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La biblioteca de Babel - Jorge Luis Borges

El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. 

La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto. 

En el zaguán hay un espejo, que fielmente duplica las apariencias. Los hombres suelen inferir de ese espejo que la Biblioteca no es infinita (si lo fuera realmente ¿a qué esa duplicación ilusoria?); yo prefiero soñar que las superficies bruñidas figuran y prometen el infinito... La luz procede de unas frutas esféricas que llevan el nombre de lámparas. Hay dos en cada hexágono: transversales. La luz que emiten es insuficiente, incesante.

Como todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda; mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita. 

Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos, de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras. Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico: La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya circunferencia es inaccesible.

A cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón, de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución (cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.

El primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos, de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.

El segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último. Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». 

Ya se sabe: por una línea razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)

Durante mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página 71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página, pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías; universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la formularon sus inventores.

Hace quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en portugués; otros le dijeron que en yiddish. 

Antes de un siglo pudo establecerse el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. 

Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. 

Todo: la historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los sajones, los libros perdidos de Tácito.

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. 

En aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano propósito de encontrar su Vindicación. 

Esos peregrinos disputaban en los corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.

También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. 

Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.

Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. 

Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.

También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. 

Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido mis años. 

No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.

Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. 

En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. 

No puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios. Hablar es incurrir en tautologías. 

Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?).

La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.

Acabo de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica; digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites, olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza.

Las imprudentes plegarias de Pombo el Idólatra - Lord Dunsany

Pombo el idólatra había dirigido a Ammuz una súplica sencilla, indispensable, de esas que incluso un ídolo de marfil podía conceder con suma facilidad, y Ammuz no la había concedido inmediatamente. Luego, Pombo había rezado a Tharma pidiendo el derrocamiento de Ammuz, un ídolo simpático a los ojos de Tharma, y al hacerlo violó el protocolo de los dioses. Tharma rehusó conceder la petición. 

Pombo suplicó desesperadamente a todos los dioses de la idolatría, pues aunque se trataba de un asunto sencillo, era indispensable para él. Dioses más antiguos que Ammuz rechazaron las plegarias de Pombo, e incluso dioses más recientes y por tanto de mayor reputación.

Les suplicó uno a uno y todos rehusaron escucharle. Al principio él ni siquiera pensó en aquel sutil protocolo divino que había violado. Se le ocurrió de repente mientras rezaba al quincuagésimo ídolo, un diosecillo verde jade conocido de los chinos, contra el cual se habían aliado todos los demás ídolos.

Cuando Pombo descubrió esto sintió amargamente haber nacido y se lamentó, alegando que estaba perdido. Podía vérsele entonces en cualquier parte de Londres frecuentando tiendas de antigüedades y otros lugares donde venden ídolos de marfil o de piedra, ya que residía en Londres con otros de su raza aunque había nacido en Burmah y era de los que consideran sagrado el Ganges. 

En las tardes lluviosas del peor noviembre podía verse su rostro macilento en el resplandor de cualquier tienda pegado completamente al cristal, suplicando a algún apacible ídolo cruzado de piernas, hasta que la policía le hacía circular. Y después de la hora de cierre se iba de nuevo a su sórdida habitación, en esa parte de nuestra capital donde raramente se habla inglés, a suplicar a pequeños ídolos que poseía. 

Y cuando la sencilla e indispensable súplica de Pombo fue igualmente rechazada por los ídolos de museos, salas de subasta y tiendas, entonces consultó consigo mismo y compró incienso, y lo quemó en un brasero frente a sus propios ídolos baratos, y mientras tanto tocó un instrumento como los que utilizan los encantadores de serpientes. Y los ídolos seguían aferrándose a su protocolo.

No sé si Pombo conocía este protocolo y lo consideraba frívolo frente a su exigencia; o si ésta, cada vez más apremiante, trastornó su mente; mas lo cierto es que Pombo el idólatra cogió un palo y súbitamente se volvió iconoclasta.

Pombo el iconoclasta abandonó inmediatamente su casa, dejando que sus ídolos fueran barridos por el polvo mezclándose así con el Hombre. Fue a ver a un archiidólatra de fama que esculpía ídolos en piedras poco corrientes y le expuso su caso. 

El archiidólatra, que creaba sus propios ídolos, reprochó a Pombo en nombre de la Humanidad por haber roto sus ídolos. "Pues, ¿acaso no los ha hecho el hombre?", dijo. Y en cuanto a los ídolos mismos habló larga y doctamente, explicándole el protocolo divino, que Pombo había violado, por lo que ningún otro ídolo escucharía sus súplicas. 

Cuando Pombo oyó esto lamentó y protestó amargamente, y maldijo a los dioses de marfil y a los dioses de jade, y a la mano del Hombre que los había hecho, mas sobre todo maldijo su protocolo, que había arruinado, según dijo, a un inocente. 

De manera que, finalmente, aquel archiidólatra que hacía sus propios ídolos interrumpió su trabajo de un ídolo de jaspe para un rey que estaba harto de Wosh, y tuvo compasión de Pombo, y le dijo que, aunque ningún ídolo escucharía sus plegarias, no muy lejos de allí actuaba cierto ídolo de mala reputación que no sabía nada de protocolos y aceptaba plegarias que ningún otro dios respetable hubiera consentido en escuchar. 

Cuando Pombo oyó esto, tomó dos puñados de la barba del archiidólatra y los besó alegremente, y enjugó sus lágrimas y volvió a ser el mismo impertinente de siempre. Y el que esculpía en jaspe al usurpador de Wosh explicó que en la aldea del Fin del Mundo, en el extremo más alejado de la Ultima Calle, hay un hoyo que podría tomarse por un pozo, rodeado por la tapia del jardín, y que, si descendía hasta su mismo borde y buscaba a tientas con los pies, encontraría un saliente, que es el último peldaño de un tramo de escaleras que conduce a los confines del Mundo.

-Como todos los hombres saben, esas escaleras deben tener un destino o incluso un peldaño final -dijo el archiidólatra-; mas discutir acerca de los tramos inferiores es perder el tiempo.

Entonces a Pombo le castañetearon los dientes, pues temía la oscuridad; mas el que fabricaba sus propios ídolos le explicó que aquellas escaleras estaban siempre iluminadas por el pálido crepúsculo azulado en el que el Mundo gira.

-Entonces -dijo- pasarás cerca de la Casa Solitaria y bajo el puente que conduce de la Casa a Ninguna Parte, cuya utilidad no se adivina; desde allí dejarás atrás a Maharrion, el dios de las flores, y a su sumo sacerdote, que no es ni pájaro ni gato; y de esa manera llegarás al idolillo Duth, el dios de mala reputación que hará caso de tu plegaria.

Y siguió esculpiendo su ídolo de jaspe para el rey que estaba harto de Wosh; y Pombo le dio las gracias y se marchó cantando, pues en su vulgar mente pensaba que "tenía consigo a los dioses".

Hay un largo trecho desde Londres al Fin del Mundo, y a Pombo no le quedaba dinero. No obstante, en un plazo de cinco semanas estaba paseando por la Ultima Calle, aunque no diré cómo consiguió llegar hasta allí, ya que no fue de una forma completamente honrada. 

Pombo encontró el pozo al final del jardín, más allá de la última casa de la Ultima Calle, y mientras se descolgaba del borde con las manos cruzaron por su mente innumerables pensamientos, principalmente el que afirmaba que los dioses se reían de él por boca del archiidólatra, su profeta, y ese pensamiento se le metió en la cabeza hasta dolerle tanto como las muñecas... y entonces encontró el peldaño.

Pombo bajó las escaleras. Allí estaba, efectivamente, el crepúsculo en el que el mundo gira, y en él las estrellas brillaban débilmente a lo lejos.

Mientras bajaba no había nada ante él excepto aquel extraño y melancólico derroche de crepúsculo, con su multitud de estrellas, y sus cometas precipitándose al exterior a través de él o volviendo a casa. Luego divisó las luces del puente hacia Ninguna Parte y, de pronto, se encontró con el fulgor de la reluciente ventana del salón de la Casa Solitaria, y allí oyó voces que pronunciaban palabras, y las voces de ninguna manera eran humanas, y de no ser por su imperante necesidad habría gritado y huido. 

A mitad de camino entre las voces y Maharrion, al que ahora veía sobresaliendo del mundo, cubierto de halos irisados, divisó a la misteriosa bestia gris que no es ni gato ni pájaro. Mientras Pombo vacilaba, tiritando de miedo, oyó que las voces de la Casa Solitaria subían de tono, y en eso descendió sigilosamente unos cuantos peldaños y se abalanzó contra la bestia. La bestia observaba atentamente a Maharrion, el cual lanzaba burbujas hacia arriba, cada una de las cuales era una estación primaveral en desconocidas constelaciones, y llamaba a las golondrinas hacia inimaginables parajes. Le observaba sin volverse siquiera para mirar a Pombo, y le vio caer en el Linlunlarna, el río que nace en los confines del Mundo, cuya corriente depura el polen dorado que es arrebatado al Mundo para convertirse en la alegría de las Estrellas. 

Y allí estaba delante de Pombo el idolillo de mala reputación a quien nada importa el protocolo y el cual atiende las plegarias rechazadas por la totalidad de los dioses respetables. No sé, ni eso le importa a Pombo, si finalmente su visión de aquél excitó su impaciencia, o si fue su misma necesidad, superior a cuanto podía soportar, la que le condujo escaleras abajo tan velozmente; o si, como es más probable, pasó corriendo junto a la bestia demasiado deprisa; mas, en todo caso, no pudo detenerse, como era su propósito, a orar a los pies de Duth, sino que siguió bajando a la carrera los angostos peldaños, agarrándose a las peladas y lisas rocas hasta caerse del Mundo, como caemos en sueños, cuando nuestro corazón deja de latir y despertamos con un espantoso susto. Mas no hubo despertar para Pombo, el cual todavía sigue cayendo hacia las indiferentes estrellas, y su destino es el mismo que el de Slith.

 

La angustiosa historia de Thangobrind el joyero, y el funesto destino que le aconteció - Lord Dunsany

Cuando Thangobrind el joyero oyó la ominosa tos, se volvió en seguida hacia aquel angosto camino. Era un ladrón de gran reputación, protegido de los encumbrados y los elegidos, pues lo más pequeño que había robado era un huevo de Moomoo y en toda su vida únicamente robó cuatro tipos de piedras preciosas: Rubíes, diamantes, esmeraldas y zafiros; y como joyero su honradez era enorme. 

Un Príncipe Mercader se había presentado ahora ante Thangobrind y le había ofrecido el alma de su hija a cambio de un diamante más grande que una cabeza humana, que debía encontrarse en el regazo del ídolo-araña Hlo-hlo, en su templo de Moung-ga-ling; pues había oído decir que Thangobrind era un ladrón en el que se podía confiar.

Thangobrind lubricó su cuerpo y salió de su tienda, y recorrió en secreto apartados caminos y llegó tan lejos como Snarp, antes de que alguien supiera que había salido por negocios o echara de menos su espada de su lugar debajo del mostrador.

Por eso únicamente se ponía en marcha de noche, ocultándose de día y dedicándose a sacar brillo al filo de su espada, a la que llamaba Ratón porque era veloz y ágil. 

El joyero utilizaba sutiles métodos para viajar; nadie le vio nunca atravesar los llanos de Zid; nadie le vio llegar a Munrsk o Tlun. ¡Cómo adoraba las sombras! Una vez la luna, asomando de improviso después de una tempestad, había traicionado a un joyero corriente; a Thangobrind no le ocurrió lo mismo: los vigilantes únicamente vieron una figura agachada que gruñía y reía.

No es más que una hiena", dijeron.

En una ocasión le agarró uno de los guardianes de la ciudad de Ag, mas Thangobrind estaba lubricado y se escurrió de sus manos; apenas se oía el paso de sus pies desnudos. Sabía que el Príncipe Mercader esperaba su regreso, sin pegar ojo en toda la noche y reluciente de codicia; sabía que su hija yacía encadenada, gritando noche y día. ¡Ay! Thangobrind lo sabía.

Y si no hubiera estado fuera por negocios, casi se habría permitido una o dos pequeñas sonrisas. Mas el negocio era el negocio, y el diamante que buscaba permanecía todavía en el regazo de Hlo-hlo, donde había estado durante los dos últimos millones de años, desde que Hlo-hlo creara el mundo y le concediera todo excepto aquella piedra preciosa llamada el Diamante del Muerto. 

La joya fue robada a menudo, mas tenía el don de regresar de nuevo al regazo de Hlo-hlo. Thangobrind lo sabía, mas no era un joyero corriente y esperaba burlar a Hlo-hlo, sin darse cuenta de que su ambición y su vehemencia eran sólo vanidad.

¡Cuán ágilmente se deslizó por los pozos de Snood! Ora como un botánico escudriñando el terreno, ora como un bailarín saltando por encima de los desmoronados márgenes. Cuando había oscurecido del todo pasó cerca de las torres de Tor, donde los arqueros disparaban flechas de marfil a los desconocidos para que ningún forastero pudiera alterar sus leyes, las cuales eran malas, mas no tanto como para permitir que fueran alteradas por simples extranjeros. De noche disparaban guiándose por el ruido de los desconocidos al pasar. ¡Oh, Thangobrind, Thangobrind,! ¿Hubo alguna vez un joyero como tú?

Mediante largas cuerdas arrastró tras él dos piedras y los arqueros dispararon a éstas. Tentadora era, en verdad, la trampa que habían dispuesto en Woth: un engaste suelto de esmeraldas en la puerta de la ciudad. 

Mas Thangobrind percibió la cuerda dorada que ascendía por la pared desde cada una de ellas y los pesos que le caerían encima si tocaba alguna, de manera que las abandonó, aunque lamentándose, y finalmente llegó a Theth. 

Allí todos adoraban a Hlo-hlo, aunque, como lo atestiguan los misioneros, permitían creer en otros dioses; mas éstos únicamente servían de piezas en las cacerías de Hlo-hlo, el cual llevaba aureolas, así las llama esa gente, pendientes de los ganchos dorados de su canana. 

Y después de Theth llegó a la ciudad de Moung y al templo de Moung-ga-ling, donde entró y vio al ídolo-araña Hlo-hlo, sentado con el Diamante del muerto reluciendo en su regazo y mirando a todo el mundo como una luna llena, mas una luna llena entrevista por un loco que hubiera dormido demasiado tiempo bajo sus rayos, pues el Diamante del Muerto presentaba un cierto aspecto siniestro que presagiaba cosas que es mejor no mencionar aquí. 

El rostro del ídolo-araña estaba iluminado por aquella fatal gema; no había ninguna otra luz. A pesar de sus chocantes miembros y de aquel cuerpo demoníaco, su rostro estaba sereno y aparentemente inconsciente.

Un leve temor pasó por la mente de Thangobrind, un estremecimiento pasajero nada más: el negocio era el negocio y a él le esperaba el mejor.

Thangobrind ofreció miel a Hlo-hlo y se postró ante él. ¡Oh, qué astuto era! Cuando los sacerdotes salieron furtivamente de la oscuridad para sorber la miel quedaron tendidos sin sentido en el suelo del templo, pues había una droga en la miel ofrecida a Hlo-hlo. 

Y Thangobrind el joyero cogió el Diamante del Muerto, se lo puso a sus espaldas y se alejó del altar; y Hlo-hlo el ídolo-araña no dijo nada, sino que sonrió débilmente mientras el joyero cerraba la puerta. 

Cuando los sacerdotes se sobrepusieron del efecto de la droga que le fue ofrecida a Hlo-hlo con la miel, se precipitaron a una pequeña cámara secreta con vistas a las estrellas y trazaron un horóscopo del ladrón. Algo que vieron en el horóscopo pareció satisfacerles. 

No era propio de Thangobrind regresar por el mismo camino por el que había venido. No, fue por otro camino, si bien éste conducía a la senda angosta, a la mansión de la noche y al bosque de la araña.

Mientras se alejaba con el diamante, la ciudad de Moung se elevaba por detrás de él, balcón sobre balcón, eclipsando a medias a las estrellas. No caminaba tranquilo. No obstante, cuando surgió tras él un ligero golpeteo como de pies de terciopelo, se negó a admitir que fuera lo que él se temía, a pesar de que su instinto comercial le decía que no era bueno que ningún tipo de ruido siguiera de noche a un diamante, y éste era uno de los más grandes que había llegado hasta él en toda su vida comercial.

Cuando llegó a la senda angosta que conduce al bosque de la araña, el joyero se detuvo titubeante; sentía la frialdad y el peso del Diamante del Muerto y los pasos aterciopelados le parecían terriblemente cercanos. Miró tras él: allí no había nadie. Escuchó con atención; ahora no se oía ningún ruido. 

Entonces recordó los gritos de la hija del Príncipe Mercader, cuya alma era el precio del diamante, y sonrió, y siguió adelante resueltamente. En eso, del otro lado de la senda angosta, le miró esa inexorable y equívoca dama cuya mansión es la Noche. Habiendo dejado de percibir el ruido de pasos sospechosos, Thangobrind se sentía ahora más tranquilo. Cuando casi había llegado al final de la senda angosta, la mujer profirió indiferentemente aquella ominosa tos.

La tos era demasiado significativa para no hacer caso de ella. Thangobrind se volvió y vio inmediatamente lo que temía. El ídolo-araña no se había quedado en su casa. El joyero dejó suavemente en el suelo su diamante y sacó su espada llamada Ratón. Y entonces comenzó en la senda angosta aquella famosa lucha, por la cual parecía tener tan poco interés la siniestra anciana cuya morada era la Noche. 

Para el ídolo-araña tan de repente descubierto todo era una horrible broma. Para el joyero era una lúgubre señal. Luchó y jadeó y fue rechazado lentamente a lo largo de la senda angosta, mas todo el tiempo asestó terribles cuchilladas a Hlo-hlo en su ancho y blando cuerpo hasta que Ratón estuvo cubierta de sangre.

Finalmente, la persistente risa de Hlo-hlo fue demasiado para sus nervios e, hiriendo una vez más a su demoníaco enemigo, se dejó caer horrorizado y exhausto junto a la puerta de la morada llamada Noche a los pies de la siniestra anciana, la cual, después de proferir aquella ominosa tos, no volvió a entrometerse en el curso de los acontecimientos. 

Y los que estaban de servicio se llevaron a Thangobrind el joyero a la casa donde colgaban dos hombres y, descolgando de su gancho al que estaba a la izquierda, pusieron en su lugar a aquel aventurado joyero; de manera que cayó sobre él el funesto destino que temía, como todos saben pese a haber pasado tanto tiempo, y de alguna manera se calmó la ira de los envidiosos dioses.

Y la única hija del Príncipe Mercader sintió tan poca gratitud por este magnífico final que adoptó la respetabilidad de un combatiente, se convirtió en una taciturna agresiva, llamó a su hogar la Riviera Inglesa, utilizó una tópica cubretetera de estambre, y al final no murió, sino que desapareció en su residencia.

El patio cuadrado - Amparo Dávila

Atardecía y desde el patio descubierto se podía ver un crepúsculo tan enrojecido como un incendio o como un mar de púrpura. Era uno de esos patios de provincia, cuadrados, con corredores y habitaciones a cada lado. Horacio estaba junto a mí mirando el atardecer, y en los rincones de los corredores unos embozados permanecían replegados y quietos como si fuera un coro secundario; un acompañamiento en sordina, o a sotto voce

No sé si sería por aquel ocaso ensangrentado o porque era esa hora de la tarde en que uno se siente especialmente triste que ninguno de los dos hablábamos. De pronto descubrí la silueta de un hombre que se recortaba contra el fondo rojísimo del cielo como un puñal negro, clavado en el borde mismo de la cornisa del patio. Un mínimo impulso bastaba para que se precipitara al vacío.

—Se va a matar —le dije a Horacio.

—Se va a matar —dije de nuevo, porque el hombre permanecía sin dar un paso atrás, como si estuviera resuelto a lanzarse.

Busqué con la mirada a Horacio pero ya no estaba junto a mí. Me tranquilizó saber que había comprendido mi mensaje y lo iba a salvar. Ansiosamente esperé verlo llegar detrás del hombre; pero los minutos pasaban y Horacio no aparecía. Mientras el atardecer se desgaja en jirones sangrantes.

Entonces supe que Horacio estaba frente al suicida en el otro extremo del patio, en idéntica actitud: como dos dagas clavadas frente a frente, como dos neones en un tablero de ajedrez.

—Se va a matar —dije, ya sin esperanza, mirando al desconocido.

En ese mismo instante Horacio se precipitó al vacío. Los embozados que habían permanecido inmóviles todo el tiempo lanzaron un graznido siniestro y se arrojaron voraces sobre el cuerpo caído, cubriéndolo con sus alas parduzcas y membranosas.

Yo comencé a retroceder, a retroceder... Entré en el cuarto donde se guardaban los juguetes de la infancia, pero aquella habitación llena siempre de muñecas, pelotas, osos, patines, era ahora un enorme vestidor con percheros repletos de ropa. 

Una vez que se entraba ahí ya no era posible ver sino prendas de vestir por todos lados, como si fuera una tienda de empeño o de esas en que se alquilan trajes para toda ocasión. Había cientos, miles de vestidos lindos y costosos de los estilos y olores más diversos; cualquier prenda de ropa que uno pudiera desear estaba allí. Con gran entusiasmo me dediqué a probarme todas las cosas, pero nada me quedaba bien, o era grande o era chico, largo, apretado. No había nada a mi medida, nada. 

Comencé a desesperarme y a sufrir verdaderamente por no encontrar algo de mi talla, pero no cesaba en mi empeño y me medía vestidos y más vestidos, y abrigos y sacos y capas, blusas y faldas y négligés. Estaba muy atareada cuando oí que me llamaban por mi nombre una y otra vez. Reconocí la voz de Olivia que salía de entre la ropa.

—Olivia, ¿dónde estás?

No hubo respuesta a mi pregunta, pero volví a oír el mismo llamado.

—Olivia, Olivia, ¿dónde estás?

—Aquí estoy, en el centro del cuarto —contestó entonces con una voz muy queda, como si la ropa la sofocara.

Me puse a remover trajes y más trajes tratando de apartarlos y despejar el camino hacia ella. Lograba pasar entre un perchero y encontraba otro y después otro y luego otro y otro, como si la ropa y los percheros se multiplicaran y no me dejaran nunca llegar hasta Olivia. 

Por fin conseguí salir de aquel mundo de ropa y verla vestida toda de negro y velado el rostro por gasas también negras. Estaba de pie en el centro de un círculo, una circunferencia pequeñísima que parecía pertenecerle.

— ¿Qué haces aquí? —le pregunté.

Ella avanzó un paso, o nada, pero yo sentí que se encaminaba hacia mí, mientras sus manos apartaban las gasas que la velaban.

—Estoy muerta —dijo—, ¿no te has dado cuenta de que estoy muerta, de que hace mucho tiempo que estoy muerta?

Y al apartar los velos que la cubrían yo tuve ante un rostro hueco, una cavidad donde yo miraba al vacío.

—Estoy  muerta, muerta...

Y siguió avanzando lentamente hacia mí. Yo me lancé entre aquella maraña de vestidos, que ahora volaban y eran negros murciélagos y búhos y buitres y telarañas que mis manos arrancaban en la huída…

Yo comencé a retroceder, a retroceder...

Me precipité dentro de una habitación donde había dos hombres de edad, sentados frente a una mesa triangular, leyendo un gran libro bajo la luz blanquísima de una lámpara de látigo. Mi súbita aparición los sobresaltó y levantaron la vista del volumen para observarme con todo detenimiento. 

Alcancé a ver que leían La interpretación de los sueños, por lo que encontré muy conveniente y oportuno consultarles algo que me preocupaba mucho desde hacía tiempo. Accedieron a mi súplica y me invitaron cortésmente a tomar asiento frente a la mesa en el tercer ángulo que estaba desocupado.

—Un hombre, el mismo siempre, me persigue con un enorme puñal todas las noches cuando duermo. Es un tormento indecible el temor con que vivo de que algún día me dé alcance y yo no despierte más —les dije.

—Bien sé yo lo que es eso —dijo el menos viejo de los dos—, yo sufro la persecución diaria, constante, de una nube de mariposas negras que aparecen siempre en cualquier momento, en cualquier parte donde me encuentre. 

Es una nube espesa que se cierne sobre mi cabeza y que, si corro, se desplaza con el mismo ritmo de mi carrera no dejándome sitio donde protegerme y librarme de ella; me persigue sin descanso como una sombra delatora proyectada hacia arriba; a veces la siento ya tan cerca de mí que tengo que llevarme las manos sobre la cabeza y correr agachado, casi pegado al suelo, para evitar el roce de sus alas tamizadas de un polvo parduzco y rancio...

—Imágenes, símbolos, persecución siniestra —gritó el más viejo, interrumpiendo al otro—, no hay escapatoria posible al huir de nosotros mismos; el caos de adentro se proyecta siempre hacia afuera; la evasión es un camino hacia ninguna parte..., pero no hay que sufrir ni atormentarse, iniciemos el juego; el ambiente es propicio, sólo la magia perdura, el pensamiento mágico, el sortilegio inasible de la palabra...

—Sí, encendamos el fuego, hay que adorar al fuego, la magia roja, vibrante y abrasadora —decía el otro hombre sacando su encendedor, y el encendedor era un gran falo metálico, pulido y reluciente.

Los dos hombres iniciaron una hoguera con todo lo que había en la habitación, rompiendo sillas, bancos, apilando cojines, libros y papeles que sacaban de un gran archivero verde.

— ¡Que vengan ahora las mariposas negras! — gritaba el menos viejo, dándose golpes en el pecho como un hombre de las cavernas—. ¡Sí! ¡Que vengan las mariposas negras a quemar sus pinches alitas en el fuego ancestral, el fuego que no se consume nunca, el fuego infinito de ayer, de hoy y de mañana...

— Éstas son las memorias de mi infancia —gritaba riéndose a carcajadas el más viejo—, Requiescat in pace en ti, ¡oh fuego!, ¡oh magia roja!, ¡oh matriz redonda y tibia que nos abortaste! —y despedazaba amarillentos papeles.

El otro hombre danzaba alrededor de la hoguera y deshojaba sus cartas de amor.

—Me quiere, no me quiere, mucho, poquito, nada, me quiere, no me quiere, mucho, poquito...

—Ayúdame —gritaba el más viejo mientras sacaba un enorme fajo de recibos, muchos de ellos timbrados—, incineremos las rentas, los recibos de la luz, del teléfono y del gas; los recibos de las prostitutas que hemos archivado para llevar un minucioso inventario de entradas y salidas, para ser disciplinados y exactos en nuestra contabilidad sexual y económica, como los seres ordenados que llevan su vida al día y que escriben su diario y sus memorias.

Yo comencé a desnudarme, e iba arrojando a la hoguera las prendas que me quitaba; como la única cooperación que podía ofrecerles para alimentar el fuego. Ellos, muy ocupados en su trabajo, sólo levantaban, de cuando en cuando, los lentes empañados por el humo y sonreían bastante complacidos por aquella espontánea muestra de colaboración.

—No, eso no, eso no —gritó el menos viejo al ver que el otro hombre iba a arrojar al fuego tres cartapacios repletos de fotos—, eso no, jamás, que se salven los retratos pornográficos, ¿qué haríamos después, sin ellos? — dijo bajando el tono de la voz hasta que llegó a ser sólo un dulcísimo murmullo—, ¿qué haríamos sin ellos esas largas noches del insomnio? —y de sus ojos empezaron a rodar densas lágrimas—, piensa que nuestra imaginación ya no es una virgen impetuosa sino una anciana que se fatiga y solicita ayuda para atravesar una calle...

—Bien, rescataremos los retratos pornográficos —dijo el más viejo totalmente convencido por las pesadas lágrimas y el razonamiento tan sensato de su amigo.

—Rescataremos los retratos pornográficos, matarili, rili, rili, matarili, rili, ron —cantábamos ahora los tres tomados de las manos alrededor del fuego—, matarili, rili, rili, matarili, rili, ron, ¿qué quiere usted, matarili, rili, ron...?

Yo comencé a toser sin parar porque el polvillo de las alas quemadas de las mariposas negras se me metía hasta la garganta, y el humo comenzaba a asfixiarme. Sin despedirme de ellos, abrí la puerta y salí.

Y comencé a retroceder...

Me encontré en un gran salón lleno de libros, algo así como una gran biblioteca o librería en reparación, puesto que los volúmenes se apilaban en el piso o sobre los bancos y los estantes estaban vacíos. Por todos lados había libros. Un joven flaco y pálido los sacudía con un plumero anaranjado, pero no hacía nada por acomodarlos en los anaqueles. Al verme se encaminó hacia mí y me preguntó si deseaba algún libro.

—Hace tiempo que busco el Rabinal Achí —le contesté.

—¿El Rabinal Achí? —preguntó sorprendido.

—Sí, el Rabinal Achí.

—Es bastante absurdo querer leer el Rabinal Achí sin ninguna preparación, así como así —dijo muy serio rascándose el mentón con un dedo largo y amarillento—; no, no es posible.

— ¿Puede decirme por qué?

—Pero..., ¿es que no sabe usted que para leer ese libro se necesita haber llegado a un grado especial, es decir a un estado de gran pureza mental?

—Nunca lo he sabido, ni me interesa —le contesté marcando bien las palabras. Él se encogió de hombros y se me quedó mirando fijamente.

—Y qué clase de pureza se requiere para poder leerlo? —pregunté, ya en un tono más amable.

—La lograda a base de una diaria y ardua disciplina del espíritu y del cuerpo —dijo displicente, y siguió sacudiendo libros.

— ¿Y eso cómo se adquiere, mediante cuáles prácticas?

—Bueno, es bastante complicado de explicar, tomaría mucho tiempo —y se fue sin más a atender a un señor que había llegado.

Yo me quedé sin saber qué pensar, muy extrañada y molesta por la actitud del joven pálido. Casi al momento regresó y me dijo:

—Creo que puedo recomendarle para empezar el entrenamiento, o sea como un simple paso de iniciación, el Hatha Yoga.

—¿El Hatha Yoga? No me parece nada del otro mundo. Debe usted saber que durante años me he parado de cabeza todas las mañanas al levantarme.

—Eso no es nada —dijo con sarcasmo—, cuando usted pueda hacer esto hablaremos —agregó a tiempo que se elevaba como un metro sobre el piso y colocaba un libro en la tabla más alta del librero—, o esto —añadió mientras tomaba aire por la nariz y yo veía cómo se sostenía sobre el piso sólo con el dedo índice de la mano izquierda y todo su cuerpo era una línea con los pies hacia arriba y la cabeza hacia abajo sin tocar el suelo.

—¿Nada fácil, verdad? —dijo volviendo a su posición normal.

—¿Y cuánto cuesta el Rabinal Achí? —se me ocurrió preguntar, ya bastante molesta por la marcada impertinencia de aquel jovencito tan flaco y pálido.

—¿Que cuánto cuesta el libro? Usted no puede comprarlo, mi estimada señora.

Busque en mi bolsa para saber cuánto llevaba y que tenía cerca de doscientos pesos.

—Tengo dinero suficiente para comprar ese libro y otros que se me antojen —le contesté golpeando las palabras.

—No se trata de dinero, señora. Usted no comprende...

—Pero entonces, ¿cómo puedo...?

—Su valor no es material, se lo he dicho a usted, hay que merecerlo o ganarlo, rescatarlo si usted quiere.

Como se dio cuenta de que yo no entendía nada, dijo en un tono más cordial:

—Venga conmigo, le mostraré dónde se encuentra el Rabinal Achí.

Lo seguí y pasamos a otro salón donde había una piscina en el centro.

—Mire al fondo.

En el fondo de la piscina que estaba iluminada como si fuera un escaparate había muchos libros. Las letras fosforescentes de los títulos bailaban en e1 agua: r...a...b...i...n...a...l...a...ch...í   ...sí, Rabinal Achí, ahí estaba.

—Pero ¿qué hacen los libros dentro de la piscina? —le pregunté sorprendida—. ¿No se mojan?

—Nada les pasa, el agua es su elemento y ahí estarán bastante tiempo hasta que alguien los merezca o se atreva a rescatarlos.

—¿Por qué no me saca uno?

—¿Por qué no va usted por él? —dijo mirándome de una manera tan burlona que me fue imposible soportar.

—¿Por qué no? —contesté al tiempo en que me zambullía en la piscina.

Al tirarme pensé que habría como dos metros de profundidad y que con la sola zambullida llegaría hasta el fondo, pero la piscina resultó más honda y los libros estaban mucho más abajo de lo que calculaba. 

Seguí sumergiéndome y cuando ya creía que mis manos tocarían los libros me daba cuenta de que estaban aún más abajo, todavía más, y así seguí hundiéndome más y más, cada vez más, en el agua iluminada y fosforescente, hasta que sentí que ya no tenía casi aire, que solamente me quedaba el necesario para salir y respirar. 

Comencé entonces a nadar hacia arriba con toda la rapidez de que era capaz, no deseando ya ni libros ni ninguna otra cosa sino respirar, respirar hondo, llenar los pulmones, respirar una vez más, una vez más, y subía y subía ya sin aire, desesperada por respirar un poco de aire, de aire, de aire... hasta que mis manos chocaron con algo duro y metálico, algo como una tapa, como la tapa de un enorme sarcófago.

La novia del hombre caballo - Lord Dunsany

La mañana en que cumplía doscientos cincuenta años, Shepperalk el centauro se dirigió al arca dorada, en donde los centauros guardaban sus tesoros, y cogiendo de ella el amuleto que su padre, Jyshak, había extraído en sus años mozos de la montaña dorada, y engastándolo con ópalos trocados a los gnomos, se lo puso en la muñeca y, sin decir palabra, fue a la cueva de su madre. 

Y también se llevó con él el clarín de los centauros, la famosa trompa de plata, que en su tiempo había conminado a la rendición a diecisiete ciudades de los Humanos, y que durante veinte años había sonado frente a las murallas rodeadas de estrellas en el Sitio de Tholdenblarna, baluarte de los dioses, cuando los centauros libraron su fabulosa guerra y no fueron batidos por las armas, sino que se retiraron lentamente envueltos en una nube de polvo antes de producirse el decisivo milagro de los dioses que aquéllos trajeron ante su desesperante carencia de arsenal propio.

 Tomó su clarín y se alejó a grandes zancadas, y su madre únicamente suspiró y le dejó ir.

Bien sabía ella que Shepperalk no bebería hoy del riachuelo que descendía por las terrazas del Varpa Niger, el valle entre montañas; que hoy no admiraría la puesta de sol, y que más tarde regresaría de nuevo a la cueva al trote, para dormir sobre los juncos arrastrados por ríos que no conocen los Humanos. 

Ella sabía que ahora el clarín estaba al cuidado de él como antaño había estado al cuidado de su padre, y antes de Goom, el padre de Jyshak, y hace mucho tiempo al cuidado de los dioses. Por tanto, únicamente suspiró y le dejó ir. 

Mas él, saliendo de la cueva que constituía su hogar, cruzó por vez primera la escasa corriente y, rodeando los riscos, vio debajo de él la reluciente llanura terrestre. Y el frío viento otoñal, que sacaba brillo al mundo ascendiendo las faldas de la montaña, le golpeó en los desnudos flancos. El centauro levantó la cabeza y resopló.

-¡Ahora soy un hombre-caballo! -gritó en voz alta. Y saltando de risco en risco galopó por valles y abismos, cauces de torrente y crestas de alud, hasta llegar a las sinuosas leguas del llano, dejando tras él para siempre las montañas Athraminaurian.

Su meta era Zretazoola, la ciudad de Sombelenë. Ignoro si la leyenda de la belleza inhumana de Sombelenë, o de su asombroso enigma, ha circulado alguna vez por la llanura terrestre hasta llegar a la fabulosa cuna de la raza de los centauros, las montañas Athraminaurian. 

No obstante, en la sangre humana existe una marea, más bien una corriente marina, que de algún modo se asemeja al crepúsculo, y que nos trae rumores de belleza, aunque sean lejanos, lo mismo que en el mar encontramos madera flotante procedente de islas no descubiertas todavía. 

Esa corriente primaveral que azota la sangre humana procede de la fabulosa cuarta parte de su legendario y antiguo linaje, y nos arrastra a los bosques y a las colinas, y nos hace prestar atención a la vieja canción. 

Así que es posible que en aquellas solitarias montañas más allá de los confines del mundo la fabulosa sangre de Shepperalk concitara rumores que únicamente conoce el etéreo crepúsculo y que sólo se confían secretamente a los murciélagos; pues Shepperalk era más legendario incluso que el hombre. 

Era cierto que desde el principio se dirigió a la ciudad de Zretazoola, donde mora Sombelenë en su templo; no obstante, toda la llanura terrestre, sus ríos y montañas, están situados entre el hogar de Shepperalk y la ciudad que buscaba.

Cuando las patas del centauro tocaron por vez primera la hierba de aquella blanda tierra aluvial, sopló alegremente el cuerno de plata, hizo cabriolas y caracoleó, y brincó durante bastantes leguas. Por un nuevo y hermoso prodigio, su paso parecía el de un caballo que nunca hubiera ganado una carrera, y el viento reía al cruzarse con él. 

Bajaba la cabeza para olfatear las flores, la levantaba para estar más cerca de las invisibles estrellas, se divertía por esos mundos, saltaba los ríos sin perder el ritmo; ¿cómo te explicaría, a ti, que vives en la ciudad, cómo te explicaría lo que el centauro experimentaba al galopar? 

Se sentía fuerte como las torres de Bel-Narana; ligero como esos palacios de finísima gasa que las arañas hadas construyen entre el cielo y el mar en las costas de Zith; veloz como un pájaro corriendo de buena mañana a cantar a las agujas de alguna ciudad antes de que amanezca. Era el compañero declarado del viento. 

Parecía alegre como una canción; los rayos de sus legendarios padres, los dioses primitivos, empezaban a mezclarse con su sangre; sus pezuñas retumbaban. Llegó a las ciudades de los hombres, y todos temblaron al recordar las míticas guerras de la antigüedad, temiendo nuevas batallas que pusieran en peligro a la raza humana. 

Ni siquiera Clío recuerda aquellas guerras; la historia tampoco sabe nada de ellas; ¿y qué? Ninguno de nosotros se ha sentado a los pies de un historiador, mas todos hemos aprendido fábulas y mitos en las rodillas de nuestras madres. Y no hubo nadie que no temiera guerras inesperadas al ver a Shepperalk regatear y saltar por las vías públicas. Así pasó de ciudad en ciudad. 

De noche se tumbaba jadeante en los juncos de alguna marisma o en un bosque; antes de que amaneciera se levantaba triunfante y bebía largamente en algún río a oscuras, y chapoteando en él iba al trote hasta algún lugar alto para contemplar la salida del sol y saludar al astro con los exultantes ecos de su fabuloso cuerno. 

Y contemplaba el sol surgiendo de los ecos, y los llanos iluminados de nuevo por la luz diurna, y las leguas que se prolongaban como una cascada de agua, y ese alegre compañero, el viento que ríe estrepitosamente, y los hombres y sus miedos y sus ciudades. Y después de eso, grandes ríos y yermos y enormes colinas, y tras ellos nuevas tierras y más ciudades, siempre en presencia de ese viejo compañero, el glorioso viento. Pasaba de una región a otra y sin embargo su respiración era uniforme.

-Es maravilloso galopar sobre un buen césped cuando uno es joven -dijo el hombre-caballo, el centauro.

-¡Ja, ja! -dijo el viento procedente de las colinas, y los vientos de la llanura respondieron.

Las campanas repicaron frenéticamente en los campanarios, los sabios consultaron sus pergaminos, buscaron presagios en las estrellas, los ancianos hicieron sutiles profecías.

-¿Verdad que es veloz? -dijeron los jóvenes.

-¡Qué contento está! -dijeron los niños.

Noche tras noche se entregó al sueño, y día tras día galopó hasta llegar a las tierras de los Athalanes, que viven en los confines del llano terrestre; y desde allí llegó de nuevo a tierras legendarias como aquellas en las que fue acunado, al otro lado del mundo, y que, bordeándolo, se mezclan con el crepúsculo. Y entonces un poderoso pensamiento se apoderó de su infatigable corazón, pues sabía que se aproximaba a Zretazoola, la ciudad de Sombelenë.

Cuando llegó era tarde y las nubes, teñidas por el ocaso, cubrían la llanura que se extendía ante él. Siguió galopando en medio de aquella bruma dorada, y cuando ésta le ocultó la visión, recuperó sus ilusiones y examinó románticamente todos aquellos rumores que solían llegarle de Sombelenë.

Ella moraba (decía el anochecer al murciélago en secreto) en un pequeño templo a orillas de un lago solitario. Un bosquecillo de cipreses la protegía de la ciudad, de Zretazoola, la de las sendas ascendentes. Enfrente de su templo se encontraba su tumba, su triste sepulcro lacustre de libre acceso, por temor a que su asombrosa belleza y su eterna juventud pudieran ocasionar una herejía entre los hombres acerca de su inmortalidad: pues sólo su belleza y su linaje eran divinos.

Su padre había sido medio centauro y medio dios. Su madre era hija de un león del desierto y de esa esfinge que vigila las pirámides; era mas mística que Mujer.

Su belleza era como un sueño, como una canción; el sueño de una vida soñada bajo el rocío encantado, la canción cantada a alguna ciudad por un pájaro inmortal arrojado lejos de sus costas originarias por una tormenta del Paraíso. Amanecer tras amanecer sobre montañas de romance, o crepúsculo tras crepúsculo, jamás pudieron igualar su belleza. 

Ni siquiera todas las luciérnagas del mundo o todas las estrellas de la noche conocían su secreto; los poetas nunca la habían cantado ni el anochecer adivinaba su significado; la mañana la envidiaba; permanecía oculta a los amantes.

No estaba casada, ni la habían cortejado nunca.

Los leones no la cortejaban porque temían su fuerza, y los dioses no se atrevían a amarla porque sabían que debía morir.

Eso fue lo que el anochecer había susurrado al murciélago, el sueño que anidó en el corazón de Shepperalk mientras galopaba a ciegas en medio de la bruma. Y de repente, a sus pies, en la oscuridad de la llanura, apareció la hendidura en las legendarias tierras, y Zretazoola resguardaba en ella, tomando el sol al atardecer.

Astuta y velozmente bajó dando saltos por el extremo superior de la hendidura y, entrando en Zretazoola por la puerta exterior que mira a las estrellas, súbitamente galopó por sus estrechas calles. En la antigua canción se hablaba de los muchos que salieron precipitadamente a los balcones cuando él pasó con gran estrépito, de los muchos que asomaron la cabeza por sus relucientes ventanas. 

Shepperalk no tardó en saludarles o en responder a los desafíos de sus fortalezas militares; bajó hacia la entrada de la tierra como el rayo de sus padres y, como un leviatán que hubiese saltado sobre un águila, entró en el agua que había entre el templo y la tumba.

Subió los escalones del templo al galope y con los ojos semicerrados, viendo únicamente a través de las pestañas, y todavía no deslumbrado por su belleza, cogió a Sombelenë por el pelo y se la llevó a la fuerza. Y, saltando con ella por encima de la sima sin fondo donde las aguas del lago desaparecen olvidadas en aquel boquete del mundo, se la llevó no sabemos dónde, para convertirla en su esclava durante los siglos que todavía les sean concedidos a los de su raza.

Tres veces tocó aquel cuerno de plata que constituye el más antiguo tesoro de los centauros. Esas fueron sus campanadas nupciales.