Berkeley, California, en el
año 2033 d. C.
—¿Y usted espera de este experimento unos resultados especiales, Jordan?
El doctor Vance no se esforzó en disimular su escepticismo.
—En efecto, los espero —replicó el profesor Robert Jordan de cara a su
colega de Harvard, que echó una mirada llena de curiosidad a las hojas de evaluación
de la prueba previa.
»Mire, Vance —prosiguió Jordan—, desde que me dedico a la materialización
psicosomática, nunca había encontrado un sujeto de experimentación con un
potencial psi tan extraordinario. Como verá por los documentos, Toran Lenning
posee el mayor factor mnésico que se conoce y, además, dispone de una fuerza
imaginativa casi ilimitada y precisa.
El colega de Harvard parecía dudar todavía. Con gesto indeciso volvió a
dejar los papeles sobre la mesa.
—No sé qué decirle, Jordan. Yo he perdido un poco la esperanza, después de
realizar centenares de pruebas. Temo que siempre suceda lo mismo: el individuo
sometido a experimento es sofronizado, se le inyecta la droga inhibidora y,
después, viene la paulatina reanimación tras la cual el hombre nos explica,
bajo hipnosis, cómo, durante el sitio de Toulon por las tropas napoleónicas,
contrajo matrimonio con la hija de un pastelero, sin olvidar todos los detalles
de la noche de bodas.
—Y él mismo se asombra de esos detalles, cuando pasada la hipnosis escucha
sus propias confesiones en cinta magnetofónica —le interrumpió el profesor
Jordan, riendo a la vez que sacudía la cabeza—. No puede negar que estamos sólo
al principio del camino, pero recuerde que, si bien en cuanto al tiempo
dependemos totalmente del azar, ya contamos con interesantísimos conocimientos
de la antigüedad. ¿Qué me dice, si no, de los descubrimientos sobre la historia
de los mayas? Claro que la investigación histórica psicosomática es trabajo
difícil, una especie de rompecabezas para el que hay que pescar las diferentes
piezas en un lago gigantesco. Sin embargo, es indiscutible que estamos bien
encarrilados. No olvide, además, que nuestros colegas del siglo pasado
consiguieron únicamente unos mosaicos muy incompletos, aunque hay que tener en
cuenta que ellos disponían sólo de unos hallazgos arqueológicos que ofrecían
escasa garantía y, además, de unas fuentes de información poco fidedignas. Es
precisamente la originalidad de nuestros resultados lo que permite que la
actual investigación histórica se distinga tanto de la del siglo XX.
El profesor Jordan se había entusiasmado hablando, pese a saber que, en el
fondo, también Vance era un ardiente defensor de la indagación histórica por
medio de la psicosomática. Como otros grandes descubrimientos, también el
método psicosomático, que hacía revivir recuerdos históricos exactos en
personas sometidas a hipnosis por su propia voluntad, había producido un
revuelo mundial en la prensa y la televisión.
Pero al ver que los recuerdos
explicados por las personas en estado de hipnosis, después de permanecer
adormecidas durante una o dos horas, presentaban lagunas y frecuentemente se
referían a cosas que no guardaban relación con ningún acontecimiento histórico
importante, el entusiasmo general había decaído.
La gente estaba acostumbrada
a leer en los periódicos, de vez en cuando, «relatos verídicos» de la época de
los incas o de las guerras púnicas, pero los evidentes defectos de tales
informes y su falta de coherencia hicieron que esos artículos, como había
sucedido con sus predecesores científicos del siglo XX, pasaran pronto a las
últimas páginas de los diarios, si no se veían limitados a ciertas
publicaciones especializadas.
El profesor Jordan se inclinó un momento sobre sus papeles.
—Toran Lenning constituye una gran esperanza, Vance. Créame —continuó—,
quizá sea el primer hombre capaz de describirnos de forma precisa y ordenada
una vida histórica. En mi opinión, la escasez de los resultados obtenidos
hasta ahora es consecuencia de las personas de las que nos servimos. Además,
nunca interrogamos a nadie por segunda vez, en estado de hipnosis...
—Lo sé, Jordan, lo sé. Es posible que, mediante un nuevo intento en el
mismo individuo diésemos un paso adelante, pero las experiencias hechas con la
droga inhibidora en el análisis psicohistórico nos impiden repetir el intento.
Y no olvide que, por ahora, nadie se ha mostrado dispuesto a someterse a una
segunda prueba, pese a que los sujetos de experimentación no recuerdan
absolutamente nada después de la sesión, y sólo saben lo que nosotros les
explicamos.
Vance calló.
—Tiene usted razón. Es curioso que los sujetos de experimentación no
recuerden nada y, sin embargo, parezcan algo cambiados y se resistan a responder
luego a las más simples preguntas de control. Por cierto que Toran Lenning
—agregó el profesor Jordan, levantando la cabeza con una sonrisa— ni siquiera
quería prestarse a una primera prueba, a pesar de sus extraordinarias
facultades. Pero al fin, entre las divergentes opiniones de padre e hija, venció
la ciencia en la persona del padre.
Y como fuera que el doctor Vance le miraba sin comprenderle, añadió Jordan:
—Toran Lenning es el prometido de mi hija, ¿sabe? A Liélle, usted ya la
conoce. Ahora está en Nueva York, y me hizo prometer solemnemente que, una vez
terminado el experimento, metería en el avión a Lenning. Eso significa —dijo el
profesor consultando su reloj— que esta misma tarde, a las tres, debo llevarle
al aeropuerto. Tengo sólo esta hija y, en mi condición de viudo y hombre ya
viejo, me interesa mucho mantener buenas relaciones con ella.
Nueva York, aeropuerto
Kennedy, en el año 2033 d. C.
La aguja del gran reloj del
aeropuerto avanzó con una tenue campanada hacia las 17.30. Liélle se levantó
por segunda vez y se encaminó a la recepción.
—Perdone que pregunte de nuevo —dijo—, pero estoy ansiosa por saber si ya
tiene la lista de los pasajeros que vienen en el avión de California.
La muchacha pelirroja, sentada detrás de una pantalla de plástico, se
encogió de hombros con un gesto de disculpa.
—Lo siento, señorita, pero no he recibido todavía información alguna.
Créame que lo siento.
Tras unos instantes de vacilación, Liélle regresó a su mesa del
restaurante. Nadie podía imaginarse cómo aumentaba en ella el miedo.
Exteriormente reposada y tranquila, permanecía con las piernas cruzadas junto a
su mesita de la terraza, aunque en su interior era cada vez más angustioso el
presentimiento de una desgracia que se aproximaba.
Liélle sabía, por su padre, que la materialización psicosomática producía
algún cambio en toda persona sometida a experimentación. Le constaba, también,
que los efectos de la droga inhibidora no habían sido aún suficientemente
estudiados. Sin embargo, había aceptado la decisión de Toran de acceder a los
insistentes ruegos del futuro suegro.
No se había visto con ánimos, en cambio,
de quedarse en Berkeley durante la prueba, como hubieran deseado su novio y su
padre. Por eso se encontraba ahora en Nueva York, donde había pasado dos días
de nervioso ajetreo con sus respectivas noches de insomnio en espera del
momento en que Toran descendiera por la escalerilla del avión y la tomara en
sus brazos. De aquel instante en que quedase definitivamente demostrado que
sus temores eran sólo fruto del agotamiento nervioso y de una fantasía
demasiado viva.
Había conocido a Toran dos años antes. Exactamente el 23 de agosto de
2031. La acostumbrada barbacoa para celebrar el término del semestre universitario
de verano había tenido lugar en un naranjal situado al norte de Pasadena. De
pronto, entre dos y tres de la madrugada, cuando la fiesta ya decaía y los
escasos estudiantes que aún quedaban corrían a reunirse alrededor de los
últimos fuegos, Toran apareció sentado a su lado en un banco de madera.
Al principio, su distracción y el modo inquieto y hasta desvalido con que
reaccionaba a la conversación había apartado casi a Liélle, que temía encontrarse
con una actitud intelectual por parte del muchacho. En realidad no sabía aún
qué la movió entonces a aceptar su invitación a dar un paseo por las calles de
Pasadena a una hora tan intempestiva.
Hasta que se hizo de día anduvieron por las solitarias calles de un barrio
periférico. Arriba y abajo, de un lado a otro, sin fijarse en el tiempo que
transcurría ni en las distancias. Y fue a aquella hora temprana, precisamente,
cuando las sombrías imaginaciones y fantasías de Toran la impresionaron y
confundieron.
Por eso le propuso, meses más tarde, que se sometiera a un examen que le
haría su padre y, cosa rara, él se avino sin vacilación alguna, y eso que no
era partidario de las decisiones rápidas...
Liélle extrajo un cigarrillo de su pitillera y lo encendió. Al hacerlo, su
mirada se posó en el techo plano del edificio del aeropuerto y, desde allí, en
el horizonte, donde las siluetas de Manhattan destacaban claramente contra el
azul del cielo.
Los dos últimos años habían sido una época de apasionado amor. Toran se le
había declarado con palabras serenas y seguras, en sorprendente contraste con
su comportamiento generalmente indeciso e incluso tímido frente a otras
personas, y pocos meses más tarde también ella estaba convencida, aunque no
lo hubiera dicho, que uno había nacido para el otro.
Liélle le amó antes de darse cuenta de ello, y ahora, mientras con
creciente desasosiego aguardaba la llegada del avión californiano, comprendió
que ese terrible miedo, ese presentimiento que nada podía apartar, era a la
vez parte inherente de su amor.
Siracusa (Sicilia), en el
año 212 a. C.
El día 2 de agosto del año 216 a. C. sufrieron los romanos la más grave
derrota militar de toda su historia. Aníbal venció en Cannas a los cónsules Paulo
Emilio y Terencio Varrón. De ochenta y seis mil soldados de Roma murieron
cincuenta mil, entre ellos ochenta miembros del senado y el propio Paulo
Emilio. El año siguiente —215— fue más favorable para los romanos. Aníbal se
retiró a la Apulia y abandonó la guerra. En el año 214, el general Marcelo se
trasladó a Sicilia con una poderosa flota y comenzó el sitio de Siracusa.
La ciudad se hallaba entonces todavía en su mejor época. Importante centro
mediterráneo de comercio, con una población que superaba las quinientas mil
almas y una extensión mayor incluso que la de la posterior Roma imperial, era
junto a la egipcia Alejandría la más destacada urbe del mundo antiguo.
Cuando los enviados romanos fueron rechazados por Siracusa, Marcelo atacó
la ciudad por tierra y mar a la vez. No obstante, al cabo de varios meses se
comprobó que la superioridad numérica de los romanos y de sus aliados estaba
sobradamente compensada por la habilidad técnica y el extraordinario ingenio
de un hombre: el sabio griego Arquímedes, que ya contaba setenta y tres años de
edad.
Lo primero que hizo Marcelo fue rodear Acradina, la bien fortificada
ciudadela, con sesenta polirremes cuyas cubiertas iban repletas de honderos y
arqueros. Además preparó ocho de sus mayores navíos de guerra para el
transporte de armas y máquinas para el asedio.
Pero Arquímedes supo responder a cada ataque romano con sagaces
disposiciones y medios. Bajo su dirección, y según sus propios planos, se
construyeron balistas y catapultas de los más diversos alcances, y la mortífera
lluvia de proyectiles obligó a las polirremes a una rápida retirada, después
de sufrir muchas bajas.
Con unos maderos que podían moverse como gigantescos
brazos de palanca, Arquímedes hizo caer sobre la artillería y las armas de
sitio de Marcelo, todas ellas de madera, enormes piedras y pesos de plomo. De
esta manera, las escaleras de asalto y las torres de los romanos quedaron ya
destrozadas antes de su llegada a las murallas.
Las naves ocupadas por
arqueros y soldados armados con peltas, destinados al apoyo de los legionarios
que atacaban desde el mar, fueron levantados del agua mediante colosales
palancas de cuyo extremo pendía un poderoso gancho de hierro, y dejadas caer de
nuevo. De esta forma quedó destruida la mayor parte de las embarcaciones, y el
resto tuvo que retirarse gravemente deteriorado y con grandes pérdidas humanas
y materiales.
Tras ocho meses de inútiles ataques, Marcelo convirtió el asedio de la
ciudad en un bloqueo por tierra y por mar. En la primavera del año 212 a. C.,
mientras los habitantes de Siracusa celebraban una fiesta en honor de Diana,
Marcelo consiguió ocupar los suburbios de Tiquea y Nápoli.
La suerte de Siracusa parecía decidida.
—Señor, el camino del sol se hace cada día más corto. Deberías tomar
ejemplo de ello y concederte más descanso al anochecer —dijo Hiescal, el
númida, mirando preocupado a su amo que, sentado en un trípode, permanecía
abismado en sus papiros.
—Bien sabes, señor, que yo no soy capaz de seguir vuestros pensamientos y
cálculos —agregó el númida—, pese a que llevo más de diez años a vuestro
servicio. Pero también tendrías que saber que no sólo soy leal para con usted,
como corresponde a mi condición de esclavo, sino que le respeto y amo como a mi
propio padre. Por lo tanto, perdone, señor, que me atreva a recordarle vuestra
venerable edad.
—Calla, Hiescal, te lo ruego, y déjame solo hasta que te llame.
El anciano levantó malhumorado la vista, por unos momentos, mientras el
gigantesco númida se retiraba en silencio. Luego volvió a inclinarse sobre sus
rollos extendidos.
Allí arriba, en la colina que dominaba los tejados de Acradina, no se
notaba en absoluto el asedio. Ni siquiera los ruidos cotidianos de la ciudad
llegaban a la pequeña casa que Arquímedes habitaba con su siervo Hiescal.
Transcurridos los primeros meses del sitio, en los que el sabio había sido casi
el secreto jefe de los soldados siracusanos y de sus tropas auxiliares
cartaginesas, Arquímedes vivía nuevamente retirado en su tranquilo hogar desde
el comienzo del asedio, y de un día para otro, como quien dice, había dejado
de hablarse de él.
Llevaba una existencia tan retraída como en los años
anteriores a la guerra y, aparentemente, pasaba el tiempo enfrascado en sus
investigaciones. Sin embargo, tal impresión era engañosa. Y quien le hubiera
conocido o tenido trato con él en otra época, se asustaría al verle ahora.
Porque el viejo no era el Arquímedes de antaño, aquel sabio sereno y pacífico
cuyo carácter más bien alegre y algo distraído sólo daba paso, muy raramente,
a la excitación o incluso al empeño.
Las personas que habían tenido relación
con él en Alejandría o durante el brillante gobierno de Hierón de Siracusa, se
habrían impresionado al observar el cambio operado en él: Arquímedes se
mostraba brusco, y su modo de hablar era precipitado. Movía las manos nervioso,
y gestos incontrolados acompañaban sus palabras, cuando hablaba con el criado.
Igualmente ocurría que Hiescal pasaba días enteros sin oír la voz de
Arquímedes. Ni un encargo; ni una orden. Nada.
El sabio permanecía la mayor parte del día —y con frecuencia también toda
la noche— en el pequeño aposento cuya ventana daba al sur, dedicado a sus
cálculos, desconcertantes dibujos y proyectos de nuevas máquinas. La diferencia
consistía en que no era ya el amable erudito de antes, que dibujaba sus planos
y creaba sus inventos de manera casi juguetona y siempre jovial, sino un
hombre obsesionado y taciturno, invariablemente inclinado sobre sus papiros y
que apenas se concedía el sueño y el alimento necesarios.
Pasaba encerrado,
horas y días enteros, como si el temor de una próxima desgracia le tuviese
lleno de horror. Otras veces se quedaba toda la noche en la colina, con la
mirada fija en el cielo y susurrando sin cesar, a la par que sus delgados
dedos dibujaban confusas figuras en el aire.
Había días en que no pronunciaba una palabra. Se diría, entonces,
inaccesible a toda emoción y a todo sonido. Luego, de repente, llamaba dos o
tres veces al númida, en el espacio de una hora, para preguntar tan
insistentemente por el asedio.
Y si por fin le enviaba a la ciudad, para que se
enterara de cuál era la situación real, podía suceder que, al regresar Hiescal
con la cabeza llena de novedades y zumbándole los oídos de tantos rumores, el
viejo ya no se interesara por nada o, incluso, hubiera olvidado el motivo de la
bajada del esclavo a la población.
Quien le conociera antes, habría notado sin duda esta alarmante
transformación. Quien estuviera familiarizado con sus pensamientos de otros
tiempos y pudiera adivinar los que ahora le rondaban, habría sentido profundo
temor y verdadera angustia. Pero nadie le conocía ya.
De los antiguos amigos,
que hubiesen podido advertir al mundo del peligro que le amenazaba en la
persona del sabio anciano, no quedaba ninguno. Arquímedes les había sobrevivido
a todos. Era el único, entre los grandes de otros días, que no había muerto.
El hombre se hallaba sentado en su taburete, con la cabeza apoyada en las
manos. Fijos los ojos en la pared de enfrente, parecía absorto en sus pensamientos.
¡Qué fútiles se le antojaban aquel anochecer todos los descubrimientos de
los que la ciencia de la época se jactaba! ¡Qué inútiles y fragmentarios! La
mecánica de Arquitas y los fenómenos astronómicos de Eudoxio y de Cnido, y
hasta las leyes geométricas del gran Euclides y sus propias teorías e
invenciones en el terreno de la mecánica..., ¿qué era todo eso, en comparación
con el descubrimiento en cuyo umbral él se veía? Precisamente aquel
crepúsculo, a sus setenta y seis años, en el declive de la vida.
Arquímedes
miró nervioso por encima del hombro, como si temiera sentir a sus espaldas la
presencia de la muerte. ¡No, no quería morir ahora, en el mismísimo umbral de
la verdad! No... Era de esperar que el fin no tuviera prisa y tardara todavía
horas, días, meses y quizá años en llegar. Con mano temblorosa y rápida, el
sabio comenzó a trazar figuras en un papiro limpio. Sí, ante todo necesitaba
tiempo... Pero también material y hombres. Le haría falta mucho material y
muchos hombres para sus proyectos.
El pensamiento del hecho que Siracusa le hubiera bastado pocos meses
antes, le hizo sonreír. ¡Siracusa, su ciudad natal! Arquímedes apartó de sí
esas meditaciones. Los romanos se encontraban ante las puertas de Acradina y
contaban los días y las horas de la urbe. Siracusa moriría antes que él, eso
era cierto, y Roma sería dueña de Sicilia y Cartago. «Roma es la guerra y la
fuerza —pensó de súbito el anciano—. Roma es brazo y es cerviz. Pero yo quiero
ser la cabeza de Roma. ¡Sobre los hombros de Roma. y con su espada, quiero
desquiciar el mundo!»
El propio Arquímedes se estremeció ante tales pensamientos. Su imaginación
se había desbordado al soñar en lo que sería capaz de hacer con el poder romano
y por el poderío de Roma. Las gigantescas catapultas y palancas ideadas meses
atrás en defensa de Siracusa se redujeron en su mente a cosas insignificantes,
a simples juguetes, en comparación con las máquinas de guerra que su fantasía
iba produciendo sin cesar. Sí, iría con Roma. Allí, en su colina de Acradina,
aguardaría a sus legionarios para conquistar con ellos el mundo entero.
Un ruido tableteante asustó de pronto a Arquímedes. Una bandada de
palomas, ahuyentadas quizá por un movimiento casual en las callejuelas de la
ciudad, pasó aleteando por encima de los tejados de Acradina.
«Los grises pájaros de Artemisa», pensó brevemente.
Luego volvió a inclinarse sobre su estrecha mesa y continuó sus cálculos y
proyectos cuando en el horizonte, al oeste, sobre la extensa bahía y la península
de Magdalena, empezaba a ponerse el sol.
El sol estaba ya muy sumergido en el oeste cuando Marcelo ordenó a sus
soldados que se preparasen para el ataque. El activo ir y venir de los legionarios
fue cesando y, en el silencio que se hizo poco a poco, sólo se oyó, aquí y
allá, la breve voz de un subjefe o el cortante mandato de los centuriones.
Después de tres años de asedio y bloqueo de Siracusa, los soldados de Roma se
disponían a conquistar las últimas partes de la ciudad. En cuanto el sol se
pusiera —así rezaba la orden del cónsul y era también voluntad de Roma—, debían
ser tomadas Ortigia y Acradina, auténtico corazón de Siracusa.
Antorus contemplaba la isla de Ortigia desde la altura del teatro griego. A
la luz del crepúsculo le parecía ver brillar, en la punta del frontón del gran
templo de Atenea, el escudo de oro de la diosa que tantas veces indicara a los
barcos el camino del puerto. El templo de Atenea era el orgullo de Siracusa.
Delante de sus impresionantes columnas dóricas, Antorus vio por primera vez a
Julia. La muchacha ascendía las estrechas gradas que conducían al santuario, y
él, llevado por un súbito impulso, la siguió. Antorus recordó la muchedumbre
que le impedía acercarse a la esbelta joven, y cómo después, al descubrirla
orando ante la diosa virgen en la sombra del templo, quedó definitivamente
prendado de ella.
Seis años hacía de eso. Julia, su esposa, que era romana, y él, el griego
Antorus, se vieron obligados a abandonar la ciudad cuando el partido de los cartagineses
se hizo con el poder. A través de Tarento habían huido a Roma, y tanto esta
ciudad como sus habitantes les habían acogido con afecto en una época en que
ya parecía próximo su hundimiento...
Antorus cerró los ojos por un instante. Había regresado a Sicilia para
verse como soldado romano y centurión ante las murallas y torres de su ciudad
natal, Siracusa, y esperar la orden de ataque.
La ligera brisa procedente del mar le hizo sentir, de pronto, un
escalofrío, por lo que se ciñó la túnica alrededor de los hombros. Al oeste, el
sol asomaba cual oscura bola de fuego por encima de la península de Magdalena,
y las sombras de los árboles trazaban largas rayas sobre sus pies. El gran
círculo del teatro yacía ya sumido en la semioscuridad cuando la fuerza de sus
recuerdos condujo a Antorus nuevamente a Roma.
Ante sus ojos cerrados apareció la imagen de Julia, y el rostro dulce a la
vez que orgulloso de su hermosa romana adquirió, poco a poco, una maravillosa
claridad. Largo rato permaneció Antorus contemplando los ojos azulados de la
mujer amada. Hizo luego descender y penetrar aún más la mirada, hasta que en
el cuerpo querido descubrió, borrosa primero y luego cada vez más perfecta, su
propia efigie.
Así continuó, durante un tiempo incalculable, fundido con el
alma de la mujer romana, hasta que las fuerzas le abandonaron y la ilusión se
desvaneció. Un violento dolor atravesó su corazón cuando tuvo que separarse de
Julia, a la vez que renacía en él el temor a lo que las próximas horas podían
traer.
Apartó las manos de sus ojos y miró a través de la extensa bahía en
dirección a la isla de Ortigia. Sin embargo, el cuadro de las torres de
Siracusa no logró dominar la preocupación que ceñía con creciente amenaza
todos sus pensamientos.
Antorus se acordó de la conversación sostenida la noche anterior con
Metelo. Nunca antes había confesado sus visiones a otra persona. Pero el miedo
a cualquier comentario burlón por parte del amigo había desaparecido pronto, al
observar la seriedad y el interés con que Metelo le escuchaba.
Y luego, al
guardar silencio durante largo rato, el compañero nada dijo, cosa que Antorus
agradeció de veras, pues en realidad tampoco había esperado respuesta. El
relato del griego se había extendido a lo largo de buena parte de la noche,
entre el santo y seña de los centinelas que efectuaban rondas sin cesar.
Antorus había confesado a Metelo el creciente temor que se iba apoderando
de él desde los últimos meses del asedio: cómo, primero, empezó a martirizarle
la crueldad externa de los combates diarios con los terribles cuadros de
hombres mutilados, que habían quedado grabados de forma indeleble en su mente.
Explicó al amigo cómo despertaba de noche, bañado en sudor y horrorizado,
siempre con esas grandes y sangrientas batallas ante sus ojos. Veía espantosos
campos de cadáveres y pavorosos incendios y ciudades que se deshacían en humo
y cenizas.
Agotado de tanta angustia, golpeaba el suelo con sus puños, para
despertar, y se llevaba las manos a la frente y a los ojos, para no ver nada
más, pero entonces llegaban las columnas de marcha de nuevos ejércitos y su
duro paso era un inaguantable martilleo en sus oídos.
Y cada vez había existido un pretexto y también una orden, así como una
cabeza que enseñaba a los soldados cómo matar más y con mayor rapidez.
Antorus había visto cómo unos hombres se elevaban hacia los cielos y desde
allí arrojaban fuego mortal sobre sus congéneres, y el atormentado griego había
chillado y suplicado compasión a los dioses, con el único resultado que los
ejércitos se hacían todavía más numerosos y las armas más terribles.
Y de nuevo se repetían el pretexto y la orden, y siempre aparecía la cabeza
que indicaba a los hombres cómo matar aún más y con mayor rapidez.
Luego otra vez los ejércitos, más numerosos todavía y con armas más
aterradoras, y su paso retumbante y monótono conducía, por los campos de sus
visiones, a una muerte sin remedio.
Antorus había visto bosques de los que sólo quedaban tocones reventados, y
campos cuyos frutos y granos no eran ya más que ceniza gris. Había visto surgir
imponentes trombas marinas que, al derrumbarse, destruían enormes barcos y
arrastraban consigo, al fondo, el casco y la tripulación.
Y por último vio
también que en el cielo se abría una gigantesca boca de fuego y, en unos
segundos, devoraba entre ardientes vaharadas de humo todos los países y las
ciudades de la tierra con sus habitantes...
Y para eso, igualmente, había habido un pretexto, una orden y una cabeza
que, por fin, enseñó a los hombres a matar de forma total y definitiva.
Eso era lo sucedido.
Cuando ya amanecía, Antorus le susurró al compañero su última visión: el
pretexto y la orden de los romanos y la cabeza griega tras las murallas de
Siracusa, dispuesta a instruir a los hombres de Roma.
Después Antorus calló. Todos los camaradas permanecieron en silencio hasta
que despertaron los pájaros y el ajetreo matinal del campamento les advirtió
que debían regresar.
Antorus no recordaba que Metelo hubiese dicho nada durante toda la noche.
Al volver juntos a sus puestos, un soldado comunicó al amigo que el general
quería verle, y él, por su parte, se sumergió en la ruidosa actividad del
campamento, cumpliendo sus deberes de manera mecánica...
El opaco sonido de una tuba sacó a Antorus de sus sueños. Dio media vuelta
bruscamente y, mientras sus ojos se deslizaban una vez más sobre el teatro y
la amplia bahía hasta la península de Magdalena, tras la cual acababa de
hundirse el sol, oyó ya, en las colinas, los salvajes gritos de ataque de los
legionarios, el retumbante traqueteo de los arietes y el metálico entrechocar
de lanzas y espadas. Todavía alejado de la realidad y casi inconsciente,
Antorus desenvainó su acero y corrió a reunirse con los soldados.
Ortigia cayó en el primer asalto de los legionarios y, en vista de ello,
Acradina abrió sus puertas voluntariamente. Marcelo dio permiso a sus hombres
para que saquearan la ciudad, aunque se afirma que lo hizo contra su voluntad.
Entre el pillaje y el ensañamiento del enemigo en Acradina perdió también la
vida Arquímedes.
Los relatos sobre su muerte difieren bastante unos de otros:
hay quien asegura que un legionario abatió sin consideración al anciano que
trazaba figuras geométricas en el suelo de su aposento, mientras que otros
dicen que Arquímedes fue asesinado en la calle por soldados que, al verle
cargado de instrumentos matemáticos —que precisamente llevaba a Marcelo—,
creyeron conseguir un valioso botín. Cuentan que el general romano lamentó
profundamente la pérdida del sabio, y que el nombre del gran científico
proporcionó protección y honor a sus parientes.
Nueva York, en el año 2033
A. C.
El altavoz anunció finalmente el aterrizaje del avión procedente de
California. Liélle sintió que le abandonaban de súbito todas las angustias y
preocupaciones de las últimas horas. Se levantó en seguida, pagó y descendió
la larga escalera que conducía al vestíbulo.
«¡Por fin!», pensó, y el enorme alivio hizo que se sintiera casi vacía,
hueca...
La muchacha pelirroja del departamento de recepción le dedicó una sonrisa
cuando la vio salir en dirección a la terraza, y esta pequeña prueba de
simpatía y humana comprensión llenó a Liélle de maravillosa alegría y emoción.
Los primeros pasajeros bajaron la escalerilla del avión, y al fin descubrió
a Toran, que descendía poco a poco las metálicas gradas y luego cruzaba el
campo de asfalto.
«¡Qué delgado y pálido está! —se dijo Liélle mientras echaba a correr
hacia el hombre amado—. ¡Pobrecito, qué mala cara tiene!»
Toran se detuvo al reconocer a su prometida. Como si una rotura de su
conciencia le hubiera paralizado de repente, dio todavía unos pasos vacilantes
para detenerse luego, perplejo, helado el corazón.
Y mientras Liélle le
alcanzaba y, ante la lejana expresión de su rostro, dejaba caer los brazos que
había levantado impulsivamente para estrecharse contra él, se borró de los
ojos de Toran la imagen de la joven y su boca formuló despacio y balbuciente,
y luego una y otra vez, ya con seguridad aunque sin voz, el nombre de la mujer
romana.