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El huésped - Amparo Dávila

Nunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje.

Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, teníamos dos niños y yo no era feliz. Representaba para mi marido algo así como un mueble, que se acostumbra uno a ver en determinado sitio, pero que no causa la menor impresión. Vivíamos en un pueblo pequeño, incomunicado y distante de la ciudad. Un pueblo casi muerto o a punto de desaparecer.

No pude reprimir un grito de horror, cuando lo vi por primera vez. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas.

Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. “Es completamente inofensivo” —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia. “Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…“ No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa.

No fui la única en sufrir con su presencia. Todos los de la casa —mis niños, la mujer que me ayudaba en los quehaceres, su hijito— sentíamos pavor de él. Sólo mi marido gozaba teniéndolo allí.

Desde el primer día mi marido le asignó el cuarto de la esquina. Era ésta una pieza grande, pero húmeda y oscura. Por esos inconvenientes yo nunca la ocupaba. Sin embargo él pareció sentirse contento con la habitación. Como era bastante oscura, se acomodaba a sus necesidades. Dormía hasta el oscurecer y nunca supe a qué hora se acostaba.

Perdí la poca paz de que gozaba en la casona. Durante el día, todo marchaba con aparente normalidad. Yo me levantaba siempre muy temprano, vestía a los niños que ya estaban despiertos, les daba el desayuno y los entretenía mientras Guadalupe arreglaba la casa y salía a comprar el mandado.

La casa era muy grande, con un jardín en el centro y los cuartos distribuidos a su alrededor. Entre las piezas y el jardín había corredores que protegían las habitaciones del rigor de las lluvias y del viento que eran frecuentes. Tener arreglada una casa tan grande y cuidado el jardín, mi diaria ocupación de la mañana, era tarea dura. Pero yo amaba mi jardín. Los corredores estaban cubiertos por enredaderas que floreaban casi todo el año. Recuerdo cuánto me gustaba, por las tardes, sentarme en uno de aquellos corredores a coser la ropa de los niños, entre el perfume de las madreselvas y de las bugambilias.

En el jardín cultivaba crisantemos, pensamientos, violetas de los Alpes, begonias y heliotropos. Mientras yo regaba las plantas, los niños se entretenían buscando gusanos entre las hojas. A veces pasaban horas, callados y muy atentos, tratando de coger las gotas de agua que se escapaban de la vieja manguera. Yo no podía dejar de mirar, de vez en cuando, hacia el cuarto de la esquina. Aunque pasaba todo el día durmiendo no podía confiarme. Hubo muchas veces que cuando estaba preparando la comida veía de pronto su sombra proyectándose sobre la estufa de leña. Lo sentía detrás de mí… yo arrojaba al suelo tenía en las manos y salía de la cocina corriendo y gritando como una loca. Él volvía nuevamente a su cuarto, como si nada hubiera pasado

Creo que ignoraba por completo a Guadalupe, nunca se acercaba a ella ni la perseguía. No así a los niños y a mí. A ellos los odiaba y a mí me acechaba siempre.

Cuando salía de su cuarto comenzaba la más terrible pesadilla que alguien pueda vivir. Se situaba siempre en un pequeño cenador, enfrente de la puerta de mi cuarto. Yo no salía más. Algunas veces, pensando que aún dormía, yo iba hacia la cocina por la merienda de los niños, de pronto lo descubría en algún oscuro rincón del corredor, bajo las enredaderas. “¡Allí está ya, Guadalupe!”; gritaba desesperada.

Guadalupe y yo nunca lo nombrábamos, nos parecía que al hacerlo cobraba realidad aquel ser tenebroso. Siempre decíamos: —Allí está, ya salió, está durmiendo, él, él, él..

Solamente hacía dos comidas, una cuando se levantaba al anochecer y otra, tal vez, en la madrugada antes de acostarse. Guadalupe era la encargada de llevarle la bandeja, puedo asegurar que la arrojaba dentro del cuarto pues la pobre mujer sufría el mismo terror que yo. Toda su alimentación se reducía a carne, no probaba nada más.

Cuando los niños se dormían, Guadalupe me llevaba la cena al cuarto. Yo no podía dejarlos solos, sabiendo que se había levantado o estaba por hacerlo. Una vez terminadas sus tareas, Guadalupe se iba con su pequeño a dormir y yo me quedaba sola, contemplando el sueño de mis hijos. Como la puerta de mi cuarto quedaba siempre abierta, no me atrevía a acostarme, temiendo que en cualquier momento pudiera entrar y atacarnos. Y no era posible cerrarla; mi marido llegaba siempre tarde y al no encontrarla abierta habría pensado… Y llegaba bien tarde. Que tenía mucho trabajo, dijo alguna vez. Pienso que otras cosas también lo entretenían…

Una noche estuve despierta hasta cerca de las dos de la mañana, oyéndolo afuera… Cuando desperté, lo vi junto a mi cama, mirándome con su mirada fija, penetrante… Salté dé la cama y le arrojé la lámpara de gasolina que dejaba encendida toda la noche. No había luz eléctrica en aquel pueblo y no hubiera soportado quedarme a oscuras, sabiendo que en cualquier momento… Él se libró del golpe y salió de la pieza. La lámpara se estrelló en el piso de ladrillo y la gasolina se inflamó rápidamente. De no haber sido por Guadalupe que acudió a mis gritos, habría ardido toda la casa.

Mi marido no tenía tiempo para escucharme ni le importaba lo que sucediera en la casa. Sólo hablábamos lo indispensable. Entre nosotros, desde hacía tiempo el afecto y las palabras se habían agotado.

Vuelvo a sentirme enferma cuando recuerdo… Guadalupe había salido a la compra y dejó al pequeño Martín dormido en un cajón donde lo acostaba durante el día. Fui a verlo varias veces, dormía tranquilo. Era cerca del mediodía. Estaba peinando a mis niños cuando oí el llanto del pequeño mezclado con extraños gritos. Cuando llegué al cuarto lo encontré golpeando cruelmente al niño. Aún no sabría explicar cómo le quité al pequeño y cómo me lancé contra él con una tranca que encontré a la mano, y lo ataqué con toda la furia contenida por tanto tiempo. No sé si llegué a causarle mucho daño, pues caí sin sentido. Cuando Guadalupe volvió del mandado, me encontró desmayada y a su pequeño lleno de golpes y de araños que sangraban. El dolor y el coraje que sintió fueron terribles. Afortunadamente el niño no murió y se recuperó pronto.

Temí que Guadalupe se fuera y me dejara sola. Si no lo hizo, fue porque era una mujer noble y valiente que sentía gran afecto por los niños y por mí. Pero ese día nació en ella un odio que clamaba venganza.

Cuando conté lo que había pasado a mi marido, le exigí que se lo llevara, alegando que podía matar a nuestros niños como trató de hacerlo con el pequeño Martín. “Cada día estás más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que es un ser inofensivo.”

Pensé entonces en huir de aquella casa, de mi marido, de él… Pero no tenía dinero y los medios de comunicación eran difíciles. Sin amigos ni parientes a quienes recurrir, me sentía tan sola como un huérfano.

Mis niños estaban atemorizados, ya no querían jugar en el jardín y no se separaban de mi lado. Cuándo Guadalupe salía al mercado, me encerraba con ellos en mi cuarto.

— Esta situación no puede continuar —le dije un día a Guadalupe.

— Tendremos que hacer algo y pronto – me contestó.

— ¿Pero qué podemos hacer las dos solas? —Solas, es verdad, pero con un odio…

Sus ojos tenían un brillo extraño. Sentí miedo y alegría.

La oportunidad llegó cuando menos la esperábamos. Mi marido partió para la ciudad a arreglar unos negocios. Tardaría en regresar, según me dijo, unos veinte días.

No sé si él se enteró de que mi marido se había marchado, pero ese día despertó antes de lo acostumbrado y se situó frente a mi cuarto. Guadalupe y su niño durmieron en mi cuarto y por primera vez pude cerrar la puerta.

Guadalupe y yo pasamos casi toda la noche haciendo planes. Los niños dormían tranquilamente. De cuando en cuando oíamos que llegaba hasta la puerta del cuarto y la golpeaba con furia…

Al día siguiente dimos de desayunar a los tres niños y, para estar tranquilas y que no nos estorbaran en nuestros planes, los encerramos en mi cuarto. Guadalupe y yo teníamos muchas cosas por hacer y tanta prisa en realizarlas que no podíamos perder tiempo ni en comer.

Guadalupe cortó varias tablas, grandes y resistentes, mientras yo buscaba martillo y clavos. Cuando todo estuvo listo, llegamos sin hacer ruido hasta el cuarto de la esquina. Las hojas de la puerta estaban entornadas. Conteniendo la respiración, bajamos los pasadores, después cerramos la puerta con llave y comenzamos a clavar las tablas hasta clausurarla totalmente. Mientras trabajábamos, gruesas gotas de sudor nos corrían por la frente. No hizo entonces ruido, parecía que estaba durmiendo profundamente. Cuando todo estuvo terminado, Guadalupe y yo nos abrazamos llorando.

Los días que siguieron fueron espantosos. Vivió muchos días sin aire, sin luz, sin alimento… Al principio golpeaba la puerta, tirándose contra ella, gritaba desesperado, arañaba… Ni Guadalupe ni yo podíamos comer ni dormir, ¡eran terribles los gritos…! A veces pensábamos que mi marido regresaría antes de que hubiera muerto. ¡Si lo encontrara así…! Su resistencia fue mucha, creo que vivió cerca de dos semanas…

Un día ya no se oyó ningún ruido. Ni un lamento… Sin embargo, esperamos dos días más, antes de abrir el cuarto.

Cuando mi marido regresó, lo recibimos con la noticia de su muerte repentina y desconcertante.

Los veinte amigos de William Shaw - Raymond E. Banks

El hecho de que un mayordomo llame a la puerta de mi casa no es muy frecuente, y aún menos si el hombre lleva en la mano una cesta fiambrera. Sin embargo, dejé pasar a Higgins porque trabajaba para William Shaw, en una ocasión... Bien, el caso es que me hizo un gran favor.

Higgins era amablemente ceremonioso y me trasladó los respetos de su patrón. Yo saqué una botella de mi mejor vino, recordando aún mi deuda moral, ya que William Shaw era un antiguo y sincero amigo.

—Póngame al día —le pedí—. Hace mucho que no veo al señor Shaw. Sí, desde que se...

—Desde su matrimonio —indicó Higgins, sosegadamente. Yo siempre había admirado la firme mandíbula y la precisa forma de hablar de Higgins. Era la clase de mayordomo capaz de dirigir de forma competente, con sólo la sombra de un ceño o una sonrisa, cualquier asunto que se planteara. Ahora su rostro parecía esculpido en piedra; tenía todo el aspecto del hombre consagrado a un propósito. Repitió—: Desde su matrimonio.

—Grace Shaw era más bien... Quiero decir que, después del matrimonio, su presencia proyectó una especie de sombra sobre la antigua pandilla.

—El señor Shaw tenía muy pocas debilidades —comentó Higgins —. Su esposa era una de ellas. Un hombre ya mayor, y una mujer joven... Sus últimos años han sido muy difíciles.

Higgins, con una de las aguzadas puntas de sus conservadores zapatos negros, movió delicadamente la cesta fiambrera.

—El ansia del señor Shaw por ayudar a los demás, le ha colocado en una mala posición — continuó el mayordomo—. Queda ya muy poco de lo que en tiempos fue una gran fortuna. Por eso no podía ni siquiera pensar en el divorcio, ya que la señora Shaw no se hubiera conformado con menos de casi todo lo que quedaba.

Recordé la última vez que había estado en casa de los Shaw: el deslumbrador brillo del collar que Grace llevaba alrededor de su blanco cuello y la acariciadora forma que tenía de tocarlo.

—No cabe duda de que lo del divorcio estaba más allá de toda consideración — dije, imitando inconscientemente la precisa manera de hablar de Higgins—. Resultaba muy difícil no imitar también su seca y enérgica voz.

—Abandonar a la propia esposa y huir no es cosa muy deseable —prosiguió Higgins—. Tal solución aísla a un hombre de sus amigos... y el señor Shaw siempre ha vivido para los amigos.

—Sí. Pasamos unas épocas estupendas —dije—. Hace tiempo...

—Por otra parte, los accidentes han de ser explicados — continuó el mayordomo.

De pronto, me encontré mirando a la cesta fiambrera con creciente interés y desagrado.

Me estremecí, pero aquello podía ser debido al vino. El que aún había en la copa del mayordomo, al ser atravesado por los rayos solares, proyectaba un brillo rojo sangriento sobre los pálidos dedos del hombre. La ventana de la habitación estaba abierta y en el cuarto reinaba un fuerte olor a tierra, a primavera y a flores. Era un aroma que hablaba de esperanza y despertar.

—Tiene usted una casa preciosa —dijo Higgins mirando alrededor—. Ha prosperado usted. Al señor Shaw le encantará saber lo bien que le ha ido.

—En una ocasión, estuve al borde del suicidio —expliqué. En el mayordomo había algo que invitaba a la confidencia—. Era un momento desesperado de mi vida. Me encontraba arruinado y carecía de amigos y de familia. Además, estaba seriamente enfermo y no tenía dinero para comprar las medicinas que podían aliviarme. Entonces me dirigí a las colinas de Hollywood, hacia ese gran indicador que ostenta la palabra: "H-O-L-L-Y-W-O-O-D". Ya sabe usted que había gente que se tiraba desde allí.

—Pero entonces usted se encontró con el señor Shaw — dijo Higgins, con una leve sonrisa.

—Aquél fue, para mí, un momento crucial —reconocí—. El era un desconocido, no me debía nada. Sin embargo, gastó una gran cantidad de tiempo y dinero en hacer que me repusiera. Nunca lo olvidaré.

Higgins empujó la cesta hacia mí. Su sonrisa de cordialidad y comprensión aumentó.

—Siempre tuve la esperanza... de que algún día podría devolverle al señor Shaw ese favor —confesé.

—Cuando ayuda a la gente, el señor Shaw nunca espera una restitución. Sin embargo, hay algo en lo que usted le podría ayudar.

—Estoy dispuesto a cualquier... —dejé la frase colgada, ya que la sonrisa de mi visitante había desaparecido. De pronto, el mayordomo adoptó una expresión casi amenazadora.

—Por desgracia, el hombre que ha sido siempre el espíritu de la bondad está en peligro de morir a manos del Estado —dijo—. Sin embargo, también es muy probable que la desaparición de Grace Shaw no cause grandes comentarios. Ya se ha escapado otras veces. En una ocasión, en San Francisco, tuvo un asunto de dos semanas con un marinero. Otra vez, según creo, fue con un conductor de camiones.

—Sí, ya he oído que tiene esos defectos. Bajo el impecable traje, los hombros de Higgins se encogieron.

—Esta vez... ¿Quién sabe? Podría ser un carnicero, un panadero, un fabricante de velas. El caso es que la señora ha desaparecido, y el señor Shaw parece veinte años más joven, como si se hubiera quitado un gran peso de encima. Desde luego, está el molesto hermano de ella, que trata de crear dificultades. Pero el señor Shaw ya no tendrá que soportarle más, ahora que la señora se ha marchado.

El mayordomo acabó su vino y se levantó:

—Todos los mejores y más íntimos amigos del señor Shaw están ayudándole. Quizá sean unos veinte; los que más le debían. Confío en que podemos contar con usted.

—Pues, yo...

Pero Higgins, tras una inclinación, ya se dirigía hacia la puerta.

—Si yo fuera usted, no me entretendría —me dijo—. Hace calor, y el hielo seco no durará. Buenos días, señor Benson. Pero no le digo adiós. El señor Shaw celebrará pronto una de sus antiguas reuniones. Una especie de celebración, a la cual usted y su esposa están cordialmente invitados.

Fui con él hasta la puerta y luego le acompañé, por el pequeño porche y a través del jardín, hasta el "Rolls".

—No tengo ninguna experiencia en estos asuntos — protesté.

—El señor Goodlace organizó una excursión de pesca en alta mar — explicó Higgins —. El señor Drayton estaba embaldosando un patio. A la señora Eileen Wilson le pareció que su jardín necesitaba unos cuantos rosales nuevos, de esa clase que tiene unas raíces muy profundas. En fin, la mente humana puede concebir muchas posibilidades — Higgins estrechó mi mano y sonrió —. Cuídese, señor Benson. Está usted pálido. Le sugiero que se eche y descanse unos momentos. El señor Shaw siempre le consideró uno de sus más fieles...

El "Rolls" se puso en marcha y desapareció.

Nunca he sido uno de esos hombres aficionados a la jardinería. Sin embargo, mi familia estaba fuera y era una tarde soleada, así que, tras dejar la cesta en el garaje, salí afuera provisto de una pala. En el primer sitio en que probé, la tierra era muy dura; pero no tardé en encontrar un trozo más blando junto a un macizo de jacintos.

Al cabo de poco rato advertí a mi lado una presencia extraña.

—¿Qué hace usted? —me preguntó el niño, que me observaba con serios ojos.

Pensé una serie de respuestas posibles, pero acabé por decidirme por la más sencilla:

—Cavo —dije.

—¿Cava, qué? —siguió indagando el hijo del vecino. Era Danny, un curioso, que a tan corta edad ya demostraba una marcada tendencia al fisgoneo.

—Un agujero —contesté, comenzando a sudar aun cuando apenas había profundizado quince centímetros en la tierra.

Las preguntas se sucedieron hasta que Danny se enteró de que yo iba a plantar un macizo de rosas.

—Mi mamá, para plantar los rosales, no hace agujeros tan hondos — dijo el niño, serio y con tono de sospecha. Normalmente, el chiquillo tenía un rostro atractivo y lleno de inteligencia. Aquel día me pareció que sus ojos estaban demasiado juntos y que en su boca había un despectivo rictus.

—Puede que tengas razón — concedí, abandonando el proyecto.

Con treinta y cinco niños sueltos por el vecindario, aquélla no parecía precisamente la mejor forma de proceder. No quedaba mucho tiempo. Mi mujer regresaría a las cinco, y mi hijo Tommy a las seis.

Muchas personas ignoran las virtudes de los vertederos urbanos de nuestros días. Los vertederos tradicionales, con sus chabolas y sus montones de desperdicios, algunos de ellos ardiendo, rodeados por vías de tren y habitados por vagabundos, son ya algo del pasado.

El vertedero cercano a mi casa está dirigido por la compañía de construcción JHK. Se trata de una gran extensión de terrenos hundidos que van siendo rellenados lentamente y que, con el tiempo, se convertirá en el lugar de construcción de una serie de casas de cuarenta mil dólares. Se encuentra rodeado por una alta cerca de alambre, y cuenta con un amable empleado que recibe a los clientes. Más allá de la entrada existen diversos y sinuosos caminos, y cada día se dispone un nuevo lugar para depositar en él los desperdicios. A medida que van llegando los camiones, el bulldozer se pone en movimiento. Resopla, machaca, tritura y convierte los objetos desechados en un informe amasijo que se une con la oscura y rica tierra.

Bajo la pala del bulldozer, los viejos sommiers, los desbroces vegetales que llevan los jardineros en sus camiones, los papeles, botellas, ropas y muebles son mezclados en un coctel definitivo con la tierra. Después de que el bulldozer ha pasado por el terreno, allí no queda nada más que la tierra revuelta en la que, en uno u otro punto, asoman unos papeles o unas verdes ramas. Mañana otro estrato cubrirá el de hoy, y luego otro, y puede que aún otro más. Los arqueólogos del futuro tendrán que tener en cuenta los bulldozers del siglo xx.

Una vez dentro del recinto hay que unirse a una caravana de camiones, entre los cuales se ven unos pocos turismos con remolques que se dirigen al lugar de depósito del día. Luego uno estaciona a pocos metros de donde está trabajando el bulldozer y deja allí sus desechos. Y, a medida que esta actividad incesante se desarrolla, el lugar de depósito va cambiando.

Yo había llenado el coche con todos los trastos acumulados en el garaje, cosa que desde meses atrás, venía diciéndome que debía hacer. Los objetos que llevaba eran cosas que el servicio normal de recogida de basuras ni siquiera tocaría. Entre toda aquella acumulación de objetos inútiles, la cesta de Higgins tenía una apariencia por completo inocente.

Estaba a punto de aparcar en uno de los lugares de depósito cuando me fijé en un coche del cual sólo me separaba un camión. El vehículo me resultó inquietantemente familiar. Hacía un par de años que no veía a Ben Jackson, pero no había duda de que el coche ostentaba una de sus características decoraciones. Y, además, era el mismísimo Ben, uno de los mejores amigos de William Shaw, el que estaba poniendo el automóvil en posición de descarga.

Aparqué fuera de la línea de vehículos y me dirigí hacia él. Ben no pareció muy contento de verme y cuando hube echado un vistazo a su remolque, comprendí el motivo. Aquel sábado, Higgins había hecho un recorrido completo.

—¡A mí se me ocurrió primero! —gritó Jackson.

—Este es un vertedero muy grande —contesté—. Enorme.

Mi amigo era un hombre grueso y medio calvo, de desvaídos y oscuros ojos. Indicó con un ademán a los tres empleados del vertedero que examinaban la montaña de basuras dejada por los camiones.

—Una cesta podría pasar —dijo—. Dos... Eso ya resultaría sospechoso.

—No puedo evitarlo —murmuré—. Hay muy pocos lugares adecuados.

Entonces fue cuando se produjo el accidente. No podría decir si fue debido a que resbalé o a que Ben me empujó. El caso es que di un traspié y recibí un topetazo de un apresurado camión que iba por el camino. De resultas del golpe, caí redondo al suelo.

Durante unos momentos, las cosas parecieron bailar a mi alrededor. Oí unas voces, y del cielo bajó el largo y agradable rostro de William Shaw, que sonriendo me dio las gracias por la clase de ayuda que le prestaba. Traté de protestar, asegurando que mis errores eran involuntarios; pero entonces sentí cómo los fuertes brazos del encargado del vertedero me colocaban tras el volante de mi coche.

—Su amigo le ha ayudado a descargar el material y se ha ido —explicó el hombre, humedeciéndose nerviosamente los labios—. Lo mejor será que usted también se vaya a casa.

Su nerviosismo no resultaba difícil de comprender. Era posible que yo estuviese seriamente herido. Incluso tal vez necesitase la asistencia de una ambulancia. Más tarde, quizá yo demandase al vertedero. En general, el tipo pensó que sería mucho mejor que me fuese. Y eso fue lo que hice. Por mi parte, los peligros a que me exponía eran lo bastante grandes como para hacerme salir pitando de allí.

Una vez estuve en la seguridad de la carretera, miré hacia el asiento trasero para asegurarme de que todos los trastos habían desaparecido. Efectivamente: todo cuanto había ido a dejar en el vertedero ya no estaba allí, y eso me satisfizo. Pero sobre el asiento de atrás había dos cestas, en vez de la única cesta inicial.

Traté de pensar, pero no llegué a ninguna conclusión. Aún me sentía ofuscado y dolorido por el accidente del vertedero, aunque no había sufrido daños importantes. Decidí volver a casa, buscar la dirección de Ben Jackson e irle a hacer una visita acompañado de un buen bate de baseball.

Mi ira duró todo el camino de regreso, hasta que, una vez en mi casa, vi, en el porche, una cesta demasiado familiar. La nota unida a ella estaba escrita por una ágil mano femenina. Decía:

"No sé si me recordará. Me llamo Sarah King, y soy una buena amiga de William Shaw. Llevo mucho tiempo sin verle a usted, señor Benson, pero estoy segura de que querrá ayudarme. Prácticamente, el médico me ha prohibido salir, y, además, vivo en un apartamento. Sé que es usted un caballero y que le encantará poder ayudar a una pobre anciana que apenas pisa la calle. ¿Querría usted hacerse cargo del paquete del señor Shaw? De todos sus amigos, usted es el que vive más cerca y, además, tiene un precioso y gran jardín."

La nota estaba firmada por Sarah King.

Me metí en casa a toda prisa. Sentía verdadero pánico. Era cierto: William Shaw había salvado mi vida y luego me ayudó a emprender una provechosa carrera. Mas para todo hay límites, incluso para la gratitud.

Al entrar en el vestíbulo, el teléfono sonaba con tan monótona insistencia que le hacía a uno creer que había estado emitiendo su timbrazo durante mucho tiempo. El que llamaba era Charles Moriseau, hermano de Grace Shaw. Antes de que hubiera pronunciado tres palabras reconocí su beligerante voz.

—¿Ha visto usted a Grace Shaw? —preguntó.

—No — respondí, tratando de mostrarme natural, pese a que el pánico formaba un nudo en mi garganta. No la había visto. Lo único que había visto era unos paquetes blancos, concienzudamente atados y envueltos, en el interior de tres cestas. Así que, al menos, no decía ninguna mentira.

—Mi ilustre cuñado pretende que Grace ha desaparecido — dijo Moriseau —. Pero yo sospecho que alguno de sus amigos está jugando sucio.

Recordé a Moriseau tal como le había visto la última vez. La voz, excesivamente refinada, las húmedas manos, la cabeza calva, los pálidos ojos de pez que miraban de modo suspicaz a toda la raza humana. Me acordé de lo simpático y agradable que era Shaw. Comencé a enfadarme.

—Su hermana no tiene fama de quedarse mucho en casa — dije.

—Creo que algo raro está ocurriendo —replicó él—. Tal vez me decida a hacer unas visitas, acompañado de la policía. Le iré a ver a usted y a algunos de los amigos de mi cuñado.

—Cuando quiera, amigo, cuando quiera. —Y, tras decir esto, colgué el receptor. Aquello zanjaba el asunto. Moriseau no iba a utilizarme como herramienta para destruir a mi querido William Shaw.

Transcurrió una semana. Estaba preparado para la esperada visita de Moriseau y de algún amenazador policía. Incluso tenía una coartada para aquel sábado por la tarde en particular. Sin embargo, no vino nadie, ni apareció nada en los periódicos. Un día me dirigí a la mansión de Shaw, en Bel Air. Era una de las residencias más grandes de aquella zona. Sólo vi a un uniformado detective de la Pinkerton que vigilaba aquellos terrenos. Traté de llamar a Higgins, pero el teléfono fue contestado por un guarda profesional que me dijo que en la casa no había nadie.

La tensión continuó; pero sin que ocurriese nada desagradable. Sin embargo, mi esposa se quejó de mi irritabilidad. Una noche no pude evitar tirarle un zapato a mi hijo.

Al fin llegó el alivio. Recibí una nota de Higgins que decía:

"El señor Shaw, tras un invierno de prueba, va a partir hacia Europa. En otoño, cuando regrese, recibirá a todos sus viejos amigos."

Aquello, al parecer, zanjaba la cuestión. William Shaw se encontraba bien y ni yo ni ninguno de nosotros tenía¬mos motivo alguno para preocuparnos.

—¿Por qué cambias de camino siempre que ves un coche de la policía? —me preguntó mi mujer—. ¿Es que has vuelto a mentir en tu declaración de impuestos?

Yo también me pregunté por qué hacía aquello. ¡Al diablo con lo de esperar hasta el otoño! Quería estar bien seguro de que ningún policía iba a ir a visitarme.

Compré una botella de champaña y, casi a la fuerza, conseguí entrar en la mansión de Shaw. Al verme frente al imperturbable Higgins le conté lo de la llamada de Moriseau.

Higgins volvió a mostrar su tranquila sonrisa.

—No tenemos nada que temer, señor Benson. En realidad, la excursión a Europa fue deliberadamente planeada para poner fin a la estancia de Moriseau aquí, ahora que su hermana ha... huido con cualquier otro hombre de mala reputación. En esta casa sólo vivíamos nosotros cuatro: el señor y la señora Shaw, el señor Moriseau y yo mismo. La señora Shaw ha desaparecido. Ahora podremos cerrar la casa y él tendrá que irse. Pero, en el otoño, todos nosotros volveremos a disfrutar de los viejos tiempos.

Indiqué el equipaje que se alineaba en el vestíbulo: dos grandes baúles y varias maletas de mujer.

—Quizá sea mejor que le dé esta botella de champaña a William y me vaya —dije.

Higgins meneó la cabeza.

—Eso no sería acertado, señor Benson. Hemos convencido a Moriseau de que su hermana se ha escapado. No parecería lógico que, tan pronto, comenzara a ver rostros conocidos, sobre todo, si esos rostros pertenecen al viejo grupo de amigos.

—Comprendo que tiene usted razón —reconocí, dejando la botella sobre el equipaje—. Déle recuerdos a William de mi parte.

Permanecía en el muelle de Los Angeles observando la partida del barco para Haway. Había resultado sencillísimo descubrir en el libro registro los nombres del "señor y la señora Higgins". Les había visto a ambos unos momentos en la estación de tren, aunque tomando grandes precauciones para asegurarme de que ellos no advertirían mi presencia.

Charles Moriseau también estaba allí, sonriendo y saludando con la mano a su hermana y a su nuevo cuñado. Con William muerto y enterrado por sus veinte mejores amigos, aquella pareja había conseguido su propósito. Grace podía mantener muy bien tanto a Higgins como a Charles, ya que ninguno de ellos gastaba con la generosidad de que el pobre William había hecho alarde durante su vida. El collar de la mujer brillaba alrededor de su hermoso cuello, los dientes de Higgins relucían bajo el sol, mientras su propietario abrazaba a Grace y mostraba una feliz sonrisa, indigna de un mayordomo.

Me fui y mandé unos telegramas a la policía del puerto, explicándoles anónimamente lo que encontrarían en las tres cestas que había en el interior del camarote de Higgins. Eran tres cestas que yo había mantenido en la cámara frigorífica de un carnicero amigo mío mientras trataba de esforzar mi pobre y poco imaginativo cerebro para que encontrase una forma de salir de aquel aprieto.

Higgins había planeado muy bien el asesinato, y se deshizo del cuerpo con toda limpieza. Fue, hasta el final, un perfecto mayordomo. Sólo cometió un desliz. Un desliz que no pudo evitar. En aquella mansión sólo había tres hombres y una mujer. Se suponía que la mujer estaba muerta. Sin embargo, en el equipaje que preparó para la excursión a Europa (y, ¿no resultaba evidente que, en realidad, debían de haber reservado pasajes para irse en la dirección opuesta?), Higgins había utilizado un juego de maletas femeninas.

Ningún mayordomo tan capaz como Higgins hubiera mandado a Europa a dos hombres (él mismo y su patrón) con un equipaje de mujer.

Levitación - Joseph Payne Brennan

El "Morgan's Wonder Carnival" hizo su entrada en Riverville para pasar allí una noche y asentó sus tiendas en el gran prado que había junto al pueblo. Era una cálida tarde de primeros de octubre y, hacia las siete, ya se había reunido una considerable multitud en la escena de la tosca función.

El circo ambulante no era ni de gran tamaño ni de considerable importancia dentro de su género; sin embargo, su aparición fue animadamente recibida en Riverville, una aislada comunidad montañosa, a muchos kilómetros de los cinematógrafos, teatros de variedades y campos deportivos situados en ciudades más importantes.

Los habitantes de Riverville no pedían entretenimientos refinados; por consecuencia la inevitable "Mujer Gorda", el "Hombre Tatuado" y el "Niño Mono" les daban motivo para charlar animadamente ante cada uno de ellos. Se llenaban la boca de cacahuetes y palomitas de maíz, bebían vaso tras vaso de limonada, y se pringaban los dedos tratando de quitar los envoltorios de los grandes y multicolores caramelos.

Cuando el que anunciaba al hipnotizador comenzó su arenga, la gente parecía tranquila y tolerante. El voceador, un hombre bajo y rechoncho que llevaba un traje a cuadros, utilizaba un improvisado megáfono, mientras el hipnotizador en persona permanecía apartado, en un extremo de la plataforma de tablas levantada frente a su tienda. Parecía no sentir interés por lo que ocurría. Desdeñoso, apenas se dignó mirar a la masa que se iba congregando.

Sin embargo, al fin, cuando frente a la plataforma hubo unas cincuenta personas, el hombre dio unos pasos hacia adelante, hasta quedar en el ámbito luminoso. Del público surgió un leve murmullo.

La aparición del hipnotizador bajo el foco suspendido sobre su cabeza tuvo algo de estremecedor. Su alta figura, su extrema delgadez, que le daba aspecto demacrado, su pálida piel y, sobre todo, sus grandes y profundos ojos negros, atraían la atención de forma inmediata. Su indumento, un severo traje negro y una anticuada corbata de lazo, añadían un último toque mefistofélico.

Con expresión que delataba frustración y una especie de suave desdén, miró fríamente al público.

Su sonora voz llegó hasta la última fila de mirones.

—Necesitaré —dijo— la colaboración de un voluntario. Si alguno de ustedes fuera tan amable de subir...

Todos miraron a su alrededor o cambiaron codazos con sus vecinos, pero nadie avanzó hacia la plataforma.

El hipnotizador se encogió de hombros. Con voz cansada, dijo:

—A no ser que alguien sea tan amable de subir, no podrá haber demostración. Les aseguro, damas y caballeros, que se trata de algo inofensivo por completo, que no entraña el menor riesgo.

Miró en torno, expectante. Momentos después un joven se abrió paso lentamente por entre la multitud, en dirección al estrado.

El hipnotizador le ayudó a subir los escalones y le hizo sentar en una silla.

—Relájese —pidió—. Dentro de poco estará dormido y hará exactamente cuanto yo le diga.

El joven se removió en el asiento y dirigió una sonrisa de auto confianza a los espectadores.

El hipnotizador atrajo su atención, fijó sus enormes ojos en él, y el joven dejó de removerse.

De pronto, alguien tiró a la plataforma una gran bolsa de coloreadas palomitas de maíz. El proyectil describió un arco sobre las luces y fue a romperse directamente sobre la cabeza del muchacho sentado en la silla.

El chico se hizo a un lado, casi cayéndose de la silla, y el público, que poco antes permanecía mudo, estalló en grandes carcajadas.

El hipnotizador estaba furioso. Su rostro se puso color púrpura y todo su cuerpo comenzó a temblar de ira. Dirigiendo una penetrante mirada a los asistentes, preguntó, con voz alterada:

—¿Quién ha tirado eso?

La masa guardó silencio.

El hipnotizador siguió mirándoles. Al fin su rostro adquirió aspecto normal y su cuerpo dejó de temblar, pero en sus ojos siguió habiendo un maligno brillo.

Hizo un ademán al joven sentado en la plataforma y le despidió con unas breves palabras de agradecimiento. Luego se enfrentó de nuevo con la masa.

—Debido a la interrupción será necesario volver a empezar la prueba... con otro sujeto —anunció, en voz baja—. Tal vez la persona que tiró las palomitas sea tan amable de subir.

Al menos diez o doce individuos se volvieron a mirar a alguien que se mantenía en la sombra, entre los más alejados espectadores.

El hipnotizador le localizó en seguida. Sus negros ojos parecieron refulgir.

—Quizá el que nos interrumpió le dé miedo subir — dijo, con voz burlona—. Prefiere esconderse en las sombras y tirar palomitas de maíz.

El aludido lanzó una exclamación y, con actitud beligerante, se abrió paso hacia la plataforma. Su aspecto no tenía nada de notable; en realidad, en cierto modo se parecía al primer joven. Cualquier observador casual les hubiera supuesto a ambos pertenecientes a la clase rural trabajadora, ni más ni menos inteligentes que el promedio.

El segundo muchacho tomó asiento en la silla del estrado y adoptó una clara actitud de desafío. Durante varios minutos luchó visiblemente contra las órdenes que le daba el hipnotizador para que se relajase. Sin embargo, poco a poco su agresividad fue desapareciendo y miró, como se le pedía, a los penetrantes ojos que tenía enfrente.

Al cabo de un par de minutos, siguiendo las órdenes del hipnotizador, se levantó y se tumbó de espaldas sobre los duros maderos de la plataforma. Los espectado¬res contuvieron el aliento.

—Va usted a dormirse —dijo el hipnotizador—. Va usted a dormirse. Se está durmiendo. Se está durmiendo. Está dormido y hará cuanto le ordene. Cuanto le ordene. Cuanto...

Su voz se convirtió en un susurro en el que se repe¬tían las reiterativas frases. El público guardaba un si-lencio total.

De pronto, en la voz del hipnotizador entró una nue¬va nota, y la audiencia se puso tensa.

—No se levante, elévese de la plataforma —ordenó el hipnotizador—. ¡Elévese de la plataforma! —Sus oscuros ojos parecían lanzar rayos. El público se estre¬meció.

—¡Elévese!

Los espectadores, tras un jadeo colectivo, contuvieron el aliento.

El joven, rígido sobre el estrado, sin mover un múscu¬lo, comenzó a ascender, siguiendo en su posición horizontal. Primero fue un movimiento lento, casi imperceptible; pero pronto adquirió una firme e inconfundible aceleración.

—¡Elévese! —espetó la voz del hipnotizador.

El muchacho continuó su ascenso, hasta encontrarse a más de medio metro del estrado, y seguía subiendo.

Los presentes estaban seguros de que se trataba de un truco de alguna clase, pero, aun contra su voluntad, miraban aquello boquiabiertos. El joven parecía estar suspendido en el aire, sin contar con ningún medio posible de apoyo físico.

De pronto, la atención del auditorio fue captada por un nuevo suceso. El hipnotizador se llevó una mano al pecho, vaciló, y, por último, se derrumbó sobre la plataforma.

Llamaron a un doctor. El voceador del traje a cuadros salió de la tienda y se inclinó sobre el inmóvil cuerpo del caído.

El hombre buscó el pulso del hipnotizador. Luego meneó la cabeza y se puso en pie. Alguien ofreció una botella de whisky, pero el voceador se limitó a encogerse de hombros.

De pronto, una mujer, entre el público, lanzó un grito. Todos se volvieron a observarla y, un segundo más tarde, siguieron la dirección de su mirada.

Inmediatamente se produjeron gritos aún más agudos, ya que el joven dormido por el hipnotizador continuaba ascendiendo. Mientras la atención de la gente estuvo centrada en el fatal colapso del hipnotizador, el muchacho había seguido subiendo, subiendo... Ahora se encontraba a más de dos metros por encima del tablado y se elevaba más y más, inexorablemente. Aun tras la muerte del hipnotizador, seguía obedeciendo aquella orden final: "¡Elévese!"

El voceador, con los ojos casi saliéndosele de las órbitas, dio un frenético salto; pero era demasiado bajo. Sus dedos apenas rozaron la figura que flotaba en el aire. El hombre volvió a caer pesadamente sobre el estrado.

El rígido cuerpo del joven continuó su marcha hacia arriba, como si estuviera siendo alzado por una invisi-ble grúa.

Las mujeres comenzaron a chillar histéricamente; los hombres gritaban. En realidad nadie sabía qué hacer. Al ponerse en pie, el voceador tenía expresión de pánico. Dirigió una intensa mirada a la yacente figura del hipnotizador.

—¡Baja, Frank! ¡Baja! —gritaba la masa—. ¡Frank! ¡Despierta! ¡Baja! ¡Detente! ¡Frank!

Pero el rígido cuerpo de Frank seguía subiendo aún más. Arriba, arriba, hasta que estuvo al nivel de la par-te alta del entoldado, hasta que alcanzó la altura de los árboles más grandes... hasta que rebasó los árboles y siguió ascendiendo por el limpio cielo de primeros de octubre.

Muchos de los que presenciaban el fantástico hecho se cubrieron con las manos el horrorizado rostro y se alejaron.

Los que siguieron mirando pudieron ver cómo la forma flotante ascendía al cielo hasta no ser más que una leve mota, como una pequeña pavesa que flotara junto a la luna.

Luego desapareció por completo.

Habitación con vistas - Hal Dresner

Con el frágil cuerpo cubierto por edredones y descansando contra seis de las más espesas almohadas que el dinero podía comprar, Jacob Bauman observó con disgusto a su mayordomo, que colocaba ante él la bandeja del desayuno y descorría las cortinas, dando entrada en la habitación a la luz del dia.

-¿Desea que abra las ventanas, señor? – preguntó Charles.

-¿Quieres que pille un resfriado?

-No, señor. ¿Necesita algo más el señor?

Jacob meneó la cabeza, introduciendo una punta de la servilleta entre el pijama y su escuálido pecho. Se echó para delante y destapó la fuente del desayuno. Luego volvió a enderezarse y miró a Charles, que permanecía, como un centinela, junto a la ventana.

-¿Esperas una propina? - preguntó Jacob, ásperamente.

-No, señor. Espero a la señorita Nevins. El doctor Holmes dijo que no debía quedarse usted a solas ni un momento, señor.

-¡Lárgate, lárgate! -dijo Jacob-. Si decido morirme en los próximos cinco minutos, te llamaré. No te perderás nada.

Vio salir al mayordomo, esperó a que la puerta se cerrase y entonces destapó la fuente de plata en la que un único huevo escalfado, que parecía un ojo en su órbita, reposaba sobre una tostada. Una miserable cantidad de mermelada y una taza de pálido té completaban el menú.

¡Ajj! Jacob miró con desagrado la comida y se volvió hacia la ventana. En el exterior, el día era espléndido. El gran prado de la mansión Bauman aparecía, verde y liso como el tapete de una mesa de billar, cortado por el camino en forma de herradura y punteado aquí y allá con pequeñas estatuas de bronce: una insinuante diosa rodeada de querubines, un mensajero con alas en los pies y una leona en compañía de sus cachorros. Todo horrible; pero muy caro. En el extremo izquierdo de la herradura, junto a la casa del guarda, Jacob vio a su jardinero, el señor Coveny, arrodillado frente a un macizo de azaleas; a la derecha, ante la verja de hierro, las puertas del garaje de dos pisos estaban abiertas y Jacob pudo ver a su chófer puliendo los cromados del convertible azul de la señora Bauman, mientras hablaba con la señorita Nevins, la joven enfermera del turno de día de Jacob. Tras la verja, el prado exterior se prolongaba ininterrumpidamente hasta la carretera, una distancia tan grande que ni siquiera la aguda vista de Jacob podía distinguir los autos que pasaban.

"¡Pobre Jacob Bauman!", se dijo Jacob. Para él, todas las cosas buenas de la vida habían llegado excesivamente tarde. Al fin era dueño de una impresionante finca; pero se hallaba demasiado enfermo para disfrutar de ella; al fin estaba casado con una joven que era lo bastante joven para hacer volver la cabeza a cualquier hombre; pero él era demasiado viejo para apreciarla de¬bidamente. Al fin había conseguido una aguda penetración en los misterios de la naturaleza humana; pero postrado en la cama y sin más compañía que la de sus sirvientes, eso no le servía para nada. ¡Pobre del rico Jacob Bauman! Pese a toda su fortuna, suerte e inteIigencia, su mundo se encontraba limitado por la anchura de su colchon, el trozo de sendero que abarcaba su vista y la profundidad mental de la señorita Nevins.

¿Y dónde estaba ella? Se volvió hacia el reloj de la mesilla de noche, rodeado de botellas, píldoras y ampollas. Eran las nueve y seis minutos. Atisbando otra vez por la ventana, vio a la muchacha de uniforme blanco mirar con desaliento su reloj, mandar un beso al chófer y ponerse a andar, a toda prisa, hacia la casa. Era una chica rubia y robusta, que andaba con alegre contoneo y moviendo los brazos en una exuberancia de energía que a Jacob le fatigaba con sólo verla. Sin embargo, siguió observándola hasta que desapareció bajo el tejado del porche. Luego volvió a su desayuno. La señorita Nevins se detendría a dar los buenos días al cocinero y la doncella, calculó Jacob, y eso significaba que cuando ella llamase a la puerta, él estaría acabando el huevo y la tostada.

Masticaba el último bocado cuando la llamada se produjo. Jacob dijo: "Adelante", y entró la enfermera, sonriendo.

-Buenos días, señor Bee - dijo, animadamente. Puso su novela barata sobre la cómoda y miró, sin mucho interés, la novela gráfica dejada por la enfermera de noche.

-¿Cómo se encuentra hoy? -preguntó.

-Vivo - replicó Jacob.

-¿No le parece el de hoy un día maravilloso? - comentó la muchacha, yendo hacia la ventana -. Hace un momento, ahí afuera, hablando con Vic, tuve la impresión de que estábamos en primavera. ¿Quiere que abra las ventanas?

-No. Su amigo el doctor me previno contra los catarros.

-¡Ah, sí! Me había olvidado. Supongo que, en realidad, no soy muy buena enfermera, ¿verdad? - preguntó, sonriendo.

-Es usted una buena enfermera - replicó Jacob-. Es mejor que las que nunca me dejan en paz.

-Tiene razón. Me doy cuenta de que no estoy lo bastante consagrada a mi trabajo.

-¿Consagrada al trabajo? Es usted una jovencita preciosa y, por tanto, tiene otros intereses. Lo comprendo. Se dijo usted a sí misma: "Haré de enfermera durante una temporada. El trabajo es fácil y la comida buena. Así ahorraré algún dinero para cuando me case".

La chica pareció sorprendida.

-¡Caramba! Eso es exactamente lo que me dije cuando el doctor Holmes me ofreció este empleo. ¿Sabe que es usted muy listo, señor Bee?

-Gracias -replicó Jacob, secamente-. Cuanto más viejo, más listo. - Bebió un sorbo de té y puso cara de desagrado -. ¡Aj! Asqueroso. Llévese esto.

-Debería usted terminárselo - murmuró la chica.

-¡Quítemelo de aquí! - exigió Jacob, impaciente.

-A veces se porta como un niño.

-Bueno, yo soy un niño y usted una muchachita. Pero será mejor que hablemos de usted. - Comenzó a arreglarse las almohadas; pero se detuvo cuando la chica acudió a ayudarle -. Dígame, Frances - empezó, con el rostro muy cerca del de la joven -, ¿ha elegido ya esposo?

-Señor Bee, esa es una pregunta muy personal para hacérsela a una chica.

-De acuerdo. Es una pregunta personal. Si no me la contesta a mí, ¿a quién iba a hacerlo? ¿Cree que voy a contárselo a alguien? ¿Es que hay alguien a quien se lo pueda decir? El médico ni siquiera me permite tener un teléfono junto a la cama para llamar de vez en cuando a mi corredor de bolsa. Opina que el hecho de enterarme de que había perdido unos cuantos miles de dólares constituiría una impresión demasiado grande. ¿Es que no sabe que con sólo leer los periódicos puedo decir al céntimo lo que gano o pierdo? - Sonrió confidencialmente-. Así que, dígame: ¿qué aspecto tiene su amante?

-¡Señor Bee! Un futuro marido es una cosa, pero un amante... - mullió la última almohada y fue hacia la silla que había junto al ventanal-. No sé qué opinión tiene usted de mí.

Jacob se encogió de hombros.

-Opino que es muy bonita. Pero las chicas de hoy son un poco distintas de las de hace cincuenta años. No digo que sean mejores ni peores. Sólo que son distintas. Comprendo esas cosas. Después de todo, es usted sólo unos pocos años más joven que mi esposa. Sé que a los hombres les gusta mirarla a ella, así que supongo que también les gusta mirarla a usted.

-¡Oh, pero su mujer es muy guapa! De veras. Creo que es la mujer más vistosa que conozco.

-Mejor para ella -dijo Jacob-. Ahora hábleme de su amante.

-Bueno... - comenzó la chica, evidentemente como placida -. En realidad, aún no es nada definitivo. Quiero decir que no hemos fijado la fecha ni nada.

-Sí que lo han hecho. No quiere decírmelo porque teme que la despida antes de que a usted le venga bien.

-No, de veras, señor Bauman...

-Entonces será que aún no han fijado el día de la semana. Pero el mes ya lo han decidido, ¿no es así? - Esperó un momento la contradicción-. Bien... Créame cuando le digo que comprendo esas cosas. ¿Qué mes han escogido? ¿Junio?

-Julio - corrigió la chica, sonriente.

-¡Vaya! ¡Me equivoqué por un mes! No me molestaré en preguntarle si él es atractivo. Sé que lo es. Y también fuerte.

-Sí.

-Pero tierno.

La muchacha asintió, radiante.

-Eso es bueno -dijo Jacob-. Es muy importante casarse con un hombre tierno... que no lo sea demasia¬do. Los que son excesivamente suaves permiten que se abuse de ellos. Créame, sé de qué hablo. Yo mismo era un hombre muy tierno y... ¿Quiere que le diga adónde me llevó la ternura? A ningún sitio. Por eso cambié. Y no es que, de vez en cuando, no cometa errores, pero cada vez que me ocurre me cuesta caro... Un mal matrimonio puede ser un enorme error. Tal vez el más grande de todos. Ha de saber uno a qué clase de persona se liga. Pero usted lo sabe, ¿no es así?

-Sí. Se trata de un hombre maravilloso. De veras. Usted no lo comprende, señor Bauman, porque en realidad no le conoce, pero si alguna vez charlase con él. - La joven se cortó, mordiéndose el labio inferior-. Bueno, no quiero decir con eso...

-Así que es alguien que yo conozco - comentó Jacob -. Eso es interesantísimo. Nunca lo hubiera supues¬to. ¿Quizá un amigo mío?

-No, de veras, no pretendía decir... Me ha interpre¬tado mal. No es nadie...

-¿El doctor Holmes? - quiso saber Jacob.

-¡Oh, no!

-¿Tal vez alguien que trabaje para mí? – preguntó Jacob, astutamente -. ¿Charles? No, no... No puede ser él. A usted no le gusta mucho Charles, ¿verdad, Frances? Cree que él la mira por encima del hombro. ¿A que si?

-Si - replicó ella, repentinamente indignada -. Me hace sentirme como una especie de... de no sé qué y sólo porque se cree muy... elegante. Si me lo pregunta, le diré que es un cursi.

Jacob rió.

-Tiene usted toda la razón. Charles es un cursi. Un cursi inaguantable... Pero, entonces, ¿de quién puede tratarse? El señor Coveny es demasiado viejo para usted, asi que sólo queda... - Hizo una pausa. Sus ojos brillaban, irónicos. Apartó la mirada de la chica y la dirigió al ventanal. Al fin dijo -: No, no acierto. Deme una pista. ¿En qué asuntos interviene...? ¿Bolsisticos? ¿Petroleros? ¿Textiles? - Levantó la voz -. ¿Transporte?

-Se burla usted de mí -dijo la muchacha-. Ya sabe que es Vic. Apuesto que lo ha sabido durante todo el rato. Espero que no esté usted enfadado. En realidad, debi decírselo antes, pero...

Una llamada a la puerta la interrumpió.

-Adelante - dijo Jacob.

En el cuarto entró la señora Bauman, una aparatosísima pelirroja con aspecto de estar más cerca de los veinte que de los treinta. Llevaba un suéter amarillo y unos pantalones provocativamente ajustados.

-Buenos días a todos. No, siéntese, querida -le dijo a Frances-. ¿Cómo está nuestro paciente esta mañana?

-Fatal - dijo Jacob.

Su mujer rió falsamente y le dio una palmadita en la mejilla.

-¿Has dormido bien?

-No.

-¿No es espantoso? -preguntó la señora Bauman a Frances -. No sé cómo puede usted aguantarle.

-Lo hace por dinero. Igual que tú.

La señora Bauman emitió una risita forzada.

-Es como un niño, ¿verdad? ¿Ha tomado ya su pastilla naranja?

-Sí - dijo Jacob.

-No - corrigió Frances -. ¿Son ya las nueve y cuarto? ¡Cómo lo sien...!

-Me temo que son casi y veinte - dijo la señora Bauman, con frialdad -. Deje, yo se la daré. - Destapó uno de los tubitos de encima de la mesilla, y de una plateada jarra, sirvió un vaso de agua -. Ahora abre la boca.

Jacob apartó la cabeza.

-Aún puedo con una pastillita y un vaso de agua- dijo -. Ni siquiera tienes aspecto de enfermera -. Se metió la píldora en la boca y tragó un sorbo de agua-. ¿Adónde vas vestida como una estudiante?

-Sólo a la ciudad, a hacer unas compras.

-Vic ya tiene listo su coche - anunció Frances -. Lo ha limpiado esta mañana y parece nuevo.

-Estoy segura de que sí, querida.

-Si no brilla bastante, compra otro - dijo Jacob.

-Precisamente eso había pensado yo - contestó su mujer -. Pero luego se me ocurrió que era mejor esperar a que te pusieras bueno. Entonces adquiriremos uno de esos pequeños autos deportivos que sólo tienen dos asientos y en él daremos largos paseos juntos, sólo tú y yo.

-No puedo esperar tanto - dijo Jacob.

-¡Cariño! - exclamó la señora Bauman -. ¿No te parece que es un día espléndido? ¿Por qué no has ordenado que Charles abra las ventanas?

-Porque no quiero coger un catarro y morirme - replicó Jacob -. Pero gracias por sugerido.

Sonriendo agriamente, la señora Bauman se besó la punta de los dedos y luego tocó con ellos la frente de su marido.

-Hoy ni siquiera mereces un beso así - declaró en tono juguetón. Y dirigiéndose a Frances -; Si continúa de tan mal humor, no le hable. Así aprenderá. - Con su sonrisa invitaba a la joven a una especie de conspiración femenina -. Volveré muy pronto - dijo a Jacob.

-Aquí te esperaré - replicó su marido.

-Adiós - se despidió la señora Bauman.

-Cierre la puerta - ordenó Jacob a Frances.

-¡Qué guapa estaba! ¿Verdad? - comentó Frances, haciendo lo que le pedían -. Me gustaría poder llevar pantalones así.

-Haga un favor a su marido y póngaselos antes de casarse.

-¡Oh! A Vic no le importaría. No tiene nada de celoso. Me ha dicho cientos de veces que le encanta que otros hombres me miren.

-¿Y a usted qué le parece que él mire a otras mujeres?

-Pues... no me importa. Quiero decir que, después de todo, es natural, ¿no? Además, Vic ha tenido... –La joven enrojeció levemente -. No entiendo cómo hemos vuelto a hablar de este asunto. Es usted de veras terrible, señor Bauman.

-Pocos placeres les quedan a los viejos, aparte del de hablar. De modo que Vic tiene gran experiencia con las mujeres, ¿no?

-A veces resulta verdaderamente turbador. Quiero, decir que hay mujeres que se echan en brazos de ciertos hombres. Así, tal como suena. Un miércoles, hace dos semanas, estuvimos en un club nocturno. Era la noche libre de Vic.

Jacob asintió con la cabeza y apartó la mirada de la chica, que comenzaba a hablar con mayor rapidez. La señora Bauman acababa de hacerse visible y caminaba, a través del césped, en dirección al garaje. Se movía de forma muy distinta a la de Frances, mucho más lenta, casi perezosa. Bajo los pantalones, sus caderas se contoneaban levemente, como el fiel de una balanza que buscase su equilibrio. Incluso en el lánguido bracear parecía existir un sutil ahorro de energía. La mujer no la derrochaba, como Frances, sino que parecía guardarla, almacenándola para movimientos más importantes.

-Aquella chica tenía un aspecto verdaderamente terrible... - decía Frances -. Cuando se acercó a nuestra mesa me quedé de piedra. Su cabello era negrísimo y parecía como si no lo hubieran peinado desde hacía semanas. Además, llevaba tanto lápiz labial que debió de gastar un tubo entero para maquillarse.

Jacob escuchaba, ausente, con la vista clavada en su mujer, que había llegado al convertible y permanecía apoyada contra la portezuela, charlando con Vic. Jacob pudo ver que su sonrisa se ampliaba al oír las palabras del hombre. Luego, echando la cabeza hacia atrás, lanzó una carcajada. A Jacob no le llegó el ruido de la risa; pero por el recuerdo de años atrás, sabía que era un sonido agudo y alegre. Verdaderamente estimulante. Vic, con un pie desdeñosamente apoyado sobre el paracho¬ques, sonrió a la señora Bauman.

-De veras creí que estaba borracha - dijo Frances, embebida en su historia -. Quiero decir que no me es posible imaginar que una mujer tenga la desfachatez de sentarse en las rodillas de un desconocido y besarle. ¡Y enfrente de su compañera! Porque yo podía haber sido la esposa de Vic.

-¿Y qué hizo él? -preguntó Jacob, apartando la vista de la ventana.

-Pues... nada. ¿Qué iba a hacer? Estábamos en un lugar público. Trató de portarse como si fuera una broma o algo por el estilo. Pero yo no pude tomárselo de esa forma. Quiero decir que traté de hacerlo; pero la chica no se movió y él no podía quitársela de encima a empujones. Todo el mundo nos observaba. Yo me sentía cada vez más furiosa y... Bueno, para ser sincera con usted, señor Bauman, le diré que a veces tengo un temperamento terrible. Sobre todo cuando se trata de cosas personales, como lo de Vic. Entonces no puedo controlarme.

-¿Como en el caso de Betty? -preguntó Jacob. Frances se mordió el labio inferior.

-No sabía que estuviera enterado de eso - dijo-. De veras lo sentí muchísimo, señor Bauman. Es que entré en la cocina en el momento en que ella abrazaba a Vic. Me parece que lo vi todo rojo.

-Eso oí - sonrió Jacob -. No vi a Betty antes de que se fuera; pero Charles me aseguró que ya no estaba tan guapa como de costumbre.

-Supongo que la arañé de un modo salvaje - murmuró Frances, bajando los ojos -. Lo siento muchísimo. Traté de disculparme; pero Betty no quiso escucharme. ¡Como si la culpa fuera sólo mía!

-¿Y qué hizo con la chica de ese club nocturno?

-La separé de Vic agarrándola por el pelo - admitió, de mala gana -. Y si él no me hubiera detenido, lo más probable es que hubiese intentado sacarle los ojos. Me volví verdaderamente loca. Fue mucho peor que con Betty, porque la del cabaret besaba de veras a Vic. Creo que, de haber tenido a mano un cuchillo o algo así, habría intentado matarla.

-¿De veras? - dijo Jacob. Apartó la mirada de la chica y volvió a dirigirla hacia la ventana. Ahora ni su mujer ni el chófer eran ya visibles. Sus ojos escrutaron todo el césped, observando las estatuas que brillaban levemente al sol, al señor Coveny, que seguía frente a las azaleas, y volviendo a fijarse en el brillante convertible. Sobre el capot del coche advirtió una extraña sombra y, forzando la mirada, acabó por definida como el trapo que había empleado Vic para limpiar el auto.

-¿Y cómo afectan esas pequeñas peleas sus sentimientos hacia Vic? -preguntó Jacob, sin darle importancia.

-No los afectan en absoluto. ¿Qué razón habría para que así fuera? No es culpa suya si las mujeres se le echan encima. El no hace nada por animarlas.

-¡Claro que no! - dijo Jacob. Entornó los párpados, esforzándose por enfocar la mirada en la oscura venta-na que había sobre el garaje. Creía haber visto allí un brillante destello amarillo. ¿O era únicamente el sol reflejándose en el cristal? No, porque la ventana estaba abierta. Allí estaba otra vez el destello, entre sombras que se movían. Una brillante mancha de color que aho¬ra se estrechaba e iba alzándose lentamente, como si fuese un trozo de tejido, una prenda de ropa -tal vez un suéter - que alguien se estuviera quitando. Luego el brillo desapareció y ya ni siquiera fueron perceptibles las cambiantes sombras que enmarcaba la ventana. Ja¬cob sonrió -. Estoy seguro de que Vic es por completo digno de confianza - dijo -. Toda la culpa es de las mujeres. Comprendo perfectamente sus celos, Frances. Son su derecho a luchar por lo que posee, aunque eso signifique destruir alguna otra parte de su vida.

Frances pareció desconcertada.

-¿Imagina que, por lo ocurrido, Vic me ama menos? El también dijo que me comprendía.

-Estoy seguro de que así es -aseguró Jacob-. Problemente la quiere aún más por demostrarle tan a las claras su devoción. A los hombres les gusta eso... No, antes hablaba por hablar. Cosas de viejos. Después de todo, ¿qué otra cosa puedo hacer?

-Oh, pues... un montón de cosas. Es usted muy inteligente. Al menos, eso me parece a mi. Debería bus-carse un pasatiempo. Hacer crucigramas, o algo por el estilo. Apuesto a que se le darían de maravilla.

-Puede que alguna vez me decida a probar -dijo Jacob -. Pero ahora lo que me apetece es dormir un ratito.

-¡Buena idea! Hoy me he comprado una novela nue¬va. La empecé en el autobús. Algo estupendo de veras. Trata de aquella francesa que volvió locos a no sé cuan¬tos reyes.

-Parece muy interesante - comentó Jacob -. Sin embargo, antes de que reanude usted la lectura, le agradecería que me hiciese un pequeño favor. - Volviéndose, abrió el único cajón de su mesilla de noche -. Ahora no se asuste - advirtió, al tiempo que sacaba un peque¬ño revólver gris -. Tengo esto aquí en previsión de que alguna vez entren a robar. Pero hace tanto que no lo han limpiado, que no estoy seguro de que funcione aún. ¿Querría llevárselo a Vic para que le eche un vistazo?

-Desde luego - dijo la chica, levantándose y toman¬do el arma con mano indecisa -. ¡Qué ligero es! Siempre había pensado que los revólveres pesaban lo menos diez o doce kilos.

-Tengo entendido que esa es un arma de mujer - dijo Jacob -. Para mujeres Y ancianos. Ahora, sea cuidadosa, porque está cargado. Le sacaría las balas, pero mucho me temo que no entiendo demasiado de esas cosas.

-Tendré cuidado - aseguró Frances, probando a to¬mar el revólver por la culata -. Y usted pruebe a dormir un rato. ¿Le digo a Charles que suba a acompañar¬le mientras yo no estoy?

-No, no se moleste. Me encuentro bien. Y estése con su novio el tiempo que quiera. Hace poco le vi subir a su habitación.

-Estará durmiendo - dijo Frances.

-Entonces, ¿por qué no entra sin llamar y le sorprende? - sugirió Jacob -. Probablemente, a él le gustará eso.

-Bueno, si no es así, le explicaré que fue idea de usted.

-Sí. Dígale que todo fue idea mía.

Jacob sonrió, mirando cómo se iba la chica. Luego se hundió entre las almohadas y cerró los ojos. Reinaba un gran silencio y se sentía tan verdaderamente cansado que, contra su voluntad, había comenzado a dormitar cuando, en el otro extremo de la pradera, se oyó el primer tiro, seguido inmediatamente por el segundo y el tercero. El hombre consideró un instante la idea de incorporarse para observar por la ventana el ajetreo que iba a producirse, mas le pareció un esfuerzo demasiado grande.

Por otra parte, él, postrado en su lecho de dolor, no podía hacer absolutamente nada.