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616 Todo es Infierno - David Zurdo

Capítulo 14 

Audrey cortó sin responder la llamada de Joseph a su teléfono celular. El bombero no había dejado de intentar hablar con ella en los últimos días. La memoria del contestador de la casa de Audrey estaba llena de mensajes suyos, y la secretaria de la consulta no sabía ya cómo decirle que su jefa llevaba días sin acudir al despacho. La psiquiatra estaba evitando a Joseph y él ya tenía que haberse dado cuenta de ello. Pero no iba a desistir. De momento se limitaba a esas insistentes llamadas telefónicas. No había aparecido aún en casa de Audrey, ni tampoco en la residencia de ancianos, aunque lo haría más tarde o más temprano. Joseph era una buena persona y estaba preocupado por ella. ¿Cómo podría no estarlo después del estado en que se presentó en su casa aquella noche, empapada y completamente aturdida?

Audrey había ido al apartamento de Joseph siguiendo un impulso. Buscaba el más primitivo de los consuelos: el abrazo de otro ser humano. Se sentía dolida y desamparada, y eso le hizo cometer un error que ahora trataba de enmendar. Ella y Joseph habían acabado acostándose y haciendo el amor, algo que Audrey no buscaba ni pretendía cuando fue a casa del bombero. Era la primera vez que estaba con un hombre desde… no recordaba desde cuándo. Joseph había sido tierno y cariñoso con ella, y eso no hacía sino empeorar la situación y volver más difícil lo que Audrey tenía que hacer. No quería empezar ninguna relación de ningún tipo. Ni siquiera con alguien tan encantador como Joseph. Quería centrar todas sus fuerzas en encontrar de nuevo a su hijo Eugene. Solo eso le importaba.

Ante la insistencia de Joseph, Audrey le había contado aquella noche cómo la mujer de su amigo Michael McGale acababa de morir de un infarto repentino en un restaurante próximo a su consulta. Lo hizo de un modo atropellado y confuso, y demasiadas cosas quedaron por aclarar. Pero Joseph no la presionó para que le contara más de lo que Audrey quiso contarle. Esta dejó el apartamento poco antes del amanecer, tras despertarse de un sueño ligero e inquieto, cuajado de pesadillas. Joseph había pasado buena parte de la noche intentando serenar a Audrey en los peores momentos. Realmente era una buena persona. Pero Audrey debía seguir adelante. Ella sola. No quería involucrarle en lo que iba a ocurrir y en su incierto y temible desenlace.

Daniel estaba poseído por el Demonio. La madre superiora tenía razón. A Audrey ya no le quedaban dudas sobre eso. «Demuéstrame que lo que dices es cierto y creeré en ti», le había dicho Audrey al Daniel oscuro, cuando este dejó ver que era el Demonio y afirmó que podría contarle la verdad sobre Eugene. Audrey no le creyó, e ingenuamente le exigió una prueba. Él ansiaba dársela. Y lo hizo. La falta de fe de Audrey había condenado a la mujer de su amigo Michael. Una muerte más con la que su alma tendría que cargar. Ese fue el precio para que se le abrieran los ojos, porque ahora sí tenía fe. Ahora sí creía que Daniel sabía la verdad sobre Eugene, y que el Demonio hablaba por su boca.

Audrey deseaba conocer esa verdad. Lo necesitaba atormentadamente. Cada segundo que pasaba en la ignorancia de lo que había sido de Eugene era un nuevo clavo que le atravesaba el alma. El ser que poseía a Daniel podía acabar con ese sufrimiento. Pero Audrey tendría que pagar un precio por ello. Las enseñanzas de sus padres y su formación religiosa coincidían en que el Demonio nunca da nada a cambio de nada. Y a Audrey le aterraba perder lo único que aún le importaba, aparte de encontrar a Eugene: su alma.

Se hallaba en medio de dos abismos igual de profundos, entre los que parecía que iba a verse obligada a elegir. Pero había vuelto a la residencia con la firme esperanza de no tener que hacerlo. Días antes creía haber descubierto un modo de hacer hablar al ser diabólico que habitaba el interior de Daniel sin condenarse por eso irremisiblemente a las llamas del Infierno. Una sola posibilidad, que, además, salvaría también al viejo jardinero, inocente de todo aquello.

En pocos minutos, un sacerdote enviado por la diócesis de Boston llevaría a cabo con Daniel un ritual de exorcismo. La madre superiora se había ocupado de hacer los preparativos y de acelerarlos todo lo posible. Se mostró de acuerdo con la idea del exorcismo en cuanto Audrey se la propuso. La religiosa sospechaba ya desde hacía tiempo de la presencia del Maligno en Daniel, pero no quería ser ella quien propusiera un exorcismo, a no ser que Audrey estuviera también convencida. Y ese momento había llegado.

Ante la entrada de la residencia, quieta y con la mirada perdida en los vetustos muros, Audrey rezó. Por primera vez en muchos años, lo hizo con auténtica humildad. Le pidió a Dios que la ayudara en este trance, para que el exorcista consiguiera arrancar de Daniel al Demonio y para que ella pudiera arrancarle al Demonio la verdad sobre Eugene. Audrey sabía que el exorcismo era peligroso y que podría sacar a la luz hechos oscuros de su pasado, pero no había alternativa. Además, eso ya no la preocupaba. El Demonio no le mintió cuando dijo que nada es más importante que la verdad.

Se sentía débil y mareada. El hedor a enfermedad y orines rancios de la entrada le revolvió el estómago, aunque no había nada en él excepto un poco de agua. Llevaba tres días sin comer alimentos sólidos. El padre Tomás Gómez, que celebraría el exorcismo, le había comunicado a la madre superiora que un ayuno riguroso de todos los que fueran a asistir al ritual era imprescindible para combatir eficazmente al Demonio. Eso decidió que solo Audrey y el sacerdote participaran en el exorcismo de Daniel. La madre Victoria insistió con terquedad en hacerlo también, pero Audrey logró disuadirla. La psiquiatra argumentó primero que la edad avanzada de la religiosa no le permitiría un ayuno absoluto, pues eso pondría en peligro su salud. Pero la religiosa no cedió. Estaba dispuesta a arriesgarse si con eso ayudaba a liberar a Daniel del Maligno. Frente a esta actitud, Audrey utilizó otro argumento, el único capaz de convencerla: la fragilidad de la madre superiora no solo no ayudaría a Daniel, sino que podría fortalecer al ser que lo poseía y hacer que resultara imposible expulsarlo de él. La monja cedió por fin, para alivio de Audrey, aunque una parte egoísta de ella habría deseado que no lo hiciera.

El exorcismo iba a celebrarse en la habitación de Daniel. Era el lugar más discreto aparte de la sala de terapia, que enseguida fue descartada. Tanto a la madre Victoria como a Audrey les daba la impresión de que la sala era un «terreno favorable» para el Enemigo.

Antes de dirigirse hacia la habitación, Audrey pasó por el despacho de la religiosa. La conversación que mantuvieron fue corta. Empezó con una petición de la monja: «Ve con Daniel. Está muy asustado y el padre Gómez no me permite verlo. Nosotras rezaremos por él en la capilla», y terminó con un ruego afligido: «Que Dios nos proteja».

Un inusual olor a incienso se mezclaba con el tufo rutinario a desinfectante en el pasillo que conducía hasta Daniel. Delante de la puerta de su habitación, el exorcista esperaba a Audrey, vestido para el combate. Pues de eso se trataba, de un combate. Sobre el hábito llevaba puesta la túnica ceremonial de lino blanco, el alba, y de su cuello colgaba una estola morada. Cuando habló, fue muy directo en sus palabras:

—Señorita Barrett, soy el padre Gómez. Aunque la Iglesia recomienda ahora que esté presente un psiquiatra en los exorcismos, sus conocimientos científicos aquí no sirven de nada por sí mismos, así es que haga el favor de observar y no intervenir en ningún momento, salvo cuando yo se lo diga. ¿Estamos de acuerdo?

—Por supuesto.

Quizá por influencia del cine, Audrey esperaba encontrarse con un sacerdote ya anciano, de aspecto sabio y mirada profunda, con un gesto duro esculpido en mil batallas contra el Príncipe del Mal. Esa era la imagen que Audrey tenía de un sacerdote exorcista. Y no pudo evitar sentirse decepcionada, además de temerosa. El padre Gómez era un hombre joven, de origen puertorriqueño y gesto altivo. Su voz afectada y su comentario desdeñoso revelaban una soberbia que la inquietó. Un exorcismo es una lucha despiadada entre el Bien y el Mal, una tierra de nadie donde las fuerzas de ambos bandos se encuentran más igualadas que en ningún otro caso. Para vencer la batalla son necesarias fe y perseverancia. Pero también humildad. Un exorcista que carezca de ella puede caer fácilmente en las trampas del Demonio. Dios es quien sale victorioso en un exorcismo, y no el exorcista, que es su mero instrumento. Ojalá el padre Gómez no se olvidara de ello.

—¿Es este su primer exorcismo? —Audrey tuvo que preguntar. Había demasiado en juego.

—¡Claro que no! ¡Por supuesto que no es mi primer exorcismo!

—Me alegro. Para mí, sí lo es.

Él la miró con desdén y, sin añadir nada más, entró en la habitación de Daniel. Allí el olor a incienso era casi sofocante. Daniel estaba sentado encima de la cama. A su lado, el exorcista había puesto el crucifijo que normalmente colgaba de la pared. Y Audrey detectó también otro cambio: sobre la mesilla en la que solía haber una lámpara, el padre Gómez había colocado una imagen de la Santísima Virgen y dos pequeños recipientes, uno con agua bendita y otro con sal.

—¡Au… drey! Tengo… miedo.

—Vuelve a sentarte —le ordenó a Daniel el sacerdote, cuando vio que el anciano iba a levantarse de la cama.

—No hace falta que le hable así —dijo Audrey—. ¿No ve que está aterrorizado? Tranquilo, Daniel. Yo estoy aquí. No va a pasarte nada.

El exorcista puso una mueca exasperada, antes de decir:

—Señorita Barrett, ya le he dicho que usted debe limitarse a hacer lo que yo le diga. Si eso no le parece bien, será mejor que se marche ahora mismo y que no participe en el ritual. No se puede ser condescendiente con Satanás.

Audrey pensó: «Este no es Satanás, pedazo de imbécil. Es solo un pobre anciano retrasado que está muerto de miedo». Sin embargo, lo que dijo fue:

—Haré todo lo que me ordene.

—Muy bien —la voz del padre Gómez sonó aguda, de complacencia—. Puede empezar poniéndole esto a Daniel.

Al ver lo que el exorcista sacó de su maletín, Audrey tuvo que contenerse otra vez.

—Yo… no quiero… co… rreas.

La expresión doliente de Daniel le partió a Audrey el corazón.

—Daniel, ¿confías en mí?

—Sí.

—Entonces ¿me crees si te digo que es necesario que te pongas las correas? —Daniel asintió—. No las apretaré mucho.

—Apriételas todo lo posible.

Por tercera vez, Audrey no dijo lo que estaba pensando. La mirada de odio que le dirigió al exorcista fue más que elocuente.

—Tengo que hacerle caso al padre Gómez. ¿Lo entiendes, Daniel?

—Yo… con… fío… en ti.

Siguiendo las instrucciones del exorcista, Audrey ató con las correas las manos de Daniel; una a la cabecera de la cama y otra a su pie. El anciano quedó así con los brazos extendidos, como el propio Cristo que descansaba a su lado. La penosa imagen hizo asentir, satisfecho, al padre Gómez. Luego, rebuscó de nuevo en su maletín, del que esta vez sacó una pequeña cámara de vídeo digital.

—¿Va a grabar el exorcismo? —Esto había cogido a Audrey por sorpresa. Se había resignado a que, durante el ritual, pudieran revelarse acontecimientos de su pasado que habría preferido mantener ocultos. Pero nunca se le ocurrió que fueran a quedar registrados en una cinta.

—Yo grabo todos mis exorcismos. De hecho, es preceptivo cuando los medios técnicos lo permiten.

—¿De verdad lo cree necesario, padre Gómez?

En la respuesta de él volvió a percibirse su hiriente y peligrosa soberbia.

—El registro de imagen y sonido en el exorcismo es un procedimiento habitual en el siglo XXI. ¿Acaso le molesta?

«Claro que me molesta, engreído de mierda».

—No. No me molesta.

El padre Gómez puso la cámara digital sobre una cómoda apoyada en la pared hacia la que miraba Daniel. Después de graduar el zoom y el enfoque, oprimió el botón de grabación y volvió atrás.

—Empecemos de una vez. La cámara ya está en marcha. Puede orar en silencio por Daniel, pero se lo repito una vez más: no intervenga en ningún momento, salvo cuando yo se lo ordene expresamente.

—Así lo haré.

El exorcista se colocó a la izquierda de Daniel e indicó a Audrey que se pusiera al otro lado. La psiquiatra vio al padre Gómez mirar al objetivo de la cámara. Él mostraba una estúpida autocomplacencia. Incluso llegó a arreglarse los cabellos, como si fuera a prepararse para un concurso de belleza masculina, en vez de para un combate contra el Demonio. Por fin, sacó de un bolsillo el libro con el ritual del exorcismo y, tras cerrar los ojos, comenzó a orar para sus adentros. Terminado el rezo preparatorio, hizo la señal de la cruz, que exhortó a Audrey a hacer también, y dijo:

—En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… Usted debe responder «amén».

—Amén.

Extendiendo los brazos y las manos, el exorcista prosiguió:

—Dios, Padre Omnipotente que quiere que todos los hombres se salven, esté con todos vosotros. —Hacia Audrey, dijo—: Y con tu espíritu.

—Y con tu espíritu.

—Daniel, te pido tu permiso para expulsar a los demonios que te atormentan. ¿Me lo concedes?

Daniel no sabía qué responder. Por eso, miró a Audrey, que asintió y le dijo en un murmullo: «Di que sí».

—Sí… Sí.

Ahora, el exorcista tomó un puñado de sal, que echó en el recipiente con agua bendita:

Te suplicamos, Dios Todopoderoso, que bendigas en tu bondad esta sal creada por ti. Tú mandaste al profeta Eliseo arrojarla en el agua estéril para hacerla fecunda. Concédenos, Señor, que al recibir la aspersión de esta agua mezclada con sal nos veamos libres de los ataques del enemigo, y la presencia del Espíritu Santo nos proteja siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor

El padre Gómez volvió a mirar hacia Audrey. Pero ella no contestó «Amén». Estaba ensimismada.

—¡Responda amén! —exclamó el padre Gómez.

—Amén.

Airado, el exorcista comenzó la súplica litánica. La furia de su voz desvirtuó las dulces palabras de la oración:

—Queridos hermanos, supliquemos intensamente la misericordia de Dios, para que, movido por la intercesión de todos los santos, atienda bondadosamente la invocación de su Iglesia a favor de nuestro hermano Daniel, que sufre gravemente.

El anciano estaba sufriendo, sí. Pero el demonio que llevaba dentro no parecía resentirse en absoluto por el ritual. De hecho, Audrey aún no había notado siquiera su maléfica presencia.

—Arrodillémonos para comenzar las letanías —dijo el exorcista—. Tú no, Daniel.

Este no habría podido arrodillarse aunque hubiera tenido que hacerlo, porque las correas que lo sujetaban a la cama se lo habrían impedido. El jardinero sudaba. De la frente húmeda le caían gotas sobre los ojos sin que pudiera limpiárselas con sus manos atadas. Audrey vio la mirada suplicante del anciano y estuvo a punto de levantarse para enjugarle ella misma el sudor. No lo hizo porque sabía que, en ese caso, el exorcista la echaría de la habitación. Fijó cobardemente su mirada en el suelo, incapaz de soportar la angustia de Daniel.

—Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.

Así inició el padre Gómez una monótona y larga oración, por la que se imploraba a Dios, la Virgen, los ángeles y todos los santos que intercedieran por Daniel. El ruego terminó con las palabras: «Cristo, escúchanos». Fue entonces cuando Audrey, que tenía ya doloridas las rodillas desnudas, levantó de nuevo los ojos hacia Daniel. Él la observaba fijamente. Y Audrey no habría necesitado leer en sus labios las mudas palabras «Aquí estoy» para saber que el Demonio había ocupado una vez más su cuerpo. De nada de esto se percató el padre Gómez, ni tampoco de cómo le temblaban las piernas a Audrey cuando él dijo:

—Levantémonos. Señor y Dios nuestro, a quien pertenece compadecerse siempre y perdonar, escucha nuestra súplica para que la compasión de tu misericordia libere a este servidor tuyo, Daniel, que está sujeto por las cadenas del dominio diabólico. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

—A… mén —dijo Audrey con voz entrecortada.

El inocente jardinero había abandonado la habitación. Su cuerpo lo habitaba ahora el ser que llevaba atormentándolo desde el incendio del convento. Con ese fuego se inició el torrente de sucesos casi inimaginables que había desembocado en este exorcismo, en el preciso momento de medir realmente las fuerzas del Bien y del Mal. Porque los dos contendientes se encontraban ya en el campo de batalla.

—Buenas tardes, padre Gómez —dijo el Daniel oscuro, en un remedo de burlona cortesía. Mientras hablaba, se dedicó a mirar con curiosidad las correas que lo aferraban a la cama.

—¡Por fin te atreves a mostrarte, cobarde Satanás!

Audrey tuvo que reconocer que el exorcista había identificado al momento la presencia diabólica y que no se había amilanado ante ella. Lo que Audrey deseaba era que esa entereza se mantuviera y que su exceso de confianza no le hiciera fracasar.

—¿Me llamas cobarde, sacerdote?

El tono del Daniel oscuro seguía siendo burlesco, pero el exorcista ignoró sus palabras. Eso le habían enseñado a hacer. Aferró con más fuerza que nunca el libro que sostenía entre las manos, y leyó:

—Bajo la protección del Altísimo, les he dado poder de caminar sobre serpientes y para vencer todas las fuerzas del enemigo…

—¿No me contestas? ¿Te niegas a escucharme? —preguntó Daniel.

El padre Gómez alzó la voz:

—Tú eres, Señor, mi refugio. Tú que vives al amparo del Altísimo y resides a la sombra del Todopoderoso, di al Señor: «Mi refugio y mi baluarte, mi Dios, en quien confío». Tú eres, Señor, mi refugio.

—Eso pensaba también aquella muchacha de Guatemala… Que el Señor era su refugio. Pobre insensata…

El exorcista vaciló. Su silencio no llegó a durar un segundo, pero Audrey se dio cuenta de que vaciló antes de proseguir con la letanía:

—Él te librará de la red del cazador y de la peste perniciosa…

—Vivía en aquella cabaña infecta —siguió hablando Daniel, con su voz insidiosa—. Tenía solo doce años, ¿verdad?

Audrey se apartó aún más de Daniel. Este seguía sentado en el borde de la cama, con los brazos extendidos. Pero su semejanza con un Cristo crucificado resultaba ahora blasfema. Daniel exhalaba una maleficencia casi física, con la que Audrey temía contagiarse, quizá irracionalmente. O quizá no. El padre Gómez se mantuvo firme, en cambio. Aunque Audrey juraría que, de no haber tenido él que sujetar el libro del ritual entre las manos, se habría tapado con ellas los oídos para no tener que escuchar las palabras venenosas de Daniel.

—… Te cubrirá con sus plumas —dijo el exorcista, en voz más alta—, y hallarás un refugio bajo sus alas. No temerás los terrores de la noche, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que acecha en las tinieblas, ni la plaga que devasta a pleno sol. Tú, Señor, eres mi refugio.

—La niña tenía solo doce años, sí. Y ya guardaba un pequeño secreto.

Daniel miró a Audrey, que se estremeció.

—Aunque caigan mil a tu izquierda y diez mil a tu derecha, tú no serás alcanzado: su brazo es escudo y coraza…

—¡ESCÚCHAME, SACERDOTE!

Las correas se rasgaron por sí solas con un ruido breve y seco. Una ráfaga de aire fétido les agitó las ropas. El grito de Audrey se perdió entre las manos con las que se tapó la boca.

—… Con solo dirigir una mirada, verás el castigo de los malos.

Nervioso, el padre Gómez continuó. Pero Daniel volvió a interrumpirle mientras se desataba tranquilamente los restos de las correas que seguían atados a sus muñecas:

—He dicho que… ¡ME ESCUCHES!

El exorcista se quedó rígido y, luego, comenzó a andar hacia atrás, hasta estrellarse contra la cómoda sobre la que descansaba la cámara digital. Faltó poco para que el fuerte impacto la hiciera caer al suelo. Alguien que viera grabado ese momento podría pensar que fue el propio exorcista quien caminó de espaldas y se tropezó accidentalmente con la cómoda. Pero Audrey sabía que no era eso lo que había ocurrido. Ella vio la mueca de pánico que se apoderó del rostro del padre Gómez. El exorcista no se había movido por su voluntad. Daniel le había hecho moverse como una marioneta. El anciano jardinero habló otra vez. Y su voz era temible:

—Tú la mataste.

—¡Fue el demonio que la poseía quien la mató!

Así se defendió el exorcista. Estaba gateando por el suelo, bajo la pérfida mirada de Daniel, con el rostro desencajado y balbuceando: «El libro, ¿dónde está el libro?».

—¿Sabías que estaba embarazada?

El padre Gómez se quedó mudo y se detuvo. No lo sabía. Audrey, que estaba acurrucada en una esquina, se limitaba a observar. El libro que buscaba el exorcista había ido a parar entre los pies de Daniel, que lo cogió del suelo y se lo lanzó por el aire.

—Aquí tienes tu libro, sacerdote.

Él se incorporó a duras penas, con el libro aferrado en su mano diestra. Respirando agitadamente, buscó el punto del ritual en el que este se había interrumpido, pero no consiguió encontrarlo. Desesperado, agarró la cruz que había sobre la cama y, poniéndola entre él y Daniel, a modo de escudo, comenzó a leer a gritos en una página cualquiera:

—¡Apártate de este siervo Daniel, a quien Dios hizo a su imagen, colmó con sus dones y adoptó como hijo de su misericordia! ¡Te conjuro, Satanás, príncipe de este mundo: reconoce el poder y la fuerza de Jesucristo, que te venció en el desierto…!

Estas palabras hicieron que ocurriera lo que ya parecía imposible. Daniel empezó a retorcerse, como si las simples palabras fueran flechas ardientes. Audrey contempló horrorizada los terribles cambios que se desataron en el cuerpo del anciano y que la cámara no llegó a captar de un modo claro. Algo se movía por debajo de la piel de Daniel. Algo escurridizo, que deformó su cara y que le hizo arrancarse la camisa entre aullidos de dolor.

—¡Dios, Dios, Dios! —gimió Audrey.

El torso de Daniel estaba surcado por una malla de venas negras. Palpitantes. Vivas. Que iban cambiando de forma y de posición por debajo de su piel. Audrey se volvió hacia el exorcista. La expresión de él era casi lunática. Y la misma locura se transmitía a sus palabras, dichas a voces:

—¡… Superó tus insidias en el Huerto, te despojó en la cruz y, resucitado del sepulcro, transfirió tus trofeos al reino de la luz: retírate de esta criatura, de Daniel, a la cual Cristo al nacer hizo su hermano y al morir lo redimió con su sangre! ¡TE CONJURO, SATANÁS, QUE ENGAÑAS AL GÉNERO HUMANO…!

De la boca de Daniel surgió una mezcla de mil voces abominables, que gritaron su agonía en mil lenguas distintas. Era el momento. El demonio que poseía a Daniel estaba a punto de ser derrotado. Audrey tenía que preguntarle por Eugene. Ahora que estaba más débil que nunca. Antes de que el exorcista lo expulsara por completo.

Audrey se arrodilló junto a la cama en la que Daniel continuaba retorciéndose, aullando de un modo espeluznante. El padre Gómez estaba tan absorto que no se molestó en reprenderla. Se limitó a proseguir con el ritual, gritando con todas sus fuerzas las palabras que creía poderosas. Del oído derecho de Daniel emergió de pronto un líquido negro que salpicó el rostro de Audrey. Olía a muerte y a decadencia. Ella sintió una arcada y, a continuación, unos dolorosos calambres le comprimieron el estómago vacío. Con un sabor amargo a bilis en la boca, Audrey se dispuso a preguntarle a Daniel qué había ocurrido con su hijo Eugene. La cara de Daniel estaba mirando al lado contrario de la psiquiatra. Cuando la volvió hacia Audrey, todas sus esperanzas se desvanecieron.

El demonio que lo poseía y que el exorcista pensaba estar muy cerca de derrotar, le había guiñado un ojo, como ya hiciera en otra ocasión. Había vuelto a engañarla. Los había engañado a los dos. Una risa cruel e infinitamente remota surgió de aquella criatura maléfica, que gritó:

—¡TODO ES INFIERNO!

Las palabras del exorcista se detuvieron. Y Audrey, simplemente, se rindió.

—Acércate —pidieron las voces demoníacas que hablaban como una sola. Ellas susurraron algo al oído de Audrey. La verdad que ansiaba conocer.


Terror en el espacio (Capítulo 3) - Leigh Brackett

Capítulo 3
 

A Lundy no le sorprendió oír aquella voz telepática. La comunicación mental abundaba más que la oral y era mucho más sencilla que ésta, en muchos lugares de los mundos habitados. La Policía Espacial daba lecciones de telepatía a sus hombres.
–Sí, vivo gracias a vosotras.

Había algo en la cualidad de aquel cerebro que sondeó que lo desconcertaba. Era distinto de todo cuanto había conocido. Se puso en pie, no muy firme.
–Habéis llegado a tiempo. ¿Cómo supisteis que estaba aquí?
–Nos llegaron tus pensamientos de temor. Sabemos lo que es tener miedo. Entonces, vinimos.
–No os puedo decir otra cosa sino «gracias».
–Nos alegramos mucho de haberte salvado. ¿Por qué no había de ser así? Por ello, no es necesario que nos des las gracias.

Lundy miró las flores que brillaban con apagado resplandor en las tinieblas.
–¿Cómo conseguís que os obedezcan? ¿Por qué no os...?
–¡Ellas no son caníbales! No son como... las otras.
Este último pensamiento expresaba un terror cerval.
–Caníbales...

Lundy miró a la nube de delicadas figurillas femeninas de color azul grisáceo. Sintió que se le ponía la carne de gallina.
Aquellos seres le miraron benévolamente con sus suaves ojos dorados, y le pareció como si sonriesen.
–Sí, somos diferentes de ti, ya lo sabemos. Del mismo modo como somos diferentes de los peces. ¿Qué piensas? En las algas... las algas brillantes que crecen... sí, son parientes nuestras.

Parientes, se dijo Lundy. En efecto. Como nosotros somos parientes de los animales. Eran plantas. Las plantas vivientes no eran nada nuevo en Venus. ¿Por qué no admitir la existencia de plantas pensantes, de plantas que se desplazaban en sus raíces, y miraban con tristes ojos suaves?
–Vámonos de aquí –dijo Lundy.

Salieron del obscuro túnel y prosiguieron por la carretera, mientras las flores abrían sus bocas como canes hambrientos tratando de morder a Lundy, pero sin conseguir alcanzarlo.

Él empezó a atravesar la estrecha llanura, con las plantas femeninas nadando lánguidamente como una nube a su alrededor.

Eran algas. Pequeños fragmentos de algas con los que se podía conversar telepáticamente. Lundy se hallaba pasmado ante lo increíble de la situación.

La ciudad no hizo más que aumentar su pasmo. Estaba sumida en las sombras cuando la vio desde la llanura, débilmente iluminada por el resplandor procedente de la arena, semejante al claro de luna. Era una gran ciudad, que se extendía a lo lejos, rodeada de sus murallas. Era grande, silenciosa y antiquísima. Parecía esperar al final de la carretera.

En aquella luz mortecina, por curioso que fuese, parecía más real. Lundy se olvidó por un momento de la existencia del agua. Le parecía caminar hacia una ciudad dormida, bañada por la pálida claridad lunar, sintiendo su fuerza secreta y débilmente hostil domeñada y retenida hasta el alba...

Aunque jamás habría un alba para aquella ciudad. Nunca jamás.

Lundy deseó de pronto emprender la huida.
–No temas. Nosotros vivimos aquí. Es un lugar seguro.

Lundy movió la cabeza con irritación. De pronto la luz brillante centelleó de nuevo por tres veces consecutivas. Parecía venir de algún lugar a la derecha, más allá de la cordillera submarina. Lundy notó un débil temblor en la arena. Una hendidura volcánica, probablemente, que se abrió al hundirse la arena.

La luz dorada hizo cambiar de nuevo el aspecto de la ciudad, que volvió a parecer una ciudad de cuento de hadas al atardecer... un lugar de los que se ven en sueños.

Cuando atravesó las puertas se sentía intimidado, pero no experimentaba temor. Y entonces, mientras permanecía en el centro de la plaza contemplando los grandes y borrosos edificios que se alzaban a su alrededor le alcanzó un pensamiento procedente de la nube de pequeñas criaturas femeninas.
–Era un lugar seguro y dichoso... antes de que ella viniese.
Tras una larga pausa, Lundy dijo:
–¿Ella?
–No la hemos visto. Pero nuestros compañeros si la vieron. Ella vino no hace mucho y recorrió las calles, y todos nuestros compañeros nos dejaron para irse en su seguimiento. Decían, al irse, que su belleza es incomparable, muy superior a la de cualquiera de nosotras y que...
–...Y que tiene los ojos velados y que ellos desean verlos. Si no le ven los ojos enloquecerán, y por esto la siguen.

La triste nubecilla azul grisácea se agitó entre las aguas obscuras. Varios pares de ojos dorados le miraron.
Lundy respiró profundamente. Tenía las palmas de las manos húmedas.
–Si. Sí, yo también la seguí.
–Comprendemos tu pensamiento...

Descendieron hacia él, rodeándole, mientras sus delicadas membranas aleteaban como las transparentes alas de los elfos. Sus grandes ojos dorados tenían una expresión cariñosa y suplicante.
–¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Puedes hacer que vuelvan nuestros compañeros, sanos y salvos? Lo han olvidado todo. Si los otros viniesen...
–¿Los otros?

La mente de Lundy se sumió en un espantoso temor. Se representó las más terribles imágenes. Vio engendros de pesadilla...
–Vienen siguiendo las corrientes que unen las cálidas grietas de las montañas y las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan todo.

Las delicadas figurillas vagamente femeninas se echaron a temblar como hojas agitadas por el viento.
–Nos escondemos de ellas en las casas. Así los tenemos a raya, evitando que lleguen hasta nuestras semillas y nuestros vástagos. Pero nuestros compañeros lo han echado todo al olvido. Si los otros vienen mientras ellos la siguen, los encontrarán inermes y desamparados y los matarán a todos. 

Entonces nosotras nos quedaremos solas, sin simiente y sin descendencia.

Se apretujaron a su alrededor, tocándole con sus pequeñas aletas delanteras de color azul grisáceo.
–¿Puedes prestarnos tu ayuda? ¿Verdad que nos ayudarás?
Lundy cerró los ojos. Cerró fuertemente las mandíbulas. Cuando abrió los ojos de nuevo, éstos eran duros como ágatas.
–Os ayudaré o moriré en la demanda.

Reinaba la obscuridad en la enorme plaza. Por las puertas abiertas se filtraba el débil resplandor procedente de la arena. Por un momento los pequeños seres azul grisáceos se apiñaron a su alrededor, inmóviles, oscilando únicamente bajo la acción del lento ritmo del océano.

De pronto todas se apartaron de él, arrebatadas por una loca esperanza... y Lundy se quedó mirándolas, boquiabierto.

Ya no eran de color azul grisáceo. De pronto brillaron y sus alas y sus delicados y flexibles cuerpecillos adquirieron un cálido tono verde que latía con la vibrante palpitación de la vida.

Sus largos y esbeltos pétalos vivientes debían de estar contraídos, mientras llevaban su color azul grisáceo de luto. De pronto estallaron como corolas llameantes en torno a sus cabecitas.

Eran de color azul, escarlata y dorado, rojas como amapolas violetas y de color de fuego, de color blanco plateado y rosado como una nube matinal, tiñendo las negras aguas con pinceladas de color. Surgían de los cuerpecitos verdes que hacían cabriolas y ascendían a gran altura junto a los obscuros y ceñudos edificios, semejantes a las mariposas que habían revoloteado ante ellos cuando la luz del sol aún no había desaparecido para siempre.

Tan repentinamente como habían empezado esta danza, la terminaron. Se dejaron arrastrar inmóviles por las aguas y sus colores palidecieron. Lundy les preguntó:
–¿Dónde están?
–En lo más profundo de la ciudad, más allá de estas casas donde moramos... en las calles que sólo visitan los jóvenes curiosos. ¡Haz que vuelvan, por favor! ¡Te lo suplicamos, tráelos de nuevo junto a nosotras! 

Dejándolas sobre la gran plaza obscura, penetró en la ciudad.
Recorrió anchas calles pavimentadas marcadas por profundas roderas y desgastadas por generaciones de pies calzados por sandalias. Las grandes construcciones corroídas por el agua se alzaban a ambos lados, dominadas por el resplandor intermitente de la lejana fisura volcánica.

Las ventanas, de forma típicamente venusiana, estaban cerradas por celosías de mármol y de piedra semipreciosa, delicadamente labrada hasta parecer una joya complicadísima. Las grandes puertas doradas permanecían abiertas sobre sus goznes no atacados por la corrosión. Por aquellas puertas Lundy tuvo un atisbo de la vida de aquel pequeño pueblo vegetal.

La planta baja de algunas de las casas se hallaba recubierta de una capa de arena. Sobre ella se cernían con gesto protector aquellas plantas femeninas, alisando la arena cuando el movimiento del agua la alteraba. Lundy conjeturó que allí estaban plantadas las semillas.

En otros lugares vio colonias enteras de diminutos seres que parecían flores plantados en la arena; brillaban en la semiobscuridad con un pálido resplandor verde y primaveral. Permanecían en tranquilas hileras moviendo sus pequeñas corolas infantiles de color rosado y jugando solemnemente con pedacitos de alga de alegres colores y piedras abigarradas. 

Las pequeñas flores estaban atendidas y cuidadas solícitamente por plantas adultas.

Varias veces Lundy pudo ver a grupos de jóvenes retoños, que ya se habían desprendido de la arena, aprendiendo a nadar bajo la égida de las plantas femeninas, agitándose en las negras aguas como pétalos de vivos colores bajo el viento de la primavera.

Todas las plantas femeninas mostraban el mismo color gris azulado de luto con sus flores ocultas.

Así seguirían a menos que Lundy pudiese dar cima a la tarea que le había encomendado la Policía Espacial. Hasta aquel momento no había demostrado hallarse a la altura de aquella misión.

El pobre Farrell, casi desollado vivo y sin sentirlo porque sólo era capaz de pensar en ella. Jackie Smith, ahogado en una esclusa estanca porque ella quería ser libre y él tuvo que ayudarla a conseguir su propósito.

¿Sería superior él, Lundy, a Farrell y a Smith y a todos cuantos ella había hecho enloquecer? ¿Sería capaz de apresar a aquella diabólica vampiresa en una red y mantenerla a buen recaudo en ella, sin perder antes la razón?

Lundy no se sentía capaz de ello. Aquella misión era superior a sus fuerzas.

Recordaba la primera vez que consiguió apresar a aquel ser en su red. Recordaba también los últimos minutos antes de estrellarse, cuando lo oyó gritar desde el interior del cofre, pidiéndole que le pusiese en libertad. Recordó la cara de Jackie Smith cuando entró en la cabina empujado por el agua que inundaba la esclusa, y la pregunta que entonces se hizo él mismo... Dios mío, ¿qué vio antes de ahogarse?

Notó de nuevo que se le hacia un nudo frío en el estómago, pero esta vez aquel nudo tenía espinas que se clavaban en su carne.

Dejó atrás la colonia de plantas y penetró en calles desiertas iluminadas por el intermitente centelleo de la fisura volcánica. Empezó a encontrar ruinas a su paso. Pavimentos agrietados y removidos, torres hundidas, las celosías de piedra esculpida caídas de las ventanas. Paredes enteras habíanse desmoronado en algunos sitios, y la mayoría de las puertas doradas estaban rotas, abiertas violentamente o faltaban por completo.

Era una ciudad muerta. Tan muerta y silenciosa que en ella no se podía respirar, y tan antigua que amedrentaba el ánimo más templado.

Buen sitio para volverse loco en seguimiento de un ensueño.

Al cabo de mucho tiempo, Lundy los vio... vio a los compañeros de las pequeñas algas femeninas. Formaban una larga hilera... dijérase una bandada de aves migratorias, que serpenteaba entre las obscuras torres en ruinas.

Se parecían a sus compañeras. Quizá eran algo mayores, un poco más robustos, de cuerpos verdinegros fuertes y recios y brillantes colores. Sus ojos dorados permanecían fijos en algo que Lundy no podía ver, y hubiérase dicho que eran los ojos de Lucifer suplicando que le franqueasen la entrada en el Cielo.

Lundy empezó a avanzar contra la corriente, cruzando en diagonal una amplia plaza para avanzar a la cabeza de la procesión. Entre tanto descolgó la red de su cintura con manos semejantes a dos peces muertos.

De pronto se tambaleó, perdió pie y cayó de bruces. Le parecía que alguien le había empujado de un fuerte empellón. Trató de levantarse, pero algo le empujó de nuevo. El áureo resplandor procedente de la fisura brillaba ahora ininterrumpidamente, y era cegador.

La hilera de figurillas vagamente masculinas se dobló de pronto como bajo los efectos de un latigazo y Lundy comprendió lo que ocurría.

Se alzaba una corriente en la ciudad. Era una corriente que surgía como los vientos cálidos que antes la barrían, procedentes del mar, y que traían las lluvias.
«Vienen siguiendo las corrientes que unen las cálidas grietas de las montañas y las frías profundidades. Son voraces. Lo aniquilan todo.»
Eran los otros... los otros, caníbales...
Ella conducía el brillante cortejo de algas masculinas entre los torreones, mientras en las calles se alzaba la corriente...

Lundy se incorporó Después de equilibrarse para resistir el empuje de la corriente, echó a correr en seguimiento de la procesión. Resultaba muy difícil correr en aquel medio líquido y con sus botas de suela de plomo. Se esforzó por calcular dónde debía de hallarse aquello –o ella– a juzgar por el lugar hacia donde miraban los hombrecillos-plantas.

La luz cegadora brillaba ininterrumpidamente, y aún parecía hacerse más rutilante. El agua frenaba su avance, tirando de él con mil manos. Miró una vez hacia atrás, pero no pudo ver nada en las sombras que se extendían entre los torreones. 

Sintió miedo.

Cuando extendió la red, el miedo le dominaba. 

Aquello –o ella– no le vio, aunque esto pueda parecer raro. Tampoco notó la proximidad de su mente, a pesar de que él alzó barreras protectoras a su alrededor. Pero Lundy quedaba muy empequeñecido bajo las sombras que proyectaban los gigantescos muros y el esfuerzo de crear una ilusión para tantas mentes debía tener muy ocupado al espantoso ser del espacio.

La suerte estaba nuevamente de su lado como cuando consiguió alcanzar a Farrell. Rogó al Cielo que la suerte no le desamparase.
 

Lo consiguió.
 

La corriente empujó a la procesión hacia el lugar donde se hallaba agazapado Lundy. Éste observó los ojos de las algas. Ella aun conducía a los diminutos seres. Ella tenía un cuerpo físico, aunque él no pudiese verlo, y notaría el influjo de la corriente, por pequeño que fuese.

Tiró la red con rapidez.

La red se hinchó en las aguas negras y entonces él tiró de ella. 

Había apresado algo. Algo pequeño, cilíndrico y que se debatía. Algo vivo.

Apretó el lazo que cerraba la red, temblando y sudando de excitación nerviosa. Y entonces los hombrecillos vegetales le atacaron.

Cayeron sobre él, como una nube resplandeciente. Sus ojos dorados resplandecían de furor. Habían perdido el juicio. Sus mentes chillaban en un solo clamor de ira... y de temor por ella.

Le pegaron con sus pequeñas aletas verdes. Sus corolas echaban chispas, cálidas manchas de color, llamaradas que brillaban en las aguas obscuras. Tiraron de la red, la sacudieron, agitando sus membranas como alas en su esfuerzo por luchar contra la corriente.

Lundy era un sujeto rechoncho, fuerte y musculoso. Lanzando verdaderos rugidos, luchó para defender la red como hubiera hecho un lobo al que intentasen arrebatar un tierno corderillo. Sin embargo, la perdió. Cayó de bruces bajo un montón de hombrecillos vegetales, jadeando afanosamente bajo su peso, y dando gracias a Dios de que su sólida escafandra le salvase de morir aplastado.

Vio como ellos se apoderaban de la red. Se apiñaron a su alrededor como un enjambre de abejas, danzando en las aguas movedizas. Sus ojos dorados tenían una terrible expresión de dolor.

No podían abrir la red. Lundy la había asegurado con un fuerte nudo, y aquellos seres no tenían dedos. La golpeaban y acariciaban con sus aletas, pero eran incapaces de abrirla para que ella escapase.

Lundy se puso a gatas. La corriente se hacía más violenta. Rugía entre las torres desmoronadas como un negro vendaval y se llevó con ella el enjambre de hombrecillos verdes, que seguían aferrando la red.

Y entonces llegaron los otros.

(CONTINUARA...) 

Terror en el espacio (Capítulo 2) - Leigh Brackett


Capítulo 2

La primera sensación que tuvo Lundy fue la de silencio e inmovilidad. Una sensación mortal, como si todos los seres creados hubiesen dejado de respirar.

Lo segunda que notó fue la presencia de su cuerpo. Le dolía espantosamente, tenía calor y además le repugnaba el aire espeso y viciado que respiraba. Lundy se sentó penosamente y trató de hacer funcionar su cerebro. Esto era muy difícil, porque alguien le había abierto la cabeza con cuatro hachazos.

No era del todo obscuro en la cabina. Una temblorosa claridad plateada semejante al claro de luna penetraba por las portillas. Lundy podía ver bastante bien. Distinguió el cuerpo de Farrell exánime sobre el suelo, y un conjunto de cables y hierros retorcidos, que habían sido los mandos.
Vio también el cofre.

Lo miró larga rato, aunque no había mucho que ver. No era más que un cofre abierto y vacío, junto al que había un pedazo de tela negra.

–¡Dios mío! –susurró Lundy–. ¡Oh, Dios mío! Entonces lo comprendió todo de pronto. Su cuerpo no contenía apenas nada con excepción de su estómago, y éste hallábase sujeto. Sin embargo, quiso salirse por su boca. Las náuseas cesaron de pronto, y entonces fue cuando Lundy oyó que alguien llamaba a la puerta.

Era una llamada muy suave. Su ritmo era lento y espaciado, como si el que llamaba dispusiese de mucho tiempo y no tuviese prisa por entrar. La llamada procedía de la escotilla que comunicaba con la esclusa de salida.

Lundy se levantó lentamente, más frío que el vientre de un sapo y blanco como éste. Contrajo involuntariamente los labios y permaneció de pie, helado de espanto.

Las llamadas continuaban con un ritmo somnoliento. Quienquiera que fuese que llamaba, no tenía prisa por entrar. Sabía que tarde o temprano aquella puerta cerrada se abriría, y a él no le importaba esperar. No tenía prisa. Nunca tendría prisa.

Lundy paseó la mirada por la cabina, en silencio. Dirigió una mirada de soslayo a la portilla. Al otro lado de ella vio agua. La negra agua de mar de Venus, clara y negra, como una noche profunda.

La nave se había posado sobre una llanura arenosa. La luz plateada era reflejada por la arena. Era una luz fosforescente, tan brillante como el claro de luna y de un débil tinte verdoso.
Negras aguas marinas. Arenas plateadas. El misterioso visitante seguía llamando a la puerta, despaciosamente. Con paciencia. Uno... dos. Uno... dos. Al compás del corazón de Lundy.

Este pasó a la cabina interior, andando ya con paso firme. Miró cuidadosamente a su alrededor antes de regresar y detenerse ante la esclusa.
–Muy bien Jackie –murmuró–. Espera un minuto. Sólo un minuto, muchacho.

Entonces se volvió para dirigirse rápidamente hacia el armario de babor y sacó de él una botella de litro, que levantó después de sacarla de su soporte antichoque. Tuvo que hacerlo con ambas manos.

Al poco rato bajó la botella y se inmovilizó, sin mirar a ninguna parte, hasta que dejó de temblar. Descolgó a continuación su escafandra espacial del gancho donde estaba pendida y se la puso. Tenía la cara cenicienta e inexpresiva.

Cargó con todas las botellas de oxígeno que podía llevar, junto con raciones de socorro y toda la bencedrina que contenía el botiquín. Mezcló la dosis más fuerte posible de este estimulante con el coñac antes de cerrar el casco. Hizo caso omiso de la pistola hipodérmica, y en lugar de ella tomó las dos pistolas desintegradoras de reglamento... la suya y la de Smith. Entre tanto, los suaves golpecitos no cesaban.

Miró por un momento el cofre vacío y la tela negra caída a su lado. Una expresión cruel asomó a su rostro. Sus facciones se endurecieron, antes de cubrirse de una terrible expresión de paciencia.

El hecho de hallarse bajo la superficie del agua no molestaría en lo más mínimo a un ser del espacio interplanetario. Descolgó de su gancho la red de apretadas mallas metálicas y se la aseguró al cinto. Luego se dirigió resueltamente hacia la escotilla para abrirla.

Las aguas negras irrumpieran en negros remolinos en torno a sus botas lustradas. Luego la escotilla se abrió de par en par y Jackie Smith entró.

Había estado esperando en la esclusa inundada, golpeando con sus botas la escotilla interior, con el lento vaivén del mar. Entró con los pies por delante y el agua que penetraba a presión lo levantó. Con lo que pareció que andaba por su pie y miraba a Lundy al pasar. Era un hombre rubio y corpulento de ojos verdes con vendas blancas que asomaban por su guerrera negra entreabierta, mientras miraba a Lundy. No por mucho tiempo. Solamente por un segundo. Pero fue bastante.

Lundy se contuvo después del tercer grito de terror. Tenía que contenerse, porque sabía que si seguía gritando ya no podría dejar de hacerlo. Las negras aguas ya se habían llevado a Jackie Smith hasta la pared apuesta, cubriendo piadosamente su cara.
–¡Dios mío! –susurró Lundy–. ¡Dios mío...! ¿Qué debió de ver antes de ahogarse?

Nadie le respondió. Las negras aguas empujaban a Lundy, mientras se alzaban a su alrededor, tratando de llevarlo hacia donde estaba Jackie Smith. La boca de Lundy se contrajo en un rictus amargo.

Se mordió el labio inferior con fuerza. Echó a correr torpemente, tratando de vencer la resistencia que le oponía el agua, hasta que por último se detuvo. Entonces empezó a andar, sin mirar hacia atrás, por la compuerta inundada. La escotilla se cerró tras él, automáticamente.

Pisó la compacta arena de un color entre verde y plateado, mientras tragaba la sangre que le llenaba la boca y le ahogaba.

Andaba sin apresurarse. Su caminata por el fondo del océano sería probablemente larguísima. A juzgar por la posición de la nave cuando se hundió, calculaba aproximadamente hacia donde se hallaría la costa... a menos que aquello hubiese influido en su mente, haciéndole ver en las esferas unas cifras que no existían.

Comprobó su nimbo, ajustó la presión que reinaba en el interior de su escafandra, y siguió avanzando por aquel sobrenatural paisaje submarino, que parecía bañado por un fantasmal claro de luna. La marcha no era difícil. Si no encontraba a su paso una profunda fosa oceánica, una escarpadura imposible de franquear, o se convertía en la presa de alguna especie de voraz alga venusiana, conseguiría sobrevivir para presentarse ante su jefe en el cuartel general, y comunicarle que dos hombres habían muerto, la nave se había perdido y la misión que se le había encomendado había terminado en el más estrepitoso fracaso.

Aquel mundo submarino que le rodeaba era bellísimo. Parecía el ensueño que provocan las drogas o el delirio. La fosforescencia se elevaba en las negras aguas, para danzar en temblorosas espirales de fuego frío. Los peces, aquellos extraños seres policromados que parecían minúsculas joyas vivas con ojos de rubí, pasaban como centellas junto a Lundy, como ráfagas de color, o nadaban sobre las grandes extensiones de algas que parecían selvas en miniatura, y que manchaban las negras aguas y el brillo fosforescente de la arena con enormes y ardientes manchas azules, violetas, verdes y plateadas.

También había flores. Una vez, Lundy se acercó demasiado a algunas de ellas. Estas se tendieron hacia él, abriendo unas bocas redondas llenas de espinas, que denotaban una increíble voracidad. Los peces se mantenían a saludable distancia de ellas. Desde entonces, Lundy les imitó.

Apenas hacía media hora que andaba, cuando descubrió la carretera.

Era una carretera perfecta, que avanzaba en línea recta a través de la arena. Presentaba algunas grietas y resquebrajaduras, y algunas de las enormes losas que la formaban estaban alzadas o caídas a un lado, pero en general estaba perfectamente conservada y era evidente que se dirigía a alguna parte.

Lundy la miró mientras un escalofrío recorría su espinazo. Había oído hablar de cosas parecidas. Venus aun era un mundo casi desconocido. Era un planeta joven, bravío, desconcertante, que daría más de una sorpresa a los sesudos hombres de ciencia.

Mas incluso los jóvenes planetas tienen un largo pasado, lleno de leyendas y mitos. Todo el mundo estaba de acuerdo en que gran parte de la superficie de Venus que hoy se hallaba sumergida no lo estuvo en otros tiempos, y viceversa. La bella diosa cambió varias veces de maquillaje antes de adoptar su semblante definitivo.

Ello quería decir que, en épocas remotas, aquella carretera cruzó una llanura bajo un cálido cielo gris perla. Por ella venían probablemente las caravanas de la costa. Aquella carretera debió de ver el tráfico formado por los fardos de especias y seda de araña, junto con las ánforas de vakhi procedentes de los cañaverales de Nahali, y las esclavas de cabellos de plata que venían de las tierras altas donde moraba el Pueblo de las Nubes, avanzando bajo el calor bochornoso, apenas resguardadas por los verdes árboles liha, para terminar vendidas en el mercado.

A la sazón la carretera seguía conduciendo a alguna parte.
Lundy iba en aquella misma dirección. Era probable que la carretera se hubiese desviado un poco antes, la cual explicaba que él la hubiese encontrado. Lundy se pasó la lengua par las labios cubiertos de frío sudor y empezó a seguirla.
Andaba lenta y cuidadosamente, como el que penetra a solas en la nave de un templo vacío.

Siguió la carretera durante largo rato. Las algas formaban una espesura a ambas lados de ella. Parecía atravesar un denso bosque de algas que se perdía en la distancia por ambos lados, hasta allá donde alcanzaba la vista de Lundy. Este se alegró de haber encontrado la carretera, ya que ésta era muy ancha y si se mantenía en el centro las flores no podían llegar hasta él.

La luminosidad disminuyó, debido a las algas que cubrían la arena. Fuera cual fuese la causa de la fosforescencia, aquel apiñamiento de algas la hacía disminuir notablemente, y pronto estuvo tan obscuro que Lundy tuvo que encender el proyector de su casco. A las bordes de su haz luminoso podía ver las frondas de algas moviéndose perezosamente en un lento vaivén, al compás del mar de fondo.

Las flores se habían hecho más bellas y de colores más vivos. Pendían como lámparas en las negras aguas, irradiando una luz que parecía surgir de ellas mismas. Sus colores eran rojos sombríos y amarillos violentos, junto con azules pálidos y desvaídos.
Su vista resultaba inquietante para Lundy.

Las algas cada vez eran más espesas y juntas. Sus raíces asomaban sobre el borde de las losas de piedra. Las flores abrían sus brillantes bocas voraces en dirección a Lundy.
Trataban de alcanzarle, sin conseguirlo. De momento.

Él estaba cansado. El efecto producido por el coñac con bencedrina empezaba a amortiguarse Cambió la botella de oxígeno por otra. Aquello le reanimó pero no mucho. Bebió otra sorbo de la mezcla estimulante, pero tampoco quería abusar de ella para no fatigar a su corazón. Tenía las piernas entumecidas.

No había dormido desde hacía muchas horas. Seguir la pista de Farrell no fue ningún juego de niños, y apoderarse de él –y de aquello– constituyó una verdadera hazaña, arriesgada y peligrosísima. Hay que tener en cuenta que Lundy no era más que un ser humano. Por lo tanto era natural que se hallase cansado. Molido. Deshecho y agotado.

Se sentó para descansar un rato, apagando la lámpara para ahorrar las pilas. Las flores le acechaban, brillando en la obscuridad. Él cerró los ojos pero seguía notando su presencia, como animales de presa, agazapadas a su alrededor.
Después de un par de minutos se levantó para proseguir la marcha.
Las algas se hicieron más espesas y altas. Estaban cargadas de flores.

Tomó más bencedrina, sin pensar en lo que le podría ocurrir al corazón. La luz del casco abría un túnel blanco y frío a través de las tinieblas. Guiado por esta luz, él avanzaba, andando todo lo de prisa que le permitía la densidad del agua. Las frondas de algas se unían y se entretejían a gran altura sobre su cabeza, encerrándole en un inquietante túnel. Las flores pendían sobre él. Sus pétalos casi le rozaban. Eran unas pétalos carnosos, voraces y vivientes.

Echó a correr, sobre los surcos abiertos por las ruedas en la piedra y las desgastadas losas de la carretera que aún llevaba a alguna parte, en el fondo de aquel negro océano.

Lundy corrió torpemente durante largo rato entre la obscuras paredes cada vez más próximas. Las flores casi le tocaban. Una vez se acercaron tanto a él, que le sujetaron nuevamente cuando se escapaba. Empezó a hacer uso de la pistola desintegradora.

De esta manera redujo a cenizas un gran número de algas. Esto no parecía gustarles. Empezaron a balancearse coléricas sobre sus raíces, asestándole golpes desde ambos lados y desde el techo entrelazado que lo cubría. Lundy corría penosamente, sollozando pero sin derramar lágrimas.

Fue la carretera quien le condujo hasta allí. Se cruzo con él de pronto, sin previo aviso. Luego avanzó suavemente bajo el túnel de algas, hasta terminar en una masa caótica de enormes losas y bloques, esparcidos sin orden ni concierto como si el hijo de un gigante se hubiese cansado de jugar con ellos.
Y las algas crecían entre aquellos bloques dispersos.

Lundy tropezó y cayó, dándose de cabeza contra la parte posterior del casco. Por un momento vio una luz cegadora. Luego reinaron las tinieblas y comprendió que se había producido un falso contacto, pues su luz se había apagado.
Se arrastró por encima de un gran bloque inclinado. Las flores brillaban en la obscuridad, muy cerca de él. Demasiado cerca. Lundy abrió la boca, pero sólo salió de ella un ronco gemido animal. Aún empuñaba su pistola. La disparó un par de veces y por último se encontró en lo alto del bloque, tendido de bruces.

Sabía que no podía seguir avanzando. La carretera terminaba allí.

Las brillantes flores descendieron hacia él, surgiendo de las tinieblas. Lundy, tendido sobre la piedra, las observaba con rostro inexpresivo. En sus ojos brillaba un odio terco y concentrado, pero nada más.

Vio como las flores se adherían a su escafandra y empezaban a actuar. Entonces, allá en lo alto, a través del negro túnel de algas, vio brillar la luz.

Brilló de pronto, como un relámpago. Una sábana de oro cálido y brillante que restallaba como un estandarte, iluminando el final de la carretera.

Iluminando también la ciudad y la pequeña procesión que salía de ella.

Lundy no quería dar crédito a sus ojos. Estaba ya medio muerto, con su espíritu flotando libre de su cuerpo y envuelto a medias en negras nubes. Contempló sin curiosidad lo que veía.
La luz áurea es extinguió, para brillar dos veces al final del túnel, cruzando una pequeña llanura, después de la cual se alzaba la ciudad.

Lundy veía sólo una parte de ella, a causa de las algas. Pero parecía ser una gran ciudad. La rodeaba una muralla, de mármol verde veteado de rosa sombrío, y con sus bordes desgastados por siglos de erosión marina. En la muralla se abrían amplias puertas de oro puro, no empañado por el paso de los siglos, y que giraban sobre bisagras igualmente de oro. Por las puertas abiertas se distinguía una gran plaza pavimentada con cuarzo de color gris neblina, y alrededor de la plaza se alzaban unas construcciones que recordaban a Lundy los castillos de la Tierra que había visto en su infancia, bajo las nubes rosadas del atardecer.

Esto es lo que aquel lugar parecía bajo los destellos de luz dorada: un país de cuento de hadas al atardecer. Remoto, de una belleza soñadora, cubierto por las negras aguas, como por un velo... algo indestructible, porque era inexistente.

Los seres que salieron por las puertas doradas y que venían por la carretera parecían diminutos jirones de niebla desgajados por una brisa fría y errante y apartados de la luz.

Se acercaron flotando a Lundy. A pesar de que su avance parecía lento, probablemente no lo era, porque de pronto se hallaron entre las algas. Eran muchos; tal vez cuarenta o cincuenta. No tenían más de un metro o un metro veinte de altura, y todos mostraban el mismo color mortecino, azul grisáceo. Lundy no podía ver qué eran. Su forma era vagamente humana, aunque tenían algo de pez, y algo que no alcanzaba a expresar qué era, a pesar de que intuía su naturaleza.

De pronto, todo aquello dejó de importarle. La sombría cortina negra que cubría su mente se rasgó, y el temor penetró gritando por la hendidura. Notaba como las flores mordían y tiraban de su escafandra como si fuese de su propia piel.
Un frío sudor cubría su cuerpo. Antes de un minuto agujerearían su traje y el agua de mar lo inundaría, y entonces...

Lundy empezó a debatirse desesperadamente. Contrajo los labios pero no gimió ni gritó. Únicamente oía su pesado resollar. Trató de luchar contra las flores, utilizando indistintamente la pistola y la fuerza bruta. Luchaba sin arte ni método. Era la última lucha ciega de un animal que no se resignaba a morir.

Las flores le sujetaban firmemente. Le aplastaban y le oprimían, envolviéndole en mortíferos y encantadores pétalos de colores ardientes. Él consiguió quemar a algunas de ellas, pero cuantas más quemaba más aparecían. Lundy no siguió luchando por mucho tiempo.

Por último permaneció postrado, con las rodillas algo dobladas hacía su rígido estómago atenazado por un nudo, cubierto de sudor y con el corazón latiéndole en desorden. Permanecía helado y tenso... esperando.

Hasta que las flores empezaron a apartarse.

Se apartaban a la fuerza, a regañadientes, retirándose airadas como gatos despojadas de un opíparo ratón, haciendo débiles y rápidos intentos para atacarle nuevamente. Mas terminaban por retirarse. 

Lundy estuvo a punto de desfallecer para siempre. Se sentía al límite extremo de sus fuerzas. Su corazón dejó de palpitar; su cuerpo se contrajo espasmódicamente. Entonces, a través de una niebla formada por su sudor y sus lágrimas, al borde del Más Allá, vio las pequeñas criaturas azul grisáceas inclinándose sobre él para mirarlo.

Se cernían en una nube sobre él, sosteniéndose gracias a sus aleteantes membranas, tan delicadas como el trino de un pájaro en un día de viento. Estas membranas unían sus extremidades superiores e inferiores, las cuales estaban provistas de unas pequeñas aletas natatorias planas en su extremidad. Aquellos miembros estaban dotados de ventosas, situadas en el lugar que hubiera correspondido a los talones si aquellos seres hubiesen tenido pies.

Sus cuerpos eran gráciles y esbeltos, y de aspecto marcadamente femenino, a pesar de que no poseían características humanas muy especiales. Eran unas hermosas criaturas, distintas a todo cuanto Lundy había visto o había soñado.

Tenían caras. Pequeñas caritas de hadas sin nariz. Es decir: tenían una diminuta naricilla redonda, pero los ojos eran su rasgo dominante. 

Eran unas enormes ojos redondos y dorados con pupilas de un pardo obscuro. Unas ojos suaves, curiosos, inquisitivos, que dieron ganas de llorar a Lundy y le asustaron tanto que casi estuvo a punto de enloquecer.

Entretanto, las flores se mantenían a cierta distancia, esperando el momento de volver al ataque. Pero cuando una se acercaba demasiado a Lundy, uno de los pequeños seres le daba un golpecillo cariñoso, como hacemos nosotros con un perro inoportuno, y la ahuyentaba.
–¿Vives?

(CONTINUARA...)