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Sueños del Desierto - Donald R. Burleson

Habitamos eternamente en reinos de sombras. Extrañamente complacientes, transitamos por nuestros agotadores días como si comprendiéramos la textura que conforma nuestro mundo; sin embargo, en verdad vemos con ojos de gusano y escuchamos con oídos de piedra, y no comprendemos nada. 

N
uestro entendimiento es una chinche de agua que pasa rasante y que tan sólo saborea la superficie de un mar negro insondable, mientras la realidad, un aterrador abismo de horror en el lecho oceánico, se mueve silenciosa y oscura a través de profundidades que están fuera de nuestro alcance, inescrutable, burlándose de nuestra ignorancia.
 
Los sueños intentan decirnos cosas de las que, de otra manera, sabríamos poco, y pretenden arrojar un atisbo de claridad a nuestras mentes, sin embargo, ni siquiera puedo precisar cuándo comienzan mis propios sueños, mis extrañas y recurrentes visiones nocturnas. «Sueños», he dicho, pero estas visiones, ahora soy consciente de ello, forman parte de un único sueño ubicuo que se desliza como un hilo demente aunque extrañamente persistente a lo largo de mi vida.
 
Me vienen a la mente aquellos días de mi niñez en los que me despertaba con la sensación de haber experimentado una fuerte impresión que era incapaz de recordar, pero como el sueño se repetía una y otra vez a lo largo del tiempo, poco a poco logré retener más de lo que había visto. 
 
Parecía existir una pauta común en estos sueños, pero a medida que la visión fue tomando forma, no fue alivio lo que sentí al poder recordar, sino más bien desconcierto ante lo que podrían significar estos fragmentos todavía imprecisos. Tenía que ver con un lugar olvidado en un vasto y abrasador desierto, pero no estaba seguro de mucho más.

Durante una etapa de mi adolescencia disminuyó la frecuencia de los sueños y, de hecho, llegué a pensar que los estaba superando, que estaba demasiado ocupado con la vida para prestar atención a estas cuestiones sin importancia. Con el paso del tiempo, los sueños parecieron cesar del todo. 
 
Alcancé la madurez en mi ciudad natal de Providence, Rhode Island, y conseguí un empleo mundano pero conveniente en una compañía de seguros, y compré una agradable y vieja casa en Benefit Street con la esperanza de pasar los días de mi vida en una apacible felicidad. 
 
Pasaba mis veladas leyendo a Proust, Baudelaire y Shakespeare y, en ocasiones, deambulaba por las antiguas callejuelas de la ciudad y reflexionaba en silencio. Estaba en paz, satisfecho con la vida.

Pero entonces los sueños retornaron.

Me desperté muy tarde una noche de otoño y luché por retener la marea baja de la memoria cuando el sueño comenzaba a desvanecerse. ¿Qué había soñado? Innegablemente era en esencia la visión de los años de mi niñez, aunque bastante más detallada en esta ocasión. 
 
Recuerdo ahora unas vistas del vasto y extenso desierto, donde enormes y quebradizas plantas rodadoras, como criaturas sin voluntad procedentes de algún planeta lejano, viraban bruscamente sobre la árida arena, y las puntiagudas yucas y los espinosos cactus se alzaban hacia el cielo bajo el sol cegador. 
 
Tras esa escena parecía escucharse una especie de rumor o zumbido, pero apenas estaba seguro de escucharlo; pronto estas impresiones medio recordadas desaparecieron y volví a dormirme.
 
La noche siguiente el sueño retornó, y cuando me desperté me quedé tumbado en la oscuridad pensando en lo que había visto. Y oído, o casi oído.
 
De nuevo, la tierra abrasada por el sol se extendía en todas direcciones a mi alrededor salpicada de cactus cholla en posición de saludo, como centinelas, y grandes yucas angulosas y jirones de matorrales de mezquite. 
 
Un viento cálido había removido la tierra amarilla y un quejumbroso atisbo de sonido parecía flotar en un tono demasiado bajo para ser escuchado con claridad. Pero durante unos segundos sonó como una voz grave, una voz que parecía estar diciendo algo como «Gwai-ti». No podía recordar más que eso.

Incapaz esta vez de volver a dormirme, paseé durante horas por las calles silenciosas sintiéndome extrañamente desorientado. Las conocidas fachadas de las casas coloniales de Nueva Inglaterra, con sus puertas de montante en abanico y ventanas con cristales pequeños, sólo me hacían sentir más extrañamente desplazado, como si no estuviera claro cuál de los dos escenarios era la realidad: las populares vistas de las calles Benefit, Jenckes y College o la tierra desértica barrida por el viento de mi paisaje onírico.

He vivido en Providence toda mi vida. Nunca he visto un desierto, tan sólo ocasionalmente en fotografías. ¿Qué sabía yo de cactus cholla o plantas de yuca o del mezquite, o de los ilimitados cielos morados —su recuerdo retornó a mi mente—, cielos abiertos no ocultos tras edificios urbanos, vastos cielos que dominaban océanos colosales de arena? Sin embargo, parece ser que conocía tales cosas.

En el trabajo, en ocasiones me sorprendía a mí mismo mirando al infinito, dando vueltas al enigma de mis visiones oníricas. Comencé a preguntarme dónde se encontraba realmente aquella tierra desértica, si es que, en efecto, estaba realmente en algún lugar. 

Un día un compañero del trabajo regresó de unas vacaciones en Albuquerque, y tras escuchar sus relatos acerca de la región, quedé repentina e inexplicablemente convencido de que las vistas desérticas de mis sueños eran reales y que se encontraban en algún lugar de Nuevo México. No podía saber tal cosa, pero estaba seguro de ello.

Con el paso del tiempo, el escenario de mis sueños fue haciéndose más nítido, pero también me di cuenta de que esto los hacía aún más inquietantes, porque no era capaz de encontrar explicación al hecho de que conociera detalles tan concretos sobre un lugar del cual debería haberlo ignorado todo. 

Nunca viajé al oeste más allá de Columbus, Ohio, y las tierras del suroeste norteamericano para mí eran sólo manchas de color en un mapa; sin embargo, estas visiones del desierto me resultaban perturbadoramente familiares, de un modo surrealista.

Bajo el destello de un sol cegador, miré hacia abajo y vi mi cuerpo, un cuerpo ahora sorprendentemente moreno y musculoso y tan sólo cubierto con una especie de trapo áspero por la cintura, y me pregunté si me estaba volviendo loco. ¿Cómo podía ese cuerpo ser el mío? 

Cuando me incliné hacia delante para verme mejor, rizos de cabello largo, sedoso y negro azab
ache cayeron sobre mis ojos, y cuando miré hacia arriba tras apartarme los rizos de la cara vi una figura desconocida, pero que me resultaba extrañamente familiar, de pie junto a mí, sobre la cálida arena salpicada de cactus. 

Era un hombre medicina, con el rostro marchito y casi totalmente oculto bajo un nido de arrugas como lagartos, a través de las cuales me observaban un par de ojos oscuros que parecían esconder los secretos de siglos. 

Daba profundas caladas a una larga pipa de barro y lanzaba nerviosas volutas de humo gris al cálido aire, y al mismo tiempo que daba caladas agitaba una carraca ceremonial de carey y entonaba unas palabras incomprensibles para mí en un nivel de conciencia, pero vagamente familiares en otro nivel, las palabras de una canción ritual de la antigüedad. 

Giraba mientras cantaba, lanzando el humo y las crípticas palabras en una dirección y luego en otra, para finalmente dar un giro completo y terminar frente a mí, y mientras su rostro intemporal volvía a girar hacia mí, las palabras finales de la canción tomaron forma en mi mente «Gwai-ti, Gwai-ti». 

Me desperté con estas imágenes todavía frescas en mi memoria y salí a dar un largo paseo en la noche, intentando entender los sonidos que había escuchado, o bien hacer que su recuerdo se desvaneciera. Me detuve entre las grandes lápidas negras del cementerio de St. John, junto a Benefit Street, e intenté aclararme las ideas, hasta que finalmente logré recomponerme y retomar mi exhausto camino de regreso a casa sin ningún deseo de dormir. Sin embargo, tras leer un rato me quedé dormido y, por lo que puedo recordar, no soñé.
 
Me tomé el día libre en el trabajo y acudí a una cita con alguien que, sospechaba, posiblemente podría contarme algo sobre mi misterio: el catedrático Carlos Armijo de la Universidad Brown. Su campo de conocimiento era la antropología del suroeste norteamericano, y en una ocasión asistí a una de sus conferencias. Dudaba de que pudiera interpretar mis visiones nocturnas, pero valía la pena intentarlo.

El catedrático Armijo era un hombre de mediana edad, de voz suave y semblante meditabundo, confortablemente resguardado entre pilas de libros y publicaciones profesionales en su despacho de Brown. A medida que iba describiendo en rasgos generales la naturaleza de mis sueños, me sentía más y más estúpido por haber creído que iba a servir de algo hacer perder el tiempo al catedrático con mi relato, y a duras penas logré reunir el coraje necesario para mencionar las sílabas sin sentido de mis visiones nocturnas del desierto, por todo lo cual quedé profundamente sorprendido al escuchar su respuesta.

—He oído esas sílabas antes —dijo con un suave acento hispano—, y poseen unas conexiones que hacen difícil explicar su presencia en los sueños de alguien no familiarizado con las culturas del suroeste. Incluso para la mayor parte de los estudiosos versados en esas culturas, esas palabras serían totalmente desconocidas. Yo las conozco únicamente porque soy un especialista en, digamos, algunos de los aspectos más oscuros del folclore del suroeste.
 
Me sentía intrigado, aunque de alguna manera no estaba seguro de si realmente quería saber más acerca de los orígenes de una expresión que había brotado en mis sueños sin ningún motivo aparente; tal vez Carl Jung estaba en lo cierto al sostener que poseemos un Inconsciente Colectivo capaz de pulsar los profundos mundos compartidos del ser, mundos arquetípicos, ignorados por la mente consciente y, sin embargo, hasta cierto punto conectados con alguna clase de realidad.

—Por favor, continúe.

El catedr
ático Armijo miró por la ventana durante unos instantes, evidentemente ordenando sus ideas.
 
—Durante siglos existió una especie de culto secreto entre ciertos chamanes nativos americanos de Arizona y Nuevo México —dijo—, que aparentemente involucraban la adoración de un dios de la antigüedad desconocido por la mayor parte de tradiciones amerindias —se calló unos segundos, aumentando así el efecto dramático, el cual me pareció totalmente justificado—. Parece ser que ese dios era llamado Gwai-ti.
 
Sentí que me quedaba sin aliento ante esta revelación. ¿Qué sabía yo de todo aquello? ¿Qué quería saber realmente de todo aquello? Nada… y, sin embargo, no había duda alguna de que había soñado ese nombre.

—Se sabe muy poco —continuó el catedrático— sobre este culto o su dios, porque todo este asunto se convirtió en un tema tabú entre los propios indios americanos y pocos han oído hablar de ello. Incluso en lugares de Nuevo México como Pueblo Nambé, donde sobreviven tradiciones muy oscuras y antiguas de la brujería típica del suroeste, sólo he encontrado a lo largo de mis investigaciones a un chamán que admitiera saber algo sobre la existencia del dios Gwai-ti; accedió a regañadientes a hablar del tema y debo añadir que al final lo hizo mostrando un evidente rechazo.

»De sus relatos inconexos deduzco que se cree que Gwai-ti ha existido desde el principio de los tiempos y que habita bajo la tierra, apareciéndose sólo en ocasiones muy excepcionales a unas cuantas almas desgraciadas. Se cuentan historias sobre sacrificios humanos realizados de vez en cuando por sacerdotes indios renegados que carecen del estatus de los líderes espirituales reconocidos en la región, la mayoría de los cuales, sin embargo, consideran las supuestas actividades de los sacerdotes renegados como meras supercherías.

—¿Y el nombre? Honestamente, pensé que sonaba a chino —pregunté intentando desesperadamente encontrar un sentido a todo esto.

El catedrático Armijo asintió.

—He mantenido unas cuantas discusiones interesantes con especialistas en lingüística comparativa de esta universidad sobre el nombre Gwai-ti. En efecto, hay sonidos en la fonética china que recuerdan a estas sílabas. Me informaron de que existe la palabra gwai, que significa algo parecido a «extraño» o «monstruoso». Existe la palabra ti, que significa «cuerpo» o «forma». Y, por supuesto, los etnólogos contemplan teorías que sostienen que algunos pueblos asiáticos migraron en la era prehistórica atravesando el Estrecho de Bering hacia Norteamérica, pero, por otro lado, no se han detectado apenas rastros lingüísticos de léxico asiático en las lenguas de los nativos americanos.
 
—¿Cómo es posible que yo conozca el nombre? —pregunté.

—Tal vez lo haya escuchado en algún lugar y simplemente lo ha olvidado —respondió el catedrático encogiéndose de hombros.

Me dispuse a marcharme, agradeciendo al hombre el tiempo que me había dedicado.

—Tiene razón, debo de haber escuchado el nombre en algún lugar.

Pero, por supuesto, yo sabía que no era así. Sólo lo había escuchado en mis sueños.

Unas cuantas noches después, los sueños comenzaron a adoptar una naturaleza aún más anómala.

Una noche soñé que estaba agazapado entre las sombras, observando alguna especie de pérfida ceremonia en la que un semicírculo de sacerdotes extrañamente pintados entonaba la siguiente frase: «M’warrh Gwai-ti, h’nah m’warrh Gwai-ti, ph’nglui w’gah Gwai-ti». 

En otra ocasión soñé que observaba una enorme llanura desértica bajo un baño de luz de luna, con una distante cadena de montañas al fondo, casi fuera de mi rango de visión, y contemplaba lo que en un primer momento me pareció un remolino de arena. Sin embargo, poco después, el remolino se transformó en una joven india que corría y gritaba aterrorizada moviendo los brazos en aspas. 

Con la inconexa naturaleza de los sueños, mi visión de ella se hizo repentinamente más cercana que antes, de hecho tan cercana que su figura ocupaba todo mi campo de visión. Desde algún lugar me llegaba un profundo tamborileo, como las notas graves de un órgano de tubos, y una voz —era como la del viejo chamán de mis primeras visiones—, una voz que cantaba, en una lengua que yo conocía en el sueño: «Ella fue elegida, tuvimos que enviarla». 

Y un segundo después, una vasta y hambrienta oscuridad pareció envolver a la joven que gritaba, y esta desapareció, y el tamborileo también se desvaneció. Me desperté empapado de sudor y con la impresión de que todavía podía oler el penetrante aroma de la artemisa. Tuve miedo de dormirme de nuevo.

Pero, por supuesto, la noche siguiente tuve que volver a dormir, y en esta ocasión soñé con una piedra alta y estrecha que se alzaba en la arena, con antiguos petroglifos tallados en la superficie, como inscripciones rúnicas de tiempos remotos, y de nuevo escuché el lúgubre tamborileo en el suelo y observé fugazmente borrosos atisbos de movimiento bajo la luna menguante, y apenas escuché entre murmullos el nombre de Gwai-ti antes de que la escena se difuminase y apagase del todo.
 
Fue sólo cuestión de tiempo que me dejara llevar por el inexplicable deseo de visitar realmente Nuevo México. Era como si hiciera mucho tiempo que hubiera tomado la decisión, inconscientemente, de que fuera cual fuese la impensable confluencia de realidades que me habían despertado a aquel otro mundo tan diferente al mundo de mi vigilia cotidiana, yo tenía que contemplar con toda la objetividad posible el escenario real de mis sueños. Por supuesto, ignoraba en qué punto exacto de aquel vasto desierto se podrían haber originado mis sueños.
 
Sin embargo, al final me encontré en un avión, aterrizando en Albuquerque con aquella extraña sensación de irrealidad que uno siente al visitar por primera vez un lugar que tan sólo conoce por lo que ha leído sobre él. O soñado.

Alquilé un todoterreno en el aeropuerto y me dirigí primero hacia el este y luego hacia el sur. Aunque no tenía ninguna noción de hacia dónde debía dirigirme, no me importó dejar que mi instinto me guiase. 

Tras bordear las laderas de las Montañas Sandias y embelesado por las fugaces visiones de paredes de adobe de color tierra y vallados para coyotes, avancé por el desierto abierto, donde lejanos y majestuosos altiplanos se cernían intemporales sobre interminables praderas de hierba que se agitaban al viento e islotes de mezquite, de artemisa y de puntas de yuca. 

Teniendo en cuenta las motivaciones que me habían llevado a una tierra tan diferente a mi Nueva Inglaterra natal, había esperado que el desierto me hiciera sentir un sutil terror e inquietud, pero para mi sorpresa capté unas sensaciones totalmente diferentes.

Era un lugar hermoso. No había nada siniestro en aquella extensión vertiginosamente vasta de cielo color turquesa, las franjas de chaparral, las montañas grises azuladas en la distancia, los anchos y profundos arroyos que serpenteaban surcando la tierra, los tranquilos altiplanos que se extendían sobre la arenosa llanura como serenas bestias que pastaban. Apenas recordaba ya lo que había esperado encontrar allí, pero lo que encontré fue una tierra de cautivadora belleza y paz.

Mientras atravesaba en coche aquel espectáculo desértico, me preguntaba en voz alta cómo era posible que hubiera llegado a pensar que esta región podía tener algo de espectral o extraño. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto como en esos momentos y pensé que había sido un idiota por sentirme atribulado por unos sueños extraños pero esencialmente inofensivos. Incluso aquellas sílabas sin sentido, tan accidentalmente similares a un nombre procedente del oscuro folclore del suroeste, eran sin duda algo por lo que no tenía por qué preocuparme.

El sol estaba comenzando a ponerse tras la sierra al oeste, y quedé fascinado por la belleza del ocaso en el desierto; el cielo explotó en un caótico despliegue de color que sin duda alguna podría rivalizar con el arte de los pinceles del mejor pintor del mundo. 

En algún lugar al sur de Corona me desvié por una carretera más estrecha, con el asfalto en peor estado, y continué deleitándome con las increíbles vistas de los cactus cholla y las extensiones ondulantes de arena, donde las sombras puntiagudas de las yucas y el mezquite comenzaban a derramarse sobre la llanura bajo la moribunda luz del sol. 

Recordé entonces que pronto anochecerí
a y que, o bien regresaba a Corona, o bien continuaba hasta Roswell o Artesia para encontrar una habitación donde pasar la noche.
 
Pero primero me apeteció explorar un poco el lugar; había algo adictivo en aquel paisaje.
 
Me desvié por una carretera aún más estrecha y avancé a saltos entre una nube de polvo, mientras pensaba con cierto deleite que estaba más alejado de cualquier población humana de lo que jamás había estado antes. Al cabo de un rato, la carretera se transformó en un sendero primitivo plagado de piedras por el que resultaba difícil abrirse paso incluso para el vehículo resistente que había alquilado. 

Una extensión cada vez más oscura de chaparral me rodeaba por todos los costados y ahora, por primera vez desde mi llegada y a pesar de la excitación que la novedad del lugar producía en mí, comenzaron a brotar en mi mente ciertas sospechas de que, después de todo, sí que había algo de espectral en esas tierras. Pero aun así seguía fascinado y levemente reticente a regresar a alguna zona habitada justo en ese momento.

Por fin, la carretera por donde transitaba, que por entonces era tan sólo una difusa elevación de roca flanqueada de cactus y mezquite, terminó; paré el coche, salí y seguí avanzando a pie bajo el crepúsculo, pisando con cuidado y deteniéndome en una ocasión para observar la oscura silueta de una serpiente de cascabel deslizándose entre la penumbra, mientras me llegaba a los oídos el cascabeleo de advertencia como papel seco crujiendo al sacudirse en el viento de la noche. 

Estaba claro que se tenía que avanzar con cautela, y la visión d
e esa serpenteante advertencia fue suficiente para que pensara que, en efecto, había llegado el momento de regresar.
 
Pero entonces me pareció ver algo en la distancia que quise examinar más de cerca. Era algo que me resultaba vagamente familiar, aunque la luz ya resultaba muy poco fiable.

Evitando cuidadosamente los nidos de serpiente y las masas espinosas de cactus, me abrí paso hasta una gran piedra que sobresalía de la tierra arenosa como un dedo sombrío apuntando al cielo.

Y no pude creer lo que estaba viendo, ahora ya en la cruda realidad y no en la vaguedad de un sueño. Simplemente no era posible, pero ahí estaba. Los antiguos petroglifos indios todavía eran visibles bajo la luz mortecina, la piedra sin duda era el siniestro monolito de mis sueños en Providence.

Providence, ahora infinitamente distante en otro mundo más cuerdo.

Que el cielo me ayude, ese era el lugar de mis sueños.

No tengo ni idea de cuánto tiempo permanecí allí, incapaz de apartar los ojos de aquella aterradora piedra, antes de que mi mente registrara algo más.

Un sonido. Un grave e insistente tamborileo en la tierra, como las notas graves de un enorme órgano de tubos.

Y entonces… ese otro sonido.
 
Dos sílabas, pronunciadas con una voz mental o alguna vibración física real, no podría decir qué fue… dos sílabas que no deben obsesionarme.
 
Debo evitar reflexionar demasiado sobre las visiones que se sucedieron si quiero retener algo de la poca cordura que me queda.

Bajo la inestable luz de la blanquecina luna que comenzaba a derramar sus rayos a través de las negras y veloces nubes, por algún motivo que desconozco, pensé que la árida llanura en la que ahora me encontraba estaba, ¿cómo podría explicarlo?, más hundida, más accidentada, sutilmente cóncava, al tiempo que, por el contrario, la línea en penumbra del horizonte se había elevado ligeramente. 

Tal vez mi mente inconsciente lo captó antes de que mi yo racional pudiera hacerlo, pero en ese mismo instante rompí a correr en dirección al coche, que ya no se veía desde allí. 

Avancé a trompicones y golpes, aunque apenas notaba cómo el cactus y la tierra pedregosa rasgaban mi ropa cuando caía y corría, y caía y volvía a correr, intentando evitar escuchar aquellos tonos reverberantes que habían ido aumentado de intensidad durante todo este lapso de tiempo, aquellas notas que susurraban «Gwai-ti, Gwai-ti», desde regiones subterráneas que ni siquiera me atrevía a imaginar.

Tenía la sensación de que, tras de mí, se abría un enorme abismo que iba a engullirme, y que un segundo después ya sería demasiado tarde y yo habría desaparecido, y nadie sabría qué me había ocurrido. 

Todo lo que me rodeaba parecía arremolinarse formando un caleidoscopio de visiones de pesadilla, una amalgama de arena y plantas rodadoras y piedras y murmullos y un cielo cejijunto; corrí y corrí, ahogándome con las nubes de polvo y aterrado de mirar hacia atrás por encima de mi hombro. 

Sólo cuando me vi conduciendo frenéticamente de regreso por la polvorienta y pedregosa carretera, fue cuando alguna pequeña porción de mi cerebro comprendió que, después de todo, debía de haber alcanzado el vehículo antes de que, fuera lo que fuese aquello que me perseguía, tuviese tiempo de caer sobre su presa.

Pasé el resto de mi viaje paseando desganado por las populosas y bien iluminadas calles de Albuquerque y Santa Fe, y tomé el vuelo de regreso a Providence, Rhode Island.

Ahora, cuando paseo por Benefit Street y me paro a contemplar las entradas con montante de abanico o me cruzo con un gato gris y lustroso que pasa serenamente por las antiquísimas calles empedradas, me doy cuenta de que es posible que conciencias que escapan a nuestro entendimiento terrenal logren atravesar impensables abismos de tiempo y espacio y se aferren a los soñadores incautos. 

Ahora sé que, digan lo que digan acerca de los sueños o la imaginación o la ficticia naturaleza de criaturas míticas como el abyecto dios caníbal Gwai-ti, una noche, en las tierras desérticas de Nuevo México, yo estuve a punto de ser engullido por la ávida y primigenia boca de aquel horror de mis sueños.

La Sirena - Ray Bradbury

 
Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba a los barcos solitarios. 

Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.

—Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? —preguntó McDunn.
—Sí —dije—. Afortunadamente, es usted un buen conversador.
—Bueno, mañana irás a tierra —agregó McDunn sonriendo— a bailar con las muchachas y tomar gin.
—¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?
—En los misterios del mar.

McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.

—Los misterios del mar —dijo McDunn pensativamente—. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, cuando todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los pequeños ojos. Me quedé helado. 

Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?

Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.

—Oh, hay tantas cosas en el mar. —McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa—. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300.000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.

—Sí, es un mundo viejo.
—Ven. Te reservé algo especial.

Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos.

—Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? —McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza—. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año —dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla—, algo viene a visitar el faro.
—¿Los cardúmenes de peces?
—No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira.

Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.

—Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: «Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida».

La sirena llamó.
—Imaginé esta historia —dijo McDunn en voz baja— para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene...
—Pero... —interrumpí.
—Chist... —ordenó McDunn—. ¡Allí!
Señaló los abismos.
Algo se acercaba al faro, nadando.

Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego... no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una pequeña isla de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo.

No sé qué dije entonces, pero algo dije.
—Calma, muchacho, calma —murmuró McDunn.
—¡Es imposible! —exclamé.
—No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros. 

El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla.

Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.
—¡Parece un dinosaurio!
—Sí, uno de la tribu.
—¡Pero murieron todos!
—No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.
—¿Qué haremos?
—¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido.
—¿Pero por qué viene aquí?
En seguida tuve la respuesta.
La sirena llamó.
Y el monstruo respondió.

Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.

—¿Entiendes ahora —susurró McDunn— por qué viene aquí?
Asentí con un movimiento de cabeza.
—Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir.

»El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?

La sirena llamó.
El monstruo respondió.

Lo vi todo..., lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas.

La sirena llamó.
—El año pasado —dijo McDunn—, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y del silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.

El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego e hielo.

—Así es la vida —dijo McDunn—. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.

El monstruo se acercaba al faro.
La sirena llamó.

—Veamos que ocurre —dijo McDunn.
Apagó la sirena.

El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.

El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados.

—¡McDunn! —grité—. ¡La sirena!
McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. 

Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros.

McDunn me tomó por el brazo.
—¡Abajo! —gritó.

La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera.
—¡Rápido!

Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.

Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra.
Eso y el otro sonido.
—Escucha —dijo McDunn en voz baja—. Escucha.

Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.
Y así pasamos aquella noche.
 
A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultado bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.
—Se vino abajo, eso es todo —dijo McDunn gravemente—. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó.
Me pellizcó el brazo.

No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.

Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.
—Por si acaso —dijo McDunn.

Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.
¿El monstruo?
No volvió.

—Se fue —dijo McDunn—. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.

Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.
Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.