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El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 2)


Hallé mi habitación suficientemente agradable. Habían decidido —por indicación del doctor Maradick, me figuro— que dormiría en la casa, y después de la austera cama del hospital tuve una agradable sorpresa ante el alegre aspecto de la habitación en que me introdujo la doncella. 

El papel de las paredes lucía un dibujo de rosas y en la ventana había una cortina de quimón floreado. La ventana daba sobre un cuidado jardincito de la parte trasera de la casa. Esto lo supe por la doncella, porque la oscuridad era demasiado densa para que yo pudiera distinguir algo más que un surtidor de mármol y un abeto que parecía viejo, aunque luego supe que habían de replantarlo casi todos los años.

A los diez minutos, me había puesto ya el uniforme y estaba en disposición de acudir al lado de mi paciente; pero por no sé qué motivo —en el día de hoy todavía no he averiguado la causa que la volvió contra mí en el principio— Mistress Maradick se negó a recibirme. Mientras permanecía delante de la puerta, oía cómo, dentro, la enfermera de día probaba de persuadirla de que me dejase entrar. 

Pero fue completamente inútil, y al final me vi obligada a regresar a mi dormitorio y aguardar hasta que a la pobre señora se le hubiera pasado el antojo y consintiera en verme. Lo cual sucedió bastante después de la comida —estarían ya más cerca las once que las diez— y Miss Peterson se sentía completamente agotada cuando vino a buscarme.

—Me temo que pasará usted una mala noche —me decía mientras bajábamos las escaleras juntas. Pronto vi que este era el estilo de Miss Peterson: esperar lo peor de todo y de todos.

—¿Y la tiene a usted así, en vela, muy a menudo?

—Oh, no, habitualmente es muy considerada. Jamás vi un carácter más amable. Pero sigue siempre con esa alucinación...

Y una vez más, igual que en la escena con el doctor Maradick, comprendí que la explicación solo había servido para hacer más impenetrable el misterio. Evidentemente, la alucinación de Mistress Maradick, fuese cual fuere la forma que asumiera, era una fuente de evasivas y subterfugios en aquella casa. 

Ya tenía yo en la punta de la lengua la pregunta de: «Pero ¿en qué consiste esa alucinación?» cuando he ahí que llegamos delante de la puerta de Mistress Maradick, y Miss Peterson me indicó con un ademán que guardara silencio. La puerta se abrió un poquitín para dejarme paso, y vi que Mistress Maradick estaba acostada ya y todas las luces apagadas, excepto una lamparilla de noche encendida sobre un candelabro, al lado de un libro y una botella de agua.

—Yo no entraré —dijo en un susurro Miss Peterson. Por mi parte, estaba a punto de cruzar el umbral cuando vi a la chiquilla, con su vestido escocés plisado, deslizándose a mi vera desde las sombras de la habitación hacia el pasillo iluminado eléctricamente. Llevaba una muñeca en brazos, y al pasar se le cayó en el umbral una cestita de labor de muñeca. 

Sin duda, Miss Peterson recogió prestamente el juguete, porque cuando me volví, al minuto, buscándolo con la mirada, hallé que había desaparecido. Recuerdo que pensé que era muy tarde para que una niñita continuara levantada, y una niña que parecía delicada, además, pero, al fin y al cabo, no era asunto mío, y los cuatro años de estancia en el hospital me habían enseñado a no mezclarme en cosas que no me incumbieran. 

La primera lección que aprende, y muy pronto, una enfermera es la de no querer enderezar el mundo en un solo día.

Cuando crucé la habitación hasta la silla al lado de la cama de Mistress Maradick, esta se volvió sobre el costado y me dirigió la sonrisa más dulce y triste.

—Usted es la enfermera de noche —dijo con voz afable, y apenas abrió los labios comprendí que su manía..., o su alucinación, como la llamaban, no tenía nada de histérico ni de violento—. Me han dicho cómo se llama usted; pero he olvidado el nombre.

—Randolph... Margaret Randolph. —Le cogí afecto desde el primer instante, y creo que ella debió de darse cuenta.

—Parece usted muy joven, Miss Randolph.

—Tengo veintidós años; pero supongo que no los represento. La gente suele considerarme más joven.

Ella permaneció callada un minuto, y mientras me sentaba en la silla, junto a la cama, pensaba en cuán extraordinariamente se parecía a la chiquilla que había visto aquella tarde por primera vez, y, luego, cuando salía de la habitación unos momentos antes. 

Ambas tenían la cara en forma de corazón y con un color levísimo y delicado; el mismo cabello lacio y suave, entre castaño y blondo; y los mismos ojos grandes, graves, muy separados bajo unas arqueadas cejas. Sin embargo, lo que más me sorprendía era que ambas me miraban con aquella expresión enigmática y vagamente meditativa..., solo que en la faz de Mistress Maradick la vaguedad parecía transformarse de vez en cuando en un miedo definido, un chispazo, habría dicho yo casi, de estremecido horror.

Permanecí muy quieta en mi silla, y hasta que llegó la hora de que Mistress Maradick tomase la medicina no se cruzó ni una sola palabra entre nosotras. Luego, cuando me incliné sobre ella con el vaso en la mano, Mistress Maradick levantó la cabeza de la almohada y dijo en un susurro de contenida vehemencia:

—Usted parece bondadosa. Me pregunto si no habrá visto a mi hijita...

Mientras deslizaba el brazo bajo la almohada probé de dirigirle una sonrisa alegre.

—Sí, la he visto dos veces. Y la conocería en cualquier parte por lo mucho que se parece a usted.

Una hermosa luz brilló en sus ojos, y pensé en lo bonita que debía de ser cuando la enfermedad no se había llevado aún la vida y la animación de sus rasgos.

—En esto conozco que usted es buena. —Lo decía con una voz tan fatigada y baja que apenas la oía—. Si no fuese buena, no habría podido verla.

Me pareció un comentario bastante raro; pero me limité a decir:

—Tiene un aspecto delicado para continuar levantada a estas horas.

Un temblor pasó por sus finos rasgos, y por un minuto temí que fuera a estallar en llanto. Cuando se hubo tomado la medicina, dejé el vaso en el estante, me incliné sobre la cama y le alisé el cabello, fino y suave como seda hilada, apartándoselo de la frente. Aquella mujer tenía un algo —no sé qué sería— que hacía que bastaba que te mirase para que la amaras.

—Siempre ha tenido ese aire ligero y etéreo; pero no ha estado enferma ni un solo día en su vida —respondió sosegadamente después de una pausa. Luego, buscando mi mano a tientas, susurró apasionadamente—: ¡No se lo diga a él..., no se lo diga a nadie que la ha visto!

—¿No debo decírselo a nadie? —De nuevo tuve la impresión que había experimentado por primera vez en el estudio del doctor Maradick y luego en las escaleras, con Miss Peterson, de estar buscando un rayo de luz en medio de la oscuridad.

—¿Está segura de que no nos escucha nadie..., de que no hay nadie a la puerta? —me preguntó, apartándome el brazo e incorporándose en las almohadas.

—Segura, completamente segura. Han apagado las luces del pasillo.

—¿Y no se lo contará a él? Prométame que no se lo contará. —En la vaga extrañeza de su expresión se encendió de nuevo el chispazo de horror—. No le gusta que vuelva, porque la mató él.

«¡Porque la mató él!» Entonces se hizo la luz dentro de mí, como en una llamarada. ¡De manera que aquella era la alucinación de Mistress Maradick! Creía que su hijita había muerto..., la niñita a quien yo había visto, con mis propios ojos, salir de la habitación; y creía que su marido, el gran cirujano a quien todos los del hospital idolatrábamos, la había asesinado. 

¡No era extraño que envolviesen en misterio aquella espantosa obsesión! ¡No era raro que ni la misma Miss Peterson hubiera querido sacar a la luz el horrible problema! Simplemente, era una de esas alucinaciones con las que nadie tiene valor suficiente para enfrentarse.

—No sirve de nada contarle a la gente cosas que nadie cree —resumió ella pausadamente, siempre sujetándome la mano con una fuerza que me habría causado dolor si ella no hubiera tenido los dedos tan frágiles—. Nadie cree que la mató. Nadie cree que ella vuelve a casa todos los días. Nadie lo cree..., y, sin embargo, usted la ha visto...

—Sí, la he visto... Pero ¿por qué la habría matado su marido? —Se lo dije con acento apaciguador, tal como se habla a una persona que está loca de remate. Pero no estaba loca; mientras la miraba, habría jurado que no lo estaba, en absoluto.

Por un momento la mujer gimió inarticuladamente, como si el horror de sus pensamientos fuese demasiado grande para convertirse en palabras. Luego disparó los delgados, desnudos brazos en un gesto desesperado.

—¡Porque nunca me amó! —explicó—. ¡Porque no me ha amado nunca!

—Pero se casó con usted —le encarecí dulcemente, al mismo tiempo que le acariciaba el cabello—. Si no la hubiese amado, ¿por qué se habría casado con usted?

—Quería el dinero..., el dinero de mi niña. Cuando yo muera, pasará todo a sus manos.

—Pero él es rico. Ha de amasar una fortuna con su profesión.

—No le basta. Quería millones. —Se había puesto seria y trágica—. No, no me amó nunca. Amaba a otra persona desde siempre..., desde antes de conocerme a mí.

Vi que sería perfectamente inútil querer razonar con ella. Si no estaba loca, se hallaba en un estado de terror y desconfianza tan negros que casi cruzaban la frontera de la demencia. Por un momento tuve la idea de subir al cuarto de la niña y bajársela; pero después de un momento de vacilación comprendí que Miss Peterson y el doctor Maradick debían de haber ensayado ya desde mucho tiempo atrás estas medidas. 

Evidentemente no podía hacer nada, excepto tranquilizarla y sosegarla cuanto pudiese, y así lo hice hasta que se sumió en un sueño ligero que se prolongó hasta bien entrada la mañana.

A las siete, yo estaba exhausta; no a causa del trabajo, sino de la tensión de mis sentimientos de ternura por aquella mujer, y cuando entró una doncella a traerme una taza de café, lo agradecí de veras.  

Mistress Maradick seguía durmiendo —le había administrado una mezcla de bromuro y cloral— y no se despertó hasta que Miss Peterson entró de servicio, una o dos horas después. Luego, cuando bajé, encontré el comedor desierto a excepción de la vieja ama de llaves, que estaba repasando el servicio de plata. Al cabo de un rato me explicó que el doctor Maradick se hacía servir el desayuno en la «sala de la mañana», en la otra parte de la casa.

—¿Y  la niña? ¿Come siempre en su habitación? —La mujer me dirigió una mirada alarmada. Más tarde me pregunté si era de desconfianza o de aprensión.

—No hay ninguna niña. ¿No está enterada?

—¿Enterada? No. ¡Caramba, si ayer la vi! —La mirada que me dirigió la mujer, sí, estaba segura, rebosaba de alarma.

—La niña..., que era la criatura más dulce que he visto en mi vida..., murió de pulmonía hace dos meses exactamente.

—Pues no es posible que muriera. —Yo hacía una tontería al insistir de este modo; pero la sorpresa me había enervado por completo—. Le digo que ayer la vi. —La alarma del rostro de la mujer subió de punto.

Ese es el mal que padece Mistress Maradick. Cree que sigue viéndola.

—¿Y usted no la ve? —Disparé la pregunta sin rodeos.

—No. —La mujer puso los labios muy tirantes—. Yo nunca veo nada.

De modo que yo me equivocaba, después de todo, y la explicación, cuando llegó, solo acentuaba el terror. La niña había muerto... falleció de pulmonía dos meses atrás... y, sin embargo, yo la había visto con mis propios ojos jugando con la pelota en la biblioteca; la había visto salir sigilosamente de la habitación de su madre con una muñeca en brazos.

—¿Hay alguna otra niña en la casa? ¿Podría tratarse de la hija de algún sirviente? —Un rayo de luz se abría paso entre la bruma por la cual yo avanzaba a tientas.

—No, no hay ninguna más. El doctor probó de traer una; pero la pobre señora se puso de tal forma que por poco muere. Además, no se hallaría otra niña tan sosegada y dulce como Dorothea. El verla saltar por ahí con su vestido escocés plisado me hacía pensar en un hada, aunque digan que las hadas solo visten de blanco o de verde.

—¿No la ha visto nadie más...? A la niña, quiero decir... ¿Ningún criado?

Solo Gabriel, el mayordomo de color, que vino con la madre de Mistress Maradick de Carolina del Sur. Me ha contado que es frecuente que los negros posean una especie de segunda visión..., aunque no sé si ese es el nombre que ustedes le darían, exactamente. Pero parece que creen en lo sobrenatural por instinto, y Gabriel está tan viejo y chocho... ya no trabaja; solo acude cuando tocan el timbre de la puerta y limpia la plata, que nadie hace mucho caso de lo que vea...

—El cuarto de la niña, ¿lo tienen igual como cuando vivía?

—Oh, no. El doctor hizo enviar todos los juguetes al hospital de niños. Esto le causó muchísima pena a Mistress Maradick; pero el doctor Brandon creyó, y todas las enfermeras estuvieron de acuerdo con él, que a Mistress Maradick le convenía más no conservar el cuarto como cuando Dorothea vivía.

—¿Dorothea? ¿Así se llamaba la niña?

—Sí. Significa «regalo de Dios», ¿verdad? Se lo pusieron porque era el nombre de Mistress Ballard, madre del primer marido de Mistress Maradick. Ese primer marido era un hombre serio, callado... No se parecía en nada al doctor.

Yo me pregunté si la otra espantosa obsesión de Mistress Maradick había llegado también, por conducto de las enfermeras o las criadas, a oídos del ama de llaves; pero esta no hizo la menor alusión al tema, y, tratándose como se trataba, a mi parecer, de una persona muy charlatana, me pareció más cuerdo suponer que dicha habladuría no había llegado a su conocimiento.

Un poco más tarde, terminado el desayuno y antes de subir a mi cuarto, tuve la primera entrevista con el doctor Brandon, el famoso alienista que atendía a la enferma. Yo no le había visto nunca; pero desde el primer momento de verle hice su valoración casi intuitivamente. 

Era, supongo, suficientemente honrado, cualidad que le he reconocido siempre a pesar del resentimiento que me ha inspirado. Si le faltaba sangre roja en el cerebro, y si por un prolongado contacto con fenómenos anormales había adquirido el hábito de mirar la vida entera como una enfermedad, no era culpa suya. 

Era uno de esos médicos —y todas las enfermeras entenderán qué quiero decir— que trata instintivamente con grupos y no con individuos. Era alto y solemne; tenía la cara muy redonda, y no había hablado yo ni diez minutos con él que ya sabía que se había educado en Alemania, y que allá había aprendido a tratar todo sentimiento como una manifestación patológica. 

Yo solía preguntarme qué sacaba él de la vida, qué sacaba de la vida todo aquel que a fuerza de análisis lo hubiera eliminado todo excepto la estructura descarnada.

Cuando, por fin, llegué a mi cuarto estaba tan cansada que apenas podía recordar ni las preguntas que me había hecho el doctor Brandon ni las instrucciones que me había dado. Me quedé dormida —lo sé— tan pronto como la cabeza tomó contacto con la almohada, y la doncella que entró a ver si quería tomar algo prefirió dejar que terminase el sueño.

Por la tarde, cuando vino de nuevo, trayéndome una taza de té, me encontró todavía pesada y soñolienta. Aunque estaba acostumbrada a las guardias de noche, me sentía como si hubiera bailado desde la puesta del sol hasta la llegada de la aurora. 

Mientras tomaba el té, me decía que era una suerte que no todos los casos afectaran los sentimientos de una tan vivamente como la alucinación de Mrs. Maradick había afectado los míos.

Durante el día no vi al doctor Maradick; pero a las siete, cuando subía, después de comer temprano, a ocupar el puesto de Miss Peterson, que se había quedado de servicio una hora más que de costumbre, me encontró en el vestíbulo y me pidió que entrase en su estudio. 

A mí me pareció más guapo que nunca, con su traje de noche y luciendo una flor blanca en el ojal. Tenía que asistir a un banquete, me dijo el ama de llaves; aunque lo cierto era que siempre asistía a esta u otra solemnidad. Creo que aquel invierno no cenó en casa ni una sola noche.

—¿Ha pasado bien la noche Mrs. Maradick? —Había cerrado la puerta detrás de nosotros, y al volverse dirigiéndome la pregunta, me sonreía amablemente, como si quisiera hacerme sentir a mis anchas desde el comienzo.

—Después de tomar la medicina, ha dormido muy bien. Se la di a las once.

Estuvo un minuto mirándome en silencio, y me di cuenta de que enfocaba sobre mí su personalidad, su hechizo. Era casi como si yo me encontrase en el centro de unos rayos convergentes de luz, tan viva era la impresión que me causaba.

—¿Aludió de alguna forma a su... su alucinación? —preguntó él.

Jamás he sabido de qué forma recibí la advertencia, qué invisibles ondas de percepción sensorial me transmitieron el mensaje; pero mientras permanecía allí, de cara al esplendor de la presencia de aquel hombre, todas las intuiciones de mi espíritu me decían que había llegado el momento en que me debía de pronunciar en favor de uno u otro bando, en aquella casa. Mientras permaneciera allí, o había de estar con Mrs. Maradick, o contra ella.

—Habló con mucha cordura —respondí al cabo de un momento.

—¿Qué dijo?

—Me explicó cómo se encontraba, que echaba de menos a la niña y que todos los días paseaba un rato por la habitación.

La cara del doctor Maradick cambió..., aunque primero no supe determinar en qué sentido.

—¿Ha visto al doctor Brandon?

—Ha venido esta mañana a darme instrucciones.

—Le ha parecido encontrarla peor. Me aconseja que la envíe a Rosedale.

Jamás he intentado, ni aun en secreto, explicarme la conducta del doctor Maradick. Es posible que fuese sincero. Yo solo cuento lo que sé, no lo que creo o imagino, y lo humano es, a veces, tan inescrutable, tan inexplicable, como lo sobrenatural.

 

(CONTINUARÁ...) 


El extraño amigo del Capitán - Joseph Sheridan Le Fanu (Parte 2)


Al principio, Barton indicaría los síntomas de su mal de un modo tan desenvuelto que podría pensarse que le interesaba muy poco su salud y que había problemas mucho más graves que le preocupaban. Particularmente, habría dicho que sufría trastornos cardíacos y dolores de cabeza, pero lo habría dicho de una manera como si él no tuviera nada que ver con el enfermo.

Entonces el médico le preguntó, según se cree, si no tenía razones para inquietarse por alguna cosa, si había algo que le preocupaba de una manera especial. Barton, parece, que habría respondido como forzado, que todos sus asuntos marchaban bien, gracias, y que no había nada en concreto que lo preocupara. Se pretende que el doctor habría diagnosticado trastornos estomacales, que habría prescrito remedios anodinos y que, en el momento de marcharse, el capitán le habría dicho:

—Doctor, me olvidaba de lo que quería preguntaros; se trata de algo relacionado con vuestra profesión. Os parecerá ridículo, me imagino, pero como se trata de una apuesta, os estaré muy agradecido si me queréis contestar.

El médico aceptó; en este momento parece que Barton se sintió incómodo y que al final se decidió como aquel que se lanza al agua:

—En primer lugar, querría haceros algunas preguntas sobre el tétanos. Esto os parecerá idiota, ya os lo he dicho, pero como se trata de una apuesta... Veréis: un hombre atacado por el tétanos parece morir, un médico competente constata su muerte y, no obstante, el enfermo se cura. ¿Es esto posible?

—En absoluto, y pretender lo contrario sería un contrasentido científico.

—De acuerdo, pero si el médico es un impostor, es posible que se equivoque y que confunda la muerte con uno de los estadios de la enfermedad.

—Fantasías, mi querido señor, no hay nada más muerto que un muerto de tétanos y nadie se equivocaría sobre esto.

—Veamos la otra pregunta. Es posible que en el extranjero, Nápoles, por ejemplo, los registros de un hospital estén mal llevados y que pueda inscribirse una defunción que no ha existido. Un error material, en fin...

—Esto no lo sé. En todo caso, en nuestro país jamás oí nada parecido.

—No os voy a entretener más, apreciado doctor, sólo un último problema que someto a vuestra sagacidad. No os riáis demasiado a expensas mías si mi pregunta os parece demasiado estúpida, y decidme simplemente si existe una enfermedad cuyos efectos principales serían la reducción de las dimensiones del paciente, la contracción de su cuerpo, pero respetando las proporciones. Aunque existan muy pocos casos de ella, incluso si se trata de una rarísima enfermedad, decídmelo.

—No conozco la existencia de una enfermedad tal, jamás existió y sin duda alguna no creo que exista jamás.

Barton acogería esta última información con un aire alucinado y habría preguntado entonces al doctor Rowlands si era posible pedir que arrestaran a un loco que amenaza a una persona honesta. El médico debió responder que creía que era posible, pero que para estos asuntos era mejor consultar a un abogado. Luego se habría marchado. El sirviente del capitán explicó más tarde que, al llegar al vestíbulo, el doctor exclamó, golpeándose la frente:

—Olvidé mi bastón en la habitación, voy a buscarlo.

Se dice —pero qué es lo que no dice la gente— que al entrar en la habitación en la que se encontraba Barton, el médico habría visto cómo su receta se quemaba en la chimenea. También se fijaría en que su cliente parecía huraño y muy desgraciado. Deduciría entonces que el capitán sufría del espíritu, no del cuerpo.

Explico todo esto como simples comentarios sin pruebas, puesto que naturalmente el doctor Rowlands se negó siempre a dar el más mínimo detalle sobre esta entrevista, refugiándose en el secreto profesional. No obstante, lo que puedo asegurar es que, una semana más tarde, los periódicos de la ciudad publicaron un anuncio que decía así:

«M. Sylvestre Yolland, antiguo marinero a bordo del Dolphin, o a falta de él, su pariente más próximo, tenga la bondad de presentarse urgentemente a la oficina del señor Hubert Smith, abogado, Dame Street, para enterarse de ciertos hechos susceptibles de su mayor interés. Discreción absoluta. Las puertas del estudio permanecerán abiertas hasta la medianoche».

Más arriba he dicho que Barton había sido comandante del Dolphin y fue este detalle el que hizo pensar a la gente que quizá él estaba detrás de este anuncio. Todavía esto no es más que una hipótesis, puesto que Smith, el abogado, se negó a decir el nombre de su cliente. Tampoco se supo si el anuncio había dado algún resultado.

Poco a poco pareció que el capitán Barton volvía a reemprender sus costumbres; ya era hora, pues se empezaba a murmurar a sus espaldas que se volvía misántropo y que su mujer sería muy desgraciada al lado de un hombre así. 

Naturalmente, el rumor público exageraba, como siempre, e incluso en los peores problemas Barton había demostrado tener un equilibrio de carácter ejemplar. Como máximo se le notaba un aire desconfiado e inquieto que no desapareció de su persona hasta pasadas unas semanas. 

Una noche, la del gran banquete de la logia filosófica a la que pertenecía, se mostró muy alegre, bebió más de lo que tenía por costumbre, quizá para evadirse de sus problemas; estuvo hablador, incluso excitado. Sus comensales apenas le reconocían.

Se marchó de la reunión hacia las diez y media, todavía bajo los efectos de su ficticia alegría, y determinó acabar la noche en casa de lady L... para charlar agradablemente en compañía de su prometida. Con esta intención se dirigió a casa de estas damas. Ya he dicho que este excelente personaje había bebido; que se me entienda bien, Barton no estaba borracho, ni siquiera achispado, simplemente algo alegre. No obstante, era dueño de sí mismo y su cortesía era la de siempre.

El único efecto importante de sus libaciones era una especie de profundo desprecio por sus antiguos terrores, una altiva indiferencia ante todo lo que, algunas horas antes, le parecía inquietante. No obstante, en la medida en que pasaba el tiempo y los efectos del vino se disipaban, el capitán notó cómo sus angustias volvían a apoderarse de él tanto más fuertes cuanto más débiles las había creído.

Cuando dejó a las damas estaba preso de no sabía qué extraño presentimiento; se daba cuenta de que podía temerlo todo del camino de vuelta a su casa. Pero a Barton le gustaba dominarse, no quería verse despreciado ante sus propios ojos, se negaba a dar importancia a lo que, razonaba, no tenía la más mínima. Y lo que le ocurrió aquella noche fue sin duda alguna la consecuencia directa del miedo que experimentaba a tener miedo por nada.

Estaba cansado y con gusto habría mandado llamar un coche para volver a su casa, pero no quiso hacerlo: pensaba que su fatiga no era más que una excusa para sus terrores, que calificaba de supersticiosos. Por ello determinó volver a pie. Podía escoger entre dos calles, pero con una obstinación incomprensible, decidió tomar aquella en la que le acechaba el peligro misterioso del que le habían amenazado. Andando hacia la calle nueva, se decía que esta vez tendría la conciencia limpia y que descubriría si los temores eran absurdos o estaban fundamentados.

Barton era valiente, ya lo he dicho, pero esa noche, mientras sus pasos se acercaban al punto crítico, tenía que recurrir a todas las fuerzas de su voluntad para no volver atrás. Sabía demasiado bien, a pesar de su escepticismo, que un ser malévolo lo acechaba escondido en las sombras, y, con el corazón oprimido por el angustioso dilema, penetró en la calle en construcción.

Andaba rápido. Temblaba de miedo, pero se tranquilizó poco a poco: ningún ruido de pasos tras de sí. Cuando había recorrido dos tercios de la calle estaba casi a punto de reírse de sus temores, pero lo que aconteció en aquel momento acabó con su seguridad: oyó la detonación de un arma de fuego al mismo tiempo que una bala le pasó rozando las orejas. 

La tentativa de asesinato de que acababa de ser víctima provocó en el capitán el deseo de lanzarse a la persecución del tirador, pero muy pronto renunció a este proyecto; primero por la oscuridad reinante y luego porque las construcciones existentes a lo largo de toda la calle ofrecían demasiados escondites. Por otro lado, todo estaba en calma y ningún ruido podía orientar a Barton en su búsqueda. Reemprendió su camino.

Algunos segundos después surgió el espantoso hombrecillo que había encontrado anteriormente. Pasó muy de prisa por delante de Barton, que le oyó murmurar con furia:

—¿Todavía vivo? ¿No ha muerto aún? ¡Ah, esto ya...!

Desde entonces, los tormentos del capitán empezaron a reflejarse en sus conversaciones y en su rostro; los que le conocían notaron que parecía sufrir una cruel enfermedad. No había denunciado la tentativa de asesinato e incluso no dijo nada sobre ello durante varias semanas. 

No obstante, el pobre hombre, que no podía justificar el enfriamiento de su relación con miss Montague, tuvo que hacer un considerable esfuerzo para intentar presentar a su novia un aspecto alegre y despreocupado. 

Dada la discreción que conservaba sobre las persecuciones de que era víctima, se podía suponer que sabía qué pensar acerca de la identidad de su verdugo. Pero no es posible mantener impunemente una larga tensión nerviosa, y por ello el capitán se hacía cada día más impresionable y menos capaz de soportar las furtivas apariciones de su enemigo.

Un día decidió confesar lo que le atormentaba a un célebre capellán, el reverendo Zorling, que le había conocido en otra ocasión. Es muy fácil de adivinar cuánto costaba al orgullo racionalista del capitán semejante determinación. El pastor estaba en su habitación de trabajo y se dedicaba a su ocupación favorita, el estudio de la teología, cuando Barton fue a verle. Zorling consideró por unos instantes la confusión de su visitante, la palidez de su rostro, el desorden en sus vestidos y se preguntó qué cosa debía preocupar al capitán para dejarlo en aquel estado.

Después de las banalidades acostumbradas, Barton empezó a hablar:

—Debéis considerar muy extraña mi visita; en realidad, la naturaleza de nuestras relaciones no me autorizaba propiamente hablando a ella; de hecho sólo la justifican las extraordinarias circunstancias que la han provocado. Me atrevo a pensar que perdonaréis mi intrusión cuando conozcáis exactamente el motivo.

El reverendo Zorling le aseguró que no le molestaba lo más mínimo, que era bien recibido, que podía confiar en él y que esperaba justificar la confianza de la que era merecedor. Barton continuó; hablaba con una voz entrecortada, sus ojos miraban al vacío:

—Quiero pediros consejo, reverendo, y solicito... vuestra bondad..., vuestra paciencia, más que otra cosa. Sufro hasta tal punto...

El pastor dijo, dulcemente:

—Amigo mío, haré todo lo que esté a mi alcance, pero temo que...

Barton le interrumpió:

—Sé lo que me vais a decir, que como la ayuda que me podéis brindar es de tipo espiritual, no me será provechosa porque... no soy creyente. Pero, reverendo, no estéis tan seguro de mi falta de fe. De momento, puedo adelantaros que desde hace bastante tiempo los problemas de religión retienen todo mi interés. He llegado a pensar de este modo después de ciertas circunstancias de una naturaleza extremadamente particular.

El fuego brillaba alegremente en la chimenea; Zorling acercó sus viejas manos deformadas por la artritis a las llamas y murmuró:

—Supongo que os preguntáis acerca de las pruebas de la existencia de Dios.

Barton pareció algo confuso, se mordió los labios, abrió la boca, la cerró y al fin se decidió:

—No, realmente, esto no... No me he preguntado a este respecto y no he llegado todavía a discutir estos asuntos... Sólo...

Balbuceaba, murmuraba entre dientes, y el pastor le rogó que hablara con mayor claridad. El capitán se echó hacia atrás sobre su silla, pareció tomar una enérgica resolución y empezó:

—Sabréis, todo el mundo sabe hasta qué punto desconfío de lo que se denomina la revelación, pero hay una cosa de la que estoy convencido y es que existe más allá de nosotros un mundo sobrenatural del que no tenemos normalmente conciencia, felizmente sin duda... Sea como fuere, sé que existe y que un Dios terrible es su dueño. También sé que castiga nuestras faltas de una manera indirecta, pero espantosa. Lo sé, reverendo, porque yo soy la víctima de la cólera de este Dios, porque sufro, en vida, los horrores del infierno y un demonio se ha empeñado en mi perdición.

A medida que Barton hablaba, el ritmo de su discurso se aceleraba, parecía estar al borde de la crisis nerviosa y el reverendo Zorling estaba muy preocupado por esta actitud tan distinta de la acostumbrada calma del capitán. Se recogió unos minutos, y luego dijo:

—Me doy cuenta de que sufrís enormemente, querido capitán, pero ante todo querría sugeriros que los trastornos a los que atribuís un origen celestial puedan deberse a males estrictamente fisiológicos, aunque esto pueda pareceros muy banal. Podría ser que un cambio de aires y algunos tonificantes os devuelvan la alegría de vivir. La gente se ha burlado de Hipócrates y de su teoría de los humores según la cual los trastornos del espíritu provenían la mayoría de las veces de la afección de alguno de nuestros órganos. Me parece que encierra mucha más sabiduría que la mayor parte de las teorías actuales. Sea como fuere, estoy convencido de que un régimen adecuado, un cambio de aires, es decir, mucho ejercicio, serán el remedio más seguro para vuestros males.

El capitán se encogió de hombros con una especie de furor desesperado:

—No estoy en condiciones de engañarme con falsas esperanzas, reverendo, y la única oportunidad que tengo es combatir al ser sobrenatural que me persigue por medio de otro, más poderoso y que esté completamente a mi favor.

—¡Oh! ¡Oh, capitán, no caigáis en el maniqueísmo! ¿Cómo podéis determinar la naturaleza de lo que os atormenta? Otras personas han sufrido tanto o más que vos sin por ello...

Barton le interrumpió; parecía estar a punto de estallar:

—No, no, yo no soy supersticioso, muy al contrario, e incluso quizá fui demasiado tiempo escéptico. De todas formas, no hago más que fiarme del testimonio constante y repetido de mis sentidos, no puedo rechazar hechos materialmente verídicos que otras personas han podido constatar en mi compañía. Lo que no tengo más remedio que admitir es que no puedo ponerlo en duda porque tengo cantidad de pruebas materiales de ello, y es que estoy perseguido por un DIABLO.

El rostro del capitán estaba dominado por un indescriptible terror, y Zorling se estremeció:

—¡Que Dios os ampare! ¡Que Dios os ampare! —exclamó.

—¿Lo hará? ¿Creéis que lo hará?

—Si le rezáis...

—No puedo, lo he probado, mi fe en Él es insuficiente y no puedo pronunciar palabras sin creer.

—Perseverad y obtendréis lo que buscáis.

—Imposible, cada vez que he intentado rezar, una angustia insondable y misteriosa se ampara de mi ser. Yo no puedo soportar la idea de la eternidad y de un creador. Mi espíritu se niega a ello, es así, no puedo hacer nada más y si tengo algún modo de salvarme, no será precisamente con plegarias.

El reverendo Zorling dijo:

—Entonces, no veo la manera de ayudaros, mi pobre amigo; decidme lo que esperáis de mí.

Barton se esforzaba en mantenerse tranquilo.

—Os lo voy a explicar todo, todo lo que me ha ocurrido y que todavía me ocurre, todo lo que me hace odiar la muerte y detestar la vida.

Entonces narró detalladamente todo lo que el lector ya conoce, y concluyó:

—Esto es todo. Ahora estas persecuciones son constantes y sólo estoy en calma algunos momentos. ¡Oh! Naturalmente, no siempre veo a mi torturador, pero oigo cosas muy extrañas, risas sardónicas, llamadas innombrables. Cuando camino por las calles, me siguen. Voces me gritan a los oídos que mis crímenes son imperdonables, que claman venganza y que seré condenado.

De pronto, palideció:

—Escuchad, escuchad, esto vuelve a empezar. ¿Os dais cuenta de que no estoy loco?

El viento se había calmado bruscamente y en medio de su susurro le pareció o imaginó oír plañidos, gritos de rabia y risas demoníacas.

—¿Qué pensáis de esto? —gritó Barton, que parecía sobreexcitado.

El pastor, superando poco a poco el terror que se había amparado de sí, murmuró:

—No era más que el viento. ¿Qué veis de extraordinario en ello?

No estaba muy convencido de lo que acababa de decir, pero quería calmar a su visitante. Su falsa tranquilidad no logró el resultado que había previsto, pues Barton gemía:

—Era el diablo, reverendo, el Maligno, Satán, todo lo que queráis menos el viento; no, ¡el viento seguro que no!

Zorling estaba mucho menos convencido de lo que quería dar a entender, y el capitán se daba cuenta de ello. Dijo:

—Sé lo que me vais a decir, pero... ¿cómo resistir lo irresistible? ¿Qué debo hacer, qué puedo hacer?

—Poner freno a vuestra imaginación y dejar de atormentaros.

Barton se levantó y se puso a dar vueltas alrededor de la mesa a grandes zancadas:

—Yo no me imagino nada. ¿He imaginado lo que vos mismo habéis oído, he imaginado la criatura maldita que dos de mis amigos han visto tan bien como yo mismo?

El reverendo Zorling estaba confundido; no sabía exactamente qué decir y acabó por aconsejar al capitán:

—Según lo que comentáis, habéis visto a menudo a la... persona que os persigue. ¿Por qué no intentáis hablar claramente con ella? Sabéis que, reflexionando bien, todo puede explicarse, absolutamente todo, sin por ello tener que utilizar la intervención de factores sobrenaturales.

—¡Sí, claro que sí! —dijo pensativamente Barton—. Lo que pasa es que yo sé, debido a ciertos hechos que me parece inútil contaros, sé que esta aparición procede del diablo. Si quisierais os podría dar mil pruebas irrefutables de ello. Me aconsejáis hablar con él... él..., en fin, esta persona, pero no puedo, es más fuerte que yo. Cuando estoy en su presencia, sufro todos los tormentos del infierno, pierdo el uso de todas mis facultades; querría no morir jamás —sé demasiado bien lo que me espera cuando esto ocurra— sino fundirme en una nada absoluta. Cómo queréis que hable en semejantes condiciones... ¡Oh! Sufro demasiado, Dios mío, sed misericordioso, no me atormentéis más.

El capitán, después de pronunciar estas palabras, se había desplomado sobre una silla y parecía poseído por horribles sufrimientos. Al cabo de unos minutos, prosiguió:

—Sé que haréis lo imposible por mí, puesto que ahora sabéis la naturaleza y la causa de mis sufrimientos. Creo que habéis comprendido la impotencia en ayudarme a mí mismo y os ruego que recéis por mí. Quizá vuestra acción tenga cierta influencia, no sé... En todo caso, reverendo, dejadme ilusionar con que interpondréis vuestros rezos entre mí y mi perseguidor, dejad que crea que Dios os escuchará... Desearía tanto lograr un poco de tranquilidad...

El pastor aseguró a su visitante que rogaría por él y lo condujo hasta su coche. Una vez solo, Zorling meditó mucho tiempo sobre la extraña confesión que le había hecho el capitán Barton.

En lo sucesivo, los tormentos del capitán fueron tan visibles que el rumor público se amparó de ellos y les atribuyó mil causas distintas: se hablaba de dificultades económicas o de pesares por haber decidido casarse tan pronto. 

Algunos sugerían, al fin, que en última instancia el excelente Barton podía sufrir una enfermedad mental. En verdad debo decir que esta hipótesis parecía la más digna de crédito y se daba por verdadera en los salones de la ciudad.

La joven miss Montague se había dado cuenta muy pronto de cómo se había modificado el carácter de su prometido, pero a pesar de su intuición femenina, no pudo adivinar la razón que empujaba a Barton a no verla más que en raras ocasiones. 

Su tía, lady L..., extrañada primero, inquieta luego, alarmada al fin, resolvió preguntar a Barton qué es lo que le ocurría. El capitán se resignó a hablar y si la certidumbre de que no era nada que las afectara tranquilizó primero a las damas, se alarmaron enseguida por las consecuencias fatales que parecían tener sobre su salud e incluso la razón del desgraciado hombre.

Poco tiempo después, el general Montague llegaba de las Indias. Conocía a su futuro yerno desde hacía muchos años, no ignoraba nada de su situación financiera ni de sus relaciones y lo consideró como un partido más que honorable para su hija. El general fue puesto al corriente de las «visiones» del capitán, lo que hizo mucha gracia al excelente militar que corrió a casa de Barton:

—Querido amigo —le dijo—, mi hermana lady L... me ha explicado que sois presa de Dios sabe qué diablos de una clase nueva. ¿Qué es esta fantasía?

El capitán suspiró; parecía abrumado. Montague continuó:

—¡No os entiendo, amigo! Tenéis una cara de muerto cuando estáis a punto de contraer matrimonio.

—Por favor, cambiemos de tema, general.

—¡Oh, no! —dijo el otro, con esa obstinación testaruda y esa falta de tacto que forman el patrimonio exclusivo de los militares de carrera cuando han llegado a un alto grado—. ¡Oh, no! Por el contrario, hablemos de ello. Quiero comunicaros lo que pienso de este absurdo problema: un bromista de mal gusto os ha puesto en ridículo, de muy mal gusto, en esto estoy de acuerdo, pero no vale la pena preocuparse. Para hablar claro, lo que me han contado me ha afligido; en fin, querido amigo, basta con hacer una pequeña investigación para esclarecer este supuesto misterio. Necesitaríamos una semana...

Barton suspiró, tristemente:

—General, ignoráis...

—Pero no, santo Dios, sé que es un asqueroso hombrecillo, casi un enano, el que os atormenta. Lleva un gorro y una levita y un chaleco rojo. Tiene una espantosa cabeza y os sigue por todas partes, burlándose de vos y buscando cualquier ocasión para asustaros. Pues bien, palabra de Montague, que lo atraparé a este farsante y le quitaré las ganas de continuar. Lo haré azotar en la plaza pública, le...

—Es lo que os decía, no sabéis nada. Si tuvieseis las mismas pruebas que yo, mi general, comprenderíais que es imposible hacer lo que decís...

—Esto lo veremos cuando os traiga, debidamente atado, al responsable de vuestros temores. ¿Os apostáis algo?

De repente se interrumpió. Barton acababa de saltar lejos de la ventana por donde hacía unos instantes estaba mirando. Estaba pálido y balbuceaba señalando la calle:

—¡¡Lo he visto, está... está... allí!!

 

(CONTINUARÁ...) 

Los cuatro hombres justos - Edgar Wallace

La codicia de Billy Marks

—¡Maldito imbécil! ¡Idiota del infierno! —tronó el detective, asiendo a Billy por el cuello de la camisa y zarandeándolo como a una rata—. ¿Te atreves a decirme que tuviste a uno de los Cuatro Hombres Justos en tus manos y ni siquiera te tomaste la molestia de mirarlo?

—¡Déjeme en paz! —gritó en tono de desafío—. ¿Cómo podía saber que era uno de los Cuatro Hombres Justos, y cómo sabe usted que lo era? —añadió, con un mohín de astucia. Su mente estaba entrando rápidamente en acción. Veía en esta asombrosa declaración del detective una ocasión de hacer fortuna a costa de la situación que minutos antes considerara singularmente desdichada.

—Lo cierto es que los vi de refilón —murmuró—. Ellos…

—¿Los viste? ¿A ellos? —dijo al instante Falmouth—. ¿Cuántos eran?

—Eso no importa —dijo Billy poniendo cara larga. Sentía la fuerza de su posición.

—Billy —le amonestó el detective gravemente—. Hablo en serio. Si sabes algo tendrás que decírnoslo.

—¡Ajajá! —exclamó el prisionero en tono desafiante—. Conque ¿tendré que decirlo, eh? Bien, conozco la ley tan bien como usted… No puede obligar a hablar a un fulano si este no quiere… No puede…

Falmouth hizo señas a los otros policías para que se retirasen, y, cuando ni él ni Billy podían ser escuchados por aquellos, susurró:

—Harry Moss salió la semana pasada.

Billy enrojeció y bajó la mirada.

—No conozco a ningún Harry Moss —musitó cínicamente.

—Harry Moss salió la semana pasada —repitió Falmouth con sequedad—, después de cumplir tres años por robo con escalo…, tres años y diez azotes.

—No sé nada de eso —dijo Billy Marks, siguiendo en sus trece.

—Logró huir y la policía no dio con su pista —prosiguió el superintendente, sin apiadarse de su oyente—, y no hubieran podido echarle el guante a no ser…, a no ser por «una información recibida». Gracias a esto lo sacaron una noche de su cama, en Leman Street.

Billy se pasó la lengua por sus resecos labios, pero no habló.

—A Harry Moss le gustaría mucho saber a quién le debe esos tres años… y los diez latigazos. Los hombres que han probado el gato tienen una gran memoria, Billy.

—¡Esto no es jugar limpio, señor Falmouth! —exclamó el ratero con voz gruesa—. Yo…, yo estaba sin blanca…, y Harry Moss no era comparsa mío…, y la poli quería saber si…

—Y la poli también quiere saber cosas ahora —le cortó Falmouth.

Billy Marks tardó unos momentos en decidirse.

—Le diré todo lo que hay que decir —concedió al fin, y se aclaró la garganta. El superintendente lo detuvo con la mano.

—Aquí no —llamó al sargento de servicio—. Sargento, deje libre a Billy Marks, bajo mi responsabilidad.

El humorismo de la situación no se le escapó a Billy, que desplegó una amplia sonrisa ovejuna, recobrando sus ánimos.

—La primera vez que la poli responde por mí —observó.

El automóvil condujo al superintendente y a Billy a Scotland Yard, y ya en el despacho del primero, el ratero se dispuso a descargarse de culpas.

—Antes de empezar —dijo Falmouth—, quiero advertirte que debes ser lo más conciso posible. Cada minuto es precioso.

Billy contó su historia. A pesar de la advertencia, hubo florilegios, que el superintendente se vio obligado a escuchar pacientemente.

Al fin, el carterista llegó al punto álgido de la narración.

—Eran dos, uno alto y otro menos alto. Oí que uno decía: «Mi querido George…». Esto lo dijo el pequeño, el mismo a quien le quité el «tictac» y la libreta. —De repente preguntó—: ¿Había algo en la libreta?

—Continúa.

—Bien —siguió Billy—, los seguí hasta el final de la calle, y estaban esperando poder cruzar hacia Charing Cross Road cuando me hice con el reloj, ¿comprende?

—¿Qué hora era?

—Las diez y media…, aunque también podían ser las once.

—¿No les viste las caras?

El ladrón negó enfáticamente con la cabeza.

—Que no pueda nunca levantarme de esta silla si miento, señor Falmouth. No les vi la cara.

El superintendente se incorporó suspirando.

—Temo que no me has ayudado mucho, Billy —murmuró pesarosamente—. ¿Notaste si llevaban barba, o si estaban bien afeitados, o si…?

—Podría decirle una mentira fácilmente, señor Falmouth —interrumpió Billy con sinceridad—, y podría fabricar un cuento con el que usted picaría, pero me estoy portando como un caballero con usted.

El detective, reconociendo la sinceridad del otro, asintió.

—Has hecho lo que has podido, Billy —concedió—. Te diré lo que vas a hacer. Tú eres la única persona del mundo que ha visto a alguno de los Cuatro Hombres Justos… y vives para poder contarlo. Ahora bien, aunque no recuerdes su rostro, tal vez si volvieses a ver por la calle a tu víctima la reconocerías. Puede haber algún detalle en su andar, algún modo especial de llevar las manos…, algo, en fin, que no puedes recordar ahora, pero que reconocerías si volvieras a verlo. Por consiguiente, aceptaré la responsabilidad de dejarte en libertad hasta pasado mañana. Quiero que encuentres al hombre a quien robaste. Aquí tiene un soberano. Vete a casa, duerme un poco, sal a la calle cuanto antes y marcha hacia la zona céntrica, con los ojos muy abiertos —el superintendente se aproximó al escritorio y escribió unas palabras en una tarjeta—. Toma esto. Si ves al individuo o a su compañero, síguelos, muestra esta tarjeta al primer policía que veas, señálale el hombre y te acostarás mil libras más rico que cuando te levantaste.

Billy cogió la tarjeta.

—Si en algún momento me necesitas, aquí encontrarás a alguien que sabrá indicarte dónde estoy. Buenas noches —y Billy salió a la calle con la mente como un tiovivo y con una autorización policial escrita en una tarjeta de visita que guardaba en un bolsillo de su chaleco.

La mañana que iba a ser testigo de grandes acontecimientos amaneció clara y brillante sobre Londres. Manfred, que, en contra de su costumbre, había pasado la noche en el taller de Carnaby Street, contemplaba la aurora desde la azotea del edificio.

Yacía boca arriba, sobre una alfombra, con la cabeza recostada en sus manos. La aurora, con su luz blanca y despiadada, ponía al descubierto su enérgico rostro, arrugado y ojeroso. Las hebras blancas de su bien recortada barba quedaban acentuadas por aquella luz. Parecía fatigado y descorazonado, de un modo tan poco usual en él que González, que había subido por la trampilla unos minutos antes de salir el sol, estuvo tan próximo a alarmarse como su carácter flemático le permitía. Le tocó en un brazo y Manfred se sobresaltó.

—¿Qué sucede? —preguntó León suavemente.

La sonrisa y el movimiento de cabeza de Manfred no tranquilizaron a González.

—¿Es por Poiccart y el ladrón?

—Sí —asintió Manfred. Y añadió—: ¿Has sentido en alguno de nuestros casos anteriores la misma sensación que en este?

Hablaban en tono próximo al susurro. González tendió la mirada al frente, pensativamente.

—Sí —admitió—, una vez… En el caso de la mujer de Varsovia. Recuerda cuán fácil parecía todo, y cómo una circunstancia tras otra fue embrollando los hechos…, hasta que comencé a sentir la sensación, al igual que ahora, de que fracasaríamos.

—¡No, no, no! —exclamó Manfred ferozmente—. ¡No hay que hablar de fracaso, León, ni pensar en ello tampoco!

Se arrastró hacia la trampa y descendió al corredor, seguido de León.

—¿Y Terrí? —inquirió.

—Duerme.

Se disponían a entrar en el estudio, y Manfred tenía ya la mano en el pomo de la puerta, cuando sonaron unas pisadas en la planta baja.

—¿Quién hay ahí? —gritó Manfred, y un silbido suave les hizo bajar las escaleras como relámpagos.

—¡Poiccart! —exclamó Manfred.

En efecto, era Poiccart, sin afeitar, sucio y alicaído.

—¡Habla! —le urgió Manfred, con rudeza casi brutal.

—Vamos arriba —dijo Poiccart secamente.

Ascendieron la polvorienta escalera, y no pronunciaron ni una palabra hasta llegar a la salita de estar.

Entonces habló Poiccart.

—Hasta las estrellas en su curso luchan contra nosotros —comenzó, dejándose caer en el único asiento cómodo de la estancia y arrojando el sombrero a un rincón—. El tipo que me robó la libreta ha sido arrestado. Es un delincuente bastante conocido, un descuidero habitual, y por desgracia estaba anoche bajo vigilancia. Hallaron la libreta en su poder, y no hubiese ocurrido nada a no ser por un agente de policía de sagacidad poco acostumbrada, que asoció el contenido con nosotros.

»Cuando me separé de ti —miró a Manfred—, marché a casa, me cambié de ropa y me dirigí a Downing Street. Me mezclé entre los curiosos que se agrupaban ante la entrada de la residencia ministerial. Sabía que Falmouth estaba allí, de modo que tenía la seguridad de que si efectuaba algún descubrimiento lo comunicarían inmediatamente a Downing Street. Por otra parte, estaba prácticamente seguro de que mi ladrón era un carterista vulgar y que si teníamos algo que temer se debería solamente a su arresto. Mientras estaba allí, llegó un coche, del que se apeó un individuo con muestras de gran excitación. Era obviamente un policía. Apenas había tenido yo el tiempo justo para parar un coche de punto, cuando salieron a toda prisa Falmouth y el recién llegado. Los seguí en el coche lo más deprisa posible, aunque sin despertar la curiosidad del conductor. Naturalmente, permití que nos llevaran bastante delantera, pero su destino era tan claro como la luz. Despedí el coche en la esquina de la calle donde está la comisaría, y unos pasos más allá, tal como esperaba, el automóvil de Falmouth estaba aparcado frente a la entrada.

»Conseguí echar un fugaz vistazo a la sala de declaraciones, y a pesar de que temía que llevaran a cabo el interrogatorio en una celda, tuve la gran suerte de que hubieran elegido aquella sala. Vi a Falmouth, al policía y al prisionero. Este es un tipo de rostro depravado, mentón largo y mirada huidiza… No, no, León, no me preguntes por su fisonomía ahora… El vistazo que eché tuvo solamente propósitos fotográficos… Deseaba poder reconocerlo en cualquier otra ocasión.

»En aquella fracción de segundo capté la ira de Falmouth y la expresión retadora del ladrón, y comprendí que no podría reconocernos.

—Ah… —suspiró Manfred, aliviado, lo que marcó una pausa en el discurso de Poiccart.

—De todos modos, quise asegurarme —prosiguió aquel unos instantes después—. Retrocedí sobre mis pasos. De repente, oí a mis espaldas el zumbido del auto, que se adelantó. Distinguí a Falmouth y al ladrón, y supuse que se lo llevaban a Scotland Yard.

»Me pareció conveniente volver a mi vez a Scotland Yard; sentí curiosidad por saber qué intentaba hacer la policía con su nuevo recluta. Me aposté en un lugar desde donde podía divisar la entrada de la calle, y aguardé. Un rato después el ratero salió solo. Su andar era ligero y decidido. Un vistazo que capté de su semblante me reveló una extraña mezcla de perplejidad y júbilo. Torció por el Embankment y lo seguí de cerca.

—Corrías el peligro de que la policía le siguiese a él —observó González.

—En cuanto a eso, me sentía perfectamente tranquilo —replicó Poiccart—. Hice una inspección muy cuidadosa antes de actuar. Al parecer, la policía se contentó con dejarlo vagar libremente. Cuando llegó a la escalinata del Temple, se detuvo y miró con indecisión a derecha e izquierda, como si no estuviese muy seguro de lo que debía hacer. En aquel momento me aproximé, pasé por su lado y seguidamente di media vuelta, hurgándome los bolsillos.

»—¿Sería tan amable de darme fuego? —pedí.

»Fue muy afable. Sacó una caja de cerillas y me la ofreció.

»Saqué una, las rasqué y encendí mi cigarro, sosteniendo la cerilla en tal posición que él pudiera verme el rostro a la luz de la llama.

—Una medida prudente —comentó Manfred con gravedad.

—También yo pude ver su cara, y con el rabillo del ojo observé cómo examinaba mis facciones una a una. Sin embargo, no dio señal alguna de haberme reconocido y empecé a hablar con él. Permanecimos allí unos momentos y luego, como por mutuo acuerdo, echamos a andar en dirección a Blackfriars y atravesamos el puente, charlando de modo intrascendente sobre la pobreza general, el tiempo y las noticias de la prensa. Al otro lado del puente hay un tenderete donde sirven café. Decidí entonces dar mi siguiente paso. Le invité a un café, y cuando nos pusieron delante las tazas, puse un soberano sobre el mostrador. El dueño del negocio sacudió la cabeza y alegó que no tenía cambio.

»—¿No tendrá cambio su amigo? —preguntó.

»Fue entonces cuando la vanidad del ladronzuelo me reveló lo que yo quería saber. Sacó del bolsillo, con aire indiferente…, un soberano.

»—Es todo lo que llevo —dijo con voz cansina.

»Encontré en mis bolsillos unas monedas de cobre y pagué. Necesitaba pensar con rapidez. Aquel individuo había dicho algo a la policía, algo que valía un soberano… ¿Qué era? No podía ser una descripción de nosotros, puesto que me habría reconocido cuando encendí el cigarro, o, al menos, estando allí, bajo la luz de la improvisada cafetería. Y, de repente, un frío temor me asaltó. Quizá me había reconocido y, con su astucia de pícaro, me estaba entreteniendo hasta poder conseguir la ayuda de un agente.

Poiccart hizo una pausa momentánea y sacó del bolsillo una ampolla, que puso con cuidado sobre la mesa.

—Estuvo más cerca de la muerte que en ningún otro momento de su vida —prosiguió calmosamente—, pero en cierto modo mis sospechas se desvanecieron. Durante nuestro paseo habíamos pasado por delante de tres policías, y él no había aprovechado esta oportunidad.

»Se tomó el café y dijo:

»—Debo ir yendo ya para casa.

»—¿Tan pronto? —exclamé sonriendo; luego añadí—: En realidad, también yo debería estar de regreso para casa. Mañana me espera mucho trabajo.

»Me miró de reojo.

»—También a mí —afirmó sonriendo—, aunque no sé si podré hacerlo.

»Habíamos dejado el tenderete y en aquel momento estábamos parados bajo un farol, en la esquina de la calle.

»Sabía que sólo disponía de unos instantes para obtener la información que necesitaba… de manera que obré con osadía, yendo directamente al grano.

»—¿Qué le parecen esos Cuatro Hombres Justos? —le pregunté, en el preciso momento en que se disponía a marcharse. Dio media vuelta inmediatamente.

»—¿Y usted qué opina de ellos? —inquirió a su vez.

»A partir de aquí, poco a poco, fui entrelazando la conversación hasta llegar al tema de la identidad de los Cuatro. Él estaba ansioso por hablar de ellos y por saber lo que yo pensaba, pero lo que más le interesaba era la cuestión de la recompensa. Sí, esto le absorbía, y de repente se inclinó hacia mí, y, dándome unos golpecitos en el pecho con su sucio índice, empezó a establecer hipótesis.

Poiccart se echó a reír…, pero su carcajada terminó con un soñoliento bostezo.

—Ya conocéis esa clase de preguntas —agregó—, y sabéis cuán ingenuos son los iletrados cuando tratan de disimular su identidad por medio de elaboradas hipótesis. Bien, he aquí la historia. Él (se llama Billy Marks) cree que podría llegar a reconocer a uno de nosotros por un azar de la memoria. Para posibilitarle hacer esto lo han dejado en libertad provisional…, y hoy tendrá que explorar Londres, según dijo.

—Pues tendrá un día muy ajetreado —rió Manfred.

—Exacto —asintió Poiccart—, pero oíd el resto. Nos separamos y me encaminé hacia el oeste, completamente tranquilo por lo que a nuestra seguridad respecta. Fui hasta el mercado de Covent Garden, pues ya sabéis que ese es uno de los sitios de Londres donde puede ser uno visto a las cuatro de la mañana sin despertar sospechas.

»Estaba dando una vuelta por el mercado, observando ociosamente el bullicio que reina en él a aquellas horas, cuando, por alguna causa que no sé explicar, giré repentinamente sobre mis talones ¡y me hallé frente a frente con Billy Marks! Sonrió ovejunamente y me saludó con la cabeza. Sin esperar a que le preguntara las razones de su presencia allí, empezó a explicármelas.

»Acepté sus razones sin más, y por segunda vez le invité a café. Al principio vaciló, mas después aceptó. Cuando nos hubieron servido el café, apartó su taza de mí lo más lejos posible, y entonces comprendí que me había equivocado con el señor Marks, que había subestimado su inteligencia, que todo el tiempo que estuvo explayándose conmigo me estuvo reconociendo, y que había hecho todo lo posible para ahuyentar mis sospechas.

—¿Pero por qué…? —empezó Manfred.

—Eso es lo que me pregunté —le interrumpió Poiccart—. ¿Por qué no hizo que me arrestasen? —Se volvió hacia León, que escuchaba en silencio—. Dinos tú, León, ¿por qué?

—La explicación es simple —respondió González pausadamente—. ¿Por qué nos traicionó Terrí?… Codicia, la segunda fuerza más poderosa de la civilización. Duda algo de la recompensa. Tal vez no se fía de la palabra de la policía…, como es frecuente entre delincuentes. Quizá desee tener testigos —León se dirigió a la pared, donde estaba colgado su abrigo. Se lo abrochó pensativamente, se pasó una mano por la suave barbilla, y se metió en un bolsillo la ampolla que estaba sobre la mesa—. Supongo que le habrás dado esquinazo…

Poiccart asintió.

—¿Dónde vive?

—En el 700 de Red Cross Street, en el Borough. Es una pensión barata.

León cogió un lápiz de la mesa y esbozó rápidamente una cara sobre el margen de un periódico.

—¿Se le parece? —preguntó.

—Sí, mucho —asintió, sorprendido—. ¿Lo conoces?

—No —negó León con ligereza—; para tal hombre, tal rostro.

Se detuvo en el umbral.

—Creo que es necesario —en sus palabras había una nota interrogativa, dirigida principalmente a Manfred, que, cruzados los brazos y fruncido el ceño, miraba fijamente el suelo.

Por toda respuesta, Manfred extendió su apretado puño.

León vio el pulgar hacia abajo y salió de la habitación.

Billy Marks se hallaba en un dilema. Por medio del truco más ingenuo del mundo, su presa se le había escurrido de entre los dedos. Cuando Poiccart, deteniéndose ante las pulimentadas puertas del hotel más lujoso de Londres, hasta donde habían llegado, observó casualmente que tardaría sólo un segundo y desapareció por el vestíbulo, Billy se quedó anonadado. No estaba preparado para aquella contingencia. Había seguido al sospechoso desde Blackfriars; estaba casi seguro de que se trataba del individuo al que había desvalijado. Hubiera podido, de haberlo deseado, llamar al primer agente que vio para que arrestase a su presa; pero las sospechas del ladrón, el miedo a tener que compartir la recompensa con el agente que le ayudase, le hicieron contenerse. Y además, podría no tratarse del mismo individuo, decíase Billy para sus adentros, y no obstante…

Poiccart era un químico; un individuo que encontraba su gozo en precipitados malsanos; que mezclaba pestilentes compuestos; que destilaba, filtraba, carbonataba, oxidaba y hacía toda guisa de operaciones en aparatos de cristal, con los productos vegetales, animales y minerales de la Tierra.

Billy había salido de Scotland Yard en busca de un hombre que tenía una mano descolorida. Sí, de haber temido menos la traición de la policía, hubiese puesto en manos de esta una marca de identificación altamente valiosa.

Parece una excusa muy pobre alegar en favor de Billy que fue solo su codicia lo que le frenó cuando se halló frente a frente del hombre que buscaba. Y, sin embargo, así fue. Además, existía una operación de multiplicar muy sencilla. Si un Hombre Justo valía mil libras, ¿cuál era el valor comercial de cuatro? Billy era un ladrón con cabeza para los negocios. En su trabajo diario no producía desperdicios. No era un conservador que se conformase con un solo ramo de su profesión. Lo mismo pescaba un reloj, que limpiaba una caja registradora, o pasaba florines falsos.

Era una mariposa del crimen, revoloteando de una flor ilícita a otra, y no desdeñaba figurar como el «X» de alguna «información recibida».

Por eso, cuando Poiccart desapareció por detrás de las magníficas puertas del Royal Hotel, en Northumberland Avenue, Billy se quedó perplejo. Comprendió en un santiamén que su cautivo había entrado en un lugar adonde él no podía seguirlo sin poner sus cartas boca arriba, y que, si no ponía el remedio, existían muchas probabilidades de que su presa hubiese desaparecido para siempre.

Miró arriba y abajo de la calle. No había ningún policía a la vista. En el vestíbulo, un mozo en mangas de camisa estaba frotando los bronces. Era aún muy temprano; las calles estaban desiertas, y Billy, tras unos momentos de vacilación, dio un paso que jamás hubiese dado a una hora más convencional.

Empujó las puertas de vaivén y pasó al vestíbulo. El mozo lo miró, favoreciéndolo con un suspicaz fruncimiento.

—¿Qué quiere? —preguntó, desaprobando con la mirada el raído abrigo del visitante.

—Escucha, colega… —empezó Billy en su tono más conciliador.

Fue entonces cuando el musculoso brazo derecho del mozo lo asió por el cuello del abrigo, y Billy se vio dando trompicones en la calle.

—Fuera…, largo de aquí —ordenó el mozo con firmeza.

Fue necesario este desaire para engendrar en Billy la energía precisa. Se alisó el encarrujado abrigo, sacó del bolsillo la tarjeta firmada por Falmouth y volvió a la carga con dignidad.

—Soy policía —anunció, adoptando el aire que conocía tan bien—, y ¡mucho cuidado, joven, con interferirse en mi labor!

El mozo cogió la tarjeta y la examinó a conciencia.

—¿Qué desea? —preguntó en tono más cívico. Hubiera añadido «señor» si la palabra no se le hubiese atascado en la garganta. Si el recién llegado era un detective, pensó, el disfraz era perfecto.

—Necesito al caballero que entró antes de mí —dijo Billy.

El mozo se rascó la cabeza.

—¿Cuál es el número de su habitación?

—No importa el número de su habitación —gruñó Billy rápidamente—. ¿Hay alguna salida trasera en este hotel…, alguna salida que pueda utilizar un individuo? Sin contar la entrada principal.

—Una media docena.

Billy dejó oír un gemido ahogado.

—¿Puede mostrarme una?

El mozo le precedió fuera del vestíbulo. Una de las entradas de servicio daba a un callejón, y allí un barrendero dio a Billy la información temida. Cinco minutos antes, un hombre que respondía a la descripción dada por el ratero había salido, doblando hacia el Strand, y, luego de tomar un coche de punto, se había alejado en el mismo.

Chasqueado, y con la añadida amargura de saber que de haber actuado con más osadía se hubiera asegurado, al menos, una participación en las mil libras, caminó hasta el Embankment, maldiciendo el desatino que le había inducido a desaprovechar la fortuna que había estado a su alcance. Con las manos hundidas en los bolsillos, recorrió la agotadora longitud de los muelles del Támesis, repasando una y otra vez los incidentes de la noche, mascullando constantemente una espeluznante maldición de su error. Había transcurrido una hora desde que Poiccart le diera esquinazo, cuando se le ocurrió que todo no estaba perdido. Tenía su descripción, había examinado su cara, rasgo a rasgo, y esto ya era algo. Más aún, pensó que si detenían a aquel individuo gracias a su descripción, todavía podría reclamar la recompensa…, o parte de ella. No se atrevía a presentarse a Falmouth con la historia de que toda la noche había estado en compañía del hombre en cuestión sin haberlo hecho arrestar. Falmouth no se lo creería, y además resultaba excesivamente casual que hubiese llegado a conversar con él.

Esta última idea asaltaba por primera vez la mente de Billy. ¿Por qué extraña casualidad se había encontrado con aquel hombre? ¿Era posible, y este pensamiento aterró a Billy Marks, que el individuo al que había robado le hubiese reconocido a él y que deliberadamente lo hubiese buscado con la intención de matarlo?

Un frío sudor corrió por la estrecha frente del ladrón. Esos tipos eran asesinos, crueles y despiadados asesinos. ¿Y si…?

Abandonó la contemplación de unas posibilidades tan poco gratas para fijarse en un hombre que cruzaba la calzada en dirección hacia él. Lo contempló con expresión titubeante. El que se le acercaba era un individuo de apariencia joven, bien afeitado, con facciones afiladas e implacables ojos azules. Cuando estuvo más cerca, Billy se dio cuenta de que su primera impresión había sido engañosa; aquel hombre no era tan joven como parecía. Le calculó unos cuarenta años. Se le acercó haciéndole una seña para que se detuviese, pues Billy comenzaba a alejarse.

—¿Te llamas Marks? —preguntó el desconocido en tono autoritario.

—Sí, señor —admitió el ladrón.

—¿Has visto al señor Falmouth?

—No, desde anoche —contestó Billy, sorprendido.

—Entonces, tienes que ir a verlo en seguida.

—¿Dónde está?

—En la comisaría de Kensington. Han arrestado a un tipo y quiere que tú lo identifiques.

El corazón de Billy dio un salto.

—¿Me darán alguna recompensa? —quiso saber—. En caso de que lo reconozca, claro.

El otro asintió y Billy recobró sus esperanzas.

—Debes seguirme —añadió el desconocido—, pero a cierta distancia. El señor Falmouth no quiere que nos vean juntos. Saca un billete de primera clase para Kensington y entra en el compartimiento siguiente al mío… Vamos.

Se dio media vuelta y atravesó la calzada en dirección a Charing Cross. Billy lo siguió a distancia.

Encontró al desconocido paseando por el andén, y no dio muestras de reconocerlo. Llegó un tren y el ladrón siguió al otro por entre el enjambre de obreros que estaban apeándose. Su guía entró en un vagón de primera clase, vacío, y él, obedeciendo las instrucciones, penetró en el compartimiento contiguo al elegido por el otro.

Entre Charing Cross y Westminster, Billy tuvo tiempo de estudiar su situación. Entre Westminster y St. James Park, planeó las excusas que le daría al superintendente; entre el Park y Victoria, completó su justificación para reclamar una parte de la recompensa. Después, cuando el tren penetró en el túnel, iniciando el recorrido de cinco minutos hasta Sloane Square, Billy notó una corriente de aire, y al volver la cabeza vio al desconocido asomado a su compartimiento, cuya puerta mantenía semiabierta.

Billy se sobresaltó.

—Levanta el cristal de esa ventanilla —ordenó el hombre, y Billy, hipnotizado por el imperio de aquella voz, obedeció. En aquel instante oyó una rotura de cristales. Se volvió, emitiendo un colérico gruñido.

—¿Qué juego es este? —exigió.

Por toda respuesta, el desconocido giró retrocediendo de un salto y desapareció cerrando suavemente la puerta.

—¿Qué juego es este? —repitió Billy con voz adormilada.

Miró al suelo y vio una ampolla rota a sus pies. Junto a los cristales yacía un reluciente soberano. Lo contempló estúpidamente durante un instante, y después, justamente cuando el tranvía llegaba a la estación de Sloane Square, se agachó para recogerlo…