INICIO

Jaque mate en dos jugadas - W. I. Eisen

Yo lo envenené. En dos horas quedaba liberado. Dejé a mi tío Néstor a las veintidós. Lo hice con alegría. Me ardían las mejillas. Me quemaban los labios. Luego me serené y eché a caminar tranquilamente por la avenida en dirección al puerto.

Me sentía contento. Liberado. Hasta Guillermo resultaba socio beneficiario en el asunto. ¡Pobre Guillermo! ¡Tan tímido, tan mojigato! Era evidente que yo debía pensar y obrar por ambos. Siempre sucedió así. Desde el día en que nuestro tío nos llevó a su casa. Nos encontramos perdidos en el palacio. Era un lugar seco, sin amor. Únicamente el sonido metálico de las monedas.

—Tenéis que acostumbraros al ahorro, a no malgastar. ¡Al fin y al cabo, algún día será vuestro! —bramaba. Y nos acostumbramos a esperarlo.

Pero ese famoso y deseado día se postergaba, pese a que tío sufría del corazón. Y si de pequeños nos tiranizó, cuando crecimos colmó la medida.

Guillermo se enamoró un buen día. A nuestro tío no le agradó la muchacha. No era lo que ambicionaba para su sobrino.

—Le falta cuna..., le falta roce... , ¡Puaf! Es una ordinaria... —sentenció.

Inútil fue que Guillermo se prodigara en encontrarle méritos. El viejo era terco y caprichoso.

Conmigo tenía otra suerte de problemas. Era un carácter contra otro. Se empeñó en doctorarme en bioquímica. ¿Resultado? Un perito en póquer y en carreras de caballos. Mi tío para esos vicios no me daba ni un centavo. Debí exprimir la inventiva para birlarle algún peso.

Uno de los recursos era aguantarle sus interminables partidas de ajedrez; entonces cedía cuando le aventajaba para darle ínfulas, pero él, en cambio, cuando estaba en posición favorable alargaba el final, anotando las jugadas con displicencia, sabiendo de mi prisa por disparar al club. Gozaba con mi infortunio saboreando su coñac.

Un día me dijo con aire de perdonavidas:

—Observo que te aplicas en el ajedrez. Eso me demuestra dos cosas: que eres inteligente y un perfecto holgazán. Sin embargo, tu dedicación tendrá su premio. Soy justo. Pero eso sí, a falta de diplomas, de hoy en adelante tendré de ti bonitas anotaciones de las partidas. Sí, muchacho, llevaremos sendas libretas con las jugadas para cotejarlas. ¿Qué te parece?

Aquello podría resultar un par de cientos de pesos, y acepté. Desde entonces, todas las noches, la estadística. Estaba tan arraigada la manía en él, que en mi ausencia comentaba las partidas con Julio, el mayordomo.

Ahora todo había concluido. Cuando uno se encuentra en un callejón sin salida, el cerebro trabaja, busca, rebusca, escarba. Y encuentra. Siempre hay salida para todo. No siempre es buena. Pero es salida.

Llegaba a la Costanera. Era una noche húmeda. En el cielo nublado, alguna chispa eléctrica. El calorcillo mojaba las manos, resecaba la boca.

En la esquina, un policía me encabritó el corazón. El veneno, ¿cómo se llamaba? Aconitina. Varias gotitas en el coñac mientras conversábamos. Mi tío esa noche estaba encantador. Me perdonó la partida.

—Haré un solitario —dijo—. Despaché a los sirvientes... ¡Hum! Quiero estar tranquilo. Después leeré un buen libro. Algo que los jóvenes no entienden... Puedes irte.

—Gracias, tío. Hoy realmente es... sábado.

—Comprendo.

¡Demonios! El hombre comprendía. La clarividencia del condenado.

El veneno surtía un efecto lento, a la hora, o más, según el sujeto. Hasta seis u ocho horas. Justamente durante el sueño. El resultado: la apariencia de un pacífico ataque cardíaco, sin huellas comprometedoras. Lo que yo necesitaba. ¿Y quién sospecharía? El doctor Vega no tendría inconveniente en suscribir el certificado de defunción. No en balde era el médico de cabecera. ¿Y si me descubrían? Imposible. 

Nadie me había visto entrar al gabinete de química. Había comenzado con general beneplácito a asistir a la Facultad desde varios meses atrás, con ese deliberado propósito. De verificarse el veneno faltante, jamás lo asociarían con la muerte de Néstor Álvarez, fallecido de un síncope cardíaco. ¡Encontrar unos miligramos de veneno en setenta y cinco kilos, imposible!

Pero, ¿y Guillermo? Sí. Guillermo era un problema. Lo hallé en el hall después de preparar la “encomienda” para el infierno. Descendía la escalera, preocupado.

—¿Qué te pasa? —le pregunté jovial, y le hubiera agregado de mil amores: “¡Si supieras, hombre!”

—¡Estoy harto! —me replicó.

—¡Vamos! —Le palmoteé la espalda—. Siempre estás dispuesto a la tragedia...

—Es que el viejo me enloquece. Últimamente, desde que volviste a la Facultad y le llevas la corriente en el ajedrez, se la toma conmigo. Y Matilde...

—¿Qué sucede con Matilde?

—Matilde me lanzó un ultimátum: o ella, o tío.

—Opta por ella. Es fácil elegir. Es lo que yo haría...

—¿Y lo otro?

Me miró desesperado. Con brillo demoníaco en las pupilas; pero el pobre tonto jamás buscaría el medio de resolver su problema.

—Yo lo haría —siguió entre dientes—; pero, ¿con qué viviríamos? Ya sabes cómo es el viejo... Duro, implacable. ¡Me cortaría los víveres!

—Tal vez las cosas se arreglen de otra manera... —insinué bromeando—. ¡Quién te dice...!

—¡Bah!... —sus labios se curvaron con una mueca amarga—. No hay escapatoria. Pero yo hablaré con el viejo sátiro. ¿Dónde está ahora?

Me asusté. Si el veneno resultaba rápido... Al notar los primeros síntomas podría ser auxiliado y...

—Está en la biblioteca —exclamé—, pero déjalo en paz. Acaba de jugar la partida de ajedrez, y despachó a la servidumbre. ¡El lobo quiere estar solo en la madriguera! Consuélate en un cine o en un bar.

Se encogió de hombros.

—El lobo en la madriguera... —repitió. Pensó unos segundos y agregó, aliviado—: Lo veré en otro momento. Después de todo...

—Después de todo, no te animarías, ¿verdad? —gruñí salvajemente.

Me clavó la mirada. Por un momento centelleó, pero fue un relámpago.

Miré el reloj: las once y diez de la noche.

Ya comenzaría a surtir efecto. Primero un leve malestar, nada más. Después un dolorcillo agudo, pero nunca demasiado alarmante. Mi tío refunfuñaba una maldición para la cocinera. El pescado indigesto. ¡Qué poca cosa es todo! Debía de estar leyendo los diarios de la noche, los últimos. Y después, el libro, como gran epílogo. Sentía frío.

Las baldosas se estiraban en rombos. El río era una mancha sucia cerca del paredón. A lo lejos luces verdes, rojas, blancas. Los automóviles se deslizaban chapoteando en el asfalto.

Decidí regresar, por temor a llamar la atención. Nuevamente por la avenida hacia Leandro N. Alem. Por allí a Plaza de Mayo. El reloj me volvió a la realidad. Las once y treinta y seis. Si el veneno era eficaz, ya estaría todo listo. Ya sería dueño de millones. Ya sería libre... Ya sería... , ya sería asesino.

Por primera vez pensé en el adjetivo substantivándalo. Yo, sujeto, ¡asesino! Las rodillas me flaquearon. Un rubor me azotó el cuello, subió a las mejillas, me quemó las orejas, martilló mis sienes. Las manos traspiraban. El frasquito de aconitina en el bolsillo llegó a pesarme una tonelada. Busqué en los bolsillos rabiosamente hasta dar con él. Era un insignificante cuentagotas y contenía la muerte; lo arrojé lejos.

Avenida de Mayo. Choqué con varios transeúntes. Pensarían en un beodo. Pero en lugar de alcohol, sangre.

Yo, asesino. Esto sería un secreto entre mi tío Néstor y mi conciencia. Un escozor dentro, punzante. Recordé la descripción del tratadista: “En la lengua, sensación de hormigueo y embotamiento, que se inicia en el punto de contacto para extenderse a toda la lengua, a la cara y a todo el cuerpo.”

Entré en un bar. Un tocadiscos atronaba con un viejo rag—time. Un recuerdo que se despierta, vive un instante y muere como una falena. “En el esófago y en el estómago, sensación de ardor intenso.” Millones. Billetes de mil, de quinientos, de cien. Póquer. Carreras. Viajes... “Sensación de angustia, de muerte próxima, enfriamiento profundo generalizado, trastornos sensoriales, debilidad muscular, contracturas. Impotencia de los músculos.”

Habría quedado solo. En el palacio. Con sus escaleras de mármol. Frente al tablero de ajedrez. Allí el rey, y la dama, y la torre negra. Jaque mate.

El mozo se aproximó. Debió sorprender mi mueca de extravío, mis músculos en tensión, listos para saltar.

—¿Señor?

—Un coñac...

—Un coñac... —repitió el mozo—. Bien, señor —y se alejó.

Por la vidriera la caravana que pasa, la misma de siempre. El tictac del reloj cubría todos los rumores. Hasta los de mi corazón. La una. Bebí el coñac de un trago.

“Como fenómeno circulatorio, hay alteración del pulso e hipotensión que se derivan de la acción sobre el órgano central, llegando, en su estado más avanzado, al síncope cardíaco...” Eso es. El síncope cardíaco. La válvula de escape.

A las dos y treinta de la mañana regresé a casa. Al principio no lo advertí. Hasta que me cerró el paso. Era un agente de policía. Me asusté.

—¿El señor Claudio Álvarez?

—Sí, señor... —respondí humildemente

—Pase usted... —indicó, franqueándome la entrada.

—¿Qué hace usted aquí? —me animé a farfullar.

—Dentro tendrá la explicación —fue la respuesta, seca, torpona.

En el hall, cerca de la escalera, varios individuos de uniforme se habían adueñado del palacio. ¿Guillermo? Guillermo no estaba presente.

Julio, el mayordomo, amarillo, espectral, trató de hablarme. Uno de los uniformados, canoso, adusto, el jefe del grupo por lo visto, le selló los labios con un gesto. Avanzó hacia mí, y me inspeccionó como a un cobaya.

—Usted es el mayor de los sobrinos, ¿verdad?

—Sí, señor... —murmuré.

—Lamento decírselo, señor. Su tío ha muerto... asesinado —anunció mi interlocutor. La voz era calma, grave—. Yo soy el inspector Villegas, y estoy a cargo de la investigación. ¿Quiere acompañarme a la otra sala?

—¡Dios mío! —articulé anonadado—. ¡Es inaudito!

Las palabras sonaron a huecas, a hipócritas. (¡Ese dichoso veneno dejaba huellas! ¿Pero cómo... cómo?)

—¿Puedo... puedo verlo? —pregunté.

—Por el momento, no . Además, quiero que me conteste algunas preguntas.

—Como usted disponga... —accedí azorado.

Lo seguí a la biblioteca vecina. Tras él se deslizaron suavemente dos acólitos. El inspector Villegas me indicó un sillón y se sentó en otro. Encendió con parsimonia un cigarrillo y con evidente grosería no me ofreció ninguno.

—Usted es el sobrino... Claudio. —Pareció que repetía una lección aprendida de memoria.

—Sí, señor.

—Pues bien: explíquenos qué hizo esta noche.

Yo también repetí una letanía.

—Cenamos los tres, juntos como siempre. Guillermo se retiró a su habitación. Quedamos mi tío y yo charlando un rato; pasamos a la biblioteca. Después jugamos nuestra habitual partida de ajedrez; me despedí de mi tío y salí. En el vestíbulo me topé con Guillermo que descendía por las escaleras rumbo a la calle. Cambiamos unas palabras y me fui.

—Y ahora regresa ...

—Sí...

—¿Y los criados?

—Mi tío deseaba quedarse solo. Los despachó después de cenar. A veces le acometían estas y otras manías.

—Lo que usted manifiesta concuerda en gran parte con la declaración del mayordomo. Cuando éste regresó, hizo un recorrido por el edificio. Notó la puerta de la biblioteca entornada y luz adentro. Entró. Allí halló a su tío frente a un tablero de ajedrez, muerto. La partida interrumpida... De manera que jugaron la partidita, ¿eh?

Algo dentro de mí comenzó a botar como una pelota contra las paredes del frontón. Una sensación de zozobra, de angustia, me recorría con la velocidad de un buscapiés. En cualquier momento estallaría la pólvora. ¡Los consabidos solitarios de mi tío!

—Sí, señor... —admití.

No podía desdecirme. Eso también se lo había dicho a Guillermo. Y probablemente Guillermo al inspector Villegas. Porque mi hermano debía de estar en alguna parte. El sistema de la policía: aislarnos, dejamos solos, inertes, indefensos, para pillarnos.

—Tengo entendido que ustedes llevaban un registro de las jugadas. Para establecer los detalles en su orden, ¿quiere mostrarme su libretita de apuntes, señor Álvarez?

Me hundía en el cieno.

—¿Apuntes?

—Sí, hombre —el policía era implacable—, deseo verla, como es de imaginar. Debo verificarlo todo, amigo; lo dicho y lo hecho por usted. Si jugaron como siempre...

Comencé a tartamudear.

—Es que... —y después, de un tirón—: ¡Claro que jugamos como siempre!

Las lágrimas comenzaron a quemarme los ojos.

Miedo. Un miedo espantoso. Como debió sentirlo tío Néstor cuando aquella “sensación de angustia... de muerte próxima..., enfriamiento profundo, generalizado...” Algo me taladraba el cráneo. Me empujaban. El silencio era absoluto, pétreo. Los otros también estaban callados. Dos ojos, seis ojos, ocho ojos, mil ojos. ¡Oh, qué angustia!

Me tenían... , me tenían... Jugaban con mi desesperación... Se divertían con mi culpa...

De pronto, el inspector gruñó:

—¿Y?

Una sola letra, ¡pero tanto!

—¿Y? —repitió—. Usted fue el último que lo vio con vida. Y, además, muerto. El señor Álvarez no hizo anotación alguna esta vez, señor mío.

No sé por qué me puse de pie. Tieso. Elevé mis brazos, los estiré. Me estrujé las manos, clavándome las uñas, y al final chillé con voz que no era la mía:

—¡Basta! Si lo saben, ¿para qué lo preguntan? ¡Yo lo maté! ¡Yo lo maté! ¿Y qué hay? ¡Lo odiaba con toda mi alma! ¡Estaba cansado de su despotismo! ¡Lo maté! ¡Lo maté!

El inspector no lo tomó tan a la tremenda.

—¡Cielos! —dijo—. Se produjo más pronto de lo que yo esperaba. Ya que se le soltó la lengua, ¿dónde está el revólver?

—¿Qué revólver?

El inspector Villegas no se inmutó. Respondió imperturbable.

—¡Vamos, no se haga el tonto ahora! ¡El revólver! ¿O ha olvidado que lo liquidó de un tiro? ¡Un tiro en la mitad del frontal, compañero! ¡Qué puntería!

Milagro - José Luis Zárate

     Dorian Gray presenció el terrible milagro. Él cambiaba día a día, convirtiéndose en un monstruo arrugado, con manchas hepáticas, dientes caídos, perdiendo todo el pelo y su retrato en la pared permanecía inalterable, feliz, siempre joven.

Crimen en la familia - Ameltax Mayfer

 I

Diana Draper miraba por la ventanilla del tren, pero no veía más paisaje que el de su pensamiento. Hacía ya muchos meses que faltaba de su casa, aquella vieja quinta que había sido la delicia de su infancia, aquella vieja quinta que había sido azotada por la tragedia, aquella vieja quinta que había sido emponzoñada por la desconfianza y el rencor... 

No la esperaban hasta el día siguiente, pero Diana había preferido anticipar su llegada, algo por dar una sorpresa a su padre y mucho por dar un sofocón a su madrastra. ¡Su padre y su madrastra! ¡Dios, qué escándalo fue aquél!

Rafael Valdeduero, sentado casi frente a Diana, del otro lado del pasillo, volvía mecánicamente las hojas de un libro, pero no tenía ojos más que para ella. “¿Qué estará viendo esta chica en ese paisaje que no ve?”, se preguntaba. “¡Y es guapa de veras!”

Diana Draper volvió un instante la mirada y la detuvo fugazmente en su joven observador. “¡Vaya!”, se dijo. “Parece que he hecho una conquista.” Pero no llegó a interesarle. Sonrió con placer a la imagen de Félix Hocquart, que acababa de saltar al primer plano de su pensamiento, y suspiró. ¡Félix! También él se sorprendería al verla llegar aquella noche. 

Habían sido novios toda su vida, pero, en realidad, no hacía más que dos años que lo habían descubierto. ¡Cómo habían jugado de niños en aquella casa inolvidable, en aquel parque a un tiempo espeso y transparente! Félix Hocquart era el mejor, casi el único amigo de Willy ... ¡Willy!

“Está pensando en el novio de su infancia”, observó Valdeduero mientras trataba de encender un cigarrillo. “Pero hay algo más que un novio de la infancia en su pensamiento.”

“¡Pobre Willy!”, murmuró Diana. Siempre había querido con delirio a aquel muchacho de aspecto indefenso, a aquel su único hermano... ¡Cómo había sufrido Willy! Le parecía verlo con aquel rebelde mechón de pelo sobre la frente, jugando a ser hombre cuando niño, jugando como un niño cuando hombre... ¡Y la vida le había hecho aquella jugarreta inconcebible!

Diana volvió a sentir la escrutadora mirada de su desconocido compañero de viaje, y se agitó nerviosamente. “¿Por qué vuelve las hojas de su libro, si parece estar leyendo en mí?” Quiso desafiar la muda inquisición del hombre, pero desvió rápidamente la mirada hacia el soleado verdor de la monótona llanura indiferente.

“Es evidente que le intereso tan poco que ya empiezo a preocuparla”, reflexionó Valdeduero satisfecho.

Todo había sido felicidad en casa de los Draper hasta el día de la tragedia, hasta el día en que la madre de Diana murió en el camino de las casas de arriba. Fue como si el tiempo se rompiera. Pero se había roto algo más que el tiempo. Su padre y su madre, su hermano y Félix... y además, Yola... 

Yola había sido su amiga; en realidad, lo era todavía, a pesar de todo. Se habían conocido en el colegio, y se había sentido atraída por aquella muchacha enérgica, llena de vida, ambiciosa y dispuesta como una flecha en el arco; una flecha que parecía haber dado de lleno en la expectativa ingenua y asombrada de Willy. 

Yola tenía cuatro años más que Diana y dos más que Willy. Quizá había sido eso. Willy estaba enamorado... “¿Habrá estado realmente enamorado?”, parecía preguntar Diana a un recio pino erguido que pasó fugazmente a su lado. Pero Yola había evitado siempre una definición. Insinuante y esquiva, coqueta y distante, cariñosa y frívola, parecía aceptarlo y rechazarlo continuamente en sutil esgrima de sonrisas y desaires. “¿Habrá estado jugando con él, en realidad?”, murmuró Diana a media voz.

Rafael Valdeduero siguió el movimiento de sus labios y asimiló la frase. “Una comedia de amor; un drama de celos”, concluyó. Y siguió con la vista la extraña trayectoria de la colilla que arrojó al capricho del aire.

Diana Draper recordaba aquel día radiante súbitamente ennegrecido por la muerte de su madre. Se había caído del caballo. Nada más que una caída del caballo. Y la recogieron muerta. Nada más. El tiempo quedó roto. Todo quedó roto. Todos quedaron rotos. Su padre, un Heriberto Draper deshecho y acabado, se marchó de viaje. Willy se fue a vivir con Félix a su casa de la ciudad. Ella aceptó aquel puesto en un colegio, también en la ciudad. Y Yola... Yola desapareció.

La bomba estalló cuando Heriberto Draper regresó. Habían ido a recibirlo al puerto los tres:

Willy, Félix, Diana... “¡Allí está papá!” “¿Dónde?” “¡Allí! ¿No lo ves? Junto a...” Y las palabras naufragaron en la sorpresa. “¡Pero...! ¿Con quién viene?” “¿No es ... ?” Y era, ¡por cierto que era! ¿Qué hacía Yola a bordo, con su padre?

Willy había tenido una escena violentísima con su padre; allí, en la vieja casa de la quinta. Pero todo pareció arreglarse al fin. Diana frunció el entrecejo al recordar aquellas palabras que Willy le contó luego: “Tienes que comprenderlo, hijo. No te he quitado nada, porque nunca lo tuviste. Jugaste a tenerlo, pero no lo tuviste. Y yo la necesito más que tú. Debes perdonarme si te he herido, pero advierte que si he ofendido algo en ti no ha sido como rival afortunado, sino en tus sentimientos de hijo que se subleva ante la idea de ver a su madre reemplazada.”

Siempre fue un misterio para todos el encuentro en el extranjero de Heriberto Draper y Yola Canning... Jamás preguntó nadie nada. Habían vuelto casados, simplemente. Eso fue todo. La intervención de Félix Hocquart había terminado por resolver las cosas. Fue el verdadero pacificador. ¡Cuánto le debían todos!

La maleta de Diana comenzó a oscilar sobre su cabeza, en la red de equipajes. Valdeduero la miraba curiosamente, como calculando la fuerza que necesitaría para caer.

Heriberto Draper había querido que todos vivieran nuevamente en la quinta. Fue un ensayo penoso. No es fácil acostumbrarse a ver a su más íntima amiga convertida en madrastra. Es imposible soportar como mujer de su padre a la mujer que uno ha deseado para sí. “¡Pobre Willy!” Había perdonado a su padre —¿o quizás no?—, pero no había podido perdonar a Yola. ¿La seguía queriendo en un silencio devorado de amargura? “Siempre he temido que la odiara desde entonces”, se dijo Diana, y no consiguió dominar un estremecimiento.

Rafael Valdeduero pareció seguir la estela de aquel escalofrío, y sus ojos se detuvieron en las manos entrelazadas de la joven.

“Y esas miradas suspicaces de papá... Eso es lo peor. Papá está celoso de Willy...”

La maleta de Diana se asomó peligrosamente al borde de la red, como atraída por la magnética mirada de Rafael Valdeduero. Diana levantó la cabeza, misteriosamente advertida... Y el hábil salto del hombre le permitió recibir en sus brazos la no muy pesada carga.

El primer instante de estupor fue seguido, naturalmente, por las obligadas frases de gratitud, y la conversación quedó inaugurada.

 II

Seis personas conversaban esforzadamente en el salón de la villa de los Draper, en Arroyo Blanco. El diálogo languidecía asfixiado por la enrarecida atmósfera que pesaba sobre la casa.

—Mañana llegará Diana —decía Heriberto Draper—, y después de almorzar explicaré a todos los motivos de esta reunión de familia que he convocado.

—¿No puedes adelantarnos nada? —inquirió Yola más curiosa que interesada.

—No. Tienen que estar todos.

—¿A qué hora llegará Diana? —preguntó Félix Hocquart casi con avidez.

—A las nueve iremos a la estación —repuso Willy con afectada indiferencia—. ¿Se te hace largo el tiempo?

Félix no contestó, sumergido, acaso, en la contemplación mental de su novia.

El coronel Teófilo Aymerich, viejo amigo de la casa, se atusaba los generosos bigotes con ademán mosqueteril. Su hermana Ursula, la más querida amiga de Graciela Conti —la primera mujer de Draper—, miraba con no disimulado encono a Yola Canning...

“Te las arreglaste para engatusarlo, bruja traicionera, pero no saldrás con todo tu plan...”

Yola Canning correspondía a las miradas de Ursula Aymerich con desdeñosa sonrisa.

“Lo siento por ti. Eres una arpía solterona, pero no te tengo miedo. Un poco de lástima, nada más.”

—¿Crees, realmente, que es una buena idea? —dijo el coronel señalando a Draper con un índice casi acusador.

—¿De qué hablas? —preguntó el interpelado, sorprendido.

—De ese reunión de familia...

Ursula Aymerich miró un momento a su hermano, y volvió a clavar los ojos en Yola.

“No quieres más que su dinero, ¿eh? Y crees que mañana será tu día...”

Yola Draper encendió un cigarrillo y echó el humo en dirección de Ursula.

“No puedes con tu despecho, ¿verdad? Estás enamorada de él desde que ibais juntos al colegio... El pueblo entero lo sabe.”

“No saldrás con la tuya...” “No podrás conmigo...”

Willy abría y cerraba su encendedor, produciendo un ruido monótono y exasperante que parecía marcar los tiempos de la tensión creciente.

—¿No puedes quedarte quieto? —estalló su padre, irritado.

—Perdona —repuso Willy sin mirarlo.

Félix Hocquart se levantó y salió al parque sin decir una palabra.

—¿Quieres que bailemos, Willy? —preguntó Yola con dulzura.

Heriberto Draper miró inquisitivamente a su hijo.

—¿Bailar?... —dijo éste como para sí—. ¿Qué?

—Lo que tú quieras. Algo movido.

—Bueno.

 III

Diana Draper estaba asombrada de la naturalidad de su conversación con Rafael Valdeduero. Parecía que aquel extraño conocía su vida como si la hubiera dictado. En realidad, la había obligado a contársela..., sin la menor presión, desde luego.

—¿Amigos? —había dicho él.

—Amigos —repuso ella—. Pero, la verdad, me miraba usted de una manera... Llegó a fastidiarme.

—Me interesaba usted —aclaró él haciendo un guiño—. Profesionalmente..., por supuesto.

—¿Profesionalmente?...

—Eso es. Escribo para el teatro, ¿sabe usted?

—¡Ah!... Y le pareció que yo desfallezco por dedicarme al teatro. ¿Cree que tengo tipo de actriz?

—De actriz, no. De personaje. De personaje de drama familiar, exactamente.

Y por allí había empezado Valdeduero a sonsacarle la historia de su vida y su familia.

—Así que va usted a una reunión de familia... —comentó él cuando ella hubo terminado.

—Algo por el estilo. Pero no sé en qué terminará todo.

—Tal vez se case usted con su novio —contestó él volublemente—. Es un final algo vulgar, pero acaso tenga sus atractivos.

—¡Sí! —saltó ella con no contenido entusiasmo—. Pronto nos casaremos. Papá le está tan agradecido por su intercesión cuando... Bueno, ya lo sabe. Le está tan agradecido, que ha hecho de él su hombre de confianza. De modo que...

El tren llegó a la estación de Arroyo Blanco. Rafael Valdeduero tomó la maleta de Diana en el momento en que ésta se levantaba y dejaba caer su bolso de mano. La muchacha miró consternada a su compañero, quien se agachó a recoger las llaves y el tubito de carmín que se escaparon del abierto bolso.

Atardecía cuando Diana Draper y Rafael Valdeduero se despidieron en el portón de la villa. “¡Qué casualidad que viniera también a Arroyo Blanco!”, pensaba Diana mientras avanzaba por el cuidado camino. “¿Y por qué se pondría pálido cuando nombré a Yola Canning?”... y llegó a la casa diciéndose que Rafael Valdeduero había aceptado demasiado pronto su invitación a tomar café aquella noche.

 IV

Diana Draper se detuvo ante la puerta del ala izquierda y entró sigilosamente. Dejó la maleta al pie de la escalera y tomó por el largo corredor que se abría a su izquierda. Su padre estaría seguramente en la biblioteca y podría darle su proyectada sorpresa...

Andando de puntillas, Diana abrió la puerta de la biblioteca... y allí, en la penumbra de la espaciosa sala, junto a la ventana francesa que daba al parque, vio algo que la llenó de horror... Permaneció rígida un instante, luego sintió que las piernas cedían bajo su peso... Iba a caer, pero se agarró fuertemente del escritorio... Abrió la boca para gritar, pero consiguió dominarse... ¿Dominarse? ¿No giraba todo a su alrededor? ¿Qué era aquella sangre que parecía anegarlo todo? Y empezó a caer, a caer, a seguir cayendo, cayendo..., cayendo...

V

Un grito aterrador rompió la quietud del aire.

—¡Yola!...

Y una carrera plural se desató hacia la biblioteca.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó la autoritaria voz del coronel Aymerich.

Willy, Félix Hocquart y Ursula llegaron tras él.

Heriberto Draper, de rodillas en el suelo, contemplaba espantado la damasquinada empuñadura que parecía plantada con abono de sangre en la espalda desnuda de Yola Canning, que yacía junto a la ventana francesa que daba al parque.

Teófilo Aymerich no esperó respuesta. Apartó a Draper con cierta solícita brusquedad y se inclinó sobre Yola. Buscó la mirada de su hermana antes de menear casi imperceptiblemente la cabeza, y tomó el mando.

—Que salgan todos, por favor —ordenó.

Willy Draper cambió una mirada con Félix Hocquart, y ambos obedecieron en silencio. Ursula Aymerich tomó afectuosamente del brazo a Heriberto Draper, todavía alelado, y lo llevó hacia la puerta.

El coronel miraba fijamente el cadáver.

—¡Yola Canning!... —murmuró.

Había oscurecido casi totalmente. Aymerich encendió la luz y volvió a inclinarse sobre el cuerpo de la mujer asesinada.

—¡Yola Canning!... —volvió a decir.

Y una especie de eco inesperado le repuso débilmente:

—Yola...

Aymerich se incorporó bruscamente. ¿Qué era aquello? Y otra vez el apenas audible gemido:

—Yola...

El coronel sacudió ferozmente la cabeza.

—¿Qué demonios... ? —empezó a decir. Y se calló de súbito.

Caído junto al escritorio había otro cuerpo de mujer, casi oculto por el mueble. Se precipitó literalmente hacia él...

—¡Diana! —exclamó.

Pero Diana Draper recobraba ya el conocimiento.

—Yola... —repetía—. ¡Yola!...

 VI

El comisario Montroy, de la Policía Judicial, había actuado con su habitual rapidez.

—Asesinato; sin duda alguna —diagnosticó un poco innecesariamente.

—Es usted asombroso —le había contestado el coronel con agresivo sarcasmo.

Todos habían sido ya interrogados, y todos habían declarado qué estaban haciendo en el supuesto momento del crimen. Pero nadie había conseguido demostrarlo.

Félix Hocquart había estado paseando por el parque. Willy se estaba vistiendo para la comida. El coronel leía en su cuarto. Ursula se negó a declarar y afirmó, muy rotundamente, su absoluta solidaridad con el asesino.

—¿Debo entender que es usted su cómplice? —había sugerido Montroy ahogando una maldición.

—No, señor —repuso ella con altivez—. Debe usted entender que soy su partidaria.

Heriberto Draper se había quedado solo en el salón escuchando las informaciones de bolsa que transmitían por radiofonía. Luego se había dirigido a la biblioteca, según su invariable costumbre, a leer los diarios de la tarde y...

—Y descubrió usted el cadáver —terminó el comisario—. ¡Que me maten si puedo negarlo! Bien. Y ¿usted, señorita?...

Diana Draper explicó los motivos de su temprana llegada.

—Quería darle una sorpresa a mi padre. Entré de puntillas en la biblioteca, creyendo que ya estaría allí, y...

—Y vio usted el cadáver cubierto de sangre, y se desmayó —concluyó Montroy con cierta empecinada monotonía—. Ya me doy cuenta. Todo está perfectamente, ¡por Satanás!

El coronel carraspeó en evidente alarde de disgusto y se encaró con el comisario.

—Vea usted —le dijo—; no me gusta nada su manera de preguntar, ni me da la gana de permitir que siga usted con sus reticentes juramentos. ¿Me ha entendido?

Montroy torció el gesto.

—Usted verá, coronel... Tampoco a mí me gusta nada este maldito asesinato, y no puedo permitirme el lujo de creer todo lo que me dicen.

—¿Insiste usted?

—No tengo más remedio. Que el diablo me lleve; pero un condenado asesinato necesita un condenado asesino...

—Y un asesino debe ser detenido —le interrumpió Aymerich—. Sí; lo comprendo, por supuesto. Por eso me pregunto qué espera usted para ordenar una batida por los alrededores. Tal vez esté todavía en el pueblo...

El comisario Montroy logró lo que podría llamarse una sonrisa sintética.

—¿Y por qué no en esta casa, coronel?... —replicó, ponzoñoso.

 VII

La llegada de Rafael Valdeduero a la casa de los Draper no fue, precisamente, un éxito de recepción, pero no fue tampoco, evidentemente, un alarde de inoportunidad.

—¿Quién diablos es usted? —le había preguntado el comisario cuando se lo encontró entrando casi en vilo al imaginaria de la puerta.

—Soy un invitado que viene a tomar café —respondió tranquilamente Valdeduero, depositando cuidadosamente en el suelo al pataleante y furioso guardia.

—¿Y cómo rayos se atreve a entrar así? ¿No le han dicho que aquí se ha cometido un asesinato?

—Por supuesto. Por eso he entrado así. ¿O cree usted que yo tengo la manía de entrar en las casas enarbolando porteros?

Montroy estaba ya a punto de congestión.

—Pues se me está usted largando con viento fresco —le gritó—, o lo pongo yo a la sombra hasta que se le pase.

Rafael Valdeduero sonrió seductoramente.

—Lo siento, comisario; pero es imposible. Si aquí se ha cometido un asesinato, no puedo marcharme hasta haberlo resuelto. Créame usted; el desenlace es fundamental y es mi fuerte, ¿sabe usted? Soy un verdadero experto en desenlaces.

El comisario miraba fascinado a su interlocutor.

—Además, comisario —concluyó Valdeduero—, aquí hay una señorita que me interesa... Es el personaje que me encontré en el tren.

Y ante la mirada extraviada de Montroy, se dirigió serenamente hacia el interior de la casa.

Diana Draper recibió muy amablemente a su invitado y lo presentó a cada uno de los presentes. La acogida general fue bastante fría, pero él lo comprendió perfectamente. ¡No estaban las cosas para cortesías! Contempló sucesivamente a todos, y llegó a una conclusión asombrosa:

“¡No hay uno que no sea culpable!”

Padre e hijo se conducían como dos desconocidos. Estaban situados muy lejos el uno del otro, pero las pocas veces que sus miradas coincidían se contemplaban como si no se hubiesen visto en la vida. Félix Hocquart era muy mal actor, desde luego. Ocultaba algo, y se le notaba casi sin verlo. Además, rehuía la compañía de Diana, que, afligida, se refugiaba en los bizarros hermanos Aymerich.

Cuando el comisario Montroy volvió al salón, Valdeduero le salió al paso.

—Bien, comisario, ¿sabe usted algo?

—¡Sí! —rugió el interpelado—. ¡Sé que usted se marcha!

—No, comisario. Información falsa. Yo me quedo. ¿Cómo va usted a resolver el caso si me voy?

—El caso está resuelto, joven. ¿Me entiende?

—¡Magnífico! ¿Cuál es su opinión?

Montroy lanzó una torva mirada a la redonda, y anunció:

—Uno de ustedes ha declarado en falso.

“¡Vaya!”, murmuró Valdeduero para su coleto. “¡Qué hombre deduciendo!”

Teófilo Aymerich dirigió al comisario una mirada incendiaria, pero no dijo palabra.

—Ese de ustedes que ha declarado en falso es, obviamente, el asesino —continuó Montroy.

En el momento en que el comisario se aclaraba la voz para lanzar su solemne orden de arresto, ocurrió algo tremendo...

—¡No...! —gritó una voz que más parecía el aullido de un espectro.

Y alguien se desplomó pesadamente.

Montroy no pudo ocultar su extrañeza, y se acercó con paso inseguro a Heriberto Draper.

—¡Está muerto! —anunció con voz ronca.

Rafael Valdeduero estuvo instantáneamente a su lado.

—Un síncope, comisario —declaró después de examinar al caído.

—¿Es usted médico? —preguntó Montroy, aun sin reaccionar.

—No, comisario. Ya le dije a usted que soy especialista en desenlaces. 

VIII

Se había encontrado en un bolsillo de Heriberto Draper la confesión del crimen, y el asunto se cerró sin mayor publicidad.

—Usted pensaba arrestar a Willy, ¿verdad? —preguntó Valdeduero al sorprendido comisario.

—¿Cómo demonios lo sabe?

—Experiencia, amigo mío. Usted sabe, el teatro... El móvil pasional era perfecto.

—Fue pasional, de todos modos —anotó Montroy.

—No lo sabe usted bien, comisario. ¡No sabe usted hasta qué punto!

Montroy se encogió de hombros.

—Usted está loco, sin la menor duda —dijo—. Más loco que una cabra subiendo por las paredes, ¡así me cuelguen!

 IX

Rafael Valdeduero y Diana Draper conversaban al borde del estanque del parque.

—No creo que haya sido papá —decía ella.

—Tampoco yo, por supuesto —coincidió él.

La joven lo contempló largamente.

—¿Y la confesión? —indagó nerviosamente.

—Un oportuno embuchado para convencer al comisario; nada más.

—¿Qué quiere usted decir?

—Eso; nada más que eso. El comisario iba a detener a Willy, y Willy es inocente. Su padre sufrió el síncope, incapaz ya de soportar la situación, y alguien pudo aprovechar su muerte para que nadie sufriera más por causa de Yola Canning...

Diana Draper miró a Valdeduero horrorizada.

—¿Pero quién pudo prever que papá sufriría un síncope?

—Supongo que nadie. Pero alguien previó que Montroy detendría a un inocente, y preparó esa confesión para que el culpable reflexionara...

Hubo un momento de silencio; un profundo silencio sólo turbado por el plácido rumor de la fronda. Diana levantó la cabeza, que había ocultado entre las manos.

—De modo que la muerte de papá...

—Salvó al criminal.

—Pero manchó su memoria.

—Nadie lo sabrá nunca.

—¿Sabe usted quién es el asesino?

—Por supuesto.

—¿Por qué no lo denunció?

—Porque tengo una viga en el ojo, que me impide ver la mota en el ojo de mi hermano.

—¿Qué espera usted de él?

—Que busque a un sacerdote y se confiese cuanto antes.

—¿Nada más?

—Nada menos.

Diana Draper se levantó pesadamente y echó a andar hacia la casa. Valdeduero la siguió y se detuvo tras ella ante la puerta del ala izquierda. Entraron en silencio, y siguieron por el largo corredor que se abría a su izquierda, hasta la puerta de la biblioteca... Cruzaron el umbral y se pararon ante el escritorio.

—¿Cómo lo supo? —murmuró Diana conteniendo un sollozo.

—Porque allí, junto a la ventana francesa que da al parque, Yola Canning y Félix Hocquart se estaban besando al caer la tarde...

Diana se mantuvo rígida.

—Porque el arma que mató a Yola Canning es la plegadera en forma de puñal que tenía su padre en el escritorio... Porque eso fue lo que encontró la mano de la persona que entró aquí a dar una sorpresa, cuando la impresión de la sorpresa que ella recibió la hizo aferrarse al escritorio para no caer...

—¿Qué más? —susurró Diana con voz ausente.

—Porque se encontró un bolso de mano junto a usted, aquí, al lado del escritorio... Pero el pincelito del carmín estaba debajo del cadáver. Por todo eso, Diana... Porque Yola Canning había pisoteado demasiadas cosas respetables... y porque las seguía pisoteando.

—¿Cómo sabe usted que Félix?...

—El perfume de Yola en la camisa de Félix...

Diana se apoyó en el brazo de un sillón y permaneció así, con la mirada perdida a través del vano de la ventana francesa.

—¿Y ahora? —murmuró al cabo de un rato que pareció una eternidad.

—El telón ha caído, Diana —contestó él muy quedo—. Ya no hay nadie en el teatro. Me voy a casa.

Rafael Valdeduero salió al parque y se perdió tras un grupo de naranjos que ofrecían al aire la promesa de sus ramas en flor.