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Sueños del Desierto - Donald R. Burleson

Habitamos eternamente en reinos de sombras. Extrañamente complacientes, transitamos por nuestros agotadores días como si comprendiéramos la textura que conforma nuestro mundo; sin embargo, en verdad vemos con ojos de gusano y escuchamos con oídos de piedra, y no comprendemos nada. 

N
uestro entendimiento es una chinche de agua que pasa rasante y que tan sólo saborea la superficie de un mar negro insondable, mientras la realidad, un aterrador abismo de horror en el lecho oceánico, se mueve silenciosa y oscura a través de profundidades que están fuera de nuestro alcance, inescrutable, burlándose de nuestra ignorancia.
 
Los sueños intentan decirnos cosas de las que, de otra manera, sabríamos poco, y pretenden arrojar un atisbo de claridad a nuestras mentes, sin embargo, ni siquiera puedo precisar cuándo comienzan mis propios sueños, mis extrañas y recurrentes visiones nocturnas. «Sueños», he dicho, pero estas visiones, ahora soy consciente de ello, forman parte de un único sueño ubicuo que se desliza como un hilo demente aunque extrañamente persistente a lo largo de mi vida.
 
Me vienen a la mente aquellos días de mi niñez en los que me despertaba con la sensación de haber experimentado una fuerte impresión que era incapaz de recordar, pero como el sueño se repetía una y otra vez a lo largo del tiempo, poco a poco logré retener más de lo que había visto. 
 
Parecía existir una pauta común en estos sueños, pero a medida que la visión fue tomando forma, no fue alivio lo que sentí al poder recordar, sino más bien desconcierto ante lo que podrían significar estos fragmentos todavía imprecisos. Tenía que ver con un lugar olvidado en un vasto y abrasador desierto, pero no estaba seguro de mucho más.

Durante una etapa de mi adolescencia disminuyó la frecuencia de los sueños y, de hecho, llegué a pensar que los estaba superando, que estaba demasiado ocupado con la vida para prestar atención a estas cuestiones sin importancia. Con el paso del tiempo, los sueños parecieron cesar del todo. 
 
Alcancé la madurez en mi ciudad natal de Providence, Rhode Island, y conseguí un empleo mundano pero conveniente en una compañía de seguros, y compré una agradable y vieja casa en Benefit Street con la esperanza de pasar los días de mi vida en una apacible felicidad. 
 
Pasaba mis veladas leyendo a Proust, Baudelaire y Shakespeare y, en ocasiones, deambulaba por las antiguas callejuelas de la ciudad y reflexionaba en silencio. Estaba en paz, satisfecho con la vida.

Pero entonces los sueños retornaron.

Me desperté muy tarde una noche de otoño y luché por retener la marea baja de la memoria cuando el sueño comenzaba a desvanecerse. ¿Qué había soñado? Innegablemente era en esencia la visión de los años de mi niñez, aunque bastante más detallada en esta ocasión. 
 
Recuerdo ahora unas vistas del vasto y extenso desierto, donde enormes y quebradizas plantas rodadoras, como criaturas sin voluntad procedentes de algún planeta lejano, viraban bruscamente sobre la árida arena, y las puntiagudas yucas y los espinosos cactus se alzaban hacia el cielo bajo el sol cegador. 
 
Tras esa escena parecía escucharse una especie de rumor o zumbido, pero apenas estaba seguro de escucharlo; pronto estas impresiones medio recordadas desaparecieron y volví a dormirme.
 
La noche siguiente el sueño retornó, y cuando me desperté me quedé tumbado en la oscuridad pensando en lo que había visto. Y oído, o casi oído.
 
De nuevo, la tierra abrasada por el sol se extendía en todas direcciones a mi alrededor salpicada de cactus cholla en posición de saludo, como centinelas, y grandes yucas angulosas y jirones de matorrales de mezquite. 
 
Un viento cálido había removido la tierra amarilla y un quejumbroso atisbo de sonido parecía flotar en un tono demasiado bajo para ser escuchado con claridad. Pero durante unos segundos sonó como una voz grave, una voz que parecía estar diciendo algo como «Gwai-ti». No podía recordar más que eso.

Incapaz esta vez de volver a dormirme, paseé durante horas por las calles silenciosas sintiéndome extrañamente desorientado. Las conocidas fachadas de las casas coloniales de Nueva Inglaterra, con sus puertas de montante en abanico y ventanas con cristales pequeños, sólo me hacían sentir más extrañamente desplazado, como si no estuviera claro cuál de los dos escenarios era la realidad: las populares vistas de las calles Benefit, Jenckes y College o la tierra desértica barrida por el viento de mi paisaje onírico.

He vivido en Providence toda mi vida. Nunca he visto un desierto, tan sólo ocasionalmente en fotografías. ¿Qué sabía yo de cactus cholla o plantas de yuca o del mezquite, o de los ilimitados cielos morados —su recuerdo retornó a mi mente—, cielos abiertos no ocultos tras edificios urbanos, vastos cielos que dominaban océanos colosales de arena? Sin embargo, parece ser que conocía tales cosas.

En el trabajo, en ocasiones me sorprendía a mí mismo mirando al infinito, dando vueltas al enigma de mis visiones oníricas. Comencé a preguntarme dónde se encontraba realmente aquella tierra desértica, si es que, en efecto, estaba realmente en algún lugar. 

Un día un compañero del trabajo regresó de unas vacaciones en Albuquerque, y tras escuchar sus relatos acerca de la región, quedé repentina e inexplicablemente convencido de que las vistas desérticas de mis sueños eran reales y que se encontraban en algún lugar de Nuevo México. No podía saber tal cosa, pero estaba seguro de ello.

Con el paso del tiempo, el escenario de mis sueños fue haciéndose más nítido, pero también me di cuenta de que esto los hacía aún más inquietantes, porque no era capaz de encontrar explicación al hecho de que conociera detalles tan concretos sobre un lugar del cual debería haberlo ignorado todo. 

Nunca viajé al oeste más allá de Columbus, Ohio, y las tierras del suroeste norteamericano para mí eran sólo manchas de color en un mapa; sin embargo, estas visiones del desierto me resultaban perturbadoramente familiares, de un modo surrealista.

Bajo el destello de un sol cegador, miré hacia abajo y vi mi cuerpo, un cuerpo ahora sorprendentemente moreno y musculoso y tan sólo cubierto con una especie de trapo áspero por la cintura, y me pregunté si me estaba volviendo loco. ¿Cómo podía ese cuerpo ser el mío? 

Cuando me incliné hacia delante para verme mejor, rizos de cabello largo, sedoso y negro azab
ache cayeron sobre mis ojos, y cuando miré hacia arriba tras apartarme los rizos de la cara vi una figura desconocida, pero que me resultaba extrañamente familiar, de pie junto a mí, sobre la cálida arena salpicada de cactus. 

Era un hombre medicina, con el rostro marchito y casi totalmente oculto bajo un nido de arrugas como lagartos, a través de las cuales me observaban un par de ojos oscuros que parecían esconder los secretos de siglos. 

Daba profundas caladas a una larga pipa de barro y lanzaba nerviosas volutas de humo gris al cálido aire, y al mismo tiempo que daba caladas agitaba una carraca ceremonial de carey y entonaba unas palabras incomprensibles para mí en un nivel de conciencia, pero vagamente familiares en otro nivel, las palabras de una canción ritual de la antigüedad. 

Giraba mientras cantaba, lanzando el humo y las crípticas palabras en una dirección y luego en otra, para finalmente dar un giro completo y terminar frente a mí, y mientras su rostro intemporal volvía a girar hacia mí, las palabras finales de la canción tomaron forma en mi mente «Gwai-ti, Gwai-ti». 

Me desperté con estas imágenes todavía frescas en mi memoria y salí a dar un largo paseo en la noche, intentando entender los sonidos que había escuchado, o bien hacer que su recuerdo se desvaneciera. Me detuve entre las grandes lápidas negras del cementerio de St. John, junto a Benefit Street, e intenté aclararme las ideas, hasta que finalmente logré recomponerme y retomar mi exhausto camino de regreso a casa sin ningún deseo de dormir. Sin embargo, tras leer un rato me quedé dormido y, por lo que puedo recordar, no soñé.
 
Me tomé el día libre en el trabajo y acudí a una cita con alguien que, sospechaba, posiblemente podría contarme algo sobre mi misterio: el catedrático Carlos Armijo de la Universidad Brown. Su campo de conocimiento era la antropología del suroeste norteamericano, y en una ocasión asistí a una de sus conferencias. Dudaba de que pudiera interpretar mis visiones nocturnas, pero valía la pena intentarlo.

El catedrático Armijo era un hombre de mediana edad, de voz suave y semblante meditabundo, confortablemente resguardado entre pilas de libros y publicaciones profesionales en su despacho de Brown. A medida que iba describiendo en rasgos generales la naturaleza de mis sueños, me sentía más y más estúpido por haber creído que iba a servir de algo hacer perder el tiempo al catedrático con mi relato, y a duras penas logré reunir el coraje necesario para mencionar las sílabas sin sentido de mis visiones nocturnas del desierto, por todo lo cual quedé profundamente sorprendido al escuchar su respuesta.

—He oído esas sílabas antes —dijo con un suave acento hispano—, y poseen unas conexiones que hacen difícil explicar su presencia en los sueños de alguien no familiarizado con las culturas del suroeste. Incluso para la mayor parte de los estudiosos versados en esas culturas, esas palabras serían totalmente desconocidas. Yo las conozco únicamente porque soy un especialista en, digamos, algunos de los aspectos más oscuros del folclore del suroeste.
 
Me sentía intrigado, aunque de alguna manera no estaba seguro de si realmente quería saber más acerca de los orígenes de una expresión que había brotado en mis sueños sin ningún motivo aparente; tal vez Carl Jung estaba en lo cierto al sostener que poseemos un Inconsciente Colectivo capaz de pulsar los profundos mundos compartidos del ser, mundos arquetípicos, ignorados por la mente consciente y, sin embargo, hasta cierto punto conectados con alguna clase de realidad.

—Por favor, continúe.

El catedr
ático Armijo miró por la ventana durante unos instantes, evidentemente ordenando sus ideas.
 
—Durante siglos existió una especie de culto secreto entre ciertos chamanes nativos americanos de Arizona y Nuevo México —dijo—, que aparentemente involucraban la adoración de un dios de la antigüedad desconocido por la mayor parte de tradiciones amerindias —se calló unos segundos, aumentando así el efecto dramático, el cual me pareció totalmente justificado—. Parece ser que ese dios era llamado Gwai-ti.
 
Sentí que me quedaba sin aliento ante esta revelación. ¿Qué sabía yo de todo aquello? ¿Qué quería saber realmente de todo aquello? Nada… y, sin embargo, no había duda alguna de que había soñado ese nombre.

—Se sabe muy poco —continuó el catedrático— sobre este culto o su dios, porque todo este asunto se convirtió en un tema tabú entre los propios indios americanos y pocos han oído hablar de ello. Incluso en lugares de Nuevo México como Pueblo Nambé, donde sobreviven tradiciones muy oscuras y antiguas de la brujería típica del suroeste, sólo he encontrado a lo largo de mis investigaciones a un chamán que admitiera saber algo sobre la existencia del dios Gwai-ti; accedió a regañadientes a hablar del tema y debo añadir que al final lo hizo mostrando un evidente rechazo.

»De sus relatos inconexos deduzco que se cree que Gwai-ti ha existido desde el principio de los tiempos y que habita bajo la tierra, apareciéndose sólo en ocasiones muy excepcionales a unas cuantas almas desgraciadas. Se cuentan historias sobre sacrificios humanos realizados de vez en cuando por sacerdotes indios renegados que carecen del estatus de los líderes espirituales reconocidos en la región, la mayoría de los cuales, sin embargo, consideran las supuestas actividades de los sacerdotes renegados como meras supercherías.

—¿Y el nombre? Honestamente, pensé que sonaba a chino —pregunté intentando desesperadamente encontrar un sentido a todo esto.

El catedrático Armijo asintió.

—He mantenido unas cuantas discusiones interesantes con especialistas en lingüística comparativa de esta universidad sobre el nombre Gwai-ti. En efecto, hay sonidos en la fonética china que recuerdan a estas sílabas. Me informaron de que existe la palabra gwai, que significa algo parecido a «extraño» o «monstruoso». Existe la palabra ti, que significa «cuerpo» o «forma». Y, por supuesto, los etnólogos contemplan teorías que sostienen que algunos pueblos asiáticos migraron en la era prehistórica atravesando el Estrecho de Bering hacia Norteamérica, pero, por otro lado, no se han detectado apenas rastros lingüísticos de léxico asiático en las lenguas de los nativos americanos.
 
—¿Cómo es posible que yo conozca el nombre? —pregunté.

—Tal vez lo haya escuchado en algún lugar y simplemente lo ha olvidado —respondió el catedrático encogiéndose de hombros.

Me dispuse a marcharme, agradeciendo al hombre el tiempo que me había dedicado.

—Tiene razón, debo de haber escuchado el nombre en algún lugar.

Pero, por supuesto, yo sabía que no era así. Sólo lo había escuchado en mis sueños.

Unas cuantas noches después, los sueños comenzaron a adoptar una naturaleza aún más anómala.

Una noche soñé que estaba agazapado entre las sombras, observando alguna especie de pérfida ceremonia en la que un semicírculo de sacerdotes extrañamente pintados entonaba la siguiente frase: «M’warrh Gwai-ti, h’nah m’warrh Gwai-ti, ph’nglui w’gah Gwai-ti». 

En otra ocasión soñé que observaba una enorme llanura desértica bajo un baño de luz de luna, con una distante cadena de montañas al fondo, casi fuera de mi rango de visión, y contemplaba lo que en un primer momento me pareció un remolino de arena. Sin embargo, poco después, el remolino se transformó en una joven india que corría y gritaba aterrorizada moviendo los brazos en aspas. 

Con la inconexa naturaleza de los sueños, mi visión de ella se hizo repentinamente más cercana que antes, de hecho tan cercana que su figura ocupaba todo mi campo de visión. Desde algún lugar me llegaba un profundo tamborileo, como las notas graves de un órgano de tubos, y una voz —era como la del viejo chamán de mis primeras visiones—, una voz que cantaba, en una lengua que yo conocía en el sueño: «Ella fue elegida, tuvimos que enviarla». 

Y un segundo después, una vasta y hambrienta oscuridad pareció envolver a la joven que gritaba, y esta desapareció, y el tamborileo también se desvaneció. Me desperté empapado de sudor y con la impresión de que todavía podía oler el penetrante aroma de la artemisa. Tuve miedo de dormirme de nuevo.

Pero, por supuesto, la noche siguiente tuve que volver a dormir, y en esta ocasión soñé con una piedra alta y estrecha que se alzaba en la arena, con antiguos petroglifos tallados en la superficie, como inscripciones rúnicas de tiempos remotos, y de nuevo escuché el lúgubre tamborileo en el suelo y observé fugazmente borrosos atisbos de movimiento bajo la luna menguante, y apenas escuché entre murmullos el nombre de Gwai-ti antes de que la escena se difuminase y apagase del todo.
 
Fue sólo cuestión de tiempo que me dejara llevar por el inexplicable deseo de visitar realmente Nuevo México. Era como si hiciera mucho tiempo que hubiera tomado la decisión, inconscientemente, de que fuera cual fuese la impensable confluencia de realidades que me habían despertado a aquel otro mundo tan diferente al mundo de mi vigilia cotidiana, yo tenía que contemplar con toda la objetividad posible el escenario real de mis sueños. Por supuesto, ignoraba en qué punto exacto de aquel vasto desierto se podrían haber originado mis sueños.
 
Sin embargo, al final me encontré en un avión, aterrizando en Albuquerque con aquella extraña sensación de irrealidad que uno siente al visitar por primera vez un lugar que tan sólo conoce por lo que ha leído sobre él. O soñado.

Alquilé un todoterreno en el aeropuerto y me dirigí primero hacia el este y luego hacia el sur. Aunque no tenía ninguna noción de hacia dónde debía dirigirme, no me importó dejar que mi instinto me guiase. 

Tras bordear las laderas de las Montañas Sandias y embelesado por las fugaces visiones de paredes de adobe de color tierra y vallados para coyotes, avancé por el desierto abierto, donde lejanos y majestuosos altiplanos se cernían intemporales sobre interminables praderas de hierba que se agitaban al viento e islotes de mezquite, de artemisa y de puntas de yuca. 

Teniendo en cuenta las motivaciones que me habían llevado a una tierra tan diferente a mi Nueva Inglaterra natal, había esperado que el desierto me hiciera sentir un sutil terror e inquietud, pero para mi sorpresa capté unas sensaciones totalmente diferentes.

Era un lugar hermoso. No había nada siniestro en aquella extensión vertiginosamente vasta de cielo color turquesa, las franjas de chaparral, las montañas grises azuladas en la distancia, los anchos y profundos arroyos que serpenteaban surcando la tierra, los tranquilos altiplanos que se extendían sobre la arenosa llanura como serenas bestias que pastaban. Apenas recordaba ya lo que había esperado encontrar allí, pero lo que encontré fue una tierra de cautivadora belleza y paz.

Mientras atravesaba en coche aquel espectáculo desértico, me preguntaba en voz alta cómo era posible que hubiera llegado a pensar que esta región podía tener algo de espectral o extraño. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto como en esos momentos y pensé que había sido un idiota por sentirme atribulado por unos sueños extraños pero esencialmente inofensivos. Incluso aquellas sílabas sin sentido, tan accidentalmente similares a un nombre procedente del oscuro folclore del suroeste, eran sin duda algo por lo que no tenía por qué preocuparme.

El sol estaba comenzando a ponerse tras la sierra al oeste, y quedé fascinado por la belleza del ocaso en el desierto; el cielo explotó en un caótico despliegue de color que sin duda alguna podría rivalizar con el arte de los pinceles del mejor pintor del mundo. 

En algún lugar al sur de Corona me desvié por una carretera más estrecha, con el asfalto en peor estado, y continué deleitándome con las increíbles vistas de los cactus cholla y las extensiones ondulantes de arena, donde las sombras puntiagudas de las yucas y el mezquite comenzaban a derramarse sobre la llanura bajo la moribunda luz del sol. 

Recordé entonces que pronto anochecerí
a y que, o bien regresaba a Corona, o bien continuaba hasta Roswell o Artesia para encontrar una habitación donde pasar la noche.
 
Pero primero me apeteció explorar un poco el lugar; había algo adictivo en aquel paisaje.
 
Me desvié por una carretera aún más estrecha y avancé a saltos entre una nube de polvo, mientras pensaba con cierto deleite que estaba más alejado de cualquier población humana de lo que jamás había estado antes. Al cabo de un rato, la carretera se transformó en un sendero primitivo plagado de piedras por el que resultaba difícil abrirse paso incluso para el vehículo resistente que había alquilado. 

Una extensión cada vez más oscura de chaparral me rodeaba por todos los costados y ahora, por primera vez desde mi llegada y a pesar de la excitación que la novedad del lugar producía en mí, comenzaron a brotar en mi mente ciertas sospechas de que, después de todo, sí que había algo de espectral en esas tierras. Pero aun así seguía fascinado y levemente reticente a regresar a alguna zona habitada justo en ese momento.

Por fin, la carretera por donde transitaba, que por entonces era tan sólo una difusa elevación de roca flanqueada de cactus y mezquite, terminó; paré el coche, salí y seguí avanzando a pie bajo el crepúsculo, pisando con cuidado y deteniéndome en una ocasión para observar la oscura silueta de una serpiente de cascabel deslizándose entre la penumbra, mientras me llegaba a los oídos el cascabeleo de advertencia como papel seco crujiendo al sacudirse en el viento de la noche. 

Estaba claro que se tenía que avanzar con cautela, y la visión d
e esa serpenteante advertencia fue suficiente para que pensara que, en efecto, había llegado el momento de regresar.
 
Pero entonces me pareció ver algo en la distancia que quise examinar más de cerca. Era algo que me resultaba vagamente familiar, aunque la luz ya resultaba muy poco fiable.

Evitando cuidadosamente los nidos de serpiente y las masas espinosas de cactus, me abrí paso hasta una gran piedra que sobresalía de la tierra arenosa como un dedo sombrío apuntando al cielo.

Y no pude creer lo que estaba viendo, ahora ya en la cruda realidad y no en la vaguedad de un sueño. Simplemente no era posible, pero ahí estaba. Los antiguos petroglifos indios todavía eran visibles bajo la luz mortecina, la piedra sin duda era el siniestro monolito de mis sueños en Providence.

Providence, ahora infinitamente distante en otro mundo más cuerdo.

Que el cielo me ayude, ese era el lugar de mis sueños.

No tengo ni idea de cuánto tiempo permanecí allí, incapaz de apartar los ojos de aquella aterradora piedra, antes de que mi mente registrara algo más.

Un sonido. Un grave e insistente tamborileo en la tierra, como las notas graves de un enorme órgano de tubos.

Y entonces… ese otro sonido.
 
Dos sílabas, pronunciadas con una voz mental o alguna vibración física real, no podría decir qué fue… dos sílabas que no deben obsesionarme.
 
Debo evitar reflexionar demasiado sobre las visiones que se sucedieron si quiero retener algo de la poca cordura que me queda.

Bajo la inestable luz de la blanquecina luna que comenzaba a derramar sus rayos a través de las negras y veloces nubes, por algún motivo que desconozco, pensé que la árida llanura en la que ahora me encontraba estaba, ¿cómo podría explicarlo?, más hundida, más accidentada, sutilmente cóncava, al tiempo que, por el contrario, la línea en penumbra del horizonte se había elevado ligeramente. 

Tal vez mi mente inconsciente lo captó antes de que mi yo racional pudiera hacerlo, pero en ese mismo instante rompí a correr en dirección al coche, que ya no se veía desde allí. 

Avancé a trompicones y golpes, aunque apenas notaba cómo el cactus y la tierra pedregosa rasgaban mi ropa cuando caía y corría, y caía y volvía a correr, intentando evitar escuchar aquellos tonos reverberantes que habían ido aumentado de intensidad durante todo este lapso de tiempo, aquellas notas que susurraban «Gwai-ti, Gwai-ti», desde regiones subterráneas que ni siquiera me atrevía a imaginar.

Tenía la sensación de que, tras de mí, se abría un enorme abismo que iba a engullirme, y que un segundo después ya sería demasiado tarde y yo habría desaparecido, y nadie sabría qué me había ocurrido. 

Todo lo que me rodeaba parecía arremolinarse formando un caleidoscopio de visiones de pesadilla, una amalgama de arena y plantas rodadoras y piedras y murmullos y un cielo cejijunto; corrí y corrí, ahogándome con las nubes de polvo y aterrado de mirar hacia atrás por encima de mi hombro. 

Sólo cuando me vi conduciendo frenéticamente de regreso por la polvorienta y pedregosa carretera, fue cuando alguna pequeña porción de mi cerebro comprendió que, después de todo, debía de haber alcanzado el vehículo antes de que, fuera lo que fuese aquello que me perseguía, tuviese tiempo de caer sobre su presa.

Pasé el resto de mi viaje paseando desganado por las populosas y bien iluminadas calles de Albuquerque y Santa Fe, y tomé el vuelo de regreso a Providence, Rhode Island.

Ahora, cuando paseo por Benefit Street y me paro a contemplar las entradas con montante de abanico o me cruzo con un gato gris y lustroso que pasa serenamente por las antiquísimas calles empedradas, me doy cuenta de que es posible que conciencias que escapan a nuestro entendimiento terrenal logren atravesar impensables abismos de tiempo y espacio y se aferren a los soñadores incautos. 

Ahora sé que, digan lo que digan acerca de los sueños o la imaginación o la ficticia naturaleza de criaturas míticas como el abyecto dios caníbal Gwai-ti, una noche, en las tierras desérticas de Nuevo México, yo estuve a punto de ser engullido por la ávida y primigenia boca de aquel horror de mis sueños.

La Muerte de Arquímedes - Walter Erwes

 Berkeley, California, en el año 2033 d. C. 

—¿Y usted espera de este experimento unos re­sultados especiales, Jordan?

El doctor Vance no se esforzó en disimular su escepticismo.

—En efecto, los espero —replicó el profesor Robert Jordan de cara a su colega de Harvard, que echó una mirada llena de curiosidad a las hojas de eva­luación de la prueba previa.

»Mire, Vance —prosiguió Jordan—, desde que me dedico a la materialización psicosomática, nun­ca había encontrado un sujeto de experimentación con un potencial psi tan extraordinario. Como verá por los documentos, Toran Lenning posee el mayor factor mnésico que se conoce y, además, dispone de una fuerza imaginativa casi ilimitada y precisa.

El colega de Harvard parecía dudar todavía. Con gesto indeciso volvió a dejar los papeles sobre la mesa.

—No sé qué decirle, Jordan. Yo he perdido un poco la esperanza, después de realizar centenares de pruebas. Temo que siempre suceda lo mismo: el individuo sometido a experimento es sofronizado, se le inyecta la droga inhibidora y, después, viene la paulatina reanimación tras la cual el hombre nos explica, bajo hipnosis, cómo, durante el sitio de Toulon por las tropas napoleónicas, contrajo matrimonio con la hija de un pastelero, sin olvidar todos los de­talles de la noche de bodas.

—Y él mismo se asombra de esos detalles, cuando pasada la hipnosis escucha sus propias confesiones en cinta magnetofónica —le interrumpió el profesor Jordan, riendo a la vez que sacudía la cabeza—. No puede negar que estamos sólo al principio del cami­no, pero recuerde que, si bien en cuanto al tiempo dependemos totalmente del azar, ya contamos con interesantísimos conocimientos de la antigüedad. ¿Qué me dice, si no, de los descubrimientos sobre la historia de los mayas? Claro que la investigación histórica psicosomática es trabajo difícil, una especie de rompecabezas para el que hay que pescar las di­ferentes piezas en un lago gigantesco. Sin embargo, es indiscutible que estamos bien encarrilados. No olvide, además, que nuestros colegas del siglo pasa­do consiguieron únicamente unos mosaicos muy incompletos, aunque hay que tener en cuenta que ellos disponían sólo de unos hallazgos arqueológicos que ofrecían escasa garantía y, además, de unas fuentes de información poco fidedignas. Es precisamente la originalidad de nuestros resultados lo que permite que la actual investigación histórica se distinga tan­to de la del siglo XX.

El profesor Jordan se había entusiasmado ha­blando, pese a saber que, en el fondo, también Vance era un ardiente defensor de la indagación histó­rica por medio de la psicosomática. Como otros grandes descubrimientos, también el método psicosomático, que hacía revivir recuerdos históricos exac­tos en personas sometidas a hipnosis por su propia voluntad, había producido un revuelo mundial en la prensa y la televisión. 

Pero al ver que los recuer­dos explicados por las personas en estado de hipno­sis, después de permanecer adormecidas durante una o dos horas, presentaban lagunas y frecuentemente se referían a cosas que no guardaban relación con ningún acontecimiento histórico importante, el en­tusiasmo general había decaído. 

La gente estaba acos­tumbrada a leer en los periódicos, de vez en cuando, «relatos verídicos» de la época de los incas o de las guerras púnicas, pero los evidentes defectos de tales informes y su falta de coherencia hicieron que esos artículos, como había sucedido con sus predecesores científicos del siglo XX, pasaran pronto a las últimas páginas de los diarios, si no se veían limitados a ciertas publicaciones especializadas.

El profesor Jordan se inclinó un momento sobre sus papeles.

—Toran Lenning constituye una gran esperanza, Vance. Créame —continuó—, quizá sea el primer hombre capaz de describirnos de forma precisa y ordenada una vida histórica. En mi opinión, la es­casez de los resultados obtenidos hasta ahora es consecuencia de las personas de las que nos servimos. Además, nunca interrogamos a nadie por segunda vez, en estado de hipnosis...

—Lo sé, Jordan, lo sé. Es posible que, mediante un nuevo intento en el mismo individuo diésemos un paso adelante, pero las experiencias hechas con la droga inhibidora en el análisis psicohistórico nos impiden repetir el intento. Y no olvide que, por aho­ra, nadie se ha mostrado dispuesto a someterse a una segunda prueba, pese a que los sujetos de expe­rimentación no recuerdan absolutamente nada des­pués de la sesión, y sólo saben lo que nosotros les explicamos.

Vance calló.

—Tiene usted razón. Es curioso que los sujetos de experimentación no recuerden nada y, sin embar­go, parezcan algo cambiados y se resistan a respon­der luego a las más simples preguntas de control. Por cierto que Toran Lenning —agregó el profesor Jordan, levantando la cabeza con una sonrisa— ni siquiera quería prestarse a una primera prueba, a pesar de sus extraordinarias facultades. Pero al fin, entre las divergentes opiniones de padre e hija, ven­ció la ciencia en la persona del padre.

Y como fuera que el doctor Vance le miraba sin comprenderle, añadió Jordan:

—Toran Lenning es el prometido de mi hija, ¿sa­be? A Liélle, usted ya la conoce. Ahora está en Nue­va York, y me hizo prometer solemnemente que, una vez terminado el experimento, metería en el avión a Lenning. Eso significa —dijo el profesor consultan­do su reloj— que esta misma tarde, a las tres, debo llevarle al aeropuerto. Tengo sólo esta hija y, en mi condición de viudo y hombre ya viejo, me interesa mucho mantener buenas relaciones con ella.

 

Nueva York, aeropuerto Kennedy, en el año 2033 d. C.

 

La aguja del gran reloj del aeropuerto avanzó con una tenue campanada hacia las 17.30. Liélle se levantó por segunda vez y se encaminó a la recep­ción.

—Perdone que pregunte de nuevo —dijo—, pero estoy ansiosa por saber si ya tiene la lista de los pasajeros que vienen en el avión de California.

La muchacha pelirroja, sentada detrás de una pantalla de plástico, se encogió de hombros con un gesto de disculpa.

—Lo siento, señorita, pero no he recibido toda­vía información alguna. Créame que lo siento.

Tras unos instantes de vacilación, Liélle regresó a su mesa del restaurante. Nadie podía imaginarse cómo aumentaba en ella el miedo. Exteriormente reposada y tranquila, permanecía con las piernas cruzadas junto a su mesita de la terraza, aunque en su interior era cada vez más angustioso el pre­sentimiento de una desgracia que se aproximaba.

Liélle sabía, por su padre, que la materialización psicosomática producía algún cambio en toda per­sona sometida a experimentación. Le constaba, tam­bién, que los efectos de la droga inhibidora no ha­bían sido aún suficientemente estudiados. Sin embar­go, había aceptado la decisión de Toran de acceder a los insistentes ruegos del futuro suegro. 

No se ha­bía visto con ánimos, en cambio, de quedarse en Berkeley durante la prueba, como hubieran deseado su novio y su padre. Por eso se encontraba ahora en Nueva York, donde había pasado dos días de nervioso ajetreo con sus respectivas noches de insomnio en espera del momento en que Toran des­cendiera por la escalerilla del avión y la tomara en sus brazos. De aquel instante en que quedase defi­nitivamente demostrado que sus temores eran sólo fruto del agotamiento nervioso y de una fantasía demasiado viva.

Había conocido a Toran dos años antes. Exacta­mente el 23 de agosto de 2031. La acostumbrada bar­bacoa para celebrar el término del semestre univer­sitario de verano había tenido lugar en un naranjal situado al norte de Pasadena. De pronto, entre dos y tres de la madrugada, cuando la fiesta ya decaía y los escasos estudiantes que aún quedaban corrían a reunirse alrededor de los últimos fuegos, Toran apa­reció sentado a su lado en un banco de madera.

Al principio, su distracción y el modo inquieto y hasta desvalido con que reaccionaba a la conver­sación había apartado casi a Liélle, que temía en­contrarse con una actitud intelectual por parte del muchacho. En realidad no sabía aún qué la movió entonces a aceptar su invitación a dar un paseo por las calles de Pasadena a una hora tan intempestiva.

Hasta que se hizo de día anduvieron por las so­litarias calles de un barrio periférico. Arriba y aba­jo, de un lado a otro, sin fijarse en el tiempo que transcurría ni en las distancias. Y fue a aquella hora temprana, precisamente, cuando las sombrías imaginaciones y fantasías de Toran la impresionaron y confundieron.

Por eso le propuso, meses más tarde, que se so­metiera a un examen que le haría su padre y, cosa rara, él se avino sin vacilación alguna, y eso que no era partidario de las decisiones rápidas...

Liélle extrajo un cigarrillo de su pitillera y lo encendió. Al hacerlo, su mirada se posó en el techo plano del edificio del aeropuerto y, desde allí, en el horizonte, donde las siluetas de Manhattan destaca­ban claramente contra el azul del cielo.

Los dos últimos años habían sido una época de apasionado amor. Toran se le había declarado con palabras serenas y seguras, en sorprendente contraste con su comportamiento generalmente indeciso e incluso tímido frente a otras personas, y pocos me­ses más tarde también ella estaba convencida, aun­que no lo hubiera dicho, que uno había nacido para el otro.

Liélle le amó antes de darse cuenta de ello, y ahora, mientras con creciente desasosiego aguarda­ba la llegada del avión californiano, comprendió que ese terrible miedo, ese presentimiento que nada po­día apartar, era a la vez parte inherente de su amor.

 

Siracusa (Sicilia), en el año 212 a. C.

 

El día 2 de agosto del año 216 a. C. sufrieron los romanos la más grave derrota militar de toda su historia. Aníbal venció en Cannas a los cónsules Pau­lo Emilio y Terencio Varrón. De ochenta y seis mil soldados de Roma murieron cincuenta mil, entre ellos ochenta miembros del senado y el propio Pau­lo Emilio. El año siguiente —215— fue más favora­ble para los romanos. Aníbal se retiró a la Apulia y abandonó la guerra. En el año 214, el general Mar­celo se trasladó a Sicilia con una poderosa flota y comenzó el sitio de Siracusa.

La ciudad se hallaba entonces todavía en su me­jor época. Importante centro mediterráneo de co­mercio, con una población que superaba las quinien­tas mil almas y una extensión mayor incluso que la de la posterior Roma imperial, era junto a la egipcia Alejandría la más destacada urbe del mundo antiguo.

Cuando los enviados romanos fueron rechazados por Siracusa, Marcelo atacó la ciudad por tierra y mar a la vez. No obstante, al cabo de varios meses se comprobó que la superioridad numérica de los romanos y de sus aliados estaba sobradamente com­pensada por la habilidad técnica y el extraordina­rio ingenio de un hombre: el sabio griego Arquímedes, que ya contaba setenta y tres años de edad.

Lo primero que hizo Marcelo fue rodear Acradina, la bien fortificada ciudadela, con sesenta polirremes cuyas cubiertas iban repletas de honderos y arque­ros. Además preparó ocho de sus mayores navíos de guerra para el transporte de armas y máquinas para el asedio.

Pero Arquímedes supo responder a cada ataque ro­mano con sagaces disposiciones y medios. Bajo su di­rección, y según sus propios planos, se construyeron balistas y catapultas de los más diversos alcances, y la mortífera lluvia de proyectiles obligó a las poli­rremes a una rápida retirada, después de sufrir mu­chas bajas. 

Con unos maderos que podían moverse como gigantescos brazos de palanca, Arquímedes hizo caer sobre la artillería y las armas de sitio de Marcelo, todas ellas de madera, enormes piedras y pesos de plomo. De esta manera, las escaleras de asalto y las torres de los romanos quedaron ya des­trozadas antes de su llegada a las murallas. 

Las na­ves ocupadas por arqueros y soldados armados con peltas, destinados al apoyo de los legionarios que atacaban desde el mar, fueron levantados del agua mediante colosales palancas de cuyo extremo pendía un poderoso gancho de hierro, y dejadas caer de nuevo. De esta forma quedó destruida la mayor par­te de las embarcaciones, y el resto tuvo que retirarse gravemente deteriorado y con grandes pérdidas hu­manas y materiales.

Tras ocho meses de inútiles ataques, Marcelo con­virtió el asedio de la ciudad en un bloqueo por tie­rra y por mar. En la primavera del año 212 a. C., mientras los habitantes de Siracusa celebraban una fiesta en honor de Diana, Marcelo consiguió ocupar los suburbios de Tiquea y Nápoli.

La suerte de Siracusa parecía decidida.

 

—Señor, el camino del sol se hace cada día más corto. Deberías tomar ejemplo de ello y concederte más descanso al anochecer —dijo Hiescal, el númida, mirando preocupado a su amo que, sentado en un trípode, permanecía abismado en sus papiros.

—Bien sabes, señor, que yo no soy capaz de se­guir vuestros pensamientos y cálculos —agregó el númida—, pese a que llevo más de diez años a vues­tro servicio. Pero también tendrías que saber que no sólo soy leal para con usted, como corresponde a mi condición de esclavo, sino que le respeto y amo como a mi propio padre. Por lo tanto, perdone, señor, que me atreva a recordarle vuestra venerable edad.

—Calla, Hiescal, te lo ruego, y déjame solo hasta que te llame.

El anciano levantó malhumorado la vista, por unos momentos, mientras el gigantesco númida se retiraba en silencio. Luego volvió a inclinarse sobre sus rollos extendidos.

Allí arriba, en la colina que dominaba los tejados de Acradina, no se notaba en absoluto el asedio. Ni siquiera los ruidos cotidianos de la ciudad llegaban a la pequeña casa que Arquímedes habitaba con su siervo Hiescal. Transcurridos los primeros meses del sitio, en los que el sabio había sido casi el se­creto jefe de los soldados siracusanos y de sus tropas auxiliares cartaginesas, Arquímedes vivía nue­vamente retirado en su tranquilo hogar desde el co­mienzo del asedio, y de un día para otro, como quien dice, había dejado de hablarse de él. 

Llevaba una existencia tan retraída como en los años anteriores a la guerra y, aparentemente, pasaba el tiempo en­frascado en sus investigaciones. Sin embargo, tal impresión era engañosa. Y quien le hubiera conocido o tenido trato con él en otra época, se asustaría al verle ahora. Porque el viejo no era el Arquímedes de antaño, aquel sabio sereno y pacífico cuyo carác­ter más bien alegre y algo distraído sólo daba paso, muy raramente, a la excitación o incluso al empeño. 

Las personas que habían tenido relación con él en Alejandría o durante el brillante gobierno de Hierón de Siracusa, se habrían impresionado al obser­var el cambio operado en él: Arquímedes se mostraba brusco, y su modo de hablar era precipitado. Movía las manos nervioso, y gestos incontrolados acompañaban sus palabras, cuando hablaba con el criado. Igualmente ocurría que Hiescal pasaba días enteros sin oír la voz de Arquímedes. Ni un encargo; ni una orden. Nada.

El sabio permanecía la mayor parte del día —y con frecuencia también toda la noche— en el pe­queño aposento cuya ventana daba al sur, dedicado a sus cálculos, desconcertantes dibujos y proyectos de nuevas máquinas. La diferencia consistía en que no era ya el amable erudito de antes, que dibujaba sus planos y creaba sus inventos de manera casi ju­guetona y siempre jovial, sino un hombre obsesio­nado y taciturno, invariablemente inclinado sobre sus papiros y que apenas se concedía el sueño y el alimento necesarios. 

Pasaba encerrado, horas y días enteros, como si el temor de una próxima desgracia le tuviese lleno de horror. Otras veces se quedaba toda la noche en la colina, con la mirada fija en el cielo y susurrando sin cesar, a la par que sus del­gados dedos dibujaban confusas figuras en el aire.

Había días en que no pronunciaba una palabra. Se diría, entonces, inaccesible a toda emoción y a todo sonido. Luego, de repente, llamaba dos o tres veces al númida, en el espacio de una hora, para preguntar tan insistentemente por el asedio. 

Y si por fin le enviaba a la ciudad, para que se enterara de cuál era la situación real, podía suceder que, al regresar Hiescal con la cabeza llena de novedades y zumbán­dole los oídos de tantos rumores, el viejo ya no se interesara por nada o, incluso, hubiera olvidado el motivo de la bajada del esclavo a la población.

Quien le conociera antes, habría notado sin duda esta alarmante transformación. Quien estuviera fa­miliarizado con sus pensamientos de otros tiempos y pudiera adivinar los que ahora le rondaban, ha­bría sentido profundo temor y verdadera angustia. Pero nadie le conocía ya. 

De los antiguos amigos, que hubiesen podido advertir al mundo del peligro que le amenazaba en la persona del sabio anciano, no quedaba ninguno. Arquímedes les había sobrevivido a todos. Era el único, entre los grandes de otros días, que no había muerto.

El hombre se hallaba sentado en su taburete, con la cabeza apoyada en las manos. Fijos los ojos en la pared de enfrente, parecía absorto en sus pensamien­tos.

¡Qué fútiles se le antojaban aquel anochecer to­dos los descubrimientos de los que la ciencia de la épo­ca se jactaba! ¡Qué inútiles y fragmentarios! La me­cánica de Arquitas y los fenómenos astronómicos de Eudoxio y de Cnido, y hasta las leyes geométricas del gran Euclides y sus propias teorías e invenciones en el terreno de la mecánica..., ¿qué era todo eso, en comparación con el descubrimiento en cuyo um­bral él se veía? Precisamente aquel crepúsculo, a sus setenta y seis años, en el declive de la vida. 

Ar­químedes miró nervioso por encima del hombro, como si temiera sentir a sus espaldas la presencia de la muerte. ¡No, no quería morir ahora, en el mis­mísimo umbral de la verdad! No... Era de esperar que el fin no tuviera prisa y tardara todavía horas, días, meses y quizá años en llegar. Con mano tem­blorosa y rápida, el sabio comenzó a trazar figuras en un papiro limpio. Sí, ante todo necesitaba tiem­po... Pero también material y hombres. Le haría falta mucho material y muchos hombres para sus proyectos.

El pensamiento del hecho que Siracusa le hubiera bas­tado pocos meses antes, le hizo sonreír. ¡Siracusa, su ciudad natal! Arquímedes apartó de sí esas me­ditaciones. Los romanos se encontraban ante las puertas de Acradina y contaban los días y las horas de la urbe. Siracusa moriría antes que él, eso era cierto, y Roma sería dueña de Sicilia y Cartago. «Roma es la guerra y la fuerza —pensó de súbito el anciano—. Roma es brazo y es cerviz. Pero yo quiero ser la cabeza de Roma. ¡Sobre los hombros de Roma. y con su espada, quiero desquiciar el mundo!»

El propio Arquímedes se estremeció ante tales pensamientos. Su imaginación se había desbordado al soñar en lo que sería capaz de hacer con el poder romano y por el poderío de Roma. Las gigantescas catapultas y palancas ideadas meses atrás en defen­sa de Siracusa se redujeron en su mente a cosas in­significantes, a simples juguetes, en comparación con las máquinas de guerra que su fantasía iba pro­duciendo sin cesar. Sí, iría con Roma. Allí, en su co­lina de Acradina, aguardaría a sus legionarios para conquistar con ellos el mundo entero.

Un ruido tableteante asustó de pronto a Arquí­medes. Una bandada de palomas, ahuyentadas quizá por un movimiento casual en las callejuelas de la ciudad, pasó aleteando por encima de los tejados de Acradina.

«Los grises pájaros de Artemisa», pensó breve­mente.

Luego volvió a inclinarse sobre su estrecha mesa y continuó sus cálculos y proyectos cuando en el horizonte, al oeste, sobre la extensa bahía y la pen­ínsula de Magdalena, empezaba a ponerse el sol.

 

El sol estaba ya muy sumergido en el oeste cuan­do Marcelo ordenó a sus soldados que se preparasen para el ataque. El activo ir y venir de los legiona­rios fue cesando y, en el silencio que se hizo poco a poco, sólo se oyó, aquí y allá, la breve voz de un subjefe o el cortante mandato de los centuriones. 

Después de tres años de asedio y bloqueo de Sira­cusa, los soldados de Roma se disponían a conquis­tar las últimas partes de la ciudad. En cuanto el sol se pusiera —así rezaba la orden del cónsul y era también voluntad de Roma—, debían ser tomadas Ortigia y Acradina, auténtico corazón de Siracusa.

Antorus contemplaba la isla de Ortigia desde la altura del teatro griego. A la luz del crepúsculo le parecía ver brillar, en la punta del frontón del gran templo de Atenea, el escudo de oro de la diosa que tantas veces indicara a los barcos el camino del puerto. El templo de Atenea era el orgullo de Sira­cusa. 

Delante de sus impresionantes columnas dóricas, Antorus vio por primera vez a Julia. La mu­chacha ascendía las estrechas gradas que conducían al santuario, y él, llevado por un súbito impulso, la siguió. Antorus recordó la muchedumbre que le im­pedía acercarse a la esbelta joven, y cómo después, al descubrirla orando ante la diosa virgen en la som­bra del templo, quedó definitivamente prendado de ella.

Seis años hacía de eso. Julia, su esposa, que era romana, y él, el griego Antorus, se vieron obligados a abandonar la ciudad cuando el partido de los car­tagineses se hizo con el poder. A través de Tarento habían huido a Roma, y tanto esta ciudad como sus habitantes les habían acogido con afecto en una épo­ca en que ya parecía próximo su hundimiento...

Antorus cerró los ojos por un instante. Había regresado a Sicilia para verse como soldado romano y centurión ante las murallas y torres de su ciudad natal, Siracusa, y esperar la orden de ataque.

La ligera brisa procedente del mar le hizo sen­tir, de pronto, un escalofrío, por lo que se ciñó la túnica alrededor de los hombros. Al oeste, el sol aso­maba cual oscura bola de fuego por encima de la península de Magdalena, y las sombras de los árbo­les trazaban largas rayas sobre sus pies. El gran círculo del teatro yacía ya sumido en la semioscuridad cuando la fuerza de sus recuerdos condujo a Antorus nuevamente a Roma.

Ante sus ojos cerrados apareció la imagen de Julia, y el rostro dulce a la vez que orgulloso de su hermosa romana adquirió, poco a poco, una maravi­llosa claridad. Largo rato permaneció Antorus con­templando los ojos azulados de la mujer amada. Hizo luego descender y penetrar aún más la mi­rada, hasta que en el cuerpo querido descubrió, borrosa primero y luego cada vez más perfecta, su propia efigie. 

Así continuó, durante un tiempo in­calculable, fundido con el alma de la mujer romana, hasta que las fuerzas le abandonaron y la ilusión se desvaneció. Un violento dolor atravesó su corazón cuando tuvo que separarse de Julia, a la vez que renacía en él el temor a lo que las próximas horas podían traer.

Apartó las manos de sus ojos y miró a través de la extensa bahía en dirección a la isla de Ortigia. Sin embargo, el cuadro de las torres de Siracusa no logró dominar la preocupación que ceñía con cre­ciente amenaza todos sus pensamientos.

Antorus se acordó de la conversación sostenida la noche anterior con Metelo. Nunca antes había confesado sus visiones a otra persona. Pero el miedo a cualquier comentario burlón por parte del amigo había desaparecido pronto, al observar la seriedad y el interés con que Metelo le escuchaba. 

Y luego, al guardar silencio durante largo rato, el compañero nada dijo, cosa que Antorus agradeció de veras, pues en realidad tampoco había esperado respuesta. El relato del griego se había extendido a lo largo de buena parte de la noche, entre el santo y seña de los centinelas que efectuaban rondas sin cesar.

Antorus había confesado a Metelo el creciente te­mor que se iba apoderando de él desde los últimos meses del asedio: cómo, primero, empezó a marti­rizarle la crueldad externa de los combates diarios con los terribles cuadros de hombres mutilados, que habían quedado grabados de forma indeleble en su mente. 

Explicó al amigo cómo despertaba de noche, bañado en sudor y horrorizado, siempre con esas grandes y sangrientas batallas ante sus ojos. Veía espantosos campos de cadáveres y pavorosos incen­dios y ciudades que se deshacían en humo y cenizas. 

Agotado de tanta angustia, golpeaba el suelo con sus puños, para despertar, y se llevaba las manos a la frente y a los ojos, para no ver nada más, pero en­tonces llegaban las columnas de marcha de nuevos ejércitos y su duro paso era un inaguantable mar­tilleo en sus oídos.

Y cada vez había existido un pretexto y también una orden, así como una cabeza que enseñaba a los soldados cómo matar más y con mayor rapidez.

Antorus había visto cómo unos hombres se eleva­ban hacia los cielos y desde allí arrojaban fuego mortal sobre sus congéneres, y el atormentado griego había chillado y suplicado compasión a los dioses, con el único resultado que los ejércitos se hacían todavía más numerosos y las armas más terribles.

Y de nuevo se repetían el pretexto y la orden, y siempre aparecía la cabeza que indicaba a los hom­bres cómo matar aún más y con mayor rapidez.

Luego otra vez los ejércitos, más numerosos to­davía y con armas más aterradoras, y su paso re­tumbante y monótono conducía, por los campos de sus visiones, a una muerte sin remedio.

Antorus había visto bosques de los que sólo que­daban tocones reventados, y campos cuyos frutos y granos no eran ya más que ceniza gris. Había visto surgir imponentes trombas marinas que, al derrum­barse, destruían enormes barcos y arrastraban con­sigo, al fondo, el casco y la tripulación. 

Y por último vio también que en el cielo se abría una gigantesca boca de fuego y, en unos segundos, devoraba entre ardientes vaharadas de humo todos los países y las ciudades de la tierra con sus habitantes...

Y para eso, igualmente, había habido un pretexto, una orden y una cabeza que, por fin, enseñó a los hombres a matar de forma total y definitiva.

Eso era lo sucedido.

Cuando ya amanecía, Antorus le susurró al com­pañero su última visión: el pretexto y la orden de los romanos y la cabeza griega tras las murallas de Siracusa, dispuesta a instruir a los hombres de Roma.

Después Antorus calló. Todos los camaradas per­manecieron en silencio hasta que despertaron los pájaros y el ajetreo matinal del campamento les advirtió que debían regresar.

Antorus no recordaba que Metelo hubiese dicho nada durante toda la noche. Al volver juntos a sus puestos, un soldado comunicó al amigo que el gene­ral quería verle, y él, por su parte, se sumergió en la ruidosa actividad del campamento, cumpliendo sus deberes de manera mecánica...

El opaco sonido de una tuba sacó a Antorus de sus sueños. Dio media vuelta bruscamente y, mien­tras sus ojos se deslizaban una vez más sobre el teatro y la amplia bahía hasta la península de Mag­dalena, tras la cual acababa de hundirse el sol, oyó ya, en las colinas, los salvajes gritos de ataque de los legionarios, el retumbante traqueteo de los arie­tes y el metálico entrechocar de lanzas y espadas. Todavía alejado de la realidad y casi inconsciente, Antorus desenvainó su acero y corrió a reunirse con los soldados.

 

Ortigia cayó en el primer asalto de los legiona­rios y, en vista de ello, Acradina abrió sus puertas voluntariamente. Marcelo dio permiso a sus hombres para que saquearan la ciudad, aunque se afirma que lo hizo contra su voluntad. Entre el pillaje y el ensa­ñamiento del enemigo en Acradina perdió también la vida Arquímedes. 

Los relatos sobre su muerte difieren bastante unos de otros: hay quien asegura que un legionario abatió sin consideración al ancia­no que trazaba figuras geométricas en el suelo de su aposento, mientras que otros dicen que Arquí­medes fue asesinado en la calle por soldados que, al verle cargado de instrumentos matemáticos —que precisamente llevaba a Marcelo—, creyeron conse­guir un valioso botín. Cuentan que el general roma­no lamentó profundamente la pérdida del sabio, y que el nombre del gran científico proporcionó protec­ción y honor a sus parientes.

 

Nueva York, en el año 2033 A. C.

 

El altavoz anunció finalmente el aterrizaje del avión procedente de California. Liélle sintió que le abandonaban de súbito todas las angustias y preocu­paciones de las últimas horas. Se levantó en seguida, pagó y descendió la larga escalera que conducía al vestíbulo.

«¡Por fin!», pensó, y el enorme alivio hizo que se sintiera casi vacía, hueca...

La muchacha pelirroja del departamento de re­cepción le dedicó una sonrisa cuando la vio salir en dirección a la terraza, y esta pequeña prueba de simpatía y humana comprensión llenó a Liélle de maravillosa alegría y emoción.

Los primeros pasajeros bajaron la escalerilla del avión, y al fin descubrió a Toran, que descendía poco a poco las metálicas gradas y luego cruzaba el campo de asfalto.

«¡Qué delgado y pálido está! —se dijo Liélle mien­tras echaba a correr hacia el hombre amado—. ¡Pobrecito, qué mala cara tiene!»

Toran se detuvo al reconocer a su prometida. Como si una rotura de su conciencia le hubiera paralizado de repente, dio todavía unos pasos vaci­lantes para detenerse luego, perplejo, helado el co­razón. 

Y mientras Liélle le alcanzaba y, ante la leja­na expresión de su rostro, dejaba caer los brazos que había levantado impulsivamente para estrechar­se contra él, se borró de los ojos de Toran la imagen de la joven y su boca formuló despacio y balbucien­te, y luego una y otra vez, ya con seguridad aunque sin voz, el nombre de la mujer romana.