INICIO

Las arenas azules de la Tierra - Robert F. Young

Marte ha sido durante décadas el objetivo favorito de los autores de SF. Desde Wells a Bradbury, pasando por Rice Burroughs, han sido legión los astronautas literarios que han hecho volar (nunca mejor dicho) su imaginación hacia el sugestivo planeta rojo. Si un hipotético marciano leyera todo lo que los terrestres han escrito sobre su mundo, probablemente se partiría de risa... O, tal vez, como "venganza poética", escribiría un relato romo el que sigue.

NOTA: La historia que sigue llegó hasta mi por conductos hasta ahora inaccesibles, cuya naturaleza no puedo ni debo divulgar. Es, por lo que sé, la primera historia marciana de ciencia ficción que llega a la Tierra, y aunque siga su propio curso, hay muchas cosas que se pueden deducir de ella, como, por ejemplo: 

1) Que los marcianos son muy parecidos a nosotros. 

2) Que su civilización es muy parecida a la nuestra. 

3) Que todo el tiempo que los escritores de ciencia ficción de la Tierra han empleado usando a Marte como espejo de los defectos de nuestra sociedad, los escritores marcianos de ciencia ficción lo han empleado a su vez usando a la Tierra como espejo de los defectos de la suya, 

4) Que el asunto de las imitaciones ha sido tan explotado en Marte como en la Tierra, y que algunos escritores marcianos de ciencia ficción han empezado a parodiar a otros escritores marcianos de ciencia ficción. 

5) Que esta misma historia está entre dichas parodias

 

La nave descendió de la abismal inmensidad y se posó, como un obscuro pájaro sin alas, sobre las arenas azules de la Tierra.

El capitán Frimpf abrió la puerta. Salió a la centelleante luz del sol y llenó sus pulmones con una bocanada de aire fresco. A su alrededor, llegando hasta el ondulado horizonte, se extendían las arenas azules. En la distancia, los destrozados edificios de una ciudad extinguida hacia mucho tiempo brillaban bajo la luz como grandes alas de cristal coloreado. Más arriba, pequeñas nubes redondas jugaban en el enorme campo de juegos del cielo.

Se le nublaron los ojos. «La Tierra -pensó-. ¡La Tierra al fin!»

Los tres hombres: que componían el resto de la tripulación salieron de la nave y se detuvieron a su lado. Ellos también miraron el paisaje con ojos nublados.

-Azul -suspiró Birp.

-Azul -murmuró Fardel.

-Azul -masculló Pempf.

-Azul, naturalmente -acabó el capitán con suavidad-. ¿No han sostenido nuestros astrónomos durante mucho tiempo que el color azul de la Tierra no puede ser atribuido solamente a la capacidad para absorber la luz que tiene su atmósfera? ¡La superficie tenía que ser azul!

Y agachándose, recogió un puñado de la extraña substancia que cayó por entre sus dedos como humo azul.

-Las arenas azules de la Tierra -murmuró reverentemente. Se enderezó y, quitándose el casco, dejó que el aire limpio de la Tierra le acariciase el pelo, a la brillante luz del sol. En la distancia, la ciudad dejaba escapar un sonido semejante al de muchas campanas de cristal, el viento le trajo aquel sonido por encima de las arenas azules, y él pensó en los cálidos veranos de Marte y en sus largos y perezosos días, y en sus tardes calurosas, en las que se tomaba un refresco en el porche de la abuela Frimpf.

Sintió que alguien respiraba sobre su cuello y se volvió, irritado.

-¿Qué le ocurre, Birp?

Birp se aclaró la garganta :

--Lo siento, señor -dijo-. Pero ¿no cree usted que...? Quiero decir, señor, que ha sido un largo viaje, y Pempf, Fardel y yo estamos un poco se..., quiero decir que estamos un poco tensos y que pensamos...

Pero ante la expresión de reproche que vio en los ojos del capitán, dejó la frase en suspenso.

-Muy bien -dijo éste fríamente-. Abrid una caja de esa bazofia, pero sólo una, ¿entendido? Y si encuentro una sola botella vacía estropeando este paisaje virgen os daré con ella en la cabeza.

Birp, que había salido disparado hacia la nave, se paró en seco al oír la advertencia del capitán.

Pero ¿qué haremos, entonces, señor? Si las ponemos otra vez en la nave tendremos que gastar mucho combustible para despegar, y ya andamos con las reservas justas.

El capitán reflexionó unos instantes. No era un gran problema y lo resolvió en seguida -sin muchas dificultades.

-Enterradlas -contestó.

Mientras la tripulación se tragaba su cerveza, el capitán permaneció mirando hacia la distante ciudad. Se imaginó a sí mismo contando todo aquello a su esposa cuando volviese a Marte, y se imaginó a sí mismo sentado ante la mesa del comedor describiendo las torres de cristal, las agujas centelleantes y los ruinosos edificios.

A su pesar, vio también a su esposa. Sentada al otro extremo de la mesa, escuchaba y comía, pero más tragaba que escuchaba. ¡Cielos!, estaba más gorda ahora que cuando él habla partido. Por milésima vez se preguntó por qué las esposas tenían que engordar tanto..., tanto, que a veces sus maridos tenían que sacarlas en carretones. 

¿Por qué no se levantaban y se movían de vez en cuando en lugar de abalanzarse en manada sobre cualquier electrodoméstico que los fabricantes lanzaran al mercado? ¿Y por qué tenían que comer, comer y tragar todo el tiempo?

El rostro del capitán palideció al pensar en la factura del mercado que tendría que pagar a su vuelta, y este pensamiento le trajo otros sobre cosas igualmente angustiosas, tales como los impuestos sobre las rentas personales, la carretera, el árbol, el gas, la hierba, el aire, la primera guerra mundial, la segunda guerra mundial, la tercera guerra mundial, la cuarta guerra mundial...

Suspiró. ¡Era como para darse a la bebida, aquello de tener que pagar por guerras en las que habían luchado el padre, el abuelo, el bisabuelo y el tatarabuelo! Miró con envidia a Birp, Pempf y Fardel. A ellos no les preocupaban sus impuestos. No les preocupaba nada. Bailaban alrededor de la caja vacía de cerveza como unos auténticos bárbaros, y habían compuesto ya una canción soez sobre las arenas azules de la Tierra.

El capitán Frimpf escuchó las palabras y poco a poco se le fueron calentando las orejas.

-¡Bueno, ya está bien! -dijo bruscamente-. Enterrad la botellas, quemad la caja y volved a la nave. Mañana será un día muy duro.

Obedientes, Birp, Pempf y Fardel enterraron las cuatro filas de pequeñas botellas en la arena azul, cubriendo, uno por uno, aquellos pequeños soldados muertos. Después de quemar la caja y de dar las buenas noches al capitán entraron en la nave.

El capitán se quedó fuera. Salía la luna. ¡Y qué luna! Su mágico resplandor convirtió la llanura en un extenso mantel azul obscuro, y la ciudad en un candelabro de plata.

El misterio de aquellos edificios vacíos y de aquellas calles abandonadas cruzó la llanura y penetró hasta la médula de sus huesos. ¿Qué había pasado con los habitantes de la ciudad?, se preguntó. ¿Qué les había sucedido a los habitantes de las otras ciudades que había visto cuando la nave había entrado en órbita?

Sacudió la cabeza. No lo sabia y probablemente no lo sabría nunca. Su propia ignorancia le entristeció y, de pronto, encontró irresistible el patetismo de la llanura y el ininterrumpido silencio de la noche. Volvió a la nave y cerro la puerta tras él. 

Estuvo largo tiempo tendido en la obscuridad de su camarote, pensando en las personas de la Tierra, en la civilización que habla venido y se había ido, sin dejar tras de sí más que un puñado de cristales. Finalmente, se quedó dormido.

Cuando salió, a la mañana siguiente, había veinticuatro árboles de cerveza frente a la nave.

Este nombre surgió en el acto en la mente del capitán Frimpf. Nunca había visto árboles de cerveza, y nunca había oído hablar de ellos, pero ¿qué otro nombre podía darse a un grupo de grandes plantas leñosas con botellas de líquido ambarino colgando de sus ramas y listas para ser recogidas como frutos maduros?

Algunos de los frutos habían sido ya arrancados. Y había un semillero en el flamante huerto: por la hilera de montículos que habla al borde del huerto se podía deducir que habían sido plantadas nuevas semillas.

El capitán estaba mudo de asombro. ¿Cómo era posible que un terreno -incluso un terreno de la Tierra- hiciera crecer, de unas botellas vacías y en una sola noche, árboles de cerveza? Empezó a vislumbrar lo que les podía haber ocurrido a los habitantes de la Tierra.

Pempf vino hacia él con una botella en cada mano.

-Pruebe, señor -dijo entusiasmado-. ¡Nunca habrá probado nada semejante!

El capitán le detuvo con una mirada penetrante.

-Soy un oficial, Pempf. ¡Y los oficiales no beben cerveza!

-Lo... lo olvidé, señor. Lo siento.

-¡Ya lo creo que debe sentirlo! ¡Usted y los otros dos! ¿Quién les dio permiso para comer..., quiero decir beber frutos de la Tierra?

Pempf inclinó la cabeza lo suficiente como para demostrar que estaba arrepentido, pero no tan arrepentido como debía, de acuerdo con su graduación.

-Nadie, señor. Creo..., creo que perdimos la cabeza.

-¿No tienen la menor curiosidad por saber cómo han crecido esos árboles? Usted es el químico de la expedición. ¿Por qué no está analizando el suelo?

-No sería de ninguna utilidad, señor. Un suelo como éste, capaz, con sus propiedades, de hacer crecer árboles de botellas vacías, es el producto de una ciencia con un millón de años de adelanto sobre la nuestra. Además, señor, no creo que el suelo sea el único responsable. Creo que la luz del sol, al reflejarse en la superficie de la Luna, se combina con ciertas radiaciones lunares y da a la luz de Luna resultante la facultad de fecundar y multiplicar cualquier cosa plantada en este planeta.

El capitán le miró.

-¿Cualquier cosa, dice usted?

-¿Por qué no, señor? Plantamos botellas vacías de cerveza y han salido árboles, ¿no?

-Hummm -murmuró el capitán.

Se volvió bruscamente y entró otra vez en la nave. Pasó el día en su camarote, pensando. Olvidado completamente del apretado plan del día. Después de la puesta del sol salió y enterró detrás de la nave todos los billetes de Banco que había traído consigo. Sentía no tener más, pero en realidad no importaba, porque tan pronto diesen fruto los árboles tendría todas las semillas que quisiera.

Aquella noche, por primera vez en muchos años, durmió sin soñar con la factura del mercado y con los impuestos.

Pero a la mañana siguiente, cuando salió afuera y dio apresuradamente la vuelta a la nave, no encontró ningún árbol de billetes floreciendo bajo el sol. No encontró más que los pequeños montículos que él mismo había dejado la noche anterior.

Al principio, la decepción le dejó aturdido. Luego pensó: «Quizá el dinero lleve más tiempo. ¡Probablemente sea tan difícil de hacer crecer como de conseguirlo.» Volvió al otro lado de la nave y miró hacia el huerto. Los árboles eran tres veces más grandes que el día anterior y formaban ya un pequeño bosque. Perplejo, caminó por los claros salpicados de sol y mirando con envidia los grandes racimos de frutos de ámbar.

Un rastro de tapones le llevó hasta un claro en el que crecía un nuevo sembrado. Crecía a ojos vistas. Pempf, Fardel y Birp bailaban alrededor como ninfas barbudas de los bosques, esgrimiendo botellas y cantando a voz en grito. La canción obscena sobre las arenas azules de la Tierra tenia ahora una segunda estrofa.

Al verle se detuvieron en seco, y al advertir la expresión del capitán dieron por terminada la fiesta. Este se preguntó si habrían dormido aquella noche. Lo dudaba. Pero hubiesen dormido o no, estaba claro que la disciplina se relajaba rápidamente. Si quería salvar la expedición tenia que actuar con prontitud.

Pero, por alguna razón, su iniciativa parecía haberle abandonado. La idea de salvar la expedición le hizo pensar en la vuelta a Marte, y la vuelta a Marte le hizo pensar en su gruesa esposa, y su gruesa esposa le hizo pensar en la factura del mercado, y ésta en los impuestos, y el recuerdo de los impuestos, por una razón inexplicable, le hacía pensar en el pequeño armario de licores de su camarote y en la botella de whisky por descorchar que permanecía sola en su repisa.

Decidió aguardar hasta mañana para reprender a la tripulación. Seguramente por entonces sus árboles de billetes habrían surgido ya de la tierra, dándole una idea de cuánto debía esperar para recoger su primera cosecha de dinero y plantar la segunda. Cuando su fortuna estuviese asegurada podría encararse mejor con el problema de los árboles de cerveza.

Pero a la mañana siguiente los montículos, en la parte de atrás de la nave, estaban igual. El huerto de cerveza, por el contrario, era algo digno de verse. Se había extendido hasta la mitad de la llanura, en dirección a la ciudad muerta, y el viento. en las ramas cargadas de frutos, hacía un sonido semejante al de una planta embotelladora en plena producción.

En la mente del capitán quedaban muy pocas dudas sobre la suerte que habían corrido los habitantes de la Tierra. Pero ¿qué había ocurrido con los árboles que dichos habitantes habían plantado? No era un tipo obtuso, y la respuesta llegó en seguida. Los habitantes de la Tierra habían llevado a cabo una función semejante a la de las abejas en Marte: al beber el fruto líquido habían fecundado el caparazón de cristal que le recubría, y estos caparazones fecundados y plantados hablan producido nuevos árboles.

«Una ecología muy agradable», pensó el capitán.

Pero como todas las buenas cosas se había extinguido. Una por una, todas las personas se habían convertido en activos fecundadores, y, finalmente, habían muerto agotados, y los árboles, incapaces de reproducirse por sí solos, se hablan extinguido.

Un destino trágico, sin duda. Pero ¿era acaso más trágico que morir a causa de los impuestos?

El capitán pasó el resto del día tratando de encontrar un medio de fecundar el dinero. Sus ojos se desviaban cada vez con más frecuencia hacia la puerta del pequeño armario de los licores. Al atardecer, Birp, Pempf y Fardel aparecieron solicitando una audiencia.

Fardel fue quien habló.

-Señor -dijo-. Lo hemos decidido. No vamos a volver a Marte.

El capitán no se sorprendió, pero no pudo dejar de mostrarse irritado.

-¡Volved a vuestro huerto y dejadme en paz! -dijo, dándoles la espalda.

Cuando hubieron salido fue hasta el armario de los licores y abrió la puerta. Cogió la única botella que quedaba. Sus dos compañeras habían quedado vacías hacía tiempo, y habían sido arrojadas por el dispositivo de eliminación. Ahora flotaban, en órbita, en algún lugar entre la Tierra y Marte.

-Ha sido una suerte que salvara una –dijo, y la fecundó. Luego salió, tambaleándose, y la enterró , detrás de la nave, y se sentó para ver cómo crecía.

Quizá sus árboles de dinero crecieran, o quizá no. Si no crecían no volverla a Marte. Estaba harto de su gruesa. esposa, estaba harto de la cuenta del mercado y de los impuestos sobre las rentas personales, la carretera, el árbol, el gas, la hierba y el aire, y de los de la primera, segunda, tercera y cuarta guerras mundiales. Y sobre todo estaba. harto de ser un honorable oficial con la boca seca.

Salió la Luna y él pudo ver, encantado, cómo los primeros brotes de su árbol de whisky surgían de las arenas azules de la Tierra.

Cómo se salvó Wang‑Fô - Marguerite Yourcenar

    Avanzaban lentamente, pues WangFô se detenía durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar las libélulas. No iban muy cargados, ya que WangFô amaba la imagen de las cosas y no las cosas en sí mismas, y ningún objeto del mundo le parecía digno de ser adquirido a no ser pinceles, tarros de laca y rollos de seda o de papel de arroz. 

    Eran pobres, pues WangFô trocaba sus pinturas por una ración de mijo y despreciaba las monedas de plata. Su discípulo Ling, doblándose bajo el peso de un saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosamente la espalda como si llevara encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling, estaba lleno de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.

    Ling no había nacido para correr los caminos al lado de un anciano que se apoderaba de la aurora y apresaba el crepúsculo. Su padre era cambista de oro; su madre era la hija única de un comerciante de jade, que le había legado sus bienes maldiciéndola por no ser un hijo. Ling había crecido en una casa donde la riqueza abolía las inseguridades.

    Aquella existencia, cuidadosamente resguardada, lo había vuelto tímido: tenía miedo de los insectos, de la tormenta y del rostro de los muertos. Cuando cumplió quince años, su padre le escogió una esposa, y la eligió muy bella, pues la idea de la felicidad que proporcionaba a su hijo lo consolaba de haber llegado a la edad en que la noche sólo sirve para dormir. 

    La esposa de Ling era frágil como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las lágrimas. Después de la boda, los padres de Ling llevaron su discreción hasta el punto de morirse, y su hijo se quedó solo en su casa pintada de cinabrio, en compañía de su joven esposa, que sonreía sin cesar, y de un ciruelo que daba flores rosas cada primavera. 

    Ling amó a aquella mujer de corazón límpido igual que se ama a un espejo que no se empaña nunca, o a un talismán que siempre nos protege. Acudía a las casas de té para seguir la moda, y favorecía moderadamente a bailarinas y acróbatas. Una noche, en una taberna, tuvo por compañero de mesa a WangFô. El anciano había bebido, para ponerse en un estado que le permitiera pintar con realismo a un borracho; su cabeza se inclinaba hacia un lado, como si se esforzara por medir la distancia que separaba su mano de la taza. 

    El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel artesano taciturno, y aquella noche, Wang hablaba como si el silencio fuera una pared y las palabras unos colores destinados a embadurnarla. Gracias a él, Ling conoció la belleza que reflejaban las caras de los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas calientes, el esplendor tostado de las carnes lamidas de una forma desigual por los lengüetazos del fuego, y el exquisito color de rosa de las manchas de vino esparcidas por los manteles como pétalos marchitos. 

   Una ráfaga de viento abrió la ventana; el aguacero penetró en la habitación. WangFô se agachó para que Ling admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo a las tormentas.

    Ling pagó la cuenta del viejo pintor; como Wang‑Fô no tenía ni dinero ni morada, le ofreció humildemente un refugio. Hicieron juntos el camino; Ling llevaba un farol; su luz proyectaba en los charcos inesperados destellos: Aquella noche, Ling se enteró con sorpresa de que los muros de su casa no eran rojos, como él creía sino que tenían el color de una naranja que se empieza a pudrir. 

    En el patio, WangFô advirtió la forma delicada de un arbusto, en el que nadie se había fijado hasta entonces, y lo comparó a una mujer joven que dejara secar sus cabellos. En el pasillo, siguió con arrobo el andar vacilante de una hormiga a lo largo de las grietas de la pared, y el horror que Ling sentía por aquellos bichitos se desvaneció. Entonces, comprendiendo que WangFô acababa de regalarle un alma y una percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente al anciano en la habitación donde habían muerto sus padres.

    Hacía años que WangFô soñaba con hacer el retrato de una princesa de antaño tocando el laúd bajo un sauce. Ninguna mujer le parecía lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling podía serlo, puesto que no era una mujer. Más tarde, WangFô habló de pintar a un joven príncipe tensando el arco al pie de un alto cedro. Ningún joven de la época actual era lo bastante irreal para servirle de modelo, pero Ling mandó posar a su mujer bajo el ciruelo del jardín.

    Después, WangFô la pintó vestida de hada entre las nubes de poniente, y la joven lloró, pues aquello era un presagio de muerte. Desde que Ling prefería los retratos que le hacía WangFô a ella misma, su rostro se marchitaba como la flor que lucha con el viento o con las lluvias de verano. 

    Una mañana la encontraron colgada de las ramas del ciruelo rosa: las puntas de la bufanda de seda que la estrangulaba flotaban al viento mezcladas con sus cabellos; parecía aún más esbelta que de costumbre, y tan pura como las beldades que cantan los poetas de tiempos pasados. 

    WangFô la pintó por última vez, pues le gustaba ese color verdoso que adquiere el rostro de los muertos. Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo exigía tanta aplicación que se olvidó de verter unas lágrimas.

    Ling vendió sucesivamente sus esclavos, sus jades y los peces de su estanque para proporcionar al maestro tarros de tinta púrpura que venían de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, se marcharon y Ling cerró tras él la puerta de su pasado. Wang‑Fô estaba cansado de una ciudad en donde ya las caras no podían enseñarle ningún secreto de belleza o de fealdad, y juntos ambos, maestro y discípulo, vagaron por los caminos del reino de Han.

    Su reputación los precedía por los pueblos, en el umbral de los castillos fortificados y bajo el pórtico de los templos donde se refugian los peregrinos inquietos al llegar el crepúsculo. Se decía que Wang‑Fô tenía el poder de dar vida a sus pinturas gracias a un último toque de color que añadía a los ojos. 

    Los granjeros acudían a suplicarle que les pintase un perro guardián, y los señores querían que les hiciera imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang‑Fô como a un sabio; el pueblo lo temía como a un brujo. Wang se alegraba de estas diferencias de opiniones que le permitían estudiar a su alrededor las expresiones de gratitud, de miedo o de veneración.

    Ling mendigaba la comida, velaba el sueño de su maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle masaje en los pies. Al apuntar el día, mientras el anciano seguía durmiendo, salía en busca de paisajes tímidos, escondidos detrás de los bosquecillos de juncos. 

    Por la noche, cuando el maestro, desanimado, tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía. Cuando Wang‑Fô estaba triste y hablaba de su avanzada edad, Ling le mostraba sonriente el tronco sólido de un viejo roble; cuando Wang‑Fô estaba alegre y soltaba sus chanzas, Ling fingía escucharlo humildemente.

    Un día, al atardecer, llegaron a los arrabales de la ciudad imperial, y Ling buscó para Wang‑Fô un albergue donde pasar la noche. El anciano se envolvió en sus harapos y Ling se acostó junto a él para darle calor, pues la primavera acababa de llegar y el suelo de barro estaba helado aún. 

    Al llegar el alba, unos pesados pasos resonaron por los pasillos de la posada; se oyeron los susurros amedrentados del posadero y unos gritos de mando proferidos en lengua bárbara. Ling se estremeció, recordando que el día anterior había robado un pastel de arroz para la comida del maestro. No puso en duda que venían a arrestarlo y se preguntó quién ayudaría mañana a Wang‑Fô a vadear el próximo río.

    Entraron los soldados provistos de faroles. La llama, que se filtraba a través del papel de colores, ponía luces rojas y azules en sus cascos de cuero. La cuerda de un arco vibraba en su hombro, y, de repente, los más feroces rugían sin razón alguna. Pusieron su pesada mano en la nuca de Wang‑Fô, quien no pudo evitar fjarse en que sus mangas no hacían juego con el color de sus abrigos. 

    Ayudado por su discípulo, Wang‑Fô siguió a los soldados, tropezando por unos caminos desiguales. Los transeúntes, agrupados, se mofaban de aquellos dos criminales a quienes probablemente iban a decapitar. A todas las preguntas que hacía Wang, los soldados contestaban con una mueca salvaje. Sus manos atadas le dolían y Ling, desesperado, miraba a su maestro sonriendo, lo que era para él una manera más tierna de llorar.

    Llegaron a la puerta del palacio imperial, cuyos muros color violeta se erguían en pleno día como un trozo de crepúsculo. Los soldados obligaron a Wang‑Fô a franquear innumerables salas cuadradas o circulares, cuya forma simbolizaba las estaciones, los puntos cardinales, lo masculino y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas del poder. 

    Las puertas giraban sobre sí mismas mientras emitían una nota de música, y su disposición era tal que podía recorrerse toda la gama al atravesar el palacio de Levante a Poniente. Todo se concertaba para dar idea de un poder y de una sutileza sobrehumanas y se percibía que las más ínfimas órdenes que allí se pronunciaban debían de ser definitivas y terribles, como la sabiduría de los antepasados. 

    Finalmente, el aire se enrareció; el silencio se hizo tan profundo que ni un torturado se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una cortina; los soldados temblaron como mujeres, y el grupito entró en la sala en donde se hallaba el Hijo del Cielo sentado en su trono.

 Era una sala desprovista de paredes, sostenida por unas macizas columnas de piedra azul. Florecía un jardín al otro lado de los fustes de mármol y cada una de las flores que encerraban sus bosquecillos pertenecía a una exótica especie traída de allende los mares. Pero ninguna de ellas tenía perfume, por temor a que la meditación del Dragón Celeste se viera turbada por los buenos olores. 

    Por respeto al silencio en que bañaban sus pensamientos, ningún pájaro había sido admitido en el interior del recinto y hasta se había expulsado de allí a las abejas. Un alto muro separaba el jardín del resto del mundo, con el fin de que el viento, que pasa sobre los perros reventados y los cadáveres de los campos de batalla, no pudiera permitirse ni rozar siquiera la manga del Emperador.

    El Maestro Celeste se hallaba sentado en un trono de jade y sus manos estaban arrugadas como las de un viejo, aunque apenas tuviera veinte años. Su traje era azul, para simular el invierno, y verde, para recordar la primavera. Su rostro era hermoso, pero impasible como un espejo colocado a demasiada altura y que no reflejara más que los astros y el implacable cielo. 

    A su derecha tenía al Ministro de los Placeres Perfectos y a su izquierda al Consejero de los Tormentos Justos. Como sus cortesanos, alineados al pie de las columnas, aguzaban el oído para recoger la menor palabra que de sus labios se escapara, había adquirido la costumbre de hablar siempre en voz baja.

 ‑Dragón Celeste ‑dijo Wang‑Fô, prosternándose‑, soy viejo, soy pobre y soy débil. Tú eres como el verano; yo soy como el invierno. Tú tienes Diez Mil Vidas; yo no tengo más que una y pronto acabará. ¿Qué te he hecho yo? Han atado mis manos que jamás te hicieron daño alguno.

 ‑¿Y tú me preguntas qué es lo que me has hecho, viejo Wang‑Fô? ‑dijo el Emperador.

    Su voz era tan melodiosa que daban ganas de llorar. Levantó su mano derecha, que los reflejos del suelo de jade transformaban en glauca como una planta submarina, y Wang‑Fô, maravillado por aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar en sus recuerdos si alguna vez había hecho del Emperador o de sus ascendientes un retrato tan mediocre que mereciese la muerte. 

    Mas era poco probable, pues Wang‑Fô, hasta aquel momento, apenas había pisado la corte de los Emperadores, prefiriendo siempre las chozas de los granjeros o, en las ciudades, los arrabales de las cortesanas y las tabernas del muelle en las que disputan los estibadores.

 ‑¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo Wang‑Fô? ‑prosiguió el Emperador, inclinando su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba‑. Voy a decírtelo. 

    Pero como el veneno ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras nueve aberturas, para ponerte en presencia de tus culpas deberé recorrer los pasillos de mi memoria y contarte toda mi vida. 

    Mi padre había reunido una colección de tus pinturas en la estancia más escondida de palacio, pues sustentaba la opinión de que los personajes de los cuadros deben ser sustraídos a las miradas de los profanos, en cuya presencia no pueden bajar los ojos. En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang‑Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a mi alrededor para permitirme crecer. 

    Con objeto de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas, habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros súbditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre o mujer se extendiera hasta mí. 

    Los pocos y viejos servidores que se me habían concedido se mostraban lo menos posible; las horas daban vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se reavivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo. Por las noches, yo los contemplaba cuando no podía dormir, y durante diez años consecutivos estuve mirándolos todas las noches. 

    Durante el día, sentado en una alfombra cuyo dibujo me sabía de memoria, reposando la palma de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla seda, soñaba con los goces que me proporcionaría el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país de Han en medio, semejante al llano monótono hueco de la mano surcada por las líneas fatales de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas que sostienen el cielo. Y para ayudarme a imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas. 

    Me hiciste creer que el mar se parecía a la vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul que una piedra al caer no puede por menos de convertirse en zafiro; que las mujeres se abrían y se cerraban como las flores, semejantes a las criaturas que avanzan, empujadas por el viento, por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes guerreros de delgada cintura que velan en las fortalezas de las fronteras eran como flechas que podían traspasarnos el corazón. 

  A los dieciséis años, vi abrirse las puertas que me separaban del mundo: subí a la terraza del palacio a mirar las nubes, pero eran menos hermosas que las de tus crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos, cuyo barro y piedras yo no había previsto, recorrí las provincias del Imperio sin hallar tus jardines llenos de mujeres parecidas a luciérnagas, aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo es como un jardín. 

    Los guijarros de las orillas me asquearon de los océanos; la sangre de los ajusticiados es menos roja que la granada que se ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los pueblos me impiden ver la belleza de los arrozales; la carne de las mujeres vivas me repugna tanto como la carne muerta que cuelga de los ganchos en las carnicerías, y la risa soez de mis soldados me da náuseas. 

    Me has mentido, Wang‑Fô, viejo impostor: el mundo no es más que un amasijo de manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor insensato, borradas sin cesar por nuestras lágrimas. El reino de Han no es el más hermoso de los reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio sobre el que vale la pena reinar es aquel donde tú penetras, viejo Wang‑Fô, por el camino de las Mil Curvas y de los Diez Mil Colores. 

    Sólo tú reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por una nieve que no puede derretirse y sobre unos campos de narcisos que nunca se marchitan. Y por eso, Wang‑Fô, he buscado el suplicio que iba a reservarte, a ti cuyos sortilegios han hecho que me asquee de cuanto poseo y me han hecho desear lo que jamás podré poseer. 

    Y para encerrarte en el único calabozo de donde no vas a poder salir, he decidido que te quemen los ojos, ya que tus ojos, Wang‑ Fô, son las dos puertas mágicas que abren tu reino. Y puesto que tus manos son los dos caminos, divididos en diez bifurcaciones, que te llevan al corazón de tu imperio, he dispuesto que te corten las manos. ¿Me has entendido, viejo Wang‑Fô?

    Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling se arrancó del cinturón un cuchillo mellado y se precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo apresaron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con un suspiro:

 ‑Y te odio también, viejo Wang‑Fô, porque has sabido hacerte amar. Matad a ese perro.

    Ling dio un salto para evitar que su sangre manchase el traje de su maestro. Uno de los soldados levantó el sable, y la cabeza de Ling se desprendió de su nuca, semejante a una flor tronchada. Los servidores se llevaron los restos y Wang‑Fô, desesperado, admiró la hermosa mancha escarlata que la sangre de su discípulo dejaba en el pavimento de piedra verde.

    El Emperador hizo una seña y dos eunucos limpiaron los ojos de Wang‑Fô.

 ‑Oyeme, viejo Wang‑Fo ‑dijo el Emperador‑, y seca tus lágrimas, pues no es el momento de llorar. Tus ojos deben permanecer claros, con el fin de que la poca luz que aún les queda no se empañe con tu llanto. Ya que no deseo tu muerte sólo por rencor, ni sólo por crueldad quiero verte sufrir.

    Tengo otros proyectos, viejo WangFô. Poseo, entre la colección de tus obras, una pintura admirable en donde se reflejan las montañas, el estuario de los ríos y el mar, infinitamente reducidos, es verdad, pero con una evidencia que sobrepasa a la de los objetos mismos, como las figuras que se miran a través de una esfera. Pero esta pintura se halla inacabada, WangFô, y tu obra maestra no es más que un esbozo. 

    Probablemente, en el momento en que la estabas pintando, sentado en un valle solitario, te fijaste en un pájaro que pasaba, o en un niño que perseguía al pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño te hicieron olvidar los párpados azules de las olas. No has terminado las franjas del manto del mar, ni los cabellos de algas de las rocas. 

    WangFô, quiero que dediques las horas de luz que aún te quedan a terminar esta pintura, que encerrará de esta suerte los últimos secretos acumulados durante tu larga vida. No me cabe duda de que tus manos, tan próximas a caer, temblarán sobre la seda y el infinito penetrará en tu obra por esos cortes de la desgracia. Ni me cabe duda de que tus ojos, tan cerca de ser aniquilados, descubrirán unas relaciones al límite de los sentidos humanos. 

    Tal es mi proyecto, viejo WangFô, y puedo obligarte a realizarlo. Si te niegas, antes de cegarte quemaré todas tus obras y entonces serás como un padre cuyos hijos han sido todos asesinados y destruidas sus esperanzas de posteridad. Piensa más bien, si quieres, que esta última orden es una consecuencia de mi bondad, pues sé que la tela es la única amante a quien tú has acariciado. Y ofrecerte unos pinceles, unos colores y tinta para ocupar tus últimas horas es lo mismo que darle una ramera como limosna a un hombre que va a morir.

    A una seña del dedo meñique del Emperador, dos eunucos trajeron respetuosamente la pintura inacabada donde Wang‑Fô había trazado la imagen del cielo y del mar. 

    Wang‑Fô se secó las lágrimas y sonrió, pues aquel apunte le recordaba su juventud. Todo en él atestiguaba una frescura de alma a la que ya Wang‑Fô no podía aspirar, pero le faltaba, no obstante, algo, pues en la época en que la había pintado Wang, todavía no había contemplado lo bastante las montañas, ni las rocas que bañan en el mar sus flancos desnudos, ni tampoco se había empapado lo suficiente de la tristeza del crepúsculo. 

    Wang‑Fô eligió uno de los pinceles que le presentaba un esclavo y se puso a extender, sobre el mar inacabado, amplias pinceladas de azul. Un eunuco, en cuclillas a sus pies, desleía los colores; hacía esta tarea bastante mal, y más que nunca Wang‑Fô echó de menos a su discípulo Ling.

    Wang empezó por teñir de rosa la punta del ala de una nube posada en una montaña. Luego añadió a la superficie del mar unas pequeñas arrugas que no hacían sino acentuar la impresión de su serenidad. El pavimento de jade se iba poniendo singularmente húmedo, pero Wang‑Fô, absorto en su pintura, no advertía que estaba trabajando sentado en el agua.

    La frágil embarcación, agrandada por las pinceladas del pintor, ocupaba ahora todo el primer plano del rollo de seda. El ruido acompasado de los remos se elevó de repente en la distancia, rápido y ágil como un batir de alas. El ruido se fue acercando, llenó suavemente toda la sala y luego cesó; unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas de los remos del barquero. 

    Hacía mucho tiempo que el hierro al rojo vivo destinado a quemar los ojos de Wang se había apagado en el brasero del verdugo. Con el agua hasta los hombros, los cortesanos, inmovilizados por la etiqueta, se alzaban sobre la punta de los pies. El agua llegó por fin a nivel del corazón imperial. El silencio era tan profundo que hubiera podido oírse caer las lágrimas.

    Era Ling, en efecto. Llevaba puesto su traje viejo de diario, y su manga derecha aún llevaba la huella de un enganchón que no había tenido tiempo de coser aquella mañana, antes de la llegada de los soldados. Pero lucía alrededor del cuello una extraña bufanda roja. Wang‑Fô le dijo dulcemente, mientras continuaba pintando:

 ‑Te creía muerto.

 ‑Estando vos vivo ‑dijo respetuosamente Ling‑, ¿cómo podría yo morir?

    Y ayudó al maestro a subir a la barca. El techo de jade se reflejaba en el agua, de suerte que Ling parecía navegar por el interior de una gruta. Las trenzas de los cortesanos sumergidos ondulaban en la superficie como serpientes, y la cabeza pálida del Emperador flotaba como un loto.

 ‑Mira, discípulo mío ‑dijo melancólicamente Wang‑Fô‑. Esos desventurados van a perecer, si no lo han hecho ya. Yo no sabía que había bastante agua en el mar para ahogar a un Emperador. ¿Qué podemos hacer?

 ‑No temas nada, Maestro ‑murmuró el discípulo‑. Pronto se hallarán a pie enjuto, y ni siquiera recordarán haberse mojado las mangas. Tan sólo el Emperador conservará en su corazón un poco de amargor marino. Estas gentes no están hechas para perderse por el interior de una pintura.

 Y añadió:

 ‑La mar está tranquila y el viento es favorable. Los pájaros marinos están haciendo sus nidos. Partamos, maestro, al país de más allá de las olas.

 ‑Partamos ‑dijo el viejo pintor.

    Wang‑Fô cogió el timón y Ling se inclinó sobre los remos. La cadencia de los mismos llenó de nuevo toda la estancia, firme y regular como el latido de un corazón. El nivel del agua iba disminuyendo insensiblemente en torno a las grandes rocas verticales que volvían a ser columnas. 

    Muy pronto, tan sólo unos cuantos charcos brillaron en las depresiones del pavimento de jade. Los trajes de los cortesanos estaban secos, pero el Emperador conservaba algunos copos de espuma en la orla de su manto.

    El rollo de seda pintado por Wang‑Fô permanecía sobre una mesita baja. Una barca ocupaba todo el primer término. Se alejaba poco a poco, dejando tras ella un delgado surco que volvía a cerrarse sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el rostro de los dos hombres sentados en la barca, pero aún podía verse la bufanda roja de Ling y la barba de Wang‑Fô, que flotaba al viento.

    La pulsación de los remos fue debilitándose y luego cesó, borrada por la distancia. El Emperador, inclinado hacia delante, con la mano a modo de visera delante de los ojos, contemplaba alejarse la barca de Wang‑Fô, que ya no era más que una mancha imperceptible en la palidez del crepúsculo. Un vaho de oro se elevó, desplegándose sobre el mar. 

    Finalmente, la barca viró en derredor a una roca que cerraba la entrada a la alta mar; cayó sobre ella la sombra del acantilado; borróse el surco de la desierta superficie y el pintor Wang‑Fô y su discípulo Ling desaparecieron para siempre en aquel mar de Jade azul que Wang‑Fô acababa de inventar.

Catwings - Úrsula K. Le Guin

 La señora Juana Rayas no podía explicar por qué tenían alas sus cuatro hijos.

—Supongo que el padre fue uno de esos que vuelan mucho de noche —dijo un vecino y se rió con voz burlona, mientras revolvía el volquete.

—Tal vez tienen alas porque, antes de que nacieran, yo soñé que sabía volar, que podía escaparme volando de este barrio —dijo la señora Juana Rayas—. Thelma, tienes la cara sucia; lávate. Rogelio, deja de golpear a Jaime. Jacinta, cuando ronroneas tienes que cerrar un poco los ojos y acariciarme con las patas delanteras; sí, así está mejor. ¿Cómo está la leche esta mañana?

—Muy buena, mamá, gracias —le contestaron los cuatro con alegría.

 Eran buenos hijos y estaban muy bien criados. Pero aunque no lo decía, la señora Rayas estaba muy preocupada por ellos. En realidad vivían en un barrio terrible, que estaba empeorando.

Ruedas de autos y de camiones que pasaban todo el día, basura y más basura en las calles, perros hambrientos, infinidad de zapatos y botas que caminaban, pisaban, pateaban, ningún lugar seguro y tranquilo y cada vez menos para comer.

 La mayoría de los gorriones se había mudado a otros sitios. Las ratas eran feroces y peligrosas; los ratones, astutos y esqueléticos.

Así que las alas de sus hijos eran la menor preocupación de la señora Rayas. Lavaba esas pequeñas alas todos los días y también las caras y las patas y las colas de sus hijos, y de vez en cuando se hacía preguntas sobre las alas pero tenía demasiado trabajo buscando comida y criando a la familia como para pensar mucho en las cosas que no entendía.

Sin embargo, cuando el perro grande persiguió a la pequeña Jacinta, la arrinconó detrás de la basura y se lanzó contra ella con las mandíbulas abiertas y pobladas de dientes blancos, y Jacinta, con un solo maullido desesperado voló y pasó por encima de la cabeza del perro y aterrizó en un tejado, la señora Rayas entendió.

El perro se fue gruñendo con la cola entre las patas.

—Baja ahora, Jacinta —llamó la madre—. Bajen, chicos. Vengan por favor. Quiero hablar con todos.

 Los cuatro gatitos bajaron hacia el volquete. Jacinta seguía temblando. Los otros ronronearon y se frotaron contra ella hasta que se calmó, y entonces la señora Rayas dijo:

—Chicos, antes de que ustedes nacieran tuve un sueño, y ahora entiendo lo que quiere decir. Éste no es un buen lugar para crecer, y ustedes tienen alas para escaparse volando a otra parte. Yo quiero que lo hagan. Sé que estuvieron practicando. Vi a Jaime volando por encima del callejón anoche, y sí, te vi a ti zambulléndote en picada, Rogelio. Creo que ya están preparados. Quiero que cenen y se vayan muy lejos.

—Pero mamá... —dijo Thelma y se puso a llorar.

—Yo no quiero irme —dijo la señora Rayas—. Yo trabajo aquí. El señor Tomás Gatazo me propuso matrimonio anoche y pienso aceptarlo. No quiero que ustedes, chicos, estén cerca.

Todos los chicos lloraron pero sabían que así debe ser en las familias de los gatos. También se sentían orgullosos de que su madre pensara que ya podían cuidarse solos. Así que cenaron todos juntos del tacho de basura que había tirado el perro. Después, Thelma, Rogelio, Jaime y Jacinta ronronearon sus adioses a su mamá y uno tras otro desplegaron las alas y volaron hacia arriba, por encima del callejón, por encima de los techos, lejos.

La señora Juana Rayas los miró marcharse. Tenía el corazón lleno de miedo y de orgullo.

—Son chicos increíbles, Juana —dijo el señor Tomás Gatazo con su voz suave, profunda.

—Los que vamos a tener juntos también van a ser increíbles, Tomás —dijo la señora Rayas.

Thelma, Rogelio, Jaime y Jacinta volaban y veían abajo los techos y las calles de la ciudad, kilómetro tras kilómetro.

Una paloma vino, se acercó y voló con ellos, mirándolos nerviosa, de vez en cuando, con el ojo chiquito, redondo.

—¿Qué clase de pájaros son ustedes, eh? —preguntó finalmente.

—Palomas pasajeras —dijo Jaime con rapidez.

Jacinta maulló de risa.

La paloma saltó en el aire, la miró con los ojos muy abiertos, después se volvió y se alejó volando en una curva grande y rápida.

—Ojalá pudiera volar así —dijo Rogelio.

—Las palomas son muy tontas —musitó Jaime.

—Pero a mí me duelen las alas —dijo Rogelio, y Thelma agregó:

—A mí también. Aterricemos en alguna parte y descansemos un rato.

La pequeña Jacinta ya estaba bajando en picada hacia el tejado inclinado de una iglesia.

Se aferraron a las estatuas del techo y tomaron un poco de agua de las canaletas.

—Aquí estoy, sentada en la rama del gatopájaro —cantó Jacinta, que se había posado sobre una de las puntas.

—Allá parece diferente —dijo Thelma, señalando con el hocico hacia el oeste—. Parece más suave.

Todos miraron con ansias hacia ese lugar, pero los gatos no ven bien a la distancia.

—Bueno, si es diferente, probemos por ahí —dijo Jaime y salieron volando otra vez. No podían volar sin cansarse; no volaban con facilidad, como las palomas. La señora Rayas siempre se había ocupado de que comieran muy bien y estaban bastante rellenitos, así que tenían que agitar mucho las alas para mantener ese peso por encima del suelo.

Habían aprendido a planear sin agitar las alas, dejando que el viento los sostuviera, aunque para Jacinta era difícil y se tambaleaba mucho cuando lo hacía.

     Después de una hora, aterrizaron en el techo de una fábrica enorme y aunque el aire olía muy mal, durmieron allí por un rato apilados en una suave montañita. Después, cuando cayó la noche, se dieron cuenta de que tenían mucha hambre porque nada abre tanto el apetito como volar. Apenas se despertaron, salieron volando de nuevo.

El sol desapareció. Las luces de la ciudad llegaron hasta ellos; largos hilos y cadenas de luces que se extendían hacia la oscuridad. Hacia esa oscuridad volaron, y cuando abajo y alrededor sólo quedó una luz que parpadeaba sobre la colina, descendieron suavemente desde el aire y aterrizaron en el suelo.

Un suelo suave, extraño. El único suelo que ellos conocían era el pavimento, el asfalto, el cemento. Lo que tocaban era todo nuevo: polvo, tierra, hojas muertas, pasto, ramitas, hongos, gusanos. Y tenía un olor muy pero muy interesante. Un arroyuelo corría cerca. Oyeron la canción del agua y fueron a beber porque tenían mucha sed. Cuando terminó, Rogelio se quedó acurrucado en la orilla con el hocico casi en el agua y los ojos muy abiertos, mirando.

—¿Qué es eso que hay en el agua? —susurró.

Los otros se le acercaron y miraron. Lo único que distinguían era algo que se movía, a la luz de las estrellas, un parpadeo plateado, un brillo. La garra de Rogelio salió disparada...

—Creo que es la cena —dijo.

Después de cenar, se acurrucaron juntos otra vez bajo un arbusto y se durmieron. Pero cada tanto, primero Thelma, después Rogelio, luego Jaime y por último la pequeña Jacinta, levantaban la cabeza, abrían un ojo, escuchaban un momento, siempre en guardia. Sabían que estaban en un lugar mucho mejor que el callejón, pero también sabían que todo lugar es peligroso, sea uno pez o gato. Incluso si uno es un gato con alas.

 —Es totalmente injusto —chilló el tordo.

—¡Injusto! —estuvo de acuerdo el pinzón.

—¡Intolerable! —aulló la urraca.

—No veo por qué —dijo el ratón—. Ustedes siempre tuvieron alas. Ahora las tienen ellos. Yo no veo nada injusto.

Los peces del arroyo no dijeron nada. Los peces nunca hablan. Hay muy poca gente que sepa lo que piensan los peces sobre la injusticia o sobre cualquier otra cosa.

—Yo estaba trayendo una ramita al nido esta mañana y un gato, sí, un gato voló hacia abajo, un gato voló hacia abajo desde la Casa Roble, y sonrió en el aire —dijo el tordo y todos los otros pájaros cantores exclamaron:

—¡Impresionante! ¡Nunca se vio nada igual! ¡No está permitido!

—¿Por qué no cavan algunos túneles? —dijo el ratón y se fue al trotecito.

Los pájaros tenían que aprender a convivir con los gatitos voladores. En realidad, la mayor parte de los pájaros estaba más asustada y furiosa que en peligro, pues volaban mucho mejor que Rogelio, Thelma, Jacinta y Jaime.

Las plumas de los pájaros nunca se enredaban en las ramas de los pinos.

Los pájaros nunca se golpeaban contra los troncos de los árboles y, cuando los perseguían, podían escaparse volando más rápido o con alguna otra pirueta evasiva.

Pero estaban alarmados por sus hijitos y tenían razón. En esa época del año, muchos pájaros tenían huevos en los nidos; cuando se abriera el cascarón de los polluelos, ¿cómo harían los pájaros para salvar a sus pichones de los gatos que volaban y podían posarse en las ramas más finas o entre las hojas más tupidas de los árboles?

 A Lechuza le llevó un tiempo entender eso. Lechuza no piensa rápido. Bien tarde en la primavera, una noche, cuando estaba mirando con cariño a sus dos nuevas lechucitas, vio a Jaime volando cerca, cazando murciélagos. Y pensó lentamente:

—Esto no va...

 Y abrió con suavidad sus grandes alas grises y voló en silencio detrás de Jaime, con las garras abiertas.

Los gatitos voladores habían anidado en un agujero del tronco de un viejo roble, por encima del nivel del coyote y el zorro, un agujero demasiado pequeño para que pudieran entrar los mapaches. Thelma y Jacinta estaban lavándose el cuello y hablando de las aventuras del día cuando oyeron un llantito lastimoso al pie del árbol.

—¡Jaime! —exclamó Jacinta.

Él estaba acurrucado entre los arbustos, todo lastimado, todo sangrante; arrastraba una de las alas por el suelo.

—Fue Lechuza —dijo cuando sus hermanas lo ayudaron a subir despacio por el tronco del árbol hasta el agujero que era su hogar—. Me escapé justo a tiempo. Ella me atrapó pero yo la arañé y tuvo que soltarme durante un momento.

Y justo en ese instante, llegó Rogelio y se metió a tropezones en el nido con los ojos redondos y negros y llenos de miedo.

—¡Me persigue! —exclamó—. ¡Lechuza!

 Todos lavaron las heridas de Jaime hasta que se durmió.

—Ahora sabemos cómo se sienten los pájaros chiquitos —dijo Thelma, con amargura.

—¿Qué va a hacer Jaime? —susurró Jacinta—. ¿Podrá volar de nuevo alguna vez?

—Será mejor que no vuele nunca —dijo una voz suave, grande, del otro lado de la puerta. Lechuza estaba sentada ahí, esperando.

 Los gatitos se miraron unos a otros. No dijeron ni una sola palabra hasta que llegó la mañana.

Apenas salió el sol, Thelma se asomó afuera. Lechuza ya no estaba.

—Pero va a volver esta noche —dijo Thelma.

Desde ese día, tuvieron que cazar de día y esconderse en el nido toda la noche porque Lechuza piensa despacio pero piensa mucho.

Jaime estuvo enfermo muchos días. No podía cazar. Cuando se recuperó, estaba muy flaco y no podía volar mucho porque el ala izquierda le había quedado dura y lastimada.

Nunca se quejaba. Se quedaba sentado horas junto al arroyo, con las alas plegadas, pescando. Los peces tampoco se quejaron. Los peces nunca se quejan.

Una noche a principios del verano, los gatitos estaban todos acurrucados en su agujero, cansados y algo tristes. Una familia de mapaches discutía en voz muy alta en el árbol de al lado. Thelma no había encontrado nada para comer en todo el día, excepto una musaraña que le había provocado una gran indigestión. 

Un coyote le había robado a Rogelio el ratón de campo que había estado a punto de cazar esa tarde. La pesca de Jaime tampoco había sido buena. La Lechuza seguía volando junto a ellos con alas silenciosas, sin decir nada.

Dos mapaches jóvenes del árbol de al lado habían empezado a pelearse y se insultaban y se gritaban. Los otros mapaches continuaron la pelea y chillaron y se arañaron y se dijeron palabras fuertes.

—Me siento otra vez en el viejo callejón —hizo notar Jaime.

 —¿Te acuerdas de los Zapatos? —preguntó Jacinta, con voz soñadora. Estaba bastante regordeta, tal vez porque era tan chiquita. Su hermana y sus hermanos se habían puesto flacos y desprolijos.

—Sí —dijo Jaime—. A mí me corrió un Zapatos una vez.

—¿Te acuerdas de las Manos? —preguntó Rogelio.

—Sí —dijo Thelma—. Una Manos me agarró una vez. Cuando yo era muy chiquita.

—¿Y qué te hizo... la Manos? —preguntó Jacinta.

—Me apretó. Me dolía. Y la Manos gritaba: "¡Alas! ¡Alas! ¡Tiene Alas!", gritaba siempre eso con una voz muy tonta. Y me apretaba.

—¿Y qué hiciste?

—La mordí —dijo Thelma, con cierto orgullo—. La mordí y me soltó y yo corrí otra vez hacia mamá, detrás del volquete. Entonces todavía no sabía volar.

—Yo vi una hoy —dijo Jacinta.

—¿Una qué? ¿Una Manos? ¿Un Zapatos? —dijo Thelma.

—¿Un ser humano? —dijo Jaime.

—¿Un ser humano? —dijo Rogelio.

—Sí —dijo Jacinta—. Y sé que la cosa también me vio a mí.

—¿Te persiguió?

—¿Te pateó?

—¿Te tiró cosas?

—No. Solamente se quedó ahí y me miró volar. Y se le pusieron los ojos redondos, como los nuestros.

 —Mamá decía siempre que si uno encontraba una clase buena de Manos, nunca tendría que cazar de nuevo. Pero si encontraba una mala, sería peor que encontrarse con muchos perros, eso decía —hizo notar Thelma, pensativa.

—Creo que éste es el tipo correcto —dijo Jacinta.

—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Rogelio, con una voz que sonaba parecida a la de su madre.

—Porque corrió y volvió con un plato lleno de cena —dijo Jacinta—. Y lo puso en ese tronco cortado grande que hay al borde del campo, el campo donde asustamos a las vacas ese día, ya sabes. Y después se alejó bastante y se quedó ahí, y lo único que hacía era mirarme. Así que yo volé y me comí la cena. Era una cena interesante. Como la que a veces teníamos en el callejón, pero más fresca. Y —agregó Jacinta, que sonaba como su madre—, yo pienso volver ahí mañana y ver qué hay en el tronco.

—Ten cuidado, Jacinta Rayas —dijo Thelma, que sonaba todavía más como su madre.

     Al día siguiente, cuando Jacinta fue al gran tronco cortado al borde del campo de pastoreo de las vacas, en un vuelo muy bajo y muy cuidadoso, encontró un plato de lata con pedacitos de carne y alimento para gatos esperándola. 

    La nena de la granja que estaba más allá de la colina también la esperaba, sentada a unos veinte metros del tronco cortado, muy quieta. Se llamaba Susana Marón y tenía ocho años. Vio cómo Jacinta salía volando del bosque, flotaba como un picaflor gordo sobre el tronco, después se posaba, plegaba las alas con cuidado y comía. Susana Marón retuvo el aliento. Se le pusieron los ojos redondos.

Al día siguiente, cuando Jacinta y Rogelio salieron volando del bosque y revolotearon sobre el tronco cortado con mucha cautela, Susana estaba sentada a unos quince metros y junto a ella estaba su hermano de doce años, Javier, que no le había creído ni una sola palabra ese cuento de los gatos que volaban. Ahora también él tenía los ojos perfectamente redondos y retenía el aliento.

Jacinta y Rogelio bajaron a comer.

—No dijiste que eran dos —susurró Javier en el oído de su hermana.

Jacinta y Rogelio estaban sentados sobre el tronco lamiéndose los bigotes después de comer.

—No dijiste que eran dos —le susurró Rogelio a su hermana.

—¡No sabía! —dijeron las dos hermanas en un susurro—. Ayer había uno. Pero son lindos, ¿no?

 Al día siguiente, Javier y Susana pusieron dos platos de lata sobre el tronco y se sentaron a unos diez pasos, en el pasto, a esperar.

Jacinta vino volando con valentía desde el bosque y aterrizó sobre el tronco. Rogelio la seguía. Después...

—Ah, mira —susurró Susana.

Después, llegó Thelma, que volaba muy despacio, con una expresión de disgusto en la cara. Y al final...

—¡Mira, mira! —susurró Susana.

Al final, llegó Jaime, volando bajo y mal. Aleteó sobre el tronco, aterrizó encima y empezó a comer. Y comió y comió y comió. Hasta le gruñó una vez a Thelma, que inmediatamente se fue al otro plato.

Los dos chicos miraron a los cuatro gatos con alas.

Jacinta, que ya estaba llena, se lavó la cara y miró a los chicos.

Thelma terminó el último pedacito de alimento para gatos, se lavó la mano izquierda y miró a los chicos.

De pronto, levantó vuelo desde el tronco y fue directamente hacia ellos.

Los dos chicos se agacharon cuando la gata les pasó por encima.

Ella dio una vuelta en el aire sobre las dos cabezas y después volvió al tronco.

—Una prueba —explicó a Jacinta, Jaime y Rogelio.

—Si lo hace de nuevo —dijo Javier a Susana—, no la atrapes. Eso la asustaría.

 —¿Crees que soy estúpida? —le siseó Susana.

Se quedaron sentados, muy quietos. Los gatos también se quedaron sentados, no se movían. Las vacas comían pasto muy cerca. El sol brillaba.

—Mish —dijo Susana con una voz suave, aguda—. Mish, miiiisssh, mish, mish, gatito, mishito con alas, gatito con alas, alagato...

Jacinta saltó del tronco al aire, dio una vuelta entera boca abajo por encima de Susana y aterrizó sobre su hombro. Se sentó ahí, se aferró con fuerza y ronroneó en la oreja de Susana.

—Yo nunca, nunca, nunca te voy a atrapar ni ponerte en una jaula ni hacerte nada que tú no quieras que te haga —le dijo Susana a Jacinta—. Te lo prometo. Javier, tú también.

—Rrr —dijo Jacinta.

—Yo también te lo prometo. Y nunca le vamos a contar esto a nadie —dijo Javier casi con ferocidad—. ¡Nunca! Porque... ya sabes cómo es la gente. Si la gente los ve...

—Lo prometo —dijo Susana, y ella y Javier se dieron la mano para sellar la promesa.

Rogelio voló con gracia y aterrizó en el hombro de Javier.

—Rrrr —dijo Rogelio.

—Podrían vivir en el viejo granero —dijo Susana—. Ahí nunca entra nadie. Solamente nosotros. Y está ese palomar cerca del techo, con todos esos agujeros en la pared por donde entraban y salían las palomas.

—Podemos llevar paja ahí arriba y hacerles un buen lugar para dormir.

—Rrrr —dijo Rogelio. 

Con suavidad, con dulzura, Javier levantó la mano y acarició a Rogelio entre las alas.

—Aaah —dijo Jaime, que estaba mirando. Saltó del tronco y fue trotanto hacia los chicos. Se sentó cerca de los zapatos de Susana. Con suavidad, con dulzura, Susana se estiró y acarició a Jaime bajo el mentón y entre las orejas.

—Rrrr —dijo Jaime y babeó un poco el zapato de Susana.

—¡Ah, bueno! —dijo Thelma, que había terminado con lo que quedaba de la carne fría. Se alzó por el aire, voló con gran dignidad, se sentó en la falda de Javier y dijo:

—Rrr, rrr, rrr.

—Ah, Javier —susurró Susana—, tienen las alas tan suaves...

—Ah, Jaime —susurró Jacinta—, tienen las manos tan dulces.