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Edward el Conquistador - Roald Dahl (Parte 1)

Louisa, sosteniendo un trapo de cocina, salió por la puerta trasera al frío sol de octubre.

—¡Edward! —gritó—. ¡Edward! ¡El almuerzo está listo!

Tras detenerse y escuchar un instante, se dirigió a paso lento hacia la superficie cubierta de césped, internóse en ella, seguida por la débil sombra que proyectaba su cuerpo, contorneó los rosales y, al cruzar frente a él, tocó con un dedo el reloj de sol. 

Su paso cadencioso y el suave balanceo de hombros y brazos le daban un porte bastante garboso para una mujer menuda y un poco metida en carnes. Pasó bajo la morera, ganó el caminillo enladrillado y lo siguió hasta el paraje desde donde podía dominar el declive que se formaba al fondo del vasto jardín.

—¡Edward! ¡El almuerzo!

Por fin lo había descubierto, a cosa de setenta metros de distancia, en el extremo del declive, donde empezaba el bosque. Espigado, pero de cuerpo estrecho, vestido con unos pantalones caqui y un suéter verde oscuro, dedicábase, plantado junto a una gran fogata, horca en mano, a amontonar zarzas sobre el fuego, que, voraz, levantaba llamas anaranjadas y enviaba hacia el jardín nubes de humo lechoso y un maravilloso aroma a hojas quemadas y a otoño.

Louisa descendió la pendiente al encuentro de su marido. De haberlo deseado, le habría sido fácil repetir la llamada y hacerse oír; pero las grandes hogueras tenían algo que la impulsaba hacia ellas, hacia su inmediata vecindad, donde pudiera percibir su crepitar y su calor.

—El almuerzo —repitió conforme se acercaba.

—Ah, hola. Sí, está bien. En seguida voy.

—¡Qué espléndido fuego!

—He decidido limpiar esto de zarzas —comentó su esposo—. Me tienen harto y aburrido.

Su alargado rostro estaba húmedo de sudor, cuyas gotillas le moteaban todo el bigote, como rocío, y dos pequeños regueros le corrían garganta abajo hasta donde comenzaba el cuello alto del suéter.

—Cuidado con excederte, Edward.

—De veras me gustaría, Louisa, que dejaras de tratarme como si fuera un octogenario. Un poco de ejercicio nunca ha perjudicado a nadie.

—Sí, cariño, lo sé. ¡Oh, Edward! ¡Mira! ¡Mira!

Se volvió el hombre y miró a Louisa, que señalaba hacia el otro extremo de la fogata.

—¡Míralo, Edward! ¡El gato!

Sentado en tierra, tan próximo al fuego que sus llamas parecían tocarlo a veces, un gatazo de color insólito por demás dedicábase, inmóvil por completo, la cabeza ladeada y la nariz al viento, a contemplar al matrimonio con sus ojos amarillos y apacibles.

—¡Se va a quemar! —exclamó Louisa.

Y, dejando caer el trapo, echó a correr hacia el animal, lo aferró con ambas manos y, levantándolo con viveza, volvió a dejarlo en la hierba, a prudente distancia de las llamas.

—¡Gato loco! —apostrofó mientras se sacudía el polvo de las manos—. ¿Qué te ocurre a ti?

—Los gatos saben lo que se hacen —observó su marido—. No verás a ninguno hacer algo que no le plazca. Los gatos, no.

—¿De quién es? ¿Lo habías visto antes?

—No, nunca. Tiene un color rarísimo.

El gato se había sentado en la hierba y les miraba de soslayo. Tenían sus ojos una velada expresión introspectiva, algo curiosamente sabio y reflexivo, y en torno a la nariz mostraba un delicadísimo gesto de desdén, como si aquellos dos seres de edad madura —el uno menudo, regordete y rosado; flaco y sudoroso en extremo el otro— fuesen motivo de cierta sorpresa pero escaso interés. Muy largo y sedoso, de un gris puramente plateado y sin el menor matiz de azul, el pelaje del animal era, desde luego, inusitado en un gato.

Louisa se inclinó y le acarició la cabeza.

—Tienes que irte a casa —le dijo—. Sé un gato bueno y vuélvete a tu casa, que es donde debes estar.

Marido y mujer acometieron despaciosos la cuesta en dirección a su vivienda. El gato, que se había levantado, los siguió, primero a cierta distancia y luego, conforme avanzaban, aproximándose más y más. Pronto estuvo a su lado y, rebasándoles, les precedió a través del césped camino de la casa con la cola enhiesta como un mástil, cual si fuera el dueño del lugar.

—Márchate a tu casa —dijo el hombre—. A casa. No te queremos.

Pero cuando alcanzaron ellos la suya les siguió al interior y Louisa le dio un poco de leche en la cocina. Durante el almuerzo saltó encima de la silla libre que quedaba entre ambos y, sentado allí, con la cabeza justo al ras de la mesa, asistió al resto de la comida observando su curso con aquellos ojos suyos, de un amarillo oscuro, que no dejaban de viajar despaciosos de la mujer al hombre y de este nuevamente a ella.

—No me gusta este gato —comentó Edward.

—Oh, yo lo encuentro precioso. Confío en que se quede un rato más.

—Escúchame bien, Louisa. Este bicho no puede quedarse aquí de ninguna manera. Se ha perdido, pero tiene dueño. Y, si por la tarde continúa merodeando por aquí, harás bien en llevarlo a la policía. Ellos se encargarán de que vuelva a su casa.

Terminado el almuerzo, Edward volvió a su trabajo de jardinería y Louisa se dirigió, como de costumbre, hacia el piano. Intérprete competente y melómana devota, casi todas las tardes pasaba cosa de una hora tocando para sí. El gato se había instalado ahora en el sofá; y como ella se detuviera al pasar y lo acariciara, abrió los ojos, la miró un instante y, cerrándolos de nuevo, se volvió a dormir.

—Eres un gato encantador —dijo—. Y de un color divino. Ojalá pudieras quedarte conmigo.

Recorrían sus dedos la piel de la cabeza cuando tropezaron con una hinchazón, una pequeña protuberancia situada justo encima del ojo derecho.

—Pobre gato —continuó—, tienes bultitos en esa cara tan linda. Te estarás haciendo viejo.

Siguió su camino y tomó asiento en la larga banqueta del piano, pero no se puso a tocar en seguida. Uno de sus pequeños placeres particulares estaba en elaborar cotidianamente una especie de concierto del día, con un programa elegido con esmero, que estudiaba punto por punto antes de empezar. 

Contraria desde siempre a interrumpir el gozo de la interpretación mientras discurría qué pieza atacar seguidamente, lo que buscaba era una breve pausa entre una y otra, en tanto el público, aplaudiendo enfervorizado, pedía más. Imaginar un auditorio embellecía el momento, y a veces, durante las interpretaciones —en los días afortunados, claro está—, la sala comenzaba a danzar, a desdibujarse y a oscurecerse hasta que ya no veía sino fila tras fila de butacas y todo un mar de blancos rostros vueltos hacia ella según escuchaban con arrobada y concentrada adoración.

Unas veces tocaba de memoria; otras, con partitura. Hoy quería hacerlo de memoria, que era lo que más se acomodaba a su ánimo. ¿Y en qué consistiría el programa? Sentada al piano con sus pequeñas manos enlazadas sobre el regazo, la estampa que ofrecía era la de una mujer menudita, regordeta, sonrosada, de cara redonda y todavía muy bonita y pelo recogido en pulido moño sobre la nuca. 

Desviando un poco la vista hacia la derecha alcanzaba a ver al gato, que dormía ovillado en el sofá, y el bello contraste que ofrecía su piel gris plateado sobre el púrpura del cojín. ¿Qué tal algo de Bach, para empezar? O, mejor todavía, de Vivaldi. La adaptación que Bach hizo, para órgano, de su Concerto Grosso en re menor. Sí: eso en primer término. Luego, algo de Schumann, quizá. ¿El Carnaval? Eso sería agradable. ¿Y a continuación? Bueno... un poquitín de Liszt, para amenizar. Uno de sus Sonetos de Petrarca; el segundo, en mi mayor, que era el más bonito. Después, más Schumann, otra de sus piezas alegres, las Kinderscenen. Y finalmente, para el encore, un vals de Brahms, o quizá dos, si se sentía predispuesta.

Vivaldi, Schumann, Liszt, Schumann, Brahms. Un programa muy bonito y que podía interpretar fácilmente prescindiendo de partituras. Se acercó un poco más al piano y aguardó unos instantes a la espera de que alguien de entre el público —algo le decía ya que este era uno de sus días afortunados— acabase de toser. Y entonces, con la pausada gracia que acompañaba la mayoría de sus movimientos, alzó las manos sobre el teclado y comenzó a tocar.

Aunque en ese momento concreto no estaba, ni mucho menos, pendiente del gato —a decir verdad había olvidado su presencia—, en cuanto los primeros acordes graves de Vivaldi sonaron suaves en la habitación, por el rabillo del ojo percibió, en el sofá, a su derecha, un súbito revuelo, un instantáneo movimiento.

Dejó de tocar en el acto.

—¿Qué tienes? —dijo vuelta hacia el gato—. ¿Qué te pasa?

El animal, que unos segundos antes dormía apacible, se había erguido en el diván y enhiesto, muy tenso, trémulo todo él, las orejas de punta, miraba de hito en hito el piano.

—¿Te he asustado? —indagó amable—. A lo mejor es que nunca habías oído música.

No, dijo para sí. No creo que se trate de eso. Bien pensado, la reacción del gato no le parecía de temor. No había percibido en él ni amilanamiento ni intención de retroceder, sino antes bien lo contrario: una voluntad de adelantarse, una especie de avidez. La cara, por otra parte... bueno, mostraba una expresión singular, una mezcla de sorpresa y de conmoción. 

Claro está que la cara de un gato es una cosa pequeña y bastante inexpresiva; pero, aun así, si observaba uno con atención el juego combinado de ojos y orejas, y en especial la zona situada por debajo de estas, donde la piel era tan móvil, a veces cabía captar el reflejo de emociones muy vivas. Muy atenta ahora a la cara del animal, y porque le intrigaba ver qué ocurriría esta segunda vez, Louisa avanzó las manos hacia el teclado y recomenzó la pieza de Vivaldi.

Debido a que ahora el gato lo esperaba, solo se produjo, por de pronto, una pequeña tensión adicional del cuerpo. Pero, según la música iba ganando rapidez y volumen camino de ese primer y emocionante movimiento que constituye la introducción de la fuga, una extraña expresión que frisaba casi en el éxtasis comenzó a invadir el rostro del animal. Las orejas, hasta ese momento enderezadas, fueron entrando poco a poco en reposo: cayeron los párpados; la cabeza se ladeó; y Louisa hubiera podido jurar que el animal comprendía y estimaba su trabajo.

Lo que vio (o creyó ver) era algo que había advertido muchas veces en el rostro de los que seguían con atento oído una pieza musical. Cuando el sonido se apodera por completo de un oyente y lo absorbe en sí, se hace patente en aquel una peculiar expresión, de intenso éxtasis, tan fácil de reconocer como pudiera serlo una sonrisa. Y, por lo que Louisa veía, era esa, casi exactamente, la expresión que ahora mostraba el gato.

Concluida la fuga, atacó la siciliana, todo ello sin perder de vista al animal que ocupaba el sofá. La prueba concluyente de que la escuchaba se produjo al final, cuando cesó la música: parpadeó el gato, se revolvió un poco, estiró una pata, buscó una postura más cómoda y, habiendo echado una rápida ojeada alrededor, volvió hacia ella, expectante, los ojos. 

Era aquella, punto por punto, la reacción del asiduo seguidor de conciertos ante la momentánea liberación de la pausa que en una sinfonía separa dos movimientos. Tan netamente humana resultó esa conducta, que sintió Louisa una extraña oleada de emoción en el pecho.

—¿Te ha gustado? —preguntó—. ¿Te gusta Vivaldi?

Apenas dicho esto, le invadió un sentimiento de ridículo, pero no tan vivo —y eso es lo que la sobrecogió un poco— como hubiera correspondido.

En fin, ya no quedaba sino continuar, como si tal cosa, con el programa, cuyo próximo punto era el Carnaval. Así que hubo empezado a tocar, el gato se atiesó de nuevo y enderezó su postura; luego, conforme la música iba penetrándole lenta y plácidamente, cayó de nuevo en aquel curioso estado de arrobo, en el que parecían mezclarse el ensueño y la sensación de ser engullido. 

Resultaba en verdad extravagante —y cómico también— ver a aquel gato plateado aposentarse allí en el sofá y entregarse a semejantes transportes. Y lo que llevaba la cosa al puro absurdo, concluyó Louisa, era el hecho de que aquella música, en la que tanto placer parecía hallar el animal, era a todas luces demasiado difícil, demasiado clásica para ser apreciada por la mayoría de los humanos.

Quizá no sea cierto que disfrute, pensó. A lo mejor se trata de una especie de reacción hipnótica, como se da en las serpientes. Bien mirado, si a ellas se las puede encantar mediante la música, ¿por qué no a un gato? Solo que se contaban por millones de ellos los que a diario oían la música de radios, gramófonos y pianos durante toda su vida, sin que hasta ahora, que ella supiera, se hubiese observado en ninguno semejante conducta. Y el que tenía delante se comportaba como si siguiese una a una las notas. Era ciertamente increíble.

¿Pero no resultaba, también, maravilloso? Desde luego que sí. A decir verdad, o mucho se equivocaba o era una especie de milagro, uno de esos milagros que se dan en los animales quizá una vez cada cien años.

—Ya he visto que esta te ha entusiasmado —dijo al terminar la pieza—. Si bien lamento no haberla interpretado hoy demasiado bien. ¿Cuál te ha complacido más, la de Vivaldi, o la de Schumann?

Como el gato no respondiera, Louisa, temerosa de perder la atención de su oyente, pasó sin demora al siguiente tema del programa: el segundo Soneto de Petrarca, de Liszt.

Y en ese punto ocurrió algo extraordinario: apenas interpretados los tres o cuatro primeros compases, los bigotes del animal comenzaron a agitarse de forma perceptible. Lentamente, tras enderezarse todavía un punto, inclinó la cabeza primero a un lado, luego al otro, y dejó flotar la mirada en el vacío con una especie de gesto de ceñuda concentración que parecía decir: «¿Qué es esto? No, no me lo digas. ¡Lo conozco tan bien...! Y, sin embargo, en este momento no acierto a identificarlo». Fascinada, con la boca entreabierta y una media sonrisa, Louisa continuó tocando mientras se preguntaba qué iría a ocurrir a continuación.

El gato se levantó, avanzó hacia un extremo del sofá, sentóse de nuevo y escuchó un rato más; y luego, inopinadamente, saltó al suelo, de ahí a la banqueta del piano, y allí se instaló, a su lado, atento al precioso soneto, ahora sin ensimismarse, sino muy tieso, sus ojazos amarillos fijos en los dedos de Louisa.

—¡Vaya! —exclamó conforme hacía sonar el último acorde—. Conque has venido a sentarte junto a mí, ¿no? ¿Prefieres esto al sofá? Está bien, te dejaré quedarte, a condición de que te estés quieto y no empieces a dar saltos. —Alargó una mano y, en tanto acariciaba el lomo del animal desde la cabeza a la cola, agregó—: Esto era de Liszt. No creas, a veces puede resultar de una vulgaridad espantosa; pero, en piezas como esta, es verdaderamente encantador.

Porque empezaba a encontrar placer en esa extravagante pantomima animal, atacó directamente el próximo tema del programa, las Kinderscenen de Schumann.

No llevaba más de un par de minutos de interpretación, cuando se dio cuenta de que el gato, de nuevo en movimiento, había vuelto a su antiguo acomodo del sofá. Estando pendiente solo de sus propias manos en aquel instante, sin duda se debía a eso el que ni siquiera hubiese advertido su marcha; aunque, con todo, el movimiento tenía que haber sido rápido y silencioso en extremo. 

Pero, por mucho que el animal siguiera mirándola, en apariencia pendiente todavía de la música, Louisa tuvo la impresión de que no mostraba ahora el embelesado entusiasmo de antes, el que provocara la pieza de Liszt. Por si eso fuera poco, el acto de abandonar la banqueta y volver al sofá se hubiera dicho un moderado pero positivo gesto de desencanto.

—¿Qué pasa? —indagó al terminar—. ¿Qué tiene Schumann de malo? ¿Y qué hay de tan maravilloso en Liszt?

El gato le devolvió la mirada de sus ojos ambarinos y de pupilas con pintas de un negro azabache.

Esto empieza a ponerse interesante, se dijo la mujer; y también, según se mire, un tanto inquietante... Pero el simple hecho de ver al animal tendido en el sofá, tan vivaz y atento, tan a las claras deseoso de más música, le devolvió la confianza.

—Está bien —dijo—. Te diré lo que voy a hacer. Voy a modificar, especialmente para ti, mi programa. Ya que Liszt parece gustarte tanto, te interpretaré otra de sus piezas.

Tras un momento de vacilación conforme buscaba en la memoria algo bueno de Liszt, inició lentamente una de las doce pequeñas composiciones de Der Weihnachtsbaum. Muy atenta ahora al gato, lo primero que advirtió fue que otra vez volvía a mover los bigotes. 

Saltó a la alfombra, se quedó allí un instante, con la cabeza inclinada y trémulo de excitación, y seguidamente, el paso lento y cadencioso, contorneó el piano, saltó a la banqueta y se acomodó junto a Louisa.

En eso estaban cuando apareció Edward procedente del jardín.

—¡Edward! —exclamó la mujer en tanto se levantaba de un brinco—. ¡Oh, Edward, tesoro! ¡Atiende! ¡Escucha lo que ha ocurrido!

—¿Qué pasa ahora? —replicó él—. Yo quisiera un poco de té.

Era el suyo uno de esos rostros de nariz afilada, angostos y levemente purpúreos, que el sudor hacía brillar ahora como si fuera un alargado y húmedo grano de uva.

—¡Es el gato! —continuó ella admirativa al tiempo que señalaba al animal plácidamente sentado en la banqueta—. ¡Cuando te enteres de lo que ha ocurrido...!

—Creí haberte dicho que lo llevaras a la policía.

—Pero escúchame, Edward. Esto es apasionante de verdad. Se trata de un gato melómano.

—Oh, ¿de veras?

—No solo le gusta la música sino que, además, la entiende.

—Vamos, Louisa, déjate ya de bobadas, y, por lo que más quieras, tomemos un poco de té. Estoy acalorado y rendido de tanto cortar zarzas y hacer fogatas.

Se acomodó en una butaca, tomó un pitillo de una caja que tenía al lado y lo encendió con el enorme encendedor acharolado que había junto a aquella.

—Lo que tú no comprendes —continuó Louisa— es que aquí, en nuestra casa, ha estado sucediendo en tu ausencia algo por demás apasionante, algo que incluso podría ser... bueno... trascendental.

—Seguro que sí.

—¡Edward, por favor...!

Estaba la mujer en pie junto al piano, su carita más sonrosada que nunca, y en las mejillas sendas rosetas de un encendido escarlata.

—Si te interesa —agregó—, te diré lo que pienso.

—Te escucho, cariño.

—Creo que en este momento podríamos encontrarnos en presencia de... —se interrumpió, como percatándose, súbitamente, de lo absurdo de la idea.

—Continúa...

—Quizá lo consideres una tontería, Edward; pero es lo que pienso en realidad...

—¿En presencia de quién, por amor de Dios?

—¡Del mismísimo Franz Liszt!

Su marido dio una larga y lenta chupada al pitillo y expulsó el humo en dirección al techo. Sus mejillas, hundidas, de piel atirantada, eran las de quien lleva largos años usando dentadura postiza; y, cuando succionaba un cigarrillo, aún se le sumían más y hacían que los pómulos descollasen como los de una calavera.

—No te sigo —respondió.

—Edward, atiende, por favor. A juzgar por lo que he visto esta tarde con mis propios ojos, da toda la impresión de tratarse de una especie de reencarnación.

—¿Te refieres a esa porquería de gato?

—Por favor, cariño, no hables así.

—No estarás enferma, ¿verdad, Louisa?

—Me encuentro perfectamente, muchas gracias. Si acaso, un poco confusa, lo reconozco; pero ¿quién no se sentiría así después de lo que acaba de ocurrir? Edward, te juro que...

—Pero ¿qué es lo que ha ocurrido, si puede saberse?

Se lo expuso. Él la escuchaba despatarrado en el sillón, dando chupadas al pitillo cuyo humo proyectaba hacia el techo con una tenue sonrisa cínica en los labios.

—Yo no veo nada extraordinario en todo eso —dijo cuando su esposa hubo concluido—. Se trata, simplemente, de un gato adiestrado. Se lo han enseñado a hacer; eso es todo.

—No digas tonterías, Edward. En cuanto me pongo a tocar algo de Liszt, se excita todo él y corre a sentarse en la banqueta, a mi lado. Pero solo reacciona así con Liszt. Y nadie puede enseñarle a un gato a distinguir a Liszt de Schumann. Como que ni siquiera tú notas la diferencia. Él, en cambio, ha acertado siempre. Y Liszt, por otra parte, no es nada conocido.

—Han sido dos veces —observó él—. Solo lo ha hecho dos veces.

—Con eso basta.

—Pues a ver, que lo repita. Vamos.

—No. Decididamente, no. Porque si este gato es Liszt, como yo así lo creo, o cuando menos el alma de Liszt, o el elemento, como quiera que se llame, que sobrevive, está claro que no es justo, ni tampoco demasiado amable, someterle a toda una serie de pruebas humillantes.

—Pero, ¡querida mía!, esto no es más que un gato, un gato gris y bastante estúpido que esta mañana en el jardín ha estado a punto de chamuscarse la piel junto a la hoguera. Y, por otra parte, ¿qué sabes tú de reencarnaciones?

—Si hay un alma en ese animal, para mí es bastante —replicó Louisa con firmeza—. Lo importante es el alma.

—Pues nada: veámosle actuar. Veámosle distinguir entre su propia obra y la de otro.

—No, Edward, ya te lo he dicho: me niego a hacerle pasar por nuevas y estúpidas pruebas circenses. Por hoy, basta y sobra. Pero te diré lo que voy a hacer. A eso sí estoy dispuesta. Voy a tocarle un poco de su propia música.

—Mucho vas a probar con eso.

—Tú obsérvale. Algo puedes dar por seguro: en cuanto la reconozca, se negará a moverse de la banqueta donde ahora lo ves.

Louisa se dirigió hacia el estante donde guardaba las partituras, tomó un libro con partituras de Liszt, lo hojeó con rapidez y eligió otra de sus más bellas composiciones: la Sonata en si menor. Aunque solo se proponía interpretar su primera parte, una vez estuvo en ello, y como advirtiese la forma en que escuchaba el animal, literalmente trémulo de placer y observando sus manos con aquel aire de concentración embelesada, le faltó valor para interrumpirse y la tocó completa. Terminada la pieza, volvió los ojos hacia su esposo y dijo sonriente:

—Ya lo has visto. No me negarás que le tenía encantado por completo.

—Le gusta ese ruido, no es más que eso.

—Estaba verdaderamente encantado. ¿No es cierto, precioso? —insistió, tomando en brazos al gato—. ¡Oh, si pudiera hablar...! ¿Te das cuenta? ¡En su juventud conoció a Beethoven! Y también a Schubert, a Mendelssohn, a Schumann; a Berlioz y a Grieg, a Delacroix y a Ingres, a Heine y a Balzac. Y aguarda un momento... ¡Cielo santo, si fue suegro de Wagner! ¡Tengo en los brazos al suegro de Wagner!

(CONTINUARÁ...)

Un viejo papel - Franz Kafka

Parecería como que hubiésemos descuidado la defensa de nuestra patria. Hasta ahora habíamos tenido buen cuidado de ello, pero los últimos acontecimientos nos dan que pensar.
Tengo un local para arreglo de zapatos en la plaza del palacio imperial. No bien abro mi local al amanecer, ya se ve gente armada que custodia todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son nuestros soldados; evidentemente son nómades que proceden del Norte. De una forma para mí incomprensible se abrieron paso hasta la capital, que está bien alejada de las fronteras. De todos modos están ahí. Cada mañana parece que fuesen más.
De acuerdo con su manera de ser, acampan al aire libre, ya que abominan de las casas. Se ocupan en afilar sus espadas, en aguzar las flechas y en hacer ejercicios ecuestres. De esta plaza tranquila y cuya limpieza siempre se respetó han hecho una pocilga. Es cierto que a veces hacemos el esfuerzo de salir de nuestros negocios para limpiar por lo menos lo más grueso, pero lo hacemos pocas veces porque el esfuerzo es inútil y, además, corremos el riesgo de que uno de esos caballos salvajes nos atropelle o que nos den un par de latigazos.
Con los nómades no se puede hablar; no conocen nuestro idioma y casi no tienen uno propio. Entre ellos se entienden a la manera de los grajos; siempre se les oye como graznar.
Nuestra forma de vida, nuestras instituciones les resultan incomprensibles y no se interesan por ellas; en consecuencia rechazan también toda forma de lenguaje por señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas y ellos continúan sin entender. Frecuentemente hacen muecas; entonces ponen los ojos en blanco y arrojan espumarajos por la boca, pero con eso no quieren decir nada ni tampoco asustar a nadie. Lo hacen porque ésa es su manera. Lo que les hace falta lo toman. No puede decirse que emplean la violencia. Ante su intervención uno se hace a un lado y los deja hacer. De mi negocio se han llevado ya varias cosas de valor; pero no me puedo quejar por eso si lo comparo, por ejemplo, con lo que le ocurre al carnicero de enfrente; no bien le traen la mercancía, los nómades se la arrebatan y la devoran; también sus caballos comen carne. Más de una vez se ha visto a un jinete compartir con su caballo el mismo pedazo de carne, cada uno mordiendo por una punta. El carnicero es tímido y no se anima a cortar el aprovisionamiento; pero nosotros comprendemos su situación; hacemos colectas y lo ayudamos. Si los nómades se quedasen sin carne ¿quién sabe lo que se les ocurriría hacer? ¿Pero quién sabe lo que se les ocurrirá hacer aun comiendo carne todos los días? Últimamente al carnicero se le ocurrió evitarse por lo menos el trabajo de carnear, y por la mañana se trajo un buey vivo. Sería mejor que no lo vuelva a hacer: me pasé toda una hora en el fondo de mi local, tirado en el suelo, y me eché encima todas las ropas, mantas y almohadones que pude encontrar para no oír los mugidos del buey, sobre el cual se abalanzaron de todos lados los nómades para sacarle a dentelladas su carne caliente. Hacía ya mucho que todo esto estaba tranquilo antes de que me animase a salir. Cansados, estaban tendidos alrededor de los restos del buey como borrachos en torno de un barril de vino. Justamente en esa oportunidad me pareció haber visto al mismísimo emperador asomado a una ventana del palacio; si no nunca se llega hasta las habitaciones exteriores; se pasa todo el tiempo en los jardines interiores; pero esa vez -por lo menos así me pareció- estaba cabizbajo mirando lo que ocurría ante su palacio. "¿Qué va a ocurrir?", nos preguntamos todos. "¿Hasta cuándo soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha atraído a los nómades, pero no sabe cómo rechazarlos. El portón permanece cerrado; la guardia, que antes entraba y salía marcando el paso solemnemente, se mantiene ahora tras las ventanas enrejadas. La salvación de la patria ha quedado librada a nosotros, artesanos y comerciantes; pero nosotros no nos sentimos a la altura de semejante misión; tampoco nunca nos ufanamos de estarlo. Esto es un malentendido, y por eso nos perderemos."

Un mensaje imperial - Franz Kafka

"El Emperador, tal va una parábola, os ha mandado, humilde sujeto, quien sois la insignificante sombra arrinconándose en la más recóndita distancia del sol imperial, un mensaje; el Emperador desde su lecho de muerte os ha mandado un mensaje para vos únicamente.

Ha comandado al mensajero a arrodillarse junto a la cama, y ha susurrado el mensaje; ha puesto tanta importancia al mensaje, que ha ordenado al mensajero se lo repita en el oído.

Luego, con un movimiento de cabeza, ha confirmado estar correcto. Sí, ante los congregados espectadores de su muerte —toda pared obstructora ha sido tumbada, y en las espaciosas y
colosalmente altas escaleras están en un círculo los grandes príncipes del Imperio— ante todos ellos, él ha mandado su mensaje. 

El mensajero inmediatamente embarca su viaje; un poderoso,
infatigable hombre; ahora empujando con su brazo diestro, ahora con el siniestro, taja un camino a través de la multitud; si encuentra resistencia, apunta a su pecho, donde el símbolo del sol repica de luz; al contrario de otro hombre cualquiera, su camino así se le facilita.

Mas las multitudes son tan vastas; sus números no tienen fin. Si tan sólo pudiera alcanzar los amplios campos, cuán rápido él volaría, y pronto, sin duda alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta. 

Pero, en vez, cómo vanamente gasta sus fuerzas; aún todavía traza su camino tras las cámaras del profundo interior del palacio; nunca llegará al final de ellas; y si lo lograra, nada se lograría en ello; él debe, tras aquello, luchar durante su camino hacia abajo por las escaleras; y si lo lograra, nada se lograría en ello; todavía tiene que cruzar las cortes; y tras las cortes, el segundo palacio externo; y una vez más, más escaleras y cortes; y de nuevo otro palacio; y así por miles de años; y por si al fin llegara a lanzarse afuera, tras la última puerta del último palacio —pero nunca, nunca podría llegar eso a suceder—, la capital imperial, centro del mundo, caería ante él, apretada a explotar con sus propios sedimientos. 

Nadie podría luchar y salir de ahí, ni siquiera con el mensaje de un hombre muerto. Mas os sentáis tras la ventana, al caer la noche, y os lo imagináis, en sueños. 

El guardián - Franz Kafka

Corriendo superé al primer guardián. Entonces me sentí aterrorizado, corrí de regreso y le dije:
-Pasé por aquí corriendo mientras tú estabas mirando hacia el otro lado.
El guardián tenía la mirada clavada hacia adelante y nada respondió.
-Supongo que verdaderamente no debería haberlo hecho -le dije.
El guardián siguió sin hablar.
-¿Significa tu silencio permiso para pasar...?

Ante la ley - Franz Kafka

    Hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita  que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

—Tal vez —dice el centinela— pero no por ahora.

La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

—Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.

El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene mas esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

—Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.

Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para si. 

Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. 

Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. 

El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.

—¿Qué quieres saber ahora?-pregunta el guardián-. Eres insaciable.

—Todos se esfuerzan por llegar a la Ley —dice el hombre—; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?

El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

—Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

El silencio de las sirenas - Franz Kafka

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación.
He aquí la prueba: Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos.
El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones mas fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bién quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con inocente alegría. Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio.
No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus
cantos, aunque nunca de su silencio.
Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas. En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas les hizo olvidar toda canción. Ulises, (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente, vió primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas. Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

Prometeo - Franz Kafka



De Prometeo nos hablan cuatro leyendas.
Según la primera, lo amarraron al Cáucaso por haber dado a conocer a los hombres los secretos divinos, y los dioses enviaron numerosas águilas a devorar su hígado, en continua renovación.
De acuerdo con la segunda, Prometeo, deshecho por el dolor que le producían los picos desgarradores, se fue empotrando en la roca hasta llegar a fundirse con ella.
Conforme a la tercera, su traición paso al olvido con el correr de los siglos. Los dioses lo olvidaron, las águilas, lo olvidaron, el mismo se olvidó.
Con arreglo a la cuarta, todos se aburrieron de esa historia absurda. Se aburrieron los dioses, se aburrieron las águilas y la herida se cerró de tedio.
Solo permaneció el inexplicable peñasco.
La leyenda pretende descifrar lo indescifrable.
Como surgida de una verdad, tiene que remontarse a lo indescifrable.