Entonces Andrés se acordó del pomito de hidromiel, que hasta ese momento había guardado. Al abrirlo, un perfume se
expandió como si miles de plantas —de cuyas corolas habría sido chupada
la miel por las abejas para producirlo hace tal vez más de cien años—
hubieran florecido. Apenas los labios de la muchacha rozaron uno de sus bordes, cuando ella exclamó con ojos muy abiertos:
—¡Oh! ¿Qué parque tan hermoso es este donde estamos?
—¡No es ningún parque, María! Pero bebe, esto te fortalecerá.
Cuando bebió, se puso de pie y miró con ojos penetrantes en torno suyo.
—Bebe tú también, Andrés —le dijo—. ¡Pobre mujer, ha de ser una miserable criatura!
—¡Este es un auténtico elixir! —exclamó Andrés, después de haber probado también—. ¡Sabrá el cielo con qué haya sido preparado!
Fortalecidos, continuaron su camino en alegre charla. No obstante, luego de un rato, la muchacha se detuvo una vez más.
—¿Qué te ocurre, María? —preguntó Andrés.
—¡Oh, nada! Solo pensaba.
—¿Y qué pensabas, María?
—¡Pues mira, Andrés! Mi padre tiene la mitad de su heno en la pradera, ¡y yo me escapo con el propósito de hacer llover!
—Tu padre es un hombre rico, María. Nosotros tenemos en el henil, desde hace mucho tiempo, una parte de nuestra cosecha. Pero nuestra cosecha completa cuelga todavía de los enjutos tallos.
—¡Sí, sí, Andrés, tienes razón! ¡Debemos también pensar en los demás!
En
silencio, consigo misma, añadió un momento después: «¡Ay, María, María,
no salgas ahora con tonterías! ¡Se trata únicamente de tu tesoro!».
Así hubieron de continuar durante un rato, hasta que de pronto la muchacha exclamó:
—¿Qué es esto? ¿Dónde estamos? ¡Es un hermoso jardín!
Habían llegado sin saber en realidad cómo, desde la recta avenida de sauces, hasta un amplio parque. Del requemado y extenso césped se elevaban por todos lados majestuosas arboledas. En efecto, su follaje en parte había caído o colgaba, lánguido y marchito, de las ramas, pero la audaz arquitectura de estas se
elevaba, en tanto las opulentas raíces de los troncos brotaban en
caprichosas ramificaciones del tierno suelo. Flores en abundancia como
no habían visto jamás lo cubrían todo. Sin embargo, marchitas y sin
perfume, parecían haber sido dañadas por el mortal enrarecimiento del
aire en el transcurso de su floreciente plenitud.
—¡Estamos en el lugar justo, según creo! —dijo Andrés.
María asintió:
—Entonces, tienes ahora que quedarte aquí hasta mi regreso.
—¡Por
supuesto! —replicó él, estirándose a la sombra de un gran encino—. De
aquí en adelante te haces cargo. ¡Recuerda bien las palabras y no te equivoques!
Así
pues, caminó sola por el amplio césped, bajo esos árboles que parecían
llegar hasta el cielo, y al poco rato el joven, que hubo de quedarse
rezagado, no la vio más. Ella caminó sin parar por
solitarios parajes. Pronto dieron fin las arboledas y el terreno
comenzó a descender. Reconoció claramente que caminaba sobre el lecho de
unas aguas. Arena blanca y guijarros cubrían el suelo; había allí,
esparcidos, cuerpos de peces cuyas escamas plateadas resplandecían a la luz del Sol.
Vio una grisácea y extraña ave en medio del lecho. Le pareció semejante
a una garza, pero era de tal estatura que su cabeza, de ser levantada,
sobrepasaría la de una persona. El pájaro mantuvo su largo cuello
entre las alas y pareció dormir. María sintió miedo. Aparte de la
inmóvil y misteriosa ave, no se apreciaba ningún ser vivo; ni siquiera
el zumbido de una mosca interrumpía el silencio que la rodeaba.
Este parecía
gravitar en aquel sitio como un espanto. Por un momento, el miedo la
impulsó a llamar a su amado Andrés, pero no se atrevió a hacerlo: el
sonido de su voz le parecía en ese desierto más horripilante que todo lo
demás.
De suerte que mantuvo la mirada en el horizonte, donde parecían elevarse
otras densas arboledas, y sin mirar siquiera de soslayo prosiguió su
camino. No se movió la enorme ave cuando, sin ruido, se deslizó a unos
cuantos pasos de ella.
Por un instante, algo resplandeció bajo la blanca piel del párpado. Suspiró aliviada.
Luego de dar unos cuantos pasos, el lecho del lago se estrechó hasta
convertirse en un cauce de medianas dimensiones, que corría bajo un holgado grupo de tilos. El ramaje de estos inmensos árboles era tan denso que, a pesar de ser pocas las ramas, ningún rayo de Sol lo penetraba.
María
continuó caminando por el canal. Bajo la alta y tupida bóveda de
árboles se sintió impresionada por la imprevista frescura que la
envolvía. Casi le parecía como si caminara hacia el altar de una
iglesia. De pronto, sus ojos fueron heridos por una refulgente luz; los árboles habían quedado atrás y, delante de ella, se elevaban unas pardas rocas sobre las que ardía el Sol más deslumbrante.
María se hallaba en un foso de arena en el que normalmente debía haber caído, entre las peñas, una cascada que remataba su cauce en el lago, ahora totalmente seco. Buscó con la mirada un camino entre las rocas. Algo la asustó de improviso. Aquello que estaba en mitad del barranco no podía pertenecer al macizo de rocas.
Aunque igualmente
gris e inmóvil como el precipicio, reconoció a primera vista que se
trataba de un vestido que cubría bajo sus pliegues a una figura que dormía. Se acercó conteniendo apenas la respiración. Entonces le fue posible ver con claridad.
Era
una hermosa y sólida figura femenina. La cabeza pendía recayendo sobre
el fondo rocoso. La rubia cabellera se esparcía hasta la altura de las
caderas y estaba cubierta de polvo, así como de un reseco y marchito
follaje. María la contempló arrobada.
«Debió
haber sido muy hermosa —pensó— antes de que sus mejillas se hicieran
tan flácidas y se hubieran hundido tanto sus ojos. ¡Ay!, qué pálidos
están sus labios. ¿Será acaso la señora Nube? ¡Pero esta que está aquí
no duerme! ¡Es una muerta! ¡Oh, se está terriblemente solo en este
lugar!».
Pero
la firme muchacha se recobró al instante. Se aproximó cuanto pudo y,
arrodillándose e inclinándose ante ella, acercó los frescos labios al
oído de la durmiente, tan pálida como un mármol. Momentos después,
haciendo acopio de valor, habló con clara y resuelta voz:
¡El vapor es el humo,
el polvo, la fuente!
¡Mudos son los bosques,
el Hombre de fuego baila por los campos!
¡No dejes pasar más tiempo,
eh, tú, despierta!
¡La Madre te trae a tu casa
cruzando la noche!
Al momento, leves susurros alcanzaron las copas de los árboles y, a lo lejos, se oyeron agudos truenos de una tormenta. Al mismo tiempo, un sonido penetrante pareció venir del otro lado de las rocas, cortando el aire como el grito rabioso de una cruel y feroz bestia. Cuando María miró hacia lo alto, la figura estaba erguida frente a ella.
—¿Qué quieres? —preguntó.
—¡Ay, señora Nube! —contestó la muchacha, aún de rodillas—. ¡Habéis dormido cruelmente durante muchísimo tiempo y ahora todo follaje y toda criatura están a punto de consumirse!
La mujer la miró muy sorprendida, como si se esforzara por volver de un profundo sueño. Finalmente, con voz apenas audible, preguntó:
—¿Ya no brota agua de la fuente?
—No, señora Nube —respondió María.
—¿Y mi ave no vuela más sobre el lago?
—Duerme parada bajo el ardiente Sol.
—¡Ay! —gimió la mujer—. Apenas tenemos tiempo... ¡Ven, sígueme! Pero no olvides esa vasija que está a tus pies.
María hizo lo que la mujer le indicó y en seguida ambas escalaron las rocas. Arboledas inmensas y flores aún más hermosas brotaban de la tierra, si bien todo parecía marchito y sin perfume. Caminaron a lo largo del canal del río, oculto hasta ese instante por los monolitos de roca.
Lenta y vacilantemente, caminaron la mujer y, detrás suyo, la muchacha, que miraba con tristeza a su alrededor. María advirtió que,
pese a todo, aún quedaba un verde brillo en el césped. Al pisar tan
peculiarmente, no podía dejar de llamarle la atención el breve susurro
que su vestido arrastraba sobre la marchita hierba.
—¿Llueve ya, señora Nube? —preguntó.
—Desgraciadamente no, mi niña. Primero tienes que destapar el pozo.
—¿El pozo? ¿Pues dónde está?
Acababan de dejar atrás la arboleda.
—¡Allá!
—señaló la mujer, y a cientos de pasos delante de ellas María vio
elevarse una inmensa construcción; parecía un apilamiento desordenado de
piedra gris.
«Parece llegar hasta el cielo», pensó
María, pues en el punto más alto de la construcción todo se diluía
entre brumas y resplandores solares. La eminencia de la parte frontera
se elevaba en gigantescos torreones; interrumpida por altas cavidades de
arcos y ventanas, no permitía, sin embargo, ver al interior.
Se encaminaron por espacio de varios minutos hacia el sitio hasta detenerse en la empinada margen de un río, que parecía apuntalar la construcción. Pero allí también el agua se había evaporado hasta el punto de quedar reducido a un hilillo que fluía en el centro del cauce. Una destartalada barquilla se posaba sobre la capa lodosa de la ribera.
—Cruza el río —dijo la mujer—. Sobre ti no tiene ningún poder. Pero no te olvides de sacar agua. ¡Pronto la vas a necesitar!
Cuando
María, obedeciendo su orden, dejó la orilla, casi de inmediato retiró
el pie debido al tremendo calor que su planta abrasaba desde el suelo.
«¡Bah, que se quemen los zapatos!», pensó
mientras seguía caminando con la vasija en la mano. Pero de pronto se
detuvo; una expresión del más profundo terror asomó a sus ojos: un
pesado y pardo puño quebró bajo su peso, muy cerca de ella, la capa de lodo mientras sus torcidas falanges hacían por atrapar a la muchacha.
—¡Ten valor! —escuchó que le dijo la voz de la mujer, quien gritó desde la orilla, a sus espaldas.
En ese momento pegó un fuerte grito y la imagen desapareció.
—¡Cierra los ojos! —oyó de nuevo exclamar a la mujer.
Continuó entonces su paso con los ojos cerrados, pero al sentir que uno de los pies tocaba el agua, se inclinó a llenar la vasija. Luego escaló cuidadosamente, evitando cualquier tropiezo, a la otra orilla. Tan pronto como llegó al palacio penetró, latiéndole con fuerza el corazón, por uno de los portones abiertos.
Ya dentro se quedó de pie, llena de admiración, ante el pórtico. Parecía ser un único e inmenso espacio. Macizas
columnas de estalactitas transportaban una extraña techumbre hasta
alturas insospechadas. María casi llegó a pensar que no eran sino unas grises y gigantescas telarañas colgando de todas partes, entre los capiteles, en forma de nudos y cabos.
Permaneció así en el mismo sitio, como perdida. En un momento divisó la lejanía, de uno a otro extremos, pero los inmensos
espacios le parecían no tener fin, no así el frontispicio, que fue por
donde ella entró. Una tras otra se erguían las colinas y, pese a todo su
esfuerzo, no pudo ver dónde terminaban. De pronto, su mirada quedó
prendada de una enorme cavidad abierta en la tierra. ¡Sí, no lejos de ella había un pozo! Vio también la dorada llave encima del escotillón.
En tanto iba hacia él, notó
que el suelo estaba cubierto con baldosas de piedra, como en la iglesia
del pueblo. Avanzó entre abundantes y resecos carrizos y prados. A esas
alturas, ya nada le asombraba.
Tan
pronto llegó al pozo, quiso tomar la llave; de inmediato retiró la
mano. La llave lucía bajo la diáfana luz de un rayo solar y tuvo
entonces por cierto que brillaba de un color bermejo no por ser de oro,
sino por su incandescencia. Decidida, vació el agua encima de ella, de
manera que borboteó multiplicando su eco en los dilatados espacios.
Luego, abrió rápidamente el pozo. Un fresco aroma se elevó al quedar abierto el escotillón y pronto la atmósfera fue saturándose con un fino y húmedo vapor que ascendía por las columnas envueltas en irisados celajes.
Pensativa, María se paseaba dando vueltas. Respiraba un aroma
refrescante. Entonces, a sus pies, dio inicio un nuevo milagro.
Lloviznaba, como una exhalación, una humedad ligeramente reverdecida
sobre la delgada capa vegetal, haciendo que los tallos se irguieran, y
la muchacha se paseó entre una abundancia de hojas y frescos pétalos, al pie de las columnas.
Todo era un azul de nomeolvides del cual surgían iridáceas
de color amarillo y violeta que despedían un tierno aroma. Por las
puntas de sus hojas revoloteaban libélulas de gráciles y relucientes
alitas, arrebozadas encima de los cálices; el suave perfume, que no
dejaba de elevarse desde el pozo, iba saturando cada vez más el aire, como ondulaciones de chispas plateadas que centelleaban bajo el sol.
María no daba fin a su encanto y admiración cuando oyó a sus espaldas un placentero suspiro, dulce y suave como el de una mujer. Y, en
efecto, al dirigir su mirada hacia el pozo, pudo advertir la figura de
una mujer extraordinariamente hermosa y exuberante, como si hubiese
florecido sobre el verde y musgoso brocal.
Apoyaba la cabeza sobre el
desnudo y blanco brazo, sobre el cual el cabello se esparcía en dorados
rizos; tenía la mirada perdida hacia lo alto de la cúpula, entre los
remates de las columnas.
María dirigió automáticamente su mirada hacia ese mismo punto. Vio entonces que lo que había creído una enorme telaraña no era sino el fino tejido de las generosas nubes, que cobraban cuerpo con el perfume que ascendía desde el pozo. En ese momento se desprendió sin ruido tal nubarrón del centro de la bóveda, que María vio el rostro de la hermosa mujer, junto al pozo, como a través de un velo gris. Rejuvenecida, de pronto la mujer dio unas palmadas y de inmediato la nube flotó en una abertura y se deslizó hacia afuera.
—¡Bien hecho! —exclamó la bella mujer—. ¿Y qué te parece? —le preguntó, y sus rojos labios sonrieron dejando ver la deslumbrante blancura de sus dientes.
Después, a una señal, la hizo
acercarse; ella se dejó caer suavemente sobre el musgo, a su lado. Al
advertir el descenso de una voluta aromática, la mujer dijo:
—Ahora, palmea con tus propias manos.
Y cuando María hizo lo indicado y la nube ascendió hasta desaparecer, la mujer exclamó:
—¿Ves qué fácil resulta? ¡Pero si lo haces mejor que yo!
Admirada, María observó a la hermosa mujer, desbordante de alegría.
—Pero, ¿quién sois realmente?
—¿Quién soy? ¡Ay, niña, vaya simpleza!
—¿Eh? ¡Perdonadme! ¡Pero es que sois tan hermosa y alegre!
Entonces la mujer guardó de pronto silencio.
—¡Sí! —exclamó—. Estoy ahora muy agradecida contigo. Si no me hubieras despertado, el Hombre de Fuego se hubiera convertido en maestro y yo no hubiera tenido más remedio que ir de vuelta con la Madre en lo profundo de la Tierra.
Encogió un tanto los blancos hombros como si un terror interno la hubiera estremecido. Luego añadió:
—¡Y tan hermoso y floreciente que es aquí arriba!
María
tuvo que contarle cómo había llegado hasta ese lugar. Plácidamente
sentada sobre el musgo, la mujer la escuchaba. De vez en cuando, tomaba
cualquier flor que a su vera brotaba y la prendía
del cabello de la muchacha o del suyo propio. Al escuchar el relato de
su difícil caminata a lo largo de la enorme avenida de sauces, la mujer
suspiró y dijo:
—Esa avenida fue construida alguna vez por vosotros los humanos. ¡Pero de eso hace ya mucho tiempo! Trajes como el que tú vistes ahora no los he visto nunca antes. Tiempo atrás me visitabais más a menudo. Yo os daba semillas, simientes para nuevas plantas y cereales. Agradecidos, compartíais conmigo
vuestros frutos. Así como no me olvidasteis, yo tampoco me olvidé de
vosotros y así vuestros campos no carecieron nunca de lluvia. Pero desde
hace mucho me sois extraños, ya nadie me visita. Desde entonces, por el
calor y el hastío, me he quedado dormida, con lo cual el traicionero Hombre de Fuego pudo hacer suya la victoria.
Entre
tanto, María se había tumbado sobre el musgo. Cerró los ojos. En torno
suyo caía un tenue rocío y la voz de la hermosa mujer resonaba en sus
oídos con un timbre dulce y familiar.
—Solo
una vez —continuó la mujer—, pero de eso hace también mucho tiempo,
vino una muchacha de aspecto muy semejante al tuyo. A decir verdad,
vestía muy parecido a ti. Le obsequié miel silvestre, y ese fue el
último regalo que un humano recibió de mí.
—¡Mirad!
—dijo María—. ¡Qué coincidencia! ¡Aquella muchacha tiene que haber sido
la antepasada de mi amado y el elixir que hoy me ha fortificado tanto
era seguramente vuestra miel silvestre!
La mujer pensó sin duda en la joven amiga de antaño al preguntar:
—¿Aún tiene esos hermosos rizos color castaño sobre la frente?
—¿Quién, señora Nube?
—¡Pues la antepasada, como tú la llamas!
—¡Oh, no, señora Nube! —replicó María, sintiéndose en ese momento apenas perceptiblemente superior a su poderosa amiga—. Ella se convirtió en una anciana.
—¿Anciana? —preguntó la hermosa mujer; no entendía tal cosa, pues la edad le resultaba un concepto desconocido.
María tuvo gran dificultad para explicárselo.
—¡Fijaos bien! —le dijo finalmente—. ¡Cabello gris y ojos enrojecidos en un ser malhumorado! ¡A eso le llamamos anciano nosotros los humanos, señora Nube!
—¡Claro!
—replicó la mujer—. Ahora recuerdo, había una de ellas entre las
mujeres... Pues entonces dile que vuelva conmigo, la convertiré de nuevo
en un ser alegre y hermoso.
María movió la cabeza.
—Eso ya no es posible, señora Nube —le dijo—, hace ya mucho que la antepasada descansa bajo tierra.
La mujer gimió:
—¡Pobrecilla!
Entonces ambas guardaron silencio sobre el suave musgo, donde permanecían placenteramente tendidas.
—¡Pero, niña! —exclamó de pronto la mujer—. ¡De tanto charlar nos hemos olvidado por completo de la lluvia!
—¡Caramba, aquí uno se empapa como un gato! —exclamó María, abriendo los ojos con asombro.
La mujer se rio.
—¡Tan solo palmea un poco más! ¡Pero ten cuidado, no vayas a disolver las nubes!
De
esta manera empezaron a palmear; pronto las nubes se hicieron más
densas, la neblina se apretujaba junto a las escotillas y se dispersaba
en el aire. Poco después, María vio
una vez más el pozo y el verde prado, ahora cubierto de incontables
iridáceas amarillas y violetas. Asimismo, se despejaron enseguida los
huecos de las escotillas. A lo lejos, por encima de los árboles del
jardín, vio cubrirse el cielo por completo. El sol iba desapareciendo
lentamente. No pasó mucho tiempo cuando escuchó el chubasco como agua
corriendo sobre ramas y matorrales, susurrando sin cesar con poderoso ímpetu.
María estaba sentada, muy erguida, con las manos entrelazadas.
—Señora Nube —dijo en voz baja—, está lloviendo.
La mujer asintió en silencio, a sus espaldas, inclinando su hermosa y rubia cabellera. Estaba también sentada, como sumida en ensueños.
De
pronto, estalló una fuerte y aguda crepitación. Cuando María, temerosa,
miró hacia afuera, vio elevarse al cielo, desde el cauce del anchuroso
río que había cruzado hacía poco, inmensas y vaporosas nubes blancas. En ese momento se sintió abrazada por la hermosa Mujer de la Lluvia, quien se oprimía temblando contra la jovencita, que permaneció junto a ella.
—Ahora las nubes están derramando agua sobre el Hombre de Fuego —susurró la mujer—. ¡Escucha cómo se defiende! Pero su lucha será inútil.
Así se mantuvieron abrazadas durante algún rato. De pronto, todo estaba en calma; afuera no se escuchaba más que el suave murmullo del bosque bajo la lluvia. Se levantaron en ese momento y la mujer bajó la puerta corrediza del pozo y la cerró.
María besó su blanca mano y le dijo:
—¡Os doy las gracias, querida señora Nube, por mí y por toda la gente de nuestro pueblo!
Luego añadió, un tanto vacilante:
—¡Y ahora quisiera regresar a casa!
—¿Quieres irte ya tan pronto? —preguntó la mujer.
—Sabéis que mi tesoro me está esperando, seguramente ha de estar empapado.
La mujer elevó el índice y le dijo:
—¿En adelante no lo dejarás esperar nunca más?
—¡Seguro que no, señora!
—Entonces ve, hija. Y cuando vuelvas a casa cuéntales de mí a los demás para que no me olviden. ¡Y ahora, ven! Te voy a acompañar.
Afuera,
en el fresco rocío, habían brotado por todos lados, entre árboles y
matorrales, prados verdes y follaje. Cuando llegaron al río, el agua
había llenado de nuevo todo su cauce y, como si las esperara, la barquilla, al parecer restaurada por una mano invisible, flotaba mecida por las aguas, muy cercana a la hierba de la orilla.
Embarcaron cada una en silencio y el bote se deslizó hacia la margen opuesta mientras el lento oleaje se deshacía entre arabescos
y rumores sobre la corriente de las aguas. De pronto, al pisar la otra
orilla, cantaron los ruiseñores, muy cerca de ellas, bajo el fresco cobijo de los matorrales.
—¡Oh! —dijo la mujer, suspirando profundamente desde lo más hondo de su corazón—. Es todavía temporada de ruiseñores. ¡Hemos actuado muy a tiempo!
Caminaron a lo largo de un hilo de agua que conducía a la cascada. Esta caía
con inusitada fuerza, rebotando en las rocas, corriendo después por el
ancho canal, bajo la amplia sombra de unos tilos. Al descender, tuvieron
que continuar su camino por la orilla, junto a los árboles.
Al salir de
nuevo al aire libre, María observó el extraño pájaro volando en amplios
círculos por encima del lago, cuyos meandros se extendían hasta donde las dos caminaban. Luego siguieron por la parte baja, a lo largo del borde, mientras escuchaban el susurro del agua, que corría sobre la lustrosa y densa arena de la playa.
Miles de pétalos se abrían por todas partes. María vio también violetas
y lirios de mayo y otras flores que reconoció, y cuya temporada de
hecho había pasado hacía mucho tiempo pero que, a causa de la malsana canícula, no habían podido desarrollarse a tiempo.
—Ellas tampoco quieren quedarse atrás —dijo la mujer—. Ahora todo florece al mismo tiempo.
Solía
sacudir su rubia cabellera de manera que las gotas de agua refulgían en
torno suyo como chispas; o unir las manos, con lo que el agua corría
entre los blancos brazos como en el interior de una concha. Asimismo,
separaba las manos y allí donde las chispeantes gotas
tocaban el suelo, se elevaban nuevos aromas; un colorido juego de
copiosas y relucientes flores nunca vistas se esparcía en todo el prado.
Pronto
llegarían al lugar donde se había quedado Andrés. ¡Y así era! Apoyado
en uno de los brazos, estaba tendido bajo los árboles; parecía dormir.
Pero cuando María vio a la hermosa mujer caminar tan orgullosamente al
lado suyo con sus encendidos y sonrientes labios, se sintió de pronto
tan torpe y fea que pensó: "¡Ay, no! ¡Esto no está nada bien! ¡Andrés no
puede verla!", y le dijo en voz alta:
—¡Os doy las gracias por vuestra compañía, señora Nube —replicó María—, él es un muchacho como los demás, y justo lo bastante bueno para una muchacha de pueblo!
La Mujer de la Lluvia la miró escrutadoramente.
—¡Tontuela, eres muy hermosa! —le dijo, y elevó amenazadoramente el índice—. ¿Y eres también la más guapa del pueblo?
Entonces la hermosa muchacha se sonrojó visiblemente y sus ojos se inflamaron al levantar los párpados. No obstante, la mujer volvió a sonreír.
—¡Pues
entonces escucha, María! —le dijo—. En vista de que ya han brotado de
nuevo todas las fuentes y ríos, puedes seguir un camino más corto.
Primero toma a la izquierda. Luego de la hilera de sauces hallarás una
barca.
¡Sube a ella tranquilamente! ¡Te llevará segura y rápidamente a tu
casa! ¡Y ahora, adiós! —exclamó, poniendo el brazo alrededor del cuello de la muchacha, besándola—. ¡Oh, qué dulces y frescos se sienten estos labios humanos!
Luego
se dio vuelta y caminó bajo la lluvia cruzando un prado. Comenzó a
cantar; su canto era dulce y monótono, y cuando la bella silueta
desapareció entre la arboleda, María no supo si aún escuchaba su canto
lejano o tan solo el susurro de la lluvia.
La muchacha se quedó parada un momento más; luego, como sumida en una súbita añoranza, se ciñó con sus propios brazos.
—¡Adiós, querida y hermosa Nube, adiós! —gritó.
Pero ya no hubo respuesta. Al momento, se dio cuenta con claridad de que era la lluvia lo que había escuchado.
Al encaminarse hacia la entrada de un jardincillo, vio al joven de pie, muy erguido, bajo los árboles.
—¿Qué miras tanto? —le preguntó, estando cerca de él.
—¡Caramba, María! —exclamó Andrés—. ¿Quién era esa mujerona tan hermosa?
La muchacha tomó del brazo al joven y con un brusco jalón lo hizo volverse.
—¡No se te vayan a salir los ojos! —le dijo—. Esa mujer no es para ti. ¡Es la señora Nube!
Andrés se rio.
—¡Pues qué bien la has despertado, María! —replicó él, sin atender a su celoso reclamo—. ¡Ya lo he notado desde aquí! ¡Nunca antes ha sido tan torrencial la lluvia ni en mi vida he visto todo tan reverdecido! ¡Pero ven! Vamos a casa. Tu padre ha de cumplir su palabra.
Más
tarde, en las cercanías de los sauces encontraron la barca y subieron a
ella. La tierra baja estaba completamente inundada; el aire y el agua
rebosaban de toda clase de aves; las esbeltas golondrinas se
precipitaron lanzando garlidos por encima de sus cabezas, sumergiendo las puntas de sus alas en la corriente, en tanto que una gaviota nadaba, majestuosa, al lado de la rauda embarcación. En las verdes isletas que iban dejando atrás en su camino, llegaron a ver gallos de dorada cresta que peleaban entre sí.
De esa manera se deslizaron velozmente. Aún caía un poco de lluvia, tenue pero incesante. Después, el curso del agua se angostó y pronto esta se convirtió en un río de medianas dimensiones.
Andrés miraba desde hacía rato a lo lejos, con la mano puesta encima de los ojos a manera de una visera.
—Observa, María —exclamó—. ¿No es ese mi campo de centeno?
—¡Claro,
Andrés! ¡Y qué bellamente ha reverdecido! ¿Pero es que ya te has dado
cuenta de que hemos venido en el curso de nuestro riachuelo?
—Cierto, María. Pero, dime, ¿qué es lo que hay más allá? ¡Todo está inundado!
—¡Ay, santo Dios! —exclamó María—. ¡Esos son los pastizales de mi padre! Mira, todo el heno está flotando.
Andrés oprimió con la suya la mano de la muchacha.
—¡No te preocupes, María! —le dijo el muchacho—. Pienso que el precio no ha sido muy alto, y mis campos tan mayores frutos darán.
La barca se detuvo poco antes de llegar junto al enorme tilo del pueblo. Treparon por la orilla y de
inmediato caminaron tomados de la mano calle abajo. Entonces, desde
todos lados fueron saludados efusivamente, ¡pues de seguro la madre Stine había hablado bastante durante su ausencia!
—¡Llueve! —gritaban los niños al correr por las calles, empapándose bajo el agua.
—¡Llueve!
—dijo el primo Schulze, mirando placenteramente desde la ventana
cuando, al pasar ellos, los sacudió con un fuerte saludo de manos.
—¡Sí,
sí, llueve! —dijo el padre de María, que con su pipa en la boca estaba
en ese momento en la entrada de su casona—. Y tú, María, ¡bien que me
has mentido! Pero
entren los dos. Andrés, como dijo el primo Schulze, ha sido siempre un
buen muchacho; su cosecha, igualmente, será buena este año, y si en los
próximos tres hay otra vez lluvia, no está nada mal que ricos y pobres
se acerquen. ¡Vayan con madre Stine para que arreglemos el asunto!
Varias semanas habían transcurrido desde entonces. La lluvia había dejado de caer desde hacía algún tiempo y las últimas pesadas carretas entraban y salían de los graneros, adornadas con coronas de flores y cintas ondulantes.
Bajo el resplandor del sol, una procesión nupcial se dirigía a la parroquia. María y Andrés eran los novios; detrás de ellos, tomados de la mano en el cortejo, seguían los padres de ambos.
Muy
cerca del atrio, al apenas comenzar a escucharse los sonidos que un
anciano del pueblo arrancaba al órgano para darles el recibimiento, de
pronto una nubecita blanca se acercó y ligeras gotas cayeron sobre el tocado de la novia.
—¡Eso es de buena suerte! —gritaron algunos de los congregados en el atrio.
—¡Fue la señora Nube! —susurraron entre sí los novios, estrechándose las manos.
Poco después, la procesión entró en el templo. Brilló de nuevo el sol, la música del órgano dejó de escucharse y el párroco dio inicio a su tarea.