trata de un asesinato. La policía está perpleja, lo cual no es frecuente en asuntos de esta naturaleza. Pero resulta imposible hallar la más pequeña clave del misterio.»

La edición vespertina del diario declaraba que en el quartier Saint-Roch reinaba una intensa excitación, que se había practicado un nuevo y minucioso examen del lugar del hecho, mientras se interrogaba a nuevos testigos, pero que no se sabía nada nuevo. Un párrafo final agregaba, sin embargo, que un tal Adolphe Lebon acababa de ser arrestado y encarcelado, aunque nada parecía acusarlo, a juzgar por los hechos detallados.

Dupin se mostraba singularmente interesado en el desarrollo del asunto; o por lo menos así me pareció por sus maneras, pues no hizo el menor comentario. Tan solo después de haberse anunciado el arresto de Lebon me pidió mi parecer acerca de los asesinatos.

No pude sino sumarme al de todo París y declarar que los consideraba un misterio insoluble. No veía modo alguno de seguir el rastro al asesino.

—No debemos pensar en los modos posibles que surgen de una investigación tan rudimentaria —dijo Dupin—. La policía parisiense, tan alabada por su penetración, es muy astuta pero nada más. No procede con método, salvo el del momento. Toma muchas disposiciones ostentosas, pero con frecuencia estas se hallan tan mal adaptadas a su objetivo que recuerdan a Monsieur Jourdain, que pedía sa robe de chambre... pour mieux entendre la musique. 
 

»Los resultados obtenidos son con frecuencia sorprendentes, pero en su mayoría se logran por simple diligencia y actividad. Cuando estas son insuficientes, todos sus planes fracasan. Vidocq, por ejemplo, era hombre de excelentes conjeturas y perseverante. Pero como su pensamiento carecía de suficiente educación, erraba continuamente por el excesivo ardor de sus investigaciones.  

»Dañaba su visión por mirar el objeto desde demasiado cerca. Quizá alcanzaba a ver uno o dos puntos con singular acuidad, pero procediendo así perdía el conjunto de la cuestión. En el fondo se trataba de un exceso de profundidad, y la verdad no siempre está dentro de un pozo.  

»Por el contrario, creo que, en lo que se refiere al conocimiento más importante, es invariablemente superficial. La profundidad corresponde a los valles, donde la buscamos, y no a las cimas montañosas, donde se la encuentra. Las formas y fuentes de este tipo de error se ejemplifican muy bien en la contemplación de los cuerpos celestes.  

»Si se observa una estrella de una ojeada, oblicuamente, volviendo hacia ella la porción exterior de la retina (mucho más sensible a las impresiones luminosas débiles que la parte interior), se verá la estrella con claridad y se apreciará plenamente su brillo, el cual se empaña apenas la contemplamos de lleno.  

»Es verdad que en este último caso llegan a nuestros ojos mayor cantidad de rayos, pero la porción exterior posee una capacidad de recepción mucho más refinada. Por causa de una indebida profundidad confundimos y debilitamos el pensamiento, y Venus misma puede llegar a borrarse del firmamento si la escrutamos de manera demasiado sostenida, demasiado concentrada o directa.

»En cuanto a esos asesinatos, procedamos personalmente a un examen antes de formarnos una opinión. La encuesta nos servirá de entretenimiento (me pareció que el término era extraño, aplicado al caso, pero no dije nada). Además, Lebon me prestó cierta vez un servicio por el cual le estoy agradecido. Iremos a estudiar el terreno con nuestros propios ojos. Conozco a G..., el prefecto de policía, y no habrá dificultad en obtener el permiso necesario.

La autorización fue acordada, y nos encaminamos inmediatamente a la rue Morgue. Se trata de uno de esos míseros pasajes que corren entre la rue Richelieu y la rue Saint-Roch. Atardecía cuando llegamos, pues el barrio estaba considerablemente distanciado del de nuestra residencia. 

Encontramos fácilmente la casa, ya que aún había varias personas mirando las persianas cerradas desde la acera opuesta. Era una típica casa parisiense, con una puerta de entrada y una casilla de cristales con ventana corrediza, correspondiente a la loge du concierge. 

Antes de entrar recorrimos la calle, doblamos por un pasaje y, volviendo a doblar, pasamos por la parte trasera del edificio, mientras Dupin examinaba la entera vecindad, así como la casa, con una atención minuciosa cuyo objeto me resultaba imposible de adivinar.

Volviendo sobre nuestros pasos retornamos a la parte delantera y, luego de llamar y mostrar nuestras credenciales, fuimos admitidos por los agentes de guardia. Subimos las escaleras, hasta llegar a la habitación donde se había encontrado el cuerpo de mademoiselle L’Espanaye y donde aún yacían ambas víctimas. 

Como es natural, el desorden del aposento había sido respetado. No vi nada que no estuviese detallado en la Gazette des Tribunaux. Dupin lo inspeccionaba todo, sin exceptuar los cuerpos de las víctimas. Pasamos luego a las otras habitaciones y al patio; un gendarme nos acompañaba a todas partes. 

El examen nos tuvo ocupados hasta que oscureció, y era de noche cuando salimos. En el camino de vuelta, mi amigo se detuvo algunos minutos en las oficinas de uno de los diarios parisienses.

 

(CONTUNUARÁ...) 

Testigos del silencio - Kathy Reichs

 

Más tarde, y tras cuatro litros de té, estaba encogida en la mecedora de Birdie y observaba aturdida a Ryan, que en aquel momento realizaba su tercera llamada —en esta ocasión, personal— asegurándole a alguien que regresaría en seguida. A juzgar por sus palabras, su interlocutor se mostraba insatisfecho e insistente.

Mi histeria se había visto recompensada. Ryan había llegado veinte minutos después. Registró el apartamento y el patio y luego se puso en contacto con el CUM para que enviaran un coche patrulla a vigilar el edificio. Había colocado la bolsa y su espantoso contenido en otra bolsa mayor, la selló y la dejó en el suelo, en un rincón del comedor, con la intención de llevársela después. El equipo de investigación vendría por la mañana. Estábamos en el comedor: yo, sentada, tomaba un té, y Ryan paseaba arriba y abajo y charlaba.

No sabía exactamente qué me producía efectos más tranquilizadores, si el té o Ryan. Probablemente no sería la infusión. En realidad, lo que deseaba era una bebida más fuerte. Pero «desear» no era la palabra adecuada: «ansiar» sería más exacta. Lo cierto es que deseaba beber mucho, apurar una botella hasta la última gota. «Olvídalo, Brennan. El tapón está puesto y seguirá ahí.»

Bebí un trago de té y observé a Ryan. Llevaba téjanos y una descolorida camisa vaquera. Buena elección. Las tonalidades azules iluminaban sus ojos como si colorearan una película antigua. Concluyó sus llamadas, pero siguió paseando.

—Ya está —dijo.

Tiró el teléfono en el sofá y se pasó la mano por el rostro. Estaba despeinado y con aspecto cansado. Pero probablemente tampoco yo parecería Claudia Schiffer.

Me pregunté a qué se referiría.

—Le agradezco que haya venido —dije—. Me temo haber reaccionado exageradamente.

Ya lo había dicho, pero lo repetí.

—No, nada de eso.

—No acostumbro...

—No pasa nada. Vamos a cazar a ese psicópata.

—Yo podría haber...

Se inclinó y apoyó las manos en las rodillas al tiempo que fijaba en las mías sus frías pupilas. Tenía una mota de pelusa en las pestañas, como una partícula de polen pegada en un pistilo.

—Brennan, esto es muy grave. Por ahí anda un tipo que es una especie de mutante mental, psicológicamente contrahecho. Es como las ratas que socavan montones de basura y se escabullen por los conductos del alcantarillado de esta ciudad: un depredador. Tiene los cables cruzados y ahora la ha introducido a usted en la pesadilla degenerada que está maquinando. Pero ha cometido un error y nosotros lo obligaremos a descubrirse y lo aplastaremos. Eso haremos con ese gusano.

Me sobresaltó la intensidad de su respuesta y no se me ocurrió qué decir. No me parecía aconsejable señalarle sus confusas metáforas.

Ryan tomó mi silencio como escepticismo.

—Lo digo en serio, Brennan. Ese cerdo tiene el cerebro de un sádico, lo que significa que usted debe renunciar a sus artimañas.

Su comentario me incitó a comportarme de modo descortés, algo que no exigía mucho incentivo. Me sentía vulnerable y dependiente y me odiaba a mí misma por ello, por lo que volqué en él mis frustraciones.

—¿Artimañas? —repliqué.

—¡Diablos, Brennan, no me refiero a esta noche!

Ambos sabíamos a qué se refería. Tenía razón, lo que intensificaba mi malestar y me incitaba a discutir. Hice girar el té ya frío y guardé silencio.

—Es evidente que ese animal ha estado acechándola —insistió, machacón como un martillo mecánico—. Sabe dónde vive y cómo entrar en su casa.

—No ha llegado a entrar.

—¡Ha colocado una cabeza humana en su patio!

—¡Lo sé! —grité perdiendo en gran parte mi compostura. Desvié la mirada hacia el rincón del comedor. El objeto procedente del jardín yacía allí, silencioso e inerte, un artefacto que aguardaba ser procesado. Podía haberse tratado de cualquier cosa: un balón, un globo, un melón. El objeto redondo contenido en la brillante bolsa de color negro parecía inofensivo en el interior del plástico donde Ryan lo había encerrado.

Sin apartar de él los ojos, cruzaron por mi mente imágenes de su espantoso contenido. Vi el cráneo apoyado en el angosto cuello del palo, las vacías órbitas fijas en el frente y la rosada luz del neón brillando en el blanco esmalte de la boca abierta. Imaginé al intruso rompiendo el candado y cruzando el patio con osadía para depositar allí su horripilante recuerdo.

—Lo sé —repetí—, tiene razón. Tendré que andarme con mucho cuidado.

Hice girar de nuevo mi taza buscando respuesta en las hojas.

—¿Quiere más té? —ofrecí.

—No, estoy bien. —Se levantó—. Voy a comprobar si ha llegado la patrulla.

Desapareció por la parte posterior del apartamento y yo me serví otra taza. Aún estaba en la cocina cuando él regresó.

—Han aparcado en la callejuela de enfrente y se instalará otra en el otro lado. Lo comprobaré cuando me marche. Nadie podrá acercarse a este edificio sin ser visto.

—Gracias.

Tomé un trago y me apoyé en el mostrador.

Ryan sacó un paquete de DuMaurier del bolsillo y me miró con aire interrogante.

—Desde luego —dije.

Odiaba el humo en el apartamento, pero probablemente él tampoco estuviera a gusto allí. La vida consiste en concesiones mutuas. Pensé en buscar mi único cenicero, pero no me molesté. Él fumaba y yo bebía sin hablar, apoyada contra el mostrador, sumidos ambos en nuestros pensamientos. Se oía el zumbido del refrigerador.

—¿Sabe? No ha sido realmente el cráneo lo que me ha asustado. Estoy acostumbrada a ello. Ha sido hallarlo fuera de contexto.

—Desde luego.

—Parecerá un cliché, lo sé, pero me siento como violada. Igual que si una criatura extraña invadiese mi espacio personal, hurgara por él y se marchara cuando dejara de interesarle.

Así la taza con fuerza, sintiéndome vulnerable y odiando tal situación. Y también me sentía necia. Sin duda que él había oído versiones parecidas en múltiples ocasiones. De ser así, no hizo alusión a ello.

—¿Cree que se trata de Saint Jacques?

Me miró y sacudió la ceniza en el fregadero. Se recostó contra el mostrador y dio una fuerte calada. Sus piernas llegaban casi hasta el refrigerador.

—No lo sé. ¡Diablos!, si ni siquiera podemos identificar a quién perseguimos. Saint Jacques probablemente es un alias. Quienquiera que utilizase aquel agujero sin duda no vivía realmente allí. Resulta que la patrona sólo lo vio dos veces. Hemos vigilado la casa una semana y nadie ha entrado ni salido de ella.

Hum. Calada, humo, volutas.

—Él tenía mi fotografía en su colección. La había recortado y marcado.

—Sí.

—Sea sincero conmigo.

—Yo diría que sí —repuso tras una larga pausa—. Es muy improbable una coincidencia.

Lo sabía, pero no deseaba oírselo decir. Aún más, no quería pensar en lo que ello significaba. Señalé el cráneo.

—¿Corresponde al cadáver que encontramos en Saint Lambert?

—Lo ignoro, eso es de su competencia.

Dio una última calada, echó agua en la colilla y miró en torno algún lugar donde tirarla. Yo abrí un armario que contenía una bolsa de basura. Al levantarse apoyé una mano en su antebrazo.

—¿Me cree loca, Ryan? ¿Cree que esa idea del asesino en serie sólo es fruto de mi imaginación?

Se irguió y fijó sus ojos en mí.

—No lo sé. Sencillamente, lo ignoro. Acaso usted no se equivoque. Son cuatro las víctimas femeninas en un período de dos años que han sido descuartizadas o mutiladas, ambas cosas. Y tal vez haya una quinta. Quizás existan algunas similitudes en la mutilación, en la inserción de objetos, pero eso es todo. Hasta el momento no existe otro vínculo. Quizás estén relacionadas o no. Tal vez haya un camión cargado de sádicos que operan independientemente o sea Saint Jacques el causante de todas esas muertes. Acaso le agrade coleccionar historias sobre hazañas ajenas o se trate de una sola persona, pero de alguien distinto. Quizás en estos momentos imagina su próxima excursión. Ese bastardo pudo limitarse a plantar un cráneo en su patio: lo ignoro. Pero me consta que esta noche un psicópata dejó un cráneo en sus petunias. Verá, no quiero que vuelva a exponerse. Quiero que me prometa que irá con cuidado, que no habrá más expediciones.

De nuevo el paternalismo.

—Era perejil.

—¿Cómo?

Se había expresado con gran brusquedad para impedir otras observaciones frivolas.

—¿Qué desea exactamente que haga? —pregunté.

—Por el momento basta de salidas secretas. —Señaló con un dedo la bolsa—. Y dígame de quién se trata.

A continuación consultó el reloj y añadió:

—¡Por Cristo! ¡Son las tres y cuarto! ¿Se siente bien?

—Sí. Gracias por haber venido.

—De acuerdo.

Comprobó de nuevo el teléfono y el sistema de seguridad y recogió la bolsa de plástico. Lo acompañé hasta la puerta. Mientras lo veía alejarse no dejé de advertir que sus ojos no eran el único rasgo que los téjanos destacaban a la perfección. «¡Por Dios, Brennan! ¡Tienes demasiado té encima... o demasiado poco de lo otro!»

 

 

A las cuatro veintisiete exactamente comenzó de nuevo la pesadilla. Al principio creí que estaba soñando, revisando los acontecimientos vividos. Pero en realidad no había llegado a dormirme. Estaba tendida, esforzándome por relajarme y daba rienda suelta a mis pensamientos, que se fragmentaban y reunían como las formas en un caleidoscopio. Pero el sonido que percibía de nuevo era auténtico y actual. Reconocía qué era y lo que significaba. El pitido de la alarma de seguridad me hizo comprender que se había abierto una puerta o ventana. El intruso había regresado y entrado en la casa.

Mi corazón precipitó sus latidos y volví a sentir un terror, primero asfixiante y paralizador, y luego una descarga de adrenalina que me dejó consciente pero insegura. ¿Qué hacer? ¿Huir o luchar? Me aferré al borde de la manta y mi mente vagó en múltiples direcciones. ¿Cómo habría conseguido esquivar las patrullas policiales? ¿En qué habitación estaba? ¡El cuchillo se encontraba en el cajón de la cocina! Yacía inmóvil, rígida, ponderando las opciones. Ryan había comprobado los teléfonos pero yo deseaba dormir tranquila y había desconectado el de la habitación. ¿Podría encontrar el cordón, localizar el pequeño enchufe triangular y llamar antes de verme dominada? ¿Dónde había dicho Ryan que estaban aparcados los coches de policía? Si abría la ventana de la habitación y gritaba, ¿me oirían los agentes y reaccionarían a tiempo?

Me esforcé por percibir el menor ruido entre la oscuridad que me rodeaba. De pronto distinguí un suave chasquido ¿tal vez en el vestíbulo? Contuve la respiración y me mordí el labio. Un chirrido en el suelo de mármol y cerca de la entrada. ¿Se trataría de Birdie? No, aquel sonido correspondía a alguien de más tamaño. Volví a percibirlo: un suave roce como producido en la pared, no en el suelo. Demasiado alto para un gato.

Una imagen de África surgió en mi mente. Una excursión nocturna en Amboseli. Un leopardo paralizado ante las luces de los faros del jeep, agazapado, con los músculos en tensión, las fauces aspirando aire, que silencioso se aproximaba a una gacela desprevenida. ¿Dominaría de igual modo mi asaltador la situación entre las sombras y buscaría un camino hasta mi habitación? ¿Me privaría de vías de escape? ¿Qué hacía en aquellos momentos? ¿Por qué habría regresado? ¿Qué debía hacer yo? ¡Tenía que hacer algo! ¡No podía permanecer tendida y esperar! ¡Debía actuar de algún modo!

¡El teléfono! ¡Intentaría hacer funcionar el teléfono! Había patrullas de policía en la calle a las que llegaría el mensaje. ¿Lograría alcanzarlos sin descubrirme? ¿Valía realmente la pena? Separé las ropas del lecho con lentitud y giré la espalda. El crujido de las sábanas sonó estrepitoso en mis oídos.

Algo rozó de nuevo la pared, en esta ocasión más intenso y más próximo. Como si el intruso se sintiera más seguro de sí, menos inclinado a mostrarse prudente.

Con todos los músculos y tendones en tensión avancé hacia la parte izquierda del lecho. La absoluta oscuridad de la habitación me dificultaba poder situarme. ¿Por qué habría bajado la persiana? ¿Por qué habría desconectado el teléfono para descansar un poco más? ¡Qué absoluta necia había sido! Debía encontrar el cordón y el enchufe y marcar el 911 a oscuras. Hice inventario mental de los objetos que había en la mesita de noche, imaginando el trayecto que debía seguir con la mano. Luego tendría que deslizarme hasta el suelo para buscar la conexión telefónica.

En la parte izquierda del lecho me apoyé en los codos. Traté de distinguir algo de cuanto me rodeaba pero me fue imposible captar ni siquiera los contornos, con la excepción de la puerta que se hallaba tenuemente iluminada por algún electrodoméstico de dial luminoso. No se recortaba ninguna figura en ella.

Más animada me dispuse a apoyar la pierna izquierda en el suelo. En aquel momento una sombra cruzó por la puerta dejándome paralizada en un terror catatónico.

Pensé que aquél era el fin. Moriría sola en mi propio lecho sin que los cuatro policías que montaban guardia en el exterior se enterasen siquiera. Recordé a las otras mujeres, sus huesos, sus rostros, sus cuerpos destrozados. El desatacasdor, la estatua. «¡No! —gritó una voz en mi interior—. ¡Yo no, por favor!» ¿Cuántas veces conseguiría gritar antes de verme dominada? ¿Antes de que el asesino me silenciara con un tajo en la garganta? ¿Suficientes para alertar a la policía que se encontraba afuera?

Paseé la mirada a uno y a otro lado frenética, como un animal que ha caído en una trampa. Una negra masa ocupó el marco de la puerta: una figura humana. Permanecí muda, inmóvil, incapaz siquiera de proferir mis últimos gritos.

La figura vaciló como si se sintiera insegura de efectuar su próximo movimiento. No distinguí sus rasgos: sólo se veía su silueta recortada en la entrada, en el único acceso y salida. ¡Dios!, ¿por qué no dispondría de una pistola?

Transcurrieron lentamente unos segundos. Tal vez aquel personaje no distinguía mi contorno en el borde del lecho. Tal vez la habitación pareciera vacía desde la puerta. ¿Llevaría el desconocido una linterna? ¿Encendería la luz de la habitación?

Mi mente se liberó de su parálisis. ¿Qué me habían enseñado en las clases de autodefensa? Huye cuando te sea posible. No era mi caso. Si te arrinconan, lucha con todas tus fuerzas: muerde, golpea, propina patadas, hiere al contrincante. Primera regla: procura que no te abata en el suelo. Segunda norma: que no te inmovilice debajo. Sí, sorpréndelo. Si consiguiera llegar a una de las puertas de salida, los policías que estaban afuera me salvarían.

Ya tenía el pie izquierdo en el suelo. Aún tendida de espaldas, impulsé la pierna derecha hacia el borde de la cama, milímetro a milímetro, girando sobre mis nalgas. Tenía ambos pies en el suelo cuando aquella sombra hizo un movimiento brusco y me dejó cegada por el resplandor de la luz.

Me protegí los ojos con la mano y me abalancé sobre el desconocido en un esfuerzo desesperado de apartarlo a un lado y huir del dormitorio. Pero se me enredó un pie con la sábana y caí de cabeza en la alfombra. Rodé rápidamente a la izquierda, me puse en seguida de rodillas y me volví hacia mi asaltante. Tercera regla: nunca des la espalda a tu enemigo.

El desconocido se encontraba en el otro lado de la habitación, apoyada aún la mano en el interruptor de la luz. Pero ahora tenía rostro, un rostro distorsionado por alguna confusión interior que yo no podía imaginar. Era un rostro conocido. En cuanto al mío, exhibía una sucesión de expresiones: terror, reconocimiento, confusión. Fijamos una en otra largamente nuestras miradas sin movernos ni decir palabra. Nos miramos de un extremo al otro de la habitación.

Entonces me eché a gritar.

—¡Maldita seas, Gabby! ¡Eres una condenada estúpida! ¿Qué haces aquí? ¿Se puede saber qué te he hecho? ¡Maldita necia!

Me senté sobre mis talones con las manos en los muslos sin controlar las lágrimas que bañaban mi rostro ni los sollozos que me sacudían.