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El sombrío tercer piso - Ellen Glasgow (Parte 2)


Hallé mi habitación suficientemente agradable. Habían decidido —por indicación del doctor Maradick, me figuro— que dormiría en la casa, y después de la austera cama del hospital tuve una agradable sorpresa ante el alegre aspecto de la habitación en que me introdujo la doncella. 

El papel de las paredes lucía un dibujo de rosas y en la ventana había una cortina de quimón floreado. La ventana daba sobre un cuidado jardincito de la parte trasera de la casa. Esto lo supe por la doncella, porque la oscuridad era demasiado densa para que yo pudiera distinguir algo más que un surtidor de mármol y un abeto que parecía viejo, aunque luego supe que habían de replantarlo casi todos los años.

A los diez minutos, me había puesto ya el uniforme y estaba en disposición de acudir al lado de mi paciente; pero por no sé qué motivo —en el día de hoy todavía no he averiguado la causa que la volvió contra mí en el principio— Mistress Maradick se negó a recibirme. Mientras permanecía delante de la puerta, oía cómo, dentro, la enfermera de día probaba de persuadirla de que me dejase entrar. 

Pero fue completamente inútil, y al final me vi obligada a regresar a mi dormitorio y aguardar hasta que a la pobre señora se le hubiera pasado el antojo y consintiera en verme. Lo cual sucedió bastante después de la comida —estarían ya más cerca las once que las diez— y Miss Peterson se sentía completamente agotada cuando vino a buscarme.

—Me temo que pasará usted una mala noche —me decía mientras bajábamos las escaleras juntas. Pronto vi que este era el estilo de Miss Peterson: esperar lo peor de todo y de todos.

—¿Y la tiene a usted así, en vela, muy a menudo?

—Oh, no, habitualmente es muy considerada. Jamás vi un carácter más amable. Pero sigue siempre con esa alucinación...

Y una vez más, igual que en la escena con el doctor Maradick, comprendí que la explicación solo había servido para hacer más impenetrable el misterio. Evidentemente, la alucinación de Mistress Maradick, fuese cual fuere la forma que asumiera, era una fuente de evasivas y subterfugios en aquella casa. 

Ya tenía yo en la punta de la lengua la pregunta de: «Pero ¿en qué consiste esa alucinación?» cuando he ahí que llegamos delante de la puerta de Mistress Maradick, y Miss Peterson me indicó con un ademán que guardara silencio. La puerta se abrió un poquitín para dejarme paso, y vi que Mistress Maradick estaba acostada ya y todas las luces apagadas, excepto una lamparilla de noche encendida sobre un candelabro, al lado de un libro y una botella de agua.

—Yo no entraré —dijo en un susurro Miss Peterson. Por mi parte, estaba a punto de cruzar el umbral cuando vi a la chiquilla, con su vestido escocés plisado, deslizándose a mi vera desde las sombras de la habitación hacia el pasillo iluminado eléctricamente. Llevaba una muñeca en brazos, y al pasar se le cayó en el umbral una cestita de labor de muñeca. 

Sin duda, Miss Peterson recogió prestamente el juguete, porque cuando me volví, al minuto, buscándolo con la mirada, hallé que había desaparecido. Recuerdo que pensé que era muy tarde para que una niñita continuara levantada, y una niña que parecía delicada, además, pero, al fin y al cabo, no era asunto mío, y los cuatro años de estancia en el hospital me habían enseñado a no mezclarme en cosas que no me incumbieran. 

La primera lección que aprende, y muy pronto, una enfermera es la de no querer enderezar el mundo en un solo día.

Cuando crucé la habitación hasta la silla al lado de la cama de Mistress Maradick, esta se volvió sobre el costado y me dirigió la sonrisa más dulce y triste.

—Usted es la enfermera de noche —dijo con voz afable, y apenas abrió los labios comprendí que su manía..., o su alucinación, como la llamaban, no tenía nada de histérico ni de violento—. Me han dicho cómo se llama usted; pero he olvidado el nombre.

—Randolph... Margaret Randolph. —Le cogí afecto desde el primer instante, y creo que ella debió de darse cuenta.

—Parece usted muy joven, Miss Randolph.

—Tengo veintidós años; pero supongo que no los represento. La gente suele considerarme más joven.

Ella permaneció callada un minuto, y mientras me sentaba en la silla, junto a la cama, pensaba en cuán extraordinariamente se parecía a la chiquilla que había visto aquella tarde por primera vez, y, luego, cuando salía de la habitación unos momentos antes. 

Ambas tenían la cara en forma de corazón y con un color levísimo y delicado; el mismo cabello lacio y suave, entre castaño y blondo; y los mismos ojos grandes, graves, muy separados bajo unas arqueadas cejas. Sin embargo, lo que más me sorprendía era que ambas me miraban con aquella expresión enigmática y vagamente meditativa..., solo que en la faz de Mistress Maradick la vaguedad parecía transformarse de vez en cuando en un miedo definido, un chispazo, habría dicho yo casi, de estremecido horror.

Permanecí muy quieta en mi silla, y hasta que llegó la hora de que Mistress Maradick tomase la medicina no se cruzó ni una sola palabra entre nosotras. Luego, cuando me incliné sobre ella con el vaso en la mano, Mistress Maradick levantó la cabeza de la almohada y dijo en un susurro de contenida vehemencia:

—Usted parece bondadosa. Me pregunto si no habrá visto a mi hijita...

Mientras deslizaba el brazo bajo la almohada probé de dirigirle una sonrisa alegre.

—Sí, la he visto dos veces. Y la conocería en cualquier parte por lo mucho que se parece a usted.

Una hermosa luz brilló en sus ojos, y pensé en lo bonita que debía de ser cuando la enfermedad no se había llevado aún la vida y la animación de sus rasgos.

—En esto conozco que usted es buena. —Lo decía con una voz tan fatigada y baja que apenas la oía—. Si no fuese buena, no habría podido verla.

Me pareció un comentario bastante raro; pero me limité a decir:

—Tiene un aspecto delicado para continuar levantada a estas horas.

Un temblor pasó por sus finos rasgos, y por un minuto temí que fuera a estallar en llanto. Cuando se hubo tomado la medicina, dejé el vaso en el estante, me incliné sobre la cama y le alisé el cabello, fino y suave como seda hilada, apartándoselo de la frente. Aquella mujer tenía un algo —no sé qué sería— que hacía que bastaba que te mirase para que la amaras.

—Siempre ha tenido ese aire ligero y etéreo; pero no ha estado enferma ni un solo día en su vida —respondió sosegadamente después de una pausa. Luego, buscando mi mano a tientas, susurró apasionadamente—: ¡No se lo diga a él..., no se lo diga a nadie que la ha visto!

—¿No debo decírselo a nadie? —De nuevo tuve la impresión que había experimentado por primera vez en el estudio del doctor Maradick y luego en las escaleras, con Miss Peterson, de estar buscando un rayo de luz en medio de la oscuridad.

—¿Está segura de que no nos escucha nadie..., de que no hay nadie a la puerta? —me preguntó, apartándome el brazo e incorporándose en las almohadas.

—Segura, completamente segura. Han apagado las luces del pasillo.

—¿Y no se lo contará a él? Prométame que no se lo contará. —En la vaga extrañeza de su expresión se encendió de nuevo el chispazo de horror—. No le gusta que vuelva, porque la mató él.

«¡Porque la mató él!» Entonces se hizo la luz dentro de mí, como en una llamarada. ¡De manera que aquella era la alucinación de Mistress Maradick! Creía que su hijita había muerto..., la niñita a quien yo había visto, con mis propios ojos, salir de la habitación; y creía que su marido, el gran cirujano a quien todos los del hospital idolatrábamos, la había asesinado. 

¡No era extraño que envolviesen en misterio aquella espantosa obsesión! ¡No era raro que ni la misma Miss Peterson hubiera querido sacar a la luz el horrible problema! Simplemente, era una de esas alucinaciones con las que nadie tiene valor suficiente para enfrentarse.

—No sirve de nada contarle a la gente cosas que nadie cree —resumió ella pausadamente, siempre sujetándome la mano con una fuerza que me habría causado dolor si ella no hubiera tenido los dedos tan frágiles—. Nadie cree que la mató. Nadie cree que ella vuelve a casa todos los días. Nadie lo cree..., y, sin embargo, usted la ha visto...

—Sí, la he visto... Pero ¿por qué la habría matado su marido? —Se lo dije con acento apaciguador, tal como se habla a una persona que está loca de remate. Pero no estaba loca; mientras la miraba, habría jurado que no lo estaba, en absoluto.

Por un momento la mujer gimió inarticuladamente, como si el horror de sus pensamientos fuese demasiado grande para convertirse en palabras. Luego disparó los delgados, desnudos brazos en un gesto desesperado.

—¡Porque nunca me amó! —explicó—. ¡Porque no me ha amado nunca!

—Pero se casó con usted —le encarecí dulcemente, al mismo tiempo que le acariciaba el cabello—. Si no la hubiese amado, ¿por qué se habría casado con usted?

—Quería el dinero..., el dinero de mi niña. Cuando yo muera, pasará todo a sus manos.

—Pero él es rico. Ha de amasar una fortuna con su profesión.

—No le basta. Quería millones. —Se había puesto seria y trágica—. No, no me amó nunca. Amaba a otra persona desde siempre..., desde antes de conocerme a mí.

Vi que sería perfectamente inútil querer razonar con ella. Si no estaba loca, se hallaba en un estado de terror y desconfianza tan negros que casi cruzaban la frontera de la demencia. Por un momento tuve la idea de subir al cuarto de la niña y bajársela; pero después de un momento de vacilación comprendí que Miss Peterson y el doctor Maradick debían de haber ensayado ya desde mucho tiempo atrás estas medidas. 

Evidentemente no podía hacer nada, excepto tranquilizarla y sosegarla cuanto pudiese, y así lo hice hasta que se sumió en un sueño ligero que se prolongó hasta bien entrada la mañana.

A las siete, yo estaba exhausta; no a causa del trabajo, sino de la tensión de mis sentimientos de ternura por aquella mujer, y cuando entró una doncella a traerme una taza de café, lo agradecí de veras.  

Mistress Maradick seguía durmiendo —le había administrado una mezcla de bromuro y cloral— y no se despertó hasta que Miss Peterson entró de servicio, una o dos horas después. Luego, cuando bajé, encontré el comedor desierto a excepción de la vieja ama de llaves, que estaba repasando el servicio de plata. Al cabo de un rato me explicó que el doctor Maradick se hacía servir el desayuno en la «sala de la mañana», en la otra parte de la casa.

—¿Y  la niña? ¿Come siempre en su habitación? —La mujer me dirigió una mirada alarmada. Más tarde me pregunté si era de desconfianza o de aprensión.

—No hay ninguna niña. ¿No está enterada?

—¿Enterada? No. ¡Caramba, si ayer la vi! —La mirada que me dirigió la mujer, sí, estaba segura, rebosaba de alarma.

—La niña..., que era la criatura más dulce que he visto en mi vida..., murió de pulmonía hace dos meses exactamente.

—Pues no es posible que muriera. —Yo hacía una tontería al insistir de este modo; pero la sorpresa me había enervado por completo—. Le digo que ayer la vi. —La alarma del rostro de la mujer subió de punto.

Ese es el mal que padece Mistress Maradick. Cree que sigue viéndola.

—¿Y usted no la ve? —Disparé la pregunta sin rodeos.

—No. —La mujer puso los labios muy tirantes—. Yo nunca veo nada.

De modo que yo me equivocaba, después de todo, y la explicación, cuando llegó, solo acentuaba el terror. La niña había muerto... falleció de pulmonía dos meses atrás... y, sin embargo, yo la había visto con mis propios ojos jugando con la pelota en la biblioteca; la había visto salir sigilosamente de la habitación de su madre con una muñeca en brazos.

—¿Hay alguna otra niña en la casa? ¿Podría tratarse de la hija de algún sirviente? —Un rayo de luz se abría paso entre la bruma por la cual yo avanzaba a tientas.

—No, no hay ninguna más. El doctor probó de traer una; pero la pobre señora se puso de tal forma que por poco muere. Además, no se hallaría otra niña tan sosegada y dulce como Dorothea. El verla saltar por ahí con su vestido escocés plisado me hacía pensar en un hada, aunque digan que las hadas solo visten de blanco o de verde.

—¿No la ha visto nadie más...? A la niña, quiero decir... ¿Ningún criado?

Solo Gabriel, el mayordomo de color, que vino con la madre de Mistress Maradick de Carolina del Sur. Me ha contado que es frecuente que los negros posean una especie de segunda visión..., aunque no sé si ese es el nombre que ustedes le darían, exactamente. Pero parece que creen en lo sobrenatural por instinto, y Gabriel está tan viejo y chocho... ya no trabaja; solo acude cuando tocan el timbre de la puerta y limpia la plata, que nadie hace mucho caso de lo que vea...

—El cuarto de la niña, ¿lo tienen igual como cuando vivía?

—Oh, no. El doctor hizo enviar todos los juguetes al hospital de niños. Esto le causó muchísima pena a Mistress Maradick; pero el doctor Brandon creyó, y todas las enfermeras estuvieron de acuerdo con él, que a Mistress Maradick le convenía más no conservar el cuarto como cuando Dorothea vivía.

—¿Dorothea? ¿Así se llamaba la niña?

—Sí. Significa «regalo de Dios», ¿verdad? Se lo pusieron porque era el nombre de Mistress Ballard, madre del primer marido de Mistress Maradick. Ese primer marido era un hombre serio, callado... No se parecía en nada al doctor.

Yo me pregunté si la otra espantosa obsesión de Mistress Maradick había llegado también, por conducto de las enfermeras o las criadas, a oídos del ama de llaves; pero esta no hizo la menor alusión al tema, y, tratándose como se trataba, a mi parecer, de una persona muy charlatana, me pareció más cuerdo suponer que dicha habladuría no había llegado a su conocimiento.

Un poco más tarde, terminado el desayuno y antes de subir a mi cuarto, tuve la primera entrevista con el doctor Brandon, el famoso alienista que atendía a la enferma. Yo no le había visto nunca; pero desde el primer momento de verle hice su valoración casi intuitivamente. 

Era, supongo, suficientemente honrado, cualidad que le he reconocido siempre a pesar del resentimiento que me ha inspirado. Si le faltaba sangre roja en el cerebro, y si por un prolongado contacto con fenómenos anormales había adquirido el hábito de mirar la vida entera como una enfermedad, no era culpa suya. 

Era uno de esos médicos —y todas las enfermeras entenderán qué quiero decir— que trata instintivamente con grupos y no con individuos. Era alto y solemne; tenía la cara muy redonda, y no había hablado yo ni diez minutos con él que ya sabía que se había educado en Alemania, y que allá había aprendido a tratar todo sentimiento como una manifestación patológica. 

Yo solía preguntarme qué sacaba él de la vida, qué sacaba de la vida todo aquel que a fuerza de análisis lo hubiera eliminado todo excepto la estructura descarnada.

Cuando, por fin, llegué a mi cuarto estaba tan cansada que apenas podía recordar ni las preguntas que me había hecho el doctor Brandon ni las instrucciones que me había dado. Me quedé dormida —lo sé— tan pronto como la cabeza tomó contacto con la almohada, y la doncella que entró a ver si quería tomar algo prefirió dejar que terminase el sueño.

Por la tarde, cuando vino de nuevo, trayéndome una taza de té, me encontró todavía pesada y soñolienta. Aunque estaba acostumbrada a las guardias de noche, me sentía como si hubiera bailado desde la puesta del sol hasta la llegada de la aurora. 

Mientras tomaba el té, me decía que era una suerte que no todos los casos afectaran los sentimientos de una tan vivamente como la alucinación de Mrs. Maradick había afectado los míos.

Durante el día no vi al doctor Maradick; pero a las siete, cuando subía, después de comer temprano, a ocupar el puesto de Miss Peterson, que se había quedado de servicio una hora más que de costumbre, me encontró en el vestíbulo y me pidió que entrase en su estudio. 

A mí me pareció más guapo que nunca, con su traje de noche y luciendo una flor blanca en el ojal. Tenía que asistir a un banquete, me dijo el ama de llaves; aunque lo cierto era que siempre asistía a esta u otra solemnidad. Creo que aquel invierno no cenó en casa ni una sola noche.

—¿Ha pasado bien la noche Mrs. Maradick? —Había cerrado la puerta detrás de nosotros, y al volverse dirigiéndome la pregunta, me sonreía amablemente, como si quisiera hacerme sentir a mis anchas desde el comienzo.

—Después de tomar la medicina, ha dormido muy bien. Se la di a las once.

Estuvo un minuto mirándome en silencio, y me di cuenta de que enfocaba sobre mí su personalidad, su hechizo. Era casi como si yo me encontrase en el centro de unos rayos convergentes de luz, tan viva era la impresión que me causaba.

—¿Aludió de alguna forma a su... su alucinación? —preguntó él.

Jamás he sabido de qué forma recibí la advertencia, qué invisibles ondas de percepción sensorial me transmitieron el mensaje; pero mientras permanecía allí, de cara al esplendor de la presencia de aquel hombre, todas las intuiciones de mi espíritu me decían que había llegado el momento en que me debía de pronunciar en favor de uno u otro bando, en aquella casa. Mientras permaneciera allí, o había de estar con Mrs. Maradick, o contra ella.

—Habló con mucha cordura —respondí al cabo de un momento.

—¿Qué dijo?

—Me explicó cómo se encontraba, que echaba de menos a la niña y que todos los días paseaba un rato por la habitación.

La cara del doctor Maradick cambió..., aunque primero no supe determinar en qué sentido.

—¿Ha visto al doctor Brandon?

—Ha venido esta mañana a darme instrucciones.

—Le ha parecido encontrarla peor. Me aconseja que la envíe a Rosedale.

Jamás he intentado, ni aun en secreto, explicarme la conducta del doctor Maradick. Es posible que fuese sincero. Yo solo cuento lo que sé, no lo que creo o imagino, y lo humano es, a veces, tan inescrutable, tan inexplicable, como lo sobrenatural.

 

(CONTINUARÁ...) 


Las ruinas circulares - Jorge Luis Borges

 Nadie lo vio desembarcar en la anónima noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. 

Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. 

El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. 

Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. 

Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los labradores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a mucho siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. 

El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. 

El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. 

Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. 

Sin embargo, la catástrofe sobrevino. 

El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatía contra él. 

Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. 

Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. 

Las raras veces que soñó durante ese periodo, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor vivencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorceava rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. 

Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo, era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) 

Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. 

Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las Criaturas excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. 

Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviara al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Intimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: «Ahora estaré con mi hijo». O, más raramente: «El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy».

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer. Tal vez impaciente. 

Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanquean río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. 

Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. 

El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. 

En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Estos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.