VI
Cuando
Igor Semionovich se enteró no sólo del noviazgo repentino de Tania,
sino también de su próximo matrimonio, se puso a dar pasos agigantados
por la estancia, tratando de coordinar sus ideas y dominar su agitación.
Se retorcía las manos y las venas de su cuello parecían tan amoratadas
como las violetas que cultivaba en sus viveros.
Ordenó que engancharan
los caballos en su carricoche y se ausentó de la casa. Tania, al ver
cómo fustigaba los caballos y se cubría las orejas con su gorra de
cuero, comprendió lo que le pasaba a su padre, se encerró en su
habitación, cerró la puerta y lloró todo el día.
En los huertos,
los melocotones y las ciruelas estaban a punto de madurar. El
empaquetado y envío de tan delicada mercancía a Moscú requería la máxima
atención, como asimismo jaleo y bullicio. Teniendo en cuenta el intenso
calor del verano, cada árbol tenía que ser regado; el procedimiento era
muy costoso en aquella época, tanto por el tiempo empleado como por la
energía que se debía gastar.
Aparecieron los sempiternos gusanos, que los trabajadores, y hasta Igor Semionovich y Tania, mataban apretándolos con los dedos, a disgusto de Kovrin, a quien asqueaba ese acto repugnante. También había que tener en cuenta los cuidados prodigados a las frutas que madurarían en otoño, y de las que habría gran demanda desde las ciudades, como lo demostraba la gran correspondencia que recibían.
En el momento en que todos estaban más atareados, cuando
parecía que nadie disponía ni de un segundo libre, empezaron las labores
en los campos, privando a los viveros de flores de la mitad de sus
floricultores. Igor Semionovich, tostado por el sol, nervioso e
irritado, galopaba de un lado para otro; ahora a los jardines, luego a
los campos, mientras gritaba con todas las fuerzas de sus pulmones que
aquel trabajo le estaba haciendo pedazos y que terminaría pegándose un
tiro en la sien para acabar de una vez por todas.
Por encima de
todo estaba el ajuar de Tania, al que la familia Pesotski atribuía suma
importancia. Toda la casa parecía un hormiguero: ruido de máquinas de
coser y de tijeras, vapor de agua producido por las planchas de hierro,
aparte de los caprichos de la nerviosa y escrupulosa modista.
Y para colmo de males, cada día llegaban más visitas, y todas debían ser atendidas, alimentadas y alojadas. Sin embargo, el trabajo y las preocupaciones pasaban desapercibidos en medio de la inmensa alegría que inundaba toda la extensa mansión.
Tania tenía la impresión de que el amor y la felicidad habían caído sobre ella como una de esas inesperadas lluvias de verano; aunque desde los catorce años estuvo segura de que Kovrin no se casaría más que con ella. Se hallaba en un estado de eterno asombro, duda y desconfiaba de sí misma.
En un momento se hallaba tan contenta que pensaba que volaría al cielo y se sentaría sobre las nubes para rezarle a Dios; pero instantes después pensaba que pronto llegaría el otoño y debería abandonar la casa de su infancia y a su padre.
Pero lo más curioso de todo es que tenía la idea fija de que era una mujer muy insignificante, trivial y sin importancia para casarse con alguien tan famoso como Kovrin, un gran hombre de la capital. Cuando estos pensamientos le venían a la mente, Tania subía corriendo a su habitación, cerraba la puerta y se echaba a llorar desesperadamente.
Pero cuando estaban presentes los visitantes, decía que Kovrin era muy guapo, que todas las mujeres iban detrás de él y que por ello la envidian; y en ese instante su corazón se hallaba tan repleto de orgullo y de gozo que daba la impresión de haber conquistado el mundo entero. Cuando Kovrin le sonreía a alguna mujer, los celos la devoraban, se echaba a temblar, subía a su habitación, cerraba la puerta y volvía a echarse a llorar.
Pero este estado de nervios se extendía a todo lo que hacía durante el día: ayudaba a su padre mecánicamente, sin fijarse en los papeles, los gusanos ni en si los trabajadores cumplían con sus faenas, sin siquiera darse cuenta del paso del tiempo. Igor Semionovich se encontraba casi en el mismo estado de espíritu. Aún seguía trabajando de la mañana a la noche, yendo de los jardines a los campos y de estos a los jardines, e incluso su mal carácter había desaparecido; pero durante todo este tiempo parecía hallarse envuelto en un mágico sueño.
Dentro de su robusto cuerpo parecían luchar dos hombres: uno, el
verdadero Igor Semionovich, el cual, cuando oía decir a un jardinero que
se había producido algún error en las plantaciones, se volvía loco por
la excitación y se tiraba de los pelos; y el otro, el irreal Igor
Semionovich, era un hombre que, en medio de una conversación, ponía su
mano sobre el hombro del jardinero y balbuceaba emocionado:
–Puedes
decir lo que te plazca, amigo mío, pero la sangre es más espesa que el
agua. Su madre era una mujer deslumbrante, noble, buena, una verdadera
santa. Era un placer contemplar su rostro bondadoso, puro, igual que el
de un ángel. Pintaba maravillosamente, escribía poesías, hablaba cinco
idiomas y cantaba... Pobrecita mía. Su alma reposa en el cielo. Murió
tuberculosa.
El irreal Igor Semionovich hacía un gesto afirmativo
con la cabeza al pronunciar estas palabras, y, después de unos momentos
de silencio, proseguía:
–Cuando él era aún un muchacho, camino
de ser un hombre hecho y derecho, daba gusto verlo por la casa con aquel
rostro de ángel, de mirada bondadosa y expresión noble. Su mirada, sus
movimientos, su forma de hablar, todo era tan gentil y gracioso como su
madre. ¡Y cuán inteligente era! No es por nada que tiene el título de
Magíster, no señor. Se lo ganó, no se lo regalaron. Pero espere un poco
más, querido Iván Karlich, y ya verá lo que será dentro de diez años.
De
pronto, al llegar a este extremo, el real Igor Semionovich se acordaba
de sí mismo, se cogía la cabeza entre las manos y rugía como un toro:
–¡Malditos
demonios! ¡Condenada escarcha! ¡Me han arruinado, me han destruido! ¡El
jardín está arruinado; el jardín está destruido!
Kovrin seguía
trabajando con su habitual tenacidad sin apenas darse cuenta del
bullicio que reinaba en la casa. El amor sólo vertía aceite en las
llamas. Después de cada encuentro con Tania, regresaba a sus aposentos
rebosante de dicha y felicidad, y se sentaba a trabajar entre sus libros
y manuscritos con la misma pasión con la que la había besado y jurado
su amor.
Lo que el Monje Negro le había dicho sobre la elección divina,
la verdad eterna y el glorioso futuro de la Humanidad proporcionó a todo
su trabajo un significado peculiar, fuera de lo corriente. Una o dos
veces por semana se encontraba con el monje, tanto en el parque como en
la casa, y hablaba con él durante horas y horas; pero esto no le
asustaba; por el contrario, hallaba sumo placer en ello, ya que ahora
estaba seguro de que el monje sólo efectuaba tales visitas a las
personas elegidas y excepcionales que se habían dedicado a los ideales
más puros.
Pasó el día de la Asunción. Luego vino el día de la
boda, que fue celebrada con lo que Igor Semionovich llamaba *grand
éclat*, es decir, con grandes fiestas y banquetes que duraron dos días.
Tres mil rublos se gastaron en comidas y bebidas; pero debido a la vil
música, los ruidosos brindis y discursos, el ajetreo de los criados, las
aclamaciones a los novios y a aquella atmósfera densa y asfixiante,
nadie pudo apreciar ni los costosísimos vinos ni los maravillosos *hors
d'oeuvres* traídos especialmente de Moscú.
VII
Era
una de aquellas largas noches de invierno. Kovrin se hallaba acostado
en la cama, leyendo una novela francesa. La pobre Tania, a quien cada
noche le dolía la cabeza debido a que no estaba acostumbrada a vivir en
una ciudad, hacía ya tiempo que estaba durmiendo, y murmuraba frases
incoherentes en sus sueños.
El reloj dio las tres campanadas de
la madrugada. Kovrin apagó la luz y se dispuso a dormir, pero aunque
permaneció con los ojos cerrados durante mucho tiempo, no logró
conciliar el sueño, debido al calor de la habitación y a que Tania no
cesaba de murmurar. A las cuatro y media, Kovrin volvió a encender la
luz. El Monje Negro estaba sentado en una silla junto a su cama.
–¡Buenas noches! –le dijo el monje, y, después de unos segundos de silencio, preguntó–: ¿En qué pensaba en este instante?
–En
la gloria –respondió Kovrin–. En una novela francesa que acabo de leer,
el héroe es un hombre joven que no hace más que locuras, y muere
víctima de su pasión por alcanzar la gloria. Para mí esto es
inconcebible.
–Porque usted es demasiado inteligente. Considera indiferentemente la gloria como un juguete que no puede interesarle.
–Eso es cierto.
–No
le interesa ser célebre. ¿De qué le sirve a un hombre que en su tumba
se grabe que fue famoso y célebre, si al cabo de los años el tiempo
borrará, tarde o temprano, aquella inscripción? Por suerte, para las
pocas personas que son como usted, sus nombres serán olvidados con
prontitud por el resto de los mortales.
–Desde luego –respondió
Kovrin–. ¿Para qué recordar sus nombres? ¿Para qué acordarse de ellos?
En fin, dejemos esto y hablemos de otra cosa. De la felicidad, por
ejemplo. ¿Qué es la felicidad?
Cuando el reloj dio las cinco,
Kovrin se hallaba sentado en el borde de la cama, con los pies apoyados
en la alfombra, mirando hacia el monje y diciéndole:
–En tiempos
remotos, los hombres se asustaban de su felicidad, por muy grande que
esta fuese y, para aplacar a los dioses, depositaban delante de sus
altares su querido anillo de boda. ¿Me ha comprendido? Pues bien,
actualmente, yo, igual que Polícrates, estoy un poco asustado de mi
propia felicidad. Desde la mañana a la noche sólo experimento dichas y
alegrías; ambas cosas me absorben y ahogan cualquier otro sentimiento.
Ignoro lo que es la aflicción, la desgracia, el tedio. Todo mi ser
desborda felicidad por sus cuatro costados. Le hablo en serio; estoy
empezando a dudar.
–¿Por qué? –preguntó asombrado el monje–.
¿Acaso piensa que la felicidad es un sentimiento supernatural? ¡No!
¿Cree que no es la condición normal de las cosas? ¡No! Cuanto más alto
ha subido un hombre en su desarrollo mental y moral, más libre es; su
mayor satisfacción emana de su propia vida. Sócrates, Diógenes, Marco
Aurelio conocieron la dicha, pero no la aflicción. Y el apóstol dice:
«Regocíjate todo lo que puedas». Regocíjese y sea feliz.
–Y los
dioses se encolerizarán inmediatamente –dijo bromeando Kovrin–. Aunque
también admito que me dolería mucho que ellos me robaran la felicidad,
me obligaran a ser un desgraciado y a morirme de hambre.
En aquel
momento se despertó Tania. Miró extrañada y aterrorizada a su marido.
Vio que hablaba, que gesticulaba y reía dirigiéndose hacia la silla, sus
ojos brillaban misteriosamente y su risa tenía un tono muy extraño.
–Pero
Andrei, ¿con quién estás hablando? –dijo Tania, cogiendo la mano que
Kovrin extendía en dirección al monje–. ¿Con quién estás hablando?
–¿Con quién? –respondió Kovrin–. ¡Pues con el monje! Está sentado ahí –añadió, señalando hacia el Monje Negro.
–No hay nadie ahí... nadie, Andrei; tengo la impresión de que estás enfermo.
Tania
abrazó a su marido, apretándolo contra ella como si quisiera defenderlo
de la aparición fantasmagórica, y le tapó los ojos con su mano.
–Sí,
estás enfermo –dijo sollozando estremecida–. No te enfades por lo que
voy a decirte, pero desde hace mucho tiempo estaba segura de que
padecías de los nervios o de algo parecido. Estás enfermo...
psíquicamente, Andrei.
El temor de su esposa se le contagió. Una
vez más miró en dirección al butacón, ahora vacío, y sintió una gran
flojedad en sus brazos y piernas. Empezó a vestirse, mientras le decía a
su esposa:
–No es nada, querida Tania, nada... Pero admito que no estoy bien del todo. Ya es hora de que lo reconozca yo mismo.
–Ya
me di cuenta hace mucho tiempo, y mi padre también –respondió ella,
tratando de contener sus sollozos–. Hacía tiempo que había observado que
hablabas contigo mismo y que te reías de una forma muy extraña. Además,
no dormías, no podías dormir por las noches. ¡Oh, Dios mío, sálvanos!
–gritó, presa de terror–. Pero no te preocupes, Andrei, no te asustes.
Por el amor de Dios, no te asustes.
Tania también se vistió.
Hasta que no se fijó en la expresión de su esposa, Kovrin no comprendió
el peligro en que se hallaba. Se dio cuenta de lo que significaban el
Monje Negro y sus conversaciones. Entonces se vio obligado a admitir con
toda certeza que se había vuelto loco.
Ambos, sin saber cómo, se
dirigieron al salón; primero él, detrás ella. Allí encontraron a Igor
Semionovich envuelto en su batín. Se había despertado al oír los
sollozos de su hija.
–No te asustes, Andrei –dijo Tania,
temblando como si tuviera fiebre–. No te asustes. Padre, ya se le pasará
esto..., ya se le pasará.
Kovrin estaba tan nervioso que apenas
podía hablar. Para despistar, procuró tratar aquel asunto en broma. En
efecto, dirigiéndose a su suegro, intentó decirle:
–Felicíteme, mi querido suegro, pues ya ve que me he vuelto loco.
Pero sus labios sólo se movieron, sin poder emitir sonido alguno, y sonrió amargamente.
A
las nueve de la mañana, Igor y su hija lo envolvieron en un abrigo, le
cubrieron con una capa de pieles y lo condujeron al médico. Este le puso
en tratamiento.
VIII
De
nuevo llegó el verano. Siguiendo las órdenes del doctor, Kovrin regresó
al campo. Recuperó la salud y no volvió a ver al Monje Negro. En el
campo recuperó su fuerza física. Vivía con su suegro, bebía mucha leche,
trabajaba sólo dos horas al día y dejó de beber y fumar.
La
tarde del 19 de junio, víspera de la fiesta más importante de la
comarca, se celebró un servicio religioso en la casa. Cuando el
sacerdote esparció el incienso, todo el vasto salón empezó a oler como
una iglesia. Aquella atmósfera irritaba los pulmones de Kovrin, por lo
que salió de la casa y se dirigió al jardín. Una vez allí, se puso a
pasear arriba y abajo hasta que, cansado, se sentó en un banco.
Al cabo
de unos minutos, sintiéndose ya con fuerzas, se levantó y echó a caminar
por el parque. Se dirigió a la orilla del riachuelo y estuvo
contemplando el agua cristalina hasta que el piar melodioso de un
ruiseñor le sacó de su abstracción. Se puso a caminar de nuevo y llegó
al pinar donde viera por primera vez al Monje Negro, pero ni los pinos
ni las flores le reconocieron. Y es que, realmente, con aquellos
cabellos al rape, su caminar cansino, su alterado rostro, tan pálido y
arrugado, y aquel cuerpo pesado, era imposible que alguien lo hiciera.
Cruzó
el arroyuelo y atravesó los campos que en ese entonces estaban
cubiertos de centeno y ahora habían sido plantados de avena. El sol
acababa de ponerse, y en el amplio horizonte brillaba como un horno al
rojo vivo su inmensa aureola de oro.
Cuando regresó a la casa,
cansado y aburrido, Tania e Igor Semionovich se hallaban sentados en los
escalones de la entrada principal, tomando una taza de té. Estaban
conversando, pero cuando divisaron a Kovrin se callaron, por lo que este
dedujo que habían estado hablando de él.
–Es la hora en que tomes tu leche –díjole Tania.
–No, aún no. Tómala tú, yo no tengo ganas.
Tania miró de reojo a su padre e insistió:
–Sabes perfectamente que la leche te hace bien.
–Sí,
sobre todo si es en grandes cantidades –repuso Kovrin–. Te felicito, he
ganado una libra de peso desde el último viernes. –Se apretó la cabeza
entre las manos y continuó–: ¿Por qué, por qué me has curado? Bromuros,
mezclas de hierbas sedativas, baños calientes, observándome
constantemente: todo esto acabará por convertirme en un idiota. Has
acabado por sacarme de mis casillas. Antes tenía delirios de grandeza,
pero al menos era activo, trabajador, dinámico e incluso feliz...
siempre estaba contento con mi felicidad. Pero ahora me he convertido en
un ser racional, materializado, como el resto del mundo. ¡Me he
convertido en una mediocridad y estoy aburrido y cansado de esta vida!
¡Oh, cuán cruelmente..., cuán cruelmente me has tratado! Admito que
antes tenía alucinaciones, ¿pero qué daño le hacía a nadie el que las
tuviera? Te lo repito, ¿qué daño hacía?
–¡Sólo Dios sabe lo que quieres dar a entender! –intervino Igor Semionovich–. No vale la pena oírte hablar.
–Pues no necesita hacerlo.
La
presencia de Igor Semionovich, sobre todo, irritaba ahora a Kovrin.
Siempre le contestaba seca y agriamente a su padre político, incluso con
rudeza, y no podía contener la rabia que le producía el mero hecho de
que le mirase. Igor Semionovich estaba confuso, se consideraba culpable,
pero sin saber qué daño le había podido causar a su yerno. Le parecía
mentira que hubieran cambiado de tal forma aquellas excelentes
relaciones que los unían.
Tania también se había dado cuenta de ello.
Cada día era más claro para ella que las relaciones entre su padre y su
esposo iban de mal en peor; que su padre se había hecho más viejo y que
Kovrin cada vez era más intratable y nervioso. Ya no cantaba ni reía
como antes, apenas comía nada y no podía dormir por las noches.
–¡Cuán
felices eran Buda, Mahoma y Shakespeare al tener la dicha de que sus
médicos no tratasen de curar sus éxtasis, alucinaciones e inspiraciones!
–se decía a sí mismo Kovrin–. Si Mahoma hubiese tomado bromuro de
potasio para sus nervios, trabajado dos horas al día y sólo hubiese
bebido leche, estoy seguro de que no habría dejado tras de su muerte
absolutamente nada. Los médicos hacen todo lo que está en sus manos para
convertir en idiotas a todos los hombres, y a este paso llegará el
momento en que la mediocridad será considerada genialidad, y la
Humanidad perecerá. ¡Si ahora pudiese tener sólo una idea, cuán feliz me
consideraría!
Sintió una tremenda irritación al pensar en todo
esto y, para evitar decir más cosas duras e hirientes, se levantó y
entró en la casa. Era una noche de fuerte ventolera, y el aroma a tabaco
procedente de las plantaciones penetraba por las ventanas de su
habitación. Encendió un puro y ordenó a un criado que le trajera vino:
quería recordar «los viejos tiempos»...
Pero ahora el tabaco era agrio y
detestable, y el vino ya no tenía aquel aroma de antaño. ¡Cuántas
repercusiones tiene el salirse de la práctica cotidiana, el dejar de
hacer lo que se ha hecho durante años y años! Bastaron unas chupadas al
puro y dos sorbos de vino para que se sintiera mareado, y se vio
obligado a tomar el bromuro de potasio.
Antes de acostarse, Tania le dijo:
–Escúchame
con un poco de paciencia, querido Andrei: mi padre te quiere mucho,
pero tú no haces más que enfadarte con él por la mínima tontería, y esto
lo está matando. Contempla su rostro; se está haciendo viejo, pero no
cada día, sino en cada hora que pasa. Te lo imploro, Andrei, por el amor
de Cristo, en nombre de tu difunto padre, en nombre de la paz de mi
espíritu: sé bondadoso con él.
–No puedo, y tampoco lo deseo.
–¿Pero por qué? –repuso Tania, temblando–. Explícame por qué.
–Porque no me cae en gracia, eso es todo –respondió Kovrin con
indiferencia, encogiéndose de hombros–. Prefiero no hablar más de esto:
es tu padre.
–No puedo comprenderlo, no puedo comprenderlo
–repitió Tania, mientras se llevaba las manos a la cabeza y fijaba su
mirada en el vacío–. Algo terrible, espantoso, ha tenido que ocurrir en
esta casa. Tú mismo, Andrei, has cambiado; ya no eres el mismo de antes.
Te molestas por cosas insignificantes de las que en otro tiempo no
hubieras hecho caso. No, no te enfades..., no te enfades –díjole
cariñosamente Tania, mientras le acariciaba los cabellos, asustada por
las palabras que acababa de pronunciar–. Eres inteligente, bueno y
noble. Estoy segura de que serás justo con mi padre. ¡Él es tan bueno!
–No,
no es bueno, sino que tiene buen humor –respondió Kovrin–. Estos tíos
de vaudeville –del tipo de tu padre–, de rostros bien alimentados y
sonrientes, tienen su carácter especial, y en otra época acostumbraba a
divertirme con ellos, ya fuese en las novelas, en el teatro o en la
misma calle. Son egoístas hasta el tuétano de sus huesos. Lo más
desagradable de ellos es su saciedad y ese optimismo estomacal, puro
bovino o porcino.
Tania se echó a llorar y recostó su cabeza en la almohada.
–¡Esto
es una tortura! –Por el tono en que pronunció estas palabras se
adivinaba que estaba desesperada y que le costaba trabajo hablar sin
rodeos ni tapujos–. Desde el invierno pasado no he tenido un momento de
tranquilidad. ¡Es terrible, Dios mío! No hago más que sufrir y
padecer...
–¡Oh, sí, desde luego! Por lo visto yo soy Herodes y tú y tu papá, unos niños inocentes.
En
aquel momento la cara de Kovrin le resultó repugnante y desagradable.
La expresión de odio y furor era ajena a ella. Incluso observó que algo
faltaba en su rostro: aunque a su esposo le habían cortado el cabello,
no era aquello lo que le hacía parecer extraño. Tania sintió un deseo
intenso de decir algo insultante, pero se contuvo y, dominada por el
terror, abandonó el dormitorio.
IX
Kovrin
consiguió una cátedra libre en la Universidad. El día de su primera
lección como profesor fue fijado para el 2 de diciembre, y una nota a
tal efecto fue colocada en el tablón de anuncios de los pasillos de la
Universidad. Pero cuando llegó esta fecha, las autoridades académicas
recibieron un telegrama en el que Kovrin les comunicaba que no podía
cumplir con aquel compromiso debido a su enfermedad.
Empezó a
escupir sangre de la garganta. Al principio fue eventual, de tarde en
tarde, pero más adelante los escupitajos sanguinolentos se convirtieron
en torrentes de sangre. Se sintió horriblemente débil y cayó en un
estado de somnolencia. Pero esta enfermedad no le asustó, pues sabía que
su difunta madre había vivido con ella durante diez años. Los médicos,
también, aseguraron que no había ningún peligro, y le aconsejaron que no
se preocupara, que llevara una vida normal y que hablara poco.
Al
llegar el mes de enero, tampoco pudo ocupar la cátedra por el mismo
motivo, y en febrero ya era muy tarde, pues el curso estaba avanzado.
Por consiguiente, todo fue pospuesto para el año próximo.
Ya no
vivía con Tania, sino con otra mujer, mucho más vieja que él y que lo
cuidaba como si fuera su hijo. Tenía un carácter pacífico y obediente, y
por ello, cuando Bárbara Nikolayevna hizo los trámites necesarios para
llevarlo a Crimea, Kovrin consintió en ir, a pesar de que sabía que el
cambio de clima y lugar le haría daño.
Llegaron a Sebastopol un
atardecer y se quedaron allí para descansar, pensando marchar al día
siguiente a Yalta. Ambos estaban agotados por el viaje. Bárbara tomó un
poco de té y se fue a la cama. Pero Kovrin no se acostó. Una hora antes
de tomar el tren había recibido una carta de Tania que no había leído, y
pensar en ella le producía agitación.
En el fondo de su corazón, él sabía que su matrimonio con Tania había sido un error. También aceptaba que había hecho bien en alejarse de ella, pero no podía dejar de admitir que el haberse ido a vivir con esta nueva mujer lo había convertido en un pelele entre sus manos, y se sintió vejado.
Al contemplar la letra de Tania en el sobre, recordó lo injusto que había sido con ella y con su padre. Evocó aquella tarde en que, presa de un ataque de nervios, cogió todos los artículos de su suegro, los hizo añicos, los arrojó por la ventana y contempló cómo el viento los arrastraba depositándolos en las hojas de los árboles y las flores del jardín; en cada página había creído ver unas pretensiones desmedidas, una manía de vgfbcgrandeza y un carácter frívolo.
Esto le había producido tal impresión que se apresuró en escribirle una carta en la que confesaba su culpa. En cuanto a Tania, debía admitir que había arruinado su vida. Recordó que en cierta ocasión había sido terriblemente cruel con ella, al decirle que su padre había desempeñado el papel de casamentero, y le había insinuado que se casara con ella.
Y que cuando Igor Semionovich se enteró de esto,
penetró en su habitación, enfurecido como un toro salvaje, y tan
enloquecido que después de echarle en cara que había pisoteado su honor,
ya no pudo murmurar una sola palabra, como si le hubieran cortado la
lengua. Tania, viendo a su padre en aquel estado, se puso a gritar como
una loca y cayó desvanecida al suelo. Sí, admitía que se había
comportado como un ser monstruoso y repugnante.
Se dirigió al
balcón, abrió la puerta y se sentó en la terraza. Desde el piso inferior
de aquella posada llegaban gritos y algarabías; seguramente estaban
festejando algo importante. Kovrin hizo un esfuerzo, abrió la carta de
Tania y, tras regresar a la habitación, se dispuso a leerla.
>
«Mi padre acaba de morir. Por esto estoy en deuda contigo, ya que has
sido tú quien le ha matado. Nuestras plantaciones están arruinadas;
están administradas por extraños; lo que mi padre siempre temió ha
sucedido. Esto también te lo debo a ti, ya que eres el culpable de todo.
¡Te odio con toda mi alma, y deseo que pronto te mueras! ¡Sólo Dios
sabe cuánto estoy sufriendo! ¡Sólo Él sabe el dolor que me destroza el
corazón! ¡Te maldigo con todas las fuerzas de mi alma! Creí que eras un
hombre excepcional, un genio; por ello te amé, pero me demostraste que
sólo eras un loco...»
Kovrin no pudo seguir leyendo; rompió la
carta y tiró al suelo los pedazos. Se hallaba dominado por el
agotamiento y la desesperación. Al otro lado del biombo dormía Bárbara
Nikolayevna; podía oír su respiración. Aquella carta le había
aterrorizado. Tania le maldecía, le deseaba que se muriese. Miró hacia
la puerta, como temiendo que por ella entrara aquel poder desconocido
que durante dos años había arruinado su vida y las de quienes le habían
rodeado.
Por experiencia sabía que, cuando los nervios se
desataban, lo mejor era refugiarse en un trabajo. De modo que cogió su
cartera de mano y sacó una compilación que había pensado acabar durante
su estancia en Crimea si se aburría con la inactividad. Se acomodó
frente a la mesa y se puso a trabajar en aquella compilación, creyendo
que sus nervios se calmaban, poco a poco.
Luego pensó que para conseguir aquella cátedra de filosofía había debido estudiar durante quince años, llegado a los cuarenta, trabajado día y noche, padecido una grave enfermedad, sobrevivido a un matrimonio frustrado; había sido culpable de mil injurias y crueldades que le torturaba recordar.
Sí, tenía que
admitir todo esto. Había sufrido y había hecho sufrir sólo para ser una
mediocridad. Sí, se dio cuenta de que era una mediocridad, y lo aceptó
así, pensando que cada hombre debe estar satisfecho con lo que realmente
es.
Pero había muchas cosas que no podía olvidar. Los trozos de
la carta de Tania, esparcidos por el suelo, avivaron más aún su tortura
psíquica. Se agachó y los recogió; lanzó aquellos fragmentos por la
ventana. Se sintió dominado por el terror, y tuvo la extraña sensación
de que en aquella posada no había ningún ser viviente excepto él... Se
dirigió al balcón. Desde allí se divisaba la bahía, con sus aguas
tranquilas y las luces de los barcos. Hacía calor y bochorno, y por un
instante pensó lo agradable que sería bañarse en aquellas aguas.
De
repente, debajo de su balcón, oyó la música de un violín y el canto de
dos mujeres. Eso le hizo recordar una escena lejana, allá en las
plantaciones de Igor Semionovich. La letra de aquella canción se refería
a una muchacha, enferma imaginativa, que oía por la noche en su jardín
unos sones misteriosos, y hallaba en ellos una armonía y un tono de
santidad incomprensibles para nosotros los mortales... Kovrin se cogió
la cabeza entre las manos, su corazón dejó de latir, y el mágico y
misterioso éxtasis, olvidado hacía ya mucho tiempo, volvió a temblar en
su corazón.
Una columna alta y negra, como un ciclón o una tromba
marina, apareció en la costa opuesta. Se deslizaba con increíble
velocidad en dirección a la posada; luego se hizo más y más pequeña, y
Kovrin se apartó para dejarle paso... El monje, aquel monje de cabellos
grises, cejas negras y pies desnudos, con las manos cruzadas sobre su
pecho, pasó junto a él y se detuvo en el centro de la habitación.
–¿Por
qué no me creyó? –preguntó en un tono de reproche, mirándole a los
ojos–. Si hubiese creído en mí cuando le dije que era un genio, estos
dos últimos años no habrían pasado tan triste y estérilmente.
Kovrin
volvió a creer que era un elegido de Dios y un genio; recordó todas las
conversaciones que sostuvo con el Monje Negro, y quiso responderle.
Pero la sangre fluyó de su garganta; no supo qué hacer y se llevó las
manos al pecho, empapando de sangre los puños de su camisa. Quiso llamar
a Bárbara Nikolayevna, que dormía tras el biombo, y haciendo un
esfuerzo, gritó:
–¡Tania!
Cayó al suelo, y, levantando las manos, volvió a gritar:
–¡Tania!
Gritó
llamando a Tania, al gran jardín con sus maravillosas flores, al
parque, a los pinos con sus raíces al descubierto, al campo de centeno, a
su ciencia, su juventud, su osadía y su felicidad; gritó llamando a la
vida que había sido tan hermosa. Vio en el suelo, delante de sí, un gran
charco de sangre, y era tanta su debilidad que no pudo articular ni una
sola palabra.
Pero, cosa extraña, una infinita e inexplicable alegría
llenó todo su ser. Debajo del balcón seguía oyéndose la música de la
serenata. El Monje Negro se acercó a él y le susurró al oído que era un
genio, y que moría porque su débil cuerpo había perdido el equilibrio y
no podía servir más de cobertura de un genio.
Cuando Bárbara
Nikolayevna se despertó y salió de atrás del biombo, Kovrin estaba
muerto. Pero su rostro estaba helado en una impasible sonrisa de
felicidad.