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Almas cándidas - Horacio Quiroga

 

Un matrimonio joven que vivía en el campo tuvo un perro inteli­gente, grande y bueno. Se llamaba León. Vigilaba la chacra próspera, arreaba los bueyes, era su grande amigo. Mucho le querían; y si a un pe­rro así no se quiere, ¿a quién se va a tener cariño en este mundo? 

Cuan­do se enfermó, se miraron sin saber qué hacer. Dormía todo el día, se res­tregaba horas enteras contra el marco de las puertas. Una mañana Emi­lio le llamó y no pudo levantarse. Hizo un esfuerzo, alzó la cabeza a to­dos lados, desorientada, y la dejó caer gimiendo. Lo llevaron en seguida a la cocina.

Aunque viéndole envejecer y acercarse a una muerte injusta para el noble amigo, estuvieron todo el día preocupados. Cuando de noche fueron a verle, estaba peor. Se acostaron callados, uno al lado del otro; no tenían ciertamente ganas de hablar. Después de largo rato de silencio ella le pre­guntó:

-¿Es difícil curar a los perros, no?

-Difícil.

Todos los fieles recuerdos de León, a la muerte, surgieron entonces, uno tras otro.

A la mañana siguiente León no conocía más. Se estremecía sin cesar, y no pudieron abrirle la boca. En cuclillas a su lado, le miraban sin apartar la vista, esperando verle morir de un momento a otro.

De tarde murió. Esa noche comieron apenas.

-¿Murió a las dos?

-Sí, a las dos y media.

Cuando se pierde un animal así, bueno como pocos, justo es que no se piense sino en él. Mas en lo hondo sentíanse disgustados de sí mismos por haber sido injustos con León. ¿Para qué quererle así si al otro día habrían de tirarle en el monte, como a una cosa que no se quie­re más?

 De codos sobre la mesa jugaban distraídamente con el cuchillo. Dos o tres veces ella quiso hablar y se detuvo. Al fin dijo:

-Hay personas que entierran a los perros. Eso es ridículo, yo creo. Al cabo de un rato dijo de nuevo:

-A los perros no se los debe enterrar. Son buenos, sí, uno los quiere, pero no enterrarlos.

Los dos pensaban en la injusticia con su pobre León, abandonado así porque estaba muerto. ¿Qué gratitud hay entonces en uno? ¡Pobre León!

Ninguno se atrevía. Pero al fin sus miradas se encontraron y ella le miró con ojos suplicantes:

-Emilio: ¿vamos a enterrarlo?

Se levantaron y llevaron a su perro muerto en los brazos. El cavó mientras ella le alumbraba. Colocáronle de costado, apisonaron cuidadosa­mente la tierra, y se volvieron en silencio, con los ojos llenos de lágrimas.

Historia de Sencillo - Isidoro Blaisten

    Tiempo ha, cuando los hombres hablaban en latín, existía en el reino de Ovillar un sastre viudo que tenía tres hijos: Tofillo, Jafetillo y Sencillo.
    Los tres se dedicaban a hilvanar recuerdos.

    Venía un poderoso y les decía:

    - Quiero que me hilvanen estos recuerdos para mañana. 

    Jafetillo y Tofillo se ponían uno de cada lado, tomaban el hilo del tiempo y lo estiraban cuan largo era, mientras Sencillo iba colgando los recuerdos.

    Un día, el sastre viudo murió. Distraído, se había clavado la aguja en la vena cava.

    No tuvo tiempo de nombrar al primogénito.    

    La lucha entre los hermanos no tardó en desencadenarse.

    Jafetillo quería ahorcar a Sencillo, apretándole el cordel del tiempo alrededor de la garganta como lo hacen los tugs. 

    Tofillo trataba a toda costa de agarrarlo distraído para echarle un recuerdo venenoso en el café con leche.

    Jafetillo y Tofillo no daban pie con bola. Sencillo, siempre en otra cosa, nunca estaba cuando ellos tenían que matarlo.

La bola dorada de la oportunidad - Agatha Christie

Jorge Dundas se detuvo en plena ciudad de Londres con aire pensativo. A su alrededor, obreros y empleados iban y venían en aquella marea envolvente, pero Jorge, exquisitamente vestido, con los pantalones bien planchados, no les prestaba atención. Estaba muy ocupado pensando lo que debía hacer a continuación.

iAlgo había ocurrido! Entre Jorge y su tío rico (Efrain Leadbetter, de la firma Leadbetter y Gilling) se habían cruzado unas «palabritas» como se dice vulgarmente. Para hablar con exactitud, las palabras habían sido pronunciadas casi únicamente por el señor Leadbetter. Habían brotado de sus labios como un torrente de amarga indignación, y el hecho de que fueran una repetición constante no parecía haberle preocupado. Decir algo bonito una vez y no repetirlo, era algo imposible para él.

El tema fue bien sencillo... la tontería y la perversidad de un joven, que tiene que abrirse camino, y que se toma un día de asueto en plena semana, sin permiso de nadie. Cuando el señor Leadbetter hubo dicho todo lo que se le ocurría, repitiéndolo varias veces, se detuvo para tomar aliento y preguntó a Jorge qué significaba aquello.

Jorge respondió sencillamente que lo que él quería era un día libre. En resumen, un día de fiesta.

¿Y para qué estaban el sábado por la tarde y el domingo?, quiso saber el señor Leadbetter. Para no mencionar la Pascua de Pentecostés, que acababa de pasar, y la próxima fiesta del patrón de los Bancos.

Jorge replicó que no le importaban las tardes de los sábados, los domingos, ni las fiestas patronas. Tenía necesidad de un día cualquiera en el que le fuera posible encontrar un sitio donde no se hubiera reunido ya medio Londres.

Entonces el señor Leadbetter dijo que había hecho cuanto estaba en su mano por el hijo de su difunta hermana... y que nadie podría decir que no le había dado una oportunidad, pero evidentemente fue inútil, y en el futuro Jorge podría gozar de los cinco días laborables de la semana, además del sábado y del domingo, para hacer lo que le viniera en gana.

—Te arrojaron a las manos la bola dorada de la oportunidad, hijo mío —dijo Leadbetter como último y poético toque final de su discurso—. Y no has sabido cogerla.

Jorge dijo que a él le parecía que era eso lo que había hecho, y el señor Leadbetter, trocando la poesía en ira, le ordenó que se marchara.

De ahí... las meditaciones de Jorge. ¿Se volvería atrás su tío? ¿Sentía por Jorge algún afecto secreto, o sólo un patente disgusto?

Y fue en aquel preciso momento que una voz... una voz inesperada... dijo:

—¡Hola!

Un coche de turismo de línea aerodinámica se había detenido junto a la acera, y sentada ante el volante estaba la chica más bonita y popular de la alta sociedad, Mary Montresor (la descripción es la misma que aparecía bajo su retrato en la revistas ilustradas por lo menos cuatro veces al mes).

Mary sonreía a Jorge con simpatía.

—Nunca pensé que un hombre pudiera parecerse tanto a una isla —dijo Mary Montresor—. ¿Quieres subir?

—Con el alma y la vida —replicó Jorge sin la menor vacilación, y así lo hizo, sentándose junto a ella.

Avanzaron lentamente porque las leyes del tráfico no permitían otra cosa.

—Estoy harta de la ciudad —dijo Mary Montresor—. Vine a ver qué tal era, pero me vuelvo a Londres.

Sin corregir su geografía, Jorge le dijo que era una idea magnífica. Siguieron adelante, unas veces despacio, otras con ciegos arranques veloces cuando Mary veía la oportunidad de pasar a otros vehículos. A Jorge le pareció que en esto era un tanto optimista, pero consolóse pensando que sólo se muere una vez. Sin embargo, consideró conveniente no darle conversación, prefiriendo que su rubia acompañante se entregara totalmente a la tarea que tenía entre manos.

Fue ella quien reanudó la charla, mientras corrían velozmente por un recodo de Hyde Park.

—¿Te gustaría casarte conmigo? —le preguntó ella como por casualidad.

Jorge contuvo el aliento, pero debió ser debido a la proximidad de un enorme autobús que parecía ansioso de destrucción, y se enorgulleció de su rápida respuesta.

—Me encantaría —replicó con facilidad.

—Bueno —dijo Mary Montresor vagamente—. Tal vez puedas hacerlo algún día.

Volvieron a tomar la carretera recta sin accidentes, y en aquel momento Jorge advirtió unos grandes cartelones de noticias colocados en la estación del «metro» de Hyde Park Corner. Entre «grave situación política» y «llegada del trasatlántico "Coronel" se leía «Joven de la alta sociedad se casa con un duque» y en otro «el duque de Edgehill y la señorita Montresor».

—¿Qué es eso del duque de Edgehill? —preguntó Jorge con severidad.

—¿Bingo y yo? Estamos prometidos.

—Pero entonces... lo que acabas de decir...

—Oh, eso —dijo Mary Montresor—. Comprende, todavía no he decidido del todo con quién voy a casarme.

—¿Entonces por qué te has prometido?

—Sólo para demostrar que podía hacerlo. Todos pensaban que me sería muy difícil, y no lo fue nada.

—Has sido muy afortunada logrando conquistar a ese... es... Bingo —dijo Jorge mencionando con violencia a un duque auténtico por su nombre de pila.

—Nada de eso —replicó Mary Montresor—. El afortunado ha sido él, si es que hay algo que pueda hacerle bien... cosa que dudo.

Jorge hizo otro descubrimiento... de nuevo con la ayuda de otro cartel de anuncios.

—Vaya, si hoy hay regatas en Ascot. Debiera haber adivinado que ése era el único sitio donde podrías estar tú.

Mary Montresor suspiró.

—Quería tener un día de libertad —dijo sencillamente.

—Vaya, igual que yo —repuso Jorge encantado—. Y como resultado mi tío me ha despedido para que me muera de hambre.

—En ese caso nos casaremos —decidió Mary—, mis veinte mil libras al año te resultarán sumamente útiles.

—Desde luego nos proporcionarían algunas comodidades para nuestra casa —repuso Jorge.

—Hablando de casas —comentó Mary—. Vamos al campo a ver si encontramos alguna que nos guste.

Resultaba un plan encantador. Pasaron Putney Bridge y, al llegar a Kingston, Mary apretó el acelerador con un suspiro de satisfacción. Llegaron al campo muy de prisa, y media hora más tarde, Mary, exhalando una exclamación, señaló hacia un lado con gesto teatral.

Ante ellos, en la cima de una colina se alzaba una casa de esas que los agentes de ventas describen (rara vez con verdad) de «Un encanto al estilo antiguo». Imaginaos que la descripción de la mayoría de casas de campo se hiciera realidad por una vez, y tendréis una idea.

Mary Montresor detuvo el coche ante una cerca pintada de blanco.

—Dejaremos aquí el coche, e iremos a verla. ¡Es nuestra casa!

—Decididamente lo es —convino Jorge—. Pero de momento parece que viven en ella otras personas.

Mary despreció a las otras personas con un gesto, y subieron juntos por el camino. La casa resultaba aún más atrayente vista de cerca.

—Nos acercaremos para atisbar por las ventanas —dijo Mary.

Jorge se resistía.

—¿Tú crees que esta gente...?

—Yo no pienso en ellos. Es nuestra casa... y sólo viven en ella por casualidad. Y si alguien nos sorprendiera, diré... diré que yo creía que era la casa de la señora... Pardonstenger y que siento haberme equivocado.

—Bueno, no está mal —dijo Jorge pensativo. Miraron por las ventanas. La casa estaba exquisitamente amueblada, y acababan de llegar al salón cuando oyeron pasos en la grava del jardín y al volverse se hallaron frente a un mayordomo impecable.

—¡Oh! —dijo Mary, y con su más encantadora sonrisa agregó—: ¿Está en casa la señora Pardonstenger? estaba mirando si estaba en el salón.

—La señora Pardonstenger está en casa, señora —replicó el mayordomo—. Tenga la bondad de pasar... por aquí, por favor.

Hicieron lo único que podían hacer: seguirle. Jorge iba calculando el número de probabilidades que había para que hubiesen acertado, y siendo el nombre Pardonstenger llegó a la conclusión de que era una entre veinte mil. Su compañera le susurró:

—Déjalo en mis manos. Todo irá bien.

A Jorge le vino de perilla, pues según él aquella situación requería delicadeza femenina.

Les hicieron pasar al salón, y en cuanto se hubo retirado el mayordomo, volvió a abrirse la puerta dando paso a una señora alta y de cabellos oxigenados que les contempló con aire expectante.

Mary Montresor dio un paso hacia ella, y luego se detuvo con bien simulada sorpresa.

—¡Vaya! —exclamó—. ¡Si no es Amy! ¡Qué cosa más extraordinaria!

—Lo es —dijo una voz siniestra.

Había entrado un hombre corpulento de rostro de bulldog y ceño amenazador, situándose detrás de la señora Pardonstenger. Jorge, pensó que nunca había visto un tipo más desagradable. El hombre cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.

—Sí, una cosa extraordinaria —repitió con su voz áspera—. Pero creo haber comprendido su juego. —Y de pronto sacó un revólver enorme—. ¡Manos arriba! He dicho manos arriba. Cachéalos, Bella.

Jorge, al leer novelas policíacas, se había preguntado muchas veces qué significaba eso de «cachear». Ahora lo supo. Bella (alias señora Pardonstenger) comprobó que ni él ni Mary llevaban armas escondidas en ninguna de sus ropas.

—Pensaron que eran muy listos, ¿verdad? —gruñó el hombre—. Viniendo aquí de esta manera y haciéndose los inocentes. Esta vez se han equivocado... del todo. En realidad, dudo mucho que sus amigos y parientes vuelvan a verles jamás. Ah, sí, ¡eh! —dijo al ver que Jorge hacía un movimiento de rebeldía—. Nada de trucos. Dispararé en cuanto vuelva a moverse.

—Ten cuidado, Jorge —suplicó Mary.

—Tendré cuidado —repuso Jorge con sentimiento—. Mucho cuidado.

—Y ahora en marcha —dijo el hombre—. Abre la puerta, Bella. Y ustedes dos conserven las manos encima de la cabeza. La señora primero... así está bien. Yo iré detrás de los dos. Crucen el recibidor. Ahora arriba...

Obedecieron. ¿Qué otra cosa podían hacer? Mary empezó a subir la escalera con las manos en alto seguida de Jorge, y detrás de ellos el gigantesco rufián, revólver en mano.

Al llegar a lo alto de la escalera, Mary dobló la esquina, y en el mismo instante, sin el menor aviso, Jorge propinó un fiero puntapié hacia atrás alcanzando al hombre de pleno, y haciéndole caer de espaldas por la escalera. Al segundo siguiente Jorge había saltado sobre él, apoyando las rodillas sobre su pecho, y con la mano derecha cogió el revólver que el otro había soltado durante la caída.

Bella, lanzando un grito, se retiró por una puerta, y Mary bajó corriendo la escalera, pálida como la cera.

—Jorge, ¿le has matado?

El hombre estaba tendido completamente inmóvil, y Jorge se inclinó sobre él.

—No creo que le haya matado —dijo con pesar—. Pero desde luego está fuera de cuenta.

—Gracias a Dios —Mary respiraba muy de prisa.

—Un golpe limpio —dijo Jorge admirado de sí mismo—. Vaya una lección para esta mula. ¿Eh, qué quieres?

Mary tiraba de él con fuerza.

—Vámonos —exclamó con fervor—. Vámonos de prisa.

—¿Y si buscáramos algo con que atar a este individuo? —dijo Jorge dispuesto a seguir sus propios planes—. ¿Podrías encontrar algún pedazo de cuerda por ahí?

—No, no podría —replicó Mary—. Y vámonos... por favor, por favor... estoy tan asustada...

—No necesitas asustarte estando yo aquí —replicó Jorge con vil arrogancia.

—Jorge querido, por favor... hazlo por mí. No quiero verme mezclada en esto. Vámonos, por favor, te lo suplico de veras.

La exquisita ternura con que pronunció las palabras «hazlo por mí» ablandó la determinación de Jorge, que se dejó arrastrar donde les esperaba el auto. Mary dijo con desmayo:

—Conduce tú. Yo no puedo.

Y Jorge tomó posesión del volante.

—Pero hemos de ver cómo acaba esto —le dijo—. Dios sabe lo que se trae entre manos ese tunante. No daré parte a la policía si no quieres... pero tengo que averiguarlo. Tengo que seguirles la pista.

—No, Jorge. No quiero que lo hagas.

—¿Se nos presenta una aventura de primera clase como ésta y quieres que me vuelva de espaldas? No, ni lo sueñes.

—No tenía idea de que fueses tan sanguinario —dijo llorosa.

—No soy sanguinario. Yo no fui quien empezó. Ese condenado individuo amenazándonos con ese gigantesco revólver... A propósito..., ¿cómo diantre no se disparó cuando yo le arrojé escalera abajo?

Y deteniendo el coche, la sacó del bolsillo de la portezuela donde lo pusiera al subir. Después de examinarlo lanzó un silbido.

—¡Vaya, que me aspen si lo entiendo! No está cargado. Si lo llego a saber... —Se detuvo abstraído en sus pensamientos—. Mary, todo esto es muy extraño.

—Lo sé. Por eso te suplico que lo dejes.

—Nunca —replicó Jorge con voz firme.

Mary suspiró.

—Ya veo que tendré que contártelo —le dijo—. Y lo peor de todo es que no tengo la menor idea de cómo te sentará.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué has de contarme?

—Verás. —Hizo una pausa—. Yo creo que hoy en día las mujeres debemos ayudarnos mutuamente... cuando queremos, sobre todo, saber algo de los hombres que conocemos.

—¿Y bien? —preguntó Jorge, completamente despistado.

—Y lo más importante para una chica es saber cómo reaccionaría él ante una dificultad... ¿Tiene presencia de ánimo... valor... inteligencia rápida? Esas cosas no pueden saberse... hasta que ya es demasiado tarde. Tal vez no se presente ninguna oportunidad hasta varios años después de casados. Todo lo que sé de mis amigos es si bailan bien y si son capaces de encontrar un taxi en noches lluviosas.

—Las dos cosas son muy útiles —señaló Jorge.

—Sí, pero una quiere saber si el hombre es hombre.

—«Los grandes espacios abiertos donde los hombres son hombres» —recitó Jorge con aire ausente.

—Exacto. Pero en Inglaterra no tenemos esos espacios abiertos. De manera que hay que crear una situación artificial. Y eso es lo que hice.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que quiero decir es que esa casa actualmente es mía. Y vinimos porque yo quise... no por casualidad. Y el hombre... ese hombre a quien por poco matas...

—¿Sí?

—Es Rube Wallace... el actor de cine. Siempre representa papeles de luchador. Es un hombre muy amable y simpático, y le contraté. Bella es su esposa. Por eso me quedé aterrada al ver que podías haberle matado. Naturalmente que el revólver no estaba cargado. Pertenece a la compañía cinematográfica. Oh, Jorge, ¿estás muy enfadado?

—¿Soy el primero con quien... has probado este experimento?

—Oh, no. Lo probé con... deja que piense... con otros nueve y medio.

—¿Quién era el medio? —preguntó Jorge con curiosidad.

—Bingo —replicó en tono frío.

—¿Y a los demás no se les ocurrió el truco de pegar una patada hacia atrás, como hacen las mulas?

—No... a ninguno. Algunos fanfarronearon, y otros se sometieron en seguida, pero todos permitieron que les llevaran arriba, y les ataran y amordazasen. Luego, me las arreglé para soltar mis ligaduras... claro está, como en las novelas... y les liberté. Nos escapamos... descubriendo que la casa estaba vacía.

—¿Y a nadie se le ocurrió el truco de la mula ni nada parecido?

—No.

—En ese caso —dijo Jorge condescendiente—, te perdono.

—Gracias, Jorge —repuso Mary sumisa.

—En resumen: la única cuestión que se nos presenta ahora es: ¿a dónde vamos? —dijo Jorge—. No estoy del todo seguro si hay que ir a Lambeth Palace o al juzgado.

—¿De qué estás hablando?

—De la licencia. Creo que lo indicado es una licencia especial. Tienes demasiada afición a prometerte con un hombre y preguntar a otro si quiere casarse contigo.

—¡Yo no te he pedido que te cases conmigo!

—Sí que me lo pediste. En Hyde Park Corner. No es un sitio que hubiera escogido yo para pedir a nadie en matrimonio, pero cada uno tiene sus ideas respecto a este particular.

—Yo no hice nada de eso. Y sólo pregunté, en broma, si te gustaría casarte conmigo. No tenía intención de que lo tomaras en serio.

—Si consultara un abogado, estoy seguro que diría que eso fue una auténtica proposición. Además, tú sabes perfectamente que quieres casarte conmigo.

—No.

—¿Ni siquiera después de los nueve fracasos y medio? Imagínate la sensación de seguridad que iba a darte ir por la vida al lado de un hombre capaz de sacarte de una situación peligrosa.

Mary parecía ablandarse poco a poco ante este argumento, pero dijo en tono firme:

—No me casaría con ningún hombre a menos que le viera arrodillado ante mí.

Jorge la miró. Era adorable, pero Jorge poseía otras características propias de las mulas, aparte de saber dar coces, y replicó con la misma determinación:

—Arrodillarse ante una mujer es degradante, y no lo haré.

Mary dijo con encantadora presteza:

—¡Qué lástima!

Regresaron a Londres. Jorge estaba muy serio y callado, y Mary tenía el rostro oculto por el ala de su sombrero. Al pasar por Hyde Park Corner, murmuró en tono suave:

—¿No podrías arrodillarte ante mí?

Jorge replicó en tono firme:

—No.

Se sentía un superhombre. Ella le admiraba por su actitud, pero por lo visto también era testaruda. De pronto Jorge se irguió.

—Perdóname —le dijo.

Y apeándose del coche, retrocedió hasta un puesto de fruta que acababan de pasar, regresando tan rápidamente que el policía que se acercaba a ellos para preguntar qué ocurría no tuvo tiempo de llegar.

—«Coma más fruta» — dijo—. Y además es simbólico.

—¿Simbólico?

—Sí. Eva dio una manzana a Adán. Hoy en día Adán se la da a Eva. ¿Comprendes?

—Sí —repuso Mary dudosa.

—¿A dónde te llevo? —preguntó Jorge en tono serio.

—A casa, por favor.

Dirigió el coche hacia la Plaza Grosvenor con rostro impasible. Se apeó, dando la vuelta para ayudarla a bajar. Ella le hizo una última súplica.

—Querido... Jorge... ¿no podrías? ¿Sólo por complacerme?

—Nunca —dijo Jorge.

Y en aquel preciso momento ocurrió. Resbaló, y al tratar de recobrar el equilibrio quedó arrodillado en el barro ante ella. Mary lanzó una exclamación de alegría, palmoteando entusiasmada.

—¡Querido Jorge! Ahora sí que me casaré contigo. Puedes ir inmediatamente a Lambeth Palace y arreglarlo todo con el arzobispo de Canterbury.

—Ha sido sin querer —dijo Jorge con calor—. Fue por culpa de esa... esa... piel de plátano —y le mostró el cuerpo del delito.

—No importa —replicó Mary—. Ha ocurrido. Cuando discutimos y tú me echaste en cara el haberte pedido en matrimonio, tuve que exigirte que antes de casarte conmigo te arrodillaras ante mí. ¡Gracias a esa bendita piel de plátano! ¿Era bendita lo que ibas a decir?

—Algo por el estilo —repuso Jorge.

A las cinco y media de aquella tarde, el señor Leadbetter recibió el aviso de que su sobrino acababa de llegar y deseaba verle.

«Ha venido para humillarse —díjose el señor Leadbetter para sus adentros—. Confieso que estuve un poco duro con el muchacho, pero fue por su propio bien.»

Y dio orden para que hicieran pasar a su sobrino.

Jorge entró con aire decidido.

—Quiero hablar contigo, tío —le dijo—. Esta mañana cometiste una gran injusticia. Me gustaría saber si tú hubieras conseguido a mi edad, en plena calle, repudiado por tus parientes, y en el espacio que media entra las once y cuarto y las cinco y media, una renta de veinte mil libras al año. ¡Pues eso es lo que yo he hecho!

—Tú estás loco, muchacho.

—¡Qué voy a estar loco, sino pletórico de recursos! Voy a casarme con una joven rica y bonita, perteneciente a la alta sociedad. Una que va a dejar a un conde por mí.

—Debía haberte abofeteado en lugar de preferirte.

—Y hubiera hecho bien. Nunca me hubiera atrevido a pedírselo..., pero por fortuna me lo pidió ella. Luego se retractó, pero yo la hice cambiar de opinión. ¿Y sabes tío, cómo lo conseguí? Con el gasto de dos peniques y sabiendo agarrar la bola dorada de la oportunidad.

—¿En qué empleaste esos dos peniques? —preguntó el señor Leadbetter, intrigado.

—En comprar un plátano... en un puesto de fruta. A nadie se le hubiera ocurrido el truco de la piel de plátano. ¿Dónde se sacan las licencias de matrimonio? ¿Es en el juzgado o en Lambeth Palace?

De la sabiduría de los humildes - Rodolfo Modern

Wai Te, un ebanista simple de corazón y muy hábil, fabricaba en madera de oscura caoba un arcón complicado, lleno de herrajes, molduras y divisiones, destinado a guardar las ricas túnicas del emperador, hechas de seda, oro y brocados.
Mientras tanto, veía jugar en la calle a un grupo de niños desarrapados y hambrientos. Cuando el emperador recibió el mueble y fue a abrirlo, encontró en el fondo del arcón, y sobre una almohadilla de terciopelo, un trapo desgarrado y muy zurcido con una inscripción que decía: "Traje de ceremonia de los niños de la calle donde vive Wai Te, el ebanista".

La oveja negra - Augusto Monterroso

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

Aquí nomás de hablador - Gustavo Masso

¿Se imaginan lo que es estarse un domingo encerrado toda la tarde? Con el televisor descompuesto, el tocadiscos empeñado y sin tener siquiera un pinche quinto, ya de perdida para invitar a Conchita la del dos a ver la que pasan en el Mariscala. 
Porque claro, como de costumbre la quincena nada más me duró una semana y parecía que faltaban siglos para el día de pago. 
Pero ustedes ya han de haber pasado por todo esto, ¿verdad?, así que para qué les voy a amargar el rato.
Pos ya saben, así andaba yo, como león enjaulado, parriba y pabajo y ya se me hacía chiquito el cuarto, pero lo que más me desesperaba era lo silencioso que estaba el edificio. Carajo, ni siquiera se oían gritar los escuincles de la portera que son bien chillones. Por eso mejor agarré mi chamarra y que me salgo para la calle.
Y ai me tienen, camine y camine como pinche loco, parándome de repente a ver las carteleras de los cines que pasan puras películas de esas pornográficas, ¿así se dice?, o para mirar, con ganas de llegarles, a las chamacas que pasaban meneándolas mucho, aunque ya sabía que sin dinero nomás no hay de piña.
Bueno, el caso es que me aventé, así a pata, desde las calles del Carmen, que ahí tienen su casa, hasta el Caballito que es donde empezó a llover. 
Uta madre eso sí fue el colmo. Ya era de noche y de pronto se quedaron las calles vacías. Y yo allí, en pleno Reforma, con el humorcito que me cargaba, chorreando agua como un imbécil y parado debajo de una cornisa que ni me tapaba nada, esperando que se quitara la lluvia o quién sabe qué cosa.
Pero no se aburran que aquí viene lo bueno. En esas estaba cuando ai tienen que salió un coche derrapándose por la glorieta y zas pum ¡mocos!, que llega y se estrella contra un poste a un lado de donde estaba yo. 
Me escapé apenas por un pelito, y todavía no me reponía del susto cuando oí que alguien se quejaba. Me acerqué y vi a un hombre que salía arrastrándose de entre los restos del coche, que no había quedado ya ni pa chatarra.
Estaba fregado el cuate este, todo lleno de sangre y con un fierro del coche enterrado en la barriga. Se quejaba muy quedito, pero cuando vio que me acercaba comenzó a dar tremendos gritotes el pinche maricón, quién sabe qué me notaría en la cara. 
Yo entonces voltié pa todos lados, para asegurarme de que no viniera nadie, y agarrando el fierro que traía clavado, se lo hundí más en la panza hasta que dejó de gritar y se quedó quieto. 
Luego fui corriendo a llamar una ambulancia y me estuve ahí bajo la lluvia hasta que llegaron a recoger el cadáver. 
“Ha de haber andado borracho”, le dije a unos de los camilleros y me fui para mi casa en el momento en que dejaba de llover, evitando a las viejas que me salían 
al paso en todas las calles oscuras. 
Esa noche dormí muy a gusto.