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La bola dorada de la oportunidad - Agatha Christie

Jorge Dundas se detuvo en plena ciudad de Londres con aire pensativo. A su alrededor, obreros y empleados iban y venían en aquella marea envolvente, pero Jorge, exquisitamente vestido, con los pantalones bien planchados, no les prestaba atención. Estaba muy ocupado pensando lo que debía hacer a continuación.

iAlgo había ocurrido! Entre Jorge y su tío rico (Efrain Leadbetter, de la firma Leadbetter y Gilling) se habían cruzado unas «palabritas» como se dice vulgarmente. Para hablar con exactitud, las palabras habían sido pronunciadas casi únicamente por el señor Leadbetter. Habían brotado de sus labios como un torrente de amarga indignación, y el hecho de que fueran una repetición constante no parecía haberle preocupado. Decir algo bonito una vez y no repetirlo, era algo imposible para él.

El tema fue bien sencillo... la tontería y la perversidad de un joven, que tiene que abrirse camino, y que se toma un día de asueto en plena semana, sin permiso de nadie. Cuando el señor Leadbetter hubo dicho todo lo que se le ocurría, repitiéndolo varias veces, se detuvo para tomar aliento y preguntó a Jorge qué significaba aquello.

Jorge respondió sencillamente que lo que él quería era un día libre. En resumen, un día de fiesta.

¿Y para qué estaban el sábado por la tarde y el domingo?, quiso saber el señor Leadbetter. Para no mencionar la Pascua de Pentecostés, que acababa de pasar, y la próxima fiesta del patrón de los Bancos.

Jorge replicó que no le importaban las tardes de los sábados, los domingos, ni las fiestas patronas. Tenía necesidad de un día cualquiera en el que le fuera posible encontrar un sitio donde no se hubiera reunido ya medio Londres.

Entonces el señor Leadbetter dijo que había hecho cuanto estaba en su mano por el hijo de su difunta hermana... y que nadie podría decir que no le había dado una oportunidad, pero evidentemente fue inútil, y en el futuro Jorge podría gozar de los cinco días laborables de la semana, además del sábado y del domingo, para hacer lo que le viniera en gana.

—Te arrojaron a las manos la bola dorada de la oportunidad, hijo mío —dijo Leadbetter como último y poético toque final de su discurso—. Y no has sabido cogerla.

Jorge dijo que a él le parecía que era eso lo que había hecho, y el señor Leadbetter, trocando la poesía en ira, le ordenó que se marchara.

De ahí... las meditaciones de Jorge. ¿Se volvería atrás su tío? ¿Sentía por Jorge algún afecto secreto, o sólo un patente disgusto?

Y fue en aquel preciso momento que una voz... una voz inesperada... dijo:

—¡Hola!

Un coche de turismo de línea aerodinámica se había detenido junto a la acera, y sentada ante el volante estaba la chica más bonita y popular de la alta sociedad, Mary Montresor (la descripción es la misma que aparecía bajo su retrato en la revistas ilustradas por lo menos cuatro veces al mes).

Mary sonreía a Jorge con simpatía.

—Nunca pensé que un hombre pudiera parecerse tanto a una isla —dijo Mary Montresor—. ¿Quieres subir?

—Con el alma y la vida —replicó Jorge sin la menor vacilación, y así lo hizo, sentándose junto a ella.

Avanzaron lentamente porque las leyes del tráfico no permitían otra cosa.

—Estoy harta de la ciudad —dijo Mary Montresor—. Vine a ver qué tal era, pero me vuelvo a Londres.

Sin corregir su geografía, Jorge le dijo que era una idea magnífica. Siguieron adelante, unas veces despacio, otras con ciegos arranques veloces cuando Mary veía la oportunidad de pasar a otros vehículos. A Jorge le pareció que en esto era un tanto optimista, pero consolóse pensando que sólo se muere una vez. Sin embargo, consideró conveniente no darle conversación, prefiriendo que su rubia acompañante se entregara totalmente a la tarea que tenía entre manos.

Fue ella quien reanudó la charla, mientras corrían velozmente por un recodo de Hyde Park.

—¿Te gustaría casarte conmigo? —le preguntó ella como por casualidad.

Jorge contuvo el aliento, pero debió ser debido a la proximidad de un enorme autobús que parecía ansioso de destrucción, y se enorgulleció de su rápida respuesta.

—Me encantaría —replicó con facilidad.

—Bueno —dijo Mary Montresor vagamente—. Tal vez puedas hacerlo algún día.

Volvieron a tomar la carretera recta sin accidentes, y en aquel momento Jorge advirtió unos grandes cartelones de noticias colocados en la estación del «metro» de Hyde Park Corner. Entre «grave situación política» y «llegada del trasatlántico "Coronel" se leía «Joven de la alta sociedad se casa con un duque» y en otro «el duque de Edgehill y la señorita Montresor».

—¿Qué es eso del duque de Edgehill? —preguntó Jorge con severidad.

—¿Bingo y yo? Estamos prometidos.

—Pero entonces... lo que acabas de decir...

—Oh, eso —dijo Mary Montresor—. Comprende, todavía no he decidido del todo con quién voy a casarme.

—¿Entonces por qué te has prometido?

—Sólo para demostrar que podía hacerlo. Todos pensaban que me sería muy difícil, y no lo fue nada.

—Has sido muy afortunada logrando conquistar a ese... es... Bingo —dijo Jorge mencionando con violencia a un duque auténtico por su nombre de pila.

—Nada de eso —replicó Mary Montresor—. El afortunado ha sido él, si es que hay algo que pueda hacerle bien... cosa que dudo.

Jorge hizo otro descubrimiento... de nuevo con la ayuda de otro cartel de anuncios.

—Vaya, si hoy hay regatas en Ascot. Debiera haber adivinado que ése era el único sitio donde podrías estar tú.

Mary Montresor suspiró.

—Quería tener un día de libertad —dijo sencillamente.

—Vaya, igual que yo —repuso Jorge encantado—. Y como resultado mi tío me ha despedido para que me muera de hambre.

—En ese caso nos casaremos —decidió Mary—, mis veinte mil libras al año te resultarán sumamente útiles.

—Desde luego nos proporcionarían algunas comodidades para nuestra casa —repuso Jorge.

—Hablando de casas —comentó Mary—. Vamos al campo a ver si encontramos alguna que nos guste.

Resultaba un plan encantador. Pasaron Putney Bridge y, al llegar a Kingston, Mary apretó el acelerador con un suspiro de satisfacción. Llegaron al campo muy de prisa, y media hora más tarde, Mary, exhalando una exclamación, señaló hacia un lado con gesto teatral.

Ante ellos, en la cima de una colina se alzaba una casa de esas que los agentes de ventas describen (rara vez con verdad) de «Un encanto al estilo antiguo». Imaginaos que la descripción de la mayoría de casas de campo se hiciera realidad por una vez, y tendréis una idea.

Mary Montresor detuvo el coche ante una cerca pintada de blanco.

—Dejaremos aquí el coche, e iremos a verla. ¡Es nuestra casa!

—Decididamente lo es —convino Jorge—. Pero de momento parece que viven en ella otras personas.

Mary despreció a las otras personas con un gesto, y subieron juntos por el camino. La casa resultaba aún más atrayente vista de cerca.

—Nos acercaremos para atisbar por las ventanas —dijo Mary.

Jorge se resistía.

—¿Tú crees que esta gente...?

—Yo no pienso en ellos. Es nuestra casa... y sólo viven en ella por casualidad. Y si alguien nos sorprendiera, diré... diré que yo creía que era la casa de la señora... Pardonstenger y que siento haberme equivocado.

—Bueno, no está mal —dijo Jorge pensativo. Miraron por las ventanas. La casa estaba exquisitamente amueblada, y acababan de llegar al salón cuando oyeron pasos en la grava del jardín y al volverse se hallaron frente a un mayordomo impecable.

—¡Oh! —dijo Mary, y con su más encantadora sonrisa agregó—: ¿Está en casa la señora Pardonstenger? estaba mirando si estaba en el salón.

—La señora Pardonstenger está en casa, señora —replicó el mayordomo—. Tenga la bondad de pasar... por aquí, por favor.

Hicieron lo único que podían hacer: seguirle. Jorge iba calculando el número de probabilidades que había para que hubiesen acertado, y siendo el nombre Pardonstenger llegó a la conclusión de que era una entre veinte mil. Su compañera le susurró:

—Déjalo en mis manos. Todo irá bien.

A Jorge le vino de perilla, pues según él aquella situación requería delicadeza femenina.

Les hicieron pasar al salón, y en cuanto se hubo retirado el mayordomo, volvió a abrirse la puerta dando paso a una señora alta y de cabellos oxigenados que les contempló con aire expectante.

Mary Montresor dio un paso hacia ella, y luego se detuvo con bien simulada sorpresa.

—¡Vaya! —exclamó—. ¡Si no es Amy! ¡Qué cosa más extraordinaria!

—Lo es —dijo una voz siniestra.

Había entrado un hombre corpulento de rostro de bulldog y ceño amenazador, situándose detrás de la señora Pardonstenger. Jorge, pensó que nunca había visto un tipo más desagradable. El hombre cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.

—Sí, una cosa extraordinaria —repitió con su voz áspera—. Pero creo haber comprendido su juego. —Y de pronto sacó un revólver enorme—. ¡Manos arriba! He dicho manos arriba. Cachéalos, Bella.

Jorge, al leer novelas policíacas, se había preguntado muchas veces qué significaba eso de «cachear». Ahora lo supo. Bella (alias señora Pardonstenger) comprobó que ni él ni Mary llevaban armas escondidas en ninguna de sus ropas.

—Pensaron que eran muy listos, ¿verdad? —gruñó el hombre—. Viniendo aquí de esta manera y haciéndose los inocentes. Esta vez se han equivocado... del todo. En realidad, dudo mucho que sus amigos y parientes vuelvan a verles jamás. Ah, sí, ¡eh! —dijo al ver que Jorge hacía un movimiento de rebeldía—. Nada de trucos. Dispararé en cuanto vuelva a moverse.

—Ten cuidado, Jorge —suplicó Mary.

—Tendré cuidado —repuso Jorge con sentimiento—. Mucho cuidado.

—Y ahora en marcha —dijo el hombre—. Abre la puerta, Bella. Y ustedes dos conserven las manos encima de la cabeza. La señora primero... así está bien. Yo iré detrás de los dos. Crucen el recibidor. Ahora arriba...

Obedecieron. ¿Qué otra cosa podían hacer? Mary empezó a subir la escalera con las manos en alto seguida de Jorge, y detrás de ellos el gigantesco rufián, revólver en mano.

Al llegar a lo alto de la escalera, Mary dobló la esquina, y en el mismo instante, sin el menor aviso, Jorge propinó un fiero puntapié hacia atrás alcanzando al hombre de pleno, y haciéndole caer de espaldas por la escalera. Al segundo siguiente Jorge había saltado sobre él, apoyando las rodillas sobre su pecho, y con la mano derecha cogió el revólver que el otro había soltado durante la caída.

Bella, lanzando un grito, se retiró por una puerta, y Mary bajó corriendo la escalera, pálida como la cera.

—Jorge, ¿le has matado?

El hombre estaba tendido completamente inmóvil, y Jorge se inclinó sobre él.

—No creo que le haya matado —dijo con pesar—. Pero desde luego está fuera de cuenta.

—Gracias a Dios —Mary respiraba muy de prisa.

—Un golpe limpio —dijo Jorge admirado de sí mismo—. Vaya una lección para esta mula. ¿Eh, qué quieres?

Mary tiraba de él con fuerza.

—Vámonos —exclamó con fervor—. Vámonos de prisa.

—¿Y si buscáramos algo con que atar a este individuo? —dijo Jorge dispuesto a seguir sus propios planes—. ¿Podrías encontrar algún pedazo de cuerda por ahí?

—No, no podría —replicó Mary—. Y vámonos... por favor, por favor... estoy tan asustada...

—No necesitas asustarte estando yo aquí —replicó Jorge con vil arrogancia.

—Jorge querido, por favor... hazlo por mí. No quiero verme mezclada en esto. Vámonos, por favor, te lo suplico de veras.

La exquisita ternura con que pronunció las palabras «hazlo por mí» ablandó la determinación de Jorge, que se dejó arrastrar donde les esperaba el auto. Mary dijo con desmayo:

—Conduce tú. Yo no puedo.

Y Jorge tomó posesión del volante.

—Pero hemos de ver cómo acaba esto —le dijo—. Dios sabe lo que se trae entre manos ese tunante. No daré parte a la policía si no quieres... pero tengo que averiguarlo. Tengo que seguirles la pista.

—No, Jorge. No quiero que lo hagas.

—¿Se nos presenta una aventura de primera clase como ésta y quieres que me vuelva de espaldas? No, ni lo sueñes.

—No tenía idea de que fueses tan sanguinario —dijo llorosa.

—No soy sanguinario. Yo no fui quien empezó. Ese condenado individuo amenazándonos con ese gigantesco revólver... A propósito..., ¿cómo diantre no se disparó cuando yo le arrojé escalera abajo?

Y deteniendo el coche, la sacó del bolsillo de la portezuela donde lo pusiera al subir. Después de examinarlo lanzó un silbido.

—¡Vaya, que me aspen si lo entiendo! No está cargado. Si lo llego a saber... —Se detuvo abstraído en sus pensamientos—. Mary, todo esto es muy extraño.

—Lo sé. Por eso te suplico que lo dejes.

—Nunca —replicó Jorge con voz firme.

Mary suspiró.

—Ya veo que tendré que contártelo —le dijo—. Y lo peor de todo es que no tengo la menor idea de cómo te sentará.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué has de contarme?

—Verás. —Hizo una pausa—. Yo creo que hoy en día las mujeres debemos ayudarnos mutuamente... cuando queremos, sobre todo, saber algo de los hombres que conocemos.

—¿Y bien? —preguntó Jorge, completamente despistado.

—Y lo más importante para una chica es saber cómo reaccionaría él ante una dificultad... ¿Tiene presencia de ánimo... valor... inteligencia rápida? Esas cosas no pueden saberse... hasta que ya es demasiado tarde. Tal vez no se presente ninguna oportunidad hasta varios años después de casados. Todo lo que sé de mis amigos es si bailan bien y si son capaces de encontrar un taxi en noches lluviosas.

—Las dos cosas son muy útiles —señaló Jorge.

—Sí, pero una quiere saber si el hombre es hombre.

—«Los grandes espacios abiertos donde los hombres son hombres» —recitó Jorge con aire ausente.

—Exacto. Pero en Inglaterra no tenemos esos espacios abiertos. De manera que hay que crear una situación artificial. Y eso es lo que hice.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que quiero decir es que esa casa actualmente es mía. Y vinimos porque yo quise... no por casualidad. Y el hombre... ese hombre a quien por poco matas...

—¿Sí?

—Es Rube Wallace... el actor de cine. Siempre representa papeles de luchador. Es un hombre muy amable y simpático, y le contraté. Bella es su esposa. Por eso me quedé aterrada al ver que podías haberle matado. Naturalmente que el revólver no estaba cargado. Pertenece a la compañía cinematográfica. Oh, Jorge, ¿estás muy enfadado?

—¿Soy el primero con quien... has probado este experimento?

—Oh, no. Lo probé con... deja que piense... con otros nueve y medio.

—¿Quién era el medio? —preguntó Jorge con curiosidad.

—Bingo —replicó en tono frío.

—¿Y a los demás no se les ocurrió el truco de pegar una patada hacia atrás, como hacen las mulas?

—No... a ninguno. Algunos fanfarronearon, y otros se sometieron en seguida, pero todos permitieron que les llevaran arriba, y les ataran y amordazasen. Luego, me las arreglé para soltar mis ligaduras... claro está, como en las novelas... y les liberté. Nos escapamos... descubriendo que la casa estaba vacía.

—¿Y a nadie se le ocurrió el truco de la mula ni nada parecido?

—No.

—En ese caso —dijo Jorge condescendiente—, te perdono.

—Gracias, Jorge —repuso Mary sumisa.

—En resumen: la única cuestión que se nos presenta ahora es: ¿a dónde vamos? —dijo Jorge—. No estoy del todo seguro si hay que ir a Lambeth Palace o al juzgado.

—¿De qué estás hablando?

—De la licencia. Creo que lo indicado es una licencia especial. Tienes demasiada afición a prometerte con un hombre y preguntar a otro si quiere casarse contigo.

—¡Yo no te he pedido que te cases conmigo!

—Sí que me lo pediste. En Hyde Park Corner. No es un sitio que hubiera escogido yo para pedir a nadie en matrimonio, pero cada uno tiene sus ideas respecto a este particular.

—Yo no hice nada de eso. Y sólo pregunté, en broma, si te gustaría casarte conmigo. No tenía intención de que lo tomaras en serio.

—Si consultara un abogado, estoy seguro que diría que eso fue una auténtica proposición. Además, tú sabes perfectamente que quieres casarte conmigo.

—No.

—¿Ni siquiera después de los nueve fracasos y medio? Imagínate la sensación de seguridad que iba a darte ir por la vida al lado de un hombre capaz de sacarte de una situación peligrosa.

Mary parecía ablandarse poco a poco ante este argumento, pero dijo en tono firme:

—No me casaría con ningún hombre a menos que le viera arrodillado ante mí.

Jorge la miró. Era adorable, pero Jorge poseía otras características propias de las mulas, aparte de saber dar coces, y replicó con la misma determinación:

—Arrodillarse ante una mujer es degradante, y no lo haré.

Mary dijo con encantadora presteza:

—¡Qué lástima!

Regresaron a Londres. Jorge estaba muy serio y callado, y Mary tenía el rostro oculto por el ala de su sombrero. Al pasar por Hyde Park Corner, murmuró en tono suave:

—¿No podrías arrodillarte ante mí?

Jorge replicó en tono firme:

—No.

Se sentía un superhombre. Ella le admiraba por su actitud, pero por lo visto también era testaruda. De pronto Jorge se irguió.

—Perdóname —le dijo.

Y apeándose del coche, retrocedió hasta un puesto de fruta que acababan de pasar, regresando tan rápidamente que el policía que se acercaba a ellos para preguntar qué ocurría no tuvo tiempo de llegar.

—«Coma más fruta» — dijo—. Y además es simbólico.

—¿Simbólico?

—Sí. Eva dio una manzana a Adán. Hoy en día Adán se la da a Eva. ¿Comprendes?

—Sí —repuso Mary dudosa.

—¿A dónde te llevo? —preguntó Jorge en tono serio.

—A casa, por favor.

Dirigió el coche hacia la Plaza Grosvenor con rostro impasible. Se apeó, dando la vuelta para ayudarla a bajar. Ella le hizo una última súplica.

—Querido... Jorge... ¿no podrías? ¿Sólo por complacerme?

—Nunca —dijo Jorge.

Y en aquel preciso momento ocurrió. Resbaló, y al tratar de recobrar el equilibrio quedó arrodillado en el barro ante ella. Mary lanzó una exclamación de alegría, palmoteando entusiasmada.

—¡Querido Jorge! Ahora sí que me casaré contigo. Puedes ir inmediatamente a Lambeth Palace y arreglarlo todo con el arzobispo de Canterbury.

—Ha sido sin querer —dijo Jorge con calor—. Fue por culpa de esa... esa... piel de plátano —y le mostró el cuerpo del delito.

—No importa —replicó Mary—. Ha ocurrido. Cuando discutimos y tú me echaste en cara el haberte pedido en matrimonio, tuve que exigirte que antes de casarte conmigo te arrodillaras ante mí. ¡Gracias a esa bendita piel de plátano! ¿Era bendita lo que ibas a decir?

—Algo por el estilo —repuso Jorge.

A las cinco y media de aquella tarde, el señor Leadbetter recibió el aviso de que su sobrino acababa de llegar y deseaba verle.

«Ha venido para humillarse —díjose el señor Leadbetter para sus adentros—. Confieso que estuve un poco duro con el muchacho, pero fue por su propio bien.»

Y dio orden para que hicieran pasar a su sobrino.

Jorge entró con aire decidido.

—Quiero hablar contigo, tío —le dijo—. Esta mañana cometiste una gran injusticia. Me gustaría saber si tú hubieras conseguido a mi edad, en plena calle, repudiado por tus parientes, y en el espacio que media entra las once y cuarto y las cinco y media, una renta de veinte mil libras al año. ¡Pues eso es lo que yo he hecho!

—Tú estás loco, muchacho.

—¡Qué voy a estar loco, sino pletórico de recursos! Voy a casarme con una joven rica y bonita, perteneciente a la alta sociedad. Una que va a dejar a un conde por mí.

—Debía haberte abofeteado en lugar de preferirte.

—Y hubiera hecho bien. Nunca me hubiera atrevido a pedírselo..., pero por fortuna me lo pidió ella. Luego se retractó, pero yo la hice cambiar de opinión. ¿Y sabes tío, cómo lo conseguí? Con el gasto de dos peniques y sabiendo agarrar la bola dorada de la oportunidad.

—¿En qué empleaste esos dos peniques? —preguntó el señor Leadbetter, intrigado.

—En comprar un plátano... en un puesto de fruta. A nadie se le hubiera ocurrido el truco de la piel de plátano. ¿Dónde se sacan las licencias de matrimonio? ¿Es en el juzgado o en Lambeth Palace?

De la sabiduría de los humildes - Rodolfo Modern

Wai Te, un ebanista simple de corazón y muy hábil, fabricaba en madera de oscura caoba un arcón complicado, lleno de herrajes, molduras y divisiones, destinado a guardar las ricas túnicas del emperador, hechas de seda, oro y brocados.
Mientras tanto, veía jugar en la calle a un grupo de niños desarrapados y hambrientos. Cuando el emperador recibió el mueble y fue a abrirlo, encontró en el fondo del arcón, y sobre una almohadilla de terciopelo, un trapo desgarrado y muy zurcido con una inscripción que decía: "Traje de ceremonia de los niños de la calle donde vive Wai Te, el ebanista".

La oveja negra - Augusto Monterroso

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

Aquí nomás de hablador - Gustavo Masso

¿Se imaginan lo que es estarse un domingo encerrado toda la tarde? Con el televisor descompuesto, el tocadiscos empeñado y sin tener siquiera un pinche quinto, ya de perdida para invitar a Conchita la del dos a ver la que pasan en el Mariscala. 
Porque claro, como de costumbre la quincena nada más me duró una semana y parecía que faltaban siglos para el día de pago. 
Pero ustedes ya han de haber pasado por todo esto, ¿verdad?, así que para qué les voy a amargar el rato.
Pos ya saben, así andaba yo, como león enjaulado, parriba y pabajo y ya se me hacía chiquito el cuarto, pero lo que más me desesperaba era lo silencioso que estaba el edificio. Carajo, ni siquiera se oían gritar los escuincles de la portera que son bien chillones. Por eso mejor agarré mi chamarra y que me salgo para la calle.
Y ai me tienen, camine y camine como pinche loco, parándome de repente a ver las carteleras de los cines que pasan puras películas de esas pornográficas, ¿así se dice?, o para mirar, con ganas de llegarles, a las chamacas que pasaban meneándolas mucho, aunque ya sabía que sin dinero nomás no hay de piña.
Bueno, el caso es que me aventé, así a pata, desde las calles del Carmen, que ahí tienen su casa, hasta el Caballito que es donde empezó a llover. 
Uta madre eso sí fue el colmo. Ya era de noche y de pronto se quedaron las calles vacías. Y yo allí, en pleno Reforma, con el humorcito que me cargaba, chorreando agua como un imbécil y parado debajo de una cornisa que ni me tapaba nada, esperando que se quitara la lluvia o quién sabe qué cosa.
Pero no se aburran que aquí viene lo bueno. En esas estaba cuando ai tienen que salió un coche derrapándose por la glorieta y zas pum ¡mocos!, que llega y se estrella contra un poste a un lado de donde estaba yo. 
Me escapé apenas por un pelito, y todavía no me reponía del susto cuando oí que alguien se quejaba. Me acerqué y vi a un hombre que salía arrastrándose de entre los restos del coche, que no había quedado ya ni pa chatarra.
Estaba fregado el cuate este, todo lleno de sangre y con un fierro del coche enterrado en la barriga. Se quejaba muy quedito, pero cuando vio que me acercaba comenzó a dar tremendos gritotes el pinche maricón, quién sabe qué me notaría en la cara. 
Yo entonces voltié pa todos lados, para asegurarme de que no viniera nadie, y agarrando el fierro que traía clavado, se lo hundí más en la panza hasta que dejó de gritar y se quedó quieto. 
Luego fui corriendo a llamar una ambulancia y me estuve ahí bajo la lluvia hasta que llegaron a recoger el cadáver. 
“Ha de haber andado borracho”, le dije a unos de los camilleros y me fui para mi casa en el momento en que dejaba de llover, evitando a las viejas que me salían 
al paso en todas las calles oscuras. 
Esa noche dormí muy a gusto.

Talento - Robert Bloch

 Quizá sea una lástima que no se supiera nada de los padres de Andrew Benson.

Las mismas razones que los condujeron a abandonarlo en la escalera de entrada del Orfelinato de San Andrews, constituyeron asimismo la causa de su discreto anonimato. El hecho ocurrió en la mañana del 3 de marzo de 1943 -en plena guerra, como cualquiera puede recordar-, de modo que el niño podía ser muy bien tomado como un producto de los avatares bélicos. Sucesos similares ocultaban la singularidad de cualquier caso, incluso en Pasadena, que era donde el Orfelinato estaba ubicado.

Tras las usuales tentativas y las infructuosas pesquisas, las buenas hermanas lo tomaron. Allí adquirió su primer nombre, del patrón y patronímico santificado que bautizaba el establecimiento. El «Benson» le fue añadido unos años más tarde, por una pareja que lo adoptó ocasionalmente.

Es difícil, después de tanto tiempo, calibrar la clase de muchacho que fue Andrew; el orfanato posee archivos, pero meramente contienen fichas, y la hermana Rosemarie, que trabajaba como supervisora del dormitorio masculino, hace tiempo que murió. La hermana Albertine, calificadora de los estudios en la Escuela del Orfelinato, se encuentra ahora -por decirlo de la manera más delicada posible- en su senilidad, y su testimonio aparece necesariamente coloreado por el asalto de sucesos secundarios.

Parece empero increíble que Andrew no aprendiera a hablar hasta encontrarse en el umbral de sus siete años; la forzada gregariedad y la conspicua falta de atención a las características individuales, propia de los orfelinatos, la habría acelerado como si la facultad del habla fuera necesaria para la absoluta supervivencia, desde la más remota infancia, dado el entorno. Apenas es más creíble la teoría de la hermana Albertine de que Andrew sabía hablar pero que sencillamente se negó a hacerlo hasta no haber llegado a su séptimo año de vida.

Pero, lo que agrava las cosas, ella lo recuerda ahora como un muchachito desacostumbradamente precoz, que parecía poseer una inteligencia y un entendimiento que iban más allá de sus años. En lugar de valerse del habla, no obstante, adoptaba la pantomina, arte al que era tan brillante adepto (si hemos de creer a la hermana Albertine) que su continuo silencio era apenas notable.

-Podía imitar a cualquiera -declara la hermana-. A los otros niños, a las hermanas, incluso a la Madre Superiora. Claro, yo tenía que reprenderlo por eso. Pero era admirable la facilidad con que asimilaba las mínimas maneras y las expresiones faciales de cualquier otra persona, y de una sola mirada. Pues eso es lo que hacía Andrew: lanzar una sola mirada y captarlo todo.

»El día de las visitas era el domingo. Naturalmente, Andrew nunca tenía visitas, pero le gustaba haraganear por el pasillo y ver cómo entraban. Luego, por la noche, ya en los dormitorios, llevaba a cabo una función para los otros chicos. Podía encarnar cada hombre, mujer o niño, que entraba en el Orfelinato ese día, individualmente: la forma de andar, de moverse, todos sus actos y gestos. Incluso a pesar de no decir jamás una palabra, a nadie se le ocurrió pensar que Andrew fuera un deficiente mental. Durante un tiempo el Dr. Clement llegó a pensar que Andrew podía ser mudo.

El Dr Clement es una de las pocas personas capaces de suministrar datos objetivos sobre los primeros años de la vida de Andrew Benson. Desgraciadamente, falleció en 1954, víctima de un incendio que también destruyó su casa y sus archivos.

Fue el Dr. Clement quien atendió a Andrew la noche en que éste vio la primera película.

El año era 1949, y el día algún sabado por la tarde de finales de la citada fecha. El Orfelinato recibía y exhibía una película a la semana y solo se permitía su visualizacion a los niños en edad escolar. La inhabilidad -o negligencia- de Andrew para hablar le causó algunos problemas cuando entró en el grado primario el último septiembre, y aún pasaron algunos meses antes de que le fuera permitido reunirse con sus compañeros de clase en el auditorio para las sesiones cinematográficas del sábado por la noche. Aunque se sabe que ocasionalmente lo hizo.

La película era la última (y probablemente la menor) de las de los Hermanos Marx. Su titulo era Love Happy y si es recordada por el público medio de hoy se debe al hecho de la brevísima aparición de la entonces desconocida rubia, llamada Marilyn Monroe.

Pero la audiencia del Orfelinato tuvo otros motivos para recordarla como memorable. Porque Love Happy fue la película que puso en trance a Andrew Benson.

Después de que las luces fueran de nuevo encendidas, el niño se quedó allí sentado, inmóvil, los ojos fijos y sin vida en la blanca y vacía pantalla. Cuando sus compañeros lo advirtieron y le instaron a levantarse, él no respondió; una de las hermanas (probablemente la hermana Rosemarie) lo zarandeó, y él cayó en un colapso con apariencia de muerte. El Dr. Clement fue llamado y atendió al paciente. Andrew Benson no recobró el conocimiento hasta la mañana siguiente.

Fue entonces cuando habló.

Habló inmediata, perfecta y copiosamente: pero no de la forma que podía hacerlo un niño de seis años. La voz que surgió de sus labios era la de un hombre de mediana edad. Era nasal, crujiente y, aunque sin los guiños y expresiones faciales, fue instantáneamente reconocida e indiscutiblemente identificada como la voz de Groucho Marx.

Andrew Benson imitó el papel de Groucho como Sam Grunion a la perfeccion, palabra por palabra. Luego «hizo» de Chico Marx. Después volvió nuevamente al silencio y se pensó que otra vez había entrado en su fase muda. Pero pronto su silencio se hizo elocuente y en seguida se advirtio que estaba imitando a Harpo. En rápida sucesión, Andrew creó identificables retratos vocales y visuales de Raymond Burr, Melville Cooper, Eric Blore y los demás actores que interpretaban papeles menores en la película. Sus encarnaciones parecieron siniestras a sus compañeros y las hermanas no dejaron de notarlo.

-Pero si hasta se parece a Groucho -insistió la hermana Albertine.

Ignorando el problema de como un crío de seis años podía parecerse físicamente a Groucho Marx sin el beneficio (o detrimento) del maquillaje, el caso fue que Andrew Benson cobró repentina celebridad como mímico dentro de los reducidos límites del Orfelinato.

Y desde aquel momento en adelante, habló con regularidad si no libremente. Es decir, respondió a las preguntas directas, recitó sus lecciones en clase, y contestó con las estereotipadas formas de educación requeridas por la disciplina del Orfelinato. Pero nunca fue locuaz, ni siquiera comunicativo, en el sentido ordinario del término. La única ocasión en que espontáneamente articulaba palabras era la que seguía a la proyección de la película semanal.

No se repitió el ataque primero, pero cada noche sabática la proyección traía al final una completa y dramática recapitulación a cargo del dotado muchacho. Durante la agonía del año 49 y el invierno del 50, Andrew Benson vio muchas películas. Sorrowful Jones, con Bob Hope; Tarzan's Magic Fountain; The Fighting O'Flynn; The Life of Riley; Little Women, y muchas más, tanto antiguas como contemporáneas. Naturalmente, las películas eran supervisadas antes por las hermanas, y las películas que incidían en la violencia, descrita o superlativizada, no eran aceptadas. No obstante, llegaron algunos westerns a la pantalla del Orfelinato y es significativo que Andrew Benson reaccionara como lo que llegó a ser una forma característica.

-Divertido y curioso -declara Albert Domínguez, que estaba en el Orfelinato durante el mismo período que Andrew Benson y que es una de las pocas personas localizadas que lo admite y rehuye toda discusión sobre el hecho-. Al principio Andy imitaba a todo el mundo: a todos los hombres, claro. Nunca imitó a ninguna mujer. Pero después de empezar a ver westerns pareció querer escoger. Imitaba sólo a los malos. No me refiero a lo que hacemos cuando de críos jugamos a vaqueros, ya sabe, cuando uno es sheriff y el otro pistolero. Quiero decir que él imitaba a los malos todo el tiempo. Podía hablar como ellos, hasta parecerse a ellos. Solíamos chotearnos de él, ¿sabe?

Probablemente como resultado de este «choteo», Andrew Benson, durante la tarde del 17 de mayo de 1950, intentó cortarle la garganta a Frank Phillips con un cuchillo de mesa. Probablemente... a pesar de que Albert Domínguez asegura que el otro no le provocó y que Andrew Benson estaba duplicando con exactitud el papel de un asesino desesperado del lejano oeste en una vieja película de Charles Starrett.

El incidente fue aparenteniente silenciado y no se tomó ninguna medida; poseemos poca información sobre el crecimiento y desarrollo de Andrew Benson entre el verano de 1950 y el otoño de 1955. Domínguez abandonó el Orfelinato, nadie más se presta a declarar y la hermana Albertine se retiró a una casa de reposo. Como resultado, no hay nada digno de crédito en torno a lo que muy bien pudo haber sido el período crucial de Andrew, sus años de formación. Los escasos restos de trabajos escolares parecen bastante satisfactorios y nada hay que indique que fuera un problema de disciplina para con sus instructores. En junio de 1955, junto con el resto de sus compañeros de clase, fue fotografiado con ocasión de su graduación después del octavo curso. Su rostro es una mera mancha, un tizne casi inexistente en mitad de un mar de semblantes pre-adolescentes. Lo que pudiera parecer a esa edad es difícil de decir.

Los Benson pensaron que se parecía a su hijo David.

El pequeño David Benson había muerto a consecuencia de una infección de poliomielitis en 1953, y dos años después iban sus padres al Orfelinato de St. Andrews con la intención de adoptar un chico. Traían consigo un retrato de David y confesaron francamente que se sirvieron del parecido físico al realizar la elección.

¿Vio Andrew Benson aquella fotografía? ¿Vio -según han supuesto algunos tremendistas irresponsables- las películas caseras que los Benson tomaron de su hijo?

Por nuestra parte, debemos limitarnos a los hechos comprobados, y estos se resumen en que Mr. y Mrs. Louis Benson, de Pasadena, California, adoptaron legalmente a Andrew Benson, de 12 años de edad, el 9 de diciembre de 1955.

Y Andrew Benson fue a vivir con ellos, en calidad de hijo. Andrew entró en una escuela pública de enseñanza media. Llego a ser propietario de una bicicleta. Recibió honorarios semanales de un dolar. Y frecuentó el cine.

Andrew Benson frecuentaba los cines sin restricción. Sin ninguna restricción. Así fue durante varios meses, período en el que vio comedías, dramas, westerns, musicales, melodramas. Sin duda vio melodramas. ¿Hubo entre estos films alguno que, exhibido más o menos en 1956, mostrara como un gangster defenestraba a su víctima desde un segundo piso?

Por lo que hoy sabemos, no tenemos más remedio que sospechar la existencia de ese film. Por aquellos días, cuando tuvo lugar el incidente, Andrew Benson fue virtualmente exculpado. Él y otro muchacho habían estado «forcejeando» en un aula después de la clase y el otro muchacho había sufrido una «caída accidental». Al menos, ésta fue la version oficial del suceso. El otro muchacho -hoy coronel de Marines Raymond Schuyler- mantiene hoy día que Benson pretendió asesinarlo deliberadamente.

-Aquel crío era espeluznante -insiste Schuyler-. Ninguno de nosotros congenió realmente con él. Era como si no hubiera nada con lo que congeniar, ¿sabe usted? Quiero decir que él estaba siempre retraído y sujeto a cambios inexplicables. De un día para otro uno nunca sabía con qué iba a salir. Claro, nosotros sabíamos que él imitaba a los actores de cine (era sólo un novato pero había dado ya el golpe en el club dramático), pero nos daba la sensación que los imitaba en todo momento y lugar. Un minuto se estaba quieto y al siguiente, ¡ahí va! Usted conocerá esa historia, la de Jekyll y Hyde. ¿La conoce? Bueno, pues eso le pasaba a Andrew Benson. La tarde que me echó la zarpa habíamos estado incluso hablando amigablemente. Me condujo hasta la ventana y juro ante Dios que cambió ante mis ojos. Como si repentinamente se hubiera hecho un pie más alto y cincuenta libras más pesado, y su rostro era realmente salvaje. Me lanzó por la ventana sin pronunciar una palabra. Por supuesto, yo los tenía en la garganta y quizá pensara que había sufrido un cambio. Quiero decir que a nadie se le ocurriría hacer una cosa así.

Semejante incógnita, si afloró por aquel tiempo, se ha mantenido hasta ahora sin respuesta. Sabemos que Andrew Benson llamó la atención del Dr. Max Fahringer, psiquiatra infantil y consejero guía del colegio, y que su examen inicial no reveló anormalidades aparentes en la personalidad ni en los modelos de conducta. El doctor Fahringer, sin embargo, sostuvo largas charlas con los Benson y como resultado de las mismas se prohibió a Andrew la asistencia a proyecciones cinematográficas. Al año siguiente, el propio doctor Fahringer se ofreció voluntariamente a examinar al joven Andrew: indudablemente, su interés se había incrementado por las sorprendentes habilidades dramáticas que el muchacho mostraba en sus actividades extraescolares.

No tuvo lugar más que una entrevista y es de lamentar que el doctor Fahringer no trasladara sus descubrimientos al papel ni que los comunicara a los Benson antes de su repentina y violenta muerte a manos de un desconocido asaltante. Se creyó (o se lo creyó la policía, al menos, por entonces) que uno de sus primeros pacientes, internado en una institución en calidad de psicópata, podía haber sido el causante del crimen.

Todo cuanto sabemos es que ello ocurrió poco después de haber asistido a una reposición local de la película Man in the Attic, en la que Jack Palance hace el papel de Jack el Destripador.

Es interesante examinar hoy día algunas de las llamadas «películas de terror» de aquellos años, incluyendo las reposiciones de las primitivamente interpretadas por Boris Karloff, Bela Lugosi, Peter Lorre y tantos otros.

Obviamente, no podemos asegurar con certeza que Andrew Benson estaba violando los deseos de sus padres adoptivos y asistiendo furtivamente a proyecciones cinematográficas. Pero si lo hizo, es bastante probable que frecuentara algunos de los pequeños cines de la vecindad, muchos de los cuales eran de reestreno. Pues sabemos, a tenor de los comentarios de sus compañeros de clase durante aquellos años de enseñanza media, que «Andy» estaba familiarizado -de manera casi omnisciente, podría decirse- con los amaneramientos de tales reposiciones.

La evidencia es a menudo conflictiva. Joan Charters, por ejemplo, está dispuesta a «jurar sobre la Biblia» que Andrew Benson, a la edad de 15 años, era «el vivo retrato de Peter Lorre... los mismos ojos saltones y demás cosas». Mientras que Nick Dossinger, que asistió a las mismas clases que Benson un año más tarde, asegura que «se parecía a Boris Karloff talmente».

Aunque la adolescencia conlleve un considerable incremento de estatura en el corto tiempo de un año, es casi imposible de creer que un «vivo retrato de Peter Lorre» pueda metamorfosearse en un asténico tipo Karloff.

Hay muchos testimonios dignos de crédito durante estos años de la vida de Andrew Benson, pero casi todos ellos inciden en destacar el fenomeno de su talento mímico y su irrebatible habilidad para las encarnaciones ad libitum de los actores de cine. Al parecer, había caracterizado a todos sus compañeros y contemporáneos de cabo a rabo.

-Decía que prefería imitar a los actores de cine porque eran más grandes -afirma Don Brady, que fue compañero suyo en el último año-. Le pregunté qué quería decir con «más grandes» y contestó que los actores de cine eran más grandes en la pantalla, a veces de veinte pies de punta a punta. Y dijo: «¿Por qué molestarse con las personas pequeñas cuando uno puede ser grande?» Oh, muchacho, era un carácter original del todo, un tipo único.

Las frases se repetían. «Extraño», «excéntrico» y «volado» son términos pintorescos pero altamente esclarecedores. Y parecía haber muy pocos recuerdos de Andrew Benson como un compañero de clase como los demás, en el papel ordinario de adolescente, o como un simple amigo. Lo único recordado es el imitador, generalmente con admiración y, con bastante frecuencia, con disgusto rayano en la aprensión.

-Era tan bueno que lo asustaba a uno. Claro, eso era cuando hacía sus caracterizaciones. El resto del tiempo apenas te percatabas de que estaba allí.

-¿Sus clases? Sí, creo que las acabó como todo el mundo. No estuve muy al tanto.

-Andrew era un estudiante normal. Podía responder cuando se le preguntaba, aunque nunca lo hacía voluntariamente. Sus notas fueron las corrientes. Tenía la impresión de que era más bien retraído.

-No, nunca tuvo muchas citas. Ahora que lo pienso, no recuerdo que saliera nunca con chicas. Nunca le presté mucha atención, excepto, claro está, cuando se ponía a actuar.

-No sé lo que quiere usted decir con acercarse a Andy. No sé de nadie que pareciera tener amistad con él. Fuera de sus reproducciones dramáticas estaba siempre tranquilo y quieto. Pero cuando las emprendía, era como si se tratase de una persona diferente... era realmente grande, ¿no cree? Siempre supusimos que acabaría en el Pasadena Playhouse.

Los recuerdos de sus contemporáneos son aptos frecuentemente para arribar a sucesos que no envolvieron directamente a Andrew Benson. Los años 1956 y 1957 son todavía recordados por los estudiantes de enseñanza media de la zona que nos ocupa como los años del toque de queda. Era un toque de queda voluntario, naturalmente, pero estrictamente observado, no obstante, por la mayoría de chicas estudiantes al tanto de lo que se llamaron «crímenes del hombre lobo»: una serie de crímenes salvajes y todavía sin resolver que aterrorizaron a la comunidad durante algo más de un año. Algunos aspectos canibalescos en el asesinato de cinco muchachas llevaron a la prensa sensacionalista a calificar al asesino como «hombre lobo». La serie del Wolf Man, producida por la Universal, había vuelto a llenar las pantallas por aquellos días y quizá esta circunstancia permitió tamaña asociación.

Pero regresemos a Andrew Benson; creció, fue a la universidad y vivía la vida propia de un hijastro. Si sus padres adoptivos fueron un tanto estrictos, él no hizo queja alguna. Si lo castigaron porque sospechaban que abandonaba su habitación por la noche, tampoco se quejó ni negó el hecho. Si se mostraron aprensivos porque temían que desobedecía la prohibición de ver películas, no manifestó ninguna abierta oposición.

El único choque conocido entre Andrew Benson y su familia se produjo como resultado de la llana negativa de sus padrastros a instalar un aparato de televisión en casa. Si estaban al tanto o no del posible fomento de la habilidad mímica de Andrew o si habían desarrollado una mera alergia hacia Lawrence Welk y su estirpe, es difícil de determinar. Como fuere, se resistieron a la adquisición de un aparato de televisión. Andrew rogó y suplicó, señalando que «necesitaba» la televisión como un complemento en su futura carrera dramática. Su argumento tenía alguna justificación, pues en su último curso Andrew había sido «reconocido» por el famoso Pasadena Playhouse, y hasta se había hablado de la posibilidad de una futura carrera profesional sin necesidad del aprendizaje normal.

Pero los Benson fueron inexorables en lo concerniente al televisor; por lo que podemos conjeturar, se mantuvieron inexorables hasta el día de su muerte.

Los infortunados sucesos tuvieron lugar en Balboa, Panamá, donde los Benson poseían una pequeña casa de campo y mantenían un yate de pequeñas proporciones. Los ancianos Benson y Andrew se adentraban por el Canal Catalina cuando el yate volcó en aguas agitadas. Andrew logró aferrarse al casco hasta que fue rescatado, pero sus padres adoptivos perecieron. Accidente bastante común; uno ha visto en el cine docenas de accidentes parecidos.

Andrew, poco después de cumplir los dieciocho, fue internado nuevamente en un orfanato, pero un orfanato con plenas características de agradable hogar y con la expectativa de convertirse en heredero cuando cumpliera los veintiuno. La propiedad de los Benson estaba administrada por el abogado de la familia, Justin L. Fowler, y concedió al joven Andrew unos honorarios semanales de cuarenta dolares, cantidad más que suficiente para cubrir los gastos de un recién graduado de enseñanza media, aunque no para permitirle vivir con derroche.

Es de temer que se sucedieron violentas escenas entre el joven y el abogado de la familia. No hay lugar aquí para traerlas a colación y detalle, ni para condenar a Fowler por lo que parecía ser -al menos superficialmente- el desarrollo de una fijacion.

Pero hasta la noche en que fue atropellado por un vehículo que se dio a la fuga, el abogado Fowler se mantuvo casi obsesionado por el deseo de probar que el joven Benson era legalmente incompetente, si no algo peor. Ciertamente, fue su investigación la que permitió el descubrimiento de los escasos hechos concernientes a la vida de Andrew Benson que hoy día pueden ser considerados dignos de crédito.

Hubo algunas hipótesis -uno duda si dignificarlas con el término «conclusiones» -, que extrapoló en apariencia a partir de sus magros descubrimientos o que fabricó sin fundamento alguno. A menos que, naturalmente, tuviera en su poder detalles hoy día fuera de control. Sin la base de tales detalles no hay forma de corroborar lo que no parecía sino una serie de fantásticas conjeturas.

Un ejemplo al azar, como recuerdo de las distintas conversaciones que Fowler sostuvo con las autoridades, será suficiente.

-No creo que el chico sea siquiera humano, al menos en lo que respecta a este asunto. Por el simple hecho de aparecer en las escaleras del orfanato se le llama expósito. Mutante puede ser un término más apropiado. Sí, ya sé que nadie cree en tales cosas. Y si uno habla de las formas vitales de otros planetas, se le ríen en la cara y le dicen a uno que se vaya a freír espárragos.

»¿Mutante? Probablemente sea éste un término más exacto de lo que su estrecho significado implica. Me refiero a la forma en que él se transforma cuando ve las películas. No, no es necesario que me crea a mí, pregunte a cualquiera que lo haya visto actuar desde siempre. Mejor aún, pregunte a aquellos que nunca lo han visto y que sólo lo han contemplado en sus imitaciones privadas de los actores de cine. Descubrirá usted que hay muchísimo más que una simple imitación. Él se convierte en el actor. Sí, quiero decir que sufre una transformacion física total. Camaleón. O alguna otra forma de vida. ¿Quién podría decirlo?

»No, yo no pretendo entenderlo. Ya sé que no es "científico", según su forma de entender la ciencia. Pero eso no quiere decir que sea imposible. Hay muchas formas vitales en el universo y nosotros sólo podemos hacer cábalas sobre un reducido número de ellas. ¿Por qué no podría alguno poseer una sensibilidad anormal para la mímica?

»Usted sabe el efecto que el cine puede tener sobre los que llamamos "seres normales", aunque sea bajo ciertas condiciones. El espectador cinematográfico se queda bajo un estado hipnótico, y puede usted comprobarlo preguntando a los psicólogos. Oscuridad, concentración, sugestión... todos los elementos están presentes. Y existe también la sugestión posthipnótica. Nuevamente me respaldarían los psiquiatras en esto. Muchas personas tienden a identificarse con algunos de los personajes que aparecen en la pantalla. Aquí es donde interviene nuestro adorado héroe, y ésta es la razón por la que existen los aficionados a los westerns y a los films policíacos y toda la pesca. Se supone que la gente común sale del cine fantaseando sobre los héroes y heroínas que han visto en la pantalla; imitándolos también.

»Obviamente, esto es lo que Andrew Benson hace. ¿Y si suponemos que lo que hace es ir un poco más allá? ¿Y si suponemos que es capaz de ser lo que ve retratado? ¿Y que escoge exclusivamente los personajes malvados? Se lo digo, es necesario investigar los crímenes perpetrados desde hace unos años a esta parte. No sólo el asesinato de aquellas chicas, sino también el de los dos doctores que examinaron a Benson cuando este era un niño, y es más: la muerte incluso de sus padres adoptivos. No creo que esas cosas fueran accidentes. Creo que algunas personas se acercaron demasiado a su secreto y que Benson las quitó de en medio.

»¿Por qué? ¿Cómo podría yo saber el porqué? Ni siquiera se lo que busca cuando asiste al cine. Pues está buscando algo, eso se lo garantizo. ¿Quién podría saber lo que tal forma vital se propone hacer o cuáles son sus propósitos respecto de sus poderes? Todo cuanto puedo hacer, es advertirle.

Es fácil desechar que el abogado Fowler fuera un tipo paranoide aunque no que resultara tal vez injusto, a la hora de evaluar las razones de su arrebato. Que sabía (o creía saber) algo, es evidente de por sí. Como prueba, en la noche de su muerte estaba parecer a punto de confeccionar un informe con sus descubrimientos.

Deplorablemente, cuanto quedó no fue sino un preámbulo, en forma de cita de Erie Voegelin, relativas a las rígidas y pragmaticas actitudes del «cientifismo», por llamarlo así:

«(1> está supuesto que la ciencia matematizada de los fenómenos naturales es un modelo científico al que todas las otras ciencias deben adaptarse; (2) que todos los reinos de los seres son accesibles según los métodos de las ciencias de los fenómenos; y (3) que toda realidad que no tenga acceso a las ciencias de los fenómenos o es irrelevante o, en la forma más radical del dogma, ilusoria.»

Pero el abogado Fowler está muerto y nosotros no podemos tratar sino con la vida, con Max Schick, por ejemplo, el agente de películas de cine y televisión que visitó a Andrew Benson en su casa poco después de la muerte de los ancianos Benson y le ofreció un contrato inmediato.

-Usted es un genio nato -le dijo Schick-. Deje de preocuparse por lo del Pasadena Playhouse. A nadie le interesa esto. Puedo demostrárselo ya, créame. Con lo que usted es capaz de hacer, borraremos a Marlon Brando del mapa. Claro, empezaremos por cosas menores, pero yo sé dónde está el chollo. Lo principal es que pueda introducirse entre los grandes por donde sea. Nada de musicales adocenados, ¿me sigue? Los estudios no se reparten de buenas a primeras y aunque usted cayera en uno, acabaría en las filas de los don nadie. No, el trato es conseguir para usted un primer puesto y un cartel más allá de las eventualidades. Y, como le dije, yo se dónde está el meollo.

»Iremos a un pequeño productor independiente, ¿me capta? Debe haber como una docena operando ahora, y haciendo todos lo mismo. Sólo hay una clase de películas que combine el bajo costo con los grandes beneficios y esa clase es la de la ciencia-ficción.

»Sí, como me oye, una película de ciencia-ficción. ¿Qué me dice, que nunca ha visto una? ¿Está usted majara? ¿Cómo es posible? ¿Quiere decir que jamás vio ninguna película de ciencia-ficción?

»Ah, su familia, ¿eh? ¿Se lo tenían prohibido? ¿Y sólo se exhibían en los cines del centro?

»Bien mirado, muchacho, le digo que ya es hora, eso es lo que le digo. ¡Ya es hora! Mire, para que sepa usted de lo que estamos hablando, lo mejor es que vaya a ver una ahora mismo. Estoy seguro. tienen que estar poniendo alguna en algún cine del centro. ¿Por qué no va esta misma tarde? Tengo un trabajo que terminar en mi oficina: lo llevo en mi coche y se va a ver la película y luego acude a mi oficina, al salir.

»Claro que puedo dejarle mi coche. Es usted mi invitado.

Así fue como Andrew Benson vio su primera película de ciencia-ficción. Fue y volvió en el coche de Max Schick (como excesiva coincidencia hay que señalar que fue, al caer la tarde de aquel día, cuando el abogado Fowler devino víctima del atropello) y Schick tuvo buenas razones para recordar la aparición de Andrew Benson en su oficina justo después del crepúsculo.

-Tenía una expresion en su rostro que no era de este mundo -declara Schick.

»-¿Qué tal la película? -le pregunté.

»-Maravillosa -me dijo-. Justo lo que había estado buscando todos estos años. Y pensar que no conocía esas cosas.

»-¿Qué no conocía qué? -pregunté. Pero dejó de dirigirse a mí. Dese cuenta. Hablaba consigo mismo.

»-Sabía que tenía que haber algo así -decía-. Algo mejor que Drácula, que el monstruo del Dr. Frankenstein y todo eso. Algo más grande, más poderoso. Algo que podía convertirse en realidad. Y ahora lo he conocido. Y ahora voy a hacerlo.

Max Schick es incapaz de mantener la coherencia a partir de este punto. Pero su informe directo no es necesario. Desgraciadamente, todos nosotros sabemos lo que ocurrió a continuación.

Max Schick estaba sentado en su sillón y observó el cambio de Andrew Benson.

Lo vio crecer. Vio aumentar sus ojos, sus antenas, sus retorcidos tentáculos. Lo vio retorcerse e hincharse, llenando la habitación hasta que, reventando las paredes, no hubo sino aquel verde y gigantesco horror, aquella monstruosidad de sesenta pies de altura que quizá nacido del cerebro de un guionista de cine, tal vez engendrado más allá de las estrellas, pero con certeza existente y sin duda alimentado en los lejanos reinos, allende el mundo tridimensional y allende los tridimensionales conceptos de la salud mental.

Max Schick nunca olvidará aquella noche, como tampoco, claro está, la olvidará ningún otro.

Aquella fue la noche en que el monstruo destruyó Los Ángeles...