INICIO

La muchacha de oro - Ellis Peters

-Shakespeare... - dijo el sobrecargo, pensativo, mientras tomaba su segunda cerveza después de salir del teatro -. Desde luego, este año sólo se representa a Shakespeare. Sin embargo, él también plagió lo suyo. Eso de "mis ducados y mi hija"... Hubo otro tipo que escribió eso mucho mejor. Una vez la obra se llamaba El judío de Malta, y el autor era un tal Marlowe. "¡Oh, fortuna, oh, muchacha! ¡Oh, belleza! ¡Oh, mi dicha!" Esta noche, viendo El Mercader, me he acordado. Y de un caso real que conocí... sólo que ella no era su hija, ni mucho menos.
"Entonces era yo un jovenzuelo inexperto, y servía a las órdenes del viejo McLean, en el Áurea. De esto hará... bueno, unos diez años o así. Algunas veces sueño con ello, aunque ahora no me ocurre con tanta frecuencia. Ibamos a zarpar a Liverpool con destino a Bombay. Era mi tercera travesía. Aquella pareja llegó durante el bullicio anterior a la salida, y, no obstante, nadie dejó de fijarse en ellos a causa de la chica. ¡Era tan increíblemente bonita, con su cabello rubio como el oro y sus ojos azul claro! Además, ¡estaba tan enternecedoramente embarazada...! Ya saben, esos blusones sueltos, y luego los finísimos brazos colgando a ambos lados del abultado cuerpo. Y el cuidadoso y levemente desmañado andar, equilibrando el peso. Subió lentamente las escalerillas, aferrándose a la baranda. Uno podía notar que todos los hombres que había alrededor se contenían para no correr a ayudarla.
"La pareja se dirigía a Bombay, donde, probablemente, el marido iba a hacerse cargo de algún delicado empleo. El hombre tendría unos cuarenta años, contra los veintidós o así de ella. Sin embargo, en él también había algo. Al cabo de una hora de zarpar, todas las mujeres tenían los ojos fijos en él. Era un tipo alto y atractivo, moreno, silencioso y con aspecto experimentado. Mostraba hacia su mujer una actitud tan solícita que el resto de las esposas de a bordo se pusieron verdes de envidia. Inmediatamente supusieron que se trataba de un vividor reformado. Un donjuán que había encontrado su chica. ¡Que intentasen apartarle de ella! Antes de que terminase el viaje hubo muchas que trataron de hacerlo. Pero no. Por lo que a él respectaba, en el barco no había otra mujer que su esposa. Durante los diecisiete días de la travesía no se apartó de su lado, y siempre con aquella ansiosa expresión en la cara.
"A los dos días de navegación realizamos un simulacro de naufragio. Siempre lo hacíamos, aunque nunca esperábamos que colaborasen más de la mitad de los pasajeros, sobre todo en aquella época del año y con el mar tan calmado como suele mostrarse a veces. Yo era el oficial a cargo del bote salvavidas que correspondía a la pareja, y cuando sonó la primera sirena me cuidé de pasar cerca de su camarote. El hombre no estaba, había ido a la biblioteca, a buscar unos libros para su esposa. Tuve el placer de ayudarla a colocarse el chaleco salvavidas. Como la mayor parte de las mujeres, no tenía ni idea de cómo ponérselo, con instrucciones o sin ellas.
"Bajo la amplia túnica, el cuerpo de la muchacha parecía menos abultado. Sólo un poco más grueso de lo que debía de ser en circunstancias normales. Al menos, eso me pareció. Por la forma que la joven tuvo de darme las gracias hubiera estado yo dispuesto a saltar por la borda, si eso fuese a complacerla. Sí, se encontraba bien. Sí, subiría al puente y colaboraría, como los demás. Y lo hizo. Era como una niña entregada a un juego, la más alegre de todos los falsos náufragos. Su marido llegó pronto al rescate, ansioso de aislarla de nosotros y de cuidar de ella él mismo. No hubo un solo hombre que no envidiara sus derechos.
"Y así durante toda la travesía. En nuestras proyecciones cinematográficas, los dos se sentaban en un tranquilo rincón, con las manos juntas. Las mujeres suponían que no llevaban mucho tiempo casados. Sin duda él aún no se había repuesto del feliz shock de conseguirla, y casi no podía creer en su suerte.
"Casi la mitad de los pasajeros descendieron en Karachi. Como de costumbre, seguimos hacia Bombay rodeados de un ambiente más tranquilo y apagado. Y aquella noche, alrededor de las doce, estalló el fuego.
"Se estaba celebrando un baile. Para suavizar el efecto de las separaciones, siempre programamos algo divertido. Debido a la fiesta no conseguimos averiguar cómo empezó la cosa. Lo único que sé es que, de pronto, comenzaron a sonar alarmas bajo los puentes e, inexplicablemente, ninguna arriba, en los salones y bares. La música prosiguió, y en la cubierta de botes la gente continuaba en la piscina mucho después de que, abajo, casi reinase el pánico. Las comunicaciones se hicieron imposibles, ya que el sistema de altavoces se desbarató. Antes de que hubiera transcurrido el tiempo necesario para decir «amén», todo estaba lleno de humo. Diez minutos más tarde aquello era ya un caos. Nadie podía transmitir órdenes más allá del alcance de su voz. Y una vez a la gente le hubo entrado el miedo, ese alcance no abarcaba mucho.
"En realidad, no se trató de pánico. Los pasajeros formaban un conjunto bastante consciente, y se hubieran portado de maravilla si hubiese habido alguna forma de indicarles lo que debían hacer. Pero no la había, porque no disponíamos de suficientes oficiales para andar de grupo en grupo. Algunas veces la confusión y el desconcierto pueden producir los mismos resultados que el pánico. Los pasajeros más capaces y conscientes, que siempre están dispuestos a ayudar, por falta de instrucciones, hacen las peores cosas. Y los otros no lograban más que estorbarlos a ellos y a nosotros. ¿Qué medidas podían tomarse? Gracias a Dios, el mar estaba en completa calma y dos o tres barcos habían recibido nuestras llamadas de auxilio y acudían al rescate.
"Las cosas tenían que suceder como ocurrieron. El fuego se extendió a velocidad prodigiosa y el barco empezó a escorar. Empujamos a todo el mundo a cubierta, les hicimos poner los chalecos salvavidas y comenzamos a arriar los botes. Nunca olvidaré el escándalo que reinaba. Nadie se puso histérico, pero todos gritaban.
"Comencé a recorrer, entre el humo, el puente B., abriendo las puertas de los camarotes para recoger a los rezagados. Con una mano agarraba a una mujer y, a mi espalda, un camarero de Goa arrastraba a dos más. Abrí la puerta de la cabina cincuenta y seis. Allí estaba la muchacha de oro, aferrada a su marido. Sus grandes ojos parecían enormes lagos grises en los que se reflejaba un asombrado terror. Los dos estaban lidiando desmañadamente con el chaleco salvavidas de ella. El del hombre se encontraba en la litera baja. Le grité, furiosamente, que se diera prisa en ponerle a su mujer el chaleco. Luego, tan pronto como concluyó, aferré a la muchacha con mi mano libre. La chica, dando traspiés, me siguió por las escalerillas. Su paso era tan lento y dificultoso como el de una anciana. Incluso tuve tiempo de sangrar un poco interiormente ante la sola idea de que estaba maltratándola. Pero, ¡caramba!, teníamos prisa. Bajo nuestros pies, el Áurea se inclinaba cada vez más, hundiéndose en el tranquilo océano. El barco no iba a durar mucho.
"Bueno, pese al pandemonio que reinaba en cubierta, conseguí llevar a la pareja hasta su lancha. Para entonces, cerca de nuestro buque había ya un petrolero que lanzaba sus botes para acudir al rescate. Sobre las oscuras aguas brillaban las luces de los faros de búsqueda. En aquel momento el puente comenzó a ladearse, tomando una posición casi vertical que nos lanzó hacia la barandilla. Las mujeres gritaron, colgándose de lo primero que les vino a mano. Pensé que todo había acabado; pero el Áurea volvió a enderezarse en parte. Sin embargo, el bote se escurrió, deslizándose hacia popa, donde quedó trabado. Comprendí que ya no podríamos utilizarlo. Algunos de los otros estaban ya en el agua, a cierta distancia, seguros y esperando la oportunidad de ayudarnos en lo que pudieran cuando zozobrásemos. En la oscuridad, más barcos se acercaban al petrolero, dispuestos también a colaborar. Uno se había aproximado más que los restantes, y desde él nos llamaban. Les respondí a gritos, y el vapor se acercó aún más. Aferré por el brazo a la muchacha de oro. Tenía en mi mano dos vidas... ya saben lo que es eso.
"El marido de la chica, hecho una furia, lanzó un alarido y agarró con todas sus fuerzas a su mujer, gritando algo que, a causa del barullo general, no comprendí. No había tiempo de convencer a nadie de nada, así que, para apartarle, le puse la mano contra la barbilla y le di un fuerte empujón. A la fuerza, soltó a su esposa. Luego tomé en brazos a la chica, la alcé sobre la baranda y, con mucho cuidado y delicadeza, la dejé caer en el sitio donde estaría más segura: el mar, a pocos metros de los botes que habían sido arriados del barco que se encontraba más próximo. El oficial a quien yo había saludado se inclinaba ya para recoger a la muchacha.
"Entonces ocurrieron dos cosas con las que aún sueño a veces, cuando me encuentro indispuesto. Su esposo lanzó un grito digno de un alma en pena, un sonido que nunca olvidaré, y, aullando, fue hasta la baranda y saltó sobre ella. Y la muchacha, la chica de oro... ¡Dios mío...! Al caer al agua se hundió como una piedra.
"Su rostro estuvo un segundo vuelto hacia arriba, demudado, mirándome con aquellos ojos perdidos y aterrados hasta que las aguas se cerraron sobre él. La muchacha se hundió y no volvió a reaparecer.
"Me costó un minuto entero darme cuenta de lo que había ocurrido. Pueden imaginárselo. Luego me tiré al agua y me sumergí en busca de la mujer, bajando, bajando cada vez más; una y otra vez, hasta que, a la fuerza, me izaron a un bote. No pude encontrada. No obstante hubo un momento en que me pareció veda, hundiéndose mucho más abajo de donde me hallaba. Creo recordada con los cabellos erizados, de ojos llenos de horror... Su boca daba la impresión de emitir un silencioso alarido. ¿Cuál era su nombre? Sería agradable pensar que sólo imaginé todo aquello. Y, mejor aún, olvidado. El caso es que no logro hacer ninguna de las dos cosas.
"Para aquellos instantes, del marido tampoco quedaba nada, excepto el chaleco salvavidas, que flotaba mansamente en el lugar donde se lo había arrancado para bucear en busca de la joven. Si el vórtice que produjo el Áurea al hundirse no hubiera revuelto el fondo y hecho subir a la superficie cuanto había hundido, nunca hubiéramos encontrado a ninguno de los dos. El petrolero aún tenía unos cuantos botes en el agua. Uno de ellos recogió el cuerpo de la chica, aprovechando su momentánea. salida a la superficie. Al hombre nunca lo hallamos.
"Fue el encontrarla a ella y lo que llevaba sobre el cuerpo, lo que hizo intervenir en el asunto a la Interpol.
"La muchacha no estaba casada con el hombre, desde luego. Era una modelo profesional y actriz de pequeños papeles que el tipo había recogido en algún club nocturno. Tampoco estaba embarazada. Lo único que, a mi en¬tender, no era falso, era la solícita actitud del hombre hacia su compañera. Nunca la había empleado antes. Todos los cargamentos anteriores los había pasado por aire, mediante otros portadores. El último debía haber sido un trabajo fácil, un crucero de placer con una her¬mosa recompensa al final. Se trataba de un negocio muy provechoso. Creo que no pensaban repetirlo.
"Una vez acabado el primer simulacro de naufragio, el material que ella había subido a bordo metido en una bolsa oculta por su ancho traje de embarazada, pasó a quedar escondido en el chaleco salvavidas de la muchacha. ¿Un lugar absurdo? Bien, les diré una cosa: nadie cree nunca que va a necesitar imperiosamente ese maldito chaleco. Nadie. Así que, a fin de cuentas, no era un lugar tan estúpido. De esa forma, la chica podía disfrutar de comodidad hasta volver a recoger su carga, al llegar a Bombay. Una vez allí la transportaría tiernamente a tierra por entre los empleados de la aduana. La pareja dejó para la última noche el trabajo de trasladar el "paquete" a su escondite original, y el incendio les pescó desprevenidos.
"Desde luego, el hombre podía haberse quedado con el chaleco pesado y dar el suyo a la muchacha. Quizá lo hubiera hecho, de no haber intervenido yo. O puede que no. Después de todo, la chica no era más que una profesional que realizaba un trabajo para él. Una vez en el bote, se hubiera encontrado segura. Y, siguiera lo que siguiese, era ella, con su pasmosa belleza y su desarmante estado, la que hubiera recibido el mejor trato y la que hubiese tenido más posibilidades de volver a esconder la carga y de meterla en la India sin apenas arriesgarse.
"Aún me pregunto cuál fue la verdadera causa que hizo que aquel hombre se arrojara al agua, si la muchacha, o los quince kilos de oro que había en el interior del chaleco salvavidas.

Los Brown no tienen baño - Margot Bennet

Antes de que el agente de bienes raíces tuviera tiempo de parpadear, se encontró con que había alquilado la casa a la señora Brown. Esta la aceptó, sin verla, y firmó un contrato de arrendamiento por diez años. Mientras regresaba al cuarto sótano en el que ella y su marido vivían en aquellos momentos, la mujer depositó una libra en el sombrero de un artista que pintaba en la acera. Para la señora Brown, aquella libra marcaba el final de un año de esfuerzos por ocultar su furiosa desesperación tras una fachada de despreocupada y casi aristocrática serenidad. Ahora, al fin, había encontrado un hogar.
Al abrir la puerta delantera de su nueva casa, la mujer se sintió como Robinson Crusoe echando el primer vistazo a los que iban a ser sus dominios. El sol habría dado de lleno sobre el feo mosaico del vestíbulo de no ser por los turbios y policromos cristales de la galería. El suelo de ésta era de ladrillos, lo cual permitía que en ella se pudieran poner macetas.
-Una preciosa casita –dijo Charles, con leve tono dubitativo.
El cerebro de la señora Brown trabajaba afanosamente.
-Si compramos una alfombra de segunda mano, desde luego, podremos cubrir esas baldosas.
-¿Y cómo taparemos la vía del tren que pasa bajo la ventana del dormitorio? - preguntó Charles.
La mujer abrió una puerta de color amarillo y atisbó escaleras abajo.
-¡Charles! - dijo, excitada -. ¡Aquí hay un baño! Ambos examinaron el cuarto.
-No es muy práctico - admitió ella.
-No -dijo Charles-. Pero supongo que uno puede zambullirse desde el primer escalón de arriba y, al salir, secarse en el recibidor.
Greta corrió al piso de arriba.
-¡Mira! -llamó -. Aquí hay una habitación que, en realidad, no vale para nada. ¿No crees que podríamos trasladar el baño a este piso?
-No conseguiríamos que nadie nos lo hiciera hasta, por lo menos, dentro de seis meses.
-¡Qué tontería! Podemos hacerla nosotros mismos. Cortamos el agua, trasladamos el baño, telefoneamos a la compañía de agua y a la del gas y decimos que nuestro baño no está conectado. Entonces tendremos prioridad. Podemos hacer el trabajo con cuerdas.
-Empiezo a comprender el motivo de que esta casa estuviese por alquilar - refunfuñó Charles.
Greta dijo que había pensado explicarle el motivo de aquello. La casa perteneció a un hombre llamado Smith, cuya esposa le había dejado por otro. Al menos, eso decían los vecinos. Fuera como fuese, el caso es que la mujer había desaparecido y, siempre según decían los vecinos, su esposo quedó tan acongojado que no pudo soportar el vivir allí por más tiempo.
-Me sorprende que lo soportase alguna vez. ¿No te parece que esta casa tiene un olor muy raro?
-Probablemente, sólo son las ratas - dijo ella, con un chispazo de su viejo humor -. Mañana empezaré a fregar los suelos. Tenemos que comprar pintura para esas horribles paredes. Debes ponerte en contacto con los de los almacenes, y con los de la luz, el agua y la electricidad. También está lo de la oficina de suministros, y hemos de encontrar algún carbonero que nos acepte en su lista. ¿Crees que encontraremos a alguien que nos arregle esa ventana rota? Procura comer bien durante el día. Por las noches, sólo tendremos pan y margarina. Y no te olvides de comprar veneno para ratas. .
Durante los treinta días que siguieron, fue como si sus vidas hubieran sido guiadas por un loco. Dedicaban una parte del día a patéticas llamadas a los funcionarios de las compañías de gas, electricidad, teléfonos, suministros y combustibles; la otra parte la invertían en tratar de adquirir cosas que no había en existencia. Por las noches, fregaban los suelos, pintaban las paredes y comían pan con margarina. Todos sus amigos les decían que eran muy afortunados, y les preguntaban si podían arrendarles alguna habitación.
El desagradable olor que habían alquilado con la casa no disminuyó. Charles dijo que la señora Smith no había huido en busca de una aventura amorosa, sino para escapar de aquella pestilencia.
El señor Brown también descubrió que era imposible abrir los grifos del baño sin quitarse los zapatos y meterse dentro de la bañera. Y, cuando lo hubo hecho, se encontró con que el agua había sido desconectada. Estuvo de acuerdo con su mujer en que debían trasladar el baño al primer piso.
Tardaron cuatro horas en subir la bañera escaleras arriba; parte de ese tiempo lo invirtieron en darse consejos contrapuestos en cada recodo. De todas maneras, el trabajo fue lo bastante fatigoso como para hacer creer a Charles que su corazón se había resentido. Se sentó, tembloroso, en el borde de la bañera, mientras Greta iba a preparar té.
La mujer volvió al piso de arriba con las manos vacías, y permaneció callada tanto tiempo que su marido comenzó a sentirse nervioso.
-Creo que deberías echar un vistazo al cuarto de baño - dijo Greta, con un hilo de voz. Y aclaró -: No a éste, sino al de abajo.
Las latentes sospechas de Charles asomaron a la superficie mientras miraba a su mujer. Esta hizo un ademán de asentimiento:
-Ahora que hemos quitado la bañera, me he dado cuenta de que las baldosas que había debajo están sueltas. He levantado una... Lo mejor será que vayas a verlo.
Charles se dirigió a la planta baja. Su mujer le condujo hasta el sitio donde había estado la bañera. Efectivamente: las baldosas, en aquel lugar, habían sido levantadas y vueltas a poner. Se trataba de un trabajo bastante chapucero.
-Ese es el motivo de que los grifos estuvieran desconectados - dijo Greta, detrás de su marido -. La bañera había sido ya levantada con anterioridad y vuelta a colocar. Mira debajo de esa baldosa.
Charles lo hizo. Al enderezarse, su cara tenía un leve matiz verdoso. Acompañó de nuevo a su mujer al piso de arriba. Durante varios minutos, ninguno de los dos habló. Pensaban en agentes de bienes raíces, tiendas de muebles, empleados del gas y la electricidad, oficinas de suministros y combustibles, carpinteros, albañiles, botes de pintura, cantidades de pan y margarina. Recordaban la vida tranquila que habían llevado, sin perjudicar nunca a nadie. Meditaban sobre lo imposible que resultaría, tal como estaban las cosas, encontrar otra cosa en Londres.
Charles permanecía rígido y silencioso. Deseaba que no se le pidiese nunca que se levantara, que hablase, que hiciera algo. Por desagradable que fuera este momento, ansiaba que durase toda la vida, que no fuera seguido por ninguna clase de futuro.
-¿Crees que las tiendas estarán cerradas? - preguntó Greta -. Podríamos conseguir cemento. O algún material aislante que sea compacto. Creo que los trabajos como ése deben hacerse de forma adecuada. - Se alisó los cabellos y susurró -: Prepararé té mientras tú vas por el cemento.
Aquella noche, cuando acabaron con el resto del trabajo, volvieron a trasladar la bañera a la planta baja.
A los vecinos les intrigó el ruido, pero nunca se enteraron de la causa que lo había producido. Eso fue una suerte, ya que si a los oídos del señor Smith hubiera llegado algún rumor, se hubiera sentido enormemente inquieto.
La señora Smith, no. Ella estaba más allá de toda inquietud.

El Origen - Sivela Tanit

Sólo y con frío, el engendro chilló y sus gritos movieron la materia, se crearon mundos, se disgregó lo oscuro de lo luminoso, hubo tiempo y orden, aparecieron seres… Cansado y hambriento, el engendro murió al dar su séptimo grito.

Barba Azul - Charles Perrault

Érase una vez un hombre que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles forrados en finísimo brocado y carrozas todas doradas. Pero desgraciadamente, este hombre tenía la barba azul; esto le daba un aspecto tan feo y terrible que todas las mujeres y las jóvenes le arrancaban.
Una vecina suya, dama distinguida, tenía dos hijas hermosísimas. Él le pidió la mano de una de ellas, dejando a su elección cuál querría darle. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban una a la otra, pues no podían resignarse a tener un marido con la barba azul. Pero lo que más les disgustaba era que ya se había casado varias veces y nadie sabia qué había pasado con esas mujeres.
Barba Azul, para conocerlas, las llevó con su madre y tres o cuatro de sus mejores amigas, y algunos jóvenes de la comarca, a una de sus casas de campo, donde permanecieron ocho días completos. El tiempo se les iba en paseos, cacerías, pesca, bailes, festines, meriendas y cenas; nadie dormía y se pasaban la noche entre bromas y diversiones. En fin, todo marchó tan bien que la menor de las jóvenes empezó a encontrar que el dueño de casa ya no tenía la barba tan azul y que era un hombre muy correcto.
Tan pronto hubieron llegado a la ciudad, quedó arreglada la boda. Al cabo de un mes, Barba Azul le dijo a su mujer que tenía que viajar a provincia por seis semanas a lo menos debido a un negocio importante; le pidió que se divirtiera en su ausencia, que hiciera venir a sus buenas amigas, que las llevara al campo si lo deseaban, que se diera gusto.
—He aquí, le dijo, las llaves de los dos guardamuebles, éstas son las de la vajilla de oro y plata que no se ocupa todos los días, aquí están las de los estuches donde guardo mis pedrerías, y ésta es la llave maestra de todos los aposentos. En cuanto a esta llavecita, es la del gabinete al fondo de la galería de mi departamento: abrid todo, id a todos lados, pero os prohibo entrar a este pequeño gabinete, y os lo prohibo de tal manera que si llegáis a abrirlo, todo lo podéis esperar de mi cólera.
Ella prometió cumplir exactamente con lo que se le acababa de ordenar; y él, luego de abrazarla, sube a su carruaje y emprende su viaje.
Las vecinas y las buenas amigas no se hicieron de rogar para ir donde la recién casada, tan impacientes estaban por ver todas las riquezas de su casa, no habiéndose atrevido a venir mientras el marido estaba presente a causa de su barba azul que les daba miedo.
De inmediato se ponen a recorrer las habitaciones, los gabinetes, los armarios de trajes, a cual de todos los vestidos más hermosos y más ricos. Subieron en seguida a los guardamuebles, donde no se cansaban de admirar la cantidad y magnificencia de las tapicerías, de las camas, de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de los espejos donde uno se miraba de la cabeza a los pies, y cuyos marcos, unos de cristal, los otros de plata o de plata recamada en oro, eran los más hermosos y magníficos que jamás se vieran. No cesaban de alabar y envidiar la felicidad de su amiga quien, sin embargo, no se divertía nada al ver tantas riquezas debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir el gabinete del departamento de su marido.
Tan apremiante fue su curiosidad que, sin considerar que dejarlas solas era una falta de cortesía, bajó por una angosta escalera secreta y tan precipitadamente, que estuvo a punto de romperse los huesos dos o tres veces. Al llegar a la puerta del gabinete, se detuvo durante un rato, pensando en la prohibición que le había hecho su marido, y temiendo que esta desobediencia pudiera acarrearle alguna desgracia. Pero la tentación era tan grande que no pudo superarla: tomó, pues, la llavecita y temblando abrió la puerta del gabinete.
Al principio no vio nada porque las ventanas estaban cerradas; al cabo de un momento, empezó a ver que el piso se hallaba todo cubierto de sangre coagulada, y que en esta sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas y atadas a las murallas (eran todas las mujeres que habían sido las esposas de Barba Azul y que él había degollado una tras otra).
Creyó que se iba a morir de miedo, y la llave del gabinete que había sacado de la cerradura se le cayó de la mano. Después de reponerse un poco, recogió la llave, volvió a salir y cerró la puerta; subió a su habitación para recuperar un poco la calma; pero no lo lograba, tan conmovida estaba.
Habiendo observado que la llave del gabinete estaba manchada de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por mucho que la lavara y aún la restregara con arenilla, la sangre siempre estaba allí, porque la llave era mágica, y no había forma de limpiarla del todo: si se le sacaba la mancha de un lado, aparecía en el otro.
Barba Azul regresó de su viaje esa misma tarde diciendo que en el camino había recibido cartas informándole que el asunto motivo del viaje acababa de finiquitarse a su favor. Su esposa hizo todo lo que pudo para demostrarle que estaba encantada con su pronto regreso.
Al día siguiente, él le pidió que le devolviera las llaves y ella se las dio, pero con una mano tan temblorosa que él adivinó sin esfuerzo todo lo que había pasado.
—¿Y por qué, le dijo, la llave del gabinete no está con las demás?
—Tengo que haberla dejado, contestó ella allá arriba sobre mi mesa.
—No dejéis de dármela muy pronto, dijo Barba Azul.
Después de aplazar la entrega varias veces, no hubo más remedio que traer la llave.
Habiéndola examinado, Barba Azul dijo a su mujer:
—¿Por qué hay sangre en esta llave?
—No lo sé, respondió la pobre mujer, pálida corno una muerta.
—No lo sabéis, repuso Barba Azul, pero yo sé muy bien. ¡Habéis tratado de entrar al gabinete! Pues bien, señora, entraréis y ocuparéis vuestro lugar junto a las damas que allí habéis visto.
Ella se echó a los pies de su marido, llorando y pidiéndole perdón, con todas las demostraciones de un verdadero arrepentimiento por no haber sido obediente. Habría enternecido a una roca, hermosa y afligida como estaba; pero Barba Azul tenía el corazón más duro que una roca.
—Hay que morir, señora, le dijo, y de inmediato.
—Puesto que voy a morir, respondió ella mirándolo con los ojos bañados de lágrimas, dadme un poco de tiempo para rezarle a Dios.
—Os doy medio cuarto de hora, replicó Barba Azul, y ni un momento más.
Cuando estuvo sola llamó a su hermana y le dijo:
—Ana, (pues así se llamaba), hermana mía, te lo ruego, sube a lo alto de la torre, para ver si vienen mis hermanos, prometieron venir hoy a verme, y si los ves, hazles señas para que se den prisa.
La hermana Ana subió a lo alto de la torre, y la pobre afligida le gritaba de tanto en tanto;
—Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
Mientras tanto Barba Azul, con un enorme cuchillo en la mano, le gritaba con toda sus fuerzas a su mujer:
—Baja pronto o subiré hasta allá.
—Esperad un momento más, por favor, respondía su mujer; y a continuación exclamaba en voz baja: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Y la hermana Ana respondía:
—No veo más que el sol que resplandece y la hierba que reverdece.
—Baja ya, gritaba Barba Azul, o yo subiré.
—Voy en seguida, le respondía su mujer; y luego suplicaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
—Veo, respondió la hermana Ana, una gran polvareda que viene de este lado.
—¿Son mis hermanos?
—¡Ay, hermana, no! es un rebaño de ovejas.
—¿No piensas bajar? gritaba Barba Azul.
—En un momento más, respondía su mujer; y en seguida clamaba: Ana, hermana mía, ¿no ves venir a nadie?
Veo, respondió ella, a dos jinetes que vienen hacia acá, pero están muy lejos todavía... ¡Alabado sea Dios! exclamó un instante después, son mis hermanos; les estoy haciendo señas tanto como puedo para que se den prisa.
Barba Azul se puso a gritar tan fuerte que toda la casa temblaba. La pobre mujer bajó y se arrojó a sus pies, deshecha en lágrimas y enloquecida.
—Es inútil, dijo Barba Azul, hay que morir.
Luego, agarrándola del pelo con una mano, y levantando la otra con el cuchillo se dispuso a cortarle la cabeza. La infeliz mujer, volviéndose hacia él y mirándolo con ojos desfallecidos, le rogó que le concediera un momento para recogerse.
—No, no, dijo él, encomiéndate a Dios; y alzando su brazo...
En ese mismo instante golpearon tan fuerte a la puerta que Barba Azul se detuvo bruscamente; al abrirse la puerta entraron dos jinetes que, espada en mano, corrieron derecho hacia Barba Azul.
Este reconoció a los hermanos de su mujer, uno dragón y el otro mosquetero, de modo que huyó para guarecerse; pero los dos hermanos lo persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes que pudiera alcanzar a salir. Le atravesaron el cuerpo con sus espadas y lo dejaron muerto. La pobre mujer estaba casi tan muerta como su marido, y no tenía fuerzas para levantarse y abrazar a sus hermanos.
Ocurrió que Barba Azul no tenía herederos, de modo que su esposa pasó a ser dueña de todos sus bienes. Empleó una parte en casar a su hermana Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía mucho tiempo; otra parte en comprar cargos de Capitán a sus dos hermanos; y el resto a casarse ella misma con un hombre muy correcto que la hizo olvidar los malos ratos pasados con Barba Azul.