1
—Quincy, tendremos que hacer algo con eso de
las serpientes en la habitación de las chicas —dijo Europa Phelan—. La presión
para deshacerse de ellas es intolerable, y Tierra Noche está cada vez más
cercana.
—Oh, toca un tambor diferente durante un rato
—sugirió Quincy Pehlham—. No pasa nada malo con las serpientes. Han sido
nuestras amigas personales durante mucho tiempo. Si no le gustan a Hugo Katz,
peor para él. A mí me gustan, y a las chicas también. Tienen estilo, encanto,
belleza, colores en el alma, dignidad y gracia. Hugo Katz no tiene ninguna de
esas cosas. Yo digo que dejemos en paz a las serpientes y que echemos a Hugo
Katz.
Las serpientes poseen estilo y encanto y
belleza. Se enroscan y desenroscan con cambios caleidoscópicos. Se sirven a sí
mismas, aparentemente, a partir de un grupo de copas a otro diferente. Caen
como la espuma revuelta y coloreada de las cataratas, y se alzan con el lento
movimiento de las fuentes. Se dan la vuelta de dentro hacia afuera y luego al
revés, tragándose y regurgitándose a sí mismas. Son cascadas de joyas
derrumbándose para luego trepar otra vez. Son deslumbradoras, composiciones de
color y perspectiva, son cuarteamientos prismáticos y recombinación de colores
estriados, son vividos sueños hipnóticos que giran con increíbles efectos
diferenciales, son gracia en movimiento, son ultrajantes bromistas de colores
en rápida yuxtaposición.
Son personas con diamantinos ojos de personas
resplandeciendo en sus siempre nuevos reconocimientos. Son aromas, evocativos y
prescientes, alegóricos e imposiblemente extranjeros. Emiten cualquier olor
imaginable, y vuelcan en ello toda su imaginación. Emiten olores de mando o
sugestión. Son sociables, aunque un poco molestas.
No tienen voz. Pero pueden tocar zanfoñas y
cuernos si se colocan los instrumentos con pequeños puntales apropiados para
ellas. No son tan musicales como podría esperarse de tan coloreadas criaturas,
pero tocan con mucho espíritu y entusiasmo. Son tan buenas como las Focas de
Stoker en sus interpretaciones, aunque no pueden recordar tantas melodías como
las focas. En canciones originales, no hacen movimientos que tengan más de seis
notas, ni nada más complicado.
Sus mentes no son respetables. La mentalidad
no es su fuerte. Son deshilachadas. Realmente, no se las puede comparar a
ninguna otra cosa, incluso la gente más mayor tiene pocos recuerdos de
serpientes distintas a éstas, aunque siempre tienen el sentimiento de que estas
serpientes son de alguna clase especial.
Nadie sabe cuántas serpientes hay. Cinco es
el número más elevado que se hayan visto juntas, pero por lo menos debe haber
una docena con diferentes apariencias. Es posible que las serpientes cambien
individualmente sus apariencias cuando lo deseen.
Hay quien dice como broma que tampoco se sabe
cuántas chicas tiene Phelan aquí. Seis es el número más elevado que se hayan
visto juntas, pero un par de ellas pueden tener un montón de apariencias. Y en
especial Antonieta. De las chicas, sólo tres —Antonieta, María y Teresa— viven
tranquilamente en la Sala de Chicas de Phelan. Irene se casó con Konrad Katz.
Margaret con Joseph Constantino. Patricia sólo tiene un año y vive en la
habitación de sus padres, Quincy y Europa Phelan.
El único en Robinsonada que odia a las
serpientes es Hugo Katz, el Comandante de la Nave y la Colonia, y las odia por
razones ideológicas. Pero el fundamento que utiliza para odiar a las serpientes
parece bastante irracional.
—No podemos llevar serpientes o semillas de
serpientes al salir de la Tierra —decía como si se tratase de un complejo
argumento—, y por lo tanto no habrá ningún tipo de serpientes en Robinsonada.
Las serpientes no podrán hacer nada en el espacio. No pueden volar en el aire.
Y aquí no hay fauna nativa. No podrán ser auténticas serpientes.
—¿Por qué te preocupas tanto por esto, Hugo?
—Quincy Phelan lo preguntaba cada vez que el tema salía a colación—. Si son
imaginarias, sólo habrá objeciones imaginarias. Y las cosas irreales no pueden
causar daño.
—Las cosas irreales pueden causar un daño
casi total —mantenía Hugo—. Deben ser destruidas. Hay cosas que se hacen del
todo mal. Hay enfermedades histéricas. Hay supersticiones viles. La imaginación
sólo es lícita cuando sus imágenes son esquemáticamente razonables. Además,
estas son serpientes imposibles de especies inexistentes. Son biológicamente
imposibles. Sencillamente, las serpientes no tienen tantas articulaciones como
éstas. Ni se mueven como éstas.
—No son dañinas, Hugo—volvió a decir Quincy
Phelan—. No es posible que nos hagan ningún daño.
—Las serpientes son la superstición suprema y
las progenitoras de la superstición —gritaba Hugo muy a menudo—. No podemos
admitirlas ni aquí ni en ninguna otra parte. El objetivo total de los
asentamientos en los cuarenta y siete planetas de Selkirk es filtrar las
supersticiones remanentes de los especímenes humanos. Nuestro estatuto dice que
debemos arrancarlos de raíz aunque nos lleve veinte años. Llevamos ya veinte
años en Robinsonada y los símbolos de la superstición aún permanecen. Otros
planetas ya han enviado cuatro o cinco, o incluso diez grupos hacia nuevas
colonizaciones desde que nosotros estamos aquí. Deberíamos declararlo un
planeta solitario, y sólo a las personas honradas de entre nosotros se les debería
permitir marcharse a otro. El resto, os quedaréis aquí abandonados para siempre
con vuestras putrefactas semillas.
—Si eso sirve de algo, de acuerdo —dijo
Quincy Phelan—. Pero, ¿no será que la superstición está en tu propia mente y en
tu boca?
—Las serpientes están aquí, en tu propia
casa, Phelan. Y también creemos que una persona de tu propia familia es la
fuente de la infección. Las serpientes son un misterio y un mal, y tienen un
origen alienígena. Pueden llegar a un acuerdo sólo con personas que estén
abiertas a la superstición. Las serpientes de la Tierra no se originaron allí.
Son un enigma alienígena. Fue un ángel el que adquirió la apariencia de una
serpiente en una antigua prueba de fuerza: el que abrió la puerta a la entrada
de las serpientes. ¿A qué abriríamos la puerta aquí, a qué vil superstición?
—No lo sé, Hugo.
—Cualquier creencia en cosas sin mundos, en
«Cosas del Más Allá», es mala superstición, Quincy. ¿Deseas extirparlo?
—Nosotros somos gente sin mundo, estamos en
un Lugar del Más Allá, Hugo —dijo Quincy—, porque no hemos nacido en el mundo
que habitamos.
—No hagas malabarismos de metáforas conmigo,
Quincy. Eres un pobre cazador con un pobre olfato para estas cosas. O tal vez
eres incapaz de darte cuenta de las cosas. Tú y toda tu tribu podéis marcharos.
—No sabemos de qué estaba hablando —dijo
maliciosamente Mary Phelan refiriéndose a la diatriba de Hugo Katz—. No sabemos
qué podrá ver, pero nadie más ha visto nada de lo que él dice.
—Ni siquiera sabemos lo que son las serpientes
—dejó caer Teresa Phelan con su boquita de nueve años—. De todos modos, quizá
no sean tan malas. Quizá no fuese una serpiente lo que hubo al principio. Tal
vez fue alguien con un traje de serpiente.
—No había formas de vida, excepto ovejas,
conejos, abejas y gusanos de tierra —interpretó Antonieta Phelan—. Seguro que
no sabían nada sobre esos animales llamados serpientes.
—Me parece que todo es un invento de tu
imaginación, Hugo —dijo Quincy Phelan con complaciente falsedad.
Y entonces una de las serpientes empezó a
crecer cuatro veces más que su tamaño habitual. Sujetó la mano de Hugo Katz con
unos dientes asesinos que no eran como los de las serpientes. Barnabas Phelan,
el hijo mediano de la familia, reprendió a la serpiente gravemente por lo que
había hecho. Hugo había estado muy cerca de perder la mano en el ataque.
Estaba prácticamente demostrado que las
serpientes no tenían dientes. O casi no tenían. Pero ¿quién iba a imaginárselo?
No Hugo Katz, que padecía un ataque histérico en aquel mismo momento imaginando
que había sido mordido por una serpiente, imaginándolo todo más grave de lo que
en realidad era, con el brazo y la mano hinchados y amoratados con algo que
apenas había sido una rozadura. Era imposible. Debía de haber recibido el castigo
de algún otro modo.
—Sólo muerden a la gente que no les gusta
—dijo Teresa Phelan demasiado racionalmente.
Conforme; suponiendo que las serpientes sean
una especie inexistente y biológicamente imposible, entonces, ¿qué son? ¿Cómo
creen saber biología de serpientes unas chicas de dieciséis, trece y nueve
años, cuando han vivido toda su vida en un mundo sin serpientes? ¿Cómo van a
saber algo sobre biología de serpientes?
Pero las serpientes son una de las especies
existentes. Son de la especie Culebra Caleidoscopia de la Tierra, aunque allí
sea muy rara. ¿Y cómo llegaron realmente a Robinsonada? Hay quien dice, por
perversas razones, que fue pasando de contrabando los pequeñísimos huevos de
esas especies, ya que era imposible pasar de contrabando las serpientes vivas.
Pero el Comandante Hugo Katz seguía con su
actitud irracional sobre las serpientes, y alborotándolo todo con el tema,
jurando que las habría echado antes de la llegada de Tierra Noche. Exigió que
se fueran las serpientes y todas las demás supersticiones falsas.
—Conforme, ¿pero cómo llegaron las serpientes
a Robinsonada?
—El enemigo lo hizo—dijo Hugo Katz.
2
La fauna superior de Robinsonada estaba
dividida en cuatro familias: los Katz, los Constantino, los Huckleby y los
Phelan.
Los Katz eran robustos y de cabello pajizo, e
insistían en que debían ser los cabecillas de cualquier proyecto. Bajo su
patriarcado, Hugo Katz, el Comandante de la Nave y la Colonia, se había
encargado de que siempre fuesen así. Todos los Katz eran de miras estrechas, o de
mentes adecuadamente enfocadas y calibradas, como se suele decir. Estaban
libres de toda superstición. La madre de la tribu era Monika Katz. Los hijos
eran Konrad (quien estaba en cierto modo comprometido al estar casado con Irene
Phelan), Frederik y Max. Las hijas se llamaban Rita, Olivia y Veronika. Los
nietos eran William y Lily. Formaban una familia de triunfadores, con muchas
menciones y premios que lo avalaban.
Los Constantino, bronceados y de cabello
rizado, estaban impregnados del fuego del espacio; pero constituían un foco muy
grande, y su fuego no era realmente caliente. Bruno Constantino, el padre de la
manada, era la persona más alta de todos los habitantes de la Isla-Planeta de
Robinsonada. Su esposa, Davida (Vida) Constantino, era la siguiente más alta.
Las hijas de la familia (sí, con los Constantino las hijas eran las más
importantes y abrumadoras) eran Regina, Cecilia, Angela y Barbara. Los hijos,
Joseph, Anthony, Edward y Cristofer. Los nietos, Gabriel y Catherine.
Los Constantino eran los mejores criadores de
plantas y ganado de Robinsonada. Se dice de algunos campeones que tienen uno de
los pulgares verde y el otro rojo. Eran los mejores constructores y
mantenedores, los mejores biólogos y los mejores técnicos electrónicos, los
mejores químicos para-animados. También eran (aunque pisaban ligeramente
aquella zona) los mejores en todas las artes, incluida la música. Pero las
artes y la música eran muy difíciles de mantener puras. Son los campos en que
más fácilmente puede entrar la superstición.
Los Huckleby creían ser la gente más
importante de Robinsonada, y en muchos aspectos era así. Naturalmente, las
otras tres familias (incluidos los Katz) lo creían, y aquella era una
distinción considerable. Eran buenos en todo. Eran complacientes y modestos en
su persona. King Huckleby era el padre del clan. Audrey Huckleby era la madre.
Los altos hijos eran Esmond, Graves, Steven, Paul y Bernard. Las rollizas
hijas, Elviry, Joyce y Emily. Los nietos eran Jane y Charles.
Los Phelan eran gente pelirroja y rubicunda.
(Suave tierra, desmenuzadas praderas, pozos negros: había que cuidarse de
ellos.) Los Phelan habían realizado casi todos los descubrimientos que se
habían hecho en Robinsonada —en todos los casos, por accidente—, y los miembros
de las demás familias no sabían muy bien cómo lo hacían. El padre de la familia
era Quincy, y la madre Europa, ambos de mentes peligrosamente brillantes y a
veces impronosticables. Las hijas eran Irene, Margarita, Antonieta (todo era
muy engañoso sobre Antonieta), María y Teresa. Los hijos eran James, Barnabas
(todo era muy, pero que muy engañoso sobre Barnabas), Blaise y Damián. Los
nietos, Vincent y Patricia.
Aquellas eran las cuarenta y siete personas
de la fauna superior de las especies humanas de Robinsonada. Ocho de ellos
habían llegado unos veinte años-tierra antes y habían aterrizado en un satélite
artificial desde una nave nodriza que luego se había vuelto a marchar. Las
otras treinta y nueve personas habían nacido en Robinsonada.
Habían hecho una colonia agudamente ajustada.
Las únicas cosas animales que habían llevado con ellos eran bovinos (una vaca
preñada con gemelos, un macho y una hembra, de los que se había comprobado que
la última no era estéril), lanar (una oveja igualmente cargada con una pareja
de corderos), dos colmenas de abejas en sueño profundo, tres kilos de gusanos
de tierra igualmente dormidos de mala manera, una nidada de huevos de pato,
unas cuantas cápsulas llenas de huevas de pescado, tres conejas preñadas, una
cierta cantidad de viveros de algas, semillas de trébol dulce (resbalábamos
sobre cosas plantas), cacahuetes, césped, grama, trigo, dorado grano para aves,
manzanas, viñas, olivos, melocotones. Productos y reproductores químicos.
Comida y agua para un cuarto de año (posiblemente porque una llanura de agua
era la más dificultosa de todas cuantas comodidades querían proveerse).
Herramientas, naturalmente (el satélite tenía un almacén de herramientas y una
tienda de maquinaria). Cintas y material impreso. De todo había.
Y cada útil representaba un ligero
incremento. Había cosas aparentemente no autorizadas, aunque casi todas ellas
eran intangibles. Ninguna cosa mental debía figurar en el espíritu de los ocho
fundadores. Y aquellas mentes fueron totalmente monitorizadas. Fueron
gene-amaestradas.
La Persona Primera en la jerarquía de
Robinsonada era Hugo Katz, el Comandante de la Nave y la Colonia. Y la Persona
Cuarenta y Siete era posiblemente Antonieta Phelan. Pero más verosímilmente
fuese Barnabas Phelan. Barnabas era probablemente la isla cuarenta y siete.
¿Por qué? Antonieta tenía dieciséis años.
Barnabas quince. Ambos habían nacido en Robinsonada con apenas un año de
diferencia. No importaba, los puntos de comparación eran independientes de la
edad.
¿Quién gobernaba realmente la isla-asteroide-planeta
de Robinsonada?
Hugo Katz creía que él.
El eje Antonieta-Barnabas Phelan creía que
ellos. (Hugo Katz nunca supo los nombres individuales verdaderos de los hijos
de los Phelan.) Pero Antonieta y Barnabas formaban un equipo muy joven para
establecerse, y vibraban como las cuerdas de un arpa. La música de arpa estaba
entre las cosas susceptibles de superstición.
Antonieta y Barnabas creían que eran ellos
quienes gobernaban el mundo, o que debían hacerlo muy pronto. Creían que eran
ellos quienes debían apretar el botón para que el mundo despegase, y al mismo
tiempo remodelarlo lo más ajustadamente posible a sus propios deseos.
3
Tierra Noche llegó. Era de noche cuando las
cuarenta y siete islas-asteroides-planetas pudieron ver el aterrizaje en una de
ellas, Robinsonada. En Tierra Noche —que hacía su turno desde el mediodía de un
día hasta el mediodía del siguiente— podían verse doce planetas al atardecer y
como estrellas vespertinas, trece como estrellas del alba, y veintiuno de ellos
por encima y alrededor y delante y detrás, tanto a la luz del día como en la
noche. En Tierra Noche ninguno de los planetas estaba directamente detrás de su
sol, Selkirk, ni tan cerca de Selkirk como para no verlo sin la luz filtrada.
Y, naturalmente, el planeta cuarenta y siete, Robinsonada, siempre podía ser
visto por ellos, pues estaban en él.
Tierra Noche marcaba el intervalo de un año
terrestre, que representaba trescientas sesenta y una noches de Robinsonada. El
año de Robinsonada era más largo, trescientos ochenta días de Robinsonada. El
tiempo era una coincidencia recordatoria de la estancia en la Tierra, aun
teniendo en cuenta que casi ninguno de ellos la hubiera visto. Era un tiempo
especial. El aterrizaje en Robinsonada había sido efectuado durante el primer
mediodía en Tierra Noche.
Eran cuarenta y siete planetas de tipo
terrestre en un estrecho cinturón alrededor del sol de Selkirk. El más grande
de ellos tenía una masa unas tres veces más grande que el más pequeño. Sus
diámetros variaban de 8.300 a 12.000 kilómetros. Eran conocidos como los
«Asteroides Islas de Selkirk».
El aterrizaje en Robinsonada coincidió con el
aterrizaje en otros cuarenta asteroides islas, con satélites artificiales
fletados desde una gran nave nodriza que luego se marchaba.
La nave nodriza volvió algunas veces al
Sistema Selkirk después de aquello, como mucho ocho o diez veces. Pero nunca
volvió a la Isla Robinsonada. Los habitantes de Robinsonada eran considerados
algunas veces como corruptos e insuficientemente purgados. No recibían
suficiente apoyo ni un objetivo definido como para seguir adelante y acrecentar
sus colonizaciones. Así que la fiesta seguía en el mismo sitio, apresurándose
de un modo muy lento, bajo las órdenes de su Comandante, Hugo Katz. Materialmente,
habían alcanzado un aceptable y limitado nivel estático de subsistencia.
Aquella Tierra Noche marcaba la primera vez
que Tierra Noche volvía al mismo punto en el Calendario de Robinsonada que
cuando el original aterrizaje en Tierra Noche. Hugo Katz propuso que un período
de veinte Tierras Noches fuese bautizado como período de Hugo Katz, y la
propuesta fue aceptada sin ninguna oposición abierta.
De acuerdo, era Tierra Noche; y, lo que era
aún más importante, era la Noche Hugo Katz. Los parabólicos «limpia-nubes» se
habían reunido sobre Robinsonada. Eran supersticiones prohibidas las que les
ataban a aquellos limpia-nubes con forma de disco lenticular. Durante las horas
de Tierra Noche siempre había un tiempo de superstición al acecho y
erradicación, y del que podría surgir una colisión.
Los parabólicos limpia-nubes no eran nubes
oscurecidas; de otro modo, no habrían podido verse nunca los cuarenta y siete
planetas. Las nubes eran como cristal limpio a cuyo través pudiera verse con
perfecta nitidez, y también, quizá, con ampliación de la imagen. Pero se
producía una especie de visión doble. Si bien todo se ve perfectamente a través
de las nubes, también actúan (a otro nivel de visión) como si fueran espejos.
Las series de nubes constituyen una especie de túnel formado por espejos. De
algún modo, gracias a las curiosas y parabólicas nubes, se puede ver toda la
superficie del planeta Robinsonada, o así se cree. Se cree que una nube se ve
siempre rodeando el planeta cien y mil veces.
Para los que estuvieron en Robinsonada al
principio, hace ya veinte años, aquella plateada e imperfecta capa de nubes
daba la apariencia de que Robinsonada estuviera cubierta por escamas de dragón.
En aquel día-noche de aniversario, la
cambiante transparencia de las nubes hacía que los otros cuarenta y seis
planetas parecieran linternas japonesas colgando para una fiesta en el jardín.
—Si miras entre los limpia-nubes hacia el
Mundo de Dog Robber y el Mundo de Truman, verás la cara del chico con quien te
vas a casar —dijo Frederik Katz a Antonieta Phelan poniéndose detrás de ella.
Frederik respiraba pesadamente cuando habló,
como siempre que le decía algo a Antonieta. Y, como era un joven saludable y
ancho de pecho, no había ninguna razón para que se quedase sin aliento tras
decir simplemente veintiséis palabras.
—Eso es una superstición, Frederik —dijo
Antonieta—, y ya sabes que tu familia aborrece la superstición. Tu padre se
enfurece con ella, como deben hacer todas las personas responsables. Pero esta
es una superstición especial, una superstición óptica. Realmente, puedo ver la
cara de la persona que se casará conmigo en esa nube. Ahora mismo la estoy
viendo, aunque ponga mucha superstición de mi parte para verla.
—¿La ves ahora, Antonieta? ¿Qué, qué cara es?
—La verdad es que hay varias caras. Veo las
caras de Steven Huckleby, de Graves Huckleby, de Paul Huckleby, de Anthony
Constantino, de Edward Constantino, de Max Katz (¡bastante improbable!), de
Bernard Huckleby, de Cristofer Constantino (estos dos últimos son demasiado
jóvenes, pero quizás haga que uno de ellos crezca si es el que quiero). Ocho
caras. Una de ellas es la cara del que será mi marido. No hay ningún otro en
Robinsonada para casarme.
—Quizás haya otra cara en el limpia-nubes,
Antonieta—sugirió Frederik—. ¿No había ninguna más?
—No. ¿Qué otra novena cara iba a haber?
—La mía. Puede que esté la mía.
—No. Oh, no, no, tu cara no está ahí.
—Mira otra vez, Antonieta. ¿No has visto una
cara que está por encima de todo el grupo, la que se ve a la izquierda de las
cabezas de los demás? Mira en la esquina superior izquierda del limpia-nubes.
¿No ves allí una cara?
—No. No hay ninguna cara. Es sólo una mancha
muy grande.
—Mira con atención.
—Oh, sí, está la cara de alguien. Es una cara
de cerdo.
Sonó un estrangulado sollozo, y Frederik Katz
se largó abandonando a Antonieta. Ella se rió, luego sonrió abiertamente con su
más maléfica sonrisa. Pensó que había sido algo cruel. Frederik Katz siempre le
hacía sentirse a disgusto, y a veces su propia terquedad hacía que ella se
mostrase cruel. Frederik era el hijo favorito de Hugo Katz, el jefe del
planeta. A los diecisiete años era ya tan alto como todo el mundo de aquel
planeta. Decían que tenía una buena cabeza. ¿Cómo pueden decir que alguien
tiene buena cabeza? ¿Habrán hecho algún tipo de examen? Había sobre Frederik
una especie de mancha brillante. Se podría decir que era insoportable.
4
Tierra Noche también era llamada la Noche del
Extraño, o la Noche de los Extraños, a pesar de que no hubieran encontrado
ningún extraño en Robinsonada. Sólo había cuarenta y siete personas en aquel
mundo, diez de la familia Katz, doce de la familia Huckleby, doce de la familia
Constantino y trece de la familia Phelan. No había ningún extraño que hubiese
llegado allí. Aquello era un axioma.
La verdad es que había varios modos regulares
para que un extraño llegase efectivamente. Y también había caminos irregulares.
Un extraño es alguien que llega por un camino extraño.
El único sitio donde podían esconderse los
extraños que llegasen a la isla de Robinsonada era en la Meseta de la Pobreza.
No había minerales excepcionales ni especialmente accesibles, y se habían
explotado sólo en muy ligero grado por los cuarenta y siete habitantes del
planeta. Ninguna de las vetas minerales había sido explotada, excavada ni
almacenada. La tierra del planeta no había conocido ninguna experiencia
orgánica hasta veinte años antes, y la vida orgánica era muy pequeña y había
sido cuidadosamente alimentada. Quizás en cien años hubiese pequeños espacios
de opulencia local, pero todavía no había ninguna gran cosecha en los graneros.
Las piedras preciosas de Robinsonada no eran
de gran valor, y la fisión y fusión del material seguramente no llegaba a
mediocre. Y no se trataba de una sustancia o artículo único y de factura mágica.
«No hay ningún planeta pobre que no tenga su "perla sin precio", esa
inestimable sustancia con la que se gana el derecho al tráfico y al comercio»,
había escrito John Chancell. Pero John Chancell nunca había estado sobre
Selkirk. El planeta Robinsonada era medianamente rico por las eventuales
prospecciones, pero allí no había nadie para comerciar o robar. El Sistema
Selkirk había sido evaluado por los aventureros del cielo como «Todavía no hay
nada». Y el resto de los planetas Robinsonada estaban en el mismo grupo de
tentaciones menores.
(Se suponía que el Sistema Selkirk no era de
conocimiento público; pero es difícil esconder cualquier parte del cielo bajo
una cuba.)
Así, aunque llegaran extraños de los
Comerciantes Planetarios, por ejemplo, les resultaría difícil encontrar
negocio. Si llegaban extraños lo harían sólo para atender a sus extrañas
razones. Sin embargo, circulaba el rumor insistente de que había gente extraña
deambulando a veces por Robinsonada, y también animales extraños, y manifestaciones
extrañas, y algo más que sólo podía denominarse cosas extrañas. Entre los
extraños estaban supuestamente el prisionero trillonario, el dictador exiliado,
el hombre-sombra, el monje... Entre los animales extraños se fabulaba sobre un
caballo blanco, el alce salvaje., el cerdo volador, el lobo de Transilvania, la
serpiente Culebra Caleidoscopia...
Entre las manifestaciones extrañas de
Robinsonada se especulaba sobre la ilusión de poder ver claramente alrededor de
todo el planeta, por mediación de reflectores parabólicos o «limpia-nubes», las
«escamas de dragón»; y también la experiencia de bilocación entre la parte
física y mental, lo que a veces procuraba un auténtico modo binocular de ver
las cosas y de pensar en ellas; y, finalmente, habían las supersticiones
oculares.
Robinsonada estaba cargada de supersticiones
que tenían sus habitaciones y nombres locales. Milagros en la Tierra podían ser
sólo vagas ideas en aquellos lugares. Estos no se desvanecían cuando uno se
acercaba a ellos. Muchos de ellos podrían ser inscritos y disfrutados. Uno
podía comer nísperos del árbol del níspero o tal vez una alucinación, o hablar
con la gente vagamente esbelta que vive allí. Superstición, sí. Bueno, quizás
una alucinación tan sustancial no se presente al día siguiente. Sin embargo,
dos o tres días después estará de nuevo allí. Hay una amplia variedad de tan
extrañas manifestaciones.
Entre las cosas extrañas de Robinsonada
están... no, ya no, no en Tierra Noche, y especialmente no en la Noche Hugo
Katz. No se imaginen que Hugo se perturbaba por las indecorosas supersticiones
que había. Algunas de aquellas cosas extrañas eran impuras y desagradables.
Algunas eran un poco espantosas. Bien, en realidad algunas llevarían a ciertas
personas a la zozobra, casi a chillar de terror.
Incluso en la Noche Hugo Katz las
supersticiones oculares hicieron su aparición. Graves Huckleby dijo que había
visto, bajando por los Pantanos de Dugan, al Dictador Exiliado en su semental
blanco. El dictador todavía no estaba acabado. Tenía el amenazador aspecto de
quien está tramando una reaparición. Anthony Constantino dijo que había visto
al Prisionero Trillonario pagando sobornos a dos hombres que parecían guardias,
pues acunaban en las corvas de los brazos los cortos cañones de sus armas de fuego.
Anto-ieta Phelan dijo que había visto (y que le había visto hacía menos de un
minuto) al Hombre-Sombra acechando en la entrada de la Cueva de Shadrack. Y
algunos se fueron hacia allí (estaba a unos tres kilómetros), y se encontraron
efectivamente al Hombre-Sombra («... o a una sombra del Hombre-Sombra, al
menos», dijo Steven Huckleby).
El Hombre-Sombra se viste con Sombras de
Feria. Las usa para todo, a cualquier lugar que vaya, como las Grandes Casonas
de las Plantaciones, aunque allí haya muy poco entretenimiento, y donde los
Amos siguen metiendo a todos sus trabajadores bajo el Gran Cobertizo para ver
el espectáculo, lleno de velas pegadas a la pared y a las manos del
Hombre-Sombra. Cada año, el Hombre-Sombra brinda tal placer a trabajadores de
unas doscientas plantaciones.
El Hombre-Sombra podría estar vestido con
Sombras de Feria. La gente joven va para verle y se sienta en el interior de la
Cueva de Shadrack, y el Hombre-Sombra interpreta su función sobre la pared de
piedra caliza, blanca y amplia, que hay en la entrada de la cueva. (Pregunta:
¿Qué hace la piedra caliza en un mundo que no ha tenido experiencia orgánica
alguna a lo largo de las edades pasadas? Respuesta: estoy seguro que parecía
piedra caliza blanca.)
Siempre hay alguien que lleva una vela y se
la da al Hombre-Sombra. Aquella noche, la llevó Antonieta Phelan. Y el
Hombre-Sombra, con sus manos talentudas, arrojó pavoneantes sombras parecidas a
títeres sobre la pared, y las hizo evolucionar en rápidos pases. Los
actores-sombra tenían voces; el Hombre-Sombra era mudo; y hubo diversas
explicaciones indiscretas de cómo podría hacerlo.
Pero aquella noche, con tan enorme
multiplicidad de islas-planeta brillando en el cielo, había una inusual
variedad de sombras-figuras y sombras-dramas en el Teatro de la Roca Blanca. La
vela que había llevado Antonieta era realmente la única de las cuarenta y siete
velas que levantaba sombras en la roca. Era su vela de Robinsonada, aunque
hubiese cuarenta y seis velas en el cielo.
El Hombre-Sombra y sus retozonas imágenes
presentaron La retirada de Napoleón, con caballos y carretas provistas de
cañones que vomitaban fuego rojo. Era la obra favorita en las giras por las
plantaciones. Representó Colmillo negro. Representó El callejón de Hagan.
Representó Noches en la casa encalada y Los ladrones de joyas del mundo de
Wallenda. Todos aquellos espectáculos eran familiares para los jóvenes que
acudían a las irregulares funciones de la Roca.
Hugo Katz estalló con un ramalazo de furia
apenas controlado.
—Veo con pena y desaprobación que de nuevo
habéis caído en la desoladora superstición —declaró Hugo con voz hermética—. Es
como un deprimente defecto que se refleja desfavorablemente en cada una de las
personas de Robinsonada. Todos sabéis que el Hombre-Sombra es un fenómeno
prohibido, y que no puede haber indulgencia al respecto bajo ninguna
circunstancia. Sabéis que le molí a golpes con mi garrote hace sólo cuatro días
y que le prohibí volver a aparecer otra vez. Y también sabéis que no ha
cumplido. Yo creo que tú, Antonieta, eres lo esencial de la manifestación
conocida como el Hombre-Sombra.
—¡Oh! No sabía que lo fuese —dijo Antonieta
con sinceridad—. Quizá se haya usted equivocado. ¿Cómo voy a ser algo esencial
y no saberlo?
El Hombre-Sombra había cambiado la pieza por Los
israelitas y el Becerro de Oro, y le había conferido a Moisés una voz que se
parecía a la de Hugo Katz. Aquello enfureció a Hugo; y el Moisés de la roca
también se enfureció, reflejándose en el espejo de la ira de Hugo. Hugo quiso
abrir la boca para rugir su condena; y el Moisés-Sombra se anticipó a él y
gritó las mismas palabras que Hugo había tenido la intención de gritar y con la
misma voz que Hugo había pretendido utilizar.
Pero el garrote de Hugo Katz era muy duro, y
con él despedazó al Hombre-Sombra, con lo que demostró que no era más que
delgadas planchas de cascotes de pizarra. Y Hugo sacó a los jóvenes de la Cueva
de Shadrack y se los llevó de allí.
Pero miraron hacia atrás mientras corrían
hacia delante, y vieron palabras iluminadas bailando sobre la muralla de roca
con el mensaje: «Volved cuando el viejo cabeza cuadrada se haya enfriado».
5
Los jóvenes bailaron algunas danzas
hermosamente intrincadas y con pasos espirituales durante la noche de las
candelas en el cielo. Hugo Katz, el Comandante del Planeta, se sumió medio en
la ira medio en la incertidumbre.
—¿Creen los jóvenes que estas danzas son
apropiadas? —preguntó—. Dais un pisotón a la media cuenta y otro al cuarto de
cuenta y luego no seguís la cuenta. ¿No sería más racional dar un pisotón a
cada cuenta completa?
—Son pisotones muy especiales, y sólo para
esta noche —dijo Barbara Phelan—. Precisamente estamos bailando La danza
imperial de los pisotones de Hugo Katz en tu honor. La que bailamos antes era
El paseo de pasteles de Hugo Katz.
—Supongo que en ese caso está bien —dijo Hugo
Katz, y se marchó medio complacido de que los pisotones fuesen en su honor.
Pero los zapateados no estaban bien. Los
extraños llegaron a los lindes de la zona de baile y se unieron a las danzas, y
los bailes empezaron a tener cada vez más y más pisotones.
Frederik Katz se acercó a Antonieta Phelan y
la arrancó de los giros.
—No quiero molestarte si estás disgustada
conmigo —dijo—, pero esto es mucho más grande que nosotros y forma parte de las
normas públicas. Me han encargado que te adoctrine, ahora, esta noche, desde
que soy tu pareja y desde que estoy muy seguro de estas cosas. Me han dicho que
has mostrado cierta ligereza en tus creencias, saliendo de los límites de la
tolerancia. Me han encargado que te lo repruebe, te corrija y te instruya.
—Entonces, repruébame, corrígeme e
instrúyeme, Frederik —dijo Antonieta—. ¿No tienes nada mejor que decirme?
—Ah, ese es el punto conciso y exacto —dijo
Frederik—. Nuestras vidas se forman con agudeza transmitida. Habrás oído estas
cosas muchas veces, pero no habrás prestado atención, y deberás oírlas de
nuevo: «No hay sitio para la gente ordinaria en ninguno de los nuevos mundos».
Toda la gente normal debe quedarse en la Tierra, o filtrarse a estaciones de
tránsito como el Sistema Selkirk. Sólo personas de fuerza y excelencia pueden
ir a los mundos lejanos. Esas personas deben abandonar las extensas y
superficiales locuras y supersticiones, y canalizar todas sus energías y
talentos hacia el poder y la fuerza transmitida.
»Sólo queremos cosas racionales. No queremos
ninguna superstición o fenómeno irracional, ni extraños, ni manifestaciones
extrañas. El error no tiene cabida en los nuevos mundos. Sólo aceptaremos la
verdad, la fuerza y los rectos caminos de liberalismo secular como fue
edificado por nuestros padres. Todas las "Cosas Más Allá", los
amargos pantanos y las praderas ilícitas, las aberraciones y las pérdidas de
tiempo serán taladas y arrojadas al abismo. Los ríos que corren por cursos
inadecuados se convierten en pantanos. La imaginación que va por caminos
escabrosos sólo puede desembocar en marismas en las que todo se hundirá
eventualmente en el fango. No queremos extraños ni manifestaciones extrañas. No
queremos cabellos blancos o escalonadas serpientes de colores o monjes u
hombres-sombras. Esas cosas provienen de imaginaciones enfermas.
—Hablas igual que tu padre, Frederik —dijo
Antonieta.
—Esa es la más alta alabanza que podría
merecer —dijo Frederik Katz orgullosamente—. Nuestros padres llegaron al Sistema
Selkirk para tener progenie en condiciones de cuarentena, y ninguna locura o
superstición entró con ellos. Aquellas familias estaban certificadas y fueron
enviadas a los mundos lejanos. En cuarenta de los mundos del Sistema Selkirk,
el trabajo ha sido bien hecho, y han enviado oleada tras oleada de colonos
hacia delante, cada dos o tres años algunos de ellos. Dos o tres mundos
(Robinsonada entre ellos) no han trabajado tan bien. Este mundo se hunde.
Locuras infecciosas y supersticiones ilícitas se deslizan por él. Han aparecido
manifestaciones extrañas. Por lo tanto, muchos habitantes de este mundo deben
ser clasificados como «no limpios» y deberán quedarse aquí para siempre. Sólo
unos pocos de nosotros somos superiores y seremos llamados para ir a los
«Mundos Lejanos».
—Cada vez más como tu padre —dijo Antonieta.
—Gracias —dijo Frederik—. Es maravilloso que
digas eso. Aunque algunas de tus actividades no sean tan maravillosas. A pesar
de eso, me atraes enormemente, todavía me atraes.
—Oh, me casaré contigo si es lo que quieres
—dijo Antonieta.
—Las cuarenta y siete islas del Sol de
Selkirk llevan los augustos nombres de las personas y conceptos que edificaron
el Pacto de Liberalismo Secular que es nuestra presente y maravillosa situación
—dijo Frederik—. ¡Los nombres, los nombres! Planeta Nietzsche, Hegel, Mordecai, Darwin, Huxley,
Freud, Lutero, Calvino, Cromwell, Voltaire, Rousseau, Franklin, Henricus,
Joyce, Gide, Wilde, Mann, Russell, William B. Ziff, Malthus, Roosevelt, Libre Albedrío, La Marca del Gallo, Relatividad,
Situación Ética, Mao, Truman, Estado de Kent, Perro Amarillo, Materialismo
Dialéctico, Whitehead, Nader, Pauling, Teilhard, Kennedy, Bella Abzug, Punk
Rock, Ladrón de Caballos, Sam Erwin, Mailer, Cuidado con el Primero, Tip O'Neil, Cárter, Desesperación Controlada, Rolling Stones y
Robinsonada, en el cual estamos. Esas son las grandes personas y las grandes
ideas, los pináculos de la actividad humana.
—Mirabas a cada Isla-Planeta cuando decías su
nombre —anotó Antonieta.
—Oh, ciertamente. Es un truco muy efectivo en
elocuencia —contestó Frederik.
—Pero algunos están ya detrás del horizonte,
Frederik, y algunos aún no han aparecido sobre el otro horizonte. Pero los
mirabas cuando decías su nombre, y los veías con todo detalle. Sé que lo
hacías.
—Sí, lo hice —admitió Frederik—. He sido
víctima de una superstición ocular, lo que demuestra que ninguno de nosotros es
perfecto. Antonieta, dijiste algo hace un rato que no escuché por completo. ¿Te
importaría repetirlo?
—Oh, dije que me casaría contigo si realmente
lo deseabas. ¿Qué querías oírme decir?
—Oh, eso es maravilloso y a la vez horrible,
Antonieta. Mi padre está tentado a ponerte en la lista como persona intratable,
quienes no deben abandonar Robinsonada, pero podría intentar hacerle cambiar de
idea.
—No hace falta, Frederik. Me quedaré aquí; y
tú te quedarás conmigo.
—¿Quedarme en Robinsonada? ¡No, nunca! Soy
una de las personas seleccionadas, y mi destino es ir hacia los mundos más
brillantes.
—Si me amaras, te quedarías conmigo.
—Te amo, Antonieta, en cierto modo, a pesar
de tus inclinaciones a la superstición. Pero aún amo más el honor.
—¡Estupendo! —dijo Antonieta—. Estoy viendo
algo, Frederik, que sólo una persona supersticiosa podría ver; está bajando
lentamente por el horizonte. Pero cae más de prisa, y posiblemente todo el
mundo podrá verlo.
—¡La Nave Nodriza! —Frederik Katz jadeó de
asombro—. ¡Está llegando! Se va a poner en nuestro cielo esta misma noche.
Estoy seguro de que mi padre sabía que venía. Ha estado muy ocupado trabajando
en la lista y tomando decisiones, y asignando la gente que debía examinar el
satélite para dejarle preparado para el viaje. Seguramente la Nave Nodriza será
registrada por los instrumentos; de modo que no es una superstición bajando por
el horizonte. ¿Les decimos a los demás que hemos visto cómo se acercaba?
—Naturalmente, Frederik. Todo el mundo estará
comentando que la nave llega, porque todo el mundo la habrá visto.
6
—Es lo más difícil que he hecho en mi vida.
—Hugo Katz hablaba a la gente de Robinsonada en voz alta. Estaba despeinado y
en la cara tenía una magulladura o sangre—. Debo señalar y decidir, en mi
calidad de Comandante de esta Isla-Planeta, quiénes de nosotros debemos ir a
los más sublimes cielos, y quiénes quedarse aquí. La palabra ha llegado a mí:
este árbol produce frutos cada noche, por escasos que sean. He luchado conmigo
mismo para tomar esta decisión, pero no comprometeré mi juicio de ningún modo.
Nadie maculado, interiormente o no, podrá irse de este mundo.
—Vámonos, Antonieta —dijo Steven Huckleby
dándole un codazo—. El Hombre-Sombra ha vuelto a la pared de la Cueva y el
teatro de sombras estará a punto de empezar. Es mucho mejor que la
representación de Hugo Katz.
—Vamos, hermana puesto cuarenta y siete —dijo
Barnabas Phelan—. Ninguno de nosotros va a ser seleccionado para salir de
Robinsonada. Estamos demasiado infectados por la superstición y la enfermedad
de la ancha sonrisa. Veremos la Nave Nodriza desde el Teatro de la Pared Blanca
tan bien como desde aquí, y la primera comedia del Hombre-Sombra es una
titulada Los asustadizos picoteadores de Mamá Carey: abandona a la mitad de sus
pollos. Mamá Carey es la Nave Nodriza.
—Id y decidle al Hombre-Sombra que hay
mejores sátiras por aquí —dijo Antonieta—. Decidle que lo digo yo. Que venga
hasta aquí y vigile desde la Arboleda de Durbin, y que así ninguna de las
personas no supersticiosas podrá verle. Luego, cuando el satélite se haya ido a
reunir con la Nave Nodriza, todos iremos a la Cueva de Shadrack otra vez y
veremos su espectáculo hasta que él quiera.
—¿Quién va a hacer aquí una sátira mejor que
las del Hombre-Sombra? —preguntó sospechosamente Steven Huckleby.
—Yo —dijo Antonieta.
—Hugo Katz tiene sangre en la frente —anotó
Anthony Constantino—. Y Antonieta se está riendo con su risa maléfica. ¿Ha
tenido un tropiezo, chica perversa? ¿Esto es parte de la función? ¿Qué piensas
hacerle?
—Un tropiezo, sí —dijo Antonieta—. Es parte
de la sátira. Pero sólo voy a golpear con palabras. Mis palabras pueden hacer
brotar sangre.
—¿No sabes que tiene poder para sacarnos de
este pedrusco o abandonarnos en él? —preguntó Steven Huckleby.
—Me gusta este pedrusco. Este planeta es mi
hogar y me gustaría que me dejaran aquí abandonada —dijo Antonieta—. Creo casi
con toda seguridad que soy uno de los que lo van a abandonar.
—Algunos de nosotros serán abandonados
—estaba diciendo Hugo Katz con su poderosa, más-triste-que-enfurecida voz, y
pareció que fuese un eco a la frase de Antonieta—. Podéis aullar y humillaros
cuando oigáis los juicios sobre vosotros: aunque sois los únicos que podéis
juzgaros a vosotros mismos con vuestra conducta. No habéis dado la talla.
Habéis caído en la idolatría y en la superstición. Vuestros ojos anhelantes han
mirado a los espectros que no debiéramos haber permitido entre nosotros.
Vuestros anhelantes oídos han escuchado ilícitas seducciones.
»La gente elegida dejará el Mundo de
Robinsonada para siempre dentro de muy pocos momentos, casi en seguida. No
llevaremos nada con nosotros cuando subamos al
satélite para dirigirnos a la Nave Nodriza. No nos llevaremos nada porque habrá
cosas mejores en la Nave Nodriza que todo cuanto puede encontrarse en
Robinsonada.
»Estas son las personas, y sólo estas, que
irán al mundo más grande, los que han pasado la prueba: Yo mismo, Hugo Katz; mi
esposa, Monika Katz; mi hijo mayor, Konrad Katz y su esposa, Irene Phelan; mi
hija mayor, Rita Katz; mi segundo hijo, Frederik Katz; mi segunda hija, Olivia
Katz; mi tercer hijo, Max Katz, y Bárbara Constantino que está comprometida con
él; mi tercera hija, Veronika Katz; y mis dos nietos, William Katz y Lily Katz.
Estos doce irán a un lugar más brillante. Los otros treinta y cinco de
vosotros, por vuestra perversidad y mediocridad, os quedaréis en Robinsonada.
Ya sabéis el proverbio: "No hay sitio para la gente mediocre en los mundos
brillantes". Es vuestra culpa que seáis personas sin distinción.
—¡Padre! —llamó gravemente Frederik Katz—.
¡La lista debe ser arreglada! Antonieta Phelan está comprometida conmigo, y
debe venir conmigo. En mis diecisiete años de vida, nunca he protestado contra
ninguna de tus decisiones. Protestaré de ésta. Antonieta debe venir conmigo.
—Esa chica no puede venir con nosotros —dijo
Hugo firmemente—, y no se ha comprometido contigo de buena fe. De las cuarenta
y siete personas de este mundo, ella es la última de las cuarenta y siete.
Mejor que fuésemos sólo cuarenta y seis y que ella no estuviese entre nosotros.
Las supersticiones están unidas a ella como parte de su naturaleza. El
Hombre-Sombra y los monjes y las serpientes están ligados a ella. Es una bruja,
y debe quedarse aquí para siempre. Nosotros doce, entremos ya en el satélite.
¡Vamos, mujer! Vamos, hijos y nietos y nuera y futura nuera. ¡Frederik, he
dicho que debemos entrar nosotros doce en el satélite ahora! ¡Ahora!
Frederik Katz estaba rojo de tormento y
pasión. Lloraba. Pero nunca en su vida había desobedecido a su padre, y no iba
a hacerlo en aquel momento. Se dio la vuelta para entrar en el satélite, cuando
diez de ellos ya habían entrado y sólo faltaban él y su padre, Hugo Katz, que
le estaba esperando.
—¡Esperad! —Antonieta gritó como bronce
resonando—. ¡Siempre es mucho tiempo! Déjame un minuto con él, un cuarto de
minuto. Diez segundos.
Antonieta besó a Frederik con una pasión totalmente
abrumadora. Le lloraba en los hombros, y le arañaba en la cintura y en la
espalda y en los hombros con las duras uñas, abriendo surcos y heridas por los
que empezó a manar la sangre. Le magullaba y azotaba llevada por su amor.
—Demasiado cerca para sólo diez segundos con
él —dijo el gran Hugo Katz amargamente—. Lárgate, joven bruja. Entra en el
satélite, Frederik.
—Oh, espera, espera, ¡le he herido con la
violencia de mi amor! —gritó Antonieta—. Está herido y sangrante. Pero tengo
aquí un ungüento curativo. Deja que restañe la sangre.
Barnabas, el hermano de Antonieta, le acercó
un tarro de ungüento curativo especial, y con él dio un masaje en las más
profundas de las sangrantes llagas que había rasgado en la cintura de Frederik.
—No le dañará —dijo Hugo Katz con un deje de
infinita paciencia—. No hay septicemia ni ninguna sustancia infecciosa en
Robinsonada. Aunque pienso que ya es demasiado, joven bruja. ¡Aléjate!
—Sólo unas palabras —gritó Antonieta—.
Frederik, a partir de este rápido encuentro entre nosotros en el que
desafortunadamente has resultado herido, siempre tendrás una cosa para
acordarte de mí. Ama estas cosas, en secreto al principio. No dejes que nada
las destruya. Prométeme este pequeño favor, y tu promesa que sea eterna.
—Te prometo este tan pequeño favor con una
promesa eterna —juró Frederik—. Siempre habrá algo que me haga acordarme de ti;
no dejaré que sea destruido.
Frederik entró en el satélite. Su padre,
Hugo, entró. El satélite se elevó hacia la Nave Nodriza, a quinientos kilómetros
por encima de ellos.
Las doce personas extraordinarias habían
dejado Robinsonada para irse a un lugar mucho mejor. Y las treinta y cinco
personas ordinarias se habían quedado encalladas en la pequeña isla-planeta
para el resto de sus vidas.
¿Por qué iban a aclamar cordialmente a los
que les dejaban abandonados para siempre?
—Huevos de serpiente —dijo Antonieta—. Huevos
de la serpiente Culebra Caleidoscopia. ¡Son muy pequeños y sobreviven e incuban
estupendamente! ¡Huevos de serpiente incubándose en gelatina, con «Provocadores
de Fertilidad Fugitiva» incluidos! Donde quiera que vayan tendrán serpientes en
abundancia. Y tendrán que andarse con cuidado para no perecer; es una promesa
eterna. Realmente, les costará trabajo no acordarse de nosotros.
La primera interpretación del Hombre-Sombra
aquella noche fue una comedia titulada Como las serpientes del hogar.
—¿De qué era el ungüento con que frotaste los
profundos arañazos de Frederik, Antonieta? —preguntó Steven Huckleby mientras
el grupo, en constante compañía del Hombre-Sombra, hecho de delgadas láminas de
pizarra, bajaba por las blancas rocas frente a la Cueva de Shadrack.
—Huevos de serpiente —dijo Antonieta—. Huevos
de la serpiente Culebra Caleidoscopia. ¡Son muy pequeños y sobreviven e
incuban estupendamente! ¡Huevos de serpiente incubándose en gelatina, con
«Provocadores de Fertilidad Fugitiva» incluidos! Donde quiera que vayan tendrán
serpientes en abundancia. Y tendrán que andarse con cuidado para no perecer;
es una promesa eterna. Realmente, les costará trabajo no acordarse de
nosotros.
La primera interpretación del Hombre-Sombra
aquella noche fue una comedia titulada Como las serpientes del hogar.