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Informe negro - Francisco Hinojosa

1. Agoté la Constitución y el Código Civil. Como no encontré ninguna ley que lo prohibiera me autonombré detective privado en una ceremonia íntima y sencilla.

2. Mandé imprimir un ciento de tarjetas de presentación con un logotipo moderno que yo mismo diseñé.

3. La sala de la casa quedó transformada en una auténtica oficina de detective. Ordené mis libros detrás del escritorio, en una vitrina que resté al mobiliario del comedor, desempolvé un viejo sillón de familia para los clientes y dispuse el carrito-cantina junto al escritorio.

4. Pagué un anuncio en el periódico en el que ofrecía absoluta eficacia y discreción en toda índole de investigaciones.

5. Renuncié por teléfono a mi trabajo en la fábrica de clips. Mi jefe se lamentó: "Nos mete en un apuro, señor Sanabria, nadie como usted conoce esta empresa. Es una lástima."

6. Me puse corbata nueva y un saco sport, eché las piernas sobre el escritorio y me entregué a la lectura del periódico en espera de la llamada de mi primer cliente.

7. A las dos y veinte de la tarde, después de haber leído varias veces mi anuncio y de consumir todas las secciones, salí a comer.
Necesitaba un trago fuerte para reanimarme.

8. Al llegar al bar colgué mi sombrero y mi gabardina en el perchero y pedí un escocés con agua mineral y dos tortas. A la tercera mordida tuve una buena idea que me permitiría auto-promoverme en el bar al tiempo que practicar algunas técnicas de mi nuevo oficio.

9. Le mostré al cantinero la única fotografía que llevaba en mi cartera. Un retrato reciente de mamá.

10. "No, señor", me dijo. "Personas como ella no son muy frecuentes en este lugar. ¿Es usted de la judicial?"

11. "Detective privado", le contesté. "Es probable que esta mujer haya asesinado a un hombre. Si la ve por aquí, no deje de avisarme."
Le extendí mi tarjeta.

12. Al regresar a la oficina le llamé a mamá. Mi hermana me dijo que había salido a surtir algunos pedidos de las bufandas que tejía y que llegaría hasta la noche.

13. Hablé con mi hermana lo indispensable para colgar y dejar así libre la línea del teléfono.

14. Contento de mi buena actuación en el bar, me dormí con la esperanza de que el cantinero pudiera turnar mi tarjeta a alguno de sus clientes con problemas matrimoniales.

15. Me despertó el sonido del aparato. Contesté con la voz un tanto adormilada pero aún atractiva. Era Francisca, la hija de María Elena, mi ex esposa. "Tom, necesito hablar contigo", me dijo. "Es muy urgente." Le di cita al día siguiente por la mañana. Así podría pensar bien en una excusa para no enviarle dinero a María Elena.

16. A las ocho menos doce, luego de contemplar pacientemente la quietud del teléfono, decidí volver al bar. Un detective serio y analítico, pensé, no debería desesperarse tan pronto.

17. Me sentí un estúpido cuando le pregunté al cantinero "¿Nada nuevo, amigo?" "No, señor. En absoluto." Y me sirvió un martini seco en vez del escocés que le había pedido.

18. Preferí tomarme ese perfume y no reclamar. Mostré la fotografía de mamá a un hombre que bebía junto a mí en la barra.

19. Cuando supo que yo era detective se interesó más por la
fotografía. Pero a pesar de los esfuerzos que hizo por repasar mentalmente todos los rostros que alguna vez había visto, no reconoció a mamá.

20. "¿Qué ha hecho?", me preguntó. "Homicidio", respondí.
Intercambiamos tarjetas de presentación. Se llamaba Cornelio Campos, representante de una compañía farmacéutica.

21. Por la noche soñé que mamá entraba al bar, sacaba de su bolsa una ametralladora y acribillaba al cantinero. En respuesta, Cornelio le arrojaba una botella de whisky que se estrellaba en su blanca cabellera.

22. En el momento en que comprobaba que mi anuncio había vuelto a aparecer en el periódico llamaron a la puerta. Era Francisca.

23. Me había propuesto recibir a mi ex hijastra, a quien no veía desde hacía cinco años, con la mayor indiferencia de la que fuera capaz. Pero fue imposible: había dejado de ser una chiquilla de quince años para transformarse en una mujer atractiva y bien dotada.

24. Tuve que disculparme e ir al baño para ruborizarme sin que ella se diera cuenta.

25. "Tom, no sabes la sorpresa que me dio encontrarme con tu nombre en el periódico." "¿Te gusta leer los anuncios clasificados?", le pregunté con horror. "Oh, no, Tom. Déjame contarte..."

26. Me dijo que su novio había muerto la semana pasada. Según la versión oficial se había suicidado y según la suya lo habían asesinado. Le pregunté con tono escéptico cuáles eran las razones que tenía para sospechar algo tan delicado.

27. "En primer lugar, Chucho no se hubiera suicidado: íbamos a casarnos en agosto. En segundo, él tenía una pistola, no había razón para matarse con un puñal. Y en tercero, Chucho me había confiado unos días antes que alguien lo había amenazado de muerte..."

28. Sus sollozos me conmovieron. Cuando por fin pudo calmarse tras un largo vaso de escocés, terminó de contarme algunos detalles importantes para la investigación, me dio una fotografía de su ex novio, con el rostro un tanto escondido por un saxofón, y me hizo una lista de las personas con las que tenía relaciones estrechas.

29. Se despidió de mí con un beso que no llegó a hacer contacto con mi mejilla y salió sin que habláramos antes de mis honorarios por conceptos profesionales.

30. Como de alguna manera tenía que empezar las investigaciones, y sin dinero eso era imposible, tuve que llamarle a mamá para pedirle un préstamo a corto plazo.

31. -Por supuesto, hijo, puedes pasar por él cuando quieras-. Me reclamé a mí mismo las ofensas que le había hecho a su imagen. Guardé la fotografía bajo el cristal de mi escritorio.

32. Elegí al azar un nombre de la lista que elaboró Francisca. Como la casa del señor Ardiles, padre del finado, estaba muy lejos de mi oficina, decidí hacer una escala en el bar para pensar en las preguntas que le haría.

33. El cantinero miró detenidamente la fotografía de Chucho. "¿Es la víctima?" "Por supuesto", le respondí con malicia. "No, no creo haberlo visto por aquí. ¿Por qué cree usted que toda la gente de la ciudad viene a este bar? Podría intentar en otros..." Asentí con la cabeza y apuré los dos tragos que me restaban: uno de escocés y el otro de caldo de camarón.

34. El colectivo que me llevó hasta la casa del señor Ardiles tardó casi una hora en llegar. Desde que lo vi lo borré de la lista de sospechosos, pues podría tener cara de ladrón, de violador o de dentista, pero nunca de filicida.

35. "No sé por qué se le ha metido esa idea en la cabeza a
Francisca", me dijo. "Chucho era un chico solitario, nervioso y con tendencia a la depresión. Su suicidio, en verdad, no me sorprendió tanto como a su madre o a sus amigos."

36. Joaquín Junco, dueño de la miscelánea La Zorrita: "Yo también creo que lo mataron, porque ese muchacho no es de esos que andan suicidándose así porque sí. Prométame que si agarra al hijo de puta que lo mató me va a avisar para que yo le ponga una buena madriza."

37. Georgina Mondragón, ex novia de Chucho: "Pobre Gordito, era tan bueno... Yo no creo que se haya suicidado ni que lo hayan matado."

38. Lucho Romo, amigo de la infancia del occiso y batería del grupo de jazz: "Pinche Chucho, yo creo que se aceleró. Le voy a decir la neta, míster Sanabria: se agarró la puñalada porque ya no lo estaban surtiendo, ¿me entiende?" Por supuesto que no le entendí una sola palabra. Todo lo que me dijo eran puras incoherencias. Pobre chico.

39. Casi era medianoche cuando llegué a recoger el dinero a casa de mamá. Ella no estaba, como ya era su costumbre; me había dejado un fajo de billetes con mi hermana. Nunca pensé que las bufandas le pudieran dejar tanto. Decidí tomar sólo uno de a cinco mil.

40. Eché las piernas sobre el escritorio y me puse a revisar mi
libreta de apuntes. Aún no tenía ninguna pista concreta. El único comentario que me preocupaba era el de Georgina Mondragón: quizá fuera cierto que no se trataba de un suicidio o de un asesinato. Un accidente, por qué no.

41. De pronto me sentí incapaz de resolver el caso. Tuve que
empujarme lo que sobró de la botella de whisky para quedarme dormido.

42. Al despertar, Francisca estaba frente a mí, con una taza de café en una mano y con mi correspondencia en la otra. Su atuendo era una provocación clara, definida, victoriosa. "Perdona que haya entrado así a tu casa, Tom. La puerta estaba abierta..."

43. Después de afeitarme y vestirme volví con Francisca. Me esperaba sentada en mi escritorio, con otra taza de café en las manos y con un cigarrillo en la boca.

44. "Ayer por la noche", empezó, "recibí un telegrama. Es la prueba de que no estoy loca, de que Chucho fue asesinado. Tengo miedo, Tom, mucho miedo.

45. LAMENTABLE SUICIDIO (PUNTO) NO QUEREMOS OTRO SENSIBLE ACAECIMIENTO (PUNTO) MANOLA.

46. "No tengo idea de quién pueda ser esa Manola, Tom. Debes creerme. También a mí me quieren matar y no sé por qué, de verdad..."

47. Apagué su llanto con un poco de brandy que sobraba en la licorera. Guardé el telegrama y le pedí a Francisca que se quedara en la oficina porque podía ser peligroso que estuviera sola en la calle. Le ofrecí mi biblioteca.

48. Antes de pasar a Telégrafos decidí darme una vuelta por la casa de la mamá de Chucho. Durante el trayecto del taxi no pude quitarme de la cabeza la figura de Francisca. Era adorable.

49. Tuve una repentina corazonada que me llevó a aventurar un comentario: "Señora Pereira", le dije, "un amigo de su hijo, un tal Lucho, me insinuó que a su hijo no lo surtían. ¿Tiene idea de a qué se refería?"

50. "Chucho era bueno, señor Sanabria, créamelo. Reconozco que tenía ese pequeño defecto. Pero lo que lo estaba hundiendo no eran las pastillas. El verdadero problema era que él servía de intermediario entre sus amigos y los vendedores de la mercancía, ¿me explico?"

51. Por supuesto que se explicaba. Ya había tenido la sospecha de que existía algo turbio en el caso: drogadicción, narcotráfico, farmacodependencia. Sabía que algo tenía aquel rostro oculto tras el saxofón.

52. La señora Pereira no pudo darme ninguna pista más. Al despedirme la vi tan afligida que preferí dejarle mi tarjeta en la mesa del recibidor.

53. El empleado de Telégrafos se rió de mí cuando le dije que era detective privado y que estaba buscando a la persona que había escrito el telegrama. "Usted cree que yo me dedico a leer las pendejadas que escribe la gente. Pues se equivoca, amigo, yo sólo cuento palabras y cobro el importe."

54. Lo amenacé de complicidad en el homicidio si no cooperaba, pero solamente logré que me despidiera con un par de altisonantes insultos, a los que no respondí por ética profesional.

55. Paré en el supermercado para comprar una botella de whisky y dos órdenes de paella preparada.

56. Al entrar en mi oficina, Francisca no hizo siquiera el intento de bajar las piernas de mi escritorio. La sorprendí leyendo mi correspondencia.

57. Nos miramos a los ojos un largo minuto sin decir palabra. Por fin me acerqué a ella, le arrebaté la carta que había violado, tomé su bolso y lo vacié sobre el escritorio.

58. Un bilé, un bolígrafo, un monedero, un cepillo atiborrado de cabel1os rubios, un estuche de kleenex, un par de medias nylon, dos limones y un frasquito con pastillas rojas y amarillas.

59. "No contaba con que tú me mintieras", le reclamé. "Será mejor que empieces por decirme a quién compraba Chucho esas porquerías."

60. Por fin se dignó bajar las piernas de mi escritorio y corrió a abrazarme con todas sus fuerzas. Mi debilidad de ex padrastro ayudó a que el enojo se transformara en compasión. "Tengo miedo, Tom. Si fueron capaces de matar a Chucho, también lo harán conmigo. No dejes que me maten, por favor, Tom, no dejes que..."

61. Luego de estrenar la botella de whisky la recosté en el sillón de los clientes y le prometí no menos de una docena de veces que no la iban a matar mientras yo viviera. "No te preocupes, pequeña, Tom te va a proteger. Sólo necesitas ser buena y decirme a quién le compraba Chucho esas pastillas."

62. "Lo acompañé varias veces con el vendedor. Le dicen Richard y, si las cosas no han cambiado, se le puede encontrar entre las cuatro y las cinco de la tarde en un bar llamado La Providencia. Es un hombre gordo, canoso, arrugado. Siempre usa botas vaqueras y tirantes. Es peligroso. No dejes que te mate."

63. Cuando por fin la pude dejar dormida sobre el sillón de los clientes llamaron por teléfono. Era el cantinero. Dijo que la persona a la que yo buscaba se encontraba en esos momentos en su bar.

64. "¿Mamá en un bar?", me pregunté.

65. El parecido físico era sorprendente, lo reconozco, pero
quienquiera que conozca a mamá no podría confundirla con semejante vulgaridad de señora. El cantinero resultó ser un poco miope en lo que se refiere a las almas humanas.

66. Sin embargo, me vi obligado a seguir el juego detectivesco para atraer a futuros clientes. La conversación con ella fue difícil, ya que Cornelio y el cantinero me observaban atentamente, como si de un momento a otro yo fuera a ponerle esposas a la señora y a leerle sus derechos.

67. Quizás fue el aburrimiento que me causaba la situación lo que me llevó a practicar la misma técnica que utilicé con mi ex hijastra y que tan buenos resultados me dio.

68. Con un movimiento brusco, intenté vaciar su bolso sobre la mesa. Pero, por una reacción contraria a la que tuvo Francisca, la sospechosa me estrelló en la cabeza su asqueroso vaso de vodka antes de que sus efectos personales terminaran de hacer contacto con la mesa. En cuanto me di cuenta de mi error y traté de defenderme, la señora me remató con un cenicero en la nariz que me nubló la vista.

69. Al volver en mi, Cornelio intentaba darme un trago de
cerveza. "No pudimos detenerla, señor Sanabria", se disculpó el cantinero. "Estaba tan furiosa que bien hubiera podido enfrentarse con un ejército. Ya lo creo que debe tratarse de una asesina peligrosa."

70. "No se preocupen", calmé a mis afligidos interlocutores. "El verdadero asesino se encuentra en eso momentos en un bar llamado La Providencia."

71. Cornelio se ofreció a acompañarme. Tenía un Ford cincuenta y tantos que amenazaba con dejarnos en cada esquina. Por el camino le platiqué lo poco que sabía acerca del tal Richard.

72. "No tenga miedo, mi detective -me animó-, llevo conmigo una navaja y sé muy bien cómo usarla." Tuve que mentirle: le aseguré que yo llevaba un revólver en la bolsa del saco.

73. A las cuatro y media llegamos a La Providencia. Ningún tipo, de los pocos que había en el bar, se parecía a la descripción que Francisca me dio de Richard. Ordenamos dos cervezas.

74. Mientras esperábamos el arribo del homicida, Cornelio se dedicó a platicarme la historia de su vida. Después de convencerme de que era todo un experto en el manejo de diversas armas, desde una escopeta hasta la soga, me confesó que había pasado varios años en la cárcel por haber intentado ahorcar a su esposa.

75. Empezaba a exponer las razones que lo llevaron a su frustrado intento conyugicida cuando descubrimos a Richard, con sus botas vaqueras y sus tirantes. Bebía tequila y cerveza en una mesa contigua a la nuestra.

76. Para impedir que tuviera tiempo de escaparse o de que él nos atacara primero, se me ocurrió un brillante plan, que le confié a Cornelio en secreto.

77. Con el pretexto de una supuesta ebriedad, mi compañero y yo nos subimos a la mesa con la intención de bailar el chachachá que retumbaba en el bar, pero en vez de marcar el paso saltamos felinalmente sobre nuestro hombre.

78. Cornelio lo apresó del cuello y yo de la cintura. Richard no tuvo tiempo siquiera de tragar el sorbo que le había dado a su tequila.

79. "Te estamos apuntando con pistolas", le dije al verlo cegado por la sorpresa. "Un solo movimiento en falso y no dudaremos en atravesarte las tripas, cerdo."

80. Con voz serena, grave, inteligente, dije a todos los que se
encontraban en el bar que éramos de la policía y que les pedíamos, a excepción de los empleados, que salieran de allí cuanto antes.

81. Luego obligué a Richard a que mantuviera las manos sobre el piso mientras lo registraba. Encontré una 38 especial en la bolsa del saco y una 45 en la parte trasera del pantalón. Le pasé a Cornelio la de menor calibre.

82. "Ahora vas a ser un buen chico -hostigué al viejo- y vas a salir con nosotros. Si intentas escapar, despídete para siempre de tus tequilas." Al salir del bar tiré sobre la barra uno de a mil.

83. Me incomodaba un poco la docilidad del tipo, pues todo lo que le pedía lo acataba sin reparos. Lo subimos al Ford y, antes de interrogarlo, le dimos un paseo por calles solitarias.

84. "No somos amigos -acometí-, de eso puedes estar muy seguro. Estás acusado de homicidio, con los tres agravantes, y de narcotráfico y corrupción de menores. Y no te vamos siquiera a leer tus derechos." "No tienen ninguna prueba contra mí -se defendió-, yo no he matado a nadie, de verdad..., yo no fui."

85. "Fue Teté", se burló con mal estilo Cornelio. "En estos momentos, Richard, te vamos a llevar a un pequeño cuartito donde se encuentran reunidos todos los amigos de Chucho, ¿lo recuerdas, cariño?", volvió a arremeter Cornelio con evidente vulgaridad, aunque no sin una cierta sutileza en su amenaza que me dejó satisfecho.

86. "Les repito que yo no maté al muchacho y que no existe ninguna prueba contra mí. Pueden hacerme lo que quieran: no escupiré nada."
Después de darle a Richard un fuerte codazo en las costillas,
Cornelio arrancó su destartalado e inofensivo Ford.

87. A fuerza de bofetadas Richard se ablandó y nos propuso un trato: nos llevaba con Manola, la verdadera asesina y jefa de la organización de narcotráfico, a cambio de su libertad. Le contesté que lo máximo que podía ofrecerle era dejarlo suelto después de atrapar a la tal Manola. En adelante, él tendría que defender esa libertad.

88. "Excelente, mi detective, excelente", dijo con evidente
admiración Cornelio, ansioso de entrar en acción y demostrarme su habilidad en el uso del cuchillo. Pronto lo desilusioné.

89. "Quizás necesitemos refuerzos para entrar en casa de Manola. No sabemos cuántos hombres puedan estar allí esperándonos. Pero no te preocupes, eso yo lo soluciono. Tengo un amigo en la policía. Tú cuida a Richard mientras yo le llamo por teléfono.

90. El comandante Cipriano Herrera había sido durante algún tiempo el detective de la fábrica de clips. Un día lo salvé de que lo despidieran por quedarse dormido. Desde entonces prometió pagarme el favor. Cuando le dieron su nombramiento en la Policía me llamó para ponerse a mis órdenes. Marqué su número.

91. "¿Dónde puedo encontrarte, Tomás?" "Estoy en la esquina de La Paz y Revolución. Conmigo está el soplón y un amigo que ahora le apunta con la pistola." "Tardaré unos quince minutos -me dijo-, espérame allí."

92. Le llamé también a Francisca para pedirle que se reuniera con nosotros y pudiera así ver el desenlace del caso que me había comentado.

93. En el Ford, Richard se encontraba con las manos fuertemente amarradas con una corbata. Cornelio le picaba las costillas con su navaja: "Trató de escaparse, Tomás, pero a mí ningún cerdo me engaña.
¿O no es cierto, Ri-car-do?", le dijo al acusado despectivamente.

94. Primero llegó Francisca, que me besó cálidamente la mejilla, y un poco después Cipriano en un Mercedes viejo sin placas. Me abrazó con tal fuerza que cualquiera hubiera pensado que éramos dos hermanos que acababan de reencontrarse después de una guerra.

95. Jaló de los cabellos a Richard y lo metió en su Mercedes, donde lo esperaban otros tres hombres con sus respectivos rifles. "Hace varios años que estamos buscando a Manola. Así es que el favor, en realidad, me lo has hecho tú a mí. Ya sabré cómo pagártelo."

96. Nos dirigimos hacia el sur hasta el pueblo de Tlalpan, justo en lazona en la que pasé una buena parte de mi infancia y mi adolescencia.

97. Me vinieron a la mente las cascaritas que jugábamos de niños contra un equipo de la avenida. ¡Qué épocas!

98. Al detenerse el Mercedes, el primero en bajar fue Richard, seguido por las cuatro espaldas de la Policía. Y tras ellos, nosotros: Cornelio, desafiante, y Francisca, temerosa, bajo mi hombro.

99. Yo creo que nunca había sentido latir mi corazón tan
aceleradamente. Y no era por la emoción que significaba acercarme con éxito al término de mi primer trabajo como detective, sino por la sorpresa que el destino me tenía reservada.

100. Al abrirse la puerta de la casa señalada por Richard, mis ojos se llenaron de lágrimas al mismo tiempo que Cornelio gritaba jubiloso: "Es ella, Tomás, la de la fotografía. ¡La encontramos!"

El tritón malasio - Jane Yolen

Las tiendas no eran visibles desde la calle principal, y además casi se perdían en el laberinto de callejones. Pero la señora Stambley era una experta en antigüedades. Una ciudad nueva y un callejón nuevo excitaban sus instintos de cazadora y coleccionista, como ella gustaba explicar a su grupo en el hogar. Que esa ciudad se hallara a medio mundo de distancia de su cómoda casa de Salem, Massachusetts, no la preocupaba. Ella suponía que sabía cómo buscar, en Inglaterra o en los Estados Unidos.

Había dormitado al sol mientras el barco recorría el Támesis. A su edad las cabezadas eran importantes. Su cabeza se bamboleó tranquilamente bajo la cubierta de flores plegadas en una diadema de color vino. Ni siquiera escuchó la perorata del guía turístico. En Greenwich desembarcó mansamente junto con el resto de turistas, pero se escabulló con facilidad del yugo del guía, que llevó al resto del rebaño a comprobar el tiempo medio de Greenwich. La señora Stambley, con su abultado bolso de cuero negro apretado en una firme mano enguantada, fue a explorar por su cuenta.

A la derecha de la calle del puerto había un grupo de tiendas y, presintió ella, un par de callejuelas. El olor, aquel olor fuerte, misterioso y tentador, la atrajo.

Se desentendió de la calle principal y de los grandes escaparates de los almacenes. Un pequeño camino adoquinado separaba dos edificios y la señora Stambley se deslizó en él con la misma comodidad que un pie en una zapatilla usada muchas veces. Había varios ramales, y ella los examinó con sus lacrimosos ojos azules. Luego eligió uno. Sabía que sería el adecuado. Como decía a menudo a su grupo, en casa, «Tengo un don, un poder. Nunca me equivoco en eso».

Había varías tiendas pequeñas, ruinosas, que parecían introducirse las unas en las otras. Tenían gastado aspecto, como si estuvieran acurrucadas juntas; el húmedo viento del río convertía en polvo sus huesos, mientras una reluciente ciudad crecía alrededor de ellas. Los escaparates estaban sucios, con rayas de dedos. Sólo el comprador más intrépido podía entrar en esas tiendas. No había numeración en las puertas.

La primera tienda estaba llena de mapas. Y de no haber gastado ya su asignación para papel (ella separaba dinero para papel, oro y curiosidades) con una rara carta de la alcurnia de McCodrun, la señora Stambley habría comprado un mapa de los mares británicos decorado con tritones que tocaban «sus retorcidos cuernos» (eso había dicho el agachado vendedor). Se había sentido brevemente tentada. Ella coleccionaba «objetos de mer», como solía denominarlos. Artefactos y antigüedades marinas. La magia marina era su especialidad en el grupo. Pero el linaje de la familia McCodrun había agotado la holgada asignación para papel. Y la señora Stambley, siempre precisa en sus cálculos, jamás gastaba más de lo permitido. Como tesorera del grupo, ella tenía que mantener a raya al resto de miembros. No podía hacer menos con ella misma.

Por eso lanzó «ohs» y «ahs» en provecho del propietario, y porque el mapa era muy bello y probablemente del siglo diecisiete. Incluso logró que él rebajara varias libras el precio, manteniendo su interés por el mapa. Y el propietario se impresionó tanto con los conocimientos del mar y sus pobladores de la dama norteamericana que le devolvió la sonrisa pese a no haber comprado nada.

Las siguientes dos tiendas fueron una total pérdida de tiempo. Una estaba llena de reproducciones y material de segunda mano, tazas de porcelana pobremente pintadas y tarada cristalería. La señora Stambley salió olisqueando, murmurando en voz baja «chatarra», sin preocuparse de que la mujer del mostrador pudiera oírla. La tercera tienda fue peor, un supuesto establecimiento de artesanía repleto de tapas tejidas a mano para teteras y pobres labores de ganchillo de colorido simplemente consternador.

Al entrar en la cuarta tienda, la señora Stambley contuvo el aliento. El olor estaba allí, el olor a magia de alta mar. Tan profundo y tan oscuro que bien podía provenir de la Fosa de las Marianas. En todos sus años de búsqueda, ella nunca había hecho tal hallazgo. Se llevó la mano derecha al corazón y vaciló un poco mientras arrastraba uno de sus sensibles zapatos. Luego se irguió y miró el interior.

La tienda era mucho más alargada que ancha, con una escalera que subía en el punto medio de la pared. El resto de las paredes estaba tapado por aparadores donde se exhibían con muy buen gusto platos y copas de estilo Victoria y Eduardo. Un objeto en particular atrajo la atención de la norteamericana, porque tenía un Poseidón en un lado. Se acercó a mirarlo, pero el olor mágico no procedía de allí.

Libros amontonados en el suelo obstruyeron su camino, y la señora Stambley examinó algunos. Encontró una Enciclopedia Británica casi completa, la edición de 1913, a la que únicamente faltaba el volumen decimotercero. Había una primera edición de El libro de los condenados de Fort, y un misterioso libro mágico tan castigado por el agua que era imposible leer un solo hechizo. Había tres ejemplares de bolsillo de El folklore del mar, un agradable libro que ella tenía en casa. E incluso el oscuro Melusina, o la señora del mar en inglés y francés.

La señora Stambley pasó cuidadosamente junto a los libros y miró un instante tres recipientes de vidrio que contenían bonitas réplicas de primitivas goletas, incluso con las tallas de los mascarones de proa: una doncella india, un ángel, una anónima musa con largo y suelto cabello. Pero ya tenía varias cosas parecidas en su casa, siendo su favorita una supuesta copia del legendario barco del Holandés Errante. Mirar no cuesta nada, no obstante, y por eso ella estuvo mirando bastante rato, concediéndose tiempo para acostumbrarse al olor a profunda magia.

Casi tropezó con un cuarto recipiente, y tras darse la vuelta tuvo la conmoción de su vida.

En una vitrina de vidrio con adornos de bronce, apoyada en dos pies de madera, había un tritón malasio.

Ella había leído cosas sobre los tritones, naturalmente, en notas al pie de oscuras publicaciones especializadas y en un libro de encantamientos marinos especiales, pero jamás, ni en sus más alocados pensamientos, había imaginado ver uno. Se decía que los tritones habían desaparecido totalmente.

No eran auténticos tritones, por supuesto. Eran más bien obra de nativos malasios realizados a partir de monos y peces. Los malasios mataban a los monos, cortaban la parte superior, del ombligo para arriba, y les cosían una cola de pez. Los restos momificados los vendían después a inocentes hombres de mar en tiempos Victorianos. Los nativos llamaban tritones a las momias y los jóvenes marineros lo creían, llevaban su compra al hogar y la regalaban a seres queridos.

Y ahí, apoyado en pies de madera, se encontraba una muestra particularmente horrible, probablemente rescatada del desván donde había permanecido tantos años, cubierta de polvo, pudriéndose.

Era de color verde grisáceo, predominando más el gris, y tan esquelético que su caja torácica hizo pensar a la señora Stambley en fotos de niños africanos famélicos. Tenía los brazos al frente, muy rígidos, como un perro que estuviera chapoteando fuera del agua. La mueca de la cara, que tenía abultados labios y enormes orejas, era una fija mirada de horror. La señora Stambley no consiguió ver las costuras que unían la mitad de mono al pez.

—Veo que le gusta nuestro tritón —dijo una voz detrás.

Pero la señora Stambley no volvió la cabeza. Simplemente no podía apartar los ojos de la grotesca momia de la vitrina con adornos de bronce.

—Un tritón malasio —murmuró la señora Stambley. Una parte de su ser reparó en la etiqueta del precio a un lado de la vitrina: trescientas libras. Seiscientos dólares. Más de lo que llevaba encima... pero...

—De modo que sabe lo que es —prosiguió la voz—. Malo, malo. Muy malo.

El tritón cerró y abrió sus párpados desprovistos de pestañas y volvió la cabeza. Sus ojos eran totalmente negros, sin iris. Al doblar los labios hacia adentro dejó ver unos afilados dientes de apagado color amarillento. No tenía lengua.

La señora Stambley trató de apartar la mirada y no pudo. Se sintió arrastrada, arrastrada y arrastrada hacia las negras profundidades de aquellos ojos.

—Eso es francamente muy malo —repitió la voz, pero ahora muy distante y apagándose con rapidez.

La señora Stambley trató de abrir la boca para chillar, pero sólo brotaron burbujas. Estaba totalmente rodeada de oscuridad, frío y humedad, y a pesar de todo algo siguió tirando de ella hacia abajo hasta que aterrizó, con un desagradable ruido sordo, en un suelo de arena. Se levantó, se arregló la falda y el sombrero. Luego, mientras ponía el bolso firmemente bajo el brazo, notó que algo le aferraba el tobillo, como si las algas quisieran que ella echara raíces en aquel lugar. Empezó a debatirse cuando un cambio de la corriente que le golpeaba la cara la obligó a levantar la cabeza.

El tritón nadaba hacia ella, perezosamente, como si tuviera todo el tiempo del mundo para llegar hasta la mujer.

La señora Stambley cesó su derroche de fuerzas para deshacerse de la traba de las algas, y abrió cuidadosamente su bolso sin dejar de mirar al tritón, que ya había recorrido la mitad de la distancia que lo separaba de ella. Su boca se abría y cerraba con horribles mordiscos. Sus huesudos dedos, con opacas membranas, parecían estirados hacia la mujer. Su cara de mono sonreía. Tras él dejaba una oscura y agitada estela.

El agua remolineó alrededor de la señora Stambley, le levantó la falda, hizo agitarse el dobladillo y dejó ver la braga. Por encima del tritón, muy arriba, la señora Stambley vio las sombras más oscuras de unos tiburones que daban vueltas, a la espera de lo que el tritón les dejara. Pero ni siquiera ellos osaban acercarse más mientras el tritón iba de caza.

Y después el fantástico animal estuvo tan cerca que la mujer vio el hueco de su boca, los tijereteados dientes, la negras uñas, la colérica vibración de las membranas. El ruido del animal llegó a la turista a través del filtro del agua. Igual que los lamentos y crujidos de un barco que zozobra.

La mano de la señora Stambley ya estaba dentro del bolso, con los dedos cerrados sobre la cartera y buscando en el bolsillo de las monedas las plumas de abadejo que guardaba allí. Cogió las plumas y las sostuvo ante ella. Era magia aérea, una magia más fuerte que la del mar, y estaban bendecidas en la iglesia. Daban buena suerte para enfrentarse a los pobladores del mar. La mano de la mujer sólo tembló un poco. Pronunció una palabra mágica que las agitadas aguas arrebataron de sus labios. El tritón se detuvo un instante, manteniendo sus grisáceas manos delante de su cara.

Las algas que rodeaban el tobillo de la señora Stambley se apartaron. La mujer dio una patada y descubrió que estaba libre.

Pero por encima un gran tiburón blanco dio la vuelta bruscamente y lanzó un golpe de agua hacia el cuerpo de la turista. Las minúsculas plumas se rompieron y la señora Stambley tuvo que soltarlas. Las plumas pasaron flotando junto al tritón y desaparecieron.

El animal bajó las manos, le sonrió como un mono de nuevo y siguió nadando. Pero ella sabía, igual que él, que el tritón no estaba a salvo de sus conocimientos. Eso le dio una ligera esperanza.

La mano de la mujer volvió a introducirse en el bolso y buscó la cremallera de un bolsillo. La abrió y sacó varios huesecillos, de un cangrejo bayoneta encontrado en las islas Elizabeth frente a la costa de New Bedford. Era potente magia marina y la señora Stambley confiaba enormemente en ellos. Cerró los dedos alrededor de los siete huesecillos, se los llevó primero al pecho, luego a la frente, finalmente los lanzó al tritón.

Los huesos flotaron entre mujer y animal y con la luz que se filtraba parecieron danzar, crecer, cambiar y unirse por fin formando una maraña.

La señora Stambley dio varias patadas, creó un seno de burbujas y, sosteniendo su sombrero con una mano y el bolso con la otra, entró como una anguila en el laberinto de huesos. Sabía que el ardid sólo serviría un par de minutos en el mejor de los casos.

Detrás de ella oyó el grito de caza del tritón, que buscaba la forma de introducirse. La mujer hizo caso omiso de los gritos y se impulsó con los pies a un ritmo constante, para situarse en el corazón del laberinto. Entrar era siempre más fácil que salir. La estela de burbujas llevaría adentro al tritón en cuanto encontrara la entrada. De momento la señora Stambley seguía oyendo sus golpes contra las paredes.

El bolso contenía un último objeto mágico. Una navaja arrastrada por el mar, abandonada en una playa de la costa norte, cerca de Rockport. Tenía una empuñadura negra con una guarda, y ella había montado una moneda de plata en el mango.

El agua del mar formaba variables dibujos en la hoja, que un momento parecían fuego, luego aire, la escritura del poder. La señora Stambley no era tan tonta como para leer esa escritura. Se volvió hacia el pasillo por donde el tritón debía aparecer. Con la navaja en la mano derecha, el sombrero torcido, el bolso agarrado bajo el brazo izquierdo, la turista supuso que su aspecto no sería el de una curtida luchadora. Pero en la magia, como cualquier bruja experta sabía, la apariencia era muy importante. Y ella no pensaba rendirse.

—Gran Lir —dijo, y su humana lengua añadió más urgencia a las burbujas que fluyeron de su boca—. Poseidón que ruges como un toro, Neptuno que arrojas lanzas, poderoso Njórd, Dragón de la cola hendida, mantenedme a salvo en las verdes palmas de vuestras manos. Sacadme ilesa del mar. Y cuando vuelva al hogar, os obsequiaré a vosotros y a los vuestros.

En algún lugar cercano chilló un animal, un toro, un caballo, una gran serpiente marina. Era la respuesta. En unos instantes ella sabría el significado. La señora Stambley escondió detrás de la espalda su mano derecha, con la navaja, y esperó.

El agua del laberinto de huesos se agitó coléricamente y el tritón dobló el último recodo. Al ver a la señora Stambley apoyada en la frágil pared, se echó a reír. La risa brotó de su boca como una cascada, formando un torrente de burbujas. El ruido de las burbujas al reventar subrayó especialmente el regocijo del animal. Después, el tritón mostró de nuevo sus horribles dientes, agitó la cola para avanzar e inició la caza.

La señora Stambley mantuvo la navaja oculta hasta el último instante. Y entonces, mientras los esqueléticos brazos del tritón buscaban su cuerpo, mientras los dedos de las manos apretaban el cuello de la mujer y sus afilados incisivos avanzaban hacia la garganta, la señora Stambley sacó el brazo y acuchilló al animal en un costado. El tritón retrocedió horrorizado, y la mujer atacó de nuevo, con la misma pericia, como si cortara pescado. El animal dobló la espalda, abrió la boca, lanzó un mudo chillido de burbujas y ascendió lentamente hacia la blanca luz de la superficie.

El laberinto de huesos se esfumó. La señora Stambley metió la navaja en su bolso, alzó las manos por encima de la cabeza y ascendió igualmente, dejando atrás una estela de burbujas tan oscuras como la sangre.

—Muy malo —acababa de decir la voz.

La señora Stambley dio media vuelta y sonrió suavemente mientras se arreglaba el sombrero.

—Sí, lo sé —dijo—. Muy malo que se halle en ese estado. Por trescientas libras me gustaría algo que estuviera un poco mejor cuidado.

La turista se hizo a un lado.

La propietaria de la tienda, una mujer arrugada y pintarrajeada con una membrana entre los dedos índice y medio, respiraba con dificultad. En la vitrina, el momificado tritón había caído de espaldas. En un costado tenía una profunda herida de cuchillo. La cavidad pectoral estaba hueca. Apestaba. Bajo el cuerpo había siete nudosos palitos que parecían, sorprendentemente, huesos.

—Sí —prosiguió la señora Stambley, sin molestarse en pedir disculpas por su apresurada salida—, un estado más bien lamentable. Me asombra que alguna gente trate de embaucar a los turistas. Por suerte yo no soy tan tonta.

Atravesó la entrada y se alegró al comprobar que el sol iluminaba la callejuela. Se llevó una mano a su abultado pecho y respiró profundamente.

—Espera, espera a que lo cuente al grupo —dijo.

Luego se abrió paso hasta la calle principal, donde el resto de turistas y el guía se hallaban tras bajar de la montaña. La señora Stambley caminó briosamente hacia ellos, arreglándose el sombrero una vez más y sonriente. Ni siquiera el pensamiento de haber perdido el mapa de los tritones logró deprimir su ánimo. La mirada de sorpresa de aquella vieja bruja que era la propietaria de la tienda compensaba el susto. Pero, ¿qué regalo suficientemente bueno podía ofrecer a los dioses? Un problema que ella podía resolver felizmente durante el viaje de regreso.

El cuenco de cobre - George Fielding Eliot

Yuan Li, el mandarín, se recostó en su sillón de palisandro y habló sin alzar la voz:

—Está escrito que un buen servidor es un don de los dioses, mientras que uno malo...

El alto y corpulento hombre que permanecía humildemente en pie ante la figura enfundada en una túnica y sentada en su sillón, hizo tres reverencias apresuradas y sumisas.

A pesar de que iba armado y de que le consideraban un hombre valiente, el miedo brilló en sus ojos. Podría haber quebrado al menudo mandarín de rostro lampiño doblándolo sobre su rodilla, y sin embargo...

—Diez mil perdones, ¡oh magnánimo! —le dijo—. Lo he hecho todo obedeciendo vuestra honorable orden de no matar al hombre ni causarle una lesión permanente... He hecho todo cuanto he podido, pero...

— ¡ Pero no habla! — murmuró el mandarín —. ¿Y me vienes con el cuento de que has fracasado? ¡No me gustan los fracasos, capitán Wang!

El mandarín jugueteó con un pequeño cortaplumas que estaba sobre la mesita baja, a su lado. Wang se estremeció.

—Bien, pase por esta vez —dijo el mandarín al cabo de un momento. Wang exhaló un hondo suspiro de alivio, y el mandarín esbozó una sonrisa tenue y huidiza—. No obstante —añadió—, nuestra tarea todavía ha de llevarse a cabo. Tenemos al hombre..., y él tiene la información que necesitamos. Sin duda, ha de haber algún sistema para que hable. El servidor ha fracasado y ahora debe probar el amo. Tráeme al hombre.

Wang hizo una reverencia y se marchó apresuradamente.

El mandarín permaneció sentado en silencio, mirando a través de la amplia y soleada sala a una pareja de aves cantoras en una jaula de mimbre que colgaba al lado de la ventana más alejada. Entonces, hizo un breve y satisfecho gesto de asentimiento, y tocó una campanilla de plata que estaba sobre la mesa bellamente taraceada.

Al instante, entró un servidor vestido con una túnica blanca, se acercó con pasos silenciosos e inclinó la cabeza, esperando la venia de su amo. Yuan Li le dio unas órdenes rápidas e incisivas.

Apenas se había ido el hombre de la túnica blanca, cuando Wang, el capitán de la guardia del mandarín, entró de nuevo en la espaciosa estancia.

—El prisionero, ¡oh magnánimo! —anunció.

El mandarín hizo un ligero movimiento con su fina mano; Wang Li gritó una orden y, escoltado por dos guardianes musculosos y semidesnudos, entró un hombre de baja estatura, macizo, descalzo y vestido tan sólo con una camisa andrajosa y unos pantalones caqui, pero cuyos ojos azules, bajo la masa de su pelo desgreñado, miraron directamente, sin temor, a Yuan Li.

¡Un hombre blanco!

— ¡Ah, el excelente teniente Fournet! —dijo Yuan Li, con su tono sosegado, en un francés impecable—. ¿Todavía obstinado?

Fournet le maldijo vivamente en francés y en tres dialectos chinos.

—¡Pagarás por esto, Yuan Li! —terminó diciendo—. ¡No creas que tus brutos asquerosos pueden someter a un oficial francés a la tortura de los nudillos y otros procedimientos diabólicos, y salir indemnes!

Yuan Li jugueteó con su cortaplumas, sonriendo.

—Me amenaza usted, teniente Fournet —respondió—, pero sus amenazas son como pétalos de rosa impulsados por la brisa matinal. A menos, claro está, que regrese a su puesto para hacer un informe.

—¡Maldito seas! —exclamó el prisionero—. ¡No hace falta que lo intentes! ¡Sabes muy bien que no puedes matarme! Mi comandante conoce mis movimientos a la perfección, ¡y llamará a tu puerta con una compañía de la Legión a su espalda si no me presento mañana a la hora de diana!

Yuan Li sonrió de nuevo.

—Sin duda..., pero aun así tenemos la mayor parte del día por delante. Mucho es lo que puede conseguirse en una tarde y una noche.

Fournet soltó otro juramento.

—Puedes torturarme, pero sabes tan bien como yo que no te atreverás a matarme o lesionarme de tal manera que no pueda volver a Fort Deschamps. Por lo demás, haz lo que quieras, ¡bruto de piel amarilla!

—¡Vaya, un desafío! —exclamó el mandarín—. ¡Pues bien, teniente Fournet, recojo su guante! Mire, lo que necesito de usted es que me informe del número de efectivos y la situación de su puesto de avanzada en el río Mephong. De modo que...

—De modo que tus malditos bandidos, cuyos asesinatos y rapiñas te permiten vivir aquí revolcado en el lujo, puedan atacar el fuerte alguna noche oscura y abrir la ruta del río a sus embarcaciones. Te conozco, Luán Yi, y conozco tu oficio, ¡mandarín de ladrones! El gobernador militar de Tonkin envió aquí un batallón de la Legión Extranjera para tratar con la gente como tú y restaurar la paz y el orden en la frontera, ¡no para ceder ante amenazas infantiles! Ése no es el sistema de la Legión, deberías saberlo. Lo mejor que puedes hacer es rendirte, o te aseguro que dentro de quince días tu cabeza se pudrirá sobre la puerta norte de Hanoi, como una advertencia para otros que pudieran seguir tu mal ejemplo.

La sonrisa del mandarín no se alteró, aunque sabía bien que la amenaza no era vana. Con los tiradores tonquineses, incluso con la infantería colonial, podía hacer algún progreso, pero aquellos legionarios tres veces malditos eran diablos del mismo infierno. Y él, Yuan Li, que había gobernado como rey en el valle del Mephong y a quien media provincia china y muchos kilómetros cuadrados del Tonkin francés pagó humildemente tributo, sentía que su poderoso trono se tambaleaba bajo él. Pero le quedaba una esperanza: río abajo, más allá de los puestos de avanzada franceses, había barcos cargados de hombres y el botín de una docena de pueblos, el saqueo de mayor éxito de todos los que había ordenado. Si llegaban aquellos barcos, si sus hombres regresaban (y eran los mejores) y ponía sus manos en el botín, quizá podría hacerse algo. Oro, joyas, jade..., y aunque los soldados de Francia eran terribles, había en Hanoi ciertos funcionarios civiles que no eran indiferentes a esas cosas. Pero en las orillas del Mephong, como si conocieran sus esperanzas, la Legión Extranjera había establecido un puesto de avanzada. Tenía que saber exactamente dónde estaba y cuáles eran sus fuerzas, pues hasta que ese puesto junto al río no desapareciera, los barcos nunca podrían llegar hasta él.

Y ahora, el teniente Fournet, oficial del estado mayor del comandante, había caído en sus manos. Durante toda la noche, los torturadores habían razonado con el joven y testarudo normando, y no le habían dejado ni un minuto durante la mañana. No le habían dejado ninguna marca, ni roto hueso alguno, ni siquiera le habían producido un corte o un moratón. ¡Pero hay otras maneras! Fournet se estremeció de nuevo al pensar en lo que había padecido durante aquella noche y aquella mañana que le parecieron eternas.

Para Fournet, su deber era lo primero; para Yuan Li, que Fournet hablara era cosa de vida o muerte. Para ello, el mandarín había tomado unas medidas que ahora se acercaban a su ejecución.

No se atrevía a utilizar un método extremo con Fournet, pues la justicia francesa aún no podía conectar al mandarín Yuan Li con los bandidos del Mephong.

Quizá tuvieran sospechas, pero no podían probar nada, y un ultraje como la muerte o la mutilación de un oficial francés en su propio palacio era más de lo que Yuan Li se atrevía a intentar. En aquellos días veraniegos caminaba realmente sobre una fina capa de hielo, y lo hacía con cautela.

Sin embargo, había tomado ciertas medidas.

—Tengo la cabeza segura sobre los hombros —replicó a Fournet— . No creo que llegue a decorar vuestras puertas clavada de una pica. Así pues, ¿no vas a hablar?

— ¡Desde luego que no!

Las palabras del teniente Fournet eran tan firmes como su mandíbula.

—Claro que lo harás. ¡Wang!

—¡Sí, magnánimo!

—Otros cuatro guardias. Asegurad al prisionero.

Wang dio una palmada.

Al instante, otros cuatro hombres semidesnudos entraron en la sala; dos de ellos se arrodillaron y cogieron a Fournet de las piernas; otro rodeó con sus musculosos brazos la cintura del teniente y el último permaneció al lado, con un garrote en la mano, como reserva en caso de..., ¿qué?

Los dos primeros guardianes seguían aferrando los brazos de Fournet.

Ahora, cogido por tantas y tan poderosas manos, estaba inmóvil, totalmente impotente, como una estatua viviente.

Yuan Li, el mandarín, volvió a sonreír. Quien no le conociera habría pensado que su sonrisa reflejaba una ternura infinita, una compasión divina.

Hizo sonar una campanilla que estaba a su lado.

Inmediatamente, por la puerta más alejada, entraron dos servidores que conducían a una persona cubierta por un velo, una mujer vestida con ropas oscuras.

A una orden de Yuan Li, ásperas manos apartaron el velo a un lado, revelando, extenuada entre los impasibles servidores que la sujetaban, a una encantadora muchacha de apenas veinte años, morena y esbelta, con los grandes y tiernos ojos de un corzo, ojos que se abrieron de súbito al ver al teniente Fournet.

—¡Lily! —exclamó el militar, y sus cinco guardianes le sujetaron con fuerza mientras se debatía—. ¡Maldito demonio! —le gritó a Yuan Li —. Si le tocas a esta muchacha un solo pelo, te juro por la santa Virgen de Yvelot que te asaré vivo en las llamas de tu propio palacio. Dios mío, Lily, ¿cómo...?

—Es muy sencillo, mi querido teniente —le interrumpió la sedosa voz del mandarín—. En el norte de Tonkin, todo criado doméstico es uno de mis espías y, naturalmente, sabíamos que usted le tenía afecto a esta mujer. Por eso, cuando supe que se mostraba usted obstinado bajo las pequeñas atenciones de mis hombres, pensé en ir a buscarla. El bungalow de su padre no está lejos del fuerte; como usted sabe, incluso se encuentra en territorio chino. Así que la tarea no resultó difícil. Y ahora...

—¡André! ¡André! —gritó la muchacha, debatiéndose a su vez para zafarse de los servidores—. Sálvame, André. Estos bestias...

—No temas, Lily —replicó André Fournet—. No se atreverán a hacerte daño, igual que a mí. Fanfarronean.

—¿Lo ha considerado bien, teniente? —preguntó el mandarín en tono suave—. Usted, naturalmente, es un oficial francés. El brazo de Francia, que es un brazo largo y que no perdona, se estirará para coger a sus asesinos. No quieran los dioses que ese brazo me alcance, a mí y a los míos. Pero esta muchacha, ¡ah, es diferente!

—¿Diferente? ¿Qué quiere decir? Esta muchacha es una ciudadana francesa.

—Creo que no, mi buen teniente Fournet. Es cierto que en sus tres cuartas partes tiene sangre francesa, pero su padre es medio chino, y es un ciudadano de China. Ella reside en este país... Me temo que la justicia francesa no estará dispuesta a vengar su muerte con tanta prontitud como la de usted. En cualquier caso, es un riesgo que pienso correr.

La sangre de Fournet pareció helársele en las venas. ¡El sonriente demonio tenía razón! Lily, su encantadora y blanca Lily, cuya única señal de sangre oriental era la oblicuidad tan atractiva de sus grandes ojos, no tenía derecho a la protección de la tricolor.

¡Señor, qué posición la suya! Tenía que elegir entre traicionar a su bandera, su regimiento, sus camaradas, todos los cuales morirían, o ver a su Lily asesinada ante sus propios ojos.

—Bien, teniente Fournet, creo que ahora nos entendemos —siguió diciendo Yuan Li, tras una breve pausa para que todo el horror de la situación embargara el alma del prisionero—. Supongo que ahora será capaz de recordar los datos de ese puesto avanzado...

Fournet miró al hombre en tenso silencio, pero las palabras habían proporcionado a la sagaz Lily una clave de la situación, que al principio apenas había comprendido.

— ¡ No, no, André, no se lo digas! — gritó —. ¡ Prefiero morir a que seas un traidor! Mira, estoy dispuesta.

Fournet echó atrás la cabeza, recuperada su vacilante resolución.

—¡Esta muchacha hace que me avergüence! ¡Mátala si debes hacerlo, Yuan Li, y si Francia no la venga, yo lo haré! ¡Pero no seré un traidor!

—No creo que ésa sea su última palabra, teniente —susurró entonces el mandarín—. Si fuera a estrangular a la chica, sí, quizá. Pero primero debe gritar pidiéndole ayuda, y cuando usted oiga gritar en su agonía a la mujer que ama, quizá entonces olvidará esos nobles gestos heroicos.

Volvió a batir palmas, y de nuevo unos silenciosos servidores entraron en la sala. Uno de ellos llevaba un braserillo con carbones encendidos; otro sostenía una pequeña jaula de gruesa tela metálica, dentro de la cual algo se movía horriblemente, y un tercero llevaba un cuenco de cobre con asas a cada lado, al que estaba adherida una faja de acero que brillaba a la luz del sol.

A Fournet se le erizó el vello de la nuca. ¿Qué horror les esperaba ahora? Algo en su interior le advertía de que lo que iba a ocurrir sería tan maligno que ningún hombre mortal podría concebirlo. Los ojos del mandarín parecieron brillar súbitamente con fuegos infernales. ¿Era realmente un hombre o un demonio?

Tras una áspera palabra en algún dialecto de Yunnan que Fournet desconocía, los sirvientes tendieron a la muchacha en el suelo, con los brazos y las piernas extendidos, en una postura de penoso desamparo, sobre una magnífica alfombra con el dibujo de un pavo real.

Otra palabra de los delgados labios del mandarín y desgarraron ásperamente las ropas de la parte superior del cuerpo de la muchacha. Yacía blanca y silenciosa sobre la espléndida alfombra, sus ojos todavía fijos en los de Foumet: guardaba silencio para que sus palabras no destruyeran la resolución del hombre al que amaba.

Fournet se debatía furiosamente con sus guardianes, pero eran cinco hombres fuertes y le tenían bien sujeto.

— ¡Recuerda, Yuan Li! —jadeó—. ¡Pagarás por esto! ¡Maldita sea tu alma amarilla!

El mandarín hizo caso omiso de la amenaza.

—Adelante —les dijo a los servidores—. Observe cuidadosamente lo que estamos haciendo, Monsieur le Lieutenant Fournet. Verá primero que atan las muñecas y los tobillos de la muchacha a postes y muebles pesados, adecuadamente colocados para que no pueda moverse. ¿Se pregunta usted por la resistencia de la cuerda, por el número de vueltas que le damos para sujetar a una persona tan frágil? Le aseguro que serán las necesarias. Bajo el cuenco de cobre, he visto a un débil viejo liberar su muñeca de una cadena de hierro.

El mandarín hizo una pausa; ahora la muchacha estaba tan bien atada que apenas podía mover un músculo de su cuerpo.

Yuan Li contemplaba los preparativos.

—Bien hecho —aprobó—. Sin embargo, si libera alguno de sus miembros, el hombre que se lo haya atado sufrirá una hora bajo las varas de bambú. ¡Ahora, el cuenco! Dejadme verlo.

Tendió una mano delgada. Un sirviente le ofreció respetuosamente el cuenco, con su colgante faja de acero flexible. Fournet, que observaba con los ojos rebosantes de temor, vio que la faja tenía un cierre, adaptable a diversas posiciones. Era como un cinturón, una correa.

—Muy bien —asintió el mandarín, haciendo girar el objeto entre sus dedos, casi acariciándolo—. Pero me estoy adelantando, quizá el teniente y la joven no están familiarizados con este pequeño dispositivo. Permítanme que se lo explique, o más bien que se lo demuestre. Coloca el cuenco en su sitio, Kan-Su. No, no, esta vez sólo el cuenco.

Otro servidor que se había adelantado, regresó a su rincón. El hombre llamado Kan-Su cogió el cuenco, se arrodilló al lado de la muchacha, pasó la faja de acero por debajo de su cuerpo y situó el cuenco, con el fondo hacia arriba, sobre su abdomen desnudo, tirando del cinto hasta que el borde del recipiente apretó la suave carne. Entonces, accionó el cierre, haciendo así que el cuenco quedara firmemente en su lugar mediante la correa de acero adherida a las asas y que rodeaba la cintura de la muchacha. El sirviente se levantó y, cruzado de brazos, permaneció en silencio.

Fournet se estremeció de horror. Durante todo este tiempo Lily no había dicho una sola palabra, aunque el apretado cinto y la presión del borde circular del cuenco debían de haberle causado considerable dolor.

Pero ahora habló, y lo hizo con valentía.

—No cedas, André —le dijo—. Puedo soportarlo. No me..., ¡no me duele!

—¡Dios! —gritó André Fournet, que en vano continuaba debatiéndose contra las manos amarillas que le atenazaban.

—¡No duele! —El mandarín repitió las últimas palabras de la muchacha—. Bueno, quizá no, pero de todos modos se lo quitaremos. Debemos ser misericordiosos.

A su orden, el servidor levantó el cuenco y la correa. Un círculo de un color rojo intenso apareció en la piel blanca del vientre de la muchacha, allí donde había descansado el borde.

—Me temo que siguen sin comprender, Mademoiselle y Monsieur —siguió diciendo el mandarín—. Ahora hemos de aplicar el cuenco de nuevo, y cuando lo hagamos, pondremos en su interior... ¡Esto!

Con un rápido movimiento del brazo, arrebató del sirviente que estaba en el rincón la jaula metálica, y la alzó para que le diera la luz del sol.

Las miradas de Fournet y Lily se fijaron horrorizadas en la jaula, pues en su interior, que ahora veían claramente, se movía una gran rata gris, una rata bigotuda, de ojos como cuentas de vidrio, inquieta, escabrosa, sus blancos dientes en forma de cincel brillantes a través de la tela metálica.

—Dieu de Dieu! —exclamó Fournet.

La mente del oficial francés se negaba a comprender el pleno significado del terrible destino que le esperaba a Lily; sólo podía mirar al inquieto roedor, mirar y mirar...

—Estoy seguro de que ahora comprende —ronroneó el mandarín—, La rata bajo el cuenco..., observe el fondo del recipiente y vea el pequeño reborde. Ahí ponemos el carbón encendido, el cobre se calienta, el calor es enorme, la rata no puede soportarlo, y sólo tiene un modo de escapar: ¡roe su camino a través del cuerpo de la dama! ¿Qué me dice ahora del puesto de avanzada, teniente Fournet?

—¡No, no, no! —exclamó Lily—. ¡No lo harán! Tratan de asustarnos. Son seres humanos, y los hombres no pueden hacer cosas así. Cállate, André, cállate, pase lo que pase. ¡No dejes que te venzan! ¡No permitas que hagan de ti un traidor!

A una señal del mandarín, el servidor con el cuenco se aproximó de nuevo a la muchacha semidesnuda. En esta ocasión también se adelantó el hombre de la jaula. Diestramente, introdujo una mano, evitó los dientes de la alimaña y la agarró por el cogote.

Colocaron el cuenco en posición. Fournet luchó desesperadamente para liberarse... ¡Si sólo pudiera disponer de un brazo y hacerse con algún arma!

De pronto, Lily lanzó un grito ahogado.

Habían introducido la rata bajo el cuenco.

Se oyó un ruido metálico: el cierre del cinturón de acero. Ahora amontonaban las brasas sobre el fondo del cuenco, colocado al revés, mientras Lily se retorcía en sus ligaduras al notar el horroroso contacto de la rata, bajo aquel cuenco demoníaco, sobre su piel desnuda.

Uno de los servidores entregó un pequeño objeto al impasible mandarín.

Yuan Li lo levantó para mostrarlo. Era un llavín.

—Esta llave, teniente Fournet, abre el cinto de acero que mantiene el cuenco en su sitio. Es suya, como recompensa por la información que necesito. ¿No va a ser razonable? ¡Pronto será demasiado tarde!

Fournet miró a Lily. Ahora la muchacha estaba quieta, había dejado de debatirse; si no tuviera los ojos abiertos, el teniente la habría creído desmayada.

El carbón al rojo brillaba sobre el fondo del cuenco de cobre, y bajo su superficie tallada, Fournet podía imaginar a la gran rata gris moviéndose sin cesar, dando vueltas, buscando una escapatoria a aquel calor creciente y, al final, hundiendo los dientes en aquella piel blanca y suave, royendo, ahondando desesperadamente...

¡Dios!

¡Su deber..., su bandera..., su regimiento..., Francia! El joven subteniente Pierre Desjardins, el joven y alegre Fierre, y veinte hombres, que serían sorprendidos y asesinados horriblemente, algunos torturados, por una abrumadora horda de bandidos diabólicos, y todo por su traición. En lo más profundo de su corazón sabía que no podía hacerlo.

Tenía que ser fuerte y mantener su firmeza.

Si pudiera ser él quien sufriera en lugar de Lily..., la pequeña y adorable Lily, la valiente Lily que jamás había hecho daño a nadie.

Un grito terrible se expandió por la sala.

André se volvió, horrorizado, y vio que el cuerpo de Lily se tensaba y arqueaba sobre la alfombra, parecía a punto de arrancar las ligaduras que lo sujetaban. Vio lo que antes le había pasado desapercibido: una pequeña muesca en el borde del cuenco. Por la abertura y sobre la blanca superficie del cuerpo arqueado de la muchacha, corría un pequeño reguero de sangre.

La rata había atacado.

Entonces, algo estalló en el centro de André y se volvió loco.

Con la fuerza que les es dada a los dementes, apartó el brazo derecho del guardián que lo retenía, se soltó y descargó los puños contra el rostro del hombre. El guardián del garrote saltó adelante sin cautela; un momento después, André tenía el arma y golpeaba a su alrededor con la furia de un poseso. Tres guardianes cayeron al suelo antes de que Wang desenvainara su espada e interviniera en la pelea.

Wang era un soldado capaz y bien adiestrado. Acero contra madera, golpeó, acometió y paró las embestidas de su contrincante durante un momento y, finalmente, obtuvo la recompensa de su estrategia. Los otros dos guardianes, a los que había hecho una señal, y un par de servidores se arrojaron contra la espalda de Fournet y le derribaron rugiendo al suelo.

La muchacha gritó de nuevo, quebrando los sonidos más ásperos de la batalla.

Incluso en su locura, Fournet la oyó. Y al mismo tiempo, la empuñadura de un cuchillo que pendía del cinto de un servidor rozó su mano. Lo cogió y acometió salvajemente: un hombre gritó; el peso sobre la espada de Fournet se hizo más liviano, y la sangre se deslizó sobre su cuello y sus hombros. Golpeó de nuevo, se liberó de la carga y vio que un hombre agonizaba con la garganta abierta, mientras otro, con las dos manos en la ingle, se retorcía en el suelo, en silenciosa agonía.

André Fournet hincó la rodilla en el suelo y se impulsó como una pantera hacia la garganta del capitán Wang.

Los dos hombres cayeron al suelo y rodaron un trecho. Las armas de Wang tintineaban contra las losas. Un cuchillo se alzó y penetró en la carne.

Con un grito de triunfo, André Fournet se puso en pie, su terrible cuchillo en una mano y la espada de Wang en la otra.

Gritando, los restantes servidores huyeron ante aquel hombre enloquecido.

Yuan Li, el mandarín, se quedó solo frente a aquella encarnación de la venganza.

—¡ La llave!

Fournet lanzó la orden con voz ronca; en su cerebro enfebrecido sólo había espacio para un pensamiento: «¡La llave, demonio amarillo!».

Yuan Li retrocedió un paso, hacia una tronera, a través de la cual todavía soplaba dulcemente la brisa de la tarde, con su aroma a jazmín.

El palacio estaba construido en el borde de un precipicio; bajo el saledizo de la tronera había una altura de quince metros hasta las rocas y los bajíos del Mephong superior.

Yuan Li sonrió una vez más, sin que su calma se alterase.

—Me has vencido, Fournet —le dijo—, pero también yo te he vencido. Te deseo alegría en tu victoria. Aquí está la llave.

Levantó el objeto en la mano, y cuando André se abalanzó gritando, Yuan Li dio media vuelta, avanzó hasta el reborde de la tronera y, sin decir nada más, se lanzó al vacío, llevándose consigo la llave.

Su cuerpo se estrelló contra las rocas, tiñéndolas de rojo, y las aguas del turbulento Mephong se cerraron para siempre sobre la llave del cuenco de cobre.

André corrió al lado de Lily. La sangre ya no corría desde el borde del cuenco, y la muchacha permanecía muy quieta y muy fría...

¡Dios! ¡Estaba muerta!

En el torturado pecho no latía su corazón.

En vano, André tiró del cuenco y del cinto de acero, tiró con los dedos ensangrentados, con los dientes rotos, con furia. En vano.

No pudo moverlos.

Y Lily estaba muerta.

¿O no lo estaba? ¿Qué era aquello?

Oyó un latido en el costado de la muchacha, un latido fuerte, cada vez más fuerte...

¿Había aún esperanza?

El enloquecido Fournet empezó a frotarle el cuerpo y los brazos.

¿Podría revivirla? Sin duda, no estaba muerta... ¡No podía estar muerta!

Seguía oyendo el latido... Era extraño que sólo lo oyera en un lugar: en el blanco y suave costado, bajo la última costilla.

Besó sus fríos e insensibles labios.

Cuando levantó la cabeza, el latido había cesado. En el lugar donde lo había oído, la sangre brotaba perezosamente, sangre oscura, fluyendo como un horror purpúreo.

Y, desde el centro del costado de la muchacha, salía la cabeza gris y puntiaguda de la rata, su hocico goteando sangre y fragmentos de entrañas, sus ojillos brillantes como cuentas de vidrio mirando al hombre que farfullaba y echaba espuma por la boca.

Una hora después, sus camaradas encontraron a André Fournet y a Lily, su amada. El torturado maniaco llorando sobre la muerta torturada.

Pero a la rata gris no la encontraron jamás.

Las ratas del cementerio - Henry Kuttner

El viejo Masson, guardián de uno de los más antiguos y descuidados cementerios de Salem, sostenía una verdadera contienda con las ratas. Hacía varias generaciones, se había asentado en el cementerio una verdadera colonia de ratas enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición del guardián anterior, decidió eliminarlas. Al principio colocaba cebos y comida envenenada junto a sus madrigueras; más tarde, intentó exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil. Seguía habiendo ratas. Sus hordas voraces se multiplicaban e infestaban el cementerio.

Eran grandes, aún tratándose de la especie de «decumagus», cuyos ejemplares miden a veces más de treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola pelada y gris. Masson las había visto hasta del tamaño de un gato; y cuando los sepultureros descubrían alguna madriguera, comprobaban con asombro que por aquellas malolientes galerías cabía sobradamente el cuerpo de una persona. Al parecer, los barcos que antaño atracaban en los ruinosos muelles de Salem debieron de transportar cargamentos muy extraños.

Masson se asombraba a veces de las extrañas proporciones de estas madrigueras. Recordaba ciertos relatos inquietantes que le habían contado antes de llegar a la vieja y embrujada ciudad de Salem. Eran relatos que hablaban de una vida larvaria que persistía en la muerte, ocultas en las olvidadas madrigueras de la tierra. Ya habían pasado los viejos tiempos en que Cotton Maher exterminara los cultos perversos y los ritos orgiásticos celebrados en honor de Hécate y de las siniestra Magna Mater. Pero todavía se alzaban las tenebrosas casas de torcidas buhardillas, de fachadas inclinadas y leprosas, en cuyos sótanos, según se decía, aún se ocultaban secretos blasfemos y se celebraban ritos que desafiaban tanto a la ley como a la cordura. Moviendo significativamente sus cabezas canosas, los viejos aseguraban que, en los antiguos cementerios de Salem, había bajo tierra cosas peores que gusanos y ratas.

En cuanto a estos roedores, ciertamente, Masson les tenía aversión y respeto. Sabía el peligro que acechaba en sus dientes afilados y brillantes. Pero no comprendía el horror que los viejos sentían por las casas vacías, infestadas de ratas. Había oído rumores sobre ciertas criaturas horribles que moraban en las profundidades de la tierra y tenían poder sobre las ratas, a las que agrupaban en ejércitos disciplinados. Según decían los ancianos, las ratas servían de mensajeras entre este mundo y las cavernas que se abrían en las entrañas de la tierra, muy por debajo de Salem. Y aún se decía que algunos cuerpos habían sido robados de las sepulturas con el fin de celebrar festines subterráneos y nocturnos. El mito de flautista de Hamelin era una leyenda que ocultaba, en forma de alegoría, un horror blasfemo; y según ellos, los negros abismos habían parido abortos infernales que jamás salieron a la luz del día.

Masson no hacía ningún caso de semejantes relatos. No fraternizaba con sus vecinos y, de hecho, hacía lo posible por mantener en secreto la existencia de las ratas. De conocerse el problema quizá iniciasen una investigación, en cuyo caso tendrían que abrir muchas sepulturas. Y en efecto, hallarían ataúdes perforados y vacíos que atribuirían a las actividades de las ratas. Pero descubrirían también algunos cuerpos con mutilaciones muy comprometedoras para Masson.

Los dientes postizos suelen hacerse de oro puro, y no se los extraen a uno cuando muere. Las ropas, naturalmente, son harina de otro costal, porque la compañía de pompas fúnebres suele proporcionar un traje de paño sencillo, perfectamente reconocible después. Pero el oro no lo es. Además, Masson negociaba también con algunos comerciantes de medicina y médicos pocos escrupulosos que necesitaban cadáveres sin importarles demasiado su procedencia.

Hasta entonces, Masson se las había arreglado muy bien para que no se iniciase una investigación. Había negado ferozmente la existencia de las ratas, aún cuando algunas veces éstas le hubiesen arrebatado el botín. A Masson no le preocupaba lo que pudiera suceder con los cuerpos, después de haberlos expoliado, pero las ratas solían arrastrar el cadáver entero por un boquete que ellas mismas roían en el ataúd.

El tamaño de esos agujeros tenía a Masson asombrado. Por otra parte, se daba la circunstancia de que las ratas horadaban siempre los ataúdes por uno de los extremos, y no por lados. Parecía como si las ratas trabajasen bajo la dirección de algún guía dotado de inteligencia.

Ahora se encontraba ante una sepultura abierta. Acababa de quitar la última paletada de tierra húmeda y de arrojarla al montón que había formado a un lado. Desde hacía varias semanas, no paraba de caer una llovizna fría y constante. El cementerio era un lodazal de barro pegajoso, del que surgían las mojadas lápidas en formaciones irregulares. Las ratas se habían retirado a sus agujeros; no se veía ni una. Pero el rostro flaco y desgalichado de Masson reflejaba una sombra de inquietud. Había terminado de descubrir la tapa de un ataúd de madera.

Hacía varios días que lo habían enterrado, pero Masson no se había atrevido a desenterrarlo antes. Los parientes del fallecido venían a menudo a visitar su tumba, aún lloviendo. Pero a estas horas de la noche, no era fácil que vinieran, por mucho dolor y pena que sintiesen. Y con este pensamiento tranquilizador, se enderezó y echó a un lado la pala.

Desde la colina donde estaba situado el cementerio, se veían parpadear débilmente las luces de Salem a través de la lluvia pertinaz. Sacó la linterna del bolsillo porque iba a necesitar luz. Apartó la pala y se inclinó a revisar los cierres de la caja.

De repente, se quedó rígido. Bajo sus pies había notado un rebullir inquieto, como si algo arañara o se revolviera dentro. Por un momento, sintió una punzada de terror supersticioso, que pronto dio paso a una rabia furiosa, al comprender el significado de aquellos ruidos. ¡Las ratas se habían adelantado otra vez!

En un rapto de cólera, Masson arrancó los cierres del ataúd. Metió el canto de la pala bajo la tapa e hizo palanca, hasta que pudo levantarla con las dos manos. Luego encendió la linterna y la enfocó al interior del ataúd.

La lluvia salpicaba el blanco tapizado de raso; el ataúd estaba vacío. Masson percibió un movimiento furtivo en la cabecera de la caja y dirigió hacia allí la luz.

El extremo del sarcófago había sido horadado, y el boquete comunicaba con una galería, al parecer, pues en aquel mismo momento desaparecía por allí, a tirones, un pie fláccido enfundado en su correspondiente zapato. Masson comprendió que las ratas se le habían adelantado, esta vez, sólo unos instantes. Se dejó caer a gatas y agarró el zapato con todas sus fuerzas. Se le cayó la linterna dentro del ataúd y se apagó de golpe. De un tirón, el zapato le fue arrancado de las manos en medio de una algarabía de chillidos agudos y excitados. Un momento después, había recuperado la linterna y la enfocaba por el agujero.

Era enorme. Tenía que serlo; de lo contrario, no habrían podido arrastrar el cadáver a través de él. Masson intentó imaginarse el tamaño de aquellas ratas capaces de tirar del cuerpo de un hombre. De todos modos, él llevaba su revólver cargado en el bolsillo, y esto le tranquilizaba. De haberse tratado del cadáver una persona ordinaria, Masson habría abandonado su presa a las ratas, antes de aventurarse por aquella estrecha madriguera; pero recordó los gemelos de sus puños y el alfiler de su corbata, cuya perla debía ser indudablemente auténtica, y, sin pensarlo más, se prendió la linterna al cinturón y se metió por el boquete. El acceso era angosto. Delante de él, a al luz de la linterna, podía ver como las suelas de los zapatos seguían siendo arrastradas hacia el fondo del túnel de tierra. También el trató de arrastrase lo más rápidamente posible, pero había momentos en que apenas era capaz de avanzar, aprisionado entre aquellas estrechas paredes de tierra.

El aire se hacía irrespirable por el hedor de la carroña. Masson decidió que, si no alcanzaba el cadáver en un minuto, volvería para atrás. Los temores supersticiosos empezaban a agitarse en su imaginación, aunque la codicia le instaba a proseguir. Siguió adelante, y cruzó varias bocas de túneles adyacentes. Las paredes de la madriguera estaban húmedas y pegajosas. Por dos veces oyó a sus espaldas pequeños desprendimientos de tierra. El segundo de éstos le hizo volver la cabeza. No vio nada, naturalmente, hasta que enfocó la linterna en esa dirección.

Entonces vio varios montones de barro que casi obstruían la galería que acababa de recorrer. El peligro de su situación se le apareció de pronto en toda su espantosa realidad. El corazón le latía con fuerza sólo de pensar en la posibilidad de un hundimiento. Decidió abandonar su persecución, a pesar de que casi había alcanzado el cadáver y las criaturas invisibles que lo arrastraban. Pero había algo más, en lo que tampoco había pensado: el túnel era demasiado estrecho para dar la vuelta.

El pánico se apoderó de él, por un segundo, pero recordó la boca lateral que acababa de pasar, y retrocedió dificultosamente hasta que llegó a ella. Introdujo allí las piernas, hasta que pudo dar la vuelta. Luego, comenzó a avanzar precipitadamente hacia la salida, pese al dolor de sus rodillas magulladas.

De súbito, una punzada le traspasó la pierna. Sintió que unos dientes afilados se le hundían en la carne, y pateó frenéticamente para librarse de sus agresores. Oyó un chillido penetrante, y el rumor presuroso de una multitud de patas que se escabullían. Al enfocar la linterna hacia atrás, dejó escapar un gemido de horror: una docena de enormes ratas le miraban atentamente, y sus ojillos malignos brillaban bajo la luz. Eran unos bichos deformes, grandes como gatos. Tras ellos vislumbró una forma negruzca que desapareció en la oscuridad. Se estremeció ante las increíbles proporciones de aquella sombra apenas vista.

La luz contuvo a las ratas durante un momento, pero no tardaron en volver a acercarse furtivamente. Al resplandor de la linterna, sus dientes parecían teñidos de un naranja oscuro. Masson forcejeó con su pistola, consiguió sacarla de su bolsillo y apuntó cuidadosamente. Estaba en una posición difícil. Procuró pegar los pies a las mojadas paredes de la madriguera para no herirse.

El estruendo del disparo le dejó sordo durante unos instantes. Después, una vez disipado el humo, vio que las ratas habían desaparecido. Se guardó la pistola y comenzó a reptar velozmente a lo largo del túnel. Pero no tardó en oír de nuevo las carreras de las ratas, que se le echaron encima otra vez.

Se le amontonaron sobre las piernas, mordiéndole y chillando de manera enloquecedora. Masson empezó a gritar mientras echaba mano a la pistola. Disparó sin apuntar, de suerte que no se hirió de milagro. Esta vez las ratas no se alejaron demasiado. No obstante, Masson aprovechó la tregua para reptar lo más deprisa que pudo, dispuesto a hacer fuego a la primera señal de un nuevo ataque.

Oyó movimientos de patas y alumbró hacia atrás con la linterna. Una enorme rata gris se paró en seco y se quedó mirándole, sacudiendo sus largos bigotes y moviendo de un lado a otro, muy despacio, su cola áspera y pelada. Masson disparó y la rata echó a correr.

Continuó arrastrándose. Se había detenido un momento a descansar, junto a la negra abertura de un túnel lateral, cuando descubrió un bulto informe sobre la tierra mojada, un poco más adelante. De momento, lo tomó como un montón de tierra desprendido del techo; luego vio que era un cuerpo humano.

Se trataba de una momia negruzca y arrugada, y Masson se dio cuenta, preso de un pánico sin límites, de que se movía.

Aquella cosa monstruosa avanzaba hacia él y, a la luz de la linterna, vio su rostro horrible a muy poca distancia del suyo. Era una calavera casi descarnada, la faz de un cadáver que ya llevaba años enterrado, pero animada de una vida infernal. Tenía unos ojos vidriosos, hinchados y saltones, que delataban su ceguera, y, al avanzar contra Masson, lanzó un gemido plañidero y entreabrió sus labios pustulosos, desgarrados en una mueca de hambre espantosa. Masson sintió que se le helaba la sangre.

Cuando aquel Horror estaba ya a punto de rozarle. Masson se precipitó frenéticamente por la abertura lateral. Oyó arañar en la tierra, justo a sus pies, y el confuso gruñido de la criatura que la seguía de cerca. Masson miró por encima del hombro, gritó y trató de avanzar desesperadamente por la estrecha galería. Reptaba con torpeza; las piedras afiladas le herían las manos y las rodillas. El barro le salpicaba en los ojos, pero no se atrevió a detenerse ni un segundo. Continuó avanzando a gatas, jadeando, rezando y maldiciendo histéricamente.

Con chillidos triunfales, las ratas se precipitaron de nuevo sobre él con una horrible voracidad pintada en sus ojillos. Masson estuvo a punto de sucumbir bajo sus dientes, pero logró desembarcarse ellas: el pasadizo se estrechaba y, sobrecogido por el pánico, pataleó, gritó y disparó hasta que el gatillo pegó sobre una cápsula vacía. Pero había rechazado las ratas.

Observó entonces que se hallaba bajo una piedra grande, encajada en la parte superior de la galería, que le oprimía cruelmente la espalda. Al tratar de avanzar notó que la piedra se movía, y se le ocurrió una idea: ¡Si pudiera dejarla caer, de forma que obstruyese el túnel!

La tierra estaba empapada por el agua de la lluvia. Se enderezó y se puso a quitar el barro que sujetaba la piedra. Las ratas se aproximaban. Veía brillar sus ojos al resplandor de la linterna. Siguió cavando, frenético, en la tierra. La piedra cedía. Tiró de ella y la movió de sus cimientos.

Se acercaban la ratas... Era el ejemplar que había visto antes. Gris, leprosa, repugnante, avanzaba enseñando sus dientes anaranjados. Masson dio un último tirón de la piedra y la sintió resbalar hacia abajo. Entonces reanudó su camino a rastras por el túnel.

La piedra se derrumbó tras él, y oyó un repentino alarido de agonía. Sobre sus piernas se desplomaron algunos terrones mojados. Más adelante, le atrapó los pies un desprendimiento considerable, del que logró desembarazarse con dificultad. ¡El túnel entero se estaba desmoronando!

Jadeando de terror, Masson se desmoronaba mientras la tierra se desprendía tras él. El túnel seguía estrechándose, hasta que llegó un momento en que apenas pudo hacer uso de sus manos y sus piernas para avanzar. Se retorció como una anguila hasta que, de pronto, notó un jirón de raso bajo sus dedos crispados; y luego su cabeza chocó contra algo que le impedía continuar. Movió las piernas y pudo comprobar que no las tenía apresadas por la tierra desprendida. Estaba boca abajo. Al tratar de incorporarse, se encontró con que el techo del túnel estaba a escasos centímetros de su espalda. El terror lo descompuso.

Al salirle al paso aquel ser espantoso y ciego, se había desviado por un túnel lateral, por un túnel que no tenía salida. ¡Se encontraba en un ataúd vacío, al que había entrado por el agujero que las ratas habían practicado en su extremo!

Intentó ponerse boca arriba, pero no pudo. La tapa del ataúd le mantenía inexorablemente inmóvil. Tomó aliento entonces, e hizo fuerza contra la tapa. Era inamovible, y aun si lograse escapar del sarcófago, ¿cómo podría excavar una salida a través del metro y medio de tierra que tenía encima?

Respiraba con dificultad. Hacía un calor sofocante y el hedor era irresistible. Era un paroxismo de terror, desgarró y arañó el forro acolchado hasta destrozarlo. Hizo un inútil intento por cavar con los pies en la tierra desprendida que le impedía la retirada. Si lograse solamente cambiar de postura, podría excavar con la uñas una salida hacia el aire... hacia el aire...

Una agonía candente penetró en su pecho; el pulso le dolía en los globos de los ojos. Parecía como si la cabeza se le fuera hinchando, a punto de estallar. Y de súbito, oyó los triunfales chillidos de las ratas. Comenzó a gritar, enloquecido, pero no pudo rechazarlas esta vez. Durante un momento, se revolvió histéricamente en su estrecha prisión, y luego se calmó, boqueando por falta de aire. Cerró lo ojos, sacó su lengua ennegrecida y se hundió en la negrura de la muerte, con los locos chillidos de las ratas taladrándole los oídos.

El héroe es único - Harlan Ellison

Cort estaba acostado con los ojos cerrados, fingiendo que dormía, desde hacía exactamente una hora después de que ella empezara a roncar. De vez en cuando permitía que sus ojos se abrieran formando pequeñas rendijas para seguir el paso del tiempo en la esfera luminosa del reloj que había dejado en la mesilla. A las cinco en punto de la mañana salió de la cama del motel, que parecía una piscina olímpica, recogió la ropa del enmarañado montón que había en el suelo y se vistió con rapidez en el cuarto de baño. No encendió la luz.

Como no recordaba el nombre de ella, no dejó una nota.

Como no deseaba degradar a la chica, no dejó un billete de veinte dólares en la mesilla.

Como no podía irse con la celeridad que deseaba, sacó el coche del aparcamiento empujándolo y dejó que cobrara impulso por el silencioso solar hasta llegar a la calle. A través de la abierta ventanilla giró el volante, cogió la puerta antes de que el vehículo rodara hacia atrás, se metió y sólo entonces puso en marcha el motor.

La Ruta 1 entre Big Sur y Monterrey estaba desierta. La niebla abundaba. En algún punto, a la izquierda, bajo los acantilados, el Pacífico murmuraba amenazas cual viejo enemigo. La niebla se ondulaba en la autopista, conjurando ectoplásmicas formas con las condensadas luces de los faros. La humedad pendía de los grandes y gruesos árboles como plateados recuerdos de tiempos anteriores a la llegada del hombre. La tortuosa carretera de la costa ascendía a través de un terreno que recordó a Cort la selva tropical brasileña: empapado por la niebla y frígido, impenetrable y agresivamente siniestro. Cort aceleró, arriesgándose a que el desastre lo alcanzara. Debía de haber algo más que la amenaza de la selva.

Como tenía que haber en su vida algo más que endodoncias, rentas y frottage cargado de culpa a últimas horas de la noche con ojinegras ayudantes de dentista. Algo más que marcos de peltre con diplomas de prestigiosas universidades. Algo más que una esposa de una familia socialmente distinguida y 2,6 hijos aptos para la visión propagandista, perfecta y empalagosa de la juventud norteamericana de un fabricante. Algo más que levantarse todas las mañanas en un mundo que no reservaba sorpresas.

Debía de haber desastre en alguna parte. En la selva, en la niebla, en la noche.

Pero no en la Ruta 1 a las cinco y media. No para él, no en aquel momento.

A las seis y media llegó a Monterrey y se dio cuenta de que no había comido desde el mediodía del día anterior, cuando había terminado la terapia de los canales dentales de la señora Udall; tras guardar el torno se quitó la bata, se puso la chaqueta, salió de su despacho sin decir una palabra a Jan y a Alicia, fue al garaje del sótano y partió hacia la costa, huyendo sin pensar en un destino.

No hubo tiempo de cenar cuando ligó con la camarera, y ningún puesto nocturno de pizzas abierto para tomar algo antes de que ella se durmiera. El ácido había empezado a abrirle un agujero en el revestimiento de su estómago por culpa de tanto café y tan poca paz mental.

Cort se dirigió al centro turístico de Monterrey y no tuvo problemas para localizar una alargada extensión de espacios de aparcamiento. No había movimiento alguno en las aceras de las tiendas. El sol parecía dispuesto a no salir nunca. La niebla era espesa y húmeda; corrientes de arena movediza fluían alrededor de Cort. Durante un instante el escaparate de una tienda, repleto de lámparas con base de madera flotante destinadas a salas subterráneas de grabación de lowa, se solidificó en el centro de la remolineante niebla; acto seguido desapareció. Pero en ese instante Cort vio su cara en el cristal. Esa noche podía prolongarse el día entero.

Cort recorrió atentamente las calles, en busca de algún madrugador local donde pudiera conseguir un wafle con fresas heladas untadas con azucarado jugo. Un huevo frito por un solo lado. Algo agradable en la interminable oscuridad.

Nada abierto. Cort pensó en aquel detalle. ¿Nadie trabajaba temprano en Monterrey? ¿Ningún establecimiento se engalanaba para el asalto de las langostas que era la llegada de quinceañeros con mochilas, corpulentos vendedores de máquinas industriales con carmesíes sombreros a la moda y viudas semíticas de azulado cabello? ¿Se había producido un eclipse? ¿Era aquella la hoyosa, tímida faz de la luna vuelta de lado? ¿Dónde demonios estaba la luz diurna?

La niebla pasó junto a Cort, se dividió en fajas un instante. Al final de una callejuela vio una luz. Amarillenta, tan apagada como un pergamino, pálida y timorata. Pero era una luz.

Cort se metió en la callejuela y atisbo a través del azogue en busca de la fuente. Parecía haberse esfumado. Pasó junto a cerradas panaderías, joyerías y bazares con material de escafandrista. Un fantasma en la niebla. Cort comprendió que no sólo se enfrentaba a una ciudad vacía y a las fajas de niebla, sino también a un estado de temor. Gnotobiosis: estado ambiental en que a animales libres de gérmenes se les inoculan trazas de microorganismos conocidos. Miedo.

La luz salió a flote entre las silenciosas y plateadas sombras del océano: y Cort estaba delante mismo de ella. ¿Se había acercado él a la luz, o la luz a él?

Era una librería. Sin letrero. Y en el interior, muchos hombres y mujeres. Todos hojeando libros.

Cort permaneció en la oscuridad, inalcanzado por la somera luz de la anónima librería, con la mirada fija en la escena. Una tienda tan pequeña, a hora tan temprana de la mañana, estaba atestada. Hombres y mujeres de pie, casi tocándose unos a otros, todos absortos en el libro que tenían en la mano. Gnotobiosis: Cort notó que el miedo se deslizaba por sus venas y arterias igual que veneno.

Ninguno de los clientes volvía las hojas.

De no haber sido por el ligero movimiento de los cuerpos, si nadie se hubiera rascado el labio, parpadeado o movido los pies, si nadie hubiera hundido los hombros, erguido la espalda o mirado alrededor... Cort habría creído que contemplaba maniquíes. Una extraña pero interesante escena para inducir a los transeúntes a entrar y hojear. Estaban vivos, pero no volvían las hojas de los libros que les absorbían. Ni dejaban un libro en su estante para coger otro. Los hombres, las mujeres, todos: fascinados por palabras en el punto donde estaban abiertos los libros.

Cort dio media vuelta para alejarse con la máxima rapidez posible.

El coche. Sal a la carretera. Tiene que haber una parada de camiones, un comedor, un restaurante económico, comida para llevar, algo. «He estado aquí otra vez, ¡y esto no es Monterrey!»

Los golpes en el escaparate le detuvieron.

Cort se volvió. La desesperada expresión en la cara de tortuga de la menuda anciana atiesó su espalda. Con notó que tenía la mano derecha levantada, como puesta entre él y la visión de la vieja. Sacudió la cabeza, no, definitivamente no, pero sin tener la menor idea respecto a qué estaba rechazando.

Ella le hizo gestos para que se quedara con sus arrugadas y pequeñas manos, y pronunció palabras al otro lado del vidrio del escaparate. Las pronunció con gran precisión y las palabras eran éstas:

«Tengo lo que necesita.»

Luego le indicó por gestos que se acercara a la puerta, que entrara: «Tengo lo que necesita».

La esfera luminosa del reloj de pulsera de Cort indicaba las 7.00. Aún era de noche. La niebla seguía descendiendo del bosque de la península de Monterrey.

Cort intentó alejarse. San Francisco estaba arriba. El sol debía de estar llameando en Russian Hill, Candlestich Park y Coit Tower. El mundo reservaba sorpresas a pesar de todo. Ahora estás libre, has roto el ciclo, oyó musitar a su futuro. No respondas. Dirígete hacia el sol.

Vio que su mano se alzaba hacia el pomo de la puerta. Entró en la librería.

Todos alzaron los ojos un momento, no denotaron emoción alguna en sus semblantes, la puerta se cerró, siguieron mirando los libros. Cort estaba ya dentro, con ellos.

—Estoy segura de que lo tengo en tapas duras, un ejemplar muy bien conservado —dijo la vieja tortuguilla que era la mujer.

Su sonrisa carecía de dientes. ¿Cómo puede haber niebla aquí dentro?

—Sólo quiero hojear —dijo Cort.

—Sí, claro —repuso ella—. Todos están hojeando.

La anciana le puso una mano en su brazo y Cort se estremeció.

—Hasta que abra algún restaurante.

—"Sí, claro.

Cort tenía dificultades para respirar. Acidez.

—¿Siempre..., siempre hay tanta oscuridad a primeras horas de la mañana?

—Está fuera de estación —dijo ella—. Eche un vistazo. Tengo lo que necesita. Exactamente lo que necesita.

Cort obedeció.

—No busco nada especial.

La vieja caminó junto a él, una mano en su brazo.

—Tampoco lo buscaban ellos. —La anciana señaló con la cabeza el enjambre de hombres y mujeres—. Pero encontraron respuestas aquí. Tengo un surtido magnífico.

Nadie volvía las páginas.

Cort miró por encima del hombro de una mujer de edad madura que tenía la vista fija en un libro con grabados de acero en ambas páginas abiertas.

—Su curiosidad —explicó la tortuga— fue excitada por la pregunta: «¿Cómo se creó el primer vampiro?». Un concepto fascinante, ¿no le parece? Si únicamente es posible crear un vampiro a partir de un ser humano normal que recibe el mordisco de un vampiro, ¿cómo nació el primer vampiro? Ella ha encontrado la respuesta aquí, entre mis prodigiosas existencias.

Cort miró el libro. Uno de los grabados en acero reproducía el Arca de Noé.

Pero ¿no significaba eso que tuvo que haber dos a bordo?

La tortuga le obligó a seguir recorriendo las hileras de libros. Cort se detuvo junto a un joven que llevaba una camiseta muy apretada. Parecía estar agotado por el trabajo. Tenía la cabeza inclinada, tan cerca del libro abierto en sus manos que su arreglado cabello rubio caía sobre sus ojos.

—Durante años ha sentido dolores simpáticos con una persona desconocida —explicó la anciana a modo de confidencia—. Sentía peligro, júbilo, lujuria, desesperación..., nada de ello personal, nada de ello relacionado en forma alguna con sus circunstancias en el momento concreto. Por fin comenzó a comprender que estaba unido a otra persona. Como los hermanos corsos. Pero sus padres le aseguraron que él había nacido solo, que no existía gemelo. El encontró la respuesta en este tomo.

La vieja hizo agitados gestos con sus manos llenas de azuladas venas.

Cort miró más allá de la cabeza y el cabello del joven. Era un libro de historia africana. Había lágrimas en los ojos del joven; había una mancha de humedad en la página par. Con apartó la mirada rápidamente; no deseaba entremeterse.

El siguiente de la hilera era un hombre muy alto, con aspecto de asceta, que sostenía un pliego de papel obviamente escrito con una pluma de ave. Por los rasgos floridos y los remolinees de la escritura, Cort comprendió que el libro debía de ser muy antiguo y seguramente muy valioso. La mujer tortuga se agachó, con la cabeza tocando suavemente el pecho de Cort, y dijo:

—Siglo dieciséis. El primer infolio de Shakespeare. Este caballero pasó buena parte de su vida adulta, y décadas de investigaciones académicas, atormentado por el problema de quién escribió realmente The Booke of Sir Thomas More: el poeta, o su rival, Anthony Munday. Ahí está la respuesta, ante sus ojos. Tengo unas existencias tan magníficas...

—¿Por qué este hombre..., por qué ninguna de estas personas pasa las hojas?

—¿Por qué iban a molestarse? Han encontrado la respuesta que buscaban.

—¿Y no desean saber nada más? —Al parecer, no. Interesante, ¿no le parece? Cort pensó que era más estremecedor que interesante. Después, el estremecimiento se aferró permanentemente a su corazón, como una lapa, con la muda pregunta, ¿cuánto tiempo llevan así estos curiosos?

—Aquí hay una mujer que siempre había querido saber si el mal puro existe en todos los lugares de la faz de la tierra. —La mujer en cuestión llevaba una mantilla sobre los hombros, y contemplaba hipnotizada un libro de historia natural—. Este hombre anhelaba poseer una relación completa del contenido de la gran Biblioteca de Alejandría, los temas de ese medio millón de papiros escritos a mano antes de que la biblioteca fuera incendiada en el siglo quinto.

Era un hombre macilento y arrugado y en su semblante estaba grabada una expresión de fatiga tan vieja que Cort pensó en Stonehenge. Tenía la mirada clavada en dos hojas con caracteres infinitesimales y Cort no pudo distinguir una sola palabra entre aquellas cagadas de mosca.

—Una mujer que perdió la memoria —dijo la tortuga mientras señalaba con un gesto de su cabeza de tortuga a una hermosa criatura adornada con bufandas de seda de diez colores distintos—. Despertó en un burdel de Marrakech víctima de la trata de blancas, huyó para salvarse, ha pasado años errando por todas partes, intentando descubrir quién es. —La vieja se rió; su risa era suave y cordial—. Ella lo averiguó aquí. El relato completo está en ese libro.

Cort se volvió para mirar a la tortuga, apartando la arrugada zarpa de su brazo.

—Y usted «tiene lo que yo necesito», ¿verdad?

—Sí. Tengo lo que necesita. Entre mis magníficas existencias.

—¿Qué es exactamente lo que tiene y que yo necesito? Aquí. Entre sus magníficas existencias.

No le hacía falta que la mujer hablara. Cort sabía exactamente qué iba a decir ella. Ella diría: «Vaya, tengo las respuestas a su búsqueda», y después él se pasearía por la librería sintiéndose superior a los pobres diablos que llevaban allí desde sólo Dios sabía cuánto tiempo. Y finalmente él miraría a la vieja, sonreiría y diría: «Ni siquiera conozco las preguntas», y ambos sonreirían con esa afirmación: él como un idiota porque se trataba de la frase más gastada posible, ella porque sabía que él iba a decir alguna tontería como aquella. Y él se abstendría de excusarse por su fugaz estupidez. Luego formularía la pregunta y la vieja señalaría un estante y contestaría: «El libro que desea está allí», y le sugeriría que mirara tal y tal página para averiguar exactamente lo que deseaba saber: el motivo de su viaje por la costa.

Y si, diez mil años más tarde, la kármica esencia de lo único que queda de Suleimán el Magnífico, bendito sea su nombre, Suleimán del potente sello, sultán y señor de los genios de todas las especies: jinns, efrits, iblis...; si esa transustanciada esencia se presenta de nuevo, como se presenta de nuevo el cometa Halley, ese espíritu que aparece como por encanto, recorriendo la carmesí eternidad en su interminable hégira..., si se presenta de nuevo encontrará a Cort (doctor Alexander Cort, dentista cirujano de una cooperativa de odontólogos) todavía de pie en la librería, codo a codo con los otros curiosos. Celacantos perfilados en esquisto, mastodontes repentinamente congelados en hielo, avispas embutidas en ámbar. Gnotobiosis: para siempre.

—¿Por qué tengo la sensación de que todo esto no es casualidad? —preguntó Cort a la vieja mujer tortuga. Retrocedió poco a poco hacia la puerta—. ¿Por qué tengo la sensación de que todo esto me esperaba, del mismo modo que esperó al resto de pobres y jodidos perdedores? ¿Por qué huele usted a gardenias podridas, vieja señora?

Casi estaba en la puerta.

La anciana se hallaba en un espacio libre, en el centro de la librería, mirándole fijamente.

—Usted no es distinto, doctor Cort. Necesita las respuestas igual que los demás.

—Quizás una poción amorosa..., una piedra mágica..., inmortalidad..., toda esa jerigonza. He visto lugares como este en películas de televisión. Pero yo no muerdo, vieja señora. No tengo necesidades que usted pueda satisfacer.

Y su mano estaba en el pomo de la puerta; y lo hizo girar; y dio un tirón; y la puerta se abrió a la siniestra niebla y la interminable noche y el bosque que le aguardaba. Y la anciana dijo:

—¿No le gustaría saber cuándo tendrá el mejor instante de toda su vida?

Y Cort cerró la puerta y se quedó inmóvil con la espalda apoyada en ella. Su sonrisa era enfermiza.

—Bien, me ha cogido —musitó.

—Su momento de máxima felicidad —dijo la vieja en voz baja, sin apenas mover sus finos labios—. De mayor fuerza, de más satisfacción, la cima de su buena forma, de su control, el momento de mayor gallardía, cuando tenga el mejor aspecto y sea sumamente bien considerado por el resto del mundo. Su momento culminante, de mayor impulso, su logro más apetecido, el que configurará el resto de su vida. El instante que jamás volverá a presentarse, aunque viva mil años. Aquí, entre mis magníficas existencias, tengo un tomo que le indicará el día, la hora, el minuto, el segundo de su mejor futuro. Pídalo y es suyo. Tengo lo que necesita.

—¿Y qué me costará?

La anciana abrió su húmeda boca y sonrió. Sus arrugadas manilas quedaron abiertas con las palmas hacia arriba ante ella.

—Pues nada —dijo—. Igual que los demás..., usted sólo quiere hojear, ¿no es cierto?

El frío como de lapas que osificaba su columna vertebral indicó a Cort que había cosas peores que tratar con el diablo. Sólo hojear, como ejercicio...

—¿Y bien? —preguntó la vieja, a la espera.

Cort meditó mientras se humedecía los labios, repentinamente secos cuando el momento decisivo estaba a su alcance.

¿Y si se produce dentro de pocos años? ¿Y si tengo poco tiempo para lograr cualquier cosa que siempre quise conseguir? ¿Cómo voy a vivir el resto de mi vida después de esto, sabiendo que nunca estará mejor, que jamás seré más feliz, más rico, más seguro, sabiendo que nunca superaré lo que hice en ese instante? ¿Qué valor tendrá el resto de mi vida?

La menuda mujer tortuga apartó con los hombros a dos curiosos, que se separaron perezosamente, como si se dieran la vuelta en la cama, y sacó un libro pequeño y rechoncho de un estante situado a la altura de su cintura. Cort parpadeó con rapidez. No, ella no lo había sacado de los estantes. El libro se había deslizado y había saltado hacia la mano de la vieja. Parecía un viejo minilibro.

La anciana se acercó y le tendió el libro.

—Sólo hojear—dijo húmedamente.

Cort extendió la mano y se detuvo, dobló los dedos. La mujer arqueó los finos bosquejos que eran sus cejas y le ofreció una mirada de diversión, irónica.

—Está terriblemente ansiosa de que yo lea este libro —dijo Cort.

—Estamos aquí para servir al público —dijo ella amistosamente.

—Tengo que hacerle una pregunta. No, dos preguntas. Son dos preguntas que quiero que me responda. Luego consideraré si hojeo sus magníficas existencias.

—Si yo no puedo responderle, cosa que es, al fin y al cabo, nuestro trabajo aquí, entonces estoy convencida de que un libro de mis magníficas existencias contiene la respuesta adecuada. Pero..., coja este libro que necesita, sólo cójalo, y responderé a su pregunta. Preguntas. Dos preguntas. Muy importantes, estoy segura.

La anciana le tendió el librito. Cort lo miró. Era un minilibro, de los que había leído siendo niño, con páginas ilustradas alternadas con páginas de texto, con aventuras de héroes de tebeo como Red Ryder, La Sombra o Skippy. A su alcance, la respuesta a la pregunta que todo el mundo desea formular: ¿cuál será el mejor momento de mi vida?

Cort no tocó el libro.

—Yo preguntaré, usted responderá. Entonces me habrá cogido... entonces me dedicaré a hojear.

La anciana se alzó de hombros, como diciendo, «haga lo que prefiera».

Cort pensó: «Haga lo que haga, usted hará su agosto».

—¿Cómo se llama esta librería? —dijo.

La cara de la vieja se crispó. Cort notó una repentina oleada de recuerdos de la infancia, de su primera lectura de un cuento de brujas. La cara de la mujer tortuga adoptó un aire malvado.

—No tiene nombre. Simplemente existe.

—¿Y cómo vamos a encontrarla en las páginas amarillas? —dijo Cort, mofándose de la vieja.

Era obvio que él se encontraba de pronto en situación de fuerza. Aunque no tuviera la menor idea respecto a la fuente de donde fluía esa fuerza.

—¡Ningún nombre! ¡Ningún nombre! No nos hace falta nombre. ¡Tenemos una clientela muy selecta! ¡La librería jamás ha tenido nombre! ¡No nos hacen falta nombres! —Su voz, suave como una tortuga, blanda, de chocolate, se había transformado en metal oxidado que araña metal oxidado—. ¡Ningún nombre, no le diré ningún nombre, no voy a mostrarle apestosas etiquetas!

Hizo una pausa para calmar su ira, y en pleno silencio Cort formuló su segunda pregunta.

—¿Qué gana usted con esto? ¿Cuánto le pagan? ¿Dónde está la línea de beneficio mínimo en su gráfica? ¿Qué saca usted de esto, pavorosa señora?

La mujer apretó los labios. Sus llameantes ojos parecían al mismo tiempo viejos y juvenilmente feroces y plateados.

—Clotho —dijo—. Clotho: Libros Raros.

Cort no reconoció el nombre, pero por la forma en que ella lo pronunció, supo que le había arrancado un importante secreto. Y lo había hecho, al parecer, porque él era el primero que lo preguntaba. Como cualquiera lo habría hecho, si hubiera preguntado. Y tras haber preguntado y ser respondido, Cort sabía que estaba a salvo de ella.

—Pues bien, dígame, señorita Clotho, o señora Clotho, o lo que sea. Dígame, ¿Qué gana usted con esto? ¿En qué moneda del reino le pagan? Usted se ocupa de esta tienda sobrenatural, atrapa a estos necios, y apuesto que apenas yo me vaya, ¡zas!, todo se esfuma. De vuelta al País de los Ensueños. ¿Qué tipo de vida hogareña lleva? ¿Hace tres comidas diarias? ¿Se cambia el tampax cuando tiene la regla? ¿Tiene aún la regla? ¿O ya ha pasado por la menopausia? ¿Inmortal, quizás? Dígame, extraña señora tortuga, si vive siempre, ¿cambia de vida? ¿Todavía le gusta acostarse con un hombre? ¿Alguna vez lo hizo? ¿Cómo es su caca, firme y dura? ¿Tienen que hacer caca las misteriosas viejas fantásticas que se esfuman con su librería? ¿O quizá no, eh?

—¡No puede hablarme así! —le gritó ella—. ¿Sabe quién soy?

—¡Mierda, no! —le respondió chillando Cort—. ¡No sé quién demonios es usted, y lo que es más importante, me importa un cochino pepino quién es!

Los lectores zombies había levantado la cabeza. Parecían angustiados. Como si se hubiera roto un prolongadísimo trance. Pestañeaban furiosamente, se movían sin objeto, parecían... marmotas que salen a examinar sus sombras.

—¡Deje de gritar! —refunfuñó Clotho—. ¡Está poniendo nerviosos a mis clientes!

—¿Quiere decir que estoy despenándolos? ¡Venga, todo el mundo, salgan a tomar el sol! ¡Dense un chapuzón! ¿Por qué están tan quietos? ¿Sabiduría del destino?

—¡Cierre el pico!

—¿Ah, sí? Tal vez lo haga y tal vez no, vieja tortuga. Si responde a mi pregunta, por qué me aguardaba aquí especialmente a mí, es posible que deje a estos papanatas seguir hojeando.

La vieja se acercó a él tanto como pudo sin tocarle, y silbó igual que una serpiente

—¿Usted? —dijo con los dientes apretados—. ¿Por qué piensa que le esperábamos a usted precisamente? Esperamos a todo el mundo. Esta era su oportunidad. Todos tienen una oportunidad, todos tendrán su oportunidad en la tienda del curioseo.

—¿Por qué dice «esperamos»? ¿Se siente imperial?

—Nosotras. Mis hermanas y yo.

—Oh, hay más de una como usted, ¿eh? Una cadena de librerías. Muy agudo. Pero supongo que tendrán sucursales en estos tiempos, con tanta competencia de otras cadenas...

Clotho apretó los dientes. Y por primera vez Cort vio que la vieja tortuga tenía dientes detrás de sus rectos y finos labios.

—Coja este libro o salga de mi tienda —dijo la mujer en un mortífero susurro.

Cort cogió el minilibro de las temblorosas manos de la vieja.

—Nunca había tratado una persona tan vil, tan grosera —refunfuñó Clotho.

—El cliente siempre tiene la razón, querida —dijo Cort.

Y abrió el libro en la página exacta.

La página donde leyó cuál sería su mejor momento. El conocimiento que convertiría el resto de su vida en una idea tardía. Un fracasado pasando el tiempo. Una constante caminata montaña abajo.

¿Cuándo se produciría? ¿Dentro de un año? ¿Dos años? ¿Cinco, diez, veinticinco, cincuenta, o en el bendito instante final de la vida, después de haber trepado, trepado y trepado siempre hasta la cumbre? Cort leyó...

Leyó que su mejor momento se produjo cuando tenía diez años. Cuando, en el transcurso de un partido de béisbol en un solar, un partido en el que sólo se podía batear si se echaba fuera a otro jugador, el mejor bateador del barrio consiguió un tremendo golpe dirigido hacia la parte más alejada del centro del campo, donde Con se veía forzado a jugar siempre (porque se destacaba en este depone). Él corrió de espaldas, extendió su desnuda mano y milagrosamente, él, el pequeño Alex Cort, saltó todo lo que pudo y el dolor de la desgastada y dura bola al tocar su mano y quedarse en ella fue más dulce que cualquier sensación anterior... o posterior. El momento se revivía en las palabras de la página del terrible libro. Lentamente, poco a poco Con cayó al suelo, sus pies tocaron tierra y su vista fue hacia su mano, y allí, en la enrojecida y afligida palma, falta de guante de béisbol, estaba la pelota más dura jamás lanzada por un bateador. Alex era el mejor, el amo del mundo, lo más increíble en la faz de la tierra, enorme, intrépido y excelente, el expeno inconmesurable, milagroso; un prodigio, un prodigio andante. Ése fue el mejor momento de su vida.

Cuando tenía diez años.

Nada más haría en su vida, nada había hecho entre los diez y los treinta y cinco años, su edad mientras leía el minilibro. Y observó que él, hasta que muriera cuando se agotaran los años que le restaban de vida, no haría nada... nada podría compararse con aquel momento.

Cort alzó la cabeza lentamente. Tenía dificultades para ver. Estaba llorando. Clotho le sonreía desagradablemente.

—Tiene suene de que yo no sea como mis hermanas. Ellas reaccionan mucho peor cuando las fastidian.

La vieja se alejó de él. El sonido del minilibro bruscamente cerrado en el mostrador del escaparate detuvo su caminar. Cort dio media vuelta sin pronunciar palabra y se dirigió hacia la puerta. Oyó detrás de él los apresurados pasos de la anciana.

—¿Adonde cree que va?

—Vuelvo al mundo real. —Tenía dificultad para hablar. Las lágrimas le obligaban a expresarse con sollozos y las palabras brotaban ásperamente.

—¡Tiene que quedarse! ¡Todos se quedan!

—Yo no, querida. El héroe es único.

—Todo es inútil. Nunca volverá a conocer la grandeza. Sólo basura, despojos, vacío. No habrá nada tan bueno aunque viva mil años.

Cort abrió la puerta. La niebla continuaba allí. Y la noche. Y la última selva. Cort se detuvo y miró a la vieja.

—Si tengo suerte, no viviré mil años.

Luego cruzó la puerta de «Clotho: Libros Raros» y la cerró con fuerza. La vieja le observó al otro lado del escaparate cuando él se alejó entre la niebla.

Se detuvo de nuevo y se agachó para hablar tan cerca del vidrio como fuera posible. Ella estiró su carilla de tortuga y le oyó decir:

—Lo que queda puede ser solamente el final de una vida de mierda... pero es mi vida de mierda.

«Y es la única diversión de la ciudad, querida. El héroe es único.»

Luego Cort se adentró en la niebla, llorando; pero intentando silbar.