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Rincón de la Poesía: Gebir - Walter Savage Landor

[FRAGMENTO]
 

Mujer de las tinieblas exteriores, demonio de la muerte,

¿En qué caverna inhumana, en qué abismo terrible, 

has oído, invisible, tal hechizo?

¿Qué mano poderosa ha resucitado tu cadáver,

Qué canto ha disuelto tu sudario, quién te ha abierto 

esos ojos apagados, llenándolos de estrellas?

 

Rincón de la Poesía: Infinito - Sivela Tanit

La olas salvajes surcan mi cielo,

la sal amarga quema mis labios,

nunca he pecado y mi alma es virgen.

Gritan mis manos 

                la desesperación de la soledad,

desgarran mis oídos desollados caminos.

Mis ojos se han desecho en miles de laberintos,

                para al final, buscar,

                                    la luz del infinito.

Peligro para caminantes - Leonardo Valencia

Una tarde separados del resto de la familia no es mucho para darse una escapada por la ciudad, así lo entiende Elvina. Las vacaciones llegan a su fin y Massimiliano debe tener la sensación de que Roma se le desvanece una vez más entre las manos. Al menos de su mano derecha. Un guante de cuero negro cubre discretamente el muñón del antebrazo izquierdo.
 
—Te entiendo —dice Elvina, que ha asumido el defecto de su esposo desde el día que lo conoció—. Pero vamos a pasear sin los niños.
 
A las tres de la tarde ya están caminando a solas a lo largo del Tíber. El no deja de decirle lo bueno de haber regresado después de cinco años a visitar a su familia. Cuando Massimiliano estaba soltero solía visitar Roma cada dos años. Así no perdía el acento de su italiano, engordaba siete kilos que hacía desaparecer en dietas de dos meses, y sentía una satisfacción del deber cumplido con aquella familia a la que concebía como una felicidad permanente. 
 
Eso había sido Roma para él. Así se la habían creado sus padres cuando emigraron, así decidió mantenerla en su recuerdo, y de esa forma se lo había contado a ella. Volver cada cierto tiempo le daba lozanía al recuerdo, pero sin proporcionarle tanta consistencia de realidad como para verse obligado a enfrentarlo. 
 
Ahora, las dos últimas veces, ha vuelto con Elvina, y la familia no deja de festejarlo. Los días han pasado entre comidas y paseos. Más que nunca, Massimiliano se da cuenta de que ya no podrá volver a darse el gusto de antes de vagar por Roma tratando de descubrir lo que miles de turistas descubren en los tours de cada día. 
 
Pero esta vez, con ella a su lado y con la oportunidad de hacerlo, no quiere ponerse a descubrir Roma. Quiere mostrársela, compartir los rincones imposibles que perdió en otros paseos, en otras tardes, sin ella. Por eso la lleva a los mismos sitios por donde solía deambular sin rumbo previsto. Empieza por los gatos tristes que merodean por la estatua de Trilussa en Trastevere.

 
 
El cuestor Lucio Polibio giraba en torno de Ahmed. Le pedía explicaciones, lo insultaba, pegándole con el látigo, con la mano, furioso, arrebatado. Una máscara de piedra de metro y medio de diámetro, circular, con tres huecos en forma de ojos y boca, y de quince centímetros de espesor, había sido colocada de pie en los jardines de la villa aquella mañana. 
 
La máscara miraba hacia las habitaciones del cuestor con un gesto para el horror. Su esposa, Flavia, lo vio al despertarse y gritó. Ahmed, el esclavo sirio, estaba junto a la máscara.
 
Ahmed repetía con voz temblorosa que no sabía nada. Aun así, la tez morena y humillada del esclavo no conmovía a Lucio Polibio. No dejaba de escuchar una y otra vez las preguntas por la extraña aparición de la máscara.
 
—¡Algo sabes, sirio miserable! —le gritaba el cuestor—. ¡Algo sabes y no quieres decirlo! ¡Habla de una vez, bastardo!...
 
El alboroto despertó a la guardia del cuestor. Su capitán, Attilio, preguntó qué ocurría. Se lo explicó Flavia mientras Lucio seguía fustigando al esclavo. Había rumores de temer en toda Roma. Enviados del otro lado de los Cárpatos se estaban asentando clandestinamente en Roma para preparar un complot. Según las versiones más difundidas, estaban colocando una serie de amuletos que les permitirían conquistar Roma sometiéndola a un ensueño vaporoso. Pero eran sólo suposiciones. 
 
Las familias patricias reforzaron sus guardias y el César se encargó de desmentir los rumores en el tribunado militar. Roma no caería por murmullos. Pero ese día, cuando Flavia se levantó y encontró la máscara, los temores le empezaron a parecer fundados.
 
Attilio seguía escuchando en silencio. No le sorprendía lo de la máscara, pero estaba humillado. La guardia a su mando no había ni siquiera visto a quienes ingresaron la máscara de piedra al jardín de los Polibio. Tan sólo Ahmed parecía haber escuchado unos ruidos. 
 
Cuando Flavia vio la máscara, había encontrado a Ahmed tratando de moverla. Aun así, pensaba Attilio, el ensañamiento del cuestor con Ahmed era injustificado. El esclavo, tan anciano y tan humilde como para ser gestor de una estratagema, le merecía cierto respeto. Decidió acercarse a su barraca en la tarde para hablar con él.
 
Lo encontró reclinado sobre una canastilla con hojas de pino y cortezas desmenuzadas. Echaba un poco de agua caliente para preparar una ablución. Se detuvo apenas vio al capitán de la guardia.
 
—Sigue —le indicó al esclavo—. Termina lo que estás haciendo y entonces hablamos.
 
Attilio no se fue de la habitación. Vio a Ahmed cumplir su ceremonia. Luego de verter el agua caliente, echó una sustancia terrosa en el recipiente, se cubrió con una tela gruesa y sucia e inhaló el vapor de la ablución. Al despojarse de la tela, el rostro de Ahmed estaba menos áspero, sudaba, y resplandecía de limpia su piel oscura. Vertió el líquido hirviente a un costado.
 
—Ahora hablemos —dijo Attilio.


 
Su esposo la agarra de la mano y está feliz. Saltan a un tranvía, se acomodan junto a una ventana, él la abraza por atrás y observa la avenida, la gente en la parada, los automóviles, las tiendas.
 
—Esta ciudad nunca acaba —le escucha decir—. Cada vez que vengo tiene algo nuevo.
 
Pasan por el río Tíber. La estrechez nerviosa y firme de la isla Tiberina siempre conmueve a Massimiliano. A lo largo de las orillas, ambas revestidas de piedra, se extienden dos hileras de árboles en su mejor verdor. Las aguas del río, esplendorosamente sucias, densas, siguen corriendo hacia Ostia bajo un cielo ligero. 
 
Elvina deja de contemplar el río y ve por el rabillo del ojo a su esposo. No lo encuentra taciturno. Está tranquilo y silencioso.
 
—A veces me pregunto —le dice—, ¿cómo es que no volviste a Italia para radicarte? Acá tienes tanta familia. No te faltan vínculos. 
 
Dos señoras mal vestidas y cargadas de bolsas suenan el botón rojo de la parada del tranvía. En unos segundos chirrían las ruedas como si les afectara un dolor de rutina. Se detienen. Bajan. Suben pasajeros, circulan, cuchichean, toman asiento, se acomodan. El tranvía se pone en marcha de nuevo, traqueteando con una simple felicidad de armatoste, y las voces se vuelven un solo murmullo con el tránsito y la ciudad.
 
—Tú eres una razón —dice Massimiliano.
—Sí, sí, pero yo vengo después —niega ella—. Me refiero a mucho antes.
 
Llegan a la plaza Argentina. Massimiliano le sugiere bajar para contemplar las excavaciones y luego enrumbar por una callecita secundaria hasta el Panteón. A esta hora hay pocos turistas. La ciudad está tranquila, menos ruidosa, más fácil de recorrer. Los gatos gordos de las ruinas, peludos y lerdos, sin fe, se contonean sin apresuramientos, nadie se detiene a verlos. Ni siquiera están tristes: están indiferentes. 
 
Una vieja andrajosa, durante muchos años la holgazana más asidua del recinto, vestida con las hilachas de un antiguo abrigo y apoyada en un bastón, se les aproxima lentamente. Los gatos rompen su mutismo, maúllan, piden de comer, alzan las orejas muy despacio. La vieja les habla.
 
—Fueron muchas razones —responde Massimiliano—. Ahora ya no distingo cuál fue la principal. ¿Quién puede hacerlo? ¿Acaso soy el indicado? ¿Acaso tú? Lo que sí sé es que nunca me hubiera quedado en Roma. Esta ciudad me resulta más agradable de lejos. Sí, de lejos. Si viviera aquí seguido, todo se borraría. Míralo a mi tío Orlando. Nunca en su vida entró al Coliseo Romano ni al Museo Vaticano, ni fue a Ostia Antica, ni siquiera ha caminado por la Nomentana, ni conoce las fuentes de Villa D'Este. Nunca. Como si no supiera que está viviendo en Roma. De manera que algo me decía siempre: mantén lejos a Roma. Después vino lo de mi mano, el nuevo trabajo, tú, la casa, los niños. De pronto ya tenía un mundo propio, como todos, y me gustó así.
 
Menciona la pérdida de su mano porque eso distorsionó sus proyectos. La hacienda de sus padres era exigente, aun para un manco emprendedor que gustaba de las labores del campo. Y partir para Italia así de incapacitado no le auguraba ningún trabajo fácil. Debía olvidar su sueño de hacendado, pero encontró una alternativa. 
 
No es indispensable su mano perdida, se mantiene junto al ámbito del agro y le pagan bien. Es técnico en alimentos. Se ha destacado a nivel académico, y en cuestión de dos años ha pasado a formar parte de la Universidad Politécnica. No le exigen las dos manos, sino la destreza de sus conocimientos.
 
—Entonces no fue tan grave —dice Elvina.
—No he dicho nunca que haya sido grave.
—Te lo digo —continúa ella— porque así, gracias a tu trabajo, has venido de vez en cuando a Italia. A ti te gusta, los niños ven nuevos lugares y yo me doy por satisfecha. No pides más. No necesitas más. Está bien así como se te dieron las cosas. ¿No crees? ¿No te parece así?
 
Massimiliano no responde. Observa a la vieja levantando el bastón, insultando a los gatos, correteando, agitando en el aire las hilachas del inútil abrigo. Algunos gatos que están junto a ella salen espantados. De lejos, el resto de los felinos se fijan en el rostro irascible de la vieja, se estiran, dan media vuelta y la desprecian. No olvidan el rostro. Nunca lo olvidan. Hoy tampoco les ha llevado comida.


 
Attilio salió convencido de la barraca. La enorme máscara de piedra que estaba en la villa de Lucio Polibio no tenía ningún vínculo con Ahmed. No sabía nada, no vio nada, fue una casualidad que lo encontraran junto a la máscara. Luego de conocerlo hasta le dio lástima saber que el esclavo sobrellevara a sus años la condición de extranjero y siervo. 
 
Lo dejó recuperándose del castigo y no lo molestó más. Pero tenía que hablar con el cuestor. El asunto no podía quedar así. El prestigio de la guardia imperial estaba ahora en juego. Empezó a investigar al detalle las horas y salidas de todos los visitantes de la villa. Instaló espías nocturnos cerca de las casas de los cristianos, los griegos, los judíos y los egipcios. Pidió informes detallados a sus superiores sobre los rumores que le contara Flavia. 
 
Envió a dos de sus mejores hombres de confianza a la biblioteca de la Villa Adriana para que leyeran todo manuscrito que hablara sobre máscaras. Prometió una recompensa de tres talentos a los soldados que descubrieran a los culpables. Por último, se afincó en la casa del cuestor para protegerlo de cualquier atentado. 
 
Todas las cabezas nobles de Roma estaban bajo riesgo si ocurría un sabotaje.
Pasaron las semanas y no ocurrió nada. La villa de Lucio Polibio estaba ordenada y segura con el rigor de siempre. Sólo la máscara de piedra seguía en el jardín.
Nadie la había cambiado de lugar. 
 
Attilio merodeaba junto a la máscara luego de almorzar. La observaba sin apremio, meticuloso, casi gozoso de enfrentarse a un reto que no podía resolver. Y cuando lo encontraban junto a la máscara, los habitantes de la villa sabían que el capitán Attilio estaba buscando una solución y un culpable.
 
—¿Por qué juega tanto con la máscara? —le preguntó Antonio, el menor de los hijos de Lucio Polibio, a su nodriza.
La mujer le sonrió:
—No juega.
—Entonces —preguntó Antonio—, ¿qué hace?
—¿Por qué no se lo preguntas a él mismo? —le insinuó.
El niño dejó atrás a su nodriza y avanzó hacia Attilio. La máscara de piedra lo miraba con sus ojos huecos. El niño sintió miedo, dudó en acercarse, no avanzaba. Attilio lo vio venir, entendió su temor y le sonrió. Antonio empezó a calmarse. Contempló sin tanto temor la máscara.
—Es rara esa máscara —le dijo, sin atreverse a preguntar por qué él estaba siempre cerca—. ¿A usted le gusta?
Attilio responde que no le gustaba, pero que efectivamente era extraña.
—Me da miedo —dijo el niño—. ¿Por qué papá quiso ponerla aquí?
—Él no la puso aquí —le explica Attilio.
—Entonces le voy a decir que la saque.
—¿Te parece?
—Sí —decía convencido el niño—. Le voy a decir que la saque.
 
Antonio se alejó buscando a su nodriza. Attilio lo vio alejarse y regresó hacia la máscara. La observaba. Se estaba enmoheciendo, como si se hubiera ablandado por las últimas lluvias. Una pátina verdosa empezaba a extenderse sobre las comisuras de la boca entreabierta. «Una saliva verde», pensó, «una saliva verde que cae de las fauces». Seguía pensando en esto —«fauces, fauces»— hasta que llegó corriendo uno de los soldados.
 
Eran malas noticias. Habían asesinado al cuestor Nubius, a dos esclavos sicilianos, a una mujer griega y a un niño. Súbitamente la ciudad estaba alterada, el comercio se había detenido, el César convocaba a una reunión del Senado, y el ejército imperial debía estar en guardia. 
 
Attilio comprendió que sus informantes no estuvieron en los lugares adecuados y que las últimas semanas se desvinculó de la realidad recluyéndose en la villa. Demasiados errores juntos y Lucio Polibio lo sabría, esta vez sí le llamaría la atención y no recomendaría nunca un ascenso. Debía encontrar una solución esa noche.
 
Al día siguiente llevaron la máscara de piedra al Foro de Augusto. Attilio ordenó que se hiciera un orificio del tamaño de la máscara en una de las paredes. Luego la empotrarían. Demoraron dos días en hacerlo. Al tercero, el ejército se afincó en las explanadas de las termas y Roma tuvo curiosidad. 
 
Al cuarto día, el César se apersonó en el lugar, supo más de ese casi desconocido capitán Attilio y presenció junto al resto de los patricios la exhortación del pontífice de Roma. Detrás del sacerdote, la máscara de piedra no cedía en ninguno de los rasgos de su rostro feroz.
Terminado el sermón, los soldados de Attilio trajeron atado de manos a Ahmed. Lo agarraron tres verdugos. Hicieron que metiera su mano dentro de la boca de la máscara. El sacerdote lo empezó a interrogar.
El esclavo sólo negaba... negaba... negaba...


 
Llevan horas caminando y está por atardecer. Han llegado a la explanada de la Fuente de los Tritones. A un costado, la iglesia de Santa María en Cosmedin y unos cuantos turistas japoneses, suecos, venezolanos. Frente a la iglesia se yergue el templete de Vesta, circular, perfecto, cerrado: una de las pocas ruinas romanas que han permanecido intactas. 
 
Hay pocos automóviles estacionados en la plaza, pasa un carruaje, sólo molesta el tránsito ruidoso de los carros del Lungotevere. Elvina se sienta un momento y deja que su esposo vaya a curiosear por el templete. Las explicaciones de la guía del grupo que está a su lado no la incomodan.
 
—Existe otro templo de Vesta en el Foro Romano —dice la guía, la voz modulada, rápida, sin pensar en lo que repite todos los días, sin importarle a quién—. Éste que vemos ha tomado el mismo nombre por su forma circular. Sin embargo, a pesar de su nombre, no tiene ninguna relación con el culto de Vesta y parece que estaba dedicado a Portumnus, divinidad del puerto fluvial, o bien al Dios Sol. 
 
Es un templo pagano muy bello. Su origen se remonta al primer siglo del Imperio, con una celda cilíndrica construida en bloques de mármol blanco rodeada por columnas corintias...
 
Está cansada por la caminata. Pero está feliz: Massimiliano sonríe, la abrazó como si fueran novios y le dijo palabras cariñosas. Pronto volverían al trajín de todos los días y al trabajo. Ha valido la pena. Massimiliano merecía un buen descanso y, más que eso, una satisfacción que le compensara sus amarguras, la distancia tensa con su familia, esa mano dichosa que tanto tiempo lo ha atormentado.
 
Ve a su marido junto al templete, ve el guante de cuero negro cubriéndole el muñón mientras Massimiliano lo esconde en el bolsillo de su chaqueta. Un muchacho pelirrojo y su novia se le acercan, algo le dicen y le dan su cámara. El no se indispone, les sonríe. Coge la cámara con la mano derecha, sin sacar del bolsillo de la chaqueta el muñón indignante, y se prepara para tomar la foto. 
 
Elvina más que mirarlo lo admira, se siente segura con él, tanta iniciativa, tanto empeño para no dejarse vencer, tanta fuerza frente a un accidente injusto. Él ha solucionado su problema de una forma tal que ella nunca hubiera podido hacerlo. Así que ya no hay ningún problema, todo se puede olvidar, todo se olvida y seguimos viviendo, se dice, feliz, sonrosada.
 
Su marido continúa tomando fotos a la pareja, que no deja de pedirle una y otra más. El grupo de turistas sigue con curiosidad la voz de la guía.
 
—Esta fuente barroca —dice—, conocida como la Fuente de los Tritones, fue construida en 1715 con la colaboración de Francesco Moratti, que esculpió los dos tritones que sostienen la concha que ustedes pueden ver... Ahora pasemos al área del Templo de Hércules, donde surge la antiquísima iglesia que tenemos ante nosotros...
 
Elvina no quiere perderse la explicación. Comprueba que su marido sigue ocupado con las fotos de la pareja y decide seguir al grupo. Estará cerca, en la iglesia. Massimiliano la encontrará de inmediato. Se aleja de la fuente y va acercándose a la iglesia.
 
—Su origen se remonta al siglo VI —continúa la mujer—. Fue ampliada por Adriano I en el siglo VIII, transformada por Nicolás I, restaurada varias veces y, en fin, por los años 94 y 99 del siglo pasado, Gian Battista Giovenale restableció su originaria estructura medieval. De modo que todo volvió a su sitio. ¡Saben cuánto lo odiarían los otros artistas a Giovenale! ¡Tanto cambio para volver a lo mismo!
 
El grupo ríe y Elvina también. La guía los lleva dentro de la iglesia y pide que no se separen del grupo. Cruzan el pórtico, se apretujan, y en el rellano de la entrada a la iglesia, se detienen por el susto de los primeros en verla. Una enorme máscara de piedra pende de una pared y los mira con ojos de guardián.
 
—No se asusten —advierte la guía a los niños del grupo—, es sólo una máscara. Esta máscara ha dado también el nombre a la plaza en la que estamos. Es la famosa Boca de la Verdad. Seguramente vieron esa película donde Gregory Peck pone su mano en la boca y mira a su chica diciéndole que si está mintiendo la Boca de la Verdad le volaría la mano. La introduce y pega un grito, y la chica, obviamente, se espanta. Todo era una broma del personaje. Pues bien, no fue tan broma. 
 
Según una leyenda muy difundida, esta máscara era utilizada en la época romana para juzgar a los delincuentes. Se les preguntaba si habían o no cometido tal o cual delito, debían meter su mano en la boca de la máscara y declarar. Si mentían, la boca les amputaría la mano de un solo mordisco. El truco estaba en que detrás de la máscara, al otro lado de la pared, había un verdugo con un hacha. Era una manera de hacer temer a los posibles delincuentes para que dijeran la verdad antes de poner la mano en la boca. 
 
Pero hubo muchos inocentes. Se dice que más de diez mil manos fueron cortadas por este atroz y bárbaro sistema de miedo. Ahora sólo es una piedra, por suerte. Pero si quieren pueden probar a decir una mentira.
 
El grupo se relaja, respira. Miran con menos miedo a la enorme máscara de piedra. Dos niños se aproximan a las fauces de la máscara, tocan la piedra, la acarician: está desgastada, comprueban. Está sucia, piensan. La dejan y vuelven al resto del grupo que entra en la iglesia.
 
Pero Elvina se separa de ellos, se abre paso entre el grupo, mira hacia la calle y comprende: Massimiliano está ahí, como si no hubiera pasado nada. Sigue tomando fotos al chico pelirrojo y a su novia con su hábil mano derecha, una y otra vez a pedido de la pareja, y una vez más, como si no fueran a volver nunca a Roma. Y es que la pareja nunca volverá a Roma. No tendrá la suerte de Massimiliano de volver siempre a Roma.

El viaje circular - Rodolfo Walsh

    En diciembre de 1926 egresé del Politécnico de Mecánica de Hamburgo y cuatro meses más tarde entré como asistente del ingeniero jefe en las grandes usinas que proveen de energía eléctrica a la ciudad de Bremen. Recuerdo haber comprobado con asombro que mis estudios en la materia no me habían preparado para la visión casi fantástica que se me ofreció cuando franqueé la última puerta de acceso, para hacerme cargo de mis funciones: las grandes máquinas cuyos volantes giraban rápidamente, la blanquísima luz reflejada en los mosaicos y azulejos, la atmósfera cálida y el zumbido característico de las grandes centrales, todo me impresionó vivamente.
 
    Von Braulitz, el ingeniero, era un hombrecito amable, de ojos muy azules y cabellos muy blancos. Algunas de las máquinas habían sido construidas bajo su dirección. Las describía con orgullo casi infantil, mientras me acompañaba en mi primera visita a la sala. Por una de ellas, sobre todo, profesaba un verdadero amor, una pasión casi enfermiza que sorprendía de momento en un hombre tan formal y aplomado.
 
    Después he comprendido que ese sentimiento estaba justificado. Yo también he llegado a quererla, a venerar su funcionamiento perfecto, su armonía ciclópea, la auténtica poesía de sus líneas. Era una unidad enorme y reluciente.

-Extraña, ¿verdad? -dijo Braulitz deteniéndose ante la máquina, y un fugaz centelleo iluminó sus ojos transparentes-. ¿Ha observado que todas las partes que juegan tienen superficies de apoyo tan grandes que el desgaste es casi nulo? Le será fácil comprender que una máquina así dispuesta es...
-Sí, sí -dije, interrumpiéndole-, comprendo perfectamente que sea capaz de funcionar mucho tiempo sin parar; quizá veinte días o más...
-Eso lo hace cualquier máquina -me replicó con un gesto de desdén que, una vez más, me  extrañó;  pero  enseguida volvió  a hablar pausado y casi dulce-. Esta ha marchado sin detenerse noventa días con sus noches, en su prueba inicial, y ahora está funcionando desde el mes de enero y se detendrá sólo a fin de año, o aun más tarde. -Sonrió, palmeando la bruñida envoltura del más grande de sus cilindros, y agregó luego-: La llamamos "La Incansable".

    Después me llevó al costado del volante. Yo nunca había visto una pieza tan grande. La parte que emergía del piso tenía más de seis metros, y el aire desplazado silbaba a su alrededor. Los brazos, en su incesante rotar, parecían empeñados en vertiginosa carrera, reapareciendo con nuevo impulso después de perderse en el extremo opuesto. La voz del ingeniero sorprendió mis pensamientos:
-¿Está observando el volante? ¿Vio alguna vez algo parecido? ¿Se da cuenta del tamaño de su corona?

    Debí admitir que, en efecto, nunca había visto nada semejante. La máquina, orgullo de la industria alemana, era semejante a un dios de acero.

    Después de recorrer conmigo la sala y ponerme al tanto de mis tareas, Braulitz me mostró mi cuarto. La usina estaba en las afueras de la ciudad, y para evitar las molestias del transporte, los altos empleados que así lo desearan se alojaban en la misma. La habitación, aunque pequeña, estaba provista de todas las comodidades. 
    
    En una de las blancas paredes vi la fotografía de un hombre joven y alto, con pantalones blancos y camisa de sport. Braulitz siguió la dirección de mi mirada y murmuró:
    -Adalbert Drappen. Su antecesor. Era un muchacho muy capaz, pero tenía ideas algo anárquicas. -Sonrió con paternal condescendencia, como hombre habituado a comprender los impulsos y las pasiones de la juventud-. El ordenanza se ha olvidado de sacar la fotografía. Mañana se lo recordaré.
     
    Quise averiguar algo más acerca de Drappen, pero Braulitz se evadió. Me dio las buenas noches, me estrechó la mano deseándome suerte en el desempeño de mis funciones y se retiró.
     
    Más tarde supe por uno de los capataces que Drappen había sido despedido. Fue en ocasión de las revueltas socialistas de febrero, dos meses antes de mi entrada en la usina. 
     
    Adalbert Drappen era militante fervoroso. Había exigido que la usina se plegara al movimiento. Braulitz no tuvo inconveniente en parar todas las máquinas, pero cuando se trató de detener "La Incansable", se negó. Hubo un altercado violento, que nadie presenció, pero que algunos oyeron en las inmediaciones de la sala de máquinas. Al día siguiente Braulitz anunció que había despedido a Drappen. 
 
    Los huelguistas, que ocupaban pacíficamente la fábrica, oyeron la noticia con una sonrisa: sabían que si el movimiento triunfaba, Braulitz tendría que reincorporar a Drappen. En el fondo apreciaban al viejo -a quien tenían por un testarudo-, y por eso nadie se molestó en parar "La Incansable". Noche tras noche Braulitz montó guardia junto a su amada máquina, hasta que finalizó el conflicto y los huelguistas debieron ser reincorporados. 
 
    Pero Drappen no se presentó. Seguramente la disputa con Braulitz lo había afectado profundamente. Quería mucho al viejo, y éste también lo apreciaba, y decía siempre que Adalbert era su mano derecha. Durante algunas semanas todos lo notaron muy decaído y sombrío, y lo atribuyeron al disgusto experimentado.

    Por la noche, finalizada nuestra tarea, solíamos reunimos con Braulitz y Fischer, el subjefe, en el casino de la usina. Fischer era un alemán corpulento, gran bebedor de cerveza, bebida que para mí, hombre del sur, nunca ha tenido gran atractivo. 
 
    Fischer y yo jugábamos al billar, mientras Braulitz leía en un sillón, levantando de tanto en tanto la cabeza para mirarnos sonriendo, con aquella expresión apacible y paternal. 
 
    Fischer medía sus carambolas con toda la precisión de un ingeniero; lo único que le faltaba para dar a su actitud el distinguido toque grotesco era instalar un teodolito sobre la mesa. Y cuando erraba un sencillo pase de bola, contemplaba primero el paño y después el taco con cómica perplejidad.
     
    Una vez por semana, los jueves, Braulitz me invitaba a cenar en un restaurante de las cercanías, a orillas del Weser, que fluía oscuramente entre las luces de la ribera. De sobremesa me contaba la historia de su juventud e infinidad de anécdotas en las que ponía lo mejor de su ingenio vivo y chispeante. 
 
    Por ser un hombre de ciencia, tenía una extraordinaria imaginación de tipo literario, y recuerdo haberle oído más de una vez, con asombro, relatar fingidas aventuras y barajar fantásticas posibilidades entresacadas del sombrío mundo científico. 
 
    Siempre sospeché que a hurtadillas leía novelas policiales. Una de aquellas fantasías, sobre todo, me impresionó, quizá por la proximidad de los elementos que implicaba.

    -Imagínese usted -me dijo con aquella sonrisa bonachona y un brillo malicioso en la mirada-, imagínese usted, querido Cacciadenari, que alguno de nosotros, un capataz, un obrero, tuviese la mala fortuna de dar un traspié y caer en el volante de "La Incansable". 
 
    Tal vez se oiría un grito, pero nada más. El ruido de las máquinas lo taparía todo. Por unos instantes, una delgada franja oscura aumentaría el espesor de la corona. Después la franja disminuiría rápidamente y el volante retornaría a su aspecto anterior... ¿Me sigue usted?

    Yo asentí con la mirada, suspenso de sus palabras.
 
    -La fuerza que oprimiría el cuerpo contra el metal de la corona sería superior a la que experimentaría estando a quince metros bajo tierra. Si cayera de espaldas, después de dar una vuelta sobre sí mismo, y en su desesperación se aferrara a un brazo del volante, esa fuerza centrífuga, como si tuviera algo de diabólico y viviente, lo obligaría a desasirse y distendería su cuerpo en toda su longitud. Cada partícula de su cuerpo cedería bajo la acción de una energía sutil e inexorable.            
    Pronto cesaría de respirar, el corazón se incrustaría en los pulmones. Las ropas y las carnes se convertirían poco a poco en polvo impalpable y se perderían en la atmósfera; los mismos huesos empezarían a desgastarse. Y mientras sucediera esto, nadie lo vería, nadie sabría de ese vertiginoso viaje circular, prolongado a lo largo de semanas y de meses. 
 
    Adherido a la corona, invisible, muerto, polvo fino y blanco, acaso un hedor apenas perceptible... Sería una muerte prodigiosa, quizá única hasta ahora. Y cuando la máquina se detuviera, uno, dos años después, sólo quedarían en el interior de la corona el reloj, las monedas, una hebilla metálica, una cigarrera de plata, unos restos de huesos...
    
    Braulitz encendió un cigarrillo y fumó pensativamente, con los ojos clavados en las sombras movedizas del río. 
     
    Debió extrañarle mi silencio, porque al fin clavó en mí sus claras pupilas azules, y me dijo, palmeándome el brazo:
    -Parece que mi historia lo ha afectado, querido amigo. Vamos, no haga usted caso de las fantasías de un viejo.

    En septiembre supe que Braulitz estaba enfermo. Ya le era imposible disimularlo. Su tez rosada había adquirido un tinte cadavérico y sus bondadosos ojos azules miraban como muertos desde el fondo de sus pupilas. Su enfermedad era de las que no se curan; una que se pronuncia siempre con secreto temor: cáncer. 
 
    Pasaba casi todo el día encerrado en su cuarto, y sólo salía de tanto en tanto para detenerse ante "La Incansable" y mirarla largamente con expresión pensativa.
    
    A fines de noviembre todos comprendimos que se acercaba el fin. Braulitz soportaba con estoicismo sus terribles dolores, y sólo parecía preocuparse cuando se hablaba de su amada máquina. Sus últimas palabras fueron para ella:
-Que siga andando..., hasta que yo me muera. -Y añadió con macabro humorismo-: No quiero que se pare antes que yo.
Después pronunció palabras incomprensibles:
-Ese hermoso viaje circular...
   
    Horas más tarde perdió el conocimiento y al tercer día murió.
 
    Yo presencié la detención de "La Incansable". De común acuerdo con Fischer, decidimos pararla para hacer una limpieza que ya se hacía imprescindible. No sin emoción observé cómo el gigantesco volante disminuía pausadamente su velocidad, cómo el silbante remolino de los brazos asumía sus precisos contornos, hasta que por fin el bruñido dios de acero se paró con un chasquido.
    
    Entonces, con asombro, con miedo, con desolación, oímos un entrecortado estrépito y un cristalino tintineo. Y de la inmóvil corona de "La Incansable" rodaron al piso un puñado de huesos, un reloj, unas monedas, una hebilla metálica, una cigarrera de plata con dos iniciales grabadas: A.D.
 

Tango - Luisa Valenzuela

Me dijeron:

En este salón te tenés que sentar cerca del mostrador, a la izquierda, no lejos de la caja registradora; tomate un vinito, no pidás algo más fuerte porque no se estila en las mujeres, no tomés cerveza porque la cerveza da ganas de hacer pis y el pis no es cosa de damas, se sabe del muchacho de este barrio que abandonó a su novia al verla salir del baño. 
 
Yo creí que ella era puro espíritu, un hada, parece que alegó el muchacho. La novia quedó para vestir santos, frase que en este barrio todavía tiene connotaciones de soledad y soltería, algo muy mal visto. En la mujer, se entiende. 
 
Me dijeron.
 
Yo ando sola y el resto de la semana no me importa pero los sábados me gusta estar acompañada y que me aprieten fuerte. Por eso bailo el tango. 

Aprendí con gran dedicación y esfuerzo, con zapatos de taco alto y pollera ajustada, de tajo. Ahora hasta ando con los clásicos elásticos en la cartera, el equivalente a llevar siempre conmigo la raqueta si fuera tenista, pero menos molesto. 
 
Llevo los elásticos en la cartera y a veces en la cola de un banco o frente a la ventanilla cuando me hacen esperar por algún trámite, los acaricio al descuido, sin pensarlo, y quizá, no sé, me consuelo con la idea de que en ese mismo momento podría estar bailando el tango en vez de esperar que un empleaducho desconsiderado se digne atenderme.
 
Sé que en algún lugar de la ciudad, cualquiera sea la hora, habrá un salón donde se esté bailando en la penumbra. Allí no puede saberse si es de noche o de día, a nadie le importa si es de noche o de día, y los elásticos sirven para sostener alrededor del empeine los zapatos de calle, estirados como están de tanto trajinar en busca de trabajo.
 
El sábado por la noche una busca cualquier cosa menos trabajo. Y sentada a una mesa cerca del mostrador, como me recomendaron, espero. En este salón el sitio clave es el mostrador, me insistieron, así pueden ficharte los hombres que pasan hacia el baño. Ellos sí pueden permitirse el lujo. Empujan la puerta vaivén con toda la carga a cuestas, una ráfaga amoniacal nos golpea, y vuelven a salir aligerados dispuestos a retomar la danza. 

Ahora sé cuándo me toca a mí bailar con uno de ellos. Y con cuál. Detecto ese muy leve movimiento de cabeza que me indica que soy la elegida, reconozco la invitación y cuando quiero aceptarla sonrío muy quietamente. 
 
Es decir que acepto y no me muevo; él vendrá hacia mí, me tenderá la mano, nos pararemos enfrentados al borde de la pista y dejaremos que se tense el hilo, que el bandoneón crezca hasta que ya estemos a punto de estallar y entonces, en algún insospechado acorde, él me pondrá el brazo alrededor de la cintura y zarparemos.
 
Con las velas infladas bogamos a pleno viento si es milonga, al tango lo escoramos. Y los pies no se nos enredan porque él es sabio en señalarme las maniobras tecleteando mi espalda. Hay algún corte nuevo, figuras que desconozco e improviso y a veces hasta salgo airosa. Dejo volar un pie, me escoro a estribor, no separo las piernas más de lo estrictamente necesario, él pone los pies con elegancia y yo lo sigo. A veces me detengo, cuando con el dedo medio él me hace una leve presión en la columna. Pongo la mujer en punto muerto, me decía el maestro y una debía quedar congelada en medio del paso para que él pudiera hacer sus firuletes.
 
Lo aprendí de veras, lo mamé a fondo como quien dice. Todo un ponerse, por parte de los hombres, que alude a otra cosa. Eso es el tango. Y es tan bello que se acaba aceptando.
 
Me llamo Sandra pero en estos lugares me gusta que me digan Sonia, como para perdurar más allá de la vigilia. Pocos son sin embargo los que acá preguntan o dan nombres, pocos hablan. Algunos eso sí se sonríen para sus adentros, escuchando esa música interior a la que están bailando y que no siempre está hecha de nostalgia. 
 
Nosotras también reímos, sonreímos. Yo río cuando me sacan a bailar seguido (y permanecemos callados y a veces sonrientes en medio de la pista esperando la próxima entrega), río porque esta música de tango rezuma del piso y se nos cuela por la planta de los pies y nos vibra y nos arrastra.
 
Lo amo. Al tango. Y por ende a quien, transmitiéndome con los dedos las claves del movimiento, me baila.
 
No me importa caminar las treintipico de cuadras de vuelta hasta mi casa. Algunos sábados hasta me gasto en la milonga la plata del colectivo y no me importa. Algunos sábados un sonido de trompetas digamos celestiales traspasa los bandoneones y yo me elevo. Vuelo. Algunos sábados estoy en mis zapatos sin necesidad de elásticos, por puro derecho propio. Vale la pena. 
 
El resto de la semana transcurre banalmente y escucho los idiotas piropos callejeros, esas frases directas tan mezquinas si se las compara con la lateralidad del tango.
 
Entonces yo, en el aquí y ahora, casi pegada al mostrador para dominar la escena, me fijo un poco detenidamente en algún galán maduro y le sonrío. Son los que mejor bailan. A ver cuál se decide. El cabeceo me llega de aquel que está a la izquierda, un poco escondido detrás de la columna. Un tan delicado cabeceo que es como si estuviera apenas, levemente, poniéndole la oreja al propio hombro, escuchándolo. Me gusta. El hombre me gusta. 
 
Le sonrío con franqueza y sólo entonces él se pone de pie y se acerca. No se puede pedir un exceso de arrojo. Ninguno aquí presente arriesgaría el rechazo cara a cara, ninguno está dispuesto a volver a su asiento despechado, bajo la mirada burlona de los otros. Éste sabe que me tiene y se me va arrimando, al tranco, y ya no me gusta tanto de cerca, con sus años y con esa displicencia. 

La ética imperante no me permite hacerme la desentendida. Me pongo de pie, él me conduce a un ángulo de la pista un poco retirado y ahí ¡me habla! Y no como aquél, tiempo atrás, que sólo habló para disculparse de no volver a dirigirme la palabra, porque yo acá vengo a bailar y no a dar charla, me dijo, y fue la última vez que abrió la boca. 
 
No. Éste me hace un comentario general, es conmovedor. Me dice: Vio doña, cómo está la crisis, y yo digo que sí, que vi, la pucha que vi aunque no lo digo con estas palabras, me hago la fina, la Sonia: Sí señor, qué espanto, digo, pero él no me deja elaborar la idea porque ya me está agarrando fuerte para salir a bailar al siguiente compás. Éste no me va a dejar ahogar, me consuelo, entregada, enmudecida.
 
Resulta un tango de la pura concentración, del entendimiento cósmico. Puedo hacer los ganchos como le vi hacer a la del vestido de crochet, la gordita que disfruta tanto, la que revolea tan bien sus bien torneadas pantorrillas que una olvida todo el resto de su opulenta anatomía. 
 
Bailo pensando en la gorda, en su vestido de crochet verde color esperanza, dicen en su satisfacción al bailar, réplica o quizá reflejo de la satisfacción que habrá sentido al tejer; un vestido vasto para su vasto cuerpo y la felicidad de soñar con el momento en que ha de lucirlo, bailando. Yo no tejo, ni bailo tan bien como la gorda, aunque en este momento sí porque se dio el milagro.
 
Y cuando la pieza acaba y mi compañero me vuelve a comentar cómo está la crisis, yo lo escucho con unción, no contesto, le dejo espacio para añadir:
¿Y vio el precio al que se fue el telo? Yo soy viudo y vivo con mis dos hijos. Antes podía pagarle a una dama el restaurante, y llevarla después al hotel. Ahora sólo puedo preguntarle a la dama si posee departamento, y en zona céntrica. Porque a mí para un pollito y una botella de vino me alcanza.
 
Me acuerdo de esos pies que volaron los míos de esas filigranas. Pienso en la gorda tan feliz con su hombre feliz, hasta se me despierta una sincera vocación por el tejido.
 
Departamento no tengo expliqué pero tengo una pieza en una pensión muy bien ubicada, limpia. Y tengo platos, cubiertos, y dos copas verdes de cristal, de esas bien altas.
 
¿Verdes? Son para vino blanco.
Blanco, sí.
Lo siento, pero yo al vino blanco no se lo toco.
Y sin hacer ni una vuelta más, nos separamos.