Claude Ford sabía exactamente cómo se cazaba un brontosaurio. Se arrastraba sin hacer caso por el barro entre los sauces, a través de las pequeñas flores primitivas con pétalos verdes y marrones como en un campo de fútbol, por el barro como si fuera loción de belleza. Atisbaba a la criatura tumbada entre los juncos, su cuerpo airoso como un calcetín lleno de arena. Allí estaba, dejando que la gravedad lo abrazara al pantano húmedo, con sus grandes ventanas de la nariz a treinta centímetros de la hierba en un semicírculo, buscando con ronquidos más juncos. Era hermoso: aquí el horror había llegado a sus límites, se había cerrado el círculo y finalmente había desaparecido por su propio esfínter. Sus ojos relucían con la viveza del dedo gordo de un cadáver de una semana, y su aliento fétido y la piel en sus cavidades auditivas eran particularmente para ser recomendados a alguien que de otro modo se habría sentido inclinado a hablar amorosamente del trabajo de la madre Naturaleza.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Pobre pequeño guerrero - Brian W. Aldiss
Eddy C. Bertyn - Cuestión de rivalidad
Abrí la puerta del cuarto de espera luego de echar una ojeada a mis notas y ver quién era el próximo en la lista.
-Pase, por favor, señor Thomson -dije.
Entró, como la mayoría de ellos, poco seguro de sí mismo, secándose él sudor de sus grandes manazas rojas en el abrigo. Aunque hacía mucho calor aquella tarde y no hay duda de que debía estar sudando de lo lindo dentro de su abrigo de pieles, prefirió conservarlo puesto, lo mismo que su sombrero.
Cogió, sin embargo, una silla y se sentó, mientras yo tomaba asiento detrás de mi gran mesa de caoba. De nuevo rechazó mi oferta de que se quitara el abrigo y el sombrero. Le examiné de arriba abajo. El señor Thomson era un hombre menudo y delgado, con el rostro como el de un halcón y una nariz demasiado larga. Tenía los ojos saltones como los de un sapo, lo que contribuía a darle aquella eterna expresión embobada. Sus manazas eran una contradicción al resto de su físico. No parecía dispuesto a empezar a hablar por impulso propio.
-¿Qué puedo hacer por usted, señor Thomson? -le pregunté.
Se revolvió un poco en su silla sin contestar. Aquella mirada fija de sus ojos enrojecidos, demasiado enrojecidos, empezaba a ponerme nervioso. La conversación no se desarrolló de la manera prevista.
-Por favor, señor Thomson -le dije cortésmente- soy un hombre muy ocupado. ¿Qué tal si me dice qué es lo que le ocurre? .
-¿Lo que me ocurre? -inquirió él, removiéndose de nuevo en su silla.
-Vamos, señor Thomson. Para esto estoy aquí, y para eso ha venido usted. Yo soy médico y ayudo a .la gente. Estoy aquí para ayudarle. Usted ha concertado una entrevista conmigo, de modo que algo debe preocuparle. Bien, le escucho.
Esperé un momento para dejar que digiriese mis palabras. Estaba apunto de abrir la boca de nuevo cuando se inclinó hacia adelante y me preguntó:
-¿Le gustaría venderme su alma?
Así, sencillamente. He visto toda clase de excéntricos en mi despacho, algunos de ellos gente muy normal que piensan que necesitan ayuda para ordenar sus mentes, y también algunos verdaderos lunáticos. Pero ninguno de ellos me había preguntado nunca si yo tenía un alma y mucho menos si quería venderla.
-Mi querido señor Thomson, ¿por qué habría yo de querer venderle mi alma?
-Bueno , podría haber muchas razones. ¿Qué tal conseguir una buena pila de dinero sin tener que trabajar por él?
-Como usted ve, me arreglo muy bien con lo que gano. Además ocurre que me gusta mi trabajo.
-¡Ah, bien! Si usted es uno de ésos... Entonces, ¿tal vez quisiera suprimir a alguien de su camino? ¿O hay alguna chica que le gustaría tener? ¿Eh? Alguna preciosa...
-Señor Thomson, hablemos seriamente. No quiero matar a nadie por razón alguna. Y en cuanto a su segunda proposición, me temo que mi esposa tendría algunas objeciones que hacer.
-Bueno, estoy seguro de que podremos encontrar alguna razón. Incluso si usted...
-Escúcheme, señor Thomson, por favor. No perdamos ni su tiempo ni el mío. Vamos a suponer que yo le vendiese mi alma, si es que tal cosa existe. ¿Qué haría usted con ella?
-¡Oh, claro, que existe! De eso estoy seguro y ¿qué piensa que haría con ella? Nada, naturalmente. Ni siquiera la recogería, esto no es parte del trato. Estoy aquí sólo como intermediario, como un pobre diablo que trata de ganarse la vida en este caos que usted llama su mundo.
¡De modo que era un diablo! Me eché a reír. No debiera haberlo hecho, pero no pude evitarlo.
Luego dejé de reírme porque vi que él se estaba volviendo negro. De veras, se estaba volviendo tan negro como el carbón y sus ojos enrojecidos parecían dos brasas que despidiesen chispas de fuego. Cuando interrumpió su demostración, pareció encorvar los hombros y se echó a llorar de pronto. Es siempre un shock ver a un hombre adulto que solloza, sobre todo después de su jueguecito de horror.
-¡Por favor, por favor! En nombre de Lucifer, no se ría, no se ría de mí. No puedo soportarlo más.
Fui hasta donde él estaba y le di unas palmadas en el hombro.
-¡Vamos, vamos, señor Thomson! Seguro que no es tan grave como todo eso.
Levantó los ojos para mirarme. Era un pobre montón de miseria. Afortunadamente, había recobrado su color natural y esto me tranquilizó un poco.
-Pues sí lo es -sollozó él-. ¿Puede imaginarse que no he conseguido un alma durante los últimos tres meses? ¿Cómo voy a comer? Estoy abandonado a mí mismo: si no hay alma, no hay paga. No puedo recurrir a nadie; no hay sindicatos que nos acepten.
-Pero usted me había prometido montones de dinero. ¿Por qué no usa usted mismo un poco de ese dinero?
-Porque no lo tengo yo. Es la oficina central la que se ocupa de esa parte del trato. Lo único que a mí me dan es mi paga del mes, si es que me he ganado alguna..., cosa que no he hecho durante los últimos tres meses. Cogí mis últimos ahorros para poder pagarle sus honorarios.
Volví a sentarme detrás de mi mesa. «Mejor será tomarlo con tranquilidad -me dije-. No parece peligroso. Después de todo, he curado a siete Napoleones y dos Adolf Hitler, para no nombrar más que unos pocos. ¿No voy a poder manejar a un simple demonio?»
-Empecemos por el principio -le dije-. Supongamos que me lo cuenta usted todo por orden cronológico. Pero no sentado ahí, en esa silla tan incómoda. ¿Por qué no se echa en el diván y se relaja? Se sentirá mucho más a gusto.
Se tendió, sin quitarse ni el abrigo ni el sombrero: Luego se corrió un poco hacia la izquierda.
-Tengo que andar con cuidado -me explicó-. La semana pasada me cogí el rabo con la puerta de la cocina. No se ha curado aún del todo y me duele como el cielo.
Ocupé mi sitio habitual a la cabecera del diván y coloqué el libro de notas en mi regazo.
-Aclaremos ahora unas pocas cosas -le dije-. Lo mejor será que me cuente un poco de su pasado antes de que nos ocupemos de sus verdaderos problemas.
Aun vaciló un poco y luego empezó a hablar, torpemente al principio, pero poco a poco las palabras empezaron a salir en avalancha. Sin duda, todo ello había estado en su mente años y años.
-Mi nombre es J. Thomson. Yo...
-¿Qué significa la J? -le pregunté yo interrumpiéndole.
Tuvo un estremecimiento.
-Johannes. Lo siento, no puedo pronunciar ese nombre como es debido. Me da tiritona.
-Continúe, por favor.
-Bueno, ése es mi nombre en la Tierra, naturalmente.. Mi verdadero nombre es Valefar. Siempre he servido bajo las órdenes del brigadier Sargatanus, antes de tener problemas con ese imbécil de Loray. El muy vago siempre encontraba la manera de escurrirse y que yo hiciese su trabajo. Cogía prestado uno de los gabanes invisibles de Sargatanus y venía aquí arriba, a hacer de mirón, este cochino ángel.
Pronunció la palabra ángel como si fuera una maldición. «Sentimientos de envidia contenidos, temor de los superiores, impulsos sexuales reprimidos», anoté en mi libreta.
-Hasta que al final -continuó él diciendo- llegué a estar harto. Estaba tan furioso que empecé una pelea. Después que hube volcado una sartén de grasa caliente sobre su cabeza, el casi me ahogo en aceite hirviendo. Eso me enloqueció, sabe usted, y le di un mordisco en el rabo. ¡Cómo gritaba! Usted no puede saberlo, pero tenemos el rabo extraordinariamente sensible. Apuesto a que el bandido aún conserva la marca de mis dientes. ¿Cómo iba a imaginar que Loray gozaba entonces de los favores de Sargatanus, el viejo cochino? Loray se quejó a su amigo y Sargatanus fue directamente a ver al viejo. El resultado fue que Astoreth me despidió y me envió aquí arriba para que fuera recogiendo algunas almas miserables, como si yo fuese un demonio de tercera clase. Y todo ello sólo por un mordisco en el rabo. Ni siquiera tenía buen gusto.
«Problemas en la oficina -murmuré para mí mismo y lo escribí-. Sentimientos de rencor contenidos; resentimientos que ahora vienen a unirse a su fantasía. Sufre también de un severo complejo de castración.»
-Dígame, ¿cuánto tiempo lleva alimentando esta idea de ser un demonio?
-Desde siempre, naturalmente. Y es un hecho, no sólo una... idea.
-¿Quiere decir desde que nació? ¿O desde tan lejos como puede recordar?
-YO NO NACÍ ¿Tengo que deletrearlo? Yo fui creado como todos nosotros, antes de que el Divino Hacedor (escupió estas palabras) nos arrojase del cielo.
«Rechazo subconsciente de la realidad, trauma natal y recuerdos prenatales -escribí-. Posible reacción a la imagen del padre. Fallo en adaptarse y le echa la culpa a los otros.»
-¿Odiaba a su padre?
-¿Mi padre? Si no nací, ¿cómo iba a tener un padre? Es cierto que nos gusta considerar al viejo Lucifer como una especie de padre espiritual, si es eso lo que quiere decir. Ese hijo de su madre podía haberse impuesto a Astoreth. Le dirigí una protesta oficial... pero probablemente acabó en su papelera. Me gustaría sacarle las tripas, el podrido cochino...
Siguió una larga retahíla de palabras que no voy a repetir aquí, la mayoría de ellas absolutamente desconocidas a mis oídos, aunque su significado estaba claro.
«Decepcionado con la imagen que se creó para sustituir la del padre», anoté.
-¿Podría decirme algo sobre su juventud?
-¡Oh! Siempre he vivido un tanto encerrado en mí mismo, incluso allá abajo. Siempre deseé tener un sencillo y limpio trabajo administrativo, ¿sabe usted? Lo que pasa es que no podía acostumbrarme a la pestilencia de sus fuegos y al hedor de la grasa quemada y al aceite hirviendo. Tuve incluso que tomar vacaciones un par de veces, porque aquel continuo griterío estaba empezando a desequilibrarme. Aunque fuera por breve tiempo, no sabe lo que me alegré de alejarme de allí.
«Falta de amor maternal -escribí-. Complejo de inferioridad como resultado de su incapacidad para realizar su trabajo.»
-Luego conseguí este empleo con Sargatanus. Era un trabajo perfecto para mí: llevar los libros; un poco de máquina y correspondencia, hacer las listas de salarios, pensiones y cosas así. Hasta que aquella pelea con Loray acabó con todo.
-¿Querría contarme algo de su trabajo aquí?
-No hay mucho que contar: lo único que tengo que hacer es contactar personas que quieren o necesitan algo desesperadamente. Les explico las condiciones del trato y si ellos están de acuerdo me ocupo de que obtengan lo que quieren. A su debido tiempo, viene la cuestión del pago.
-¿Es usted quien hace la entrega y recoge el pago?
-¿Por quién me ha tomado? ¿Por un recadero? Yo sólo hago de intermediario. Hago los contactos y los paso a la oficina. Allí investigan si vale la pena molestarse y llevar a cabo el resto del trabajo. Bueno, esto es lo que hacían cuando el negocio marchaba bien.
-Ahora, si no le importa que se lo pregunte francamente, ¿por qué ha venido usted aquí? No esperaba que iba a venderle mi alma. ¿Por qué venir a un psiquiatra si está usted tan seguro de sí mismo?
El pobre diablo sudaba ahora profusamente y se revolvía en su silla. Era fácil ver que estaba luchando consigo mismo para desembuchar lo antes posible.
-Bueno, verá usted..., las últimas veces..., pues, yo...
Dígame, doctor, ¿usted cree que yo soy un diablo?
«Cuidado ahora», pensé. ¿Cuál sería el mejor camino?
-Francamente, no, no lo creo. Pero usted sí parece creerlo.
-Ya me lo imaginaba. Nadie lo cree y éste es el problema. NADIE CREE; no creen en Dios, ni en la Iglesia; no creen en el alma ni... en el demonio. Durante los últimos meses he tenido quince casos que realmente querían o necesitaban algo. Venía a ver a los sujetos y les ofrecía mis servicios... SE REÍAN DE MI ¿Imagina usted el efecto que esto me hace? En mi propia estimación, quiero decir. Uno de ellos llegó a pensar que se trataba de una broma y me dio un puñetazo en un ojo. Casi no me atrevo ya a aparecer por el vecindario. Tan pronto como me ven, empiezan a hacer signos y a llevarse el dedo a la sien. Durante los últimos cuatro meses he tenido que mudarme dos veces. Bueno, hasta ahora siempre he conseguido ignorar a la gente estúpida, aunque me cueste pasar hambre. Pero ayer fue ya demasiado. Había aquellos niños, sabe, que me seguían diciendo: «¡Eh, señor demonio! ¿Quiere un alma a cambio de chocolate?».
«Asombroso complejo de inferioridad», murmuré para mí. Pero él siguió:
-Empiezo a tener miedo de salir a la calle. Cuando oigo que alguien se ríe, empiezo a pensar que es por mí. Y cuando alguien me mira por encima del hombro, quisiera desaparecer. ¡Escuche, doctor...!
Se quitó el sombrero y me señaló su cabeza.
-¿Los ve? ¿Los toca?
Se levantó del diván y se quitó los zapatos, sacudiéndolos y maldiciendo los nombres de todos los santos, si no salían inmediatamente. Luego me enseñó un pie detrás de otro.
-¿Los ve?
Dándose la vuelta empezó a bajarse los pantalones.
-Por favor, señor Thomson -dije-. Esto no es un campo de nudistas, ¿sabe usted?
«Impulsos exhibicionistas también», anoté en mi libreta.
-¡Oh, cállese! -dijo él. Terminó de bajarse los pantalones y levantó el trasero-. ¿Lo ve?
Volvió a ponerse sus ropas y se sentó en el diván, mirándome desesperado, con sus ojos enrojecidos.
-Ahora dígame toda la verdad, doctor. ¿Vio usted y palpó lo que yo veo y palpo? ¿Mis cuernos? ¿Mis pezuñas? ¿Mi rabo? He leído bastante sobre psiquiatría antes de .venir a verle, de manera que sé algo de cómo trabaja la mente. Dígame, ¿SOY REALMENTE UN DEMONIO? ¿O tal vez un ser humano corriente que trata de ocultar su identidad en un complicado escape de fantasías?
Hubiese esperado cualquier cosa después de su exhibición, pero ciertamente no esto. Hasta ahora ningún Napoleón habla dudado de que era Napoleón.
-¿Qué es lo que le hizo empezar a dudar de ser un demonio? -le pregunté, felicitándome a mí mismo por el caso. ¡Qué maravilla confundir la realidad con la imaginación hasta tal punto que el mundo imaginario del escape se hace irreal!
-Escuche -me dijo sacando un papel. de uno de sus bolsillos-. Mire esto, es uno de nuestros contratos. Dice aquí: «Contrato hecho entre el vendedor, señor..., que de ahora en adelante será llamado VENDEDOR, y el comprador, Productos Lucifer Asociados, que desde ahora será llamado COMPRADOR. Por ésta declaro vender al COMPRADOR mi ALMA sin ninguna reserva, en la condición exacta en que se encuentre en el momento de su entrega. A cambio de ello recibiré del COMPRADOR los siguientes valores, etc., etc». Cuando les enseño esto a mis posibles clientes, algunos se ríen v otros dicen que es una factura vieja de mi sastre. Dígame lo que realmente se lee aquí. ¿Está todo ello en mi imaginación solamente? ¿Es todo mi pasado una ficción? Pero yo sí puedo leer el contrato. incluyendo la letra menuda de los párrafos siete y ocho. Puedo PALPAR mis cuernos y puedo incluso menear el rabo. ¿Ve?
Le observé atentamente. Parecía como si pudiese soportar el shock.
-Amigo mío -le dije-, tiene que enfrentarse con ello: sufre usted de una complicada ilusión, que se ha inventado para sí mismo. Ha cambiado la realidad por un mundo de fantasías, en el que usted se ve importante. Pero no puede continuar escondiéndose siempre. Uno de estos días perderá la razón y entonces no habrá remedio. Eso sí que será el infierno, y no hago ningún juego de palabras. Sin embargo, ha dado usted el primer paso en el camino de la curación, empezando por dudar de su propia fantasía. Para intentar aclarar este asunto de demonios tendré, no obstante, que aprender muchas cosas sobre su persona y sobre la manera como funciona su mente. Hay ciertas cosas que estoy seguro que no querría o no podría decirme por propia voluntad; cosas que están en lo más profundo de su subconsciente. Podría sacarlas con preguntas, pero esto llevaría .mucho tiempo y dinero, y supongo que usted no lo tiene, puesto que me ha confesado que ha tenido que recurrir a sus ahorros para poder venir a verme. Sin embargo, sugiero ponerle en estado hipnótico para que salga al exterior con mayor rapidez.
Pude ver que no le gustaba la idea. A ninguno de ellos le gusta que el manipulador de cabezas les hurgue en el cerebro mientras duermen. Tuve que usar una gran dosis de persuasión antes de que acabara por acceder a ello, una vez que le aseguré repetidamente que era completamente inofensivo.
Demostró ser un médium excelente, y se quedó dormido casi en el acto. Una vez que le tuve inmerso en un profundo sueño, saqué la jeringuilla de cajón de mi mesa-y le puse una inyección para evitar que se despertara demasiado pronto. Cerré las cortinas de las ventanas y saqué mis bisturís, tijeras, antisépticos y coaguladores. Me puse la bata y empecé a trabajar. Fue mucho más difícil de lo que había imaginado, porque era un tipo muy duro y necesité casi dos horas para terminar la operación. Entonces le di otro jeringazo., retiré las cosas y me senté tranquilamente tras el diván.
Allí estaba aún cuando se despertó.
-Óigame -le pregunté-. ¿Quién es usted?
-Pues soy Valefar. y mi nombre aquí es Thomson.
-No, usted NO es Valefar. Usted ES el señor Johannes Thomson, amigo mío, y eso es todo. Ha estado usted sufriendo de una ilusión muy fuerte, debida a varios incidentes desagradables que han trastornado su juventud y dejado huellas en su cerebro. Creció usted sin ningún afecto porque perdió a su madre al nacer. Hizo a su padre responsable de esto, representándolo como Astoreth, su «padre mental», pero no corporal. Fue usted un muchacho muy solitario, que deseaba mucho tener una chica, pero debido a su complejo de inferioridad no se encontraba con valor suficiente para acercarse a ninguna. De modo que tuvo que contentarse con observar y jugar al mirón, al mismo tiempo que se despreciaba por lo que hacía y por lo que no era. Así se creó una doble imagen que era todo lo que usted no era y llamó a esta segunda identidad Loray. No hay duda que todos estos nombres los encontró en algún libro barato sobre magia y demonología. El mundo y la gente con los que usted trabaja no podían llegar a usted ni comprenderle, pero en lugar de adaptarse a ellos le resultó más fácil pensar que le odiaban. De modo que empezó a odiarlos usted a ellos, mientras ocultaba su inferioridad dentro de sí mismo. ¿Qué mejor manera de hacerlo que tratando de imaginarse que era usted alguien importante y más poderoso que ellos? ¿Qué mejor personaje para esto, que el de un demonio? He descubierto algunas cosas muy curiosas en su mente mientras dormía, amigo mío, pero quédese tranquilo, todo esto es absolutamente confidencial, sólo entre usted y yo, el paciente y el doctor. Hace poco se peleó con su superior en la oficina y como resultado de su obstinación, perdió el empleo. Esto le ha afectado tan profundamente que intentó escapar a la realidad por completo y empezó a ver y a palpar cosas que existían en su mente. He conseguido destruir algunas de estas ideas nocivas bajo hipnosis, mientras estaba usted durmiendo. Todavía cree que es un demonio, ¿verdad?
-Naturalmente que lo creo. Lo sé.
Parecía inquieto y enfadado. La mayoría se muestran así cuando uno destruye sus historias.
-Eso pasará. Debe enfrentarse con el hecho de que todo esto no son sino falsos recuerdos que usted ha planteado en su cerebro. Cuando vino ya había empezado a dudar de ello. Vamos a echar ahora una ojeada a esas pruebas concretas que tiene usted de ser un demonio.
-Bueno, aquí están mis...
Sus dedos buscaron y buscaron por su cabeza.
-No -le dije con acento cortante-. No hay cuernos. He examinado con toda atención su cráneo. Tiene usted aquí dos pequeños bultitos; probablemente se golpeó con una puerta o con un armario o algo por el estilo. Es su imaginación la que ha convertido estos bultitos en dos cuernos. Es hora de que acepte la verdad: tiene usted un par de pies deformes, que supongo que es una de las grandes razones para su complejo de inferioridad. ¡Pero no tiene pezuñas! Intente también menear el rabo... ¿Ve? ¡No hay rabo en absoluto!
-Pero... yo pensé... estaba tan seguro...
Parecía desconcertado ahora, casi asustado. y sin embargo, feliz...
-Sí, señor Thomson, la imaginación del hombre es una cosa muy extraña e incluso algunas veces muy peligrosa. Pero como puede usted ver por sí mismo, la cura ha comenzado. Empieza a descubrir los agujeros de su propia historia fantástica. ¿Ve? Nunca ha tenido cuernos ni rabo. Usted pensó que me los enseñaba, pero yo francamente sólo vi su trasero.
-Sin embargo, el contrato... también se lo enseñé.
-Sí, creo que esto es lo que quiere usted decir -le contesté agitando el papel ante sus ojos-. Una factura de Harker & Sons por el traje que lleva usted ahora. Sin pagar aún me temo. Poco a poco, todas las piezas de su rompecabezas mental van encajando en su sitio. La necesidad desesperada que tenía de dinero, su amargura al perder su empleo: todo ello contribuyó a empujarle hacia el borde de la locura. Dígame, ahora que ve la verdad tal como es, ¿cómo se siente?
-No lo sé. Hay algo que me parece irreal, si lo comparo con lo que recuerdo. Todavía recuerdo el infierno, y los gritos y mis desesperados intentos por comprar algo.
-Pero ahí está -la clave del asunto precisamente. Usted TRATÓ DE COMPRAR ALMAS. Imagínese, ir por ahí enseñándole a la gente una factura sin pagar y pretendiendo que era un contrato para comprar sus almas. ¿Le extraña todavía que se rieran de usted y pensaran que estaba loco y hasta que le dieran un puñetazo en las narices? En cuanto a sus verdaderos recuerdos, ya volverán a su debido tiempo. pero tómeselo con calma. Piense que esto es como un nuevo punto de partida para usted. Yo le he devuelto su verdadera identidad. Trate de olvidar las falsas imágenes, y si las verdaderas no vuelven, olvídelas también. No son importantes. Empiece de nuevo, amigo mío, sin cuernos ni rabo. El resto ya irá saliendo de su interior.
-Doctor. no sé cómo puedo agradecerle...
-No, no me dé las gracias. Es sobre todo usted mismo quien ha contribuido a curarse. Queda ahora esta cuestión insignificante de una pequeña factura por la sesión de esta tarde.
-Claro, claro.
Sacó su libreta de cheques y repentinamente se puso negro otra vez.
-¡Doctor! -sollozó-. Mire lo que dice aquí sobre mi carnet de cheques: LUCIFER ASOCIADOS. SUCURSAL LOCAL, SECTOR 773. REPRESENTANTE, SR. VALEFAR.
Cogí el carnet de sus manos, lo miré un momento y luego lo rompí en dos pedazos y lo arrojé a la papelera.
-No era más que un carnet ordinario de cheques -le dije-. Pero con esto liquidamos el último intento de su subconsciente. Ahora, como supongo que no lleva dinero bastante consigo, le anotaré mi cuenta y usted vendrá a abonármela cuando quiera. ¿Digamos dentro de dos meses? Sí, ya veo, que le conviene así. Tenga, señor Thomson. No, no me de las gracias otra vez; me alegro mucho de haber podido ayudarle. Acuérdese de volver dentro de dos meses, O. K.?
Se marchó, todavía muy inquieto, pero un hombre nuevo de todas formas. Cuando me hube asegurado que había salido ya del edificio, me dirigí a mi mesa, abrí el cajón de la izquierda, y saqué los cuernos, los trozos de pezuña que le había cortado para dejarle más o menos con forma humana y el largo rabo puntiagudo. Todavía chorreando un poco de sangre verde. Lo arrojé todo dentro del incinerador y abrí las ventanas para que saliera de la habitación aquel olor de infierno. Luego llamé a los míos para que entrasen, veinte en total, entre los diez y los ochenta años de edad.
-Bueno -les dije-. Mis felicitaciones por un espléndido trabajo. Vamos a ver, el siguiente es Aamón. Ahora se llama Frank Martin Delver y vive en South-Coast número 4, Sector 772. Este va a ser un trabajo principalmente para mujeres, ya que a él le encantan. Ya sabéis cuál es el sistema: empezad por contarle vuestros problemas, pero dejad que sea él quien haga las proposiciones. Luego, os reís. Esperáis unas dos semanas antes de mandar los chicos tras él. Para entonces ya estará maduro. Harry , ¿ya conoces los anuncios para los periódicos en aquel sector de la ciudad? «¿Tiene problemas? ¿Se imagina ser lo que no es? Yo puedo ayudarle, etc.». Trata de averiguar qué periódicos lee, e inserta en ellos por lo menos cuatro anuncios. Tú, Karl, me buscarás un nuevo despacho en las cercanías de South-Coast Street y le das la dirección a Harry, para que la ponga en los anuncios lo antes posible. Eso es todo por ahora, tengo trabajo que hacer.
Cuando se marcharon abrí el panel secreto que había en el muro y saqué la lista. Todos los nombres estaban allí, empezando por Lucifer, Belzebú, Astoreth, luego Lucifuge, Satanaquia, Agaliarept, Fleuretty, Sargatanus y Nebiros. Seguidos de miles y miles de demonios menores. Sólo una pequeña parte de la lista estaba marcada con tinta roja: los nombres de aquellos que operaban en MI ciudad. La leí por encima y comprobé que la situación no era del todo mala. Habían sido borrados ya quinientos treinta y siete nombres, lo que dejaba un resto de sólo doscientos treinta y uno. A su debido tiempo los tendría a todos, uno tras otro. Al fin y al cabo, tenía tiempo, todo el tiempo del mundo.
Empecé escribiendo las hojas de paga para los míos, cheques certificados de GABRIEL & COMPANY, ASOCIADOS. No se podía dejar que todos esos demonios anduviesen sueltos. Ya teníamos bastante trabajo con los humanos.
Hacía mucho calor en la habitación, así que me quité la chaqueta. Pensé en Aamón y agité mis alas, extendiéndolas unas cuantas veces. Le di dos semanas de plazo. De manera lenta, pero segura, estábamos eliminando a la oposición.
En cierto modo podía considerarse como una cuestión de rivalidad.
Fuego infernal - Isaac Asimov
Hubo la agitación correspondiente a un muy cortés auditorio de primera noche. Sólo asistió un puñado de científicos, un escaso número de altos cargos, algunos congresistas y unos cuantos periodistas.
Alvin Horner, perteneciente a la delegación de Washington de la Continental Press, se hallaba próximo a Joseph Vincenzo, de Los Álamos.
-Ahora nos enteraremos de algo -comentó.
Vincenzo le miró a través de sus gafas bifocales y dijo:
-No de lo importante.
Horner frunció el entrecejo. Iban a proyectar la primera película a cámara superlenta de una explosión atómica. Mediante el empleo de lentes especiales, que cambiaban en ondulaciones la polarización direccional, el momento de la explosión se dividiría en instantáneas de mil millonésimas de segundo. Ayer, había explotado una bomba A. Y hoy, aquellas instantáneas mostrarían la explosión con increíble detalle.
-¿Cree que producirá efecto? -preguntó Horner.
-Sí que surtirá efecto -repuso Vincenzo con aspecto atormentado-. Hemos hecho pruebas piloto. Pero lo importante...
-¿Qué es lo importante?
-Que esas bombas significan la sentencia de muerte del hombre. Y que no parecemos capaces de comprenderlo... Mírelos. Están excitados y emocionados, pero no asustados.
-Conocen el peligro. Y sí que están asustados -dijo el periodista.
-No lo bastante -replicó el científico-. He visto a hombres contemplar cómo una bomba H hacía desaparecer una isla, convirtiéndola en un agujero, e irse después a casa, a dormir tranquilamente. Así es el ser humano. Por espacio de miles de años, le ha sido predicado el fuego del infierno. Nunca le causó una verdadera impresión.
-El fuego del infierno... ¿Es usted religioso, señor?
-Ayer vio usted el fuego del infierno. Una bomba atómica que explota significa el fuego infernal. Literalmente.
Aquello fue demasiado para Horner. Se levantó y cambió de sitio, aunque mirando intranquilo a la concurrencia. ¿Había alguien que sintiera temor? ¿Se preocupaba alguien por el fuego infernal? No se lo parecía.
Se apagaron las luces, y el proyector entró en funcionamiento. En la pantalla, apareció desvaída la torreta de disparo. La concurrencia permanecía atenta, llena de tensión.
Se encendió una mota de luz en la cúspide de la torreta, un punto brillante e incandescente, que aumentó lenta, perezosamente, formando recodos, cobrando desiguales formas luminosas y expandiéndose en un óvalo.
Alguien lanzó un grito sofocado y luego otro. Siguió un ronco y ruidoso balbuceo, al que sucedió un denso silencio. Horner olió el miedo, paladeó el terror en su propia boca y sintió que se le helaba la sangre.
De la ovalada pelota de fuego brotaron proyecciones. Hubo luego un instante de inmovilidad, como un éxtasis, antes de extenderse rápidamente en una brillante y uniforme esfera.
Y en aquel momento de éxtasis..., la bola de fuego había permitido ver dos negros lunares semejantes a ojos, con obscuras y tenues líneas a manera de cejas, el nacimiento del cabello en forma de «V», una boca contraída hacia arriba, en salvaje carcajada..., y unos cuernos.
Armagedón - Fredric Brown
Tuvo lugar, entre todos los lugares del mundo, en Cincinnati. No es que tenga nada en contra de Cincinnati, pero no es precisamente el centro del universo, ni siquiera del estado de Ohio. Es una bonita y antigua ciudad y, a su manera, no tiene par. Pero incluso su cámara de comercio admitiría que carece de significación cósmica. Debió de ser una simple coincidencia que Gerber el Grande -¡vaya nombre!- se encontrara entonces en Cincinnati.
Naturalmente, si el episodio hubiera llegado a conocerse, Cincinnati se habría convertido en la ciudad más famosa del mundo, y el pequeño Herbie sería aclamado como un moderno San Jorge y más celebrado que un niño bromista. Pero ni uno solo de los espectadores que llenaban el teatro Bijou recuerda nada acerca de lo ocurrido. Ni siquiera el pequeño Herbie Westerman, a pesar de tener la pistola de agua que tan importante papel jugó en el suceso.
No pensaba en la pistola de agua que tenía en un bolsillo mientras contemplaba al prestidigitador que ejecutaba su número en el escenario. Era una pistola de agua nueva, comprada en el camino hacia el teatro cuando engatusó a sus padres para que entraran en la juguetería de la calle Vine; pero, en aquel momento, Herbie estaba mucho más interesado por lo que ocurría en el escenario.
Su expresión revelaba la más completa aprobación. Los juegos de manos a base de cartas no suponían ningún misterio para Herbie. El mismo sabía hacerlos. Eso sí, debía utilizar una baraja pequeña que iba en la caja de magia y era del tamaño adecuado para sus nueve años de edad. Y la verdad es que cualquiera que le observase podía ver el paso de la carta de un lado a otro de la mano. Pero eso no era más que un detalle.
Sin embargo, sabía que pasar siete cartas a la vez requería una gran fuerza digital así como una habilidad sin límites, y eso era lo que Gerber el Grande estaba haciendo. Durante el cambio no se oía ningún chasquido revelador, y Herbie hizo un gesto de aprobación. Entonces recordó el siguiente número.
Dio un codazo a su madre y le dijo:
-Mamá, pregunta a papá si tiene un pañuelo para dejarme.
Por el rabillo del ojo, Herbie vio que su madre volvía la cabeza y en menos tiempo del necesario para decir «Presto», Herbie había abandonado su asiento y corría por el pasillo. Se sentía satisfecho de su hábil maniobra de despiste y su rapidez de reflejos.
En aquel preciso momento de la actuación -que Herbie ya había visto en otras ocasiones, solo- era cuando Gerber el Grande pedía que algún niño subiera al escenario. Lo estaba haciendo en aquel preciso instante.
Herbie Westerman se le adelantó. Se puso en movimiento mucho antes de que el mago formulara la solicitud. En la actuación precedente, fue el décimo en llegar a las escaleras que unían el pasillo y el escenario. Esta vez había estado preparado, y poco se había arriesgado a que sus padres se lo prohibieran. Quizá su madre le hubiera dejado y quizá no; le pareció mejor esperar a que mirase hacia otro lado. No se podía confiar en los padres en cosas como ésa. A veces, tenían ideas muy raras.
«...tan amable de subir al escenario?» Los pies de Herbie se posaron en el primer escalón antes de que el mago terminara la frase. Oyó un decepcionado arrastrar de pies a su espaldas, y sonrió vanidosamente mientras atravesaba el escenario.
Herbie sabía, por anteriores representaciones, que el truco de las tres palomas era el que necesitaba un ayudante escogido entre el público. Era el único truco que no conseguía descubrir. Sabía que en aquella caja tenía que haber un compartimiento oculto, pero ni siquiera podía imaginarse dónde. Sin embargo, esta vez sería él quien aguantara la caja. Si a esa distancia no era capaz de descubrir el truco, lo mejor que podía hacer era dedicarse a coleccionar sellos.
Sonrió abiertamente al mago. No es que él, Herbie, pensara delatarle. Él también era mago; por eso comprendía qué entre todos los magos debía existir un gran compañerismo y que uno jamás debía revelar los trucos de otro.
No obstante, se estremeció y la sonrisa se borró de su cara en cuanto observó los ojos del mago. Gerber el Grande, desde tan cerca, parecía mucho más viejo que desde el otro lado del escenario. Y además, distinto. Mucho más alto, por ejemplo.
Sea como fuere, aquí llegaba la caja para el truco de las palomas. El ayudante habitual de Gerber la traía en una bandeja. Herbie desvió la mirada de los ojos del mago y se sintió mejor. Incluso recordó la razón por la que se encontraba en el escenario. El criado cojeaba. Herbie agachó la cabeza para ver la parte inferior de la bandeja por si acaso. No vio nada.
Gerber cogió la caja. El criado se alejó cojeando y Herbie lo siguió con la mirada. ¿Era realmente cojo o se trataba únicamente de un truco más?
La caja se dobló hasta quedar totalmente plana. Los cuatro lados reposaron sobre el fondo, la superficie reposó sobre uno de los lados. Había pequeñas bisagras de latón.
Herbie dio rápidamente un paso atrás para ver la zona posterior mientras la anterior era mostrada a los espectadores. Sí, entonces lo vio. Un compartimiento triangular adosado a un lado de la tapa, cubierta por un espejo, y unos ángulos destinados a lograr su invisibilidad. Un truco muy gastado. Herbie se sintió un poco decepcionado.
El prestidigitador dobló la caja y el compartimiento oculto por el espejo quedó en su interior. Se volvió ligeramente.
-Y ahora, jovencito...
Lo que ocurrió en el Tibet no fue el único factor; fue el último eslabón de una cadena.
El clima tibetano había sido insólito durante esa semana, realmente insólito. Hizo un relativo calor. La nieve sucumbió a las elevadas temperaturas en cantidad superior a la que se había fundido a lo largo de los últimos años. Los riachuelos crecieron, y todos los ríos aumentaron de caudal.
A lo largo de los ríos, los molinillos de oraciones giraban a más velocidad de la que habían alcanzado jamás. Otros, sumergidos, se detuvieron. Los sacerdotes, con el agua hasta las rodillas, trabajaban frenéticamente, acercando los molinillos a la ribera, donde el veloz torrente no tardaría en volver a cubrirlos.
Había un pequeño molinillo, uno muy antiguo que había girado sin cesar durante más tiempo del que ningún hombre podía recordar. Hacía tanto tiempo que se encontraba allí que ningún lama recordaba la inscripción que ostentaba, ni cuál era el propósito de aquella oración.
Las turbulentas aguas rozaban su eje cuando el lama Klarath se acercó para trasladarlo a un lugar más seguro. Demasiado tarde. Sus pies resbalaron sobre el barro y la palma de su mano tocó el molinillo mientras caía. Liberado de sus amarras, se alejó con la corriente, rodando por el fondo del río, hacia aguas cada vez más profundas.
Mientras rodó, todo fue bien.
El lama se levantó, tiritando a causa de la momentánea inmersión, y se dirigió hacia otro de los molinillos. ¿Qué importancia podía tener un pequeño molinillo?, pensó. No sabía que -ahora que otros eslabones se habían roto- sólo aquel diminuto objeto se interponía entre la Tierra y Armagedón.
El molinillo de Wangur Ul siguió rodando y rodando hasta que, a dos kilómetros río abajo, chocó con un saliente y se detuvo. Ese fue el momento.
«Y ahora, jovencito...»
Estamos nuevamente en Cincinnati, Herbie Westerman levantó la vista, preguntándose por qué se habría interrumpido el prestidigitador a mitad de la frase. Vio que el rostro de Gerber el Grande estaba contorsionado por una gran impresión. Sin moverse, sin cambiar, su rostro empezó a cambiar. Sin transformarse, se transformó.
Después, lentamente, el mago se echó a reír. En aquellas suaves carcajadas se reflejaba todo el mal del mundo. Ninguno de los que las oyeron pudieron dudar de su personalidad. Ninguno dudó. Los espectadores, todos y cada uno de ellos, supieron en aquel horrible momento quién se encontraba ante ellos, lo supieron -incluso los más escépticos- sin ninguna sombra de duda.
Nadie se movió, nadie habló, nadie contuvo el aliento. Hay otras cosas aparte del miedo. Sólo la incertidumbre causa miedo y, en aquel momento, el teatro Bijou estaba lleno de una espantosa certidumbre.
La risa se hizo más fuerte. Alcanzó un crescendo, resonó en los rincones más polvorientos de la galería. Nada -ni una mosca del techo- se movió.
Satanás habló.
-Agradezco la atención que han prestado a un pobre mago -hizo una exagerada reverencia-. La representación ha concluido.
Sonrió.
-Todas las representaciones han concluido.
El teatro pareció obscurecerse, a pesar de que las luces siguieran encendidas. En medio de un silencio mortal, pareció oírse el ruido de unas alas, unas alas correosas, como si invisibles criaturas se estuvieran reuniendo.
En el escenario reinaba un mortecino resplandor rojo. De la cabeza y cada uno de los hombros de la alta figura del mago surgió una minúscula llama.
Aparecieron otras llamas. Surgieron a lo largo del proscenio, a lo largo del escenario. Una de ellas surgió de la tapa de la caja doblada que el pequeño Herbie Westerman seguía teniendo en las manos.
Herbie dejó caer la caja.
¿He mencionado que Herbie era cadete de salvamento? Fue una acción puramente refleja. Un niño de nueve años no sabe gran cosa acerca de temas como Armagedón, pero Herbie Westerman debería haber sabido que el agua jamás habría podido apagar aquel fuego.
Pero, como ya he dicho, fue una acción puramente refleja. Sacó su nueva pistola de agua y lanzó un chorro de líquido sobre la caja destinada a ejecutar el truco de las palomas. Y el fuego se apagó, mientras gotas del chorro de agua mojaban la pernera de los pantalones de Gerber el Grande, que se encontraba de espaldas a él.
Se produjo un ruido sibilante, repentino. Las luces brillaron nuevamente con toda su fuerza, y todas las demás llamas se apagaron, el ruido de alas se desvaneció, ahogado por otro ruido, el murmullo de los espectadores.
El prestidigitador tenía los ojos cerrados. Su voz sonó extrañamente forzada cuando dijo:
-Conservo todo mi poder; ninguno de ustedes recordará lo sucedido.
Después, muy lentamente, se volvió y recogió la caja del suelo. Se la dio a Herbie Westerman.
-Debes tener más cuidado, niño -dijo- sujétala así.
Dio un ligero golpecito en la tapa con su varita mágica. La puerta se abrió. Tres palomas blancas se escaparon de la caja. El susurro de sus alas no era correoso.
El padre de Herbie Westerman bajó las escaleras con semblante pensativo, descolgó el suavizador de la navaja de afeitar de un clavo de la pared de la cocina.
La señora Westerman levantó la mirada y dejó de remover la sopa que estaba haciendo.
-Pero, Henry -dijo-, no irás a castigarle por lanzar un poco de agua por la ventanilla del coche mientras volvíamos a casa, ¿verdad?
Su marido meneó la cabeza.
-Claro que no, Marge. Pero ¿no recuerdas que compramos esa pistola de camino al teatro, y que no nos acercamos para nada a un grifo? ¿Dónde crees que la llenó?
No aguardó la respuesta.
-Cuando nos detuvimos en la catedral para hablar con el padre Ryan acerca de su confirmación, ¡entonces fue cuando la llenó! ¡En la pila bautismal! ¡Poner agua bendita en la pistola de agua!
Subió pesadamente las escaleras, con el suavizador en la mano.
Rítmicos golpes y gemidos de dolor se escaparon hacia el piso inferior. Herbie, que había salvado al mundo estaba recibiendo su recompensa.
El cuento de la gacela - Las mil y una noches
Sabe, ¡oh gran efrit! [Efrit: astuto, sinónimo de genio] que esta gacela era la hija de mi tío [Por eufemismo suelen llamar así los árabes a sus mujeres. No dicen suegro, sino tío; de modo que la hija de mi tío equivale a mi mujer.] carne de mi carne y sangre de mi sangre. Cuando esta mujer era todavía joven, nos casamos y vivimos juntos cerca de treinta años. Pero Alah no me concedió tener de ella ningún hijo. Por esto tomé una concubina, que, gracias a Alah, me dió un hijo varón, más hermoso que la luna cuando sale. Tenía unos ojos magníficos, sus cejas se juntaban y sus miembros eran perfectos. Creció poco a poco, hasta llegar a los quince años. En aquella época tuve que marchar a una población lejana, donde reclamaba mi presencia un gran negocio de comercio.
La hija de mi tío, o sea esta gacela, estaba iniciada desde su infancia en la brujería y el arte de los encantamientos. Con la ciencia de su magia transformó a mi hijo en ternerillo, y a su madre, la esclava, en una vaca, y los entregó al mayoral de nuestro ganado. Después de bastante tiempo, regresé del viaje; pregunté por mi hijo y por mi esclava, y la hija de mi tío me dijo: "Tu esclava ha muerto, y tu hijo se escapó y no sabemos de él". Entonces, durante un año estuve bajo el peso de la aflicción de mi corazón y el llanto de mis ojos.
Llegada la fiesta anual del día de los Sacrificios, ordené al mayoral que me reservara una de las mejores vacas, y me trajo la más gorda de todas, que era mi esclava, encantada por esta gacela. Remangado mi brazo, levanté los faldones de la túnica, y ya me disponía al sacrificio, cuchillo en mano, cuando de pronto la vaca prorrumpió en lamentos y derramaba lágrimas abundantes. Entonces me detuve, y la entregué al mayoral para que la sacrificase; pero al desollarla no se le encontró ni carne ni grasa, pues sólo tenía los huesos y el pellejo. Me arrepentí de haberla matado, pero ¿de qué servía ya el arrepentimiento? Se la di al mayoral, y le dije: "Tráeme un becerro bien gordo". Y me trajo a mi hijo convertido en ternero.
Cuando el ternero me vió, rompió la cuerda, se me acercó corriendo, y se revolcó a mis pies, pero ¡con qué lamentos! ¡con qué lamentos! Entonces tuve piedad de él, y le dije al mayoral: "Tráeme otra vaca, y deja con vida a este ternero".
La hija de mi tío, esta gacela, hallábase allí mirando, y decía: "Debemos sacrificar ese ternero tan gordo". Pero yo, por lástima, no podía decidirme, y mandé al mayoral que de nuevo se lo llevara, obedeciéndome él.
El segundo día, estaba yo sentado, cuando se me acercó el pastor y me dijo: "¡Oh amo mío! Voy a enterarte de algo que te alegrará. Esta buena nueva bien merece una gratificación". Y yo le contesté: "Cuenta con ella". Y me dijo: "¡Oh mercader ilustre! Mi hija es bruja,pues aprendió la brujería de una vieja que vivía con nosotros. Ayer, cuando me diste el ternero, entré con él en la habitación de mi hija, y ella, apenas lo vió, cubrióse con el velo la cara, echándose a llorar, y después a reír. Luego me dijo: "Padre, ¿tan poco valgo para ti que dejas entrar hombres en mi aposento?" Yo repuse: "Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Y por qué lloras y ríes así?" Y ella me dijo: "El ternero que traes contigo es hijo de nuestro amo el mercader, pero está encantado. Y es su madrastra la que lo ha encantado, y a su madre con él. Me he reído al verle bajo esa forma de becerro. Y si he llorado es a causa de la madre del becerro, que fué sacrificada por el padre". Estas palabras de mi hija me sorprendieron mucho, y aguardé con impaciencia que volviese la mañana para venir a enterarte de todo".
Cuando oí lo que me decía el mayoral, salí con él a toda prisa, y sin haber bebido vino creíame embriagado por el inmenso júbilo y por la gran felicidad que sentía al recobrar a mi hijo. Cuando llegué a casa del mayoral, la joven me deseó la paz y me besó la mano, y luego se me acercó el ternero, revolcándose a mis pies. Pregunté entonces a la hija del mayoral: "¿Es cierto lo que afirmas de este ternero?" Y ella dijo: "Cierto, sin duda alguna. Es tu hijo, la llama de tu corazón". Y le supliqué: "¡Oh gentil y caritativa joven! si desencantas a mi hijo, te daré cuantos ganados y fincas tengo al cuidado de tu padre". Sonrió al oír estas palabras, y me dijo: "Sólo aceptaré la riqueza con dos condiciones: la primera, que me casaré con tu hijo, y la segunda, que me dejarás encantar y aprisionar a quien yo desee. De lo contrario, no respondo de mi eficacia contra las perfidias de tu mujer".
Cuando yo oí, las palabras de la hija del mayoral, le dije: "Sea, y por añadidura tendrás las riquezas que tu padre me administra. En cuanto a la hija de mi tío, te permito que dispongas de su sangre".
Apenas escuchó ella mis palabras, cogió una cacerola de cobre, llenándola de agua y pronunciando sus conjuros mágicos. Después roció con el líquido al ternero, y le dijo: "Si Alah te creó ternero, sigue ternero, sin cambiar de forma; pero si estás encantado, recobra tu figura primera con el permiso de Alah el Altísimo".
Ella dijo: E inmediatamente el ternero empezó a agitarse, y volvió a
adquirir la forma humana. Entonces, arrojándose en sus brazos, le besó. Y luego
le dije: "¡Por Alah sobre ti! Cuéntame lo que la hija de mi tío hizo
contigo y con tu madre
Y me contó cuanto les había ocurrido. Y yo dije entonces: "¡Ah hijo mío! Alah, dueño de los destinos, reservaba a alguien para salvarte y salvar tus derechos”.
Después de esto, Case a mi hijo con la hija del mayoral. Y ella, merced a su ciencia de brujería, encantó a la hija de mi tío, transformándola en esta gacela que tú ves. Al pasar por aquí encontréme con estas buenas gentes, les pregunté qué hacían, y por ellos supe lo ocurrido a este mercader, y hube de sentarme para ver lo que pudiese sobrevenir. Y esta es mi historia".